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domingo, 12 de febrero de 2012

12 de febrero de 1967: Manolo Martínez confirma su alternativa en la Plaza México


Mondeño cediendo los trastos a
Manolo Martínez
Desde el 7 de noviembre de 1965, día en el que Lorenzo Garza le hiciera matador de toros en la Plaza Monumental Monterrey, Manolo Martínez se había vestido de luces en 32 ocasiones y en ellas, tuvo la ocasión de compartir carteles con toreros de tres edades distintas del toreo, pues pudo atestiguar el glorioso ocaso de las grandes figuras de nuestra Edad de Oro, como lo fueron su padrino de alternativa y Alfonso Ramírez, Calesero. También alternó con varios toreros de la Edad de Plata mexicana, como el valentísimo Antonio Velázquez, el Maestro Jesús Córdoba y el fino muletero Humberto Moro, además de tener en ese lapso de tiempo su primer encuentro con Manuel Capetillo, torero con el que dirimiría el liderazgo de su escalafón y la definición de la etapa histórica de nuestra fiesta que estaba por venir.

En ese mismo lapso de tiempo – quince meses – también tuvo sus primeras actuaciones en plazas del extranjero, específicamente en la ecuatoriana de Ambato y en el Nuevo Circo de Caracas y esos viajes le permitieron, junto con su presencia en El Toreo de Cuatro Caminos, compartir carteles con diestros que tenían importante presencia en plazas españolas por esas fechas como Antonio Ordóñez, José Fuentes, Paco Pallarés, Palomo Linares, Andrés Hernando o César Girón. Todo esto me deja claro que el confirmante de hace 45 años no era precisamente un indocumentado y que tenía las credenciales necesarias para comparecer en la plaza más grande del mundo.

La tarde de la confirmación

Para esa quinta corrida de la temporada 1967, Ángel Vázquez, el encargado de la empresa, había conformado un cartel con toros de Mimiahuápam, propiedad entonces de don Luis Barroso Barona, para Juan García, Mondeño, Mauro Liceaga y el invocado Manolo Martínez. Los toros llevaron nombres alusivos al Cid Campeador y el festejo sería presidido por don Jacobo Pérez Verdía, notable jurista y como dijera Lumbrera Chico, en su día juez de plaza de carrera que no requirió de alternantes en el palco de la autoridad.

Al final de cuentas el encierro no fue uno de esos que resultan redondos para su criador, pues de los seis toros, de acuerdo con las relaciones del festejo, solamente un par de ellos dieron opciones a sus matadores. El primero de la tarde, el de la confirmación de Manolo Martínez, se llamó El Cid y recojo de la crónica de Rafaelillo, de la agencia noticiosa AEE, publicada en el diario El Informador de Guadalajara, lo que sigue:

Su tarde de presentación como matador en la plaza más grande del mundo ha sido un éxito, a pesar de que el juez Jacobo Pérez Verdía le negó por egoísmo, la oreja del bicho de la alternativa, que merecía. Vaya con esos cambiadores de suertes que sólo conceden apéndices y con profusión, a los niños consentidos de la empresa, como Capetillo, pero que niegan todo estímulo a los nuevos valores… “El Cid” de 444 kilos, abre plaza. Es un toro con mucho trapío y velocidad. Manolo lo detiene y le dibuja tres verónicas preciosas y luego hace un triple remate con salero en los medios. Su quite por chicuelinas no se pierde de vista. La faena sí es digna de una consagración. “Mondeño” le ha confirmado la alternativa y Martínez inicia el trasteo con dos trincherazos y otros dos tantos pases de la firma que continúa con seis derechazos de mando imperial.
Pase de pecho, una serie de naturales y doblón producen lluvia de sombreros, y otra tanda de derechazos, ahora con los pies juntos, precede a un espléndido cambio. Una lozanía gallarda llega como un aire de renovación en la muleta aristocrática del joven neoleonés y el público lo siente así. Sus remates – porque este jovencito lo remata todo – poseen colorido. Los pases, por bien templados que sean no pueden vivir por sí solos, tienen que constituir para su cabal valer artístico, conjuntos coordinados cuyo término sea mandón y determinante. Es el punto final de cada encuentro entre matador y adversario donde se sabe quién de los dos domina al otro.
Cuando es el torero quien huye, el toro ha tenido más poder, pero cuando el matador sale paso a paso, mirando a la gente y el burel queda parado, embebido, quieto, es el hombre que ha podido más que la bestia. 
Aquí es donde puede valorizarse el toreo de Manolo Martínez. Esto es lo que le consagra, y lo que el juez no sabe ver porque le falta, ciertamente, la sensibilidad requerida para degustar la fiesta de los toros…

Manolo Martínez, al natural
Me llama la atención de la relación que hace Rafaelillo el hecho de que repare en situaciones como las de que las series de muletazos queden debidamente rematadas y por otra parte, que el torero logre, al final de su faena, tener dominado al toro. Por eso me parece fundada hasta cierto punto la crítica que hace al Juez de Plaza – Presidente – por negar la oreja pedida a Manolo Martínez, dado que, al parecer, la obra fue completa y su única mácula fue un pinchazo señalado en lo alto.

El resultado del festejo, de acuerdo con la crónica citada, fue el de que Manolo Martínez dio la vuelta al ruedo en sus dos toros; Mauro Liceaga hizo lo propio en el primero de su lote y Mondeño fue pitado en el suyo.

Algunas consecuencias de la temporada 67

Creo que sería válido considerar que es precisamente en 1967 cuando se inicia un relevo generacional en la fiesta mexicana. En ese año confirmaron su alternativa en la Plaza México, aparte de Manolo Martínez toreros como Jesús Delgadillo El Estudiante, Alfonso Ramírez Calesero Chico, Raúl Contreras Finito y Jesús Solórzano hijo. Aparte, la recibió – no en la México – Eloy Cavazos y ya estaba velando sus armas para hacer campaña como novillero, Curro Rivera, que completaría la terna que encabezaría los destinos de nuestra torería los siguientes tres lustros.

En el caso personal de Manolo Martínez implicaría el inicio primero, de una temporada que terminaría la noche del 8 de abril de ese mismo año, con la obtención del Estoque de Oro que prácticamente le arrebató a Finito de las manos con su faena a Catrín del Ingeniero Mariano Ramírez y en segundo lugar, el inicio de una relación a veces tormentosa con la afición de la capital mexicana, que a la vuelta de casi dieciocho años y mil trescientas once corridas toreadas, le deja como el torero que más tardes ha actuado en la Plaza México y que como matador de toros, más rabos ha cortado en ella.

Sobre un torero de dinastía

Mauro Liceaga (Foto: Lyn Sherwood)
Quiero hacer una breve remembranza de la actuación de Mauro Liceaga, el testigo de la ceremonia de confirmación. Miembro de una extensa dinastía, es quizás junto con David, con Anselmo y con la promesa rota que representó Eduardo, el torero de su casa que más alto escaló. Ese domingo de 1967 intentaba recuperar el terreno perdido después de una cornada sufrida en Monterrey en 1964 y en esa tarde parecía estar en el camino correcto. Después, la vida y los toros dejaron ver que no estaba llamado a ser una gran figura del toreo, pero sí uno de esos toreros que deben ser recordados y tenidos en cuenta para entender la grandeza de esto.

Traigo esto a su atención, porque de la crónica de la tarde que hoy rememoro, me llamó la atención lo siguiente:




Las verónicas habían emocionado y cuando hace un quite con farol de rodillas, otro de pie, tres gaoneras entre los pitones, inmóvil como estatua y lo remata con revolera, la plaza entera se acuerda de que el toreo con el percal es parte esencial de una fiesta necesitada ahora de variedad. Mauro Liceaga trae esa variedad. Domina los tres tercios y con la muleta tiene repertorio: no se limita a derechazos y naturales con monótona y desesperante exclusividad. Su faena a “Vencedor” es de un diestro enterado… por la calidad de lo hecho, por el dominio, y de acuerdo con lo incierto de la lidia que el toro desarrolla, Mauro Liceaga merece un largo aplauso... ¡Ah! Pero con la muleta Mauro se enfrenta a un burel que mueve la cornalona cabeza con peligrosidad impresionante. Lo recoge en los tercios con cuatro doblones rodilla en tierra – que son de cuadro y de escuela – y clavado en el mismo sitio obliga imperativamente a la loca cabeza a ahormarse en cinco derechazos y pase de la firma, todo ello en un solo marco, en un terreno estricto, como un grande de la fiesta. Hay más toreo de suprema calidad, lidia excelente que pocos le agradecen y un cierto y definitivo dominio hasta lograr que el intolerable adversario se vuelva colaborador...

Dejó claro Mauro que lleva el toreo en la cabeza y la escuela que es signo de los de su dinastía. Por ello mi recuerdo para él en este breve espacio.

Apostilla final

Así fue la tarde de un domingo como este de hace 45 años. Un domingo en el que se comenzó a definir el devenir de la fiesta de este lado del mar y en el que se comenzó a escribir una historia de la que muchos creen que es un signo de grandeza, en tanto que otros consideran que es el inicio de una decadencia que continúa en estas fechas.

La realidad es que el advenimiento de una gran figura del toreo nunca está exento de controversia y el caso de Manolo Martínez no sería la excepción. Lo único en lo que creo que puede haber unanimidad, es en el hecho de que fue su calidad torera, su empaque en el ruedo, su gran carácter y su innegable personalidad lo que lo llevaron a las alturas que escaló y que a la vuelta de casi 16 años de su partida definitiva, sigue siendo la vara de medir de lo que aquí sucede en las cosas de los toros.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Los giros de la fortuna


El 19 de diciembre de 1965, reaparecía en la Plaza de Toros Torreón un diestro que, teniendo ya algunos años recorriendo los redondeles mexicanos, atisbaba apenas la oportunidad de sacar la cabeza entre los del escalafón mayor. Me refiero a Emilio Sosa, quien, por decirlo de alguna manera cobraba la oportunidad ganada con sangre en la misma plaza el 20 de noviembre anterior, cuando alternando con Curro Girón y Emilio Rodríguez en la lidia de toros de La Trasquila, el sexto de esa tarde, Corsario, le infirió una cornada de veinte centímetros de extensión en el muslo derecho. Su actuación en ese festejo, de acuerdo con la crónica que publicara en el diario El Siglo de Torreón su cronista titular Guillermo V. Zamudio, fue la de un bravo de los ruedos y aún sin cortar orejas, fue quien causó mejor impresión en esa tarde en la que se conmemoraba el trigésimo aniversario del coso torreonense.

Para la fecha de su reaparición, se le anunciaba en un cartel con dos diestros que de alternativa reciente, eran, junto con otros de su generación, quienes estaban llamados a tomar el relevo de los de la Edad de Plata mexicana, como fue el caso en esta tarde de Mauro Liceaga y de un jovencísimo Manolo Martínez, que toreaba su tercera corrida como matador de toros. El encierro provenía de la ganadería de Las Huertas, propiedad de don Luis Javier Barroso Chávez quien hacía su presentación en Torreón como ganadero.

Emilio Sosa se había presentado como novillero en la Plaza México el domingo 2 de agosto de 1953, llevando como alternantes a la rejoneadora norteamericana Georgina Knowles y a pie a Paco Honrubia y a Carlos Cruz Portugal. Los novillos fueron de Mimiahuápam, propiedad de don Luis Barroso Barona, persona que siempre trató de ayudar a Emilio, a quien se le fue vivo el segundo de la tarde nombrado Cantaclaro. Recibe una alternativa en Guatemala, el 22 de octubre de 1961, de manos de Jesús Córdoba con quien actúa mano a mano en la lidia de toros de Coapantes, misma a la que renuncia para volver a torear como novillero en la Plaza México el 15 de julio de 1962 y recibe el doctorado definitivo el 20 de diciembre de 1964, en Tapachula, Chiapas, de manos de Rafael Rodríguez, lidiando nuevamente toros de Coapantes.

Emilio Sosa había mantenido un cartel discreto en las plazas del Sur de la República Mexicana, toreando principalmente en los estados de Chiapas, Campeche y Tabasco y sin llegar más allá de las diez corridas al año. Con esa preparación es que llegó a Torreón a intentar dejar ese circuito en el que estaba inmerso, para intentar salir de allí con la oportunidad de convertirse en figura del toreo.

La corrida

La crónica es de Guillermo V. Zamudio y publicada en El Siglo de Torreón del día 20 de diciembre de 1965. Me parece algo alambicada, pero refleja quizás lo que a través del tiempo significó en realidad este festejo para algunos de sus participantes.

...no se puede ser honrado ni entregarse sin rodeos cuando se tiene enfrente no al toro que es nobleza en su bravura y es casta y es coraje en su divisa... sino al marrajo peligroso que salta a la arena a tirar la cornada que asesina y a cazar al torero en la embestida... Porque eso era “Comodín”, la fiera que inmolara ayer a Emilio; como así fueron “Cara Sucia”, “Castoreño”, “Cigarrito”, “Bravío” y “Fosforito”... Seis asesinos con cuernos que dieron siempre la impresión de estar toreados... que nunca tuvieron un gramo de nobleza, pero sí arrobas de cobardía, que volvieron la cara a los piqueros y que contra todas las reglas, tuvieron que ser castigados cerrándoles la salida y en los medios... Cobardes y asesinos, eso fueron los toros de Las Huertas... Ayer volvió a caer Emilio Sosa... Y su cornada no fue el producto de un desconocimiento de la lidia, ni de un intemperante alarde de valor, ni siquiera de un descuido... fue la manifestación clara del hombre que quiera darlo todo solo por recibir la satisfacción de cumplir con el que paga, de entregarse por entero a una afición como la nuestra que lo ha hecho suyo, que es parte de nuestra Fiesta y que lo quiere de verdad...

De lo que entresaco de la crónica, se deduce con claridad que el encierro del debutante ganadero Chacho Barroso no funcionó y que los toreros pasaron las de Caín con él. Y sobre todo Emilio Sosa, que se llevó una gran cornada en el tórax, según el parte médico:

Herida producida por cuerno de toro penetrante de tórax, como de diez centímetros de extensión, situada en el octavo espacio intercostal del hemitórax izquierdo, a nivel de la línea axilar media, que interesó piel, tejido celular subcutáneo, aponeurosis musculares intercostales, pleura parietal, fractura de costilla y entrando en la cavidad torácica, produjo un desgarre del pulmón izquierdo en cara posterior y superior del lóbulo medio, mediante una herida de un centímetro de extensión y medio centímetro de profundidad, y otra de siete centímetros de extensión y cinco de profundidad, con ruptura de pleura visceral y vasos pulmonares; además presenta hemotórax izquierdo abundante. Estas lesiones son de las que ponen en peligro la vida y tardan en sanar más de quince días. Doctores Gonzalo Reyes Gamboa. J. Romeo de la Fuente. Jesús Solís Fabila. David Martínez.

Emilio Sosa (Foto cortesía
Toreros Mexicanos)
Como podrán observar de la lectura de la descripción de la herida y de los destrozos que causó, es quizás una de las cornadas más graves que se han producido en ruedos mexicanos en el último medio siglo. Tan grave fue, que prácticamente quitó a Emilio Sosa de torero, porque si bien en 1966 y 67 todavía alcanzó a vestir el terno de luces en alguna oportunidad, ya no recuperó la posición que había alcanzado al final de ese 1965 y acabó por dejar los ruedos y si hemos de hacer caso al bibliófilo Daniel Medina de la Serna, integrado a la Policía Secreta de la Capital Mexicana.

Los giros de la fortuna

El tercer espada del cartel era un jovencito de Monterrey llamado Manolo Martínez, que esa tarde, decía arriba, salía al ruedo por tercera vez como matador de toros, pues apenas el 7 de noviembre anterior, Lorenzo Garza le había otorgado la investidura en la tierra de ambos, con el testimonio del linarense Humberto Moro, lidiando la terna toros de Mimiahuápam. La misma crónica que me trajo a recordar este festejo, dice sobre Manolo Martínez lo que sigue:

Manolo Martínez, que como novillero apuntaba como un pequeño Maestro, ayer parecía un estudiante, se dejó ver lo menos posible, se enfundó en su capote para cubrir su frío y tal vez su miedo y solo salió a la arena cuando las circunstancias así lo exigieron... Mal comienza como Diestro de Alternativa... tampoco en Monterrey se le dio bien...

Un juicio duro, directo y tempranero. Nadie pensaría que algo más de un año después, Manolo Martínez tendría el mando total de la Fiesta en México, que nada sucedía en ella sin su bendición y que igualmente, podía con todo y con todos en los ruedos y que ese estado de mando, se prolongaría por dos largas décadas, con todo lo positivo y también con todo lo negativo que una dictadura de esa naturaleza implica. Pero ese 19 de diciembre de 1965, no convenció al cronista de Torreón, que pensó que su alternativa fue precipitada.

Así son los giros de la fortuna, quien parecía salir del anonimato, en cuanto pudo ver la luz, resbaló para caer y no volver a salir y el que se dijo que no tenía la talla, fue el que resplandeció y mandó por largo, largo tiempo. 
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