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domingo, 23 de septiembre de 2012

En el Centenario de José Alameda (IX)


Alameda antes de Alameda (VIII)

José Alameda y Luis Procuna
(Cª 1955)
En esta oportunidad daré un salto atrás en la línea de tiempo que llevaba y les presento la crónica que Carlos Fernández – Valdemoro publicó en el ejemplar número 89 de La Lidia, fechado el 4 de agosto de 1944 y relativo al festejo celebrado en El Toreo de la Condesa el domingo 30 de julio de 1944 en la que alternaron Ángel Isunza, Tacho Campos y Ricardo Balderas para lidiar novillos de Piedras Negras

En esa relación, el joven Alameda va a sostener su gusto por el hacer en el ruedo de Tacho Campos, llegando a defender incluso algunas cuestiones de ese hacer que quizás – y este es un parecer personal – él mismo censuraría en otro.

La crónica de la novillada a la que hago referencia, es la siguiente:

Tacho Campos, el torero del sí y el no 

Si apuramos mucho las cosas y las reducimos al extremo, quedan solo dos clases de toreros; lo que tiene recursos para dominar a los toros difíciles, pero a costa de no mostrar gran calidad frente a los fáciles; y los que llevan el arte a su máxima depuración cuando los toros embisten por derecho, a cambio de no saber cubrirse cuando ofrecen problemas. De estos últimos es Tacho Campos. Y se le advierte tan convencido de ello, que, cuando el toro no es franco, no intenta disimular su falta de recursos, confiando, sin duda, en que ha de bastarle con mostrar su arte extraordinario ante los toros nobles. Y por las trazas, no está equivocado.
El domingo anterior no quiso ver a su primer novillo, al que mató de una estocada contraria, tendida y atravesada, entrando con todas las agravantes.
Pero en quinto lugar salió un astado noble, que embestía por derecho y se dejaba torear. Y, con él, Tacho mostró su arte esplendoroso, hondo, firme, de altísima calidad. Este muchacho representa, como pocos, lo que podríamos llamar el torero del “SÍ” y el “NO”, el tipo de lidiador en el que no caben los términos medios. Tacho no sabe torear mal. Y eso le priva de paliar sus fracasos, pero, en cambio, le proporciona triunfos definitivos.
A ese quinto novillo lo lanceó a la verónica con un arte asombroso, echando la pierna adelante y el capote abajo, pero llevando la mano de afuera un poco más alta que la de adentro, para que así se desplegara y abriese suavemente el capote. Prendió al novillo en sus vuelos, y lo fue templando a la perfección. Es decir, fue graduando el mando, que en eso, y no simplemente en torear despacio, consiste el temple. Además, al llegar al último tiempo de cada lance, Tacho estiraba los brazos, para despegarse al enemigo y poder, así, atraérselo desahogadamente en el lance que seguía. En consecuencia, cada verónica era rica de desarrollo, y se advertían los tres tiempos, que el torero marcó ampliamente, toreando a la distancia justa, que – hay que repetir – no es la mínima. Porque cuando se torea a la mínima distancia, “embarrándose”, el toreo se alicorta, resulta lo que se llama torear “amarrado”, es decir, algo poco airoso, sin soltura, sin el ritmo que crea la verdadera belleza. 
Con la muleta, estuvo también extraordinario Tacho Campos. Citó al novillo de largo y en el tercio. Se arrancó dócil el astado, en recto viaje, y Tacho, con un levísimo, casi imperceptible movimiento de brazos, dibujó un fantástico pase ayudado por alto. Mantuvo la figura estatuaria, majestuosa y, cuando hubo consumado la suerte, ganó un paso hacia adelante y, en esa forma, unas veces quedándose quieto sin abrir los pies – que no es lo mismo que juntarlos en el viaje – y otras echando la pierna contraria hacia adelante, dio cuatro pases de la misma clase, con una serenidad, un aplomo y una reciedumbre que solo tienen los artistas como él, agraciados con el don divino del arte de torear, que, según reza un proverbio español, vino del cielo.
Tras del cuarto pase, tuvo Tacho un rasgo de torero inspirado. Cuando todos esperábamos un quinto pase por alto, Tacho dejó caer los brazos e hizo el remate por abajo, cambiando enteramente el ritmo, en sorprendente y airoso final.
Después, se puso la muleta en la zurda y citó para torear al natural. Pero no se acomodó. Ya le había sucedido eso en la tarde de su presentación, en la que hizo una gran faena, pero sin que apareciesen en ella sus pases naturales de otros años, en que el diestro estaba menos cuajado, pero dominaba esa suerte. Cuando Tacho vio que no se acomodaba de pie, echó mano de un hábil recurso: torear arrodillado. Con esto demostró que tiene picardía, porque el natural con una rodilla en tierra es más fácil. En realidad, equivale a torear con el compás completamente abierto, lo cual supone una ventaja, ya que el toro no pasa íntegramente por delante del diestro y, casi siempre, la suerte es por la cara. Pero, eso sí, Tacho lo hizo muy bien y ligó varios muletazos magníficos, sobre todo uno, que le resultó largo, templado, completo.
También toreó con la derecha, de pie y de rodillas. Y, al hacerlo de hinojos, le vimos algo extraordinario. Porque el último derechazo lo ligó a la perfección con uno de pecho, vaciando al toro con tanto arte como si estuviera toreando de pie. Es de lo mejor que hemos visto hacer a un torero rodilla en tierra. El arte tiene eso: que dignifica y da calidad inclusive a aquello que, en condiciones normales, no suele tenerla.
Para final, Tacho nos ofreció sus bellísimos medios pases, girando a favor del viaje del toro. Los hizo con la izquierda y con pausado ritmo, cuyo raro secreto monopoliza. Pero se confía tanto, que se deja prender con facilidad. Felizmente, no resultó herido.
Mató al noble astado de una estocada caída, sería más exacto decir una estocada baja, sin atenuantes. Verdaderamente, lo bueno que hace Tacho es de tal calidad, que no hay que buscar eufemismos caritativos para designar lo malo. Aquello basta, y, a veces, incluso sobra para neutralizarlo.
Tacho cortó la oreja. Pero – me parece conveniente insistir en esto – lo de menos fue el éxito. Lo decisivo fue la calidad del toreo de Tacho. Cortar una oreja la corta cualquiera y, muchas veces, se ha concedido este galardón a toreros sin arte. Lo que importa, pues, señalar es que Tacho torea con temple, con garbo, con aplomo, con señorío. Y, como el toreo es un arte – o debe serlo –, Tacho merece que se le cuide y aún que se le dispensen sus malas actuaciones, que mientras no madure serán muchas. Porque cuando llega la buena, nos compensa. Y toreros así, hacen falta siempre, para que la fiesta no se burocratice, no se quede simplemente en oficio, que equivaldría a quedarse en nada.
La vuelta al ruedo que dio el ganadero, debióse más que a ese novillo, al cuarto, que embistió desde largo y con mucha alegría. Le correspondió a Ángel Isunza, que venía de triunfar por América del Sur y que fue saludado por el público con una gran ovación. Isunza lo lanceó a la verónica, con los pies juntos y casi en los medios, terreno difícil de pisar y más de mantener cuando los toros no han sido aún castigados y tienen toda su fuerza. Aguantó muy bien Ángel las embestidas y toreó con los brazos, ceñido y alegre, entusiasmando al público. Animado por su éxito, lanceó después por chicuelinas y gaoneras, muy cerca del toro, con lucimiento indudable.
En el primer quite, toreó por chicuelinas antiguas y remató con espectacular larga afarolada. Estaba aprovechando las condiciones del novillo para lograr un éxito, y el tercio iba por el mejor camino. Pero después de la segunda vara, se armó lo que se llama un “herradero”. Y a partir de ahí, la lidia fue confusa, hasta que tocaron a banderillas.
Tomó Isunza los palos y, midiendo muy bien el terreno y aguantando las fuertes arrancadas del novillo, clavó tres pares al cuarteo, con mucha facilidad, con mucho dominio. Fueron tres pares muy lucidos, que valieron a Isunza una gran ovación, e hicieron caer sombreros a la arena.
Zenaido Espinosa había bregado muy bien durante todo el tercio. Pero el público, con notoria injusticia, le silbó, olvidando que para que el banderillero se luzca tiene el toro que estar en suerte y que esto no se logra más que con la intervención de un peón, necesaria en todo caso y plausible si es acertada, como la de Zenaido lo fue.
Con la muleta, Isunza, bravo y animoso, se pasó todo el toro por delante, en varios pases por alto y al natural. Pero el gentío, impresionado por la alegría del toro, empezó a encariñarse con él y a pedir que lo indultaran. Isunza, deseando complacer al público, se puso a preguntar a los tendidos si entraba o no a matar. Era obvio que no podía hacer más que entrar a matar, porque el público puede pedir el indulto de un astado, pero sólo la autoridad puede concederlo. En tales trámites, dejó pasar Isunza el momento oportuno de estoquear y, después, no lo encontró tan fácil como hubiera resultado a su debido tiempo. De un pinchazo, media delantera y un descabello, murió el astado, que recibió los honores de la vuelta al ruedo.
Con el primero, mucho menos cómodo, había estado Isunza muy valiente, haciendo una faena en la que hubo pases de indudable emoción, por los cuales fue ovacionado.
A Ricardo Balderas, que tan torero se había mostrado el domingo anterior contendiendo con dos novillos difíciles, volvió a tocarle el peor lote. Además, Ricardo parecía impresionado por algo extraño a la lidia misma. Acaso fuera el recuerdo de su tío Alberto, víctima precisamente de un toro de Piedras Negras, ganadería a la que pertenecieron los que se lidiaban el domingo. Así se le vio dudar en el sexto, que tenía muchas menos dificultades que aquél segundo novillo que tan magistralmente lidió en la corrida anterior.
Con el tercero, estuvo más sereno, más asentado. El toro comenzó embistiendo muy bien y Ricardo le dio tres verónicas superiores, una de ellas larga, torerísima, en la que el diestro, bien firme sobre la arena, echó los brazos abajo y templó muy bien la embestida. Fue su momento más brillante. Porque, después, el novillo perdió fuerza y alegría y, aunque Balderas lo toreó bien y tiró de él en varios pases naturales, la sosería del astado restaba emoción a la faena, para poner fin a la cual hubo Balderas de pinchar varias veces.
Como fin de fiesta, el doctor Roberto Urbiola regaló un novillo, al que dio varios pases naturales y de costadillo que le fueron cariñosamente aplaudidos. Demostró el señor Urbiola que es el médico que mejor torea y nos hizo suponer que será el torero que mejor cure. Pero, la verdad, hay que decidirse: o al vado o a la puente. Y, desde luego, nos permitimos aconsejarle que opte por la medicina.
En el segundo novillo, tras de haber marrado, agarró los altos Abraham Juárez “Limber” y picó a la perfección, sin taparle la salida al toro. Como yo le he reprochado muchas veces ese defecto, no quiero dejar de felicitarlo, ahora que no empañó con él sus excelentes dotes de buen picador de toros.

¿Incógnita despejada?

Tacho Campos
(Cortesía burladerodos.com)
Al presentar a Ustedes hace unos domingos la relación que el mismo José Alameda hacía de la novillada del 9 de julio anterior, planteaba que hacía referencia a la noción de la toreabilidad para justificar la mala actuación de Tacho Campos esa tarde. En esta crónica creo que sin formar un concepto concreto, presenta algunos elementos que permiten descubrir lo que para él representaba esa idea.

Del texto de lo transcrito entresaco las siguientes expresiones: ...cuando el toro no es franco, no intenta disimular su falta de recursos, confiando, sin duda, en que ha de bastarle con mostrar su arte extraordinario ante los toros nobles... De aquí deduzco que el toro toreable para el joven Alameda debería ser en primer término, franco y noble en su embestida; luego, agrega: ...en quinto lugar salió un astado noble, que embestía por derecho y se dejaba torear..., es decir, a la nobleza se debe sumar la rectitud en la embestida y que ésta no sea molesta, es decir, que el toro se deje torear. Una condicionante más sería la que se desprende de esta expresión: Se arrancó dócil el astado, en recto viaje..., la docilidad, a la que se habrá de sumar una cualidad más: ...al cuarto, que embistió desde largo y con mucha alegría..., la longitud en la arrancada y la alegría en ésta, cuestión que reitera al discutir la procedencia o no del indulto que se pedía para el cuarto del festejo: ...el gentío, impresionado por la alegría del toro... En suma: nobleza, franqueza, alegría, rectitud, claridad y comodidad en la embestida del toro es lo que deduzco de esos comentarios que podría tenerse como la idea de toreabilidad para Carlos Fernández – Valdemoro, el joven Alameda, según los conceptos expresados en esta relación de hechos.

Lo que me deja con algún grado de perplejidad, es el hecho de que la idea de toreabilidad expresada, tiende a presentarnos un toro ideal que exclusivamente facilite el lucimiento del torero. Y la verdad, es que creo que en esencia, esto no es así, puesto que el toro tiene un lugar fundamental en el desarrollo del rito de la lidia, no es solamente un instrumento para que el torero pueda consumar su triunfo.

A Tacho Campos y Ricardo Balderas ya los había presentado por aquí. Ángel Isunza resulta ser el nuevo en esta plaza y de él puedo decir que su trascendencia se produjo como empresario de festejos menores en una  plaza de su propiedad (El Cortijo de Ángel Isunza) y como integrador de un interesante museo taurino, que hoy, casi en su integridad, integra el acervo del Museo Taurino de la Ciudad de México. Nunca llegó a tomar la alternativa y de acuerdo con la información que he podido recabar, se retiró de la torería activa en 1946, tras de sufrir una fractura en la Plaza de Acho, de Lima saliendo de sobresaliente en una corrida en la que actuaron Luis Gómez Estudiante y Juan Belmonte Campoy.

Espero que esta exposición les haya resultado interesante.

Aclaración pertinente: Los resaltados en el texto de la crónica transcrita, son imputables únicamente a este amanuense.
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