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martes, 2 de noviembre de 2010

Calaveras catalanas para este 2010

Calavera del Varilarguero
Grabado de Manuel Manilla
No tenía entre mis pénsulas publicar calaveras este año. Y es que el verso no se me da, ya tuvieron ocasión de catarlo hace un año cuando intenté hacer algo para la blogosfera de la fiesta – no sé por qué la expresión taurino me produce algo parecido a la urticaria –, pero Antonio Díaz, de Hasta el Rabo Todo es Toro me ha invitado a poner las de este año y como decimos aquí, el niño es risueño y Usted le hace cosquillas…, por lo que aquí está el desaguisado.

Son monotemáticas, dado que tenemos un difunto ilustre al cual llorar, así que con su indulgencia…

Los muchachos de Montilla
dijeron que fue democracia,
que se hizo en nombre del pueblo
y dejaron a Barcelona,
sin saber lo que era un torero.

Llegaron de muchas partes
algunos del extranjero,
a alborotar el lapidario
del recinto parlamentario.

La democracia en el arte
– dijo don Pepe Ortega
es peligroso morbo,
y la Catrina creyó al filósofo,
pues en eso es baluarte
del pensamiento hispano.

La iniciativa popular
y la ley que le siguió,
este dos de noviembre
descansará en el panteón,
pues al faltarle toda razón
no pudo con esta afición.

Llegaron grupos magníficos
quizás otros de artistas,
que lucieron el plumero
mas pocos arreglos hicieron,
mandando al panteón la ilusión
de la sufrida afición.

Vuela, vuela palomita,
anda ve y dile al Montilla,
que la fiesta de los toros esta aquí,
y que a él su silla le dura
mucho menos que un kikirikí
Calavera del Quijote
Grabado de José Guadalupe Posada

Aclaración final: Para quienes son nuevos por estos pagos, en la versión 2009 de este mismo asunto, expliqué lo que las calaveras son. Se puede consultar aquí.

domingo, 31 de octubre de 2010

Un plan de choque para Barcelona

Plaza Monumental de Barcelona
Fotografía de chicadelatele
La legislación catalana que impide la celebración de corridas de toros entrará en vigencia plena el día 1º de enero del año 2012, lo que implica que queda un año completo, con su temporada taurina implícita como periodo de transición para esperar, entre otras cosas la resolución del Recurso de Inconstitucionalidad planteado por la fracción parlamentaria del Partido Popular en el Senado de España el día 28 de octubre pasado. Aunque ya algún vocero oficioso de la Administración socialista dejó entrever que la cuestión judicial podría tardarse cuatro o cinco años en resolverse – quizás aplicando aquella fórmula de que las cosas de Palacio caminan despacio… – no se debe dejar la solución de la problemática a la resolución del caso en los tribunales y esperar que mágicamente, la probabilidad de que el traspaso de ciertas potestades al Ministerio de Cultura, resuelvan la compleja problemática que vivirán Cataluña y la Fiesta en 2011.

Se requiere además, creo, el preparar el terreno para resistir la batalla legal que vendrá a partir del 31 de diciembre de 2011, en el caso de que el Tribunal Constitucional no resuelva antes de esa fecha el Recurso planteado por los senadores del PP y otras cuestiones, que si bien no tienen tinte político, sí tienen relación directa e inmediata con la conservación y fomento de la afición en Cataluña y su principal bastión, Barcelona, mismos que puedo resumir en los siguientes puntos:

1. La empresa debe ofrecer a la afición de Barcelona principalmente, sin depender de la confluencia de público y aficionados de otras ciudades, regiones o países, una temporada en la que se presenten los mejores y más imaginativos carteles y con los encierros mejor presentados, dejando de lado todas las prácticas empresariales defectuosas que durante años fueron desterrando a la afición local y foránea de las plazas de la Ciudad Condal.

2. Se debe garantizar a la afición de Barcelona, de España y del mundo, que la Plaza Monumental no será objeto de modificaciones que la inutilicen para los espectáculos taurinos o de demolición, razón por la cual, alguien, supongo que podrían ser los mismos senadores que iniciaron el Recurso de Inconstitucionalidad, los que promuevan algún tipo de acción interdictal para lograr esa protección al inmueble. Incluyo en esta propuesta el evitar que caiga en el abandono y en la incuria, como pasó con Las Arenas, que al paso de unos años, su rehabilitación se volvió incosteable.

3. Los magníficos y algunos más, dentro de su programa de generosidad como el que planean mostrar a la televisión del Estado, deberán plantearse comparecer con más frecuencia de la acostumbrada en Barcelona esta temporada en aras de recuperar la plaza con su presencia y demostrar a la afición, sobre todo a la local, que les interesa mantenerla. Y con esto quiero decir que el peso del mantenimiento de la afición allí, no debe caer exclusivamente sobre las hombreras del terno de José Tomás, los demás líderes del escalafón también tienen responsabilidad – y grave – en esto.

4. La revisión de la historia no estaría de más. Don Pedro Balañá Espinós organizaba con frecuencia carteles monstruo, en los que colocaba a tres, cuatro o hasta a cinco de los más cotizados diestros de un momento determinado. Quizás hablar en estos días de corridas de ocho o diez toros sería poco atractivo, pero aún así, se deben ofrecer varios carteles en el curso de esta temporada que rememoren esos acontecimientos que provocaba el viejo Balañá para hacer valer su plaza.
Como pueden ver, son varias las cuestiones que se quedan pendientes para hacer por la Fiesta en Barcelona y en Cataluña. Aquí las que por ahora se me ocurren, quizás Ustedes puedan tener presentes otras más puntuales. Un amigo, residente en Madrid y del que he aprendido muchas cosas – aunque él se resista a creerlo – me dice que aquello está poco menos que muerto. Yo prefiero ser optimista y creer que con un poco de buena voluntad, espíritu organizativo y vigencia del Derecho, las aguas volverán a su cauce.

domingo, 10 de octubre de 2010

El cántaro y el agua

Hace diez días que los purpurados de esta Fiesta se reunieron con la titular del Ministerio de Cultura de España, la señora Ángeles González – Sinde, confesa aficionada a los toros, pero que en ese señalado último día de septiembre, se preocupó por pintar su raya, como decimos aquí en México y dejar claro, tanto a los visitantes a los que se dijo que recibió – no hay testimonio gráfico de ello – como a la opinión pública, que su gusto por la Fiesta es una cosa y su trabajo es otra. Por ello, no permitió a sus augustos visitantes ni el ser acompañados por el ganadero y abogado Javier Araúz de Robles, aduciendo que de llevar los diestros asesor, el Ministerio tendría derecho a ello también – como si de litigio se tratara, lo que habla de la poca claridad de las intenciones de la señora Ministra – y tampoco les cumplió su íntimo deseo de llevarse a casa y para la posteridad, una instantánea que perpetuara el momento de ese extraordinario esfuerzo que hacían en pro de la Fiesta.

Ya apuntaba aquí mismo hace unas semanas que esa reunión tendría un final carente de resultados y que a lo más, generaría un declaración de buenas intenciones, pero ningún resultado concreto y así fue. Al final, se generó un documento que ni siquiera ocupó un folio completo en el que, se reitera la posición del señor Rodríguez Zapatero en cuanto a evitar la politización de los asuntos de la Fiesta – como si no lo estuvieran ya –, y el señalamiento al fracaso de cualquier otro intento de mejorar la actual situación, cuando se propone la creación de un grupo de expertos que analice la situación actual de la Fiesta. Decía el general Álvaro Obregón, en su día Presidente de esta República, si quieres que a algo se lo lleve la chingada, encomiéndaselo a una comisión… Seguramente la Ministra entiende los efectos nocivos de esos grupos de expertos y los toreros, llamados por Paco Cañamero del G – 7, entraron al trapo sin chistar y sin medir los efectos negativos que eso producirá, porque al final, no es más que una maniobra dilatoria.

Me parece que la realidad de esa visita de café y pastas con la señora González – Sinde es que ella sabía que la fracción parlamentaria del Partido Popular presentaría días después en el Senado la iniciativa para que la Fiesta fuera declarada Bien de Interés Cultural y cómo en el caso se trata de que todo lo que venga de la oposición no prospere, ella tenía instrucciones de su superioridad de no resolver nada y de no aparecer en nada, de forma tal que sus dichos, argumentos o incluso, su imagen, no pudiera ser utilizada en el debate parlamentario correspondiente y en algún momento, poner en crisis la negativa de su partido (PSOE), a secundar la moción del PP.

Lo triste de todo esto es que, el tiempo sigue su inexorable marcha, los toreros, sobre todo, los purpurados, siguen buscando que los asuntos del toreo pasen del Ministerio del Interior al de Cultura y aunque las razones que dan en algunos casos tienen peso, en otros, mueven a risa, como la de alguno de ellos, que esgrimió como motivo para ese cambio de atribuciones el hecho de que desde el del Interior les tienen cosidos a multas. Hasta donde mi entender alcanza, la única forma de evitar una multa, es cumpliendo con la normatividad correspondiente y si no se hace así, podrá ser Cultura, Sanidad o cualquier otro Ministerio el que aplique la sanción económica que corresponda. Pero en fin, cada quien tendrá sus propias motivaciones para pedir el cambio.

Hace unos días un amigo y colega, criador de reses de lidia, me hacía notar otro detalle en este enredo. Ninguna moción, legislativa o judicial va a progresar si no es consensuada con todas o con la mayoría de las fuerzas políticas representadas en las cámaras, pues de no hacerse de esa manera, la propuesta de una de ellas sin el apoyo de las demás, está condenada al fracaso. Así fue como la presentación de Pío García Escudero resultó ser una especie de suicidio político calculado, pues de antemano tenía conocimiento de que los votos de su formación no le eran suficientes para ganar la partida.

Entonces, ¿cuál puede ser la solución? Yo insistiría en primer lugar, en que se debe litigar en contra de los afanes prohibicionistas como el de Cataluña. Algunas Asociaciones de Aficionados ya han recurrido al Defensor del Pueblo para intentar que se deje sin efecto la legislación que impedirá la celebración de festejos taurinos a partir del año 2012. Un amigo madrileño me dice que en Barcelona sobre todo, la afición es poca y yo le replico, que aún siendo poca la afición allí, no es saludable ni política, ni taurinamente el dejar subsistente un precedente como ese. Lo que debe existir es la opción de que el que quiera ir a los toros, que vaya y el que no, pues que se quede en su casa o en el fútbol.

La otra cuestión es en el sentido de buscar un verdadero interlocutor por parte de los sectores que tengan interés en la Fiesta, porque hasta ahora, la interlocución se ha llevado a cabo – y aquí reconozco a la Ministra González – Sinde, el hecho de haber advertido esa situación – de manera fragmentada y guiada por intereses sectarios, es decir, como decimos aquí en México, cada quien quiere llevar el agua a su cántaro, sin importarle qué sucede con el resto del entramado. El problema está en encontrar a ese interlocutor que pueda hablar con conocimiento de causa y de forma equilibrada y desinteresada por todos, la afición incluida. ¿Estará Diógenes dispuesto a prestar su lámpara?

Una luz que se ve al fondo del túnel es el que el Premio Nobel de Literatura fue otorgado a Mario Vargas Llosa, uno de los pocos intelectuales de este mundo que no se avergüenzan de proclamar su afición a esta Fiesta. Hasta ahora, nadie ha cuestionado el otorgamiento de la presea por su afición a los toros, pero seguramente dentro de poco será señalado por ello. Me pregunto: ¿podría Vargas Llosa  – o alguien con credenciales similares – ser ese interlocutor por el que preguntaba yo líneas arriba?

miércoles, 28 de julio de 2010

jueves, 17 de diciembre de 2009

Una estampa del pasado



CRÓNICAS MADRILEÑAS
Toros y Toreros

No vale hacerse ilusiones; los toreros se van, los toros se han ido, y LA ÉPOCA, que ha combatido siempre mesuradamente, sin saña, nuestra fiesta nacional, podrá en breve asistir á su entierro.

Si; el desconsuelo más profundo se ha apoderado de los dilettanti; aquellos mismos – y entre ellos me he contado yo – que juzgaba imposible la muerte del espectáculo, se preguntan ya si, como la forma poética, está llamada a desaparecer.

Los viejos abonados, los gruñones sempiternos que mostraban orgullosos el talón de abono, como timbre de nobleza vinculado en la familia, se miran unos a otros tristemente y comienzan a dudar.

Los de mi generación se aburren, los jóvenes no se divierten, y la Plaza de Toros de Madrid – lo dije cuando se retiró Frascuelo, y lo repito ahora – huele a cadáver que apesta.

Los periódicos son doloroso reflejo del hastío que reina en la afición; la decadencia de las corridas de toros hace presa en la literatura taurina de un modo lamentable.

La desnudez del lenguaje, la viveza de la metáfora, la sangre del estilo, la alegría, aquella alegría comunicativa; desenvuelta y procaz que corría por las columnas de la prensa, haciendo cosquillas a la frase, con garbos de cigarrera y desplantes de chulo, se arrastra lánguidamente, es alegría con máscara, mueca de cartón pintado que tapa el rictus de la ironía y la desesperación.

Y lo comprendo perfectamente. Después de cuatro años, durante los cuales no he asistido ni una vez siquiera á las corridas de Madrid, venció mi resistencia un amigo y presencié la extraordinaria que se verificó recientemente, el Domingo de Ramos.

La empresa había puesto toda la carne en el asador: Manuel García, el Espartero; Rafael Guerra, Guerrita, y seis toros, del Saltillo; un acontecimiento para los tiempos que corren.

Una hora después de terminada la función, no me quedaba de ella el menor recuerdo.

¡Qué aburrimiento, qué frialdad, qué insoportable sosada! Hubo pases de muleta superiores, hubo buenas estocadas, excelentes quites, toreo de monadas, quiebros, desplantes, morisquetas, todo el atrezzo, los trajes y decoraciones que acompañan a la mise en scéne de las corridas modernas.

Y la plaza se mantuvo helada, lívida, yerta durante toda la corrida. Los aplausos sonaban a hueco; el mar agitado del público dormía en calma chicha; los aficionados miraban por costumbre; los toreros lidiaban por obligación. Ni un grito de férvido entusiasmo, de ésos que hacen trepidar la plaza entera. Ni una protesta feroz de ésas que convierten el circo en receptáculo de fieras humanas y traen á la memoria el Pollice verso de Gerome.

Por todas partes la quietud, la calma, una benevolencia inverosímil, el cansancio, el hastío, la resignación.

¡Cuánto gocé al contemplar aquel espectáculo! ¡Cuánto gocé al advertir que las sombras de Lagartijo y de Frascuelo vagaban por la arena y se interponían entre el público y los lidiadores!

Aquello era el duelo de Rafael y Salvador, el recuerdo de lo que se fue para no volver nunca, veinte años de admirable lucha, veinte años de incesantes emociones, las manos rotas de aplaudir, los labios secos de silbar.

No se goza y no se sufre impunemente durante veinte años; es mucho tiempo para qué no se use el corazón, como se usa un mueble, como se deshilacha un traje.

En ese espacio de tiempo hemos latido demasiado, nos hemos entregado con exceso para que no se nos imponga a todos la necesidad de descansar.

Y el arte del toreo ha sufrido y se ha cansado cómo nosotros; se ha hecho, como nosotros, viejo, está reumático, achacoso, enclenque, en plena reacción.

Lagartijo y Frascuelo lo levantaron sobre el pavés cuando las postrimerías de Cúchares y Cayetano Sanz parecían preludiar a su decadencia y Antonio Carmona trataba de galvanizarlo con sus famosas banderillas al quiebro.

Desde entonces cobraron el barato, y a ellos pertenece, a ellos solos, el renacimiento de las corridas de toros; ellos, ellos solos han llenado con sus nombres la época más brillante, más larga, más sugestiva y ¿por fué no decirlo? más gloriosa de la fiesta nacional.

¿Qué queda hoy, después de la heroica competencia de Rafael y de Salvador? ¿Toreros? ¿Dónde hay dos que puedan luchar entre sí como Lagartijo y Frascuelo?

¿Toros? ¿Dónde están? Cabras, chivos, becerros, gnomos: así llaman los periódicos a las reses que hoy se lidian en la Plaza de Toros de Madrid.

El mal terrible, el cáncer que mata al espectáculo está ahí en los toros más que en los toreros.

Espartero y Guerrita son jóvenes, son valientes. El primero es dechado de vergüenza, se entrega al matar, torea de muleta una tranquilidad pasmosa, y suple a la escasez de facultades con una temeridad simpática, casi inocente, con una despreocupación adorable, que raya en candidez.

Guerrita es un fenómeno, fenómeno de fuerza y agilidad, fenómeno de vista, fenómeno de entusiasmo, inquieto, bullidor, ávido de aplausos, entrometido y efectista, con desplantes de niño mal criado; torero extraordinario, en suma, audaz, sereno y absorbente que la fama prematura ha destemplado y el público madrileño malogrará tal vez.

La competencia entre los dos es imposible, porque llegan tarde y el campo está agostado. La lucha entre toreros debe ser implacable, salvaje, brutal; lucha de principios, lucha de personas, ojo por ojo y diente por diente, sin tregua ni compasión unguibus et rostro.

Así han luchado Lagartijo y Frascuelo en la plaza; así han luchado, fuera de ella, sus partidarios. Las competencias toreras son guerra civil, feroz contienda entre hermanos, encarnizamiento, fanatismo, algo que perturba los sentidos, oscurece la vista y desquicia a la razón.

El Espartero y Guerra no pueden luchar así; carecen de autoridad y de importancia para producir una nueva revolución; llegan tarde, ya lo he dicho, y su competencia es ficticia; una competencia suave, fina, bien educada; una competencia de guante blanco.

Los toreros se han civilizado, y los toros también. No tienen cara, no tienen cuernos, no tienen libras; son reses anémicas a las que tronchan dos recortes y mugen, no de ira, sino de debilidad. La parte dramática, la parte de emoción, la parte virtual del espectáculo ha desaparecido por completo, es una mistificación. (El subrayado es de este amanuense)

En cuanto desaparece el riesgo y el peligro se aleja, amortiguase el interés del público y se desvanece mérito del lidiador.

Sin emociones no hay corrida posible; aquéllas aumentan en sazón del riesgo seguro o del peligro probable, y privar al público de la ansiedad que crea en él la posibilidad de una desgracia, es despojarle del sentimiento que le lleva en primer término a la Plaza de Toros.

El entusiasmo del aficionado crece a medida del peligro salvado por el lidiador, y cuanto más iguales son las condiciones de ataque en el toro y de defensa en el torero, es mayor y más lucido el mérito de éste, y más ardiente y sincera la admiración del público.

Eso acabó: Lagartijo y Frascuelo se lo han llevado todo: los toreros, los toros, la afición.

Las corridas son óperas cómicas, los toros tenores de gracia, los toreros tiples ligeras. La pasión ha huido con sus acentos rudos, desordenados, brutales, dejando dueños de la plaza a Dulcamara y a Crispin Tachetto.

Los odios que ha concitado a Guerrita su ruptura con Lagartijo dan al Espartero un contingente inesperado de parciales; pero todo eso es falso; son equilibrios de conveniencia, pura bouderie de anabaptistas, a quienes los disgustos de Rafael laceran el alma.

Los periódicos han dicho que Jerez verá este año la competencia de Lagartijo y de Guerrita. El maestro desafía a Guerra, éste acepta, y la lucha se desarrollará, con todo el aparato que su argumento requiere, en la ciudad andaluza.

Y ¿hay alguien que lo ha creído? No, no puede ser; Barnum ha muerto, y Géraudel y Vaissier no han tomado la plaza de Jerez para exponer las pastillas contra la tos ni el jabón de los príncipes del Congo.

Rafael Guerra contra Rafael Molina es la lucha de la parte contra el todo, la página contra el libro, Chueca y Barbieri iguales, la canción de Menegilda contra Pan y toros.

El único que podía contender, y ha contendido, de potencia a potencia con el maestro cordobés, se ha retirado, y cuantos se agitan hoy en torno suyo son, a su lado, figuras de biscuit.

Lagartijo representa una época; es el derecho adquirido, la savia de una generación, y aunque vague, triste y nostálgico fuera de la corte, miembro aislado, grandioso fragmento de las glorias de ayer, bastará sacudir su melena una vez al león del pasado para convertir en gozquecillos a los toreros del presente.

Solo está, solo estará y solo hay que dejarlo, como augusta sombra, hasta que su retirada cierre definitivamente el único resquicio que en el arte de torear reses bravas dejó abierto la retirada de Salvador.

La sombra de Rafael es la del manzanillo, y cualquiera que pretenda acercarse a él hallará la muerte.

Todo está, pues, reducido a la competencia anodina entre el Espartero y Guerra, Ese es el único alimento que queda a los aficionados; dulce de confitería que empalaga, aria de flauta con variaciones, que es al toreo verdad lo que el canario al águila.

Algo es algo, y eso podría aún dar al espectáculo una vejez alegre. ¿Pero los toros? ¿Dónde están los toros? En ese pastel de liebre de la fiesta nacional ¿dónde está la liebre?

La liebre no existe; ha quedado sólo el pastel. Por eso he dicho que los toreros se van, que los toros se han ido, y que LA ÉPOCA, que ha combatido mesuradamente, sin saña, nuestra fiesta nacional, podrá asistir en breve a su entierro.

ANTONIO PEÑA Y GOÑI.

N.B. La relectura de Antes y después del Guerra, de F. Bleu, me redirigió a este texto, que parézcalo o no, resulta en cierta forma, 118 años después, coincidente con muchas realidades de estos tiempos que corren, pero con una diferencia notable: a nadie se le ocurrió en aquellas calendas, llevar a las Cortes, alguna iniciativa por la supresión de la fiesta de los toros. Ojalá disfuten el texto como yo lo he hecho.
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