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miércoles, 29 de julio de 2020

En el centenario de Carlos Arruza (X)

29 de julio de 1951: Triunfo de Arruza en la despedida de Chicuelo

Chicuelo, Arruza y Manolo González
Barcelona, 29 de julio 1951
Foto: Mateo
Manuel Jiménez Chicuelo fue el primer torero que tuvo la intuición necesaria para ejecutar completa la sinfonía del toreo de la que Gallito, Gaona y Belmonte habían dejado compuestos por separado los movimientos que representan lo que hoy concebimos como el toreo moderno. Y no lo hizo con un signo meramente imitativo, sino que le dio su propio acento y su propia signatura, lo que le convirtió indudablemente en uno de los constructores del edificio que es la tauromaquia contemporánea.

Chicuelo, nacido en 1902, recibió la alternativa en septiembre de 1919 de manos de Juan Belmonte en la plaza de Sevilla. Él a su vez alternativó a 29 toreros, de los que quizás el más señalado sea Manolete, a quien se dice entregó el testigo de la evolución del toreo. Esto último es un buen recurso literario, más no un acto consciente, sin embargo, quienes han escrito sobre esta arista de la historia del toreo, así lo consideran.

Para el 29 de julio de 1951, Pedro Balañá – el viejo – anunció una corrida salmantina de Alipio Pérez Tabernero Sanchón para el ya nombrado Manuel Jiménez, Carlos Arruza y Manolo González. El anuncio de la corrida señalaba que era la despedida del diestro sevillano de la afición barcelonesa y la reaparición de Arruza tras de cuatro años de ausencia, causada esta por la ruptura de las relaciones entre las torerías de México y España.

Ese 1951 Chicuelo toreó solamente tres corridas. Abrió el año allí en Barcelona, luego, el 26 de agosto actuaría en El Puerto de Santa María con José María Martorell y Litri en la lidia de toros de Juan Pedro Domecq y cerraría su brillante trayectoria en Utrera el 1º de noviembre cuando ante toros de Concha y Sierra se acarteló con Juan Doblado y Juan de Dios Pareja Obregón a quienes dio la alternativa, para poner el punto y final a una carrera que sin duda es crucial para la fiesta de los toros.

Aunque después en una entrevista que le realizó Fausto Botello en 1967, publicada en el ejemplar del semanario El Ruedo correspondiente al 2 de febrero de ese año, el maestro diría que él jamás se despidió, que Balañá anunció la corrida con esa finalidad en su propio beneficio… 

La gran tarde de Chicuelo

Lo que realizó el diestro de la Alameda de Hércules puede observarse desde distintas ópticas, como la de A. de Castro, cronista del diario Mundo Deportivo de la Ciudad Condal, quien al día siguiente del festejo publicó lo que sigue:
...La vieja gloria – léase Manuel Jiménez «Chicuelo» – no se dejó pisar los talones por las glorias de hoy y tal fue su labor que faltó un tris para que se llevara la oreja de su primer toro, y si no la obtuvo fue por culpa del puntillero que levantó al toro con el cachete cuando ya «Chicuelo»  había cumplido brillantemente su labor. Hubo sin embargo de dar la vuelta al ruedo y salir a los medios. Del cuarto toro se llevó en la espuerta las dos orejas y su éxito fue de los que dejan «mascar» una repetición inmediata...
Pero también puede analizarse su actuación a la luz de lo que su paso por el ruedo de la Monumental representó para la historia del toreo y es así como lo trata Eduardo Palacio en su tribuna de La Vanguardia, quien entre otras cosas, reflexiona lo siguiente:
Diré sólo que en Barcelona toreó su última corrida el 29 de agosto de 1948, tarde en que se presento Manolo González, que salió al coso herido en la cabeza, como ocurrió el domingo, que hubo de salir destocado pues venía de ser pisoteado en la feria valenciana por un toro, que le hirió en la frente. Bien, pues «Chicuelo», que el aludido domingo pasado reapareció en la Monumental, donde se apretujaba la gente y, gracias a Dios, se dejaba sentir, ¡al fin!, un fuerte calor, fue ovacionado en el paseo, se le obligo a salir a los medios, y después sacó a éstos a sus dos compañeros de terna, que eran nada menos que Carlos Arruza y Manolo González. Vestía el reaparecido de perla y oro, y traía de peón de confianza al que siempre lo fue suyo; al fiel amigo, al auxiliar incondicional, Benito Martin, «Rubichi», persona conocedora como nadie de las alegrías y dolores del «maestro», quien le quiere tanto y tan predilectamente, que lo hizo padrino de pila de una de sus hijitas. No es de extrañar que «Rubichi» cuando el público aclamaba el domingo a «Chicuelo» y se le otorgaban las dos orejas del cuarto toro de la tarde, fingiese reír o por lo menos sonreír, y en vez de ello sollozase y de sus ojos desprendiéranse lágrimas, que enjugaba en su capote de brega, como el peón que siente escozor al recibir en un parpado las arenas que los toros levantan con sus remos y bufidos al corretear por los cosos. Total, que la corrida, fue un éxito, un gran éxito para los tres espadas y una delicia para los veintitantos mil espectadores que la presenciaron, entre los que había no pocos sevillanos venidos expresamente «a vé a Manué». ¿Y sabéis quien vino también de allí? Lo explicaré. Me saludo un señor, cuya cara me era conocida y ocupaba la quinta localidad a mi derecha; yo le respondí con el mismo afecto que él había puesto en el ademán y hacíame señas cuando toreaba «Chicuelo» y se tropezaban nuestras miradas, siguiendo yo sin reconocerle. Pregunté a un peón y me dijo: «Es don José Zarco, de Sevilla también». «Bien — repliqué —, ¿pero qué es?». «Pues un señor millonario que fue torero, lo dejó, se metió en negocios y ha hecho un fortunón». Entonces caí en que era José Zarco Carrillo, novillero puntero que mataba de manera extraordinaria y que se doctoró en Madrid en 1921 de manos de «Ale», para, al poco tiempo retirarse de la circulación taurina, lo que ahora juzgo muy bien hecho...
Ese cuarto toro al que Chicuelo le cortó las orejas se llamó Canastillo, número 31 y por su parte, Antonio Santainés pone esa faena al nivel de una de un toro Rebujina de Villamarta el 5 de mayo de 1932 y a su vez Don Quijote, al narrar esa faena, la reúne con otras realizadas allí como la de un toro de Pérez de la Concha en 1920, la de Vividor de Contreras en 1921, uno de Cruz del Castillo en Las Arenas también ese año, la de Sulimán de Vicente Martínez en 1923, uno de Albaserrada en el 26, otro de Contreras en el beneficio de Conejito en el 27... Y Santainés reitera que esa del Rebujina de Villamarta era la última gran obra de Chicuelo antes de esta tarde del 51...

El triunfo de Carlos Arruza

Con el recorrido realizado hasta este punto por la trayectoria de Carlos Arruza nos queda ya claro que Barcelona era una especie de plaza talismán para el Ciclón Mexicano. Es quizás, la plaza española en la que más toreó y también en la que muchos triunfos resonantes obtuvo. No creo incurrir en error si señalo también que era una plaza en la que era también muy querido.

Esa tarde del último domingo de julio de 1951, Carlos Arruza volvió a triunfar en la Monumental barcelonesa. Y lo hizo sin perder un ápice del toreo entregado y emotivo que fue su divisa desde su primera actuación allí. Eduardo Palacio, en la crónica ya citada, nos cuenta:
...Desde que Arruza ha echado a torear esta temporada lleva cinco corridas de actuación y en cuatro ha sido orejeado. Ello parece, lógico y natural viendo lo artista que está y el valor que le acompaña. El domingo recibió su primer toro con cuatro faroles de rodillas, y en pie tres verónicas majestuosas, seguidas de un quite, centelleante, iniciación de un tercio de maravilla que amenizó la música, pues González dibujó en el suyo seis lances con el capote a la espalda que fueron un verdadero primor, «Chicuelo» por «chicuelinas», y tornó Arruza a hacer otro con el capotillo a la espalda. No habían cesado las ovaciones, cuando Arruza cosechaba otras tres en sendos pares de rehiletes, y ya sonaba de nuevo la música amenizando la siguiente faena... Señaló un pinchazo sin soltar el arma y arreó un volapié entero en el propio hoyo de las agujas. Concediéronsele las dos orejas del cornúpeta y dio la vuelta al ruedo y salió a ¡os, medios entre una ovación unánime y calurosa. Al quinto toro de la fiesta clavóle dos pares y medio de banderillas, formidable el segundo, y con la muleta enjaretó una faena porfiona, acompañada por la música... La faena del mejicano, valerosa en alto grado, fue interrumpida por el toro, que prendió al artista, derribólo y lo tuvo entre las patas, tirándole fuertes derrotes, pero sin encarnar hondo por fortuna. Levantóse el muchacho con el vestido deshecho y con sangre en la pantorrilla derecha, requirió los avíos, dio cinco panes más, plenos de coraje, y entró a herir con mil toneladas de valor, enterrando todo el estoque en la misma cruz. Se le entregó una oreja, dio la vuelta, al ruedo, salió a los medios y saltó al callejón para que le recompusieran el traje...
Como se puede leer, fue la actuación de Arruza en estado puro, lo que le permitió mantener su empatía con la afición de la capital de Cataluña y a la cual correspondería siempre que tuviera la ocasión de hacerlo.

Finalizando

Hasta los carteles de la despedida de un torero tienen que organizarse con imaginación. Aquí al viejo Balañá no le faltó de esto. Manuel Jiménez Chicuelo, quien en la década anterior toreaba intermitentemente y promediaba unas tres corridas anuales tenía que ir bien arropado en su adiós en una plaza de categoría. Pero no solamente en el papel. Así, por una parte se le acompañó en el cartel con Carlos Arruza, representante de la verdadera escuela mexicana del toreo, la de Ojitos, recibida vía las enseñanzas de su maestro Samuel Solís y el toreo de la sevillanía más pura encarnado en Manolo González que mutatis mutandis, era la prolongación de la obra del torero que decía adiós.

Como se ve, hasta para eso hay que saber poner las cartas sobre la mesa, tanto para que la gente vaya a la plaza, como para que, en una actitud de respeto al torero que se despide, su tauromaquia luzca debidamente. Pero esos eran otros días. Hoy, decía un personaje de una novela de la revolución mexicana, las cosas se jilan de otro modo…

Agradecimiento

Agradezco a Joaquín Albaicín el haberme puesto sobre la pista de este interesantísimo asunto.

domingo, 3 de mayo de 2020

Jaime Rangel. A 35 años de su despedida de los ruedos

Jaime Rangel
Foto: Cortesía altoromexico.com
Al final de la temporada 1956 – 57, las cosas de los toros en la capital de México quedaron revueltas. Tanto así que la gran plaza permaneció cerrada hasta junio de 1958 y aún con esa apertura, hasta el año de 1960 su funcionamiento no fue regular. Por eso no se dieron en ella novilladas durante el verano de 1959, pero eso no significó que la Ciudad de México se quedara sin temporada chica, pues ésta se verificó en el hoy difunto Toreo de Cuatro Caminos, donde el ingeniero Armando Bernal ofreció a la afición un ciclo de 31 festejos, en los que destacaron entre otros, toreros como Héctor Obregón, Antonio Sánchez Porteño, Rubén Bandín y quien me ocupa en estas líneas, el hidalguense Jaime Rangel.

Sobrino de uno de los toreros más incomprendidos de la historia patria del toreo, me refiero a Ricardo Torres, nativo de San Miguel Vindhó, Jaime Rangel toreó en ese ciclo cuatrocaminero siete de los festejos ofrecidos en el serial y fue, al final el que mano a mano con Porteño, cerró esa temporada en una singular novillada de concurso de ganaderías organizada por la Asociación de Criadores, que ofrecía un premio de quince mil pesos al novillo triunfador a determinar entre Tejedor de Zotoluca, Bien Hecho de San Mateo, Marinero de Rancho Seco, Zacatecano de Jesús Cabrera, Aceitero de Pastejé y Anda Solo de Santo Domingo

Jaime Rangel fue uno de los novilleros que hicieron la transición a la temporada novilleril de la Plaza México para el año de 1960, ya normalizada su operación. Y lo hizo de manera triunfal. Esa temporada constó de 27 festejos de los cuales toreó 11, entre los cuales cuatro fueron de mano a mano y fue el primer novillero en la historia del coso en matar una novillada en solitario, el domingo 20 de noviembre con novillos de Pastejé. En ese calendario novilleril compitió con toreros como Víctor Huerta, Fernando de la Peña, Óscar Realme, Antonio Campos El Imposible, Felipe Rosas o Jorge Rosas El Tacuba.

Esa hoja de resultados le valió tomar la alternativa allí mismo el primer día de 1961 en un cartel redondo. Le apadrinó el Lobo Portugués Manolo dos Santos y atestiguó la ceremonia El Volcán de Aguascalientes Rafael Rodríguez. El toro de la ceremonia se llamó Relicario y fue de don Jesús Cabrera, como todos los de la corrida. Un dato estadístico interesante es que Jaime Rangel, al recibir la alternativa, se convirtió en el matador de toros número cien en presentarse en el ruedo de la plaza más grande del mundo.

Confirmó en Las Ventas de Madrid el 1º de junio de 1962, el encierro fue de Alipio Pérez Tabernero y le cedió los trastos el catalán Joaquín Bernadó en presencia del madrileño Luis Segura. El toro de la ceremonia se llamó Menudito y actuó en el festejo también el rejoneador Clemente Espadanhal. Una corrida complicada de juego, en la que el toricantano solamente pudo lucir su toreo de capa. Concluyó esa campaña española con 11 festejos, según el escalafón publicado por el semanario madrileño El Ruedo.

Con esa preparación acometió la temporada 1962 – 63 en la Plaza México. Vendría a competir con los toreros que venían del otro lado del mar: El Viti, Paco Camino, Diego Puerta, Pedrés, Mondeño y con los de aquí; Calesero, Velázquez, Rodríguez, Córdoba, Capetillo, Silveti, Huerta... Y dio el tono. La temporada se dividía en las dos plazas de toros de la capital en ese entonces. Así en Cuatro Caminos deja una gran faena al toro Amapolo de Jesús Cabrera el 11 de febrero, cuando alternaba con el Poeta del Toreo y Luis Segura, sin trofeos por sus fallas con la espada y el 22 de diciembre del 63, en la Plaza México, corta una sólida oreja a Turronero, también de don Jesús, preparando el terreno para lo que vendría el año siguiente.

Para el ciclo 63 – 64 en la Plaza México ya el nombre de Jaime Rangel era uno de los que adornaban la parte principal del derecho de apartado. Las hazañas rubricadas la temporada anterior en las dos plazas de la capital le habían otorgado ese derecho y la atención de la afición estaba en lo que podría lograr ante la ola de toreros que vendrían de ultramar para aderezar una temporada que atrajo, como en pocas ocasiones en la historia, la atención de quienes tienen gusto por estas cosas y también de quienes las aprecian solo ocasionalmente.

Así, el primer golpe en la mesa lo dio Jaime Rangel el 5 de enero de 1964. Encerrada estaba una seria corrida de La Punta para que Óscar Realme confirmara su alternativa de manos de Jaime y con el testimonio de Manuel García Palmeño. El primero de la tarde mandó al confirmante a la enfermería, y padrino y testigo se quedaron con la corrida. Jaime Rangel se entretuvo en cortarle las orejas a Malicioso, un toro bravo, al que le pudo y con el que demostró que estaba listo para mayores empresas.

Esa empresa mayor llegaría dos semanas después. La empresa anunció a Joselito Huerta, Paco Camino y Jaime Rangel para enfrentar un encierro de don Reyes Huerta. Camino estaba en el ánimo de la afición y Joselito Huerta era, sin duda uno de nuestros ases. Quien tenía que demostrar que su sitio en ese cartel, redondo en el papel, era válido allí, era Jaime Rangel. ¡Y vaya que lo hizo! El tercer toro de la tarde se llamó Moctezuma. La crónica de agencia publicada en el diario El Informador de Guadalajara refiere lo siguiente:
...Nuevamente Jaime Rangel triunfó en la Plaza México al realizar dos grandes faenas a sus enemigos, pese a ser poco propicios, los mató superiormente cortándole a su primero las orejas y el rabo y a su segundo le quitó un apéndice... Fue en el tercero de la tarde con el que Rangel hizo a los aficionados saborear su toreo estupendo. El de Reyes Huerta no se dejó torear con el capote... Con la muleta Rangel buscó sujetar a su enemigo a base de doblones y lo metió para instrumentar varios naturales y armar la escandalera... se perfiló a matar dejando un estoconazo hasta el puño, suficiente para que doblara el astado. Cortó las dos orejas y el rabo... Al sexto de la tarde, Rangel le hizo fiestas con el capote... Tras de brindar a la plaza entera, Jaime inició otra gran faena; toreó aguantando horrores, cada vez a menor distancia, ligando pases y obligando al toro a embestir. Terminó con media estocada en todo lo alto. Pidió el público la oreja y se le concedió, para refrendar su brillante actuación en esta tarde...
Paco Camino, ese día tuvo un diferendo con la afición y terminó abroncado en su primero, aunque después cortara la oreja del cuarto. y Joselito Huerta tuvo que recurrir incluso al toro de regalo, pero sin resultados plausibles.

Este fue quizás el momento cumbre de la carrera de Jaime Rangel en la gran plaza. Pero no dejó de ser un torero que fuera indispensable en las principales ferias y temporadas de las plazas de nuestro país. Así llevó su dignidad de matador de toros durante casi un cuarto de siglo, pues se anunció su despedida de los ruedos en la Plaza México para el domingo 5 de mayo de 1985, en un cartel que formaría junto al alicantino José Mari Manzanares y el hidrocálido Ricardo Sánchez, para lidiar toros de la ganadería debutante de La Soledad.

Para la ocasión eligió un terno azul marino y oro y de su actuación en esa tarde Luis Soleares en crónica de agencia publicada en el diario El Siglo de Torreón escribe lo siguiente:
...Jaime Rangel se fue de los toros ayer con el cariño de los aficionados. Cuando mató a su segundo, cuarto de la tarde, de una estocada fulminante, el público le permitió dar dos vueltas al ruedo y cortar merecida oreja, no de simple cortesía. Voluntarioso y aseado con la muleta, todavía logra sacar algunos derechazos con temple. El Gobernador de Tlaxcala, Tulio Hernández, le cortó la coleta en los medios... La actuación de Jaime Rangel, diestro pundonoroso a quien este cronista vio llegar a la fiesta como novillero y ahora lo ha visto irse de los ruedos para siempre... el hidalguense actuó con conocimientos, valor, entrega y voluntad... el de su despedida «Emir», con 492 kilos, da ocasión a Jaime, mientras le tocan «Las Golondrinas», de recordar que le conquistaron, hace dos décadas, la admiración de la gente. La sencillez y modestia de Jaime son bien recompensadas por el multicéfalo. Un estoconazo con el corazón del torero, y de resultados fulminantes, eleva la emoción del momento y da oportunidad a una oreja merecida y a dos largas vueltas al ruedo...
Después de esta tarde, Jaime Rangel no volvió a vestir el terno de luces. Era su corrida número 31 en la Plaza México, en la que siempre fue parte de carteles de polendas. Pero el dejar la vida activa en los ruedos no significó que se apartara de la fiesta. Se dedicó a enseñar los secretos del toreo a jóvenes que pretendían hacer armas dentro de la fiesta y a apoderar toreros. En esta vertiente, quizás Jorge Gutiérrez es su discípulo más notable.

Así pues, al cumplirse 35 años de su despedida de los ruedos, este día recuerdo a un torero mexicano que con dignidad llevó el nombre de nuestro país por las plazas del mundo.

domingo, 1 de marzo de 2020

En el centenario de Carlos Arruza (III)

1º de marzo de 1953. Carlos Arruza se viste de luces por última vez

¿Por qué vuelven los toreros?

Carlos Arruza, 22/02/1953
Foto: El Ruedo
Las despedidas definitivas de los toreros son infrecuentes. Tanto así que el tema de su vuelta a los ruedos inspiró a Conchita Cintrón a escribir un libro sobre las motivaciones que los hacen volver a los ruedos. Curioso es que de todos aquellos con los que conversó sobre el tema, ninguno dio a la Diosa Rubia una razón igual a la de otro. Cada uno tenía un por qué distinto para volver después de haber dicho que se iba.

Carlos Arruza no sería la excepción. En 1948 anunció que se iba de los ruedos. Tenía apenas ocho años de haber recibido la alternativa y unos cuatro de haberse encaramado a la cumbre. Fueron unos años muy intensos. El torero lo contó así a su biógrafo Barnaby Conrad
Comencé a pensar en retirarme, pues creí que ya no tenía metas por alcanzar en mi vida profesional. Todo lo que había soñado ya lo había conseguido. Con el dinero ganado en México, adquirí un edificio en la calle de Balderas, cerca del lugar en el que nací; después otro en Juan de la Barrera, eso junto con la ganadería en España, me aseguraba el futuro, así que un día apenas iniciado 1948, decidí que me iba a retirar de los toros… Iba a disfrutar de lo que había conseguido…
En esa creencia, la corrida de la despedida se programó para el 22 de febrero de ese 1948. Se celebraría en el casi nuevo Toreo de Cuatro Caminos y alternarían con él Calesero y Antonio Velázquez en la lidia de un encierro de La Punta. Fue una tarde en la que el viento intentó oponerse a los esfuerzos de los toreros. El primero de la tarde, Carabuco, hirió a Calesero en banderillas, y por eso no mató ninguno. En forzado mano a mano, Arruza cortó la oreja al segundo, Portuguero y al quinto, Puntillero. Por su parte, Velázquez mató tercero, cuarto y sexto. Al cuarto, Recóndito, le hizo una gran faena, pero lo pinchó. Sobre ese adiós de Arruza, El Tío Carlos, en su tribuna de El Universal, escribió:
…Hace seis meses apenas – ¡y ya parece tanto tiempo! – despedíamos a uno de los dos cuando lo llevaban en hombros por el camino de Linares a Córdoba. Hoy hemos despedido al otro, en el centro de un ruedo aún estremecido de triunfos… Pero bien ha hecho Carlos Arruza en marcharse. Ha hecho bien porque ya el arte moderno del toreo no necesita más sangre; la de su primer fundador es dolorosamente suficiente para probar la autenticidad y la verdad de este modo que ellos implantaron. Ahora él, Arruza, será – y volvemos al principio de estas líneas – el vivo testimonio de que si en esa escuela se puede morir heroicamente, también es posible vivir íntegramente. Que junto a la gloria ultraterrenal del mártir, pueden subsistir la gloria y el poder actuales y presentes del pontífice. ¡Adiós, Arruza!...
Tras incontables vueltas al ruedo, su mentor, Samuel Solís, le desprendió el añadido.

Comenzaba una nueva vida para Carlos Arruza, era ganadero en España y tenía inversiones inmobiliarias en la Ciudad de México, es decir, tenía asuntos a qué dedicarse. Sin embargo al paso de un par de años, esa actividad no le era suficiente. Cuenta Ignacio Solares:
Me contaba Jacobo Zabludovsky que a los dos años de despedirse Carlos Arruza por primera vez de los toros, en 1950, este lo invitó a comer por la necesidad imperiosa que tenía de un trabajo, no tanto por lo económico – Carlos tenía varios edificios en la ciudad, inversiones en dólares, una ganadería –, sino por tener algo que hacer. 
—Llevo las cuentas de mis negocios, leo mucho, estoy con la familia, veo amigos, pero si no tengo una verdadera responsabilidad voy a volver a torear. Me conozco. 
Jacobo habló con el presidente Miguel Alemán para contarle el caso y este lo remitió enseguida al secretario de Relaciones Exteriores, Manuel Tello. Arruza podía ser representante del país en un buen número de eventos de la Secretaría en el extranjero. 
Así sucedió. Tello le contó a Jacobo, a los pocos meses, que Carlos era un modelo de empleado, pocas veces visto por él. 
—Llega todos los días a las nueve de la mañana a su oficina, atiende enseguida todos los asuntos que se le encomiendan. Habla y lee perfectamente en inglés, que aprendió, dice, por su cuenta en la adolescencia. Su cultura es admirable. Su puro nombre abre puertas insospechadas en todo el mundo. Las cartas que manda reciben respuesta enseguida. Lo conocen hasta en China. “Oh, el torero más famoso del mundo junto con Manolete”, dicen…
De lo que escribe Ignacio Solares se advierte que para 1950 ya le afectaba a Arruza el hambre de miedo y la sed de toros negros a la que se refería Rafael Rodríguez cuando Conchita Cintrón le preguntaba por la súbita vuelta que hacía a los ruedos a torear una corrida de despedida en 1971.

Y así, poco duró Arruza como funcionario de la Secretaría de Relaciones, pues en ese 1950 regresó a los ruedos. Lo hizo en Europa y aunque las relaciones taurinas con España estaban rotas, toreó entre Portugal y Francia 24 corridas ese año. Reaparecería en la Plaza México el 18 de febrero de 1951, para lidiar toros de La Laguna en unión de Fermín Rivera y Calesero.

El adiós de la Plaza México

Llegado el año de 1953, Carlos Arruza decidió nuevamente irse de los ruedos. En esta oportunidad lo hizo con menos aparato que un lustro antes. Para hacerlo escogió una corrida benéfica, la Corrida Guadalupana. Esto es lo que contó a Barnaby Conrad:
Arreglé las cosas para una última corrida en la Ciudad de México. Para el 22 de febrero de 1953. La Corrida Guadalupana, la fecha más importante de la temporada. A diferencia de la mayoría de las corridas, esta sería de seis toros para seis matadores, así que solamente tendría una oportunidad de triunfar. Recé porque el toro que me tocara fuera bravo. 
Antes de cerrar la fecha, llamé a mi madre y a mi esposa y les pedí que prepararan las tijeras, porque cuando cayera ese toro, el número 1260 de mi vida, podrían cortarme la coleta… Ellas me verían torear por primera vez, pero por la televisión… 
Nadie sabía que me iba, sino hasta el momento del brindis, me dirigí al tendido y localicé la cabeza calva de mi amigo y gran aficionado Rico Pani. Había dicho en una ocasión que el día que le brindara un toro, ese día me iría de los ruedos y ese sería mi último toro. Cuando terminé el brindis me dijo: “Esto me causa tristeza, pero te felicito. Tristeza como aficionado, felicidad como amigo”. Esas palabras me llenaron mucho…
Puede causar extrañeza la celebración de una Corrida Guadalupana en febrero. La realidad es que era Guadalupana por el destino de los beneficios que producía, que eran en su día, las obras de preservación y consolidación de la Basílica de Guadalupe. El cartel lo formaron el rejoneador Juan Cañedo, Carlos Arruza, Manolo González, Manolo dos Santos, Jesús Córdoba, Manuel Capetillo, José María Martorell y Juan Silveti. Los toros, por su orden fueron de: Xajay (para rejones), Torrecilla, San Mateo, Heriberto Rodríguez, Tequisquiapan, Zotoluca, Zacatepec y Rancho Seco.

La versión de Daniel Medina de la Serna, en el primer tomo de la Historia de una Cincuentona Monumental sobre lo sucedido esa tarde, es la siguiente:
Carlos Arruza, que unos tres años antes se había “despedido” llenando los periódicos, antes y después de la corrida, con artículos alusivos, panegíricos, entrevistas con él y con sus familiares… Pero esta vez se despidió callada, secretamente. La fecha escogida fue el 22 de febrero (17ª), corrida Guadalupana. Con la emoción íntima de que era su penúltima tarde, pues al siguiente domingo sería la última en Ciudad Juárez y a beneficio de su cuadrilla, Carlos Arruza hizo, quizá, su mejor faena en la que se olvidó de ser “el atleta perfecto”, para realizar su más armoniosa obra; el toro se llamó “Peregrino” y fue de Torrecilla. De lila y oro dijo adiós… (143 – 144)
Por su parte, el semanario madrileño El Ruedo, en el ejemplar aparecido el 26 de febrero de 1953, refiere lo siguiente:
En la Corrida Guadalupana la nota más destacada ha sido la retirada del toreo de Carlos Arruza. Se lidiaban ocho toros de distintas procedencias para el rejoneador mejicano Cañedo y los espadas Arruza, Dos Santos, Manolo González, Jesús Córdoba, José María Martorell, Capetillo y Juan Silveti. La tarde era magnífica; el lleno, rebosante, y se inició la corrida con un desfile de charros realmente pintoresco e impresionante... Carlos Arruza se despidió de la afición de la Monumental toreando al toro «Peregrino» de Torrecilla, que resultó muy bravo. Estuvo admirable con el capote; puso pares de banderillas después de preparar al toro a cuerpo limpio, clavando en todo lo alto e hizo una faena de muleta admirable, con series de naturales y de pecho, pases con la derecha y adornos; pese a que entró a herir tres veces, le concedieron las dos orejas del toro y dio varias vueltas al ruedo entre la emoción del público, que le pedía que no se fuese, mientras éste se quitaba la coleta añadida en el centro del ruedo. Esperemos por bien de la fiesta, que esta retirada, como la primera del mismo Arruza, sea momentánea... La última corrida de la vida torera de Arruza se celebrará el día 1, en Ciudad Juárez, y el diestro la torea a beneficio de su cuadrilla.
La tarde de Ciudad Juárez

Hoy en día sorprenderá a más de uno que un torero que se despidió triunfalmente en olor de multitudes en la Plaza México vaya después a una plaza de provincia a torear una corrida a beneficio de su cuadrilla. Eso hacían los toreros de antaño y no solo cuando dejaban los ruedos, sino en ocasiones al final de cada temporada.

Hemos de tener en cuenta también, que cuando menos dos de los que formaban filas con Carlos Arruza, Alfonso Tarzán Alvírez y Javier Cerrillo estaban junto a él casi desde los días en que iba a aprender el toreo en Tacuba con Samuel Solís, entonces, más que su cuadrilla, eran su familia. Por eso, al menos a mí, me resulta más que comprensible el que les toreara una última corrida a su beneficio.

El cartel de ese 1º de marzo de 1953 lo formaron cuatro toros de La Punta para Arruza y Juan Silveti. Fue el último triunfo de Carlos vistiendo de seda y alamares. La relación del festejo aparecida en el semanario El Ruedo del 5 de marzo de 1953, es de la siguiente guisa:
En Ciudad Juárez y a plaza atestada, se celebró la corrida de toros con la que se despidió de la afición el diestro Carlos Arruza, quien, como ya decíamos, cedió sus honorarios a sus banderilleros y picadores. Arruza estuvo muy bien en todos los tercios, pero en el toro que abrió plaza la faena tuvo mayor relieve, pues todos los pases fueron perfectos. Al matar pinchó varias veces, por lo que perdió la oreja de su enemigo. Sin embargo, dio dos vueltas entre aclamaciones. En su segundo toro Arruza fue ovacionado durante la faena, a la que puso final con una gran estocada. Cortó las dos orejas y el rabo y dio varias vueltas al ruedo. Fue galardonado por la afición con el trofeo de Ciudad Juárez. Juan Silveti, tan torero como artista, cortó una oreja a su primero y las dos del segundo, siendo aclamado repetidamente. Ambos espadas salieron de la plaza a hombros de los entusiastas.
¿El final del camino?

Parecería que Carlos Arruza ya se había ido definitivamente de los ruedos. Era en ese momento ganadero en México y en España. Seguía manteniendo importantes negocios inmobiliarios. El gusanillo por torear lo podía matar en el campo. Sin embargo, los giros de la existencia son difíciles de predecir. En el biopic Arruza, el narrador (minuto 5:00 aproximadamente), siguiendo el guión de Budd Boetticher, el narrador expresa:
“La tranquilidad de la vida en el campo era una bendición, pero la rutina diaria de Pastejé se volvió aburrida y el fastidio era una nueva y misteriosa experiencia para Carlos Arruza… Entonces, una tarde, sucedió… hay un caballo suelto, un vaquero se descuidó al atarlo… una vaca que va a reunirse con la manada… una vaca embravecida embiste a cualquier cosa en movimiento… el plan de Arruza es muy simple, atraer a la vaca hacia él y llevarla hacia la manada… ahora, con el sombrero, está atrayendo a la vaca… Mari Arruza reconoce ese juego por su niñez vivida en Sevilla… se llama rejoneo…”
Carlos Arruza simplemente no podía quedarse quieto...

domingo, 11 de noviembre de 2012

Una fotografía con historia (III)



Fotografía: Manuel Vaquero. © Archivo Ragel.
Cortesía: Carlos González Ximénez
Para su actuación del 22 de septiembre de 1935 en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid, Juan Belmonte hizo saber que esa sería su postrera presentación vestido de luces ante el público de la capital española. Y se fue triunfalmente, cortando el rabo al toro Ocicón de don Francisco Sánchez de Coquilla, corrido en cuarto lugar esa memorable tarde. 

Apenas un año antes, al reaparecer ante la cátedra, había cortado, en la cuarta corrida de toros que se ofrecía en ese nuevo escenario, el primer rabo de su historia, a Desertor de doña Carmen de Federico. Eran los tiempos en los que se podía ser el primero en varias cosas en esa plaza. Así, Fortuna mató el primer toro en ese ruedo, Hortelano, de Juan Pedro Domecq, antes Veragua; Maravilla cortó allí la primera oreja; Armillita y Domingo Ortega dieron la primera gran tarde de toros y podemos seguir en una sucesión de primicias, pero no es aquí el caso.

La reproducción del hecho en La Voz

El día en el que probablemente su amigo Sebastián Miranda le hizo entrega del busto que carga en la imagen que da pie a que meta yo los míos, Juan Belmonte pronunció lo que sería su última lección magistral ante la afición de Madrid. Y lo hizo vestido de plata, así como cuando el día que reapareció, su vestido iba bordado en hilo blanco. Federico M. Alcázar, que por esos días tenía su tribuna en el diario La Voz, expresa estos pareceres acerca de la comparecencia de El Pasmo esa señalada tarde:

...Yo no sé si esta nueva estética llegará a su completa realización o quedará sólo en Belmonte, pues depende de que encuentre otro genio interpretativo – no creador – que lleve la lleve al término de su desarrollo dándole cabal y perfecta expresión... Yo no sé si Belmonte se va o se queda y si la de ayer es la última o penúltima corrida que va a torear. Si no es merece serlo, para que su recuerdo quede en la memoria de la afición... Como amigo, quiero que se marche y no se exponga a los riesgos que tiene la profesión, a pesar de que el riesgo – como ha dicho D'Annunzio y ayer me recordaba Sebastián Miranda –, es el eje de la vida sublime... ¿Qué faena fue la mejor? Las dos: pero de más mérito la del cuarto. Y el mérito de esta faena no radica en el número y calidad de los pases... sino en ver dónde estaba la faena y realizarla precisamente allí. En darle al toro lo que pedía... Y después de torear, matar. Y matar bien, esto es, con estilo de matador. Una tarde de apoteosis, con la oreja del primer toro, las orejas y el rabo del cuarto y un público enardecido que no cesa de aclamarlo delirante, loco de entusiasmo... 

La conclusión generalizada de quienes vieron al torero de Triana irse de los toros por propia decisión, era de cierta extrañeza. Se veía pleno de facultades y anunciando, como lo apunta la crónica de Alcázar, una nueva manera de hacer el toreo. Así también parece advertirlo Federico Morena, de El Heraldo de Madrid, que reflexiona lo siguiente: 

...El traje que lleva puesto – corinto y plata – es un símbolo. La montera también. Son – o lo parecen al menos – de aquella época, de la época de la alternativa. Representan cuanto de viril y grandioso tenía el toreo entonces. Representan también cuanto aportó al toreo Juan Belmonte, el verbo, el generador del nuevo arte... Los discípulos de Juan han aprendido, al cabo del tiempo, a parar y a templar. En esto alcanzan, sin duda, un alto grado de perfección. Pero no han dado con el secreto de ligar, pese a las lecciones que el maestro ha explicado en reiteradas salidas... 

Lo que Morena y Alcázar, ambos en su éxtasis por el triunfal adiós de Belmonte no alcanzan a vincular, es que unos cuantos años antes, otro torero sevillano – y trianero también – Manuel Jiménez Chicuelo, había encontrado la manera de reunir las piezas de ese rompecabezas suelto que implica el parar, templar y ligar al mismo tiempo. Lo había hecho ya en el viejo Toreo de México con los toros Lapicero y Dentista, ambos de San Mateo en 1925 y que en la Plaza de la Carretera de Aragón que estaba a punto de sucumbir a la picota, lo dejó patente con el toro Corchaíto de Graciliano Pérez Tabernero.
La entrega del busto vista por Martínez de León
en el diario madrileño El Sol

Quizás ese 22 de septiembre de 1935, cuando para lidiar esa corrida de Francisco Sánchez de Coquilla se acarteló con Marcial Lalanda y Alfredo Corrochano, Juan Belmonte decidió que era ya la hora del adiós, era porque sabía que el círculo se había cerrado y que, sus continuadores tendrían, a partir de ese momento la responsabilidad y el peso de llevar adelante la evolución del toreo.

Agradecimiento: Se lo expreso a Carlos González Ximénez, custodio y titular del Archivo Ragel, por haberme permitido utilizar la imagen que me permite expresar estas ideas y reciclar este texto publicado originalmente en su Tauropedia en mayo de este año.

Aclaración: Rebuscando sobre el tema, me encuentro en el ejemplar del semanario madrileño Crónica, aparecido el 29 de septiembre de 1935, una reseña firmada por Federico Piñero, en la que asegura haber visto esta corrida acompañado por el escultor Sebastián Miranda y que el que entregó el busto a Belmonte, fue un joven aficionado. La reseña de mérito, la pueden consultar aquí.

lunes, 30 de abril de 2012

Tal día como hoy.1982: En la despedida de El Estudiante, la obra artística la firma Humberto Moro


Jesús Delgadillo El Estudiante, es uno de los toreros nativos de nuestro Barrio de Triana, recibió por primera vez la alternativa el 20 de abril de 1958, en la Plaza de Toros San Marcos de manos Alfredo Leal, ante el testimonio de Joselito Huerta, le cedió los trastos para dar muerte al primero de los de Lucas González Rubio corridos esa tarde. Esta alternativa la confirmó el 18 de enero de 1959 en la Plaza México, llevando como padrino a Jorge El Ranchero Aguilar y como testigo a Fernando de los Reyes El Callao. El toro de la ceremonia fue Coreano de La Laguna.

Tras de renunciar a esa alternativa, el 10 de septiembre de 1964, en Barcelona, Fermín Murillo, en presencia de Curro Romero, le cede a Murciano, de Torrestrella, alternativa que confirmaría en Madrid el 12 de octubre con el toro Gladiador de Arellano y Gamero Cívico, siendo padrino de la ceremonia Orteguita y testigo Santiago Castro Luguillano, quien también confirmaba esa tarde.

Confirma su alternativa barcelonesa en la Plaza México el 22 de enero de 1967, siendo su padrino Joaquín Bernadó y actuando como testigo Raúl García con la cesión del toro Vinatero de Tequisquiapan.

Entre ese año de 1964 y el de 1975, los de su mayor actividad en los ruedos, repartió sus actuaciones en plazas mexicanas y españolas, siendo quizás su principal logro el corte de una oreja en la Plaza de Las Ventas en Madrid, el 8 de agosto de 1965, a un toro de Félix Cameno, en tarde en la que alternaba con Antoñete y Pepe Osuna. Es, para la estadística, la última oreja cortada allí por un matador de toros de Aguascalientes, vestido de luces.

Jesús Delgadillo López estuvo prácticamente parado desde ese año de 1975, pero tenía la intención de despedirse formalmente de los ruedos y en su tierra. Para ello, la noche del 30 de abril de 1982, consiguió hacer su presentación en la plaza Monumental Aguascalientes y al mismo tiempo realizar esa despedida de los ruedos, alternando con Eloy Cavazos y Humberto Moro hijo, en la lidia de seis toros de San Manuel. Recuerdo que el resultado para él fue el de dar una vuelta al ruedo tras la lidia del cuarto, entre el nostálgico son de Las Golondrinas y el afecto de sus paisanos, que veían dejar los ruedos a uno de sus toreros que se destacó por su clase y su oficio en cuanta plaza pisó.

De esa actuación, don Jesús Gómez Medina, en El Sol del Centro, resume:

El afán de “El Estudiante” de decir adiós a la profesión que durante años y años fuera parte primordial de su vida, ante el público de su ciudad natal, encontró finalmente su compensación en el cariñoso aplauso con que los espectadores lo saludaban en la que fue su última vuelta al ruedo del ahora ex – torero. Fue tal la efusión del público, que “El Estudiante” no pudo menos que emocionarse profundamente. Por lo demás, su actuación ante sus dos enemigos había sido por demás discreta...

Humberto Moro firma la obra de arte

Del resto del festejo, don Jesús relata lo siguiente:

Una bella lección de bien torear... Sí, indudablemente: El toreo que solemos presenciar por estas calendas no es el más auténtico, ni el más valioso, ni siquiera el más moderno; pues, como decía aquél viejo predicador al referirse a las hijas de Eva, “siempre han existido mujeres buenas... y pícaras de siete suelas”, también ha habido toreros buenos, auténticos toreros y lidiadores que deforman y degradan y afean el arte del toreo... Pues bien; ayer el torero auténtico, el verdadero torero se llamó Humberto Moro... En efecto, en su admirable faena al sexto, el joven diestro hidrocálido combinó, en gentil conjunción, la plasticidad con la eficacia, la gallardía con el mando, el reposo y la hondura del estilo rondeño con el garbo y la inspiración del toreo sevillano... ¡Ah Humberto Moro! ¿Cómo no agradecerte que ayer, cuando toreabas por soberanos derechazos al sexto, hubieses traído a nuestra retina la imagen de otro Humberto Moro toreando por soberanos naturales al toro de su triunfal revelación, una tarde de enero que hizo hito en los anales taurinos de Aguascalientes?... ¿Por qué no esperar, entonces, que la de ayer haya sido la fecha de tu definitiva revelación; la que marca el día en que pudiste exhibirte en la totalidad de tu potencia taurina y en el que ofreciste ante nuestros deleitados ojos un bagaje estupendo de un toreo hecho de aguante, de temple, de dominio; de arte y de arte mayor, en suma; de un arte intenso, profundo, que, para cuajar por completo, solo espera encontrar el campo abierto a sus posibilidades y no el coto estrecho en el que hasta hoy te has visto aprisionado?... Por ello, porque tu faena al cárdeno “Amoroso” reunió todos estos atributos, te ganaste la admiración y el fervor de tirios y troyanos, de catecúmenos y doctores; cortaste ambas orejas y recorriste el ruedo en pleno triunfo... Y, de paso, reivindicaste a los toreros de Aguascalientes, para quienes, hasta ayer, estuvo vedado el acceso al ruedo hidrocálido...

Eloy Cavazos también cortó dos orejas en esa noche – en un hecho hoy poco frecuente, la corrida fue nocturna – aunque por los prolegómenos de la crónica de don Jesús Gómez Medina y la ausencia de mayores detalles en el cuerpo de la misma, su actuación seguramente no tuvo la entidad suficiente para ser del gusto del relator. 

Es por ello que solamente consigno aquí el resultado respecto del torero de Monterrey y el recuerdo de los demás sucesos relevantes ocurridos en la corrida, en este trigésimo aniversario de la despedida del torero de Aguascalientes, Jesús Delgadillo El Estudiante.

El festejo de hoy. 5ª corrida de feria: 8 toros de Mimiahuápam para Sebastián Castella, José Mari Manzanares, Juan Pablo Sánchez y Arturo Saldívar.

sábado, 28 de abril de 2012

Tal día como hoy. 1963: Manolo dos Santos y Enrique Vera resultan los mejor librados en el cierre del serial


Manolo dos Santos
Hay toreros que ingresan a los carteles de las ferias por una mera cuestión coyuntural. Creo que ese fue el caso de Enrique Vera, que formó terna con Manolo dos Santos y Jorge El Ranchero Aguilar en la cuarta y última corrida de la Feria de San Marcos del año de 1963, al socaire del éxito que habían tenido sus incursiones en el cine, particularmente en dos películas; El Niño de las Monjas y El Último Cuplé, ambas éxito de taquilla aquí en Aguascalientes. No omito considerar que también Vera participó en Tarde de Toros, dirigida por Ladzlo Vadja, pero por su focalización a los entretelones de la fiesta, quizás su impacto fue menor que las dos primeras.

Un testigo que considero de excepción de esta tarde, mi amigo Gustavo Arturo de Alba, explica en su portal Cineforever la composición mayoritaria del público de esa tarde y las razones de su asistencia:

...Enrique Vera vino a México en 1962 y 1963, sin que llegará a actuar en la Plaza México, pero si lo vimos en Aguascalientes, durante la Feria de San Marcos de 1963, en que mi padre me mandó de “chaperón” de una de mis hermanas solteras, en ese tiempo, la cual quería ir a ver, en vivo y en directo, al guapo torero que había enloquecido de amor por la cupletista Sara Montiel. La corrida de marras se celebró el 28 de abril, alternando Enrique Vera con Manolo Dos Santos y Jorge “El Ranchero” Aguilar, en la lidia de un encierro de “El Rocío”, en donde el único animal que se prestó para el lucimiento de los toreros, fue precisamente el que le tocó a Vera, quién consiguió dar una vuelta al ruedo, en una faena de aliño, dada la áspera embestida del burel, en que se lució, como en la película, con sus manoletinas y muletazos por alto, aparte de ligar una serie afortunada de derechazos, pero lo cierto es que Enrique Vera no era un torero profundo, que llevaba gente a la plaza, más bien se iba por complacer o, la obligación de acompañar a hermanas o novias, según fuera el caso, a los tendidos para que admiraran la galanura de ese lidiador, el cual también combinaba la actuación en teatro, con las de cine, bailarín y cantante de andaluz… ah y también cuando tenía tiempo era torero...

La otra visión del festejo

La crónica publicada en el diario El Sol del Centro y suscrita por don Jesús Gómez Medina, refleja un festejo tedioso, principalmente a causa de la sosería de los toros murubeños de la ganadería de El Rocío, en esas fechas propiedad todavía de don Manuel Buch y Escandón, los que, si bien fueron bravos para los caballos, pronto se aplomaron. Del relato que hace don Jesús puedo rescatar lo siguiente:

Su majestad el tedio imperó ayer en el Coso San Marcos... Un solo puyazo, pero de efectos, pues el toro recargó y el varilarguero apretó el palo de firme y, tras un connato de toreo por las afueras a cargo del espada en turno, ya tenemos a éste con los garapullos en la mano... Por cierto, éste del segundo tercio uno de los episodios más destacados en la actuación de Dos Santos, pues éste con facilidad y oportunidad, colgó cuatro pares en el sitio adecuado, sobresaliendo por su emotividad y buena ejecución el sesgo por las afueras que colocó en cuarto término... Se adornó más tarde realizando el lasernista, siempre en pugna con un burel cuya sosería se acentuaba a cada momento. Y, para concluir, dejó una estocada contraria y delantera que hizo doblar. Ovación y vuelta al ruedo... Enrique Vera. Este joven torero hispano también cuajó los instantes más aplaudidos de su labor, mientras lidiaba al primero de sus antagonistas... Pese a la sosería del bicho, Vera echó tipo en dos parones por el lado derecho, que se quedaron sin rematar cuando el del Rocío tomó las de Villadiego... El trasteo, brindado a toda la concurrencia, incluyó tres series de derechazos cuya brillantez fue en aumento, rematadas con otros tantos pases de pecho. Se aploma el socio; Vera se adornó con tres manoletinas muy quietas y ceñidas, tras las cuales sufre un trompicón... Hace una rabieta el hispano, que no ha podido olvidar que alguna vez trabajó ante las cámaras cinematográficas. Y a toro parado, clava el acero hondo y con tendencias, y remata con descabello al primer golpe. Vuelta al ruedo, entre aplausos cerrados... Dejábamos de consignar cómo fue la entrada: regular en el tendido sombreado y muy floja en sol. Y es que los aficionados tienen un olfato...

Esos son los episodios más rescatables de un festejo que pasará a la historia también por ser la última vez que pisó vestido de luces el ruedo de la Plaza de Toros San Marcos el Lobo Portugués Manolo dos Santos. El cartelillo anunciador del festejo señalaba que en esa corrida se despedía del público de Aguascalientes, como de hecho, sus números parecen delatar que ya lo había hecho de los públicos europeos, pues si bien el año anterior había actuado en 25 festejos, en éste de 1963, ya no se presentó en plazas de allende el Atlántico y en México particularmente, solamente se vistió de luces en cuatro oportunidades. En cuanto a esta anunciada despedida, la crónica del festejo no hace mención ningún acto puntual destinado a señalar ese hecho dentro del mismo, pero el hecho del adiós de nuestras plazas sí resultó definitivo.

El festejo de hoy. 3ª corrida de feria: 7 toros de Begoña para el rejoneador Jorge Hernández Gárate, Julián López El Juli, Juan Pablo Sánchez y Arturo Saldívar.

domingo, 4 de septiembre de 2011

En el centenario de Armillita, IX


5 de septiembre de 1954. Nogales, Sonora. La última tarde de Armillita vestido de luces.

Armillita
El 3 de abril de 1949, en la Plaza México y en un ambiente de triunfo, Fermín Espinosa Saucedo había impartido lo que parecía ser su postrera lección magistral. Un poco menos de un lustro después, el 20 de diciembre de 1953, en la Plaza de Toros San Marcos de Aguascalientes, el Maestro de Saltillo volvía a los ruedos. Unas versiones señalan que acuciado por dificultades económicas y otras, las menos, que por ese rescoldo de afición que no se puede apagar y que queda dentro de todo aquél que se viste de luces y a la que Conchita Cintrón se refiere así en torno a la despedida de Rafael Rodríguez El Volcán de Aguascalientes en su libro ¿Por qué vuelven los toreros?:






...no tardaron en llegar Carlos Sánchez Llaguno, Manuel Vega, Fernando Topete, Víctor Rodríguez y Leoncio Jiménez. Entre ellos – todos vestidos de rigor – había representantes de cuatro asociaciones. Faltaba uno de los invitados: Rafael Rodríguez, matador de toros, que al rato dio la entrada en la sala repleta de trofeos y cuadros de Icaza. Llegó con María Teresa, su mujer. Fue recibido con demostraciones de afecto y consternación. ¿Cómo era posible que volviera a los toros? ¡Y para colmo, matando seis punteños! ¡Con toda la barba! El torero explicó tratarse apenas de "una despedida"... Vuelven por los aplausos – comentó Leoncio Jiménez –... Nada menos cierto – interpuse –... Rafael Rodríguez jaló una silla y se colocó a nuestro lado. Entonces – insistió Leoncio – ¿por qué vuelven? Miré al torero. Tienen hambre – dije – y tienen sed y no saben de qué. El torero me miró. Yo sí sé – dijo por fin. Tenía la soledad escrita en la mirada –. Tengo sed de toros negros... y tengo hambre de miedo...
La de Aguascalientes – en donde para matar toros de Xajay alternó con Calesero y Antoñete – fue la verdadera reaparición, aunque la que se considera oficial es la que se produjo en la Plaza México el domingo 10 de enero de 1954, fecha en la que con toros de Jesús Cabrera, se acarteló con el propio Poeta del Toreo y Jesús Córdoba, en tarde en la que Armillita no tuvo más opción que la de exhibir su maestría y el llamado Joven Maestro se fue a la enfermería nada más al abrirse de capa, en tanto que Alfonso El de Triana, fue propuesto por Carlos León, el ordinariamente vitriólico cronista del diario Novedades de la Ciudad de México, para el otorgamiento de un Premio Nobel del Toreo, dada la gran tarde que ofreció a la afición capitalina, quizás la mejor de su vida torera.

Esa campaña del retorno de Fermín el Sabio constaría de 15 corridas. Las dos primeras se dieron en diciembre de 1953 en Aguascalientes y Celaya. En el siguiente calendario tendrían lugar las siguientes en las plazas de México (3), Monterrey (2), Ciudad Juárez (2), y una en Guadalajara, Autlán de la Grana y Saltillo. La última corrida que toreó en la Plaza México fue el 28 de febrero de 1954, en la que alternó mano a mano con el madrileño Julio Aparicio en la lidia de 5 toros de La Laguna y uno de Zacatepec (3º). El último toro que lidió en la gran plaza fue Casquetero, de La Laguna.

El anuncio de la reaparición de Armillita
en la Plaza México
Además en el extranjero actuó en dos más, una en Bogotá, en la que para lidiar toros de Clara Sierra alternó con Antonio Ordóñez y Emilio Ortuño Jumillano el 14 de febrero de 1954 y otra en Arles, Francia, el 20 de junio, con toros de Lisardo Sánchez y llevando a Antonio Ordóñez y Pablo Lozano de compañeros de cartel, junto con el rejoneador Ángel Peralta. Respecto de este último festejo, la Hoja Oficial del Lunes publicada en Madrid al día siguiente de la corrida, da cuenta del triunfo de Pablo Lozano en el coliseo francés.

En ese viaje a Arles, se señaló con insistencia que torearía en el Jueves de Corpus, la Corrida de la Prensa de Sevilla y se ponía incluso como fecha para ello, el 19 de junio, con un cartel formado por toros de Alipio Pérez Tabernero para Armillita, José María Martorell y Antonio Ordóñez. El 13 de junio anterior, en el diario ABC de Sevilla, aparece la siguiente información:

La Asociación de la Prensa de Sevilla de acuerdo con la Empresa de la plaza de toros, empezó a su debido tiempo a organizar su tradicional corrida de toros. Quedó ultimado el cartel con Armillita, Martorell – que se había ofrecido a torear – y Antonio Ordóñez. Se contaba para ello con una corrida de toros de don Alipio Pérez Tabernero, que había ofrecido el apoderado de Ordóñez. El último día del mes de mayo Armillita hizo saber que desistía de volver a los ruedos...”
Al final la corrida se dio con toros de Salvador Guardiola para Niño de la Palma, Jesús Córdoba y Juan Silveti, en la fecha programada, asunto del que ya me he ocupado en esta misma Aldea.

La reseña de la Hoja del Lunes del 21 de junio
de 1954
La corrida que falta en el resumen que les presento, es la del 5 de septiembre de 1954, en la plaza de Nogales, Sonora, población fronteriza con los Estados Unidos. Ese domingo se anunciaron toros potosinos de Santo Domingo para un mano a mano con el torero maño Luis Mata, quien tuvo cierto predicamento como novillero en Madrid en los primeros años de la posguerra y que recibió la alternativa en Zaragoza el 5 de mayo de 1946, de manos de Morenito de Valencia, llevando a Domingo Dominguín como testigo, alternativa que confirmó en Madrid de manos de Cañitas el 21 de julio del mismo año con el toro Carteremo de Miura, ante el testimonio de Julián Marín. Luis Mata llegó a México prácticamente después de confirmar su alternativa y se quedó entre nosotros para siempre.

Al término del festejo, Fermín, discretamente, sin el aire de apoteosis de aquél tres de abril de un lustro antes, y sin anunciarlo antes o después, puso ahora sí, el punto final a una carrera en los ruedos que se distinguió por la brillantez y la grandeza, para dedicarse a la cría de toros de lidia y a estar cerca de sus hijos, de los que los tres varones fueron toreros también.

domingo, 3 de abril de 2011

En el centenario de Armillita IV

3 de abril de 1949: El Maestro de Maestros se despide de los ruedos en la Plaza México, matando él solo seis toros de La Punta


Ya al final de la temporada 1947 – 48 Armillita había comentado en entrevista a El Tío Carlos, que la siguiente campaña sería la última suya en los ruedos. La fecha que eligió para ello fue el domingo 3 de abril de 1949, un mes antes de cumplir 38 años de edad, pero llevando ya a cuestas un cuarto de siglo en los ruedos. Para demostrar que se iba en plenitud, Fermín Espinosa Saucedo escogió una bien hecha corrida de La Punta – puro Parladé, vía Campos Varela y Gamero Cívico – y la despacharía él solo.

La relación del festejo que he escogido es la del propio Carlos Septién García, El Tío Carlos, la que apareció en el diario El Universal, de la Ciudad de México, del lunes 4 de abril de ese 1949, misma que transcribo en su integridad:

El maestro Fermín Espinosa dio ayer su última cátedra despidiéndose del toreo en tarde que será inolvidable
Encerrado con seis toros de La Punta que resultaron bravos, “Armillita” cortó cuatro orejas en la corrida de su despedida como matador de toros. Un adiós lleno de profundas emociones para los toreros y para el público: el padre de Fermín hizo el simbólico corte de coleta a su hijo, el más grande lidiador de la historia taurina. El sitio de Fermín queda vacio.

De la más clara estirpe torera proviene este Fermín Espinosa que ayer se nos ha ido del ruedo. Haría falta, para describir en toda su fuerza la limpieza y el valer de su progenie, usar ese lenguaje bíblico en cuya severa concisión va palpitando el poder de la sangre y el espíritu y bajo cuya sencillez de nombres propios corre el profundo caudal de las generaciones escogidas.

Y decir así, sin adjetivos inútiles, sin epítetos que son incapaces de contener la grandeza del mensaje trasmitido y de sus portadores.

“Costillares” engendró a “Lagartijo”; “Lagartijo” engendró al “Guerra”, el “Guerra” engendró a “Bombita”; “Bombita” engendró a Joselito... Y al final de la generación, como un fruto completo de las mejores savias taurómacas que en el mundo han florecido, Fermín Espinosa “Armillita”, brote el más sazonado de la más ilustre genealogía de lidiadores que en el mundo ha habido.

Al final, sí. Porque Fermín Espinosa deja un sitio “sin sucesión” inmediata. Un sitio que tal vez no se llene jamás, sino con el recuerdo del propio torero que lo ha ocupado durante veinticinco años triunfales...

Es la suya la escuela de la tradición. La escuela de la realidad que es el toro y de la ciencia y de la ley elaborada en siglos de experiencia, de esfuerzo, de observación de sangre y de muerte. Es la escuela que salió de las heridas de un “Frascuelo”, de las suavidades de un Rafael Molina, de la seguridad de un Rafael Guerra y de la encastada bizarría de un Ricardo Torres o de un José Gómez. Es la escuela de la exactitud, de la normalidad, del equilibrio; la única escuela que ha podido permitir a los hombres que bajan a los ruedos, hacer del arte de torear una profesión en la cual se pueda pasar una vida de un cuarto de siglo sonriendo siempre ante la amenaza y en la que se puede hacer del riesgo un elemento de juego y un constante estímulo de supervivencia. Es, en fin, la escuela que ha hecho de la muerte fuente de vida y faena de inmortalidad.

Y de esa escuela, el último mensajero ha sido Fermín Espinosa. El último por muchos años. Y ello es así, porque “Armillita” probó su innata ciencia con el agua fuerte del toro de cinco años y con la casta del burel español entero y cabal como el de aquellas corridas bilbaínas ante cuyo sentido y cuya catadura Fermín gustaba de mostrar el oro puro de su verdad taurina. Allí, frente a la realidad de los pitones bastos y de la malicia añeja del animal viejo, “Armillita” maduró la riqueza de su capote único y la sapiencia de su pequeña muleta magistral; allí, en la inminencia de las arrancadas de original fiereza fue donde compuso la desparpajada alegría de sus banderillas y donde probó la certeza acerada de su estoque infalible. Allí siempre; no frente a la carretilla de un estudio ni frente al dócil muchachuelo que humilla a compás la embestida en las escaletas amistosas. No: frente a la realidad del toro que hiere y que mata. Del toro que sabe y quiere luchar y que sale al ruedo para pelear su vida a cambio de otra.

No creo que “Armillita” haya soñado nunca con el toro ideal para la faena de fantasía. Él no necesitó nunca soñar faenas. Él, simplemente, hizo faenas. De allí que su toreo fuese siempre toral, íntegro, uno. Nunca fue esbozo ni apunte: siempre, en cambió, obra completa, cíclica, cumplida en todas las dimensiones de la tauromaquia. Sin balbuceos, sin claroscuros, sin carencias de desarrollo, el arte de Fermín Espinosa fue en toda ocasión tan pleno, tan cabal, tan completo, como lo es un rayo de sol en cuya verdad y en cuya luz no influyen los objetos sobre los cuales ha de recaer porque su fuerza y su claridad están en su propia esencia.

Luz de sol, verdad y plenitud de mediodía. Tal fue el singular toreo de “Armillita” que no tuvo aurora ni ocaso porque nació, vivió y se ocultó siempre en cenit.

Si “Manolete” fue el Estilo y Arruza fue el Poder, “Armillita” ha sido la Sabiduría. No es esto nuevo, desde luego; pero también es cierto que no se ha valorizado en su significado total esta sustancial calidad de “Armillita”.

Sabiduría es dominio total de la verdad. Y esto, en toros, se llama Fermín Espinosa. Y es preciso decir, para orgullo legítimo de la tauromaquia mexicana, que nunca ha habido en la historia del toreo así, un lidiador de tan completa sabiduría como nuestro “Armillita”. Porque es cierto que Rafael Guerra vivió un cuarto de siglo entre los toros y que Joselito fue el sinónimo del poderío. Pero ni el “Guerra” ni José tuvieron la extensión inmensurable de Fermín que paseó triunfalmente su dominio por todos los tercios de la lidia, por todas las suertes conocidas y por todas las que el arte fue agregando a la tauromaquia a lo largo de los últimos años y, además, ni el “Guerra” ni José se enfrentaran "a todos los toros del mundo" tal y como lo hizo este “Armillita” que llevó su sapiencia por todos los países en los cuales hay un ruedo y un público taurino.

Sabiduría en su capote, capaz de trazar cualquier lance, desde la linajuda serpentina de una larga cordobesa hasta la moderna plasticidad de una chicuelina, pasando por la riqueza bulliciosa de los galleos, como el que hoy resucitó en uno de los quites, por la estoica elegancia de las gaoneras o por el júbilo travieso de sus propias “saltilleras”, tan acompasadas y medidas como las que hoy cuajó. Sabiduría en el segundo tercio, donde su absoluto señorío de amo de las banderillas se impuso siempre, lo mismo en los fáciles que en las precisiones del quiebro o que en las gallardías de todos los adornos imaginables y que tuvo instantes de inigualable grandeza en aquellos pares memorables de poder a poder, con que el pasmo de Saltillo solía llevar el tercio a exaltaciones que sólo con Rodolfo Gaona había llegado a alcanzar.

Y sabiduría, finalmente, con la muleta y con el estoque. En aquélla, haciendo de la breve extensión de su engaño, ya el dúctil instrumento de un poderío implacable o ya – lo que es más grande aún – convirtiéndolo en roja pluma con la que fueron escritas muchas de las más grandes páginas del toreo universal. Cincel de marmóreos clasicismos cuando su amo descubría en el toro materia de Fermín fue, cuando el toro no podía ser cimiento de obra clásica, látigo para castigar mansedumbres, garra para domar fierezas, abanico para alegrar soserías y siempre – siempre – instrumento de mando tras el cual la segura tranquilidad del hombre hacía caer a sus plantas cualquiera acechanza y con el cual la ciencia de su dueño desbarataba fácilmente las oscuridades de cualquier problema.

Y sabiduría en la mano que guiaba su acero por entre los pitones para dejar caer sobre los morrillos y relámpago del cielo. Seis estocadas y cuatro pinchazos le bastaron esta tarde para hacer que seis toros de La Punta, se desplomaran a sus pies como heridos de rayo en tempestad. Y nunca necesitó más. Él era matador de toros y sabía cómo cumplir su básica misión de estoqueador. Tal vez haya en esto un error; pero Fermín Espinosa nunca vio volver un toro suyo al corral. Y si lo hubo, habría que buscar las circunstancias que se hubiesen conjurado para ello.

Porque lo cierto es que Fermín Espinosa se retira de los ruedos sin que haya topado nunca en su vida entera con el toro que pudiese sobre él.

Y por eso Fermín no deja – para desgracia de la tauromaquia – una sucesión inmediata. Porque aparte su intuición asombrosa que no puede trasmitirse, Fermín se hizo con toros. Y para dejar en alguien más los secretos, y las normas de su ilustre escuela, Fermín hubiese necesitado dar su cátedra con animales como los que a él le sirvieron de inconmovible pedestal. Y es caso seguro que frente a toros así “Armillita” no habría encontrado ni alternante ni discípulo. Su cátedra habría sido un soliloquio...

Y digo que para desgracia de la tauromaquia, porque sin esa formación fundamental – escolástica taurina – que Fermín ha profesado y vivido como nadie, es muy difícil que pueda levantarse nada genuino ni duradero. Un torero de sólidos principios tauromáquicos puede enfrentarse a cualquier situación y asimilar con provecho y éxito cualquier variante o creación posteriores. Un torero sin doctrina básica es como un hombre sin formación suficiente; las circunstancias lo pueden vencer fácilmente y la improvisación – casi siempre defectuosa – es su única defensa. Las creaciones posteriores no sólo no fortalecen su personalidad, sino que la deforman y la desdibujan.

Los principios dan una aptitud de asimilación que redondea en unidad el meollo artístico del toreo. Gaona, por maduro y por bien preparado, pudo resistir la revolución belmontista y jerarquizar los nuevos hallazgos del toreo para riqueza de su propia personalidad. “Armillita”, con la soberana capacidad de su intuición y de su escuela, pudo tomar de cada una de las épocas artísticas que le tocó vivir, lo mejor de las esencias y, al encarnar las nuevas creaciones y las modalidades de la evolución taurina, fue un torero de arte tan permanente como el de su ascendencia lidiadora y tan al día como el más reciente de los toreros nuevos. Y esta aptitud y esta potencia que tantas veces le fueron criticadas son, en realidad, la mejor prueba de su grandeza.

De modo que con Fermín se va no sólo su propio valer, sino también la última unidad que restaba de los mejores hallazgos que el arte de torear había logrado en un cuarto de siglo.
Y esto conduce de la mano a desentrañar el sentido de la postrera cátedra de Fermín Espinosa. Esa que dictó ayer en la Plaza México a lo largo de su corrida final.

Lo que ayer demostró Fermín es algo de positiva trascendencia para el desarrollo posterior de la tauromaquia. He aquí los dos puntos de su lección:

1. – Entre el toreo tradicional y el toreo moderno no hay oposición alguna. Hay, por el contrario, una evolución armoniosa en la cual lo moderno significa un perfeccionamiento de lo tradicional.

2. – Para hacer el buen toreo moderno es indispensable una formación sólida dentro de los principios de la lidia tradicional.

En otras palabras: al toro que embiste de largo, de largo hay que torearlo con la perfección linajuda de los tres tiempos de las suertes, con el aguante y el mando de los viejos maestros tal y como lo hizo Fermín en la gran faena del quinto toro, modelo de lo que puede una muleta escolástica frente al toro que se viene de lejos y aun contra el viento que descubre al torero. Y al toro que acaba aplomado, al animal que termina defendiéndose en el tercio, o en las tablas con su media arrancada, se le puede y se le debe pasar, mediante el procedimiento de llegar le cerca y de cortar un tanto la longitud del muletazo original. Así lo hizo ayer Fermín en sus dos primeros toros y también en el cuarto, cuando las reses se quedaron al final de la lidia y cuando buscaron el abrigo de tablas para su defensa.
De modo que en una sola tarde – y precisamente en su tarde final – Fermín Espinosa “Armillita” mostró la clara unidad de evolución que hay entre su escuela y la moderna y la validez de los principios de aquélla junto con la verdad de lo actual. Pasarse a todos los toros en largo y en corto, según sus condiciones, es una legítima ambición que Fermín Espinosa selló ayer con su aprobación doctrinal y con la práctica realización del gran ideal taurino.

Y fue así, en la unidad de su personalidad superior, el “Guerra”, Belmonte y Rafael Rodríguez en una sola tarde que fue la de su despedida.

¡Gracias, Fermín por tu postrera lección!

Ésta de “Armillita” ha sido una de las más emotivas despedidas de torero alguno. El público voleó su cariño por el torero que ha sido sillar de la fiesta en 25 años y que ha dado a México prestigio y gloria en los ruedos del mundo. Pero también, voleó su admiración hacia el torero en plenitud, hacia la realidad desbordante de una potencia taurina capaz de lidiar seis toros en una lidia completa y capaz de conservar su señorío y su integridad aun en medio de los vaivenes de la emoción que sacudía a espectadores y a los toreros que eran, además, sus hermanos.

La mejor estampa de gloria armillista será, para quienes la observaron, aquel momento en el cual Juan y Zenaido Espinosa, víctimas del sentimiento, estuvieron a punto de ser víctimas del toro. Entre ellos Fermín – especie de José taurino – se irguió en el tercio para quedarse con el toro y levantando en alto la mano diestra impuso con gesto sereno el orden en el ruedo. Un instante después, el toro que había lanzado a sus hermanos por el callejón y los burladeros, se volvía dócil faldero entre los pliegues imperiosos del capote de “Armillita”.

Así, mandando hasta el último momento en el toro y en la arena y en las cuadrillas, fue como Fermín Espinosa salió para siempre de una plaza de toros...

A modo de envío:

Contigo, Fermín Espinosa, se ha ido la Sabiduría. Contigo termina por ahora la ilustre dinastía de los más grandes lidiadores. Quisiéramos creer que tu lugar habrá de encontrar sucesores dignos de ti. Pero tú te has llevado tu intuición milagrosa, tu sapiencia total. Y los tiempos se han llevado al toro con que tú te formaste...

Tu sitio queda vacío y sólo tu recuerdo podrá llenarlo. Tu obra queda allí, en la mejor hazaña del toreo universal. Y tú pasas a la gloria permanente de la tauromaquia con un solo título, el más difícil de llevar, el más difícil de cumplir en toda su esencia y en todo su significado de valor, de saber, de gallardía y de caballerosidad.
¡Torero!

Para la estadística

Armillita brinda a su padre y a sus hermanos, el sexto
de la corrida de su despedida
Como picadores en su cuadrilla llevó al Güero Guadalupe Rodríguez, a Gonzalo González, a Juan Aguirre Conejo Chico, a Nacho Carmona, a Jorge Contreras Zacatecas II, a Antonio Silis Cerrajero y a Francisco Ramírez El Corto.

Los banderilleros fueron sus hermanos Juan y Zenaido, Pascual Navarro Pascualet, Vicente Cárdenas Maera, Román El Chato Guzmán, Rafael Osorno, Juan Ruiz, Liborio Ruiz y José Ramírez Gaonita. De ellos, toda la brega de los 6 toros la llevaron Juan, Zenaido y Pascualet y solamente Maera puso el tercer par del sexto toro, pues Fermín pareó a todos los demás.

Los toros de La Punta fueron por su orden, Cosquilloso, Corralero, Rosalejo, Catarino, Salmantino y el que cerró esta página de la historia de Armillita se llamó Urraco, número 30 y pesó 428 kilos.

Los sobresalientes fueron el matador de toros Andrés Blando y los entonces novilleros Héctor Saucedo y Ángel Isunza y ellos sí, solamente hicieron el paseo.

Creo que por el fasto que se recuerda, podrán disculpar la inusitada extensión de esta entrada.

domingo, 3 de mayo de 2009

Tal día como hoy: 3 de mayo de 2003. Luis Fernando Sánchez se despide triunfalmente de los ruedos

NECESARIA ACLARACIÓN: Hoy debiera celebrarse la séptima corrida de la Feria de San Marcos. Por las razones que han sido profusamente difundidas, esta corrida y las que siguen, no se llevarán a cabo. La razón de seguir publicando estos recuerdos, es que el trabajo ya lo tengo hecho y me parece algo ocioso dejarlo “añejar” un calendario completo, así que seguiré las fechas del cartel original de los festejos y publicando estas ideas, si Ustedes no tienen objeción.

No obstante que desde su alternativa, cada feria de abril Luis Fernando Sánchez salía con las orejas en las manos, cada año que pasaba era menor su presencia. Ya no se tenían en cuenta los grandes triunfos que tuvo con los toros de Santo Domingo, mano a mano con Armillita Chico en 1984 o con los toros de Vistahermosa también un 3 de mayo de 1985. Por una parte, ya venía una nueva generación de toreros empujando fuerte detrás de él y por la otra, da la impresión de que en este País lo que sucede en un circuito empresarial, es inexistente en el otro y eso, al final de cuentas, acaba con la carrera de cualquier torero.

Es por eso que Luis Fernando Sánchez, a quien se llamara en su día El Torero de la Onza, decidió aceptar la oferta de torear la corrida de la despedida, llevando por delante al rejoneador José Antonio Hernández Andrés y alternando con Zotoluco y José María Luévano en la lidia de toros de De Santiago, en uno de los carteles mejor rematados de esa feria abrileña.

Sobre esa tarde del adiós escribí lo siguiente:

Afortunadamente, Luis Fernando Sánchez pudo disfrutar de una gran tarde de toros en la que sería la última en la que vistiera el terno de luces y mayor fortuna tuvo, por ser uno de los principales protagonistas de la efeméride, al cortar dos merecidas orejas del toro que representó el final de su ya dilatada carrera como matador de alternativa.

No cabe duda de que las despedidas de los toreros dejan un sabor agridulce en el paladar de quienes las presencian y las viven, y ese gusto se acentúa cuando el torero que se va, lo hace estando pleno de facultades y con una madurez profesional que deja en el aire la duda. ¿Por qué se va? Será que como decía el querido don Arturo Muñoz La Chicha, banderillero de esta tierra, hoy en la gloria eterna, los toreros deben irse cuando aún les pueden a los toros. Será por eso que veinte años después de su alternativa Luis Fernando decidió que la hora del punto y final, había llegado.

La postrera vuelta al ruedo fue de apoteosis y se preguntaba mi compañero de tendido sobre los pensamientos que circulan en la mente del que se encuentra en esa situación. Sin temor a equivocarme, creo que Luis Fernando revivía tardes de gloria, como aquella del 5 de mayo de 1984, en la que vistiendo un terno palo de rosa con pasamanería blanca, cortó el rabo a un toro de Santo Domingo, en su primer triunfo grande de esta plaza, que le abrió las plazas de importancia y que le llevó a una trayectoria que le colocó en una posición de importancia durante las dos décadas en las que ejerció su ministerio…

Posteriormente, al reflexionar sobre la feria de ese año, comentaba al respecto de la trayectoria de Luis Fernando:

…También tengo que tratar aparte el caso de Luis Fernando Sánchez, quien ante el desprecio de las empresas, de una manera digna, pero injusta por la forma en que se le impuso, dijo adiós a los ruedos la tarde del 3 de mayo.

No es comprensible que un torero que obtiene el premio a la mejor faena del ciclo ferial anterior tenga que guardar en el armario los ternos de seda y oro por casi doce meses, porque la empresa para la cual triunfó y que maneja las plazas de esta ciudad y otras importantes en el País, se niega a ponerlo en los demás festejos que organiza.

Resulta paradójico que hoy, cuando lo que falta son toreros con experiencia y solvencia taurinas, los dueños del negocio se permitan el cuestionable lujo de 'invitar' a un diestro como Luis Fernando a terminar su carrera taurina.

El Torero de la Onza se quitó el simbólico añadido dentro del mismo ambiente triunfal que siempre le propició la Monumental, aunque en esta tarde, el mayoritario público feriante no entendiera la trascendencia del acontecimiento que atestiguaba. Su postrera faena se premió con las dos orejas. Yo pido el rabo para una trayectoria que se vistió de triunfos durante dos décadas exactas.

Este es el fasto a recordar el día de hoy. Mañana traeré a la memoria otra página de la historia taurina de la Feria de San Marcos, que tiene en su haber muchas cosas que tienen que ser contadas, pues en ellas se conserva la grandeza de nuestra Feria y de nuestra Fiesta.

El cartel que estaba anunciado para hoy: Toros de Xajay para Ignacio Garibay, Sebastián Castella y Octavio García El Payo.
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