Su presentación en la Plaza México ocurrió el 10 de julio de 1960, cuando enfrentó novillos de Peñuelas alternando con Pedro Gómez y Fernando de la Peña, cortándole una oreja al segundo de su lote. Sumó cinco tardes esa temporada. Desavenencias con el doctor Gaona redujeron sus actuaciones allí en 1961 apenas a una tarde, y a que no volviera por allí sino hasta 1963, cuando volvió a torear cinco novilladas, para sumar su total de veinte festejos menores en las plazas de la Ciudad de México.
En el cierre de 1963 y la apertura de 1964, fue cuando estuvieron en México Paco Camino y El Cordobés junto con otros diestros hispanos y fue justamente en esa época que diversos apoderados hispanos pudieron ver a los novilleros mexicanos más destacados y se interesaron por llevarlos a actuar en ruedos hispanos.
A Porteño lo apoderaría Rafael Torres, hijo de quien en su día apoderó a Luis Castro El Soldado, Antonio Velázquez o Jesús Córdoba y le hizo marchar a España en marzo de 1964, llevándolo a tomar un primer contacto con el ganado de allá en el campo de Salamanca:
En marzo cuando llegamos, la cola del invierno todavía se hacía sentir, tanto, que en la primera ganadería a la que fuimos al día siguiente, al manejar la muleta con el estaquillador y la espada, los dedos te dolían... En esta dehesa nos soltaron tres becerras, una para cada torero...
Así cuenta el torero su primera experiencia en el campo bravo español casi al bajarse del avión.
Posteriormente ya se alojaría en Madrid y haría sus entrenamientos en la Casa de Campo, en el sitio en el que normalmente entrenan los toreros.
Para la estadística, su presentación en los ruedos de allá ocurrió el 7 de mayo de ese año, en Guadalajara, alternando con José María González Copano y Eduardo Ordóñez en la lidia de novillos de Hidalgo Rincón. Tres semanas después, el día 28, se presentaría en San Sebastián y todo quedaría dispuesto para lo que me tiene este día con ustedes, su presentación en Madrid.
El cierre de la Feria de San Isidro del 64
El decimosexto y último festejo de la Feria de San Isidro de 1964 fue una novillada. El cartel se compuso con novillos del Marqués de Albayda para José Luis Barrero, Antonio Sánchez Fuentes y el debutante mexicano Antonio Sánchez Porteño. Barrero y Sánchez Fuentes eran dos toreros que eran del gusto de la afición madrileña y Porteño, representaba una incógnita, aunque las relaciones de su reciente actuación en El Chofre avalaran su inclusión un cartel tan importante como este.
Para la ocasión, Porteño cuenta que se mandó hacer un vestido nuevo, azul celeste y oro:
El maestro Fermín me tomó las medidas, me sentí muy importante. ¿De qué color torero? Azul celeste... Avíos (siempre toree con garritas) … A ver, tres capotes, tres muletas... Como me dijeron, vas a Madrid, a la feria más importante, y ahí hay que ir con mucha categoría. Como un príncipe...
El 31 de mayo del 64 amaneció lluvioso y se calculaba que el festejo de ese día podría suspenderse. Pero estaba escrito que las cosas sucedieran de otra forma.
Llegar... y besar el santo
Al final de cuentas dejó de llover y el festejo se pudo celebrar. Aparte del clima, es necesaria la presencia del toro en el ruedo para que las cosas rueden en la dirección correcta. Antonio Díaz - Cañabate, en su crónica del ABC madrileño, hace notar lo siguiente:
La novillada del señor marqués de Albayda fue magnífica; Fue soberbia. Fue ejemplar. Sobre todo esto, ejemplar. Demostró lo que vengo sosteniendo con reiteración, que la fiesta es de toros y que los ganaderos, en su afán de complacer a los toreros, la han convertido en la fiesta de los borregos. El señor marqués de Albayda, por lo menos en esta novillada, ha sabido conservar la casta, la fiereza de los toros. Y a la vista está su resultado. Dos vueltas al ruedo a dos toros, primero y quinto. Cuatro orejas e innúmeras ovaciones a los toreros. Vuelta al ruedo del mayoral acompañado de los espadas. Es decir, la apoteosis de la casta. El triunfo rotundo de los toros sobre los borregos. Los seis novillos salieron embistiendo a todo lo qué se les ponía por delante. Y embistieron hasta su último momento...
El elemento fundamental para el éxito de cualquier festejo taurino estuvo en el ruedo, el toro, bravo y con poder. Creo que poco más puede ser dicho.
Porteño por su parte, le cortó las dos orejas al tercero de la tarde, primero de su lote. Escribe Juan León para el diario Arriba:
Fue una revelación. Hacía tiempo que, ante la presentación de un mejicano, el público se quedaba con las ganas de aplaudirle, y el domingo se sacó la espina, porque Porteño, con su toreo variado, alegre y vistoso, con su valor y su arte le dio sobrados pretextos. No acusó en momento alguno esos nervios propios de las presentaciones en la plaza de las Ventas, que era presentarse a España entera, sino aplomo, seguridad y confianza en sus recursos, máxime cuando se supone que, en su tierra no se habría encontrado ante enemigos de tanto genio y tal alegre casta que a tantos descomponen y sorprenden. La prueba era comprometida y él la rebasó holgadamente. A los pases y lances fundamentales del toreo añadió un repertorio deslumbrante de adornos de la mejor ley, que entusiasmaron a la concurrencia...
Por su parte, Gonzalo Carvajal, cronista del diario Pueblo, refiere:
Fue en su primera faena - bella y completa como la tierra que vio nacer a Porteño - donde Antonio Sánchez - ¡buen nombre de torero tienes, muchacho! - manifestó su categoría de novillero puntero de la aztecanía. Dos orejas se ha llevado el mejicano. Dos orejas de ley de 24 quilates, porque la muleta de Porteño, movida siempre muy lenta y muy baja, barrió el empapado albero en naturales y redondos - seis de aquellos reunieron toda clase de perfecciones -, después de que los trincherazos y pases de la firma habían llenado de sentimiento estético los inicios del trasteo. Porteño, genial en varios momentos de su actuación, se volcó en el instante supremo y cobró la estocada que puso en sus morenas manos las dos orejas de «Ganador», un novillo bueno que el torerismo lleno de arte de Antonio Sánchez hizo lucir en más...
En la Hoja del Lunes de Madrid, la opinión de José María del Rey Selipe es en el siguiente sentido:
Porteño es garboso y posee la intuición del toreo y una elogiable variedad, que el público, influido por ella, acusó con sus manifestaciones entusiastas; el mejicano, que con el capote lució en algún quite de visualidad, desarrolló en el tercero, suelto para los caballos y suave para la gente de a pie, tandas de redondos un tanto forzada la figura, pases con la zurda bien enlazados, molinetes y quiquiriquíes y en corto y con lentitud acertó a clavar una estocada de fulminante efecto. El sexto fue el novillo menos cómodo del conjunto; terminó topón y algo quedado. El de Méjico decayó relativamente y por falta de acometida del enemigo y de decisión no consiguió despenarlo hasta consumar ocho entradas y descabellar al cuarto golpe…
Aunque Porteño cortó las dos orejas, también José Luis Barrero se llevó una del que abrió plaza y que lo mandó a la enfermería y Antonio Sánchez Fuentes otra del quinto. Al final se llevaron en hombros a Sánchez Fuentes y a Porteño.
Gonzalo Carvajal hacía esta reflexión en el introito de su crónica:
Lo más importante de la presente edición isidril, en mi sentir y sin menguar la talla de lo hecho por los matadores de toros, se acunó en esas salidas por la puerta grande de Manuel Cano (El Pireo), en el segundo festejo isidreño, y de Porteño y Sánchez Fuentes, en este epilogo de San Isidro, que la lluvia estuvo en un tris de destruir…
Ese fue el tamaño del impacto del triunfo del torero de Acapulco.
El impacto de una tarde triunfal
Antonio Sánchez Porteño volvería a Las Ventas otras cuatro tardes ese año del 64, los días 7 y 13 de junio, el 26 de julio y el 18 de octubre. Lo anterior me sugiere que logró entrar en el gusto de la afición de Madrid y que se le veía con gusto por esa plaza, y que sumadas a las ya relatadas de Guadalajara y San Sebastián y a otra que toreó en Ceret, totalizan las ocho que sumó ese calendario en Europa.
Regresó a México para recibir la alternativa en su tierra, Acapulco, el 17 de enero de 1965, de manos de Victoriano Valencia, en festejo en el que actuaron mano a mano en la lidia de toros de Tequisquiapan.
El vestido celeste y oro que visitó la tarde de su triunfo en Madrid, Porteño lo donó al Museo Taurino de Huamantla en diciembre de 2013.








