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domingo, 8 de julio de 2012

Relecturas de verano III: Por qué Morante


Hace algunos años ya – que si los cuento resultarán muchos –, Salvador Pinoncelly (Torreón, 1932  Ciudad de México, 2007) quien fuera mi profesor de Teoría de la Arquitectura – en un paso poco feliz por esa Facultad – nos decía que el creador tiene muy escasas posibilidades de ser absolutamente original. Afirmaba que dentro del proceso creativo, todos obtenemos información de nuestro subconsciente de algo que hemos visto, oído o leído en alguna parte, en algún momento de nuestra vida, aunque no lo recordemos de inmediato. De allí concluía Pinoncelly, la absoluta originalidad, era casi imposible, aunque la nueva obra tenga el sello personal y la firma de su autor.

Recurro a ese recuerdo de una de mis etapas estudiantiles, porque tengo la impresión de que esa es la aproximación que generalmente hacemos los aficionados cuando un torero comienza a despertar interés. Primero, nos causa asombro, pero después, empiezan a salir de las profundidades de nuestro subconsciente recuerdos que llevan más o menos tiempo allí refugiados, que nos conducen a compararle con otros a los que hemos visto en las plazas, en el cine o en los vídeos, en las fotografías o aún en la literatura.

Allí reside a mi juicio el gran mérito de la aproximación que hace Paco Aguado a la vida, pero sobre todo, a la tauromaquia de Morante de la Puebla, cuando al analizarla desde su parentesco con las generadas en ambas márgenes del Guadalquivir y aún asumiendo la referida apreciación del pintor y arquitecto mexicano, tira de la memoria, pone sobre la mesa los nombres y los datos y expresa su juicio del por qué de cada una de esas apreciaciones. La originalidad en este caso, el de Paco, reside no solo en el hecho de establecer o de proponer esa especie de genealogía al hacer en el ruedo de Morante, sino de exponer los hechos que a su juicio la fundamentan.

Y es que, como podemos leer en la obra y pese a que a veces nuestros sentidos nos quieran guiar a encontrarle parangón, Morante no es un imitador de estilos ajenos, aunque busque en ellos la particularidad de su propia esencia. Y es así que a partir de escuchar, de leer y de ver imágenes fijas y en movimiento de los toreros sevillanos y trianeros que le precedieron en la historia encontrará las influencias que se reflejarán en la manera en la que se conduce ante los toros, pero siempre con un marcado acento personal que lo hace diferente y único. 

Paco Aguado, tras de su análisis, sitúa la tauromaquia de Morante de la Puebla en la cuerda de Chicuelo, pasando por Pepín Martín Vázquez y Manolo González, aunque recuperando esencias de toreros icónicos de la afición del lado del Arenal como El Pío, Antonio Gallardo, El Vito, Macandro o Rafaelito Chicuelo. Toreros todos ellos que sin ocupar un sitio de aquellos que son llamados figuras, si llevan entre ellos lo que Alameda llama el hilo del toreo de esa margen del Guadalquivir.

Los dos Morantes

Uno de los planteamientos que me resultaron más interesantes dentro de la lectura, es la manera en la que nos presenta la evolución de la figura de Morante de la Puebla y la manera en la que prácticamente, nos puede resultar en dos toreros distintos, dependiendo del momento de su evolución. Le cito:

Con el utrero y los primeros cuatreños, caminó por la senda marcada por los toreros sevillanos de la facilidad y la gracia natural. Pero a medida que avanzó su carrera y el toreó dejo de ser para él un sueño de adolescentes para convertirse en una lucha de hombres, con las exigencias que imponen el toro y las propias estructuras del negocio t,aurino, José Antonio Morante fue encauzando sus dotes por otras formas de expresión. Un renovado concepto que, sin dejar de ser coherente con el que tenía asumido desde niño, se debía antojar mejor lenguaje para transmitir el cúmulo de sentimientos que iba añadiéndole la vida, como persona y como artista. Para expresar en suma, un mensaje más profundo…

Creo necesario aclarar que el concepto que Paco Aguado considera novedoso ya sumado a la original tauromaquia de Morante de la Puebla, es la influencia que produce la manera de hacer el toreo que se genera al cruzar el Puente de Isabel II, en Triana.

A partir de allí, vendrá una extraordinaria presentación de la evolución del torero hasta su hacer actual, sin dejar de lado las vicisitudes personales que le han afectado en su paso por los ruedos, más no es mi cometido hacer una síntesis completa de la obra aquí, ni de justicia con el autor el no dejar nada para la lectura del libro, misma que no tengo empacho en recomendar.

En suma, Por qué Morante resulta ser una interesante manera de recoger el hilo del toreo desde el punto de vista de un torero en particular, con una extraordinaria prosa y un excelente manejo del lenguaje, un libro que insisto, a mi juicio merece ser leído y analizado, pues nos da medios para poder comprender la evolución de uno de los diestros más destacados de nuestros días y también, de la tauromaquia que se ha generado en una de las regiones más emblemáticas de lo que en algún tiempo fue llamado el planeta de los toros.

Referencia bibliográfica: Por qué Morante. – Paco Aguado, con prólogo de Agustín Díaz Yanes. – 1 Más Uno Editores, primera edición, Madrid, 2011, 193 páginas, con ilustraciones a color y en blanco y negro. – ISBN 978 – 84 – 938722 – 1 – 2. 

domingo, 4 de marzo de 2012

29 de febrero de 2008: El Pana y Morante en Carabanchel


Un cartel anunciador del singular festejo

El pasado miércoles se cumplió el primer ciclo bisiesto de la presentación de Rodolfo Rodríguez El Pana, en lo que hoy es El Palacio de Vistalegre y que de 1908 a 1995, fuera la singular Chata de Carabanchel. Por cierto, el primer toro que saltó a su ruedo – 15 de julio de 1908 – fue muerto por Rodolfo Gaona, se llamó Sentimiento, negro mulato bragado, de la Marquesa Viuda de Castellones y fue cedido al Califa de León, por Ricardo Torres Bombita, quien por antigüedad, es quien debiera haberlo estoqueado. 

La corrida de toros a la que tendré que referirme el día de hoy podría considerarse como un asunto meramente marginal, porque la personalidad de los diestros actuantes – sobre todo la de El Pana – proporciona material suficiente para escribir una bitácora como ésta completa, más habré de ceñirme a los hechos a los que la efeméride me remite, eso sí, en lo que se pueda.

Algunos prolegómenos

El 7 de enero del año anterior El Pana había salido al ruedo de la Plaza México a torear lo que se había anunciado como la corrida de su despedida. Tras de enfrentar a Rey Mago de Javier Garfias, segundo de la tarde – el primero del festejo lo mató Serafín Marín, que confirmaba – descubrió que el final de sus días de llevar el vestido de luces aún no había llegado, que la gente en los tendidos aún esperaba que fuera a las plazas a decir el misterio que llevaba encerrado muy dentro y que él podía aún, como cantara José Alfredo Jiménez, sacar juventud de su pasado, para poder ir a explicarlo. Así fue como con las dos orejas de Conquistador, el que debió ser el punto y final de una carrera que inició en las capeas casi 40 años antes, puso un punto y seguido envuelto en sahumerios de gloria.

Acerca de esto, Fidel Samaniego, editorialista y analista del diario El Universal de la capital mexicana, escribió unos días después del festejo lo que sigue:

La historia, su increíble y, en mucho, triste historia parecía acercarse al final. Él, personaje, autor de ésa, su novela, escribía las que, se suponía, serían las últimas líneas... el torero, el personaje, el hombre, todos en uno, uno en todos, regresó, regresaron ante el toro con su paso lento, con su inspiración desbordada. Y con sus pases, con sus detalles, provocó los gritos, las aclamaciones, las lágrimas y se entregó, y dejó que ellas, ellos, los que estaban en los tendidos, se le entregaran... Al día siguiente, cuando despertó, Rodolfo Rodríguez González supo que la historia continuaba, tenía que continuar...

Morante de la Puebla tuvo quizás un camino menos tortuoso para obtener el reconocimiento de las aficiones en el mundo del toreo. Más introvertido, deja sus contactos con las masas para cuando está en el ruedo y ante el toro, aunque en el año de la resurrección de El Pana, se había dejado ver ya en algunos ambientes de intelectualidad y también había nombrado apoderado a otro genio, Rafael de Paula. Al final de cuentas, la combinación resultó explosiva, como esos sonoros petardos que los toreros de arte pegan cuando no encuentran el toro que les viene, y eso es una pena, porque hubiera sido interesantísimo saber la manera en la que, un artista como El Paula se las entendía en los despachos.

Al parecer los nahuales de Rodolfo y los duendes de José Antonio se entendieron pronto. Morante tenía algún tiempo de estar alejado de los ruedos – desde junio de 2007 –, al parecer por problemas de salud y reapareció en la Plaza México – el 6 de enero de 2008, en una especie de remake de la resurrección del año anterior – mano a mano con El Pana, en una corrida en la que el ex – tahonero se fue al hule con una cornada en el tercero de su lote y el de La Puebla del Río logró, tras de esforzarse bastante, una salida en hombros que fue el exordio de una interesante campaña española.

Lo de Carabanchel

El Pana, rumbo a Vistalegre
(Cortesía altoromexico.com)
Tras de la recuperación de El Pana, se anunció que se cocinaba el episodio español de lo sucedido el Día de Reyes. Se buscó además una fecha que tuviera alguna coincidencia con la personalidad estridente de ambos diestros. El año 2008 fue bisiesto, es decir, el mes de febrero, como cada cuatro años, lleva 29 días y para más comodidad empresarial, la fecha tocaba en viernes. Entonces, en términos de mercadotecnia, resultaba, al menos en el papel el poner a dos toreros digamos, esotéricos, en una fecha singular y que quedara en fin de semana.

A fines de enero de ese año, cuando se determinó que el entonces quincuagenario Rodolfo Rodríguez estaba en condiciones de salir al ruedo tras la cornada del 6 de enero, se hizo oficial el asunto y así se anunció una corrida de Núñez del Cuvillo para El Pana y Morante de la Puebla, el viernes 29 de febrero, en el cubierto Palacio de Vistalegre de Carabanchel.  

El Pana llegó a la plaza en un coche de caballos, Morante lo hizo en un Rolls Royce. Ambos, atascados en el tráfico, llegaron tarde a la cita. Morante vestido de pistache y azabache y El Pana de calabaza y plata, liado en un sarape de Saltillo, a modo de capote de paseo. El Pana, pese a tratarse de local cerrado, – y en contra de la normativa vigente – salió al ruedo fumando un aromático veguero. El Presidente del festejo no fue tan quisquilloso como en sus días de novillero lo era don Pablo Pérez y Fuentes, que cuando salía a la arena de la Plaza México de esa guisa, antes de sonar las notas de la obra de Rafael Gascón, Cielo Andaluz, le mandaba un sonoro bocinazo para invitarlo a despojarse del ocote y hacer el paseo como Dios manda – curiosamente, ni a don Jesús Dávila, ni a don Pedro López Anaya, los otros dos que presidían los festejos en La México en esos días, parecía importarles mucho eso del habano de El Pana –.

De lo sucedido en el festejo, recojo estas líneas de la crónica de Alberto Urrutia, publicada al día siguiente en el diario madrileño El País:

Muletazos con sabor y son. El cuarto empujó en varas, pero en la muleta flojeó. Morante lo sacó de las tablas con mimo y dibujó varios muletazos con sabor y son, aunque sin terminar de redondear. Tampoco hubo faena rotunda en el sexto, a pesar de que el sevillano lo intentó con ahínco y con esa torería innata. Los doblones emanaron aroma añejo, como la trinchera, pero aquello no voló tan alto como se esperaba. Numéricamente, el balance del acontecimiento se inclinaba al fracaso. Además de no llenarse la plaza, no hubo ni una vuelta al ruedo: sólo las ovaciones de sus partidarios... Las actuaciones de El Pana transcurrieron entre la división de opiniones. Faena sui generis al inválido primero, que se derrumbó en varias ocasiones y dificultó el toreo. Claro que toreo hubo poco, salvo algún muletazo con el mando a distancia... Aunque con su ilusión demostró que la juventud es en parte un estado de ánimo, 56 años, con sus primaveras y sus otoños, son una edad considerable para ponerse delante de un toro. Lo intentó con este tercero bis en una actuación variada y aseada, pero con una manera peculiar de estirar el brazo, cual pescador con su caña. Pintoresco, con pasajes de originalidad y guiños teatrales a la galería, buscó agradar ante el estupendo quinto, pero El Pana no conectó... Al final, el arte de Morante sobrevivió en una tarde de tintes surrealistas y esperpénticos, con escenas propias de la magna obra de Valle – Inclán: espectáculo con «luces de bohemia».

Al final

El Pana y Morante
Plaza México, enero 6, 2008
Creo que El Pana acusó los efectos de bajarse del avión para ir a la plaza a torear. Quizás debió ir a torear por fuera al menos un par de corridas para ponerse con el toro español, pues considero que no es lo mismo torear vacas en el campo y matar algún toro a puerta cerrada, que tomar contacto con el mismo toro en la plaza y frente al público. Sin embargo, de la manera que se planteó este festejo, da la impresión que no era el punto de arranque de una campaña, sino una mera presentación y de acuerdo con el resultado, se hilaría en consecuencia.

Tras de esa presentación en Carabanchel, El Pana no ha vuelto a torear vestido de luces en España. A últimas fechas ha externado su interés de confirmar su alternativa en Las Ventas. En una entrevista televisiva pasada hace un par de domingos, el ya sexagenario diestro ha manifestado su deseo de ser parte de un cartel en el que le apadrine Gregorio Tébar El Inclusero y funja como testigo Carlos Escolar Frascuelo. Eso sí, con su socarronería habitual, sugirió una corrida a modo. ¿Veremos un festejo así? Sólo el tiempo lo dirá. 

domingo, 5 de diciembre de 2010

Un trono para El Gallo. La silla, pa' Morante...


La percepción de Roberto Domingo de El Gallo toreando
en una silla el 21 de abril de 1912  (La Lidia)

El 23 de mayo de este 2010, en una corrida matinal en Nimes se produjo algo que para muchos resultó un hecho inusitado. Toreando mano a mano con Javier Conde, pidió una silla para iniciar su faena al sexto de la mañana y sentado en ella dicen las crónicas, cerrado en tablas, le dio dos muletazos por alto, para después armar una faena que le valió el rabo del de Juan Pedro Domecq, tras de esperar, de nueva cuenta sedente, que doblara el toro tras la estocada que le dejó.

Inmediatamente surgieron las reminiscencias acerca de las viejas ilustraciones de La Lidia que ilustraban a Antonio Carmona El Gordito, citando para poner banderillas apropiadamente sentado, o de Rafael Gómez El Gallo, toreando de muleta de la misma manera y en un criterio que me parece reduccionista, se trajo a la discusión el pase de la silla del hijo del señó Fernando y se discutió brevemente sobre el momento en el que lo puso por primera vez sobre la arena. En ese aspecto, las opiniones parecieron coincidir en que ese pase de la silla lo ejecutó por primera vez el 30 de julio de 1918 en una despedida en Valencia, en festejo que para lidiar toros de los herederos de Vicente Martínez, alternó con Saleri y Joselito su hermano.

Pero la realidad es otra, el toreo en silla fue presentado en sociedad por Rafael el día 21 de abril de 1912 en la cuarta y última corrida de la Feria de Abril de Sevilla, cuando alternaba con Enrique Vargas Minuto y Rodolfo Gaona en la lidia de toros de Gregorio Campos. Fue un festejo que inició de manera accidentada, debido a que en el festejo del día anterior, tanto El Gallo como Gaona salieron mal con la afición. Relata el corresponsal del diario madrileño El País sobre el prolegómeno de la corrida:


Para la corrida de hoy la animación es, si cabe, mayor que en días anteriores. Se lidian toros de Campos por las cuadrillas del «chipilín» Minuto, del desconcertante Gallito y del mejicano Gaona. La plaza está completamente llena y los ánimos se hallan excitados por las desdichadas faenas de ayer. Antes de comenzar la corrida hay algunas «gofetás» entre gallistas y antigallistas. Hay unas niñas de Triana y de la Macarena capaces de trastornar á cualquier santo. El sol manda sus caricias. Sonríen las niñas, sonríen los turistas, sonreímos todos. Él pecho de la «afisión» se abre á la esperanza. ¿Qué hará el Gallo? ¿Qué hará Gaona? En el paseo de las cuadrillas se desmaya una señora que está enamorada de Minuto, y el «respetable» silba á los espadas...
Imagen aparecida en el suplemento de ABC, Toros y Toreros
28 de abril de 1912

El quinto toro de la tarde es en el que El Gallo realiza el toreo en la silla. Las distintas relaciones son coincidentes en que inicia la faena con un muletazo sentado en ella y después da otros. El Heraldo de Madrid, El Liberal, y El Defensor de Granada señalan que al ir ganando terreno al toro – es decir, no lo dejaba pasar solamente, sino que toreaba – llevó la silla en la mano para seguir toreando sentado en ella. El País, el suplemento semanal Toros y Toreros de ABC, La Gaceta del Sur de Granada, El Imparcial y La Lidia no consignan ese hecho. De las crónicas que menciono, tomo la de El Liberal, que dice en lo medular lo siguiente: 
…En el quinto volvió á coger las banderillas el Gallo, poniendo tres pares. Luego pidió una silla, dando el primer pase natural sentado en ella; dio otros llevando la silla cogida de una mano, y soltándola continuó su faena pasándose la muleta por la espalda, acabando con cuatro pinchazos, dos de ellos en la cruz, y descabelló a pulso a la segunda…
El ABC de Madrid lo relata de la siguiente forma:
Después de oír palmas en quites, cogió Gallito los palos y colocó tres pares, el último muy bueno. Al matar, brindó á los espectadores del sol; pidió una silla, y dio cuatro pases sentándose en distinto terreno al dar cada uno de ellos, por lo que oyó una ovación. Otros pases dio cambiándose la muleta por la espalda, resultando, la faena muy bonita en conjunto. En cuanto el toro juntó las manos, entró derecho con un buen pinchazo. Otros dos más, quedándosele el toro; otro, y otro después, descabellando á la segunda. El público tributó á Gallito una gran ovación. Salió el sexto cuando aún duraba la ovación á Gallito...
Así pues, la incorporación del toreo en silla – que no del pase de la silla – a la tauromaquia de Rafael El Gallo – pese a que Cossío afirme que es solo toreo de adorno –, se da ese 21 de abril de 1912 en Sevilla, pues existen testimonios de que cuando los toros se prestaban lo hacía tal como la crónica de Valencia de 1918, además de que existen también testimonios gráficos de que lo repitió en Barcelona después de esa despedida.

Roberto Domingo capturó ese momento, que después fue reproducido en un cartel de La Lidia y que así es explicado en la sección Nuestras planas en color del ejemplar correspondiente al 23 de junio de 1914:
El «Gallo» muleteando en Sevilla sentado en una silla. El 21 de Abril de 1912, se verificó en Sevilla la cuarta y última corrida de aquella feria, lidiándose seis toros de don Gregorio Campos por las cuadrillas de 'Minuto', el 'Gallo' y Gaona. Rafael – que vestía precioso terno hueso y oro y cabos rosa – quedó superiormente en las verónicas y los quites, así como en dos buenos pares de banderillas y una excelente faena de muleta al segundo de la tarde, derrochando valentía. Le atizó media estocada inmejorable y hubo ovación y vuelta al ruedo. Y salió el quinto, bonito ejemplar retinto lucero, y el Gallo le colgó tres buenos pares, y luego, pidiendo una silla, se sentó y dio al burel varios artísticos pases, continuando de pie la hermosa faena en la que intercaló naturales cambiándose la muleta de mano por la espalda. La ovación fue delirante. El inimitable pincel de Roberto Domingo nos ofrece el momento de un pase de trinchera en la silla. Rodolfo Gaona estuvo colosal en esa corrida. Minuto, Gallo, Gaona. Toros de Gregorio Campos.
Así de creativo era Rafael. Luis Rodríguez Rivas, un furibundo gallista, escribía esto en 1917 en un debate epistolar en las páginas de La Lidia con el Notario sevillano don Luis Bollaín:

…le llamamos genio porque sin serlo no podría... dominar al público como le domina, tenerle pendiente de su mágica muleta, hacerle pedir, con deseo quizá superior á su propia, voluntad, que no mate, que siga toreando, que no termine nunca la delicada obra que, con inspiración sobrenatural, está cincelando y que nos admira hasta el punto de conseguir que en la fiesta más alegre y donde más personas de diferentes clases y culturas se reúnen, se haga un silencio sepulcral que permite oír el jadear anhelante del toro y el respirar cansado del brujo que produce en nosotros tan encontrados sentimientos, silencio que parece mayor antes de sonar el crujido de la plaza toda que no puede contener por más tiempo el estado nervioso á que estaba sometida y desea exteriorizar con fuerza, con vehemencia, con entusiasmo apocalíptico, el sentimiento de admiración que produce el soberano artista, el incomparable artífice del toreo…

La silla de Morante

Morante de la Puebla dijo después de lo de Nimes, que entrenó lo de la silla y que cuando se pudo lo llevó a cabo. Y seguramente lo tendría pensado, en cuanto un toro tuviera las cualidades para ello. Pero una golondrina no hace verano. La diferencia entre hacerlo una vez y llevarlo en la espuerta es grande. Pero mejor lo explica don Antonio Burgos:
…Roberto Domingo tiene pintado a Rafael el Gallo como un dios romano con calva de mármol, dando un muletazo a dos manos desde el trono de una silla de enea. Como don Antonio Chacón había enseñado a los flamencos a cantar sentados, el Divino Rafael en la silla era como una soleá en ayudados por alto. Muchos toreros han querido luego seguir al Gallo…
Pero una cosa es seguirlo y otra cosa es llegar a ser cómo él y para ello, se requiere más, mucho más que una simple silla, porque al final de cuentas, hasta Alejandro Talavante, en vía de cachondeo, toreó con una silla, que no es lo mismo que torear sedente en ella y sí no, véase el vídeo que está en esta ubicación.

Al final de cuentas, la realidad es que el toreo y su historia le deben un trono a Rafael El Gallo. Dejemos a un lado las bagatelas que le proclamara en su día F. Bleu y busquemos su real esencia, su sustancia, porque es mucha. Y a Morante… a Morante, dejémosle su silla.

8 de diciembre de 2010. Edito. El vídeo de lo de Morante de la Puebla en Nimes lo pueden ver pulsando aquí.

domingo, 24 de mayo de 2009

Una visión trasnochada, trasatlántica y… televisiva de la última actuación de Morante de la Puebla en la Feria de San Isidro


Dudé en escribir esto, pero aquí está. Ya me parece escuchar a mi padre con sus reclamos ante mis observaciones: ¡pero qué más esperas!, ¡no te conformas con nada!, ¡es el colmo contigo! Y es que a su juicio, mi exigencia como aficionado rebasaba cualquier ejercicio de razonabilidad, por lo que ahora, que me decido a poner en blanco y negro estas ideas, tengo la seguridad de que sí pudiera leerlas, en menos de diez minutos mi teléfono estaría sonando y yo recibiendo su filípica y su recomendación: ¡retírate de las plazas, que nada más vas a ellas a sufrir!

No quiero parecer un aguafiestas, pero la visión por la tele y el rumiar posterior de lo apreciado a través de ella, me dejaron con la idea de que en alguna parte había leído que Madrid vivió un episodio parecido en su historia. Y es que si el vídeo desnuda a los toreros como alguien afirma, si además es comentado, interrumpido y en buena medida purificado o sanitizado para adecuarlo al punto de vista de quienes narran – y en determinada forma conducen – la función, se le restan muchos datos que impiden la percepción de la mayor parte de los detalles que suceden alrededor de lo que pasa en el ruedo y que solo pueden verse, oírse, percibirse, disfrutarse o sufrirse cuando se está en la plaza.

Así pues, cualquier idea que pueda expresar hoy y aquí, estará limitada y por ende viciada por el punto de vista que en esta oportunidad me tocó vivir y también por ello quizás, ponga aquí algún despropósito, pero de ser así, creo que en alguna forma Ustedes me lo harán saber.


Ya en la biblioteca, encontré la referencia histórica a que me refería antes en la obra de José Alameda titulada Verdadera Historia de la Evolución del Toreo (Bibliófilos Taurinos de México, 1985) y a la que me había referido en alguna entrada anterior. Allí comprobé que mi idea de que algo parecido a lo que creo haber apreciado, no eran simples malos pensamientos. La referencia es a una actuación histórica de Gitanillo de Triana en la Plaza Vieja de Madrid, que el escritor presenció en su infancia o primera juventud y que sin más cito:

Toreaba Gitanillo (Curro Puya) en Madrid, creo que el año treinta. Había veroniqueado a un toro de Coquilla Con una dejadez y una gracia felina, que cautivaron al público. La plaza parecía literalmente echar humo, creo que lo echaba: ese vaho que se produce cuando una multitud apresura el jadeo. En el segundo tercio, la gente hubiera querido empujar a los banderilleros para que se aligerasen y volviera Gitanillo.

Yo permanecía de pie, junto a un aficionado singular que había coincidido aquella temporada con su localidad de abono junto a nosotros, mi padre y yo. Hombre de unos cincuenta años, alto, magro, de apariencia labradora y muy discreto, que procedía de un pueblo de la provincia (¿Colmenar, Navalcarnero?) y que a cada corrida se presentaba solo a su puesto. Cuando Curro tomó la muleta, yo brincaba alborozado al compás de los olés del público, que había reanudado el alboroto del primer tercio.

Me sudaban las manos. A los pocos minutos, tuve una sensación extraña. Sentí, de pronto, que el hombre de Colmenar -así le llamaba yo-, permanecía en su asiento y Con los brazos cruzados sobre el pecho. A su vez, él sintió mi mirada. Y se inclinó un poco, para decirme:

- Ten calma, con el capote ha estado maravilloso, pero con la muleta no está a la altura del toro. (Me lo dijo confidencialmente, como para evitar cualquier petulancia frente a los mayores)...

Quedé suspenso un instante. Recogí hacia adentro todas las fuerzas de mi atención, para un juicio al que se me lanzaba de improviso: el "hombre de Colmenar" tenía razón. La faena, sin hilván, sin conducción interior, no tenía la fuerza de los lances anteriores. Pero la sugestión de aquella figura seguía actuando sobre el público, que no podía frenarse, y como el torero fue breve, alcanzamos a la estocada sin que decayera el ambiente. Salieron todos los pañuelos y le dieron al maravilloso personaje las dos orejas, por una lidia… sin faena de muleta. En realidad, por el arrebato justificadísimo que habían producido sus primeros lances…

…Los efectos de la "idolatría" son infinitos e inescrutables. A veces, también peligrosos.


La idea de Alameda me llevó a averiguar exactitudes sobre la tarde en cuestión. Así, me encontré con que la corrida a la que alude, no se celebró precisamente el año de 1930, sino que de acuerdo con los datos que aporta, corresponde a un par de años antes, precisamente al sábado 19 de mayo de 1928, es decir, más o menos 81 años antes del fasto que me tiene aquí ante Ustedes. En aquella vez, los toros fueron de Coquilla y los diestros, Niño de la Palma, Valencia II y el referido Francisco Vega de los Reyes, Gitanillo de Triana.

Esa tarde, el torero de raza de faraones cortó tres orejas. Tuvo quizás una de sus tardes más rematadas en la capital española, misma en la que dejaría su existencia tres años después. La crónica de Federico M. Alcázar, en el diario madrileño El Imparcial del domingo 20 de mayo de 1928, nos refleja lo siguiente:
…El público, que juzga a los toreros por impresión, y que es tan voluble y tornadizo como el viento, salía de la Plaza descorazonado, creyendo cándidamente que una tarde de mala fortuna era bastante para acabar con un torero y, lo que es más difícil, con su estilo. Solo nosotros permanecimos inalterables, y cuando escuchamos a los villamelones excomulgar al torero, sonreíamos desdeñosamente. Aquí, en estas mismas columnas, escribimos los siguientes párrafos: “Quien tiene ese capote maravilloso, esa muleta soberana y ese estilo tan puro y clásico, bien puede permitirse el lujo de echarse a dormir una tarde; pero con una condición: que despierte a la siguiente”…

… detallemos la faena. Empezó toreando por alto, y el toro, que tenía tendencia a la huida, se le fue en cada muletazo.

Volvió a recogerle y consintiéndole, no marchándose, metiéndole la muleta en los hocicos y tapándole la salida, le obligó a doblar; a quedarse y tomar el engaño. Con un valor sorprendente, solo en los medios, hizo la faena por altos, ayudados, naturales y de pecho soberbios. Hubo pases tan acabados, tan perfectos, tan soberanos, que provocaron el entusiasmo del público. Pero lo grande, lo asombroso, lo que colmó la admiración del público, fue la manera de matar al toro. En la suerte natural, perfilado con el pitón contrario, arrancó despacio y recto, metiendo un volapié inmenso, definitivo. La suerte fue consumada con un arte, un valor y un estilo imponderables. El toro rodó al minuto y por unanimidad le concedieron la oreja, dando la vuelta al ruedo en medio de una ovación clamorosa.

Pero todavía quedaba el último toro, que había de redondear esta gran tarde de triunfo.

Sus verónicas fueron un asombro de quietud, de temple, de buen estilo. ¡Qué suave, que lento iba y venía el toro de costado a costado! Una maravilla. El público, sugestionado, no cesaba de aplaudirle y las ovaciones se enlazaron hasta el final.

Empezó la faena con varios pases ayudados, magníficos. Luego vinieron otros en redondo y de pecho colosales. Con la izquierda corrió la mano superiormente en dos naturales y volvió a torear por ayudados de una manera asombrosa. Cada muletazo era una explosión. Pero el entusiasmo culminó al ejecutar por dos veces aquél famoso pase ayudado “de cintura” que inmortalizó Gallito. Arrancó muy derecho a matar, quedándose el toro, y señaló un pinchazo soberbio que valió por una estocada. Volvió a entrar valiente y agarró una estocada colosal, saliendo el toro rodado de los vuelos de la muleta. La ovación fue imponente. Le concedieron las dos orejas y le llevaron en triunfo.

Tarde completa, tarde redonda, tarde de consagración de un torero. ¿Qué misteriosa influencia tiene el traje de plata en ciertos toreros, que al ponérselo parece que están inspirados por el genio belmontino?

Ayer, Gitanillo no solo hizo honor al vestido que cubrió de gloria el maestro Belmonte, sino a la tierra que le vio nacer. De Triana viene la luz…

La visión de Alameda, producida algo más de medio siglo después del festejo, coincide con la inmediata de Alcázar en lo medular, la esencia de la tarde estuvo en el toreo de capa, pues la de muleta tuvo grandes pases sueltos según la descripción; tan lo estuvo, que hasta el de Valencia II le es motivo de elogio. Las descripciones más prolijas y ditirámbicas son las realizaciones del primer tercio – sin dejar de lado su preferencia por el torero trianero – dejándose como meros apéndices las demás etapas de la lidia, tanto así, que la suerte de varas ni siquiera es objeto de mención.

Regresando a lo de antes de antier, me queda el regusto, por lo que tuve permitido percibir, que el gran primer tercio de Morante de la Puebla ante el 4º de la tarde produjo el mismo efecto que el toreo de capa de Gitanillo ocho décadas antes. La hipnosis colectiva que produjo, me da la impresión de que le magnificó una faena de muleta que, por las condiciones del toro y la ira colectiva derivada de tantos días de nefandos acontecimientos ocurridos en el ruedo venteño, fue en realidad menos intensa que la primera parte de la lidia. Pero insisto, mi punto de vista es reducido, parcializado, encogido a lo que una pantalla de ordenador quiere y puede mostrar.

Ya me dirán Ustedes si mi padre tendría razón en sus señalamientos o no y por delante una acusación manifiesta, tanto por tratar de aguar la fiesta o de convertirme en agorero del desastre, como decía un político de estas tierras que decía tener ascendencia en Caparroso, como por el fárrago que aquí les receto.
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