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domingo, 2 de febrero de 2014

1º de febrero de 1914: Se instalan por primera vez burladeros en El Toreo de la Condesa

Vicente Pastor
Para la décimo tercera corrida de la temporada 1913 – 1914, don José del Rivero había anunciado un encierro tlaxcalteca de Piedras Negras y como espadas para dar cuenta de él a Vicente Pastor, Rodolfo Gaona y Juan Belmonte

El domingo anterior, en el mismo escenario, El Pasmo sufrió una severa paliza que tuvo a la afición de la capital mexicana en vilo durante toda la semana y a un empresario serio como el nombrado Del Rivero en un constante entredicho por mantener a Belmonte en el cartel y no anunciar su sustitución y permitir a los inconformes con el cambio en el festejo anunciado el devolver las entradas previamente adquiridas.

Lo que muchos ignoraban entonces es que por esos días iniciáticos de sus andares por los ruedos, Juan Belmonte tenía una extraña fascinación por cumplir a como diera lugar sus compromisos, aún en detrimento de su integridad personal. Entonces, si había asegurado a Del Rivero que torearía el domingo primero de febrero, es que estaría a la hora anunciada en la primera plaza de toros de América para cumplir con su compromiso.

También se ignoraba por los más que el redondel de esa plaza – aún nueva, apenas con seis años de funcionar – sufriría unas modificaciones para permitir que un maltrecho Juan Belmonte pudiera cumplir con su compromiso con la empresa que lo contrató y con la afición mexicana, misma que consistiría en la colocación de burladeros que permitirían al torero hispalense buscar refugio en el callejón sin tener que tomar el olivo.

Quien firmó como El Raisuli para el diario El Correo Español de la capital mexicana, comenta lo siguiente acerca de esa corrida:
Con animación extraordinaria, debido a la reaparición del fenómeno Belmonte, se verificó ayer la corrida de toros. Los tendidos aparecían casi repletos… La expectación era grande, pues se aseguraba que el diestro de Triana no podría torear, dado el mal estado de su salud, y atestiguaban tal aserto seis burladeros colocados en el ruedo, para proteger al matador, que estaba imposibilitado de saltar la barrera. Desfilaron las cuadrillas entre nutridos aplausos, y los tres matadores pasearon por la arena para corresponder a las palmas... Resumen… La divisa de Piedras Negras no fue fogueada, por la sencilla razón de que a la presidencia no le pareció oportuno cumplir con el reglamento… Además, bueno es hacer notar que, los substitutos no pertenecieron a la vacada que estaba anunciada en los carteles. Fueron de Zotoluca… ¿Con qué derecho se cambia un cartel sin avisar previamente?... Salvo el primer zotoluqueño que llegó mal a la muerte, los demás estuvieron manejables. Con los de a caballo no quisieron bromas, y con los peones estuvieron quedados y poco bravos… De los matadores sobresalió, sin disputa, Vicente Pastor, que si alargó la faena con el primero, fue debido a que no quiere aprovechar las ventajas, y quiere matar a los toros de frente y en las suertes acostumbradas… Esto debiera agradecérselo el público y se lo agradece sin duda, pues no dio pruebas de impaciencia durante los veintisiete minutos que duró la muerte del primero. En el cuarto, mató cuatro toros en uno solo, después de desgranar una soberbia faena… Gaona pudo lucirse en su primero y se lució de verdad, lo mismo que el trianero en el tercero… Lo demás, ni frío, ni calor. Salvo la pareja de peones de Pastor, que estuvo bregando muy bien toda la tarde…
Juan Belmonte
Aunque en su resumen omite la actuación de Belmonte, en el cuerpo de la crónica le acredita un buen toreo a la verónica y que a pesar de que falló a espadas, dio la vuelta al ruedo tras de pasaportar al primero de su lote. Vicente Pastor no mató ninguno de los toros titulares de la corrida, pues el primero de la tarde fue devuelto a los corrales por chico y manso y el cuarto, por lo segundo. Los sustitutos fueron de Zotoluca. Ante la poca costumbre de otorgar apéndices en esos días, entiendo que la corrida fue una de esas que hoy se consideraría apoteósica.

Otra versión de estos mismos hechos es la de Miguel Necoechea Latiguillo, publicada en el diario “El Imparcial”, también de la Ciudad de México. Ya había presentado a Latiguillo en alguna oportunidad anterior y comentado su cercanía con los que en su tiempo peinaban coleta y demás fuerzas vivas. De su versión de los hechos extraigo lo que sigue:
La promesa que parecía enguilnardecer como una viñeta florida, el programa de la fiesta brava de ayer, se realizó para el regocijo de la afición, que llegaba al coso un tanto desconfiada, pero con el deseo de ver cumplidas sus esperanzas… ¡Pastor, Gaona, Belmonte!... La trinidad que encarna todo lo que de bello, de artístico y de atrayente encierra el toreo. El poder supremo de la fiesta al servicio del estoque; "gallardía que se une al rayo"; ciencia que se une al estoque y de la que es maestro Pastor. El arte sutil, las gallardías y floreos de capa, las actitudes de suma elegancia, las líneas impecables de un bronce sin tacha y todo ello bordado en oro, a un paso de las fieras; tal Gaona. Y la valentía sin límites, el desprecio de la vida, la granada de una sonrisa que abre muy cerca ese par de dagas ensangrentadas que el toro agita cuando vuelve; el abanico de las verónicas abierto en el testuz mismo, así Belmonte, que materialmente parece como si se embarrara en el lustroso y encrespado pelo de los astados… La perspectiva de ver una sola tarde como esos tres maestros habrían de echar arte, valor, sabiduría, arrojo y finura frente a los toros que enviaba Piedras Negras, producía aleteos de esperanza en el ánimo de los aficionados, a quienes no fue posible ver el domingo anterior a esa realidad que ayer, bajo un sol magnífico, hizo agitarse de entusiasmo a quienes llenaban casi por completo la plaza del Toreo… Fue una buena corrida, porque es verdad que mucho dejaron que desear los toros (vieja y monótona cantinela que desgraciadamente parece ya consagrado estribillo), también es cierto que en ocasiones se prestaron al lucimiento de los diestros y que estos no desaprovecharon la oportunidad… No dejó tampoco de influir en el resultado general la delicada salud de Belmonte y que hizo pesar sobre la plaza quién sabe qué extraño ambiente que restó lucimiento a las hazañas... Bien se ve que Belmonte no está repuesto de sus heridas. Ayer hubo que poner burladeros en la plaza para evitar que el colosal trianero tuviera que saltar la barrera...
Al final, Latiguillo reduce el hecho de los burladeros a una cuestión meramente incidental o anécdotica, perdida entre su prolija y ditirámbica crónica, seguramente para resaltar la hombrada de Belmonte y evitar que pudiera parecer un alivio del torero.

No obstante, su estado de aflicción física era evidente, Ambos cronistas concluyen en que tras la muerte del sexto tuvo que ser auxiliado por sus compañeros de cartel y de cuadrilla para poder dejar el ruedo, dado el estado de agotamiento que presentaba. Pero eso no iba a detener a Juan Belmonte en si camino hacia la cumbre, pues para el siguiente domingo se anunció la repetición del cartel, a beneficio del trianero, aunque incluyendo en la combinación tres toros españoles de Peláez.

El anuncio del beneficio de Belmonte, para una semana después con el mismo cartel de toreros
El Toreo de la Condesa vio así por primera vez burladeros en su redondel. Se instalaron para auxiliar a un torero disminuido en sus facultades físicas. No mucho tiempo después dejaron de considerarse un alivio y pasarían a ser parte de la topografía cotidiana de ese y de todos los ruedos del mundo.

domingo, 22 de septiembre de 2013

El toreo llamado moderno. Cosa de tres (cuando menos)

Gaona y Gallito
Madrid 15 de mayo de 1918
Últimamente se han alzado voces que se proclaman gallistas, señalando a partir de algunos señalamientos de José Alameda, que José Gómez Gallito o Joselito es el padre del toreo moderno por haber sido el que realizó con mayor frecuencia el toreo de muleta ligado y en redondo. La afirmación de Alameda parte del análisis comparativo del natural de Belmonte, al que atribuye la traza de un muletazo de trinchera – toreo de expulsión, le llama – con una serie de naturales que el diestro de Gelves logró en la plaza vieja de Madrid el 3 de julio de 1914, la tarde de los siete toros de Martínez, reproducida en una película.

Creo que la apreciación que pretende conceder en exclusiva a Joselito la paternidad del toreo llamado moderno tiende a ser reduccionista. No es solamente la ligazón y el giro del toro en torno al eje que forma el torero en torno a su trayectoria lo que distingue a esa tauromaquia que representó el giro copernicano de la manera en la que los toros se lidiaban. Hay otros factores y personajes que aportaron lo suyo para que ello fuera posible y por ello, intentaré, a partir del mismo Alameda y de los personajes de la época en la que se dio ese giro, exponer lo que considero la realidad de su origen.

¡Déjalo que romanee…!

En su “Historia Verdadera de la Evolución del Toreo” – que resulta ser una versión anterior y políticamente incorrecta de El Hilo del Toreo – José Alameda explica lo siguiente:
Capítulo fundamental sobre el toro. Del toro determinante al toro determinado. En el arco que va de fines del siglo XIX a principios del XX acontece algo que tiene la mayor importancia en la evolución de la fiesta. Se precipita la selección del toro. Es algo que el público no ve, solo lo verá después, por sus resultados. En la etapa anterior, el toro determina el toreo; de ahora en adelante el toreo determinará al toro… Ya hemos visto que en el toreo anterior a “Cúchares”, la época del “Paquiro”, el toreo gravitaba sobre el primer tercio. El encuentro del toro y el picador era fugaz y multiplicado… Pero el toreo de muleta, por la propia condición de este instrumento y por el tipo de sus posibilidades, iba a descubrir pronto que requería… otra suerte de varas, nada de la suerte ligera de los tiempos de “Paquiro”, sino exactamente lo contrario; una suerte quieta y lenta… para que cobre la fijeza y el aplomo para el toreo de muleta… se trataba de obtener un toro al que se pudiera pisar otro terreno. Belmonte se lo pisa en 1912…(Historia Verdadera de la Evolución del Toreo, Págs. 67 – 69)
Culmina Alameda esta argumentación con una cita del doctor Gregorio Marañón – sin especificar la fuente – en la que el endocrinólogo madrileño augura que a través de ese proceso de selección se obtendrá un toro que más que pelear, colaborará con el diestro.

Recojo un diálogo imaginario, escrito por Juan Posada en su obra Belmonte. El sueño de Joselito – Premio José Mª de Cossío 1991 –, supuestamente producido a la salida del sexto toro de la corrida del 21 de junio de 1917, la famosa corrida del Montepío de Toreros en la que Rodolfo Gaona, Joselito y Juan Belmonte enfrentaron un encierro de la Viuda de Concha y Sierra:
Suerte Juan. Gracias. Vamos a ver si este quiere… Nada más aparecer la res, le dijo a su peón “Blanquet”: Ya tenemos aquí el toro del escándalo de “ese”. Acuérdate. Pero parece que gazapea un poco, respondió el banderillero. No importa. ¿No te das cuenta de que es un borrico y trota a su aire, sin molestar? Y acertó… (Belmonte. El Sueño de Joselito (1892 – 1962). Pág.78)
No dejo fuera de estos apuntes que Joselito influye notablemente en la busca de ese toro que Alameda llama determinado para la nueva lidia en cuya epifanía tiene parte fundamental. Así, adquirirá la ganadería de Benjumea y la enviará casi completa al matadero y por otro lado, facilitará la adquisición de una parte importante de la ganadería de la familia Murube por los Urquijo y los orientará – por breve tiempo – en los procesos de selección y formación de sus hatos, precisamente en la busca del toro requerido para hacer ese toreo diferente al que le fue inculcado.

El toreo en redondo

Sentado queda pues que Alameda parte de la corrida de los siete toros de Martínez como el punto de inflexión de la historia y del nacimiento de una nueva manera de enfrentar el último tercio de la lidia. Aunque también apunta que en algunos escritos se atribuye o a Cayetano Sanz o a Lagartijo o al mismo Guerrita el haber toreado al natural en redondo alguna vez. Hace una mención más extensa a una referencia que hace el doctor Carlos Cuesta Baquero – quien firmaba sus escritos como Roque Solares Tacubac – de haber visto a Fernando El Gallo, padre de Joselito hacerlo en la vieja plaza Colón de la ciudad de México. Busqué alguna referencia a ese hecho en los escritos del médico Cuesta y encontré lo que sigue:
Los aficionados antiguos, siguiendo las indicaciones de Montes “Paquiro”, admitimos que torear “en redondo” es que el espada practique una serie de pases naturales, perfectamente ligados – enlazados –. Que por esta continuidad, el toro describa un círculo en derredor del diestro, siendo éste el centro… El autor moderno, acepta que hay un pase natural que ha de nombrarse “en redondo”. Que a un solo muletazo puede darse esa calificación, siempre que el espada lleve su mano izquierda hacia atrás al cargar la suerte, haciendo que el trapo de la muleta describa una porción de círculo… En otra época también tuvieron esa equivocación los críticos de nacionalidad mexicana. Frecuentemente escribían: “Fulano dio un pase redondo”. Tal error culminó cuando estuvo toreando en los redondeles capitalinos – “Colón” y “El Paseo”, en el año 1889 – Fernando Gómez “El Gallo”. Era un artista en todo el torear, pero singularizaba su maestría haciendo los trasteos… practicaba pases al natural dando al vuelo de la muleta semejanza con un abanico al abrirse, cuando lo maneja una dama. Esa forma de segmento de círculo que tomaba el vuelo de la muleta fue lo que indujo a que dijeran; “pase redondo”. Igual sucedía cuando “El Gallo” toreaba en el pase ayudado bi – manual, haciéndolo con remate por abajo… Actualmente no admiramos en cada pase al natural esa forma de arco de círculo en el vuelo de la muleta, porque los espadas no dan suficiente rotación en la muñeca, por el afán de que el toro no se aleje… por consiguiente no debe decirse a un solo muletazos “pase en redondo”. Hay que decir PASAR EN REDONDO. (Lo que indica una manera artística, no un solo pase)”. (Los preceptos taurómacos, en La Lidia. Revista Gráfica Taurina. México, D.F., número 60, 14 de enero de 1944, Pág. 14.)
Entonces, de lo anterior resultaría que Cuesta no vio precisamente al señor Fernando torear en redondo y que la aportación de Alamedadescubrimiento si se quiere – resulta medular para entender cómo el toreo ha llegado a ser como es en la actualidad. 

Sin duda que lo que Joselito realizó al toro de Martínez y también lo que revelan unas fotografías de una actuación suya en Lima – probablemente ante un toro mexicano de Piedras Negras – nos dejan en claro que su entendimiento de las condiciones de los toros y su poderío para dominarlos, le permitía torear de esa manera a reses de condiciones aún no muy definidas como las de su tiempo y eso es sin duda otra de las piedras angulares de lo que es lo que se da en llamar el toreo moderno.

El que le quiera ver, que se de prisa…

Se afirma que Juan Belmonte tuvo la inmensa fortuna de haber sido acogido por los intelectuales de su tiempo y de haber sido biografiado por Manuel Chaves Nogales. Yo creo que eso es un intento – injusto – de demeritar lo que por sí solo hizo en su paso por los ruedos y por la vida. Hijo de un quincallero, cuando decidió ser torero, no tuvo más camino que recorrer la legua y torear, a la luz de la luna y a escondidas en el campo. El lugar elegido era la dehesa de Tablada, lugar en el que había alguna cantidad de ganado de media casta que a veces embestía y que permitía a aspirantes a toreros, golfos y tunantes calmar las ansias.

Belmonte desarrolló en Tablada una peculiar técnica para torear, misma que Manuel García Santos describe de la siguiente manera:
Él estaba acostumbrado a torear en Tablada ganado de media sangre… en el campo tenía que torear muy ceñido y muy en corto para que los toros no se le fueran, por eso su toreo comenzó y siguió siendo así, no despedía bien al animal… los aficionados decían que tenía el defecto de ser “codillero”… se llamaba “codilleros” a los diestros que no despegaban bastante los brazos. (Juan Belmonte. Una vida dramática. Págs. 57 – 58)
El codilleo era, creo, un efecto de ese torear ceñido y corto que describe García Santos y que no era más que un recurso para sujetar a los toros, que en la libertad del campo y respondiendo a su nada preclaro origen, intentarían huir de quien los hostigaba. Pero al mismo tiempo ese codilleo facilitaba al torero el atemperar las embestidas, agregando un nuevo ingrediente al hacer de las suertes: el temple.

La idea de Belmonte de hacer el mismo toreo a todos los toros de su tiempo hizo que muchos toros le cogieran en sus inicios. El toro al que Alameda se refiere como determinado salía, como escribía Corrochano, por rarísimo acaso y ese toreo de brazos pegados al cuerpo, ceñido, de corto trazo, por su naturaleza requería de un toro que permitiera que su embestida fuera atemperada por el diestro de manera que pudiera reponer el espacio necesario entre suerte y suerte.

Esa manera de torear generó también una cortedad en el repertorio del torero. El testimonio de Rodolfo Gaona sobre este particular es el siguiente:
Rompió moldes rancios. Hizo lo que nadie podía hacer y lo que todos juzgaban imposible de hacerse. Toreó en todos los terrenos. Y con los toros mansos o difíciles realizó faenas a que ninguno se atrevió, porque sabíamos por tradición que eso sólo podía ejecutarse con los toros bravos y nobles… Ahora, la verdad es que no siempre salía triunfante. Como es natural, algunas veces daba en el clavo y otras muchas en la herradura. Pero, el pase natural, a nadie se lo he visto dar como a Juan. Y esa verónica tan suave, templada, tan espaciosa, ni lo cerca que supo estar de los toros… Porque nadie, entiéndase bien, nadie, ha sabido estar más tranquilo en ese terreno. Todos los demás fuimos llevados a él por la fuerza… Pero supo hacer muy poquitas cosas. Comenzó con un repertorio corto y con ese acabó… Aprendió a torear, a defenderse de los toros… pero no tomó empeño por aumentar el repertorio… Juan no tuvo corte de torero largo... Su prestigio radica en la innovación que trajo al toreo; en que demostró que puede hacerse lo que se creía imposible. Y en lo poquito suyo, fue único… (Mis veinte años de torero, Págs. 288 – 290)
Esa era la reflexión que hacía El Petronio al tiempo de su despedida de los ruedos sobre la aportación de Juan Belmonte a la tauromaquia.

Ajustar los pies al verso de Horacio...

Rodolfo Gaona y Jiménez, natural de León de los Aldamas, México, fue formado como torero por Saturnino Frutos Ojitos, quien en su día fuera banderillero de Frascuelo. Pero más que enseñar Ojitos a su discípulo la tauromaquia que Salvador Sánchez desarrollara en los ruedos, le inculcó los modos de hacer y de comportarse de Lagartijo” y de acuerdo con la narración que hace Gaona en Mis Veinte Años de Torero, muchas reminiscencias hacía el banderillero de los ojos zarcos de otro torero calificado de elegante en el decurso de sus enseñanzas: Cayetano Sanz.

Alameda, en la obra que da pie para que yo meta aquí los míos, atribuye a Rodolfo Gaona una revolución en el toreo. Afirma que es un revolucionario porque lo universaliza. Y hace esa afirmación a partir del hecho de que hasta su irrupción en el ambiente taurino de España, todas las figuras del toreo habían nacido y se habían hecho en la piel de toro, pero que a partir de Gaona se admitió la posibilidad de que un torero de un origen distinto podría llegar a figura, incluso, sin pasar la reválida de la afición española.

Pero ese hecho histórico no es el que pone a Rodolfo Gaona en este espacio. Lo que le incluye aquí es lo que hacía delante de los toros. Como esto ya se pasa de extenso, cito directamente a Alameda que propone lo que sigue:
Llamarle a Gaona “Petronio del toreo” no es lo más, es lo menos que se puede decir de él. La consideración preferente de los valores espaciales, de postura o de plasticidad, es una trampa en la que ha caído la crítica y la historiografía taurina de ciertas épocas. Los valores de tiempo son esenciales en el toreo. Y Gaona los tenía. Ahí está el secreto: Gaona les andaba a los toros, pero no solo en banderillas – en lo que fue insuperable – también con la muleta. No solo para ir al toro para citarlo, sino dentro del desarrollo de la faena, para mantener la reunión entre suerte y suerte, en el enlace de ellas. Andándole, recolocándole sobre la marcha, siempre armónicamente. Por supuesto, en los toros que se acomodaba y en sus momentos felices, como todo artista. Hay pocos testimonios sobre Gaona. Pero en las pocas filmaciones que se conservan, se encuentran algunos momentos en que le anda al toro con un “tempo”, con una cadencia, que no es frecuente hoy día, pero menos lo eran en aquellos días. Esa cualidad de “andarle al toro”, después tan conocida y tan situada, la lleva a su cumbre Domingo Ortega… Pero el primero en la cronología del toreo moderno, es Rodolfo Gaona…” (Historia Verdadera de la Evolución del Toreo. Págs. 64 – 65)
Creo que esta aportación es la tercera piedra angular del edificio de la tauromaquia de la modernidad. El ritmo. O en la jerigonza de los músicos, el tempo.

Intentando terminar

El cambio en la manera de seleccionar al toro para las plazas es quizás el punto de partida de todo esto. Pero es un cambio que se funda en una nueva manera de enfrentarlo. Para ello, los toreros de la punta del escalafón comenzarán a influenciar de una manera directa las decisiones que el ganadero toma y la afición comenzará a aceptar eso como algo normal. Hoy quizás estemos pagando las consecuencias de eso y el toro que sale a las plazas sea, tomando la reflexión del doctor Marañón, demasiado colaborador.

En cuanto al toreo, recuerdo que un profesor de cuestiones de la administración pública nos decía que las instituciones y los sistemas, para progresar requerían avanzar con ritmo, con rumbo y con modo. Creo, mutatis mutandis, que esa misma idea se puede aplicar a la evolución del toreo. Y así, diré que el rumbo lo señaló Joselito, el modo lo indicó Belmonte y el ritmo lo marcó Gaona. Entonces, me es dable concluir que no es dable señalar que uno de ellos en lo individual, con exclusión de los otros dos es el padre o el creador del llamado toreo moderno.

Escribía don Guillermo F. Margadant, jurista e historiador que la historia no se puede entender como una sucesión de vistas fijas, sino como una película en la que todos los personajes de la trama van en evolución continua rumbo al desenlace y que en esa evolución y desenlace, cada uno de ellos, tendrá una influencia mayor o menor de acuerdo con su participación en el guión.

Por último, Gaona, Joselito y Belmonte – citados por orden de alternativa – dejaron las piezas de un rompecabezas – puzzle – que sería armado años después. El mismo Alameda nos expresa que la primera faena moderna fue realizada por Manuel Jiménez Chicuelo en México en enero de 1925 – ante el toro Lapicero de San Mateo – y después en Madrid, el 24 de mayo de 1928, con el toro Corchaíto de Graciliano Pérez Tabernero. En ambas faenas – con la del toro Dentista de San Mateo de intermedio – Chicuelo reúne el toreo en redondo, con el temple y el ritmo, todo al mismo tiempo, dejando tal impronta en la afición, que a partir de entonces, se exige y solo se entiende esa clase de faena.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Una fotografía con historia (III)



Fotografía: Manuel Vaquero. © Archivo Ragel.
Cortesía: Carlos González Ximénez
Para su actuación del 22 de septiembre de 1935 en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid, Juan Belmonte hizo saber que esa sería su postrera presentación vestido de luces ante el público de la capital española. Y se fue triunfalmente, cortando el rabo al toro Ocicón de don Francisco Sánchez de Coquilla, corrido en cuarto lugar esa memorable tarde. 

Apenas un año antes, al reaparecer ante la cátedra, había cortado, en la cuarta corrida de toros que se ofrecía en ese nuevo escenario, el primer rabo de su historia, a Desertor de doña Carmen de Federico. Eran los tiempos en los que se podía ser el primero en varias cosas en esa plaza. Así, Fortuna mató el primer toro en ese ruedo, Hortelano, de Juan Pedro Domecq, antes Veragua; Maravilla cortó allí la primera oreja; Armillita y Domingo Ortega dieron la primera gran tarde de toros y podemos seguir en una sucesión de primicias, pero no es aquí el caso.

La reproducción del hecho en La Voz

El día en el que probablemente su amigo Sebastián Miranda le hizo entrega del busto que carga en la imagen que da pie a que meta yo los míos, Juan Belmonte pronunció lo que sería su última lección magistral ante la afición de Madrid. Y lo hizo vestido de plata, así como cuando el día que reapareció, su vestido iba bordado en hilo blanco. Federico M. Alcázar, que por esos días tenía su tribuna en el diario La Voz, expresa estos pareceres acerca de la comparecencia de El Pasmo esa señalada tarde:

...Yo no sé si esta nueva estética llegará a su completa realización o quedará sólo en Belmonte, pues depende de que encuentre otro genio interpretativo – no creador – que lleve la lleve al término de su desarrollo dándole cabal y perfecta expresión... Yo no sé si Belmonte se va o se queda y si la de ayer es la última o penúltima corrida que va a torear. Si no es merece serlo, para que su recuerdo quede en la memoria de la afición... Como amigo, quiero que se marche y no se exponga a los riesgos que tiene la profesión, a pesar de que el riesgo – como ha dicho D'Annunzio y ayer me recordaba Sebastián Miranda –, es el eje de la vida sublime... ¿Qué faena fue la mejor? Las dos: pero de más mérito la del cuarto. Y el mérito de esta faena no radica en el número y calidad de los pases... sino en ver dónde estaba la faena y realizarla precisamente allí. En darle al toro lo que pedía... Y después de torear, matar. Y matar bien, esto es, con estilo de matador. Una tarde de apoteosis, con la oreja del primer toro, las orejas y el rabo del cuarto y un público enardecido que no cesa de aclamarlo delirante, loco de entusiasmo... 

La conclusión generalizada de quienes vieron al torero de Triana irse de los toros por propia decisión, era de cierta extrañeza. Se veía pleno de facultades y anunciando, como lo apunta la crónica de Alcázar, una nueva manera de hacer el toreo. Así también parece advertirlo Federico Morena, de El Heraldo de Madrid, que reflexiona lo siguiente: 

...El traje que lleva puesto – corinto y plata – es un símbolo. La montera también. Son – o lo parecen al menos – de aquella época, de la época de la alternativa. Representan cuanto de viril y grandioso tenía el toreo entonces. Representan también cuanto aportó al toreo Juan Belmonte, el verbo, el generador del nuevo arte... Los discípulos de Juan han aprendido, al cabo del tiempo, a parar y a templar. En esto alcanzan, sin duda, un alto grado de perfección. Pero no han dado con el secreto de ligar, pese a las lecciones que el maestro ha explicado en reiteradas salidas... 

Lo que Morena y Alcázar, ambos en su éxtasis por el triunfal adiós de Belmonte no alcanzan a vincular, es que unos cuantos años antes, otro torero sevillano – y trianero también – Manuel Jiménez Chicuelo, había encontrado la manera de reunir las piezas de ese rompecabezas suelto que implica el parar, templar y ligar al mismo tiempo. Lo había hecho ya en el viejo Toreo de México con los toros Lapicero y Dentista, ambos de San Mateo en 1925 y que en la Plaza de la Carretera de Aragón que estaba a punto de sucumbir a la picota, lo dejó patente con el toro Corchaíto de Graciliano Pérez Tabernero.
La entrega del busto vista por Martínez de León
en el diario madrileño El Sol

Quizás ese 22 de septiembre de 1935, cuando para lidiar esa corrida de Francisco Sánchez de Coquilla se acarteló con Marcial Lalanda y Alfredo Corrochano, Juan Belmonte decidió que era ya la hora del adiós, era porque sabía que el círculo se había cerrado y que, sus continuadores tendrían, a partir de ese momento la responsabilidad y el peso de llevar adelante la evolución del toreo.

Agradecimiento: Se lo expreso a Carlos González Ximénez, custodio y titular del Archivo Ragel, por haberme permitido utilizar la imagen que me permite expresar estas ideas y reciclar este texto publicado originalmente en su Tauropedia en mayo de este año.

Aclaración: Rebuscando sobre el tema, me encuentro en el ejemplar del semanario madrileño Crónica, aparecido el 29 de septiembre de 1935, una reseña firmada por Federico Piñero, en la que asegura haber visto esta corrida acompañado por el escultor Sebastián Miranda y que el que entregó el busto a Belmonte, fue un joven aficionado. La reseña de mérito, la pueden consultar aquí.

domingo, 8 de abril de 2012

8 de abril de 1962. Muere Juan Belmonte


Manuel García Santos, periodista jerezano que llegó a México al término de la Guerra Civil Española y que se quedó entre nosotros pa’ los restos, fue cronista titular del diario El Sol de México de la capital mexicana y fundó y dirigió varias publicaciones semanarias. La más destacada fue El Ruedo de México, que pretendía en una gran medida, ser una especie de espejo del que se editaba en Madrid por las mismas calendas y aunque su vida fue más corta, su aprecio por la afición mexicana fue muy grande, dada la calidad de la información que contenía.

García Santos publicó en 1962 un libro sobre la vida de Juan Belmonte, titulado Juan Belmonte. Una vida dramática, en el que recoge en alguna medida el testigo de lo que dejara escrito Manuel Chaves Nogales en Juan Belmonte. Matador de Toros, porque cubre, aunque sea de manera apretada, la vida del Pasmo de Triana a partir del momento en el que se cierra la extraordinaria biografía de Chaves Nogales, hasta el momento de la muerte del revolucionario del toreo.

Hoy se cumple medio siglo de la desaparición física del torero de la Calle Ancha de la Feria, considerado trianero porque allí se crió y porque de allí salió a los ruedos. Del libro de García Santos, extraigo algunas partes del último capítulo, relativo al último tramo de la vida de Juan Belmonte, que espero encuentren de interés y que sirva para recordar a este inmortal de la fiesta:

Yo tengo una gran amistad con Andrés Martínez de León. Andrés es, sin género de dudas, el mejor pintor de asuntos de toros que tiene España. Sevillano, lleno de gracia y de una inteligencia privilegiada, Andrés, que conoce a la fiesta por dentro como nadie y tiene ojos de lince en la plaza, ha captado con el embrujo torero de su lápiz los mejores momentos de Joselito, de Rafael “El Gallo”, de Gaona, de Juan Belmonte..., ¡de todas las figuras del toreo!  
Visitábamos en Sevilla, Belmonte y yo, una exposición de cuadros de Andrés, y llegamos a uno en el que, bajo un cielo anubarrado y lleno de presagios, en pleno campo andaluz, con luces precursoras de tormenta, aparece un caballista muerto, con la mirada vuelta hacia aquel cielo de plomo. Está el caballista entre el caballo que montaba y un toro que aparece en primer término a la izquierda.  
El significado era claro. Un toro había acometido al jinete en pleno campo y el jinete, al no poder dominar al caballo, cayó desmontado y sin conocimiento – muerto quizá – mientras el toro autor de la tragedia permanece quieto, pronto a arrancarse sobre el caído si hace algún movimiento, que es la actitud que toman los toros en el campo.  
Belmonte miró durante mucho tiempo el cuadro – se sentía fascinado por aquella magistral interpretación de Andrés, de las faenas camperas –, y comentó conmigo:  
- Esa es una muerte bonita para un torero que no haya muerto en la plaza... 
- ¿Lo cree usted así?... 
- ¡No voy a creerlo! ... Están en este cuadro los tres elementos que llenan y colman la afición de un torero: el campo, el caballo y el toro. Y esa muerte, a juzgar por cómo la ha pintado Andrés, ha sido una muerte sin agonías lentas, sin juntas de médicos a la cabecera, y familiares que se deshacen en llanto; sin inyecciones que no dan ya resultado; sin nada de eso que hace del instante de morir una cosa trágica, cuando la muerte debe ser, y lo es, un accidente natural...
- Entonces, Juan, ¿usted no admite que el torero muera en su cama?... 
- El torero debe morir sobre la arena de una plaza.  
Pero si lo respetan los toros y llega a la edad sosegada y pacífica del retiro – como se le supone que su afición no se ha borrado –, su muerte natural es a caballo, con las espuelas puestas y en un instante en que sus apetencias y sus glorias se hayan cubierto... 
Recientemente, en uno de los viajes que Belmonte hacía a Madrid para que lo viera Jiménez Díaz, éste le dijo:  
- El que está muy grave, yo creo que se va a morir, es Julio Camba.  
Julio Camba, el famosísimo escritor humorista, era uno de los entrañables amigos de Belmonte desde su primera época de novillero, cuando Juan ingresó en la peña de aquellos intelectuales de Madrid. Y la noticia sobrecogió a Belmonte, a pesar de que Belmonte tenía un corazón que resistía los mayores embates:  
- ¿Y de qué se muere Julio, doctor?...
- Como usted es un hombre excepcional y tiene más que probada su entereza, se lo voy a decir: Julio Camba se muere de la misma enfermedad que tiene usted. 
Belmonte fue a ver a Camba a su lecho de enfermo.  
Camba no era ya Camba. ¡Era una piltrafa humana que aguardaba, semiinconsciente o resignado, el momento ya próximo de entregarle su alma a Dios.  
Todos los amigos de Madrid me cuentan que la muerte de Julio Camba impresionó profundamente a Belmonte. Por lo mucho que quería a Julio y porque en esa muerte veía retratada la suya, no muy lejana ya... 
Se quedó en Madrid Belmonte y allí estuvo hasta el entierro del amigo dilecto. Después de cumplida esa misión, Belmonte se volvió a Sevilla, no sin que antes le dijera Jiménez Díaz:  
- Usted puede durar unos años todavía. Unos años si... vive con método y si abandona esa afición absurda, por lo peligrosa, de montar a caballo…  
Regresó Belmonte a Sevilla y regresó solo, como solo vivía desde hace mucho tiempo. Su esposa quedó en Madrid, y sus hijas, casadas ya, permanecieron en sus hogares.  
De todo esto me tenían al corriente amigos íntimos de Belmonte y míos, y ya he dicho que su sobrino, Alberto Blanco Belmonte, me había dicho en Guadalajara que si quería ver a Belmonte que no dejara de acudir a esta Feria por si para la próxima... 
Y el domingo, día 8, cuando yo activaba los preparativos para mi viaje a España, los semanarios mexicanos daban la noticia terrible: “¡Murió Juan Belmonte!...”  
Primero no intenté siquiera pensar en la noticia. Me bastaba – ¡y me sobraba! – con el hecho de sentirla. Suspendí mi viaje y quedé anonadado. Al día siguiente comencé a hacer conjeturas. Y a devorar las informaciones de prensa y a escribir a mis amigos de Sevilla en demanda de detalles. Se decía en principio que había muerto repentinamente, en el escritorio de su finca de Gómez Cardeña, al regreso de una dura tarea a caballo en la que, no sólo había derribado varias vacas sino que – esto se susurraba en los corrillos – había toreado a un semental de su ganadería.  
Luego se habló de suicidio. La noticia se puso en cuarentena, por discreción natural y por respeto a Juan. Pero cada vez adquiría el rumor mayores caracteres de cosa cierta. ¡Sí!... ¡Se suicidó de un tiro en la sien derecha!... ¡Había estado muchas horas a caballo galopando sin tregua y, como al llegar a Gómez Cardeña – al caserío – tuvo una hemorragia terrible, sacó del cajón de su escritorio una pistola y se mató!...  
Yo repasaba mis recuerdos. Volvía a vivir aquellas horas de angustia que padeció Belmonte en su primera época de matador de toros, cuando su afición desmedida por las lecturas le trastornó un poco el juicio e intentó varias veces suicidarse... Recordé sus tristezas de niño; aquellos paseos vespertinos con su padre hasta los billares de la calle de La Sierpe, donde el niño Belmonte se aburría muchas horas viendo a su padre carambolear, y oyendo conversaciones de hombres maduros, que decían cosas que él no entendía, pero que le iban abriendo los ojos hacia una vida llena de materialismos y de concupiscencias... Belmonte había roto con aquello para algo peor; para ir a caer en las pandillas de golfos – toreros de San Jacinto, donde ya la vida se le fue perfilando a Juan como algo muy duro, como algo lleno de crueldad, contra lo que había que enfrentarse para no ser vencido... Luego, los fracasos en las plazas de toros, el trabajo duro en Tablada – trabajo que no alcanzaba la remuneración proporcionada al esfuerzo –, y la vuelta a los toros, y aquel jugarse a diario la vida para llegar a ser lo que fue y verse acariciado por la fama, el dinero y la adulación de las gentes... 
Recordé el cuadro de Andrés Martínez de León, del hombre muerto cara al cielo, con las espuelas puestas, con el caballo y el toro enmarcando sus últimos instantes... ¡Recordé tantas cosas!... Y no dejaba de machacarme en el cerebro la idea del espectáculo que Belmonte había visto en su última visita a Madrid, cuando su amigo Julio Camba se debatía extenuado, flaco y hecho un pingajo, con la muerte por arterioesclerosis.  
Quise reconstruir – sin calar muy hondo en detalles y en circunstancias Íntimas por el cariño que le tuve y por respeto a su memoria – los instantes que precedieron a la muerte de Juan. Mis familiares y mis amigos de Sevilla coinciden todos:  
- Mira: lo que se dice, pero sin estar comprobado, es que Juan toreó un semental – acaso quería que lo matara un toro, ya que sus piernas estaban demasiado torpes – y que además de torear al semental estuvo derribando vacas hasta el cansancio. Llegó a la finca, desmontó y subió torpemente la escalera. Al ama de llaves, que acudió a preguntarle si deseaba algo, le pidió una copa y recado de escribir. Tomó la copa – antes había tenido en el cuarto de baño una hemorragia terrible –, escribió unas líneas cortas para explicar que se mataba, y se pegó un tiro en la sien derecha. En esa sien en la que tenía, como señal indeleble, la cicatriz de la cornada en el Arahal. Acaso se pegó el tiro sobre la cicatriz de su triunfo y de su primer drama...  
Cuando descubrieron lo sucedido, acaso por el ruido del disparo, se llamó a un sacerdote, se reclamaron los auxilios de un médico. El sacerdote actuó con arreglo a su sagrado ministerio y el médico, cuando llegó, sólo pudo certificar la muerte de Belmonte. 
Se le amortajó con el hábito del Cristo de la Expiración – el capuchón del hábito encubre piadosamente el boquete terrible del balazo – y se cursaron telegramas a los familiares, a los amigos, a todos aquellos a quienes pudiera afectar directamente la pérdida del gran torero y el hombre genial que acababa de fallecer... Y eso es todo.  
No. Eso no es todo. Hay mucho más. El féretro que contenía el cuerpo de Belmonte fue llevado a la Catedral Metropolitana de Sevilla, donde se celebraron solemnes funerales por el descanso de un alma que no había descansado nunca. Los cantos litúrgicos imploraron para Belmonte una paz que jamás conociera el hombre cuyo vivir fue una guerra continua. Luego el féretro salió en hombros por la Puerta del Perdón – ¡qué bello el símbolo! ... – que comunica al Patio de los Naranjos con la calle. Y organizada ya la comitiva, el luto de Sevilla seguía al cadáver del torero en un acto de dolor intenso, profundo, sin llantos histéricos ni alardes de una pena que, por ser muy honda, aparecía serena en la superficie. Se enlutaron los balcones del trayecto. Se asomaban las mujeres sevillanas que se habían asomado cuarenta años antes para ver pasar al ídolo... Y en un instante el pueblo sevillano reaccionó. Se apoderó de los restos gloriosos y se encaminó con ellos hacia la Plaza de la Maestranza, hacia el lugar donde tuvieron lugar las hazañas homéricas de aquel hombre que ahora iba en su féretro, rígido, y con una indiferencia hacia todo, que culminaba la indiferencia que tuvo siempre frente a la vida. 
No se abrió la plaza. Se detuvo el cortejo frente al arco de forja bajo el que tantas veces Belmonte salió en hombros y aclamado con vítores, y el cortejo siguió a la calle Castilla, esa calle tan ligada a los episodios de su vida heroica. Y de allí al cementerio florido de San Fernando, donde está el “Espartero”, donde yacen Antonio Montes y “Gitanillo de Triana” y Rafael “El Gallo” y todos los que fueron glorias del toreo en Sevilla. A la entrada del cementerio, a la izquierda, Joselito “El Gallo”, con el rostro de cera y envuelto en un capote, va conducido en olor de multitudes – gitanos, señoritos, bailaoras, cantaores de flamenco, toreros, ¡el pueblo entero! –, todo eso hecho piedra por el cincel maravilloso de Benlliure.  
Allí paró el cortejo. José, en piedra y llevado por persona j es de piedra y bronce, vio llegar a su compañero que venía en carne, y conducido por muchedumbres de carne, y llegaba después de cuarenta y dos años de espera. ¡Ya estaban juntos otra vez los dos colosos!... ¡Ya podía reanudarse en las noches de luna de Sevilla la competencia aquella que exaltaba a los públicos hasta el paroxismo!... Fernando Villalón, el ganadero – poeta que cinceló los “Romances del 800” podía repetir su elegía corta – cortada como un cante por solea –, que ahora repetirán los gitanillos del Altozano y canturrearán en las carreteras llenas de sol los torerillos que van a las capeas llenos de fe en su destino y de admiración por Juan Belmonte:  
“¡Puente de Triana!... 
Yo he visto un lucero muerto que 
se lo llevaba el agua!...”  
Si don Juan Fermín de Plateros viviera todavía, iría en los atardeceres a rezar a la tumba del torero glorioso que “se murió con las espuelas puestas y vestido de campo”.  
Yo sé de una mujer – antes bellísima y ahora, si todavía vive será una anciana respetable –, cuyo padre criaba los toros más bravos y de mejor trapío que salían a las plazas. Esa mujer, que fue el amor frustrado, ¡el gran amor de Joselito!, ha estado yendo a dialogar íntimamente con él durante muchos años al Cementerio de San Fernando. Si vive todavía y continúa con su costumbre de visitar al novio espiritual que tuvo, acaso con esa intuición y esa sensibilidad tan fina que tienen las mujeres, oiga diálogos entre Juan y José, y acaso Joselito le repetirá a Juan las palabras que le decía Sánchez Mejías cuando lo incitaba para que volviera a los toros:  
- “Llevo esperándote aquí muchos años... Los dos éramos el toreo y uno solo era incompleto..., le faltaba el otro. ¡Pero ya nos hemos reunido!... ¡Bienvenido seas, Juan!... 
Así es como narró Manuel García Santos, en su día y a la distancia, los últimos tiempos de Juan Belmonte. Espero que hayan encontrado interesante esta narración y los recuerdos que contiene.

domingo, 5 de junio de 2011

En el centenario de Armillita, VI

3 de junio de 1945: Armillita corta un rabo en su reaparición en Sevilla

Anuncio de la Corrida de la Prensa
de Sevilla de 1945 aparecido en el
diario ABC de Sevilla
Todas las referencias de la Historia parecen llevarnos a la conclusión de que en el año de 1936, Armillita sería el torero que más fechas sumaría en España. La misma Historia nos deja claro que dos acontecimientos, en apariencia desvinculados entre sí, acabarían por impedir en definitiva ese logro. El primero fue la Orden Ministerial publicada en la Gaceta de Madrid del 3 de mayo de ese año, mediante la cual se impusieron a los toreros extranjeros – sin distinguir nacionalidades, aclaro – una serie de condiciones difíciles de cumplir ya iniciada la temporada y suscrita por Enrique Ramos, en esos días Ministro del Trabajo, Sanidad y Previsión de la República Española y el segundo, el inicio de las hostilidades de la Guerra Civil, un par de meses después. Afirmo que la desvinculación de ambos hechos es aparente, porque el tufo político de la Orden Ministerial que menciono no se puede ocultar y creo que algo tiene que ver con los demás conflictos que desembocaron en la sangrienta confrontación armada, pero eso lo discutiré en otro espacio, probablemente aquí mismo.

El hecho es que debido a esa Orden Ministerial, Armillita y un importante número de toreros mexicanos que actuaban en España, sin distinción de categoría tuvieron que volver a México y durante el transcurso de la Guerra y un lustro después de ella, permanecieron alejados de los ruedos hispanos, porque si bien algunos diestros hacían campañas europeas en Portugal y en Francia, el arreglo con la torería española tardó unos años más en producirse y fue precisamente cuando para la campaña invernal 1944 – 45, don Antonio Algara contrató a los primeros diestros españoles que venían a México en preparación de la traída de Manolete para el siguiente invierno.

La vuelta del Maestro Fermín a las plazas españolas

En el ámbito de esa nueva apertura, es que Armillita vuelve a hacer una campaña española, pero ya en términos distintos a las que llevó a cabo entre los años de 1928 a 1936, pues fue a torear en plazas de primera, en un número reducido de festejos y percibiendo honorarios de acuerdo a su indudable categoría. Es así que el resultado final de esa temporada de 1945 se redujo solamente a 32 festejos, 28 en España y 4 en Lisboa. Dos de ellos tuvieron lugar en la Maestranza sevillana y el que me ocupa en este espacio, fue la Corrida de la Asociación de Prensa de Sevilla, misma que tuvo lugar el domingo 3 de junio de ese calendario.

Molinete de Armillita
por Carlos Ruano Llopis
Refiere Filiberto Mira en su libro Medio Siglo de Toreo en La Maestranza, 1939 – 1989, que originalmente se había pensado en Silverio Pérez para formar parte del cartel, dado que El Faraón nunca había actuado en esa plaza, pero al final, la dirección de la Asociación de Prensa consiguió que fuese Armillita el que integrara el cartel de ese tradicional festejo junto con Domingo Ortega y Pepe Luis Vázquez, para enfrentar un encierro de Manuel González Martín – de origen Juan Contreras y hoy correspondiente a la ganadería de Baltasar Ibán –, una vacada que en esas fechas se encontraba en sus horas bajas.

Como dato curioso, Fermín Espinosa había tenido solo 4 actuaciones anteriores en Sevilla. Se había presentado en la Maestranza el 27 de abril de 1930, alternando con Marcial Lalanda y Mariano Rodríguez Exquisito en la lidia de toros de Villamarta; volvió en 1932 y en 1933 actuó 2 veces, cortando una oreja el 20 de abril. Así que en alguna manera, en el decir de José Carlos Arévalo, era un torero visto y no visto…, pero también, quedaba en cierto modo patente aquello que se imputa a la afición hispalense, en el sentido de que los toreros que no son de por esos rumbos, tardan en calar en su ánimo.

La Corrida de la Prensa de 1945

La crónica del festejo, suscrita por Antonio Olmedo DelgadoDon Fabricio en la edición sevillana del diario ABC del martes 5 de junio de 1945, titulada Decíamos ayer…, en clara alusión a la expresión que se atribuye a Fray Luis de León al momento de retomar su cátedra en Salamanca después de dos años de injusta prisión y por ende de separación de ella, en lo medular dice:
¡Con qué gusto ha vuelto a torear Armillita en la Real Maestranza de Sevilla! Había el domingo en la famosa plaza fiesta de campanillas. Armillita era el primer espada de una terna de maestros, que la Asociación de Prensa había elegido para su tradicional y renombrada corrida y en tal oportunidad la preeminente figura mejicana volvía a pisar el ruedo sevillano al cabo de poco más de una década. 
La emoción del artista, ganada por el ambiente, que otro tiempo auspiciara sus claros triunfos, era ostensible en la franca sonrisa que irradiaba la cara de Fermín al hacer el paseo las cuadrillas. Armillita, sin duda, sentía cercano el halago de las palmas logradas en pretéritas tardes triunfales: se le había pasado el tiempo. Y no a renovar añejas proezas, sino a continuarlas salió a la plaza Fermín. Abrió éste su capote ante el primer toro para dibujar unos lances majestuosos a la verónica, que arrancaron el olé unánime; terció en quites con idéntica perfección y las palmas restallaron como el trueno. Aquello era sencillamente que Armillita reanudaba sus enseñanzas en la famosa cátedra del Baratillo, y así, al comienzo de la interesante lección de tauromaquia con que había de regalar el gusto de la afición docta e iniciar en los secretos del arte a los aprendices de aficionado, pudiera haber repetido la famosa frase: «Decíamos ayer... ». 
La lección fue completa, sin tacha alguna. Banderilleó Armillita a sus dos toros con facilidad y limpieza, llegándoles alegremente para lograr la más ajustada reunión; brilló con el capote en lances y quites de ley, más con la muleta logró dos faenas magníficas, la primera brindada al público e iniciada con un perfecto pase de pecho y otro natural por alto, continuada con cuatro naturales soberbios de puro estilo. Esto es, dando la pierna y cargando la suerte como ésta quiere cuando se ejecuta a la verdad. No importó que el toro se aplomara para que Armillita desgranase toda la gama de su extenso repertorio, en el que ni siquiera está excluido el novísimo molinete de rodillas. Vistosísimos adornos pusieron fin a la faena, por sí sola merecedora de la oreja, que no fue concedida, aunque el público la instara insistentemente. Señaló bien Armillita y secundó con media lagartijera. ¿Por qué, pues, el rigor presidencial? Huelga decir que Armillita fue objeto de todos los homenajes. 
En su segundo, un toro manso y gazapón, cuya muerte brindara a Juan Belmonte, Armillita cuajó otra faena por bajo, de muletero grande, la que culminó en derroche de arte y gallardía al torear en redondo, pisando el espada un terreno en la que la jurisdicción del toro quedaba anulada. Después de señalar dos veces, Armillita fulminó a la res de una estocada hasta la bola. Las orejas y el rabo del manso lucieron en las manos del triunfador al dar la vuelta al ruedo y salir al tercio a saludar. Hoy como ayer…”
Lo que no cuenta la crónica en torno al suceso

Filiberto Mira tendría cerca de 18 años cuando los hechos ocurrieron y casi once de vivir en Sevilla y asistió al acontecimiento, aunque en sus obras cita también las versiones de dos aficionados, Manuel Baena y Rafael Ríos Mozo. En el libro arriba mencionado afirma que el brindis de Armillita a Juan Belmonte fue de la siguiente guisa:
Con el recuerdo a Gallito, tengo el honor de brindarle esta faena en Sevilla, con el deseo de que sea digna del torero al que se la dedico. Va por Usted, Maestro…
De la versión de Manuel Baena, el mismo Filiberto Mira invoca directamente la siguiente afirmación:
Al terminar esta corrida me comentó Manuel Baena, aficionado ultragallista: Niño, con lo que le has visto hoy a Armillita, ya tienes idea de lo que fue José el Gallo. Sólo José podrá igualar lo que esta tarde le ha hecho Armillita al cuarto toro. Y fíjate bien, que te digo igualar, porque superar lo de Armillita es un imposible en el toreo…
Años después, Fermín Espinosa le referiría al propio don Filiberto el siguiente suceso, ocurrido en los días posteriores a la corrida:
…fui yo con mi esposa después a dar un paseo en coche con caballos por Sevilla y los hombres se descubrían al verme pasar. Después hicimos parada en el Parque de María Luisa, para tomar un refresco en el Bar Bilindo. Al verme descender los que estaban allí se pusieron de pie y me dieron una gran ovación. Ese ha sido uno de los más grandes momentos de mi vida de torero. Una cosa como esa, sólo es posible en Sevilla…
Para terminar

Armillita, triunfador
Tras de este, su gran triunfo en Sevilla, Armillita volvería a La Maestranza al año siguiente y actuaría tres veces en su albero. El día de la Asunción – de la Virgen de Los Reyes, dicen allá – dictaría su postrera lección magistral en el Baratillo – también en Corrida de la Prensa –, pero eso quizás sea objeto de otro espacio, aquí mismo.

domingo, 31 de mayo de 2009

¡Los dos solos!: Como era antes y como es hoy

Ha terminado la Feria de San Isidro y hay mucho material para la reflexión. El éxito se apareció muy de momento en momento en la Plaza de Las Ventas y los momentos amargos fueron los que se sucedieron con más regularidad de la que todos quisiéramos y confirmando al final, que los presagios que se hicieron sobre la inadecuada y cicatera confección del serial, tenían fundamento lógico y que solo era cuestión de tiempo su confirmación.

En el entretiempo de la Feria de Abril de Sevilla y la de Madrid, comenzó a circular la especie de que en septiembre se daría en el Coliseo Romano de Nimes, un mano a mano entre dos de los toreros ausentes del ciclo de Madrid y que en consecuencia Enrique Ponce y José Tomás dirimirían ante los toros las diferencias que mediáticamente han hecho públicas.


La nota esencial que de esto se puede deducir sería que después de hablarse por años de vetos, de ventajas tiradas en los despachos, de evasiones premeditadas y de otras cuestiones que a la hora de la verdad poco o ningún sustento tienen, los directamente involucrados darían su versión en el lugar en donde realizan su principal forma de expresión: el ruedo de una plaza de toros.

El anuncio de esa posibilidad induce a la reflexión. El encuentro de esos dos toreros en una corrida de toros, que sin duda han de ser los que más atractivo de taquilla representan en este momento, es uno que se gestó en los medios. Antes, ese tipo de enfrentamientos se barruntaban en el ruedo, delante de los toros y de cara a la afición, que era la que los exigía. Hoy, tal parece que es a dimes y diretes como se gestionan las carreras de los toreros. Y parece ser que si es en la prensa rosa, mucho mejor.


Hace ya algunos ayeres sucedió un hecho, en Madrid mismo, en el que al mediar una corrida de toros, la afición congregada en la Plaza de la Carretera de Aragón, pedía a la empresa la actuación de dos diestros solos. Recurro a la Hemeroteca y a la Biblioteca y paso a contarles…

El 21 de junio de 1917 tuvo lugar en la vieja plaza de Madrid la Corrida del Montepío de Toreros, fasto que anualmente se celebraba para fondear a la mutualidad que se hacía cargo de costear los costos que generaba la estancia hospitalaria y la inacción de los diestros heridos. La fundación de la Asociación Benéfica de Auxilios Mutuos de Toreros – es su nombre oficial – se debe principalmente a la iniciativa de Ricardo Torres Bombita, que toma en 1909 – este año sería el de su centenario – el testigo de la labor que en el siglo anterior iniciaron Luis Mazzantini y Minuto.


En ese cartel de 1917, se lidiaron tres toros de la Viuda de Concha y Sierra (1º, 2º y 6º), dos de Gregorio Campos (3º y 4º) y uno del Marqués de Salas (5º), éste en sustitución de uno de Campos, devuelto por inválido. Los diestros que enfrentaron esos toros fueron Rodolfo Gaona, Joselito y Juan Belmonte, quien de acuerdo con sus propios recuerdos y lo que las crónicas de esa tarde reflejan, realizó una de las mejores faenas de su historia en la capital española.

Sobre esa tarde particular, Manuel García Santos, cuenta lo siguiente en su libro Juan Belmonte. Una Vida Dramática, publicado en México en el año de 1962, a poco de la muerte del torero de Triana:

… El público, enfebrecido, reclamó a Gaona también para que diera la vuelta al ruedo con Joselito, y aquello era el triunfo más grande que se recordaba para dos toreros. Al final de unas ovaciones que parecían interminables, la gente se volvió de espalo das al ruedo para dirigirse al representante de la empresa, que era Manolo Retana, y gritarle a coro:

- ¡Una corrida para los dos solos!... ¡Para los dos solos!...

Y todavía señalaron más, y gritaron estentórea mente: - ¡Fuera Belmonte!... ¡Que se vaya Belmonte!... Cuando sonó el clarín para la salida del sexto toro el público se disponía a abandonar la plaza. ¡Ya qué se iba a ver después de aquello!...



… Se abrieron los toriles, salió a la arena el toro, y el público se quedó un momento al ver a Juan Belmonte irse hacia la bestia. ¿Haría algo Juan?... ¡Era difícil!...

… Se fue al toro a la salida del caballo en la última vara, y dice él refiriéndose a ese instante:

"Dejándome de adornos y alegrías llamé a la res como manda la ley del toreo rondeño puro y, entregándome al placer de torear, con una confianza ciega, le di media verónica que acaso sea la mejor que haya dado en mi vida torera. Guardo de aquel lance la impresión de que el toro era una masa moldeable que se enroscaba en mi cuerpo y se plegaba inverosímilmente a mi cintura y a mi capote..."

"Dicen que fue aquella la mejor faena que yo he hecho en mi vida. Quizá. Yo sé únicamente que en aquel trance en que me había puesto mi abandono, hice lo que de modo inexcusable había que hacer para seguir siendo torero. Por eso seguí siéndolo. No se me concedió la oreja del toro porque la estupefacción de la multitud ante lo que sus ojos habían visto era tanta que nadie se preocupaba más que de llevarse las manos a la cabeza y dar rienda suelta a su emoción. La familia real, que presenciaba la corrida, permanecía también en la plaza terminada la corrida – cosa desusada en ellas –, y los buenos aficionados deliraban. Creo que un momento como aquel vale por todas las amarguras de la vida del torero. Porque así me lo parece es por lo que caigo en la impertinencia de contarlo yo mismo con una pueril inmodestia..."



Las crónicas de la fecha narran lo siguiente. En El Imparcial del 22 de junio de 1917, Barbadillo dice:

No se podría, por mucha voluntad que se pusiera en ello, relatar calmosa y ordenadamente lo sucedido en la fiesta de ayer. Vibra la pluma como si tuviera alma, y parece que sola, sin la mano nerviosa que la guía, podría correr atropellada y loca sobre el papel, trazando una vez y otra el nombre heroico, Belmonte, Belmonte, Belmonte. Siempre Belmonte y Belmonte no más. Inevitablemente, fatalmente, cuando se intenta concretar los mezclados recuerdos de la tarde, solo se ve salir de los chiqueros aquel torillo largo, flaco y feo, pelear tan suave y noblemente en la lidia más bella, más bizarra, más pinturera que ha visto la Plaza de Madrid desde hace muchos años, por parte de Rodolfo, José y Juan y por parte también del estupendo rehiletero Magritas y acabar cayendo a los pies de un magno artista tras la soberbia faena que nunca, nunca, nunca podrá ni él mismo superar…

…Nadie se mueve. Algunas manos ondean pidiendo la oreja. Luego caen lacias, sin insistir. La gente está rendida por la paliza de la enorme emoción. Unos muchachos se echan al ruedo, cogen al espada, lo pasean por el redondel. La Plaza entera, aún las personas de la Familia Real que siguen en su palco, prorrumpe en un aplauso cariñoso. Sale Belmonte por la puerta en triunfo. Sale la gente luego…

¡La mejor tarde de una vida torera!

¡Tal vez la mejor tarde desde que el toreo se inventó!


En la edición matutina del diario La Correspondencia, de Madrid, también del 22 de junio de 1917, el cronista P. Álvarez relata:

SEXTO. ‘Barbero’ número 45, negro y con abundante cornamenta. De Concha y Sierra. Belmonte veroniquea en las tablas del 1, y luego, después de un quite, administra dos verónicas apretadísimas y media, tan ceñida, que se arrolla el toro a la cintura. Gaona luego torea sublimemente de rodillas. José se mete dentro del toro con tres medias verónicas. Sigue el de Triana que pone de pie al público con sus medias verónicas y un farol limpio y diáfano. Finalmente acaba el asunto Gaona con unas gaoneras monumentales. Los tres toreros tienen que saludar, descubriéndose, cuando acaba el tercio, que ha sido como pocas veces se ve. Magritas está colosal en banderillas y Maera cumple. Belmonte nos pone de pie, pues cada pase es una ovación ensordecedora. Hay molinetes, naturales y se queda de rodillas toreando. Media estocada, entrando bien y se queda muleteando de una forma tan ceñida, que es imposible describir. Descabella a la primera, y hay ovación y petición de oreja. A Belmonte lo pasean en hombros por la plaza, entre una imponente ovación.



Por su parte, Don Severo, en La Lidia, del día 25 de ese mismo mes, describe lo que sigue:

…Los dos, los dos repetía el público.

Esto significaba la inutilización, la proscripción de Belmonte, que había quedado mal en el tercer toro y que se había echado al público encima en una caída peligrosa por dejar al piquero a merced del bicho.

Pero Juan Belmonte tiene amor propio, y sabe aprovechar las ocasiones. Y como la ocasión se presentó al poco rato, vino con ella la rehabilitación del trianero…

…Muchas veces he visto a Juan, bien, muy bien, superior. Pero como la tarde del jueves, no lo he visto nunca. Tan variado, tan preciso, tan suave, tan emocionante, no le había visto nunca.

Tenía que realizarse esa faena en la plaza de Madrid y tenía que venir yo verla yo desde Barcelona. Yo que admiro a Juan Belmonte en lo que vale; pero que no soy un partidario incondicional suyo, como muchos de los que ni siquiera le han visto torear...

Belmonte vuelve a ser lo que era. El Belmonte de las grandes tardes de emoción y de arte incomparable. El que se transforma delante de los toros y compone figuras magníficas. ¿Que ahora volverá a estar tres, cinco, diez corridas apático, indolente, sin afición? Es fácil; pero el día que le salga otro toro a propósito hará lo que hizo el jueves.

Hoy Juan Belmonte se parece en este detalle, a Rafael el Gallo. El día que quieren ó les sale un toro que embista...

Yo siento que el amigo Durá no haya hecho la crónica de esta corrida. Habría dicho del trianero lo que acabo de consignar y mucho más. Adolfo Durá, es de los belmontistas conscientes…



¿Sería esta la tarde en la que se inspiró Alameda para escribir su soneto de la Estampa de Gaona con Gallito? Suena a tal, porque fue, según las relaciones que llegan a nuestros días, una de esas fechas en la que los dos colosos salieron a defender su sitio de privilegio, así como también, ante el apremio, lo hizo también Belmonte y de una manera inenarrable.


Pero como podemos ver, el modo de hilar las cosas de ayer a hoy ha variado radicalmente. Gaona y Gallito precisamente ante el toro lograron convencer a la afición madrileña de su día de la necesidad de verles solos, sin prensa, juego de despachos u otro tipo de campaña de por medio, pero no contaban con que El Pasmo despertaría y volvería a poner las cosas en su sitio. Hoy, bastan dos o tres ditirambos mediáticos y ya está, cuando para dar verdadero fondo a esas confrontaciones hay que cocinarlas, ante el toro.

Así era entonces y así es hoy. ¿Veremos algún día que se pida, en las plazas de estos tiempos, algo similar?
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