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domingo, 22 de febrero de 2026

20 de febrero de 1966: La despedida de Calesero en la Plaza México

Calesero inició el año de 1966 con una campaña de festejos de despedida que terminaría el 14 de mayo del año del año siguiente y que constaría de 18 festejos. Como le contó al doctor Alfonso Pérez Romo, aunque ya tenía más de 25 años de alternativa, se iba cuando todavía le podía a los toros y a los públicos, no porque ya le costara estar delante de ellos. Mantenía, lo que años después describiera el Notario sevillano don Luis Bollaín como el cuerpo enjuto, pero sin encorsetar... y el atractivo de verle desde el paseo: ¿Qué se le podrá ver a este singular azteca en desfile al frente de la cuadrilla o cruzando en recta el redondel...? Calesero seguía siendo atractivo para la afición y para las masas.

El adiós en la Plaza México

La despedida de Calesero en la capital mexicana se anunció para el domingo 20 de febrero de 1966. Le acompañarían en el cartel Manuel Capetillo y Raúl García, formando un compendio de tres épocas del toreo mexicano ante toros de Valparaíso. No hay necesidad de aclarar que la plaza de toros más grande del mundo se llenó, porque, aunque en ella, en sus dos décadas de existencia, Calesero apenas había cortado una oreja, aquel domingo 12 de enero de 1954, cuando en la tarde de la reaparición de Armillita, Carlos León le propuso para un hipotético Premio Nóbel del Toreo. Así estaría el Poeta del Toreo esa tarde y así esperaba verle la gente, cada vez que le veían anunciado en los carteles. Escribe Daniel Medina de la Serna:

Nunca fue una figura del toreo, pero sí fue, junto con Pepe Ortiz, uno de los toreros que con más arte y sabor manejaron el capotillo. Siempre fue visto con agrado, a pesar de su desesperante falta de corazón, completando cualquier cartel; algún lance, algún quite, algún remate luminoso se llevaba el aficionado en la retina, aunque fueran otros los diestros que partieran el bacalao...

Quizás no fuera una figura del toreo al uso, de los que cortan orejas todas las tardes. Pero habrá que hacer notar que entre esa tarde de 1954 y este año de su despedida, Calesero encabezó el escalafón de sus pares en varias temporadas y tuvo presencia en todas las plazas importantes de la República. Estaba allí porque interesaba, porque llevaba a la gente a las plazas. Ser figura del toreo no es necesariamente cosa de números, también puede serlo de sello, de dejar recuerdos en la memoria colectiva.

La 11ª corrida de la temporada 1965 – 66 

Calesero vistió el mismo terno grana y oro que sacó el domingo anterior en Aguascalientes, donde mató seis toros y les cortó ocho orejas y un rabo en una tarde que ha quedado como una de las importantes de la historia de la centenaria Plaza de Toros San Marcos. Es recibido con afecto por la afición. Refieren las crónicas:

...como en sus días de novillero; con una tarde de lágrimas, de palomas y de golondrinas, dijo adiós a los toros, cercado por su público capitalino, que llenó casi por completo la Plaza más grande del mundo, la México, el más gitano de todos los diestros de México en todos los tiempos: Alfonso Ramírez “Calesero”, a quien sus hijos menores cortaron la coleta a las cinco y media de la tarde… Con medio siglo en los garbosos hombros, llevados con la ligereza de los 25 abriles, majo y señorón, Alfonso ha vestido esta tarde principescamente y desde el tercio escucha la primera de las grandes ovaciones, que le obligaron a dar una lenta vuelta al ruedo, devolviendo ya sombreros, antes de que apareciera el primer toro… La gente se le entregó y el torero de Aguascalientes dejó el capote de brega para abrir los brazos y circundar el anillo con el mismo cariño que desciende en oleadas desde los tendidos. Cuando se despidió Fermín Espinosa “Armillita”, la vuelta al ruedo la dio con el capote de paseo sobre el hombro derecho. “Calesero” dio hoy sin acompañamientos, limpio el cuerpo, como para poner banderillas...

Le tocaron en suerte los toros Trompetista y Mañanero, curiosamente ambos anunciados con 478 kilos de peso. La actuación de Calesero ante el primero de ellos, según relato de Carlos Loret de Mola Médiz, firmando como Luis Soleares, es en el siguiente tenor:

En su primer toro, “Trompetista”, Calesero torea a un milímetro de la cornada, como un jabato, empezando con un farol de rodillas en tablas, tras de lo cual dibujó seis verónicas majestuosas y una media. Hace un quite primoroso por chicuelinas y termina con una larga cordobesa. Cerca de cincuenta mil almas aplauden con delirio. La gente lo obliga a banderillear y por cumplir, deja un cuarteo abiertillo... Cuando toma la muleta y brinda al público con ánimo cariñoso, comprendemos que esta será en realidad su última faena, porque, ¿quién podrá estar seguro de que su próximo toro, que será el último, se deje torear como éste? … “Calesero” se arrodilla entablerado y da un ayudado por alto. Luego en el tercio, un cambiado. Vienen cuatro derechazos templadísimos y el de la firma, el pase de Granero, cambio por la cara y luego con la izquierda tres naturales y en el cuarto el aire lo descubre y el toro lo derriba en forma impresionante. Se levanta y vuelve sin mirarse la ropa y sin la zapatilla derecha. Más derechazos, el de pecho, naturales con remate por arriba, trincherazos en medio del alarido en los tendidos, más derechazos y naturales. Se perfila y receta una casi entera que con descabello al segundo intento resulta única. Ovación que él corresponde desde el tercio...

Pudo haberle cortado la oreja a ese primero de su lote, de acuerdo con la descripción del cronista, pero la falla con la espada le impidió ser premiado más allá de la salida al tercio. 

El segundo de su lote fue un toro complicado, pero Calesero no quiso simplemente salir del paso, sigue escribiendo el cronista, en su relato publicado en el diario El Siglo de Torreón:

En el cuarto se escuchan “Las Golondrinas”. “Mañanero”, de 478 kilos, cárdeno bragado y descaradillo de pitones. El burel tira hachazos y tiene genio que va creciendo. No se deja lidiar, pero “Calesero” ha de despedirse como un torero y le hace una lidia dominadora, señorial y breve, en la que intercala algunos derechazos de gran finura, mientras en los tendidos caen las notas de "Las Golondrinas" y la gente se pone, poco a poco, de pie, para aplaudirle. "Calesero" se perfila y coloca una media estocada en el hoyo de las agujas haciendo doblar a “Mañanero” cerca de toriles... Y así dobla el último toro de la extensa vida de uno de los mayores artistas del toreo mexicano...

Calesero demostró que todos los toros tienen su lidia, no necesariamente traducida en una faena de lucimiento, sino adecuada a sus condiciones, así, demostró que era un torero completo, enterado de su oficio y que merecidamente cerró una extensa historia en los ruedos del mundo en la Plaza México.

A propósito de su adiós, reflexiona Pedro Ponce, cronista de la Revista Taurina, en el número aparecido el 27 de febrero de ese 1966:

Un lance como esa media verónica, un quite como ese por chicuelinas, bastarían para que de un torero se hablara toda una temporada, o muchas temporadas, como cuando Pepe Ortiz dio la larga cordobesa, o cuando hizo el quite de oro; pero la gente decía que “Calesero” “bajaba con la muleta”... porque no le daba a cada toro doscientos muletazos iguales que hoy quiere ver el público grueso... El público actual no se merece a “Calesero”, Alfonso ha hecho bien en irse… Pero su grandeza se impuso. Siempre dio un calosfrío verlo dar aquellos lances de cielo; y por eso dio tres vueltas al ruedo, una de ellas en hombros, y por eso cortó la oreja de un toro al que solamente le espantó las moscas... Esos lances allí quedaron para la historia, ya puede llover un siglo, que no se van a despintar...

Le fue concedida la oreja de Mañanero, por el conjunto de su labor en la tarde y en reconocimiento a las realizaciones de toda su carrera en los ruedos. Una vez que paseó la oreja, los miembros de su cuadrilla, Rafael Osorno y Jesús Belmonte lo pasearon en hombros, para después ir a los medios a que le cortaran el añadido:

...los banderilleros, los picadores, viejos conocidos como Rafael Osorno y Jesús Belmonte, le levantan en hombros, y seguido y escoltado por todos los toreros, da su segunda vuelta al ruedo. La ovación se torna cada vez más fuerte y cariñosa y revolotean palomas en los tendidos. Lo dejan sus peones y le siguen sus hijos menores, quienes, en los medios abrazan a su padre y le cortan la coleta...

Así fue el cierre de la historia de Calesero en la Plaza México, vestido de luces.

Una reflexión final

Años después, don Jesús Gómez Medina, a propósito de un homenaje que se le hacía a Calesero en esta su tierra, reflexionaba lo siguiente:

En un país donde hasta los hechos históricos y los héroes patrios se crean por decreto y en el que los victimarios descienden hasta convertirse en los glorificadores de sus propias víctimas; el pueblo, instintivamente, reconoce más autenticidad y descubre merecimientos más positivos en quienes, para encumbrarse, no utilizaron el crimen o el despojo, sino que triunfaron y dieron lustre y prestigio a su ciudad con armas e instrumentos mucho más limpios y legítimos; con la manifestación de un arte capaz de generar entusiasmos, y haciendo vibrar en el ánimo de la multitud la fibra de emoción estética que cada uno llevamos dentro… Por ello se justifica reconocer a Alfonso Ramírez, porque durante muchos lustros, ha iluminado con la claridad de un arte auténtico, depurado, exquisito en ocasiones, los redondeles de México y también de la Madre Patria y de América del Sur, porque sus jornadas triunfales han sido compradas al rudo precio del esfuerzo, de la entrega y de la ofrenda de la propia sangre; porque su inspiración se ha traducido en nuevos lances que enriquecieron el acervo del toreo; porque su afición, a despecho del tiempo, subsiste intacta; y, finalmente - quizás en primer término - porque siempre y en todos los sitios, el Poeta del Toreo, el triunfador, ha dado realce y renombre a su ciudad natal: Aguascalientes...

Todavía hoy es válida la apreciación de don Jesús. El legado de Calesero a la fiesta de los toros, a 60 años de su despedida de los ruedos sigue teniendo peso específico. Hemos de aprovecharlo para que el toreo pueda seguir adelante.

Aldeanos