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sábado, 15 de noviembre de 2008

Sismo y estatua


Vuelvo a distraer su atención más pronto de lo pensado, pero el pasado jueves 14 de noviembre Lorenzo Garza hubiera cumplido cien años de edad. Muchas y muy buenas cosas se han escrito acerca de su trayectoria en los ruedos, que fue triunfal en México y en España. Hoy, como recuerdo del gran torero que ha sido, traigo a este espacio esta anécdota, narrada por el propio Magnífico y recuperada por José Pagés Rebollar en su libro Los Machos de los Toreros, una colección de entrevistas biográficas a figuras del toreo publicado en el año de 1978 – tuvo dos ediciones en ese calendario – , e ilustrado por los caricaturistas de la revista Siempre!, Ernesto García Cabral, Rafael Freyre y Carreño, dirigida en ese entonces por su padre, José Pagés Llergo. La narración del suceso que dibuja con claridad al diestro regiomontano es la siguiente:



…sucedió que Armillita (un torero extraordinario) y yo fuimos contratados para un mano a mano un día primero del año allá en Guadalajara. 


Una vez en Guadalajara llego al hotel, me baño, me afeito muy bien, porque tenía invitación para esperar la entrada del año. Como nunca me había puesto un frac, lo primero que pensé fue: “Ahora sí voy a ponerme este traje”. Y me lo puse. Bien vestido de frac, con abrigo y pañoleta recibí un llamado del ganadero González Lugo quien me dijo: “Vente Lorenzo, aquí el ambiente está precioso”. 

Llegué a la reunión pero cuando iba subiendo las escaleras iba sintiéndome un poco cohibido, como diciendo: “Caray, no iré a hacer el ridículo como vengo vestido?”, y lo pensaba pese a que sabía lo bien vestido que iba. 

Ahora, si era el momento oportuno no lo sabía. Entonces, mandé llamar a González Lugo con un camarero y lo primero que le dije fue: “Oye, ¿cómo me veo?” “Vienes hecho un señor”, me dijo, y yo le respondí que tenía miedo, que procurara traerme un poquito de brandy para cobrar aplomo. 

Total, me trajo medio vaso de whisky que bebí directo. Cinco minutos después reaccioné y dije: “Ahora sí entro”. Aquello parecía de momento el paseo en la puerta de cuadrillas, porque llego, las gentes suspenden momentáneamente el baile, la música hace un toque de atención y me anuncian: ¡Un detalle preciosísimo de los que había en ese baile!... 

En fin, cuando menos lo vi ya eran las 4 de la mañana, concluía el baile y uno de mis amigos me propuso ir a “El Patio”, lugar muy similar a “El Patio” de la ciudad de México. 

¡Vamos!, dije. y allí estuvimos felices hasta que el sol salió y de allí me dicen: “¡Vámonos al Club de Golf!”. 


¡Vamos!, repuse, aún sin recordar que yo toreaba ese día y, total, daban ya las 3 de la tarde cuando el mozo de estoques, desesperado, me localizó y me dijo: “Matador, que hay que irse a torear”. 

“¡Usted no se preocupe! le contesté confiado y nos fuimos al hotel, me di un baño de agua bien fría, empecé a afeitarme, pero tina vez pasada la impresión del baño helado comencé a sentirme un poco deprimido pues ya se me estaba bajando ese fuego interior que traía por lo que dije al mozo de espadas: “Por favor, vaya usted al bar y tráigame un medio vaso de brandy... 

El mozo de espadas, por cuidarme, trajo tan sólo un traguito y yo le decía: “No. hombre, tráigame usted medio vaso”, pero uno de los amigos que me había invitado al Club de Golf me dijo que no pasara cuidados, que ellos llevarían una coca colas sin nada de coca cola y rellenas de brandy. 

Ya el clarín anunciaba el paseíllo en la Plaza y yo aún me encontraba en el hotel. Cuando se escuchaba la cuarta llamada entré al coso y entré mal pero con una ventaja: Yo nunca he perdido sentido de lo que hago, con copas o sin ellas. 

Estando en el callejón, el hermanito de Armillita se “movilizó” y me trajo Sal de Uvas Picot. Yo, sencillamente, le dije: “¿Qué quieres, chaval, que en el ruedo me duela el estómago? Anda ve y tráeme brandy que es lo que a ml me hace falta...” 

Entonces, a una distancia no muy grande, oigo la voz de Armillita que decía que yo no estaba en condiciones de salir al ruedo, que él mataba los seis toros, y como yo lo alcancé a escuchar para mí eso fue una ofensa por lo que le repuse: “Eso te voy a dar de ventaja, que tú no sirves ni para abrocharme los moños de las zapatillas...” 

En fin, hicimos el paseíllo y la gente de Sombra me veía y yo me decía que, total, esos me habían visto en el Club pero la gente de Sol no, y dentro de mi “cuete” me percaté de que mi compromiso era con ellos y me fui allá y les eché mi capote de paseo. 

Bueno, pues Armillita salió prendido, con un amor propio y con un celo extraordinario, y molestísimo por lo que yo le habla dicho. 

Salió el primer toro. Armillita, entusiasmado por el “pique”, comenzó a recibirlo con “Farolas” poniendo las dos rodillas en tierra ¡una verdadera locura para la gente! 

Viendo como estaban las cosas me fui hacia a mi amigo: “¡Dame un sorbo de coca cola!, precisamente cuando el animal recibía el segundo puyazo y era un toro de Atenco, ¡no se me puede olvidar!, y me tocaba a mi hacer el quite y allá voy gritando entusiasmado ¡Aaaja, Aaaja toro!, y la bestia se me “arranca” y que le pego un lance rodilla en tierra, ¡Dios mío!, sólo que cuando que cuando le quise pegar el segundo se me dobló la otra por lo que me quedé con las dos y el toro me repitió y que le pego el siguiente lance con las dos rodillas en tierra, y el otro, y ya en el tercero remato pues ya le había gritado a uno de los banderilleros para que tocara el toro ya, al rematar, con la mano en la arena, para levantarme, con gran sorpresa pues el aire se oscureció porque cerca de cien sombreros venían hacia mí, volando. 

Le diré, Pepe, lo único que se me vino a la mente fue un pensamiento: “Jesús, si no me puedo ni parar”. 

Pero la historia no quedó allí, Armillita cortó dos orejas; salió el toro mío y yo estuve discreto. Sale el otro toro de Fermín y también estuvo extraordinario. Entonces había un picador, yucateco para más señas, que a lo lejos exclamó: “¡Ya acabarnos con el Ave de las Tempestades!”. 

Disgustado por lo que había oído, solo alcancé a decirle: “Vas a ver…” y así se desarrolló aquella corrida hasta que maté el sexto toro que venía embistiendo y a mi me llegó una de esa cosas. Uno de esos momentos de inspiración que tienen los artistas, y de repente todo une salía bien. El pase natural de rodillas, los pases girando (que algunos dicen de manoletistas) hasta que entro a matar y le corto las dos orejas y el rabo a la bestia y la gente me saca en hombros. 

Fermín iba al lado caminando. 

Entonces, impulsado por el deseo de desquitarme le dije: “Ya ve usted Fermín, uno no necesita trabajar tanto...” 

La fotografía de Lorenzo Garza es de Reynoso y pertenece a la colección del Dr. Antonio Ramírez González.
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