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domingo, 7 de diciembre de 2014

¿Unidad en la pluralidad diversa?

La pasada semana no pude pasar por esta Aldea debido a una cuestión familiar que me tuvo fuera de Aguascalientes y lejos del ordenador. Ahora pensaba escribir acerca de algún tema de lo que algunos llaman tiempos idos de esta fiesta, pero los sucesos ocurridos en la Facultad de Derecho de la Universidad San Pablo CEU de Madrid el pasado jueves 4 de diciembre, requieren que reflexione en unas líneas acerca de ellos.

Desde sus tiempos más remotos la Universidad representa un lugar en el que se reúne el conocimiento, la discusión y la transmisión de las ideas de una manera digamos, democrática. Todo ello implica necesariamente que en la Universidad todas las expresiones de la vida y del saber humano tienen cabida y todas las formas de pensar acerca de ellas también tienen lugar, siempre que se produzcan dentro de un ambiente de respeto. En otras palabras, en la Universidad se puede – y agregaría yo, se debe – disentir, pero respetando siempre a la persona y a la opinión de nuestro interlocutor.

En los algo más de seis años en los que he venido produciendo esta bitácora, he expresado aquí que en estos tiempos que corren, la fiesta de los toros es considerada por muchos como “políticamente incorrecta” y por otros es abiertamente aborrecida. Los primeros simplemente se saltan a la torera el tratamiento del subtema – Leonardo Páez dixit – y los segundos, por lo general, expresan su aborrecimiento de las maneras más ruidosas y agresivas que la mente humana puede concebir, se llaman a sí mismos antitaurinos o animalistas e intentan imponer por la fuerza su manera de pensar a todos los que no defienden sus mismas ideas.

Pues bien, un grupúsculo de esos antitaurinos o animalistas irrumpieron ese jueves 4 de diciembre en una de las aulas de la Facultad de Derecho de la Universidad San Pablo CEU de Madrid, con la finalidad de reventar una conferencia que la profesora Yolanda Fernández Cuesta impartiría acerca de la Simbología taurina hasta los albores del mundo antiguo. No contentos con intentar impedir a la profesora Fernández Cuesta el expresar sus ideas sobre el tema que había preparado, al exigírseles por los demás asistentes que abandonaran el aula, los antitaurinos o animalistas – escojan Ustedes cómo llamarles – agredieron físicamente cuando menos a dos personas, al médico Rafael Cabrera Bonet, quien intentó impedir el acceso de más de esos reventadores al aula y al aficionado Andrés de Miguel, a quien le provocaron una fractura en el húmero del brazo derecho.

La violencia física ejercida por esos animalistas resalta la gravedad de los hechos, pero a mi juicio no permite ver el fondo de la verdadera agresión que implica el conjunto de la actitud de ese grupo de individuos que atentaron también contra la Universidad como institución y contra su esencia, pues siendo esta el lugar en el que se debe producir un debate sustentado exclusivamente en las ideas, a falta de ellas, en ausencia de argumentos, los antitaurinos no tuvieron más recurso que el de apelar a la violencia física, lo que revela la verdadera estatura moral e intelectual del movimiento que dicen representar.


No voy a extenderme más en esta reflexión, solamente quiero expresar mi solidaridad a la Universidad San Pablo CEU de Madrid, a la profesora Yolanda Fernández Cuesta, al médico Rafael Cabrera Bonet y a Andrés de Miguel en este momento tan crítico y reiterarles que a pesar de lo sucedido, como académico y como universitario que soy, sigo convencido que la Universidad sigue implicando aquella vieja idea de la unidad en la pluralidad diversa, aunque hechos como los del pasado jueves, luego quieran hacernos pensar otra cosa.

domingo, 5 de enero de 2014

Relecturas de invierno (VII)

Los Bibliófilos Taurinos de los Estados Unidos (TBA)

Muchos estadounidenses se han visto atraídos por las corridas de toros después de leer a Hemingway o por haber asistido personalmente a algún festejo taurino. Para ellos resultaba un problema el mantener la recién adquirida afición a la tauromaquia ya que no resulta ser parte de la cultura en la que se encuentran inmersos. En 1964, Bob Archibald concibió una red de correo de las personas con un interés común por la literatura relacionada con las corridas de toros. 

Así nacieron los Bibliófilos Taurinos de los Estados Unidos (Taurine Bibliophiles of America, por sus siglas, TBA), una agrupación que no mantiene reuniones ordinarias porque sus miembros están dispersos principalmente en todo el territorio de los Estados Unidos y en  otros países del mundo. TBA centra su actividad principalmente en los libros de tema taurino escritos en lengua inglesa. Varios de sus miembros poseen colecciones de libros reconocidas mundialmente. 

TBA publica un boletín trimestral, La Busca, que contiene reseñas de libros, ensayos y artículos de opinión para compartir experiencias o discutir puntos de vista acerca de toros y toreros. Las aportaciones de sus miembros se utilizan para integrar las ediciones de La Busca así como la correspondencia relacionada con el tema que se sostiene con los miembros. TBA pertenece a la Asociación Nacional de Clubes Taurinos (NATC por sus siglas en inglés), una agrupación de peñas regionales de gente interesada en reunirse para compartir su interés común en la fiesta de los toros.

A partir del año 2012, TBA inició una nueva serie de publicaciones, iniciada con la traducción al inglés de La Tauromaquia de Pepe – Illo y continuada en 2013, con la de la obra dieciochesca de Emanuel Witz titulada Combat de Taureaux en Espagne, misma que me tiene hoy aquí con Ustedes.

Combat de Taureaux en Espagne

La edición que es objeto de la traducción es una facsimilar del año de 1993, traducida al español y comentada al pie por quien fuera Secretario de la Unión de Bibliofilos Taurinos de España, don Diego Ruiz Morales (1914 – 2006) y que contiene a su vez el manuscrito que en dos partes se ubica en el año de 1760, siendo la primera parte las observaciones de Witz entre 1740 y 1760 y la segunda un juego de dibujos del propio autor que ilustran diversos aspectos de la corrida de toros de aquellos días.

La edición de TBA, traducida al inglés por Farrell Brody contempla las notas de Ruiz Morales, agregando algunas aclaraciones al texto para el lector de habla inglesa, sobre temas que, comprensibles para el lector hispano, requieren de alguna aclaración para quien se desarrolló en un ambiente cultural distinto.

La obra de Witz inicia con la siguiente declaración:
Casi todos los viajeros que han conocido el Reino de España hablan de los famosos “Combat de Taureaux”, pero ninguno ha escrito con precisión y detalle sobre ellos como las personas curiosas demandan. Aparte, uno debe residir en ese país por varios años para ver una variedad de esas luchas y poder así hacer una relación completa de ellas. Yo he permanecido en este reino por más de veinte años y he tenido la ocasión de ver muchas de esas corridas a las que los españoles llaman “Fiestas de Toros” y creo que he podido observar sus principales circunstancias, las cuales, a pedido de personas interesadas, pensé poner sobre el papel y acompañarlas de las ilustraciones necesarias para hacer entendibles estas descripciones…
A partir de esa introducción, Emanuel Witz describe en sus apuntes con alguna prolijidad los distintos hechos que se suceden en una corrida de toros, lo que nos presenta una visión amplia de lo que implican esos festejos y no la referencia a uno de ellos en particular. De la narración de Witz podemos observar que la corrida de hogaño guarda importantes semejanzas con la que él nos expone, pero que en el devenir de tres siglos y medio, algunas diferencias de fondo se ha generado, pero dejan clara la relación de causa a efecto entre el desarrollo del festejo del siglo XVIII y el actual.

La lectura de la obra en sí y la comprensión de sus anotaciones y comentarios, tanto a los textos como a las ilustraciones que la componen le llevan a uno más allá de la mera anécdota de haber leído la traducción de un clásico. En este caso Farrell Brody – principalmente – encontró el sentido adecuado de los textos en idioma inglés para no desnaturalizar su sentido original.

La obra contiene además traducciones de algunos puntos específicos o comentarios de José Aledón Esbrí, Muriel Feiner, Jane Hurwitz, Jock Richardson y Hal Marcovitz. La traducción al inglés de las notas de don Diego Ruiz Morales es obra de Gastón Ramírez Cuevas. La memoria biográfica y bibliografía agregada al final con la obra del citado Ruiz Morales es obra de don Rafael Cabrera Bonet y el trabajo general de edición del libro corresponde a David Tuggle.

Sin duda que Combat de Taureaux… resulta ser una obra de lectura interesante y hasta cierto punto necesaria para el aficionado a la fiesta y a la literatura taurina, porque en algún punto cercano a la obra en comento convergen en su origen ambas actividades.

Referencia Bibliográfica: Combat de Taureaux en Espagne. The bullfight in Spain (Cª 1760). – Emanuel Witz. – Trad. Farrell Brody. – Notas y Comentarios, Diego Ruiz Morales. – Harpado Books. – 1ª edición, Vail, Arizona, E.U.A., 2013, 103 páginas, con ilustraciones en blanco y negro. – Introducción I – XII. – 3 apéndices, 23 páginas. – Sin ISBN.

domingo, 30 de septiembre de 2012

29/IX/1935: Lorenzo Garza corta el rabo de Guitarrero de Martín Alonso en Las Ventas


Lorenzo Garza visto por Roberto Domingo
La Libertad, Madrid, 1 de octubre de 1935
En la historia de la Plaza de Las Ventas, se han cortado solamente ocho rabos. Y de esos ocho, los siete primeros fueron obtenidos en el periodo que corre entre el 21 de octubre de 1934, fecha que se toma como la de la inauguración oficial del recinto y en el que Juan Belmonte se llevó el de Desertor de doña Carmen de Federico y el 10 de mayo de 1936, unos días antes de que iniciara la Guerra Civil española, cuando Domingo Ortega cortó el último rabo de esa etapa a otro toro de lo que en su día fue la casa de los Murube.

En ese lapso de tiempo se vivió, según se puede deducir de la frecuencia con la que los rabos eran otorgados, un exceso de interés de la afición y de las autoridades de plaza por concederlos, porque los seis iniciales se otorgaron en cuatro corridas. Los dos primeros con una semana de diferencia y los cuatro siguientes en otras dos corridas igualmente separadas con una semana. El rabo que cortó Lorenzo Garza ese 29 de septiembre de 1935, es precisamente el sexto de ese lapso de tiempo y es al que hago referencia en esta entrada.

Decían las crónicas del festejo en cuestión, para el que se anunciaron ocho toros de don Fermín Martín Alonso, antes Sotomayor para Nicanor Villalta, Fernando Domínguez, Curro Caro y Lorenzo Garza, que el mismo se organizaba a beneficio de la afición, aunque no explican en qué consistía ese beneficio, porque aún siendo así, los asistentes tuvieron que pagar su entrada a la plaza. Al final, vale señalar, se lidiaron solo cinco toros de los de Martín Alonso, dos de Albaserrada (1º y 3º) y uno de Salas (6º).

La corrida, coinciden las mismas relaciones que pude consultar, tuvo dos partes bien marcadas. Una primera, en la que salieron los toros mansos y complicados, que no dejaron muchas opciones a los diestros y la brillante segunda que tuvo su culmen con los rabos cortados en el séptimo por Curro Caro y en el octavo por Lorenzo Garza. La crónica de Eduardo Palacio en el ABC madrileño se titula El clásico café madrileño e inicia de esta guisa:

...Me limitaré en la presente a consignar que la corrida que el domingo organizó la Empresa a beneficio del público, según rezaban programas de mano y reclamos de Prensa, resultó exactamente como el clásico café madrileño: mitad y mitad. La primera, ¡vive Dios que fue mala!; la segunda, buena resultó en verdad. Se desecharon en los corrales o se inutilizaron dos de las ocho reses de D. Fermín Martín Alonso, antes Sotomayor, anunciadas y se las substituyó con otras de Albaserrada, jugadas en primero y tercer lugar...” 

Los hechos de la corrida vistos por Antonio
Casero
. ABC, Madrid, 1/X/1935
Igual las crónicas se parten mitad y mitad. Federico M. Alcázar en La Voz y El Tío Caracoles en El Siglo Futuro destacan por sobre cualquier cosa, la actuación de Curro Caro, a quien proclaman como la nueva figura esperada, en tanto que Federico Morena en El Heraldo de Madrid y Recortes en el La Libertad, reparan más en la actuación del artista regiomontano.

Para ilustrar el acontecimiento, escojo en esta oportunidad la versión de Federico Morena, aparecida en El Heraldo de Madrid del 30 de septiembre de 1935, y lo hago porque me parece que ilustra de mejor manera tanto el acontecimiento en sí, como la trascendencia que el mismo tendría para la Historia del Toreo – quizás más de este lado del mar que de aquél – pues percibe la transformación de Lorenzo Garza, a poco más de un año de su alternativa – Aranjuez, 5 de septiembre de 1934 –, de ser un torero de parón, como se le calificó en sus primeros tiempos, al gran artista que recuerda esa misma Historia. La relación de mérito es la siguiente:

Lorenzo Garza se reveló ayer como un torero extraordinario. Yo – lo declaro noblemente – había formado de este torero un juicio erróneo. Valiente hasta la temeridad; eso, sí. Sus parones escalofriantes hacían desbordar, con estruendo de catarata, los entusiasmos populares. Pero no le creía capaz de una faena cumbre, de una de esas faenas que quedan grabadas, con trazo firme, indeleble, en la memoria de los buenos aficionados... Le había visto pocas veces. Es la única razón que puedo alegar en mi defensa... Como yo pensaban de Lorenzo Garza muchos aficionados. Un torero capaz de producir hondísima emoción en un momento dado; nunca un torero de finas calidades... En tono contrito, el «mea culpa». Acompáñenme sin vacilar quienes pensaban como yo. Y proclamemos juntos «urbi et orbi», que Lorenzo Garza es algo excepcional, algo sublime cuando, como ayer, torea... Si, ayer toreó, y toreó prodigiosamente, como se ve torear muy pocas veces, como torean los artistas tocados de la divina gracia... ¡Cómo toreó a la verónica a ese octavo toro, «Guitarrero» de nombre, que pasará a la historia como el toro de la revelación de un gran torero! Un poco despatarrado, los pies hundidos firmemente en la arena, caídos naturalmente los brazos, perfectamente ajustada la velocidad del engaño al temple del toro... Pocas veces se ha producido en  la plaza un entusiasmo semejante. No era, ciertamente, para menos. La verónica, finísima, impecable; la media verónica, cosa de ensueño... Por eso al terminar el tercio de quites el público, en pie, hizo al torero azteca una de las ovaciones más grandes que han sonado en la plaza monumental... ¡Y luego con la muleta!... La iniciación de la faena fue algo maravilloso; tres pases en redondo templadísimos, parsimoniosos, de una duración inconcebible, girando airosamente el torero sobre los talones, como contera, como bellísimo remate, un pase de pecho enorme, imponderable, pasándose todo el toro por la cintura y sacando la muleta limpiamente por la penca del rabo. La plaza crujió en un alarido de asombro. ¿Qué índole de torero había encarnado, por arte de magia, de encantamiento en Lorenzo Garza?... El toro, como asustado, se quedó un momento. Y entonces Garza, adelantó solemnemente la muleta, hasta dar con las bambas en el hocico de la res, y tiró de ella despaciosamente, suavemente, y dobló la cintura gallardamente sobre el pitón... Y a este pase siguió otro tan bello, tan magnífico, y otro a éste, y otro más... La plaza era ya el patio de San Baudilio, en el manicomio de Ciempozuelos... Un pase natural. El toro se llevó la muleta. Y el espada siguió toreando por redondos y de pecho, Y se adornó después... Otra vez la muleta a la zurda. Y en medio del estupor general bordó tres naturales soberbios, en los que corrió la mano como un maestro consumado. El segundo natural fue algo sin precedente. El toro se mostraba reacio en la embestida y el torero adelantó bravamente la muleta, le prendió en el engaño y se lo llevó como quiso, a la velocidad que quiso, y lo dejó donde más pudo convenirle para dar el tercero y ligar éste con el de pecho, maravilloso... Cada pase un clamor. Las ovaciones se engarzaban interminables. Cuadró el toro, se perfiló el espada sobre corto y dejó una estocada corta en todo lo alto... El noble bruto se derrumbó... Había terminado la corrida y nadie abandonaba su localidad. Los blancos pañuelos revoloteaban sobre las cabezas... Y el presidente, ajustándose al ritmo que le señalaba el pueblo soberano, concedió al torero, consagrado figura, una oreja, y la otra oreja, y el rabo... Luego los espectadores más fogosos irrumpieron en la plaza y se llevaron en hombros al TORERO… Así ha triunfado Lorenzo Garza, que ya en la lidia y muerte del su primer toro se hizo aplaudir muy justamente…

Lorenzo Garza
Respecto del encierro originalmente anunciado, de Fermín Martín Alonso antes Sotomayor, puedo comentar con brevedad que esos toros llevaron seguramente el hierro que hoy es de la ganadería de Prieto de la Cal, aunque para un mejor entendimiento de esta situación, les remito al bien documentado artículo del Dr. Rafael Cabrera Bonet, en su bitácora Recortes y Galleos.

Del resto del festejo, agregaré que Nicanor Villalta cortó la oreja del quinto de la tarde y Fernando Domínguez hizo lo propio con el sexto, en tanto que, como ya lo comenté antes, Curro Caro cortó el rabo al séptimo de la corrida, lo que confirma que, efectivamente, el interés del festejo estuvo en su segunda mitad.

Así pues, esta es la historia tras de el único rabo que ha cortado un torero mexicano en la Plaza de Toros de Las Ventas de Madrid, hace setenta y siete años.

lunes, 20 de agosto de 2012

Un picador de vuelta al ruedo: Sixto Vázquez (anexo gráfico)

Un tema de la historia de la fiesta nunca puede declararse cerrado. No obstante y por ahora, concluyo con esta presentación agregando a las relaciones que se hicieron de la trascendente actuación que tuvo el varilarguero michoacano Sixto Vázquez en la plaza de Las Ventas el 31 de julio de 1955, con una serie de imágenes relativas al hecho y a algunos otros comentados en las dos entradas anteriores, mismas que espero sean de su interés.

El programa de la novillada del 31 de julio de 1955
archivo Félix Campos Carranza
Cortesía Dr. Rafael Cabrera Bonet

El cartel de la novillada del 31 de julio de 1955
archivo Félix Campos Carranza
Cortesía Dr. Rafael Cabrera Bonet

En la esquina superior derecha, los novillos a lidiarse el 31 de julio de 1955
archivo Félix Campos Carranza
Cortesía Dr. Rafael Cabrera Bonet

Sixto Vázquez picando el 31 de julio de 1955
El Ruedo, Madrid, 4 de agosto de 1955
Cortesia: Aula Taurina de Granada

Jaime Bravo y Sixto Vázquez en la vuelta al ruedo
Cortesía Blog Toreros Mexicanos

Otra imagen de la vuelta al ruedo
Diario Ya, Madrid, 2 de agosto de 1955
Foto de Santos Yubero,  archivo Félix Campos Carranza
Cortesía Dr. Rafael Cabrera Bonet

El anuncio de la novillada del Puerto de Santa María
ABC de Sevilla, 6 de agosto de 1955


Sixto Vázquez en Las Arenas
La Vanguardia, Barcelona, 10 de agosto de 1955

Otras lecturas del tema

No quiero finalizar esto sin recomendar la lectura de la visión de estos hechos por los descendientes de Sixto Vázquez. Hay dos fuentes en esta blogosfera en las que se puede consultar: la primera son las Gaoneras de Octavio Lara Chávez, desde Querétaro, en México y desde el otro lado del charco, está Toro, Torero y Afición, del también amigo Javier, que ha dedicado espacio a esa aportación.

Luego, también dos piezas, una de Joaquín Vidal, en El País y la otra de Vicente Zabala Portolés en el ABC madrileño, en las que rememoran la hazaña del torero mexicano.

Por último, reitero mi agradecimiento al doctor Rafael Cabrera Bonet y a Paco Abad por haberme puesto en el camino correcto cuando tuve dudas para enderezar algunas cuestiones aquí.

domingo, 19 de agosto de 2012

Un picador de vuelta al ruedo. Sixto Vázquez (II/II)


La actuación de Sixto Vázquez vista por el ilustrador
del diario madrileño Informaciones (10/08/1955)
Hace una semana decía que la unanimidad quedó patente en las diversas versiones periodísticas que registraron los sucesos ocurridos en la plaza de Las Ventas el domingo 31 de julio de 1955. Manuel Sánchez del Arco Giraldillo, encargado de la crónica taurina en el ABC madrileño, relata así los hechos sucedidos esa tarde:

El cuarto, a pesar de meter el hocico entre las patas y tardear, se arrancó al fin con alegre ímpetu, rabo en alto, codicioso. “Canastillo”, número 7, entró también cinco veces al caballo, proporcionando el tercio más bello de la corrida. Y el público, inteligente, probó que en Madrid se sabe ver toros; que no se ha perdido el gusto por la suerte de varas, que es la fundamental del arte. El picador mejicano Sixto Vázquez – que vino a España con Miguel Ángel y ahora actúa a las órdenes de Jaime Bravo – triunfó en la patria de los Calderones, Trigos, Badila y Agujeta. Lo celebramos como propio, lo incorporamos a los representantes de la mejor escuela española. Y se le premió – ¡caso insólito! – con una vuelta al ruedo. Entre nuestros piqueros los hay de categoría, pero no brillan. Creen que deben estar a la orden incondicional del espada y ser ellos los primeros matadores, los encargados de aniquilar a las reses... Las ovaciones que premiaron los cinco puyazos que clavó en todo lo alto Sixto Vázquez, montando con garbo de rejoneador y encarándose con el buen novillo de Ortega en rectitud y vaciando con arte, deben estimular a nuestros picadores. El nombre del piquero mejicano puede anunciarse con letras gruesas en los carteles. El matador que le lleve – si continúa picando como el domingo lo hizo en Madrid – tiene hecha la mejor propaganda. Algo así como cuando “Guerrita” iba de banderillero. ¿Qué exageramos? Nada de eso. Aún nos parece soñar. Sixto Vázquez, mejicano, resucitó la bella suerte de picar... Esto fue lo mejor de la corrida. Esto y la alegría valerosa con que Jaime Bravo se desenvolvió... Pero Jaime no halló sitio ni forma a la hora de matar y consiguió no más, que ovación y vuelta al ruedo... Fue entonces cuando marchó a buscar a su compatriota subordinado Sixto Vázquez y con él dio la vuelta al ruedo... La plaza, casi llena…

La opinión de Sánchez del Arco nos deja muy clara la diferencia de criterios que se expresaron en cuanto al juego de los toros, en especial en lo que a este Canastillo, cuarto de la tarde, se refiere y que fue con el que el varilarguero de Uruapan quedó inscrito para siempre en la historia de la fiesta. La crónica completa la pueden leer aquí.

No obstante, alguno se preocupó por intentar minimizar el triunfo de Sixto Vázquez, tal fue el caso de Curro Castañares, quien en el diario Ya de Madrid, publicado el martes 2 de agosto de 1955, al hacer referencia a la actuación de Sixto Vázquez y a otro hecho protagonizado por Jaime Bravo, escribe lo que sigue:

...¡Nada nuevo señores!
Al salir de la plaza, los comentarios se polarizaban en torno a dos sucesos ocurridos en la plaza y que algunos espectadores reputaban de casos nunca vistos en el ruedo... Uno de estos sucesos era que al entrar a matar por cuarta vez Jaime Bravo a su segundo bicho, tiró la muleta y entró a matar con la zurda abierta a guisa de engaño. Bueno; pues no es caso nuevo. Es antiquísimo. Y hace veinte años, en el coso madrileño, lo hicieron dos espadas, también mejicanos… El Soldado y Lorenzo Garza... El otro suceso, lo más sorprendente de la novillada toda, fue la vuelta al ruedo del picador azteca Sixto Vázquez, tras el arrastre del cuarto de la tarde, magníficamente picado por él mismo... El matador mismo, Jaime Bravo, le sacó a los medios entre estrepitosos aplausos. Tampoco este caso es nuevo. Otro mejicano, Carlos Arruza, hace tres años, en la feria de la Merced, de Barcelona, sacó en el ruedo monumental entre grandes aplausos a su picador de confianza, cuyo viaje de Méjico le costó muchos miles de duros. ¡Nada hay nuevo bajo el sol!...

Aquí creo necesario hacer un apuntamiento a la segunda afirmación de Castañares. Arruza, que reaparecía en Barcelona, toreó 2 corridas en La Merced de 1952 y en ambas toros de Urquijo. El 27 de septiembre con Aparicio y Jumillano y 28 de septiembre, en la despedida de Parrita de la afición barcelonesa y la alternativa de César Girón. Las crónicas que pude leer en La Vanguardia y en El Mundo Deportivo no reflejan ningún honor especial a su picador Alfonso Tarzán Alvírez. Además, el primer diario de los mencionados en nota del 26 de septiembre anterior, relata la llegada a Barcelona del Ciclón Mexicano acompañado de su esposa, el banderillero Ricardo Aguilar Chicopollo y el citado varilarguero, que era un fijo en su cuadrilla en cuanta plaza toreó vestido de luces.

La parte de la crónica publicada en el número 580 del semanario madrileño El Ruedo, aparecido el 4 de agosto de 1955 a la que inicialmente tuve acceso, aparece sin la firma de su autor, no obstante, el bibliófilo mexicano Daniel Medina de la Serna asegura que es obra de Benjamín Bentura Barico y en la misma se resaltan los valores de la suerte de varas y la manera en la que Sixto Vázquez la ejecutó ese domingo de toros en Las Ventas:

Lo ocurrido merece que echemos las campanas a vuelo. ¿Ustedes ha visto picar irreprochablemente alguna vez? ¿Sospechaban ustedes, después de ver tanta calamidad en el primer tercio, que puede ser artístico el hecho de picar reses bravas? Sí, amigos, sí. Ahí está Sixto Vázquez, que picó al novillo «Canastillo», de Ortega, para demostrarlo. Sixto Vázquez, que merece, como en sus tiempos de subalterno consiguió «Guerrita», que su nombre se anuncie en los carteles en letras del mismo tamaño que las empleadas para dar los nombres de los espadas… Arte brillante este menester de picar cuando se realiza como lo hace Sixto Vázquez. No es cosa fácil, aunque lo parezca a los no aficionados. La primera condición precisa para picar como él es saber montar muy bien a caballo. La segunda, tener el valor suficiente para prescindir de los «monos», y la tercera, conocer a fondo los secretos de la profesión. ¡Poca cosa!... El picador que pretenda parecerse a Sixto Vázquez en este arte se coloca frente al astado, y, sin ayuda de nadie, hace que el caballo avance en derechura hacia su enemigo. Si estima que el burel va a tardar en arrancarse, procura alegrarlo levantando la vara, paralela al suelo, para que el bicho la vea, y hasta empinándose repetidamente sobre los estribos para que el astado responda a lo que, al parecer, es una provocación; pero si, a pesar de todo esto, el toro no se arranca, hay que procurar que lo haga toreando a caballo, en un gallardo juego de arranque y retroceso que no puede ser puro capricho del jinete, sino medida justa y perfecta que lleve rápidamente a la consecución del fin propuesto: la arrancada del toro. Una vez conseguida, no es lícito, o, por lo menos, no debería serlo, esperar a que la fiera meta la cabeza en el peto, para entonces, impunemente, clavar la garrocha a mansalva. Sixto Vázquez hace cosa muy distinta: clava la puya cuando el burel está en su jurisdicción, antes de que llegue a cornear el peto, y detiene, en lo posible, la acometida. Luego, sin rectificar ni taparle al bicho la salida, pone a prueba la potencia de su brazo en pugna con la fuerza bruta de su enemigo, para terminar la suerte tirando las bridas hacia su izquierda, mientras empuja con la puya hacia su derecha al toro. Así lo hizo por tres veces, en el novillo «Canastillo» el magnífico jinete, el gran picador Sixto Vázquez… La suerte de varas, hundida por la mediocridad de la inmensa mayoría de quienes la practican, ha sido reivindicada por ese picador mejicano que trajo a Madrid Jaime Bravo… Tres varas, tres ovaciones; dos saludos castoreño en mano, otra ovación – con parte del público en pie – al retirarse, y, una vez arrastrado el novillo, una vuelta al ruedo… ¿Quién dijo que no interesa ya la suerte de varas? Cuando es un arte, interesa, emociona y entusiasma… Al lado de lo que hizo el picador Vázquez, el resto de lo ocurrido en la novillada del domingo, o tuvo poca importancia o careció de ella en lo absoluto...

La sección de esa relación, que es la referida a la actuación de Sixto Vázquez, la pueden leer en esta ubicación.

Edito: Esta misma mañana, Paco Abad, en su Aula Taurina de Granada, publica ahora sí, completa, la crónica de El Ruedo y me aclara que efectivamente está firmada por Barico. La pueden leer en esta ubicación.

Como se puede desprender de la lectura de las crónicas transcritas hasta aquí, los criterios se vuelven diversos únicamente cuando se hace relación al juego de los toros. La gama de opiniones es amplia, pues oscila entre los extremos que consisten en la mansedumbre declarada por Don Luis en la Hoja del Lunes, hasta la alegre bravura precedida de alguna duda que nos relata Giraldillo en el ABC madrileño y entre esos confines, hay varios matices intermedios. Resulta difícil hacer un juicio acerca del comportamiento de un toro a partir de la mera lectura, pero el hecho de que Canastillo haya acudido tres veces al caballo y haya peleado en ellas, refleja algún grado de bravura.

No fue obra de la casualidad

Una semana después Sixto Vázquez toreaba en El Puerto de Santa María con su matador Jaime Bravo. De nuevo volvía a tener una sobresaliente actuación y de nuevo recorría el anillo acompañando a su matador. De esta ocasión se afirma que se le llegó a conceder una oreja por su actuación, lo que raya en la exageración. Transcribo completa la crónica aparecida en el ABC de Sevilla del 9 de agosto de 1955, en la que se cuenta con brevedad, pero con concisión lo sucedido en El Puerto el domingo anterior:

Puerto de Santa María 7. – Novillos de Marqués de Villamarta. - Jaime Bravo, faena ovacionada para una entera y descabello. (Ovación, petición de oreja y vuelta). El picador Sixto Vázquez da también la vuelta. El segundo lo brinda el diestro a Sixto y hace una faena que es ovacionada. Media estocada. (Ovación, dos orejas, rabo y dos vueltas acompañado del picador). Joaquín Bernadó, faena que se ovaciona para media que basta. (Ovación, dos orejas y vuelta). A su segundo, faena con pases de todas las marcas para un entera que basta. (Ovación, dos orejas, rabo y dos vueltas en unión del mayoral y de los otros dos diestros. El toro es ovacionado en el arrastre). Juan Antonio Romero, bien con los palos. Inicia la faena sentado en una silla. Da pases de todas las marcas para una entera. (Ovación, dos orejas, rabo y dos vueltas). Al que cierra plaza, faena muy buena para una entera que basta. (Ovación, dos orejas, rabo y vuelta). Los tres toreros salen a hombros. – CIFRA.

Como podemos ver, lo informado por el corresponsal de la agencia CIFRA y publicado en la versión hispalense del diario ABC en ningún momento refiere que Sixto Vázquez haya sido galardonado con una oreja. La crónica la pueden leer en su fuente original aquí.

Y después de lo sucedido en El Puerto, a los cuatro días, en Las Arenas de Barcelona Sixto Vázquez, ahora a las órdenes de Antonio del Olivar, volvió a tener una nueva tarde de triunfo, según lo relató en su día para La Vanguardia, Eduardo Palacio:

…Con una entrada más que superior, tuvo efecto ayer en las Arenas la novillada anunciada, cuyo cartel componíanlo seis reses salmantinas, con divisa verde y encarnada, de la ganadería de don Ignacio Sánchez y Sánchez, para los diestros Gregorio Sánchez y los debutantes Antonio del Olivar, de Méjico, y Ángel Jiménez «Chicuelo III». Pues bien, a los seis minutos de terminar el paseíllo de cuadrillas, al veroniquear Gregorio Sánchez el primer buey de la jornada, que se vencía claramente del lado derecho, fue prendido y derribado de mala manera el diestro, al que se trasladó a la enfermería, al parecer, con una cornada en el bajo vientre. Quedó, pues la corrida en un forzoso mano a mano entre los debutantes ya mentados, quienes, aunque pusieron en su cometido una gran voluntad y no poco valor, no lograron más que, en contados momentos, animar el espectáculo... Los seis novillos jugados, unos más y otros menos, fueron mansos, si bien tenían arrobas, no estaban mal encornados y, por lo menos dos, el lidiado en tercer puesto y el soltado en quinto lugar, sirvieron para que «Aldeano» mostrase sus excelentes condiciones de picador en el primero, y el varilarguero mejicano Sixto Vázquez, que tan gran alboroto promovió en Madrid tardes pasadas, demostrase en Barcelona que aquel éxito no fue casualidad. Es, en efecto, un gran jinete y un soberano piquero. Fue muy justa, por tanto, la clamorosa ovación que escuchó, en las Arenas, al clavar dos soberanos puyazos en dicho quinto toro...

La versión íntegra de esta crónica pueden leerla en esta ubicación.

Concluyendo

Sixto Vázquez ejerció el noble arte de picar toros durante treinta y seis años. El domingo 8 de abril de 1984, en la 12ª novillada de la temporada de ese calendario en la Plaza México, en la que para lidiar novillos de Tepetzala, alternaron Alberto Ortega, Manolo García y Alberto Galindo El Geno, terminaría su tiempo de lucir el castoreño. Tras del arrastre de Faisanero, quinto de la tarde y último toro que picó en su vida, se anunció su despedida de los ruedos y para no perder la costumbre, dio una aclamada vuelta al ruedo en la plaza de toros más grande del mundo. 

Sobre este hecho, recomiendo leer un interesante reportaje de José Luis Suárez - Guanes publicado el 10 de abril de ese 1984 en el ABC de Madrid, a propósito del adiós del picador uruapense. Lo pueden ubicar aquí.

Para entonces, su hermano Israel había seguido su mismo camino, su hijo Mario – anunciándose como El Politécnico, por ser estudiante del Instituto Politécnico Nacional – intentó ser matador de toros y su sobrino David también se caló el castoreño para ser un prestigiado varilarguero, continuando con la dinastía de los Vázquez de Uruapan en los ruedos de México y el mundo.

Sixto Vázquez falleció en la Ciudad de México el 6 de agosto de 1995.

El día de mañana aparecerá en esta misma bitácora un anexo gráfico relacionado a este tema, mismo que es posible gracias al doctor Rafael Cabrera Bonet, quien a partir de la consulta que le hice y que relaté en la entrada anterior, localizó en el archivo de don Félix Campos Carranza, en su día Presidente de la plaza de Las Ventas y que ahora tiene en su posesión algunos documentos que me permitieron redondear estas líneas. Con mi gratitud, don Rafael.

Aclaración pertinente: Los subrayados en las crónicas transcritas, son imputables únicamente a este amanuense.

domingo, 12 de agosto de 2012

Un picador de vuelta al ruedo: Sixto Vázquez (I/II)


A toro pasado…

Sixto Vázquez visto por Antonio
Casero
(ABC, Madrid 02/08/1955)
El último día de julio se cumplieron 57 años de que Sixto Vázquez, picador de toros mexicano, fuera premiado con la vuelta al ruedo en la plaza de toros de Madrid. El hecho ocurrió en la novillada del postrer domingo de ese julio de 1955, en la que para dar cuenta de un encierro de Domingo Ortega, fueron acartelados el granadino Rafael Mariscal, el debutante bilbaíno Enrique Orive y el mexicano Jaime Bravo que sería quien llevara en su cuadrilla al torero de a caballo que me motiva a escribir estas líneas.

Llego con retraso a recordar la efeméride, pero creo que además de rememorar ese fasto, vale abundar en otros aspectos de la vida en los ruedos del torero michoacano, quien llevó a planos muy altos el nombre de México con su quehacer en los ruedos.

Sixto Vázquez Rocha

Es originario de Uruapan, Michoacán, lugar en el que nació el 3 de enero de 1916. Tanto Cossío, como Ángel Villatoro señalan que su padre, Eutimio, fue banderillero y picador de toros, por lo que a partir de eso puedo afirmar que desde su infancia vivió ligado a la fiesta y a su ambiente. Desde 1935 se integra a una cuadrilla que presentaba un espectáculo que combinaba el llamado deporte nacional – la charrería – con la tauromaquia, iniciando allí su paso como matador de novillos.

Se presenta en El Toreo de la Condesa el jueves 1º de mayo de 1941, en una novillada extraordinaria acartelado con Saúl Guaso, Felipe Escobedo, Luis Molinar y Rutilo Morales – ni Guillermo E. Padilla, ni Heriberto Lanfranchi en su obras históricas consignan el nombre del sexto alternante y procedencia del ganado – y es ovacionado al retirarse a la enfermería, pues fue herido por su novillo. Esa actuación le ganó dos presentaciones más ese año, también en jueves, los días 23 de octubre, cuando alternó con Tanis Estrada, Eusebio Ortega Villalta, José Gomar, Guillermo Romero y Alejandro Jiménez y su actuación le permitió repetir el siguiente domingo en el cartel final de la temporada alternando con Miguel González El Temerario y Paco Rodríguez en la lidia de novillos de Sayavedra.

Fueron sus compañeros de quinta toreros de la talla de Luis Procuna, Félix Guzmán, Rafael Osorno, Cañitas y Manuel Gutiérrez Espartero entre los más destacados.

Regresaría entre las filas de los toreros de a pie al año siguiente y tan temprano como el 29 de enero de 1942 – jueves – alternó con Antonio Toscano y Luis Molinar en la lidia de novillos de Quiriceo, derrochando valor y cerró su paso por el ruedo de la Colonia Condesa el 18 de junio de ese mismo año alternando con Enrique Medina y Rutilo Morales cortando una oreja. Sixto Vázquez fue uno de los novilleros que alcanzaron a hacer la transición hacia la Plaza México y actuó en ella una tarde; fue la del 28 de julio de 1946, cuando para lidiar novillos de Piedras Negras alternó con Félix Briones y Rafael Martín Vázquez.

Es quizás a partir de esa fecha – contaba ya con treinta años de edad – que decide pasar a las filas de los toreros de a caballo, tras de una actuación que no le proyectó a la posibilidad de recibir la alternativa, pues a partir de 1948 es ya miembro de la Unión Mexicana de Picadores y Banderilleros.

Madrid, 31 de julio de 1955

Sixto Vázquez se va a España en 1955 formando parte de la cuadrilla del Güero Miguel Ángel García, pero pronto en esa temporada se verá varado, pues el 2 de mayo su matador será gravemente herido en la plaza de Sevilla por un novillo de don Felipe Bartolomé. Una cornada de esas que en el momento hizo temer por su vida – de la que ya escribí aquí en otro espacio – y que a la larga, quedó demostrado que terminó con su carrera en los ruedos y fue también en alguna medida, la causante de su prematura muerte.

Sixto Vázquez picando al 4° de la tarde
del 31/07/1955 (Foto El Ruedo, cortesía
El Desjarrete de Acho)
Por esa razón pasa a formar parte de las cuadrillas de Jaime Bravo – principalmente – y de Antonio del Olivar y es con el primero, con el que vivirá el trascendente hecho para él como torero y por qué no, para la historia del toreo, dado que, hasta donde mi entender alcanza, lo que logró ese domingo 31 de julio de 1955, no se ha vuelto a repetir en el ruedo de la plaza de Las Ventas de Madrid.

He podido recopilar varias relaciones del suceso y creo de interés y de justicia el dar espacio aquí a varias de ellas, sobre todo, por lo que a mí me parece la extraordinaria coincidencia que guardan sobre la actuación de Sixto Vázquez. Veremos adelante que difieren sobre todo, al juzgar la condición del cuarto novillo de la tarde, que es en el que se produjo el hecho, hoy legendario, pero en la realización del torero michoacano, no hay división de opiniones.

Comienzo con la que me resulta la más novedosa, aparecida en la Hoja del Lunes de Madrid, del día siguiente al festejo. Y afirmo que es novedosa, porque fuera de los libros que he leído y que tengo conocimiento que escribió, no sabía que don Luis Uriarte Don Luis también escribía crónica, ignorancia de la que me sacó el doctor Rafael Cabrera Bonet, a quien agradezco su orientación a ese respecto:

Un picador da la vuelta al ruedo en Madrid
Un picador de toros
Don Luis
¿Ven ustedes como es bonita la suerte de varas? ¿Ven cómo todas las suertes del toreo son bonitas cuando se ejecutan bien? ¿Ven en definitiva, cómo en estos casos se pone en evidencia que la gente entiende de toros como por intuición, de un modo instintivo, y sabe apreciar lo que es bueno aunque no lo haya paladeado nunca? Porque ayer vimos picar clásicamente en la plaza de Las Ventas, y nos unimos en el aplauso, tan unánime como estruendoso, los que ya vamos siendo viejos aficionados, y hemos conocido la suerte de varas todavía en cierto esplendor, y los nuevos o de esta época, en la que la mayoría de ellos no han tenido la ocasión de presenciar lo que es un puyazo con arreglo a los cánones taurinos… El acontecimiento – que de tal categoría se nos antoja el hecho – surgió en el cuarto novillo. No era bravo, ni con mucho, el pupilo de Domingo Ortega, que echaba el hocico al suelo y escarbaba en la arena, lo cual “no es de bravura señal buena”. El picador mejicano Sixto Vázquez estaba de turno y sólo verle adelantarse al cite ya levantó en parte de los graderíos un murmullo de expectación. ¿Qué era aquello? El jinete solo, en la rectitud del toro, citando guapamente y con alegría de artista, sin permitir que ni un monosabio agarrase las riendas del caballo ni lo tocase con la vara, sino retirados a bastante prudencial distancia. ¿No es saber montar a caballo lo primero que necesita un picador? Era bonito, bonito ver al jinete evolucionar de un lado a otro, para colocar, él solito, al toro en suerte; verle citar levantando el brazo de la vara y aún irguiéndose y botando sobre la silla para alegrar al morlaco, y verle, en suma, cuando conseguía provocar la arrancada, echar la vara, bien cogida por el centro, ni larga ni corta, como requería la distancia a que citaba, y clavar la puya con seguridad y firmeza, no en los riñones – que es donde ahora se clava para destrozar a los toros –, sino en el morrillo – que es donde debe clavarse para ahormarles la cabeza y dejarlos en buenas condiciones para el resto de la lidia –. ¡Ah! Y como buen artista de su especialidad profesional, manejar las riendas con la mano izquierda – como la derecha para castigar con brazo fuerte –, no hacia su derecha, para tapar la salida del toro, en busca de la fementida “carioca”, sino hacia su izquierda, en clásico estilo de marcar la salida por donde y como es debido para quedar nuevamente en suerte. Así por tres veces consecutivas él solito – insistimos en repetirlo – y con gallardía y prestancia de gran picador de toros. Tres ovaciones acogieron cada una de sus tres hazañas, y otra ovación clamorosa le acompañó hasta que se retiró por la puerta de caballos. Después, cuando Jaime Bravo acabó con el novillo, el público reclamó la presencia en el ruedo de Sixto Vázquez y le hizo dar la vuelta al ruedo entre una nueva ovación… ¿Cuánto tiempo hacía que no habíamos visto este soberbio espectáculo? ¡Qué no haya quien diga que no es bonita, ni siquiera necesaria la suerte de varas! Lo que no lo es, ahí está la prueba, es que no haya picadores que no sepan ejecutarla ni apenas montar a caballo. Como si dijéramos que no es bonito el toreo porque no hubiera toreros que supieran hacerlo. Entonces negaríamos hasta la belleza y la verdad pura del arte de lidiar toros... Justifiquemos la crónica: a tal picador, tal honor. También la gente subalterna tiene su corazoncito...

Una segunda versión es la que firma Federo Faroles y que apareció publicada el 2 de agosto en La Vanguardia de Barcelona y que en lo medular señala:

¡A LA PLAZA! ¡A LA PLAZA...!
PÉSIMA NOVILLADA
…Los seis astados, de bonita lámina y desarrollada cornamenta, dieron aceptable juego en el tercio de varas y embistieron con nobleza a los de a pie, aunque casi siempre fueran desperdiciadas sus cualidades por la pésima lidia que recibieron. Una excepción hubo en la tarde, concretamente en el cuarto novillo... El protagonista de la excepción es mejicano de nacionalidad y picador de profesión. Se llama Sixto Vázquez. Puso tres varas al cuarto novillo, ovacionadas largamente, y se vio obligado a dar la vuelta al ruedo en cuanto el diestro de «tanda» terminó con su enemigo. Las tres varas fueron tres lecciones de bien picar. Es decir, de citar al toro con la voz, con la cabalgadura, con la puya... Alejando a los monosabios, dando la salida al novillo por la cara del caballo, sin hacer «cariocas» ni acometer perforaciones excesivas. Bien por Sixto Vázquez, picador mejicano y buen picador…

La unanimidad hasta ahora es impecable. Se destaca el hecho de que Sixto Vázquez sea un gran jinete – hecho que se hace evidente al no requerir que los monosabios le auxilien para mover al caballo o para colocarlo –, luego, el hecho de que pique en lo alto con la finalidad de permitir a su matador el debido lucimiento en el tercio final y no caído o trasero para inutilizar al toro y sobre todo, la forma de usar la mano izquierda con la rienda para marcar al toro el fin de la suerte cuando ya se ha picado, sin barrenar y sin aprovechar el que el toro esté metido en el peto. En suma, se describe con claridad la forma clásica en la que la suerte de picar debe ser ejecutada.

Pero aún hay más sobre este tema. Lo dejo para la próxima semana en la que espero concluir con lo hoy iniciado.

Aclaración pertinente: Los subrayados en las crónicas transcritas son imputables exclusivamente a este amanuense.
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