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sábado, 5 de mayo de 2012

Tal día como hoy. 1984: Miguel Armillita y Luis Fernando Sánchez justifican el cartel extraordinario


El serial de San Marcos de 1984 corrió entre el 22 de abril y el 13 de mayo y se anunció como constante de catorce festejos – 12 corridas de toros y 2 novilladas –, descansando el peso de las festividades mayores en toreros como Eloy Cavazos, Curro Rivera y Jorge Gutiérrez por los toreros mexicanos y El Niño de la Capea y José Mari Manzanares por los que vinieron del otro lado del Atlántico, aunque ya en Aguascalientes, como lo señalara don Jesús Gómez Medina un par de años antes, a propósito de la importante faena de Humberto Moro hijo el día de la despedida de El Estudiante, otro torero también de casa, las puertas de la Monumental Aguascalientes – ese es su nombre oficial –, se abrían también para los toreros hidrocálidos.

Ese era el caso para dos parejas de hermanos, unos de profunda raigambre en el mundo taurino, hijos del que con poco margen para la discusión, es el torero más grande que ha dado México en la historia y me refiero a Fermín y Miguel Espinosa, los hijos de Armillita, en tanto que lo que podría considerarse su contraparte, la constituyeron los hermanos Ricardo y Luis Fernando Sánchez, hijos también de torero, aunque no de la dimensión y trascendencia del Maestro de Saltillo.

Ricardo Sánchez solamente pudo cumplir su primer compromiso en la Feria, el 24 de abril, pues fue herido por el segundo toro del lote de Las Huertas que le tocó en suerte y por otra parte, aunque hubo triunfos resonantes de otros diestros, tanto Miguel Armillita como Luis Fernando Sánchez, sin encontrarse directamente en un cartel, comenzaron a forjar un pique en los tendidos que empujó a los empresarios doctor Alfonso Pérez Romo, Eduardo Solórzano y Julio Díaz Torre a intentar ofrecer a la afición un festejo extraordinario.

El diario El Sol del Centro, el jueves 3 de mayo de 1984 anuncia lo siguiente:

El adelanto que dio a sus favorecedores EL SOL DEL CENTRO de la corrida extraordinaria en mano a mano entre los diestros oriundos de Aguascalientes, Miguel Espinosa “Armillita Chico” y Luis Fernando Sánchez quedó confirmado por la empresa de la plaza de toros de la avenida licenciado López Mateos... Lo anterior lo dio a conocer el señor Eduardo Solórzano el mismo día primero de mayo...

El encierro que se anunció fue uno de la ganadería potosina de Manuel Labastida. Recuerdo que fue una corrida seria, desde la barrera en la que presencié el festejo, justo arriba de la puerta de toriles, me percaté que en el anca izquierda los toros llevaban herrado indistintamente el número cero o el nueve, lo que me indica que tenían entre cuatro y cinco años de edad. Eso sí, fueron algo flojos, pero con las complicaciones que da el toro con edad, lo que dio a la corrida la emoción que da la presencia del toro, añadida a la confrontación de dos toreros que tenían cautivado el interés de la afición en ese momento.

Miguel y Luis Fernando cortaron un rabo cada uno, al tercero y al cuarto de la tarde y los detalles de esas faenas según la crónica de don Jesús Gómez Medina, son los que siguen:

El triunfo de Miguel con “Indiano”... Pausadas verónicas, a pie junto primero y abriendo luego el compás, tan quietas como mandonas, ganándole el terreno de un lance al siguiente del burel... y, tras el puyazo de ritual, el lance de “Chicuelo” concluido con vistoso remate... Y tres pares de banderillas, entre ovaciones y música, destacando el tercero, al sesgo por las afueras, Y el brindis a Juan Andrea, en testimonio de una añeja amistad. Y la faena rebosante de calidad y torerismo ante un enemigo cuyo vigor decrecía a ojos vistas, al que Miguel toreó señorialmente, imperiosamente; más a la vez, con un temple tan justo, con suavidad tal, que en ocasiones diríase que la muleta estaba hecha de terciopelo... y, cuando “Indiano” fue a menos, los adornos pintureros, oportunos y todo realizado en el sitio que el torero quiso, en los medios del ruedo; y todo ligado, eslabonado y, además, concluido, rematado a ley; como si, mientras toreaba, fuese Miguel repitiendo para sí la sentencia de Rafael “El Gallo”: Lo bien toreao es lo bien arrematao... Entrando por derecho, media estocada en lo alto. Dobló luego “Indiano” y, entre rotundas aclamaciones, testimonio de admiración, entusiasmo y pleitesía, Miguel Espinosa fue galardonado con las orejas y el rabo y recorrió el ruedo en triunfo...

En cuanto al cuarto de la tarde, la versión de don Jesús es como sigue:

Y el éxito de Luis Fernando con “Antequerano”... Apareció en cuarto turno y fue de pelaje cárdeno, bien dotado de herramientas. De salida flaqueaba de los remos traseros... Luis Fernando Sánchez le propinó dos lances de hinojos que alborotaron al graderío, seguidos de toreo a la verónica de discreta ejecución... Ya está Luis Fernando brindando a Humberto Moro, colega y consanguíneo al que inoportuno percance dejó fuera de los festejos feriales. ¡Bello gesto, en verdad, el de Luis Fernando! A todo esto, “Antequerano” no era fácil ni mucho menos. Mansurrón, muy tardo, agarrado al piso, como ahora se dice; y, cuando finalmente embestía, lo hacía paso a paso, enterándose, sin plena fijeza; de aquí el singular mérito de lo realizado por su matador. Rompió éste las hostilidades con dos riñonudos pases de rodillas, y, una vez de pie, a pugnar, a insistir, a acosar una y otra vez al descastado burel, en este sitio o en el otro; en el tercio, o en los medios, en tablas, para obligarlo, para forzarlo a embestir, Y cuando finalmente esto ocurría, ¡qué prodigioso aguante, qué valor tan rotundo y, a la vez, tan sereno; qué estoicismo, en suma, el de este joven torero de Aguascalientes, mientras “Antequerano” pasaba, mejor que acometía, en muletazos angustiosamente lentos, intensamente emotivos, con olor a tragedia y a gloria!... Porque así es como se forjan las figuras; a golpes de corazón, con audacia, con fe, con relámpagos de arte como el que irradiaba la muleta de Luis Fernando cuando la bestia, sometida a la inexorable decisión del torero, terminaba por obedecer el trazo imperioso del engaño... Logró de esta manera muletazos sensacionales dentro de una faena que, naturalmente no tuvo cabal unidad ni en cuanto a la jerarquía de los pases ni al lugar en que fue llevada a cabo; pero que siempre estuvo caldeada por la llama de la emoción más intensa y dignificada por la entrega total de que su realizador hizo gala. Una estocada por demás delantera puso término a la vida de “Antequerano”. Y en pleno triunfo, Luis Fernando Sánchez recibió las orejas y el rabo del bicho y recorrió la pista entre cálidas e interminables aclamaciones...

La corrida fue presidida por el C.P. Jesús Dávila Medina, quien en esos días desarrollaba la misma función en la Plaza México. Miguel Espinosa Armillita, vistió un terno nazareno y oro, en tanto que Luis Fernando Sánchez salió con uno en palo de rosa con pasamanería blanca. El sobresaliente fue otro torero de la tierra, el matador de toros Fabián Ruiz y cabe hacer notar que Miguel Armillita solicitó la anuencia de la autoridad para retirarse antes de la salida del sexto de la tarde, debido a que tenía que tomar un avión para trasladarse a Tijuana, donde toreaba al día siguiente.

El festejo de hoy. 10ª corrida de feria: 6 de Mimiahuápam y Begoña para Eulalio López Zotoluco, Alejandro Talavante y Diego Silveti.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Relecturas de verano II: El aroma del toreo

El autor

El doctor Alfonso Pérez Romo que ha ejercido exitosamente la medicina, ha sido un destacado académico y en ese campo llegó a ocupar la Rectoría de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, además de que en las diversas actividades profesionales, humanísticas y literarias que ha abordado en el decurso de su existencia, se ha destacado como una persona triunfadora y reconocida por la calidad y la mesura de sus juicios.

Alfonso Pérez Romo es también aficionado a la Fiesta de los Toros, por la que siente:

Una atracción irresistible; un aprecio del toreo que va mucho más allá de su abigarrado colorido, su pintoresquismo, su derroche de valentía y su efusión de sangre; un asombro siempre nuevo por esa hermosa y noble bestia que es el toro de lidia; y una admiración respetuosa por el torero, extraño personaje del arte hispánico que cumple su actuación dramática al filo de la muerte.
Es afición le llevó a constituirse como empresario de la Plaza de Toros Monumental Aguascalientes en la década de los 80, junto con Julio Díaz Torre y el matador en el retiro Eduardo Solórzano, dando un giro radical a la manera en la que se organizaba nuestra Feria de San Marcos y en la combinación de sus aficiones, fue quien animó al Poeta del Toreo, Alfonso Ramírez Calesero, para que reuniera las memorias que son la base del libro que hoy da pie para que yo meta los míos.

La obra en cuestión

Solo el que vive los hechos sabe lo que son. Eso es lo que nos demuestra la recopilación de memorias y vivencias de un torero que se fue por la puerta grande. Aquí nos encontramos con lo que pasa por la mente del que se viste de luces por última vez, con lo que recuerda y con lo que ve en lontananza.

Al fin y al cabo, la obra que hoy intento comentarles contiene la expresión del valor humano en lo taurino, el reconocimiento de que el torero no lo debe ser solo en el ruedo y delante del toro, sino que el torero es un hombre y como tal interactúa con la afición, con la comunidad en la que convive y con su círculo más cercano, con su familia. Los toreros son humanos, aunque para oficiar, se vistan de dioses.

¿Cuándo se debe ir un torero? Decía un contemporáneo de Calesero, también su compañero de muchas batallas, que buena parte de la grandeza de don Rodolfo Gaona residía en que se fue de los ruedos cuando aun le podía a los toros. Seguramente y de lo revelado por Alfonso, el de Triana, ese tema es uno de los principales en esos momentos en los cuales los toreros hablan entre ellos de las cosas de su ministerio y es también quizá por ello, que El Calesa dio la vuelta a la página de su historia vestido de luces cuando lo hizo y como lo hizo, es decir, demostrando que el adiós se debía a una decisión personal y no a aquello que decía Guerrita, a que lo echaban. El contemporáneo al que me refiero es don Arturo Muñoz Nájera La Chicha, inolvidable torero de plata y personaje de la torería de Aguascalientes.

Otras revelaciones interesantes se contienen en la obra del doctor Alfonso Pérez Romo. Por ejemplo, nos cuenta el destino final de aquel toro de Vicente MartínezTerciopelo se llamó – que en la década de los treinta importara don Miguel Dosamantes Rul para Peñuelas, ejemplar único que en la historia de la ganadería brava mexicana es ya mítico.

Hombre de a caballo; significado tentador, Alfonso Ramírez Alonso hizo, ya hace casi medio siglo un análisis, que por lo que hoy vemos, resultó premonitorio. Lo hace cuando habla del toro de esos días, de su comparación con el que lidiaba en las plazas cuando inició su camino por los ruedos y de lo que veía para el futuro. En 1966 escribió:

En México, por el exceso de celo por conservar un tipo de toro y una sola línea genética, la casta se ha ido perdiendo y creo que esta experiencia ya se agotó. Nos guste o no, ha llegado el momento de refrescar, porque cuando la sosería se repite constantemente, la gente acaba por aburrirse y deja de ir a las plazas...

Y sigue diciendo:

...otra cosa que yo veo es que en mis tiempos de matador en activo, todos éramos diferentes; pienso en Armillita, “El Soldado”, Antonio Bienvenida, Garza, Silverio, Solórzano, Arruza, Manolete, Pepe Luis, Procuna, yo mismo. Todos inconfundiblemente personales y distintos. Y lo más importante: cada uno de nosotros hacíamos nuestro toreo totalmente diferente y original; ninguno llevábamos una faena hecha de antemano o estereotipada y el público que nos iba a ver siempre estaba a la expectativa de la sorpresa, de la espontaneidad, del momento inspirado…

Y lapidariamente concluye:

...la gente ya no va a los toros con la esperanza de ver el milagro de lo inesperado, sino a resignarse a ver la repetición interminable de lo mismo, así sea de buena calidad. ¡Como el arte y la artesanía otra vez!
Es a partir de esas reflexiones que Calesero penetra en los terrenos de la creatividad, del sello, de lo que lleva el titulo de la obra que pretendemos comentar, del aroma del torero y del aroma del toreo, aroma que dijera Arthur Miller, no se puede ver, pero se puede percibir y se puede recordar.

También nos habla de aquello que decía Lorca, había que buscar en las últimas habitaciones de la sangre, el duende, que brota cuando menos se espera y que no es de producción en serie; las condiciones deben estar dadas para que el torero se transfigure y en un momento y lugar determinado haga a los toros cosas que no son humanamente imaginables y aunque a Jesús Eduardo Martín Jáuregui no le parezca, he de afirmar como Pepe Alameda, esta es otra evidencia del seguro azar que representa el toreo.

La personalidad del hombre determina por anticipado la medida de su posible fortuna, expresó alguna vez Arthur Schopenhauer y por su parte, Óscar Wilde pareció agregar; cualquiera puede hacer historia, pero solo un gran hombre puede escribirla.

En El aroma del toreo estamos delante de una fracción de esa historia, bien delimitada en su esfera temporal; pero también, bien relacionada con sus antecedentes próximos y remotos.

Estamos delante de lo que considero es el legado de un torero a la afición y muy principalmente a sus pares. Vemos en sus pensamientos un examen preciso de su pasado y del presente que vivía cuando lo hizo y muy especialmente, del futuro que veía venir, y que hoy es para nosotros el presente.

Estamos delante de una breve parte de las memorias de un hombre que siendo padre y abuelo de toreros nunca dejo de tener presentes a su esposa, que a su vez, hija y hermana de ganaderos, conoce la fiesta desde sus entrañas y sabe que ese ver cara a cara a la muerte los días de corrida o de tentadero puede lastimar o fortalecer la armonía familiar, dependiendo de la manera de aproximarse a ella. En este caso, el lazo de unión entre Calesero, su esposa doña Alicia y sus hijos y nietos, después del amor, sin duda ha sido el vivir con autenticidad su taurinidad.

Esta es mi apreciación acerca de este interesante testimonio de vida y aprovecho el viaje para invitarles a leerlo, disfrutarlo y encontrar una a una, las múltiples aristas que representa la vida de un hombre dedicada por entero a la fiesta de los toros, siguiendo la máxima taurina:
Para el logro del triunfo siempre ha sido indispensable pasar por la senda del sacrificio.
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