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domingo, 14 de octubre de 2012

Cuando el sol sale de noche. Antonio Velázquez y la Oreja de Oro de 1945

Portada de La Lidia del 9 de marzo de 1945,
Velázquez y la Oreja de Oro

Antonio Velázquez, que había sido un destacadísimo peón de brega en la cuadrilla de Luis Castro El Soldado y que también, vestido de plata, apoyó los inicios de las carreras de Calesero y Carlos Arruza, debutó como novillero el 19 de junio de 1942, alternando con Antonio Toscano y Luis Briones para lidiar un encierro de Piedras Negras. Su faena al novillo Quitasol le representa su primer triunfo y salida en hombros del viejo Toreo de la capital mexicana. En esa campaña sumaría ocho fechas más, cerrando su temporada en el festejo de la Oreja de Plata el domingo 8 de noviembre, cuando ante novillos de Zacatepec, se disputaron el trofeo Conchita Cintrón a caballo, Rafael Osorno, Luis Procuna, Tacho Campos y el propio Velázquez, que con su faena a Muñeco, se llevó a casa el argentino trofeo.

Recibió la alternativa el 31 de enero de 1943, una fecha que ha quedado inscrita con letras de oro en la historia mexicana de la tauromaquia, pues en ella, Fermín Espinosa Armillita, con el testimonio de Silverio Pérez, hizo matador de toros a Antonio. Los toros fueron de Pastejé, ganadería que se presentaba en el Toreo de la Condesa. Al final, Velázquez naufragó con Andaluz, número 44 y con Jareto, número 19 y la fecha sería recordada por las memorables faenas de Armillita a Clarinero y la del Faraón de Texcoco a Tanguito, dos de las grandes obras de la historia reciente del toreo en México.

La poca fortuna de Antonio Velázquez la tarde de su alternativa le llevó poco menos que al paro. Nadie dudaba de sus aptitudes como torero, ni de su entrega en el ruedo, pero el recuerdo de una tarde que tuvo todo para ser memorable – el toro de su alternativa fue considerado el toro de la temporada – reducida a una mera efeméride, pesó mucho en contra del torero de León de los Aldamas. Así lo contó el torero a José Alameda:
Me iba – cuenta – a la calle de Bolívar – entonces tan taurina –, estacionaba mi coche  junto a la banqueta y me colocaba con la espalda a la pared, en la fachada del restaurante La Flor de México. Allí, permanecía una hora y más hablando con los taurinos, dejándome ver de ellos. Pero no entraba, porque tenía coche, pero no tenía para café...
Antonio Velázquez recibiendo la Oreja de Oro del
empresario Joaquín Guerra (Foto: La Lidia)
La temporada 1944 – 45 representó para nuestra afición el retorno de los toreros españoles después de casi una década de ausencia. Antonio Bienvenida, Pepe Luis Vázquez, Joaquín Rodríguez Cagancho y Rafael Ortega Gallito fueron algunos de los notables embajadores que vinieron de allende el mar a restablecer el intercambio entre nuestras torerías, lo que dio un nuevo aire a la temporada invernal en el coso de La Condesa y también estableció un interés distinto a la corrida de la Oreja de Oro que, a beneficio de la Unión Mexicana de Matadores, se organizaba cerca del final de la temporada.

El cartel que se propuso inicialmente para ese festejo, a celebrarse la noche del miércoles 28 de febrero de 1945, se formaba con un encierro de Torreón de Cañas, propiedad de don Rafael Gurza, para David Liceaga, Cagancho, El Soldado, Pepe Luis Vázquez, Antonio Bienvenida y Luis Procuna. La víspera de la corrida, se anunció que Liceaga no podría actuar por enfermedad, por lo que se citó a Arturo Álvarez Vizcaíno y Antonio Velázquez a la Unión de Matadores y allí lanzando una moneda al aire – tirando un volado diríamos aquí – se decidió quién sustituiría a David. Velázquez resultó el afortunado.

El Editorial de La Lidia del 9 de marzo de 1945, un algo más de una semana después del festejo, reflexiona lo siguiente:
Antonio Velázquez tomó la alternativa prematuramente; cuando recibió el espaldarazo, no sumaba quince actuaciones como matador de novillos… En la temporada organizada por la Empresa “La Lidia” S. de R.L., fue el triunfador indiscutible… A pesar de ello, en la presente temporada 1944 – 1945, injustificadamente se le dejó parado y ya sin esperanzas de tomar parte en la presente serie de corridas, por mero accidente y en sustitución del pundonoroso diestro David Liceaga, que por enfermedad no pudo actuar en la corrida de la Oreja de Oro, salió a nuestro coso máximo, con una gran responsabilidad y con toros que no presentaban ninguna garantía, sin entrenamiento y al lado de los ases de la torería; pero imponiéndose a la adversidad y a su destino, triunfó clamorosamente, ganado la codiciada oreja de oro…
El quinto toro de esa corrida fue el número 11, Cortesano, negro y fue el que le permitió a Antonio Velázquez salir del anonimato y a partir de allí constituirse en una legítima figura del toreo. La actuación de quien a partir de esta fecha sería llamado Antonio Corazón de León fue vista de esta manera por don Luis de la Torre El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada, en su relación publicada el 9 de marzo de 1945 en el número 118 de La Lidia:
…Antonio Velázquez, de manera inesperada, después de haber permanecido ausente de nuestro coso durante toda la temporada hasta esta noche, quedó incluido en el cartel sustituyendo a David Liceaga, e indudablemente que fue para este humilde torero nuestro un triunfo clamoroso, habiendo dado lidia completísima al burel que le correspondió; lidia llena, de principio a fin, de auténtico torerismo, de ese torerismo en que por igual se manifiestan el valor atesorado, cimiento básico del triunfo, como los recursos y amplio conocimiento del oficio para vencer cualesquiera escollo de que está llena tan riesgosa profesión… El triunfo de Velázquez no fue de aquellos en que el toro por inmejorables cualidades de bravura y nobleza más que un enemigo del lidiador se convierte en franco y definitivo colaborador en muchas ocasiones con porcentaje de superioridad. El burel que correspondió a Velázquez fue bravo, ¡qué duda cabe!, pero no con la bravura fácil tan codiciada por quienes sólo eso saben aprovechar, sino con aquella que tantos fracasos ocasiona a quienes no alcanzan a entenderla y mucho menos a domeñarla. Para ello se necesita un corazón bien templado, afición efectiva, pundonor profesional y demás cualidades capaces de formar el conjunto armónico que determine el derecho de llamarse torero. Y Antonio Velázquez, en esta oportunidad que la casualidad le deparó, dejó demostrado, al jugarse la vida en cada momento de su hazaña completísima, que posee en superlativo grado todas esas cualidades tan raras de reunir… ¡ASÍ SE TRIUNFA, AQUÍ Y EN CUALQUIER PARTE. TOREANDO CON EL CAPOTE, PONIENDO BANDERILLAS, CUAJANDO LO QUE SE LLAMA UNA FAENA Y ESTOQUEANDO CON EL CORAZÓN! La oreja de oro fue para él, naturalmente; pero más que este poco significativo galardón, lo que debe enorgullecerlo, lo que debe llenarlo de satisfacción, es el delirio que supo hacer estallar, las cinco vueltas al ruedo que ganara a ley y la manifestación popular que todavía el domingo 4 de marzo se le patentizó en el tendido antes de dar principio la corrida, repitiéndose varias veces durante su desarrollo. ¡SALVE, TORERO!...
La otra crónica de la corrida, que es ya un clásico del género, es la que publicó El Tío Carlos al día siguiente del festejo en el diario El Universal. De ella, por su sentido valor literario, extraigo lo siguiente:
Antonio Velázquez, Corazón de León: ¡Qué hombrada la tuya, anoche, en esa corrida de la Oreja de Oro! Como hombre triunfaste en una lucha de entrega absoluta, completa, total. Una lucha rebelde contra tu propio, adverso destino de los últimos años; una lucha noble y viril sostenida con tu propio alternante en quites – El Soldado – en cuya cuadrilla militaste como peón de brega; una lucha torera con tu enemigo, fuerte, encastado, difícil, una artística lucha bizarra contra los otros cinco maestros que aspiraban al premio de la Oreja de oro. Qué hazaña la tuya de recia y cabal varonía… ¡Antonio Corazón de León!... y triunfaste como mexicano. Mexicano del Bajío que vale decir castellano de México. Echaste tu vida a un albur de triunfar y créeme que hubo momento en que tuve la duda de si eras un ranchero con la frazada en la izquierda y el machete en la diestra, peleando en la noche tu vida y tu honra… Porque entre el revuelo agitado del trapo y los rápidos fulgores del estoque y en el jadeo de la lucha, yo creí oír una ronca voz que cantaba el viejo canto viril: Sí me han de matar mañana, que me maten de una vez… Y era tu voz… ¡Antonio Corazón de León!... No recuerdo ninguna otra Oreja de Oro ganada tan legítimamente en una sola faena… No evoco otras lágrimas de torero tan sinceras, tan justas, tan emocionadas como las tuyas en esos minutos de ayer… ¡Qué hombre, qué torero, que mexicano eres!... ¡Antonio Corazón de León!...
Ambas relaciones, cada una con el sello personal de su autor reflejan, sin duda, el emotivo momento que se vivió esa noche en El Toreo, cuando un torero que se pensaba desahuciado para esto, salió, diría Carmelita Madrazo, a dejarse matar con tal de salir de la plaza triunfante. Y es que Antonio Velázquez sabía bien lo que era estar en el dique seco.

Un mes después del festejo, Antonio Velázquez reflexionaba lo siguiente acerca del triunfo conseguido, en entrevista que concedió a Carmen Torreblanca Sánchez Cervantes para el semanario La Lidia:
¿Qué impresiones dejó en usted la obtención de este último galardón?
Ya puede suponerse cuán variadas y qué profundas fueron. Primero, estar sin haber toreado en “El Toreo” en mucho tiempo y no tener esperanzas de hacerlo. Después, la oportunidad que se presenta por enfermedad de David Liceaga; salir avante de todas las dificultades y ganar la inclusión en el cartel mediante un “volado”… Llegué a la plaza lleno de voluntad, con una confianza enorme en el triunfo, no obstante verme entre todas las figuras de la temporada, tanto españoles como mexicanos. Cuando tocó mi turno, y después del quinto muletazo, no puedo recordar ya con precisión. Solamente conservo memoria de un gigantesco rumor que me rodeaba, del aliento húmedo del toro que mojaba mi rostro y del sabor de las lágrimas que corrían por mis mejillas… Reaccioné al tirarme a matar. Fue un instante en el que pasó por mi mente la historia de mi vida, y después… tomó forma ese inmenso rumor, convirtiéndose en una delirante ovación, volvieron a aparecer ante mis ojos la plaza y el público; era como si hubiera despertado súbitamente de un sueño, en el cual, sin embargo, estuve perfectamente consciente de lo que hacía al lidiar a mi enemigo, aunque todo lo demás desapareció para mí… Momentos más tarde tenía entre mis manos el estuche que contenía la Oreja de Oro…
Antonio Velázquez
Antonio Velázquez no dejaría el sitio de figura del toreo que de manera legítima conquistó esa noche hasta el final de sus días. El 1º de mayo de 1969, en la Plaza El Paseo – Fermín Rivera de San Luis Potosí, corta dos orejas al cuarto toro de los de Santa Marta lidiados esa tarde, que fue la de la alternativa de Mario Sevilla hijo, cerrando la terna Curro Rivera. Esta fue la última vez que Antonio Velázquez mató un toro vestido de luces.

El 15 de octubre de ese 1969, mostraba a sus amistades la casa que logró arrancar de los morrillos de los toros y como la obra estaba en proceso, tropezó con una varilla y cayó al vacío, logrando el piso de la calle lo que los toros no pudieron: Terminar con su vida.

En el 43º aniversario del óbito del gran torero de León, Guanajuato, le recuerdo en su despegue hacia la cima.

viernes, 16 de octubre de 2009

Velázquez y Rodríguez, mano a mano

Ayer se cumplieron 40 años de la muerte de Antonio Velázquez y hoy es el 16º aniversario de la partida definitiva de Rafael Rodríguez, dos grandes toreros mexicanos. Es por eso hoy les recuerdo a los dos, mano a mano, con las siguientes ideas:

Contrastar en el ruedo deja a los toreros en una situación de ventaja, pues cada uno de ellos podrá en su forma de concebir el toreo, destacar sus virtudes frente a sus alternantes. Cuando el contraste es marcado, se dice en los círculos de la fiesta que el mano a mano es natural, es decir, que habrá en el ruedo la confrontación de dos estilos, de dos técnicas y de dos concepciones del toreo diametralmente opuestas. Cada uno de los espadas, podrá entregar a los públicos lo mejor de sí y será valorado dentro de los límites de su propia tauromaquia, la que domina, la que se ha creado a partir del conocimiento de los cánones básicos del toreo.

Cuándo hay dos toreros de una misma línea de ejecución, el mano a mano es difícil, pues con las mismas armas tendrán que luchar ambos por el favor de los públicos, no será posible el contrastar las habilidades del uno y del otro, se trata en estos casos, de dilucidar quién está mejor que el otro, quien es el que accede al luminoso amanecer del triunfo y quien es el que se quedará en la negra oscuridad del fracaso, a la espera del siguiente domingo en el que de nueva cuenta, se abrirá el túnel de la esperanza y por qué no, de la guerra.

Un torero de León de los Aldamas, Antonio Velázquez y otro de Aguascalientes de la Asunción, Rafael Rodríguez, se encontraron en el ruedo en estas últimas circunstancias, pues su tauromaquia se apoyó en el principio básico del valor sereno, meditado y fundado en un amplio conocimiento del canon, al que interpretaron según su personal sentimiento, creando una tauromaquia en la que a toda costa, había que poderle a todos los toros.

Las trayectorias de Antonio Corazón de León y del Volcán de Aguascalientes, pueden atestiguar con la solvencia necesaria, que para ellos, una vez dominada su tauromaquia, no hubieron toros a contraestilo ni toros a los cuales no se les pudieran hacer cosas. Su orgullo era el sobresalir a como diera lugar y definitivamente, la historia nos demuestra que lo lograron.

Los artistas tienen la capacidad de captar la impronta de la personalidad de los hombres y para ilustrar esta remembranza, tomo primero como ejemplo lo que don Carlos Septién, El Tío Carlos escribió acerca de la faena de Antonio a Cortesano, de Torreón de Cañas, la noche del 28 de febrero de 1945, cuando disputaba la Oreja de Oro a Cagancho, El Soldado, Pepe Luis Vázquez, Antonio Bienvenida y Luis Procuna. Un torero que a un solo toro se jugó el mañana en su profesión:

Antonio Velázquez, Corazón de León:

¡Qué hombrada la tuya, anoche, en esa corrida de la Oreja de Oro! Como hombre triunfaste en una lucha de entrega absoluta, completa, total. Una lucha rebelde contra tu propio, adverso destino de los últimos años; una lucha noble y viril sostenida con tu propio alternante en quites – El Soldado – en cuya cuadrilla militaste como peón de brega; una lucha torera con tu enemigo, fuerte, encastado, difícil, una artística lucha bizarra contra los otros cinco maestros que aspiraban al premio de la Oreja de Oro. Qué hazaña la tuya de recia y cabal varonía…

¡Antonio Corazón de León!

…y triunfaste como mexicano. Mexicano del Bajío que vale decir castellano de México. Echaste tu vida a un albur de triunfar y créeme que hubo momento en que tuve la duda de si eras un ranchero con la frazada en la izquierda y el machete en la diestra, peleando en la noche tu vida y tu honra… Porque entre el revuelo agitado del trapo y los rápidos fulgores del estoque y en el jadeo de la lucha, yo creí oír una ronca voz que cantaba el viejo canto viril: Sí me han de matar mañana, que me maten de una vez… Y era tu voz.

¡Antonio Corazón de León!

No recuerdo ninguna otra Oreja de Oro ganada tan legítimamente en una sola faena… No evoco otras lágrimas de torero tan sinceras, tan justas, tan emocionadas como las tuyas en esos minutos de ayer…

¡Qué hombre, qué torero, que mexicano eres!

¡Antonio Corazón de León!

Hay muchas grandes tardes en la historia de El Volcán de Aguascalientes, pero de las que poco se recuerdan, está una, en la que alternando con su padrino de alternativa, Silverio Pérez y el mismo Antonio Velázquez, acreditó una vez más a la afición de la capital mexicana el hecho de que era una importante figura de los redondeles. Paquiro, en La Lidia de México del 21 de abril de 1950, nos relata lo que sucedió 5 días antes entre Rafael y Jarocho de Xajay:

...Toreros valientes, hay muchos. Toreros suicidas, abundan. Toreros trágicos, siempre han existido. Pero, la verdad sea dicha con toda claridad, toreros como Rafael Rodríguez, son escasos...

DOS OREJAS A RAFAEL. – Jarocho, de 427 kilos, un toro bravo y de buen estilo, fue el tercero de la tarde. Lo recibió Rodríguez con varias verónicas bien instrumentadas. En los quites los tres espadas bregaron con tino y prontitud. Cubierto el segundo tercio por la peonería, el burel llegó a manos de Rafael, ya provisto de muleta y estoque, que por principio de cuentas se quedó quieto como una torre en varias series de muletazos por alto que iniciaron el escándalo en los tendidos. Como el burel tardara un poco en embestir, recurrió Rafael a sus cites de muerte llegando hasta los mismos pitones y encelando a la res con su propio e hidrocálido cuerpo. Y así, entre la angustia de la gente y la heroicidad de Rafael, se fue construyendo aquella faena de sentido amargo y torero como el que más. Ligó una magnífica tanda de naturales que remató con un forzado de pecho de la más pura estirpe belmontina. ¡Algo extraordinario! Finalizó su hazaña con manoletinas de miedo, sin que se supiera por donde pasaron los pitones de Jarocho y el ruedo se cubrió de sombreros, mientras los tendidos albearon de pañuelos en solicitud de todos los apéndices para el triunfador hidrocálido. Este tuvo la mala suerte de pinchar en una ocasión, en magnífico sitio, antes de sepultar un estoconazo mortal de necesidad. Se le concedieron a Rafael las dos orejas de Jarocho y se le hizo dar varias vueltas al ruedo entre una lluvia de prendas de vestir y una tempestad de flores por parte de las majestades primaverales…

Triunfadores los dos, en una lucha que fue personal y taurina primero y después solo taurina, no quisieron tener a su alcance el expediente del contraste para destacar cada uno por sus cosas, siempre en el ruedo buscaron distinguirse el uno sobre el otro y cada tarde estoy convencido, Rafael aprendía de Antonio y Antonio de Rafael, cada tarde uno se impregnaba mas del otro y es por ello que lograron cultivar una sólida amistad que no se habrá terminado, pues en la gloria, seguro estoy que como en aquél mayo de 1951, el vestido blanco y oro de la confirmación en la eternidad, Antonio Velázquez se lo cedió a Rafael Rodríguez, su amigo, que con él continuará mano a mano, recorriendo los redondeles celestiales por los siglos de los siglos, luchando con las mismas armas y luciendo su grandeza.
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