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domingo, 7 de julio de 2019

Rovira, a 70 años de su encerrona en Madrid

Rovira 

Rovira y Luis Miguel Dominguín
Lima, noviembre de 1949
Raúl Acha Sanz nació en Buenos Aires en 1920. Un mero accidente demográfico diría yo. Hijo de españoles, tenía en las venas una sangre que le impulsaría a andar caminos distintos a los que se dedican los hijos de la tierra en la que nació. Vivió en España durante su infancia y primera juventud y se trasladó con su familia después a Perú, donde decidió ser peruano y caminar así por el resto de sus días. Allí, en las tierras de Atahualpa, es donde decide hacerse torero y después de actuar en sus primeros festejos, viene a México, donde debuta en el Toreo de la Condesa como novillero en el año de 1945 y también en estas tierras recibirá una primera alternativa en nuestra Mérida, de manos de Luis Gómez Estudiante, con el testimonio de Gregorio García, siéndole cedido el toro Diablito de Palomeque.

Vuelve a España y conforme a la normatividad de la época tiene que recibir la alternativa de nuevo. Lo hace en lo que durante décadas fue el puerto de entrada de los toreros que llegaban a España desde América, en Barcelona. Fue el día de San Juan de 1946. Le apadrinó Manolo Escudero y atestiguaron Julián Marín y Luis Briones. El toro de la ceremonia fue Mochuelo, de Arturo Sánchez Cobaleda. Eso le permitió hacer campaña en ruedos hispanos y confirmar su alternativa en Madrid el 10 de octubre de ese mismo año, llevando como padrino a Gitanillo de Triana, quien ante Parrita, le cedió la muerte de Barbas Blancas de Joaquín Buendía.

Rovira mantuvo un buen cartel en los ruedos de España y el accidente demográfico de su nacimiento le permitió actuar en un singular festejo taurino celebrado el 12 de junio de 1947, en honor de Eva Duarte de Perón, en la que para lidiar toros de Clemente Tassara, se acartelaron el rejoneador Pepe Anastasio y los espadas Gitanillo de Triana, Pepe Luis Vázquez y el personaje que motiva estas líneas.

La encerrona

El 3 de julio de 1949 era domingo. Día de toros. La empresa de la plaza de Madrid tenía que dar el festejo del abono. Mucho se especula sobre el origen de esta corrida de único espada en pleno verano madrileño. Una de las leyendas en torno al asunto es en el sentido de que existiendo un fuerte pique entre Rovira y Luis Miguel Dominguín y estando anunciado éste último para el martes siguiente (5 de julio) para actuar en solitario en la Corrida de la Prensa, Raúl Acha movió lo movible y lo inamovible para lograr matar él en solitario antes que el hijo de don Domingo seis toros en Madrid y tratar de írsele por delante. Cierta o falsa esta especulación, el hecho es que así se produjeron y resultaron los hechos.

Para la ocasión se anunció una corrida del Marqués de Albayda para Rovira y uno de Manuel García – Aleas para rejones que lidiaría Pepe Anastasio entre el tercer y cuarto toro de la lidia ordinaria. Alberto Vera Areva, en el número 263 de el semanario El Ruedo, aparecido el 7 de julio de 1949, en columna titulada Las reses y sus condiciones de los cuatro últimos festejos celebrados en Madrid, analiza lo siguiente sobre los toros de Albayda:
El domingo 3 de julio, se jugó una notable corrida del marqués de Albaida, cuyo único "defecto" consistió en ser brava y en conservar los seis toros en la testa, por expresa voluntad de su criador, eso que han dado en llamar el “venenillo”. Corrida algo desigual en tipo, pero uniforme casi toda en casta y buen estilo, que proporcionó al ilustre y esmerado ganadero un legítimo triunfo. 
El primero, “Bravío”, número 40, negro bragao, tuvo poca presencia; bravo y codicioso, tomó tres varas y embistió rectamente, doblando las manos en alguna ocasión; pesó en canal 231 kilos. “Ignorado”, número 31, negro, apretó en tres varas y llegó a la muerte con poco gas, pero con temple y nobleza; pesó 277 kilos. “Carcelero”, número 22, negro bragao, gordo y de trapío, fue un espléndido bicho; suelto de la primera vara, crecióse en las cuatro siguientes, en las que recargó valientemente, derribando y volteando dos veces a caballo y picador; bravo y suave, llegó a la muerte embistiendo como un borrego; pesó el bicho, ovacionado en el arrastre, 285 kilos, “Cocherito”, número 42, negro bragao, terciado y con casta, tomó tres varas con mucha codicia, equivaliendo la última a media estocada; con bravura peleó en el mismo terreno, como todos sus hermanos y pasó a la muerte agotado, pero noblote; pesó 261 kilos. “Gastador”, número 34, negro bragao, recibió cuatro varas, saliendo suelto de la primera y recargando bravamente en las demás; embistió muy dócil, aunque gazapeando a lo último, por haberle pegado en demasía; pesó 281 kilos. “Bolero”, número 43, negro y serio, fue otro toro de bandera, que se dejó meter el palo en seis ocasiones, dando fuertes costaladas a los piqueros, sin acobardarse, siguió embistiendo hasta el último momento, con extraordinaria bravura y nobleza; pesó el bravo toro 294 kilos...
Areva hace algunas puntualizaciones interesantes. En primer término se refiere a la integridad de las astas de los toros. Faltaría alrededor de tres años para que Antonio Bienvenida denunciara que el afeitado era práctica cotidiana en las plazas de España y que una importante mayoría de los toros que se lidiaban en las plazas estaban mutilados. Después, hace notar con claridad que la bravura del toro no está reñida con la nobleza en el juego que dan en la faena de muleta y también que cuando el toro es bravo y tiene fuerza, rinde en la faena de muleta. No cabe duda que eran otros tiempos, desgraciadamente ya idos.

La tarde de Rovira fue redonda. Terminó cortando cuatro orejas entre el beneplácito de la concurrencia que no llenó la plaza de Las Ventas. Manuel Sánchez del Arco Giraldillo, en su crónica del ABC madrileño del 5 de julio siguiente a la corrida, expone lo siguiente:
Al margen de todo comentario sobre la significación y la oportunidad de la corrida celebrada el domingo, atendiendo solo a la reseña de lo que en el ruedo ocurrió, el mero relato ya es un elogio para el gesto de Rovira. Tarde de fuego. Bajaban unas nubes de plomo para fundirse en el crisol de la plaza. Se acentuaba la borrasca veraniega; el ventarrón de Levante, típico solano, recogía todo el ardor de la estepa manchega. Las nubes, pesadas, se sentían perezosas y no descargaban. Este era el ambiente; nada favorable, por cierto. 
Cuenta Raúl Ochoa “Rovira”, con el fervor de los aficionados madrileños, inclinados hacia él, no por capricho, sino ganados por un valor a toda prueba y una voluntad siempre ofrecida. Se le puede discutir si tiene eso que se llama “clase” y que muchas veces consiste no más que en ser pícaro; se le puede negar eso que se llama "salero" y que suele ser no más que un fraude de triste gracia; pero, lo que nadie negará a “Rovira” es su valerosa voluntad, sus deseos sin medida, su propósito de luchar y seguir adelante. En este orden le consideramos capaz no ya de encerrarse con seis de Albayda, sino con doce ya de Palha, ya de Coruche o Miura. Por él, contra viento y marea, llueva agua helada o plomo derretido, no ha de quedar la cosa.
Algo sorprendente fue el gesto de Raúl. La sorpresa estaba en la ocasión, que, creo sinceramente, no fue bien elegida. En otro momento de la temporada hubiéramos considerado mejor encajada la hazaña. Si algo deliberado hubo en la organización, ese algo iba en contra del propio matador. ¡Pero váyanle ustedes con obstáculos al gallardo “Rovira”! Allá va él dando el pecho...
Y dar el pecho a todo fue lo que hizo el simpático y valeroso torero americano de contextura vasca, auténtico “morrosko” o así…
Vamos a la labor de “Rovira”, el animoso. En el primero, faena breve y estoconazo que mereció ovación prolongada hasta el saludo desde el tercio. En el segundo, gran faena con pases en redondo, que emocionan. La gente se ha puesto en pie. No es posible ceñirse más. Hay unas manoletinas y unos adornos por la cara. Cuadra la res. ¿Es un rayo que por fin ha dejado escapar la tormenta cernida sobre la plaza? No; es la espada de “Rovira”, la de alta tensión, que ha caído sobre el toro, fulminándolo. Hay ovación, corte de oreja, vuelta al ruedo y muestras de entusiasmo...  
Sale el tercer toro, “Carcelero”, honra de su divisa. Bravo y noble. Raúl ha hecho un quite muy vistoso. Brindis a Andrés Martínez de León. El toro, al que dejaron dentro el hierro y una cuarta de palo, sigue boyante. En el centro de “la candente arena” es la cosa. Y la cosa es que vemos unos pases de buen temple, sobre redondo. El torero marca el son y el toro le sigue. Hay mando. La faena, sencillamente buena. Pases de pecho. Ovaciones. Otra vez descarga el rayo, es decir, que la espada ha entrado por las agujas. Entusiasmo en signo “rovirista” y las dos orejas con dos vueltas al ruedo...

Por su parte don Luis Uriarte, firmando como El de Tanda, en la Hoja del Lunes del 4 de julio de 1949, relata lo siguiente:
Matar seis toros, lo que se dice matarlos, puede ser cosa relativamente fácil. Matarlos con éxito, de cuatro estocadas y dos medias y tres intentos de descabello, en poco más de hora y media, cortando cuatro orejas en tres toros, dando la vuelta al ruedo en uno, oyendo muchas palmas en los otros dos y ni una sola voz de protesta en ningún momento de la lidia, esto ya es más difícil. Y esto es lo que ayer hizo Rovira... 
El sexto entraba mejor al engaño, y Rovira, que en el primer tercio lo aprovechó para instrumentar un buen quite por chicuelinas, le sacó en el último una bonita y muy completa faena, que inició con seis ayudados por alto aguantando impávido el embroque, prosiguió con afarolados, redondos, molinetes y manoletinas, muy valiente y muy dueño de la situación, y remató con otra estocada de las suyas y un descabello. Nueva oreja, nueva vuelta al ruedo, en hombros ahora de los “capitalistas”, y salida en andas por la puerta grande. 
Eran las nueve de la tarde. Como la corrida empezó a las siete menos cuarto, y de esas dos horas y cuarto hay que descontar media hora larga, larga, que se llevaron el rejoneador y los preliminares, quiere decirse que Rovira empleó poco más de hora y media en su hazaña de matar seis toros de seis entradas, a una por toro, refrendadas con tres descabellos. 
¡Ah! Y sin usar en ninguno la malhadada espadita de madera, sino la de acero, la de verdad, que es la única que deberían usar los toreros que no sean demasiado comodones.
El resumen de la actuación de Rovira se puede condensar en las palabras de Benjamín Bentura Barico, publicadas en el ejemplar de El Ruedo arriba citado:

Es indudable que “Rovira” logró el pasado domingo uno de sus más sólidos éxitos. A nuestro entender llegó al ápice de la perfección como estoqueador. Ni una sola vez pudo el más exigente espectador poner el más leve reparo a la ejecución de las estocadas del peruano. Ya es notable que un matador mate seis toros de cuatro estocadas, dos medias estocadas y tres intentos de descabello, pero si se tiene en cuenta que en todas las ocasiones en que entró a matar el estoque quedó en la cruz, en cuatro, hasta la cruz, y el matador cruzó siempre bien, la hazaña – las tres cruces en cuatro toros y dos cruces en dos – ha de calificarse de extraordinaria…”
Colofón

Dicen las crónicas que los capitalistas se llevaron en hombros a Rovira hasta el obelisco de Manuel Becerra. La leyenda cuenta que él pidió que lo llevaran hasta la casa de Luis Miguel… y que lo llevaron. La encerrona de Dominguín, un par de días después, pasada por agua, pocas opciones de triunfo tuvo, lo que agrandó el de Raúl Acha

El hecho es que la rivalidad entre ambos se fue agrandando, tanto que en la Feria del Señor de los Milagros de Lima de ese año, celebrada en la Nueva Plaza de Toros de Lima, acabaron a los golpes en el ruedo en el festejo celebrado el día 6 de noviembre.

Rovira es el único torero de a pie no nacido en España que ha matado una corrida en solitario en el ruedo de Las Ventas desde que se celebró el primer festejo en ella hace ya algo más de 88 años. ¿Veremos algún día a otro torero de este lado del mar repetir esa hazaña?

Después de dejar los ruedos Rovira se dedicó a apoderar toreros. Falleció en Cuernavaca, México el 3 de junio de 2007.

domingo, 23 de junio de 2019

Torería II

El toreo de frente
Luis Uriarte Don Luis, abogado de profesión, fue crítico taurino desde el año de 1918 y persistió en la profesión hasta el año de 1986 cuando se extinguió la Hoja del Lunes de Madrid, donde ejerció la parte final de su trayectoria.

Sustituyó a Manuel Serrano García Vao Dulzuras en la elaboración de los anuarios titulados Toros y Toreros y fue autor de libros como Figurones taurómacos y El toro de lidia español. Ensayo y revisión histórica de las ganaderías en su origen

En la mencionada Hoja del Lunes firmó también como El de Tanda y aparte de hacer la puntual crónica de los festejos que se celebraban en la principal plaza madrileña, de cuando en cuando publicaba artículos de opinión. Uno de ellos es el que les presento a continuación, aparecido en el ejemplar del 14 de junio de 1954:



La naturalidad de lo natural 
Ni toreo de perfil, ni de espaldas, ni de frente “a lo palo”, sino todo lo contrario 
Luis Uriarte Don Luis, en Hoja del Lunes 
Por y para la práctica del moderno “sistema” de torear de muleta – sin cargar la suerte, de lo que ya tendremos ocasión de hablar –, en el que se torea o se medio torea “fuera de cacho”, hubo de imponerse la moda nefanda y nefasta de torear de perfil, de costadillo, que es de lo más feo y ventajista que en la tauromaquia hemos conocido. Hasta llegar a lo todavía más feo – por lo antitaurino de ponerse al revés las vestiduras del arte, como quien se colocase boca abajo para danzar de coronilla – de citar para las suertes de espaldas al peligro. Así no se lucha – no se lidia en el toreo – en ninguna profesión, deporte, azar o empeño, ni ante ningún riesgo, sea o no aventurero. El lance de perfil es medio lance. Es medio toreo. Y la posición de espaldas, en pretenciosa y pueril ostentación de una superioridad inexistente y ridícula, se nos antoja la del que se dispone a huir y no precisamente a atacar. 
Los buenos modos, los clásicos, los de principio, son otros. Lo “revolucionario” de este sistema ha constituido, sencillamente, una degeneración del toreo. Lo “revolucionario” sería volver a la colocación de frente, pero inicial, no terminal, en la forma que preconizan los cánones taurinos. 
Citando de frente y a cierta natural distancia; midiendo bien los terrenos, como antes, no era tampoco demasiado difícil torear, porque ello entraba dentro de las reglas de la buena técnica del toreo. ¡La buena, sí, aunque parezca paradójico eso de saber “mantener distancia”! Lo que hizo Belmonte fue aquilatar ese espacio, metiéndose en terrenos que se tenían por imposibles, pero que eran posibles; metiéndose sin salirse de lo realizable, dominando la lidia hasta el límite de lo irrealizable, pero no más allá, porque la realización de lo imposible no es de humana facultad. Y así se erigió en la figura gloriosa de una auténtica revolución del arte. Que culminó, de añadidura, en la perfección con que interpretó a su manera la sabiduría de Joselito. 
Pero los “modos de moda” ahora, en que todos visten “a la última”, aunque apenas sin gusto personal propio, son otra cosa. Otra cosa muy distinta de la verdad pura, del toreo puro, que no es colocarse de perfil, ni mucho menos de espaldas, ni siquiera de frente en la forma en que ya se está haciendo con una rigidez e inamovilidad “de palo” que tampoco tienen nada que ver con la naturalidad de lo natural. 
Porque, después de que ya no existía el creador del nuevo sistema – ¡tardío piar! –, se empezó a decir que lo actual no era lo clásico, que se estaba mistificando el toreo y había que volver a lo antiguo, y lo que ha resultado es que se está incurriendo en el defecto contrario, con una nueva deformación decadentista, de citar de frente, sí, pero de ejecutar y rematar así mismo de frente, lo que es forzado, innatural, amanerado y antiestético, sin girar la figura al compás del lance y con la soltura, naturalidad, modo y estética del buen estilo. 
Con ocasión de la presentación de determinado torero en Madrid hace pocos años dijimos en estas mismas páginas que sus naturales, por su preparación y ejecución, cargando la suerte al llegar al toro a jurisdicción, sin violentar la postura, sin amanerar el estilo, habían sido mejores que los corrientes y molientes en boga impuestos, pese a sus deficiencias, por la recia personalidad de un innovador de tendencias ajenas al arte clásico; pero aquello, flor de un día, no es esto en que ha derivado una práctica enviciada por el amaneramiento de la exageración. No; todo lo exagerado es defectuoso – lo cursi es la exageración de la elegancia – y conduce a la deformidad de la belleza artística. 
Se debe citar de frente y en la rectitud de la línea del toro – como en todas las suertes del toreo -; pero esto no significa que el torero no varíe de posición – que es lo que ya se está haciendo - en el centro de las suertes y al rematarlas. Para cargar la suerte – requisito esencial de los buenos modos del clasicismo – hay que adelantar la pierna contraria y mover el cuerpo a tono con la embestida del toro, como es lo natural, que, por serlo, es lo perfecto, e ir completando el giro según se manda el toro y éste obedece, hasta rematar la suerte de forma que se quede en disposición de ejecutar otra nueva, por uno u otro lado. Quedarse en la posición de frente originaria hasta mal rematar el lance, además de violentísimo, es irregular, feo, peligroso, ineficaz para la lidia y contrario a las reglas del arte y a las leyes naturales y aún a las físicas que han de regular el toreo como toda creación artística. No se vaya, pues, a caer en el vicio opuesto al que imperaba. 
Y en cuanto a la exageración de torear de espaldas, como de coronilla o con las armas al hombro, ¿no será que a los toreros que apelan a esos pícaros recursos les pase lo que a los pintores que falsean el arte de la pintura porque no saben pintar?
El tiempo gira en círculos. ¿Alguna coincidencia del presente con el pasado de hace 65 años?

domingo, 27 de octubre de 2013

Detrás de un cartel (X)

El cartel con historia
Tras de la conclusión de la Feria de San Isidro de 1956 – de solamente 10 festejos – y previo a la celebración de la Corrida de la Beneficencia de ese año – formada con los triunfadores del serial del santo patrono, no montada de antemano, como hoy se acostumbra – para el domingo 3 de junio se ofreció a la afición madrileña un festejo en el que los toros a lidiarse provenían de la ganadería de los hermanos Escudero Calvo y se encargarían de lidiarlos el sevillano Antonio Vázquez, el venezolano César Faraco y el mexicano Antonio del Olivar. Por delante iría la rejoneadora Ana Beatriz Cuchet, con un novillo de Clemente Tassara.

De las relaciones que he podido obtener, veo que la corrida tuvo muchas aristas de interés para el aficionado. Pero en este caso vale desmenuzarlas, porque reflejan situaciones que a más de medio siglo de distancia no son nuevas y se siguen produciendo, como podremos leer a continuación.

José María del Rey Caballero Selipe, en el diario ABC de Madrid del 5 de junio de 1956 hace la siguiente reflexión acerca de los toros lidiados:

¿Dónde están los ases?... Podíamos haber estampado diversos títulos, todos directamente relacionados con el trapío y la fuerza de los toros, que reclamaron los comentarios básicos de la corrida, pero se nos vino al teclado de la máquina la interrogante que figura en la cabeza y que, naturalmente, no resulta, ni mucho menos, ajena a la estampa y el respeto de las reses de los señores Escudero Calvo que, de entrada, merecen, por la presentación de su ganado, una ovación cerrada de todos cuantos, en los presentes tiempos de blandenguería, no olvidan que la fiesta taurina, pese al almíbar con que se la desnaturaliza, es espectáculo recio, gallardo y viril… señalemos que los toros de Escudero tomaron veinticinco varas, a más de algún refilonazo, y proporcionaron diez caídas, casi todas ellas violentas y de peligro. Los piqueros pasaron una jornada laboriosa y comprometida, y es justo, ya que en otras ocasiones nos dan motivo de censura, subrayar que varios de los varilargueros actuaron con animosa perseverancia…
Por su parte, Luis Uriarte Don Luis, en la Hoja del Lunes del día siguiente al del festejo, reflexiona lo siguiente sobre los antes Albaserrada:
Una corrida a la antigua... ¡Vaya toros los de Escudero Calvo lidiados ayer en Las Ventas! Dentro del tipo de los albaserradas – predominando el gris de los cárdenos, dos más claros y dos entrepelados, junto a dos negros –, seis toros magníficamente presentados, con romana, con pitones, con los pelos de la edad en la cara, con cuajo de toros hechos por entero, a la antigua… Toros, además, con casta y mucho poder, con el poder que hoy supones el derribar algunos de ellos hasta tres y cuatro veces a los acorazados jamelgos, conmoviendo con su estrepitosa pelea al respetable, que aplaudió durante el primer tercio y en el arrastre…
Como podemos ver, ayer como hoy, el toro existe. El problema es que solamente se le aparece a quienes son los menos afortunados.

Respecto de la actuación de los toreros, Selipe señala lo siguiente:
Vaya seguidamente un caluroso elogio, igualmente previo, a los diestros que pecharon con una corrida que a muchos resultaría espantable, y quede también para los tres jefes de cuadrillas la estimación, valedera para todas las suertes que ejecutaron, de las circunstancias en que salieron a enfrentarse con la dura papeleta. Mientras los toreros de más campanillas, por frisar ya la veintena de espectáculos, se encuentran, teóricamente en condiciones para hacer frente a las pruebas más difíciles, que rehúyen, de los matadores que actuaron el domingo, no habrá llegado uno a torear tres festejos, uno habrá participado en un par y el tercero aún no se había vestido de luces esta temporada, y para más justa ponderación del gesto no está de más recordar que dos de los espadas han visto rasgar sus carnes por cornadas de suma gravedad… Creemos que la Empresa brindará a cada uno de estos tres espadas ocasión de más propicias posibilidades…
En tanto, Don Luis dice acerca de ese mismo tema lo que sigue:
…con esos “tíos” – ¿cómo no? – se las entendieron, y se las entendieron bastante bien, que conste por anticipado, tres muchachos modestos, sin otras pretensiones que las muy legítimas de triunfar y abrirse paso en el toreo…
Un escuderocalvo romaneando y el picador aguantando
Foto: Agencia Cifra (Hoja del Lunes, 04/06/1956)
El torero de San Bernardo, Antonio Vázquez parece ser que al final resultó ser el mejor librado de la terna. En el primero de su lote dio la vuelta al ruedo y en el segundo armó una faena que rozó, por las descripciones que contienen las crónicas consultadas, los límites de la importancia. La narración que de ella hace Don Luis es de la siguiente guisa:
La forma en que llevó la lidia de su segundo toro, especialmente desde el principio al fin, cuidándolo, mimándolo, para que no se viniese abajo y se le estropeara, no está al alcance de cualquiera y acredita a un diestro de que así se le deba y se le pueda considerar. En estos matices de la lidia se fija poco el público, pero en la crítica está el resaltarlos por su meritorio valor intrínseco. La faena del sevillano con este toro fue sencillamente magnífica, sobresaliendo los redondos sobre la mano derecha mandones y templados, los naturales con la izquierda, ceñidos y arrogantes, los de pecho como remate de las series, las giraldillas como adorno del conjunto. Una faena, de añadidura, ligada con la más sobria justeza, exacta, sin un pase de más, sin un pase de menos. Así lo entendieron los espectadores, que le jalearon a todo lo largo de su desarrollo. Si la estocada no hubiera llegado después de tres pinchazos, el toro no se hubiera ido sin alguna oreja al desolladero. ¡Por vida del estoque!...
Tuvo que matar además al quinto, por percance de César Faraco, quien tras de la muerte del segundo de la tarde, también dio la vuelta al anillo. La versión de Selipe acerca de su actuación en ese toro, es la siguiente:
César Faraco, que se había apretado en su turno del primero, veroniqueó con ajuste por el lado izquierdo al segundo de la tarde, en el que hizo un quite valiente. Ante los toriles comenzó la faena, tratando de corregir la querencia del bicho hacia la puerta de salida, y, cuando lo consiguió, muleteó el de Venezuela con pundonor para lograr el asenso del respetable, que aplaudió pases altos y redondos de estimable factura y naturales muy voluntariosos; César entro a herir de dentro afuera; la segunda vez también atacó recto aunque en ninguna de las dos acertó a ahondar el acero, lo que alcanzó en el tercer viaje, del que resultó un estoconazo contrario…
César Faraco fue trasladado al Sanatorio de Toreros para ser atendido por el doctor Jiménez Guinea de contusiones múltiples y conmoción cerebral misma que fue calificada de pronóstico reservado, pero que le impedía continuar la lidia.

Y por lo que refiere a la actuación de Antonio del Olivar, ambas crónicas coinciden en que saludó dos ovaciones. La versión de Don Luis sobre su actuación, es esta:
Otro valiente: Antonio del Olivar. Se lo jugó casi todo en un quite con el capote a la espalda con su primer toro, que se aplomó a las primeras de cambio, y acabó de jugárselo en la faena de muleta, dispuesto, como sus compañeros, a no desentonar en el heroico trance que representaba contender con tan serios enemigos. Algunos pases en redondo, sobre todo, le resultaron soberbios. Le faltó al muleteo cierta ligazón, y acaso por ello no lució el conjunto lo debido. Tras un pinchazo y una estocada corta, no acertó con el descabello hasta el sexto golpe, y la calificación definitiva se quedó en una ovación… Al sexto lo veroniqueó, muy bien, lo muleteó con la misma valentía que al anterior, y, tras una estocada, tampoco acertó con el descabello hasta el séptimo intento, por lo que las palmas sonaron en atención a los merecimientos de la faena y a la voluntad y valentía que el mejicano puso en agradar a la concurrencia…
La rejoneadora Ana Beatriz Cuchet dio la vuelta al ruedo tras de que el sobresaliente diera fin al novillo que le tocara en suerte.

La reflexión final que puedo obtener de esta remembranza es que nada nuevo hay bajo el sol. Las corridas de verdaderos toros siguen criándose en el campo y estarán en la plaza para aquellos que no están bendecidos por la fortuna y tal parece que así ha sido desde hace mucho tiempo. La historia que aquí les recuerdo así parece demostrarlo. 
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