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sábado, 29 de agosto de 2009

Manolete en México, a 64 años vista (y II)

El Monstruo llega a México

Manolete era ya un personaje legendario desde antes de venir a México. En el año de 1941, apenas dos años después de la alternativa del Monstruo, con un guión de Alfredo B. Crevenna y Alejandro Galindo, así como con la dirección de éste último, se filmó la película Ni Sangre, Ni Arena, en la que Mario Moreno Cantinflas, importante cómico mexicano y un extraordinario torero bufo, amén de haber sido años después ganadero de reses de lidia, interpreta un doble papel, el de Cantinflas, que es un vendedor de golosinas en la plaza de toros y el de Manolete, el principal torero de ese momento. Es decir, Manuel Rodríguez, aún antes de pisar un ruedo mexicano ya daba lugar a la invocación de su nombre como atractivo e inspiración de cintas con motivo taurino.

Juan Soto Viñolo, crítico taurino catalán le califica como el torero para olvidar una guerra. Y a fe mía que logró cautivar la atención de un pueblo desgarrado por las heridas que dejan los fusiles y la discrepancia en los pensamientos, además de la diáspora que provoca la intolerancia hacia las ideas divergentes. Para nadie es un secreto que en la América Hispana, Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, a riesgo de su vigencia en el mundo taurino español, se reunió, como español, con diversos personajes republicanos – como Indalecio Prieto y Antonio Jaén – mismos que estaban proscritos en su patria y que fuera de cualquier filiación política, reconocían en el Monstruo, al más grande torero de su tiempo. Así pues, Manolete fue capaz, aunque fuera por los fugaces momentos en los cuales ejecutaba su arte, de unir a quienes en otras aristas de la existencia, tenían diferencias irreconciliables.

Son legendarias las entrevistas que para la prensa escrita le hicieron José Octavio Cano y para la radio y los noticieros cinematográficos Paco Malgesto, quienes se desplazaron a La Habana a capturar las primeras impresiones de quien en ese momento era la principal figura mundial del toreo. Son entrevistas realizadas en tres tiempos, pues se distribuyen en la etapa habanera al descender del barco y abordar el avión, después una segunda al llegar a Mérida y la tercera, con la llegada a la Ciudad de México, dónde ya el comité de recepción comprendía a casi la totalidad de los medios y a una notable cantidad de aficionados y curiosos que pretendían conocer de cerca al mítico Monstruo de Córdoba.

Uno de los detalles que llamaron la atención de quienes se acercaron a esos eventos, fue que Manuel venía con compañía femenina. Una bella mujer, de tez morena y ojos verdes no se separaba de su lado. Los primeros rumores que corrieron fueron en el sentido de que había contraído matrimonio y que era su esposa, pero después se supo que solamente era su novia, una actriz manchega llamada Lupe SinoAntonia Bronchalo Lopesino, que de su apellido materno toma su alias cinematográfico – con quien en América tendría mayor libertad de convivencia que en España.

No obstante, Manolete no hablaba abiertamente de su relación con Lupe Sino, según nos lo advierte Antonio de la Villa, quien refiere un encuentro que sostuvo el torero con una cronista de sociedad en San José Purúa, a quien únicamente identifica como R.H., y que entre otras cosas, le interrogó sobre lo siguiente:

...Alguien me ha dicho que Ud. trae loco todos los días a su ayudante, el Chimo, preguntándole como primer saludo cada mañana: - “¿Ha habido cable de Madrid?”

- Si señorita. Todos los días espero cable de Madrid. Pero no tiene relación con ninguna aventura de tipo amoroso.

- Sin embargo. Yo se que allá por un rinconcito del Paseo de Rosales, y en una casa con jardín, hay unos ojos de mujer que esperan con zozobra la vuelta del torero…

- ¿Tiene Ud. muchas aventuras que contar?

- Las hondas, no las cuenta uno nunca. Hay algunas frívolas en mi repertorio taurino, que precisamente por ser tan superficiales, no merecen ni siquiera ser mencionadas.

- ¿Es cierto que le siguen a Ud. muchas mujeres a través de sus viajes y de sus fiestas?

- ¿Muchas? Pues si son muchas yo no las veo. Esos son los cuentos de la popularidad.

- Se habla de una millonaria, morena ardiente, que ha venido a México – yo no sé de dónde – y que ocupa actualmente tres habitaciones en el mismo hotel donde Ud. vive.

Esta señorita que siempre está en acecho para abordarle.

- Pues trabajo le doy. ¡No señorita, no! Esos son cuentos, repito, que siempre acompañan al artista que goza de un poco de nombre.
(Antonio de la Villa, Manolete. Otra época del toreo. México, 1946, Pág. 213)


Como se puede ver de las esquivas respuestas del Monstruo, en el principio, la presencia de su amada y su relación con ella debía pasar desapercibida, hasta en tanto se pudiera percatar de la manera en la que sería aceptada por la sociedad de este lado del Atlántico.

Es la suite número 224 del Hotel Reforma la que se convertiría en el cuartel general del torero cordobés. Pero esos primeros días los pasará propiamente en la hacienda de don Julián Llaguno, El Sauz, donde pastan los toros de Torrecilla, que serán los elegidos por Camará para la corrida de la confirmación. Así pues, la estancia en tierra zacatecana servirá para que el Monstruo se acople a la embestida del toro mexicano y de igual manera conozca de primera mano la gran calidad de los productos del encaste Llaguno, que con el paso de los años, dominarían la cabaña brava mexicana.

No hay plazo que no se cumpla, ni fecha que no se llegue y así, una miajita más de un año después de aquella Corrida de la Concordia celebrada en el coso de la colonia Condesa, el 9 de diciembre de 1945, Silverio Pérez cedía la muerte del toro Gitano, número 3, de Torrecilla, a Manuel Rodríguez Sánchez, que de esa forma convalidaba la alternativa que Chicuelo le otorgara en Sevilla el 2 de julio de 1939. Las películas nos muestran que desde que se abrió de capa realizó una obra de gran intensidad, dejando a la afición reunida en El Toreo el convencimiento de que todo lo que se había escrito sobre su figura no rebasaba los límites de la realidad. El segundo toro de su lote, Cachorro, le infirió una cornada cuando toreaba de capa, retirándose a la enfermería entre el reconocimiento y la admiración de la afición allí reunida.

El despliegue mediático y la confirmación de la sustancia de éste generó una euforia manoletista que motivó el reclamo del torero en todas partes. Es célebre un cartón de Rafael Freyre en el cual una persona lleva en la cinta del sombrero una tarjeta con una leyenda que dice No me hable usted de Manolete, porque la figura del Monstruo parecía ser el único tema de conversación que había en México, acentuando el importante carácter que adquirió en ese tiempo la presencia del diestro que acaparaba la mayor atención de aficionados y catecúmenos.

Recuperado de la herida, reaparece en Irapuato el 12 de enero de 1946 con Gitanillo, Silverio y Guerrita, para enfrentar por primera vez toros de La Punta y vuelve a cortar oreja y rabo entre el delirio de la concurrencia, quedando para la posteridad una placa que aún se puede observar en los muros de la Plaza Revolución de la ciudad fresera. Cuatro días después reaparece en El Toreo alternando con Armillita y Solórzano y el día 19 de enero en Orizaba vive uno de los momentos de mayor intensidad en su paso por las plazas de México.

Se le contrató para alternar con Fermín Rivera y Calesero en la lidia de toros de don Francisco y don José C. Madrazo. Ya se percibía que uno de los efectos de la presencia de Manolete en México era el de sacar de su marasmo a la torería nacional, que de aquella sensación de comodidad que percibiera Tono Algara en 1944, de pronto se vio dispuesta a dar la pelea al cordobés y a reivindicar el sitio y la clase que de siempre le había correspondido. Pero además de eso, transmitieron al tendido y al resto de la afición su deseo de competir y de superarlo en el ruedo. Tanto así, que habiendo realizado El Monstruo una de sus acostumbradas faenas plagadas de quietud, recibió la réplica del Poeta del Toreo que al oír sonar la música en su honor, fue con las notas del Himno Nacional, hecho que acabó con el director de la banda en la cárcel. Esa fue la clase de revulsivo que representó la presencia de Manolete en México, dio un nuevo impulso a la fiesta y de alguna manera ayudó a hacer viable un proyecto monumental que estaba a punto de ser echado a andar.

El penúltimo día de enero de ese 1946, se lidió en El Toreo la última corrida española completa que se ha jugado en la Capital de la República. Como el de la reaparición de Cagancho, la procedencia de este encierro es también motivo de contradicciones. Francisco Narbona y Filiberto Mira lo señalan como procedente de las dehesas de don Luis Vallejo Alba y por su parte, Guillermo Ernesto Padilla le fija su origen como de doña Carmen de Federico, en cualquier caso, su origen es puro Murube. Los alternantes son Armillita y Silverio Pérez. El Monstruo de nueva cuenta salió con un rabo en las manos, convenciendo a tirios y troyanos de la grandeza de la que venía precedido.

La Plaza México

Refiere Aurelio Pérez Villamelón, que desde el inicio de la cuarta década del pasado siglo se hicieron estudios tendientes a determinar el mejor lugar para construir una nueva plaza de toros para la Capital de la República. El sitio que en un inicio se determinó como ideal, era un paraje conocido como Cuatro Caminos, en el término municipal de San Bartolo Naucálpan, hoy Naucálpan de Juárez, limítrofe con la Ciudad de los Palacios.

Para Cuatro Caminos la suerte estaba echada, pues sería el asiento de una plaza de toros, pero no de la principal de la ciudad de México, sino del reconstruido Toreo, que después de pasar cuarenta años en la Colonia Condesa, tendría una nueva ubicación.

Neguib Simón Jalife era un político yucateco, de origen libanés y alguna vez líder de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión y adquirió unos terrenos ubicados en la confluencia de las actuales colonias Nápoles, Del Valle y Roma, a escasa distancia del trazo de la Avenida de los Insurgentes, diseñada en ese tiempo para fungir como la principal arteria vial del Distrito Federal. Esos terrenos, hoy sitos en la colonia Nochebuena, tenían como particularidad la presencia de unos enormes socavones, producto de las excavaciones hechas allí, para extraer el material necesario para la fabricación de ladrillos.



Neguib Simón fue sin duda un visionario. Ante la imposibilidad de rellenar los auténticos cráteres que dejaron las ladrilleras en esos terrenos, ideó la posibilidad de aprovechar los restos de las excavaciones, encargando el diseño de una Ciudad de los Deportes, que contaría con un centro comercial, un frontón, un estadio olímpico, una pista de patinaje y una monumental plaza de toros. Tras de muchas vicisitudes – que terminaron con la ruina de don Neguib – se concluyeron las obras del estadio y las de la plaza de toros, finalmente llamada México, planeada para contener en sus tendidos a cincuenta mil espectadores. El proyecto y la dirección de la obra se encomendaron al Ingeniero Modesto C. Rolland.

El 5 de febrero de 1946 se inauguró la plaza de toros con una corrida en la que para lidiar seis toros de San Mateo se acartelaron Luis Castro El Soldado, de Mixcoac, con Manuel Rodríguez Manolete, de Córdoba, España y Luis Procuna, también capitalino, pero de San Juan de Letrán, siendo estos dos últimos quienes a la postre, resultarían los triunfadores de la efeméride, cortando una oreja cada uno.

Hace algún tiempo leí una versión en el sentido de que la Plaza México fue construida al influjo de la aparición del Monstruo de Córdoba en el planeta de los toros. Durante mucho tiempo traté de recordar de quien era la afirmación, pero la memoria se ponía esquiva. Al releer algunos textos con la finalidad de preparar este trabajo, me encontré de nuevo con la cita, que es de don Filiberto Mira, quien al realizar un libro biográfico del hijo de doña Angustias, afirma lo siguiente:

...La afición española saboreó poco a poco la transfiguración que al arte de torear le imprimió el carácter propio de Manolete. La mexicana se lo encontró de pronto, y tal fue la colosalidad del impacto, que habiéndolo visto – y solo en un toro, pues su segundo lo hirió al abrirse de capa – por primera vez el 9 de diciembre de 1945, la conmoción hizo que se hiciera – para él, con él y por él – la mayor plaza de toros que en el mundo existe. Esta se inauguró el 5 de febrero de 1946. Es la de México, Monumental con monumento a Manolete. ¿Qué otro torero ha provocado que en tan corto tiempo – menos de dos meses – se haya construido un coso tan descomunal como el de Insurgentes, con cabida para 50.000 espectadores? (Filiberto Mira. Manolete. Vida y Tragedia. Valencia, 1984, Págs. 204 y 206).


Aunque en la actualidad a veces no lo parezca, la Plaza México no es una plaza de talanqueras que pueda levantarse en dos meses. Por los antecedentes apuntados arriba, fue meramente circunstancial el hecho de que estuviera lista para ser inaugurada a los pocos días de la llegada de Manuel Rodríguez Sánchez a suelo patrio. Las obras de construcción de la plaza se iniciaron en 1944 y duraron dieciséis meses más de los referidos por don Filiberto, quien seguramente al socaire de su veneración por Manolete, incurrió en ese gazapo histórico.

El Monstruo tuvo el honor y el lugar histórico de haber cortado la primera oreja que se otorgó en ese monumental recinto, al toro Fresnillo, procedente de las zacatecanas dehesas de don Antonio Llaguno González, genio ganadero que creó un encaste propiamente mexicano que dignamente puede competir con cualquiera de los demás del mundo y dio junto con la terna de toreros el primer paso de una historia que aún se sigue escribiendo el día de hoy, pues es el máximo escenario taurino de nuestro país y quizás el de América.

El hecho de que la Plaza México emergiera al que Díaz Cañabate llamara el planeta de los toros, generó una competencia entre ésta y El Toreo, por lo que se empezaron a programar corridas a media semana y en domingo. Un genial poeta gitano, Agustín Rivero, dice en uno de sus versos, que en estas cosas -las de los toros-, a la política no hay que mencionarla siquiera, pero dado que el ansia de ver a Manolete generaba ya situaciones de dispendio en un país que apenas se recuperaba de una situación de guerra mundial, Javier Rojo Gómez, entonces Regente de la Ciudad de México, emitió una disposición en el que se establecía que solo se podían dar corridas los domingos y las de entre semana solamente en fiestas de guardar.

Así por ejemplo, el 16 de febrero de 1946, Silverio Pérez realiza, mano a mano con Manolete, lo que quizás represente su obra más acabada en el ruedo de la plaza más grande del mundo. Le tocó en suerte el toro Barba Azul de Torrecilla, con el que el Faraón pudo desplegar toda la gama de su tauromaquia inigualada y dígase lo que se quiera, sin continuadores. Quizás le han salido imitadores, pero éstos al final de cuentas, acabarán por resultar exhibidos como quienes pretenden hacer lo mismo que el imitado, no por llevarlo a un punto de evolución y de perfección. Así pues, Silverio Pérez cortó a ese Barba Azul el único rabo que obtuvo en el Coso de Insurgentes y demostró el por qué era taurina y sentimentalmente el amado Compadre de todos los mexicanos.

El regreso a España

Al día siguiente del mano a mano con Silverio en la México, Manolete vuelve a El Toreo, para actuar junto con Pepe Luis Vázquez y Luis Procuna en la lidia de toros tlaxcaltecas de Coaxamalucan. Es quizás la tarde más redonda de la presencia manoletista en la plaza de la colonia Condesa, pues Pepe Luis cortó el rabo a Cazador, segundo de la tarde, Procuna igual apéndice a Cilindrero, salido en tercer sitio y El Monstruo hizo lo propio con Platino, corrido en cuarto sitio. Resultaron tan redondas las faenas y tan bravos los toros, que tras la lidia de Platino, los tres diestros y el ganadero don Felipe González fueron llamados a recorrer el anillo en son de triunfo.

Manolete concluyó su primera campaña mexicana en El Toreo el 3 de marzo de 1946 y retornó a España, en dónde solamente actuó una tarde. Fue en Madrid, el 19 de septiembre de ese mismo año, en la famosa Corrida de la Beneficencia, cuando se enfrentaron a nueve toros de don Carlos Núñez, el rejoneador Álvaro Domecq y Díez y los espadas Gitanillo de Triana, Antonio Mejías Bienvenida, Manolete y Luis Miguel Dominguín. Es la legendaria corrida de la Beneficencia en la que Luis Miguel se cuela a un cartel ya hecho, pagando sus toros y donando cien mil pesetas a la fundación presidida por el Marqués de la Valdavia y de la que la crónica de K – Hito sentenció: Esta tarde, El Monstruo ha sido Luis Miguel.

Ese año de 1946, Manuel Laureano Rodríguez Sánchez dedicó su tiempo y su vida a cultivar la relación humana y sentimental que tenía con Lupe Sino. Sabidas son las etiquetas que se han puesto a la actriz manchega por la forma y el lugar en la que Gitanillo – y se dice que Pastora Imperio – la presentaron al torero. Quizás una sociedad pacata como la de entonces, veía con un importante aire de intolerancia, que uno de los baluartes de la reconstrucción de su pueblo se viera con una mujer que estaba marcada por pertenecer al mundo del espectáculo y por ello tener su integridad bajo sospecha.

No escapaba en ese aspecto, ni al escrutinio de su propia familia, que hasta donde se sabe, por todos los medios censuró y trató de obstaculizar esa relación. Sin embargo, el torero encontraba en ella el remanso de tranquilidad que requería para poder hacer planes hacia el futuro. Se habló incluso de un matrimonio morganático, pero la historia se ha encargado de desmentir esa versión, como en su momento lo hizo el propio Manolete, que tras de cumplir con la Corrida de la Beneficencia, obligado por circunstancias políticas y según el dicho del banderillero de esta tierra, La Chicha, como condición para obtener el pasaporte para poder salir de nuevo hacia América, regresaría a México al final de ese mismo 1946.

Tardes cumbres de la historia

El miércoles 11 de diciembre de 1946 se escribió una de las tardes más grandes de la historia de la plaza México. El Ave de las Tempestades, con el testimonio de Manolete confirmaría la alternativa de Leopoldo Ramos El Ahijado del Matadero, con toros de Pastejé, ganadería que se presentaba en el monumental escenario y que unos años antes había dado la materia prima para que Armillita y Silverio escribieran dos de las páginas más brillantes de esa Edad de Oro del toreo en México. Esas páginas tienen nombre propio y se llaman Clarinero y Tanguito. Creo que mayor explicación no se requiere.

Pues bien, los toros de Pastejé darían a Lorenzo Garza y a Manolete la oportunidad de replicar lo realizado por los maestros en El Toreo, cuando el regiomontano obtuvo los rabos de Amapolo y Buen Mozo y por su parte, el cordobés, el de Manzanito, amén de perder el de Murciano, por un deficiente manejo de los aceros. Refiere Pepe Alameda que tuvo la ocasión de charlar con El Monstruo acerca de esta tarde y que le hizo saber que solamente un error había cometido. Al preguntar el torero cuál había sido éste, le replicó el escritor: No haber mandado al taxidermista la cabeza de Manzanito, que es el toro con el que mejor has estado con los que te vi en México.

Cuatro días después de lo de Manzanito, en el mismo escenario, alternaría con Armillita y Calesero para lidiar toros tlaxcaltecas de Piedras Negras. Me contaba el citado don Arturo Muñoz, que esa tarde salió en la cuadrilla de Calesero, que la gente que llenaba la plaza apoyaba fuertemente a los toreros mexicanos, sin dejar de reconocer el buen hacer del diestro de Córdoba. Cuando salió el cuarto de la tarde, Nacarillo para más señas y cuando vieron a Fermín ponerse la muleta en la izquierda, la gente comenzó a pedirle ¡cómo Manolete!, ¡cómo Manolete! y el Maestro se los concedió, ligándole en el centro del anillo, según la versión de Carlos León, veintisiete naturales que calificó de impecables y según La Chicha, que sostenía haberlo visto evidentemente de más cerca, veintidós. Creo que la cantidad sale sobrando, lo que importa es la calidad y el hecho de que seguía la intención de dar la pelea hasta el final por los diestros mexicanos.

El 19 de enero de 1947, Manolete se lleva el último rabo de su trayectoria en la Plaza México, del toro Boticario de San Mateo, en tarde que alterna con Lorenzo Garza y Arturo Álvarez Vizcaíno y pasa a la enfermería con una fuerte contusión tras de ser prendido por este mismo toro. El día 5 de febrero actúa aquí en Aguascalientes, con Luis Procuna y Manuel Jiménez Chicuelín, en la lidia de toros de Peñuelas, pues la corrida anunciada de Pastejé no pudo ser trasladada debido a una veda de movimiento y transporte de ganado por una epizootia de fiebre aftosa y concluye su campaña mexicana en la Mérida yucateca, que fue el primer sitio en el que tocara suelo nacional, alternando con Fermín Rivera y Gregorio García en la lidia de toros de Palomeque, festejo en el que, corta de igual manera, la última oreja que se le otorgara en nuestro país.

Apostilla final

Manolete regresó a España a cumplir con lo que se dijo era la campaña final de su carrera, pues terminada esa temporada de 1947, dejaría los toros para contraer nupcias y dedicarse a vivir como un ciudadano más. Empezó a torear hasta el mes de junio y al 28 de agosto había sumado veintiún festejos, llevándose en las carnes un par de cornadas y la hostilidad de la afición que veía ya, como sucediera casi 30 años antes con Joselito, como fácil de hacer, todo lo que realizaba en los ruedos.

El 28 de agosto estaba anunciado para la feria de San Agustín en Linares, con Gitanillo de Triana y Luis Miguel Dominguín, con un encierro de Miura.El desenlace es conocido por todos y hoy se cumplen sesenta y dos años de que la muerte rompiera las ilusiones y los proyectos de vida que El Monstruo de Córdoba tenía por delante.

Manuel Laureano Rodríguez Sánchez seguirá siendo tema para discutir, investigar y proponer como personaje de diversas expresiones comunicativas. Su vida y su obra tienen ese germen cautivador y la suficiente cantidad de aristas, que a la vuelta de otras muchas décadas, cada 29 de agosto, tendremos temas para comentar en torno suyo.

domingo, 4 de enero de 2009

Alfonso Gaona: El único empresario que le ha podido a la Plaza México


El pasado 2 de enero se cumplieron 3 años de la desaparición física de Alfonso Gaona de Lara, el emblemático empresario que entre 1940 y 1988 fuera el paradigma del empresario taurino en la capital de la República y por qué no decirlo así, en México entero.

Optometrista de profesión y por ello llamado el Doctor, Alfonso Gaona desde su primera juventud tuvo el deseo de interiorizarse en la fiesta de los toros. Aunque originario de Saltillo, Coahuila, por la ocupación de su padre, la familia se traslada a Morelia en Michoacán, lugar en el que traba pronta amistad con dos morelianos que figurarían en el mundo taurino principalmente como ganaderos: Emilio Fernández y Alfredo Ochoa Ponce de León.

Al enterarse la familia de Alfonso Gaona que tenía intenciones de intentar hacerse torero, le consiguen una beca para estudiar en los Estados Unidos y le envían a Chicago, lugar en el que residía uno de sus hermanos. Allí es donde cursa sus estudios de optometría y al regresar a México, ingresa a ejercer su profesión a los servicios públicos de salud.

Al final de la década de los 30 los estamentos de la fiesta en México estaban divididos. Se había generado el llamado Pacto de San Martín Texmelucan, en el que toreros y ganaderos se dividieron en dos bandos, uno liderado por don Antonio y don Julián Llaguno y que llevaba como cabeza entre los toreros a Lorenzo Garza, El Soldado y Fermín Rivera y el otro liderado por Wiliulfo González de Piedras Negras y los hermanos Madrazo de La Punta y los lideraban como toreros Armillita, Silverio Pérez y Jesús Solórzano.

Ese estado de cosas motivó que en el año de 1939 se dieran dos temporadas, una con toros y toreros del bando de los Llaguno y otra, llamada Relámpago constante de solo 7 festejos, con los de los señores de Piedras Negras y de La Punta, concluyendo ambas en un verdadero desastre, pues las dos resultaron ruinosas para la afición y para las empresas que se afanaron en montar esa competencia que no llevaba a nadie a ninguna parte.

Para el año de 1940, Jesús Torres Caballero y el ganadero de Quiriceo, Jorge Jiménez del Moral que fueran los organizadores de las últimas dos temporadas de corridas en El Toreo el año anterior, quedó fuera de la empresa y el General Maximino Ávila Camacho, hermano del Presidente de la República y titular de la mayoría accionaria de la sociedad propietaria de la plaza designó como nuevos gestores del coso a Anacarsis Carcho Peralta, quien nombró como Gerente a Alfonso Gaona, el que sería el encargado de la parte pública de la operación de la empresa.

La aptitud del llamado Doctor Gaona para la actividad se vio pronto, pues le fue posible conciliar los intereses encontrados de los dos bandos enfrentados por los hechos de Texmelucan y para demostrarlo, confeccionó para su primera tarde, el 1 de diciembre de ese año, la alternativa de Carlos Arruza, otorgada por Armillita y con el testimonio del queretano Paco Gorráez, enfrentando la terna toros de Piedras Negras. El cartel tenía su simbolismo, pues combinaba elementos de los dos grupos en pugna apenas un año antes

Su llegada a la Plaza México se da en el año de 1948. Contaba el Doctor que los primeros festejos los dieron el constructor del coso Neguib Simón Jalife y después, actuó como empresario Lorenzo Garza, pero al tener que desprenderse el empresario y político yucateco de la propiedad de la plaza y del estadio adyacente, a causa de las pérdidas económicas que su construcción le causara, el nuevo adquirente de la misma, le ofreció la operación de ella, desde el año de 1947.

La oferta se hizo a través de su amigo de la juventud, el ya ganadero Emilio Fernández, por cuyo conducto envió una cortés negativa en primera instancia, debido a que sus negocios relacionados con la optometría y una cadena de tiendas de regalos funcionaban muy bien, pero un año después, en 1948, el mismo Emilio Fernández le invitó a una comida en la que le presentó a Moisés Cossío, el propietario de la plaza y allí mismo se acordó el inicio de su actividad al frente de la plaza más grande del mundo, llevando como sub – gerente al empresario potosino Joaquín Guerra.

Allí se consolidó una relación que mantendría a Alfonso Gaona durante 48 años en el empresariado taurino, con sus altas y sus bajas, pues tuvo lapsos en los que aunque era arrendatario de la Plaza México o del Toreo de Cuatro Caminos y en los que además operó las plazas de San Luis Potosí, Monterrey, Tijuana y Aguascalientes entre otras, por los vaivenes de la fiesta de los toros, se vio precisado a mantener las principales cerradas.

Esto redunda en que en esos cuarenta y ocho años de empresario, Alfonso Gaona ofreció 27 temporadas de toros en la Capital de la República, en las que ofreció un brillante epílogo a la Edad de Oro y promovió el surgimiento de la Edad de Plata del Toreo mexicano, con la aparición de Los Tres Mosqueteros en el año de 1948, su primero al frente de la México, amén de que dejó los espacios necesarios para el surgimiento o consolidación de otros diestros como Juan Silveti, Joselito Huerta, Alfredo Leal, Manolo Martínez, Eloy Cavazos, Curro Rivera, Antonio Lomelín, Jorge Gutiérrez y el último novillero mexicano que volteó al revés la gran plaza, Valente Arellano.

Se le criticó por ser un empresario de plaza cerrada, pero toda su circunstancia me indica, que como en cualquier faena con estructura, el Doctor Gaona le dio las pausas necesarias a la actividad que realizaba y siempre que ofertó espectáculos taurinos al público, la afición y los públicos atendían a su reclamo, el cemento en su tiempo, no era el protagonista en los tendidos.

En sus intermedios (1957 – 1960 y 1965 – 1976), diversas personas y entidades se hicieron cargo del gran coso con resultados variopintos. Cuando terminó su gestión definitivamente en 1988 las cosas tampoco mejoraron y lo único que me demuestran los resultados en su ausencia, independientemente de lo autoritario o pintoresco que haya sido el ocupante de ese sitio, es que el único empresario que le ha podido a esa gran plaza, es el Doctor Alfonso Gaona, de quien hoy hago este recuerdo.
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