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domingo, 21 de junio de 2020

1947. Aguascalientes, toros y aftosa

16 de noviembre de 1947: El Torero de Canela, El Ranchero Aguilar y Carlos González en la Plaza San Marcos

Ya había apuntado en esta bitácora que en el año del 47 la feria de abril transcurrió sin toros (aquí). Después de la actuación de Manolete el 5 de febrero pasó un tiempo largo para que se volvieran a dar festejos en esta capital. Así, los festejos volverían a la calle de la Democracia hasta el día 19 de octubre, cuando Calesero, Félix Briones y Ricardo Balderas se enfrentaran a toros de Peñuelas. En ese festejo se guardó, con las cuadrillas formadas en el centro del ruedo, un respetuoso minuto de silencio en memoria de Joselillo, fallecido cinco días antes a consecuencia de la cornada recibida el 28 de septiembre en la Plaza México del novillo Ovaciones de Santín.

Enseguida se celebró el festejo del que me ocuparé en esta oportunidad y en el mes de diciembre se dieron dos más, el día 12, una novillada en la que para despachar novillos de Presillas alternaron Julián Rodarte, Paco Rodríguez y Rafael Larrea y una corrida de toros el 21 de diciembre con Calesero y Pepe Luis Vázquez (mexicano), quien seguramente estrenaba la alternativa recibida apenas el 23 de noviembre anterior en la Plaza México, la primera concedida en ese ruedo. Los toros fueron de Peñuelas.

La procedencia del ganado lidiado en esos festejos demuestra las restricciones sanitarias en la circulación pecuaria, pues como se ve, los encierros corridos en los cuatro celebrados durante ese periodo – y también en el del 5 de febrero – procedieron de dos ganaderías muy cercanas a esta ciudad de Aguascalientes.

La novillada del 16 de diciembre

El atractivo del cartel residía en la presentación de dos novilleros que habían tenido actuaciones triunfales en la Plaza México. Así, Fernando López, ya apodado El Torero de Canela, y Jorge El Ranchero Aguilar habían visto resonar sus nombres en la temporada novilleril capitalina que recién había finalizado. Uno, tocado por las musas de la inspiración y el otro prendado del sentimiento y la largueza de trazo que levanta a los públicos de sus asientos. Completaba la terna un joven hidrocálido que tenía por señal su valentía, Carlos González. Cosa curiosa, los tres alternaron con el malogrado Joselillo en esa temporada chica.

La crónica aparecida en El Sol del Centro fue firmada por Ramón Morales Jr. Del encierro de Presillas que se lidió en la fecha, refiere lo siguiente:
El ganadero de “Presillas”, ingeniero Luis Manuel Ruiz, volvió a mandar un encierro de gran bravura y buen estilo, que permitió el triunfo de los alternantes. El encierro fue de buena presentación, gordos y bien armados, que desarrollaron un juego bravo y fácil. Sobresalieron los corridos en primero, pastueño al principio que se fue para arriba, segundo, quinto y sexto. El tercero era un bicho reservón y peligros, además de que traía una percha que asustaba, y el cuarto llegó defendiéndose al final por la falta de castigo, pues la Autoridad, haciendo gala de raquíticos conocimientos, cambió el tercio sin que los picadores le hubieran partido el pelo. Los aficionados se encargaron de darle su merecido…
El Ranchero Aguilar

Jorge Aguilar fue el triunfador de la tarde. Se fue con las dos orejas del segundo de su lote, al que toreó con la largueza que le conquistó el gusto de la afición. La crónica ya citada entre otras cosas señala esto acerca de su actuación:
La faena del segundo de la tarde nos gustó más, y le damos más mérito. El de “Presillas” tenía mucho temperamento y la cabeza la traía por las nubes. Aguilar le echó la muleta para abajo, se hizo del toro y luego toreó. Toreó y en qué forma. Sus derechazos, naturales y pases altos, fueron el máximo exponente de lo que apuntamos. Pinchó antes de dejar una buena estocada, dando una vuelta al ruedo como premio a su labor. 
El quinto era más alegre y más noble, y Aguilar le largó cuatro o cinco verónicas, cargando la suerte en sus tres tiempos. 
En los quites, Carlos González se llevó las palmas por tres valientes chicuelinas y un remate de rodillas. Fernando en su turno instrumentó una orticina rematando con una vistosa larga cambiada y afarolada. 
Volvió Jorge a instrumentar sus doblones y luego se estiró en varios pases altos, derechazos, naturalazos y manoletinas, estas últimas con la cara fija en los tendidos, haciendo alarde de desprecio al peligro. Dejó una buena estocada y por unanimidad se le concedieron las dos orejas del bicho. Jorge sacó al ganadero al ruedo y ambos dieron una vuelta al ruedo. 
¡He aquí una próxima figura de la torería mexicana! El tiempo lo dirá...
Fernando López

El Torero de Canela no tuvo una actuación tan redonda como la de Jorge Aguilar, pero logró en su oportunidad, agradar a la afición de Aguascalientes. Ante el que abrió el festejo, realizó una faena llena de momentos artísticos, mal rematados con la espada:
La labor de Fernando fue muy buena. Se mostró artista y fino en el primero, y torero y mandón en el cuarto.  
Sus lances de capa en el primero, así como un quite muy bueno por chicuelinas le valieron las primeras palmas. Después llevó a cabo una faena de mucho mérito. Sí, tiene mérito porque el toro llegó desarrollando casta y fuerza al final. Fernando se dobló con él para restarle facultades, y después de haberlo conseguido, se estiró en plásticos y garbosos ayudados por alto, derechazos valientes y ajustados y manoletinas de verdadera exposición. Hacemos notar que el toro tenía un lado izquierdo de maravilla, mejor que el lado contrario, pero López no lo entendió. Pinchó en tres ocasiones y dejó tres cuartos de espada en lo alto que bastó. Fernando se concretó a dar una vuelta al ruedo, y a lamentarse de su mala suerte con el pincho…
Carlos González

El de casa reaparecía después de haber sufrido un percance y acusó falta de sitio según la relación del festejo, pero suplió sus limitaciones con una dosis de valor muy grande para justificar su inclusión en el cartel y demostrar deseo de ser torero:
El sexto fue un toro muy alegre y muy bravo. Carlos puso la nota electrizante al recibirlo, sin que se lo corriesen, con tres cambios de rodillas, escapándose de un percance mayor, pues el toro se revolvía con gran velocidad y casi se llevaba al torero entre los pitones
En los quites, González volvió a ofrecernos algunas chicuelinas, con más valor que arte; y Fernando comenzó con fregolinas y terminó con saltilleras, poniendo, una vez más, valor y arte. Al rematar perdió el percal y también la cara del toro, llevándose un susto de órdago al enfrontilarlo el bicho sin mayores consecuencias que una maroma.
Carlos, el hidrocálido, inició la postrer faena con pases de rodillas. De pie instrumentó derechazos y lasernistas, viéndose algunas veces comprometido por atravesarse en el viaje del toro. Alargó demasiado la faena, y por ello se dilató a la hora definitiva. Hizo picadillo al bicho y oyó dos avisos. 
De cualquier manera, puso de manifiesto su valor y su dignidad profesional, exponiéndose a un percance, que la providencia no quiso que llegara…
Quiero agradecer a Carlos Reyes Sahagún, Cronista del Municipio de Aguascalientes y a Vicente Agustín Esparza Jiménez el haberme puesto sobre la pista de esta cuestión. No debo dejar de decir que este material lo tenía capturado desde hace tiempo, pero sin tener la idea del contexto en el que los hechos se produjeron. Ellos dos son quienes me llevaron a él.

Dramatis personae

Fernando López se había presentado en la Plaza México el 30 de agosto de 1946, alternando con Nacho Pérez y Curro Ortega, siendo los novillos de La Laguna. Recibió una alternativa en Ciudad Juárez el 6 de noviembre de 1949 de manos de Antonio Velázquez. Renunció a esa alternativa y volvió a actuar como novillero, presentándose en la plaza de Las Ventas de Madrid el 21 de octubre de 1951, alternando con Lorenzo Guirao Morenito de Córdoba y José Cano, en la lidia de novillos de Ignacio Rodríguez Santana. Es uno de los pocos toreros mexicanos nacidos en el Estado de Veracruz, falleció en la Ciudad de México el 4 de mayo de 2007.

Jorge El Ranchero Aguilar se presentó como novillero en la Plaza México el 1º de junio de 1947, alternando con Nacho Pérez y José Rodríguez Joselillo con novillos de La Laguna. Recibió una alternativa en Tlaxcala el 13 de marzo de 1949 de manos de Diamantino Vizeu, con toros de La Laguna, misma que renunció. Recibió una segunda alternativa en la Plaza México el 28 de enero de 1951 de manos de Manolo dos Santos, en presencia de Jesús Córdoba, con toros de La Laguna. La confirmó en Madrid el 4 de mayo de 1952 y le apadrinó Manolo Navarro siendo testigos Luis Briones y Jaime Malaver, con toros de Manuel García Aleas. Falleció en el tentadero de la ganadería de Coaxamalucan el 27 de enero de 1981.

Carlos González se presentó en la Plaza México el 8 de junio de 1947, alternando con Ramón López y Joselillo, con novillos de Santín. Se presentó en Madrid, en la Plaza de Las Ventas el 31 de agosto de 1952, alternando con Lorenzo Guirao Morenito de Córdoba y Enrique Vera, los novillos fueron de Alberto González Carrasco (5) y Juan Sánchez de Valverde (1). Es originario de esta ciudad.

domingo, 19 de abril de 2020

12 de abril de 1966: Calesero Chico se presenta en plazas de España

Calesero Chico (Cª 1966)
Le guarda la vuelta Arturo Muñoz La Chicha
Foto: Carlos Meza Gómez
Alfonso Ramírez Ibarra es el hijo mayor de Calesero. Y llegado el momento decidió intentar ser torero. Se presentó como novillero en la Plaza de Toros San Marcos, aquí en Aguascalientes el 19 de abril de 1964, para lidiar novillos de Peñuelas, alternando con Ramiro Cuevas y según don Luis Ruiz Quiroz, con Manolo Rangel, porque don Jesús Gómez Medina afirma que el que cerró la terna fue el hidrocálido Armando Mora. Independientemente de esta cuestión, quien sería conocido en los carteles como Calesero Chico, terminó la tarde dando dos aclamadas vueltas al ruedo, pues por fallas con la espada, no pudo culminar dos buenos trasteos.

Dos grandes faenas

Calesero Chico se presentó en la Plaza México el domingo 14 de junio de 1964, alternando con Sergio Zermeño y Jorge Carrasco para lidiar novillos de San Antonio de Triana, de don Manuel Ibargüengoitia Llaguno y en esa séptima novillada de la temporada sorprendió a la afición. Cortó una oreja al primero de su lote, Monarca y a pesar de haber escuchado dos avisos en el sexto, Chaparrito, dio dos vueltas al ruedo.

Lo anterior le valió para volver a la gran plaza dos domingos después, para enfrentar novillos de Javier Garfias acartelado con Mario de la Borbolla y Rodolfo Acacio. En esta oportunidad volvió a mostrarse a la afición de la capital con el sexto, Orientador, al que también cortó la oreja. La impresión del psiquiatra Enrique Guarner acerca de esas dos tardes es la siguiente:
México ha carecido de toreros importantes desde hace más de doce años, en que se retiró Carlos Arruza, pero a partir de 1964 la situación comienza a cambiar y una nueva generación va a desarrollarse paulatinamente. 
El 14 de junio se presenta en la Plaza México el hijo de Alfonso Ramírez «Calesero», que lleva el mismo nombre y apellido. La faena que realiza ese domingo ante «Monarca», novillo que pertenecía a la ganadería de San Antonio de Triana, produce una conmoción tremenda entre los asistentes, que la presencian de pie. 
Quince días después, «Calesero Chico» vuelve a ejecutar un trasteo inenarrable frente a un encastado burel de Javier Garfias. Para aquellos que contemplamos esta faena el momento resulta inolvidable. El diestro torea vertical, llevando limpiamente al astado y templándolo como lo hacen muy pocos. Todos pensamos que por fin había llegado un torero de época, pues se trataba de un muletero de una enorme pureza...”
El 16 de agosto de ese 1964, tendría otra gran tarde en Aguascalientes, alternando con Manolo Espinosa Armillita y Jesús Solórzano, en un festejo que don Jesús Gómez Medina llamo como el de los tres cachorros y del que ya me he ocupado por aquí. Otra vez la espada le traicionó, pero recorrió triunfalmente el anillo.

En esa temporada de 1964 toreó en la capital seis de las treinta novilladas que se dieron y al año siguiente regresaría a torear otras cinco de las treinta y una ofrecidas. Con ese bagaje, decide cruzar el charco para adquirir experiencia en campo y ruedos hispanos.

En España

La primera huella de su presencia en tierras hispanas la encontré en una entrevista que le realizó Carlos M. Tosantos y que se publicó en el semanario madrileño El Ruedo, en su número aparecido el 22 de marzo de 1966, misma en la que entre otras cuestiones, Calesero Chico menciona lo siguiente:
Alfonso Ramírez «El Calesero», hijo, ha venido de Méjico en compañía de Antonio Ordóñez, del que el muchacho habla con admiración y le llama «maestro» siempre que se refiere a él. Antonio Ordóñez, que era amigo de su padre, se ha ofrecido para ayudarle, e incluso le ha buscado apoderado: su hermano Pepe. 
«VENGO A ESPAÑA PARA FORJARME» 
—Yo vengo dispuesto a todo, con la mejor voluntad del mundo, y esperando ponerme con el toro lo más pronto posible. 
— ¿Ese ha sido el motivo de tu viaje a España? 
— Sí. He venido a España para forjarme y darme a conocer. A todos los toreros mejicanos les ha venido muy bien la estancia en España. Ordóñez me ha dicho que si quería ser torero y tenía ilusión que viniese y él me ayudaría. 
— ¿Tus toreros predilectos? 
— Ante todo, mi padre, prescindiendo del hecho de que sea mi padre, y juzgándole como simple aficionado. Luego, «el maestro». Su toreo es de una clase tan extraordinaria y de un estilo tan depurado que es para envidiar. Mi padre, al que más admiraba era a Pepe Luis Vázquez. A mí, personalmente, y según lo que me han «platicado» hacia él toreo que a mi me gustaba... 
— ¿Cuánto tiempo estarás en España? 
No tengo idea. De momento, quiero estar la temporada entera, pues Livinio Stuyck y el «maestro» me han arreglado el contrato para venir aquí. Quisiera tomar la alternativa en España, de ser posible, de mi padre, y si no, del «maestro», y volver a Méjico con ella. El recibir la alternativa de mi padre seria una cosa emocionante y curiosa. Que yo sepa, hay pocos antecedentes de esto...
Se observa de la entrevista que iba bien apadrinado. Le introdujo en el medio español Antonio Ordóñez y le apoderaba su hermano Pepe. Esa circunstancia le podía abrir la puerta de plazas importantes allá.

La presentación se arregló para el Domingo de Resurrección – 12 de abril – de ese año en Jerez de la Frontera, alternaría con otro debutante en esa plaza, José Rivera Riverita y Ventura Núñez Venturita en la lidia de novillos de los Herederos de don Salvador Guardiola. La crónica aparecida en el diario ABC de Sevilla y firmada por Rodrigo de Molina, refiere entre otras cosas lo que sigue:
Jerez. Lo desapacible de la tarde, restó público a la novillada de Resurrección, en la que hacía su presentación en esta plaza José Rivera «Riverita» y Alfonso Ramírez «Calesero», mejicano, precedido de gran fama en su aparición en España, con los que completaba la terna el novillero jerezano Ventura Núñez «Venturita», triunfador en el festejo de San José, por lo que se hizo merecedor al capote de paseo, que al comienzo del espectáculo le fuera entregado por las peñas taurinas, en nombre de la empresa Belmonte. 
Los novillos pertenecían a la ganadería de los Herederos de don Salvador Guardiola, de Sevilla, de mucho nervio, bonita estampa y codiciosos con los caballos, siendo aplaudidos en el arrastre los lidiados en segundo y tercer lugar. El sexto, protestado por un sector del público – aún desconocemos por qué –, fue devuelto a los corrales, o mejor dicho, se hicieron intentos de que siguiera a los cabestros, y ante la imposibilidad de lograrlo, el de turno «Calesero», lo finiquitó de dos medias estocadas, solicitando con anterioridad de ese sector descontento con las dificultades del astado, lidiarlo en forma y a continuación el sobrero. Pero no fue así, y el desánimo total cerró plaza… 
El diestro mejicano Alfonso Ramírez «Calesero» arrancó los primeros aplausos con la capa. Buen estilo. Con la muleta desarrolló una faena muy bonita y ligada, rematándola con una casi entera. (Una oreja y vuelta al ruedo.) Al sexto, ya dijimos como lo despachó, y al sobrero, contrariado ya por lo anterior, y por ser inferior a sus hermanos de camada, «Calesero» lo aliñó y mató de media y unos pinchazo…”
Un buen debut. Su padre se había presentado casi veinte años antes – 21 de abril de 1946 – también un Domingo de Resurrección en Sevilla. Calesero Chico permaneció en España solamente hasta el mes de junio. En ese lapso de tiempo toreó cuatro novilladas y cortó tres orejas, de acuerdo al escalafón del semanario El Ruedo

Pude localizar dos de esas fechas, que fueron el 1º de mayo en Vista Alegre, Carabanchel, donde alternó con Simón Mijares El Duende y Alfonso Núñez en la lidia de novillos de Carmen González de Ordóñez y cortó allí una oreja al sexto y dio la vuelta con el mayoral y la del 30 de mayo en Valencia, donde formó cartel con Héctor Álvarez, Fernando Tortosa y Antonio Millán Carnicerito de Úbeda en la lidia de novillos de Francisca de Mora Figueroa, El Pizarral de Casatejada (2º) y Conde de la Maza (3º). En esta última tarde fue ovacionado en su lote.

La alternativa

Al final de cuentas, Calesero Chico regresó a México a recibir la alternativa en ese mismo 1966. La ceremonia se verificó en Ciudad Juárez el 24 de julio, apadrinándole su padre en corrida mano a mano con toros de Carranco. El toro de la ceremonia se llamó Noche Buena. El doctorado lo confirmó en la Plaza México el domingo 15 de enero de 1967, le apadrinó Manuel Capetillo y fungió como testigo Andrés Hernando – también confirmante – con la cesión del toro Trovador de Reyes Huerta, tercero de esa tarde.

Hasta aquí este recuerdo de uno de los toreros que en el escalafón de novilleros ha realizado una de las faenas más importantes de la historia de la Plaza México, y que por eso, tiene reservado un sitio propio en la historia de ese recinto y de la del toreo en nuestro país.

domingo, 24 de noviembre de 2019

1964: El maratón mexicano de El Cordobés

El Cordobés
Aguascalientes 21/01/1964
Colección Dr. Antonio Ramírez González
Cuando a finales de 1963 Dolores Olmedo, el rejoneador Juan Cañedo y Manolo Prieto Crespo se fueron a Sudamérica a tratar de traer a El Cordobés para actuar en las plazas de México, quizás nunca se imaginaron que en esa aventura empresarial escribirían uno de los grandes hitos estadísticos de la historia taurina mexicana. Se plantearon sí, que el de Palma del Río toreara un importante número de festejos en la República, pero no creo que hayan dimensionado el efecto del resultado final de eso que hoy podemos considerar, valga la expresión, un verdadero maratón taurino.

Y es que Manuel Benítez toreó 32 corridas de toros en 39 días entre el 18 de enero y el 25 de febrero de 1964. Una hazaña numérica y hasta cierto punto artística de esa envergadura nunca se había realizado en México y a la fecha, no se ha vuelto a dar por un matador de toros. Cierto es que en aquellos días fueron puestos a la disposición del Mechudo algunos avances de la tecnología que le permitieron desplazarse con rapidez y cierta comodidad entre las distintas ciudades en las que actuó – el avión de Cantinflas – y que en muchas de las ocasiones, las actuaciones se programaron en plazas más o menos contiguas para amortiguar los efectos del transporte por carretera – las que teníamos en los 60 –, sin embargo, dada la época, el resultado es, diría don Aquiles Elorduy, una verdadera tarea de romanos.

El maratón se produjo en dos partes bien diferenciadas. Inició el sábado 18 de enero en el Toreo de Cuatro Caminos, donde el de Córdoba alternó con Rafael Rodríguez y Juan Silveti en la lidia de toros de Reyes Huerta. Allí las cosas no se le dieron bien y hasta tuvo que regalar un séptimo. El final de esta etapa se produjo el 28 del mismo mes, en Torreón, en corrida en la que completaron el cartel Manuel Capetillo y Jaime Rangel con toros de Valparaíso. Allí El Cordobés sufrió un corte profundo en el dorso de la mano derecha al matar a su primer toro y ya no salió de la enfermería. Esa herida le hizo perder las tres actuaciones que tenía pactadas en la feria de Manizales, Colombia, los días 30 y 31 de enero y 1 de febrero. Así fue como completó los primeros once festejos del ciclo.

La segunda y más intensa etapa dio inicio el 6 de febrero en Nuevo Laredo y concluyó el 25 del mismo mes en Uruapan. La revisión de las fechas nos deja ver que Benítez toreaba a plaza llena todos los días de la semana y que por ejemplo, el 14 de febrero, lo hizo dos veces, por la tarde, en Reynosa, alternando con Luis Procuna y Gabriel España en la lidia de toros de Santoyo y por la noche en Monterrey, compartiendo cartel con Raúl García y Jaime Rangel en la lidia de toros de Piedras Negras y Santacilia. Es en este lapso de tiempo es cuando se producen sus grandes faenas a Conejo de Soltepec en el Toreo de Cuatro Caminos, al que le corta el rabo – 22 de febrero – y a Cuadrillero de San Mateo en El Progreso de Guadalajara, del que obtiene el rabo simbólico, pues el toro fue indultado – 24 de febrero – y completa en Uruapan al día siguiente el ciclo de los 32 festejos toreados.

No obstante el éxito alcanzado, el camino al mismo estuvo lleno de obstáculos. El doctor Alfonso Gaona era en esas calendas el Gerente de Diversiones y Espectáculos de México (DEMSA), la empresa que tenía a su mando los destinos de la Plaza México y que resentía directamente los efectos de la competencia del coso de Cuatro Caminos. Así, se dedicó a poner piedras en el camino de la empresa formada por la señora Olmedo, según lo contó el empresario Alejo Peralta al periodista Luis Suárez:
La empresa de la México, regenteada aún por Gaona, paró mientes en el asunto, pues si bien El Cordobés no era conocido en México, aquí ya retumbaba la fama que su figura y valor levantaban en otras arenas. Lo primero que hizo la más experta competencia fue controlar las ganaderías, de modo que los ganaderos no vendían toros a la señora Olmedo…
Y en consecuencia de la revisión de la estadística vemos que Manuel Benítez lidió toros de ganaderías emergentes o de otras cuyos mejores días ya habían pasado, incluso alguna de ellas, en el balance final de la temporada – Ernesto Cuevas – lidió únicamente el encierro que El Cordobés mató y sería hasta el final del maratón cuando los encierros de los considerados de garantía empezaran a estar disponibles para el entonces pupilo de Chopera.

En cuanto a las plazas, repitió actuaciones en Cuatro Caminos, Mérida, Aguascalientes, Querétaro, Monterrey y Guadalajara siendo la primera de ellas en la que más actuó. De los diestros con los que más alternó se encuentran Jaime Rangel, Rafael Rodríguez, Alfredo Leal, Manuel Capetillo, Paco Camino, Raúl García, Antonio Velázquez y Joselito Huerta.

Decía que en Aguascalientes repitió actuaciones. La primera fue el 21 de enero alternando con Calesero y Jaime Rangel, con toros de La Punta y la segunda, el 19 de febrero, completando el cartel Raúl García y El Imposible con toros de Santacilia. Ninguna de las dos corridas le representó un triunfo a El Cordobés. La primera, por la debilidad manifiesta de los toros de La Punta y en la segunda, los mejores lotes los sortearon Raúl García – que a la postre solamente mató a su primero por haber sido herido en una axila – y El Imposible que fue el gran triunfador al final de la tarde.

Esas dos tardes representaron la obligada cita de Aguascalientes con la historia. Así como en los albores del siglo XX estuvieron en el ruedo de la San Marcos Luis Mazzantini, Bombita y El Gallo, en la década de los 20, Ignacio Sánchez Mejías; en la de los 30, Marcial Lalanda y Chicuelo; en la de los 40, Manolete; en la de los 50, Antoñete y Luis Miguel Dominguín, en la de los 60, una de las principales figuras del toreo, El Cordobés, acudía a reiterar la taurinidad de nuestra ciudad.

Cuando en 1919 Juan Belmonte toreó todos los días del mes de septiembre, nadie reparó en el extenuante ejercicio que eso representó y en el número importante de festejos seguidos que quizás por primera vez un diestro ligaba. Eso fue hace un siglo. Hoy, hace 55 años, traigo al recuerdo otro hecho similar que sucedió por estas tierras y que como decía al inicio, por un matador de toros, no se ha vuelto a repetir.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Óscar Hernández Duque, médico de toreros

Autógrafo de Paco Malgesto
dedicado a la esposa del médico
Hoy en día están en la mira de la afición los médicos que atienden a los toreros. Las graves heridas sufridas en las plazas de Madrid y Zaragoza por Gonzalo Caballero y Mariano de la Viña ponen en valor el invaluable servicio que los facultativos hacen a los hombres que se juegan la vida delante de los toros y al conjunto de la fiesta en general.

Hoy quiero recordar a un médico que, por los azares de la vida, post – mortem, resulta ser parte de mi familia. Pero su tránsito por la fiesta no deja de ser trascendente. Gracias a su labor, muchos toreros pudieron seguir adelante con su andadura por los ruedos y muchos otros, sin pasar por lo que K – Hito llamara el taller de las reparaciones, tuvieron la oportunidad de iniciar una carrera dentro del llamado planeta de los toros, porque a más de ser médico, fue un gran ser humano.

El doctor Hernández Duque

Óscar Hernández Duque nació en Aguascalientes el 16 de julio de 1908, fue hijo de Atanasio Hernández Duque y Librada Medina. Estudió medicina en la Facultad de la entonces Universidad Nacional de México concluyendo sus estudios en el año de 1936 y desde su temprana juventud se aficionó a la fiesta de los toros, integrándose a uno de los primeros círculos taurinos de esta capital, el Rodolfo Gaona.

Casa en noviembre de 1938 con la señorita Isabel Jaramillo Mayagoitia y casi al tiempo asume la jefatura de los servicios médicos de la Plaza de Toros San Marcos, misma que dejaría hasta el año de 1968 mismo en el que falleció. Independientemente de sus funciones en el servicio de plaza, el médico Hernández Duque ejerció además como Presidente de la Cruz Roja, Médico de la empresa Productos de Maíz, Director del Sanatorio La Esperanza y se dedicó a la docencia en el Instituto de Ciencias (hoy Universidad Autónoma de Aguascalientes), llegando a ser Rector del mismo.

Algunos momentos de su paso por las plazas

La profesión del médico de plaza es complicada. Me consta porque mi padre lo fue. Don Óscar tuvo además en sus manos la integridad y la vida de los toreros en los días en los que los antibióticos eran bienes primero inexistentes y después escasos. Los heridos dependían de la habilidad y del profundo sentido de la asepsia del médico que los atendía para evitar primero, una infección que podría ser mortal y después, esperar una intervención adecuada a las condiciones de la herida sufrida, para poder retornar a la actividad en un tiempo razonable.

Óscar Hernández Duque es uno de esos médicos que se tuvo que enfrentar a la otra muerte en el ruedo. El 1º de enero de 1940 toreaban en la Plaza de Toros San Marcos a caballo Conchita Cintrón, Jesús Solórzano y Alberto Balderas reses de Matancillas. El sobresaliente era el novillero hidrocálido Juan Gallo. En el quinto toro de la tarde, El Rey del Temple permitió al sobresaliente hacer un quite. Al iniciarlo, el toro lo prendió por la entrepierna y al soltarlo el toro de inmediato se observó que brotaba un chorro intermitente de sangre. Fue llevado a la enfermería. Tras de la primera intervención fue trasladado a la Cruz Roja donde se continuó la lucha por su existencia.

Juan Gallo falleció a las 9:45 horas del día seis de enero de ese 1940. El parte facultativo firmado por don Óscar decía:
...ayer a las nueve horas con cuarenta y cinco minutos falleció por herida por cuerno de toro en muslo derecho, toxemia, con destrozo de femoral, en la Cruz Roja el señor Juan Gallo, soltero, mexicano, de veintinueve años de edad…
También tuvo la necesidad de atender a toreros como Ricardo Balderas, Rafael Rodríguez, al norteamericano Rocky Moody quien años después perdiera una pierna a causa de una cornada, a Calesero, a Gregorio García, a Raúl García y a Pepe Luis Vázquez mexicano entre otros.

Y todo esto lo hacía de una manera curiosa. La infraestructura hospitalaria en Aguascalientes era escasa en esos entonces. Como él y doña Isabel no tuvieron hijos, en su casa de la calle Pedro Parga número 122, adaptó una de las habitaciones para atender allí a los toreros heridos después de haberlos intervenido hasta su total restablecimiento.

Su reputación ante los medios

José Jiménez Latapí Don Dificultades, escribió esto acerca del doctor Hernández Duque y de los médicos de su tiempo y que a fe mía, vale aún para los de hoy:
…diremos que lo único que no da olor a letrina en la fiesta de los toros es el servicio médico de plaza, y de fuera de ella; el servicio médico a los toreros, a la gente del toro… Lo único que se ha salvado de la porquería es eso, el servicio médico de la plaza, que siempre tiende la mano franca y abierta al rico y al pobre; al vencido y al vencedor. Ahí, en donde está el palco o el burladero de los santos laicos, se detiene la ola de inmundicia que cada día más trata de ahogar a esta fiesta tradicional y racial que es la de los toros… ¡Los médicos de plaza! ¡Quién ha sido capaz de llevar la cuenta de la gente salvada por ellos? El actual servicio, jefaturado por Rojo de la Vega e Ibarra tiene ya más de siete lustros dando servicio, desde que un empresario, hombre cabal, con sentido humano, que es ya casi divino por lo escaso, lo nombró. Me refiero al ex – empresario Dr. Jesús Luna Echeagaray. La roja figura de don Pepe y la magra de don Javier tienen ya todo ese tiempo en la plaza… A ellos, a Rojo y a Ibarra, representando a todos los médicos de plaza de la República les queremos rendir el homenaje antes dicho… al santo Mota Velasco y Pérez Lete en Guadalajara; a Gaspar Rubio en Morelia; a Hernández Duque en Aguascalientes; a don Pepe Contreras en la blanca Mérida… Y a los que no lo son y sin embargo de ello, llevados por su afición, por su amor a la fiesta y a la profesión médica operan y curan de enfermedades no profesionales no solo a los toreros, sino a la gente del toro… 
Como se puede ver, desde hace casi seis décadas, se reconocía la vocación del médico del servicio de plaza, que va más allá del mero servicio profesional, que implica el entregarse en cuerpo y alma al beneficio de aquellos que se someten a la atención de quienes prestan esa clase de servicios.

El testigo

Mal está que uno hable en primera persona, sobre todo cuando se trata de asuntos propios. Pero en esto que nos ocupa, hay razón para hacerlo. Mi padre fue el médico personal de don Óscar Hernández Duque quien falleció el 14 de septiembre de 1968 y fue también quien recogió el testigo en la jefatura de los servicios médicos de la Plaza de Toros San Marcos, donde permaneció un par de años a cargo.

En conclusión

El médico de plaza no es solamente un profesional especializado. Es una persona que transmite ánimo e ilusión a quienes salen al ruedo a jugarse la vida y representan con su mera presencia en su contraburladero, un sentimiento de seguridad en el sentido de que si las cosas se tuercen, allí estarán ellos para tratar de llevarlas a buen puerto.

En alguna oportunidad, por razón de un cargo público que ocupé, le dije a un amigo y condiscípulo torero espero no tener que servirte y él me contestó que esa es exactamente la respuesta que los médicos de las plazas les dan cuando les saludan en los patios de cuadrillas, pero me decía, resulta siempre un gran alivio saber que allí están, siempre a la orden.

Nota aclaratoria 1. - Transcripción del autógrafo de la imagen: “Con todo mi respeto para la esposa de un Médico, Médico de toreros y por eso un hombre casi superior. Paco Malgesto. 1945”

Nota aclaratoria 2. - Los subrayados en el texto de Don Dificultades son obra de este amanuense, pues no aparecen así en su versión original.

domingo, 26 de abril de 2015

En el centenario de Silverio Pérez (IV)

25 de abril de 1944: Reaparece Silverio en Aguascalientes tras la cornada de Zapatero de La Punta

El 13 de febrero de 1944 Silverio Pérez recibió en El Toreo de la Condesa la que quizás fue la cornada más grave de toda su trayectoria en los ruedos. Se la infirió el toro Zapatero de La Punta, en un festejo en el que alternaba con Luis Castro El Soldado y Carlos Arruza. El parte facultativo rendido por los médicos Javier Ibarra y José Rojo de la Vega fue en el siguiente sentido:
Herida por asta de toro en la región inguino frontal derecha, con exteriorización de testículo, presentando tres trayectorias: Una hacia arriba que llega hasta la fosa iliaca externa interesando la piel, tejido celular subcutáneo, aponeurosis, desgarrando los músculos y el tejido celular subperitoneal. La segunda hacia afuera, que llega a la cara externa del muslo y la tercera, que llega al tercio medio del muslo interesando tejido celular subcutáneo y aponeurosis y fibras musculares con 22 cts. de extensión. De no presentarse complicaciones, tardará en sanar 45 días.
La reaparición del Faraón se preparó para el día de San Marcos de ese 1944. Sería actuando en el coso de nuestra calle de la Democracia, alternando mano a mano con Armillita, en la lidia de seis toros de Torrecilla. La crónica de don Jesús Gómez Medina, en esos días corresponsal del semanario La Lidia de México, relata lo siguiente acerca de ese festejo, crónica que transcribo en su integridad por el valor histórico que representa:
Armillita orejeado en la Feria de San Marcos 
Aguascalientes, 25 de abril. – La lidia completa del estupendo ejemplar de Torrecilla, salido en quinto lugar durante la tradicional corrida de hoy, hecho por el maestro “Armillita”, constituyó la nota más brillante de la Feria de San Marcos. Por su parte, el “Faraón de Texcoco”, Silverio Pérez, ligó al cuarto toro una serie de muletazos como los que le han valido llamarse el torero del drama y de la emoción por excelencia. 
La entrada superó a la del día 23, siendo la primera ovación para el “Meco” Juan Silveti, que con su mechón y su puro llegó al tendido de sol a sentarse entre los “cuates”. 
Los toros de don Julián Llaguno, propietario de la afamada ganadería de Torrecilla, formaron un encierro desigual en su tamaño y en sus condiciones para la lidia. El primero y el sexto fueron muy chicos y débiles de los remos. Por lo contrario, el tercero, el cuarto y el quinto lucieron magnífica estampa, especialmente el cuarto, un cárdeno precioso. En cuanto a bravura, los mejores fueron el mismo cuarto toro, y el magnífico burel, dechado de nobleza y alegría, con el que triunfó “Armillita”.  
Éste, en su primero, tiró únicamente a abreviar, en vista de la pequeñez de su enemigo. El segundo toro nos dio oportunidad de ovacionar un quitazo por ceñidísimas chicuelinas, realizado por Silverio. Después, el toro vino a menos y no hubo la faena que esperábamos. 
El tercero era un bicho con fuerza, que peleó duramente con los caballos y sabía usar de los pitones. “Armillita” lo dominó prono y bien, pero sin mayor relieve. Y fue Silverio el primero en conmover a la multitud cuando muleta en mano llegó al cárdeno que ocupó el cuarto lugar para hacerse de él con esos doblones a los que imprime un sello y un sabor tan especiales, y después estirarse en una serie de formidables derechazos, brutalmente ceñidos y maravillosos de temple y de mando. Se adornó con trincherazos y pase lasernistas; y de nuevo puso el entusiasmo al rojo vivo con otros derechazos de los suyos, de los cuales hubo uno sencillamente increíble por su ajuste. Entre ovaciones y dianas entró a herir, pinchando antes de conseguir una honda que hizo doblar; pero el puntillero levantó al bicho y obligó al texcocano a intentar el descabello repetidas veces, enfriando con esto el alboroto provocado por la faena. Y todo quedó en la vuelta al ruedo y salida a los medios. Decididamente, el “Faraón” vuelve a la lid sin dolerse a la cornada, tan valiente y tan artista como antes del percance con “Zapatero”. 
El salido en lugar de honor, hizo bueno el famoso axioma taurino, pues resultó de una bravura y nobleza estupendas. Casi sin que lo corrieran, Fermín se le enfrentó para dar dos magníficas verónicas a pies juntos; y después, cargando la suerte, toda una serie de lances al natural, haciendo gala de mando, de arte y de valor. Cuando remató con la media, la plaza entera, puesta de pie, lo aclamaba con entusiasmo.  
Y en los quites, de nuevo se ganó las ovaciones delirantes, que no habían de cesar durante toda la lidia de estupendo burel de Torrecilla, al hacer primeramente el lance su invención que le resultó lucidísimo, y después las orticinas. Él mismo se encargó de cubrir el segundo tercio con gran brillantez, siendo mejores el segundo par, por lo que expuso y el tercero en el que desde el estribo, se fue por las afueras para sesgar magníficamente, dejando el morrillo del bicho perfectamente adornado con los seis palos en todo lo alto. Después de brindar al todo el público, inició su faena con suaves doblones para sujetar; y luego a vaciar sobre el coso el repertorio de las grandes ocasiones, aprovechando la nobleza de su adversario. Punto culminante de su trasteo fue la serie de pases naturales rematados con el de pecho, en los que, sin cambiar de sitio, hizo girar a su alrededor al de Torrecilla en un círculo perfecto, mientras vino toda la gama del toreo de adorno: lasernistas, molinetes de pie y de rodillas, cambios de mano, etc., entre ovaciones y dianas incesantes, y cuando el toro dobló a efectos de una estocada hasta el puño, en la que Fermín hizo el viaje muy por derecho, la plaza entera concedió al triunfador la oreja y el rabo de su enemigo, al que se paseó en torno a la barrera como premio a su bravura y nobleza, en tanto que “Armillita” recibía el homenaje del público en una ovación que parecía interminable. 
En el sexto, otro de los chicos, Silverio trató solo de acabar cuanto antes. 
Bregando se distinguieron Juan y Zenaido, así como el “Güero” Guadalupe, “Limberg” y el viejo “Berrinches”.
Así es como el Monarca del Trincherazo retomó su carrera en los ruedos, para continuar construyendo su historia y su leyenda en ellos.

Los resaltados de la crónica transcrita son imputables exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en su respectivo original.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Barcelona, 6 de septiembre de 1964: la alternativa definitiva de El Estudiante

El Estudiante
(Publicidad de los años sesenta)
Jesús Delgadillo López nació en Aguascalientes, en su castizo Barrio de Triana, por la calle de La Alegría, hoy nombrada en uno de sus tramos en honor a Alfonso Ramírez Calesero, muy cerca del templo en el que se venera a su Cristo Negro, el día 8 de octubre de 1938. Se presentó como novillero en Guadalajara, el 5 de junio de 1955 en una novillada de selección junto con Jesús Gómez, Jesús de Anda, Pedro Jiménez Pedrín, Gabriel Linares y Rodolfo Ramírez El Pirata y en ese festejo Jesús ya utilizó el sobrenombre de El Estudiante, pues al tiempo estudiaba teneduría de libros en la Academia Rodríguez Dávila de esta ciudad Capital. 

En estos años el nombre de El Estudiante como novillero estuvo ligado al de varios toreros más que lograron traspasar los límites del anonimato y así actuaron en las plazas de México su paisano Víctor Mora, el mazatleco José Ramón Tirado, el guanajuatense Héctor Obregón, el tlaxcalteca Fernando de los Reyes El Callao, el regiomontano Américo Garza Romerita y el que en su día fuera apoderado de Arturo Gilio, Marcelo Acosta, entre otros toreros que lograron sacar la cabeza y hacer a la afición de ese tiempo concebir esperanzas de que en ellos habría una figura del toreo en ciernes.

Sus actuaciones en la temporada 1955 – 1956 le permitieron obtener su inclusión en el cartel del Estoque de Plata, celebrado en también en Guadalajara el 28 de octubre de 1956, fecha en la que para despachar una novillada de Matancillas, José Ramón Tirado, Rubén Aviña, Carlos Saldaña y El Estudiante, partieron plaza vestidos de luces en El Progreso. En esa tarde se llevó el gato al agua el venezolano Saldaña, quien tuvo la que quizás sería más importante tarde de su vida torera en México. 

En 1957 logra actuar hasta 18 tardes en las plazas de Ciudad Juárez, Nogales y Tijuana y en el siguiente año, actúa en cuatro novilladas seguidas en El Toreo de Cuatro Caminos, dejando constancia de que estaba ya listo para el cambio de escalafón.

La Feria de San Marcos de 1958 iniciaba su ciclo de tres corridas con una en la que El Príncipe del Toreo, Alfredo Leal, otorgaría a El Estudiante la borla de matador de toros, fungiendo como testigo el poblano Joselito Huerta, con toros de don Lucas González Rubio, un festejo en el que efectivamente los tres alternantes triunfaron. 

Después de actuar en seis tardes el año de su doctorado, el 18 de enero de 1959, Jorge Aguilar El Ranchero, le cedería al toro Coreano de La Laguna, ante el también tlaxcalteca Fernando de los Reyes El Callao, quedando revalidada su alternativa sanmarqueña en el coso de Insurgentes y como causara buena impresión en esa fecha, el 7 de abril de ese mismo año se le incluye en el cartel de triunfadores que se disputaban la Rosa Guadalupana, mismo en el que para estoquear ocho toros de Mimiahuápam, partieron plaza Curro Ortega, El Ranchero Aguilar, Jaime Bravo, Joselito Huerta, Antonio del Olivar, José Ramón Tirado, Fernando de los Reyes El Callao y El Estudiante.

Al final de ese festejo, el huamantleco de la triste mirada y del hondo toreo, El Callao, saldría con el trofeo en disputa dentro de la espuerta. Así, durante 1959, Jesús completaría una docena de actuaciones en plazas mexicanas. Entre 1960 y 1963 suma veinticuatro actuaciones, destacando la que tuvo en Aguascalientes el primero de enero de este último año, en la que con Luis Procuna y Pablo Lozano, dio cuenta de un encierro de Peñuelas, cortando las orejas y el rabo al sexto de la tarde.

El anuncio de la alternativa
Esta tarde resultaría ser un parteaguas en la vida taurina de El Estudiante, pues su compañero de cartel, el castellano Pablo Lozano, quien años después tuviera bajo su responsabilidad los destinos de la Plaza de Las Ventas de Madrid, advirtió que Jesús tenía aptitudes para caminar en la fiesta y le sugiere ir a España a probar suerte como novillero allá, renunciando al doctorado obtenido en el ruedo sanmarqueño casi un lustro antes.
Retomando el rumbo en España

Siguiendo el consejo de Lozano, el 20 de junio de 1963 se presenta de nueva cuenta como novillero en la Plaza Monumental de Barcelona, para despachar novillos del Conde de Ruiseñada en unión de Curro Montenegro y José María Aragón, logrando actuar en tres tardes más en cosos hispanos ese año.

1964 representa un buen año para el torero de Aguascalientes pues logra presentarse en 9 oportunidades dentro del escalafón novilleril, siendo cuatro de esas actuaciones en la plaza de Las Ventas, cortando además, una oreja en su debut, el 19 de julio de 1964, al lado de Eduardo Ordóñez y José Luis González Copano, para lidiar cinco novillos de Luis Frías Piqueras y uno – sexto – de Carlos Sánchez Rico. En su día, Antonio Díaz – Cañabate escribió:
Otro buen novillo fue el tercero, menos bravo, bastante menos que el primero, en el primer tercio, pero más noblote en el último. En el bochorno de la tarde canicular, el novillo, al tomar la muleta de “El Estudiante”, daba la sensación de que se bebía un apetitoso refresco de grosella bien helado, que “El Estudiante” le servía complacido, ya con la mano derecha, ya con la izquierda. Al novillo y al público le gustaron más los refrescos de la mano izquierda. ¡Oh, sí, nos venían muy bien, nos oreaban como una brisa que rompe el ardor! Fueron pocos estos buenos naturales y su corta cantidad acrecentó su valía. Entrando con arrestos cobró una estocada. El presidente concedió una oreja. Los insaciables pidieron otra, negada con buen criterio y “El Estudiante” se hartó de dar vueltas al ruedo...
En su presentación en Palma de Mallorca, es herido de consideración por un novillo de Enriqueta y Serafina Moreno de la Cova, llevándose a la enfermería una oreja y el 15 de agosto de ese año, en Madrid, tiene un encuentro con la otra muerte en el ruedo y le corresponde atestiguar junto al ya nombrado Copano y José Luis Teruel El Pepe, el fallecimiento del banderillero gitano Manuel Leyton Peña El Coli, quien fue herido por el primero de los únicos tres de Ángel Rodríguez de Arce corridos esa infausta tarde pues al conocerse la muerte del subalterno, se suspendió la novillada.

El 6 de septiembre de 1964 vuelve a recibir la alternativa, la definitiva, tras de justificarse en las dos temporadas novilleriles anteriores y así, en la Monumental de Barcelona, el gran estoqueador de Zaragoza, Fermín Murillo, con el testimonio de Curro Romero, le cede a Murciano, el primero de los seis de Torrestrella que se lidiaron esa tarde, dando Jesús la vuelta al ruedo en el sexto. Julio Ichaso, cronista del diario barcelonés La Vanguardia, cuenta así el hecho:
Le otorgó la alternativa con el conocido ceremonial, Fermín Murillo, presenciándola como testigo Curro Romero, con el toro lidiado en primer lugar, número 130, «Murciano», jabonero sucio o burraco, pues el pelo de las reses tiene muchas denominaciones, que el nuevo doctor lanceó con poco lucimiento, debido al viento, que descubría peligrosamente... Previo brindis al público, sus primeros muletazos fueron por bajo. Ya en el centro del ruedo, vinieron unos estupendos pases con la derecha. Llevaba al toro muy obediente a la flámula. (Olés y música). Hubo otra tanda, pero que muy buena de pases, también con la diestra y molinetes de rodillas emotivas y espectaculares. Después de unos naturales agarró, con habilidad, una estocada y el puntillero puso todo lo demás con el cachete para finiquitar al animal. (Petición de oreja, vuelta al ruedo con sostenida ovación y salida al tercio)...
El 12 de octubre de ese mismo año confirma su alternativa barcelonesa en Las Ventas, formándose el cartel con un novillo de Castillejo para el rejoneador Fermín Bohórquez, quien actuó a mitad del festejo y para los de a pie, toros salmantinos de Ricardo Arellano y Gamero Cívico. El padrino de la ceremonia fue Antonio Ortega Orteguita quien esa tarde confirmó a Santiago Castro Luguillano y a El Estudiante. El toro de la confirmación de Jesús se llamó Gladiador. Andrés Travesí relató así su actuación en el ABC madrileño:
Hacía tiempo que no veíamos una corrida de toros tan mala como la de ayer... Los seis bichos fueron mansurrones y difíciles y dos de ellos tuvieron que ser condenados a banderillas negras. Los toros recortaban peligrosamente, y como la lidia no fue buena llegaron al último tercio probones, achuchando a los de a pie. Y poco más puede decirse de este saldo de ganado que nos hizo pasar muy malos ratos... El mejicano Jesús Delgado, que tenía aceptable cartel en Madrid como novillero, no pudo hacer nada en su primera salida como matador. Fue el único de los tres que utilizó el capote en alguna ocasión suelta. Al segundo, mansurrón y distraído, lo pasó por la cara con precauciones y lo despenó de un estoconazo afortunado y un descabello y escuchó muchas palmas. En el sexto no mejoró la labor y mató de media, una entera, y descabelló al cuarto intento...
Uno de los momentos más importantes de su carrera, lo alcanzaría El Estudiante casi un año después de su confirmación y así, el 8 de agosto de 1965, alternando con Antoñete y el albaceteño confirmante Pepe Osuna, cortó una oreja al tercero de los toros murubeños de don Félix Cameno lidiados en la fecha. Esta tarde trascendería también, porque Antonio Chenel, cortó dos orejas al cuarto de la tarde, lo que le llevó a la Feria de San Isidro del siguiente año, en la que realizó la faena inolvidable del toro Atrevido de José Luis Osborne, el toro blanco de la leyenda del 15 de mayo de 1966. El relato de Gómez Figueroa en la Hoja Oficial del Lunes siguiente al festejo es así:
También Jesús Delgado (El Estudiante) supo tocar esa fibra sensible del público que termina por ganarse su admiración y simpatía. Largas cambiadas, un airoso quite con cierto aire de “ballet”, una faena bastante completa e inspirada, un estoconazo eficaz y naturalmente, la oreja para El Estudiante. Como el último de la tarde resultó manso y con dificultades, El Estudiante se desprendió de él no pronto, pero sí con decisión. Pinchó dos veces, clavó media estocada y utilizó dos veces el verduguillo. Fue despedido con una ovación...
La última etapa

Durante 1964 y 1965 Jesús permanece en España y es hasta 1966 que reaparece en su patria, ligando seis tardes, dos de ellas en El Toreo de Cuatro Caminos. En 1967 confirma su alternativa barcelonesa en la Plaza México, misma que ocurrió el 22 de enero de ese año, siendo su padrino Joaquín Bernadó y actuando como testigo Raúl García para lidiar a la usanza española seis toros de Tequisquiapan y uno de Pastejé para el centauro potosino Gastón Santos, cerrando ese año en Guadalajara el 17 de diciembre con el potosino Pepe Luis Vázquez y Alfredo Leal en la lidia de toros de Cerro Viejo.

En 1971 se viste de seda y alamares sólo una vez para doctorar en la propia plaza de San Marcos a su vecino de barrio, el dinástico Armando Mora ante el testimonio de Fernando de la Peña. Esa tarde Jesús realizó una de sus mejores faenas en la plaza de su tierra, al cortar las dos orejas al segundo de la tarde después de una faena completa, de la que merece recordarse el testimonio de don Jesús Gómez Medina:
La estocada de la tarde. Ocurrió en la primera década del siglo, Bombita y Machaquito detentaban el mando del cotarro taurino durante el interregno que medió entre la despedida del Guerra y la aparición de Joselito y Belmonte… Y una tarde, en Madrid, Machaco se fue tras del estoque con férrea determinación y lo clavó todo en el morrillo de un imponente miureño. Del pitón de éste pendían luego los encajes de la camisa del bravo cordobés, en testimonio de cómo se entregó Rafael González en el trance supremo… Don Modesto, pontífice de la crítica taurina de la época, emocionado ante la hazaña del Machaco, urgió al escultor Mariano Benlliure – ¡Apresúrate ilustre alfarero! – decíale en su crónica el célebre revistero. Y Benlliure, tan buen aficionado como artista eximio, atendió el reclamo de don José de la Loma y sus manos prodigiosas produjeron esa estupenda obra de arte que se llama “La Estocada de la Tarde”… Ayer, en la muerte del segundo burel, la sombra de Machaquito pareció aletear sobre el coso. Porque al igual que entonces lo hiciera Rafael González, El Estudiante se perfiló marchosamente, fija la mirada en el morrillo de “Guapo”; el estoque centrado entre ambos pitones y tan cerca de estos, que la punta parecía reposar sobre el testuz. Y al arrancar, lo hizo recta y decididamente, con tal precisión y maestría, que mientras la mano izquierda vaciaba la acometida del corlomeño, la diestra, empuñando el alfanje, concluía su viaje en el morrillo de “Guapo” del que emergía tan solo la bola de la empuñadura… ¡Fue la estocada de la tarde! ¡De esta y muchas más!... Los espectadores al unísono brincaron de sus asientos y tributaron a Delgadillo una cálida, estruendosa ovación. Y tras la ovación, las orejas, ganadas en la mejor forma, con la verdad incuestionable del acero”. (El Sol del Centro, 29 de marzo de 1971)
Alternativado por primera vez en la feria de su tierra, la despedida tenía razón para darse en ese mismo marco y así, el 30 de abril de 1982, tras de varios años de ausencia de los ruedos, hizo su presentación en la Plaza Monumental y al mismo tiempo tuvo su despedida de los ruedos, alternando con Eloy Cavazos y Humberto Moro hijo, en la lidia de seis toros de San Manuel, dando la vuelta en tras la lidia del cuarto de la tarde, el último que mató vestido de luces.

Después de esa señalada fecha, Jesús Delgadillo se mantuvo ligado a la fiesta de los toros y con frecuencia toreaba festivales benéficos. La última actuación pública que ha tenido, fue el 8 de diciembre de 1996, en un festejo organizado en honor del subalterno hidrocálido que muchas tardes le acompañó, don Arturo Muñoz La Chicha, obteniendo las orejas del novillo de Ángel Lascuráin que sorteó esa fecha.

La tauromaquia de Jesús Delgadillo

Las transcripciones que se hacen a lo largo de este texto, nos reflejan que El Estudiante ha sido un torero de los llamados de escuela, de los que ejecutan las suertes con clasicismo y que conocen y realizan una gran cantidad de ellas. Banderillero fácil, clavaba los palos por los dos lados del toro, cuestión que poco se ve, dado que por lo general se tiende a dominar la ejecución del segundo tercio por un solo perfil.

El Estudiante en su última tarde 8/XII/1996
Con la muleta, Jesús Delgadillo gustó de trastear con la mano baja y aprovechando su estatura, daba dimensión a las suertes, pero cargando la suerte, a lo clásico y resultando ser un brillante ejecutor del pase natural. Las crónicas invocadas nos exhiben también que era un formidable estoqueador, que redondeaba sus faenas con el filo de su espada, como escribiera en alguna de ellas don Jesús Gómez Medina y en más de alguna oportunidad, fue su solo alfanje el que le deparó tardes de triunfo.

En suma, un torero conocedor de su oficio, dominador de los toros cuando así se requería y con la facilidad de transmitir a los tendidos la valía de su quehacer en el ruedo, lo que se refleja en las importantes tardes de triunfo que tuvo durante su carrera activa.

Arrastre

El Estudiante es uno de los toreros de Aguascalientes que no tuvieron temor de salir de sus confines para buscar el triunfo en la difícil profesión de ser torero. De los toreros de su tierra, es uno de los que más veces ha actuado en la Plaza de Las Ventas y de los mexicanos que allí lo han hecho, sólo le aventajan en número de actuaciones Carlos Vera Cañitas, Miguel Espinosa Armillita Chico y Eulalio López Zotoluco cabiéndole a Jesús el honor de ser junto con el Volcán Rafael Rodríguez, Joselito Adame y Arturo Saldívar uno de los matadores de toros de Aguascalientes, que vestido de luces, ha cortado oreja en la principal plaza de toros del mundo.
En este día se celebran cincuenta años de su definitiva alternativa como matador de toros y El Estudiante aún conserva la figura que le hiciera parecer torero para poder ser torero. Medio siglo hace y aún se recuerdan sus hazañas, las que son una de las columnas que sostienen la taurinidad de Aguascalientes. ¡Enhorabuena Maestro!

domingo, 17 de agosto de 2014

15 de agosto de 2004: José María Luévano confirma su alternativa en Las Ventas

A principios de la década de los noventa del pasado siglo, cuando Guillermo González Martínez institucionalizó la enseñanza del toreo en la plaza de toros San Marcos, uno de los primeros alumnos que llamó la atención fue un muchachito moreno y de mirar taciturno que al decir de Rubén Salazar, el que fuera el primer instructor de esa escuela, tendía a realizar el toreo a la verónica con una singular hondura, encajando la barbilla en el pecho y bajando mucho las manos. Se llamaba José María Luévano y pronto sus aptitudes trascendieron al conocimiento de la afición de Aguascalientes, que tuvo oportunidad de corroborar lo que se decía de él, viéndole ante los becerros.

José María se presentó como novillero con picadores el 7 de octubre de 1990 en la misma plaza que fue su centro de formación, alternando con Ricardo Márquez, César Alfonso El Calesa, Alejandro de Anda, Juan Carlos Sánchez y Alberto Ortiz y el novillo de Los Arce que le correspondió apenas le dejó mostrar sus aptitudes esa tarde, sin embargo, le valió para ir sumando festejos y adquirir el rodaje necesario para poder avanzar en la carrera que había elegido.

Guillermo González Martínez hizo lo que hoy los economistas llaman una alianza estratégica con Manolo Martínez y una compañía cervecera y organizan un certamen novilleril, por lo que comienzan a programar novilladas en distintas plazas de la República, lo que logra que en nuestra plaza San Marcos, por ejemplo, se dieran hasta treinta novilladas en alguno de sus ciclos, cosa pocas veces vista aquí.

En esos certámenes, surgieron toreros como José María, Fernando Ochoa, los Cuates Espinosa, Arturo Manzur, César Alfonso El Calesa o Alfredo Ríos El Conde, entre los que ahora me vienen a la mente y tuvieron la ocasión de compartir tentaderos y carteles con toreros venidos del otro lado del mar, pues José Tomás, Sergio Aguilar y Sebastián CastellaFinito de Córdoba estuvo en el grupo que participaba en los tentaderos – en algún momento o integraron carteles con ellos o estuvieron en los tentaderos de las ganaderías de Manolo Martínez, El Colmenar o San Martín aprendiendo juntos.

José María Luévano se presentó en la Plaza México el 16 de agosto de 1992, llevando de compañeros de terna a Arturo Manzur y El Conde, siendo el encierro de Manolo Martínez. Fue la primera de una docena de festejos menores en los que actuó en la plaza más grande del mundo, entre los que destacan el del 26 de septiembre de 1993, cuando corta una oreja a uno de los novillos de Teófilo Gómez que le tocaron en suerte, o el del 9 de octubre de 1994, en el que cortó dos orejas a Pintadito de De Santiago. También pagó allí su cuota de sangre, pues el 16 de octubre de 1994, Azteca de Xajay le envió a la enfermería
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Recibió la alternativa en León, Guanajuato el 20 de enero de 1995, apadrinándole Miguel Espinosa Armillita y atestiguando la ceremonia Manolo Mejía. El toro de la cesión se llamó Don Juan y fue de la ganadería de Begoña. Esta alternativa la confirmó en la Plaza México el 14 de enero de 1996, volviendo a fungir de padrino Armillita y siendo testigo Enrique Ponce. El toro de la ceremonia se llamó Payaso y fue de Carranco. Sobre su actuación esa tarde, escribió Enrique Guarner:
Puede afirmarse que ya podemos sustituir a nuestras petrificadas figuras, puesto que existen tres jóvenes que van a llegar lejos. Ellos son: Federico Pizarro, Rafael Ortega y José María Luévano. La actuación de este último ayer fue excelente, tanto de capa como de muleta. Es una lástima que sea tan inexperto en el descabello, pero esto último puede aprenderse… El que abrió plaza se llamaba "Payaso" de Carranco y había nacido en junio del año 2000 A.C. El de Aguascalientes lo recibió con magníficas verónicas y recorte. Con la muleta caminó bien con el novillo y ejecutó varias series en redondo con temple y calidad. Desafortunadamente al final tendió a descargar la suerte, pero su toreo fue limpio y bien instrumentado. Mató de estocada en lo alto, algo trasera que requirió del descabello con el que falló hasta en 13 ocasiones escuchando dos avisos. No obstante, fue aplaudido en el tercio...
La carrera de José María empezó a ascender. Toreaba en las principales ferias y en los mejores carteles de la temporada en la Plaza México. El 26 de enero de 2003 cortó 3 orejas a los toros de Bernaldo de Quirós que lidió esa tarde. Sobre su actuación, Lumbrera Chico escribió:
Dueño de su oficio, pleno de valor, Luévano cortó las dos orejas de Comodín, tercero de la tarde, negro bragado de 488, al que embarcó en largas tandas derechistas retrasando la franela y tragando leña con emotividad, para despacharlo de un estoconazo y hacerlo rodar sin puntilla al cabo de una prolongada agonía… Mucho más interesante fue la faena que logró imponerle a Algodonero, de 485, penúltimo del festejo, también negro bragado y con imponente aunque fea cornamenta, un bicho que salió buscando descaradamente la manera de huir, pero que, luego de recibir siete puyas, de Julio Sánchez, quedó en calidad de piltrafa. Luévano lo metió en la muleta con una serie de doblones suaves y le cuajó cuatro excelentes tandas por la derecha muy bien ligadas tirando del animal con gran solvencia. Para su desdoro, pensando quizá en las dos orejas que ya tenía en la espuerta, José María no quiso verlo por el izquierdo, no obstante que por ese lado el rumiante embestía con mayor claridad y fuerza cuando lo remataba con el pase de pecho… Muy afilado con el estoque, volvió a ejecutar el volapié con brillantez y el juez Balderas le concedió otra orejita, que no borró la sensación de que, si hubiera invertido más riesgo y esfuerzo al intentar el toreo con la zurda, habría obtenido resultados mucho más espectaculares… 
Su actuación en esta tarde le valió para entrar al cartel del 5 de febrero siguiente con Enrique Ponce, Zotoluco y El Juli para lidiar toros de Teófilo Gómez y Reyes Huerta. Su actuación se saldó con el corte de dos orejas y la visión de Leonardo Páez acerca de ella es la siguiente:
En el festejo del 57 aniversario de la monumental Plaza México volvió a prevalecer el triunfalismo pueblerino y la apoteosis emergente que caracterizan a la empresa, brillando en todo su esplendor la principal aportación de aquélla al espectáculo: megacorridas con cuatro toreros, ocho toros de lidia ordinaria, dos más de regalo, la despedida de un picador y cuatro horas 40 minutos de infructuosos intentos por emocionar... sin toros bravos… José María Luévano lanceó muy bien a Suspiro, de Reyes Huerta, y realizó la faena más sentida y honda de la tarde frente a un astado pasador más que bravo. Como se entregara en la estocada, Balderas, quien ya había devaluado la concesión de premios con Ponce, debió soltar las segundas dos orejas que Chema paseó orgulloso por el redondel… Con su segundo, sosote, el de Aguascalientes se plantó seguro y realizó un meritorio trasteo por ambos lados, empañado, raro en él, con la espada…
El 1 de febrero de 2004, volvió a salir de la plaza más grande del mundo con trofeos en la mano, gracias a una actuación riñonuda y no desprovista de clase, según lo cuenta de nuevo Leonardo Páez:
También en su tercera corrida en el serial, el diestro de Aguascalientes se las vio primero con Buen trato, con 481 kilos, negro entrepelado bragado y bizco del pitón derecho, que no obstante su debilidad de manos sufrió un bombeo inmisericorde en la única vara que tomó… A la sosería del astado hubo de añadirse un fuerte viento, por lo que Luévano tragó en dramáticos muletazos por ambos lados, sin lucimiento pero de gran mérito. Como se entregara en el volapié, incluso de efectos más rápidos que el de Caballero, dio una justificada vuelta al ruedo… Como consecuencia de que en el callejón de la México había, además de embarnecidos apoderados, ganaderos, actores, hoteleros y locutores, Luévano, al querer brindarle a uno de los empresarios de Madrid se equivocó de persona… Diácono, con 534 kilogramos, fue sin embargo el más claro y pasador del desafortunado encierro, lo que permitió a José María consentir al mansurrón en tandas de derechazos con sentimiento y hondura, muy bien rematadas. Cuando buscó la igualada prestó oídos a ciertos villamelones e intentó algunos naturales sin lucimiento. En el primer viaje pinchó y fue trompicado, para enseguida dejar tres cuartos de acero que bastaron, llevándose merecida oreja...
Cerró esa campaña 2002 – 2003 en la Plaza México el 22 de febrero, llevándose a casa la Oreja de Oro que disputó con Rodrigo Santos, Armillita, Jorge Gutiérrez, Zotoluco, Rafael Ortega, Ignacio Garibay y Fermín Spínola, en la lidia de toros de varias ganaderías.

Embalado en esa cadena de triunfos, se anunció la confirmación de José María Luévano en Madrid para el 15 de agosto de 2004. Su padrino sería Fernando Cepeda y atestiguaría el acto el albaceteño Sergio Martínez y el encierro anunciado sería de Antonio San Román. Al final, el toro primero de la corrida fue devuelto por inválido y sustituido por Ribereño de El Pizarral, que es el que pasa a la historia y a la estadística como el que sirvió para que José María actuara por primera vez como matador de toros en Madrid y en España. Sobre esta tarde escribió Rosario Pérez:
Confirmaba la alternativa José María Luévano, triunfador de la pasada temporada grande en México. El precioso castaño que abrió plaza fue sustituido por un sobrero de El Pizarral bronco y con cierto sentido. El de Aguascalientes lo intentó; sin embargo, por momentos se vio desbordado por su enemigo, al que había que dejar siempre el trapo bien puesto. Saludó con destacados lances al ensabanado quinto. Arrancó con brillantez sobre la derecha, pero el valeroso trasteo decayó…
Su parecido físico con Fernando de los Reyes El Callao, torero de su misma cuerda, consentido de la afición de la Plaza México, despertó viejos sentimientos dormidos que le permitieron gozar por algún tiempo, del favor de la plaza más grande del mundo, pues tras de su confirmación madrileña entró en un bache del que luchaba por salir cuando el toro de la carretera se interpuso en su empeño.

José María Luévano falleció el 24 de enero de 2011 en un accidente de tráfico en las cercanías de San Juan del Río, Querétaro, donde residía con su familia.

lunes, 11 de agosto de 2014

Calesero, en el centenario de su natalicio (y II)

La Tauromaquia de Calesero

La verónica de Calesero
La noción general sobre la tauromaquia de Calesero es en el sentido que alcazaba niveles de excelsitud con el capote, pero que decaía notablemente en el último tercio de la lidia, en la que quizás fue la última entrevista que concedió, Alfonso Ramírez confió a Marysol Fragoso, de la revista Campo Bravo lo siguiente:
Toreaba muy bien con el capote, es cierto, pero no lo hacía mal con la muleta. Lo que pasaba a veces es que al llegar a ese momento el toro ya había cambiado de lidia. Entonces yo no lograba estar al mismo nivel. Desgraciadamente, en México, el aficionado es torerista y no reconoce los recovecos del toro bravo. El toro puede cambiar de lidia en un segundo y el torero tiene que estar listo para enfrentar esa situación. Eso lo vimos siempre en las faenas de los maestros Domingo Ortega y Fermín Espinosa Armillita, que tenían una cabeza torera privilegiada y un dominio pleno de la técnica, pero, para el resto de los toreros, no es fácil mantener ese nivel cada tarde. Esa situación le pasó a muchos matadores y me pasaba a mí también, por eso llegaron a acusarme de desigual y de que no era capaz de cuajar una faena completa a un toro. No hay que olvidar que el juego de los toros siempre es distinto, pero el torero siempre es el mismo, y aunque con el paso del tiempo, puede mejorar sus capacidades y recursos, siempre será el mismo. Por eso es tan difícil llegar a ser una figura del toreo. ¡Vaya castaña!... (Campo Bravo, año 8, número 30, mayo – agosto de 2001, página 38)
A riesgo de meterme en un berenjenal, voy a tratar de teorizar un poco sobre lo que a mí me parece que motivó la especialísima tauromaquia de Calesero.

Es importante resaltar el momento histórico en el que Alfonso Ramírez abrazó la torería como profesión. Era el principio del siglo XX y quienes le instruyeron en los secretos de la lidia – los hermanos Rodarte – eran toreros que iniciaron sus primeras armas quizás en la década final del siglo XIX, observando una tauromaquia muy cercana a la prescrita por Paquiro en su tratado y que se caracterizaba por tener un amplio ejercicio durante los dos primeros tercios de la lidia, es decir, en las tareas de quitar al toro de los caballos – entonces se picaba sin peto – y en la colocación de las banderillas. El último tercio tenía por finalidad el preparar el toro para la estocada y su brevedad era aplaudida.

Entonces, durante el tercio de varas, se comienza a desplegar una larga serie de intentos por los lidiadores de a pie para encontrar el lucimiento y así nacen suertes como la verónica, la navarra, la suerte de frente por detrás o a la aragonesa, la de la tijerilla, los recortes y los galleos con la capa, o los saltos sobre el testuz, al trascuerno o con la garrocha, que eran practicadas en las coyunturas que procuraban tanto los quites que se hacían a los picadores, como la brega para poner al toro en suerte. Como afirma José Alameda, el hilván y la contextura de la lidia eran otros en esos tiempos.

Con los cambios que por lógica impone el paso del tiempo, es evidente que los Rodarte se hubieran formado en una escuela taurómaca inspirada en los principios de que el lucimiento se obtenía en los quites y con las banderillas y que la faena de muleta se debería limitar a lo estrictamente necesario para encontrarle la muerte al toro. Seguramente esa es la manera de torear que ellos – los Rodarte – transmitieron a sus discípulos y de acuerdo con el grado de dominio que adquirieron sobre ella, fue más o menos larga su trayectoria en los ruedos.

El progreso de la tauromaquia conduce a que el toreo de capa caiga en desuso. Tras de los primeros escarceos de Joselito con aquél toro de Martínez y después con las faenas de Chicuelo a Lapicero y Dentista de San Mateo en México y a Corchaíto de Graciliano Pérez Tabernero en Madrid, la faena de muleta esperada y pedida por los públicos ya no era aquella en la que se debía mostrar nada más que se podía con el toro, se pide el toreo en redondo, exigiéndose que así como El Pasmo ligó cinco verónicas sin enmendar, se hiciera así con los naturales y los ayudados, engarzados en lo que hoy llamamos series, en donde prácticamente no hay una solución de continuidad.

Por otra parte, la idea de la lidia cambia también con el toro y con la suerte de varas. Cuando se introducen los petos para los caballos de picar, se permite al toro romanear, pero también se le infringe más castigo, restándole la fuerza que llegaba a conservar antes de los referidos petos, aparte, los picadores pueden rectificar, recargar y hasta barrenar, porque ya no tienen que cuidar el pellejo propio y el de su cabalgadura. 

¿El resultado? Un toro menos potente, menos agresivo, que no permite una gran cantidad de quites floridos. Aparte, el toro comienza ser genéticamente determinado, para que su comportamiento durante el último tercio de la lidia sea menos bronco, rebrincado, se procura la suavidad que requiere la ligazón de los muletazos, entonces, hay la necesidad de sacrificar alguna etapa de la lidia y de una manera digamos, natural, es el primer tercio el que sufre la reducción, por las circunstancias apuntadas al inicio de este apartado.

Despedida de Calesero
(Aguascalientes, 13 de febrero de 1966)
Entonces, me arriesgo a enmendar la plana al Maestro Calesero y a afirmar que su notoria diferencia de brillantez entre el primero y el último tercio no se debía a una falta de cabeza de su parte, como parece insinuarlo en la transcripción anterior o al hecho de que no fuera un torero completo, pues seguramente que lo fue. Simplemente y esto es mi apreciación, es que Calesero practicó una tauromaquia que para el momento en el que tuvo que competir por encontrarse un sitio entre los principales de la torería de su tiempo, había caído en el desuso. Ya había ocurrido la revolución belmontina y se habían realizado las referidas faenas de Chicuelo a Lapicero, a Dentista y a Corchaíto, mismas que marcan el parteaguas histórico de la manera de lidiar a los toros, adquiriendo desde entonces primacía la faena de muleta, que de ser un trance meramente preparatorio para el final de la lidia, a ser la parte más importante de ésta.

Así pues, Calesero a mi juicio, paseó por los ruedos del mundo, durante una larga parte del siglo XX, quizás durante siete de sus décadas, una impoluta tauromaquia decimonónica, misma que aderezó e hizo propia, con sus propias creaciones y con el ejercicio prístino y personalísimo de las creaciones de otros de sus pares, principalmente toreros mexicanos, como la gaonera del Califa Rodolfo Gaona; la tapatía, el quite de oro, o la orticina del Orfebre Tapatío Pepe Ortiz, la fregolina de Ricardo Romero Freg o la saltillera de Fermín Espinosa Armillita, que sumadas a la caleserina y el farol invertido del trianero, resumen un brillante muestrario de lo que, pudiera considerarse una verdadera escuela mexicana del toreo.

Hoy en día, muchas de esas suertes han caído en el desuso. Los toreros actuales se han refugiado en la chicuelina y la navarra, llamada por estos pagos chicuelina antigua, desperdiciando una extraordinaria y lucida tradición de creación capotera. Más no todo parece estar perdido, El Juli tuvo la lucidez de acercarse a Calesero en su primera incursión mexicana y de aprender las creaciones de éste, que durante algún tiempo ejercitó en los ruedos del mundo, extendiendo la figura y la leyenda de su creador, Alfonso Ramírez Calesero.

Una interesante entrevista al torero se puede ver en el siguiente vídeo, realizada por el periodista de Guadalajara, Nadim Alí Modad:



Calesero falleció el 8 de septiembre de 2002 en la Ciudad de México. Sus restos descansan en la Rotonda de los Hombres Ilustres de la tierra que lo vio nacer.

domingo, 10 de agosto de 2014

Calesero, en el centenario de su natalicio (I)

Y, viéndote torear,
asomada al palomar
una paloma taurina
no cesa de aletear
como queriendo imitar
tu sin par chicuelina,
o aplaudir
tu verónica trianera
- viento poema de abril -
con rumor a Aguascalientes 
y olor a Guadalquivir . . .

Manuel Benítez Carrasco

La casa en la que nació Calesero hace 100 años
José Alfonso Ramírez Alonzo – así, con “z” está en su partida de nacimiento – nació el 11 de agosto de 1914 en la calle de la Cárcel, hoy el número 506 de la calle de Cristóbal Colón, en el Barrio de Triana o Barrio del Señor del Encino. Hijo del farmacéutico Justo Ramírez Sánchez, y su esposa Rosa Alonzo Parga – también con “z” está en la partida de nacimiento – Alfonso fue el cuarto de cinco hijos, de los cuales, estuvieron ligados a la fiesta Jesús, que fuera por casi cuatro décadas el empresario de la plaza de toros San Marcos y Arnulfo, que pretendió ser novillero en su día y que después fuera un destacado aficionado práctico. El otro varón, Ernesto, fue actor y director cinematográfico y de televisión, siendo conocido internacionalmente como Ernesto Alonso.

Casó el 28 de abril de 1942 con la señora Alicia Ibarra Mora, cuya familia también tenía ligas con la fiesta de los toros, pues en el año de 1948, en sociedad con los hermanos Armillita, Juan y Fermín Espinosa, el padre de ella, Antonio Ibarra Pedroza, funda la ganadería de Santa Rosa de Lima, de la que derivan las actuales de Medina Ibarra y San Isidro.

Del matrimonio Ramírez Ibarra nacieron seis hijos, Alfonso, José Antonio, Francisco, María Alicia, Virginia, Alejandra y Victoria. Los tres varones son matadores de toros, recordándose de Alfonso, que se anunciaba como Calesero Chico, la faena que realizara en la Plaza México al novillo Monarca de San Antonio de Triana el 14 de junio de 1964 y la de José Antonio El Capitán a Pelotero de San Martín el 9 de octubre de 1977, en la decimoséptima novillada de esa temporada. Actualmente un nieto de Calesero, César Alfonso Castro Ramírez también es matador de toros, anunciándose como El Calesa, representando con ello, la tercera generación de matadores de alternativa de esta familia.

Surge El Calesero

A espaldas de la casa de la familia Ramírez Alonso se ubica la calle que fuera conocida como calle de la Asamblea o calle Ancha, que recorre todo el costado Poniente del templo parroquial y del Jardín de la Paz, hoy conocida como la calle de Eliseo Trujillo. Relataba don Rubén Ramírez Cervantes, que en esa calle y en el jardín, los hermanos Rodolfo, Ramón y Julián Rodarte, toreros avecindados en Aguascalientes, pero originarios de Monclova, Coahuila, hacían ejercicio y practicaban el toreo de salón, poniendo en práctica las enseñanzas que recibieran de Enrique Merino El Sordo, banderillero sevillano que actuó en México desde finales del siglo XIX y que estuviera en la cuadrilla de Antonio Montes en la temporada de 1907, cuando el toro Matajaca de Tepeyahualco le infiriera la cornada que a la postre terminó con su vida. Pronto se agregan varios niños y jóvenes que atraídos por la actividad que los Rodarte desarrollaban, pronto se integraron a su ejercicio, iniciándose lo que se considera la primera escuela taurina de nuestra Ciudad.

Los hermanos Rodarte forman una cuadrilla juvenil, patrocinada por el gobernador Isaac Díaz de León y que formaban Rodrigo del Valle El Chino y Alfonso Ramírez, apodado en ese entonces El Cabezón, como matadores y Ricardo García Peña, los hermanos Rubén y Leopoldo Ramírez Cervantes, Manolo García y Juan Jiménez Ecijano de Aguascalientes. La cuadrilla se presenta en la plaza de San Marcos el 9 de agosto de 1927, con un gran triunfo, lo que les lleva a realizar una extensa gira por distintas plazas de la república, destacando la parte de la temporada en la que alternan con los hermanos Pepe y Manolo Bienvenida, que por esas calendas actuaban en México bajo la dirección del inolvidable Papa Negro.

Alfonso Ramírez se separa de la cuadrilla y el 23 de abril de 1930 se presenta como novillero en la feria de abril de su tierra, alternando con Fernando López y Miguel Gutiérrez El Temerario para lidiar novillos de Cieneguilla. El 1 de mayo de ese mismo año se presenta en El Toreo de la Colonia Condesa, en una corrida de concurso, cuyo cartel estaba formado por Manuel Jiménez Chicuelín, Carlos Segura, Manuel Cervantes, Ángel Gómez y Arcadio Ramírez, con novillos de Peñuelas y pese al buen astado que le correspondió, solo pudo demostrar que su toreo de capa no era cosa de todos los días. Con la espada estuvo fatal, sonándole los tres avisos desde el palco. Sobre su actuación de esa tarde, el influyente periodista Carlos Quirós Monosabio sentenció lo siguiente: Alfonso Ramírez será torero el día que a las ranas les salgan pelos

Será hasta 1935 cuando vuelva a El Toreo, apoyado por un comerciante catalán llamado Vicente Lleixá, que para presentarlo con Eduardo Margeli y evitar que éste se negara a programarlo nuevamente, le impone el apodo de El Calesero, mote con el que a la postre, Alfonso Ramírez sería conocido en todo el planeta de los toros. La tarde de su reaparición fue exitosa y le permitió desarrollar una intensa campaña que le llevaría a convertirse en matador de toros.

El 24 de diciembre de 1939, Lorenzo Garza, en presencia de David Liceaga, cede simbólicamente la lidia del primer toro de los de San Mateo corridos esa tarde, llamado Perdiguero. Confirmará ese doctorado en Madrid, en la plaza de Las Ventas el 30 de mayo de 1946, cuando lidiando cinco toros de Arturo Sánchez Cobaleda y uno de Julián Escudero, Pepe Luis Vázquez, con el testimonio de Pepín Martín Vázquez, le cede los trastos a Calesero.

Dentro de su dilatada carrera en los ruedos, Calesero encabezará el escalafón mexicano los años de 1958, 1959 y 1960 y se despidió de la Plaza México el 20 de febrero de 1966, tarde en la que alternó con Manuel Capetillo y Raúl García en la lidia de toros de Valparaíso. El último toro que mató vestido de luces en la plaza más grande del mundo fue Mañanero, del que se le otorgó una oreja. 

No obstante esa despedida, actuó en cinco festejos más, destacando el del 24 de julio de 1966, en Ciudad Juárez, mismo en el que dio la alternativa a su hijo Alfonso y el que Luis Ruiz Quiroz registra como celebrado el 2 de febrero de 1968, en Sombrerete, Zacatecas, alternando con Manolo Espinosa y Manolo Urrutia, corta cuatro orejas y un rabo a los toros de Torrecilla que le tocaron en suerte, siendo esta la última vez que vistió el terno de seda y alamares.

El Poeta del Toreo

Calesero siempre se distinguió por la calidad y la variedad de su toreo durante el primer tercio. Ejecutaba la verónica con gran pureza y aparte de sus creaciones, el farol invertido y la caleserina, era pródigo en la ejecución de una extensa variedad de suertes y de remates, como la larga cordobesa, que le valieron diversos calificativos encomiásticos, perdurando el que le impuso José Alameda, llamándole El Poeta del Toreo

Las Horas Doradas

Detalle de la placa colocada al exterior de la finca
Varias son las efemérides que se pueden recordar en la dilatada trayectoria de Calesero, como la del 15 de febrero de 1942, cuando en la plaza El Progreso, de Guadalajara, cortara las orejas y el rabo al toro Danzante de Rancho Seco; la del 19 de enero de 1946, en Orizaba, cuando actuando al lado de Fermín Rivera y Manolete, ante su brillante toreo de capa, el director de la banda de música le tocó el himno nacional, parando con sus huesos en la cárcel por semejante desacato; o la del 20 de abril de 1958, en El Toreo, ya en Cuatro Caminos, fecha en la que alternando con Manuel Capetillo y José Ramón Tirado, corta dos orejas a uno de los toros de Santacilia que le tocaron en suerte; o la del 18 de enero de 1959, cuando de nuevo en Guadalajara, se lleva las orejas y el rabo de Yuca de Tequiquiápan, actuación de la que Ignacio García Aceves, empresario de El Progreso dijera que de estar Calesero así todas las tardes, sería el dueño del Banco de México.

Pero la cota más alta de su andar por los ruedos del mundo la alcanzó Alfonso el de Triana el día 10 de enero de 1954, fecha de la reaparición de Fermín Espinosa Armillita en la Plaza México, completando la terna de esa tarde otro maestro, Jesús Córdoba, para lidiar toros zacatecanos de Jesús Cabrera. Carlos León tituló así su crónica para el diario Novedades: El Calesero saturó de arte la Plaza México; cortó una oreja, pero mereció el Premio Nóbel de la torería. En la manera epistolar que él acostumbraba, dedicada en este caso don Rodolfo Gaona, nos narra lo siguiente:
…¡Tarde completa y milagrosa, desde el quite al primer toro hasta la triunfal salida en hombros! Izado como un héroe sobre las cabezas de una multitud alucinada, se lo han llevado por las avenidas de la urbe, y para que este homenaje estuviera en consonancia con lo que El Calesero realizó, habría que traerlo en hombros durante todo el resto de la semana, hasta volver a depositarlo sobre la arena del circo monumental… ¡Qué alegría siente el aficionado cuando triunfan los auténticos artistas del toreo! Estoy seguro de que usted, si hubiera contemplado lo que en los tres tercios de la lidia realizó el diestro hidrocálido, habría sentido una gran emoción estética y, muy en lo íntimo, la satisfacción de ver resurgir a quien es capaz de seguir su escuela y continuar el dogma artístico que usted dejó como ejemplo de lo que debe ser el arte del toreo. Pues en esta tarde tan maravillosa que nos ha dado Alfonso Ramírez, no creo equivocarme al asegurar que usted hubiera sido el primero en decir: ¡Boca abajo todo el mundo, que ahí está uno de mis herederos!... He de confesarle, maestro, que hacía muchos pero muchos años que yo no sacaba el pañuelo en demanda de la oreja. Y hoy, ¡con qué alborozo me he unido al clamor popular, celebrando el renacimiento de un auténtico torero! La concesión del apéndice parecía poca cosa, pues para estos casos insólitos y ejemplares del bien torear, habría que ir pensando en inventar trofeos igualmente singulares. Pero, en esas dos vueltas al ruedo y en ese saludar desde los medios, se hará justicia a quien ha triunfado al fin en el ruedo de la metrópoli…
La partida de nacimiento de Calesero
Se pueden recordar también sus actuaciones en Maracay de 1956, cuando junto a Luis Miguel Dominguín y César Girón, Calesero corta las dos orejas al primero de los toros mexicanos de El Rocío, para salir a hombros; la que resultara su despedida de Caracas en 1957 con Curro Girón y Antonio Ordóñez, ante toros de Peñuelas; otra tarde en Guadalajara, de nuevo con toros de Tequisquiapan, el primer día de 1961, cuando mano a mano con Pepe Cáceres corta otro apéndice caudal, o su gran faena a Tarasco de San Mateo, también en El Progreso el 16 de diciembre de 1962, o las ocho orejas y un rabo de la despedida en Aguascalientes, el 13 de febrero de 1966. 

Después de que dejó de vestir de luces, Calesero actuó en un gran número de festivales benéficos. Uno de los que trascendieron, fue el organizado por Filiberto Mira y la cadena radiofónica SER organizaron en beneficio de las obras asistenciales de Radio Sevilla. Tuvo lugar el 18 de octubre de 1980 y actuaron en él Álvaro Domecq Romero, para enfrentarse a un novillo de Fermín Bohórquez y a pie, Calesero, Manolo Vázquez, Curro Romero, José María Manzanares, Tomás Campuzano y Manolo Tirado, para lidiar novillos de Juan Pedro Domecq, asunto del que ya me he ocupado en esta bitácora.

El día de mañana, dada su extensión, concluyo con estos apuntes.
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