martes, 13 de julio de 2010

Juan sin Miedo (II/II)


La recuperación

Después de un mes de convalecencia, Juan parte para Madrid, siempre acompañado de su hermano Manuel. Ya anda Pepe del Rivero, el empresario mexicano por aquellas tierras… Rivero, Juan y Manuel se encuentran una mañana muy temprano por la carrera de San Jerónimo. Rivero va acompañado del periodista Enrique Uthoff, no se han acostado. El torero, en cambio, se acaba de levantar para hacer ejercicio.

- ¿Cómo sigues Juan? ¿Ya estás completamente bien?
- Ya estoy bueno, no me queda más que esto:

Juan se abre la camisa y enseña la terrible cornada en vías de cicatrización. Se le aprecia un agujero, debajo de la tetilla derecha, cerca de las falsas costillas. El agujero está cubierto con un algodoncito.

- ¿Y esto qué es?, pregunta el empresario horrorizado.
- Es una fistulilla que cerrará, dice el doctor que pronto se me cerrará sola.

Entonces Juan se quita el algodoncito, le da una chupada al puro, aspira el humo y lo arroja por aquél agujero.

- ¡Tápate eso, no seas bruto!, le dicen a una Rivero y Uthoff, que parten sin apenas despedirse.

Días después se anuncia la reaparición del temerario Juan Silveti, a quien muchos llaman ‘El Resucitado’.
Así transcurrió uno de los episodios en los cuales se fincó la leyenda de Juan Silveti Mañón, iniciador de una dinastía de toreros mexicanos y valiente entre los valientes, el único y auténtico Juan sin Miedo.

Algo de su trayectoria

Juan Silveti Mañón fue un torero longevo. Alternativado el 16 de enero de 1916, vistió el terno de luces hasta el año de 1942 y llevó siempre con gallardía, en cualquier lugar del mundo, el traje nacional, pues su ropa de diario era precisamente el traje estilizado que usan los hombres del campo mexicano, al cual, en un personalísimo atrevimiento, despojaba de sus alamares y botonadura de plata y los adornaba con vistosas calaveras, mismas que mostraban su muy mexicano desprecio a la muerte. Juan Sin Miedo siempre aderezaba su charra vestimenta con un pavoroso revólver, al que nuestro Arturo Muñoz, La Chicha, llamaba con cierto gozo Doña Genoveva.

Fue conocido en todo el mundo taurino. Triunfó en las principales plazas y tan solo un desliz político le impediría mostrarse ante sus públicos en la plenitud de su madurez profesional. Resulta que en las postrimerías del régimen interino que encabezó el Licenciado Emilio Portes Gil, se dio una corrida en El Toreo, en la que actuaba El Tigre de Guanajuato. Leal a sus amigos, en esa oportunidad el torero sacó una muleta en la que con unas contrastantes letras amarillas aparecía la leyenda ¡Viva Calles!, en adhesión a su amigo don Plutarco. La idea no pareció adecuada a quienes trataban de pacificar el país y con tal pretexto, se desató una persecución en contra del torero, misma que culminó con su forzado traslado a tierras sudamericanas, en las que toreó en Colombia, Ecuador y Venezuela.

Volvería a México el diestro, pero ya sus actuaciones irían declinando en cuanto a su número. Vistió de luces en la Capital de la República por última vez el 1º de mayo de 1942, en El Toreo de la Colonia Condesa, en cartel de ocho toros, encabezado por la Diosa Rubia, Conchita Cintrón y llevando como alternantes a pie al Cachorro Paco Gorráez y al valentísimo Carlos Vera Cañitas. La cuarteta se enfrentó a ocho toros de Romárico González (La Laguna) y El Meco se llevó la oreja del segundo de su lote, la que paseó en son de triunfo en cuatro vueltas a la periferia. Juan Silveti Mañón nunca se despidió expresamente de los redondeles, quizás nunca quiso que su recia personalidad se quebrara en un adiós premeditado, por lo que sin dejar de frecuentar las plazas y sin dejar de esparcir su aroma de torero, dejó las hazañas en los ruedos para otros.

Su tauromaquia

El Hombre de la Regadera fue un torero que tuvo como signo el valor, aunque como escribió Don Tancredo, no era un valor privado de inteligencia. El torero declaró en su día a José López Pinillos Parmeno lo siguiente:



…Lo que pasa es que como el arte tiene sus reglas y hay que cumplirlas, cuando al toro le da por impedir que se cumplan, le coge a uno el toro… Pa’mí las principales son no huir y parar siempre… El secreto del toreo es parar… no con los pies, sino con el capote y la muleta…

Y a su vez dijo en entrevista a Rafael Morales Clarinero muchos años después:

Yo era un torero de muy pocas cosas: cambios de rodillas, media verónica, muletazos con la derecha; rematando la serie, estoqueaba seguro; y dentro de esto, podía con los toros… Mi mayor preocupación fue poder con los toros… Los toros buenos los torea bien o bonito cualquiera; el chiste está en saber lidiar a todos. El quitarles poder, en la actualidad, no lo hacen ya los matadores, sino los de a caballo…

De sus propias apreciaciones alcanzo a deducir que Juan sin Miedo entendía correctamente el valor y la importancia de la técnica y el oficio del torero, pero igualmente respetaba su necesidad de expresar su manera de ser en su quehacer en los ruedos. Por eso Juan Silveti fue un torero que sorteó las muchas dificultades y pruebas que la vida y los toros le pusieron delante y lo hizo con éxito, pues al final de cuentas, la intención del torero es trascender y con creces la ha colmado.

El personaje

Juan Silveti, decía al principio es un ícono de la fiesta mexicana. Tanto así, que en el año de 1938 se filmó una película inspirada en él - Juan sin Miedo - y en la que el torero llevaba uno de los papeles estelares. Le acompañaron en el reparto Jorge Negrete – el hijo de Juan sin Miedo –, María Luisa Zea y Emilio El Indio Fernández entre otros. Antes, en 1927, participó en El Tren Fantasma, un documento recuperado por la filmoteca de la UNAM en la colección de DVD’s taurinos que sacó a la luz y en la que, sin ser taurino el asunto, tiene ocasión de mostrarnos en el campo, la reciedumbre de su tauromaquia.

Escribió Don Tancredo:

Con un mechón de pelo sobre la frente y el cigarro puro entre los labios, invariablemente vestido de charro, su natural arrogancia destacaba en todas partes y era un tipo clásico en el ambiente taurino mexicano, en contraste con los torerillos de alfeñique y espaditas de aluminio, aguas perfumadas y manos con uñas bien pulidas y barnizadas. Tosco, hombruno, fue siempre Juan Silveti lidiador como los de antaño, como aquellos bravos capitanes de cuadrilla que no hacían deporte, que no jugaban frontón, que vivían en constante juerga y usaban bastones de hierro y cuando se vestían de luces se enfrentaban a fieras de cinco años y quinientos kilos, toros con la edad y el trapío de las estampas clásicas y que lucían cornamentas rústicas, sin saber de peluquerías… Fue Silveti un torero – hombre, no un torero – niño…

Aquí dejo estos apuntes acerca de la vida y de la historia de un gran torero. Ojalá les haya resultado interesante.

Las fotografías de Juan Silveti que ilustran esta serie de entradas, las tomé del repositorio de tarjetas postales antiguas de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.

2 comentarios:

  1. Xavier:
    Lo que son las cosas, vuelvo de vacaciones y me encuentro una magnífica entrada con el número (II/II), que en cuanto me pongo a leer, me veo obligado a volver al (I/II). Como siempre tienes la virtud de hacernos poner la máquina del tiempo a punto y de mirarnos en el espejo del pasado, que nos hace sonrojarnos de nuestro presente. Yo no es que pretenda que los toreros vivan con ese casi desprecio a la muerte, pero lo que si nos revelan esas anécdotas es la forma de entender el toreo. Está claro que nadie ha intentado que les cogiera el toro, pero no se tomaban las precaciones de ahora. Es como si los pilotos de fórmula 1 sólo fueran a 90 km/h, para no salirse de la carretera. Que bien vendría que los jóvenes de ahora, toreros, aficionados y periodistas, se pasaran a dar una vuelta por tu blog. Igual empezaban a entender que es la fiesta, vivir el toreo y ser aficionado.

    Y ya puestos, que se pasen también los señores de Digital Plus. Aunque aquí tengo que censurarte una cosa y es que igual tú te crees que los señores entrevistadores tienen que atesorar cierto conocimiento del toreo. Pues no, con que atesoren una exterma servidumbre a su mano y un celo halagador a quien les paga, ya es suficiente. Que equivoquen, engañen o no informen a su audiencia es lo de menos. Y es que ahí donde lo ves, el amable señor Molés, cuando le contradicen se convierte en un verdadero tigre.

    Que buena entrada para echarse a los ojos después de las vacaciones. Un saludo desde España

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  2. Enrique: Admito tu censura, pero el paso por la vida y el ejercicio de la profesión me han enseñado que cuando se va a tratar a "un notable" de algo, se debe uno "informar" de su entorno histórico y no nada más de los meros tópicos y debe uno hacerlo más, cuando tiene uno que abrir la boca en público, como el Fenicio y David Casas lo hacen.

    Además, un mero deber de ética les obligaría a informar (y no a deformar) debidamente a su auditorio, que merece saber quien ha sido Juan Silveti en este mundo de los toros.

    Y si Molés se molesta, pues que con su pan se lo coma...

    Un abrazo.

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