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domingo, 17 de enero de 2010

Antonio Montes, a 103 años de su muerte (IV/IV)



El testamento y la fortuna de Montes

Aproximadamente a las seis de la tarde del 17 de enero de 1907, unas horas antes de morir, Antonio Montes pidió la presencia de un escribano. Ante su gravedad y el temor de que no llegara a tiempo de Notario, se levantó un testamento privado, del cual se dio cuenta a la prensa en dos versiones.

La publicada por el diario El Imparcial de Madrid en su ejemplar del 19 de enero de 1907 dice lo siguiente:

En la ciudad de México, á diecisiete de enero de mil novecientos siete, en presencia de los doctores que asisten á Antonio Montes y los testigos que al final se expresan, declara Montes su última voluntad, y es la siguiente:

Su única y exclusiva heredera ha de ser su señora madre doña Emilia Vico; todos sus bienes muebles é inmuebles serán de su absoluta propiedad.

Ordena que se le paguen al picador Salzoso las corridas que le adeuda, á razón de noventa pesos mexicanos por corridas toreadas en la capital, y á razón de ochenta pesos mexicanos las de los Estados.

Al banderillero José María Calderón sesenta pesos mexicanos por cada corrida toreada en la capital, y á razón de cincuenta pesos mexicanos cada una de las toreadas en los Estados.

A la señora Grace, que en la actualidad sostiene relaciones amorosas con ella, le sean entregados tres mil pesos mexicanos; también ordena que á dicha señora le sean entregados el alfiler de corbata y la sortija que tiene para su uso.

Ignora, á causa de haber girado á España; el dinero que tendrá, y manda que se recojan mil quinientos pesos que tiene en la casa de Feliciano Rodríguez.

Nombra de su espontánea voluntad, como persona de su confianza y encargado de dicha distribución, á su banderillero Manuel Blanco (Blanquito), recomendándole como último recuerdo para su madre un cariñoso abrazo y un beso.

Ricardo Torres. – Antonio Fuentes. – Manuel Blanco. – Felipe Salzoso. – José María Calderón y Antonio Fernández. – Doctor Carlos Cuesta. – Doctor Villafuerte. - Doctor Castillo.

La otra versión, aparecida en el semanario La Fiesta Nacional, de Barcelona, del 20 de febrero de 1907 reza así:

En la ciudad de México á 17 de enero de 1907, en presencia de los doctores que asisten á Antonio Montes y los testigos que al final se expresan, declara Montes su última voluntad, y es la siguiente:

Su única y exclusiva heredera ha de ser su señora madre Da. Emilia Vico; todos sus bienes, muebles é inmuebles, serán de su absoluta propiedad.

A su cuadrilla se le pagará lo que se le está adeudando.

A la Sra. Grace le serán entregados tres mil pesos, el alfiler de corbata y la sortija que tiene para su uso.

Ignora, á causa de haber girado á España, el dinero que tendrá, pero insiste en que una vez liquidadas sus deudas, el sobrante sea puesto en el Credit Lyonnais á nombre de su señora madre y entregado el resguardo en propias manos de Da. Emilia Vico.

Nombra de su espontánea voluntad, como persona de su confianza y encargado de dicha distribución á su banderillero Manuel Blanco Blanquito, recomendándole como último recuerdo para su madre, un cariñoso abrazo y un beso.

Siguen las firmas de Montes, Ricardo Torres, Antonio Fuentes, Manuel Blanco, Felipe Salzoso, José Ma. Calderón, Antonio Fernández, doctor Carlos Cuesta, doctor Villafuerte, doctor Enrique Castillo.

Las dos versiones tienen solamente diferencias de grado, consistentes éstas, en la ubicación de los recursos obtenidos por sus actuaciones en la temporada mexicanas 1906 – 1907.

Antonio Montes falleció a las nueve de la noche con cinco minutos de ese jueves 17 de enero de 1907.

Posada y Vanegas difundieron la tragedia

En cuanto a su fortuna personal, su apoderado Juan Manuel Rodríguez, declaró a El Imparcial de Madrid lo siguiente:

Es una tremenda desgracia la ocurrida – nos decía el Sr. Rodríguez – Antonio realizaba su último viaje á América. Montes pensaba retirarse de su arriesgada profesión para consagrarse á su madre y á sus hermanos, á quienes quería entrañablemente. Hace poco tiempo adquirió una importante fábrica de aceite de orujo en Villafranca de los Barros, valuada en 30.000 duros. El verano último compró una finca de campo llamada "El Palomar" entre Utrera y Dos Hermanas, que vale más de 20.000 duros. Además deja en metálico de 25 á 30.000 duros. También era poseedor de riquísimas alhajas, entre ellas algunas de mucho mérito, regalo del infante D. Antonio, uno de los más constantes admiradores del diestro.

Quizás Montes no había logrado un cortijo en los toros, pero sí se había provisto de una industria para los días en los que debiera dejar de jugarse la vida delante de ellos. También llama la atención el hecho de que había anunciado a su familia que ya no viajaría a México donde tan buen cartel tenía – quizás mejor que en España – ¿sería que conocía ya de alguna afección a su salud?

Los funerales de Antonio Montes

El cadáver de Antonio Montes pasó por vicisitudes antes de llegar al sitio de su reposo final. Una vez que fue dispuesto para su traslado a Sevilla, se ingresó al depósito del Panteón Español de la Ciudad de México. Allí, una falta de cuidado grave motivó que el ataúd que lo contenía se incendiara y que el cuerpo también sufriera quemaduras, unas versiones señalan que en su totalidad, otras que solo de manera parcial.

Otra hoja volandera con grabado de Posada

Después, al llegar al Puerto de Veracruz para ser embarcado en el vapor Manuel Calvo, el féretro cayó. De nuevo hay versiones encontradas. Unas señalan que fue al mar y que de allí fue rescatado y otras, que solamente fue sobre los muelles y que allí se abrió, provocando un espectáculo molesto, que motivó que varios viajantes pospusieran su travesía trasatlántica, por temor a un desaguisado por ir en compañía del cadáver del torero.

Una vez llegado a Cádiz, el 18 de febrero de 1907, se trasladó el ataúd al vapor Cristina, que haría el tránsito por el Río Guadalquivir entre Sanlúcar de Barrameda y Sevilla y allí también hubo algún incidente, pues primero la niebla retrasó su salida; después, a su paso por Gelves, en el sitio conocido por Caño del Guadaira, venía en sentido contrario el vapor José María y al desviarse el Cristina para darle paso, quedó varado en el lecho del río, permaneciendo así cuarenta y cinco minutos, en tanto pudo tomar más agua y aumentar la presión para poder forzar la marcha.

Luego, una vez llegado a Sevilla, atracó en la escalinata de San Telmo, pero como lo hizo a las 8 de la noche, las autoridades no permitieron el desembarco del cadáver, por lo que pernoctó allí hasta que al día siguiente las Autoridades Civiles permitieron su desembarco para la celebración de las honras fúnebres y su posterior inhumación en el Panteón de San Fernando.

Presidieron el funeral entre otros los presbíteros Manuel Álvarez Franco, Federico Roldán y el cura regente de la Parroquia de Santa Ana, Guerra Calzadilla; el hermano del torero, Francisco Montes; sus apoderados en Madrid y México, Juan Manuel Rodríguez y Joaquín García Elorz; Emilio Torres Bombita, en representación de la empresa de la plaza de toros, el señor Díaz Martínez, en representación de la empresa de Bilbao, y los señores Soto, Moreno Santamaría y José Anastasio Martín.
Calle Pureza 63. Triana, Sevilla

La misa de córpore insepulto la ofició el presbítero Diego Algorta Lago, ministrado de diácono y subdiácono por dos sacerdotes pertenecientes á la parroquia del Sagrario.

Hoy, el recuerdo de Antonio Montes queda en un azulejo que está colocado en el número 63 de la Calle Pureza, sitio donde estuvo su casa – no creo que la finca actual se la misma que en su día habitó el diestro – y que reza lo siguiente:

En memoria del matador de toros Antonio Montes nacido en esta Calle de Pureza el 20-XII-1876 y muerto por un toro en Méjico a los 30 años de edad, inspirador de romances e inmortal como El Espartero, Joselito o Gitanillo, fue el ídolo de Juan Belmonte y uno de los grandes diestros de su época.

Azulejo en memoria de Antonio Montes
Dejo aquí esta historia, que desde hace muchos años me tiene cautivado. Recuerdo que cuando era un niño, Anita, la madrina de mi hermano Jesús, me hablaba con reiteración y a su modo de su admiración por Carlos Arruza y de la tragedia de Antonio Montes, la que solo conocía en sus versiones oficiales. Hoy, el acceso a muchas y variadas fuentes de información de un lado y otro del Atlántico, me permiten entender la magnitud y un trozo de la realidad de lo que representó la pérdida de este torero – que grande debió ser – y que es considerado nada menos que el precursor de Juan Belmonte, el autor de la última revolución trascendente en el toreo.

Por último, agradezco al gran aficionado y mejor amigo, Armando Moncada el haberme facilitado varias de las imágenes que ilustran esta serie, tomadas seguramente del retablo mayor de su renombrado establecimiento Pulques Finos la Virtud.
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