domingo, 23 de noviembre de 2014

Quadragesimo anno

Programa de la inauguración de la plaza Monumental Aguascalientes
La construcción de la plaza de toros Monumental Aguascalientes se inició en marzo de 1974, sobre el lecho del Arroyo del Cedazo, quedando lista pues, – más no totalmente terminada – para su estreno en un período de ocho meses. Los materiales utilizados para su edificación, fueron concreto y acero, y su cupo al ser inaugurada era de nueve mil espectadores, repartidos en ocho filas de barreras, trece filas de tendidos generales y palcos de contrabarrera.

El acto protocolario de inauguración se llevó a cabo a las doce horas del 23 de noviembre de 1974, por parte del entonces Gobernador doctor Francisco Guel Jiménez, quien después de la explicación de las características técnicas del inmueble y de la intervención del ingeniero Jorge El Vago López Yáñez, a nombre de la afición local, declaró inaugurada la plaza de toros Monumental Aguascalientes – que ese es su nombre oficial – develando la placa alusiva al fasto.

Una hora después, pues el protocolo político de la época así lo exigía, Monseñor Salvador Quezada Limón, Obispo de la Diócesis de Aguascalientes bendijo las instalaciones y presidió la celebración eucarística en los bajos del tendido de sombra, pues en ese momento la capilla del coso aún no estaba concluida, como tampoco lo estaban muchas otras de sus dependencias.

Ya en lo taurino, decía don Jesús Gómez Medina en su nota publicada en El Sol del Centro de hace cuarenta años:
La afición espera con expectación la alternativa del nuevo espada, a quien por cierto, para estar a tono con la significación de la fecha, le tocará lidiar a Hidrocálido, el toro de Torrecilla, que será el de su doctorado, y que será lidiado en primer término en honor de la ciudad, de su nueva plaza y de Fermincito…
Alternativa de Fermín Espinosa Armillita
A las cinco de la tarde se abrió la puerta de cuadrillas y partieron plaza Manolo Martínez, Eloy Cavazos y Fermín Espinosa Armillita, quienes darían cuenta de un encierro de Torrecilla. El primer toro que saltó a la arena fue el ya referido Hidrocálido, número 58, negro bragado y el primer capotazo en la brega lo recibió de Alfredo Prado. Los primeros lances a la verónica y la consiguiente ovación fue para el toricantano Fermín Espinosa. A Isabel Prado le correspondió aplicar la primera vara y fue el propio Fermín quien se encargó de colocar el primer par de banderillas.

Huelga decir que el primer torero alternativado en la plaza fue el hijo del Maestro de Saltillo y es a Manolo Martínez a quien correspondió el cortar la primera oreja que se otorgó en la nueva plaza al toro Doctor, primero de su lote.

De la crónica escrita publicada en el diario El Sol del Centro, sin firma, pero atribuible a su cronista titular, don Jesús Gómez Medina, extraigo lo que sigue:
Muleta en mano y en sus dos adversarios, trazó el de Monterrey, reiterada, asiduamente, la parábola señorial del toreo en redondo con una y otra mano. Naturales y derechazos en apretadas series; derechazos y naturales plenos de aguante, de temple y de mando, engranados mediante el leve y precioso giro de la mano y rematadas las series ya con el pase de pecho, según la norma clásica; ya girando en el centro de la suerte como hoy en día es común hacerlo; cuando dejando caer la muleta para cortar el viaje del burel con el latigazo implacable del pase del desdén... Y si con su primero, que traía su ración de guasa, Manolo necesitó primero de imponérsele al de Torrecilla para torearlo luego a placer; con el cuarto, el dócil Arquitecto, el regiomontano, al torear de muleta, apuró prácticamente todas las posibilidades del natural y del derechazo, realizándolos a pies juntos, abierto el compás; en los medios, en el tercio, también en las tablas, cuando Arquitecto, agotado, buscó en ellas amparo... Mediante un pinchazo y una estocada honda liquidó Manolo a “Doctor”; y un picotazo seguido de un cuarto de acero y febril labor de enterramiento de los subalternos bastaron para poner fuera de acción a “Arquitecto”. Y si la faena de “Doctor” valióle a Martínez una oreja, la primera, repetimos, que se cortó en la nueva plaza, con la subsecuente vuelta al ruedo; su actuación con “Arquitecto” tan solo fue premiada con el recorrido en torno a la barrera... Eloy Cavazos es un torero. En ocasiones, como el 25 de abril último, todo un señor torero que, dejándose de firuletes, se lía los bureles a la cintura y les corre la mano y liga las series de muletazos con tanta verdad como brillantez y hondura. Ayer, en cambio, usó más la mano izquierda – la mano torera – para darle coba al público que para torear por naturales. Sus faenas, en suma, estuvieron fincadas preferentemente en lo espectacular, en lo superfluo con demérito de lo auténtico, de lo genuino, de lo de buena ley; aunque esto último no haya estado por completo ausente en la actuación del pequeño diestro... Dos espadazos igualmente espectaculares pusieron fin a la vida de sus dos enemigos, ambos por igual de alegres, prontos en la embestida, si bien “Constructor”, sacó su dosis de genio. Oreja y vuelta en el segundo, “Empresario”; y puesto ya en el camino, autoridad y subalternos no se mostraron remisos para concederle las dos de “Constructor”, a cuyos despojos las mulillas, de regreso de su fugaz movimiento de huelga, motu – proprio dieron la vuelta al ruedo... ¡Aquellos naturales de Fermín Espinosa! Fueron tres tan solo; pero, en verdad, valieron por toda una faena: ¡Así resultaron de quietos, de mandones, de sentidos!... Con ellos, con esos tres muletazos al sexto, “Maestro”, el nuevo doctor demostró cumplidamente que tiene derecho a llamarse Fermín y apellidarse Espinosa, según dijo de otro gran torero, en inolvidable crónica, “El Tío Carlos”... Porque fueron, en verdad, muletazos de torero grande, de torero caro. Pases impregnados de torerismo y de clase, como también dos trincherazos al mismo sexto burel. Idénticas virtudes de conjuntaron en las verónicas con que este novísimo Armillita toreó a “Hidrocálido”, el de su alternativa; un toro de preciosa estampa, hondo, apretado de carnes; pero al que entre un puyazo demasiado fuerte y la menguada casta que traía dentro, convirtieron luego en un inválido que rodó varias veces por la arena, frustrándose lo que se esperaba brillante faena tras de la ceremonia del doctorado... Pero esos naturales a “Maestro”, realizados ya a la luz de los reflectores, parecieron iluminar el crepúsculo con el arrebol de la esperanza. ¡Será este joven delgaducho y patilargo nacido en Aguascalientes, hijo y nieto de toreros, el renovador, el vivificante que requiere ya el toreo mexicano?...
En la segunda corrida de lo que podríamos llamar la feria de la inauguración de la plaza de toros Monumental Aguascalientes, el inolvidable Guillermo Cabezón González confeccionó un cartel de los que después se dio en llamar de banderilleros, en el que actuaron Jesús Solórzano, Antonio Lomelín y Manolo Arruza, para lidiar toros del ingeniero Mariano Ramírez.

El primero de la tarde fue bautizado como Pinocho, en honor del que fuera subalterno y en ese entonces apoderado de toreros, Manuel González, así apodado, que llevaba gran amistad con el ganadero. El encuentro de Solórzano y Pinocho también nos lo recuerda la crónica firmada por don Jesús Gómez Medina, publicada en el diario El Sol del Centro del día 25 de noviembre de aquellas calendas, bajo el título Con el estupendo Pinocho, Solórzano bordó el toreo:
Y en la palestra del nuevo coso se produjo ‘el milagro de la verónica’ como si, al torear de capa, Chucho Solórzano fuese repitiendo el soneto de Xavier Sorondo: ‘Los brazos pordioseros, como péndulo doble, arrastran por la arena la comba del percal...’ Un vibrante escalofrío barrió los tendidos, sacudidos por el flamazo de la emoción más noble que pueda depararnos la fiesta brava: La emoción del arte; mientras Solórzano concluía los lances antológicos con un recorte señorial… ¡Admirable conjunción aquella! El toro, prototipo de bravura y buen estilo y el torero, dechado de calidad y de arte. Y si ‘Pinocho’ aportó nuevos lauros a la triunfadora vacada del Ing. Mariano Ramírez, Chucho por su parte, ilustró con nuevas hazañas los blasones de la afamada dinastía moreliana... A la elegancia, al aplomo y al buen gusto para realizar las suertes añádase la variedad, que no parecía sino que, al torear de muleta, Solórzano tenía por norte el poema de Gerardo Diego ‘Oda a la Diversidad del Toreo’. En esta forma, en lugar de los trasteos a golpe cantado, asistíamos al gozoso espectáculo de un Solórzano que, sin desviarse de la norma clásica, con los naturales cadenciosos, apretados, de genuina estirpe rondeña; y al lado de los derechazos pausados, ceñidos, la mano baja y la pierna contraria al frente, intercalaba los de trinchera, los firmazos, el afarolado y los molinetes, de los que hubo uno, girando lentamente ante la propia cara del burel, que hubiese firmado Belmonte. Filigranas éstas de la mejor calidad y del gusto más exquisito que, lejos de restarle hondura a la faena – ¡A la gran faena! – le infundieron mayor brillantez a la manera que una rica pedrería embellece una joya forjada con oro de la mejor ley… A un tiempo, sepultó Chucho todo el acero ligeramente trasero. Rehusábase ‘Pinocho’ a doblar y para conseguirlo, su matador apeló a un recurso de vieja ejecutoria: Extrajo la espada y, corriéndola hasta el cerviguillo, descabelló al segundo intento, a cambio de verse achuchado y sufrir un varetazo. Ovación estruendosa. Las dos orejas y el rabo de ‘Pinocho’, el nobilísimo ejemplar para cuyos despojos ordenóse, con toda justificación, el arrastre lento… Y con los apéndices y la doble vuelta al ruedo, Chucho Solórzano recibió de nuevo la pleitesía de un público, que una vez más, supo rendirse ante la manifestación de la más noble expresión de la fiesta: La del toreo – arte…
Momento durante la bendición de la nueva plaza
Así pues, con esta actuación del hijo del Rey del Temple, se precisaron dos importantes efemérides de la recién inaugurada plaza Monumental Aguascalientes: las del primer rabo otorgado en su albero y el primer toro premiado con el arrastre lento, el nobilísimo Pinocho del ingeniero Mariano Ramírez.

De esta segunda corrida de inauguración, la crónica de don Jesús nos recuerda también un extraordinario par de banderillas de poder a poder que Antonio Lomelín puso a Romancero, segundo de la tarde y por supuesto, las dos fulminantes estocadas con las que liquidó a los toros que le salieron por la puerta de toriles.

En cuanto a la actuación de Manolo Arruza, destaca también su actuación en el segundo tercio ante el sexto, Platero y el tesón exhibido toda la tarde, a despecho del viento y del frío que dice la relación del festejo en su final: habían ahuyentado a la concurrencia, que apenas bastó para ocupar la mitad de los vastos graderíos

La historia de las plazas de toros se transforma siempre en leyenda a partir de triunfos, fracasos y tragedias. Este fue el primer paso de una andadura que en este día llega ya a su cuarta década.

domingo, 16 de noviembre de 2014

16 de noviembre de 1952: La primera alternativa de Alfredo Leal

Le llamaban El Príncipe del Toreo
Alfredo Leal Kuri fue parte de una generación de toreros que hicieron el parteaguas de la historia de la fiesta en México, de aquellos que hicieron posible el hablar del antes y el después de una Edad de Oro, de la generación del 48 que fue encabezada por Los Tres Mosqueteros, aunque en ella también se formaron con honores el propio Leal, y aunque presentados en las dos temporadas anteriores, también la integraron Héctor Saucedo, Nacho Treviño, Jorge El Ranchero Aguilar, Juan Estrada, Alfonso Pedroza La Gripa, Curro Ortega, Fernando López El Torero de Canela, Tacho Campos, Rubén Rojas El Jarocho, Paco Ortiz y otros varios que caminaron más o menos largo en lo que Díaz Cañabate llamara en su tiempo El Planeta de los Toros, pero que tuvieron la virtud de demostrar a la afición que el trono que pronto dejarían vacante Fermín, Garza, Silverio y El Soldado, podría ser dignamente ocupado por un largo tiempo.

Alfredo Leal debutó como novillero en la plaza más grande del mundo el 11 de junio de 1948, flanqueado por nuestro Alfonso Pedroza La Gripa y Tacho Campos, para lidiar novillos de don Jesús Cabrera, ganadero que tendría predilección por las cristalinas maneras de este torero. Da la vuelta al ruedo tras la lidia del novillo Muñequito en esa oportunidad y se abre las puertas de las demás plazas de la República y así, el 26 de septiembre de 1948, hace su única aparición con ese carácter en el viejo Progreso de Guadalajara, sustituyendo a Rafael Rodríguez, quien dos domingos antes había irrumpido como volcán en la Plaza México. Actuó Leal junto a Arcadio Ramírez y Joaquín Díaz para despachar novillos de Santín. Don Paco Madrazo recuerda así esa actuación: Es un diestro de fino hacer y limpio trazo… La gente comenzó a hablar de Leal, un torero de cristal….

Tras recibir en 1949 dos cornadas de un novillo de La Punta en la Plaza México, Alfredo Leal se aparta de los ruedos, para volver con el ánimo renovado en la temporada novilleril de 1952, misma de la que resulta ser uno de los triunfadores y con ello se ganó el derecho a recibir la alternativa en la siguiente “temporada grande”, misma que se programó para la tercera corrida del ciclo, en la que se anunció originalmente un encierro de Zacatepec para Carlos Arruza – quien toreaba la que resultó ser la campaña de su despedida –, José María Martorell y el toricantano. Al final de cuentas, se lidiaron solo cuatro de los toros del encierro titular y por una cuestión administrativa – el hierro de mayor antigüedad tenía que abrir y cerrar plaza – los dos sustitutos de La Laguna vinieron a corresponder al toricantano.

El toro de la cesión se llamó Cortapelo y Alfredo Leal estuvo bien con él. La tarde fue para su padrino Carlos Arruza, quien realizó una de sus grandes obras en la Plaza México ante Bardobián de Zacatepec. Los sucesos de la corrida los cuenta así la crónica de agencia publicada en el diario El Informador de Guadalajara, del día siguiente del festejo:
México, D.F., noviembre 16. - Ante un lleno imponente se efectuó esta tarde una corrida en la Plaza México, alternando Carlos Arruza, José María Martorell y Alfredo Leal, habiendo recibido este último la alternativa de manos de Arruza. Se lidiaron cuatro toros de Zacatepec y dos de La Laguna; estos exclusivamente para Leal, quien estuvo desafortunado en su faena. 
Al primer toro de la alternativa, bravo y pegajoso, le hizo Leal una empeñosa faena, coronándola con una impresionante estocada de efectos rápidos. A su segundo le hizo un trasteo anodino, en el que a menudo fue el toro el que se impuso al diestro. Lo terminó con una buena estocada, ante la indiferencia general. 
Arruza se enfrentó a su primero, que resultó el manso de la tarde. Lo banderilleó sin fortuna, pero le hizo una faena dominadora, con muletazos por bajo muy bien rematados, inclusive varios derechazos, antes de matarlo con una estocada caída. A su segundo le cuajó un extraordinario quite por gaoneras; lo banderilleó en forma magistral y le hizo una gran faena con pases de todas marcas; naturales pletóricos de mando, derechazos pausados y dos muletazos de su invención, pasándose la res por la espalda; le hizo un gran molinete de rodillas y mató de una soberana estocada, todo lo cual convirtió la plaza en un manicomio. Se le dieron las dos orejas y el rabo, y se le hizo dar varias vueltas al ruedo. 
Martorell también logró una buena actuación. Veroniqueó toda la tarde en forma espectacular, con las manos muy bajas, haciendo que la música sonara varias veces en su honor. Cuajó dos dramáticas faenas, metido siempre entre los pitones para hilvanar naturales y derechazos indiscutiblemente emocionantes. Mató a su primero de una buena estocada y le cortó la oreja, dando la vuelta al ruedo. En su segundo también cortó oreja en medio de aclamaciones”. 
La crónica atribuye a José María Martorell el haber cortado dos orejas esa tarde. Por su parte, la estadística que recuperó don Luis Ruiz Quiroz para la obra Plaza México. Historia de una cincuentona monumental, señala que solamente cortó la oreja al quinto de la tarde. El texto de la obra, escrito por don Daniel Medina de la Serna, coincide en lo esencial con la crónica que transcribo, en el sentido de que la alternativa de Leal fue anodina.

La falta de un triunfo sonado en esta fecha le impidió a Alfredo Leal el caminar con la dignidad de matador de toros de inmediato. Tanto así, que al año siguiente renunció a ella y marchó a España a torear como novillero y a conseguir de nuevo la categoría de matador de alternativa, la que ahora sí, paseó con categoría por casi tres décadas por los ruedos del mundo. Pero ese es un asunto del que me ocuparé más adelante en esta misma bitácora.

Alfredo Leal falleció en la Ciudad de México el 2 de octubre de 2003.

Aquí inserto un vídeo de una actuación de Alfredo Leal, a mitad de los años sesenta, en la plaza de toros El Progreso de Guadalajara, donde se puede apreciar la gran calidad de su toreo. Ojalá que lo disfruten.




domingo, 9 de noviembre de 2014

9 de noviembre de 1947: La epifanía de Manuel Capetillo

9 de noviembre de 1947
Hace unas semanas escribía aquí mismo acerca de los sobresalientes y del hecho de que en la actualidad su participación en los festejos se ha reducido a un mero trámite y que cuando han tenido que cumplir con su cometido y lo hacen con atingencia y a veces hasta con lucimiento, no reciben más recompensa que la paga convenida por estar en la plaza el día y hora convenidos, sin que se les considere en lo posterior como toreros para recibir una oportunidad de mostrar, como partes de un cartel, sus dotes artísticas.

Hoy hace 67 años que Manuel Capetillo partió plaza en la plaza El Progreso de Guadalajara casi en esas condiciones. Para ese domingo la empresa de don Ignacio García Aceves había anunciado una novillada de Lucas González Rubio que matarían mano a mano el tapatío Luis Solano y el triunfador de la Plaza México, Fernando López El Torero de Canela. Varias fueron las peripecias por las que tuvo que pasar Capetillo para salir como sobresaliente esa tarde. La versión de Fernando López sobre ese particular es así: 
A la hora del desayuno llegó el empresario a saludarles… En esta ocasión, después de los saludos y demás cortesías les expuso lo siguiente: “Durante muchos años tuve un amigo, el cual falleció hace poco tiempo. Uno de los hijos de este amigo quiere ser torero. Nunca lo hemos visto torear, pero el muchacho tiene tipo. Pensamos que siendo el cartel de mañana mano a mano, podría salir y que le permitieran hacer un quite para que nosotros lo podamos ver. La Unión de Matadores ya nos envió al sobresaliente oficial, por lo que de aceptar ustedes – era a Rodolfo y a Fernando a quien se dirigía – saldría de más. Rodolfo, con un movimiento de cabeza interrogó a Fernando, quien dijo: Por nosotros no hay inconveniente, pero quien debe autorizarlo es Luis Solano como primer espada en el cartel. En principio, yo lo acepto… Los toros de Lucas González Rubio eran grandes, gordos. El cuarto de la tarde embistió bien al capote de Fernando… Se colocó al toro para el tercer puyazo. Fernando buscó con la vista al recomendado de la empresa y con la cabeza le hizo la seña para que saltara al ruedo a hacer el quite… el muchacho ejecutó cuatro fregolinas y una revolera ¡increíbles! por lo lentas y ceñidas. El público enloqueció de entusiasmo y sorpresa, aventó todo lo que tuvo en las manos; flores y sombreros cayeron al ruedo y aplaudió a rabiar durante un par de minutos… El quinto toro no embistió tan bien como el anterior y en los quites el público empezó a pedir a gritos al sobresaliente. Fernando se acercó a Luis y le dijo: “Déjalo hacer un quite para que la gente se calme. Este toro no embiste tan claro como el otro…”. “Sí – dijo Luis – a ver que le hace a este…” Y dirigiéndose al muchacho, con una seña del brazo le indicó que hiciera el quite… Se fue al toro, este le embistió y le hizo cuatro gaoneras con las manos muy bajas, en el mismo sitio y casi sin moverse. Remató nuevamente con una revolera. ¡Todo increíble! El público enloquecido le hizo dar la vuelta al ruedo. Cuando él último toro cayó muerto… Luis y Fernando caminaron a sus automóviles viendo a ese torero – desconocido hasta unos minutos antes – a hombros de la multitud… He dejado hacer quites a varios y este es el primero que tiene con que aprovechar la oportunidad. ¿Cómo se llama?, Manuel Capetillo – contestó el mozo de espadas - oí que así le nombraban…
Como podemos leer de las palabras del Torero de Canela, el primer quite se lo concedieron a Manuel Capetillo por una especie de obligación hacia el compañero que estaba con ellos en el ruedo solamente en espera de la eventualidad de que les ocurriera un percance y el segundo, fue en alguna medida por complacer el clamor de la concurrencia, pero viendo además que el toro no era tan claro como el anterior en el que había quitado. Allí tuvieron la ocasión de apreciar que lo realizado la primera vez no fue mera casualidad, que estaban delante de un torero que tenía un promisorio futuro delante.

Pero Manuel Capetillo también contó su versión de estos hechos. Lo hizo en un libro titulado Manuel Capetillo. Más allá de la leyenda, en el que narra su paso por los ruedos y por los escenarios. Al referirse a esta particular tarde de toros, dice lo que sigue:
Me enteré de que la empresa de Guadalajara organizaría una serie de novilladas, en una de las cuales – el doce de octubre de mil novecientos cuarenta y siete – estaba anunciado un mano a mano entre Luis Solano y Fernando López, con toros de Lucas González Rubio… Yo conocía bien a Luis Solano, por lo que me planté frente a él – la decisión se la echaba a la gente, ya que no me dejaban hacerlo ante los toros – y le pedí que me dejara hacer un quite, uno solo, en uno de sus toros. Me dijo que estaba de acuerdo, pero necesitaba consultar con el empresario, don Ignacio García Aceves… A los pocos días vino la respuesta: “Imposible, el sobresaliente de la corrida ya está puesto y se llama el ‘Niño de la Rosa’”… Pero, ya que había convencido a Luis Solano de que me dejara hacer un quite, no podía conformarme e insistí personalmente con el empresario. Que me dejara hacer un quite, nada más un quite, aunque no saliera como sobresaliente. ¿Por qué no?... “Pues porque no se puede, porque no se hace nunca y porque lo impide el Reglamento. Sólo el delegado de la Unión de Matadores podría autorizar tal excepción”, me respondió don Nacho García Aceves… “¿Y quién es el tal delegado?”… “Un señor que se llama Ángel Martínez”… “¿Si lo convenzo a él estará usted de acuerdo?”… “Está bien, te doy la oportunidad… Aunque don Nacho ha de haber pensado que no convencería al delegado, ya encarrilado en eso de los convencimientos – que es casi como ligar los naturales –, el último fue lo de menos… “El torero está de acuerdo. El empresario está de acuerdo. Usted, como delegado, no puede estar en desacuerdo, ¿verdad? Sería una grosería con ellos”, le dije… “No, pues no. Siendo que todos están de acuerdo, adelante”, me contestó… Ya sólo faltaba lo más importante: conseguir un traje de luces, porque no tenía ninguno, ni dinero para alquilarlo y mucho menos para comprarlo. Y sin traje de luces, es obvio, no podía partir plaza… Me vi en la necesidad de recurrir a Eleuterio Rodríguez que era... nada menos que puntillero. Ya se podrá suponer el estado en que estaba su traje, el único con que contaba, por lo demás. Pero el estado del traje era lo de menos. El verdadero problema era la estatura de Eleuterio: francamente chaparro. Ante mí, que cargo con un metro ochenta y dos centímetros encima… La taleguilla me llegaba a las rodillas, así que las medias me ocupaban la mitad de las piernas. Las mangas de la chaquetilla apenas si me cubrían los codos. Resultaba francamente ridículo… Al llegar a la plaza oí los primeros gritos de burla: “Ese es un payaso, mira cómo le queda el traje… Eh, tú, payaso, qué vienes a hacer aquí… Pareces un chapulín vestido de luces”… La novillada transcurría en forma normal – y sin nada relevante – hasta que salió el tercer toro, en el que Fernando López me permitió que hiciera el quite, mi tan esperado quite – que, por lo demás, había ensayado todos los días, desde hacía años, ante un toro imaginario… Fui hacia el picador y en el momento en que intenté echarme el capote a la espalda, sucedió lo inevitable, como en una película cómica: la chaquetilla por poco se me cae de lo mal que me quedaba y tuve que detenerme – y poner el capote en la arena – para acomodarla, con lo cual provoqué una nueva carcajada de la gente… Por fin hice el quite que tanto esperaba y mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. Todo adquirió sentido. Mi decisión, a pesar de la muerte de mis admirados toreros… Fueron cuatro gaoneras y una revolera en las que no me moví un ápice y ni siquiera parpadeé… La plaza se volvió un manicomio y los sombreros alfombraron el ruedo… Salió el siguiente toro, que correspondía a Luis Solano, y apenas lo sacaron del caballo, empezaron los gritos: “¡El sobresaliente, el sobresaliente!”… Ni siquiera sabían cómo me llamaba… Y a Solano no le quedó más remedio que dejarme hacer un quite también… Ahora fueron fregolinas – otro de mis quites predilectos –, que me salieron aun mejor que las gaoneras… Al rematarlo, otra vuelta al ruedo y los gritos, ya descarados: “¡Torero, torero!”… Al final de la corrida la gente bajó al ruedo y me cargaron a hombros. ¡Tres horas me llevaron a hombros por las calles de Guadalajara, por los dos quites que había hecho! ¿Habrá otro torero que pueda jactarse de cosa parecida? Y sin siquiera conocer mi nombre, porque los únicos gritos que oía eran los de: “¡Viva el sobresaliente!...
La esencia de una y otra versión es la misma, aunque el torero confunde la fecha – él la sitúa en el 12 de octubre de 1947 y en realidad fue casi un mes después – y difiere también en la manera en la que fue aceptado como segundo sobresaliente esa tarde. Quiero pensar que al escribir la obra, lo hizo “de memoria” y por ello la contradicción en cuanto a las fechas.

El diario El Informador de Guadalajara del día siguiente del festejo, tiene una crónica que no lleva firma, pero que por la época, puedo atribuirla a su cronista titular, Enrique Aceves Latiguillo, quien dijo lo siguiente de la actuación de Capetillo:
Temeridades suicidas de Luis Solano, toreo enterado y fino de Fernando López, dos destellos de oro del sobresaliente Manuel Capetillo que merecerán párrafo de matador y cuatro bravos toros de González Rubio, fue lo que vimos ayer en la tarde. En forma rápida, una hora cuarenta minutos de corrida, llena de emociones y magníficos destellos, a pesar de no haberse consumado una faena ni cortado alguna oreja... Por tercer enemigo tuvo Solano a “Muñeco”, negro bragado y calcetero, número 39, otro ejemplar tan bueno o superior al que le tocó en primer término. Hubo gran tercio de quites, gaoneras Solano, navarras a su estilo, Fernando López, torerísimo y el segundo “quite de oro” de Manuel Capetillo, chicuelinas suaves y por abajo... “Zancudo” número 5, fue el segundo de López. Hizo magnífica salida y Fernando le da varias verónicas aguantando a ley. Buen tercio de quites, chicuelinas Fernando, gaoneras Solano y en seguida se presenta el descubrimiento de la tarde, el sobresaliente Manuel Capetillo, con otras gaoneras de escándalo... MANUEL CAPETILLO. Un sobresaliente que debe sobresalir en la crónica. Le fueron suficientes dos quites, para convencer a la concurrencia que ayer surgió un torero, jalisciense por añadidura… El primer quite se lo cedió Fernando López en el cuarto de la tarde y fue por gaoneras, vaya forma de ejecutarlas y parar en el lance, la ovación no se hizo esperar y de las grandes… El segundo quite se lo dio Luis Solano en su tercer toro, el quinto de la tarde y este fue por chicuelinas, suaves y por abajo, un quite de oro que hubiera firmado Pepe Ortiz… Para muestra un botón y estos fueron dos y de perlas del más fino oriente. Capetillo salió en hombros, la afición lo pide, para verlo ya completo en una novillada. En el joven, que no es un adolescente, hay cuerpo, figura y al parecer una muñeca para jugar el engaño ante el toro, que puede resultar toda una revelación. No sería muy remoto asegurar, que en la arena de El Progreso se encontró ayer regado un diamante… Al menos esta impresión se llevó ayer el numeroso público que asistió a la novillada.
A la semana siguiente
Manuel Capetillo se ganó a pulso, con dos quites, su inclusión en la novillada del siguiente domingo. Alternaría con Luis Solano y Santiago Vega en la lidia de novillos de Corlomé. Para ello, pidió al empresario García Aceves lo siguiente:
Al día siguiente, como era de esperarse, me mandó llamar el empresario… “Muy bien, Manuel, siempre supe que ibas a triunfar” – me dijo don Nacho, algo que a partir de ese momento me repitieron todos los que antes dudaron de mí –. “Has dado el primer paso. El primer pasito, vamos a llamarlo. Ahora hay que dar un paso en verdad, para lo cual ya te estoy anunciando para el próximo domingo”… “Muchas gracias, don Nacho. Un solo favor”… “El que quieras”… “Présteme un traje de luces digno. Ya usted oyó las burlas que me hicieron por haber usado el traje de Eleuterio. Está muy chaparro él, o yo muy alto, no sé”… Sonrió ampliamente y le dio una fumada a su puro… “No te preocupes. A partir de este momento tendrás todo lo que necesites...
La crónica de ese festejo del 16 de noviembre de 1947 vuelve a ensalzar su el fino toreo de capa de Manuel Capetillo, señala que es un regular muletero y que necesita aprender a matar los toros, pues el segundo de su lote se le fue vivo a los corrales. Nadie podía suponer que durante casi las siguientes tres décadas, Manuel Capetillo sería conocido como El Mejor Muletero del Mundo y que al evolucionar su manera de hacer el toreo, lo que lo sacó del ostracismo, su toreo de capa, pasaría a ser un mero recuerdo.

domingo, 2 de noviembre de 2014

2 de noviembre de 1929: Esteban García es mortalmente herido en Morelia

Esteban García
El tradicional festejo taurino del Día de los Fieles Difuntos para el año de 1929 en la capital michoacana se presentó con una novillada en la que actuarían dos de los triunfadores de la temporada de novilladas en El Toreo en la capital mexicana, Esteban García y David Liceaga. El encierro seleccionado para la ocasión sería de la ganadería de Queréndaro.

En su camino de la capital de la República hacia Morelia, David Liceaga y las cuadrillas que habrían de auxiliar a los diestros actuantes sufrieron un accidente carretero, lo que les impediría estar a tiempo para actuar en el festejo, por lo que se presentó la disyuntiva a la empresa organizadora de suspender la novillada o de celebrarla únicamente con la actuación de Esteban García. Enterado el diestro de Tacuba de la situación, aceptó lidiar el encierro completo él solo y solamente con el auxilio del banderillero retirado Antonio Conde, quien era su mentor y le auxiliaba en los despachos. Dada la edad de Conde, para aliviar en algo la situación, de cualquier forma se improvisó una cuadrilla con aficionados prácticos morelianos.

Esteban García despachó con presteza a los dos primeros novillos de la noche, aunque las relaciones de los hechos sucedidos reflejan que Antonio Conde tuvo que abandonar sus labores en el ruedo a causa de una hemorragia causada por la tuberculosis que padecía y los auxiliadores que quedaron eran meros aficionados con más buenas intenciones que habilidades. 

El tercero, al que la historia reconoce con el nombre de Aleve, prendió a Esteban García casi al abrirse de capa. Le infirió una cornada penetrante de vientre que de inmediato hizo temer por su vida. La primera información que los medios especializados dieron a conocer se publicó en el semanario El Taurino el día 4 de noviembre de 1929 y es de la siguiente guisa:
Grave cogida de Esteban García en Morelia. Morelia, noviembre 2.  Esta tarde se encerró Esteban García con cuatro animales de Querétaro que resultaron bravos. Esteban toreó con lucimiento a sus dos primeros enemigos a los que mató brevemente y se apretó con el tercer bicho, que le echó mano, infiriéndole una cornada en el vientre. El pitón penetró a la cavidad abdominal y rompió el peritoneo. El estado del diestro es muy grave. El Corresponsal.
La primera atención brindada al diestro fue en las dependencias de la plaza. Muchas versiones hablan de la atención en un cuartucho desaseado y maloliente y de la falta de presencia de un adecuado servicio médico. La realidad es que la enfermería era, como hoy, una enfermería preparada para percances menores. Nunca se esperó, ni se preparó una catástrofe de estas dimensiones. Enrique Arzamendi escribió en El Taurino, del 11 de noviembre de 1929 lo siguiente:
¡Ha muerto un torero! La noticia nos sorprendió grandemente. ¿Cómo es posible que Esteban con ese dominio, con ese conocimiento, con esa vista, fuera preso de un pitón asesino que le deshizo el vientre y le perforó el peritoneo y el epiplón? Al principio dudamos. Pero después, no tuvimos más remedio que rendirnos ante la verdad... Y salió el tercer toro, otro buey ilidiable, otro buey propio para tirar de una carreta y no para enfrentarse con un torero de la talla del desaparecido. Vino allí la tragedia: un capotazo, un derrote seco y el pitón penetra el vientre y destroza, implacable y cruel, los intestinos y las principales vísceras… Después la mesa de operaciones en enfermería de pueblo, enfermería, como en todas las que existen en esos poblados, desprovista de material necesario para el caso. Los doctores luchan denodadamente por salvar la vida. Buscan otro local más apropiado para curar y trasladan a Esteban al Hospital, ahí nuevamente se entabla la lucha entre la ciencia y la “pálida” que, sonriente, extiende sus huesosos brazos para llevarse, para siempre, a un muchacho lleno de vida, con esperanzas risueñas para el porvenir...
La explicación de Arzamendi deja claro que a Esteban García se le dio la atención médica que había a la mano. A ese respecto, en la oración fúnebre pronunciada por el doctor Francisco Ortega, en ese entonces Presidente del Montepío de Toreros de México, se expresó lo siguiente:
...Aleve astado de Queréndaro ha tronchado esta existencia de hombre artista, y nosotros debemos ver tan triste suceso como una de las dolorosas fatalidades de la imperfecta organización nuestra, y aprovecharlo cual una lección en el mejoramiento de nuestra clase; lloramos ahora las débiles atenciones que le fueron prodigadas inmediatamente después del accidente, lamentamos no menos la imprevisión de un traslado inadecuado al grave estado en que se encontraba el lesionado, y por último sentimos nuestras almas hondamente desgarradas al ver el terrible y lamentable desenlace ocurrido a un compañero que merecía vivir y triunfar, porque seguramente así hubiera sido, si contando con los valiosísimos elementos de la ciencia Médico – Quirúrgica de la que desgraciadamente muy pocos toreros se preocupan actualmente en México en su ejercicio profesional, se hubiera luchado activamente para debilitar la infección y acabar con ella salvando como era de esperarse, la vida insustituible de Esteban García...
Petición de minuto de silencio para Esteban García
El Toreo, 10 de noviembre de 1929
Creo que hoy en día, cuando ocurre una tragedia de igual o similar magnitud, los reproches mantienen la misma sintonía, aunque la ciencia médica y la forma de manejar las heridas por asta de toro hayan evolucionado grandemente.

La sorpresa que causó la grave cornada a Esteban García era fundada. Desde su presentación en El Toreo en el año de 1926, se reveló como un torero largo, poderoso, dominador, de los que entienden a todos los toros y que encuentran la lidia que requiere cada uno de ellos. Era un torero del que no se podía suponer que moriría a causa de una cornada. Escribía Enrique Arzamendi:
Esteban García no era uno de tantos que hoy dan una tarde regular y mañana una pésima. Era un lidiador largo, entendido, que, como ya lo han dicho plumas más autorizadas y competentes que la mía, triunfó en la última temporada de novilladas. Después de aquellos triunfos, innegables en nuestro coso máximo, continuó cosechando laureles por los Estados donde dejó un cartel grande e imborrable...
Y remataba El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada:
Esteban García fue siempre un enamorado de su arte, un joven cuyo único anhelo consistió en encontrar un toro para poder torearlo... Y fue esto sin duda la causa de su muerte, porque lo hecho la noche del 2 de noviembre de 1929, en la plaza de Morelia, nadie es capaz de hacerlo; indudablemente fue una temeridad, pero esa temeridad, ese arrojo indecible, fue obra del amor a su profesión, fue obra del valor a toda prueba y del respeto que supo guardar siempre a los públicos, a quienes jamás quiso defraudar...
El único enemigo de Esteban García fue él mismo. Decía hace unas líneas que debutó en El Toreo en 1926 y seguía en el escalafón de novilleros en 1929. Fernando Vinyes escribía que lo que le pesó fue ser de la misma cuerda que Armillita, que encabezó su quinta novilleril y eso le desplazó para otras promociones, siendo la de 1929 en la que encontró a su epígono, Carmelo Pérez, quien terminaría igualmente por los senderos de la fatalidad. Escribió Don Zeta en El Taurino del 11 de noviembre de 1929:
Así como en otros órdenes de la vida hay alegrías para unos y sinsabores para otros, Esteban debió haber sufrido muchos de los últimos, pues sabiendo que sus compañeros toreaban en México continuamente, había sido él postergado por la más grande de las injusticias; y mientras que uno y otro de los de su época se hacían matadores de toros (“Armillita”, “El Tato”, Heriberto, Gorráez) él, con tantos o mayores méritos que ellos, roía el hueso de la desilusión rodando de pueblo en pueblo... en 1926 toreó en México dos corridas y una en 1927, el año de 1928 no le vimos para nada... No fue sino hasta este año de 1929 en que los empresarios se acordaron de él, y ya vimos con qué resultados...”
Esteban García falleció en Morelia el 6 de noviembre de 1929, cuatro días después de la cornada recibida en el festejo del Día de los Fieles Difuntos.
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