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sábado, 21 de abril de 2012

Tal día como hoy: 1972. Alfredo Leal borda al natural un toro de Las Huertas


Prudente aclaración: A partir de hoy y hasta el día 13 de mayo, apareceré por aquí con más frecuencia de la acostumbrada. El motivo de mi presencia será la de recordar con Ustedes algunos hechos ocurridos en nuestra Feria de San Marcos en otros tiempos. Espero que encuentren interesantes esos recuerdos, que son los hechos que han dado su grandeza a esta Fiesta y a esta Feria.

La Feria de 1972

El ciclo de San Marcos de 1972 nació entre aires de tormenta. Tras de los repetidos triunfos de Manolo Martínez en el año anterior, era, para afición y empresa, un ingrediente necesario en los carteles del ciclo abrileño. En las noticias previas al anuncio de la composición de la Feria, se mencionó con insistencia su nombre como el eje de la misma, pero al final, la noticia que sacudió el ambiente taurino de Aguascalientes, fue el que la empresa que dirigía Guillermo González Muñoz no había podido llegar a un arreglo con el diestro regiomontano y que por ello, se quedaba fuera del serial, descansando todo el peso de éste en Curro Rivera, que como principal atractivo, mataría en solitario una corrida de Torrecilla el día del Santo Patrono.

Otro de los hechos a destacar, sería que la noche del lunes 24 de abril, uno de los diestros que tenía una impecable trayectoria en los ruedos de ambos lados del Atlántico y una clase privilegiada, pondría punto y final a su andar por las arenas. Alfredo Leal, El Príncipe del Toreo había escogido el escenario de la Plaza de Toros San Marcos para matar lo que debería ser el último toro de su vida.
Ese era el escenario en el cual se presentaba el festejo que hoy les quiero recordar.

La corrida del 21 de abril de 1972

Para esa tercera corrida de feria, se anunciaron 8 toros de Las Huertas, ganadería entonces propiedad de Luis Javier Barroso Chávez, que lidiarían el nombrado Alfredo Leal, Joaquín Bernadó, Alfonso Ramírez Calesero chico y Jesús Solórzano hijo. La nota previa al festejo, señalaba que el encierro era disparejo, una escalera, según podemos leer enseguida:

La verdad no nos gustó el encierro de Las Huertas que se lidiará esta noche: es disparejo, fuera de tipo y algunos toros dan la impresión de estar pasados de edad. Pero como dijo Alfonso Ramírez “Calesero”: “Yo no quiero que me gusten, quiero que me embistan...

Ante esa corrida, el festejo se fue deslizando entre altibajos, hasta que salió el quinto de la noche, llamado por el ganadero Lupillo, por ser hijo de Guadalupano, un toro que indultara Raúl García en la Plaza México el día de San José de 1967. 

La crónica del festejo a que hago referencia es de Francisco Lazo, cronista titular del diario deportivo Esto de la Ciudad de México y que por ese año ejerció de cronista huésped en el diario local El Sol del Centro, en virtud de que el cronista titular, don Jesús Gómez Medina ocupó el Palco de la Autoridad durante ese calendario, incluida la Feria, por lo que de esa relación recojo lo siguiente acerca de la faena del Príncipe del Toreo a ese toro de Las Huertas:

Lanceó en el centro del anillo, cargando ligeramente sobre la pierna de salida, a ritmo lento. Y con la muleta, echándola apenas adelante, embarcaba, templaba y mandaba, muy erguido, moviendo solo el brazo, con elegancia. Eran los primeros muletazos, bellos en ejecución, pero aún sin el sentimiento que iba a desbordar Alfredo sobre el ruedo de la plaza de San Marcos... Y ahora con la izquierda, más lento todavía, haciendo flamear el trapo rojo en el último tiempo, con un suave muñecazo. Trataba al toro con delicadeza para hacerlo sentir a gusto y sentirse él, Alfredo, igual. Y todo allí, en el centro del anillo, sin paréntesis que pudieran romper la continuidad, que sacaran de su embeleso al torero y cortaran aquél coro de ¡torero, torero!, o las aclamaciones que de tan continuas, parecían una sola... Pocas, pocas veces se ha visto torear así; repetimos, pocas veces se encuentran un toro de tanta calidad y un torero de tanto arte... Se echó la espada a la cara Alfredo y el público, engolosinado gritaba ¡no, no!, pues quería seguir disfrutando de aquellos momentos. Solo que era ya hora de entrar a matar, y lo hizo Leal, muy derecho, dejando una estocada entera, un tanto traserilla, que hizo rodar sin puntilla al noble animal. Petición unánime. Dos orejas concede la autoridad, solamente, quizás por la colocación defectuosa del acero. A Leal no le importaban los trofeos, como tampoco pareció importarle al público. Y juntos, torero y aficionados se entregaron a la celebración, uno sonriendo ampliamente y los otros vitoreándolo. Y le dijo Alfredo al “Chacho” Barroso: “¡Qué toro!”. Y le respondió el ganadero: “¡Qué torero!”...

El resultado final de la corrida redundó en una tesonera actuación de Joaquín Bernadó, una desdibujada y abúlica presentación de Calesero chico y una entonada presentación de Jesús Solórzano hijo, quien se vio en la necesidad de regalar un sobrero de Jesús Cabrera, al inutilizarse su segundo toro. Con la lidia de nueve toros, el festejo concluyó cuando faltaban quince minutos para las doce de la noche.

Leal y su anunciada despedida

Tras de su faena al quinto de la noche, refiere Francisco Lazo en su crónica la siguiente declaración de Alfredo Leal:

Sí; me voy. Pero deseo hacerlo con dignidad... y toreando así como pude hacerlo hoy. Hubo momentos en que no escuchaba nada, como si el toro y yo estuviéramos en el vacío, él embistiendo y yo llevándolo suavemente... Luego parecía reventar todo y escuchaba la aclamación. ¡No veas que feliz me siento...!

El Príncipe del Toreo toreó la corrida del 24 de abril anunciada como la de su despedida y cuajó otro toro por naturales, de Jesús Cabrera, la ganadería que fue el cimiento de muchos de sus éxitos. Sin embargo, después de esa noche decidió que no podía seguir sin torear y aquí le tuvimos el año siguiente y en los ruedos de México pudimos disfrutar de su arte y de su clase durante todavía algo más de una década.

El festejo de hoy. 1ª novillada de feria: 6 novillos de Real de Saltillo para Antonio Lomelín hijo, Ricardo Frausto y Joaquim Ribeiro El Cuqui.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Los giros de la fortuna


El 19 de diciembre de 1965, reaparecía en la Plaza de Toros Torreón un diestro que, teniendo ya algunos años recorriendo los redondeles mexicanos, atisbaba apenas la oportunidad de sacar la cabeza entre los del escalafón mayor. Me refiero a Emilio Sosa, quien, por decirlo de alguna manera cobraba la oportunidad ganada con sangre en la misma plaza el 20 de noviembre anterior, cuando alternando con Curro Girón y Emilio Rodríguez en la lidia de toros de La Trasquila, el sexto de esa tarde, Corsario, le infirió una cornada de veinte centímetros de extensión en el muslo derecho. Su actuación en ese festejo, de acuerdo con la crónica que publicara en el diario El Siglo de Torreón su cronista titular Guillermo V. Zamudio, fue la de un bravo de los ruedos y aún sin cortar orejas, fue quien causó mejor impresión en esa tarde en la que se conmemoraba el trigésimo aniversario del coso torreonense.

Para la fecha de su reaparición, se le anunciaba en un cartel con dos diestros que de alternativa reciente, eran, junto con otros de su generación, quienes estaban llamados a tomar el relevo de los de la Edad de Plata mexicana, como fue el caso en esta tarde de Mauro Liceaga y de un jovencísimo Manolo Martínez, que toreaba su tercera corrida como matador de toros. El encierro provenía de la ganadería de Las Huertas, propiedad de don Luis Javier Barroso Chávez quien hacía su presentación en Torreón como ganadero.

Emilio Sosa se había presentado como novillero en la Plaza México el domingo 2 de agosto de 1953, llevando como alternantes a la rejoneadora norteamericana Georgina Knowles y a pie a Paco Honrubia y a Carlos Cruz Portugal. Los novillos fueron de Mimiahuápam, propiedad de don Luis Barroso Barona, persona que siempre trató de ayudar a Emilio, a quien se le fue vivo el segundo de la tarde nombrado Cantaclaro. Recibe una alternativa en Guatemala, el 22 de octubre de 1961, de manos de Jesús Córdoba con quien actúa mano a mano en la lidia de toros de Coapantes, misma a la que renuncia para volver a torear como novillero en la Plaza México el 15 de julio de 1962 y recibe el doctorado definitivo el 20 de diciembre de 1964, en Tapachula, Chiapas, de manos de Rafael Rodríguez, lidiando nuevamente toros de Coapantes.

Emilio Sosa había mantenido un cartel discreto en las plazas del Sur de la República Mexicana, toreando principalmente en los estados de Chiapas, Campeche y Tabasco y sin llegar más allá de las diez corridas al año. Con esa preparación es que llegó a Torreón a intentar dejar ese circuito en el que estaba inmerso, para intentar salir de allí con la oportunidad de convertirse en figura del toreo.

La corrida

La crónica es de Guillermo V. Zamudio y publicada en El Siglo de Torreón del día 20 de diciembre de 1965. Me parece algo alambicada, pero refleja quizás lo que a través del tiempo significó en realidad este festejo para algunos de sus participantes.

...no se puede ser honrado ni entregarse sin rodeos cuando se tiene enfrente no al toro que es nobleza en su bravura y es casta y es coraje en su divisa... sino al marrajo peligroso que salta a la arena a tirar la cornada que asesina y a cazar al torero en la embestida... Porque eso era “Comodín”, la fiera que inmolara ayer a Emilio; como así fueron “Cara Sucia”, “Castoreño”, “Cigarrito”, “Bravío” y “Fosforito”... Seis asesinos con cuernos que dieron siempre la impresión de estar toreados... que nunca tuvieron un gramo de nobleza, pero sí arrobas de cobardía, que volvieron la cara a los piqueros y que contra todas las reglas, tuvieron que ser castigados cerrándoles la salida y en los medios... Cobardes y asesinos, eso fueron los toros de Las Huertas... Ayer volvió a caer Emilio Sosa... Y su cornada no fue el producto de un desconocimiento de la lidia, ni de un intemperante alarde de valor, ni siquiera de un descuido... fue la manifestación clara del hombre que quiera darlo todo solo por recibir la satisfacción de cumplir con el que paga, de entregarse por entero a una afición como la nuestra que lo ha hecho suyo, que es parte de nuestra Fiesta y que lo quiere de verdad...

De lo que entresaco de la crónica, se deduce con claridad que el encierro del debutante ganadero Chacho Barroso no funcionó y que los toreros pasaron las de Caín con él. Y sobre todo Emilio Sosa, que se llevó una gran cornada en el tórax, según el parte médico:

Herida producida por cuerno de toro penetrante de tórax, como de diez centímetros de extensión, situada en el octavo espacio intercostal del hemitórax izquierdo, a nivel de la línea axilar media, que interesó piel, tejido celular subcutáneo, aponeurosis musculares intercostales, pleura parietal, fractura de costilla y entrando en la cavidad torácica, produjo un desgarre del pulmón izquierdo en cara posterior y superior del lóbulo medio, mediante una herida de un centímetro de extensión y medio centímetro de profundidad, y otra de siete centímetros de extensión y cinco de profundidad, con ruptura de pleura visceral y vasos pulmonares; además presenta hemotórax izquierdo abundante. Estas lesiones son de las que ponen en peligro la vida y tardan en sanar más de quince días. Doctores Gonzalo Reyes Gamboa. J. Romeo de la Fuente. Jesús Solís Fabila. David Martínez.

Emilio Sosa (Foto cortesía
Toreros Mexicanos)
Como podrán observar de la lectura de la descripción de la herida y de los destrozos que causó, es quizás una de las cornadas más graves que se han producido en ruedos mexicanos en el último medio siglo. Tan grave fue, que prácticamente quitó a Emilio Sosa de torero, porque si bien en 1966 y 67 todavía alcanzó a vestir el terno de luces en alguna oportunidad, ya no recuperó la posición que había alcanzado al final de ese 1965 y acabó por dejar los ruedos y si hemos de hacer caso al bibliófilo Daniel Medina de la Serna, integrado a la Policía Secreta de la Capital Mexicana.

Los giros de la fortuna

El tercer espada del cartel era un jovencito de Monterrey llamado Manolo Martínez, que esa tarde, decía arriba, salía al ruedo por tercera vez como matador de toros, pues apenas el 7 de noviembre anterior, Lorenzo Garza le había otorgado la investidura en la tierra de ambos, con el testimonio del linarense Humberto Moro, lidiando la terna toros de Mimiahuápam. La misma crónica que me trajo a recordar este festejo, dice sobre Manolo Martínez lo que sigue:

Manolo Martínez, que como novillero apuntaba como un pequeño Maestro, ayer parecía un estudiante, se dejó ver lo menos posible, se enfundó en su capote para cubrir su frío y tal vez su miedo y solo salió a la arena cuando las circunstancias así lo exigieron... Mal comienza como Diestro de Alternativa... tampoco en Monterrey se le dio bien...

Un juicio duro, directo y tempranero. Nadie pensaría que algo más de un año después, Manolo Martínez tendría el mando total de la Fiesta en México, que nada sucedía en ella sin su bendición y que igualmente, podía con todo y con todos en los ruedos y que ese estado de mando, se prolongaría por dos largas décadas, con todo lo positivo y también con todo lo negativo que una dictadura de esa naturaleza implica. Pero ese 19 de diciembre de 1965, no convenció al cronista de Torreón, que pensó que su alternativa fue precipitada.

Así son los giros de la fortuna, quien parecía salir del anonimato, en cuanto pudo ver la luz, resbaló para caer y no volver a salir y el que se dijo que no tenía la talla, fue el que resplandeció y mandó por largo, largo tiempo. 
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