domingo, 13 de enero de 2013

El Rey del Temple y Revistero de Aleas

Jesús Solórzano
El Rey del Temple

El pasado jueves, 10 de enero, se cumplieron ciento cinco años del natalicio, en Morelia, Michoacán, de Jesús Solórzano Dávalos, uno de los toreros mexicanos que integraron lo que con justeza puede ser considerada la Edad de Oro del Toreo en esta vertiente del Atlántico. Jesús Solórzano recibió la alternativa en El Toreo de la Ciudad de México el 15 de diciembre de 1929, de manos de Félix Rodríguez, que le cedió al toro Cubano, de Piedras Negras, en presencia de Heriberto García. Viaja a España el año siguiente y renuncia a ese doctorado, presentándose en Madrid como novillero el 20 de julio de 1930, dejando una muy buena impresión, lo que le lleva a recibir una segunda y definitiva alternativa en Sevilla, el 28 de septiembre de ese calendario llevando como padrino a Marcial Lalanda y de testigo a Cayetano Ordóñez Niño de la Palma, siendo el toro de la ceremonia Niquelado, de Pallarés Hermanos.

Jesús Solórzano fue un torero que desde sus inicios – su quinta novilleril se integró con toreros como Carmelo Pérez, Esteban García y Carnicerito de México – se distinguió por la naturalidad con la que realizaba el toreo y por la forma en la que templaba a los toros, razón por la cual, pronto fue apodado El Rey del Temple, apelativo que le seguiría durante toda su trayectoria en los ruedos y en la vida.

Confirmó su alternativa sevillana el 6 de abril de 1931, con el toro Espartero de Bernardo Escudero, previa la cesión de trastos que le hiciera Nicanor Villalta ante el testimonio de Joaquín Rodríguez Cagancho y Francisco Vega de los Reyes Gitanillo de Triana y en ese mismo calendario, el domingo 7 de junio, tendría una de las más grandes actuaciones que diestro mexicano alguno haya firmado en Madrid, cuando alternando con Valencia II y José Amorós, enfrentó una corrida de la ganadería colmenareña de don Manuel García, antes Aleas. Es la tarde en la que le corta las dos orejas al toro Revistero, tercero de los corridos ese día.

La versión de Federico M. Alcázar

En el semanario Crónica, Madrid, junio 1931
El primer testimonio al que recurro para recordar el suceso, es el de Federico M. Alcázar, publicado en el diario madrileño El Imparcial, del martes 9 de junio. La crónica de Alcázar es lo que los escritores de hogaño llamarían una crónica de concepto. No abunda en los detalles de la faena del Rey del Temple, sino que, intentando transmitir a sus lectores la sorpresa que le produjo la magnitud de la obra que presenció en el ruedo de la Carretera de Aragón, más bien pretende expresarles la impresión que aún lleva, considerando que por la Ley del Descanso Dominical vigente, tuvo más tiempo para escribir y no lo hizo a matacaballo inmediatamente después de la corrida. Lo más destacado de la crónica de Alcázar es lo siguiente:

Ha terminado la corrida y todavía no hemos salido de nuestra sorpresa, mejor dicho, de nuestro asombro. La faena de Solórzano al tercer toro ha sido un deslumbramiento. Mucho esperábamos del torero mejicano, pero la realidad ha superado nuestras esperanzas. Creíamos en su valentía, en su magnífico estilo de torero, en sus excelentes condiciones de matador y esperábamos el momento, no de la revelación, porque ya se reveló como novillero, sino de la faena de su consagración. Para nosotros era una cosa prevista, prevista y descontada. Era cuestión de fecha. Lo que no creíamos, debemos confesarlo lealmente, lo que no esperábamos, lo que no habían previsto nuestros cálculos, es que una tarde se remontara a las cumbres más altas de la inspiración torera y realizara una de las faenas más acabadas y perfectas de la historia en estos últimos quince años. Dice un poeta que las montañas sólo se unen por la parte más baja; lo más alto se eleva solitario al infinito. Así ocurre con las faenas que marcan una fecha y quedan como punto de referencia... ¿Cómo ha sido?, preguntará el lector impaciente. Ya he dicho en otra ocasión que los momentos de más sublime y gozosa emoción, son por su misma naturaleza inefable, intraducibles en palabras, inexpresables en imágenes. Hasta la hipérbole, tan socorrida otras veces, no nos sirve, porque la grandeza de la faena excede los términos de la ponderación. Ha sido algo tan asombroso, tan definitivo, que su recuerdo parece un sueño más que una realidad. Está tan viciado el toreo, tan mixtificado el estilo, tan corrompido el gusto, tan falseada la fiesta, que cuando nos encontramos con una faena como ésta, sentimos la misma alegría gozosa que el pueblo israelita al pisar la tierra de promisión... Para describirla tenemos que prescindir de toda esa visión amanerada y violenta, ramplona y cursi, del toreo de oralina y encajarla en las definiciones clásicas del arte del toreo. Clásica por su factura, por su porte, por su rumbo, la faena de Solórzano es un modelo de bien torear. Por las circunstancias, por el momento, por la época, es un punto de referencia, una cima ideal de suprema belleza clásica. Eso es el toreo; así se torea, esa es la verdadera escuela del arte. Cuando algún curioso nos pregunte cómo se ha de dar el pase natural, le remitiremos a esta faena memorable de Solórzano en la Plaza de Madrid... Cuando termina la corrida, un significado belmontista comenta la faena diciendo: «Ese toro va a ser el mejor toreado que se arrastre esta temporada»... «¿Esta temporada nada más?», preguntamos... Un gesto de duda, que es más expresivo que las palabras, corta el diálogo...

Como vemos, Alcázar llega incluso al riesgo de calificar la faena de Solórzano a Revistero, como la mejor de la temporada – que apenas mediaba – y quizás la de muchas más.

Cómo fue que vio la corrida Corinto y Oro

Una segunda versión de lo sucedido el 7 de junio de 1931 es la de Maximiliano Clavo Corinto y Oro, publicada en La Voz, menos abundante en impresiones, algo más concentrada en los detalles y que repara – importante detalle – en la presencia y comportamiento del toro y dejando ver además, que conoce en alguna medida la importancia de Solórzano en el medio taurino mexicano. Extraigo de la crónica de Corinto y Oro esto:

La tarde en que el año pasado debutó Jesús Solórzano en la plaza «grande» tuvo una actuación tan brillante, que mereció este título en la crítica del revistero que suscribe: «Solórzano; la estatua que torea». La estatua volvió ayer a manifestársenos en toda su original pureza de arrogancia, quietud, sabor y gesto estético... Los acontecimientos han surgido, traídos de la mano por la lógica. Solórzano arma recientemente un alboroto en Barcelona, repite en Granada, en el Corpus, y ayer, en Madrid, en la renovación del abono, acaba de consagrarse... Entra el tercero en escena. Es un «mozo» y es colorao retinto, más «Colmenar» que el arrastrado. Se acerca el momento cumbre de la corrida. ¡Ya está! Solórzano busca al retinto, le ofrece el capote con firmeza y se le escapa. Otra tentativa, ya sin dejarlo escapar. Tres lances maravillosos y una preciosa serpentina entre los mismos pitones arrancan una ovación e inician el alboroto. Otros tres lances con los pies clavados y juntos y media verónica formidable. ¡Qué bien torea este «Chuchito»! El bicho, voluntario, tardea; pero tiene buen estilo. Ahora viene un tercio de quites que se recordará toda la temporada... El público, frenético de entusiasmo, obliga a los tres matadores a salir a los medios montera en mano. (¡Viva la fiesta española!) Solórzano coge los palos y se banderillea al colmenareño con tres pares por la cara, el segundo, gramaticalmente monumental. El alboroto sigue sin interrupción, para verse inmediatamente coronado por una faena que es un asombro de valor y arte... La ovación y los olés puede que se oyeran hasta Chapultepec. Dos pinchazos superiorísimos, en los que el diestro se va tras la espada; un estoconazo y el toro rueda. Ovación inenarrable, la oreja y vuelta al ruedo entre merecidas aclamaciones. También al colmenareño se le da la vuelta al redondel. Esta decisión – ¿de quién ha sido esta decisión? – es un poco arbitraria, porque el toro, aunque muy dócil, ha embestido realmente obligado por el torero. El toro no ha sido de bandera ni mucho menos; el que ha sido de bandera es el nuevo embajador de la tauromaquia mejicana, al que sin reservas lo ha proclamado el público figura del toreo…

El recuento de Federico Morena

Así lo vio Roberto Domingo
(La Libertad, Madrid, 9/06/1931)
Dejo al final la primera crónica que apareció, la del Heraldo de Madrid, firmada por Federico Morena y salida a los quioscos la noche del 8 de junio. Es esta la que más abunda en detalles – desde proporcionar el nombre del toro – y también en establecer una comparación que los demás no hacen, en el sentido de establecer que la tauromaquia de Jesús Solórzano es similar a la de Antonio Márquez. No obstante, coincide con las dos anteriores, en la grandeza de la obra del moreliano y difiere con la de Corinto y Oro en dos aspectos, primero, en el número de apéndices otorgados y después, en el hecho de la concesión de la vuelta al ruedo al toro, que según Morena no se otorgó y según Maximiliano Clavo sí, pero de manera indebida.


La relación que hace Morena repara además en un hecho que parece que se repite a través de los tiempos. La selección del ganado según la conspicuidad del diestro que enfrentará y por lo visto, en ese verano madrileño Valencia II, José Amorós y Jesús Solórzano tenían que mucho que justificar tanto a la cátedra como al resto de la afición española. De esta última crónica extraigo esto:

En la Academia de Tauromaquia - vulgo Universidad taurina de la carretera de Aragón - hubo ayer, en la tarde, sesión solemne. El ilustre doctor mejicano D. Jesús Solórzano ha ocupado, con el ceremonial de costumbre, el sillón que en la docta casa – casa sin tejado, pero con tejadillo – dejó vacante, por renuncia, el insigne D. Antonio Márquez… El recipiendario explicó prácticamente una magistral conferencia de tema de tanta monta en tauromaquia como «El valor, el temple y la naturalidad». El nuevo académico recibió muchas y muy enardecidas felicitaciones… Quiere decir esto, bien traducido, que Solórzano ha triunfado plenamente en la primera plaza de la República. Y como yo creo que la función del crítico es hacer justicia y dar a cada uno lo que es suyo, sin detenerse a averiguar en qué tierra, próxima o apartada, indígena o exótica, rodó la cuna del torero, digo y proclamo a los cuatro vientos de la celebridad que Jesús Solórzano, el flamantísimo matador de toros mejicano, se colocó ayer en las avanzadas de la torería por méritos indiscutibles y generalmente reconocidos que contrajo en la lidia y muerte del toro «Revistero», colorao, número 96, de la ganadería colmenareña de D. Manuel García, antigua y famosa vacada de D. Manuel Aleas… «Revistero» fue un toro. Un toro con la edad y el peso reglamentarios. No fue uno de esos toretes al uso del campo de Salamanca – y a veces también del campo andaluz –, criados expresa y deliberadamente para que los conspicuos de la tauromaquia se enriquezcan con el menor riesgo posible. ¡Un toro! Siquiera no mereciese los honores de la vuelta al ruedo. Salió con muchos pies, y un peón excelente, conocedor como pocos de su arte, el gran «Rerre», lo prendió en la punta de su capotillo y tiró de él en zig – zag portentoso, matemático, desde los medios hasta el tercio. Y allí pasó «Revistero», sin brusquedades, en una solución de continuidad perfecta, del capote de «Rerre» al capote de Solórzano. Y al grito entusiasta y justiciero que decía «¡Así se torea a punta de capote!», hubo de suceder otra voz fervorosa e igualmente justa: «¡Así se torea a la verónica!»... lances largos, templadísimos; bien cargada la suerte; las manos bajas – que no es vicioso el procedimiento, aunque yo prefiera, en esta como en todas las suertes, la naturalidad –; el pecho fuera, sobre el balconcillo del capote y el mentón clavado en el pecho para ver pasar «todo» el toro... Una media verónica finísima, elegante, majestuosa, de la escuela de Antonio Márquez – llevaba el sello característico, inconfundible –, y al rojo vivo los entusiasmos populares... Solórzano cogió las banderillas. Había que redondear la lidia tan admirable tan admirablemente comenzada... Jesús colocó tres pares al cuarteo citando sobre corto y casi sin salida. Valor y dominio de la suerte... Así llegamos al gran momento. El toro, en el tercio del 2. El espada avanzó despaciosamente a su encuentro, la muleta en la diestra mano. «Revistero» escarba en la arena y retrocede. Inquietud en el público. ¿Tendremos toro? El espada citó de nuevo. Se arrancó el toro suave y la muleta peinó los lomos de la res y salió por la penca del rabo. Se revolvió el toro y Solórzano se lo echó por delante en un gran pase cambiado por arriba que arrancó las primeras exclamaciones de asombro. Otro pase por alto, con colada. Y la muleta a la zurda. El toro tardo en la embestida. El torero adelantó la muleta bravamente para provocar la arrancada. Y se llevó prendido a «Revistero» en un buen pase al natural, que ligó con el de pecho, magnífico. (Ovación)... Una serie de tres naturales... la mano del torero deslizóse suavemente, templadamente y la figura del torero no perdió un solo instante la naturalidad, cosa esencialísima y en la que el público, el gran público, apenas para mientes... la muleta, vencedora, triunfante, volvió a la derecha para dibujar unos pases muy toreros. Y en un instante en que el toro se arrancó brusca e inopinadamente, se libró el espada del embroque jugando con soberana habilidad la mano zurda para ganar la acción a «Revistero» y echárselo otra vez por delante en un pase de pecho que levantó en el graderío murmullos de admiración... Tres veces entró a matar. Las tres sobre corto y sin separarse un milímetro de la línea recta. Dos pinchazos magníficos y una estocada corta superior. Toda la faena fue coreada por el público, y cuando el toro dobló, millares de pañuelos se agitaron en el aire. Y no volvieron a los bolsillos hasta que el espada cortó las dos orejas del noble animal... Entonces estalló una verdadera tempestad de aplausos... ¡Salud, Solórzano ilustre!...

En el semanario Mundo Gráfico, Madrid, junio 1931
(Foto: Alfonso)
Es así como fue contada a la afición de Madrid y de España una de las páginas brillantes de la historia del toreo.

Concluyendo

El paso en los ruedos de Jesús Solórzano no solamente está señalado por la tarde de Revistero. También la gloria le llegó con los nombres de Granatillo, Redactor, Cuatro Letras, Batanero, Brillante, Príncipe Azul, Pies de Plata, Tortolito, Picoso o Pimiento y que lograron construir la historia y la leyenda de El Rey del Temple.

Jesús Solórzano se despidió de los ruedos el 10 de abril de 1949 en la Plaza México, en una corrida de toros en la que alternó con Luis Procuna y Rafael Rodríguez en la lidia de un encierro de Matancillas. El último toro que mató vestido de luces fue Campasolo y llevaba en el anca el hierro de La Punta – ganadería hermana de la anunciada – también propiedad de sus cuñados Francisco y José C. Madrazo, al que le cortó una oreja. Falleció en la Ciudad de México el 21 de septiembre de 1978.

Aclaración necesaria: Los resaltados en los textos de Corinto y Oro y Federico Morena no obran en sus respectivos originales, son imputables exclusivamente a este amanuense.

4 comentarios:

  1. Recibido por correo electrónico:

    Xavier: Interesante tu acercamiento a Don Jesús Solórzano, al cual por meras circunstancias de edad nunca le vi vestido de luces, aunque mi padre siempre se expresaba bien de su queahcer taurino, al igual que mi hermano Manuel.

    Lo que si tuve oportunidad es de estar en varias tertulias con Don Jesús, en la cafetería del Hotel Francia, pues por su relación familiar con los señores Madrazo, dueños de La Punta, venía con regularidad a Aguascalientes. Destacaba su manera amena para relatar sus andanzas por los ruedos, con chispeantes anécdotas, al igual que denotaba profundidad en su conocimiento sobre el comportamiento de los toros, razón que justificaba el que fuera invitado constante en diversas ganaderías para participar en tientas, en que no solo toreaba, sino que también solía hacer labores de varilarguero. Platicaba sin soberbia y con cierta condescendencia, en particular para los jóvenes que nos atrevíamos a compartir un café con el él, sin que se molestara por nuestras preguntas de noveles aficionados, ávídos de saber un poco más de como apreciar la fiesta de los toros. Vaya pues un agradecimiento a tí, por esta interesante nota de Don Jesús, que nos ha removido gratos recuerdos de su don de gente.

    Gustavo Arturo de Alba

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    1. Don Gus: Como diría su antitaurino amigo, Claudio Vargas, no le vimos en los ruedos "por un mero accidente demográfico"... Sin embargo, una diferencia había entre esas figuras del toreo y las "figuras" del hoy. Las de antaño se acercaban a la afición, en tanto que las de hogaño parece que solamente se rodean de sus palmeros... Por eso no dejan escuela. Gracias por pasar por aquí.

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  2. Xavier:
    Siempre estamos volviendo la vista atrás y aunque algún ganadero de moda asegure que no hay nada cómo el presente, la verdad es que servidor encuentra en ese pasado muchas de las cosas que ahora echamos de menos. Aparte de sus virtudes toreras, el temple, la naturalidad, el confirmar con los de Aleas..., yo añoro especialmente la sorpresa, esa que de vez en cuando daban algunos toreros y ganaderos, que se presentaban en Madrid y de repente parecía que se te abrían más los ojos. Qué difícil se hace el poder disfrutar de algo que era una de las características de esta Fiesta.
    Un abrazo

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    Respuestas
    1. Es que, Enrique, ese "seguro azar del toreo" del que escribia Alameda, es lo que lo hace interesante, vivo. Cuando se vuelve predecible, aburre y es cuando uno empieza a pensar en otras cosas. Gracias por pasar por aquí.

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