Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Algara. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Algara. Mostrar todas las entradas

domingo, 24 de agosto de 2014

24 de agosto de 1944: El Talismán Poblano se presenta en España

Las gestiones iniciadas en el verano de 1943 por Luis Briones y culminadas por Antonio Algara para reanudar el intercambio entre las torerías de España y México, aparte de permitir a afición y públicos el volver a ver o conocer a los que encabezaban los escalafones en ambos países, dio oportunidad a muchos toreros mexicanos de cruzar el Atlántico para intentar relanzar sus carreras.

Uno de esos casos es el de Felipe González El Talismán Poblano, quien al decir de Guillermo Salas Alonso en la temporada de novilladas de 1942 en el Toreo de la Condesa había toreado nueve festejos consecutivos y había salido en hombros en siete de ellos, logrando apuntalar una campaña novilleril que le llevó a recibir una alternativa en su natal Puebla de los Ángeles el 16 de enero de 1944, apadrinándole Silverio Pérez, quien le cedió los trastos para matar al toro Peñista de Coaxamalucan, en presencia de Luis Castro El Soldado.

Sin confirmar esa alternativa en la capital mexicana, El Talismán Poblano marchó a España y su presentación en aquellas tierras fue en la ciudad de Barcelona, en la plaza de Las Arenas, un lugar natural de ingreso para nuestros toreros a tierras hispanas. Afirmo que el ingreso natural de nuestros toreros a España era por Barcelona, porque desde la década de los veinte del pasado siglo, fue por la Ciudad Condal donde iniciaban sus campañas. Barcelona era la plaza que iniciaba más temprano su temporada y casi siempre la última en concluirla y es proverbial la preferencia que tuvo don Pedro Balañá por nuestros toreros.

Felipe González actuó como novillero para reiniciar su andar por los ruedos en Barcelona y eso implicó en alguna medida un acto de renuncia y en otro sentido una cuestión de corte jurídico, pues en el convenio negociado en el verano del 43, se pactó que solamente tendrían validez las alternativas recibidas o confirmadas en El Toreo de la Ciudad de México, cuestión no subsanada hasta la revisión de 1951, en la que se declararon válidas todas aquellas que se reconocieran como tales en cada uno de los países parte del traído y llevado convenio.

Así pues, el jueves 24 de agosto de 1944 se anunció un encierro de Hoyo de la Gitana para Pepín Martín Vázquez, que se despedía de la novillería en Barcelona – recibiría la alternativa allí mismo, en la Monumental el 3 de septiembre siguiente –, Manolo Cortés, quien reaparecía después de haber sido herido allí mismo en Las Arenas y el debut en España y en Barcelona, de Felipe González. Eduardo Palacio, cronista titular de La Vanguardia, escribió lo siguiente sobre la actuación del debutante:

«Uso moderadísimo»... Con un lleno completo se celebra en la tarde de hoy, jueves 24 de agosto, una novillada extraordinaria en la que han de lidiar seis reses de Hoyo de la Gitana los diestros Pepín Martín Vázquez, Manolo Cortés y el mejicano Felipe González, que hace su presentación en España. A las siete en punto desfilan las cuadrillas, saludándose la presencia de Manolo Cortés, convaleciente de su cogida en esta misma plaza, con grandes aplausos que el muchacho, modestamente, comparte con sus compañeros de terna, a los que obliga a salir a los medios... El mejicano Felipe González, cuya actuación en esta corrida era la primera que hacía en España, se destapó en el último bicho de la fiesta, al que veroniqueó muy bien, lanceándole de frente por detrás, con mucho garbo y valor y tornando a ser ovacionado en el tercio de quites, que resultó tan completo por parte de los tres diestros, que hubo de acompañarles la charanga y los aplausos de la multitud, que llenaba el coso. Clavó después tres formidables pares de rehiletes, ganando con guapeza la cara de aquel toro que llevaba en todas sus arrancadas la velocidad de un expreso conducido por un maquinista alienado, y tornaron a hacer humo las palmas del concurso. Encendióse en esto la luz artificial y bajo ella, realizó el muchacho una faena valerosa; pero quizá y sin quizá, demasiado dilatada, a la que, al fin, puso punto con una estocada que las sombras de la noche no me permitieron apreciar; pero que fundadamente sospecho no debía haber quedado muy en su sitio, cuando se apresuró el diestro a sacar el acero del cuerpo del novillo, que, seguidamente, se rindió a los pies del cachetero. Esto, no obstante, la multitud despidió con grandes aplausos a Felipe González…

El título de la crónica hace referencia a la supuesta existencia en la enfermería de Las Arenas, del mítico bálsamo de fierabrás, que supone aplicado a un valentísimo Manolo Cortés, quien no acusó los efectos del percance sufrido en su actuación anterior y en cuanto a la actuación de Pepín Martín Vázquez, el cronista se limita a señalar que pasó de puntillas en esa su última actuación como novillero en la capital catalana.

Felipe González se presentaría en Madrid el jueves siguiente – 31 de agosto – alternando con Jaime Marco El Choni y Agustín Parra Parrita en la lidia de novillos de Concha y Sierra y la Viuda de Soler (3º), cortándole una oreja a este último y permanecería en España toda la campaña de 1945, regresando a México para recibir una segunda alternativa el 30 de diciembre de ese año, en Ciudad Juárez, de manos de Carlos Vera Cañitas y fungiendo como testigo Gregorio García, siendo los toros de Presillas.

En 1955 ingresó a la Unión Mexicana de Picadores y Banderilleros y destacó como uno de los principales hombres de plata durante las décadas siguientes. Sus hijos Felipe y Sergio fueron también matadores de toros y después cambiaron el oro por la plata, destacándose también en ese escalafón.

El Talismán Poblano falleció el 3 de febrero de 1994.

domingo, 2 de junio de 2013

11 de febrero de 1945: La epifanía mexicana de Pepe Luis Vázquez

Pepe Luis Vázquez
(Imagen cortesía del Aula Taurina de Granada)
La décima tercera corrida de la llamada Temporada Hispano – Mexicana 44 – 45 representaba la quinta actuación de Pepe Luis Vázquez en el viejo Toreo de la Ciudad de México. Las crónicas reflejan que en las cuatro tardes anteriores había dejado muestras de su buen toreo, pero por algunas causas – principalmente, los toros – no había justificado aún el predicamento que precedió su llegada a esta tierra y que le hacía encabezar el elenco de toreros españoles que volvían a nuestras plazas después de una suspensión de relaciones taurinas que se inició en Madrid, en mayo de 1936.

Cagancho, Antonio Bienvenida, Gitanillo de Triana y Rafael Ortega Gallito ya se habían presentado también ante la afición capitalina y no habían tenido ocasión de poner sobre la arena las virtudes que atesoraban. Por su parte, Pepe Luis Vázquez en sus anteriores comparecencias pudo dejar constancia de su calidad, aunque sin redondear. Eso motivó que se le empezara a comparar con otro ilustre paisano suyo, Chicuelo, afirmando que requería de un tipo de toro bien determinado para poder lucir.

Para el 11 de febrero de 1945, Tono Algara anunció la presentación de la ganadería de Piedras Negras, cuyo encierro sería lidiado por Pepe Luis Vázquez, Rafael Ortega Gallito y Luis Procuna, que era uno de los triunfadores que la temporada había producido y que el domingo anterior le cortara el rabo a Cabrillo de Pastejé y ante el que, haciendo gala de su inventiva, realizara por primera vez el pase por alto que en ese día se llamó procunesa y que pasaría a la posteridad como la sanjuanera.

La corrida que me ocupa hoy estuvo a punto de ser suspendida por causa del viento que sopló toda la tarde. La crónica de Francisco Montes, publicada en el número 115 del semanario La Lidia, aparecido en la capital de México el 16 de febrero de ese año, refiere lo siguiente acerca de esa contingencia:

Minutos antes de que el reloj de la plaza marcara las cuatro de la tarde, la Empresa, por medio de unos cartelitos consultó con los asistentes si se daba la corrida en esas condiciones o si se dejaba para el lunes a las cinco de la tarde (ya que el peor enemigo de las corridas de toros es el mofletudo Eolo que además de poner en inminente peligro la vida de los lidiadores, desluce lógicamente todo lo que se intenta); pero siendo la respuesta afirmativa, la Autoridad ordenó hicieran el paseo las cuadrillas capitaneadas por Pepe Luis Vázquez, que vestía de obispo y oro; Rafael Ortega “Gallito”, de azul rey y oro y Luis Procuna, de verde nilo y plata; el paseo es frío y a tono con la tarde…

Ante los toros de Tlaxcala, fue cuando la afición de la capital mexicana pudo apreciar en toda su extensión la tauromaquia del torero del Barrio de San Bernardo. Fue su faena al cuarto toro, Anillito, número 13, negro bragado, que Pepe Luis Vázquez pudiera expresar su profunda tauromaquia. De la citada crónica de Francisco Montes, transcribo estas ideas:

Su segundo enemigo se llamó “Anillito”, número 13, negro, bragado, listón y capacho; el diestro de San Bernardo, molestado por el vendaval, pero imponiéndose a las circunstancias logró dos magníficas verónicas que remató con media estupenda, siendo muy ovacionado. En los quites “Gallito” derrochó valor y voluntad recibiendo palmas. “Bogotá” y Redondo parean con brevedad… Pepe Luis brindó la muerte de su enemigo al ex – presidente de la República de Cuba, coronel Fulgencio Batista que fue aclamado cariñosamente por toda la plaza. El sevillano, molestado por el vendaval, inicia su faena con un pase por alto, se pone la muleta en la mano izquierda y da el primer natural movidillo, para continuar con otros estupendos, naturales clásicos, siendo el tercero de la serie imponente y superior: un dechado de bien torear. La serie de naturales la liga con el auténtico pase de pecho y la ovación estalla tempestuosa, la música toca en su honor; sigue toreando en la misma forma, toreo serio, hondo, señorial, majestuoso, que hace de la plaza un manicomio; sigue su faena con la mano derecha en plan de escándalo, luchando continuamente con la sosería del burel y molestado por el viento que no ha dejado de soplar un solo instante; una gran faena, una estupenda faena que coronó con una estocada delanterilla que fue suficiente para mandar al destazadero al burel de Piedras Negras, un apéndice; la ovación es apoteósica, las palmas y la música acompañan la vuelta al ruedo del diestro sevillano, quien ha logrado cortar su primera oreja en “El Toreo” de México con una faena en la que tuvo que imponerse a los elementos… Los enemigos gratuitos del diestro de San Bernardo deben estar rabiando, ya que no podrán seguirle llamando “el torero del detalle”, pues su faena fue grandiosa y en circunstancias adversas para el torero; un triunfo meritorio que aunque lo deseen, no podrán negar sus detractores…

La relación que hace Francisco Montes nos refleja el impacto que causó la expresión íntegra de la tauromaquia de Pepe Luis Vázquez, dejando ver en su redacción, la emoción del cronista al poner en blanco y negro la impresión que su actuación le causó.

Una semana después, en el mismo semanario La Lidia, don Luis de la Torre El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada, reflexiona sobre esta actuación y creo que al margen del calor del momento, desentraña la esencia de la actuación del torero de San Bernardo. De su comentario, entresaco lo que sigue:

“Cuatro veces anteriores había dejado solamente el agridulce sabor en detalles fulgurantes de su arte personal, con la esperanza de que al fin destapara el frasco de la esencia pura de su toreo, tal como aconteció hace años con Manuel Jiménez, el torero de la Alameda. Y fue en esta tarde huracanada, cuando el viento en su furia incontenible se empeñó en impedir todo lucimiento, en la que Pepe Luis Vázquez, luchando abiertamente con el desatado elemento, luciera por primera vez en plenitud completa la maravilla del toreo clásico por excelencia. Fueron solamente en cantidad de nueve o diez los muletazos que a media plaza, sin buscar abrigo ninguno libertador del vendaval, los que dieron el triunfo definitivo al pequeño torero sevillano. Pero, ¡qué muletazos! Citando de frente y a distancia al burel para aguantar su acometida, empapándolo en los vuelos de la muletilla y engranar de esa guisa el verdadero toreo en redondo, rematado magistralmente con el auténtico forzado de pecho, ese muletazo de asombro que desde la época de Belmonte no habíamos vuelto a presenciar en toda su magnificencia. ¿Y después? Otra maravillosa serie de muletazos al natural rematados con un molinete doble en la misma cara de la res, esquivando así la acción del viento huracanado. ¡Asombroso! Una faena, más bien dicho, un FAENÓN clásicamente puro, coronado más tarde, ya en medio del entusiasmo general, con media estocada que hiciera a la res clavar las astas en la arena, para morir fulminada a los pocos instantes… La hazaña de Pepe Luis es de las que consagran. ¡Obligados estamos a entonar el “mea culpa” aquellos que supusimos no dejarían mayor recuerdo que sus detalles de oro purísimo en sus pasadas actuaciones! Lástima me causa escuchar en labios de viejos aficionados, conocedores de estos menesteres, frases tendientes a demeritar la que ha sido por todos conceptos la mejor faena de la temporada, por su auténtico clasicismo y belleza incomparable. Belmonte con un toro del Marqués del Saltillo (enero 22 de 1922) y “Chicuelo” con “Dentista” (octubre 25 de 1925), han vuelto a aparecer, gracias a Pepe Luis Vázquez, en el coso de la Condesa…

El anuncio del festejo en La Lidia
De estas reflexiones creo que vale la pena resaltar dos hechos, primero, el que sin buscar abrigo del viento, Pepe Luis Vázquez realizó una faena descansada en el pase natural y después, que con esa entregada actuación, entró en definitiva en el gusto de la afición de la Ciudad de México.

Por el resto del festejo, Luis Procuna cortó el rabo al sexto, Peregrino y Gallito saludó tras la lidia del segundo, Fistolillo. Al descabellar al sexto, Gallito se luxó el hombro derecho, pero pudo concluir su labor y por su pie se trasladó a la enfermería a ser atendido. 

Para Pepe Luis Vázquez, el gran triunfo en México vendría un año y seis días después, cuando en corrida nocturna, alternando con Manolete y de nuevo, Luis Procuna, cortara el rabo al toro Cazador de Coaxamalucan, en lo que resulta ser uno de los festejos míticos de nuestra historia taurina reciente y de la que ya me he ocupado aquí mismo en una entrada anterior.

Con este recuerdo de la tarde en la que manifestó su grandeza a la afición mexicana, expreso mi reconocimiento a la trayectoria de Pepe Luis Vázquez, quien entrara en la inmortalidad hace unos días.

Aclaro: Los resaltados en los textos transcritos no corresponden a sus originales, son responsabilidad exclusiva de este amanuense.

sábado, 10 de octubre de 2009

Joselillo (I/III)

El próximo miércoles se cumplen 62 años de la muerte de Laurentino José López Rodríguez, Joselillo. Aquí les presento un repaso de la vida y del breve paso por los ruedos de este verdadero fenómeno de la novillería, organizado a partir de una conferencia que se me invitó a impartir dentro de la Semana Cultural Taurina de la Academia Taurina Municipal de Aguascalientes, en agosto de 2002.



De Nocedo de Curueño a Gijón

Laurentino José López Rodríguez fue originario de Nocedo de Curueño, provincia de León, lugar que como Aguascalientes, se distingue por las calientes aguas que brotan de su suelo, en las estribaciones de la cordillera Cantábrica, más o menos a la mitad del camino entre León y Oviedo, el lugar en el que la piel de toro inicia su encuentro con el mar.

En el año de 1924, José Luis, el mayor de los nueve hermanos López Rodríguez, marcha a México y en 1932, a la muerte de su madre, solicita a su padre que le envíe a uno de sus hermanos para que le haga compañía y le ayude a proveer al hogar familiar. El elegido por su padre, don Victoriano López es el menor, Laurentino José, que nacido el 12 de julio de 1925, es apodado a esa corta edad El Vivo y el 24 de junio de ese año, es puesto a bordo del Cristóbal Colón, para hacer el viaje de Gijón a Veracruz, iniciando el camino que quince años después, terminaría en el ruedo de la plaza de toros más grande del mundo.

En México

Al llegar a la otrora región más transparente del aire, tras el paso del verano, que sirvió a Laurentino para conocer la ciudad y ambientarse en ella, es inscrito en el colegio Cervantes, pues la pretensión de José Luis era que su hermano menor tuviera las oportunidades que no estuvieron a su disposición. No obstante esos buenos deseos, la realización personal de El Vivo no estaría entre libros y cuadernos. Terminó su instrucción primaria más por la exigencia de su hermano mayor, que por convicción. Con aptitudes para el dibujo, sus preceptores escolares sugirieron que se enrolara en una academia de artes plásticas. Por su parte José Luis pretendía que Tino estudiara una carrera comercial, misma que le daría las armas necesarias para bastarse a sí mismo. La respuesta de su hermano menor a esas insinuaciones fue tajante: Yo seré millonario sin trabajar y mucho menos, sin estudiar…

Primero el fútbol y a partir de su asistencia a una corrida de toros en 1942, los toros fueron el tema de la lectura y de la conversación de Laurentino, quien confesó a su amigo Aurelio García su deseo de hacerse torero. Orientados por otros maletillas, llegan a una finca ganadera conocida como El Pedregal, propiedad del señor Jerónimo Merchand, en las inmediaciones de la Villa de San Ángel. Allí, por algo más de diez pesos, le echaban vacas de media casta a quienes querían torear, amenizando sus hazañas con uno o varios pasodobles reproducidos por un fonógrafo de la época.

Al principio no se decidía, pero cuando lo hizo, Laurentino se tiró al ruedo y clavando los pies en la arena citó a la vaca. Ésta se arrancó y él, quieto como un poste, aguantó la acometida y cuando la vaca llegó a su jurisdicción, dejó caer los brazos para marcar una verónica, esbozando por primera vez la manera de torear que tantas pasiones levantaría después en las plazas de toros. Quiso repetir el lance, pero fue empitonado, recibiendo una paliza de órdago.

En el invierno de 1944, Laurentino José López Rodríguez vistió por primera vez un terno de luces. Salió como sobresaliente en una novillada que en Tepeji del Río daban Juan Vela y Javier Mejía. Esa tarde solamente partió plaza, pues confesaría después a Aurelio García que el ambiente vivido esa tarde le causó mucho miedo, por lo que no hubo poder humano que lo sacara del burladero en el que se refugió, más como nos lo enseña la historia, ese sentimiento de Laurentino no alcanzaría a dominarle.

Nace Joselillo

Aurelio García era originario de Álvaro Obregón, Tabasco. En ella vivió sus primeros años y aprovechando las relaciones dejadas por su familia en aquél lugar, convence a las Autoridades Municipales y a la Junta de Mejoras Materiales de que una manera de allegar recursos para financiar sus proyectos, era la organización de festejos taurinos. Contando ya con el beneplácito de las autoridades obregonenses, organiza una cuadrilla en la que participarían Antonio Márquez, Javier Mejía y Roberto Vázquez, que junto con Laurentino y Aurelio se repartirían la calidad de matadores en esa gira por el sureste mexicano.

Llegó el momento de anunciar los festejos y advirtieron que el nombre de Laurentino no era muy afortunado en los carteles, por lo que se buscó la manera de anunciarle. Al final de cuentas, los aventureros decidieron prescindir de su primer nombre y del apellido paterno, para quedar como José Rodríguez. Una vez acordado que así se le anunciaría, Antonio Márquez propuso que se le apodara Joselillo, aceptándolo el torero. En ese momento nació para la eternidad, la manera en la que nuestro personaje sería conocido.

Los triunfos en Álvaro Obregón llevaron a la cuadrilla a actuar en Villahermosa. Allí alternaron con Emiliano Vega y Paco Herros. Entre las cuadrillas iba el banderillero Manuel González Pinocho, quien pronto advirtió que en Joselillo podría haber una figura del toreo.

Don Dificultades



Pinocho por un lado y Aurelio García por el otro, presentaron a Joselillo con el personaje que sería definitorio en la breve existencia de éste. Se trata de José Jiménez Latapí, periodista y apoderado de toreros y ganaderías, vecino de la ya mítica calle del Pino y conocido en el ambiente como Don Dificultades o como El Ogro del Pino, quien advirtió de inmediato la planta torera de Laurentino, efectivamente parecía torero y también se percató de la facilidad que tenía para cautivar a quienes le rodeaban.

Tras de un tiempo, El Ogro consideró que Laurentino ya había asimilado la teoría predicada en la calle de El Pino, por lo que le llevó a la ganadería de Santín, propiedad de Juan de Dios Barbabosa y que él representaba, para verlo ponerla en práctica. Ante las vacas, Joselillo demostró que era capaz de quedarse completamente quieto, haciendo el toreo con un emocionante juego de brazos y de muñecas. Ante la evidencia, Don Difi se convenció que estaba delante de un verdadero fenómeno.

Corre ya el año de 1945 y don José decide que ya es tiempo de ver a Joselillo delante del toro. Pacta con Guillermo Martínez El Pilón la presentación en la placita de Puente de Vigas para el día 3 de abril de ese año y repite los días 10, 17 y 24 de ese mismo mes. Esas actuaciones le permitieron afiliarse a la Unión Mexicana de Matadores de Toros y Novillos, pues por esas calendas se exigía que los aspirantes a novillero presentaran cuando menos tres programas de actuaciones con picadores.

Por esas fechas tanto Aurelio García, como Antonio Márquez hicieron su presentación en los Jueves Taurinos que en El Toreo daba Antonio Algara. Por intermedio de Aurelio, Tono invitó a Joselillo a presentarse en esas novilladas de oportunidad, de las que había surgido Luis Procuna. El Ogro no aceptó la oferta, pues decía: O tenemos un triunfo de clamor o un fracaso estrepitoso…

La gloria, antesala de la muerte

Para iniciar 1946, Joselillo realiza otra gira por el Sureste, actuando principalmente en Tabasco y Campeche, destacando sus actuaciones de los días 14 y 29 de abril. Regresa a México a la mitad de mayo y se entera de que su apoderado, José Jiménez Latapí le había ajustado su presentación en la recién inaugurada Plaza México.

El cartel anunciado para el 25 de agosto de 1946 se componía con ocho novillos de Chinampas, propiedad del Dr. Manuel Cortina Rivas, vecino de Ojuelos, Jalisco, formada con pura sangre de La Punta y Matancillas, ganadería que hacía su presentación en la Capital, para ser lidiados y muertos a estoque por Manuel Jiménez Chicuelín, Pepe Luis Vázquez, Fidel Rosalem Rosalito y José Rodríguez Joselillo, que hacía su presentación en esa plaza.

La tarde fue lluviosa y la entrada no fue lo buena que se esperaba, no obstante que Chicuelín y Pepe Luis eran los triunfadores de lo que iba de la temporada. Ante el cuarto de la tarde, Joselillo realiza el toreo que él intuía y corta el rabo de Campero. Sin importar el clima, ni las constantes interrupciones del festejo para componer el ruedo, la gente que asistió se queda hasta el final de su actuación.

Tras la euforia del primer triunfo, no tardaron en aparecer las voces de aquellos a los que nada les parece bien. El primer punto de apoyo que tuvieron, fue el de la nacionalidad de Joselillo. Hasta sus propios paisanos le hostilizaban por considerar que era un rojo transterrado – se decía que era uno de los niños de Morelia – y por otra parte, también La Porra se encargó de hacerle amarga la existencia en el ruedo de Insurgentes.

Por si algo faltara, trascendió el diferendo de Don Difi con la empresa, a cargo de Miguel Simón, acerca de los dineros que consideraba debía percibir su torero. Joselillo recibió setecientos pesos por su presentación en la México. Tras el triunfo, Jiménez Latapí exigió diez mil por novillada, lo que incomodó al sobrino de Don Neguib. Después de un publicitado estira y afloja, se convino en ocho mil quinientos pesos por novillada, suma bastante fuerte para la época.

Reaparece el miércoles 4 de septiembre y actúa los días 6, 8, 15 y 29 de ese mes; el 6, 13, 20 y 27 de octubre y el 3 de noviembre se presenta en Guadalajara para alternar con el texcocano Jorge Medina y Javier Gómez en la lidia de novillos de Santín. Laurentino quedó inédito esa tarde, pues al salir al quite en el que abrió plaza, se llevó una cornada de doce centímetros. Se escapa de la enfermería y el segundo de su lote, quinto de la tarde, le infiere otra de dieciocho centímetros, ambas en la pierna derecha. Entrevistado al recuperarse de las heridas, se le preguntó por qué no se quedó adentro desde la primera cornada, a lo que respondió: La plaza está llena y yo no puedo defraudar a ese público que ha venido a verme.

El ritmo que llevaba era vertiginoso.

1947, un año de imposible olvido

Tras la convalecencia, que aprovechó para recibir junto a Manolete el trofeo al novillero triunfador de la temporada, Joselillo regresa a Guadalajara, actuando en la calle del Hospicio el 12 de enero de 1947, con poca fortuna y el día 26 siguiente, en la disputa de un Estoque de Plata junto con Paco Rodríguez, Pepe Luis Vázquez y Luis Solano. Los novillos fueron de Matancillas.

De esta última tarde, Paco Madrazo refiere que por fin se pudo ver a Joselillo en Guadalajara, quien cortó la oreja a Rondeño, cuarto de la tarde y se llevó el trofeo en disputa. Continuó su campaña por la provincia mexicana y el 5 de febrero actuó en Morelia, después fue a Mérida y a Campeche, dejando en esas plazas su carta de presentación.

Tras de que Manolete terminara su campaña en Mérida, sobrevino otra ruptura de las relaciones taurinas entre España y México. A partir de esa situación, se le impidió actuar a Joselillo, aduciendo que su nacionalidad era española. Lo que ignoraban los que a toda costa querían acabar con él, era que a principios de ese año, la Secretaría de Relaciones Exteriores le había otorgado la carta de nacionalidad mexicana.



Planteada la situación a la Unión, en asamblea, se decidió apoyar la propuesta de Jesús Guerra Guerrita, a la sazón Secretario General de la agrupación, en el sentido de que todos aquellos toreros españoles que hubieran adquirido la nacionalidad mexicana antes de la ruptura del convenio, podrían actuar sin problema alguno. Al enterarse del acuerdo, el 11 de marzo, Joselillo dirigió la siguiente comunicación a la Unión:

El acuerdo tomado en la última asamblea de nuestra Agrupación, en que se trató mi posición de la misma con motivo de la ruptura del Convenio Taurino Hispano – Mexicano, ha sido para mi una gran satisfacción que no puede expresarse con palabras y también un lazo de gratitud que ata para siempre mi reconocimiento y cariño a todos los compañeros de profesión que en forma tan espontánea y unánime votaron a favor mío.

Desde niño he vivido en México, en México me estoy haciendo torero y en esta bendita tierra están mis afectos, mis ilusiones y mis esperanzas.

El año pasado, cuando nadie podía sospechar que estuvieran en peligro de romperse o de interrumpirse siquiera las relaciones taurinas hispano – mexicanas, por propia convicción, no por amor al interés, sino por amor a este país donde no me considero un extraño, sino el más humilde e insignificante de sus hijos, solicité mi carta de naturalización en la Secretaría de Relaciones Exteriores, la cual hice llegar a ustedes en su oportunidad. Soy, pues, mexicano; si no por nacimiento, si por amor a México, por estar identificado con sus costumbres, su gente y sus cosas. Así lo he manifestado, no ahora, sino siempre, cuando soñaba con llegar a torear y cuando nadie sospechaba que se tuviera en cuenta la nacionalidad para vestir el traje de luces. Mis sentimientos mexicanistas, mis documentos de nacionalización como mexicano, confirman en todo lo antes expuesto ante el justo criterio de ese H. Comité Ejecutivo.

La forma espontánea y unánime con la que la Asamblea de la Unión Mexicana de Matadores de Toros y Novillos tomó el acuerdo de autorizar mis actuaciones ilimitadamente en las plazas de toros del país por considerarse, porque lo soy, ciudadano mexicano con derechos y obligaciones, me hace un honor que sabré estimar y corresponder dignamente, en el ruedo como torero y en todos los actos de mi vida como hombre.

Ruego a ese H. Comité Ejecutivo se sirva recibir la más honda y sincera expresión de mi reconocimiento por el acuerdo a que me refiero, gratitud para todos y cada uno de mis compañeros y para la Unión Mexicana de Matadores de Toros y Novillos, a la cual me honro en pertenecer, muy orgullosamente.

Gracias como torero y como hombre. Y gracias, también, como ciudadano mexicano, por el reconocimiento de mis derechos.

Soy de ustedes afectísimo compañero.
(José Ramón Garmabella, Joselillo. Vida y Tragedia de una Leyenda, México, 1993, Págs. 111 y 112)


Dadas las cosas de esa manera, Joselillo no vuelve a actuar sino hasta el primero del mayo en Monterrey y el 18 del mismo mes en Tampico.

Por esas fechas se anuncia también su contratación para la temporada de novilladas que comenzaba en la plaza más grande del mundo. A partir del hecho de que Joselillo la llenaba cada vez que se presentaba, Don Dificultades consigue que los honorarios de su torero sean cubiertos a partir de un porcentaje del producto de las entradas, en contra de lo que pretendía el nuevo empresario, Tomás Valles, que era el pagarle quince mil pesos por actuación.

El chihuahuense Valles no se quedaría con la espina clavada. Pronto reaccionó y dejó correr en los medios la versión de que para satisfacer la desmedida e injusta ambición del novillero, estaba obligado a subir los precios de entrada a la plaza. Ese anuncio provocó la ira de los públicos, que a la menor provocación le echaban en cara su origen español y le exigían como si se tratara de una figura cuajada, sin reparar en que al inicio de lo que sería su última temporada capitalina, apenas llevaba toreadas unas quince novilladas con ganado de casta.

La temporada de 1947 constó de veintisiete novilladas y Laurentino actuó en seis de ellas, siendo víctima de una saña brutal desde los tendidos. Eso se refleja en sus resultados, que no son muy halagadores. El primero de junio se le va vivo el segundo de la tarde y siete días después, un novillo de Carlos Cuevas le manda al taller de las reparaciones por casi dos meses. Es en esa convalecencia que Joselillo hace la siguiente reflexión a su hermano José Luis:

Todos tienen derecho a opinar según sus gustos y no es posible que una sola persona, un torero en este caso, pueda satisfacer todas las opiniones. Si muchos van a la plaza a meterse conmigo, tal vez no lo hagan por maldad sino porque su gusto en el toreo difiere con lo que soy y lo que puedo dar. Aunque, eso sí, deberían tener presente que les doy cuanto tengo y que jamás he escatimado esfuerzo alguno para dárselos… (Garmabella, Op. Cit., Pág. 125)

viernes, 28 de agosto de 2009

Manolete en México, a 64 años vista (I)

Aclaración pertinente: Este trabajo ya lo había publicado en otro tiempo y en otro lugar. No obstante, creo que vale su relectura, por los hechos que revisa, sobre todo la manera y la circunstancia en la que se concretó la llegada del Monstruo de Córdoba a México y que permitió que, a diferencia de Joselito, nuestra afición conociera a una de las grandes cumbres del toreo del Siglo XX.

El boicot del miedo

En 1936 quedaron interrumpidas las relaciones taurinas entre España y México. Fue lo que Juan Belmonte definiera com el boicot del miedo lo que dejara a los públicos de aquí y de allá sin ver a los representantes de la torería de dos países en los ruedos de unos y otros. Ese hecho instigado en buena medida por Marcial Lalanda y Victoriano de la Serna como cabezas notables, tuvo como caldo de cultivo el hecho de que el Maestro Armillita era el torero que dominaba el panorama taurino en el mundo, al ser el torero más solicitado para confeccionar carteles en todas las plazas, tanto, que se afirmaba que ese año del 36 tenía cien corridas firmadas en plazas españolas, una cifra que solo alcanzó en su día el nombrado Pasmo de Triana.

Don Humberto Ruiz Quiroz refiere también como antecedente del boicot el hecho de que tras de una serie de litigios y de controversias, tanto por la tenencia de la plaza de toros El Toreo, como por el destino de los recursos generados por la fiesta, se promulgó un decreto en el que se establecía la normativa en el sentido de que solamente podían ofrecer toros en el Distrito Federal la Beneficencia Pública o empresas con capital mexicano al cien por cien, concesionadas por ésta. Ese decreto gubernativo implicó la salida de la empresa que hasta ese momento manejaba la plaza de la colonia Condesa de Domingo González Mateos, Dominguín¸ quien era el socio más destacado de la entidad que manejaba los destinos del principal escenario taurino de la capital de la República.

Así pues, la imposibilidad de que empresarios hispanos se hicieran cargo de dar toros en la Ciudad de México y la supremacía de un torero mexicano en los ruedos españoles fue el caldo de cultivo que generó la imposibilidad de que los mexicanos actuaran en España y los españoles en México, hecho que produjo, en la óptica del nombrado don Humberto Ruiz Quiroz, la independencia taurina de México, pues por primera vez en mucho tiempo, la fiesta de los toros tendría que subsistir con elementos puramente nacionales.

Por otra parte, en ese mismo 1936 estalló la Guerra Civil Española, que paralizó prácticamente las cosas de los toros, ocasionó la pérdida de una importante porción de la cabaña brava y la muerte de importantes criadores de toros. Igualmente varios toreros resultaron heridos o perdieron la vida en combate y la formación de aquellos que deberían de tomar la estafeta para llevar adelante la fiesta quedó en suspenso y no se reanudaría sino hasta tres años después en condiciones muy precarias, pero abriendo paso a uno de los más grandes toreros de la historia; Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, en los ruedos Manolete.

La situación en México

El regreso de Armillita, El Soldado, Luciano Contreras, Silverio y otros muchos toreros que buscaban en España construir carreras taurinas sólidas, abrió la posibilidad de desarrollar en México temporadas más extensas a diferencia de la española, gracias a la benignidad del clima, que permitiría cubrir un territorio muchas veces más extenso sin tener que suspender la actividad por el invierno, que en la península suele ser crudo en muchas regiones.

También, para enriquecer la cartelería, se promocionaron prospectos que cuajaron en interesantes realidades, como Calesero, Silverio Pérez, Carlos Arruza, Luis Procuna y Fermín Rivera, que serían quienes entrarían en competencia con Armillita, Alberto Balderas El Torero de México, Lorenzo Garza, El Soldado y Jesús Solórzano como cabezas principales de una torería que llevaría sobre sus hombros el peso total de una fiesta que en esos tiempos tendría que avenirse con lo que hubiera en casa.


Las cosas comenzaron a darse de una manera importante, Benjamín Padilla, que fue quien se hizo cargo de las cosas de El Toreo a la salida de Dominguín, abre con una serie de fastos, entre ellos la faena de El Torero de México al toro Capa Rota de Piedras Negras, la inmortal obra del maestro Fermín con Pardito de don Antonio Llaguno, la de Lorenzo El Magnífico con Tortolito de Torrecilla y para no quedarse atrás, también se inscribió en el cuadro de honor el torero de Mixcoac, Luis Castro El Soldado, al inmortalizar a Pajarito de San Mateo. Es decir, la presencia de las figuras hispanas ni se extrañó en ese momento, pues los diestros nacionales colmaron las expectativas de la afición y dejaron patente, nada más iniciada la situación, que podían con el paquete, cuestión que se puso en duda al inicio de la problemática.

Entretanto, la promoción de nuevos valores no se dejó de lado y surgían jóvenes interesantes, como Manuel Gutiérrez Espartero, Juan Estrada, Carlos Vera Cañitas, Antonio Velázquez, Ricardo Torres, Ricardo Balderas, Luis Briones y su hermano Félix y Eduardo Liceaga, que animan las novilladas y llegan casi todos a la alternativa prometiendo una transición sin sobresaltos en el momento de que el relevo se haga necesario.

El tórrido verano del 43

En el verano de 1943 la Unión Mexicana de Matadores envía a España una curiosa embajada. Luis Briones acude en la parte álgida de la temporada ultramarina, en carácter diríamos, de plenipotenciario, a tratar de negociar un reencuentro entre las torerías de aquí y de allá. Ya sucedidos los hechos, resulta evidente que detrás de la actividad de Luis de Seda y Oro se encontraba el gerente de la empresa Espectáculos El Toreo S.A., Antonio Algara, quien seis años después de iniciadas las hostilidades entre ambos bandos de toreros, apreciaba la necesidad de implantar algunos cambios de fondo en la oferta de festejos taurinos en la capital y en la República entera.

En las publicaciones especializadas, principalmente en La Lidia, esa actitud de la Unión fue acremente censurada, columnistas como don Flavio Zavala Millet, que firmaba con el pseudónimo de Paco Puyazo, el hidrocálido don Luis de la Torre El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada y el politólogo e historiador Roberto Blanco Moheno fustigaron a Briones y a quienes lo enviaron a negociar la paz, por considerar que traicionaban un movimiento que podía generar una total independencia de la fiesta de toros en México.

Por otra parte, diversas voces del exilio español se alzaron en contra de la intentona que tras bambalinas patrocinaba Algara, pues decían, Lalanda y Domingo Ortega eran falangistas y esa era la razón de fondo por la cual pretendían mantener el estado de cosas que permanecía en ese momento, habida cuenta de que el Gobierno de México había dado un lugar en el cual rehacer sus vidas a muchos españoles que en su tierra fueron perseguidos por sus ideas políticas.

Así pues, se daban los primeros pasos para allanar las cosas y permitir que México pudiera conocer al torero que estaba conmocionando a la afición española: Manolete.

El arreglo

Las gestiones de la dupla BrionesAlgara rindieron algún fruto, porque a principios de 1944 la agencia de noticias Associated Press, dio a conocer una información, fechada en Madrid el 14 de enero, en la cual se comunica que los Ministerios de Estado y del Trabajo autorizaban a los empresarios españoles a contratar toreros mexicanos libremente, con la única restricción de que el Sindicato Nacional del Espectáculo debería de aprobar los contratos.

El comité que en España participó en la revocación de las medidas gubernativas generadas por el boicot del miedo, se integró por los empresarios Eduardo Pagés, Pedro Balañá y Carlos Gómez de Velasco; los matadores de toros Domingo Ortega, Manuel Jiménez Chicuelo y Joaquín Rodríguez Cagancho; el periodista Ricardo García López K – Hito, los picadores Díaz y Barajas y los banderilleros Morales y Pinturas.

Tres días después Antonio Algara recibe un cablegrama firmado por Manolete, Juan Belmonte Campoy, Pedro Barrera, Manuel Álvarez Andaluz, Rafael Ortega Gallito, Emiliano de la Casa Morenito de Talavera, Cagancho y Chicuelo, en el que comunican su deseo de que los toreros mexicanos que vayan a España no firmen contratos de exclusiva, según reza el texto del cable, para mejor armonía.

Como se ve, el arreglo se entrampó apenas anunciado. Y la temporada 44 – 45 peligraba, porque los toreros que tenían que tomar la estafeta simplemente no daban el paso adelante. Juan Estrada se perdía en un mar de mediocridad. Espartero no aprovechaba el padrinazgo de Garza, Cañitas seguía siendo una buena cabeza de las corridas económicas, pero hasta allí. Ricardo Torres gozó de la incomprensión de empresas y públicos. Gregorio García prefirió derrochar en las arenas de Eros el valor que debió echarle a los toros, según decía don Arturo Muñoz La Chicha y faltaba todavía algún rato para que el sol le saliera de noche a Antonio Corazón de León.

Algo tenía que hacerse y es así que Antonio Algara se dirige de nueva cuenta a la antigua Iberia, a desfacer los entuertos que quedaban pendientes tras de su visita anterior, cosa que consigue el día 11 de julio de 1944, dejando como principal condición que torero español o mexicano que pretenda actuar en México o España, deberá llevar firmados cuando menos tres contratos, mínimo que entiendo perdura hasta nuestros días.

Corresponderá a Carlos Arruza, que buscaba hacer campaña en Francia y Portugal, el poner en marcha el nuevo estado de cosas y así, se presenta en la plaza de Las Ventas de Madrid exactamente una semana después de suscrito el nuevo convenio, para confirmar su alternativa de manos de Antonio Mejías Bienvenida y llevando como testigo a Morenito de Talavera, el toro de la ceremonia se llamó Avilés, de don Vicente Muriel, como todos los lidiados esa histórica tarde, tanto por lo que representa para la historia común del toreo de ambos pueblos, como para la particular del Ciclón Mexicano, que de esa tarde partió a convertirse en una de las más grandes figuras de la historia del toreo mundial.

Pero la temporada mexicana se vislumbraba nebulosa. Lorenzo Garza había anunciado otra vez que se iba y prometía a los cuatro vientos que no volvería a vestir un terno de luces. En una entrevista publicada en La Lidia, afirmaba incluso que había obsequiado todos sus avíos y vestidos de torear y que lo último que le quedaba, que eran unas camisas, se las regalaría a Heriberto Rodríguez hijo, que comenzaba sus pasos como novillero. La historia nos cuenta que a los pocos meses de hacer esos públicos juramentos, volvió para escribir algunas páginas gloriosas de una carrera en los ruedos que se prolongó casi dos décadas más.

Silverio Pérez mantuvo esa regular y enigmática irregularidad que le caracterizó toda su trayectoria en los ruedos. Cuando la confluencia de las circunstancias era la adecuada, el Faraón era insuperable, tanto así que se metió en el ánimo de la afición del mundo, aún sin haber sido visto en muchos lugares. Su leyenda fue suficiente y eso, en el caso de un torero es bastante para trascender. El problema en este caso, es que desde el punto de vista del empresario, no se puede sostener una temporada con un artista de esta clase.

Balderas había dejado la vida en las astas de Cobijero, Solórzano acusaba ya el castigo de los toros y la necesidad de atender otras cuestiones ajenas a los ruedos, El Soldado sufría los embates tanto de las cornadas que dan los toros, como las que dejan las lides nocturnas, por las que sentía una gran afición y si a eso le sumamos, como decíamos arriba, que los que debieron tomar la estafeta, apuntaron, pero por alguna razón, no pudieron o no se atrevieron a disparar, la temporada 44 – 45 en la capital de la República se planteaba complicada para Antonio Algara.

A todo esto había que sumar otro hecho trascendente, el 19 de noviembre de 1944, en San Luis Potosí, el toro Despertador de Zotoluca, infirió al Maestro Armillita una cornada calificada de grave, que lo sacó de circulación por un buen lapso de tiempo, hecho que vino a poner en mayores aprietos la organización del serial taurino más importante del país, de organizarse solamente con lo que se tenía en casa.


Esas fueron las razones por las cuales Tono Algara movilizó lo necesario para sacar adelante la reanudación de las relaciones taurinas entre España y México y para actuar en reciprocidad a lo iniciado con la presentación de Arruza en Madrid en la Corrida de la Concordia y a la campaña que Cañitas entre otros armó por aquellos pagos, contrató para reforzar el elenco a Cagancho, Gitanillo de Triana, Pepe Luis Vázquez, Rafael Ortega Gallito y Antonio Mejías Bienvenida. No obstante la intención, se siguió criticando al empresario por importar toreros en lugar de hacerlos.

La versión mexicana de la Corrida de la Concordia se celebró en El Toreo el 3 de diciembre de 1944 y alternaron en ella Cagancho, Carlos Arruza y Luis Briones. Guillermo Ernesto Padilla afirma que los toros fueron de La Laguna y Carlos Septién García dice que fueron de Rancho Seco, tlaxcaltecas al fin. El primero de la tarde, para el gitano Joaquín Rodríguez se llamó Jazmín y curiosamente representó el retomar un camino que se había dejado de andar algo más de ocho años antes, pues en febrero de 1936, fue precisamente el trianero el último torero español que actuara en México antes de la ruptura.

La intención final del arreglo era la de traer a Manolete, pero dado lo avanzado de la campaña española cuando éste se logró, no fue posible ajustarlo para venir a México, por esa razón, se tuvo que esperar hasta la temporada siguiente, en la que Manuel Rodríguez Sánchez, traería su conmoción en persona, al medio taurino mexicano.

sábado, 31 de enero de 2009

A 66 años de Tanguito y Clarinero de Pastejé


Hoy se cumplen 66 años de que la ganadería de Pastejé se presentara ante el público de la Ciudad de México en El Toreo de la Condesa. El cartel que se confeccionó para la ocasión fue la alternativa del valentísimo torero leonés Antonio Velázquez, que sería apadrinado por Fermín Espinosa Armillita, ante el testimonio del Faraón Silverio Pérez.

La fecha tiene su significación porque en su resultado se conjugaron tres grandes triunfadores, Armillita con su faena ante Clarinero, Silverio escribió quizás su obra más grande ante los ojos de su afición con Tanguito y la ganadería que se estrenaba en el máximo escenario taurino de esta República saldría como la triunfadora de la temporada y con el reconocimiento al toro más bravo de la temporada, que fue Andaluz, el de la alternativa de Velázquez, que en esa oportunidad fue claramente superado por la maestría de sus alternantes y que en una muestra de lo que fuera su carácter, años después se alzara como una gran figura del toreo.

La ganadería de Pastejé surge de una asociación entre Antonio Algara – a la sazón, empresario de El Toreo y ganadero de Jalpa – y Lorenzo El Chato Elizaga, que era el propietario de la Ex – Hacienda de la que tomó su nombre la ganadería, en el año de 1936. El pie de simiente de la nueva ganadería se formó con ganado encastado en Saltillo de San Diego de los Padres y una parte muy selecta del hato de Jalpa, que como ya apuntaba en un post anterior, fundamentalmente se constituyó con ganados vazqueños de San Nicolás Peralta, mismos que dejarán su impronta allí, pues al decir de don Paco Madrazo, la frecuencia de toros berrendos en Pastejé – como aquellos que inmortalizara en El Toreo de Cuatro Caminos el camero Paco Camino – era por la presencia de esas vacas nicolaítas, muy vazqueñas.

La asociación entre Elizaga y Algara dura alrededor de un año y El Chato le vende su parte a don Eduardo N. Iturbide, junto con la finca y es en 1938 que entre don Daniel Muñoz de Zacatepec y él importan 9 erales con el hierro de Murube, cinco de los cuales quedarían en Pastejé y fueron Observador; número 28; Perfumado, número 42; Barquillero, número 54; Holgazán, número 74 y Tanganito, número 65.

No resulta difícil deducir que el encierro lidiado el 31 de enero de 1943 resulta ser la primera camada de la cruza entre el ganado existente en Pastejé con los sementales hispanos, entre los que cobraron pronto primacía Tanganito y Holgazán por su ascendencia y por el juego que dieron en la tienta ya en suelo mexicano.

El superior juego de esta corrida colocó a Pastejé en un sitio de privilegio ante la afición y la torería. Su presentación en la Plaza México fue también de éxito. El 11 de noviembre de 1946, – ya siendo propiedad exclusiva de don Eduardo N. Iturbide – se acartelaron Lorenzo Garza, Manolete y Leopoldo Ramos El Ahijado del Matadero, que recibiría la alternativa, para enfrentar a otro encierro de esta ganadería y se recuerdan de esta tarde cuatro grandes faenas, las de Amapolo y Buen Mozo por El Ave de las Tempestades y las de Manzanito y Murciano por el Monstruo.

Don Eduardo N. Iturbide, quien había agregado un semental de Luis Vallejo AlbaCachorro, número 50 – y a Tizonero, número 74 de Antonio Urquijo – que antes había padreado en Rancho Seco – enajenó la ganadería de Pastejé en 1949 a don Guillermo Barroso Corici, quien la cedió a su hijo Luis Javier Barroso Chávez y éste a su vez la vendió a Carlos Arruza en 1953. A partir de esa fecha, cambió de manos con frecuencia y con la disparidad de criterios en su manejo, como por la falta de una línea pura de sangre de Murube, dado que no se importaron vacas, comenzó a decrecer su cartel.

Uno de sus propietarios fue don Francisco Madrazo Solórzano, quien pensó que con los ganados puros originarios de Parladé, Gamero Cívico y Conde de la Corte que poseía en La Punta, podría corregir el rumbo de los acontecimientos en Pastejé, dado que el origen de los punteños era ParladéTamarónMora Figueroa, que se originan en una partición de la ganadería original de la ganadería de la familia Murube.

Al final, don Paco no pudo lograr lo que él siempre llamó su capricho y Pastejé, sin dejar de tener instantes de grandeza, no mantuvo la constancia de lo que mostró en sus primeros años dentro de los ruedos mexicanos. No obstante, su aparición en las plazas, el hecho de que su encaste predominante sea distinto al del común de la ganadería en México y las efemérides a las que viene asociada, me impulsan a hacer estas remembranzas.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Aldeanos