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domingo, 13 de octubre de 2019

Detrás de un cartel (XIV)

Rafael Osorno

Civilmente llamado Melchor Osorno Cuéllar, nació en la Ciudad de México el 6 de enero de 1919. Era hijo del concertino de la orquesta del Teatro Principal y si bien su destino estaba en el andar por las veredas del arte, no sería en los escenarios de los teatros o en los fosos de las orquestas donde se expresaría, sino que las arenas de los ruedos vendrían a ser el sitio en el cual dejaría la huella de su creación artística.

Se presentó como novillero en El Toreo de la Condesa el 8 de junio de 1941, alternando con Carlos Vera Cañitas y Felipe González en la lidia de novillos queretanos de Xajay. Haría la transición a la Plaza México y actuaría por primera vez en la nueva plaza de toros en la vigesimosegunda novillada dada en su ruedo y de la temporada de 1946 – que constó de 40 festejos – el 11 de septiembre de ese año, alternando con Vicente Vega Gitanillo Chico y Félix Briones en la lidia de novillos de Carlos Cuevas. Esa tarde las cosas no se le dieron bien a Rafael y tuvo que regalar un séptimo novillo, sin resultados reseñables.

El cartel

Para el 29 de junio de 1945 y en celebración de la fiesta de San Pedro y San Pablo, la empresa de la Plaza de Toros de Madrid anunció una novillada en la que se lidiaría un encierro de doña Concepción de la Concha y Sierra por José Ortega Gallito; Rafael Osorno, de México y Cayetano Ordóñez Niño de la Palma, de Sevilla. Los dos últimos, nuevos en esa plaza.

Al final de cuentas se lidiaron solamente cinco de los novillos originalmente anunciados, pues el cuarto fue sustituido por uno de Fonseca. La actuación de Rafael Osorno no fue triunfal. En primer término recurro a la breve relación que de ella hace Manuel Sánchez del Arco Giraldillo, en el ABC de Madrid del día siguiente al de la novillada y señala lo siguiente:
Se lidiaron cinco novillos de Concha y Sierra que tomaron 16 varas por dos caídas, y uno de Fonseca, el lidiado en cuarto lugar, que recibió tres varas. Fue una corrida terciadita. Lo peor de ella, la vista defectuosa de los toros primero, quinto y sexto. 
Presidió el Sr. Plaza, y el sol hizo una ancha brecha en los tendidos castigados por él. No obstante, hubo por allí algunos héroes... 
El mejicano Osorno, que banderilleó con más voluntad que lucimiento, destacó en su faena al toro tercero. Nos parece muy entendido en el manejo de la muleta. Le aplaudieron mucho en el toro mencionado, y en el último, cumplió. Los matadores animaron los quites.
Giraldillo parece conceder a Osorno el beneficio de la duda al reseñar que fue aplaudido en sus intervenciones, aunque sin estruendo triunfal.

Una segunda crónica que encontré es la que está firmada por A en el diario deportivo Gol de la capital española, del día siguiente al del festejo y es de la siguiente guisa:
La novillada tendía en sí un hálito de irresistible simpatía. El hijo del Niño de la Palma – qué larga y enrevesada denominación – venía al ruedo de Madrid a confirmarse como posible continuador de un nombre. De un nombre que no se cayó de la boca ni del pensamiento de los espectadores en tanto discurría la lidia de cinco novillos de la Viuda y uno de Fonseca. Era el nombre famoso que llenará un día el ámbito taurino de popularidad generosa y de pura y emotiva leyenda... 
Debutaba con el Niño de la Palma el novillero mejicano Rafael Osorno. Veterano de los ruedos, buen lidiador, llegaba a Madrid con el marchamo de haber sido un día ídolo de la afición mejicana para caer después en el más franco y desolador olvido. 
De salida por esta definitiva recuperación no tuvo éxito. Se quedó en ese tono opaco que caracteriza todo lo medio, y su fracaso no se hizo esperar. La indiferencia con que le vio el público y, lo que es peor, el silencio respetuoso con que fue despedido, dicen bien a las claras lo poco que queda por esperar de este nuevo valor mejicano. 
Discreto y frío con el capote, vulgar como banderillero y poco decidido a quedarse quieto con la muleta, sólo le salvaba su signo como estoqueador. Y éste que es fundamentalmente negativo. Por eso, el paso de Osorno por Madrid no quedó grabado más que por una deferencia de nuestro público, insatisfecho siempre en cuanto a toda curiosidad se refiere. 
Así como Gallito logró distraer a ramalazos y el Niño de la Palma dejó entrever positivas esperanzas, Osorno anuló todo crédito de espera. Quedó definitivamente juzgado. 
Los cinco novillos de la Viuda de Concha y Sierra y el de Fonseca constituyeron una corrida muy a tono con la terna de novilleros. Corrida para triunfar plenamente...
El juicio de A es lapidario y no le concede nada a Rafael Osorno. Lo considera uno más de los muchos que han pasado por Madrid.

Mañico de Matancillas

¿Pero quién ha sido en realidad Rafael Osorno?

Rafael Osorno no es el fantasma que parecen describir las dos crónicas arriba transcritas. En su historia tiene el haber escrito alguna de las páginas más grandes de la historia del Toreo de la Condesa y quizás también, de la historia moderna del toreo en México.

Ese hecho ocurrió el 30 de agosto de 1942, cuando para lidiar novillos de Matancillas, fue acartelado con Rutilo Morales y Luis Briones. Esa tarde le correspondió en el sorteo el novillo llamado Mañico, al que le realizó la que, durante muchos años, fue considerada la mejor faena realizada por un novillero en las plazas de la capital mexicana. El psiquiatra Enrique Guarner fue testigo de esa faena y en un artículo publicado en el desaparecido diario Novedades de la Ciudad de México el 15 de mayo del año 2000, recuenta lo siguiente:
El domingo 30 de agosto de 1942, se lidiaron en El Toreo de la Condesa, novillos de Matancillas. El cartel estuvo integrado por Luis Briones, Rutilo Morales y Rafael Osorno. El quinto se llamó “Mañico”, siendo negro zaíno y cómodo de pitones. Rafael Osorno le desplegó el capote ligando media docena de verónicas. Vino luego un fantástico quite por chicuelinas, y en el segundo tercio, tres magníficos pares de banderillas que fueron de menos a más. Con la muleta, Rafael, que vestía de azul y plata, realizó un portento de faena, donde se produjeron pases de todas las marcas que transformaron la plaza en un manicomio con los espectadores gritando sin cesar. A pesar de tres pinchazos y entera en lo alto, se le concedieron las orejas y el rabo, dando hasta cinco vueltas al ruedo...
Por su parte, Guillermo Ernesto Padilla, en su Historia de la Plaza El Toreo hace la siguiente remembranza:
Osorno dio la nota de aquella y de muchas temporadas con una maravillosa faena al incomparable “Mañico”, faena reputada como la mejor realizada por un novillero en aquel ruedo. Fue algo portentoso. A los pases por alto escultóricos siguieron las series de pases naturales, prodigio de elegancia y clasicismo, los derechazos de incomparable belleza y el de pecho izquierdista como un monumento. Cuando el astado dobló, después de varios pinchazos y una estocada honda, los ámbitos del coso se estremecieron al grito consagrador de ¡torero! ¡torero! ¡torero! mientras el maravilloso muletero recorría la arena sobre un mar de prendas y con la oreja del imponderable “Mañico”. Después vendría la multitudinaria salida en hombros...
En ambas relaciones hay disparidad en cuanto a los apéndices concedidos por la faena, pero la esencia, el hecho de que la gente que la presenció perdió los papeles ante la magnitud de la obra realizada, es coincidente. Y hasta estos días, cuando se habla de una gran obra de un novillero, se alude a Osorno con Mañico, a Procuna con Barbián, a El Callao con Cuadrillero, a Solórzano con Bellotero, o a José Antonio Ramírez con Pelotero, pero Rafael Osorno siempre está a la cabeza de esa lista.

Y el aire legendario de Rafael con Mañico empezó temprano. En 1945, preparando su temporada española, el 5 de abril, apareció esta inserción sin firma en el ABC de Madrid:

Rafael Osorno o la evocación de “Chicuelo” 
Después de evocar la faena más grande de las realizadas en Méjico por Manuel Jiménez “Chicuelo”, en la plaza de El Toreo, un periódico mejicano saca a colación lo efectuado por Rafael Osorno recientemente en la misma plaza y dice: “Hace apenas unos domingos, la plaza de toros El Toreo se estremeció nuevamente hasta sus cimientos. La arena se cubrió de prendas de vestir, de flores, de sombreros, de todo lo arrojable que los espectadores tenían en sus manos. Estábamos viendo realizarse nuevamente el milagro de la gracia, el clasicismo en el arte del toreo; esta vez, como la anterior, era un torero de pequeña estatura, espigadito, de andar menudito y rostro infantil. Por un momento nos pareció estar soñando; nos pareció volver mentalmente diecisiete años atrás y veíamos a la misma figura girar lentamente; al toro ir y venir, metido materialmente en los vuelos del mágico engaño. El rostro del artista, sin inmutarse. Los pies, sembrados en la ocre arena, moviéndose tenuemente y sólo lo necesario para que la figura quedara asentada en el terreno preciso para continuar aquella serie de muletazos perfectos y ligados, en los que el conjunto del toro y artista formaba imágenes de belleza inconmensurable; imágenes como aquellas que trazaron para la fiesta esos derroteros de belleza estética que ahora tiene. Rafael Osorno, con el toro “Mañico” de Matancillas, escribió un capítulo entero del arte de bien torear, de torear con arte. 
Se habla ya de otorgar la alternativa a este diestro, que en tan solo dos años se ha colocado en la cima más alta del escalafón novilleril contemporáneo. Osorno, de novillero, es el que mejor papel ha hecho, no sólo ante el toro, sino con el mismo público, que ya ha mostrado la marcada preferencia que tiene para este joven artista, al que ya se le han afiliado numerosos partidarios, que forman legión y que constituirán, cuando el muchacho se doctore, un poderoso partido, que llevará a su héroe hasta las cimas elevadas a que la perfección que ha alcanzado dentro de su arte le ha hecho merecedor”. 
A primeros de abril llegará a España Rafael Osorno, y poco hemos de tardar en ver la confirmación de lo que de él dice la Prensa mejicana.
Inserción en el ABC de Madrid 05/04/1945
Rafael Osorno no pudo escalar la cumbre porque se esperó de él lo realizado con Mañico en cada toro que enfrentó. Cambió el oro por la plata e ingresó en la Unión Mexicana de Picadores y Banderilleros en el año de 1948, despidiéndose de los ruedos el 27 de agosto de 1978 en la Plaza México, en una novillada que torearon Alfonso Hernández El Algabeño, Félix Briones hijo y Gerardo Nuño El Calesa alternando en la lidia de novillos de Santoyo.

Rafael Osorno falleció en la Ciudad de México el 13 de octubre de 1984.

domingo, 8 de septiembre de 2019

En el 45 aniversario de la confirmación madrileña de Arturo Ruiz Loredo

La confirmación de Arturo Ruiz Loredo
Foto: El Ruedo
El caso de Arturo Ruiz Loredo es uno que lleva el signo de la precocidad. Actuó en su infancia como becerrista y Rafael Gómez, en su bitácora Toreros Mexicanos, le anota una presentación también como rejoneador en Ciudad Juárez el 4 de mayo de 1958, juntamente con sus hermanas Graciela y María Eugenia, previo a la actuación de los diestros de alternativa Andrés Blando y Miguel Ángel, con toros de La Noria.

Al avance de los tiempos, decidiría vestir el terno de seda y alamares y su presentación como novillero en la Plaza México se daría el 12 de mayo de 1968, cuando se corrieron novillos de San Miguel de Mimiahuápam en tarde en la que alternó con Diego O’Bolger y Mario Sevilla. En esa temporada en la que destacaron entre otros Curro Rivera, Mario de la Borbolla, Fabián Ruiz, Gonzalo Iturbe, Pepe Bravo, Guillermo Montes Sortibrán, Arturo Magaña, Paco Villalba, Pepe Orozco, Pepe Caro, José Luis Medina, Leonel Álvarez El Diplomático, Daniel Vilchis, Carlos Málaga El Sol, Gilberto Ruiz Torres, Óscar Rosmano o Polo Meléndez; Ruiz Loredo sumó seis tardes en una temporada que tuvo treinta y una novilladas y a decir de Daniel Medina de la Serna, fue el auténtico triunfador de ella.

Recibió la alternativa en Tijuana, el 15 de junio de 1969, le apadrinó el regiomontano Raúl García y atestiguó la ceremonia su compañero de quinta Curro Rivera, el toro de la cesión fue Bullicioso, de San Miguel de Mimiahuápam como todos los lidiados esa tarde. Ese doctorado lo confirmaría en la Plaza México el 21 de febrero 1971, de manos de Leonardo Manzano que le cedió la muerte del toro Pajarito, de don Gustavo Álvarez, en presencia de Mario Sevilla.

La confirmación en Las Ventas

Su confirmación madrileña se arregló para el domingo 8 de septiembre de 1974, en una combinación típica del verano de la capital de España. Le apadrinaría Joaquín Bernadó y sería testigo el cordobés Florencio Casado El Hencho, quienes tendrían que dar cuenta de una corrida de Joaquín Murteira Grave, habitual en esas fechas de la temporada de Las Ventas.

Seleccioné dos relaciones del festejo para esta remembranza. La primera en tiempo es la que escribe quien firmó como Pepe Luis en la Hoja del Lunes de Madrid el día siguiente del festejo y es de la siguiente guisa:
Bonito, pero difícil ganado en Madrid 
Confirmó su alternativa el mejicano Ruiz Loredo; le correspondió el único toro bravo y noble de Murteira Grave 
Portugal, Méjico... y Córdoba 
Todos los domingos, confirmación de alternativa. Ayer le correspondió a un muchacho nacido hace veinticuatro años en la capital mejicana. Se llama Arturo Ruiz Loredo y llegó a Madrid sin otro bagaje noticiable que el haber merecido la atención de un hombre tan despierto y conocedor del mundo taurino de ambos continentes como es Raúl Ochoa Rovira (le apoderó hasta hace muy poco tiempo); que tomó la alternativa en la plaza de toros de Tijuana el 15 de junio de 1971 y que la confirmó en la Monumental Méjico el 8 de febrero del año siguiente. Otros datos de su pequeño historial son que es un buen jinete y que incluso antes de torear a pie quiso probar fortuna como rejoneador. Ayer, para el solemne acontecimiento de refrendar su doctorado en nuestra Monumental, tuvo un precioso toro, enmorrillado y lustroso, largo y hondo, que como los cinco restantes de la tarde pertenecía a la ganadería portuguesa de don Joaquín Manuel Murteira Grave; se llamaba “Sirviente”, estaba marcado con el número 87 y pesaba 520 kilos. Haciendo honor a su nombre, el animal “sirvió” noble y bravamente al lucimiento de Ruiz Loredo – que éste lo lograse o no, es otra cuestión – y al prestigio de su divisa azul y amarilla. El torero ultramarino se mostró bullicioso y variado con el capote, lo que se premió con aplausos y menos divertido con la muleta. Toreó mucho y por todos los registros, pero el gentío estaba más pendiente del comportamiento del bóvido que de lo que el diestro realizaba. Faena larga, que por muchas razones no llegó a calar en la sensibilidad pública. Cuando se convenció de la inutilidad de su porfía, mató de media estocada traserilla que bastó. Se le aplaudió... pero se aplaudió más, y con justicia a “Sirviente” al ser llevado al desolladero. En el sexto, el menos malo de los cinco restantes, el azteca tampoco logró lucirse a pesar de sus esfuerzos por agradar. Mató de dos medias estocadas y un descabello al borde mismo del aviso, después de muchos intentos. Digamos en su honor que salvó a El Chuli de un percance casi seguro, cuando el peón, a merced del toro, iba a ser corneado en el suelo. Y también que con este sexto toro volvió a lucirse como alegre y variado torero de capa... 
Tarde cálida y tres cuartos de plaza, tres cuartos que para la empresa son muchos cuartos.  
¡Enhorabuena!...
Enseguida está la que firma en el ABC madrileño Pérez Mateos, que con un ánimo más conciliador, expresa:
Tarde de capotes caídos 
Serio y duro ganado de Murteira y vuelta al ruedo de «El Hencho» 
También han venido los toros de don Joaquín Manuel Murteira Grave que, por estas calendas septembrinas al margen de San Isidro, suelen hacerle una visita a esta plaza. Los «murteiras» han venido hechos unos auténticos galanes; preciosos de lámina, guapos de trapío. Se les notaba que su dueño, el señor Murteira, hombre aficionado, muy aficionado, los había tratado a cuerpo de rey allá por los pagos de «Galiana» una extensa finca portuguesa con mucho de extremeña en la misma muga hispano – lusa. 
Ya digo que los «murteiras» venían a exhibirse como si el ruedo de las Ventas fuera una pasarela para modelos taurinos. Aquí creo que el jurado, en este caso el público, no ha opuesto ningún reparo a estos guapos galanes. Pero en lo que se refiere a bravura siento de veras que la sangre no les bulliese con el mismo entusiasmo que al ganadero a la hora de criarlos. Solamente me ha gustado el primero, que obedecía por «Serviente» y que de haberlo toreado el mejicano Arturo Ruiz Loredo sin ahogarlo, a más distancia, hubiese brillado mucho. Los demás, serios y duros, acusaron mansedumbre y sentido. 
Y tras este exordio, dedicado a los toros, vámonos, amigo lector, a ver que hicieron los toreros con estos guapos galanes a los que se les recibió con aplausos y admiración cuando aparecieron por los chiqueros. Era lo justo. 
Ahí está Ruiz Loredo que confirma la alternativa. Unas verónicas, unas chicuelinas y unos lances con cierto gusto. Llega el último tercio y el mejicano se encamina hacia «Serviente», que es noble de embestida y, si el torero le cita desde más lejos, ¡ay, qué bien puede ir! Una voz – un apuntador taurino – se lo dice altamente. Se agradece el consejo, debe pensar el manito, pero hace falta mucho corazón para saludar desde lejos a este galán. Debe parecer un ciclón... El mejicano torea cerca por redondos llenos de voluntad, mata con decoro y saluda. «Rabino», que así se denominaba el sexto, nada más salir se dedicó a corretear. Unos lances airosos de Ruiz Loredo. El tercio de banderillas se transforma en un rubicón para los subalternos. Con la muleta algún pase que otro y nada más. «Rabino» tarda en embestir y cuando lo hace actúa distraídamente. El mejicano tarda en matar a «Rabino». Algunos pitos...”
Como podrán ver, Arturo Ruiz Loredo resolvió la papeleta con una absoluta dignidad. El encierro no era para una ocasión de triunfo, pero de lo transcrito se aprecia que lo aprovechó en lo permisible. 

Después de su confirmación de alternativa, Arturo Ruiz Loredo compareció en la Plaza México tres ocasiones más. En la actualidad se dedica a la enseñanza de la monta a la alta escuela.

Retales de la prensa de esa fecha

Navacerrada, 8 de septiembre. Antoñete, alternando con Curro Vázquez y el rejoneador Joaquín Moreno de Silva, sufre probable fractura de un dedo de la mano izquierda.

Barcelona, 8 de septiembre. Rafael Gil Rafaelillo corta dos orejas a su primero, que le provocó una contusión abdominal, no salió a matar a su segundo. Alternó con Julio Vega Marismeño, que corta dos orejas y José Mari Manzanares, que corta una oreja a cada uno de sus toros. Toros de Ignacio Pérez Tabernero.

Utrera, 8 de septiembre. Toros del Conde de la Maza. Curro Girón, 2 orejas; Manolo Aroca, tres orejas, Richard Corey, cuatro orejas y Juan Montiel, una oreja.

Murcia, 8 de septiembre. Toros de Mercedes Pérez Tabernero (2), Juan Mari Pérez Tabernero (3) y Sánchez Fabrés (1). Diego Puerta, palmas en su lote; Paco Camino, palmas en su lote; Niño de la Capea, dos orejas.

domingo, 25 de agosto de 2019

Cayetano Palomino Palomino de Méjico

Cayetano Palomino, Palomino de Méjico
Foto: Búscame en el ciclo de la vida
En el primer tercio del siglo XX, apareció brevemente por las plazas mexicanas y con más frecuencia por las españolas, un torero que de este lado del Atlántico se anunció con su nombre, Cayetano Palomino y de aquél otro lado, fue más conocido como Palomino de Méjico, quizás para diferenciarlo de otro novillero del mismo apellido, Miguel Palomino, originario de Teruel, contemporáneo suyo y que gozó de cierto predicamento por aquellas calendas.

Cossío establece que Cayetano Palomino Benito – ese es su nombre completo – nació en la Ciudad de México el 7 de agosto de 1910. A partir de ese hecho se le considera un torero mexicano, pero existen evidencias que establecen como su lugar de nacimiento la ciudad de Madrid, el 7 de agosto de 1906. De esto me ocuparé un poco más adelante y estableceré mi particular teoría al respecto.

Cayetano Palomino no llegó a ser una figura del toreo. Es un caso interesante, pues su momento de mayor desarrollo coincide con el estallido de la Guerra Civil en España, misma que detuvo la carrera de muchos diestros y terminó con la de otros.

Palomino de Méjico se presentó en el Toreo de la Condesa el sábado 14 de septiembre de 1929, en la víspera de la novillada de la Oreja de Plata. Alternó en la lidia de novillos de Ajuluapan, anunciados como fracción de Tepeyahualco con Jesús Quintero, Paco Hidalgo, Miguel Gutiérrez, Pedro Peña y Juan Prieto y el cronista de El Taurino – semanario continuador de Toros y Deportes – señala que se le vieron buenas maneras y mucha habilidad con las banderillas.

En España

De sus actuaciones en ruedos hispanos pude localizar relaciones de algunas de ellas, de las que por orden cronológico extraigo lo siguiente:

En Tetuán el 7 de mayo de 1933: Novillos de Juan Belmonte (ganadería debutante) para José Vera Niño del Barrio. Manuel Suárez Magritas hijo y Palomino de Méjico. (Magritas herido, no mató ninguno). La crónica publicada en el ABC de Madrid del 9 de mayo relata lo siguiente:
En Cayetano Palomino, el torero mejicano, vimos apuntar más netamente en su actuación el estilo de un buen estoqueador de toros, aparte de otros detalles que le acreditan como poseedor de excelentes condiciones de torero. Con el capote supo parar y mandar con temple; quitando estuvo oportuno y adornadísimo, y como banderillero hizo gala de formidables facultades en el momento de unir los brazos, clavar y salir limpiamente de la reunión. Sus faenas de muleta en los tres bichos fueron de dominio, sobre todo en el quinto, al que muleteó por bajo de forma inmejorable, para entrar tres veces a herir, en corto y despacio, agarrando la última vez una magna estocada… Al sexto no le supo sacar todo el partido que permitían las condiciones del bravo novillo; no obstante logro lucidos muletazos de pecho y repitió su estilo de buen estoqueador. En este muchacho hay masa para moldear una buena figura taurina. – J. Carmona.
En Barcelona, el 3 de marzo de 1935: Novillos del Marqués de Albayda para Edmundo Zepeda El Brujo, Jesús González El Indio y Cayetano Palomino. En la crónica que se publicó en el semanario Fiesta Brava del 8 de marzo siguiente se dice:
Gustó el debutante Palomino y para él fueron las palmas más sinceras de la tarde… Desde el primer momento se apreciaron en el muchacho destellos de torero de buena clase… Está enterado del oficio y da en todo momento la sensación de que hay en él un novillero cuajado... La faena de su segundo tuvo más consistencia. Bravo y con temperamento el novillo, Palomino pudo desarrollar un toreo que produjo legítimo entusiasmo… Llevando siempre toreado a su enemigo, pasó por el de pecho varias veces en unos muletazos largos y ceñidísimos, dibujó unos trincherazos magníficos de aguante y mando y entre ovaciones y música, cada vez más metido en el toro, hizo un faenón al que puso por contera un estoconazo a un tiempo quedando prendido de un pitón… Se le ovacionó, cargaron con él en hombros y entre aplausos dieron con él la vuelta al ruedo y se lo llevaron hasta el coche... Gustó Palomino. Puso vibración en todo lo que hizo y junto a la frialdad de sus compañeros, su trabajo destacó notablemente... Trincherilla  
En Salamanca, el 23 de junio de 1935: Novillos de María Montalvo para Cayetano Palomino, Silverio Pérez y Jaime Coquilla. La crónica publicada en el ABC de Madrid del 25 de junio siguiente cuenta:
Salamanca 24, 12 mañana. – Ayer se celebró la novillada para la presentación profesional del joven ganadero Jaime Coquilla… El ganado, de doña María Montalvo, fue excelente; a dos bichos se les dio la vuelta al ruedo… Palomino de Méjico dio buenos lances al primero y le clavó tres buenos pares de banderillas; muleteó embarullado y movido, sacando algún pase aceptable para estocada ladeada y un descabello al tercer golpe. En el cuarto lanceó vulgarmente y puso tres pares de banderillas formidables. Hizo faenas de muleta buenas y adornadas para media estocada delantera, que le valieron ovación y oreja…
Presentación en Madrid, el 25 de agosto de 1935: 6 de Ramón Ortega y 2 de Lorenzo Rodríguez para Silvino Zafón Niño de la Estrella, Paco Bernal, Cortijero y Cayetano Palomino. La crónica de Eduardo Palacio publicada en el ABC de Madrid el 27 de agosto siguiente cuenta:
Cayetano Palomino es un diestro mejicano que hacía en esa fiesta su presentación dando la impresión en ella de ser un muchacho valiente, si bien manejando el percal ignora casi lo más rudimentario. Se banderilleó fácilmente sus dos enemigos, menester que domina, y se le aplaudió, y con la franela se mostró también un tanto verde. Por la muerte de su primero, realizada de media estocada en lo alto, se le ovacionó, haciéndole salir a los medios, y concluyó con el que cerró plaza, ya encendidos los focos, de tres pinchazos y media estocada... E.P.
En Tetuán, el 22 de septiembre de 1935: Novillos de Clemente Tassara, antes González Nandín para Palomino de Méjico, Manuel Suárez Magritas hijo y Pedro Martín Carmona. La crónica aparecida en el ABC de Madrid del 24 de septiembre siguiente relata:
En ese ambiente de alegría que hemos hablado vimos a Palomino de Méjico manejar con suavidad el capote y tirar con lentitud del toro, con ese estilo moderno que ha borrado el antiguo lance, movido y desajustado, y en los quites torear por chicuelinas y verónicas de rodillas, y después banderillear aguantando fuertes arrancadas con magníficos pares de frente, por ambos lados, y al cambio, verdaderos alardes de arrogancia y de arte. Y si bien estuvo en su primer novillo, al que, después de dominarle en tablas, le hizo rodar de soberbio pinchazo y media estocada en las agujas, logró superarse en la lidia cuidada que le dio a su segundo, al torearle con suavidad a la salida y en los quites, al clavarle cuatro pares de banderillas y al desarrollar con la muleta una teoría de naturales ligados con los de pecho, cambiándose la muleta de mano, molinetes y rodillazos que culminaron en un gran pinchazo, una estocada y un descabello. Palomino de Méjico cortó la oreja, dio la vuelta al ruedo y tuvo una apoteosis triunfal... J. Carmona
De lo que se transcribe hasta aquí podemos deducir que Cayetano Palomino fue un torero que era eficaz con la capa, un muy buen banderillero y también un eficaz estoqueador. Tanto así, que el año de 1935, según Cossío, logró sumar la friolera de 30 fechas, lo que lo dejaba a mi juicio en la antesala de una alternativa para el año de 1936, pero la actividad taurina quedó truncada por el estallido de la Guerra Civil y seguramente por eso no ocurrió.

El mismo Cossío señala que recibió la alternativa en Talavera de la Reina el 12 de octubre de 1937 de manos de Antonio Márquez y llevando a Victoriano de la Serna como testigo siendo los toros que se lidiaron de Galache. Por otra parte he de señalar que Antonio Fernández Casado en su obra Garapullos por Máuseres, fija la fecha un año antes, es decir el 12 de octubre de 1936, a unos cuantos días de la toma de la ciudad por las llamadas tropas nacionales.

El mismo Cossío señala que Palomino de Méjico toreó en Talavera y en Salamanca en el año de 1938 y que es a partir de ese año que se le pierde la pista en los ruedos hispanos.

¿Mexicano o Español?

Publicación aparecida en el ABC de Madrid el
11 de noviembre de 1978
Decía al principio que Cossío establece su lugar de nacimiento como la Ciudad de México. En la búsqueda de información acerca de este torero – he de aclarar que llevo una bitácora de los toreros mexicanos que han recibido la alternativa en plazas españolas y francesas – me encontré con un aviso judicial publicado en el diario ABC de Madrid el 17 de noviembre de 1978 en el que la que supongo ya entonces viuda del torero, promovía su declaración de muerte por ausencia prolongada.

Mi deformación profesional me hizo referirme a la legislación civil sustantiva y procesal vigente en el momento de la publicación para ver los alcances de la información allí contenida, sobre todo la que se refiere al lugar y fecha del nacimiento del diestro, que se señala como ocurrido en Madrid el 7 de agosto de 1906.

La iniciadora del proceso de declaración de muerte de Cayetano Palomino Benito tuvo que acreditar la celebración de su matrimonio con él y para celebrar ese acto del estado civil ambos contrayentes tuvieron que demostrar entre otras cosas su lugar de nacimiento y su filiación, razón por la cual, puedo concluir con algún margen de error que Cayetano Palomino nació efectivamente en Madrid, que su nacionalidad era española y que el único motivo por el cual se le anunciaba como Palomino de Méjico era quizás porque inició su carrera como novillero aquí en México antes que en España.

Existe otro motivo que puede reforzar mi anterior argumento, es que de haber sido efectivamente mexicano, el decreto publicado en la Gaceta de Madrid el 3 de mayo de 1936 y que desencadenó lo que se ha dado en llamar el boicot del miedo le hubiera impedido seguir actuando en España y hubiera tenido que regresar a México a bordo del Cristóbal Colón junto con los otros seis matadores de toros, trece subalternos y dieciocho novilleros que fueron deportados tras la puesta en vigor de la disposición firmada por Enrique Ramos, Subsecretario del Trabajo y Acción Social del Gobierno de la Segunda República Española.

En fin, que esta es una historia que tiene mucho todavía por escribirse, según se ve de todos los datos que están aquí.

En La Fiesta Brava, Barcelona
13 de abril de 1934

domingo, 9 de junio de 2019

Rodolfo Gaona y Barrenero de Albaserrada

A un siglo de la presentación de los grises en Madrid

Rodolfo Gaona y Barrenero de Albaserrada
Foto: Aurelio Rodero Reca. La Lidia, 4 de agosto de 1919
En el año de 1912 don Hipólito Queralt y Fernández Maqueira, Marqués de Albaserrada, adquirió de su hermano Enrique, Conde de Santa Coloma, ganados encastados en Saltillo y Santa Coloma – estos a su vez origen Saltillo – Ybarra – para formar su propia ganadería de lidia. Presentó su primera corrida de toros en Sevilla el día 23 de abril de 1916, misma que lidiaron mano a mano Gallito y Juan Belmonte y algo más de tres años más tarde, haría su presentación en Madrid, con una corrida que lidiarían Cástor Jaureguibeitia Cocherito de Bilbao, Rodolfo Gaona y Julián Sáiz Saleri, misma que es la que me ocupará en esta oportunidad.

Algunos antecedentes

A riesgo de incurrir en territorios de lo que es materia de la prensa rosa, he de señalar que Rodolfo Gaona y Jiménez, natural de León de los Aldamas, Guanajuato, México, había contraído matrimonio eclesiástico con Carmen Ruiz Moragas en la parroquia de la Señora de las Angustias de Granada en noviembre de 1917. Una boda que tuvo rumbo y significación dentro del ambiente social y taurino de la época.

El matrimonio tuvo una breve duración, pues era casi de dominio público que la señora Ruiz Moragas era amante del rey Alfonso XIII, con quien procreó dos hijos, aunque en la época, se acusó por activa y por pasiva al carácter brusco, duro, insensible, juerguista, incapaz de comprender el tesoro de ternura que guardaba el corazón de aquellas muchachita de dieciocho años la ruptura matrimonial. El paso del tiempo develaría las verdaderas razones, pero eso se decía en aquellos tiempos y eso se usó como arma arrojadiza en contra del torero.

En ese entorno y en ese estado de ánimo llegó a la corrida del 29 de mayo de 1919 el Indio Grande. Atacado por la sociedad española, especialmente por la madrileña. Hecho trizas moralmente. Pero dispuesto a enfrentar a una ganadería de nuevo cuño integrando un cartel en el que él representaba seguramente el máximo atractivo. Supongo que todo se le presentaba cuesta arriba.

La corrida

Cocherito de Bilbao fue cogido por el primero de la tarde antes de la estocada, así que en términos de la reglamentación aplicable de la época, Rodolfo Gaona mató esa tarde los dos toros que le tocaron en suerte, más los dos de su alternante herido. De la actuación de Saleri solamente se ocupan las crónicas de la época de su primer toro, del tercero, señalando que fue una actuación aseada. Fue tal la escandalera que se armó en la lidia del quinto, que allí terminan las relaciones que encontré.

El encierro

El ganadero debutante debió salir satisfecho con lo que la prensa madrileña expresó respecto de sus toros. Para muestra lo que Alejandro Pérez Lugín Don Pío, escribió en El Liberal de Madrid del día siguiente del festejo:
La nota interesante de la corrida fue el ganado. Enorgullecedor «debut». Toros bien presentados, que recordaban por su tipo y hechuras el origen, y por sus hechos hicieron honor a su sangre brava entre las bravas, aún cuando los hubo mejores y menos buenos, tuvieron todos bravura y poder, de cabeza y de patas, que es el que disgusta a los toreros y dejaron satisfecha a la afición y al marqués de Albaserrada, colocado en la plaza de Madrid entre los ganaderos de primerísima fila, como dice el académico Retana.
Ahora marqués, no olvide usted el momento tan agradable, su mejor rato de ganadero, que ayer gozó largamente en esta plaza y cuando llegue la hora de hacer todos los años la elección de toros, recuerde a la primera plaza de España, que le dio ayer la mayor satisfacción que como ganadero podía esperar... y apártele lo mejor. Siquiera porque aquí hay paladar para saborear las cosas buenas.
Nunca olvidaremos los aficionados aquél quinto toro «Barrenero» de nombre, número 11 en el padrón municipal, negro de pelo y con tipo de Saltillo.
En cuanto «Barrenero» vio delante de sí el primer caballo arrancó a él impetuoso, lo alzó como una pluma y lo metió dentro del callejón por encima de la barrera, haciendo saltar a continuación el tablero que arrancó de un golpe para ver la cara de su víctima. Luego, cada vez que le citaban y le citaron siete, se arrancaba pronto y breve y codicioso y dejaba caer con tremendos tumbos caballo y caballero hechos tal lío que los «monos» se veían y deseaban para deshacerlo y separar al de arriba del de abajo. En la arena reinaba un pánico tremendo. ¡Quites! La providencia los haga. ¡Quién osaba ponerse en el camino de aquella mole, de aquella impetuosa catapulta que lo arrollaba todo! Seis fueron los tumbos. En seis años no vuelven a sonreír los picadores que llevaron esta suerte de varas.
 - ¡A cualquier cosa llaman suerte! - dirán los aludidos.
Fue una pelea de toro bravo, seco, duro y poderoso, que el público, que el público siguió enardecido y entusiasmado, aplaudiendo repetidas veces las bravas arrancadas del bravo «Barrenero» y haciendo una ovación grandísima al ganadero, que estaba en su barrera del 10, junto a su hermano el conde de Santa Coloma...
Gaona y Barrenero

Vista la crítica que hace el gallista Don Pío a las condiciones del toro, ¿qué fue lo que sucedió a Rodolfo Gaona delante de él? 

Primero la versión de Ángel Caamaño El Barquero, en el Heraldo de Madrid:
Formidable escándalo. A Gaona le echan un toro al corral... Gaona empieza su faena sin ganas más que de meter mano pronto y sin preparación entra a herir descompuesta y arteramente, desatándose el público en una de las protestas más serias y más indignadas que hemos presenciado.
El ruedo se cubre totalmente de almohadillas dando una en la cara del torero que ya agotadas sus menguadas energías no hace por acercarse a las tablas, donde los proyectiles caen en verdadera nube.
A todo esto el cornúpeto no se muere ni a tres tirones, y el escándalo no cesa, y salen almohadillas no sabemos de dónde, pues parece que en cada tendido hay una fábrica de esos chismes. Uno de ellos arranca la muleta de manos de Gaona y otra queda clavada en en pitón derecho de la res.
Uno tras otro suenan los avisos, y al recibir el tercero Gaona abandona su enemigo, que ni a tres tirones quiere seguir a los mansos.
En el tendido 1 vienen a las manos algunos espectadores y la benemérita se lleva a uno de ellos...
Más desarrollada es la versión de Joaquín López Barbadillo Barbadillo, en El Imparcial, de la que extraigo lo siguiente:
Un excelentísimo toro criado por un Excelentísimo Señor... Cuando Gaona, para quien la tarde venía ya siendo aciaga y contra quien el público venía mostrando un encono hasta entonces excesivo quizás, cogió los trastos, hubo un momento de revuelo, de voces, de manifestaciones encontradas y, en el fondo, de gran expectación «aguardaban» allí, en la brega con la fiera; en la reserva o en el arrojo al muletearla; en la decisión o la cobardía al herir. Llegó el espada al bruto y lo empezó a trastear. Hubo dos o tres pases por la cara, que el matador daba con precaución. Surgió la grita. Hubo otros pases más, en igual forma. Entonces el escándalo se hizo de pronto, repentinamente, loco, descomunal. Para que el torero no entrase a herir al toro, comenzaron a caer montones de almohadillas al redondel... Gaona entró cuarteando y la protesta imponente arreció... Era la pasión que estallaba desmedida, furiosa, ciega, atroz contra él y contra todos, contra lo de ayer y anteayer, y todo el año y siempre, y contra el asco al TORO DE VERDAD. Y el toro de verdad, como temiendo a algún almohadillazo traicionero más que a los hombres que estaba visto que no podían con él, fue a plantarse en el centro de la plaza y allí le entró de nuevo malamente el ya aturdido y ciego matador, y le dio un metisaca, que a simple vista pareció que debiera haber concluido con la vida del duro y pujante animal.
Pero aconteció lo contrario; desde entonces, fue como si la res, teniendo dentro un misterioso brío que la hiciera invulnerable, hubiera decidido no morir, si no se moría a ley, y frente a frente, como en la dehesa alguna vez soñó. Se fue hacia los tableros; de todas partes proseguía la lluvia implacable y furiosa de almohadillas; no era ya posible torear; triunfaba el público; Gaona se resignó. Humilló la frente; la suya y la de toda o casi toda la torería actual. A partir de aquel momento no intentó siquiera el muleteo. Sonó el primer aviso, y el segundo y salieron los mansos al redondel.
El toro inmóvil, impasible, soberbio, herido de muerte, pero sin morir, los contemplaba inmóvil. Y es que pensaba el toro:
- Yo no me voy de aquí; yo muero aquí. No voy con mansos a ninguna parte. Al corral van los bueyes, los marrajos, los que no saben concluir como yo.
Y al cabo de un gran rato le abrieron la puerta del callejón por si tal vez el bruto quisiera irse por él. Pero él corneó la puerta, se resistió, volvió a andar por el ruedo con su doliente y bestial majestad. Miraba a los tendidos; parecía buscar a alguien, querer poner en práctica una firme y postrera voluntad... Le abrieron otra puerta. Era la Puerta de Madrid. Por ella entró, Avanzó lentamente rascando con el flanco la barrera del 10.
Y alzó los ojos y se detuvo allí, bajo su amo. No se volvió a mover. Allí fueron por él un par de bueyes y no lo pudieron sacar. Allí por fin, a petición del público, dispuso el presidente que el puntillero acabase con él.
Y cayó «Barrenero» patas arriba, mirando a lo alto, como preguntando:
- ¿He muerto dignamente Excelentísimo Señor?
Y las mulillas dieron lentamente dos vueltas a la plaza con él, y en cada una de ellas, cuando el toro pasaba por el 10, sus ojos negros, sus ojos grandísimos, todavía llenos de nobleza y de ferocidad, miraban a lo alto diciendo:
- ¿Cómo he muerto, Excelentísimo Señor?...
La versión de Rodolfo Gaona

En Mis Veinte Años de Torero, Rodolfo Gaona reflexiona lo siguiente sobre esta séptima tarde del abono madrileño de 1919:
No voy a tratar de justificarme. Hice mal. Es un borrón que tengo en mi carrera. Relato cómo fue y porqué lo hice. Claro que mi deber me obligaba a matar a ese toro. No lo niego. Pero nadie podrá negarme que no estaba obligado a desafiar un peligro mayor, como era que me derribaran de un cojinazo delante de un bicho de tanto peligro como aquel.
Fui criticado rudamente. Mis enemigos se dieron vuelo. Nadie tomó en consideración la actitud del público para conmigo. Y no se dijo que Barrenero había distado mucho de ser un toro de bandera y no que lo comenzaba yo a torear como se torea a esos toros broncos que conservan poder: quitándoselos a fuerza de doblarlos con la muleta, con mucho castigo...
Corolario

Todo apunta a que la tarde aciaga de Rodolfo Gaona ante Barrenero fue la explosión de un hombre roto por las circunstancias que le afectaban fuera del ruedo. El torero no dijo más que lo expresado a Monosabio en su libro biográfico. La prensa y la sociedad hispana se cebaron con él en la fecha de los hechos y años después con motivo de la muerte de Carmen Ruiz Moragas. Tal parece que nunca le perdonaron que fuera a pelear de tú a tu con los principales de allá.

Muchos afirman que esta fue la última tarde de Rodolfo Gaona en España. Nada más falso. El Califa de León todavía terminó esa temporada y toreó la siguiente (1920), con la que terminaría su andar por los ruedos hispanos. Sin embargo, en 1923 intentó volver a torear por aquellos pagos pero se encontró con que ya las cosas estaban organizadas de una manera distinta a como él las dejara tres años antes. No obstante, pudo torear una corrida de toros el 1º de julio en Barcelona, alternando con Diego Mazquiarán Fortuna y Francisco Vila Rubio de Valencia, en la lidia de toros de Andrés Sánchez.

Así pues, se dieron las cosas en la tarde en la que debutaron en Madrid hace un siglo los toros que hoy en día se lidian a nombre de Victorino Martín.

Edito: A unas horas de haber puesto esto en circulación, Octavio Lara Chávez, amigo de Querétaro, me hace llegar una información que tenía a la mano pero que no tuve la precaución de consultar. Es lo que escribe Guillermo Ernesto Padilla en su libro El Maestro de Gaona acerca de este asunto. Transcribe, sin citar la fuente, una entrevista que hace Manuel García Santos a Julián Sáiz Saleri en el año de 1943, en el que entre otras cosas revela lo siguiente:
Años después de aquél sonado suceso, Julián Sáiz "Saleri", uno de los protagonistas de tan infausta tarde, hacía las siguientes confesiones al periodista español don Manuel García Santos:
"Le hacía yo una entrevista para las páginas de "El Ruedo" al que fue buen torero, Saleri II, en la ya desaparecida "Granja del Henar". Estábamos sentados Julián y yo en los divanes debajo del reloj, y terminada mi misión llegó esa hora de las confidencias en las que se habla íntimamente sin recato ni escrúpulos. Y fue entonces cuando me dijo Saleri II al hablar de la grandeza de Joselito:
- Joselito es el torero que yo he admirado más. Era asombroso en su dominio, y no se le veía el fin. Nadie ha tenido ni más poder, ni mayor afición, ni más inteligencia... Pero tiene un lunar José en su historia, y yo he sido testigo de ese acto.
- ¿A qué se refiere Usted?
- A lo que hizo con Gaona.
- ¿Con Gaona?... ¿Cuándo?
- El día de la corrida de Albaserrada.
Y me contó con detalle esta anécdota íntima de la vida de Joselito que, ciertamente fue un borrón en su historia de torero y que fuera de Saleri II, no se la oí contar a nadie:
Había exigido Joselito a la empresa de Madrid que anunciara una corrida gorda, dura y con años que tenía Albaserrada. El empresario Retana, acostumbrado a los rasgos de Joselito, no discutió, pero asombrado por aquello que no estaba justificado por ningún suceso taurino, le preguntó a José:
- ¿Quién va a torearla?
- La voy a torear yo. Y me pone Usted en el cartel con Gaona y... con otro.
Saleri al llegar a este punto me contaba:
Yo llegué a Madrid, de torear en el Norte y me extrañó que me avisaban que toreaba. Iba a negarme, pero me dijo Retana que era cosa de José y acepté. Gaona se negó de plano, pero al saber que toreaba Joselito, accedió también. Pero la sorpresa fue mayor en la víspera de la corrida, cuando vemos anunciado con nosotros a Cocherito de Bilbao en lugar de José. Yo como nada tenía que perder, y a mí me han dado siempre igual unos toros que otros, no me gustó la cosa, pero... pasé por ella. Rodolfo creo que protestó. Se le dieron razones, se le habló y terminó accediendo. Y... ¡no le digo a Usted nada!... No había salido el primer toro y ya estaba Cocherito de Bilbao en la enfermería... Luego salió "Barrenero" y acabó con Gaona. Acabó con él porque se dejó vencer sin luchar.
- Sin luchar, ¿contra quién?
- Sin luchar contra el toro y sin luchar contra José, que aquella tarde debía estar con nosotros frente a los albaserradas, que para eso los había exigido a la empresa...
Eso ha sido el lunar en la historia de un torero tan grande como fue Joselito...
Esto lo supe yo, porque Saleri II me lo dijo en el mes de agosto de 1943, en los divanes de la antigua "Granja del Henar" con el pelo ya blanco Julián Sáiz. En esa edad las cosas se dicen ya sin acritud, porque se está tan lejos del bien, como del mal..."
Reitero, Padilla no cita la fuente de la que obtiene la entrevista que transcribe. Pero por otro lado, volviendo a la prensa que revisé inicialmente, me encontré con el parte médico de la herida de Cocherito de Bilbao, publicado en el Heraldo de Madrid y es el siguiente:
Parte facultativo: Durante la lidia del primer toro ha ingresado en la enfermería el diestro Cástor Ibarra «Cocherito», con una herida en la región perónea izquierda, de forma triangular, de diez centímetros de extensión, que interesa masas musculares; lesión que le impide continuar. - Dr. Taboada.
En términos médicos, la herida de Cocherito no aparenta revestir gravedad y sí, a la luz del tiempo, aparenta ser solamente una coartada para dejarle a Gaona lo que tenía encerrado en toriles. Así pues, la hipótesis de la encerrona no se puede descartar por completo. 

Hay cosas que por el tiempo que ha transcurrido ya no se puede averiguar, pero evidencias quedan siempre que nos dejan material para pensar y para discutir.

domingo, 2 de junio de 2019

Tres ternos de seda blanca

Victoriano La Serna
(Archivo El Mundo)
Hace poco menos de tres años en una conversación que sostuve con el Maestro Jesús Solórzano, me trajo a ella el recuerdo de una tarde en la que su padre, El Rey del Temple, alternó con Cagancho y Victoriano de la Serna en la plaza vieja de Madrid y en la que los tres toreros vistieron de blanco. Me comentaba con emoción lo que su padre le refirió de aquella tarde de los ternos blancos y me pidió que le localizara alguna información acerca de lo sucedido en esas calendas.

Me puse manos a la obra y pude encontrar que se trató de la corrida final del abono madrileño de 1932. Se celebró el día 8 de mayo y en los hechos, se lidió un encierro de Villamarta para los toreros ya nombrados. No fue una tarde de esas en las que se cortaran múltiples despojos, pero sí fue, de acuerdo con la hemerografía, un festejo de esos que dejan huella en la memoria de quienes lo presenciaron y en la Historia del Toreo.

Encontré varias crónicas de escritores importantes, con las que trataré de armar algo que pueda resultar de su interés.

Baile de corrales

Hoy en día son frecuentes los bailes de corrales por la imposibilidad de presentar encierros adecuados a la categoría de una plaza determinada. Hace 87 años quizás no era frecuente verlos, pero tampoco imposible. Estaba originalmente anunciada una corrida de don Juan Manuel Puente – antes Vicente Martínez – pero no superó el reconocimiento veterinario. Para sustituirla, se aprobó una de Villamarta, rechazada el 27 de abril anterior y que permanecía, entiendo, en las dependencias de la plaza.

Don Gregorio Corrochano, a propósito del asunto, en su tribuna del ABC madrileño relata lo siguiente:
Hace unos días que vino la corrida de Villamarta. Ignoramos las razones científicas que aconsejaron rechazarla. El domingo se lidió, es decir, a los pocos días, cuando los toros, en vez de ganar, sufrieron los estragos de los primeros días del cambio, y nada tenemos que oponer a la presentación de la corrida. En esta última de abono había de jugarse la de Juan Manuel Puente y fue cambiada por la de Villamarta. No es fácil, por lo visto, venir con una corrida a Madrid…
Y abunda en el tema Federico Morena, del Heraldo de Madrid, que expone con más amplitud lo sucedido y se atreve a vaticinar lo que vendría después:
Hay cosas inexplicables – decía yo –, y una de ellas es cómo la corrida de Villamarta que rechazaron por falta de trapío los profesores veterinarios en el reconocimiento del miércoles 27 de abril pudo ser aceptada como buena diez días después. Tengo fama de hombre imaginativo y, sin embargo, nunca pude pensar que mejorase tan sorprendentemente una corrida de toros en doscientas cuarenta horas. ¿A qué maravilloso tratamiento fue sometida? ¿Qué mago de la veterinaria obró el portento?...
¡Nada de prodigios! – me respondieron –. Los profesores veterinarios tienen para estas ocasiones un procedimiento muy expeditivo: el de la comparación. Los toros de Villamarta no resistían el parangón, en cuanto a presencia, con los lidiados en corridas anteriores, ni aún con los novillos jugados en las primeras funciones de la temporada.
Exacto – asentí –.
Pero a la vista de las «fieras» que envió para la cuarta de abono D. Juan Manuel Puente, el flamante criador colmenareño, los toros del ex marquesado parecieron a los facultativos «catedrales» y aceptaron la sustitución...
¿Luego la corrida de don Juan Manuel...?
Se lidiará en cuanto llegue una más chica. Acaso el jueves próximo.
¡A lo que hemos llegado, señor director general de Seguridad, en la plaza de Madrid!...
Con esos mimbres se celebró una corrida que resultó al final de cuentas memorable, que ha trascendido a la historia como la corrida de los trajes blancos, en la que el toreo se reafirmó como un arte mayor.

Preliminares

La vestimenta uniforme de los toreros solamente fue advertida por Federico Morena, de la siguiente guisa:
Al hacer el despejo las cuadrillas recibimos la impresión de que íbamos a presenciar cosas extraordinarias. Los tres matadores, como si estuviesen de acuerdo, vestían trajes de tono claro con guarnición de plata. Y es éste un vestido que adoptó Antonio Márquez – otro «estilista»  – para los días de gran solemnidad, cuando salía a la plaza dispuesto a «hacer la estatua»...
Cagancho

Joaquín Rodríguez Ortega, natural de la calle del Evangelista en la Triana de Sevilla, las dio de cal y de arena. Sin embargo, tuvo la ocasión de exhibir la pureza de su toreo con la capa y la manera tan limpia en la que manejaba la espada. De manera aislada, sin duda, pero sin menoscabo de su cartel en la plaza mayor. 

Maximiliano Clavo Corinto y Oro, en la edición del diario La Voz del 9 de mayo de 1932, relata lo siguiente acerca de su actuación:
…en  el  cuarto  toro,  el    Calé   fue   el  torero   de   nuestros   ensueños. A   un   lance    magnífico     con   los  pies  juntos   seguía  otro   encorvado, saliendo   despavorido.  El  bicho  comenzó   a  pelear  con  nervio,  y  un   soberbio  puyazo   de   Catalino   lo   dejó   idealmente   ahormado   para   el   estilo   de   Carancho,   que   al   final   recuperó  todas   las   simpatías   y   todo   el   cartel   de   torero   genial   que  tiene  en  Madrid.  Comenzó  con  tres   muletazos   por   alto   con   una   arrogancia  sugestiva.  A  partir   del  último  pase,   el  público   inició   una   reacción   en  favor   del  gitano,   que   al   verse   animado   por   las   masas   se  confió   y  derrochó  salero,  no  ya  para   regar   la   plaza,   sino   todo   el   pavimento   de   la   calle de Alcalá.  Mezclando   lo   serio   con   lo jocoso, dio  una  serie  de  muletazos  por   la  cara,   cada,  vez  más   estirado,   cada  vez  más  cerca   y  cada  vez  más interesante   en   el  procedimiento y  en  el  ademán.  Cada  pase   arrancaba   una   tempestad   de   aplausos y risas. ¿De   qué   clase  fueron    estos   muletazos    de    la    salerosa     faena    del   “cañí”?   No   lo   sé;   no   los   he  visto   descritos    en   las   nomenclaturas    de   los   libros   taurinos.   Pero  tampoco   en   estas   nomenclaturas  está  escrita  la  gracia   con  que Carancho   jugó    con    este     cuarto  toro. Lo   único   que   yo    recuerdo,   como   conclusión,   es   que  las   risas  formaron   estrépito,  y   las  ovaciones  se  sucedieron  unas  a  otras. El éxito   del   gitano   se   coronó    como    estoqueador,   y   en   este   punto,   la   pinturería   y   la   gracia   dieron   paso  a  la  seriedad,  para  que  hubiera de  todo.  El  caso  es  que  en  los  tres viajes   que   Carancho   hizo   con   la  espada     (dos   medias   altas    y    un  pinchazo)   vimos  un  estilo  de   matador   de  toros  limpio,  por  la   rectitud   en   el  arranque,  por   lo  irreprochablemente   que  jugó  la  muleta   en    los   embroques,   por   la    fe  que   puso   en   buscar    siempre     el    morrillo.  Y   el  rato   de   singularísima   gracia   que  nos   dio   en  la   faena     con   los   tres   momentos    completamente   en  serio  que  nos   ofreció   como   estoqueador,   derivó   todo  en  una   ovación    final…
Y en el Heraldo de Madrid, Federico Morena, la misma fecha, agrega:
…Tengo más en el haber de Joaquín. Dos quites – uno en el segundo y otro en el sexto toro – que fueron un verdadero alarde de bien torear. Las medias verónicas finales, realmente prodigiosas.
En suma: el cartel de Joaquín se ha afianzado mucho con el éxito resonante de Barcelona y su actuación de ayer en Madrid. ¡Hay filón a explotar, señores empresarios!...
Jesús Solórzano

El Rey del Temple ya había dejado su tarjeta de presentación el 7 de junio de 1931 cuando realizó al toro Revistero de Aleas una de las faenas importantes de la historia de la plaza de la Carretera de Aragón. En esa fecha impactó a la afición precisamente por la facilidad que mostró para templar a los toros y también por la pureza con la que toreaba con la capa. Al cronista al que mejor impresionó en la tarde que me ocupa en esta ocasión – y que espero que les llegue a ocupar a Ustedes también – fue a Federico M. Alcázar, de El Imparcial, en su crónica titulada Solórzano o el arte de torear de capa, entre otras cosas dijo esto:
Cuando hablamos de Solórzano giramos siempre alrededor del mismo tema: el tema eterno del arte de bien torear. Decir que el capote de Solórzano es el más maravilloso del toreo, es repetir lo que casi todos sabemos. Hay que agregar que es el de corte más clásico, el de temple más puro, el de más refinado y exquisito vuelo. En su seda amarilla y grana, debía ir escrito aquél famoso verso de Rubén:
«Era un aire suave de pausados giros.»
No es el capote de un estilista, en la acepción taurina del vocablo, es decir, el que espera el toro adecuado para sacarle un lance, sino al capote que se prolonga en el curso de la lidia de seis toros, como el domingo, y cada lance o serie va sellada de buen estilo, de acabada técnica, de belleza incomparable. Esa técnica de la mano baja, de la pierna adelante, del mando lento del toro toreado y de la suerte cargada, prolongada, rematada. Escuela que tiene su solera en Ronda, y se derrama en Triana como el licor de una copa. El capote de Solórzano hace el toreo como es, como debe hacerse. Por eso en sus momentos culminantes, puede servir de modelo, de norma, de punto de referencia para torear a la manera clásica. Cuando alguien nos pregunta cómo debe torearse de capa, respondemos sin vacilar: “Como Solórzano”. ¿Para qué adjetivarlo? Donde está su capote está el arte de bien torear. Otros le aventajarán en emoción, en finura. Ninguno le llega hoy en pureza, en clasicismo.
El domingo se remontó a la cumbre del toreo. Y no fue únicamente en el segundo toro, que se superó, sino en los seis. Este es su mayor mérito y lo que da valor excepcional a su toreo de capa. No tuvo un momento deslucido, borroso. Todos sus lances fueron de superior calidad, hasta culminar en las cinco verónicas y los dos quites que hizo en el segundo toro. No se puede torear mejor. No hay quien ejecute el toreo con mayor pureza, con mayor sabor clásico. Esas cinco verónicas y esos dos quites exceden los términos de toda hipérbole. Fueron algo fantástico, ideal. Cada lance iba seguido de un clamor delirante, y cuando remataba con la portentosa media verónica, o arrodillado de espaldas al toro, la plaza se levantaba impulsada por un loco arrebato de entusiasmo. ¿Cuánto tiempo duraron algunos lances? No lo sé; para los que contaron el tiempo mirando el reloj, segundos; para los que teníamos la mano en el pecho y veíamos pasar el toro lentamente, despaciosamente, una eternidad. Ese ha sido, ese es y ese será, el toreo en su última y definitiva expresión artística. Que torear no es, como equivocadamente cree la mayoría de la gente, «dejar pasar» el toro más o menos ceñido y ajustado, sino «pasarlo» tan asombrosamente toreado como el domingo Solórzano. Que un lance dure aquél minuto de silencio que duraba en el capote de Gitanillo y en éste de Solórzano…
También Corinto y Oro tuvo sus elogios para el torero de Morelia. Sobre su toreo de capa escribió:
Jesús Solórzano es otro torero por  el  que  no  puede  perder   interés  el público de la   plaza  “grande”.  Conformes  todos  los  aficionados  en  que  hoy  se  torea  muy  bien,  pese   a   las  obligadas  desigualdades  en  que  en   esta   época   se   desenvuelve   la   lidia de  reses  bravas,  Solórzano  es  uno   de  los   que   acreditan   aquella   aseveración.   ¡Qué  bien  torea   este   mejicano!  Su  sosiego,  su  temple   y   su  característico   modo   de   cargar   la   suerte   nos   lo  mostró   una   vez   más en  aquel  bravo,  toro  bravo  de  verdad,   segundo   toro,   que   es   al   que  en  justicia  pudo  habérsele   dado   la   vuelta   al   ruedo.   Solórzano   armó   una   polvareda   en   las   verónicas  iniciales  y  en  la  superiorísima  media  con  que  las  remató.  En  el  primer   quite   volvió   a   pararse  delante del  bicho  y  le  dio  otra  serie    de    verónicas    irreprochables.   No  hay   que   decir   que   los  oles   y  la   ovación   debieron   de   repercutir,  en  el  mismo  Méjico,  adonde   quizá  llegaron  también  las  que  se  hicieron   a   los  otras   dos  espadas,   porque  esto  tercio   de  quites,  como   el   que  nos  dieron  en  el  sexto  toro,  dejó  en  el   paladar    del    aficionado  un  sabor  que  no  se  va   fácilmente…
Victoriano de la Serna

El torero de Sepúlveda apenas había recibido la alternativa el 29 de octubre de 1931. Era, además de ser el más joven de la terna, uno de los matadores de toros que iban a renovar el escalafón. Ya en su presentación como novillero en Madrid había dejado constancia de que tenía la posibilidad de caminar un trecho largo en la fiesta y en esta tarde lo confirmaría.

Corinto y Oro tituló su crónica La Serna: ha vuelto Usted a envenenar el toreo. Y explica sus motivos de la siguiente manera:
Para   establecer   la   obligada   relación  entro  un  feliz  tiempo   pasado  para  la  tauromaquia   y   el  presente,  el  crítico  rememora  hoy  una  fecha  y  un  nombre.  La  fecha  es  el  año   de   1913,   y   el   hombre,   Juan   Belmonte,   novillero   debutante   en   la  plaza  de  Madrid    en  una   tarde  del  mes   de   marzo.  Aquella   tardo   empezó   a  trazarse  una  línea  divisoria   entre    dos   épocas; aquella tarde   Juan   aguantó a los toros como no se   había   hecho   nunca; aquella   tarde    quedó    envenenado  el  arte   de   torear,   y   con   el   envenenamiento   quedó   consagrado   un  estilo  nuevo,  puro  y  peligroso,  que abrió    manicomios    y    sepulturas,  aunque   el   público   fue   el   primer  envenenado,   porque   se   le   descubrió  un  sabor  y  una  exigencia.   A  partir  del  año  1913,  todo  el  torero  que   como   tal   torero   ha    querido  ser  “algo”  en  su  profesión   no  ha  tenido  más  remedio   que  seguir   la   ruta  trazada  por   “aquél”. 
Otro   hombre   revolucionarlo   ha   vuelto  a  envenenar  la   fiesta   de  toros  en  la  corrida   de  ayer,   y   precisamente  cuando  la  corrida   estaba  para   expirar.   Este   otro   hombre  es  Victoriano  de  la  Sema,   que  no  es  sevillano,  ni  “siquiera”   madrileño,  puesto   que  ha   nacido   en   el  corazón  de  Castilla  la   Vieja…
…Pero  salió  el  sexto  toro,  un  castaño  de   bonita   estampa,   codicioso,   y   pastueño,   y...   el   toreo   volvió    a   envenenarse  otra  vez,  como  se  envenenó   en   el   año   1913.   ¡Qué   no   haría   con   este  toro   el  “loco”   torero   de  Castilla   la  Vieja!...   A   ver   si   lo  recordamos:   En   cuanto   pisó  la  arena   el  noble  bruto,  La   Serna  se  descaró   con   él   precipitadamente   en   el   tercio   del   2,   y   el   caos.   El   caos,    al   ver    a   aquel    hombre substantiva,  gramaticalmente,   clavado   en   el  suelo   con   las   piernas  en  ángulo   y   sin  mover  un   pie   en  las   cuatro   arrancadas   que   le   dio  la  bestia;   el  caos   al  ver  aquel   capote  también   a  ras  del  suelo,  que  se  llevaba  el  toro  de un lado  para  otro   con   una   suavidad,   una    elegancia   y  un   arte  nunca   vistos,   y   aquellos   brazos    movidos    con    la    misma   lentitud   de   derecha   a   izquierda;   el  caos  al  trazar   aquella   maravillosa  media   verónica  en   la   que  el  toro  tomó  la  forma  de   una   pescadilla   (como   a  las   pescadillas estamos   acostumbrados   a   verlas),   rodeando   la  cintura   del  torero;   y   el   caos   al   ver  a   los   catorce   mil   espectadores    que    abarrotaron    la    plaza,    en    pie,    entregados    a    un    verdadero     delirio    que     simbolizó     una   ovación   y  un  olear   de   verdadero   frenesí.   Repitió   su   toreo,   su  excepcional   toreo,   su    personalísimo   toreo,  el  toreo  cuyo  estilo   inverosímil   ha   traído    otra    vez    el     envenenamiento  de  la   fiesta   el  torero   segoviano,   y   las   aclamaciones   volvieron   a   oírse   imponentes  y     arrolladoras.     Carancho    hizo   otro  quite  también   maravilloso,   y  con   otro   por   el   estilo   cerró   Solórzano  el  tercio,  que,  como   el  del  segundo   toro,   nos   puso    a    todos  en  un  transporte   de  emoción  y   de   alegría     difícilmente     descriptible. Las   ovaciones   se   sucedían   impetuosas;    pero   la    de   la   Sema    se   prolongaba    y   se   prolongaba,    sin   cesar   hasta   el   tercio   de   banderillas. ¡Qué  estilo  no  pondría   aquel  hombre  en  aquella  manera  de  lancear   tan   arrolladora,   tan   selecta,  tan   escalofriante!   Una   consideración  de  crítica:   si  como  toreó  ayer de   capa   este   sexto   toro   en   Madrid  torea  quince   o  veinte  en  provincias,   de   respetarle   los   bichos,  su exaltación   definitiva   tendrá   la   velocidad  de  un   tiro. 
La   revolución  ya  estaba   armada;  pero  aun  debíamos  esperar  con  el  natural  interés  la  faena  de  muleta,    que    Victoriano    ofrendó    al   querido  camarada   el  popularísimo  poeta  de  la  democracia   madrileña  Antonio  Casero.  La  revolución  tiene  un  empalme.  El  torero  sale  paso   a  paso,   con  la  muleta   plegada sobre  la  mano   izquierda,   y   llama  la  atención  del  toro,  que  sigue  embistiendo  bien,  aunque  adelanta  un poco  por  el  pitón  izquierdo.  El  bicho   se   arranca,   el  torero   espera,  da  un  quiebro  de  cintura  en  la  reunión   y   comienza   con  un   cambio  emocionante.  Inmediatamente   despliega  la  muleta  y  prepara  el  pase  natural,   que  no  sale  limpio  por   el   defecto  del  toro.  Cambia  de  mano,  y el  caos  otra  vez:  sobre  la  derecha   ejecuta  una  labor   formidable,  que  se  compone  de  cuatro  muletazos   bajos,   llevando   al  cornúpeto con  el hocico matemáticamente  adherido   a  los  vuelos  de  la   franela; de  tres  altos,  dos  de  pecho,  en  los  que  el  toro,  de  pitón   a  rabo,   roza   la  cintura  del  torero,   y  otros   dos  bajos  también,   en  los  que   hombre  y   bestia   forman   un   solo   cuerpo.  Pero  en  estos   dos  pases  no   se  ha  tramitado    el   eterno   muletazo    de    parar   y   cargar   la  suerte,  no;   estos   dos  muletazos  son  tan   excepcionales, tan  desconocidos  en  todas las  épocas  del  toreo,  que  el   lidiador   se   ha   quedado   convertido   en  una   verdadera    estatua,    mientras  el   toro   ha   ido   y  ha   vuelto   en   el  viaje  sin  que  el  torero   descomponga  su  figura  ni  se  tome  un   nuevo  centímetro  de  terreno  para   prepararse  contra  el  ímpetu   y  la   fuerza   del   adversario;   es   decir,   sin   preocuparse   de  una   probable   cogida.  La  multitud,  que  apenas  ha   tenido   tiempo  de  reaccionar  en  pro  de  un sosiego  necesario,  vuelve  a  desbordarse  en  esa  asombrosa  faena   de  muleta,   y   el  entusiasmo   que   produce  este  segundo  acto  del  envenenamiento   del  toreo  es   francamente    indescriptible.    Una     estocada   corta   tiene  por  remate   la  faena   y   la  vida  del  castaño  codicioso  y  pastueño,  y  la   ovación   final   se   hace  imponente,    avasalladora,    Gran   parte   del   gentío   pide   la   oreja,    y  el  presidente,   después   de  un   titubeo   reflexivo,   acuerda   no    concederla.  Bien  hecho.  La  negación  del  premio  es  muy   eficaz,  porque   con   ello   crece   el   clamor   del   público,   cuyo    nervosismo    de    entusiasmo    termina,  por  fin,  en  coger  al  torero  en  hombros,  pasearlo  por  el  redondel  y  depositarlo  en  el  automóvil…
Maximiliano Clavo presiente aquí un nuevo canon para hacer el toreo. Una revolución le llama él.

Una de color

Señalan las crónicas que La Serna brindó la muerte del sexto a Antonio Casero. También revelan que tras la gran faena al sexto, la muchedumbre – no los costaleros a sueldo – se lo llevó en hombros. La rápida sucesión de los hechos impidió al torero o a sus ayudantes recuperar la montera dejada en prenda al pintor y así narra Corrochano lo sucedido con ella:
El interés de la corrida, por unas cosas o por otras, no decayó un momento. Fue una corrida distraída, muy interesante. Cuando salíamos, como La Serna se había marchado, vimos a Antonio Casero sin saber qué hacer con la montera.
- ¿Vamos, Antonio?
- Espera que salga la gente - dijo muy preocupado.
Y cuando creía que nadie le veía, arrojó la montera entre barreras y salió de prisa, muy sonriente, como si no hubiera hecho nada…
Ligas a las crónicas

Las crónicas completas de este festejo las pueden consultar pulsando sobre el nombre del diario en cuestión:





domingo, 16 de junio de 2013

Los Hermanos Becerril en la Plaza de la Carretera de Aragón

Un charro jineteando un toro y otro corriéndolo a una
mano (Hermanos Becerril, Madrid, 16/07/1927)
Cortesía: Carlos Ximenez González
© Aurelio Rodero Reca - Archivo Ragel
Andrés, Antonio y Audómaro Becerril Arzate fueron de los principales exponentes de la charrería en la primera mitad del Siglo XX. Charros por tradición familiar, dominaban todas las suertes del aquí llamado deporte nacional y exhibieron su maestría recorriendo los lienzos charros y las plazas de toros de todo el territorio mexicano y también presentaron su espectáculo en los Estados Unidos, Centroamérica y Europa.

Los hermanos Becerril se presentaron en la Plaza de Toros de la Carretera de Aragón en el 16 de julio de 1927, y repitieron actuación en diversas fechas de ese mes de julio y el siguiente agosto, en una serie de espectáculos charro – taurinos, que fueron captados en una serie de fotografías de Aurelio Rodero Reca. La autoría de las imágenes ha podido ser establecida gracias a que apareció publicada en el semanario Toros y Deportes de la Ciudad de México, en su número 303 correspondiente al 15 de agosto de 1927 y es donde se establece el nombre del fotógrafo que las realizó.

La presencia de los charros mexicanos en Madrid propició muchas relaciones en los diarios madrileños de la época, tanto en vía de reseña de sus actuaciones, como por el hecho de presentar a la afición y público de la capital española a los practicantes de esas suertes camperas que tienen sello propio. En el número citado de Toros y Deportes, se contiene un artículo de Diógenes Ferrand, su corresponsal en esa ciudad, mismo del que extraigo lo que sigue:
Desde Madrid. Presentación de los Charros Mexicanos hermanos Becerril. Clamoroso triunfo en Madrid… Del debut de los notables artistas envié todas las crónicas que cayeron en mis manos, de las que les publicaron los periódicos de Santander, recientemente, cuando hicieron su presentación en dicha capital… A poco emprendieron el viaje a Madrid donde tuve el gusto de que me honraran con su visita… Estos modestos artistas me expresaron la satisfacción que sentían por el feliz resultado de su primera actuación en España y los vivos deseos que tenían por presentarse en Madrid… El único temor que les embargaba era el de que no pudieran lograr potros a propósito para sus vistosos y arriesgados ejercicios… En esa entrevista que tuve con ellos y que les ofrecí repetir, para conocer sus impresiones después que se presentaran en esta plaza, me insinuaron el deseo que tenían de que reprodujese la siguiente crónica que les había dedicado un periódico de Santander… Con gusto les complazco. Ahí va dicho artículo que dice: «Hemos conversado un momento con don Andrés Becerril, uno de los tres hermanos famosísimos maestros como lazadores de potros salvajes y toros, y que pusieron en alto relieve, de manifiesto en la tarde del domingo, sus excepcionales condiciones. Don Andrés Becerril se muestra muy reconocido del público de Santander que de modo espléndido les exteriorizó sus simpatías en la tarde del domingo. Hombre que tiene un alto concepto del sentimiento de la gratitud, nos ha hablado con veneración del general Cruz, Inspector General de Policía de su país y Presidente de la Asociación Nacional de Charros y excelente caballista. En su amabilidad y en su amor por este deporte han encontrado los hermanos Becerril un entusiasta protector. En los contados momentos de nuestra conversación con don Andrés Becerril nos ha hablado con fervoroso entusiasmo de sus comienzos, cuando tienen que adiestrarse en los difíciles y arriesgados ejercicios de florear y manejar la reata y jinetear; luego, en pleno campo con toros chicos, aprenden a banderillear, suerte que andando el tiempo, consuman a la perfección, citando con gran vista a la res y cuando esta acomete, saliendo con suavidad de la suerte, recortando con supremo arte y habilidad y clavando los rehiletes, a dos manos en lo alto del morrillo. Así, con enorme voluntad y constancia, imponiéndose grandes sacrificios hasta llegar a dominar esas difíciles e impresionantes suertes que realizan ante los toros. Este es el caso de Andrés Becerril y de sus hermanos. Los tres, a fuerza de constantes prácticas y de penosas peripecias, han llegado a alcanzar tal dominio del jinete y del lazo que el primero, hace tres meses, luchando con los americanos en Filadelfia, consiguió el elevado honor de la medalla de campeón. Para realizar estas suertes es preciso ser un gran jinete, un habilísimo lazador. Todas aquellas requieren un gran dominio y una excepcional destreza; pero especialmente el derribar los caballos, deteniéndoles con el lazo, así como pasarse a toda velocidad desde un caballo a un potro salvaje. Sin embargo, hay que reconocer que esta fiesta típica, espectacular y vistosa, que domina todas las pasiones en la República Mexicana, en esta población no se ha comprendido. Y es que es necesario ser un gran caballista para darse cuenta de lo difícil y peligroso que resultan esos ejercicios. Más ya está echada la semilla y pronto ese deporte emocionante será cultivado en este país. Por lo pronto, ya han sido contratados para trabajar en varias provincias españolas, en las cuales deseamos a los hermanos Becerril toda clase de triunfos, en proporción a lo que sus valiosos trabajos se merecen»… En Madrid, puedo decirlo con satisfacción, sí ha sido comprendido y celebrado ese bello y original trabajo de los hermanos Becerril… Los señores don Eduardo Pagés y don Victoriano Argomániz, arrendatarios de la plaza de Madrid para dar una serie de espectáculos mixtos taurinos, por las noches, dado lo acogedores que son de todo lo mexicano, tan pronto supieron la llegada de los simpáticos charros, los contrataron para presentarlos en el festejo de anoche… Este lo integraron: primero, la celebrada cuadrilla bufa de Charlot, Chispa y su Botones; segundo, los charros mexicanos; tercero, dos becerros a muerte para “Chavito”, joven aspirante a matador; y cuarto, fuegos artificiales… Aunque no voy nunca a estos espectáculos, anoche asistí por creerme obligado a ello y por lo que me atrae y seduce todo lo de ese querido país… Comenzó el festejo a las once de la noche y terminó después de la una y media… Desde muy temprano se puso el cartel de “No hay billetes” y quedó público sin poder entrar, como para llenar otra plaza… Y a fe que el festejo no pudo resultar ni más divertido, ni más sugestivo… El «chou», indiscutiblemente, fue la parte a cargo de los hermanos Becerril… En conjunto y en detalle fue un éxito, tan unánime, tan frenético, como pocas veces he presenciado… El público entusiasmado, puesto en pie, los ovacionó sin cesar… Triunfo tan clamoroso ha sido ratificado por la prensa y todo hace esperar que la actuación tan afortunada y brillante de estos artistas mexicanos, sea admirada en toda España y que con los aplausos consigan también muchas pesetas. Su repetición en esta corte es de suponer que no se hará esperar y que no será otra vez tan solo. El filón es de larga explotación…
Por su parte, respecto de la presentación de los Hermanos Becerril en la Plaza de Toros de Madrid, el cronista titular del diario ABC de Madrid, Eduardo Palacio, relató lo siguiente:
«Debut» de los charros mejicanos Hermanos Becerril. Anoche, con un lleno imponente y tras una brillantísima actuación de los toreros bufos Charlot, el Chispa y el Botones que fueron ovacionados, como siempre, en la lidia de dos becerros de Santos, debutaron los charros mejicanos Hermanos Becerril… Comenzaron haciendo unos lucidísimos ejercicios de equitación; siguieron, enlazando con singular maestría varios potros; montaron, después de enlazarlo, un novillo, y culminó su labor, que entusiasmó muy justamente al público, pasando uno de los jinetes de un caballo a pelo, a todo galope, a un potro salvaje, que corría, asimismo, a toda velocidad… El notable artista escuchó una ovación clamorosa, como asimismo todo el número, que, repetimos, es interesantísimo y será visto por todo Madrid… El novillero «Chavito» lidió a continuación dos utreros, también de la ganadería de D. Manuel Santos, y si su labor en el primero de aquellos no pasó de regular, y escuchó un aviso, en el otro se hizo aplaudir, especialmente en unos lances de capa, ejecutados con arte, soltura y valor… El espectáculo terminó quemándose una vistosa colección de fuegos artificiales. E.P.
El espectáculo presentado por los charros puede calificarse como un jaripeo, que según el Diccionario de Charrería del Dr. Miguel Ángel Argüelles Mier, es: Ejercicio de las suertes de lazar, colear, jinetear y aún torear y poner banderillas a caballo por diversión o trabajo. Suele ejecutarse solo en el ruedo del lienzo charro y así, de la narración de Eduardo Palacio puedo deducir que describe algunas suertes charras como las manganas y el paso de la muerte, que el diccionario citado explica así:
El Paso de la Muerte: Pasar de un caballo manso montado en pelo, a una yegua o caballo bruto del cual el jinete se sujetará exclusivamente de las crines, puede ser a toda velocidad corriendo alrededor del ruedo, del lado de la máscara, pegado a las tablas, auxiliado por tres arreadores de su equipo, quienes se encargarán de que la yegua corra convenientemente una vez que salga del cajón... Mangana a caballo: Lazo que estando el charro a caballo, tira exclusivamente para lazar las patas delanteras de un animal, con objeto de sujetarlo y derribarlo...
Así los Hermanos Becerril llevaron al público madrileño una reproducción lúdica de lo que originariamente fueron faenas camperas para manejar ganado. 

Apunte de los sucesos en la Plaza de Madrid
R. Marín (ABC, Madrid, 23/07/1927)
Creo que vale apuntar que en la víspera de la presentación de los Hermanos Becerril, tuvo lugar en el mismo escenario la Corrida de la Prensa, festejo en el que ellos hicieron el despeje y pidieron las llaves y al día siguiente de su actuación, recibió la alternativa el torero mexicano Refulgente Álvarez, de manos de Bernardo Muñoz Carnicerito de Málaga y llevando como testigo a Francisco Peralta Facultades, mediante la cesión del toro Capotero de López Plata.

Reportaje en el semanario Mundo Gráfico
(Madrid, 17/08/1927)
Para conocer mejor la vida de los Hermanos Becerril, en especial la de su líder y fundador, don Andrés Becerril Arzate, les invito a visitar la bitácora Hombres de a Caballo, en la que se hace una buena semblanza de su paso por los escenarios de charrería.

Para ver otras fotografías de Rodero, relativas a la actuación de estos torerísimos charros mexicanos, les invito a pasar a la página de Tauropedia en Facebook, la que contiene varias adicionales a la que ilustra esta entrada.

No termino antes de agradecer a Carlos González Ximénez, titular del Archivo Ragel, que se integra entre otras producciones, por la obra de Aurelio Rodero Reca, su autorización para utilizar la fotografía que ilustra este texto en su inicio.

Por último, dejo aquí este vídeo, en el que Jorge Negrete canta al charro de su tierra:


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