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sábado, 10 de octubre de 2009

Joselillo (I/III)

El próximo miércoles se cumplen 62 años de la muerte de Laurentino José López Rodríguez, Joselillo. Aquí les presento un repaso de la vida y del breve paso por los ruedos de este verdadero fenómeno de la novillería, organizado a partir de una conferencia que se me invitó a impartir dentro de la Semana Cultural Taurina de la Academia Taurina Municipal de Aguascalientes, en agosto de 2002.



De Nocedo de Curueño a Gijón

Laurentino José López Rodríguez fue originario de Nocedo de Curueño, provincia de León, lugar que como Aguascalientes, se distingue por las calientes aguas que brotan de su suelo, en las estribaciones de la cordillera Cantábrica, más o menos a la mitad del camino entre León y Oviedo, el lugar en el que la piel de toro inicia su encuentro con el mar.

En el año de 1924, José Luis, el mayor de los nueve hermanos López Rodríguez, marcha a México y en 1932, a la muerte de su madre, solicita a su padre que le envíe a uno de sus hermanos para que le haga compañía y le ayude a proveer al hogar familiar. El elegido por su padre, don Victoriano López es el menor, Laurentino José, que nacido el 12 de julio de 1925, es apodado a esa corta edad El Vivo y el 24 de junio de ese año, es puesto a bordo del Cristóbal Colón, para hacer el viaje de Gijón a Veracruz, iniciando el camino que quince años después, terminaría en el ruedo de la plaza de toros más grande del mundo.

En México

Al llegar a la otrora región más transparente del aire, tras el paso del verano, que sirvió a Laurentino para conocer la ciudad y ambientarse en ella, es inscrito en el colegio Cervantes, pues la pretensión de José Luis era que su hermano menor tuviera las oportunidades que no estuvieron a su disposición. No obstante esos buenos deseos, la realización personal de El Vivo no estaría entre libros y cuadernos. Terminó su instrucción primaria más por la exigencia de su hermano mayor, que por convicción. Con aptitudes para el dibujo, sus preceptores escolares sugirieron que se enrolara en una academia de artes plásticas. Por su parte José Luis pretendía que Tino estudiara una carrera comercial, misma que le daría las armas necesarias para bastarse a sí mismo. La respuesta de su hermano menor a esas insinuaciones fue tajante: Yo seré millonario sin trabajar y mucho menos, sin estudiar…

Primero el fútbol y a partir de su asistencia a una corrida de toros en 1942, los toros fueron el tema de la lectura y de la conversación de Laurentino, quien confesó a su amigo Aurelio García su deseo de hacerse torero. Orientados por otros maletillas, llegan a una finca ganadera conocida como El Pedregal, propiedad del señor Jerónimo Merchand, en las inmediaciones de la Villa de San Ángel. Allí, por algo más de diez pesos, le echaban vacas de media casta a quienes querían torear, amenizando sus hazañas con uno o varios pasodobles reproducidos por un fonógrafo de la época.

Al principio no se decidía, pero cuando lo hizo, Laurentino se tiró al ruedo y clavando los pies en la arena citó a la vaca. Ésta se arrancó y él, quieto como un poste, aguantó la acometida y cuando la vaca llegó a su jurisdicción, dejó caer los brazos para marcar una verónica, esbozando por primera vez la manera de torear que tantas pasiones levantaría después en las plazas de toros. Quiso repetir el lance, pero fue empitonado, recibiendo una paliza de órdago.

En el invierno de 1944, Laurentino José López Rodríguez vistió por primera vez un terno de luces. Salió como sobresaliente en una novillada que en Tepeji del Río daban Juan Vela y Javier Mejía. Esa tarde solamente partió plaza, pues confesaría después a Aurelio García que el ambiente vivido esa tarde le causó mucho miedo, por lo que no hubo poder humano que lo sacara del burladero en el que se refugió, más como nos lo enseña la historia, ese sentimiento de Laurentino no alcanzaría a dominarle.

Nace Joselillo

Aurelio García era originario de Álvaro Obregón, Tabasco. En ella vivió sus primeros años y aprovechando las relaciones dejadas por su familia en aquél lugar, convence a las Autoridades Municipales y a la Junta de Mejoras Materiales de que una manera de allegar recursos para financiar sus proyectos, era la organización de festejos taurinos. Contando ya con el beneplácito de las autoridades obregonenses, organiza una cuadrilla en la que participarían Antonio Márquez, Javier Mejía y Roberto Vázquez, que junto con Laurentino y Aurelio se repartirían la calidad de matadores en esa gira por el sureste mexicano.

Llegó el momento de anunciar los festejos y advirtieron que el nombre de Laurentino no era muy afortunado en los carteles, por lo que se buscó la manera de anunciarle. Al final de cuentas, los aventureros decidieron prescindir de su primer nombre y del apellido paterno, para quedar como José Rodríguez. Una vez acordado que así se le anunciaría, Antonio Márquez propuso que se le apodara Joselillo, aceptándolo el torero. En ese momento nació para la eternidad, la manera en la que nuestro personaje sería conocido.

Los triunfos en Álvaro Obregón llevaron a la cuadrilla a actuar en Villahermosa. Allí alternaron con Emiliano Vega y Paco Herros. Entre las cuadrillas iba el banderillero Manuel González Pinocho, quien pronto advirtió que en Joselillo podría haber una figura del toreo.

Don Dificultades



Pinocho por un lado y Aurelio García por el otro, presentaron a Joselillo con el personaje que sería definitorio en la breve existencia de éste. Se trata de José Jiménez Latapí, periodista y apoderado de toreros y ganaderías, vecino de la ya mítica calle del Pino y conocido en el ambiente como Don Dificultades o como El Ogro del Pino, quien advirtió de inmediato la planta torera de Laurentino, efectivamente parecía torero y también se percató de la facilidad que tenía para cautivar a quienes le rodeaban.

Tras de un tiempo, El Ogro consideró que Laurentino ya había asimilado la teoría predicada en la calle de El Pino, por lo que le llevó a la ganadería de Santín, propiedad de Juan de Dios Barbabosa y que él representaba, para verlo ponerla en práctica. Ante las vacas, Joselillo demostró que era capaz de quedarse completamente quieto, haciendo el toreo con un emocionante juego de brazos y de muñecas. Ante la evidencia, Don Difi se convenció que estaba delante de un verdadero fenómeno.

Corre ya el año de 1945 y don José decide que ya es tiempo de ver a Joselillo delante del toro. Pacta con Guillermo Martínez El Pilón la presentación en la placita de Puente de Vigas para el día 3 de abril de ese año y repite los días 10, 17 y 24 de ese mismo mes. Esas actuaciones le permitieron afiliarse a la Unión Mexicana de Matadores de Toros y Novillos, pues por esas calendas se exigía que los aspirantes a novillero presentaran cuando menos tres programas de actuaciones con picadores.

Por esas fechas tanto Aurelio García, como Antonio Márquez hicieron su presentación en los Jueves Taurinos que en El Toreo daba Antonio Algara. Por intermedio de Aurelio, Tono invitó a Joselillo a presentarse en esas novilladas de oportunidad, de las que había surgido Luis Procuna. El Ogro no aceptó la oferta, pues decía: O tenemos un triunfo de clamor o un fracaso estrepitoso…

La gloria, antesala de la muerte

Para iniciar 1946, Joselillo realiza otra gira por el Sureste, actuando principalmente en Tabasco y Campeche, destacando sus actuaciones de los días 14 y 29 de abril. Regresa a México a la mitad de mayo y se entera de que su apoderado, José Jiménez Latapí le había ajustado su presentación en la recién inaugurada Plaza México.

El cartel anunciado para el 25 de agosto de 1946 se componía con ocho novillos de Chinampas, propiedad del Dr. Manuel Cortina Rivas, vecino de Ojuelos, Jalisco, formada con pura sangre de La Punta y Matancillas, ganadería que hacía su presentación en la Capital, para ser lidiados y muertos a estoque por Manuel Jiménez Chicuelín, Pepe Luis Vázquez, Fidel Rosalem Rosalito y José Rodríguez Joselillo, que hacía su presentación en esa plaza.

La tarde fue lluviosa y la entrada no fue lo buena que se esperaba, no obstante que Chicuelín y Pepe Luis eran los triunfadores de lo que iba de la temporada. Ante el cuarto de la tarde, Joselillo realiza el toreo que él intuía y corta el rabo de Campero. Sin importar el clima, ni las constantes interrupciones del festejo para componer el ruedo, la gente que asistió se queda hasta el final de su actuación.

Tras la euforia del primer triunfo, no tardaron en aparecer las voces de aquellos a los que nada les parece bien. El primer punto de apoyo que tuvieron, fue el de la nacionalidad de Joselillo. Hasta sus propios paisanos le hostilizaban por considerar que era un rojo transterrado – se decía que era uno de los niños de Morelia – y por otra parte, también La Porra se encargó de hacerle amarga la existencia en el ruedo de Insurgentes.

Por si algo faltara, trascendió el diferendo de Don Difi con la empresa, a cargo de Miguel Simón, acerca de los dineros que consideraba debía percibir su torero. Joselillo recibió setecientos pesos por su presentación en la México. Tras el triunfo, Jiménez Latapí exigió diez mil por novillada, lo que incomodó al sobrino de Don Neguib. Después de un publicitado estira y afloja, se convino en ocho mil quinientos pesos por novillada, suma bastante fuerte para la época.

Reaparece el miércoles 4 de septiembre y actúa los días 6, 8, 15 y 29 de ese mes; el 6, 13, 20 y 27 de octubre y el 3 de noviembre se presenta en Guadalajara para alternar con el texcocano Jorge Medina y Javier Gómez en la lidia de novillos de Santín. Laurentino quedó inédito esa tarde, pues al salir al quite en el que abrió plaza, se llevó una cornada de doce centímetros. Se escapa de la enfermería y el segundo de su lote, quinto de la tarde, le infiere otra de dieciocho centímetros, ambas en la pierna derecha. Entrevistado al recuperarse de las heridas, se le preguntó por qué no se quedó adentro desde la primera cornada, a lo que respondió: La plaza está llena y yo no puedo defraudar a ese público que ha venido a verme.

El ritmo que llevaba era vertiginoso.

1947, un año de imposible olvido

Tras la convalecencia, que aprovechó para recibir junto a Manolete el trofeo al novillero triunfador de la temporada, Joselillo regresa a Guadalajara, actuando en la calle del Hospicio el 12 de enero de 1947, con poca fortuna y el día 26 siguiente, en la disputa de un Estoque de Plata junto con Paco Rodríguez, Pepe Luis Vázquez y Luis Solano. Los novillos fueron de Matancillas.

De esta última tarde, Paco Madrazo refiere que por fin se pudo ver a Joselillo en Guadalajara, quien cortó la oreja a Rondeño, cuarto de la tarde y se llevó el trofeo en disputa. Continuó su campaña por la provincia mexicana y el 5 de febrero actuó en Morelia, después fue a Mérida y a Campeche, dejando en esas plazas su carta de presentación.

Tras de que Manolete terminara su campaña en Mérida, sobrevino otra ruptura de las relaciones taurinas entre España y México. A partir de esa situación, se le impidió actuar a Joselillo, aduciendo que su nacionalidad era española. Lo que ignoraban los que a toda costa querían acabar con él, era que a principios de ese año, la Secretaría de Relaciones Exteriores le había otorgado la carta de nacionalidad mexicana.



Planteada la situación a la Unión, en asamblea, se decidió apoyar la propuesta de Jesús Guerra Guerrita, a la sazón Secretario General de la agrupación, en el sentido de que todos aquellos toreros españoles que hubieran adquirido la nacionalidad mexicana antes de la ruptura del convenio, podrían actuar sin problema alguno. Al enterarse del acuerdo, el 11 de marzo, Joselillo dirigió la siguiente comunicación a la Unión:

El acuerdo tomado en la última asamblea de nuestra Agrupación, en que se trató mi posición de la misma con motivo de la ruptura del Convenio Taurino Hispano – Mexicano, ha sido para mi una gran satisfacción que no puede expresarse con palabras y también un lazo de gratitud que ata para siempre mi reconocimiento y cariño a todos los compañeros de profesión que en forma tan espontánea y unánime votaron a favor mío.

Desde niño he vivido en México, en México me estoy haciendo torero y en esta bendita tierra están mis afectos, mis ilusiones y mis esperanzas.

El año pasado, cuando nadie podía sospechar que estuvieran en peligro de romperse o de interrumpirse siquiera las relaciones taurinas hispano – mexicanas, por propia convicción, no por amor al interés, sino por amor a este país donde no me considero un extraño, sino el más humilde e insignificante de sus hijos, solicité mi carta de naturalización en la Secretaría de Relaciones Exteriores, la cual hice llegar a ustedes en su oportunidad. Soy, pues, mexicano; si no por nacimiento, si por amor a México, por estar identificado con sus costumbres, su gente y sus cosas. Así lo he manifestado, no ahora, sino siempre, cuando soñaba con llegar a torear y cuando nadie sospechaba que se tuviera en cuenta la nacionalidad para vestir el traje de luces. Mis sentimientos mexicanistas, mis documentos de nacionalización como mexicano, confirman en todo lo antes expuesto ante el justo criterio de ese H. Comité Ejecutivo.

La forma espontánea y unánime con la que la Asamblea de la Unión Mexicana de Matadores de Toros y Novillos tomó el acuerdo de autorizar mis actuaciones ilimitadamente en las plazas de toros del país por considerarse, porque lo soy, ciudadano mexicano con derechos y obligaciones, me hace un honor que sabré estimar y corresponder dignamente, en el ruedo como torero y en todos los actos de mi vida como hombre.

Ruego a ese H. Comité Ejecutivo se sirva recibir la más honda y sincera expresión de mi reconocimiento por el acuerdo a que me refiero, gratitud para todos y cada uno de mis compañeros y para la Unión Mexicana de Matadores de Toros y Novillos, a la cual me honro en pertenecer, muy orgullosamente.

Gracias como torero y como hombre. Y gracias, también, como ciudadano mexicano, por el reconocimiento de mis derechos.

Soy de ustedes afectísimo compañero.
(José Ramón Garmabella, Joselillo. Vida y Tragedia de una Leyenda, México, 1993, Págs. 111 y 112)


Dadas las cosas de esa manera, Joselillo no vuelve a actuar sino hasta el primero del mayo en Monterrey y el 18 del mismo mes en Tampico.

Por esas fechas se anuncia también su contratación para la temporada de novilladas que comenzaba en la plaza más grande del mundo. A partir del hecho de que Joselillo la llenaba cada vez que se presentaba, Don Dificultades consigue que los honorarios de su torero sean cubiertos a partir de un porcentaje del producto de las entradas, en contra de lo que pretendía el nuevo empresario, Tomás Valles, que era el pagarle quince mil pesos por actuación.

El chihuahuense Valles no se quedaría con la espina clavada. Pronto reaccionó y dejó correr en los medios la versión de que para satisfacer la desmedida e injusta ambición del novillero, estaba obligado a subir los precios de entrada a la plaza. Ese anuncio provocó la ira de los públicos, que a la menor provocación le echaban en cara su origen español y le exigían como si se tratara de una figura cuajada, sin reparar en que al inicio de lo que sería su última temporada capitalina, apenas llevaba toreadas unas quince novilladas con ganado de casta.

La temporada de 1947 constó de veintisiete novilladas y Laurentino actuó en seis de ellas, siendo víctima de una saña brutal desde los tendidos. Eso se refleja en sus resultados, que no son muy halagadores. El primero de junio se le va vivo el segundo de la tarde y siete días después, un novillo de Carlos Cuevas le manda al taller de las reparaciones por casi dos meses. Es en esa convalecencia que Joselillo hace la siguiente reflexión a su hermano José Luis:

Todos tienen derecho a opinar según sus gustos y no es posible que una sola persona, un torero en este caso, pueda satisfacer todas las opiniones. Si muchos van a la plaza a meterse conmigo, tal vez no lo hagan por maldad sino porque su gusto en el toreo difiere con lo que soy y lo que puedo dar. Aunque, eso sí, deberían tener presente que les doy cuanto tengo y que jamás he escatimado esfuerzo alguno para dárselos… (Garmabella, Op. Cit., Pág. 125)

lunes, 24 de noviembre de 2008

Hoy hace 34 años (y II)

En la segunda corrida de lo que podríamos llamar la feria de la inauguración de la plaza de toros Monumental Aguascalientes, el inolvidable Guillermo Cabezón González confeccionó un cartel de los que después se dio en llamar de banderilleros, en el que actuaron Jesús Solórzano, Antonio Lomelín y Manolo Arruza, para lidiar toros del ingeniero Mariano Ramírez.

El primero de la tarde fue bautizado como Pinocho, seguramente en honor del que fuera subalterno y en ese entonces apoderado de toreros, Manuel González, así apodado, que llevaba gran amistad con el ganadero. El encuentro de Solórzano y Pinocho nos lo recuerda la crónica de don Jesús Gómez Medina, publicada en el diario El Sol del Centro del día 25 de noviembre de aquellas calendas, bajo el título Con el estupendo Pinocho, Solórzano bordó el toreo:

Y en la palestra del nuevo coso se produjo “el milagro de la verónica” como si, al torear de capa, Chucho Solórzano fuese repitiendo el soneto de Xavier Sorondo:

“Los brazos pordioseros, como péndulo doble, arrastran por la arena la comba del percal...”

Un vibrante escalofrío barrió los tendidos, sacudidos por el flamazo de la emoción más noble que pueda depararnos la fiesta brava: La emoción del arte; mientras Solórzano concluía los lances antológicos con un recorte señorial.

¡Admirable conjunción aquella! El toro, prototipo de bravura y buen estilo y el torero, dechado de calidad y de arte. Y si “Pinocho” aportó nuevos lauros a la triunfadora vacada del Ing. Mariano Ramírez, Chucho por su parte, ilustró con nuevas hazañas los blasones de la afamada dinastía moreliana...

A la elegancia, al aplomo y al buen gusto para realizar las suertes añádase la variedad, que no parecía sino que, al torear de muleta, Solórzano tenía por norte el poema de Gerardo Diego “Oda a la Diversidad del Toreo”. En esta forma, en lugar de los trasteos a golpe cantado, asistíamos al gozoso espectáculo de un Solórzano que, sin desviarse de la norma clásica, con los naturales cadenciosos, apretados, de genuina estirpe rondeña; y al lado de los derechazos pausados, ceñidos, la mano baja y la pierna contraria al frente, intercalaba los de trinchera, los firmazos, el afarolado y los molinetes, de los que hubo uno, girando lentamente ante la propia cara del burel, que hubiese firmado Belmonte. Filigranas éstas de la mejor calidad y del gusto más exquisito que, lejos de restarle hondura a la faena – ¡A la gran faena! – le infundieron mayor brillantez a la manera que una rica pedrería embellece una joya forjada con oro de la mejor ley.

A un tiempo, sepultó Chucho todo el acero ligeramente trasero. Rehusábase “Pinocho” a doblar y para conseguirlo, su matador apeló a un recurso de vieja ejecutoria: Extrajo la espada y, corriéndola hasta el cerviguillo, descabelló al segundo intento, a cambio de verse achuchado y sufrir un varetazo. Ovación estruendosa. Las dos orejas y el rabo de “Pinocho”, el nobilísimo ejemplar para cuyos despojos ordenose, con toda justificación, el arrastre lento.

Y con los apéndices y la doble vuelta al ruedo, Chucho Solórzano recibió de nuevo la pleitesía de un público, que una vez más, supo rendirse ante la manifestación de la más noble expresión de la fiesta: La del toreo – arte…

Así pues, con esta actuación del hijo del Rey del Temple, se precisaron dos importantes efemérides de la recién inaugurada plaza Monumental Aguascalientes: las del primer rabo otorgado en su albero y el primer toro premiado con el arrastre lento, el nobilísimo Pinocho del ingeniero Mariano Ramírez.
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