domingo, 9 de septiembre de 2012

Otra vez el mismo bolero...

Ignacio Sánchez Mejías

En noviembre de 2010 la editorial Berenice sacó a la luz la primera edición de la obra Sobre Tauromaquia, en la que el profesor de la Universidad de Sevilla Juan Carlos Gil González realiza un estudio introductorio y una antología de la obra periodística, las conferencias y las entrevistas realizadas a Ignacio Sánchez Mejías. No es mi intención en este momento el comentar la obra – que llegó a mi poder apenas hace un año –, sino únicamente señalar que dentro de la antología de textos en ella presentados, se encuentra un artículo del torero sevillano publicado en la edición de El Heraldo de Madrid correspondiente a la noche del 31 de mayo de 1929, titulado Los nuevos sentimentales".

Ese artículo creo que hoy cobra nueva actualidad a propósito de aquellos – las mismas voces de siempre – que se quejan porque la televisión pública de España – pagada por cierto por todos los españoles – volvió a transmitir festejos taurinos después de seis años de no hacerlo y exigen que los toros sean expulsados de su contenido programático. Por esa razón, me parece interesante poner a su consideración el artículo en su integridad, pues salvo algunas cuestiones mínimas de referencia temporal, las reflexiones que en su día hizo Ignacio Sánchez Mejías, valen hoy como ayer.

Crónicas de Sánchez Mejías 
Los nuevos sentimentales 
La mayoría de las personas que se dedican a todas estas cosas relacionadas con la protección de animales y plantas son al sentimiento lo que los nuevos ricos a las costumbres y gustos aristocráticos. Los nuevos ricos tienen la ventaja sobre los nuevos sentimentales de que en toda hora se pueden vanagloriar del esfuerzo que representa su ahorro, mientras el estado de nuevo sentimental es debido a mala interpretación, a ignorancia de los más elementales conocimientos éticos y estéticos, cuando no a una simple enfermedad nerviosa. En esta pasada feria de Sevilla, una señora, inglesa o norteamericana, no sé, se dedicó a ir comprando todos los burros viejos que le salían al paso en el mercado y producirles la muerte aplicándoles una inyección de no sé qué sustancia. Esta señora, que por ocho o diez duros se permite el gusto de matar un burro, no sabe seguramente lo que hace. En buena teoría sólo Dios debe disponer de la vida de los seres que Él crea. La sociedad humana que no se anda con reparos para ahorcar, fusilar o sentar en la silla eléctrica al ciudadano que le estorba, no se atrevería nunca a ir por los asilos y por las casas asesinando viejos con grandes porciones de morfina, por muy penosas que fueran sus existencias. Una sola hora de reposo al sol, en la vejez de una persona o un burro, merece el más caritativo respeto de todo corazón humano. Allí donde el nuevo sentimental creía evitar una desgracia atropellaba el derecho del burro a vivir su vida. Esa vida llena de filosóficas meditaciones con que un burro debe contemplar alegremente el penoso pasado, en su vejez, sobre un mullido manchón de lirios, cara al firmamento, harto de hierba fresca, en perfectas condiciones de gozar de la felicidad, desde el exquisito bocado de carretón hasta el descubrimiento de una nueva teoría astronómica. 
Nada tendríamos que exponer (aparte de nuestra disconformidad con esos atentados contra la vida de esos animales pacíficos) si estos nuevos sentimentales no se hubieran situado frente a las corridas de toros de una manera injusta e improcedente. Yo no pretendo obligarlos a que tengan el buen gusto de admirar las bellezas contenidas en una buena faena de muleta: pero sí creo indispensable destruir, hasta cierto punto, su ignorancia sobre la materia. El toro (única víctima segura de este espectáculo) es una fiera. Esto no lo sabe nadie de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas. 
El toro es una fiera. El toro es una fiera que le puede al león, al tigre, a la pantera y que además no sirve para nada. Es decir, sólo sirve para dar vida a las creaciones artísticas que se verifican en su lidia. La ignorancia sobre esta materia produce toda una historia de sucesos extravagantes donde promiscuan lo insensato y lo ridículo. En uno de mis viajes a Méjico, a mi paso por Nueva York, fui invitado a comer por Blasco Ibáñez. De sobremesa hablamos de estas cosas. Yo le di noticias de una proposición que me habían hecho aquella misma mañana. De ella ya habló Fernández Flórez en «ABC». Era la siguiente: un empresario neoyorkino, acompañado de mi amigo Carlos Folache, se presentó en mi hotel para que torease 15 funciones en no sé que teatro. Como explicación a sus palabras me vino a decir: «El Relicario es hoy día la fiebre de Nueva York; ¿se compromete usted a hacer El Relicario? Al fondo, un decorado de la plaza de toros; en la boca del escenario, una tupida red de acero que impida que el toro salte al público; una calesa, unos toreros, una española con mantilla, un capote a los pies de la española, una barrera, el brindis, el toro, la cogida». Carlos Folache iba traduciendo. Mi gesto debió ser de sorpresa. El empresario (que pertenecía a la Sociedad Protectora de Animales y Plantas) salió al paso de ella. «Dígale que el mejor médico de Nueva York estará listo entre bastidores. Nos conviene que sea el mejor, el más conocido, porque su nombre servirá de propaganda y de garantía del peligro». Blasco Ibáñez se reía mucho. «No le extrañe - me dijo -; son cosas que solo aquí pasan». Una señora, esposa de una personalidad célebre del mundo de los negocios ponía a mi disposición 200.000 dólares para fundar un periódico en España (ojo) y emprender una campaña contra las corridas de toros. Creen, entre otras cosas, que el toro es un animalito pacífico a quien se obliga a embestir, quitándole de las labores agrícolas. Me ha contado el cónsul que, no hace muchos días, al llegar a este puerto un trasatlántico español, que transportaba una corrida para Méjico, los encargados de la sanidad querían que se sacasen los toros de los cajones para vacunarlos contra la glosopeda. El vaquero que venía a su cuidado se llevó las manos a la cabeza y, de no intervenir el capitán del barco, ya estaban dispuestos los empleados sanitarios a sacar los toros por su cuenta. 
Debieron hacerlo, fue una ocasión desaprovechada. 
Aquella corrida, suelta por las calles de Nueva York, hubiese demostrado la fiereza del toro y hasta justificado el toreo y el torero. El toro de lidia que se da en España no se deja uncir al yugo de la carreta o del arado. Esa teoría de utilidad restada a las faenas agrícolas es una tontería que sólo cabe en la cabeza de uno de estos nuevos sentimentales. 
Quizá, dada la ingenuidad extranjera, encuentren un argumento para su teoría en el relato que el marqués de Benavite hace en su libro «Fiestas de Toros» de lo sucedido a Santa Teresa en uno de sus viajes. Parece ser que un toro embistió a la santa en medio de una carretera, y la santa, con esa repajolera gracia torera de que estaba dotada (el proceso de sus fundaciones habla mucho a favor de su mano izquierda), paró la embestida y, como si rematara la suerte, acarició la cabeza del toro (1). Pero esto mismo fortalece mis argumentos y debilita los suyos. Si el toro no fuera una fiera no se hubiese realizado el milagro. A las razones incontrovertibles de orden humano hay que añadir esta otra de orden divino, y si todavía dudase alguien de la fiereza del toro español, que me de su nombre, y yo, con un toro, le convenceré fácilmente de lo que quiero demostrar; es más: la forma de matarlo constituye un arte exclusivo de nuestra raza, que tiene en sí tales valores de orden estético que incluso justificarían su existencia, en el caso en que el toro tuviera unas cualidades pacíficas, de que carece. De esto hablaremos más adelante, y como las dimensiones de este artículo no nos permiten más razones, dejemos para otro la demostración de que la muerte del caballo y del hombre en las corridas de toros son accidentes, sucesos antirreglamentarios, que nada pueden probar en contra de ellas. 
Ignacio Sánchez Mejías 
(1) Asistieron a esta faena realizada en Duruelo, como espectadores, la monja Antonia del Espíritu Santo y el venerable Juan de Ávila. (Página 17. "Bosquejo Histórico". Marqués de San Juan de Piedras Albas.)

Las reflexiones no provienen de un sesudo estudio de gabinete o de un charlista de café. Ignacio Sánchez Mejías fue torero y perdió la vida en las astas de un toro, entonces, sus razones derivan de la experiencia vivida, no de la mera suposición, pero como podemos ver, los argumentos en contra de la fiesta son casi los mismos y casi desde siempre.

Espero que esto les haya resultado interesante.

Aclaración: Los resaltados en el texto transcrito, son imputables exclusivamente a este amanuense.

8 comentarios:

  1. Muy bien traído, amigo Xavier. Un abrazo

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    1. Ignacio: Es que las supuestas "razones" de "los contrarios" son siempre las mismas, por eso, en la relectura del libro del profesor Gil González al encontrarme con ese artículo, me encontré con que venía como anillo al dedo a lo que sucede hoy en día... Y faltan otros dos que son el desenlace de éste. Un abrazo y gracias por pasar por aquí

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  2. Fascinante leer este escrito intelectual y taurino de nada menos que del gran Sánchez Mejías. Y sí, va muy en paralelo con tantos argumentos 'antis' de la actualidad (con la aclaración que en aquellos años del ilustre autor y matador de toros apenas entraba formalmente en uso del peto para los caballos, un cambio muy significativo en la fiesta brava desde entonces). Disfruté mucho esta breve pero fina lectura y me da gusto que la haya presentado aquí. Hacen mucha falta. Mil gracias. // Atte., Torotino.

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  3. ¡Olé, Xavier! Ahora mismo lo comparto.
    Un abrazo de parte de Gastón.

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  4. Xavier:
    Ya lo creo que viene que ni pintado a lo que hoy nos toca. Se me ha hecho corto y no he podido evitar reírme al pensar en esos cándidos americanos que pretenden llevarse al toro debajo del brazo como si fuera un caniche. Qué espectáculo unos encierros espontáneos por las calles de Manhattan y con algún gringo cediendo el paso a la manada de toros. Genial, sin más. Si se tratara de un cuento, nadie lo creería.
    Un abrazo
    PD.: Si no te parece mal, me voy a coger el enlace y lo pondré en twitter, para compartir estas líneas de sabiduría con otros mortales.

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    1. Enrique: Ya lo ves. La ignorancia resulta ser la madre de todas las desgracias, así como la ociosidad lo es de todos los vicios... Ya quisiera ver yo un encierro corriendo por toda la Quinta Avenida y rematar en el Yankee Stadium (tendría que ser allí, porque plaza de toros no hay)... y que al final, se diera un parte de lesionados y cosas de esas... aunque no creo. En fin. Que también la ignorancia de algunos es causa de la hilaridad de otros. Gracias por pasar por aquí y por compartir con otros lo que yo pueda poner aquí a la consideración de los demás.

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  5. Gracias por "desempolvar" este magnífico artículo que viene que ni pintado en la actualidad. Un cordial saludo

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  6. Pepe: Gracias por pasar por aquí. Es que hay algunos que se creen que con repetir una mentira muchas veces, puede pasar por verdad, pero ya lo ves, desde entonces, hubo quien los dejó con las vergüenzas al aire...

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