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| Silverio Pérez - Lasernista Carlos Ruano Llopis |
La 20ª corrida de la temporada 41 – 42
Para la vigésima corrida de la temporada se anunció un encierro de Piedras Negras para que lo despacharan mano a mano Silverio Pérez y Carlos Arruza, quien también llevaba una temporada bastante exitosa en la capital mexicana. En esas condiciones, el festejo anunciado era atractivo y podría permitir a la empresa resarcirse de las malas entradas tenidas en tardes anteriores.
Al final de cuentas, el encierro de Piedras Negras no se lidió completo. Refiere quien firmó como José Cierto en el semanario Arena, fechado el 24 de marzo de 1942:
Los toros de Piedras Negras, terciados casi todos, no fueron sino cuatro, debido a que de los seis del encierro, dos no dieron el peso reglamentario, de ahí que fueran sustituidos por uno de La Laguna, al que Arruza toreó magistralmente, y otro de don Carlos Cuevas, con el que Silverio cuajó su faenón inolvidable. Pero, de cualquier modo, los cuatro bichos de Piedras Negras fueron todos bravos, aunque disparejos de estilo...
Así pues, solamente se corrieron cuatro toros del hierro anunciado, en defensa de los intereses de la afición, sustituyéndose con uno de la misma casa, pero con el hierro de La Laguna y con otro de don Carlos Cuevas, que resultará ser el eje de esto que trato de contarles.
Silverio y Peluquero de Carlos Cuevas
El toro tercero de la tarde fue el sustituto de don Carlos Cuevas. Se le anunció con el nombre de Peluquero. Así lo describe el Dr. Alfonso Gaona, en su comentario a la corrida publicado en el número del semanario Arena, que él dirigía, aparecido el 31 de marzo de ese 1942:
El toro de don Carlos Cuevas, corrido en tercer lugar de la tarde, en sustitución de uno de Piedras Negras, era bravísimo, muy codicioso, fuerte, aunque no muy grande. De ninguna manera debe pensarse que fue un toro “ideal”, de los llamados de carretilla...
Por su parte, el ya citado José Cierto, en la crónica de la corrida aparecida en el mismo semanario, reflexiona lo siguiente acerca del mismo toro:
El toro de Carlos Cuevas corrido en tercer lugar, en sustitución de uno de Piedras Negras que no dio el peso, fue muy inferior al primero de Silverio. Pero este torero, cuando quiere, no se fija en modos de embestir...
Este comentario viene a cuento de que, el primero de la tarde, Brincón de Piedras Negras, materialmente se le fue al Faraón y la gente terminó abroncándolo.
El inicio del actuar de Silverio Pérez estuvo marcado por la intolerancia en los tendidos. No se le perdonaba haber dejado ir al primero de su lote y poco margen se le concedía para tratar de recuperar el terreno perdido con esa actuación, pero el diestro texcocano seguramente había advertido alguna virtud en “Peluquero” y reservó sus energías y habilidades para el tercio final de la lidia. El tercio en el que la muleta es el avío con el que se realizan las faenas.
La crónica, la gran crónica con la que se recuerda esta faena inmortal, es la que escribió para el semanario La Nación, don Carlos Septién García, firmando como El Quinto. Al socaire del estreno de la película Fantasía de Walt Disney, en la que los instrumentos musicales cobran vida y se convierten en los actores de la cinta, quien pasaría a la historia de las letras taurinas como El Tío Carlos, le da vida a la muleta de Silverio y es ella la que cuenta lo que el Faraón de Texcoco realizó ante Peluquero:
En manos de Silverio y Arruza mis pliegues cobraron vida y ánimo, plasticidad y drama. La faena de Silverio me hizo sentirme parte integrante de la persona del torero. Juro que sentí correr por mi cuerpo la sangre mestiza y torera de los Pérez de Texcoco, y que me moví en momentos imborrables al impulso del drama añorante de Carmelo. Hubo instantes en que me supe incapaz de expresar toda la emoción taurina y estética que Silverio estaba derramando en la plaza, junto al toro. Tan incapaz, como debe haberse sentido el pincel del Greco cuando recorriera en afanes la tela al impulso de una inspiración desbordada, incontenible, profunda. Por momentos temí que Silverio me arrojara a un lado y se pusiera a torear con los brazos. Girones de mi tela quedaron en los cuernos tal y como en esos arrebatos de óleo que testimonian la energía creadora de Doménico más allá de la línea y la figura, más allá también de la forma, torturada por el genio... Aquellos pases altos... En mis vuelos, el toro iba prendido desde el sitio a donde el brazo alanzaba. Sobre el testuz y sobre los lomos llameaba yo entonces, como larga lengua de fuego manso. Y al calor que el torero me transmitía a mí por venas y arterias y nervios que se habían prolongado hasta cubrirme toda, el animal volvía una y otra vez, no por hipnosis ni por hechizo, sino sencillamente porque iba toreado, conforme debe torearse por alto... En los pases en redondo y en los naturales; en el forzado de pecho y en los lasernistas; en los doblones y en los de la firma, me sentí impregnada de aquella sensibilidad mestiza, - lucha y arte, drama y belleza -, que me manejaba. Aquello no era alegre, ni variado, ni gracioso, ni perfecto; era profundo, hondo, entrañable, como profundas son también las mezclas misteriosas de la raza. Era una sensibilidad preñada de oscuros atavismos mágicos que se volcaba tumultuosa en las formas del toreo hispánico. Como ocurre en la arquitectura, en la música, en el amor de estas tierras... Faena de la raza era esta de Silverio. Recuerdo bien como terminó: demudado, deprimido, olvidado de todo. Así acaba el mestizo cuando ha dejado volcar en arte la complejidad que lo ahoga...
Faena de la raza... Después quizás, Agustín Lara tomaría este razonamiento de Septién para cantar, en la letra de su pasodoble, que Silverio era azteca y español... El fondo era, ese toreo hondo, sentido, que viene, como escribió un día Lorca, desde las habitaciones más profundas de la sangre, que no se puede aprender y que no se puede preconcebir, que solamente se puede hacer... y sentir.
La crónica de José Cierto es más al uso, pero sin dejar de ser emotiva también. Y es que, por lo que he podido leer sobre el particular, la emoción que produjo el hacer de Silverio Pérez con Peluquero, desbordó cualquier expectativa:
Silverio seguía trayendo al toro hacia la muñeca derecha para plasmar instantes de una emotividad escalofriante, y en las tribunas, la gente enloquecía. Cuando, por fin, se acabó esa continua reunión de toro y torero, vimos al hombre de Texcoco bañado en sangre del animal de tanto pegársele. ¡Qué bárbaro! Y después, con las piernas un poco abiertas, con ese personalísimo estilo que sólo él tiene, con la mano izquierda en la cintura y el cuerpo ligeramente inclinado, Silverio volvió a citar, de cerca, para realizar cuatro milagros, cuatro derechazos que ahí quedan, inmortales, rematados con un cambio de muleta lento y mandón, eterno, sublime. Ya para entonces la gente aullaba y agitaba los pañuelos, pidiendo la oreja del toro que seguía entrando y saliendo de la muleta mágica, extraordinaria, de Silverio. Y ahora, a los medios, a seguir toreando en forma fantástica, con cuatro lasernistas de tal manera ceñidos, tan brutalmente valientes, que tuvo muchas veces que arquear el cuerpo para evitar la cornada. Como una demostración de su entusiasmo, rayano en locura, y a pesar de que el torero estaba actuando en los medios, el público arrojó sombreros, sacos, abrigos, bolsos de mano, puros, bastones y aún zapatos al ruedo, cerca de la zona de tablas... Cuando Silverio salió de esa serie de lasernistas, la plaza era, esta vez sin exageración, un manicomio, se venía abajo con el trepidar de las ovaciones. Pero no había terminado el milagro: Silverio se pasó a la mano izquierda la muleta, esa muleta bruja, y toreó al natural en forma magistral por tres ocasiones, cruzándose con el toro, echando la muleta atrás para citar con la pierna contraria, llevando al toro prisionero de su maravilloso juego de muñeca; tres naturales clásicos, estupendos, que remató, después de una insistencia suicida, con un brutal forzado de pecho. Y sin esperar mucho, se perfila de cerca para entrar por derecho a enterrar todo el estoque un tanto delantero. El toro tarda unos segundos en caer patas arriba, y se inicia entonces la ovación más estruendosa, más larga (16 minutos exactamente) y más merecida de la temporada. Cuando Silverio ha dado tres vueltas al ruedo, se abraza con Carlos Arruza y juntos dan una vuelta más. Ya la autoridad ha concedido la oreja y el rabo, y la gente no se cansa de aplaudir, de gritar. ¡Una verdadera locura! … Y esto ha hecho Silverio no con un toro de carretilla, de esos que parecen amaestrados, sino con un toro que sabía tirar cornadas, que en ocasiones se colaba de fea manera. Se ha consagrado definitivamente el torero de Texcoco, ha tenido su apoteosis. Tiene la afición un nuevo ídolo, auténtico, con todos los merecimientos de un gran señor de los ruedos...
La capacidad de cambiar las lanzas en cañas y de hacer a los presentes perder la razón en unos cuantos minutos es patrimonio de unos cuantos privilegiados. Silverio Pérez fue uno de ellos. Aquí está la prueba escrita.
Carlos Arruza y Mordelón de La Laguna
Aunque Silverio Pérez terminó dominando la escena con su faena al tercero de la corrida, el tono de la tarde se definió cuando Carlos Arruza se enfrentó al primer toro de su lote, otro de los que sustituyeron a los que no fueron aprobados del encierro originalmente anunciado. Escribió José Cierto:
Con la muleta en la zurda, la mano de los toreros según los clásicos, aguantó al toro, para instrumentar tres naturales muy buenos, siendo el segundo el mejor, rematados con un forzado de pecho superior. Y empiezan esos pases en que Carlos dobla al toro tan suavemente, con una rodilla en tierra, dejando que los cuernos le acaricien el muslo, y que la gente le ovaciona cálidamente. Ya erguido, tres buenos derechazos en redondo, finos, mandones, toreros, y un molinete de rodillas con tanta verdad, hecho precisamente entre los cuernos, que por poco es trincado, pero se quita el peligro con dos doblones rodilla en tierra de seda, verdaderamente dibujados, majestuosos. Y cuando la gente estaba loca de entusiasmo, Carlos se perfila para entrar tan derecho, con tanta verdad en la suerte suprema, que es enganchado, no dejando sino media estocada perfectamente colocada, que tarda un poco en surtir efectos. De todos modos, la gente le hace dar cuatro vueltas al ruedo con la oreja y el rabo de su enemigo. ¡Se lo merece este muchacho, verdadero torero, todo pundonor! …
Valor, poderío, suavidad cuando era menester y un extraordinario dominio de la colocación para realizar las suertes fue lo que demostró Arruza. Por su parte, El Quinto refiere:
En manos de Carlos Arruza fui gozo y poder, juventud y frescura. Me moví suave, lentamente, en los inolvidables pases por abajo, para que quince mil gentes aprendieran o repasaran la difícil lección de cómo se hace el toreo. Para que grabaran bien en sus mentes que existen tres tiempos fundamentales en la ejecución de las suertes de este noble arte: parar, templar y mandar, y para que se fijaran en cuales son los terrenos del animal y los del lidiador y en qué situación ha de quedar el toro para que el diestro pueda repetir la suerte... Ni un solo instante me enrollé por causa de precipitaciones, ni me descompuse en mi original arreglo. Y se realizó entonces el milagro de una muleta poderosa, digna, perfecta y alegre, en manos de un chaval de veintiún años... Arruza no me utiliza para sinfonías inconclusas o para acordes aislados, sino para obras cíclicas, completas que quedan allí escritas como esa rítmica serie de naturales naturalísimos; como el engrane dichoso de nueve tapatías que realizara con mi hermano el capote, o como aquella mariposa en que los pitones tuvieron que sujetarse dócilmente al capricho juguetón del muchachuelo...
El toreo dominador de Arruza, se deduce de lo escrito por Carlos Septién, iba revestido de temple y de ritmo, algo que solamente logran conjuntar aquellos llamados a ser figuras del toreo.
En resumen
Ese primer día de la primavera del 42, dos jóvenes toreros que estaban llamados a ser figuras históricas, se abrían paso delante de quienes eran ya figuras consolidadas. Me resulta curioso que Silverio Pérez confesara precisamente a El Tío Carlos, varios años después, que su faena preferida fue la que realizó al toro Cirilo de Matancillas y que otras, fueron las que le dieron el sitio de figura. Cualquiera pensaría que esta de Peluquero la tendría en algún sitio destacado.
Carlos Arruza por su parte, escribiría muchas faenas con nombre propio en las plazas de México y de España, pero esta de Mordelón es quizás la primera en la que cautivó a la afición y consiguió su total entrega.






