Mostrando entradas con la etiqueta Plaza de Toros San Marcos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Plaza de Toros San Marcos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Hasta pronto don Gus

Don Gus de Alba
Hoy por la mañana se nos ha ido por delante el inefable don Gustavo Arturo de Alba Mora, conocido universalmente como don Gus. Tras de un paso interesante por las veredas de la producción cinematográfica, regresó a su tierra natal y se dedicó al periodismo, arrancando al inicio de la década de los 90 una revista que inicialmente se llamó Crisol y posteriormente por alguna cuestión legal se transformó en Crisol Plural. Fue una publicación que intentó fundir el análisis político de calidad, con otros contenidos de tipo académico y tendré que decirlo, lúdico, porque siempre en las páginas de Crisol hubo un espacio para la tauromaquia.

Andados unos cinco años de la publicación, don Gus me invitó a publicar mis pareceres con relación a la fiesta en las páginas de su revista. Me aceptaba artículos y después me pidió que le hiciera la crónica de los festejos novilleriles que se daban en la Plaza de Toros San Marcos. Este último aspecto me era bastante cómodo, porque como no había que salir al día siguiente del festejo, daba tiempo para meditar y componer adecuadamente la relación de lo sucedido en él.

Crisol apareció en papel hasta el año de 2004. Después se mudó al formato digital permaneciendo así hasta el año 2016, cuando por problemas de salud de don Gus, el sitio de Crisol Plural, como el dedicado exclusivamente a temas de cine, tuvieron que cerrar, aunque ambos reabrieron un año después y se mantienen en Crisol Hoy y Cineforever.

En el año 2004, tuve la oportunidad de compartir con don Gus, el maestro Julio Téllez y el licenciado Alejandro Bernal Rubalcava la recopilación y organización de textos para el libro que el Gobierno del Estado de Aguascalientes editó en honor de Alfonso Ramírez Calesero. En esas maratonianas jornadas don Gus ponía el ingrediente del conocimiento local de la época dorada del Poeta del Toreo y he de ser honesto, fue corrector de estilo de muchos de los textos que al final se presentaron, pues tenía una innata habilidad para ello.

El capítulo que se echó a cuestas para esa obra se titula Con estos ojos…, haciendo alusión a una expresión que con frecuencia externaba don Arturo Muñoz La Chicha. En él hace un repaso a la rivalidad que en los tendidos y en la sociedad generaron Calesero y Rafael Rodríguez. Era un tiempo en el que en Aguascalientes todo el mundo se conocía. Allí nos cuenta:

Mi padre era aficionado de sombra. Lo fue, en los años cincuenta, cuando me empezó a llevar a los cuatro o cinco años, por lo menos a una corrida de feria cada abril. Años en que la pasión hervía en los tendidos y había una especie de lucha de clases en la plaza, resuelta de forma sumaria y enfática, con un maniqueísmo determinante: los de sombra o sea los curros, los apretados eran del partido caleserista, mientras del otro lado, los del tendido cálido respondían al embrujo del atropellamiento valiente y eruptivo de Rafaelillo

Hoy cuando han pasado más de cuarenta y tantos años y me apresto a presentar un trabajo en la Peña, que desde hace más de un año venía posponiendo aunque no por ello dejaba de articularlo, tratando de encontrar un acercamiento a lo que pretendí llamar desde un primer momento: Con estos ojos que se han de comer los gusanos…, en referencia al siempre recordado e inolvidable compañero de tertulias taurinas don Arturo Muñoz La Chicha y con el cual intentaba explicar mi tránsito por los tendidos o como quizás Gustavo Flaubert lo hubiera dicho: La educación sentimental de un aficionado, se agolpan en mi cerebro las reminiscencias de mis primeros pasos en la afición taurómaca, los cuales seguramente no fueron muy dispares, a los de otros niños de cinco años, a los que en una primera reacción, quizás inducida por la propia madre, se horrorizan al contemplar los borbotones de sangre que emergen del lomo del toro después de ser picado, y para apaciguar su llanto o por lo menos el susto, los sollozos buscan ser disipados ofreciéndole al escuincle un vaso de refresco o un dulce como tranquilizante.

Una tortura efectivamente, de la cual muchos logramos sobrevivir, en virtud de que una razón u otra regresamos a la plaza, quizás primero porque resultaba muy divertido corretear por el graderío, antes de que iniciara la corrida o se llenara el tendido de la San Marcos, o simplemente porque era un día de fiesta, en el cual nuestros padres nos sacaban de nuestra rutina diaria, ya rota con la compra de unos zapatos nuevos o alguna prenda de vestir, como era menester hacerlo al llegar el 25 de abril, durante la feria en Aguascalientes.  

Después venía el paseíllo y la cosa se animaba con el público, sobre todo con el de los pelafustanes de sol, quienes tímidamente daban sus primeros lances de tanteo, con gritos cordiales que buscaban incitar a los alternantes a dar la tarde de su vida o si estaba Calesero no faltaba el famoso grito del popular aficionado La Ampolla: A ver si ahora sí, mi Calesa. Y entonces el paladín de los curros esbozaba una ligera sonrisa, como para darle esperanzas al respetable, la cual solía irse desdibujando con la muerte del primero de sus enemigos, en que el matador al dirigirse al callejón, voltear al tendido y replicar a la silbatina con su característico gesto de la mano derecha en que, en forma de rehilete, trataba de decirnos que lo esperáramos para el siguiente. Y entonces desaparecía de plano la sonrisa al doblar el segundo de su lote. Y vuelta a resonar el grito de La Ampolla: ¿Y ahora cuándo? Para que el torero volviera a responder: A la próxima, lo cual significaba el siguiente año. . .   Anécdota que quizás todos los aficionados a los toros en Aguascalientes hemos escuchado alguna vez y que tiene algo de verdad, pero también mucho de mítica, si no como explicarnos entonces que por más de 18 años en que coincidieron en los ruedos Calesero y Rafael, el mundo de los toreros, en la tierra de la gente buena, girara en torno de estos dioses del Olimpo taurino, mientras el de los toros era dominado por La Punta.

Pueblo chico. . .

Ser aficionado en Aguascalientes, en esos años significaba ser Caleserita o Rafaelista, y cuidado con que alguien quisiera salirse por la tangente manifestando una improbable neutralidad, o algo peor, que buscara quedar bien con Dios y el Diablo. Era un mundo de etiquetas: si uno iba a sombra asumía un aire de suficiencia y arrogancia elitista, para sobrellevar las rechiflas y los lanzamientos de anilina y de agua de riñón de los desarrapados de sol, orgullosos trabajadores del riel, en su mayoría y cuyo campeón no era otro que El Volcán, orgullosamente salido de un hogar humilde, con una infancia colmada de estrechez económica, pero que al arriesgar la vida, como muy pocos lo han hecho enfrente de los pitones de un toro, pudo llenarse las bolsas de dinero. (Algo que resulta inalcanzable para la mayoría de los toreros de ahora, en que la tacañería y ceguera de los empresarios los lleva a regatearles los duros a los toreros, aunque estos estuvieran dispuestos a partirse el alma, como lo hacía en sus tardes de gloria Rafaelillo).

Por su parte, Calesero se comportaba con donaire y altivez, haciendo sentir a su paso que era un torero de los pies a la cabeza, tanto en el ruedo como fuera de la plaza, pues si bien su padre don Justo Ramírez Sánchez, aficionado de prosapia, no era el hombre más rico del pueblo, si tuvo la suficiente holgura económica, como para en alguna ocasión ser empresa para que su chaval pudiera torear en un festival o algunas novilladas, antes de dar el estirón definitivo que lo llevaría a encumbrarse, merced a su genial destreza con el capote, en El Poeta del Toreo. Amén que algo le ha de haber servido, el hecho de que su hermano Jesús fuera el empresario de la San Marcos, durante muchas temporadas, para que toreara por lo menos una de las corridas de Feria, cada año.

Claro que la altanería, o por lo menos los aires de prosapia de que hacía gala Calesero, tenían su complemento con quienes formaban la parte más visible de sus correligionarios, principalmente en las barreras de sombra, en que en esos años era fácil identificar a los reconocibles: don Enrique Castaingts, con su característico puro, teniendo, regularmente de compañeros a don Julio y don Benito Díaz Torre, don Anselmo López, don Manuel Ávila, don Emilio Berlie, claro está que todos con sus respectivas esposas, a las cuales pido disculpas de no mencionarlas por su nombre, para no caer en la descortesía de olvidarme de alguna de ellas. También batían palmas por las gestas de Calesero don Antonio Garza Elizondo; Rodolfo El Ronco González, a quién recuerdo invitándonos, la noche del 13 de febrero de 1966,  a seguir la sobremesa de la fiesta de homenaje al Poeta en su aristocrática casa que tenía por los rumbos del Jardín de San Marcos, una vez que don Juan Andrea (otro Caleserista) cerró las puertas del local de los Rotarios, en Jardines de la Asunción, donde se había servido una suculenta cena, para más de 150 comensales, después de la apoteósica despedida en la San Marcos del torero del Barrio de Triana. En este recuento no podía faltar en las filas del arte el siempre célebre Abogao Jesús Ramírez Gámez, Carmelita Madrazo, don Humberto Elizondo Garza, el Dr. Alfonso Pérez Romo, el Lic. Alejandro Mora Barba, el Dr. David Reynoso Jiménez, Jorge Durán Valadez, Leopoldo y Rubén Ramírez Cervantes, el Lic. Jesús Antonio de la Torre García, don Salvador Hernández Duque, Humberto Morales El Catrín, Carlos Macías Peña, Alberto El Negro Santacruz, Humberto Martínez de León y del gremio de los ganaderos, tengo la impresión que eran del bando de los curros don Lucas González Rubio, don Miguel Dosamantes Rul, don Celestino Rangel Aguilar, mejor conocido por El Tato al cual me lo llegó a presentar mi padre en los corrales de la plaza en donde estaba una corrida de Garabato y, como siempre que había festejo, solía ir a ver los toros antes del sorteo. Tendría entonces yo unos cinco o seis años y siempre me quedó la sensación de que era un gigantón, con un timbre de voz algo fuerte, cuyo tono, sin llegar necesariamente a provocar temor, obligaba a prestarle atención, aunado a que siempre traía fajada al cinto a Doña Genoveva, como denominaba al enorme pistolón que siempre lo acompañaba, al igual que su enorme e infaltable puro. Otro ganadero que expresaba su simpatía por El Calesa era don José C. Lomelí, de Corlomé

Podría tratar de seguir enumerando a otras distinguidas personalidades, pero temo que podría llegar a convertirse en un catálogo de quién era quién en Aguascalientes en esos años y a lo mejor corro el riesgo de etiquetar como caleserista a personas que militaban dignamente en el bando de los rafaelistas como fue el caso de Jorge López Yáñez, Ramón Morales, los hermanos Jaime y Juan José Macías, el Dr. Antonio Ramírez, Bernardo Herrera, Chito Ponce, el Dr. Oscar Hernández Duque y su sobrina Martha, los cuales aunque asiduos asistentes de sombra, nos demuestran que esa partición caprichosa de los dos bandos divididos por la localidad, es antes que nada una simplificación de una pasión que desbordaba los límites arbitrarios de clase social. Aunque para terminar con este apartado quiero dejar apuntado que mientras se vio natural que Calesero se casara con doña Alicia Ibarra Mora, miembro prominente de una familia reconocida en la localidad, en tanto la unión de Rafael con doña María Teresa Arellano Madrazo, recibió algunas críticas de esa sociedad, que sin tener vela o justificación para opinar fruncieron el ceño y cuestionaran dicha unión, que en rigor era un asunto de dos; pero ya sabemos que pueblo chico, infierno grande...

¿Lucha de clases?

No había que ir muy lejos para encontrar de manera inmediata, con esos antecedentes y sin necesidad de tener brochazos de marxológo, la comparación fácil de una lucha de clases que se dirimía, año tras año, durante la Feria de San Marcos, en el ruedo del centenario coso de la calle de Democracia: ricos versus pobres, curros versus descamisados, los de sombra frente a los de sol.  

Sin embargo, creo que esa rivalidad va más allá de la lucha de clases o quizás mejor dicho la trasciende, con algo más importante y que con el paso de los años se ha perdido en la afición aguascalentense: la emoción, el interés profundo por la fiesta y que esta fuera cosa atractiva, aun para los no aficionados. Aquellos que no iban a la plaza solían acercarse, con genuina atención, a los conciliábulos de taurinos, que se formaban, ya fuera en la legendaria Bolería Calesero, en el Parián, o los cafés de la época, para preguntar como habían estado el Calesa y el Volcán, aun cuando no fuera tiempo de feria. Los toros eran tema de cuidado general y vital para los aguascalentenses. 

En la década de los ochenta pudo haberse dado una rivalidad semejante, pero ya sea por miopía de los empresarios o porque eran ya otros tiempos, simple y llanamente, los Armillita y los Sánchez, nunca pudieron llegar a la cima de ser símbolos o paladines de un enfrentamiento épico, cuyas hazañas en el ruedo, repercutieran más allá de las puertas de la Monumental o el ceñido mundo de los toros, para volverse personajes emblemáticos que representaran a sectores amplios de la población.  

No puedo asegurar que Calesero y Rafaelillo dividieran, hasta el encono, a las familias, pero si me consta que en mi casa mi padre defendía a capa y espada su predilección por la exquisitez taurina del oriundo del Barrio de Triana, frente a la forma atrabancada de encimarse en los toros de Rafael, al tiempo que mi hermano mayor, Manuel, intentaba convencerlo de la profundidad y valía del Volcán, sobre todo después de que su franela se viera influida por don Fermín Espinosa Armillita, al grado de que algunos aficionados de aquellos años están dispuestos a sostener que hubo dos Rafaeles, uno de los primeros años en que era todo ímpetu, enjundia y valentía, mientras que a partir de 1954 o 55, había emergido otro, el cual hacía el toreo más reposado y con mayor sentido de las formas clásicas. Discusión que en el momento era bizantina, tanto en mi hogar, como en las tertulias de la ciudad, porque como ya lo he señalado antes, ambos toreros se tornaron para aquí arquetipos, modelos y como tales había que aceptarlos o desecharlos. Se era y quizás aún hoy día en Aguascalientes se es Caleserista o Rafaelista, antes que otra cosa, como aficionado a los toros.    

Posdata o Toro de Regalo

Tenía yo doce años cuando un 24 de abril, debido a un compromiso de última hora que le salió a mi padre, cuando estábamos al filo del mediodía, en las instalaciones de la Exposición Ganadera, durante la Feria, me dice que no va a poder ir a la corrida de ese día, pero que consideraba que ya estaba lo suficientemente grande para ir yo solo a los toros. Me entregó tres boletos de sombra, para que regresara dos en las taquillas y el otro lo usará para entrar, procurando sentarme, más o menos en los lugares de costumbre, a la mitad del tendido de sombra, cerca de donde se pone el Juez de Plaza en la San Marcos, porque allí habría gente conocida por si algo se me ofrecía y lejos de los malditillos de sol. Sin embargo uno era joven y hete aquí que me entra la ambición y por lo pronto en lugar de ir a buscar a don Julián Rodríguez para devolverle los boletos, me arriesgué a venderlos en la reventa. Resulta que me encuentro a unas personas que necesitaban tres y que traían un boleto de sol, por lo que me ofrecen el trueque, dándome a ganar lo de uno de sombra, que en aquellos años valían $40.00 pesos y los de sol $20.00 o sea que me dieron $120.00 y la entrada de sol. Feliz estuve en la corrida disfrutando de las habilidades de Carlos Arruza El Ciclón con su toreo a caballo, a Luis Procuna en una de sus tardes desafortunadas, mientras que Calesero cortaba la oreja de su primero y Gabriel España cumplía con el compromiso de salirle a un bravo encierro de La Punta. Claro que durante el festejo tuve buen cuidado de esquivar las bombas, o mejor dicho los calcetinazos de anilina, al igual que los baños de cerveza de segunda, para que no me fuera a descubrir mi papá al llegar a la casa; pero en cuanto abrí la puerta del hogar, ya estaba mi progenitor con una cara de pocos amigos, solicitándome explicaciones, porque nuestro vecino Pancho Muñoz, le había ya dado la reseña de la corrida, agregando el comentario de que me había visto en el tendido de sol. Así fue que descubrí que había un pueblo que nos vigilaba.  

No tiene caso detallar el regaño de santo y señor mío que se me echó, por cometer el desacato de arriesgarme a ir a sol, donde se corrían enormes peligros con los pelafustanes que allí asistían. De nada me valió que regresara con la ropa impecable de limpia, no había excusa y por lo tanto el día siguiente se me castigaba negándoseme la ida a la corrida. Y claro que mi osadía tuvo un enorme peso histórico, porque resulta que ese 25 de abril toreaban mis favoritos Calesero y Luis Procuna, junto con Rafael Rodríguez

Creo que a estas alturas del relato ustedes ya adivinaron que fue la tarde de la apoteósica faena a Poeta de San Mateo y así me convertí en uno de los pocos aficionados que se perdieron de contemplar dicha hazaña, entre más de doce mil aficionados que sí pudieron hacerlo. Sí, ya sé que el aforo de la San Marcos, es sólo de cuatro mil espectadores, pero con el paso del tiempo han sido tantos los que me han contado que estuvieron esa tarde en la plaza que entonces ese día, en lugar de milagros de panes, hubo multiplicación de asientos.

Siete años después, a la cita que no falte fue a la de estar la tarde del 13 de febrero de 1966 en la antigua Plaza San Marcos, para ser testigo de la despedida en Aguascalientes de Calesero encerrándose con seis toros de diferentes ganaderías.

La apoteosis en esa legendaria corrida vino en el quinto de la tarde, un toro de Reyes Huerta al cual indultó, y le colocó el único par de banderillas que ejecutó: un enorme par al quiebro al filo de las tablas, cuya visión me ha perseguido siempre, pues aunque si hago un esfuerzo, por recordar algunos otros detalles, como una serie de verónicas en que fue sacando al toro a los medios, siempre, pero lo que es siempre, si alguien me pregunta cuáles son las imágenes de ese arte efímero que es el toreo se me han quedado más grabadas, indudablemente que la número uno es ese inmortal momento en que Calesa clavó ese portento de suerte, en el segundo tercio, y dado que el tiempo siempre hace grande al pasado, no creo que otro detalle llegue a quedárseme impreso en el fondo de mi corazón taurino, como ha quedado clavado ese par al quiebro.

Esa es la impresión que recuperó don Gus de una época que en Aguascalientes fue dorada. Lo fue para la vida en sociedad y para la fiesta de los toros. La partida de don Gus nos deja sin un relator de su categoría para continuar recuperando la memoria de tiempos que, pareciendo idos, nos resultan necesarios para entender lo que actualmente somos y a mí me deja con un amigo menos, con lo escasa que está la amistad verdadera en estos tiempos que corren.

Mi solidaridad para Carmen Luz, su esposa y para Diego, Alejandra y Hernán, sus hijos. Una pérdida así es irremplazable, pero como me vi en la necesidad de expresarlo hace unos días, se tiene que aprender a vivir con ella.

¡Hasta pronto don Gus!

viernes, 18 de diciembre de 2020

Mi amigo Marco

Foto: Landín-Miranda
Mi primer contacto con la familia Ramírez Villalón se produjo en abril de 1993. En la Feria de San Marcos de ese año mis compadres Nicolás Rodríguez Arellano y su esposa Lucero nos presentaron a Lucía mi esposa y a mí – y perdóneseme que escriba en primera persona – con Florentino, ganadero de Real de Valladolid quien después tendría ese vínculo también con él y con su esposa Luisa. Tino es una persona con la que es imposible no conectar. De inmediato nuestra común afición a esta fiesta nos llevó a concertar otra cita, esta vez en Morelia para el entrante mes de mayo, fecha en la que su familia organizaba una corrida en el Palacio del Arte en homenaje a un singular personaje del toreo mexicano, Francisco Gómez El Zángano

Así que nos desplazamos a Morelia y allá fue donde conocí a Marco Antonio, con quien mi compadre pretendió hacerse lenguas acerca de mi habilidad de emborronar cuartillas. La verdad es que Nicolás me tuvo siempre mucha estima, quizás más de la que yo merecía. En esa ocasión Marco nos llevó a su casa en Santa María de Guido, la Hacienda de la Flor, donde tenía ya el esbozo de lo que es la Biblioteca hoy llamada Salvador García Bolio, radicada en el Centro Cultural Tres Marías y en la que resguardaba el fondo de su tío, Monseñor José Villalón Mercado y la colección de textos taurinos que tenía ya tiempo de ir formando, junto con una pinacoteca que era un lujo.

Allí me enteré de que estudió Medicina, se especializó en Cardiología, que ejerció su profesión y que tiempo después por necesidades de los negocios de la familia, tuvo que apartarse de la vocación. También confirmé lo que por noticias de la prensa se dijo, en el sentido de que, al fallecimiento de su tío, el ingeniero Mariano Ramírez, brevemente fue titular de los dos hierros que éste tuvo, el que lidiaba a su nombre y el de Montecillo, mismos que por no tener tiempo para atenderlos debidamente y mantener su bien ganado prestigio, se vio en la necesidad de enajenar. Pero eso sí, siempre llevó con orgullo en uno de sus dedos anulares un anillo con el hierro de don Mariano.

Los libros nos acercaron a Marco y a mí. Cada vez que adquiría un lote interesante para su biblioteca o que tenía noticia de que algo se publicaba por estas tierras, me llamaba por teléfono y comentábamos acerca de esas novedades, me hacía recomendaciones de la manera de como conservar los libros que tengo en mi poder y me sugería formas de adquirir obras, sobre todo aquellas que están descatalogadas o que se consideran difíciles de conseguir. Se había vuelto un gran maestro de la bibliofilia.

Un tanto, importantísimo que hay que anotar a Marco Antonio Ramírez, es la creación del primer medio taurino de comunicación digital. Él y Salvador García Bolio crean y sacan a la luz la Gaceta Taurina en el año de 1996. Quizás el formato no es precisamente el de un portal o sitio de internet, pero sí es un documento digital elaborado por y para los lectores de este medio. Decía en su cabecera todo lo que de toros es… en internet. Su primera época abarcó de agosto de 1996 a enero de 1999 y ambos me hicieron el honor de invitarme a participar en ella. Actualmente vive una segunda época que comenzó en mayo de este año que corre.

Tuve el honor de que Marco me guiara personalmente un recorrido por el Museo Taurino del Centro Cultural Tres Marías, su gran obra a favor de la cultura de la fiesta. En ese momento tenía en construcción una sala para dedicarla a obras taurinas de Pablo Picasso y me comentaba la ilusión de edificar otra para destinarla a la dinastía de los Solórzano, que tiene su punto de partida allí, en Morelia. Cada vez que conversábamos tocábamos el tema y los avances eran lentos, pero él no perdía la esperanza de lograrlo. Quizás sus sucesores puedan concluir ese proyecto pendiente.

Más no solamente dedicó Marco Antonio sus esfuerzos a la cultura de la fiesta de los toros. Estuvo involucrado en un importante número de obras sociales que tienen como fin el apoyar a aquellos que están en situaciones desventajosas. Y lo hacía de manera silenciosa, sin buscar los reflectores ni las noticias en la prensa. Llevaba así a cabo una solidaridad bien entendida, que es aquella en la que no se tiene que alardear del bien que se hace.

Marco ha sido un hombre sencillo que supo disfrutar de la vida. Todavía recuerdo aquel 23 de abril de 1996, reunidos en la casa en la que vivo, con Tino su hermano y su esposa, Nicolás y Lucero, el coronel Chávez, abuelo de Fernando Ochoa, mi otro compadre Isidoro Cárdenas y Rosi su esposa y el Maestro Jesús Córdoba y su esposa. Íbamos a comer allí para después ir a la presentación del libro que el Centro Taurino México España había publicado por el centenario de la Plaza de Toros San Marcos. Nos dispusimos en el comedor y Marco, el coronel y el Maestro Córdoba sigilosamente se mudaron a la mesa de la cocina, porque allí las tortillas estarían más calientes… Maniobra inteligente de los tres.

La última vez que vi a Marco Antonio en persona fue en Madrid, en la Feria de Otoño del año 2018, el viernes 28 de septiembre, justamente en el puesto de libros que se pone en los bajos de la Plaza de Las Ventas – ¿dónde más podría ser? – sabía que estaba allí, pero ese tiempo para él no era de toros, sino de ópera y de teatro. Me confesó que el bombo de Simón Casas le intrigó y le llevó a la plaza y allí nos encontramos y conversamos. Después tuvimos algunas conversaciones telefónicas hasta que la mañana del jueves me encontré con la noticia.

Pues ya Marco y Nicolás están reunidos otra vez. Seguramente discutiendo si el toro Tejón de su tío Mariano que inmortalizara Alfredo Leal en Cuatro Caminos era o no de vuelta al ruedo. Hoy me he quedado un poco huérfano de amistad. 

Transmito desde aquí nuestra sincera solidaridad en este momento de tristeza a Enrique y a Tino, sus hermanos y a Valentina y a Rafael, sus hijos. Me consta que es complicado asumir una pérdida así, pero la única solución que tienen es aprender a seguir viviendo con ella.

Por mi parte digo: ¡Te voy a extrañar mucho Marco!

domingo, 1 de noviembre de 2020

David Reynoso antes de actor y cantante... ¡Torero!


Hará tres o cuatro días, en su tribuna del diario El Universal de la capital mexicana, el buen amigo Luis Ramón Carazo comentaba principalmente la participación de Eulalio González Piporro en la película Torero por un día de 1963, dirigida por Gilberto Martínez Solares y en la que también tiene su parte el hidrocálido David Reynoso Flores, conocido después como El Mayor a raíz del personaje que hizo en la película Viento Negro (1964) dirigida por Servando González.

Dentro de la investigación que llevo en curso acerca de la obra periodística de don Jesús Gómez Medina, cronista del diario local El Sol del Centro, encontré varias crónicas de novilladas toreadas por David Reynoso en la Plaza de Toros San Marcos, hoy presento a Ustedes una correspondiente al domingo 22 de mayo de 1949, quizás una de las últimas de su carrera en los ruedos y en la que resultó herido. Sus alternantes fueron Fernando Brand y el debutante Manuel López, con novillos de Garabato.

Cuenta don Jesús acerca de la actuación de David Reynoso esa tarde:

David Reynoso – compenetrado de la trascendencia que para él podría revestir la fecha, había salido al ruedo dispuesto a triunfar rotundamente, con el corazón bien templado para forjar una actuación todo lo brillante posible. Lo vimos desde el primer lance cuando, pese al mal estilo del bicho, se quedó quieto en una señorial verónica. No pudo continuar en tal plan, porque el de Garabato, manso y débil de remos como fue todo el encierro, comenzó a desarrollar sentido como efecto de una lidia torpe, llevada, además, con una lentitud exasperante. Llegado el tercio final, y previo brindis al Dr. Duque, se fue al bicho, instrumentando uno de tanteo por alto. Cambió los terrenos, y al intentar un doblón, el pupilo del Tato, que ya había “aprendido” bastante, se quedó en mitad de la suerte, lo empitonó por la entrepierna y lo arrojó al suelo causándole la herida que al final se describe…

La herida fue en el escroto, con evisceración de un testículo y fue reparada en la propia enfermería de la plaza por el Dr. Óscar Hernández Duque.

El director de lidia, Fernando Brand, recientemente fallecido, vio interrumpida una racha de triunfos aquí en su tierra, según lo contó en su día don Jesús:

Fue el cuarto bicho que, desde que apareció en el ruedo, mostró una debilidad de remos y una ausencia de acometividad, realmente alarmantes. Insistiendo una y otra vez, dando al manso la querencia de tableros, trató el trianero de cuajar un trasteo o una tanda de muletazos siquiera, acreedores al aplauso. Sin embargo, las condiciones del bicho hacían casi imposible tal objetivo; tan solo aisladamente logró éste o aquél lance, no del todo limpios, porque carecieron de aguante y, además, porque a nuestro juicio, el toreo de Brand adolece de un defecto que ya le costó un disgusto: adelanta la suerte, no templa lo necesario... Tras de dos o tres pinchazos, el paisano dejó otro espadazo hondo; Fernando posee habilidad para sepultar el acero, como el bicho no doblara, hubo de recurrir al descabello, faena que se le dificultó un tanto…

La sorpresa de la tarde fue el calvillense Manuel López, que se presentaba ante la afición de la capital del Estado. Aún con las dificultades que opuso el descastado encierro de Garabato, se las ingenió para lucir y convencer a los asistentes al festejo. Así está descrita su actuación:

Decíamos que el debutante se ganó las palmas desde su primera intervención: fue un buen quite por gaoneras en el que abrió plaza.

Por este estilo continuó prodigándose a lo largo del festejo, y como es valiente, sabe hacer las suertes con innegable acierto – en ocasiones inclusive, con arte del bueno – y le fue simpático a la concurrencia desde el primer momento, huelga decir que se constituyó en el héroe de la jornada. De su labor de conjunto, destacaron varias excelentes verónicas, en las que toreó desde largo y bajó las manos con elegante displicencia.

Con los palitroques, apela a los adornos y galleos; sin embargo, aunque clava con acierto, sus pares no son del todo limpios, pues no alza debidamente los brazos, como resultado quizás, de su corta estatura.

Con la muleta, fundamentalmente aguanta enormidades; así fue como toreó al tercero, a base de quedarse quieto estoicamente, haciendo que la no muy nutrida concurrencia entrara en calor ante aquella demostración del más auténtico valor. Siguió por naturales, también con sobra de decisión y no escasos de otras cualidades, y acabó con manoletinas verdaderamente emotivas. Mató en buena forma, con media estocada y fulminante descabello – en ambas suertes se mostró certero en grado sumo – y, amén de la oreja, se ganó una ovación de día festivo, con doble vuelta al ruedo… Manuel López, nuevo torero de la inagotable cantera aguascalentense, y nuevo triunfador en el Coso San Marcos, fue izado en hombros de los “capitalistas” y así efectuó su primera salida de esta plaza.

Don Jesús deja claro que el eje de la fiesta es el toro, según podemos leer aquí:

Garabato envió una colección de reses que fueron la más completa antítesis del auténtico toro de lidia. Mansos, mansos de solemnidad casi todos; algunos en proporciones verdaderamente catastróficas, y con falta de pujanza y de acometividad, que causaban lástima, viéndolos rodar a poco de estar en la arena. Baste decir que cuatro de ellos pasaron con un solo puyazo, ya que su extrema debilidad no permitía mayor ración de palo, y que, para ver de lidiarlos, fue preciso darles la querencia de los tableros, que es el recurso que la experiencia aconseja para esta clase de bicharajos. Lo único que tuvieron fue pitones, bien que algunos mostraban a las claras las huellas de la ignominiosa “afeitada”.

David Reynoso inició su carrera cinematográfica en 1955 y participó como actor en más de 175 películas, pero nunca renegó de su afición a los toros, era muy frecuente verle precisamente acompañado de Piporro ocupando barreras en las distintas plazas de la República para disfrutar de su afición.

David Reynoso falleció en la Ciudad de México el 9 de junio de 1994.

domingo, 11 de octubre de 2020

El anarquista de la fiesta...

11 de octubre de 1970: Manuel Díaz de León El Bule – Bule es gravemente herido en la Plaza de Toros San Marcos


Aunque los documentos archivados en el Registro Público de la Propiedad reflejan que Guillermo González Muñoz adquirió la plaza de toros San Marcos en agosto de 1970, la realidad es que él ofreció su primer festejo en ese escenario el 21 de diciembre de 1969, una corrida de toros en la que se lidió un encierro del ingeniero Mariano Ramírez para Rafael Rodríguez que reaparecía después de varios años de ausencia de los ruedos, Joselito Huerta y Raúl García.

Ya propietario oficial del coso, para el domingo 11 de octubre de ese 1970 inició la temporada que comprendería el resto de ese calendario y buena parte del siguiente y se haría con una novillada en la que alternarían el novillero de Aguascalientes Pepe Caro, José Torres El Pajarito de San Luis Potosí y Armando Chávez Carnicerito de Puebla en la lidia de un sexteto de novillos de Chinampas, hierro puesto a nombre de la señora Esperanza de la Torre de Madrazo y fundado en 1944 por el doctor Manuel Cortina Rivas.

Pese a que Carnicerito de Puebla se alzó como el triunfador de esa tarde al cortar las dos orejas a Andaluz, número 60, tercero de la tarde, sería un espontáneo, Manuel Díaz de León apodado El Bule – Bule quien se quedara en la memoria colectiva y enseguida veremos por qué.

Algunos conceptos doctrinarios

Luis Nieto Manjón, en su Diccionario Ilustrado de Términos Taurinos define al espontáneo como: El aficionado que se arroja al ruedo a intentar alguna suerte...

Por su parte, José Carlos de Torres, en el Diccionario del Arte de los Toros lo define así: Persona que asiste a un espectáculo público como espectador, y, en un momento dado interviene en él por propia iniciativa, especialmente en las corridas de toros...

El encabezado de estas líneas lo he tomado de un capítulo del libro de José María Requena titulado Gente del Toro. El capítulo es El Espontáneo y allí Requena reflexiona esto entre otras cosas: Es el espontáneo, el anarquista de la fiesta, el que clava la vista en las parejas de los guardias, el de la vida a punto de aliviarse una manía de gloria en ese medio suicidio de echarse al ruedo contra lo ordenado y consabido…

Es decir, un espontáneo es alguien que rompiendo con el orden y la tradición establecidos, irrumpe en la lidia para intentar hacer la suya.

Prolegómenos del festejo

El encierro de Chinampas llamó la atención desde que fue bajado a los corrales de la San Marcos. Como era la costumbre de don Paco Madrazo, envió seis ejemplares muy bien presentados, bien comidos y bien rematados. La nota previa al festejo, aparecida en El Heraldo de Aguascalientes el viernes 9 anterior y firmada por José Luis Espinosa Ponce, encargado de la sección taurina en aquellas calendas, entre otras cosas refleja lo siguiente:

Seis primorosas estampas, auténticos toros, con un promedio de 414 kilos es el lote de Chinampas que serán lidiados mañana por los novilleros José Torres “Pajarito”, “Carnicerito de Puebla” y el hidrocálido Pepe Caro. El número y nombre de cada uno de los toros son los siguientes: 58, “Bonito”, negro zaino; 60, “Andaluz”, negro salpicado; 78, “Hilario”, negro bragadillo; 83, “Aragonés”, negro mulato; 93, “Zumayo”, negro zaino y 99, “Firulais”, negro zaino… Los corrales de la plaza están abiertos a todo el público para que pase a ver los toros y darse una idea del banquetazo que será servido para el domingo…

Si consideramos que el peso reglamentario para corrida de toros en esa época era de 425 kilos, la novillada estaba excelentemente presentada, aunque coincido con quien me diga que el peso no tiene nada que ver con la presencia del ganado. Aclaro también que ese peso es el que dieron al salir de la ganadería, pues en la plaza no había báscula por ese entonces, pero en el viaje de a lo sumo hora y media de la finca al coso, no debieron perder gran cosa.

Al final del festejo, se informó en la prensa que de los seis novillos, dos llevaban el hierro de Pastejé, propiedad también de los señores Madrazo y en la crónica del festejo publicada en El Sol del Centro, Everardo Brand Partida hizo este comentario:

El público aplaudió los seis novillos, 4 de la ganadería de Chinampas y dos de Pastejé, escogidos por el ganadero para la novillada inaugural de la temporada. Parejo, en términos generales venía el encierro, pesados, ya que promediaron 400 kilos y bien armados de pitones, empero algunos aficionados comentaron y criticaron la actitud de la empresa y el ganadero, al anunciar seis novillos de Chinampas, cuando efectivamente sólo cuatro provenían de las dehesas de la ganadería jalisciense y los otros dos estaban herrados con el fierro de Pastejé.

Si bien, esta ganadería, o el fierro de la misma es propiedad de Francisco Madrazo, ¿por qué no anunciarlo correctamente? 4 toros de Chinampas y 2 de Pastejé. De cualquiera forma, el público hubiera asistido al festejo.

Coincido con el argumento de Everardo Brand. Hoy se diría que por ser de ganaderías hermanadas por pertenecer los hierros a una misma persona, se pueden lidiar bajo una misma denominación por así permitirlo el estatuto de la Asociación de Criadores. Sin embargo, ese estatuto rige de la puerta de esa Asociación hacia adentro. Los toros son de la ganadería de la que vienen herrados y así se deben anunciar, por respeto al que paga por entrar a la plaza.

La tarde del festejo

Nada más salir el primero de la tarde, el número 58, Bonito, que correspondió a Pepe Caro y ya se había tirado El Bule – Bule al ruedo. Las cuadrillas lograron quitarle al toro y éste saltar al tendido de sol sin lograr su cometido de torear al de Chinampas. Pero no tardaría en volver al ruedo.

El segundo de la tarde se llamó Aragonés, número 83, negro mulato y le correspondió a José Torres El Pajarito. De nueva cuenta Manuel Díaz de León se tiró al ruedo en cuanto salió el novillo por la puerta de toriles, sorprendiendo a todos los que estaban allí y de acuerdo con la crónica de Everardo Brand Partida, aparecida en El Sol del Centro al día siguiente del festejo, sucedió lo siguiente:

…Al mismo tiempo que aparecía el segundo de la tarde, Manuel Díaz de León, mejor conocido como el “Bule – Bule”, brincó de nuevo al ruedo y en esta ocasión sí logró su propósito, brindó al respetable varios ayudados por alto que le fueron coreados. El muchacho, sintiendo el respaldo del público, que lo aplaudía, se creció y de esta forma aguantó al novillo en varios pases por abajo.

Hubo uno que paró al público de sus asientos. El espontáneo siguió aguantando al novillo, lo supo llevar y torear, hasta que, finalmente el toro fue llamado desde el burladero de matadores por uno de los peones de brega, y se interrumpió “la faena” de Díaz de León, quien siguió al astado y se colocó frente a él. Lo citó, y en el momento que el burel embestía, fue tocado, y sobrevino el percance. El bicho le pegó un cornadón en el muslo izquierdo de tres trayectorias, que lo tiene al borde de la tumba.

En los tendidos se escuchó el comentario de un entendido, que cabe reproducir: “¿Quién le pegó la cornada al espontáneo?”, y ese mismo aficionado preguntó a la vez: “¿El público?”, “¿el toro?”, o “¿LA AUTORIDAD?...

Entre Pepe Caro y un monosabio levantaron al espontáneo herido y lo llevaron a la enfermería de la plaza, donde fue estabilizado y trasladado al Sanatorio La Esperanza para ser intervenido. El parte facultativo que se rindió por mi padre, que era el Cirujano Jefe de los Servicios Médicos de la Plaza fue el siguiente:

Herida por cuerno de toro que produjo desgarro cutáneo irregular de 25 centímetros de longitud, siguiendo una dirección oblicua a dos centímetros por debajo y paralela al pliegue inguinal del muslo izquierdo, desde 6 centímetros por abajo y por dentro de la espina ilíaca anterior y superior hasta la cara postero – interna del muslo en su tercio proximal, lesionando la Safena mayor en cayado de este vaso. Se profundiza en la parte media de esta trayectoria y presenta una segunda, con dirección posterior y externa hasta llegar al fémur donde descubre trocánter menor, diseca la inserción del Psoas y se vuelve hacia arriba rodeando el cuello del fémur en su cara posterior y se extiende hasta la cara anterior del Glúteo mayor. Tiene esta trayectoria una longitud de 25 centímetros, causando desgarros importantes en el abductor medio, interesando numerosas venas musculares que causaron hemorragia profusa y presenta una tercera trayectoria, por la cara interna del muslo hacia abajo, hacia afuera y hacia atrás desgarrando los planos musculares del aductor mayor, vasto interno, cuádriceps, hasta llegar al fémur en su cara posterior, disecando y contundiendo la arteria femoral posterior. Esta trayectoria tiene una longitud de 30 centímetros.

Se hace debridación de las tres trayectorias, se ligan los vasos mencionados y se canalizan con 4 tubos.

Estas lesiones son de las que ponen en peligro la vida por el sitio en que fueron hechas y el instrumento que las produjo y ameritan hospitalización. Tardarán en sanar más de 15 días sin que se puedan predecir sus consecuencias.

Firmado: Dr. Jesús González Olivares, Cirujano. Dr. Juan José de Alba Martín, Traumatólogo. Dr. Jesús Juan Esparza González, Transfusionista. Dr. Agustín Franco Zermeño, Anestesiólogo.

Grave sin duda el percance, además de aparatoso, pero, siguiendo la sentencia de Frascuelo, los toros dan cornadas porque no pueden dar otra cosa.

La evolución del herido

Dos días después de la cornada, una nota publicada en El Heraldo de Aguascalientes daba noticia de la evolución de El Bule – Bule:

Manuel Díaz de León “Bule – Bule”, el espontáneo que el domingo pasado recibiera fea cornada de uno de los astados, a grandes pasos se recupera, según los informes de los médicos que lo atienden, doctor De Alba y González Olivares. De no presentarse complicaciones en la herida el muchacho sanará en unos quince días, esta posibilidad cobrará fuerza al transcurrir las 72 horas reglamentarias para decir que se encuentra fuera de peligro.

El diagnóstico de los doctores que lo atendieron fue de gravedad, pero la fortaleza del muchacho ha permitido que la herida que recibiera en el muslo no se complicara, su estado de salud es satisfactorio y hasta el momento de cerrar la presente edición no se había reportado complicación alguna.

Por esas mismas fechas, el empresario Guillermo González ofreció públicamente a Manuel Díaz de León dos novilladas en la temporada, para cuando estuviera completamente restablecido y en condiciones de enfrentar a los toros.

Dramatis personae

Pepe Caro, el primer espada del cartel, tuvo una carrera prolongada en los ruedos. Se anunció que recibiría la alternativa el 12 de diciembre de 1981 en Calvillo, Aguascalientes, de manos de Manolo Espinosa Armillita. Ese hecho nunca se concretó. Actualmente es presentador de programas de televisión y radio y escribe una columna taurina en un diario de esta ciudad, titulada Arrastre lento.

Armando Chávez “Carnicerito de Puebla recibió la alternativa el 1º de febrero de 1976 en Manizales, Colombia. Le apadrinó Álvaro Laurín y fue testigo Fernando Manuel, los toros de Mondoñedo. Falleció en la Ciudad de México el 12 de agosto de 1999. Nunca la confirmó en la Plaza México.

José Torres El Pajarito recibió la alternativa en San Luis Potosí el 25 de agosto de 1976, de manos de Manolo Martínez y llevando como testigo a Eloy Cavazos, con toros de Tresguerras. Nunca la confirmó en la Plaza México.

Manuel Díaz de León El Bule – Bule, originario de Fresnillo, Zacatecas y que había llegado a Aguascalientes un par de años antes de estos hechos, fue devorado por sus demonios interiores. Nunca toreó las dos novilladas que le ofreciera Guillermo González y no recuerdo haberle visto anunciado en alguna por estos rumbos. Se convirtió en un personaje de la picaresca taurina de esta tierra, pero al final de esta historia, fue el que permaneció en la memoria colectiva.

En conclusión

Al final de cuentas terminó por suceder lo que Juan Belmonte contó a Manuel García Santos acerca de los espontáneos:

Ahora que soy torero me doy perfecta cuenta de lo que es en la plaza un espontáneo. No tiene medio de hacerle nada al toro como no sea por casualidad, ya que los toreros lo acosan para llevárselo y le distraen al toro para que no embista. Además, el espontáneo se echa al ruedo mal armado, con una muletilla insignificante y un palo, y antes de llegar al toro, entre la emoción que él lleva y las carreras que le hacen dar los toreros, la muleta se le lía y se le arruga, y cuando está delante del toro apenas si tiene con qué defenderse de la arrancada. Hay algo peor. Con ese ir y venir del espontáneo y los toreros, el toro se avisa mucho, estropean la lidia y se hacen odiar por nosotros… ¡Pero hay que soportarlos!...

Así es el paso del espontáneo por los ruedos...

domingo, 21 de junio de 2020

1947. Aguascalientes, toros y aftosa

16 de noviembre de 1947: El Torero de Canela, El Ranchero Aguilar y Carlos González en la Plaza San Marcos

Ya había apuntado en esta bitácora que en el año del 47 la feria de abril transcurrió sin toros (aquí). Después de la actuación de Manolete el 5 de febrero pasó un tiempo largo para que se volvieran a dar festejos en esta capital. Así, los festejos volverían a la calle de la Democracia hasta el día 19 de octubre, cuando Calesero, Félix Briones y Ricardo Balderas se enfrentaran a toros de Peñuelas. En ese festejo se guardó, con las cuadrillas formadas en el centro del ruedo, un respetuoso minuto de silencio en memoria de Joselillo, fallecido cinco días antes a consecuencia de la cornada recibida el 28 de septiembre en la Plaza México del novillo Ovaciones de Santín.

Enseguida se celebró el festejo del que me ocuparé en esta oportunidad y en el mes de diciembre se dieron dos más, el día 12, una novillada en la que para despachar novillos de Presillas alternaron Julián Rodarte, Paco Rodríguez y Rafael Larrea y una corrida de toros el 21 de diciembre con Calesero y Pepe Luis Vázquez (mexicano), quien seguramente estrenaba la alternativa recibida apenas el 23 de noviembre anterior en la Plaza México, la primera concedida en ese ruedo. Los toros fueron de Peñuelas.

La procedencia del ganado lidiado en esos festejos demuestra las restricciones sanitarias en la circulación pecuaria, pues como se ve, los encierros corridos en los cuatro celebrados durante ese periodo – y también en el del 5 de febrero – procedieron de dos ganaderías muy cercanas a esta ciudad de Aguascalientes.

La novillada del 16 de diciembre

El atractivo del cartel residía en la presentación de dos novilleros que habían tenido actuaciones triunfales en la Plaza México. Así, Fernando López, ya apodado El Torero de Canela, y Jorge El Ranchero Aguilar habían visto resonar sus nombres en la temporada novilleril capitalina que recién había finalizado. Uno, tocado por las musas de la inspiración y el otro prendado del sentimiento y la largueza de trazo que levanta a los públicos de sus asientos. Completaba la terna un joven hidrocálido que tenía por señal su valentía, Carlos González. Cosa curiosa, los tres alternaron con el malogrado Joselillo en esa temporada chica.

La crónica aparecida en El Sol del Centro fue firmada por Ramón Morales Jr. Del encierro de Presillas que se lidió en la fecha, refiere lo siguiente:
El ganadero de “Presillas”, ingeniero Luis Manuel Ruiz, volvió a mandar un encierro de gran bravura y buen estilo, que permitió el triunfo de los alternantes. El encierro fue de buena presentación, gordos y bien armados, que desarrollaron un juego bravo y fácil. Sobresalieron los corridos en primero, pastueño al principio que se fue para arriba, segundo, quinto y sexto. El tercero era un bicho reservón y peligros, además de que traía una percha que asustaba, y el cuarto llegó defendiéndose al final por la falta de castigo, pues la Autoridad, haciendo gala de raquíticos conocimientos, cambió el tercio sin que los picadores le hubieran partido el pelo. Los aficionados se encargaron de darle su merecido…
El Ranchero Aguilar

Jorge Aguilar fue el triunfador de la tarde. Se fue con las dos orejas del segundo de su lote, al que toreó con la largueza que le conquistó el gusto de la afición. La crónica ya citada entre otras cosas señala esto acerca de su actuación:
La faena del segundo de la tarde nos gustó más, y le damos más mérito. El de “Presillas” tenía mucho temperamento y la cabeza la traía por las nubes. Aguilar le echó la muleta para abajo, se hizo del toro y luego toreó. Toreó y en qué forma. Sus derechazos, naturales y pases altos, fueron el máximo exponente de lo que apuntamos. Pinchó antes de dejar una buena estocada, dando una vuelta al ruedo como premio a su labor. 
El quinto era más alegre y más noble, y Aguilar le largó cuatro o cinco verónicas, cargando la suerte en sus tres tiempos. 
En los quites, Carlos González se llevó las palmas por tres valientes chicuelinas y un remate de rodillas. Fernando en su turno instrumentó una orticina rematando con una vistosa larga cambiada y afarolada. 
Volvió Jorge a instrumentar sus doblones y luego se estiró en varios pases altos, derechazos, naturalazos y manoletinas, estas últimas con la cara fija en los tendidos, haciendo alarde de desprecio al peligro. Dejó una buena estocada y por unanimidad se le concedieron las dos orejas del bicho. Jorge sacó al ganadero al ruedo y ambos dieron una vuelta al ruedo. 
¡He aquí una próxima figura de la torería mexicana! El tiempo lo dirá...
Fernando López

El Torero de Canela no tuvo una actuación tan redonda como la de Jorge Aguilar, pero logró en su oportunidad, agradar a la afición de Aguascalientes. Ante el que abrió el festejo, realizó una faena llena de momentos artísticos, mal rematados con la espada:
La labor de Fernando fue muy buena. Se mostró artista y fino en el primero, y torero y mandón en el cuarto.  
Sus lances de capa en el primero, así como un quite muy bueno por chicuelinas le valieron las primeras palmas. Después llevó a cabo una faena de mucho mérito. Sí, tiene mérito porque el toro llegó desarrollando casta y fuerza al final. Fernando se dobló con él para restarle facultades, y después de haberlo conseguido, se estiró en plásticos y garbosos ayudados por alto, derechazos valientes y ajustados y manoletinas de verdadera exposición. Hacemos notar que el toro tenía un lado izquierdo de maravilla, mejor que el lado contrario, pero López no lo entendió. Pinchó en tres ocasiones y dejó tres cuartos de espada en lo alto que bastó. Fernando se concretó a dar una vuelta al ruedo, y a lamentarse de su mala suerte con el pincho…
Carlos González

El de casa reaparecía después de haber sufrido un percance y acusó falta de sitio según la relación del festejo, pero suplió sus limitaciones con una dosis de valor muy grande para justificar su inclusión en el cartel y demostrar deseo de ser torero:
El sexto fue un toro muy alegre y muy bravo. Carlos puso la nota electrizante al recibirlo, sin que se lo corriesen, con tres cambios de rodillas, escapándose de un percance mayor, pues el toro se revolvía con gran velocidad y casi se llevaba al torero entre los pitones
En los quites, González volvió a ofrecernos algunas chicuelinas, con más valor que arte; y Fernando comenzó con fregolinas y terminó con saltilleras, poniendo, una vez más, valor y arte. Al rematar perdió el percal y también la cara del toro, llevándose un susto de órdago al enfrontilarlo el bicho sin mayores consecuencias que una maroma.
Carlos, el hidrocálido, inició la postrer faena con pases de rodillas. De pie instrumentó derechazos y lasernistas, viéndose algunas veces comprometido por atravesarse en el viaje del toro. Alargó demasiado la faena, y por ello se dilató a la hora definitiva. Hizo picadillo al bicho y oyó dos avisos. 
De cualquier manera, puso de manifiesto su valor y su dignidad profesional, exponiéndose a un percance, que la providencia no quiso que llegara…
Quiero agradecer a Carlos Reyes Sahagún, Cronista del Municipio de Aguascalientes y a Vicente Agustín Esparza Jiménez el haberme puesto sobre la pista de esta cuestión. No debo dejar de decir que este material lo tenía capturado desde hace tiempo, pero sin tener la idea del contexto en el que los hechos se produjeron. Ellos dos son quienes me llevaron a él.

Dramatis personae

Fernando López se había presentado en la Plaza México el 30 de agosto de 1946, alternando con Nacho Pérez y Curro Ortega, siendo los novillos de La Laguna. Recibió una alternativa en Ciudad Juárez el 6 de noviembre de 1949 de manos de Antonio Velázquez. Renunció a esa alternativa y volvió a actuar como novillero, presentándose en la plaza de Las Ventas de Madrid el 21 de octubre de 1951, alternando con Lorenzo Guirao Morenito de Córdoba y José Cano, en la lidia de novillos de Ignacio Rodríguez Santana. Es uno de los pocos toreros mexicanos nacidos en el Estado de Veracruz, falleció en la Ciudad de México el 4 de mayo de 2007.

Jorge El Ranchero Aguilar se presentó como novillero en la Plaza México el 1º de junio de 1947, alternando con Nacho Pérez y José Rodríguez Joselillo con novillos de La Laguna. Recibió una alternativa en Tlaxcala el 13 de marzo de 1949 de manos de Diamantino Vizeu, con toros de La Laguna, misma que renunció. Recibió una segunda alternativa en la Plaza México el 28 de enero de 1951 de manos de Manolo dos Santos, en presencia de Jesús Córdoba, con toros de La Laguna. La confirmó en Madrid el 4 de mayo de 1952 y le apadrinó Manolo Navarro siendo testigos Luis Briones y Jaime Malaver, con toros de Manuel García Aleas. Falleció en el tentadero de la ganadería de Coaxamalucan el 27 de enero de 1981.

Carlos González se presentó en la Plaza México el 8 de junio de 1947, alternando con Ramón López y Joselillo, con novillos de Santín. Se presentó en Madrid, en la Plaza de Las Ventas el 31 de agosto de 1952, alternando con Lorenzo Guirao Morenito de Córdoba y Enrique Vera, los novillos fueron de Alberto González Carrasco (5) y Juan Sánchez de Valverde (1). Es originario de esta ciudad.

domingo, 19 de abril de 2020

12 de abril de 1966: Calesero Chico se presenta en plazas de España

Calesero Chico (Cª 1966)
Le guarda la vuelta Arturo Muñoz La Chicha
Foto: Carlos Meza Gómez
Alfonso Ramírez Ibarra es el hijo mayor de Calesero. Y llegado el momento decidió intentar ser torero. Se presentó como novillero en la Plaza de Toros San Marcos, aquí en Aguascalientes el 19 de abril de 1964, para lidiar novillos de Peñuelas, alternando con Ramiro Cuevas y según don Luis Ruiz Quiroz, con Manolo Rangel, porque don Jesús Gómez Medina afirma que el que cerró la terna fue el hidrocálido Armando Mora. Independientemente de esta cuestión, quien sería conocido en los carteles como Calesero Chico, terminó la tarde dando dos aclamadas vueltas al ruedo, pues por fallas con la espada, no pudo culminar dos buenos trasteos.

Dos grandes faenas

Calesero Chico se presentó en la Plaza México el domingo 14 de junio de 1964, alternando con Sergio Zermeño y Jorge Carrasco para lidiar novillos de San Antonio de Triana, de don Manuel Ibargüengoitia Llaguno y en esa séptima novillada de la temporada sorprendió a la afición. Cortó una oreja al primero de su lote, Monarca y a pesar de haber escuchado dos avisos en el sexto, Chaparrito, dio dos vueltas al ruedo.

Lo anterior le valió para volver a la gran plaza dos domingos después, para enfrentar novillos de Javier Garfias acartelado con Mario de la Borbolla y Rodolfo Acacio. En esta oportunidad volvió a mostrarse a la afición de la capital con el sexto, Orientador, al que también cortó la oreja. La impresión del psiquiatra Enrique Guarner acerca de esas dos tardes es la siguiente:
México ha carecido de toreros importantes desde hace más de doce años, en que se retiró Carlos Arruza, pero a partir de 1964 la situación comienza a cambiar y una nueva generación va a desarrollarse paulatinamente. 
El 14 de junio se presenta en la Plaza México el hijo de Alfonso Ramírez «Calesero», que lleva el mismo nombre y apellido. La faena que realiza ese domingo ante «Monarca», novillo que pertenecía a la ganadería de San Antonio de Triana, produce una conmoción tremenda entre los asistentes, que la presencian de pie. 
Quince días después, «Calesero Chico» vuelve a ejecutar un trasteo inenarrable frente a un encastado burel de Javier Garfias. Para aquellos que contemplamos esta faena el momento resulta inolvidable. El diestro torea vertical, llevando limpiamente al astado y templándolo como lo hacen muy pocos. Todos pensamos que por fin había llegado un torero de época, pues se trataba de un muletero de una enorme pureza...”
El 16 de agosto de ese 1964, tendría otra gran tarde en Aguascalientes, alternando con Manolo Espinosa Armillita y Jesús Solórzano, en un festejo que don Jesús Gómez Medina llamo como el de los tres cachorros y del que ya me he ocupado por aquí. Otra vez la espada le traicionó, pero recorrió triunfalmente el anillo.

En esa temporada de 1964 toreó en la capital seis de las treinta novilladas que se dieron y al año siguiente regresaría a torear otras cinco de las treinta y una ofrecidas. Con ese bagaje, decide cruzar el charco para adquirir experiencia en campo y ruedos hispanos.

En España

La primera huella de su presencia en tierras hispanas la encontré en una entrevista que le realizó Carlos M. Tosantos y que se publicó en el semanario madrileño El Ruedo, en su número aparecido el 22 de marzo de 1966, misma en la que entre otras cuestiones, Calesero Chico menciona lo siguiente:
Alfonso Ramírez «El Calesero», hijo, ha venido de Méjico en compañía de Antonio Ordóñez, del que el muchacho habla con admiración y le llama «maestro» siempre que se refiere a él. Antonio Ordóñez, que era amigo de su padre, se ha ofrecido para ayudarle, e incluso le ha buscado apoderado: su hermano Pepe. 
«VENGO A ESPAÑA PARA FORJARME» 
—Yo vengo dispuesto a todo, con la mejor voluntad del mundo, y esperando ponerme con el toro lo más pronto posible. 
— ¿Ese ha sido el motivo de tu viaje a España? 
— Sí. He venido a España para forjarme y darme a conocer. A todos los toreros mejicanos les ha venido muy bien la estancia en España. Ordóñez me ha dicho que si quería ser torero y tenía ilusión que viniese y él me ayudaría. 
— ¿Tus toreros predilectos? 
— Ante todo, mi padre, prescindiendo del hecho de que sea mi padre, y juzgándole como simple aficionado. Luego, «el maestro». Su toreo es de una clase tan extraordinaria y de un estilo tan depurado que es para envidiar. Mi padre, al que más admiraba era a Pepe Luis Vázquez. A mí, personalmente, y según lo que me han «platicado» hacia él toreo que a mi me gustaba... 
— ¿Cuánto tiempo estarás en España? 
No tengo idea. De momento, quiero estar la temporada entera, pues Livinio Stuyck y el «maestro» me han arreglado el contrato para venir aquí. Quisiera tomar la alternativa en España, de ser posible, de mi padre, y si no, del «maestro», y volver a Méjico con ella. El recibir la alternativa de mi padre seria una cosa emocionante y curiosa. Que yo sepa, hay pocos antecedentes de esto...
Se observa de la entrevista que iba bien apadrinado. Le introdujo en el medio español Antonio Ordóñez y le apoderaba su hermano Pepe. Esa circunstancia le podía abrir la puerta de plazas importantes allá.

La presentación se arregló para el Domingo de Resurrección – 12 de abril – de ese año en Jerez de la Frontera, alternaría con otro debutante en esa plaza, José Rivera Riverita y Ventura Núñez Venturita en la lidia de novillos de los Herederos de don Salvador Guardiola. La crónica aparecida en el diario ABC de Sevilla y firmada por Rodrigo de Molina, refiere entre otras cosas lo que sigue:
Jerez. Lo desapacible de la tarde, restó público a la novillada de Resurrección, en la que hacía su presentación en esta plaza José Rivera «Riverita» y Alfonso Ramírez «Calesero», mejicano, precedido de gran fama en su aparición en España, con los que completaba la terna el novillero jerezano Ventura Núñez «Venturita», triunfador en el festejo de San José, por lo que se hizo merecedor al capote de paseo, que al comienzo del espectáculo le fuera entregado por las peñas taurinas, en nombre de la empresa Belmonte. 
Los novillos pertenecían a la ganadería de los Herederos de don Salvador Guardiola, de Sevilla, de mucho nervio, bonita estampa y codiciosos con los caballos, siendo aplaudidos en el arrastre los lidiados en segundo y tercer lugar. El sexto, protestado por un sector del público – aún desconocemos por qué –, fue devuelto a los corrales, o mejor dicho, se hicieron intentos de que siguiera a los cabestros, y ante la imposibilidad de lograrlo, el de turno «Calesero», lo finiquitó de dos medias estocadas, solicitando con anterioridad de ese sector descontento con las dificultades del astado, lidiarlo en forma y a continuación el sobrero. Pero no fue así, y el desánimo total cerró plaza… 
El diestro mejicano Alfonso Ramírez «Calesero» arrancó los primeros aplausos con la capa. Buen estilo. Con la muleta desarrolló una faena muy bonita y ligada, rematándola con una casi entera. (Una oreja y vuelta al ruedo.) Al sexto, ya dijimos como lo despachó, y al sobrero, contrariado ya por lo anterior, y por ser inferior a sus hermanos de camada, «Calesero» lo aliñó y mató de media y unos pinchazo…”
Un buen debut. Su padre se había presentado casi veinte años antes – 21 de abril de 1946 – también un Domingo de Resurrección en Sevilla. Calesero Chico permaneció en España solamente hasta el mes de junio. En ese lapso de tiempo toreó cuatro novilladas y cortó tres orejas, de acuerdo al escalafón del semanario El Ruedo

Pude localizar dos de esas fechas, que fueron el 1º de mayo en Vista Alegre, Carabanchel, donde alternó con Simón Mijares El Duende y Alfonso Núñez en la lidia de novillos de Carmen González de Ordóñez y cortó allí una oreja al sexto y dio la vuelta con el mayoral y la del 30 de mayo en Valencia, donde formó cartel con Héctor Álvarez, Fernando Tortosa y Antonio Millán Carnicerito de Úbeda en la lidia de novillos de Francisca de Mora Figueroa, El Pizarral de Casatejada (2º) y Conde de la Maza (3º). En esta última tarde fue ovacionado en su lote.

La alternativa

Al final de cuentas, Calesero Chico regresó a México a recibir la alternativa en ese mismo 1966. La ceremonia se verificó en Ciudad Juárez el 24 de julio, apadrinándole su padre en corrida mano a mano con toros de Carranco. El toro de la ceremonia se llamó Noche Buena. El doctorado lo confirmó en la Plaza México el domingo 15 de enero de 1967, le apadrinó Manuel Capetillo y fungió como testigo Andrés Hernando – también confirmante – con la cesión del toro Trovador de Reyes Huerta, tercero de esa tarde.

Hasta aquí este recuerdo de uno de los toreros que en el escalafón de novilleros ha realizado una de las faenas más importantes de la historia de la Plaza México, y que por eso, tiene reservado un sitio propio en la historia de ese recinto y de la del toreo en nuestro país.

domingo, 24 de noviembre de 2019

1964: El maratón mexicano de El Cordobés

El Cordobés
Aguascalientes 21/01/1964
Colección Dr. Antonio Ramírez González
Cuando a finales de 1963 Dolores Olmedo, el rejoneador Juan Cañedo y Manolo Prieto Crespo se fueron a Sudamérica a tratar de traer a El Cordobés para actuar en las plazas de México, quizás nunca se imaginaron que en esa aventura empresarial escribirían uno de los grandes hitos estadísticos de la historia taurina mexicana. Se plantearon sí, que el de Palma del Río toreara un importante número de festejos en la República, pero no creo que hayan dimensionado el efecto del resultado final de eso que hoy podemos considerar, valga la expresión, un verdadero maratón taurino.

Y es que Manuel Benítez toreó 32 corridas de toros en 39 días entre el 18 de enero y el 25 de febrero de 1964. Una hazaña numérica y hasta cierto punto artística de esa envergadura nunca se había realizado en México y a la fecha, no se ha vuelto a dar por un matador de toros. Cierto es que en aquellos días fueron puestos a la disposición del Mechudo algunos avances de la tecnología que le permitieron desplazarse con rapidez y cierta comodidad entre las distintas ciudades en las que actuó – el avión de Cantinflas – y que en muchas de las ocasiones, las actuaciones se programaron en plazas más o menos contiguas para amortiguar los efectos del transporte por carretera – las que teníamos en los 60 –, sin embargo, dada la época, el resultado es, diría don Aquiles Elorduy, una verdadera tarea de romanos.

El maratón se produjo en dos partes bien diferenciadas. Inició el sábado 18 de enero en el Toreo de Cuatro Caminos, donde el de Córdoba alternó con Rafael Rodríguez y Juan Silveti en la lidia de toros de Reyes Huerta. Allí las cosas no se le dieron bien y hasta tuvo que regalar un séptimo. El final de esta etapa se produjo el 28 del mismo mes, en Torreón, en corrida en la que completaron el cartel Manuel Capetillo y Jaime Rangel con toros de Valparaíso. Allí El Cordobés sufrió un corte profundo en el dorso de la mano derecha al matar a su primer toro y ya no salió de la enfermería. Esa herida le hizo perder las tres actuaciones que tenía pactadas en la feria de Manizales, Colombia, los días 30 y 31 de enero y 1 de febrero. Así fue como completó los primeros once festejos del ciclo.

La segunda y más intensa etapa dio inicio el 6 de febrero en Nuevo Laredo y concluyó el 25 del mismo mes en Uruapan. La revisión de las fechas nos deja ver que Benítez toreaba a plaza llena todos los días de la semana y que por ejemplo, el 14 de febrero, lo hizo dos veces, por la tarde, en Reynosa, alternando con Luis Procuna y Gabriel España en la lidia de toros de Santoyo y por la noche en Monterrey, compartiendo cartel con Raúl García y Jaime Rangel en la lidia de toros de Piedras Negras y Santacilia. Es en este lapso de tiempo es cuando se producen sus grandes faenas a Conejo de Soltepec en el Toreo de Cuatro Caminos, al que le corta el rabo – 22 de febrero – y a Cuadrillero de San Mateo en El Progreso de Guadalajara, del que obtiene el rabo simbólico, pues el toro fue indultado – 24 de febrero – y completa en Uruapan al día siguiente el ciclo de los 32 festejos toreados.

No obstante el éxito alcanzado, el camino al mismo estuvo lleno de obstáculos. El doctor Alfonso Gaona era en esas calendas el Gerente de Diversiones y Espectáculos de México (DEMSA), la empresa que tenía a su mando los destinos de la Plaza México y que resentía directamente los efectos de la competencia del coso de Cuatro Caminos. Así, se dedicó a poner piedras en el camino de la empresa formada por la señora Olmedo, según lo contó el empresario Alejo Peralta al periodista Luis Suárez:
La empresa de la México, regenteada aún por Gaona, paró mientes en el asunto, pues si bien El Cordobés no era conocido en México, aquí ya retumbaba la fama que su figura y valor levantaban en otras arenas. Lo primero que hizo la más experta competencia fue controlar las ganaderías, de modo que los ganaderos no vendían toros a la señora Olmedo…
Y en consecuencia de la revisión de la estadística vemos que Manuel Benítez lidió toros de ganaderías emergentes o de otras cuyos mejores días ya habían pasado, incluso alguna de ellas, en el balance final de la temporada – Ernesto Cuevas – lidió únicamente el encierro que El Cordobés mató y sería hasta el final del maratón cuando los encierros de los considerados de garantía empezaran a estar disponibles para el entonces pupilo de Chopera.

En cuanto a las plazas, repitió actuaciones en Cuatro Caminos, Mérida, Aguascalientes, Querétaro, Monterrey y Guadalajara siendo la primera de ellas en la que más actuó. De los diestros con los que más alternó se encuentran Jaime Rangel, Rafael Rodríguez, Alfredo Leal, Manuel Capetillo, Paco Camino, Raúl García, Antonio Velázquez y Joselito Huerta.

Decía que en Aguascalientes repitió actuaciones. La primera fue el 21 de enero alternando con Calesero y Jaime Rangel, con toros de La Punta y la segunda, el 19 de febrero, completando el cartel Raúl García y El Imposible con toros de Santacilia. Ninguna de las dos corridas le representó un triunfo a El Cordobés. La primera, por la debilidad manifiesta de los toros de La Punta y en la segunda, los mejores lotes los sortearon Raúl García – que a la postre solamente mató a su primero por haber sido herido en una axila – y El Imposible que fue el gran triunfador al final de la tarde.

Esas dos tardes representaron la obligada cita de Aguascalientes con la historia. Así como en los albores del siglo XX estuvieron en el ruedo de la San Marcos Luis Mazzantini, Bombita y El Gallo, en la década de los 20, Ignacio Sánchez Mejías; en la de los 30, Marcial Lalanda y Chicuelo; en la de los 40, Manolete; en la de los 50, Antoñete y Luis Miguel Dominguín, en la de los 60, una de las principales figuras del toreo, El Cordobés, acudía a reiterar la taurinidad de nuestra ciudad.

Cuando en 1919 Juan Belmonte toreó todos los días del mes de septiembre, nadie reparó en el extenuante ejercicio que eso representó y en el número importante de festejos seguidos que quizás por primera vez un diestro ligaba. Eso fue hace un siglo. Hoy, hace 55 años, traigo al recuerdo otro hecho similar que sucedió por estas tierras y que como decía al inicio, por un matador de toros, no se ha vuelto a repetir.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Óscar Hernández Duque, médico de toreros

Autógrafo de Paco Malgesto
dedicado a la esposa del médico
Hoy en día están en la mira de la afición los médicos que atienden a los toreros. Las graves heridas sufridas en las plazas de Madrid y Zaragoza por Gonzalo Caballero y Mariano de la Viña ponen en valor el invaluable servicio que los facultativos hacen a los hombres que se juegan la vida delante de los toros y al conjunto de la fiesta en general.

Hoy quiero recordar a un médico que, por los azares de la vida, post – mortem, resulta ser parte de mi familia. Pero su tránsito por la fiesta no deja de ser trascendente. Gracias a su labor, muchos toreros pudieron seguir adelante con su andadura por los ruedos y muchos otros, sin pasar por lo que K – Hito llamara el taller de las reparaciones, tuvieron la oportunidad de iniciar una carrera dentro del llamado planeta de los toros, porque a más de ser médico, fue un gran ser humano.

El doctor Hernández Duque

Óscar Hernández Duque nació en Aguascalientes el 16 de julio de 1908, fue hijo de Atanasio Hernández Duque y Librada Medina. Estudió medicina en la Facultad de la entonces Universidad Nacional de México concluyendo sus estudios en el año de 1936 y desde su temprana juventud se aficionó a la fiesta de los toros, integrándose a uno de los primeros círculos taurinos de esta capital, el Rodolfo Gaona.

Casa en noviembre de 1938 con la señorita Isabel Jaramillo Mayagoitia y casi al tiempo asume la jefatura de los servicios médicos de la Plaza de Toros San Marcos, misma que dejaría hasta el año de 1968 mismo en el que falleció. Independientemente de sus funciones en el servicio de plaza, el médico Hernández Duque ejerció además como Presidente de la Cruz Roja, Médico de la empresa Productos de Maíz, Director del Sanatorio La Esperanza y se dedicó a la docencia en el Instituto de Ciencias (hoy Universidad Autónoma de Aguascalientes), llegando a ser Rector del mismo.

Algunos momentos de su paso por las plazas

La profesión del médico de plaza es complicada. Me consta porque mi padre lo fue. Don Óscar tuvo además en sus manos la integridad y la vida de los toreros en los días en los que los antibióticos eran bienes primero inexistentes y después escasos. Los heridos dependían de la habilidad y del profundo sentido de la asepsia del médico que los atendía para evitar primero, una infección que podría ser mortal y después, esperar una intervención adecuada a las condiciones de la herida sufrida, para poder retornar a la actividad en un tiempo razonable.

Óscar Hernández Duque es uno de esos médicos que se tuvo que enfrentar a la otra muerte en el ruedo. El 1º de enero de 1940 toreaban en la Plaza de Toros San Marcos a caballo Conchita Cintrón, Jesús Solórzano y Alberto Balderas reses de Matancillas. El sobresaliente era el novillero hidrocálido Juan Gallo. En el quinto toro de la tarde, El Rey del Temple permitió al sobresaliente hacer un quite. Al iniciarlo, el toro lo prendió por la entrepierna y al soltarlo el toro de inmediato se observó que brotaba un chorro intermitente de sangre. Fue llevado a la enfermería. Tras de la primera intervención fue trasladado a la Cruz Roja donde se continuó la lucha por su existencia.

Juan Gallo falleció a las 9:45 horas del día seis de enero de ese 1940. El parte facultativo firmado por don Óscar decía:
...ayer a las nueve horas con cuarenta y cinco minutos falleció por herida por cuerno de toro en muslo derecho, toxemia, con destrozo de femoral, en la Cruz Roja el señor Juan Gallo, soltero, mexicano, de veintinueve años de edad…
También tuvo la necesidad de atender a toreros como Ricardo Balderas, Rafael Rodríguez, al norteamericano Rocky Moody quien años después perdiera una pierna a causa de una cornada, a Calesero, a Gregorio García, a Raúl García y a Pepe Luis Vázquez mexicano entre otros.

Y todo esto lo hacía de una manera curiosa. La infraestructura hospitalaria en Aguascalientes era escasa en esos entonces. Como él y doña Isabel no tuvieron hijos, en su casa de la calle Pedro Parga número 122, adaptó una de las habitaciones para atender allí a los toreros heridos después de haberlos intervenido hasta su total restablecimiento.

Su reputación ante los medios

José Jiménez Latapí Don Dificultades, escribió esto acerca del doctor Hernández Duque y de los médicos de su tiempo y que a fe mía, vale aún para los de hoy:
…diremos que lo único que no da olor a letrina en la fiesta de los toros es el servicio médico de plaza, y de fuera de ella; el servicio médico a los toreros, a la gente del toro… Lo único que se ha salvado de la porquería es eso, el servicio médico de la plaza, que siempre tiende la mano franca y abierta al rico y al pobre; al vencido y al vencedor. Ahí, en donde está el palco o el burladero de los santos laicos, se detiene la ola de inmundicia que cada día más trata de ahogar a esta fiesta tradicional y racial que es la de los toros… ¡Los médicos de plaza! ¡Quién ha sido capaz de llevar la cuenta de la gente salvada por ellos? El actual servicio, jefaturado por Rojo de la Vega e Ibarra tiene ya más de siete lustros dando servicio, desde que un empresario, hombre cabal, con sentido humano, que es ya casi divino por lo escaso, lo nombró. Me refiero al ex – empresario Dr. Jesús Luna Echeagaray. La roja figura de don Pepe y la magra de don Javier tienen ya todo ese tiempo en la plaza… A ellos, a Rojo y a Ibarra, representando a todos los médicos de plaza de la República les queremos rendir el homenaje antes dicho… al santo Mota Velasco y Pérez Lete en Guadalajara; a Gaspar Rubio en Morelia; a Hernández Duque en Aguascalientes; a don Pepe Contreras en la blanca Mérida… Y a los que no lo son y sin embargo de ello, llevados por su afición, por su amor a la fiesta y a la profesión médica operan y curan de enfermedades no profesionales no solo a los toreros, sino a la gente del toro… 
Como se puede ver, desde hace casi seis décadas, se reconocía la vocación del médico del servicio de plaza, que va más allá del mero servicio profesional, que implica el entregarse en cuerpo y alma al beneficio de aquellos que se someten a la atención de quienes prestan esa clase de servicios.

El testigo

Mal está que uno hable en primera persona, sobre todo cuando se trata de asuntos propios. Pero en esto que nos ocupa, hay razón para hacerlo. Mi padre fue el médico personal de don Óscar Hernández Duque quien falleció el 14 de septiembre de 1968 y fue también quien recogió el testigo en la jefatura de los servicios médicos de la Plaza de Toros San Marcos, donde permaneció un par de años a cargo.

En conclusión

El médico de plaza no es solamente un profesional especializado. Es una persona que transmite ánimo e ilusión a quienes salen al ruedo a jugarse la vida y representan con su mera presencia en su contraburladero, un sentimiento de seguridad en el sentido de que si las cosas se tuercen, allí estarán ellos para tratar de llevarlas a buen puerto.

En alguna oportunidad, por razón de un cargo público que ocupé, le dije a un amigo y condiscípulo torero espero no tener que servirte y él me contestó que esa es exactamente la respuesta que los médicos de las plazas les dan cuando les saludan en los patios de cuadrillas, pero me decía, resulta siempre un gran alivio saber que allí están, siempre a la orden.

Nota aclaratoria 1. - Transcripción del autógrafo de la imagen: “Con todo mi respeto para la esposa de un Médico, Médico de toreros y por eso un hombre casi superior. Paco Malgesto. 1945”

Nota aclaratoria 2. - Los subrayados en el texto de Don Dificultades son obra de este amanuense, pues no aparecen así en su versión original.

domingo, 26 de abril de 2015

En el centenario de Silverio Pérez (IV)

25 de abril de 1944: Reaparece Silverio en Aguascalientes tras la cornada de Zapatero de La Punta

El 13 de febrero de 1944 Silverio Pérez recibió en El Toreo de la Condesa la que quizás fue la cornada más grave de toda su trayectoria en los ruedos. Se la infirió el toro Zapatero de La Punta, en un festejo en el que alternaba con Luis Castro El Soldado y Carlos Arruza. El parte facultativo rendido por los médicos Javier Ibarra y José Rojo de la Vega fue en el siguiente sentido:
Herida por asta de toro en la región inguino frontal derecha, con exteriorización de testículo, presentando tres trayectorias: Una hacia arriba que llega hasta la fosa iliaca externa interesando la piel, tejido celular subcutáneo, aponeurosis, desgarrando los músculos y el tejido celular subperitoneal. La segunda hacia afuera, que llega a la cara externa del muslo y la tercera, que llega al tercio medio del muslo interesando tejido celular subcutáneo y aponeurosis y fibras musculares con 22 cts. de extensión. De no presentarse complicaciones, tardará en sanar 45 días.
La reaparición del Faraón se preparó para el día de San Marcos de ese 1944. Sería actuando en el coso de nuestra calle de la Democracia, alternando mano a mano con Armillita, en la lidia de seis toros de Torrecilla. La crónica de don Jesús Gómez Medina, en esos días corresponsal del semanario La Lidia de México, relata lo siguiente acerca de ese festejo, crónica que transcribo en su integridad por el valor histórico que representa:
Armillita orejeado en la Feria de San Marcos 
Aguascalientes, 25 de abril. – La lidia completa del estupendo ejemplar de Torrecilla, salido en quinto lugar durante la tradicional corrida de hoy, hecho por el maestro “Armillita”, constituyó la nota más brillante de la Feria de San Marcos. Por su parte, el “Faraón de Texcoco”, Silverio Pérez, ligó al cuarto toro una serie de muletazos como los que le han valido llamarse el torero del drama y de la emoción por excelencia. 
La entrada superó a la del día 23, siendo la primera ovación para el “Meco” Juan Silveti, que con su mechón y su puro llegó al tendido de sol a sentarse entre los “cuates”. 
Los toros de don Julián Llaguno, propietario de la afamada ganadería de Torrecilla, formaron un encierro desigual en su tamaño y en sus condiciones para la lidia. El primero y el sexto fueron muy chicos y débiles de los remos. Por lo contrario, el tercero, el cuarto y el quinto lucieron magnífica estampa, especialmente el cuarto, un cárdeno precioso. En cuanto a bravura, los mejores fueron el mismo cuarto toro, y el magnífico burel, dechado de nobleza y alegría, con el que triunfó “Armillita”.  
Éste, en su primero, tiró únicamente a abreviar, en vista de la pequeñez de su enemigo. El segundo toro nos dio oportunidad de ovacionar un quitazo por ceñidísimas chicuelinas, realizado por Silverio. Después, el toro vino a menos y no hubo la faena que esperábamos. 
El tercero era un bicho con fuerza, que peleó duramente con los caballos y sabía usar de los pitones. “Armillita” lo dominó prono y bien, pero sin mayor relieve. Y fue Silverio el primero en conmover a la multitud cuando muleta en mano llegó al cárdeno que ocupó el cuarto lugar para hacerse de él con esos doblones a los que imprime un sello y un sabor tan especiales, y después estirarse en una serie de formidables derechazos, brutalmente ceñidos y maravillosos de temple y de mando. Se adornó con trincherazos y pase lasernistas; y de nuevo puso el entusiasmo al rojo vivo con otros derechazos de los suyos, de los cuales hubo uno sencillamente increíble por su ajuste. Entre ovaciones y dianas entró a herir, pinchando antes de conseguir una honda que hizo doblar; pero el puntillero levantó al bicho y obligó al texcocano a intentar el descabello repetidas veces, enfriando con esto el alboroto provocado por la faena. Y todo quedó en la vuelta al ruedo y salida a los medios. Decididamente, el “Faraón” vuelve a la lid sin dolerse a la cornada, tan valiente y tan artista como antes del percance con “Zapatero”. 
El salido en lugar de honor, hizo bueno el famoso axioma taurino, pues resultó de una bravura y nobleza estupendas. Casi sin que lo corrieran, Fermín se le enfrentó para dar dos magníficas verónicas a pies juntos; y después, cargando la suerte, toda una serie de lances al natural, haciendo gala de mando, de arte y de valor. Cuando remató con la media, la plaza entera, puesta de pie, lo aclamaba con entusiasmo.  
Y en los quites, de nuevo se ganó las ovaciones delirantes, que no habían de cesar durante toda la lidia de estupendo burel de Torrecilla, al hacer primeramente el lance su invención que le resultó lucidísimo, y después las orticinas. Él mismo se encargó de cubrir el segundo tercio con gran brillantez, siendo mejores el segundo par, por lo que expuso y el tercero en el que desde el estribo, se fue por las afueras para sesgar magníficamente, dejando el morrillo del bicho perfectamente adornado con los seis palos en todo lo alto. Después de brindar al todo el público, inició su faena con suaves doblones para sujetar; y luego a vaciar sobre el coso el repertorio de las grandes ocasiones, aprovechando la nobleza de su adversario. Punto culminante de su trasteo fue la serie de pases naturales rematados con el de pecho, en los que, sin cambiar de sitio, hizo girar a su alrededor al de Torrecilla en un círculo perfecto, mientras vino toda la gama del toreo de adorno: lasernistas, molinetes de pie y de rodillas, cambios de mano, etc., entre ovaciones y dianas incesantes, y cuando el toro dobló a efectos de una estocada hasta el puño, en la que Fermín hizo el viaje muy por derecho, la plaza entera concedió al triunfador la oreja y el rabo de su enemigo, al que se paseó en torno a la barrera como premio a su bravura y nobleza, en tanto que “Armillita” recibía el homenaje del público en una ovación que parecía interminable. 
En el sexto, otro de los chicos, Silverio trató solo de acabar cuanto antes. 
Bregando se distinguieron Juan y Zenaido, así como el “Güero” Guadalupe, “Limberg” y el viejo “Berrinches”.
Así es como el Monarca del Trincherazo retomó su carrera en los ruedos, para continuar construyendo su historia y su leyenda en ellos.

Los resaltados de la crónica transcrita son imputables exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en su respectivo original.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Aldeanos