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domingo, 11 de septiembre de 2011

Una estampa del pasado (VII)


Número 3 de Toreros
(Biblioteca Digital de la Comunidad de Madrid)

Toreros fue un semanario taurino ilustrado madrileño que salió a la luz el 5 de marzo de 1911 y que vio su último número el 17 de marzo de 1912. Su fundador y propietario fue José Velasco y su director fue José Carralero Burgos. La redacción, administración y talleres de la revista se ubicaban en la calle de Andrés Borrego número 17 y de acuerdo con su declaración de principios, aparecida en una breve columna titulada Nuestros Propósitos, en el número 1, se señala que: ...no venimos a la lucha periodística con deseos de lucrarnos y ser uno de tantos semanarios taurinos. Sólo venimos y para ello serán nuestros esfuerzos, a ser fieles intérpretes de todo cuanto se relacione con la Fiesta Nacional....

De la página 11 del número 3 de la revista, fechado el 19 de marzo de 1911, extraigo esta colaboración de su director, José Carralero Burgos, acerca de lo que él considera que van a hacer los asistentes a los festejos en la Plaza de Madrid:

El Público en la Plaza
A lo que van á la plaza de toros de Madrid algunos espectadores:

Los buenos aficionados, a ver, oír y callar.
El entusiasta, a ovacionar a su ídolo aunque le echen los toros al corral.
Los pollos modernistas, a estrenar sombrero cordobés.
Los calaveras, a armar todas las broncas que puedan.
Los carniceros, ultramarinos y otros honrados ladrones, a silbar a los tenientes de alcaldes para vengarse de las multas que les imponen.
Los zapateros, a ocupar dos asientos.
Los paletos, a comer y a emborracharse.
Los carteristas, a ver si se pega algo.
La dama aristocrática, a lucirse.
Las pollitas, a por novio.
La moza de rumbo, a dar la puntilla a algún aficionado.
 
José Carralero Burgos

Publicación original del comentario
de José Carralero
Como podemos ver, muchas costumbres, por mucho que haya un siglo de por medio, aún no han cambiado, quizás por eso, la Fiesta guarda el estado que actualmente tiene.

domingo, 7 de agosto de 2011

Una estampa del pasado (VI)

De alternativas, confirmaciones y otras cuestiones (no tan veredes)

El ejemplar de Pan y Toros al que aludo
Durante muchos años las cuestiones relativas a las alternativas y a la antigüedad de los matadores de toros fue una de las zonas grises de la regulación de las fiestas de toros. Es célebre el enfrentamiento que tuvieron sostuvieron Cúchares y El Chiclanero en la Plaza de Madrid por motivos de esa primacía en la actuación en ese ruedo y por consiguiente, en las demás plazas de España. Un interesante desarrollo sobre ese conflicto, lo planteó hace ya un lustro Sota, en la Taurofilia de mi amigo Martín Ruiz Gárate, sitio a donde les invito a dirigir sus pasos para ampliar su visión y conocimiento de ese interesante asunto.

Hace 114 años, en el número 71 del semanario madrileño Pan y Toros, fechado el 8 de agosto de 1897, cuya dirección literaria estaba a cargo de Leopoldo López de Saá y la artística de Emilio Porset, se publicaba un interesante artículo firmado por J. Vázquez acerca del cuestionamiento que se hacía a la alternativa y antigüedad del pundonoroso diestro cordobés Antonio de Dios Moreno Conejito, por el mero hecho de haberla obtenido en la plaza de Linares y no en una plaza de Maestranza o en la misma de Madrid, obligándolo a confirmarla. 

Existe una especie de leyenda, en el sentido de que en realidad, Conejito se negó a recibir de nuevo la alternativa en Madrid por recomendación de su padrino Guerrita, quien se dice le dijo: «Antonio yo te je dao la alternativa y no tienes porque confirmar ná…» Conejito triunfaría ese 11 de julio de 1897, pero a propósito de lo que se consideró un desacato, se libró una gran campaña en contra del diestro y de su padrino, por lo que éste tuvo que acabar confirmando la alternativa de manos de Antonio Moreno Lagartijillo el día 8 de mayo de 1898 con el toro Cartujo de Vicente Martínez.

El artículo al que hago referencia, es en su literalidad, el siguiente:

Datos sobre alternativas
J. Vázquez 
La alternativa, ó mejor dicho, la antigüedad de matador de toros, ¿es válida cuando se adquiere en plaza de provincias, ó solo tiene verdadera validez la que se adquiere en la plaza de toros de esta corte? Esta es toda la cuestión que se viene debatiendo con motivo del asunto del “Conejito”. 
El argumento principal presentado por los defensores del  privilegio á favor de la plaza de Madrid, consiste en decir que todos los diestros han venido aquí á tomar la alternativa, y que es negar la historia de las costumbres taurinas defender que los lidiadores de toros han adquirido en plazas de provincias la antigüedad de tales espadas. 
Si yo demostrase, por lo tanto, que la  plaza de Madrid ha reconocido como matadores de toros á los que con ese carácter adquirido en otras plazas se han presentado en la de Madrid, los partidarios del privilegio tendrán que rendirse á la evidencia, y decir conmigo que la alternativa — según hoy se dice — se adquiere y se concede en las plazas de provincias, aunque no sean de Maestranza. Y reconocido ese derecho,  habrán de convenir  también en que toda la oposición hecha al “Conejito” por creerse matador de toros desde que en Linares alcanzó la antigüedad de espada, ha sido caprichosa é improcedente. 
Si consigo hacer la demostración de lo que dejo consignado, todos los demás argumentos, que fundados en ese principal hacen los mantenedores de la extraña y fantástica teoría del privilegio en este asunto á favor de la plaza de Madrid, caerán deshechos y pulverizados, como edificios faltos de cimientos y levantados sobre movediza arena. 
No quiero ni debo consignar más que aquellos hechos que todo el mundo puede confrontar, y que tienen su fundamento en documentos fehacientes. Los dichos más ó menos agudos, las frases elocuentes, las declamaciones huecas, podrían  deslumbrar, pero no convencerían. Y como deseo llegar al conocimiento de la verdad, examinando los hechos tales como ellos son, y no como yo los quiera pintar, voy á exponer unos cuantos antecedentes; que son decisivos en este asunto.
Nada diré de los años anteriores á 1814, porque cuanto yo dijera, declaro con franqueza que no podría justificarlo. Puede indicarse, sin embargo, como la suposición más racional y más lógica, que Francisco Romero, su hijo Pedro, “Costillares” y otros renombrados diestros del siglo pasado, fueron reconocidos como tales matadores de toros antes de presentarse en la plaza de esta corte.  Si aquí vinieron fue ya con la fama y crédito adquiridos como espadas, sin que aquí hubiera que expedírseles el título que hoy se pretende sea atributo y función privativa de esta plaza. Cualquiera otra suposición no resiste á los más sanos preceptos de la crítica racional. 
Pasemos á relatar los hechos que tienen una comprobación auténtica: 
Antonio Ruíz “Sombrerero” se presentó por primera vez en la plaza de Madrid como  matador de toros el día 7 de octubre de 1816. En el cartel se consignaba que era “nuevo en esta plaza”, y su nombre figura antes que el de Antonio Hernández “Bolero”, á pesar de que éste había estoqueado como espada en Madrid el año 1814, y en algunas corridas de 1815, con Manuel Alonso “Castellano”, Manuel Badén y Juan Núñez “Sentimientos”. Si el “Sombrerero”, nuevo en Madrid el año 1816, figura como más antiguo que el Bolero, ¿no queda reconocida la antigüedad de los matadores  que habían estoqueado en plazas de provincias? 
El cartel de la corrida del día 9 de octubre de 1815 dice: Espadas, Francisco  Herrera, José María Inclán, “nuevo en esta plaza”, y Francisco Hernández “Bolero, que los estoquearán por el orden de su antigüedad”. Inclán, nuevo, torea por delante del “Bolero”, que como queda dicho había estoqueado aquí como tal espada en 1814.
En el cartel anunciando la corrida del día 14 de abril de 1817 se dice: «Espadas, Jerónimo José Cándido, José García Platero, nuevo en esta plaza, y Francisco Hernández Bolero, que los estoquearán por el orden de su antigüedad». ¿Dónde está el privilegio de la plaza de Madrid? 
Para el día 1º de octubre de 1818 se anunció al espada Antonio María Montero “Habanero” como nuevo en esta plaza y acreditado en la de Cádiz y otras principales de Andalucía. O estas frases no indican nada, ó son prueba elocuente del reconocimiento como matador de toros con anterioridad á su venida á esta corte, pues este crédito no puede referirse á la fama alcanzada como picador ó monosabio. El crédito de que aquí se habla es el de matador de toros, adquirido  no en plaza de Maestranza, si no en la de Cádiz y otras principales de Andalucía. 
En el cartel de la corrida del 29 de mayo de 1820, se anunció á Francisco González “Panchón”, nuevo en esta plaza, consignando su nombre antes que el de Badén, el cual con anterioridad había estoqueado en la plaza de Madrid. La frase sacramental, continuamente repetida, «nuevo en esta plaza», solo se aplica en los carteles de aquellos tiempos para los matadores que habían estoqueado en provincias, y no para los que en Madrid habían figurado como sobresalientes ó medios espadas. Nuevo en esta plaza dice el cartel, reconociéndolos por lo tanto el carácter que ya tenían adquirido de matadores de toros. 
Notabilísimo bajo este punto de vista es el cartel en que se anuncia la corrida que había de celebrarse el día 31 de marzo de 1839. Dice así: Espadas: «Juan Pastor, natural de Sevilla, nuevo en esta plaza y que ha trabajado ya con la mayor aceptación en las principales de Andalucía, el cual estoqueará los cuatro  primeros toros. Isidro Santiago y Pedro Párraga, matarán los dos últimos». No llegó á celebrarse esta corrida, siendo suspendida por causa del temporal; pero  consta aprobado el cartel, y de consiguiente para el efecto legal que se discute puede considerarse como celebrada. 
¡Juan Pastor, nuevo en esta plaza, hubiera matado los cuatro primeros bichos, sin otro espada que aquí le hiciera matador de toros! Si la lluvia no lo hubiera impedido, — puesto que fue aprobado el cartel por la autoridad gubernativa — ahí estaría Juan Pastor estoqueando toros sin que nadie le doctorase como matador de toros en esta plaza. ¿Qué indica esto? Lo que dice el cartel; que había trabajado ya con la mayor aceptación en plazas de Andalucía, y que nadie podía despojarle de un derecho allí adquirido. ¿Dónde aparece el tan decantado privilegio de que esta plaza sea la única que reparta ejecutorias de matadores  de toros? No solamente no los reparte, sino que acepta y reconoce como válidas  las expedidas por otras plazas. 
¿Se quieren más pruebas? Pues ahí está el cartel de la corrida del 4 de abril de 1842. Espadas: Las dos primeras Juan Yust, natural de Sevilla, nuevo en esta plaza, y Roque Miranda, quien voluntariamente cede á Yust su antigüedad durante toda la temporada. Leedlo bien, las dos primeras espadas. Roque Miranda que tenía antigüedad en Madrid desde 1828, catorce años antes que aquél, cede  su antigüedad. ¿Podría cederla á un novillero? Imposible. Se la cede antes de que torease en Madrid, á uno que está reconocido como primera espada.  Si Yust no hubiera tenido este carácter, ni Miranda hubiera podido ceder su antigüedad, ni la autoridad lo hubiese consentido. 
Ese cartel es la demostración clara y patente de que la teoría caprichosamente sustentada por los que entienden que la plaza de Madrid posee privilegio exclusivo de dar antigüedad á los matadores de toros  no tiene fundamento en la historia, ni en las costumbres, ni en la razón, ni en la ley. Pero no solamente torea Yust por delante de Roque Miranda, que le había cedido, y podía cederle, su antigüedad, si no que torea también por delante de Francisco Arjona (“Cúchares”), que dos años antes que aquél, en 27 de abril de 1840 había adquirido antigüedad de matador de toros en la plaza de esta corte. ¿Puede darse prueba más elocuente en favor de la validez adquirida por los matadores en provincias? 
Con lo anteriormente expuesto bastaría para convencer á los que, sin prejuicios formados por datos incompletos, estudiasen este asunto, mal  llamado de las alternativas, con completa imparcialidad. 
Para todo aquel que tenga limpia su razón de extrañas y fantásticas teorías, será suficiente lo que he consignado para rendirse á la evidencia de los hechos, y comprender que no existe el más pequeño punto de apoyo en negar al diestro Antonio de Dios (“Conejito”) el derecho que tiene á ser matador de toros desde el día 5 de septiembre de 1895.  Pero cuando se cierran los ojos á la luz y la inteligencia á la verdad, no hay medio de llevar el convencimiento á la razón. Si aquí han venido matadores de toros conservando su antigüedad de provincias — aunque no fuera adquirida en plazas de Maestranza — y han estoqueado por delante de aquellos otros que habían tomado con anterioridad la alternativa en la plaza de Madrid, ¿cómo se puede defender la doctrina opuesta, que no tiene arraigo ni fundamento, ni razón en ninguna parte? 
Anotemos todavía algunos hechos concluyentes. 
Francisco de los Santos había estoqueado en Madrid desde 1840, y con fecha muy anterior á esta Pedro Sánchez “Noteveás”. Se anuncia una corrida de toros para el día 12 de marzo de 1843 y dice el cartel: «Espadas: José Vázquez Parra, nuevo en esta plaza, Pedro Sánchez y Francisco de los Santos Vázquez», nuevo — salió herido — estoqueando por delante de Sánchez y de los Santos. ¡El acabose! 
¿Más? Para la corrida de 17 de abril de 1843 figuran Ezpeleta y Manuel Díaz, los dos de Cádiz, y los dos nuevos en esta plaza. ¿Por qué va primero aquél, si no porque su antigüedad en provincias, y por tanto  reconocida, le hace figurar por delante? 
¿No basta? Pues veamos el cartel de la corrida de 10 de septiembre de 1843: se anuncia como espadas á Pastor, Cúchares, “Lavi” y Juan Martín, nuevo en esta en plaza; y en el siguiente cartel de la corrida del 10 de septiembre del mismo año figuran, Arjona, “Lavi”, Gaspar Díaz, nuevo en esta plaza, y Juan Martín, el mismo que había tomado la alternativa el domingo anterior. ¿Se puede comprender esto si la plaza de Madrid no hubiera reconocido la antigüedad de espadas á los que han adquirido esta investidura en provincias? 
Todavía podríamos exponer el caso de Manuel Domínguez, nuevo en esta plaza, toreando por delante del “Lavi”, y de la presentación del “Tato”, sustituyendo á Casas (“Salamanquino”), y de otros casos, que por ser demasiado conocidos no consigno. 
Hemos demostrado, como nos lo habíamos propuesto, que la antigüedad de espada, y aun de primera espada como se decía entonces (caso de Juan Yust), se adquiría no solamente en la plaza de Madrid sino que también en plazas de provincias, y que la antigüedad adquirida en éstas ha sido respetada y sancionada por la plaza de toros de la coronada villa. 
Negar por lo tanto á “Conejito” el carácter de matador de toros en la plaza de Madrid, es romper con todas las tradiciones y costumbres establecidas en esos tiempos que se llaman clásicos de la tauromaquia.

Cartel con una de las
combinaciones conflictuadas
Esa es la conclusión a la que llegó el autor del artículo que hoy les presento. Más el cuestionamiento que hace a la afición, autoridades y empresa de Madrid sobre ese asunto se trasladó después a las alternativas obtenidas fuera de España. Durante muchos años los toreros mexicanos que obtenían la alternativa aquí, nada más llegar a territorio hispano, tenían que obtener el doctorado en un ruedo español y después confirmarlo en Madrid. Y aún peor, hasta muy entrados los años 70, autores de obras tan prestigiadas como El Cossío, seguían considerando sin validez a las alternativas no obtenidas en plazas españolas al realizar las biografías de los toreros de este lado del mar, aún con los convenios entre los sindicatos de toreros, que las hacían valederas.

Lo mismo sucede en México, pero a resultas de la confirmación de alternativas, asunto que he mencionado en otro lugar de esta misma Aldea, cuando un grupo de pretendidos puristas de esto, pretenden que solamente las que se verifican en la Plaza México son válidas, a despecho de que la reglamentación capitalina señala que basta con que se produzcan en plazas de primera categoría, sin señalar un escenario en particular, pero un prurito tradicionalista les lleva a los que defienden esa postura, a incurrir en esa aberrante postura.

La Puerta de Alcalá y su Plaza de Toros
Al final de cuentas, el toro es el que pone a todo mundo en su sitio y la alternativa resulta ser una ceremonia que emana más de la tradición que de la regulación, si recurriéramos a la probatio diabólica seguramente daríamos con el caso, de una gran cadena de alternativas inválidas, al encontrarnos con una falta de tracto sucesivo o de solución de continuidad en las alternativas de los diestros de los primeros tiempos, precisamente por la aplicación de ese criterio. Pero eso es otro asunto que aquí creo que no viene al caso.

Ojalá que esto les resulte interesante, como me ha resultado a mí.

El ejemplar de Pan y Toros y el cartel cuyas imágenes ilustran este texto, pueden consultarse en la Biblioteca Digital de la Comunidad de Madrid.  

domingo, 20 de junio de 2010

Una estampa del pasado (V)

La portada de Respetable Público. Semanario Ilustrado de Espectáculos aparecido en Madrid el 11 de julio de 1909 presentaba una fotografía de la Cuadrilla Juvenil Mexicana, que en esos días resultaba ser el sucedáneo de la que inicialmente formó Saturnino Frutos Ojitos y que al dedicarse el que en su día fuera banderillero de Frascuelo a atender en exclusiva los asuntos de Rodolfo Gaona, quedó al mando de Enrique Merino El Sordo y después, fue tomada por Manuel Martínez Feria y Eduardo Margeli, quienes son los que la presentaron en plazas europeas esa temporada de 1909.

De los integrantes que la compusieron, de acuerdo al pie de foto, el paso por los ruedos de la mayoría es brevemente el que sigue:

Ramón Frontana, picador. Se integró a la cuadrilla desde 1906 y permaneció como varilarguero al lado de Carlos Lombardini durante su trayectoria en los ruedos.

Cenobio Esparza, picador. Fue un destacado varilarguero. Formó parte de diversas cuadrillas. Murió a consecuencia del derribo que un toro de Carlos Cuevas le infirió en la plaza de Orizaba, Veracruz el 22 de abril de 1945.

Arturo Frontana Portugués Chico. Se inició probando caballos en las plazas de la ciudad de México y aprende el oficio de picar toros del español Martín Fernández Portugués, de quien hereda el apodo. Le corresponde el honor de haber dado el primer puyazo en la inauguración del viejo Toreo de la capital mexicana en 1907 a un toro de San Diego de los Padres. Estuvo integrado a las cuadrillas de Luis Freg, Alberto Balderas, Luis Procuna y Carlos Vera Cañitas entre otros. Se retiró de los ruedos en 1955.

Luis Frontana, banderillero. Tras de su paso por la cuadrilla, permaneció en España, radicándose en Barcelona, lugar en el que siguió ejerciendo su profesión, principalmente en las plazas de Cataluña.

José Ávila, banderillero. Originario de León, Guanajuato. Eficaz con los palos y refinado con el capote, ejerció principalmente en las plazas del centro de la República Mexicana.

Refugio Pérez, banderillero. Originario del Estado de Querétaro. Pasó a la historia con el nombre artístico de Refulgente Álvarez, con el que llegó a matador de toros. Recibió la alternativa en Madrid el 17 de julio de 1927, de manos de Bernardo Muñoz Carnicerito de Málaga, quien le cedió al toro Capotero de López Plata, en presencia de Francisco Peralta Facultades.

El jueves 9 de febrero de 1978 cumplió 90 años de edad y el diario ABC de Madrid daba cuenta de que por haber cumplido esa edad, era el decano cronológico de los matadores de toros del mundo. Retirado de los toros, Refulgente Álvarez concluyó sus días como ujier en las instalaciones de Televisa en la ciudad de México.

Macario Castelán Gallinito, banderillero. Donde este torero alcanzó una gran proyección fue en la faceta de puntillero, pues fue el titular de El Toreo de la Condesa durante toda la vida de ese escenario. Él dio el primer cachetazo en ese ruedo y el último también y estableció la costumbre de que en las plazas mexicanas hay un puntillero titular.

Mariano Rivera, banderillero. Hasta 1907 actuó como novillero en los alrededores de la ciudad de México, integrándose como banderillero en ese 1909 a la cuadrilla juvenil y a partir de 1910 a la de Luis Freg, con el que permanece en España prácticamente hasta el año de 1921, actuando también en esa época bajo las órdenes de Alfonso Cela Celita. En ese último año regresa a México y acompaña a Juan Belmonte a Lima, regresando después a España para actuar bajo las órdenes de Pablo Lalanda y Moreno de Zaragoza.

Entre las efemérides interesantes de su carrera, contaba que Joselito le llevó de tercero un par de tardes el año de su muerte y que en ese mismo 1920, el 4 de julio, Agustín García Malla, le llevaba en su cuadrilla en la plaza francesa de Lunel, cuando un toro de Lescot le hirió mortalmente.

Mariano Rivera fue el primer torero que falleció en el ruedo de la Plaza México al sufrir un infarto agudo de miocardio cuando acompañaba a su matador Emilio Ortuño Jumillano, a dar una vuelta al ruedo el domingo 6 de marzo de 1955 cuando para lidiar toros de Ernesto Cuevas, fue acartelado con el rejoneador Gastón Santos, Luis Briones y Juan Posada.

Crescencio Torres, banderillero. Tras de su paso por la cuadrilla, se coloca con José Ramírez Gaonita en primer término y posteriormente con diversos toreros mexicanos que apreciaron su gran sentido de la colocación y su eficacia y rapidez con los palos.

Carlos Lombardini, matador. Recibió una primera alternativa en Marsella, el 26 de septiembre de 1909, siendo su padrino Ángel Carmona Camisero y llevando de testigos a Manuel Torres Bombita III y a Pedro López, siendo el toro de la ceremonia Lucero de Pablo Benjumea. Al no ser válida esa alternativa francesa, se tuvo que celebrar de nuevo el 10 de octubre siguiente en Barcelona, apadrinando en esta oportunidad Rafael González Machaquito, en presencia de Antonio Moreno Moreno de Alcalá y Pedro López, la cesión del toro Chocleto de Esteban Hernández. Esta última alternativa no fue confirmada en Madrid.

Pedro López, matador. Al igual que Lombardini, recibió una primera alternativa en Marsella, el 26 de septiembre de 1909, siendo su padrino Manuel Torres Bombita III y llevando de testigos a Ángel Carmona Camisero y a Carlos Lombardini, siendo el toro de la ceremonia Buscachicas de Pablo Benjumea. Al no ser válida esa alternativa francesa, se tuvo que celebrar de nuevo el 10 de octubre siguiente en Barcelona, siendo su padrino Antonio Moreno Moreno de Alcalá y fungiendo como testigos Rafael González Machaquito y Carlos Lombardini y el  toro de la ceremonia, Gargantillo de Esteban Hernández. Esta última alternativa tampoco fue confirmada en Madrid.

Eduardo Margeli Furcó, empresario. Se le apodaba El Gaditano. Tuvo durante varios años a su cargo la plaza El Toreo y junto con Antonio Casillas El Berrendo, fue propietario de la ganadería de Malpaso. El 21 de septiembre de 1936 fue herido a tiros por el novillero Antonio Popoca, quien le reclamaba un puesto en una novillada. A causa de las lesiones sufridas, falleció 5 días después.

De Luis Martínez, picador y Manuel Rodríguez, banderillero no encontré mayores datos y sobre Manuel Martínez Feria, solamente el hecho de que dirigíó la cuadrilla después de que lo hizo El Sordo. Para concluir, les dejo esta gacetilla aparecida en la misma publicación (Respetable Público) del 7 de febrero del mismo 1909, en la que se anunciaba ya la presencia de la cuadrilla en España:

¡Gran novedad taurina! ‘Tournée’ por España durante 1909 de la notabilísima cuadrilla juvenil mexicana. Espadas: Carlos Lombardini y Pedro López. Esta superior cuadrilla, organizada en 1906 por los señores M. Martínez y E. Margeli y compuesta de dos matadores, un sobresaliente, cuatro picadores y seis banderilleros, ‘todos mexicanos’, llegará a España en Marzo, pudiendo las empresas que deseen contratarla dirigirse desde luego a su representante Mariano Armengol, Plaza de toros de Barcelona, o a su agente en Madrid, Juan Manuel Rodríguez, Ave María 29.

domingo, 28 de febrero de 2010

Una estampa del pasado (IV)

El ganadero y los toros de lidia

Ha corrido por toda España la noticia inverosímil de que el acaudalado D. Faustino Udaeta, ha resuelto deshacer su acreditada ganadería y convenirla en vacada de reses mansas con destino al matadero público, en vista del mal juego que dieron sus toros en la Plaza de Madrid el día 13 de mayo; y, francamente, como aficionado admirador de la brillante historia de los toros de Freire, Torre y Rauri y Miura, no puedo menos de considerar aquella resolución, si es cierta, como impremeditada y de escaso fundamento; porque si todos los dueños de ganado bravo que saliese manso un día o dos al año, tomasen tal determinación, ¡adiós corridas de toros! Por fortuna, paréceme que no hay que abrigar semejante temor, si entra la reflexión en el asunto; que ahora, como antes y como siempre, no se compran las ganaderías sólo por hacer alarde de riqueza, sino también por afición, por el placer que a los dueños proporcionan las faenas de campo; los mil accidentes de la crianza de los becerros, y cuidado que en todas épocas hay que emplear hasta verlos en completo desarrollo y aptitud para la lidia, y por la satisfacción que justamente ha de causarles ver en los Circos sobresalir sus reses entre otras, dándoles honra y provecho.

Una ganadería que tiene el origen que antes he dicho; una divisa de ochenta años de antigüedad, y unos recuerdos se han lidiado, no puede, no debe desaparecer. Si tal hace el Sr. Udaeta, mostrara más afición a otro género de utilidades, que a las lidias de toros bravos; acreditará que compró la vacada como negocio mercantil, y no como aficionado; y que al menor revés que experimenta, cambia de rumbo, importándole tanto el titulo de ganadero de reses bravas, como el de tratante en bueyes. Si tal determinación fuese cierta, irrevocable, no habría palabras para calificar al Sr. Udaeta, a quien he creído hasta ahora un buen aficionado y un entendido criador de toros de lidia; y desde luego haría dudar “de su afición y de su inteligencia”, si la realizase sin reflexionar maduramente.

No demuestra una ni otra quien, rompiendo un pasado de mucha nombradía, lanza al ruedo los toros que presentó en la corrida del 13 de Mayo, que no eran, a los ojos de un conocedor práctico, ni de buen trapío, ni de esas condiciones exteriores que a primera vista hacen concebir esperanzas de bravura. Que eran grandes y estaban gordos y bien criados: ¿y qué? gordos, y grandes, y limpios, y lustrosos, llevan carretas algunos bueyes murcianos, que da gozo ver por las calles de Madrid, haciendo comprender que a unos y a otros se les alimenta bien, hay esmero en atenderlos, y no se escatiman gastos; pero no es eso únicamente lo que exige el toro de lidia, cuya bondad se aprecie por su forma estética.

Aparte de la sangre de casta, que en su mayoría es indispensable para que dé buen resultado al lidiarle, y esa la tiene su ganadería; además de la mayor bravura que en las tientas acredite, si se hacen escrupulosamente, lo cual dudo, bueno es atender a otras particularidades que distinguen al toro fino del basto; de esta clase fueron la mayor parte de los lidiados el día 13, puesto que tenían patas gruesas, vientre abultado y cuerna blanca, señales todas de haber embastecido una casta que fue tan fina, y prueba evidente de que para ser ganadero de toros se necesita algo más que dinero. De cien reses que se aparten con esas señales, noventa resultan en la lidia bueyes mansurrones; y precisamente acontece lo contrario cuando se presentan finos de estampa o lámina.

¿Sabe el Sr. Udaeta cuáles son los signos distintivos de un buen toro fino y de lidia? Pues voy a decírselos para que si no destruye, como no debe destruir, su ganadería, los tenga presentes; y si los supo y los olvidó después, los aprenda nuevamente, así como algunos aficionados que llamaron de buen trapío á los bichos del día 13, sin saber lo que decían.

El toro de lidia ha de tener cabeza medianamente voluminosa, algo acarnerada, pero no estrecha; antes al contrario, debe ser ancho el testuz, en proporción a la misma; hocico pequeño; ojo saliente, vivo y brillante; cuernos bien colocados: ni muy altos ni muy bajos, ni estrechos ni anchos en demasía, verdinegros y no blancos; oreja pequeña y muy movible; cuello flexible, corto y redondo; pecho no muy ancho y profundo; vientre recogido; ancas ligeramente elevadas; dorso marcado, pero lleno; lomos rectos, cola alta, fina y prolongada, hasta pasar los corvejones; extremidades anteriores, o sean los brazos rectos y delgados; las posteriores casi rectas; los corvejones bien pronunciados; las cuartillas de los cuatro remos, más bien largas que cortas; pezuñas casi redondas, recogidas, bien hendidas, elásticas y del color de los cuernos, muy obscuras o negras; buenos aplomos, y los órganos de la generación normalmente constituidos y bien desarrollados; y en cuanto al color de la piel o capa, siempre aparecerá más agradable a la vista el obscuro que el claro, y el berrendo que el sardo, salinero, etc.

Un toro de esas condiciones, en completa libertad dentro del Circo, donde los rayos del sol sobre su piel la hagan aparecer fina y brillante, como la de un buen caballo limpio con braza y cepillo, rara vez es manso; un toro así, de movimientos rápidos, enérgicos y muy desenvueltos, con los órganos de sus sentidos muy desarrollados, especialmente los de la vista y el oído, es un ejemplar magnífico, cuya presencia en el redondel excita la admiración de los espectadores, haciéndoles concebir desde el primer momento esperanzas de su bravura. Hasta los más refractarios a nuestra incomparable fiesta, no pueden ocultar su asombro al contemplarle, al observar su gallardía y arrogancia, y al considerar que sólo en España, y nada más que en nuestro privilegiado suelo, se crían al aire libre esos ejemplares tan hermosos, tan fieros y tan valientes como nobles.

J. Sánchez de Neira

Pregunto:

¿Habrá quien a un siglo y tres lustros vista, de cualquier lado del Atlántico, tenga la dignidad de hacer lo mismo que el señor Udaeta ante un desastre cómo los por él sufridos?

miércoles, 3 de febrero de 2010

Una estampa del pasado (III)

Nihil novum sub sole...

Encontrado en el ejemplar de La Nueva Lidia, publicado en Madrid el 10 de mayo de 1886.



Nuestro Dibujo

Representa una de las escenas que con más frecuencia se repiten en la Plaza de Toros.

El público que asiste a las corridas de toros, promueve una bronca mayúscula por el menor motivo, teniendo casi siempre un resultado cómico.

Muy pocas son las corridas en las que no se promueven alborotos por parte de los aficionados con desenlace de estacazos o interviniendo los tranquilos agentes de la autoridad, que saben ganarse alguna silba por intentar conducir a la cárcel al individuo que con su temeridad acaba por desocupar a bastonazos a todo el tendido.

El reputado dibujante, Sr. Alaminos ha demostrado una vez más que sabe dar verdad a sus cuadros y reproducir las escenas difíciles de pintar.

La vista del circo desde una grada y la exactitud y soltura que a nuestra lámina acompañan, la hacen que merezca la atención de nuestros lectores, que han tenido ya ocasión de conocer las artísticas dotes que posee el Sr. Alaminos.
 

Quizás las motivaciones y las consecuencias de las broncas o mítines en las plazas de toros son distintas hoy en día, pero no dejan de ocurrir a casi siglo y cuarto de distancia. ¿Serán parte de la esencia de esta fiesta?

jueves, 7 de enero de 2010

Una estampa del pasado (II)


TOROS EN MADRID
26 de mayo de 1935
SEIS TOROS DE SALAS
CHICUELO, GARZA y EL SOLDADO
¡Toros, toros!



Tantas vese se ha dicho ar público que er toro que nesesitaa er torero moderno pa divertirno ha de sé chico, gordito, con lo pitone como platanitos, que, hoy sediendo un poco, mañana otro poco y al otro más, se ha llegao a perder por completo la emosíón der toro. Yo creo que er día —por esas cosas rara que pasan en la vida— que aparesiera por las puertas de los chiqueros de Madrí la cara seria der toro auténtico, muchos se desmayarían en los tendió. ¡Seguro! Hoy cree er público de verdá que esto que le sirven como toro lo son, ¿Cómo, si no, dejó pasa ar sesto toro, de Ortega, sustituto der de Sala, que era una verdadera cabrilla? Creo que er que está por fuera der mostradó, er que se retrata en la taquilla, lleva siempre rasón; pero es que si llega a jartarnos der to la emosión der toro, terminaremos por irno ar furbó, que por argo se llama a esto la fiesta de los toro, y no la der torero. Venga er toro de verdá, en presensia y potensia, que es la sustansia de la fiesta: si no, nos vamo a enterá de que han muerto las corría de toroscuando nos dé en la narí el oló de su cadave. Y ya saben ustede que no lo hago por mi. ¡Yo soy partidario der Beti! De los seis toro de Sala se echaron pa tras quinto y sesto, que fueron sustituido por dos de Ortega. Los de plantilla y los sustituto fueron buenos, nobles, tersiaíto y sin fuersas. Una buena corría pa er torero. "Chicuelo" hase tiempo que debía paga pasaje á la plasa. No hay derecho a que este torero vea los toro en er mismo redondé, y en cambio er que vaya a sacá una barrera le cueste un ojo de la cara. ¿Por qué, vamo ave? Toreó y mató a su primero muy mal; toreó y mató ar que le dejó Garsa muy mal, y toreó con la muleta y mató a su segundo muy mal. Hubo un momento, sin embargo, en que me saqué der borsillo do o tre viva a España que tenía preparao por si "Chicuelo" quería estirarse, emparedao como estaba entre do estrangero. No pudo sé. Ar suelo se me cayeron loa viva a España, sin éntusiasmo y marchitos. Fué cuando er mármol de la Alamea se conmovió un poquito y, juntando los pies, saludó ar cuarto torillo con sinco o seis lanses y media verónica llenos de grasia. Siguió un quite por chicuelina, menos bueno; metió ar toro en suerte animao y artístico..., ¡y se acabó! Tó er mundo sabe que Manolo es un buen torero; pero es como er que tenía un tío en Arcaiá, que ni tenía tío ni tenia na. Garsa salió er domingo con er való nesesario pa da lo que sabe, er parón. Su primero, que no tenía, por farta de fuersa, la velosidá nesesaria pa la espesiacidá der mejicano, lo cogió ar que hasia seis o siete atragantone, y lo metió en la enfermería. Su segundo era más suavón, y lo dejó hasé. Er público se vorvio loco, y cuando er torero mató de media, le dio la oreja, la vuerta al ruedo y le tiró sombreros y otras prenda. Ya he dicho que er que paga manda, y cartuchera en er cañón. No toreó Garsa, ¡qué va a sé torea eso! Er toro entró suerto y salió suerto; es desí; nó mandó er torero, y por esto no toreó. Se colocó en la asera, dejándole ar toro er sitio justo pa pasá; pero no dirigió ar toro, que pasó suelto, como quiso. ¿Que esto emosiona hasta ese punto? Bueno. En esto me pasa como con la emosión der toro verdá y der que no lo é. El otro día, cuando dije que "er Sordao" había cumplido y que podía cogé la lisensia cuando quisiera, las gente me querían comé. Hoy, en cambio, me dieron la rasón al despedí ar torero con aquella lluvia de armohadilla. ¡Qué miedo en los dos! ¡Qué mítin! ¡Con desirle a ustede que er público, por asosiasión de idea, se vorteó pa "er Gallo" en plena "faena" der "Sordao" y lo ovasionó, está dicho to!
Muy bien Mende. La plasa, llena.

OSELITO




Ilustración de la crónica por Martínez de León


Nota del amanuense: Cualquier similitud con la realidad actual, ¿es mera coincidencia? Los subrayados son obra mía.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Una estampa del pasado



CRÓNICAS MADRILEÑAS
Toros y Toreros

No vale hacerse ilusiones; los toreros se van, los toros se han ido, y LA ÉPOCA, que ha combatido siempre mesuradamente, sin saña, nuestra fiesta nacional, podrá en breve asistir á su entierro.

Si; el desconsuelo más profundo se ha apoderado de los dilettanti; aquellos mismos – y entre ellos me he contado yo – que juzgaba imposible la muerte del espectáculo, se preguntan ya si, como la forma poética, está llamada a desaparecer.

Los viejos abonados, los gruñones sempiternos que mostraban orgullosos el talón de abono, como timbre de nobleza vinculado en la familia, se miran unos a otros tristemente y comienzan a dudar.

Los de mi generación se aburren, los jóvenes no se divierten, y la Plaza de Toros de Madrid – lo dije cuando se retiró Frascuelo, y lo repito ahora – huele a cadáver que apesta.

Los periódicos son doloroso reflejo del hastío que reina en la afición; la decadencia de las corridas de toros hace presa en la literatura taurina de un modo lamentable.

La desnudez del lenguaje, la viveza de la metáfora, la sangre del estilo, la alegría, aquella alegría comunicativa; desenvuelta y procaz que corría por las columnas de la prensa, haciendo cosquillas a la frase, con garbos de cigarrera y desplantes de chulo, se arrastra lánguidamente, es alegría con máscara, mueca de cartón pintado que tapa el rictus de la ironía y la desesperación.

Y lo comprendo perfectamente. Después de cuatro años, durante los cuales no he asistido ni una vez siquiera á las corridas de Madrid, venció mi resistencia un amigo y presencié la extraordinaria que se verificó recientemente, el Domingo de Ramos.

La empresa había puesto toda la carne en el asador: Manuel García, el Espartero; Rafael Guerra, Guerrita, y seis toros, del Saltillo; un acontecimiento para los tiempos que corren.

Una hora después de terminada la función, no me quedaba de ella el menor recuerdo.

¡Qué aburrimiento, qué frialdad, qué insoportable sosada! Hubo pases de muleta superiores, hubo buenas estocadas, excelentes quites, toreo de monadas, quiebros, desplantes, morisquetas, todo el atrezzo, los trajes y decoraciones que acompañan a la mise en scéne de las corridas modernas.

Y la plaza se mantuvo helada, lívida, yerta durante toda la corrida. Los aplausos sonaban a hueco; el mar agitado del público dormía en calma chicha; los aficionados miraban por costumbre; los toreros lidiaban por obligación. Ni un grito de férvido entusiasmo, de ésos que hacen trepidar la plaza entera. Ni una protesta feroz de ésas que convierten el circo en receptáculo de fieras humanas y traen á la memoria el Pollice verso de Gerome.

Por todas partes la quietud, la calma, una benevolencia inverosímil, el cansancio, el hastío, la resignación.

¡Cuánto gocé al contemplar aquel espectáculo! ¡Cuánto gocé al advertir que las sombras de Lagartijo y de Frascuelo vagaban por la arena y se interponían entre el público y los lidiadores!

Aquello era el duelo de Rafael y Salvador, el recuerdo de lo que se fue para no volver nunca, veinte años de admirable lucha, veinte años de incesantes emociones, las manos rotas de aplaudir, los labios secos de silbar.

No se goza y no se sufre impunemente durante veinte años; es mucho tiempo para qué no se use el corazón, como se usa un mueble, como se deshilacha un traje.

En ese espacio de tiempo hemos latido demasiado, nos hemos entregado con exceso para que no se nos imponga a todos la necesidad de descansar.

Y el arte del toreo ha sufrido y se ha cansado cómo nosotros; se ha hecho, como nosotros, viejo, está reumático, achacoso, enclenque, en plena reacción.

Lagartijo y Frascuelo lo levantaron sobre el pavés cuando las postrimerías de Cúchares y Cayetano Sanz parecían preludiar a su decadencia y Antonio Carmona trataba de galvanizarlo con sus famosas banderillas al quiebro.

Desde entonces cobraron el barato, y a ellos pertenece, a ellos solos, el renacimiento de las corridas de toros; ellos, ellos solos han llenado con sus nombres la época más brillante, más larga, más sugestiva y ¿por fué no decirlo? más gloriosa de la fiesta nacional.

¿Qué queda hoy, después de la heroica competencia de Rafael y de Salvador? ¿Toreros? ¿Dónde hay dos que puedan luchar entre sí como Lagartijo y Frascuelo?

¿Toros? ¿Dónde están? Cabras, chivos, becerros, gnomos: así llaman los periódicos a las reses que hoy se lidian en la Plaza de Toros de Madrid.

El mal terrible, el cáncer que mata al espectáculo está ahí en los toros más que en los toreros.

Espartero y Guerrita son jóvenes, son valientes. El primero es dechado de vergüenza, se entrega al matar, torea de muleta una tranquilidad pasmosa, y suple a la escasez de facultades con una temeridad simpática, casi inocente, con una despreocupación adorable, que raya en candidez.

Guerrita es un fenómeno, fenómeno de fuerza y agilidad, fenómeno de vista, fenómeno de entusiasmo, inquieto, bullidor, ávido de aplausos, entrometido y efectista, con desplantes de niño mal criado; torero extraordinario, en suma, audaz, sereno y absorbente que la fama prematura ha destemplado y el público madrileño malogrará tal vez.

La competencia entre los dos es imposible, porque llegan tarde y el campo está agostado. La lucha entre toreros debe ser implacable, salvaje, brutal; lucha de principios, lucha de personas, ojo por ojo y diente por diente, sin tregua ni compasión unguibus et rostro.

Así han luchado Lagartijo y Frascuelo en la plaza; así han luchado, fuera de ella, sus partidarios. Las competencias toreras son guerra civil, feroz contienda entre hermanos, encarnizamiento, fanatismo, algo que perturba los sentidos, oscurece la vista y desquicia a la razón.

El Espartero y Guerra no pueden luchar así; carecen de autoridad y de importancia para producir una nueva revolución; llegan tarde, ya lo he dicho, y su competencia es ficticia; una competencia suave, fina, bien educada; una competencia de guante blanco.

Los toreros se han civilizado, y los toros también. No tienen cara, no tienen cuernos, no tienen libras; son reses anémicas a las que tronchan dos recortes y mugen, no de ira, sino de debilidad. La parte dramática, la parte de emoción, la parte virtual del espectáculo ha desaparecido por completo, es una mistificación. (El subrayado es de este amanuense)

En cuanto desaparece el riesgo y el peligro se aleja, amortiguase el interés del público y se desvanece mérito del lidiador.

Sin emociones no hay corrida posible; aquéllas aumentan en sazón del riesgo seguro o del peligro probable, y privar al público de la ansiedad que crea en él la posibilidad de una desgracia, es despojarle del sentimiento que le lleva en primer término a la Plaza de Toros.

El entusiasmo del aficionado crece a medida del peligro salvado por el lidiador, y cuanto más iguales son las condiciones de ataque en el toro y de defensa en el torero, es mayor y más lucido el mérito de éste, y más ardiente y sincera la admiración del público.

Eso acabó: Lagartijo y Frascuelo se lo han llevado todo: los toreros, los toros, la afición.

Las corridas son óperas cómicas, los toros tenores de gracia, los toreros tiples ligeras. La pasión ha huido con sus acentos rudos, desordenados, brutales, dejando dueños de la plaza a Dulcamara y a Crispin Tachetto.

Los odios que ha concitado a Guerrita su ruptura con Lagartijo dan al Espartero un contingente inesperado de parciales; pero todo eso es falso; son equilibrios de conveniencia, pura bouderie de anabaptistas, a quienes los disgustos de Rafael laceran el alma.

Los periódicos han dicho que Jerez verá este año la competencia de Lagartijo y de Guerrita. El maestro desafía a Guerra, éste acepta, y la lucha se desarrollará, con todo el aparato que su argumento requiere, en la ciudad andaluza.

Y ¿hay alguien que lo ha creído? No, no puede ser; Barnum ha muerto, y Géraudel y Vaissier no han tomado la plaza de Jerez para exponer las pastillas contra la tos ni el jabón de los príncipes del Congo.

Rafael Guerra contra Rafael Molina es la lucha de la parte contra el todo, la página contra el libro, Chueca y Barbieri iguales, la canción de Menegilda contra Pan y toros.

El único que podía contender, y ha contendido, de potencia a potencia con el maestro cordobés, se ha retirado, y cuantos se agitan hoy en torno suyo son, a su lado, figuras de biscuit.

Lagartijo representa una época; es el derecho adquirido, la savia de una generación, y aunque vague, triste y nostálgico fuera de la corte, miembro aislado, grandioso fragmento de las glorias de ayer, bastará sacudir su melena una vez al león del pasado para convertir en gozquecillos a los toreros del presente.

Solo está, solo estará y solo hay que dejarlo, como augusta sombra, hasta que su retirada cierre definitivamente el único resquicio que en el arte de torear reses bravas dejó abierto la retirada de Salvador.

La sombra de Rafael es la del manzanillo, y cualquiera que pretenda acercarse a él hallará la muerte.

Todo está, pues, reducido a la competencia anodina entre el Espartero y Guerra, Ese es el único alimento que queda a los aficionados; dulce de confitería que empalaga, aria de flauta con variaciones, que es al toreo verdad lo que el canario al águila.

Algo es algo, y eso podría aún dar al espectáculo una vejez alegre. ¿Pero los toros? ¿Dónde están los toros? En ese pastel de liebre de la fiesta nacional ¿dónde está la liebre?

La liebre no existe; ha quedado sólo el pastel. Por eso he dicho que los toreros se van, que los toros se han ido, y que LA ÉPOCA, que ha combatido mesuradamente, sin saña, nuestra fiesta nacional, podrá asistir en breve a su entierro.

ANTONIO PEÑA Y GOÑI.

N.B. La relectura de Antes y después del Guerra, de F. Bleu, me redirigió a este texto, que parézcalo o no, resulta en cierta forma, 118 años después, coincidente con muchas realidades de estos tiempos que corren, pero con una diferencia notable: a nadie se le ocurrió en aquellas calendas, llevar a las Cortes, alguna iniciativa por la supresión de la fiesta de los toros. Ojalá disfuten el texto como yo lo he hecho.
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