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domingo, 2 de junio de 2019

Tres ternos de seda blanca

Victoriano La Serna
(Archivo El Mundo)
Hace poco menos de tres años en una conversación que sostuve con el Maestro Jesús Solórzano, me trajo a ella el recuerdo de una tarde en la que su padre, El Rey del Temple, alternó con Cagancho y Victoriano de la Serna en la plaza vieja de Madrid y en la que los tres toreros vistieron de blanco. Me comentaba con emoción lo que su padre le refirió de aquella tarde de los ternos blancos y me pidió que le localizara alguna información acerca de lo sucedido en esas calendas.

Me puse manos a la obra y pude encontrar que se trató de la corrida final del abono madrileño de 1932. Se celebró el día 8 de mayo y en los hechos, se lidió un encierro de Villamarta para los toreros ya nombrados. No fue una tarde de esas en las que se cortaran múltiples despojos, pero sí fue, de acuerdo con la hemerografía, un festejo de esos que dejan huella en la memoria de quienes lo presenciaron y en la Historia del Toreo.

Encontré varias crónicas de escritores importantes, con las que trataré de armar algo que pueda resultar de su interés.

Baile de corrales

Hoy en día son frecuentes los bailes de corrales por la imposibilidad de presentar encierros adecuados a la categoría de una plaza determinada. Hace 87 años quizás no era frecuente verlos, pero tampoco imposible. Estaba originalmente anunciada una corrida de don Juan Manuel Puente – antes Vicente Martínez – pero no superó el reconocimiento veterinario. Para sustituirla, se aprobó una de Villamarta, rechazada el 27 de abril anterior y que permanecía, entiendo, en las dependencias de la plaza.

Don Gregorio Corrochano, a propósito del asunto, en su tribuna del ABC madrileño relata lo siguiente:
Hace unos días que vino la corrida de Villamarta. Ignoramos las razones científicas que aconsejaron rechazarla. El domingo se lidió, es decir, a los pocos días, cuando los toros, en vez de ganar, sufrieron los estragos de los primeros días del cambio, y nada tenemos que oponer a la presentación de la corrida. En esta última de abono había de jugarse la de Juan Manuel Puente y fue cambiada por la de Villamarta. No es fácil, por lo visto, venir con una corrida a Madrid…
Y abunda en el tema Federico Morena, del Heraldo de Madrid, que expone con más amplitud lo sucedido y se atreve a vaticinar lo que vendría después:
Hay cosas inexplicables – decía yo –, y una de ellas es cómo la corrida de Villamarta que rechazaron por falta de trapío los profesores veterinarios en el reconocimiento del miércoles 27 de abril pudo ser aceptada como buena diez días después. Tengo fama de hombre imaginativo y, sin embargo, nunca pude pensar que mejorase tan sorprendentemente una corrida de toros en doscientas cuarenta horas. ¿A qué maravilloso tratamiento fue sometida? ¿Qué mago de la veterinaria obró el portento?...
¡Nada de prodigios! – me respondieron –. Los profesores veterinarios tienen para estas ocasiones un procedimiento muy expeditivo: el de la comparación. Los toros de Villamarta no resistían el parangón, en cuanto a presencia, con los lidiados en corridas anteriores, ni aún con los novillos jugados en las primeras funciones de la temporada.
Exacto – asentí –.
Pero a la vista de las «fieras» que envió para la cuarta de abono D. Juan Manuel Puente, el flamante criador colmenareño, los toros del ex marquesado parecieron a los facultativos «catedrales» y aceptaron la sustitución...
¿Luego la corrida de don Juan Manuel...?
Se lidiará en cuanto llegue una más chica. Acaso el jueves próximo.
¡A lo que hemos llegado, señor director general de Seguridad, en la plaza de Madrid!...
Con esos mimbres se celebró una corrida que resultó al final de cuentas memorable, que ha trascendido a la historia como la corrida de los trajes blancos, en la que el toreo se reafirmó como un arte mayor.

Preliminares

La vestimenta uniforme de los toreros solamente fue advertida por Federico Morena, de la siguiente guisa:
Al hacer el despejo las cuadrillas recibimos la impresión de que íbamos a presenciar cosas extraordinarias. Los tres matadores, como si estuviesen de acuerdo, vestían trajes de tono claro con guarnición de plata. Y es éste un vestido que adoptó Antonio Márquez – otro «estilista»  – para los días de gran solemnidad, cuando salía a la plaza dispuesto a «hacer la estatua»...
Cagancho

Joaquín Rodríguez Ortega, natural de la calle del Evangelista en la Triana de Sevilla, las dio de cal y de arena. Sin embargo, tuvo la ocasión de exhibir la pureza de su toreo con la capa y la manera tan limpia en la que manejaba la espada. De manera aislada, sin duda, pero sin menoscabo de su cartel en la plaza mayor. 

Maximiliano Clavo Corinto y Oro, en la edición del diario La Voz del 9 de mayo de 1932, relata lo siguiente acerca de su actuación:
…en  el  cuarto  toro,  el    Calé   fue   el  torero   de   nuestros   ensueños. A   un   lance    magnífico     con   los  pies  juntos   seguía  otro   encorvado, saliendo   despavorido.  El  bicho  comenzó   a  pelear  con  nervio,  y  un   soberbio  puyazo   de   Catalino   lo   dejó   idealmente   ahormado   para   el   estilo   de   Carancho,   que   al   final   recuperó  todas   las   simpatías   y   todo   el   cartel   de   torero   genial   que  tiene  en  Madrid.  Comenzó  con  tres   muletazos   por   alto   con   una   arrogancia  sugestiva.  A  partir   del  último  pase,   el  público   inició   una   reacción   en  favor   del  gitano,   que   al   verse   animado   por   las   masas   se  confió   y  derrochó  salero,  no  ya  para   regar   la   plaza,   sino   todo   el   pavimento   de   la   calle de Alcalá.  Mezclando   lo   serio   con   lo jocoso, dio  una  serie  de  muletazos  por   la  cara,   cada,  vez  más   estirado,   cada  vez  más  cerca   y  cada  vez  más interesante   en   el  procedimiento y  en  el  ademán.  Cada  pase   arrancaba   una   tempestad   de   aplausos y risas. ¿De   qué   clase  fueron    estos   muletazos    de    la    salerosa     faena    del   “cañí”?   No   lo   sé;   no   los   he  visto   descritos    en   las   nomenclaturas    de   los   libros   taurinos.   Pero  tampoco   en   estas   nomenclaturas  está  escrita  la  gracia   con  que Carancho   jugó    con    este     cuarto  toro. Lo   único   que   yo    recuerdo,   como   conclusión,   es   que  las   risas  formaron   estrépito,  y   las  ovaciones  se  sucedieron  unas  a  otras. El éxito   del   gitano   se   coronó    como    estoqueador,   y   en   este   punto,   la   pinturería   y   la   gracia   dieron   paso  a  la  seriedad,  para  que  hubiera de  todo.  El  caso  es  que  en  los  tres viajes   que   Carancho   hizo   con   la  espada     (dos   medias   altas    y    un  pinchazo)   vimos  un  estilo  de   matador   de  toros  limpio,  por  la   rectitud   en   el  arranque,  por   lo  irreprochablemente   que  jugó  la  muleta   en    los   embroques,   por   la    fe  que   puso   en   buscar    siempre     el    morrillo.  Y   el  rato   de   singularísima   gracia   que  nos   dio   en  la   faena     con   los   tres   momentos    completamente   en  serio  que  nos   ofreció   como   estoqueador,   derivó   todo  en  una   ovación    final…
Y en el Heraldo de Madrid, Federico Morena, la misma fecha, agrega:
…Tengo más en el haber de Joaquín. Dos quites – uno en el segundo y otro en el sexto toro – que fueron un verdadero alarde de bien torear. Las medias verónicas finales, realmente prodigiosas.
En suma: el cartel de Joaquín se ha afianzado mucho con el éxito resonante de Barcelona y su actuación de ayer en Madrid. ¡Hay filón a explotar, señores empresarios!...
Jesús Solórzano

El Rey del Temple ya había dejado su tarjeta de presentación el 7 de junio de 1931 cuando realizó al toro Revistero de Aleas una de las faenas importantes de la historia de la plaza de la Carretera de Aragón. En esa fecha impactó a la afición precisamente por la facilidad que mostró para templar a los toros y también por la pureza con la que toreaba con la capa. Al cronista al que mejor impresionó en la tarde que me ocupa en esta ocasión – y que espero que les llegue a ocupar a Ustedes también – fue a Federico M. Alcázar, de El Imparcial, en su crónica titulada Solórzano o el arte de torear de capa, entre otras cosas dijo esto:
Cuando hablamos de Solórzano giramos siempre alrededor del mismo tema: el tema eterno del arte de bien torear. Decir que el capote de Solórzano es el más maravilloso del toreo, es repetir lo que casi todos sabemos. Hay que agregar que es el de corte más clásico, el de temple más puro, el de más refinado y exquisito vuelo. En su seda amarilla y grana, debía ir escrito aquél famoso verso de Rubén:
«Era un aire suave de pausados giros.»
No es el capote de un estilista, en la acepción taurina del vocablo, es decir, el que espera el toro adecuado para sacarle un lance, sino al capote que se prolonga en el curso de la lidia de seis toros, como el domingo, y cada lance o serie va sellada de buen estilo, de acabada técnica, de belleza incomparable. Esa técnica de la mano baja, de la pierna adelante, del mando lento del toro toreado y de la suerte cargada, prolongada, rematada. Escuela que tiene su solera en Ronda, y se derrama en Triana como el licor de una copa. El capote de Solórzano hace el toreo como es, como debe hacerse. Por eso en sus momentos culminantes, puede servir de modelo, de norma, de punto de referencia para torear a la manera clásica. Cuando alguien nos pregunta cómo debe torearse de capa, respondemos sin vacilar: “Como Solórzano”. ¿Para qué adjetivarlo? Donde está su capote está el arte de bien torear. Otros le aventajarán en emoción, en finura. Ninguno le llega hoy en pureza, en clasicismo.
El domingo se remontó a la cumbre del toreo. Y no fue únicamente en el segundo toro, que se superó, sino en los seis. Este es su mayor mérito y lo que da valor excepcional a su toreo de capa. No tuvo un momento deslucido, borroso. Todos sus lances fueron de superior calidad, hasta culminar en las cinco verónicas y los dos quites que hizo en el segundo toro. No se puede torear mejor. No hay quien ejecute el toreo con mayor pureza, con mayor sabor clásico. Esas cinco verónicas y esos dos quites exceden los términos de toda hipérbole. Fueron algo fantástico, ideal. Cada lance iba seguido de un clamor delirante, y cuando remataba con la portentosa media verónica, o arrodillado de espaldas al toro, la plaza se levantaba impulsada por un loco arrebato de entusiasmo. ¿Cuánto tiempo duraron algunos lances? No lo sé; para los que contaron el tiempo mirando el reloj, segundos; para los que teníamos la mano en el pecho y veíamos pasar el toro lentamente, despaciosamente, una eternidad. Ese ha sido, ese es y ese será, el toreo en su última y definitiva expresión artística. Que torear no es, como equivocadamente cree la mayoría de la gente, «dejar pasar» el toro más o menos ceñido y ajustado, sino «pasarlo» tan asombrosamente toreado como el domingo Solórzano. Que un lance dure aquél minuto de silencio que duraba en el capote de Gitanillo y en éste de Solórzano…
También Corinto y Oro tuvo sus elogios para el torero de Morelia. Sobre su toreo de capa escribió:
Jesús Solórzano es otro torero por  el  que  no  puede  perder   interés  el público de la   plaza  “grande”.  Conformes  todos  los  aficionados  en  que  hoy  se  torea  muy  bien,  pese   a   las  obligadas  desigualdades  en  que  en   esta   época   se   desenvuelve   la   lidia de  reses  bravas,  Solórzano  es  uno   de  los   que   acreditan   aquella   aseveración.   ¡Qué  bien  torea   este   mejicano!  Su  sosiego,  su  temple   y   su  característico   modo   de   cargar   la   suerte   nos   lo  mostró   una   vez   más en  aquel  bravo,  toro  bravo  de  verdad,   segundo   toro,   que   es   al   que  en  justicia  pudo  habérsele   dado   la   vuelta   al   ruedo.   Solórzano   armó   una   polvareda   en   las   verónicas  iniciales  y  en  la  superiorísima  media  con  que  las  remató.  En  el  primer   quite   volvió   a   pararse  delante del  bicho  y  le  dio  otra  serie    de    verónicas    irreprochables.   No  hay   que   decir   que   los  oles   y  la   ovación   debieron   de   repercutir,  en  el  mismo  Méjico,  adonde   quizá  llegaron  también  las  que  se  hicieron   a   los  otras   dos  espadas,   porque  esto  tercio   de  quites,  como   el   que  nos  dieron  en  el  sexto  toro,  dejó  en  el   paladar    del    aficionado  un  sabor  que  no  se  va   fácilmente…
Victoriano de la Serna

El torero de Sepúlveda apenas había recibido la alternativa el 29 de octubre de 1931. Era, además de ser el más joven de la terna, uno de los matadores de toros que iban a renovar el escalafón. Ya en su presentación como novillero en Madrid había dejado constancia de que tenía la posibilidad de caminar un trecho largo en la fiesta y en esta tarde lo confirmaría.

Corinto y Oro tituló su crónica La Serna: ha vuelto Usted a envenenar el toreo. Y explica sus motivos de la siguiente manera:
Para   establecer   la   obligada   relación  entro  un  feliz  tiempo   pasado  para  la  tauromaquia   y   el  presente,  el  crítico  rememora  hoy  una  fecha  y  un  nombre.  La  fecha  es  el  año   de   1913,   y   el   hombre,   Juan   Belmonte,   novillero   debutante   en   la  plaza  de  Madrid    en  una   tarde  del  mes   de   marzo.  Aquella   tardo   empezó   a  trazarse  una  línea  divisoria   entre    dos   épocas; aquella tarde   Juan   aguantó a los toros como no se   había   hecho   nunca; aquella   tarde    quedó    envenenado  el  arte   de   torear,   y   con   el   envenenamiento   quedó   consagrado   un  estilo  nuevo,  puro  y  peligroso,  que abrió    manicomios    y    sepulturas,  aunque   el   público   fue   el   primer  envenenado,   porque   se   le   descubrió  un  sabor  y  una  exigencia.   A  partir  del  año  1913,  todo  el  torero  que   como   tal   torero   ha    querido  ser  “algo”  en  su  profesión   no  ha  tenido  más  remedio   que  seguir   la   ruta  trazada  por   “aquél”. 
Otro   hombre   revolucionarlo   ha   vuelto  a  envenenar  la   fiesta   de  toros  en  la  corrida   de  ayer,   y   precisamente  cuando  la  corrida   estaba  para   expirar.   Este   otro   hombre  es  Victoriano  de  la  Sema,   que  no  es  sevillano,  ni  “siquiera”   madrileño,  puesto   que  ha   nacido   en   el  corazón  de  Castilla  la   Vieja…
…Pero  salió  el  sexto  toro,  un  castaño  de   bonita   estampa,   codicioso,   y   pastueño,   y...   el   toreo   volvió    a   envenenarse  otra  vez,  como  se  envenenó   en   el   año   1913.   ¡Qué   no   haría   con   este  toro   el  “loco”   torero   de  Castilla   la  Vieja!...   A   ver   si   lo  recordamos:   En   cuanto   pisó  la  arena   el  noble  bruto,  La   Serna  se  descaró   con   él   precipitadamente   en   el   tercio   del   2,   y   el   caos.   El   caos,    al   ver    a   aquel    hombre substantiva,  gramaticalmente,   clavado   en   el  suelo   con   las   piernas  en  ángulo   y   sin  mover  un   pie   en  las   cuatro   arrancadas   que   le   dio  la  bestia;   el  caos   al  ver  aquel   capote  también   a  ras  del  suelo,  que  se  llevaba  el  toro  de un lado  para  otro   con   una   suavidad,   una    elegancia   y  un   arte  nunca   vistos,   y   aquellos   brazos    movidos    con    la    misma   lentitud   de   derecha   a   izquierda;   el  caos  al  trazar   aquella   maravillosa  media   verónica  en   la   que  el  toro  tomó  la  forma  de   una   pescadilla   (como   a  las   pescadillas estamos   acostumbrados   a   verlas),   rodeando   la  cintura   del  torero;   y   el   caos   al   ver  a   los   catorce   mil   espectadores    que    abarrotaron    la    plaza,    en    pie,    entregados    a    un    verdadero     delirio    que     simbolizó     una   ovación   y  un  olear   de   verdadero   frenesí.   Repitió   su   toreo,   su  excepcional   toreo,   su    personalísimo   toreo,  el  toreo  cuyo  estilo   inverosímil   ha   traído    otra    vez    el     envenenamiento  de  la   fiesta   el  torero   segoviano,   y   las   aclamaciones   volvieron   a   oírse   imponentes  y     arrolladoras.     Carancho    hizo   otro  quite  también   maravilloso,   y  con   otro   por   el   estilo   cerró   Solórzano  el  tercio,  que,  como   el  del  segundo   toro,   nos   puso    a    todos  en  un  transporte   de  emoción  y   de   alegría     difícilmente     descriptible. Las   ovaciones   se   sucedían   impetuosas;    pero   la    de   la   Sema    se   prolongaba    y   se   prolongaba,    sin   cesar   hasta   el   tercio   de   banderillas. ¡Qué  estilo  no  pondría   aquel  hombre  en  aquella  manera  de  lancear   tan   arrolladora,   tan   selecta,  tan   escalofriante!   Una   consideración  de  crítica:   si  como  toreó  ayer de   capa   este   sexto   toro   en   Madrid  torea  quince   o  veinte  en  provincias,   de   respetarle   los   bichos,  su exaltación   definitiva   tendrá   la   velocidad  de  un   tiro. 
La   revolución  ya  estaba   armada;  pero  aun  debíamos  esperar  con  el  natural  interés  la  faena  de  muleta,    que    Victoriano    ofrendó    al   querido  camarada   el  popularísimo  poeta  de  la  democracia   madrileña  Antonio  Casero.  La  revolución  tiene  un  empalme.  El  torero  sale  paso   a  paso,   con  la  muleta   plegada sobre  la  mano   izquierda,   y   llama  la  atención  del  toro,  que  sigue  embistiendo  bien,  aunque  adelanta  un poco  por  el  pitón  izquierdo.  El  bicho   se   arranca,   el  torero   espera,  da  un  quiebro  de  cintura  en  la  reunión   y   comienza   con  un   cambio  emocionante.  Inmediatamente   despliega  la  muleta  y  prepara  el  pase  natural,   que  no  sale  limpio  por   el   defecto  del  toro.  Cambia  de  mano,  y el  caos  otra  vez:  sobre  la  derecha   ejecuta  una  labor   formidable,  que  se  compone  de  cuatro  muletazos   bajos,   llevando   al  cornúpeto con  el hocico matemáticamente  adherido   a  los  vuelos  de  la   franela; de  tres  altos,  dos  de  pecho,  en  los  que  el  toro,  de  pitón   a  rabo,   roza   la  cintura  del  torero,   y  otros   dos  bajos  también,   en  los  que   hombre  y   bestia   forman   un   solo   cuerpo.  Pero  en  estos   dos  pases  no   se  ha  tramitado    el   eterno   muletazo    de    parar   y   cargar   la  suerte,  no;   estos   dos  muletazos  son  tan   excepcionales, tan  desconocidos  en  todas las  épocas  del  toreo,  que  el   lidiador   se   ha   quedado   convertido   en  una   verdadera    estatua,    mientras  el   toro   ha   ido   y  ha   vuelto   en   el  viaje  sin  que  el  torero   descomponga  su  figura  ni  se  tome  un   nuevo  centímetro  de  terreno  para   prepararse  contra  el  ímpetu   y  la   fuerza   del   adversario;   es   decir,   sin   preocuparse   de  una   probable   cogida.  La  multitud,  que  apenas  ha   tenido   tiempo  de  reaccionar  en  pro  de  un sosiego  necesario,  vuelve  a  desbordarse  en  esa  asombrosa  faena   de  muleta,   y   el  entusiasmo   que   produce  este  segundo  acto  del  envenenamiento   del  toreo  es   francamente    indescriptible.    Una     estocada   corta   tiene  por  remate   la  faena   y   la  vida  del  castaño  codicioso  y  pastueño,  y  la   ovación   final   se   hace  imponente,    avasalladora,    Gran   parte   del   gentío   pide   la   oreja,    y  el  presidente,   después   de  un   titubeo   reflexivo,   acuerda   no    concederla.  Bien  hecho.  La  negación  del  premio  es  muy   eficaz,  porque   con   ello   crece   el   clamor   del   público,   cuyo    nervosismo    de    entusiasmo    termina,  por  fin,  en  coger  al  torero  en  hombros,  pasearlo  por  el  redondel  y  depositarlo  en  el  automóvil…
Maximiliano Clavo presiente aquí un nuevo canon para hacer el toreo. Una revolución le llama él.

Una de color

Señalan las crónicas que La Serna brindó la muerte del sexto a Antonio Casero. También revelan que tras la gran faena al sexto, la muchedumbre – no los costaleros a sueldo – se lo llevó en hombros. La rápida sucesión de los hechos impidió al torero o a sus ayudantes recuperar la montera dejada en prenda al pintor y así narra Corrochano lo sucedido con ella:
El interés de la corrida, por unas cosas o por otras, no decayó un momento. Fue una corrida distraída, muy interesante. Cuando salíamos, como La Serna se había marchado, vimos a Antonio Casero sin saber qué hacer con la montera.
- ¿Vamos, Antonio?
- Espera que salga la gente - dijo muy preocupado.
Y cuando creía que nadie le veía, arrojó la montera entre barreras y salió de prisa, muy sonriente, como si no hubiera hecho nada…
Ligas a las crónicas

Las crónicas completas de este festejo las pueden consultar pulsando sobre el nombre del diario en cuestión:





domingo, 21 de diciembre de 2014

21 de diciembre de 1969: Ante Cagancho, triunfos de Alfredo Leal y Ángel Teruel

Alfredo Leal
(Imagen cortesia del blog Toreros Mexicanos)
Voy a hablar de nuevo acerca de Alfredo Leal. Y es que es uno de los toreros que en los principios de mi afición cautivaron mi gusto por la manera tan pura en la que hacía el toreo, pero sobre todo, porque en el ruedo, parecía torero. Quizás se me pueda responder que no rayó a las alturas que sus aptitudes parecían prometer, pero tampoco se me podrá negar que cuando se quiere traer al recuerdo a un diestro mexicano de clase y gallardía, uno de los primeros que salen a la discusión es precisamente el llamado El Príncipe del Toreo.

La efeméride

La tercera corrida de la temporada 1969 – 70 en la Plaza México fue anunciada con toros zacatecanos de José Julián Llaguno para Alfredo Leal, Eloy Cavazos y el madrileño Ángel Teruel. Los tiempos eran otros y la empresa que regentaba los destinos de la plaza de toros con más capacidad en el mundo no se preocupaba por cumplir con el derecho de apartado en busca de ofrecer después de satisfecho éste, carteles de mayor fuste. Es más, la celebración del 5 de febrero ni siquiera cobraba carta de naturalidad – eso llegaría hasta un cuarto de siglo después según lo contaba en este sitio de esta misma Aldea –, así que para dar lustre a la temporada, domingo a domingo se tenían que ofrecer carteles que llevaran a la gente al coso y no esperar conmemoraciones que más que taurinas, resultan ser meros happenings sociales.

Tengo la impresión de que esa tarde Alfredo Leal iba de telonero de Cavazos y de Teruel esa tarde. Para esas calendas, el que después sería llamado El Pequeño Gigante de Monterrey se encaramaba en la cabeza del escalafón nacional y Ángel Teruel había terminado su campaña española con la friolera de 77 festejos toreados, incluyendo una salida en hombros de la madrileña plaza de Las Ventas el 12 de mayo, día de su confirmación de alternativa – con corte de 3 orejas – así que Alfredo Leal, en principio, estaría llamado a ser un convidado de piedra en un festejo de esos a los que a veces se da en llamar de triunfadores.

Más la suerte a veces tiene caminos por los cuales, lo que se pretende que resulte no sale tal cual y así fue esa tarde de domingo de hace 45 años y fue precisamente Alfredo Leal quien refrendó su calidad de gran torero con una faena que queda para el recuerdo en la historia de la gran plaza.

La relación más prolija del festejo la hace Carlos León, el cáustico cronista del extinto diario Novedades de la Ciudad de México en la sección a su cargo titulada Cartas Boca Arriba, en forma epistolar, dirigida en esta oportunidad al general Ignacio M. Beteta y antes de entrar en materia, recojo este párrafo de ella, misma que creo que viene como anillo al dedo respecto de lo que en estos tiempos ocurre:
En el toreo, aunque es un arte donde también se dibujan momentos estéticos, no cabe lo apacible ni la belicosidad termina jamás. Es lucha permanente entre la fiera y el hombre, aunque aquélla ya no sea tan feroz, ni éste, por lo mismo, pueda enfatizar su hombría. Más no en balde, como en la oficialidad de la milicia, la espada es lo importante, lo que da rango, lo que hace que al propio lidiador se le llame el espada; porque el título de matador de toros se otorga, precisamente, al que sabe matarlos. Y al que no es capaz ni de matar el tiempo, transcurren los minutos y se le va vivo el enemigo. Y entonces, aunque uno esté en favor del desarme, tiene que armarse, al menos de paciencia…
Alfredo Leal y Cuate de Reyes Huerta

Respecto de la actuación del Príncipe del Toreo, Carlos León reflexionó lo siguiente:
Regalo principesco de Leal. – Alfredo, héroe ya de mil batallas, es un estratega de los ruedos. No tiene necesidad de ir a la línea de fuego, cuando, capitán general, puede ganar una batalla – como la que hoy ganó – sin por ello tener que oler a pólvora. Allá en la vanguardia que se rajen la cara con cualquiera de los “juanes” y los reclutas de la fiesta, que cuando se ha llegado a “Príncipe del Toreo” es muy difícil meterse en la refriega de ser carne de cañón… Por eso, a veces, como los mariscales de campo, ve las batallas a distancia con los prismáticos de su prudencia. Ya es raro que se meta en las trincheras como cualquier soldado desconocido y anónimo, pues, como usted bien lo sabe, en las grandes batallas pasa a la posteridad y a la historia el nombre de quien las dirigió, sin que nadie se acuerde de los que propiciaron la victoria con su sangre y con su vida… Hoy, en esta tarde pajarera, en que los seis toros de Don José Julián Llaguno vinieron bautizados con nombres de aves, Alfredo vio salir de la jaula de los sustos a “Gorrión” y le dio su alpiste de excelentes verónicas, lo mismo al saludarlo que en un quite. Y en la faena – que brindó a Mario Ramón, hijo de usted y cuñado de él – ha estado sobrio y elegante ante un enemigo sosillo, evidenciando los bien ganados entorchados de su mariscalato. Mató de certera estocada y ha salido al tercio a recoger la ovación… Más tarde con “Cuervo”, un pajarraco que se caía y de pocos vuelos para la embestida, Alfredo se concretó a sacudirle las plumas. Pero después, a petición del pueblo que exigía su aguinaldo, regaló un séptimo toro. Era de las dehesas de Don Reyes Huerta y resultó ser un dechado de docilidad, uno de esos regalitos que el Niño Dios destina a los que se han portado bien durante el año, el bicho de entra y sal, de carretilla, de arrancadas borregunas, pero que estaban pidiendo a gritos un torero… Y el torero allí estaba, para cuajar una de las mejores faenas de su carrera, sin entrega alocada ni desmedido arrojo, sin apearse de su trono principesco, pero trazando sobre el fabriano de la arena las pinceladas magistrales de sus muletazos. Nada de brocha gorda, sino con la transparencia de las acuarelas. Todo pausado y medido, hasta que el bello trasteo adquirió proporciones de faenón. Breve con la tizona, Alfredo el Grande ha cortado las dos orejas, para epilogar la tarde con las aclamaciones delirantes en la salida triunfal. Mejor regalo de Navidad no lo hubieran esperado los aficionados…
Ángel Teruel. Un brindis a Cagancho

El madrileño se fue sin apéndices en las manos, pero también hizo toreo del bueno. Brindó el segundo de su lote a Cagancho, que ocupaba una barrera de sombra. Vuelvo a la crónica de Carlos León, que dijo en su día esto:
Faenón también de Teruel. – Vea usted, mi general. Ese chavalillo vestido de corinto y plata es Ángel Teruel. Tan madrileño que nació en el número 11 de la madrileñísima calle de Embajadores, el 20 de febrero de 1950. Y la juventud será divino tesoro, pero esos mismos 19 años lo obligan a regresar de inmediato a España, para prestar su servicio militar como soldado del reino. Y lo que yo le decía a usted: él es un artista, pero tiene que vestir el uniforme, porque la guerra es la guerra y todavía no acabamos de civilizarnos… Bien había estado con “Colibrí”, aunque se apagó apenas salido del nido. Pero Angel se le arrimó, sobre todo en la emotiva primera parte del trasteo, rabioso en cuatro muletazos sentado en el estribo, y luego muy y muy artista, siempre cerca de los pitones y sacando muletazos excepcionales. Lo que se dice una faena pulcra, pero sin alturas de epopeya, aunque le han ovacionado fuerte… Lo grande – y sobre todo lo meritorio – fue lo que Teruel le hizo a “Canario”, un toro manso que saltaba al callejón y rehuía la pelea. Tras brindarlo al gitano “Cagancho”, a quien el público aplaudió con cariño, el madrileño sacó al toro de la querencia de los tableros y lo llevó a los medios. ¡Y cómo lo ha toreado! ¡Con qué garbo, con qué majeza, con qué gracia! Haciendo honor a la que tuvo a raudales el torero calé, le ha bordado un faenón impecable. Por desgracia, y tal vez porque ha subido el precio del acero, Teruel no consiguió que el suyo tuviera el temple necesario. Y se le fueron los apéndices cuando de sobra los tenía conquistados, perdiendo la batalla en el instante supremo. No obstante, el faenón de consagración ante el público metropolitano allí quedó como un limpio ejemplo de lo que es el bien torear. Dos vueltas al ruedo premiaron su cátedra de artista y, en cuanto vuelva de reconquistar el Peñón de Gibraltar de manos de los “Beatles”, aquí será esperado como uno de los elegidos...
Ángel Teruel
(Imagen cortesía de pcctoros)
Eloy Cavazos enfrentó a Jilguero y a Halcón en segundo y quinto lugar y solamente pudo ofrecer a la concurrencia sus habilidades de estoqueador, pues como se desprende de la narración transcrita, los toros de don José Julián Llaguno – cinqueños por cierto – no permitieron mayores florituras.

El 21 de diciembre de 1969

Es una fecha que representa un interés especial para mí. Hoy hace 45 años que mi padre, el cirujano Jesús González Olivares ejerció por vez primera como Jefe de los Servicios Médicos de la Plaza de Toros San Marcos en Aguascalientes. Don Guillermo González Muñoz también daba su primera corrida de toros como empresario – ya había ofrecido novilladas antes – con Rafael Rodríguez, Joselito Huerta y Raúl García, quienes lidiaron una corrida del ingeniero Mariano Ramírez. Hubiera querido escribir sobre ese festejo, pero la hemeroteca está en reparaciones y no tuve acceso al material necesario. Sirva esto para recordarlo.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Cagancho. A 85 años de su confirmación de alternativa en El Toreo de la Condesa

Cagancho

Cagancho en México, Cª 1928
Foto:Sosa 
En 1923 Domingo González Dominguín dejó de vestirse de luces para dedicarse a la organización de festejos y al apoderamiento de toreros. Uno de los primeros que llamaron su atención fue un gitano de Triana al que muchos toros se le iban vivos, pero que se veía más atropellado que temeroso y en el que el de Quismondo advirtió tres activos que podrían llevarle a caminar lejos en las veredas del arte de torear: una excelente figura para ser torero, una gran personalidad y una especie de bula que los públicos parecían haberle concedido contra sus frecuentes fracasos. Esas cuestiones, sumadas a la personalísima calidad del toreo que ejecutaba consiguieron que uno de los primeros toreros que apoderara Dominguín fuera precisamente ese gitano que llevaba por nombre Joaquín Rodríguez Cagancho.

Cagancho recibió la alternativa en Murcia el 17 de abril de 1927 de manos de Rafael El Gallo y la confirmó en Madrid el 22 de junio siguiente apadrinándole Valencia II. Entre esas dos efemérides ya Joaquín Rodríguez Ortega había construido uno de los grandes hitos de su historia, en Toledo – plaza que gestionaba su apoderado Dominguín – cuando Gregorio Corrochano escribió aquella famosa crónica titulada: El torero Cagancho es una talla de Montañés – la pueden leer aquí – y algo más de un mes después de su confirmación madrileña, marcó otro de esos hitos en la plaza de Almagro – pueden leer una crónica de esos hechos aquí –, creando una expresión del habla popular para designar un comportamiento desafortunado – quedar como Cagancho en Almagro – lo que en ese breve espacio de tiempo, hacía al torero de la calle del Evangelista uno al que todos querían ver.

La temporada 1928 – 1929 en El Toreo

La temporada 1928 – 1929 de El Toreo de la Condesa se le comenzó a complicar a Eduardo Margeli. Eduardo Pagés, exclusivista de Juan Belmonte, pedía para su torero algo así como la mitad de la entrada bruta del coso y tras de él, los demás que encabezaban el escalafón hispano también hicieron peticiones de sumas importantes. Margeli sopesó la posibilidad de dar la temporada con toreros mexicanos solamente y aprovechando esa situación, Dominguín le ofreció a tres toreros nuevos, alternativados apenas el año anterior y que en su conocimiento del ambiente mexicano, podrían interesar a nuestra afición: el valenciano Vicente Barrera y los trianeros Francisco Vega de los Reyes Gitanillo de Triana y Joaquín Rodríguez Cagancho.

El elenco de la temporada se completaría con los toreros mexicanos Luis Freg, Pepe Ortiz, Juan Espinosa Armillita, Fermín Espinosa Armillita Chico, Heriberto García y Paco Gorráez. Los toros provendrían de La Laguna, Piedras Negras, Zotoluca, San Diego de los Padres, Atenco, San Mateo, Carmen de Federico y La Punta.

Entre las 20 corridas de toros de las que constó el serial, se intercalaron dos festejos en los que actuaron el rejoneador Miguel Cuchet – quien mató dos novillos de San Nicolás Peralta – y los todavía becerristas Manolo, Pepe y Rafael Bienvenida quienes enfrentaron erales de Atenco y San Diego de los Padres.

La corrida del 2 de diciembre de 1928

La séptima corrida de la temporada fue la de la presentación y confirmación de alternativa de Cagancho. Se anunció un encierro de La Laguna para Fermín Espinosa Armillita Chico, Heriberto García y el confirmante. La impresión que produjo Joaquín Rodríguez con su toreo en la afición de la capital mexicana fue muy grande. La parte medular de la crónica que escribió don Alfonso de Icaza Ojo para el semanario Eco Taurino relata lo que sigue:
Junto a “Cagancho” toros y toreros se ven pequeños. ¡Gitano genial! Amalgama de tal modo su personalidad, que todos los lances que ejecuta ante el toro son suyos. Suyas, de “Cagancho”, las verónicas legendarias. Suyas también, las “chicuelinas”. Suyas, y muy suyas, las medias verónicas. Y sus pases de muleta, sus lances para colocar al toro en suerte, sus reboleras, su seriedad y su energía en la plaza. Este sí es un torero macho. Macho, a lo humano, con toda la virilidad, la supremacía, el dominio que Dios concedió al hombre en la creación. Los que se comen a los toros podrán ser machos, pero machos de bestias, no machos humanos. Ninguno entre los toreros tiene tipo tan varonil como “Cagancho”. Nada de rebuscamientos, ni de finura exagerada, ni de exquisiteces con vistas al preciosismo. En “Cagancho” todo es hombruno. Todo es propio del hombre. Cuanto ejecuta en la plaza sabe a hombría. “Cagancho” torero es un hombre. No; diremos la verdad: “CAGANCHO” en la plaza es un SUPERHOMBRE. Y claro; a los superhombres no se les discute. Por eso en la plaza no hubo ayer ni porras ni contra porras. Hubo sólo aficionados perplejos ante el arte único del Gitano Genial. Después de la faena cumbre al cuarto toro, nadie aplaudía. Eran momentos demasiado solemnes para ser turbados por el ruido de las palmadas. La blancura de los pañuelos que demandaban la oreja para “Cagancho” simbolizaba en aquellos momentos la unión de todos los aficionados para proclamar que ¡al fin! Habían encontrado a su torero…
Un Faraón y una Diosa
Foto: Enrique Bordes Mangel
Hurtada del blog Luciérnagas y Coyotes
Armillita le cedió a Joaquín Rodríguez al primero de la tarde al toro Polvorín y el gitano culminaría su tarde de asombro cortando el rabo de Merenguillo, cuarto de los laguneros corridos esa tarde.

Cagancho terminaría toreando nueve corridas esa temporada de su presentación, en la 1929 – 1930 actuó once tardes; en la 1931 – 1932 participó en doce festejos; en la 1932 – 1933 toreó diez corridas y once más en la 1935 – 1936 para sumar cincuenta y tres festejos en El Toreo de la Condesa en esas cinco temporadas. Tras la reanudación de las relaciones taurinas entre españoles y mexicanos en 1944, todavía sumaría algunos festejos más.

Esa fue la profundidad con la que impactó a la afición la torería de Cagancho y marcó el inicio de una relación del torero gitano con México y con su gente que duró para siempre y que le convirtió en un personaje que llevó su aura y su leyenda más allá de los ruedos.

Apéndice: Cagancho, consejero presidencial

La compenetración de Cagancho con México y con su gente fue total. Tanto que se quedó a vivir entre nosotros y cuando dejó los ruedos a veces tuvo que buscarse ocupaciones que poco o nada tenían que ver con la fiesta. Lo que enseguida les cuento quizás no tiene que ver con la efeméride, pero sí con el impacto del torero y del hombre entre nosotros.

Ya había mencionado esto en otro sitio de esta Aldea, pero tengo ya la relación exacta de los hechos que hace el Embajador don Justo Sierra Casasús, en su día, Secretario Particular del Presidente Adolfo López Mateos, misma que es la siguiente:
- [López Mateos]... sentía una profunda admiración por otro diestro, ya retirado, que vino a morir en México, Joaquín Rodríguez, “Cagancho”... 
- ¿Amigo...?
- Mucho. Le quería en verdad e incluso hay una anécdota digna de contarse que revela el carácter bondadoso de Adolfo... 
- ¿Con quién...? 
- Con sus amigos, sobre todo... 
- Pues venga...
- “Cagancho” estaba mal económicamente cuando regresó a México. No guardó una peseta y andaba a la deriva. Todavía no se hacía cargo de la finca de los Trouyet y se las veía negras para irla pasando. Incluso, ya de viejo, salió a torear por la provincia para hacerse de unos cuantos pesos, aun cuando él mismo sabía que ya no estaba para esas danzas...
- Siendo ya Presidente Adolfo López Mateos un día se me presentó Joaquín. Quería ver si se podía hablar con su amigo “unos segundos”...
- Le recibió casi de inmediato...
- Bajé con el diestro sevillano y le dije: “El señor Presidente te recibe en unos minutos...”
- Pero – preguntó “Cagancho” – a ¿A mí solo?...
- Sí, a ti solo. La entrevista es contigo, no conmigo. Así que entrarás sólito... “Mare” de mi vida –dijo Joaquín – pero si está más difícil que encerrarse con seis toros de Miura. Ni modo. 
- Y entró. La entrevista duró pocos minutos, pero, al salir, “Cagancho” traía una sonrisa de oreja a oreja. Salió como castañuela y me dijo: Que dice “er – señó”, que vayas… 
- Y fui – agrega Justo Sierra –. Allí recibí instrucciones presidenciales que de inmediato tramité: Fui con Donato Miranda Fonseca, secretario de la Presidencia y le dije: “dice el señor Presidente que agregues como Consejero de aquí, en lo personal, al señor Joaquín Rodríguez Ortega…”.
- ¿Y qué pasó...?
- Pues me preguntó sus generales y cuando me preguntó cuál era su profesión y yo le dije: “torero”, por poco y se cae del sillón. ¡Hubieran visto su cara! ¡Un torero de consejero del Jefe de la Nación...!
- ¿Qué pasó entonces...?
- Lo que tenía que pasar: se le nombró Consejero con el sueldo correspondiente a ese cargo, mismo que le era entregado en su casa al gitano de Sevilla. Así se hizo hasta que terminó el gobierno...
- ¿Y Miranda Fonseca...?
- Tuvo que apechugar. Ni modo de decirle al Presidente de la República que aquello era indebido e inusitado. Nada de eso... Entonces la amistad era profunda...
- Desde luego, y sobre todo, con el historial de “Cagancho”, con su gran categoría y la simpatía que la brotaba a raudales...
Así se quiso y se respetó a Cagancho en México.

Joaquín Rodríguez Cagancho se quedó entre nosotros para siempre. Falleció en la Ciudad de México el día 1º de enero de 1984. 

domingo, 9 de octubre de 2011

12 de octubre de 1977: El Presidente de México va a Sevilla a ver los toros...


28 de marzo de 1976: El candidato López Portillo en los
toros, con su esposa, El Soldado y Calesero

Tiempos hubo en los que la Fiesta de los Toros no era tan políticamente incorrecta y los Jefes de Estado y de Gobierno se dejaban ver en las plazas de toros con frecuencia y lo que es más, obsequiaban a sus visitantes distinguidos con corridas de toros organizadas precisamente en su honor. Aquí en México recuerdo a don Adolfo López Mateos llevando a los toros al en esos días emperador de Etiopía Haile Selassie o al Mariscal Tito de la otrora Yugoslavia y también al personaje que me invita a presentarles estas líneas, José López Portillo, acudiendo a la Plaza México cuando candidato a la Presidencia de la República, durante su campaña electoral, que acompañado de Armillita, El Soldado, Silverio Pérez y Calesero, el 28 de marzo de 1976, asistió junto con su esposa a la 14ª corrida de la temporada 1975 – 76, en la que ante toros de Jesús Cabrera, actuaron el rejoneador Carlos Arruza hijo y los matadores Curro Rivera, Manolo Arruza y Humberto Moro hijo. Es decir, no temió un resultado adverso en las urnas – debo aclarar que era candidato único – por hacer pública su afición a los toros.

José López Portillo y Pacheco fue Presidente de México de 1976 a 1982 y uno de los primeros actos trascendentes de su gobierno en el plano internacional fue el terminar las relaciones de México con el gobierno de la Segunda República Española en el exilio en 1977 – que se mantenían desde 1946 – e iniciarlas con el Reino de España recién reinstaurado. No debo dejar de lado que López Portillo hacía orgullosa ostentación de las raíces hispanas de su familia, los que situaba en una localidad Navarra, Caparroso. Fue hijo de José López Portillo y Weber, hombre de letras y nieto de José López Portillo y Rojas, político en la época porfiriana.

Corrida multipropósito

Imágen aparecida en el ABC de Sevilla con la crónica del
festejo del 12 de octubre de 1977
La corrida del 12 de octubre del 77 tuvo propósitos varios. Primero, la celebración de lo que originariamente se celebraba como El Día de la Raza y que hoy, de una manera más eufónica, se llama El Día de la Hispanidad. Después, también sirvió para apoyar las finalidades de la Asociación de la Prensa de Sevilla y como dirían los vecinos al Norte del Río Bravo last but not least, el agasajar a don José López Portillo, que como Antoñito el Camborio... fue a Sevilla a ver los toros. Para el efecto, se confeccionó un cartel integrado por el diestro de Gines Manolo Cortés, el del Puerto José Luis Galloso y nuestro paisano Manolo Arruza. Los toros inicialmente anunciados eran de los Herederos de Carlos Núñez, aunque al final, el cuarto sería de los Hijos de Eugenio Marín Marcos.

La crónica de Joaquín Caro Romero en el diario ABC de Sevilla, dice sobre el particular lo siguiente:
Tres brindis para México
En la Maestranza estuvo ayer no sólo un político, sino un aficionado a los toros, que sacó más de una vez el pañuelo desde la barrera para pedir la oreja. Pero hay otra faceta en la personalidad de José López Portillo digna de resaltarse. El presidente de la República mexicana es un humanista, un escritor, un poeta. Habrá mucha gente que no lo sepa, por eso yo lo destaco complacido... En México, algunos hombres de letras llegan a ocupar altos cargos políticos. Octavio Paz y Carlos Fuentes, dos extraordinarios escritores de vanguardia, han sido embajadores de México. Y no me extiendo en citar más casos. Antes de comenzar la corrida pensaba yo en uno de los libros que escribió López Portillo, el titulado «Quetzalcóatl», donde su autor trata, en una sugestiva prosa de inspiración lírica, de los orígenes míticos del pueblo mexicano. El espíritu del benévolo dios Quetzalcóatl parecía sobrevolar, mágico y voluptuoso, como un pájaro – serpiente, por las columnas del templo taurino del Baratillo. (Por cierto, esta obra del presidente escritor lleva el mismo título que un gran poema de Luis Cernuda, publicado en una revista mexicana en 1943)… José López Portillo, que es un hombre de visible campechanía, que es un intelectual y se expresa en el mismo idioma que nosotros, sabe lo mucho que hay de Sevilla en México, donde yace, en el Panteón Jardín, nuestro poeta Luis Cernuda, muerto, como tantos exiliados, en la hospitalaria tierra hermana...
Por su parte, don Luis Bollaín, en el mismo diario rememora:
...ayer, 12 de octubre de 1977, en Sevilla... Manolito Arruza nos dejó el paladeo – sin campanas a revolar, ni saludos a la llegada de ningún «Mesías» - de que por la plaza andaba un torero... Una actuación de Galloso cascabelera en sí y premiada con alegre cascabeleo, también, por parte de la presidencia... Cortés – ¡mala suerte en tu lote Manolo! – bordó, con cadencia, ritmo y hondura, los mejores lances de la tarde... A López Portillo – ancha simpatía de brazos abiertos – se le fue para la izquierda la montera brindada; pero, con tino y poder, con casta y amor propio de torero, repitió la suerte y, centrando el gobierno de la montera, la mandó hasta el mismo redondel...
Y también en el sevillano ABC remata don Filiberto Mira:
Estaba en la plaza el presidente de México y el festejo fue realmente un homenaje a su patria que es la de más tradición taurina de cuantas celebran nuestra fiesta. Las lentas, suaves y solemnes verónicas de Manolo Cortés en el quite al tercero fue como un buen recuerdo al buen capotear de Solórzano, de Silverio y El Calesero... Manolo Arruza, nacido allí y con sangre sevillana en sus venas, banderilleó con muchas agallas. En los toros de su lote evidenció que con los rehiletes – como tantos compatriotas suyos – tiene sello propio, pues lo hace levantando los brazos, asomándose al balcón y llegando despaciosamente hasta el filo de los pitones. Con la pañosa estuvo valiente y con el capote variado. Actuación la suya muy en tono mexicano, que no es mala música torera la de los mariachis... ¿Hubiera sido capaz el maestro Armillita de sacarle partido al sexto? Sinceramente creo que no. Lo que le hizo Arruza era lo exactamente correcto...
El resultado final de la corrida fue de un par de silencios para Manolo Cortés, que se enfrentó a Sultán y Serenito (de Marín Marcos) dos orejas y ovación tras aviso para José Luis Galloso, que lidió a Ratonero y Deseado y una oreja y ovación para Manolo Arruza, cuyo lote se integró por Corredor y Lechuguino. Los visitantes presenciaron la lidia de los toros primero y sexto desde el Palco Real y del segundo al quinto desde una barrera de primera fila y recibieron el brindis del primer toro de cada matador.

La realidad es que el viaje de López Portillo fue de promoción para México. Así lo delatan la Revista de tropas que realizara con el Rey Juan Carlos I, las rondas de conversaciones que sostuviera con el Presidente Adolfo Suárez, la presentación del Ballet Folklórico de México en diversos teatros, las ferias de muestras, las charlas que públicamente sostuvo con Felipe González, en esos días uno de los líderes visibles del PSOE y otras actividades, que fueron más allá que ir a Sevilla a ver los toros

En estos tiempos que corren…

Portada del ABC de Sevilla del
12 de octubre de 1977
Lo que me llama la atención de esta historia es el hecho de que a nadie pareció importarle esa presencia en la plaza de toros. Hoy cualquier Jefe de Estado se cuidaría muchísimo de pasar por allí para evitar incomodar a las buenas conciencias. No quisiera imaginarme lo que hubiera pasado, volviendo al anecdotario de don Adolfo López Mateos, si a un Jefe de Estado actual, se le ocurre hacer lo que a éste. Resulta que un día Cagancho fue a buscarle a su despacho. El torero de la calle del Evangelista estaba materialmente tieso. Una vez que le recibió el primer mandatario y el diestro le expuso su situación, llamó a su secretario particular y le ordenó incorporar al señor Joaquín Rodríguez Ortega a la nómina de la Presidencia de la República en calidad de consejero. Una vez que el gitano se retiró agradecido, el secretario preguntó que si ese no era un torero viejo y además español. El Presidente dijo secamente: es mi amigo y está en problemas… ah, y le manda su salario a domicilio… Seguramente en estos días, el Jefe de Estado en cuestión, sería linchado material o políticamente, por su afición y por dilapidar los recursos públicos.

Espero que esto les haya resultado tan interesante como a mí.

domingo, 28 de agosto de 2011

25 de agosto de 1927: Cagancho… en Almagro

Cagancho

Joaquín Rodríguez Ortega, natural de la calle del Evangelista en Triana, Sevilla, había recibido la alternativa en Murcia, de manos de Rafael El Gallo, el día 17 de abril de 1927. Apenas 23 días después, Gregorio Corrochano le dedicaba una crónica, relativa a su actuación del domingo 8 de mayo anterior, que titulaba así: El torero Cagancho es una talla de Montañés. Una frase feliz de esta fiesta y una crónica que es histórica y a partir de ella, todos querían ver a la cobriza estatua que describiera el pontifex máximus de lo que por esos días era una de las principales tribunas del periodismo taurino.

La afición de la ciudad castellano – manchega de Almagro no sería la excepción, que para su Feria de San Bartolomé, ajustó para la segunda corrida de ese calendario al que era sin duda, el torero del momento, que había confirmado su alternativa en Madrid el 22 de junio anterior, de manos de Valencia II, quien le cedió el toro Naranjo de doña María Montalvo. El cartel se completaba con toros de don Antonio Pérez Tabernero para Antonio Márquez, Rayito y el nombrado Joaquín Rodríguez.

La tarde torcida

La tarde del 25 de julio de 1927 comenzó torcida. El periódico de Ciudad Real El Pueblo Manchego en la crónica del festejo que firma Jerónimo Timbales, indica en los aspectos previos al festejo que a las tres de la tarde del día de la corrida, Cagancho aún no había llegado a Almagro, lo que causaba una gran desazón en la afición ya congregada en el lugar, aunque de acuerdo con las autoridades del Gobierno Civil, el diestro se presentaría oportunamente a cumplir con su compromiso.

Después, la corrida de Antonio Pérez Tabernero al parecer fue un encierro itinerante que anduvo de plaza en plaza hasta que encontró una en la que pudo ser lidiado. La última en la que no se pudo jugar, según las crónicas que pude consultar (ABC de Madrid, El Globo, La Libertad, El Heraldo de Madrid y El Pueblo Manchego) antes de parar en Almagro, fue la de La Coruña y las múltiples maniobras de embarque y desembarque, así como el prolongado encierro en los cajones de traslado incidió en el juego que dieron en el ruedo.

Y por último, el día de autos, no solamente fue escasa la voluntad de Cagancho, sino que se combinó también el escaso deseo de Antonio Márquez para producir el desaguisado que nos heredó como resultado una expresión que hoy, 84 años después, se utiliza como sinónimo de una catástrofe de grandes proporciones.

Los hechos que directamente motivaron el mitin

La lidia del primer toro de la tarde fue quizás el detonador de lo que seguiría más adelante. Las emociones reprimidas por la llegada tarde de Cagancho o quizás la subida de precios – las crónicas no lo reflejan, pero la presencia de la talla de Montañés lo justificaría –. De la crónica del invocado Jerónimo Timbales extraigo lo siguiente:

PRIMERO. – Colorado claro, feo, parecido a un carabao. Sale «esaborío» pero luego, cuando lo fijan, se anima tomando seis varas con estilo. Márquez y Rayito hacen los quites con aseo, destacando la ciencia del joven rubio y la bravura del sevillano. Cagancho decide reservarse. El toro muestra poder y codicia por lo que los picapedreros lo maltratan. En banderillas sobresale Pacomio y la labor con el capote de Bombita IV. A cargo de Márquez está el primer espectáculo de la tarde. Sin usar la muleta, entrando feamente arrea una puñalada y media contraria entre una pita ensordecedora y veces se vaya a Amorabieta. El presidente llama al palco al matador, ¡vamos a decir!...

Interior de la Plaza de Almagro
Foto: Pablo Urzainqui
El tercero de la tarde reavivó los ánimos caldeados, pese a la entrega de Rayito en el anterior. Me llaman las observaciones de Jerónimo Timbales respecto a que, 14 pesetas eran muchas por ver a Cagancho, que para torear, sacaba una muleta telonaria… ¡El tamaño de los engaños a casi un siglo de distancia como objeto de señalamiento en una crónica! Hoy en día se tacha de fundamentalistas a los que señalan circunstancias como esa, en la prensa o en los corrillos. ¿Y entonces? Queda allí la pregunta, la que me imagino, permanecerá incontestada per sécula.

El acabose vino en el sexto y último del festejo, que según las relaciones revisadas, era el de más cuajo del festejo. Lo sucedido durante su lidia, es, de acuerdo con lo publicado en El Pueblo Manchego, versión a la que ocurro por ser la más próxima y la más completa, lo siguiente:

SEXTO. – Negro, grande. Un toro. Esta circunstancia, la de ser certero, y estar bien colocado de herramientas, es lo suficiente para que Cagancho se pegue a los tableros. En medio de un lío horroroso, el de Pérez Tabernero toma tres varas, derriba una vez y mata un jaco. La cuadrilla torea de un modo escandaloso ayudados de Márquez mientras el fenómeno aguanta impávido la bronca. Contagiados los banderilleros del miedo del maestro lo hacen a la media vuelta, de cualquier modo. Y ahora viene lo bueno. El catastrófico Cagancho derrochando frescura, da unos pases con el pico de la muleta; arrea un sartenazo, otro y ya en franca derrota, pincha desde el callejón. Metido en un burladero, con una frescura inaudita, espera se lleven el toro al corral. Mientras, las cuadrillas dan un lamentable espectáculo. Provistos de estoques y puntillas tratan de acabar con el animal que, para vergüenza de su matador, decidió no morirse. Estando el toro en pie, Cagancho provisto de una espada intenta marcharse de la plaza siendo detenido por el público irritado. Hay bofetadas y palos. Providencialmente la Guardia Civil se echó al ruedo protegiendo al espada que vuelve a la plaza aunque no se arrima al toro ni atado. Mientras parte del público invade el anillo aguantando las arrancadas del toro, la otra parte grita desaforadamente pidiendo se castigue al torero que por lo visto, es sólo fenómeno a la hora de cobrar. Se echa el toro, se vuelve a levantar sin duda para increpar al gitano, mientras éste es rodeado del público que pretende castigar su desaprensión. La Guardia Civil saca de la plaza a los banderilleros, mientras la plaza entera ruge de indignación. ¡Un asco y una vergüenza!...”

Al final del festejo, la Guardia Civil se llevó a la Cárcel a Márquez, a Cagancho y a la cuadrilla de éste último y el Alcalde Trujillo de acuerdo con el Gobernador Del Castillo multó con 250 pesetas a Márquez – por su actuación en el primer toro – y a la cuadrilla del trianero y a Joaquín Rodríguez, con 500 pesetas, evitando su detención, por una cortesía con la empresa de Almería, donde torearía al día siguiente, para no causarle perjuicios.

Las reacciones posteriores

Los sucesos de Almagro generaron algunas reacciones en la prensa madrileña. Federico Morena, firmando con su seudónimo original de Chatarra, publicaba en El Heraldo de Madrid lo siguiente el 27 de agosto:

Un ligero comentario al suceso de Almagro 
Nos hemos olvidado, a lo que parece, de la tragedia del pobre Nacional II en la plaza de Soria. Al caer entonces el torero, víctima de un resto atávico de barbarie, del que no hemos logrado aún limpiar a la función de toros – esa brava fiesta, tan escarnecida, y que tuvo, sin duda, su más ardiente paladín en Juan Jacobo Rousseau, para vergüenza de los españoles –, los periódicos en sus editoriales y muy esclarecidos hombres de letras en vibrantes prosas llenas de pasión, clamaron contra ese perverso tipo que acude a la plaza en busca de pelea y que se embriaga, como el tigre, en cuanto caen sobre la rubia arena las primeras gotas de sangre tibia...Sí. Nos hemos olvidado... De otra suerte, la repulsa más vigorosa se hubiera erguido frente al triste espectáculo que opusieron al decoro público, en la noble ciudad de Almagro, unos cuantos enfurecidos espectadores, que acometieron a pedradas a los toreros y que intentaron aplicarles la ley de Lynch.  Almagro, la hidalga, se apresta seguramente a la condenación, rotunda y categórica, del bárbaro hecho. Lo hará por propia iniciativa y sin exhortaciones de nadie, celosa de su buen nombre.Vamos a cuentas. Espectáculo por espectáculo, ¿cuál es más bochornoso? ¿El que ofrece un torero desmoralizado ante la fiera astada, o el de esa chusma que apedrea desde el tendido y a mansalva al lidiador; que le abofetea, después, y que, en fin, quiere matarle?... Es de urgente necesidad que los mismos pueblos donde se perpetran estos atentados encarten y persigan a sus autores. La adquisición de una localidad en la taquilla de la plaza de toros no da derecho a desafueros tales. Muchos días antes del señalado para la fiesta se colocan al público los carteles murales y circulan con profusión los programas de mano. Todo el mundo sabe qué toros se han de lidiar y qué toreros figuran en las cuadrillas. En los pasquines no se consigna la labor que ha de realizar el diestro con cada uno de los astados. El arte de los toros, aunque ha progresado mucho, no llega a tanto todavía. Si, pues, los toros o los toreros anunciados no nos merecen confianza debemos abstenernos, máxime si el abono no es obligatorio. Por lo demás, el presidente es la suprema garantía del público, y él impone las sanciones que son de ley a los toreros que vulneran el estatuto para el buen orden de las corridas de toros y novilladas.Esto no deja lugar a dudas. Al público no se le pueden conceder otros derechos que el de aplaudir y el de silbar a los lidiadores, según que considere sus faenas, dignas de premio o de censura.Hay todavía algo verdaderamente lamentable en el suceso de Almagro.Está bien que los periódicos, en cumplimiento de sus deberes informativos, acojan los relatos de sus corresponsales, siempre que se limiten a referir los hechos y no se erijan en cantores del atentado personal.En un periódico madrileño, bajo los títulos de «La llamada fiesta de los toros. – El motín de Almagro», he leído: «La mayoría de los espectadores invadió el ruedo para agredir a Cagancho, que, enmedio de la tempestad, seguía pinchando por todas partes. Pero no era él solo, sino que todos los banderilleros de la cuadrilla, con estoques y picas, intentaban rematar al toro, vivo a pesar de estos desmanes. Cagancho se sube a la barrera, y desde allí pincha nuevamente, entre un escándalo enorme. El público apedrea a los toreros, y un espectador, indignado, se acerca a Cagancho y lo abofetea, en medio de una ovación».La pintura es digna del periódico extranjero que más empeño ponga en ridiculizar la función de toros. Nuestros enemigos de fronteras allá han de recogerla con fruición, y a buen seguro que ahora nada tendrán que poner de su cosecha, que ya lo han adobado a su gusto los enemigos de fronteras adentro”.

Vista exterior de la Plaza de Almagro
Foto: Googlemaps
Al comentario de Chatarra habrá que hacer un par de apuntamientos. En efecto, los que participamos como espectadores de un festejo taurino, no tenemos más derecho que el de expresar nuestra repulsa desde la posición que ocupamos en el tendido – sin pasar de ese lugar – y en estos tiempos que corren, hacerla pública en medios como éste, más nunca asumir la violencia material como un medio de expresar nuestro desacuerdo con lo que en el ruedo sucede, tal y como ocurrió en Almagro hace 84 años.

La segunda observación – a toro muy, muy pasado – es en el sentido de que Federico Morena vio la paja en el ojo ajeno, al criticar al diario madrileño que se erigía en cantor del atentado personal, refiriéndose a la edición de El Sol aparecida el 26 de agosto, cuando su propio periódico, de una manera más edulcorada, en la misma fecha, publica la misma información y con menos pudor periodístico, pues El Sol, diario que se ufanaba de no llevar información taurina, relegó la noticia a la octava columna de su última página, en tanto que El Heraldo de Madrid lo dejó en la segunda de la primera plana, es decir, a la mitad, para que quedara bien visible. Vio la paja en el ojo ajeno, más no la viga en el propio.

Así pues, me queda claro lo que significa quedar como Cagancho en Almagro, algo que también me preguntaba hace días don Ignacio Ruiz Quintano, a quien espero esto le aclare sus dudas también.

Reconozco a J. de la Morena, quien en la bitácora Almagro Noticias orientó con su artículo sobre este tema, lo que ahora les presento.

domingo, 24 de octubre de 2010

Tauromaquia en inglés

Dicen que cuando aquí en México negociaban con Cagancho la posibilidad de que filmara alguna película, los representantes de la compañía cinematográfica americana que hablaban con él le preguntaron si hablaba inglés. La respuesta del torero de la calle del Evangelista fue más o menos en estos términos: ni lo permita Dió… Es una pena que de la historia de esta fiesta, las páginas más socorridas de la memoria de Joaquín Rodríguez Ortega sean las del capítulo de la picaresca, porque en las otras, mucho hay para contar.

Literatura en la lengua de Shakespeare

Pero lo que me tiene aquí este día no es la historia de este torero de Triana, cuya anécdota solo me sirve de pie para iniciar este comentario, sino el hecho de que hace unas semanas David Tuggle, Editor de La Busca, órgano trimestral de difusión de los Bibliófilos Taurinos de los Estados Unidos de América (TBA por sus siglas en inglés), me hizo llegar un ejemplar de los números 306 y 307, correspondientes al Volumen XLVIII de esa publicación que contiene la obra del bibliófilo Farrell Brody dedicada a recopilar la bibliografía existente en inglés sobre la fiesta de los toros.

La Bibliografía resulta ser la continuación y actualización de los trabajos previos publicados en los años 1975, 1989 y 1999 y a más de contener una relación de libros con tema total o parcial dedicado a la tauromaquia, tras de cada ficha bibliográfica, presenta una suscinta relación del contenido de la misma, además de clasificarlos por temática general. La relación del contenido, resulta interesante señalarlo, deriva de las reseñas que los propios miembros de TBA han aportado a La Busca en el transcurso de su historia.

Previo al contenido, se presentan varios análisis del mismo, suscritos por personajes como el novelista Barnaby Conrad, los bibliófilos Ross Phelps (autor de la primera Bibliografía en 1975) y Allen Josephs y el matador de toros en el retiro y hoy catedrático universitario Mario Carrión, quienes desde diversas perspectivas analizan tanto el contenido mismo de la recopilación, como el valor que representa para el aficionado a los libros, el aficionado a los toros y para el mundo cultural en lo general.

El Editor de La Busca agregó al final de la obra una recopilación de cinematografía taurina, tanto de películas dedicadas exclusivamente al tema de los toros, como de aquellas que lo tratan marginal o tangencialmente. David Tuggle refunde en este ejemplar el trabajo iniciado en la década de los noventa, continuado en el año 2000 y actualizado al presente calendario, con una selección y clasificación de cintas de la más diversa temática y procedencia.

Los Taurine Bibliophiles of America


Aunque como ellos mismos lo reconocen, la tauromaquia es parte integrante de la cultura de los pueblos hispánicos, muchos estadounidenses se han aficionado a ella después de leer la obra de Ernest Hemingway o de Barnaby Conrad. A partir de ello, a mediados de la década de los sesenta, Bob Archibald concibió y llevó a efecto la idea de formar una especie de red postal a través de la cual, esas personas que se habían aficionado a la fiesta por medio de la lectura, pudieran intercambiar información y libros acerca del tema. Así nació TBA.

Los miembros de TBA no sostienen reuniones periódicas, dado que se encuentran en los más diversos lugares de la geografía estadounidense y ahora, del mundo. Su principal medio de comunicación es La Busca, que originalmente tenía periodicidad mensual y contenía noticias acerca de nuevas publicaciones y de compra y venta de libros y revistas de tema taurino. Hoy la periodicidad de La Busca se ha ampliado y la atención se centra hacia libros en idiomas diversos al inglés, dado que pocas obras ven la luz en esa lengua en estos tiempos.

De acuerdo con los datos recopilados en la Bibliografía, en la década de 1960 a 1969 se publicaron en inglés 261 libros taurinos o con alguna de sus partes dedicadas al tema de los toros; en las décadas siguientes el número ha ido en descenso y en la inmediata anterior, que cubre del año 2000 al 2009, el total solo llegó a 91, lo que demuestra o la disminución del interés en el tema o la falta de corrección política que representa en estos días.

Mi punto de vista

Lo importante de esta obra reside en que refleja, en estos tiempos revueltos que el interés por las cosas de los toros sigue vigente aún en dónde en principio, no tiene lugar. Esto parece contradecir los múltiples movimientos que se dan en los lugares en los que se supone que es autóctona y en los que debería tener un gran respaldo.

El esfuerzo de Farrell Brody, iniciado en su día por Ross Phelps y traído a la realidad por mi amigo David Tuggle es una obra que considero un referente en esta materia, pues como instrumento de consulta resulta imprescindible, sobre todo cuando se trata de conocer cómo se concibe esta fiesta por aquellos que vienen de una cultura diferente a la que da origen al toreo.

¡Ay, si Cagancho hubiera hablado inglés!

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