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miércoles, 30 de diciembre de 2020

Hasta pronto don Gus

Don Gus de Alba
Hoy por la mañana se nos ha ido por delante el inefable don Gustavo Arturo de Alba Mora, conocido universalmente como don Gus. Tras de un paso interesante por las veredas de la producción cinematográfica, regresó a su tierra natal y se dedicó al periodismo, arrancando al inicio de la década de los 90 una revista que inicialmente se llamó Crisol y posteriormente por alguna cuestión legal se transformó en Crisol Plural. Fue una publicación que intentó fundir el análisis político de calidad, con otros contenidos de tipo académico y tendré que decirlo, lúdico, porque siempre en las páginas de Crisol hubo un espacio para la tauromaquia.

Andados unos cinco años de la publicación, don Gus me invitó a publicar mis pareceres con relación a la fiesta en las páginas de su revista. Me aceptaba artículos y después me pidió que le hiciera la crónica de los festejos novilleriles que se daban en la Plaza de Toros San Marcos. Este último aspecto me era bastante cómodo, porque como no había que salir al día siguiente del festejo, daba tiempo para meditar y componer adecuadamente la relación de lo sucedido en él.

Crisol apareció en papel hasta el año de 2004. Después se mudó al formato digital permaneciendo así hasta el año 2016, cuando por problemas de salud de don Gus, el sitio de Crisol Plural, como el dedicado exclusivamente a temas de cine, tuvieron que cerrar, aunque ambos reabrieron un año después y se mantienen en Crisol Hoy y Cineforever.

En el año 2004, tuve la oportunidad de compartir con don Gus, el maestro Julio Téllez y el licenciado Alejandro Bernal Rubalcava la recopilación y organización de textos para el libro que el Gobierno del Estado de Aguascalientes editó en honor de Alfonso Ramírez Calesero. En esas maratonianas jornadas don Gus ponía el ingrediente del conocimiento local de la época dorada del Poeta del Toreo y he de ser honesto, fue corrector de estilo de muchos de los textos que al final se presentaron, pues tenía una innata habilidad para ello.

El capítulo que se echó a cuestas para esa obra se titula Con estos ojos…, haciendo alusión a una expresión que con frecuencia externaba don Arturo Muñoz La Chicha. En él hace un repaso a la rivalidad que en los tendidos y en la sociedad generaron Calesero y Rafael Rodríguez. Era un tiempo en el que en Aguascalientes todo el mundo se conocía. Allí nos cuenta:

Mi padre era aficionado de sombra. Lo fue, en los años cincuenta, cuando me empezó a llevar a los cuatro o cinco años, por lo menos a una corrida de feria cada abril. Años en que la pasión hervía en los tendidos y había una especie de lucha de clases en la plaza, resuelta de forma sumaria y enfática, con un maniqueísmo determinante: los de sombra o sea los curros, los apretados eran del partido caleserista, mientras del otro lado, los del tendido cálido respondían al embrujo del atropellamiento valiente y eruptivo de Rafaelillo

Hoy cuando han pasado más de cuarenta y tantos años y me apresto a presentar un trabajo en la Peña, que desde hace más de un año venía posponiendo aunque no por ello dejaba de articularlo, tratando de encontrar un acercamiento a lo que pretendí llamar desde un primer momento: Con estos ojos que se han de comer los gusanos…, en referencia al siempre recordado e inolvidable compañero de tertulias taurinas don Arturo Muñoz La Chicha y con el cual intentaba explicar mi tránsito por los tendidos o como quizás Gustavo Flaubert lo hubiera dicho: La educación sentimental de un aficionado, se agolpan en mi cerebro las reminiscencias de mis primeros pasos en la afición taurómaca, los cuales seguramente no fueron muy dispares, a los de otros niños de cinco años, a los que en una primera reacción, quizás inducida por la propia madre, se horrorizan al contemplar los borbotones de sangre que emergen del lomo del toro después de ser picado, y para apaciguar su llanto o por lo menos el susto, los sollozos buscan ser disipados ofreciéndole al escuincle un vaso de refresco o un dulce como tranquilizante.

Una tortura efectivamente, de la cual muchos logramos sobrevivir, en virtud de que una razón u otra regresamos a la plaza, quizás primero porque resultaba muy divertido corretear por el graderío, antes de que iniciara la corrida o se llenara el tendido de la San Marcos, o simplemente porque era un día de fiesta, en el cual nuestros padres nos sacaban de nuestra rutina diaria, ya rota con la compra de unos zapatos nuevos o alguna prenda de vestir, como era menester hacerlo al llegar el 25 de abril, durante la feria en Aguascalientes.  

Después venía el paseíllo y la cosa se animaba con el público, sobre todo con el de los pelafustanes de sol, quienes tímidamente daban sus primeros lances de tanteo, con gritos cordiales que buscaban incitar a los alternantes a dar la tarde de su vida o si estaba Calesero no faltaba el famoso grito del popular aficionado La Ampolla: A ver si ahora sí, mi Calesa. Y entonces el paladín de los curros esbozaba una ligera sonrisa, como para darle esperanzas al respetable, la cual solía irse desdibujando con la muerte del primero de sus enemigos, en que el matador al dirigirse al callejón, voltear al tendido y replicar a la silbatina con su característico gesto de la mano derecha en que, en forma de rehilete, trataba de decirnos que lo esperáramos para el siguiente. Y entonces desaparecía de plano la sonrisa al doblar el segundo de su lote. Y vuelta a resonar el grito de La Ampolla: ¿Y ahora cuándo? Para que el torero volviera a responder: A la próxima, lo cual significaba el siguiente año. . .   Anécdota que quizás todos los aficionados a los toros en Aguascalientes hemos escuchado alguna vez y que tiene algo de verdad, pero también mucho de mítica, si no como explicarnos entonces que por más de 18 años en que coincidieron en los ruedos Calesero y Rafael, el mundo de los toreros, en la tierra de la gente buena, girara en torno de estos dioses del Olimpo taurino, mientras el de los toros era dominado por La Punta.

Pueblo chico. . .

Ser aficionado en Aguascalientes, en esos años significaba ser Caleserita o Rafaelista, y cuidado con que alguien quisiera salirse por la tangente manifestando una improbable neutralidad, o algo peor, que buscara quedar bien con Dios y el Diablo. Era un mundo de etiquetas: si uno iba a sombra asumía un aire de suficiencia y arrogancia elitista, para sobrellevar las rechiflas y los lanzamientos de anilina y de agua de riñón de los desarrapados de sol, orgullosos trabajadores del riel, en su mayoría y cuyo campeón no era otro que El Volcán, orgullosamente salido de un hogar humilde, con una infancia colmada de estrechez económica, pero que al arriesgar la vida, como muy pocos lo han hecho enfrente de los pitones de un toro, pudo llenarse las bolsas de dinero. (Algo que resulta inalcanzable para la mayoría de los toreros de ahora, en que la tacañería y ceguera de los empresarios los lleva a regatearles los duros a los toreros, aunque estos estuvieran dispuestos a partirse el alma, como lo hacía en sus tardes de gloria Rafaelillo).

Por su parte, Calesero se comportaba con donaire y altivez, haciendo sentir a su paso que era un torero de los pies a la cabeza, tanto en el ruedo como fuera de la plaza, pues si bien su padre don Justo Ramírez Sánchez, aficionado de prosapia, no era el hombre más rico del pueblo, si tuvo la suficiente holgura económica, como para en alguna ocasión ser empresa para que su chaval pudiera torear en un festival o algunas novilladas, antes de dar el estirón definitivo que lo llevaría a encumbrarse, merced a su genial destreza con el capote, en El Poeta del Toreo. Amén que algo le ha de haber servido, el hecho de que su hermano Jesús fuera el empresario de la San Marcos, durante muchas temporadas, para que toreara por lo menos una de las corridas de Feria, cada año.

Claro que la altanería, o por lo menos los aires de prosapia de que hacía gala Calesero, tenían su complemento con quienes formaban la parte más visible de sus correligionarios, principalmente en las barreras de sombra, en que en esos años era fácil identificar a los reconocibles: don Enrique Castaingts, con su característico puro, teniendo, regularmente de compañeros a don Julio y don Benito Díaz Torre, don Anselmo López, don Manuel Ávila, don Emilio Berlie, claro está que todos con sus respectivas esposas, a las cuales pido disculpas de no mencionarlas por su nombre, para no caer en la descortesía de olvidarme de alguna de ellas. También batían palmas por las gestas de Calesero don Antonio Garza Elizondo; Rodolfo El Ronco González, a quién recuerdo invitándonos, la noche del 13 de febrero de 1966,  a seguir la sobremesa de la fiesta de homenaje al Poeta en su aristocrática casa que tenía por los rumbos del Jardín de San Marcos, una vez que don Juan Andrea (otro Caleserista) cerró las puertas del local de los Rotarios, en Jardines de la Asunción, donde se había servido una suculenta cena, para más de 150 comensales, después de la apoteósica despedida en la San Marcos del torero del Barrio de Triana. En este recuento no podía faltar en las filas del arte el siempre célebre Abogao Jesús Ramírez Gámez, Carmelita Madrazo, don Humberto Elizondo Garza, el Dr. Alfonso Pérez Romo, el Lic. Alejandro Mora Barba, el Dr. David Reynoso Jiménez, Jorge Durán Valadez, Leopoldo y Rubén Ramírez Cervantes, el Lic. Jesús Antonio de la Torre García, don Salvador Hernández Duque, Humberto Morales El Catrín, Carlos Macías Peña, Alberto El Negro Santacruz, Humberto Martínez de León y del gremio de los ganaderos, tengo la impresión que eran del bando de los curros don Lucas González Rubio, don Miguel Dosamantes Rul, don Celestino Rangel Aguilar, mejor conocido por El Tato al cual me lo llegó a presentar mi padre en los corrales de la plaza en donde estaba una corrida de Garabato y, como siempre que había festejo, solía ir a ver los toros antes del sorteo. Tendría entonces yo unos cinco o seis años y siempre me quedó la sensación de que era un gigantón, con un timbre de voz algo fuerte, cuyo tono, sin llegar necesariamente a provocar temor, obligaba a prestarle atención, aunado a que siempre traía fajada al cinto a Doña Genoveva, como denominaba al enorme pistolón que siempre lo acompañaba, al igual que su enorme e infaltable puro. Otro ganadero que expresaba su simpatía por El Calesa era don José C. Lomelí, de Corlomé

Podría tratar de seguir enumerando a otras distinguidas personalidades, pero temo que podría llegar a convertirse en un catálogo de quién era quién en Aguascalientes en esos años y a lo mejor corro el riesgo de etiquetar como caleserista a personas que militaban dignamente en el bando de los rafaelistas como fue el caso de Jorge López Yáñez, Ramón Morales, los hermanos Jaime y Juan José Macías, el Dr. Antonio Ramírez, Bernardo Herrera, Chito Ponce, el Dr. Oscar Hernández Duque y su sobrina Martha, los cuales aunque asiduos asistentes de sombra, nos demuestran que esa partición caprichosa de los dos bandos divididos por la localidad, es antes que nada una simplificación de una pasión que desbordaba los límites arbitrarios de clase social. Aunque para terminar con este apartado quiero dejar apuntado que mientras se vio natural que Calesero se casara con doña Alicia Ibarra Mora, miembro prominente de una familia reconocida en la localidad, en tanto la unión de Rafael con doña María Teresa Arellano Madrazo, recibió algunas críticas de esa sociedad, que sin tener vela o justificación para opinar fruncieron el ceño y cuestionaran dicha unión, que en rigor era un asunto de dos; pero ya sabemos que pueblo chico, infierno grande...

¿Lucha de clases?

No había que ir muy lejos para encontrar de manera inmediata, con esos antecedentes y sin necesidad de tener brochazos de marxológo, la comparación fácil de una lucha de clases que se dirimía, año tras año, durante la Feria de San Marcos, en el ruedo del centenario coso de la calle de Democracia: ricos versus pobres, curros versus descamisados, los de sombra frente a los de sol.  

Sin embargo, creo que esa rivalidad va más allá de la lucha de clases o quizás mejor dicho la trasciende, con algo más importante y que con el paso de los años se ha perdido en la afición aguascalentense: la emoción, el interés profundo por la fiesta y que esta fuera cosa atractiva, aun para los no aficionados. Aquellos que no iban a la plaza solían acercarse, con genuina atención, a los conciliábulos de taurinos, que se formaban, ya fuera en la legendaria Bolería Calesero, en el Parián, o los cafés de la época, para preguntar como habían estado el Calesa y el Volcán, aun cuando no fuera tiempo de feria. Los toros eran tema de cuidado general y vital para los aguascalentenses. 

En la década de los ochenta pudo haberse dado una rivalidad semejante, pero ya sea por miopía de los empresarios o porque eran ya otros tiempos, simple y llanamente, los Armillita y los Sánchez, nunca pudieron llegar a la cima de ser símbolos o paladines de un enfrentamiento épico, cuyas hazañas en el ruedo, repercutieran más allá de las puertas de la Monumental o el ceñido mundo de los toros, para volverse personajes emblemáticos que representaran a sectores amplios de la población.  

No puedo asegurar que Calesero y Rafaelillo dividieran, hasta el encono, a las familias, pero si me consta que en mi casa mi padre defendía a capa y espada su predilección por la exquisitez taurina del oriundo del Barrio de Triana, frente a la forma atrabancada de encimarse en los toros de Rafael, al tiempo que mi hermano mayor, Manuel, intentaba convencerlo de la profundidad y valía del Volcán, sobre todo después de que su franela se viera influida por don Fermín Espinosa Armillita, al grado de que algunos aficionados de aquellos años están dispuestos a sostener que hubo dos Rafaeles, uno de los primeros años en que era todo ímpetu, enjundia y valentía, mientras que a partir de 1954 o 55, había emergido otro, el cual hacía el toreo más reposado y con mayor sentido de las formas clásicas. Discusión que en el momento era bizantina, tanto en mi hogar, como en las tertulias de la ciudad, porque como ya lo he señalado antes, ambos toreros se tornaron para aquí arquetipos, modelos y como tales había que aceptarlos o desecharlos. Se era y quizás aún hoy día en Aguascalientes se es Caleserista o Rafaelista, antes que otra cosa, como aficionado a los toros.    

Posdata o Toro de Regalo

Tenía yo doce años cuando un 24 de abril, debido a un compromiso de última hora que le salió a mi padre, cuando estábamos al filo del mediodía, en las instalaciones de la Exposición Ganadera, durante la Feria, me dice que no va a poder ir a la corrida de ese día, pero que consideraba que ya estaba lo suficientemente grande para ir yo solo a los toros. Me entregó tres boletos de sombra, para que regresara dos en las taquillas y el otro lo usará para entrar, procurando sentarme, más o menos en los lugares de costumbre, a la mitad del tendido de sombra, cerca de donde se pone el Juez de Plaza en la San Marcos, porque allí habría gente conocida por si algo se me ofrecía y lejos de los malditillos de sol. Sin embargo uno era joven y hete aquí que me entra la ambición y por lo pronto en lugar de ir a buscar a don Julián Rodríguez para devolverle los boletos, me arriesgué a venderlos en la reventa. Resulta que me encuentro a unas personas que necesitaban tres y que traían un boleto de sol, por lo que me ofrecen el trueque, dándome a ganar lo de uno de sombra, que en aquellos años valían $40.00 pesos y los de sol $20.00 o sea que me dieron $120.00 y la entrada de sol. Feliz estuve en la corrida disfrutando de las habilidades de Carlos Arruza El Ciclón con su toreo a caballo, a Luis Procuna en una de sus tardes desafortunadas, mientras que Calesero cortaba la oreja de su primero y Gabriel España cumplía con el compromiso de salirle a un bravo encierro de La Punta. Claro que durante el festejo tuve buen cuidado de esquivar las bombas, o mejor dicho los calcetinazos de anilina, al igual que los baños de cerveza de segunda, para que no me fuera a descubrir mi papá al llegar a la casa; pero en cuanto abrí la puerta del hogar, ya estaba mi progenitor con una cara de pocos amigos, solicitándome explicaciones, porque nuestro vecino Pancho Muñoz, le había ya dado la reseña de la corrida, agregando el comentario de que me había visto en el tendido de sol. Así fue que descubrí que había un pueblo que nos vigilaba.  

No tiene caso detallar el regaño de santo y señor mío que se me echó, por cometer el desacato de arriesgarme a ir a sol, donde se corrían enormes peligros con los pelafustanes que allí asistían. De nada me valió que regresara con la ropa impecable de limpia, no había excusa y por lo tanto el día siguiente se me castigaba negándoseme la ida a la corrida. Y claro que mi osadía tuvo un enorme peso histórico, porque resulta que ese 25 de abril toreaban mis favoritos Calesero y Luis Procuna, junto con Rafael Rodríguez

Creo que a estas alturas del relato ustedes ya adivinaron que fue la tarde de la apoteósica faena a Poeta de San Mateo y así me convertí en uno de los pocos aficionados que se perdieron de contemplar dicha hazaña, entre más de doce mil aficionados que sí pudieron hacerlo. Sí, ya sé que el aforo de la San Marcos, es sólo de cuatro mil espectadores, pero con el paso del tiempo han sido tantos los que me han contado que estuvieron esa tarde en la plaza que entonces ese día, en lugar de milagros de panes, hubo multiplicación de asientos.

Siete años después, a la cita que no falte fue a la de estar la tarde del 13 de febrero de 1966 en la antigua Plaza San Marcos, para ser testigo de la despedida en Aguascalientes de Calesero encerrándose con seis toros de diferentes ganaderías.

La apoteosis en esa legendaria corrida vino en el quinto de la tarde, un toro de Reyes Huerta al cual indultó, y le colocó el único par de banderillas que ejecutó: un enorme par al quiebro al filo de las tablas, cuya visión me ha perseguido siempre, pues aunque si hago un esfuerzo, por recordar algunos otros detalles, como una serie de verónicas en que fue sacando al toro a los medios, siempre, pero lo que es siempre, si alguien me pregunta cuáles son las imágenes de ese arte efímero que es el toreo se me han quedado más grabadas, indudablemente que la número uno es ese inmortal momento en que Calesa clavó ese portento de suerte, en el segundo tercio, y dado que el tiempo siempre hace grande al pasado, no creo que otro detalle llegue a quedárseme impreso en el fondo de mi corazón taurino, como ha quedado clavado ese par al quiebro.

Esa es la impresión que recuperó don Gus de una época que en Aguascalientes fue dorada. Lo fue para la vida en sociedad y para la fiesta de los toros. La partida de don Gus nos deja sin un relator de su categoría para continuar recuperando la memoria de tiempos que, pareciendo idos, nos resultan necesarios para entender lo que actualmente somos y a mí me deja con un amigo menos, con lo escasa que está la amistad verdadera en estos tiempos que corren.

Mi solidaridad para Carmen Luz, su esposa y para Diego, Alejandra y Hernán, sus hijos. Una pérdida así es irremplazable, pero como me vi en la necesidad de expresarlo hace unos días, se tiene que aprender a vivir con ella.

¡Hasta pronto don Gus!

domingo, 5 de julio de 2020

Los giros de la fortuna (IV)

Rocky Moody. La férrea voluntad de querer ser torero

Colfax, Iowa

Años después de su lesión
Rocky Moody seguía siendo
un reclamo en Ciudad Juárez
Colfax, Iowa, en el middleast norteamericano, es una población que se fundó en 1866 al influjo de una estación del ferrocarril y una posta de diligencias. Luego se descubrieron yacimientos de carbón, lo que facilitó el desarrollo urbano de la zona, y terminó de detonar ese proceso la aparición de pozos artesianos de aguas de alto contenido mineral que fueron aprovechados con propósitos de salud, dando una época de bonanza al pueblo que terminó con la gran depresión que inició en 1929.

Colfax es conocido además por ser el lugar de origen de James Norman Hall, autor de la novela Mutiny of the Bounty, que fue llevada al cine al menos en tres ocasiones, la primera estelarizada por Clark Gable en 1935; la segunda en 1962, con Marlon Brando en el papel principal, siendo nominada a siete premios Óscar, aunque ese fue el año en el que Lawrence de Arabia arrasó con todo y la tercera en 1984, con Mel Gibson al frente del reparto.

Pues bien, el 27 de agosto de 1931, cuando Colfax contaba apenas con unos 2,200 habitantes, llega al mundo quien nació como Hallis Ivar Warren en un hogar que hoy llamaríamos disfuncional. Poco viviría Hallis en Colfax, pues ya en 1933 su madre, con él y dos hermanas suyas, se mudó a Moline, en el estado de Illinois, una población diez veces mayor y seguramente con mayores oportunidades de empleo para una madre de familia sola y con tres hijos. De esta etapa de su vida Alameda, en Crónica de Sangre”, agrega:
…la mujer debe buscar el sustento suyo y el de sus cuatro hijos (Rocky tiene tres mediohermanas). El trabajo que encuentra en un restaurante le quita mucho tiempo y le da poco dinero. Tiene que acomodar a sus hijos repartiéndolos entre conocidos. Y el matrimonio Moody adopta al pequeño. Así, se convierte en Rocky Moody. Alterna el trabajo con el estudio. Los años pasan. Va a los clubes campestres como caddy y, cuando no, de lavaplatos. Y hace su high school. Le faltan dos años para terminar cuando decide un cambio. Pasa a una escuela especial de marina. Allí, completa sus estudios y obtiene su diploma…
San Diego y Tijuana

Es llamado al servicio militar obligatorio y por su paso en la escuela especial de marina es enlistado en la Armada de los Estados Unidos. Va al frente de guerra en Corea y después regresa a la base de San Diego en California. Allí, un fin de semana cualquiera, cruza la frontera hacia Tijuana, un domingo y se mete a la plaza de toros. Rocky Moody queda cautivado por lo que allí percibió. Sigue asistiendo cada vez que puede y en 1953, cuando termina su servicio, toma una decisión, será como esos hombres que visten trajes brillantes y juegan con la muerte en una forma más leal que como se hace en la guerra y… ganan dinero. Y busca la manera de conocer la forma de hacerlo. 

Trabaja en diversas ocupaciones para proveerse de sus avíos, lee la literatura taurina que cae en sus manos y cuando se entera que hay toros en los jaripeos del lienzo charro, se apersona allí para intentar echarles capa. Esa es su formación al inicio, valor puro, intuición y ganas de ser. Y con eso, el domingo 10 de abril de 1954, cuando para lidiar toros de La Punta alternaban Pepe Luis Vázquez (mexicano), Rafael Rodríguez y Juan Silveti, allí en Tijuana, se tira de espontáneo en el tercero de la tarde. Lyn Sherwood, en Yankees in the Afternoon cuenta:
…en una tarde en Tijuana, se tiró de espontáneo y de rodillas le pegó varios pases a un toro. La gente respondió con emoción. Esa probatura de gloria para Rocky fue breve pero deliciosa. La policía le echó mano y le llevaban a prisión, pero dos de los matadores del cartel, Pepe Luis Vázquez y Rafael Rodríguez intercedieron por él, por lo que volvió al tendido. Andando el tiempo, serían sus mentores…
Unos meses después, consigue que la empresa le permita lidiar un “novillo de regalo” en una corrida que torearon el rejoneador Gastón Santos y Antonio Velázquez, Rafael Rodríguez y Cayetano Ordoñez en la lidia ordinaria. Se le informa que el novillo es de La Laguna. Sale del paso a su entender. Se gastó todos sus ahorros en el intento, pero tuvo la satisfacción de considerarse ya un profesional.

Esos dos hechos consiguieron que Rocky Moody viniera a Aguascalientes, donde residía Rafael Rodríguez y donde Pepe Luis Vázquez pasaba largas temporadas. Aquí, entre nosotros, Rocky comenzó a aprender el toreo, a entender que no era solamente a base de valor seco y ganas de ser como se puede enfrentar a los toros con alguna probabilidad de éxito. Casi me atrevo a asegurar que Rocky vivía en una casona que está a unos pasos de la Plaza de Toros San Marcos, que durante muchos años funcionó como pensión y en la que muchos norteamericanos relacionados con el mundo del toro se alojaban en su paso por esta ciudad.

Andando para hacer camino

Rocky Moody empezó a aprender el toreo, haciéndolo de salón en la plaza de toros y recorriendo el camino que hacían los principiantes de aquella época. En esta región, era visitar las ganaderías cercanas y en temporada, ir casi en peregrinación a los pueblos de Jalisco en los que se celebraban novenarios y en los que se lidiaban toros de media casta o cebúes y que casi siempre sabían latín. En ese entonces no había escuelas taurinas, el noviciado era duro y el que lo superaba tenía alguna probabilidad de alcanzar el triunfo.

Fueron años difíciles. La prensa que pude consultar no le refleja actuaciones sino hasta el primer día de 1958, cuando en Rincón de Romos torea una corrida mixta con su guía, Pepe Luis Vázquez y le corta una oreja a uno de los de Presillas que le tocaron en suerte. Quizás lo mostrado en esa actuación impulsó a Pepe Luis a recomendarlo a la empresa de Juárez para que le dieran una oportunidad en cuanto hubiera un claro en su programación y así, se anunció a Rocky Moody en la Alberto Balderas de la ciudad fronteriza para el 20 de julio de ese 1958. Alternaría con Raúl García y Jorge Rosas El Tacuba en la lidia de novillos de José María Franco.

Rocky no había estado mal con el tercero de la tarde y ante el sexto salió a buscar un triunfo que le permitiera seguir funcionando en las plazas de importancia. Repentinamente, al intentar un muletazo, el novillo se frena, lo prende y le pega una cornada que desde el primer momento se percibió que era grave por el sangrado que brotaba de la herida.

La intervención fue oportuna pero plagada de complicaciones. La ligadura de la femoral partida – procedimiento quirúrgico comúnmente aplicado en la época – se soltó y comprometió la circulación de la pierna izquierda del torero, además, se desarrolló un proceso infeccioso que puso en peligro la vida de Rocky. Se hizo inminente la amputación. Para ello se le trasladó al hospital militar de Fort Bliss, en El Paso, Texas, mismo en el que, tenía derecho a ser atendido por su hoja de servicios militares.

En el semanario madrileño El Ruedo del 7 de agosto de 1958, se publicó la siguiente información:
Rocky Moody, el novillero norteamericano que resultó cogido en la novillada celebrada en Ciudad Juárez el pasado día 20 del actual, sufrió la amputación de la pierna izquierda por debajo de la rodilla en el hospital William Beatmunt, organismo militar del Fuerte Bliss, de El Paso, en Texas. 
El hospital no proporcionó información alguna a la prensa, y solo se supo que José López, apoderado del infortunado lidiador yanqui, comprobó la amputación. López pudo hablar con Rocky, y este le confirmó que piensa establecerse en Aguascalientes con un negocio. 
Entre tanto, el empresario de Ciudad Juárez organiza un beneficio para Rocky Moody. Ya contestó José Ramón Tirado diciendo que está dispuesto a torear a beneficio de Moody.
Al final fue una novillada la que se llevó a cabo en su beneficio. La información que aparecida en el diario El Siglo de Torreón del 8 de septiembre de 1958, dice:
Ciudad Juárez. 7 de septiembre. – En la plaza “Alberto Balderas”, ante un lleno total, en beneficio de Rocky Moody, siendo ovacionadísimo al presentarse en el ruedo, con novillos de Santo Domingo y Peñuelas. Patricia McCormick fue ovacionada en su lote. Rubén Salazar cumplió en uno y cortó oreja en el otro. Víctor Huerta dio la vuelta en uno y recibió la oreja en otro.
Rodando cuesta arriba

La andadura de Rocky Moody comenzó a ir cuesta arriba. Sus derechos como militar no cubrían una prótesis para su pierna amputada. Así, intentó ser agente de seguros, después lavaplatos y un sinfín de ocupaciones para tratar de subsistir. Alguien se apiadó de él y le regaló una pierna artificial, pero no comprendió que esos adminículos deben ser hechos a medida. Esa pierna postiza era más larga que la natural suya y le producía graves lesiones en el muñón de la amputación, así que dejó de usarla.

Pero después de dar tumbos debido a su discapacidad, Rafael Rodríguez volvería a aparecer en su vida. Y lo traería de nuevo a Aguascalientes. Alameda cuenta que la habitación de Rocky Moody en la pensión estaba como la dejó aquél día de julio de 1958 cuando tomó el tren para Ciudad Juárez, ilusionado porque torearía una novillada con dos de los punteros de México.

Eso debió ser el año de 1960. Una de las primeras cosas de las que se proveyó a Rocky Moody fue de una prótesis adecuada a su persona. Ya con la extremidad artificial adecuada, insistía en que quería y podía ser torero. Entonces El Volcán de Aguascalientes decidió ayudarlo a someterse a una prueba y lo llevó a Xajay, con sus amigos los señores Guerrero, para que toreara unas vacas. Allí, entre otras cosas, cuenta Alameda:
...Pero ahí viene otra vez la vaca. Rocky, alerta, se coloca en posición torera sobre las plantas, afloja el cuerpo y suelta el brazo en semicírculo de un derechazo. El animal, como si quisiera beberse la muleta, sigue ciego el engaño. Rocky no tiene más que girar sobre los talones con un pequeño esfuerzo y repite el pase. Limpidez. Aire quieto y silencio. Un momento perfecto… Empero hay algo falso. Y para que no lo olvidemos, la vaca, al revolverse, le come un tiempo a Moody y lo sorprende. No tiene más que apuntar el hachazo y lo alcanza entre la ingle y la cintura, con un desgarrón que a medias lo desnuda. El golpe ha sido seco, como balazo en costal de cuero. Y el muñeco de trapo cae desvencijado. Revuelto de capotes y de gritos. Maraña. Desorden… Meditación. Rocky sabía, antes de venir a Xajay, que no puede volver a torear. Su intento no tiene una finalidad práctica y mucho menos un propósito comercial…
Rocky Moody quizás allí quedó desengañado. Sherwood afirma que hizo algunas pruebas más y que logró dominar a la prótesis, pero que la Asociación de Matadores ya no le permitió actuar. Las verdaderas razones se perderán en la noche de los tiempos.

Por otra parte, el periodista hidrocálido Federico de León, en su columna sindicada Federico de León dice…, aparecida en el Diario de Colima del 6 de octubre de 1960 afirma:
...ROCKY Moody, el novillero norteamericano al que amputaron una pierna a causa de una cornada, estrenó pierna artificial. Abrirá un taller eléctrico en Aguascalientes...
No tengo recuerdos de Rocky Moody, ni de su taller aquí en Aguascalientes. Parece ser que pronto regresó a los Estados Unidos pues no podía soportar el dolor de la derrota en el mundo de los toros. Lyn Sherwood describe así sus últimos años:
...Así, se instaló en Mercier, Tennessee, donde se convirtió en agente de fianzas. También instaló un comercio de licores y una granja de aves, aunque nunca dejó de comentar cuestiones taurinas con amigos y toreros. Se volvió desconfiado y hasta cierto punto, paranoico, desconfiado, entre los pocos con los que tenía trato era con el texano Fred Renk. 
Rocky Moody falleció en septiembre de 1990. Ese fue el final solemne de un hombre derrotado que nunca dejó de maldecir los giros de la fortuna que le negaron una mejor oportunidad de gloria en los ruedos…
Los giros de la fortuna, dice Lyn Sherwood… esos giros que a veces derrumban la existencia… aún de los más valientes.

domingo, 20 de octubre de 2013

Rafael Rodríguez en el recuerdo

El Volcán de Aguascalientes, triunfador
(Foto: Carlos González)
Rafael Rodríguez Domínguez es el torero que más rabos ha cortado en la Plaza México. Obtuvo seis como novillero y cinco como matador de toros. La forma en la que irrumpió en el planeta de los toros en la temporada de novilladas de 1948, motivó que Paco Malgesto le impusiera el sobrenombre de El Volcán de Aguascalientes, mismo con el que se le conoce y recuerda aún a esta fecha.

En esta oportunidad quiero recordarle en una de sus primeras actuaciones en la Plaza México. Para ello, extraigo de la hemeroteca la crónica que de la novillada celebrada el domingo 24 de octubre de 1948, publicó en el periódico Ovaciones José Alameda y que es del tenor siguiente:  
Rafael Rodríguez, el torero solemne de la cara trágica. Otra oreja y otro rabo para el de Aguascalientes, que hizo enorme faena al tercero. Rafael de Portuguez, muy empeñoso y torero, dio vuelta al ruedo en el cuarto. Heriberto Rodríguez Jr., no se vio. Devolvieron indebidamente uno de los de Zotoluca, vacada que envió tres buenos toros. 
¿Se acuerdan ustedes de aquellos tiempos heroicos del cine, cuando triunfaba en las pantallas del mundo Eddie Polo? Era un actor lleno de expresiva energía, lo que hoy llamaríamos “dinamismo”, y representaba invariablemente el papel del hombre impasible a todos los peligros. Cada episodio de sus películas en serie, lo dejaban casi prendido en la guadaña de la muerte. Pero al siguiente pie de película, Eddie – el héroe – se salvaba, para continuar, con elegante impasibilidad, su carrera de riesgos y de triunfos. Polo emocionaba a los chicos. Y también a los grandes. 
Pues bien, en cierto sentido, Rafael Rodríguez me recuerda el caso de Eddie Polo. Porque Rafael, siempre al ras de la muerte y siempre salvado de ella, emociona también a los chicos y a los grandes, quiero decir que su heroísmo de torero llega lo mismo al corazón de las nuevas multitudes que han invadido la fiesta, que al de los aficionados tradicionalistas, que gustan del toreo “serio”. Con una diferencia: los peligros de Eddie Polo eran fingidos y de él los salvaba el director. Los de Rafael Rodríguez son verdaderos Y se salva él solo, lo salva su arte. 
Después de Eddie Polo, el cine evolucionó mucho. Y en lugar de lo puramente heroico, de las emociones fuertes que él nos daba, vinieron cosas quizás más bellas, pero más decadentes, en que la figura central del protagonista ya no tenía la misma importancia. Películas más finas, es posible, pero menos fuertes, que emocionaban menos. 
Con el toreo sucedió algo parecido. Vinieron los “estilistas”, los especializados, los peritos del pormenor, los refugiados en el “detalle”. El toreo se fue haciendo más delicado, más chiquito. Manolete fue el “Mesías” que llegó para salvar a la fiesta de toros del “pequeñismo” y restituirle su tono de epopeya, su grandeza heroica, a banderas desplegadas frente a la muerte. 
De ahí procede Rafael Rodríguez, quizá porque su nombre le marcó el sino. Arriesgado como aquel Eddie Polo que estremecía a las multitudes desde la pantalla. Pero también severo, conciso, serio como un sacerdote. Así eran los Rafaeles de Córdoba. Así también Manolete. Torero de gran estirpe, este mexicano de la cara trágica, a quien parece que le cuesta trabajo sonreír, está tirándole su nombre a la leyenda y a la fama cual un desafío, igual que el lidiador de gallardías le tira la montera a la cara al toro, para que se le arranque y dejárselo pasar muy cerca, muy “en serio”, como debe ser el toreo. 
Ayer, Rafael Rodríguez volvió a llenar la plaza, como otras veces. La reventa – perseguida – puso los boletos al doscientos por ciento, en sombra; al cuatrocientos por ciento, en sol. Y no diría yo que ayer toreó Rafael como otras veces, porque no sería cierto. Ayer, toreó como nunca. Su faena al tercero de la tarde, ya no fue la faena de un novillero valiente, que se juega la vida, sino que fue una faena de verdadero matador de toros. Una faena hecha con cabeza y con corazón. Con dominio y con arte. Y, por supuesto, con una emoción insuperable. 
El toro de Zotoluca lidiado en tercer lugar, tenía fuerza y tenía sentido, se frenaba por el lado izquierdo, achuchando. Sin duda por tal motivo, Rafael le clavó los tres pares de banderillas por el lado derecho. Pero esto no bastaba – claro está – para resolver el problema que representaba el toro. Hacía falta dominarlo con la muleta. Y, después, torearlo. Rafael hizo las dos cosas. 
Comenzó en el tercio, doblando con el toro. Cada ayudado por bajo estuvo perfectamente rematado, como si quisiese abrochar al de Zotoluca, con los cuernos contra la cola. Y cada muletazo, ganando un paso hacia los terrenos de afuera. Hubo maestría, porque los pases estuvieron dados con la más rigurosa técnica. Hubo arte, porque el torero midió la fuerza de la embestida y fue sometiendo al toro hasta que no mandó la fuerza de éste, sino el imperio de la muleta. El torero acabó imponiendo su propia medida contra la medida de toro. Esto es lo que se llama dominar. 
Después, vino el torear. Quiero decir el torear ya más a gusto. Porque lo primero también había sido torear, en el más alto y profundo sentido. Ya en los medios después de aquellos doblones, se irguió Rafael y toreó por alto, primero estatuariamente y después abriendo el compás para acompañar al toro. Un ayudado por alto, despatarrado el torero mientras llevaba embebido en largo viaje al toro, fue de asombro. Parecía, en aquel pase trágico y hondo, que el toro iba queriendo beberse la muleta como una larga corriente de sangre. Después, los derechazos y, por último, las “manoletinas”, sin alardes innecesarios de desviar la mirada, sino con emoción concentrada. Diríase que el torero estaba orando. Orando por su propia muerte, a cada minuto posible, a cada segundo inminente. El público, contagiado de aquella emoción ruda y solemne, puso a los pies del torero un pedestal de sombreros de palma. Mató Rafael con su facilidad asombrosa para encontrar los altos, pues le bastó con un pinchazo hondo, que no llegó ni a media estocada, para que doblase el fuerte, encastado, peligroso ejemplar de Zotoluca. Y la multitud rugió igual de fuerte que en los momentos de peligro de Eddie Polo, pero con una solemnidad que sólo se siente ante una tragedia clásica, o ante un torero como éste. Esta faena fue para Rafael Rodríguez de consagración. 
Antes había hecho Rafael un quite fantástico por “fregolinas”, en el segundo; algo así como el prólogo de lo que había de venir más tarde. Pero con el sexto, no pudimos verlo. Y no por culpa suya, sino porque al público se le antojó chico el toro y lo devolvieron. Salió otro de San Diego, declaradamente manso, sin duda por estar muy “corraleado”. Y también lo regresaron a los corrales. En tercer término, soltaron un cárdeno de Atenco, de media arrancada, Rafael hizo lo único que cabía hacer: estuvo breve. Pero el público, que guardaba todavía las vibraciones de aquellos momentos insuperablemente emocionantes del tercer toro, persiguió a Rafael y lo cargó a hombros. Como otras veces. Pero esta vez, en lugar de un novillero valiente, llevaban en alto, por las calles de México, a un auténtico Rafael, un Rafael mexicano, pero con la misma serenidad grande, solemne, de aquellos Rafaeles de Córdoba, de aquel Manolete descendiente de ellos. 
Y no es exageración. Es que como ayer toreó Rafael Rodríguez solamente han toreado los grandes… El primer espada fue Rafael de Portuguez Rafaelillo. Viene de su viaje sudamericano muy “puesto” y con valor renovado. Hizo cosas bonitas a veces, como aquellos muletazos en el centro del ruedo al cuarto de la tarde, con gracia, con donaire de torero. Y como aquellos naturales suaves a sus dos enemigos. Se hincó en muchas ocasiones para conseguir muletazos muy espectaculares. Y dio, tras de matar al cuarto, una vuelta al ruedo como premio a su faena, quizás demasiado largo, un poco desligada, pero llena de momentos inspirados, porque Rafaelillo tiene finura y buena planta. 
Heriberto Rodríguez fue el que vio el santo por el reverso. Le correspondió el peor lote y él tampoco hizo mucho por sobreponerse a su poca fortuna. Lástima, porque sobe torear. Pero para torear, lo primero es pararse. Y Heriberto no se decidió. 
Pregunta final, al juez de plaza. ¿Por qué retiraron al sexto de Zotoluca? Sobre la puerta de toriles, el rótulo decía que el toro pesaba 327 kilos. Si eso era cierto, no debieron devolverlo. Y si no lo era, no debieron poner en el rótulo un peso inexacto. 
El encierro de Zotoluca, disparejo como queda dicho, dio sin embargo buen juego en lo general. Frente a los caballos y frente a los lidiadores de a pie. Muy suaves y nobles el segundo y cuarto. Bravo – aunque peligroso – el tercero. ¡Y lástima del sexto, que debió lidiarse y no se lidió!
Rafael Rodríguez se despidió de los ruedos en la Plaza de Toros San Marcos de Aguascalientes el 26 de abril de 1971, estoqueando en solitario seis toros de La Punta. Testigos de honor de tal acontecimiento fueron entre otros Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa Armillita, Conchita Cintrón, Juan Silveti, Eduardo Solórzano y José Alameda, quienes apreciaron la entrega de su gente cuando rodó Trianero, el sexto de la tarde y sus hijos Rafael (+) y Nicolás bajaron al ruedo a desprenderle el añadido.

El pasado miércoles – 16 de octubre – se cumplieron dos décadas de que El Volcán de Aguascalientes se apagara, pero su recuerdo sigue vivo entre la afición, que le tendrá siempre presente como ejemplo de torería y de entrega en el ruedo.

domingo, 21 de abril de 2013

Tal día como hoy: 1963. El Volcán de Aguascalientes abre la feria con una importante actuación


El cartel que abría la el serial abrileño de 1963 era sin duda atractivo, pues reunía en él a Luis Procuna y a Rafael Rodríguez, dos de los toreros mexicanos que encabezaban el escalafón por esas fechas y cerraba la terna el toledano Pablo Lozano, quien se había presentado en Aguascalientes en la corrida de año nuevo – una tradición que lamentablemente se ha dejado perder aquí – y aún sin cortar orejas, había dejado una magnífica impresión, obteniendo la posibilidad de ser incluido en uno de los carteles de feria, que representan la parte más fuerte de nuestra temporada taurina.

Ese calendario representó un importante reto para nuestros toreros, porque en él llegaron a nuestro país diestros hispanos como Paco Camino, Mondeño, Santiago Martín El Viti, Diego Puerta, Joaquín Bernadó o El Cordobés, quienes vendrían a dar un sesgo diferente a la manera de ver y entender la fiesta, lo que cambiaría la mentalidad y en una importante medida las preferencias de la afición, razón por la que nuestros toreros se verían más exigidos tanto desde el tendido como dentro del ruedo, porque quienes ocupaban la primera línea de nuestra torería tendrían que salir a enfrentar el embate de esas nuevas figuras ultramarinas, algunas de las cuales, hicieron época.

El encierro enviado por don Ramiro González para la ocasión dejó que desear, tanto por su presencia como por su comportamiento. También la actitud de Luis Procuna durante la lidia del cuarto – con la complacencia de la autoridad –, que visto el juego dado por los tres anteriores, solicitó y obtuvo que no se picara al toro, según lo cuenta don Jesús Gómez Medina:

Un encierro terciado y falto de alegría. Los seis bureles enviados por don Ramiro González para esta ocasión, integraron un lote joven, terciado en general del que desentonaba, por su aparatosa e incómoda estructura, el quinto. Los seis resultaron fáciles y nobles. Pero también, casi todos, se mostraron escasos de enjundia; carecieron de la embestida pronta y alegre, cuya repetición da pábulo a que la lidia adquiera la emoción y la brillantez que tanto realzan el espectáculo taurino. Hubo un toro, el cuarto, no más dócil – dóciles todos lo fueron – pero que conservó mucho más gas que sus hermanos. Pero este bicho, a petición de su matador, no fue picado. ¿Se hace preciso afirmar que, para que los toros embistan hasta el fin, hay que suprimir la suerte de varas? Nadie que posea un criterio estrictamente taurino podría asegurarlo; por el contrario, cuando esto ocurriera, habríamos llegado a la etapa anterior a la extinción del ganado de lidia…

El festejo transcurrió entre altibajos por causa del ganado. De la crónica mencionada, recojo lo que sigue:

Una típica actuación Procunista. De altibajos, de rotundos contrastes, como suelen ser las de este torero, fue la actuación de Luis Procuna. A su primero, un toro sin mayor respeto, pero incierto, mansurrón, nada logró hacerle de provecho ni con el percal, ni con la pañosa... Al cuarto, Luis le dio las buenas tardes con cuatro parones de los suyos y un recorte no exento de pinturería. El bicho, como dijimos arriba, no fue picado. El segundo tercio lo cubren Procuna y Rafael Rodríguez... El trasteo, iniciado con apretado muletazo de hinojos se llevó a cabo en diversos sitios y también mediante procedimientos distintos... Pero los desarmes vinieron a restar ligazón y lucimiento a la faena... concluyendo Luis mediante tres pinchazos sin igualer y una estocada honda. Ovación y vuelta al ruedo... La reaparición de Rafael. Los lances de Rafael Rodríguez al segundo burel aportaron el primer paréntesis de brillantez al festejo. Porque tanto en las dos primeras verónicas con el compás abierto, como en la serie a pies juntos que ejecutó a continuación, Rafael imprimió a la suerte ritmo y limpieza de la mejor ley... Más tarde, al quitar, ejecutó una tanda de fregolinas de similares características: con quietud, gallardía y temple... Tras un rodillazo al hilo de las tablas, Rodríguez pasó al bicho en varios muletazos por alto, ceñidos y quietos. Estatuarios, que decían los antiguos cronistas. A estos siguieron dos o tres series de derechazos, corriendo debidamente la mano, con temple y mando y con el bicho agotado, se adornó Rafael reiteradamente y en distintas formas... Quiso todavía recrearse en la ejecución de la suerte suprema; pero agarró hueso en tres ocasiones, concluyendo con un espadazo entero. Los aplausos del cónclave le hicieron salir a agradecerlos desde el tercio... Un estoconazo de Pablo Lozano. No tuvo mayor suerte el de Toledo al actuar por segunda ocasión en Aguascalientes. De una parte la sosería de sus adversarios le impidieron, justo es decirlo, mostrar como en la tarde de su debut, la bondad de sus procedimientos. Pero el hombre no se esforzó mayormente por ganarse las palmas. Cumplió a secas, con discreción... y nada más. En su haber quedaron, no obstante, unas buenas verónicas al sexto y el estoconazo con el que se deshizo de este mismo burel

Estos fueron los sucesos destacados de la primera corrida de la feria de hace medio siglo.

El festejo de hoy: Reses de Celia Barbabosa para Rafael Ortega, Uriel Moreno El Zapata y Joselito Adame.

domingo, 2 de septiembre de 2012

5 de septiembre de 1948: Rafael Rodríguez se presenta en la Plaza México


Rafael Rodríguez y Dr. Alfonso Gaona
Plaza México, 1948 (Foto: Carlos González)
La decimotercera novillada de la temporada del 48 llevaba como ingredientes de interés la repetición del torero de Guadalajara, Manuel Capetillo, quien había impactado con su toreo de capa en su actuación anterior; la presentación en la temporada de un novillero de Aguascalientes que había hecho la transición del viejo Toreo de la Condesa hacia la plaza nueva y que se distinguió siempre por sus buenas maneras ante los toros: Valdemaro Ávila y el tercer elemento atractivo lo constituía el encierro de Pastejé que se lidiaría, que tenía seriedad y que se afirmaba, era una corrida de toros que no se había podido lidiar en la temporada grande anterior.

Completaba el cartel un joven, también de Aguascalientes que con brevedad había obtenido los méritos suficientes para debutar en la plaza de toros más grande del mundo, pues tras de recorrer la legua, el 18 de julio anterior, en la Plaza de San Marcos tiene un gran triunfo alternando con Tacho Campos y Juventino Mora y el 1º de agosto siguiente tendría otro notable éxito en San Luis Potosí alternando con el mismo Manuel Capetillo y Curro Ortega, para así llegar a lo que representaría la cita más importante de su vida. 

El doctor Alfonso Gaona, en ese tiempo empresario de la Plaza México, contó así a Carmelita Madrazo, para su obra Rafael Rodríguez ‘El Volcán de Aguascalientes’. Libro Testimonial,  la manera en la que llevó a su plaza a quien después sería universalmente conocido como El Volcán de Aguascalientes:

...Tengo un amigo desde la infancia a quien quiero mucho – el general Manuel de la Torre – y que hizo una carrera brillantísima dentro del Ejército estando en el Estado Mayor Presidencial... En uno de tantos viajes que Manuel hacía por los estados, le tocó ir a Aguascalientes y me dijo: Alfonsito, fíjate que durante mi ida a Aguascalientes se me acercó un chamaco, delgado, desarrapado, dado a la desgracia, que me pidió te hablara de él. Le pregunté si ya había toreado, y el chamaco me dio estas fotos borrosas y chiquititas   para que te las enseñara. Mira Alfonsito, me impactó su gran deseo de  ser torero. Y le veo ganas de querer ser figura. Es más, me dijo que lo van a poner en San Luis Potosí, así es que pienso ir a verlo... Como yo tenía plena confianza en lo que Manuel me decía, le dije que se lo trajera a México después de verlo en San Luis. Y así lo hizo... Todo mundo sabe lo que sucedió esa tarde de su presentación. Fue una temporada muy bonita porque primero presenté a Paco Ortiz, luego a Manuel Capetillo, luego Jesús Córdoba y  por último a Rafael... En un santiamén se hizo el ídolo de la afición... El muchachito, desde su primera novillada, demostró que estaba para la alternativa...

Por su parte, la manera en la que se dieron los hechos en San Luis Potosí, don Arturo Muñoz La Chicha, banderillero, que fue en la cuadrilla de Rafael Rodríguez esa tarde previa a su presentación en la Plaza México, los contó a la misma autora de esta guisa:

...Al llegar al sorteo, me encontré con Enrique Borja, papá del que luego fue famoso futbolista del mismo nombre y a don Manuel de la Torre, gran amigo del doctor Alfonso Gaona, el empresario de la Plaza México. Al verme Enrique, me dijo con su vocecita ladina: - ¡Quihubo Chicha! ¿Cómo te va? - Bien, y tú, ¿qué andas  haciendo por acá? - Me mandó el doctor para que vea al tal Rafaelillo. ¿Que se arrima mucho y es muy bueno? - Mira, si te digo que es bueno y no te gusta, vas a decir que no sé de toros. Así es que mejor hablamos después de la corrida.... Esa tarde ni Capetillo, ni Curro Ortega se vieron. Solamente Rafaelillo, que se convirtió en el señor Rafael... Estando en el vestíbulo del hotel Plaza, escuché cuando Enrique Borja le hablaba al doctor Gaona: - ¡Hombre, doctor! Rafaelillo está para que lo ponga mañana, no dentro de un mes... Al domingo siguiente, 5 de septiembre, Valdemaro Ávila, Manuel Capetillo y Rafael Rodríguez harían el paseíllo en la Plaza México, con toros de Pastejé...

La tarde del 5 de septiembre de 1948 fue entoldada, lluviosa y el festejo estuvo a punto de suspenderse. Refería Rafael Rodríguez que el ruedo estaba enfangado, por lo que se roció diesel sobre la arena y se le prendió fuego para intentar secar en algo el piso. Decía el torero que la llamarada fue fantasmagórica y una vez disipada la nube de humo y vapor, pudieron salir al ruedo. En una conferencia pronunciada el 28 de abril de 1991, el propio torero lo explicaba así:

Esa tarde parecía que todo se perdía. Densos nubarrones invadieron el cielo de la plaza más grande del mundo, el agua corría por el túnel. Hora y media después los monosabios pusieron el ruedo como ascua de oro. Surgió algo inusitado, que jamás había visto, ni he vuelto a ver. La plaza y el ruedo ardían. Llamas gigantescas en tonos multicolores en azul, verde y amarillo se elevaban y descendían. Apareció una enorme nube de humo que se disipó tan rápido como llegó y al fin pudimos torear…

Por su parte, Valdemaro Ávila, el primer espada del festejo contó a Carmelita Madrazo esto:

...Ese 5 de septiembre de 1948, llovió a cántaros. A la hora en que debíamos hacer el paseíllo, el agua no paraba. El ruedo estaba imposible para torear. Por más aserrín que le ponían, corría junto con el agua. Estuvimos esperando hasta las 5.30 para ver si cedía la tormenta, o de plano se suspendía... Como yo era el primer espada, en mí recaía la responsabilidad. Don Difi me ordenaba que suspendiera la corrida, pero el empresario Alfonso Gaona me insistía que saliéramos porque la empresa perdía dinero. Me sentí sumamente presionado... Bien sabía que las condiciones del ruedo eran pésimas, pero en esos momentos recordé lo que me había pasado en la temporada en que Tono Algara me vetó por no torear, y sinceramente pensé que Gaona iba a hacer lo mismo. Así es que accedí contra la voluntad de Don Difi…

Por su parte, Guillermo Salas Alonso, periodista del diario El Universal de la Ciudad de México recuerda los hechos de esta manera:

…5 de septiembre de 1948. A “Rafaelillo”, a quien también se le conocía como “El Canteado”, no le parecía normal el retraso. Su reloj indicaba que el festejo, su presentación como novillero, debió haber iniciado hace ya varios minutos... Cierto. El inicio de la sesión ha sido demorado... Quisquilloso, el juez de plaza en turno, Lázaro Martínez Gómez del Campo, baja al redondel para verificar las condiciones, pues una lluvia, ligera pero pertinaz, ha caído en horas previas. Y el paseíllo no empieza. El retraso suma ya casi una hora. Entonces, al verlo de cerca y suponer que el ruedo no funcionaría, el chaval de Aguascalientes se suelta a llorar e implora al juez dé luz verde al festejo... Mira fijamente a Lázaro Martínez. Suplica: “No vaya a suspenderla, por favor. No haga eso; es mi oportunidad, no la haga añicos...”. El juez dio su aprobación y se realizó la presentación triunfal, inolvidable...

Rafael RodríguezDr. Alfonso GaonaJuan Espinosa
Armillita. Plaza México 5/09/1948 (Foto: Carlos González)

Al final de la tarde, Rafael Rodríguez salió en hombros de los entusiasmados aficionados, con las orejas y el rabo de Panadero y la oreja de Gitano, como resultado de la más espectacular presentación de un novillero en esa plaza. La crónica de agencia publicada en el diario El Siglo de Torreón es la siguiente:

El debutante Rafael Rodríguez fue el triunfador de la corrida de ayer
Valdemaro Ávila y Manuel Capetillo voluntariosos.
Capetillo logró palmas en el quinto.
Fue una corrida casi nocturna.
México D.F., septiembre 5. – Por hilo directo. – Terminando en las sombras de la noche la novillada de hoy, que por la intensa lluvia que estuvo cayendo se inició después de las 17:30 horas, fue un triunfo para el debutante Rafael Rodríguez, que cortó dos orejas y un rabo, saliendo en hombros... Sobresalió su labor en el tercero en el cual largó en quites cinco fregolinas de clase, rematando con media rebolera que se aplaudió estruendosamente. Con la muleta, varios derechazos y el de la firma, algunos por alto, uno de pecho. Más derechazos, por alto increíbles cayendo sombreros al ruedo, siguiendo con manoletinas ajustadísimas, rematando de una sola estocada hasta la bola. Cortó oreja y rabo y dio la vuelta al ruedo... En el sexto, ya de noche, Rafael hizo quites por chicuelinas. Al banderillear fue zarandeado aparatosamente, sin consecuencias, clavando un par superior. En los medios da varios pases por alto de pitón a pitón, adornándose agarrando un cuerno y dominando completamente al toro, matando de una entera sin puntilla. Cortó otra oreja y salió en hombros… Valdemaro Ávila y Manuel Capetillo resultaron opacados por las faenas de Rodríguez, pero estuvieron voluntariosos, aunque poco afortunados debido a que no se pudieron acomodar con el ganado. Capetillo logró algunas palmas en el quinto a la hora de matar por la forma de hacerlo, pero sin nada notable en el trasteo.

Rafael Rodríguez terminaría su paso por esa temporada novilleril cortando cinco rabos e integrando, junto con Jesús Córdoba y Manuel Capetillo aquella terna que pasó a la historia con el sobrenombre de Los Tres Mosqueteros y al final del tiempo, sería el torero que más rabos ha cortado en la Plaza México, pues ya en su etapa de matador de toros, cortó otros seis, para sumar once, cifra que a la fecha no ha sido alcanzada por diestro alguno.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Una fotografía con historia (II)


Cuando se anunció la salida del primer toro de regalo en la segunda corrida de la temporada 2011 – 2012 de la Plaza México, la tarde/noche del pasado 13 de noviembre, al conocerse el nombre que el ganadero José Marrón Cajiga había asignado al toro para la ocasión – Carterista –, Heriberto Murrieta, quien comentaba la corrida para la televisión, inmediatamente sacó a recuerdo una fotografía de don Jenaro Olivares que – materialmente – dio la vuelta al mundo. Es esa imagen, obtenida precisamente en la Plaza México, la que da pie para que en esta oportunidad meta yo los míos.

El día 2 de abril de 1950 se celebro la corrida de la Oreja de Oro, a beneficio de la entonces Unión Mexicana de Matadores y Novilleros. El cartel se formó con toros de Zotoluca para Fermín Rivera, Silverio Pérez, Antonio Velázquez, Luis Procuna, Raúl Ochoa Rovira y Rafael Rodríguez. El festejo, de acuerdo con las crónicas, fue uno de esos que resultan torcidos desde su inicio, pues el encierro fue escaso de trapío y su juego dejó bastante que desear.

La relación del festejo que la agencia informativa remitió al diario El Informador de Guadalajara y que apareció publicada al día siguiente al de la corrida, señala que la disputa del trofeo dorado quedó entre Antonio Velázquez y Rafael Rodríguez. De la crónica, extraigo lo siguiente:

Las opiniones se dividieron a la hora de otorgar la oreja de oro entre Antonio Velázquez y Rafael Rodríguez. Ambos hicieron lidia completa a sus respectivos toros, pero con poca suerte con el pincho. Velázquez necesitó dos pinchazos y dos medias desprendidas para terminar con su enemigo y Rodríguez de tres pinchazos, una honda que traspasa y un descabello… Desde el primer tercio ambos matadores se distinguieron en sus quites, tal vez de mayor valor los de Rodríguez, pues tuvo que luchar contra el aire. Las faenas fueron ambas a cual más de valientes y emotivas, Por lo que las opiniones mucho se dividieron al otorgar la oreja al final de la corrida y en vista de que no se hizo una opinión unánime, ni siquiera una franca mayoría a favor de alguno de los dos diestros, los directivos de la Unión, en voto de calidad, dieron la oreja de oro a Antonio Velázquez, lo que disgustó a los partidarios de Rodríguez…

Al final, Corazón de León se llevó el trofeo y los partidarios del Volcán de Aguascalientes se lanzaron al ruedo para llevárselo en volandas. Quien lo cargó sobre sus hombros fue otro hidrocálido, un estudiante de segundo año de Ingeniería Civil, Jorge López Yáñez, que inició la vuelta al ruedo con el torero a cuestas y un buen contingente de aficionados y seguidores detrás de él. En ese trayecto es cuando la lente de la cámara de don Jenaro Olivares captó la escena que dio la vuelta al mundo.

La historia de la imagen

La fotografía de Olivares publicada en
LIFE el  1 de mayo de 1950
Como se puede observar en la imagen que encabeza este texto, Jorge López Yáñez, apodado El Vago, vestido con una camisa a cuadros y un saco o americana, carga al torero y lleva la vista al frente, con una expresión de cierto júbilo o satisfacción, en tanto que a su izquierda un jovencito que lleva un overol y un gorro tejido aclama emocionado al diestro y por la derecha, un chiquillo aprovecha la distracción del costalero para con habilidad, extraer la billetera – cartera le llamamos en México – del que con el paso del tiempo sería el Ingeniero López Yáñez. Un poco más a la derecha, un agente de policía, voltea exactamente hacia el otro lado de donde los hechos suceden, pensando quizás que a él le pagan por cuidar el orden, no el desórden

Esa fotografía, entiendo, se publicó originalmente en una revista de la Ciudad de México, llamada Hoy.

La vuelta al mundo

Una vez aparecida en Hoy, la obra de Jenaro Olivares apareció en la revista LIFE en los Estados Unidos en un par de ocasiones. La primera de ellas fue en la página 31 del número correspondiente al 1º de mayo de 1950 y se le calificó como la fotografía de la semana. El pie de la publicación de la imagen en esa ocasión decía lo siguiente:

Carterista en acción. El público ovacionaba ruidosamente cuando Rafael Rodríguez, con el terno ensangrentado, era sacado en hombros de la plaza de toros México. Pero cuando esta fotografía apareció en la revista “Hoy”, dejó de lado al matador, para comentar al “habilidoso carterista” sustrayendo una billetera, mientras que a su lado, “abstraído totalmente”, se encontraba un policía uniformado, “tal y como sucede todos los días, en todos los rumbos de la ciudad”, proclamaba “Hoy” con tristeza.

La imagen se llevó de nueva cuenta a las páginas del semanario norteamericano. En esta oportunidad al número aparecido el 2 de abril de 1951, cuando en la página 124, se hizo el siguiente análisis de ella:

Qué hay en una fotografía... 
Cuando la mayor parte de las personas vieron esta fotografía, hicieron una doble apreciación. En una primera oportunidad, todo lo que vieron fue al matador herido. Después, desparramaron la vista por el resto de la imagen y sonriendo, gozaron con lo que veían. 
¿Pudo cualquiera, estando parado a la altura del codo del fotógrafo haber visto la rápida y furtiva acción del carterista? Probablemente no. El observador pudo mirar, más no ver el incidente significativo entre los gritos de la multitud. ¿Por qué? Porque en un momento de excitación, no vemos las cosas con claridad. ¿Qué novia ve su propia boda con claridad? ¿Cuántos testigos de un accidente pueden coincidir con sus versiones sobre lo ocurrido? 
Un evento cualquiera se observa mejor en imágenes que cuando ocurre. En una fotografía podemos estudiar todos los hechos y detalles con calma y sin apasionamiento y percibir objetos que hubiéramos pasado por alto sí hubiéramos estado allí.

En LIFE, 2 de abril de 1951
En esta segunda ocasión, más que meramente describir la imagen, se entra a la actividad del fotógrafo, a la manera en la que captura las imágenes y a su posición dentro del momento que imprime – en el caso comentado – en la película, así como el hecho de que a – posteriori, una buena foto nos permite conocer mejor un hecho, aún habiéndolo vivido.

Para terminar presento esta reflexión que hace la maestra Rebeca Monroy Nasr acerca de esta fotografía, de la que aparte de su calidad, resalta su oportunidad, aún demostrando un evidente desconocimiento de lo que es la fiesta y la manera de hacer fotografía en ella, porque conociendo la obra y el profesionalismo de don Jenaro Olivares, me resulta inverosímil que haya perdido la faena, únicamente para realizar la fotografía que ella comenta y que es la que da lugar a esta entrada:


Paradigmática resulta la imagen de Jenaro Olivares cuando capturó con su cámara el momento climático en que un fanático lleva en los hombros al torero Rafael Rodríguez a dar la vuelta al ruedo, sin importarle que hubiese perdido la faena. Olivares sucumbe en entusiasmo mientras un ladronzuelo toma hábilmente su cartera, ahí frente a la nariz de un policía distraído, y otras escenas que se entrecruzan en el momento decisivo de esta fotografía bruegueliana…

domingo, 22 de mayo de 2011

Mexicanos en San Isidro (I/III)

Monumento a Livinio Stuyck, interior de la
Plaza de Las Ventas
Livinio Stuyck, quien según Dominique Lapierre y Larry Collins, es descendiente de unos alfombristas flamencos llegados a España en la época de Felipe V, era abogado y accedió a la gerencia de la empresa Nueva Plaza de Toros de Madrid S.A. (Jardón) en una situación coyuntural que sería temporal en un principio, más su habilidad innata para dirigir se reflejó también en los destinos de la Plaza de Las Ventas, la más importante del planeta de los toros, lo que le haría permanecer al frente de ella más tiempo del que habrían calculado, tanto él, como quienes le encomendaron esa tarea.

Una de las innovaciones que don Livinio llevó al manejo de los asuntos de Las Ventas, fue la creación de una serie de festejos de gran tronío en torno a la festividad de San Isidro Labrador, patrono de Madrid y que tenían por objeto el resaltar la importancia taurina de la Villa junto con las demás festividades que enmarcaban la celebración. La primera Feria Taurina de San Isidro – aunque las ferias fueran cosa de pueblos el Marqués de la Valdavia dixit – se da en 1947 y ya en relación con los toreros mexicanos, será hasta 1951 cuando comiencen a aparecer en ella, pues es al final de la temporada mexicana 46 – 47, que se rompen las relaciones hispano – mexicanas y se reanudan precisamente hasta ese calendario.

El primer torero mexicano en comparecer en San Isidro será Rafael Rodríguez El Volcán de Aguascalientes, que el 16 de mayo de 1951 entrará a sustituir a Manolo dos Santos en un cartel que éste inicialmente formaba junto a los sevillanos Pepe Luis Vázquez y Manolo González, para lidiar un encierro de don Felipe Bartolomé. Al final, de los toros anunciados, solo se lidiaron cuatro, completando la corrida uno de doña Francisca Sancho Viuda de Arribas y otro de Castillo de Higares de don Pedro Gandarias.

Esa tarde Rafael Rodríguez confirmó su alternativa de manos del Sócrates de San Bernardo, siéndole cedido el toro Guitarrero de don Felipe Bartolomé, toro al que le cortó la oreja, en consecuencia, la primera que un torero mexicano ha obtenido en esta trascendente feria taurina. Para la anécdota, contaba El Volcán que teniendo preparado el inicio de su campaña para unas semanas después, la ropa de torear que había encargado a la maestra Marcén no estaba lista, por lo que cuando se le avisó de la sustitución, no tenía un terno para vestir y de esa manera, Antonio Velázquez le prestó un terno blanco y oro, nuevo, que fue el que sacó para tan señalada corrida, vestido que después le obsequió Corazón de León y que la familia del diestro hidrocálido aún conserva con gran orgullo.

Debido a la extensión del tema – abarca seis décadas – intentaré presentárselos en tres partes, la primera que cubrirá las décadas de los 50 y 60; una segunda que se referirá a los años 70 y 80 y la final que amparará desde los años 90 y hasta la fecha. El objeto de lo que se relacione aquí, será exclusivamente la Feria de San Isidro, motivo por el cual, no obstante su cercanía cronológica, no quedarán comprendidos aquí, hechos ocurridos en otras ferias o festejos señalados, como la Corrida de la Beneficencia, o la Feria del Campo, que se daba en los años 50, la de la Comunidad o la más reciente del Aniversario, insisto, aunque a veces, en el tiempo, no tengan diferencia temporal con la del Santo Patrono, pues el objeto es meramente lo que se anuncia y abona como Feria de San Isidro.

Los 50 y 60. La Edad de Plata Mexicana

Ya apuntaba arriba que fue El Volcán de Aguascalientes quien abrió la presencia mexicana en lo que inicialmente se quiso denominar como Corridas Extraordinarias del Santo Patrono y en esos cuatro lustros de lo que bien puede considerarse como la Edad de Plata del Toreo en México, fueron quienes llevaron el pendón nacional a lo que se considera la principal plaza de toros del mundo.

Confirmaron su alternativa o actuaron en ese periodo de tiempo, además del citado Rafael Rodríguez, diestros como Manuel Capetillo, Jesús Córdoba, Juan Silveti, Joselito Huerta, El Ranchero Aguilar o Alfredo Leal y de lo sucedido en esas calendas, destaco lo siguiente:

Juan Silveti
1952: El 15 de mayo de 1952 confirmó su alternativa Manuel Capetillo. Le apadrinó Paquito Muñoz y llevó de testigo a Antonio Ordóñez. Esa tarde le cortó la oreja a Brillante, que fue el toro de la ceremonia y que fue de Antonio Pérez de San Fernando, como todos los corridos ese día. Giraldillo, cronista del ABC madrileño, señaló acerca de la actuación del diestro mexicano: …hubo unánime petición de oreja, concedida con los honores de la vuelta al ruedo y la salida hasta el centro, pues las palmas seguían. Capetillo, en el séptimo toro de los 63 que han de correrse, había puesto un punto de luz en la Feria de San Isidro...

El día 24 de mayo Jesús Córdoba tras de fallar con la espada da dos celebradas vueltas al ruedo en corrida en la que alternó con Manolo Vázquez y Julio Aparicio en la lidia de toros de Sánchez Cobaleda. De él dijo esa tarde Manuel Sánchez del Arco Giraldillo, cronista del diario ABC de Madrid: Torea tan limpiamente que ello, acaso, le perjudique para los que adoran el barullo del torero y el toro rebujado en maraña emocionante... sin una concesión ni a los morenos del sol ni a los pálidos de la sombra…

Al día siguiente, Juan Silveti se convertiría en el primer torero mexicano en abrir la Puerta Grande de Las Ventas en San Isidro y escribiría una de las grandes páginas de su historia y de la Feria, al quedarse casi con la corrida completa de Pablo Romero que en principio lidiaría en unión de Raúl Acha Rovira y Pablo Lozano. Canario, el tercero de la tarde hiere primero a Pablo Lozano y después a Rovira. Así, Silveti se queda con Chaleco, Campero Cautivo y es al quinto, Campero, al que de acuerdo con la crónica del nombrado Giraldillo, el hijo del Tigre de Guanajuato, toreó estupendamente al natural, para cortarle las dos orejas y salir a hombros junto con el mayoral de la ganadería.

1953: Por primera vez en la historia de la Feria, un diestro mexicano se acartela tres tardes. Es Jorge El Ranchero Aguilar, quien había confirmado el verano del año anterior. La primera, el 10 de mayo, sirviendo de testigo para que Jerónimo Pimentel le confirmara la alternativa a Emilio Ortuño Jumillano, con toros de Antonio Pérez de San Fernando, siendo aplaudido; la segunda, el día del Santo, para lidiar toros de Fermín Bohórquez y alternar con Rafael Ortega y Antoñete, con lleno de no hay billetes, está discreto y dos días después, alternando con Antonio Bienvenida y Rafael Rodríguez en la lidia de toros de Joaquín Buendía, salda su participación con una vuelta al ruedo tras la lidia del tercero.

1957: José Ramón Tirado, hábilmente apoderado por El Pipo, quien aprovechó que en la temporada anterior el sinaloense cortó orejas en tres novilladas consecutivas, abriendo la puerta grande la última de ellas, le coloca en tres de los carteles más señalados de la Feria de ese mayo. Confirma el 10 de mayo, de manos de Julio Aparicio y llevando como testigo a Antoñete, lidiándose toros de Eusebia Galache de Cobaleda. Repite al día siguiente alternando de nuevo con Julio Aparicio y Manolo Vázquez en la lidia de 3 toros de Atanasio Fernández, 1 de El Pizarral de Casatejada (3º), 1 de Flores Albarrán (5º) y 1 de Eusebia Galache (6º) y cierra su comparecencia a la semana exacta de su presentación actuando junto a Gregorio Sánchez y de nuevo Manolo Vázquez para enfrentar toros salmantinos de Barcial. El resultado de las tres tardes del mazatleco no fue halagüeño y quedan como un hecho meramente anecdótico.

En esa misma feria, Joselito Huerta – quien había confirmado en el San Isidro del año anterior –, el 15 de mayo, al alternar con Rafael Ortega y Chicuelo II en la lidia de toros de Pablo Romero – el de Tetela sustituía a Antoñete – fue herido gravemente. El parte rendido por el doctor Jiménez Guinea dice: Herida en parte alta de la región glútea izquierda, con una trayectoria ascendente de 15 centímetros hacia región lumbar, que produce destrozos en los músculos de la región lateral del abdomen y termina a nivel de la duodécima costilla, calificada de pronóstico grave.

Jesús Córdoba
El 19 de mayo Jesús Córdoba actuó por última vez en una Feria de San Isidro, sustituyendo al herido Joselito Huerta. Alternó con José María Martorell y Gregorio Sánchez y llevaron por delante al rejoneador portugués Simao da Veiga. Los toros fueron de Salvador Guardiola para los de a pie y del Marqués de la Ribera para rejones. La opinión de José María del Rey Selipe acerca de esta actuación del Joven Maestro es en este sentido: …Llevó a cabo el mejicano dos faenas limpias, tersas y elegantes, con un sereno entendimiento del toreo, que desarrolló principalmente con la muleta en la mano derecha mediante pases redondos acabados y de excelente traza... Esta actuación fue premiada con una aclamada vuelta al ruedo, quedándose sin orejas nuevamente por sus fallos con la espada.

1962: Alfredo Leal firma tres tardes para la Feria de este calendario. Se presenta el 13 de mayo alternando con Gregorio Sánchez y Curro Girón, con el prólogo del rejoneador Ángel Peralta, para lidiar 5 toros de Antonio Pérez Angoso (uno para rejones) y 2 de María Montalvo (5º y 6º). La segunda comparecencia de El Príncipe del Toreo sería siete días después, flanqueado por Curro Romero y Manolo Vázquez y llevando por delante al caballero jerezano Fermín Bohórquez. Los toros para la ocasión serían de Carlos Núñez para los de a pie y el de rejones, de las dehesas del propio caballista. Cerraría su actuación abriendo con los rejoneadores Ángel y Rafael Peralta y alternando con Curro Girón y Rafael Chacarte en la lidia de 7 toros de Clemente Tassara. De acuerdo con las crónicas de Antonio Díaz – Cañabate – por lo leído, poco amigo de lo mexicano – la actuación de Leal fue desafortunada en esas tres tardes.

1963: Se presentan por primera vez novilleros mexicanos en la Feria. El 25 de mayo lo hace el regiomontano Fernando de la Peña, quien alterna con Jerezano y José María Aragón en la lidia de 4 novillos de Carmen González de Ordóñez y 2 de Antonio Ordóñez (2º y 6º) y el día 26 cierra la feria Óscar Realme, que alterna con Jerezano y Antonio Medina en la lidia de novillos de Clemente Tassara. Al final, Realme y Jerezano quedaron mano a mano, pues el tercero de la tarde hirió muy grave a Medina.

1964: El 31 de mayo Antonio Sánchez Porteño, debutante en Madrid, abre la Puerta Grande – es el último mexicano en hacerlo en esta etapa histórica – de Las Ventas al cortarle las dos orejas al tercer novillo de un importante encierro del Marqués de Albayda, cuando alternaba con José Luis Barrero y Antonio Sánchez Fuentes. Sobre este festejo escribió Antonio Díaz – Cañabate: La novillada del señor marqués de Albayda fue magnífica. Fue soberbia. Fue ejemplar. Sobre todo esto, ejemplar. Demostró lo que vengo sosteniendo con reiteración, que la fiesta es de toros y que los ganaderos, en su afán de complacer a los toreros, la han convertido en fiesta de los borregos. El señor marqués de Albayda, por lo menos en esta novillada, ha sabido conservar la casta, la fiereza de los toros... Dos vueltas al ruedo a dos toros, primero y quinto. Cuatro orejas e innúmeras ovaciones a los toreros. Vuelta al ruedo acompañado de los espadas. Es decir, la apoteosis de la casta. El triunfo de los toros sobre los borregos... Un triunfo auténtico del novillero acapulqueño, que no tuvo ocasión de reiterarse. 

Alfredo Leal
Antes, el tlaxcalteca Gabino Aguilar se había presentado el día 10 de mayo, alternando con Rafael Corbelle y el cordobés Manuel Cano El Pireo en la lidia de novillos de Andrés Parladé. El compromiso lo cerró Gabino con discreción, teniendo ya en puerta su alternativa en la cercana Corrida de la Beneficencia.

1966: El 26 de mayo el torero de Monterrey, Raúl García confirma su alternativa de manos de Paco Camino y llevando de testigo a El Cordobés. El toro de la cesión se llamó Camilloso, de Francisco Galache. Fue una corrida en la que el padrino y el testigo fueron abroncados toda la tarde, por imputárseles la blandura y poca presencia de los toros lidiados, en tanto que al regiomontano, como confirmante, se le trató respetuosamente, pero el éxito fue ausente para todos.

Resumen del periodo

Años de ausencia: 1958, 1959, 1960, 1961, 1967, 1968, 1969.

Festejos toreados en el periodo:

Joselito Huerta, 7 [1956 (2), 1957 (1), 1964 (2), 1965 (2)]; Jesús Córdoba, 5 [1952 (2), 1954 (2), 1957 (1)]; Manuel Capetillo, 3 [1952 (2), 1963 (1)],  Jorge El Ranchero Aguilar, 3 [1953]; José Ramón Tirado, 3 [1957]; Alfredo Leal, 3 [1962]; Rafael Rodríguez, 2 [1951 (1), 1953 (1)]; Juan Silveti, 2 [1952 (1), 1954 (1)]; Antonio Campos El Imposible, 2: [1963]; Miguel Ángel García, 1 [1955]; Raúl García, 1 [1966]; Fernando de la Peña, 1 [1963, novillada]; Óscar Realme, 1 [1963, novillada]; Antonio Sánchez Porteño, 1 [1964, novillada]; Gabino Aguilar, 1 [1964, novillada].   

A mi parecer, estos son algunos de los hitos que marcan la presencia de México en la Feria de San Isidro en este periodo de la Historia. Cada quien, en su opinión particular, podrá recordar estos mismos u otros distintos. No obstante, la riqueza de esta fiesta y de su Historia, está precisamente en lo que cada uno de nosotros podamos aportar a su recuerdo.

Continuará… 
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