La situación política en España estaba revuelta, había campañas políticas para las elecciones municipales que se celebrarían el siguiente domingo 12, y en las cuales, la historia nos enseña, en las principales urbes de la Península Ibérica, los candidatos de orientación republicana triunfaron en las urnas, hecho que motivó que un par de días después, el Rey Alfonso XIII pactara la entrega del poder a quienes impulsaban la implantación de un estado republicano y su salida del país, pero sin abdicar a su trono.
Esta Corrida de Beneficencia tiene un acento singular, porque fue la última que se celebró en una España monárquica hasta el 10 de junio de 1976, cuando en la plaza de Las Ventas, los rejoneadores Joaquín Moreno de Silva y Joao Moura, junto con los toreros de a pie Santiago Martín El Viti, Francisco Ruiz Miguel y Julio Robles enfrentaron toros del Conde de Mayalde, Lisardo Sánchez y de Fermín Bohórquez para rejones. A este último festejo asistió don Juan Carlos I con su esposa doña Sofía, sin que exista en la prensa de 1931, relación en el sentido de que Alfonso XIII haya ocurrido a la Plaza de la Carretera de Aragón.
La confirmación de alternativa de Jesús Solórzano
El primer toro de Bernardo Escudero que salió al ruedo fue nombrado Espartero, de pelo negro, y era el que estaba destinado para que quien pasaría a la posteridad como El Rey del Temple ratificara en la capital española su alternativa sevillana. La crónica madrileña en lo general coincide en que el diestro moreliano resolvió esa tarde halagüeñamente, aunque tampoco falta quien vea las cosas de manera negativa. Escribe Federico Morena para el diario Heraldo de Madrid salido a las calles la noche misma del festejo:
Los espadas, aprovechando las buenas condiciones de la res, se lucen en los quites, y el público, complacido, les aplaudo sin regateos… Jesús toma los palos y clava un buen par al cuarteo. (Palmas.) El bicho da en escarbar en la arena. Pero el de Méjico no encuentra dificultades en esta suerte, y prende otros dos pares, cuadrando en la cara y levantando muy bien los brazos. (Ovación.) … Ceremonia de alternativa, Jesús toma los avíos de matar de manos del aragonés. Brinda largo y sale al tercio en busca del de Albaserrada. Un pase ayudado por alto, magnífico… La muleta a la zurda y un natural, perfectamente ejecutado, que liga con el de pecho… Muy torero; sí, señores... Unos pases de buena factura sobre la derecha, y la alegría de unos molinetes. El público, encantado… Cuadra el bicho y el espada arranca derecho; pero se lleva el estoque, luego de un pinchazo hondo, ladeadito. Media estocada atravesadilla y otro pinchazo... Intenta el descabello y acierta al tercer empujón... Esto ha deslucido un poco la faena; pero el espada oye justas palmas...
Por su parte, Maximiliano Clavo Corinto y Oro, en La Voz, también aparecido la noche misma de la corrida, reflexiona:
Se trata de un toro negro, buen mozo y desarrollado de armas. Solórzano le sale al tercio del 1, y parando, templando y mandando admirablemente le pega cinco verónicas y media de las que acreditan a un torero... En el primer quite vuelve a apretarse el hombre, aunque el bicho se le pone por delante en una verónica, y en el segundo se nos aprieta también Villalta; otro quite del mejicano, admirable, cargando la suerte... Solórzano coge los palos, y comienza dibujando un par de frente de los de lujo. Repite con otro idéntico, de profesor, y cierra el tercio con un tercero con los terrenos cambiados, igualmente admirable... ¡Como la seda va el festejo, mi amigo! … Villalta, con las efusiones de rúbrica, entrega los trastos a don Jesús, que empieza con un ayudado estatuario, al que empalma un natural y otro de pecho, superiores. Continúa sobre ambas manos, muy cerca y muy valiente, un poco embarullado de tanto querer apretarse. El público bate aplausos en honor de la valentía y el estilo, aplausos que también merece el toro. En el primer empujón se le va la mano, y resulta un metisaca, y en el segundo, en línea recta, coloca una estocada corta que no hace el daño suficiente. Todavía hay un pinchazo en lo duro, y remata descabellando a la tercera... Estilo y muchas cosas de torero bueno, pero un poco de precipitación en la faena y al matar... Aplausos al torero y al toro...
De quienes salieron al día siguiente del festejo, que coincidieron con la mayoría, está Rafael Hernández y Ramírez de Alda firmando como Rafael, en su tribuna de La Libertad, quien contó:
Con tipo de torero, con seguridad de buen lidiador y con excelente estilo toreó por verónicas al primer toro y remató con quietud en los pies y temple y soltura en los brazos... El público, con ese certero instinto de las muchedumbres, vio desde aquel momento que en el mejicano hay un torero y un artista grande, y se declaró en su favor. Puede decirse que estaba roto el hielo. Hizo luego tres quites muy artísticos, toreando con mucha finura y parándose mucho con los toros... Cuando tomó los trastos de manos de Villalta ya tenía Solórzano ganado al público. Pero faltaba verle con la muleta, que es la piedra de toque del toreo. Y le vimos en una faena breve, pero torera y emocionante. Empezó con un ayudado, haciendo la estatua; siguió con un natural ceñidísimo, que ligó con el de pecho, aún más ceñido, y, entra olés y ovaciones, siguió toreando con la derecha muy artista y muy valiente. Mató de un pinchazo sin soltar, atacando con fe; media tendenciosa, otro pinchazo y un descabello al cuarto intento. No le acompañó la suerte al matar; pero, no obstante, el público le aplaudió con calor, tanto por la buena faena de muleta como para rubricar con su beneplácito la confirmación de la alternativa...
Por su parte, Gregorio Corrochano, en el ABC madrileño también salido al día siguiente del festejo, opina abiertamente en contra de la opinión general:
Decíamos que el primer toro fue excepcional. Yo no conozco el temperamento de Solórzano y no sé la importancia que dará a las cosas; pero supongo que le dará mucha rabia acordarse de este toro. Y lo supongo, porque a mí me ocurrió algo parecido. Verá usted, Solórzano. En una ocasión tropecé con una billetera. Quiero decir, mujer que vende billetes de Lotería. Ya sabe usted lo que porfía una billetera por vender. Otras veces me había porfiado, yo había adquirido y nunca logré premio alguno. Este día me resistí más. Ella, viendo que se escapaba el parroquiano, llegó a meterme un billete en el bolsillo. Decidido como estaba a no claudicar, saqué el billete y se lo devolví imperativo. Pero en este forcejeo había visto el número, un número insignificante de pocos guarismos, y le conservé en la memoria. A los pocos días, al leer un periódico, vi aquel número que me habían metido en el bolsillo y que yo no quise estaba premiado con el gordo. Cada vez que me acuerdo me da mucha rabia. Rechazar el premio gordo, cuando se ha tenido en el bolsillo es horrible. Por esto supongo la rabia que le dará a usted cuando se acuerde del toro de su alternativa en Madrid. Porque ese toro, para un torero, es meterle en el bolsillo el premio gordo. Y usted también lo rechazó. Lo mío tiene la disculpa del jugador quebrantado. Lo de usted era más claro. Para un torero no era difícil ver que aquel toro en Madrid era la reputación y el éxito. El premio gordo, créame usted. ¡Qué faena se pudo hacer! Y después de haber toreado bien de capa y banderilleado con facilidad y aceptación estaba el aplauso esperándole. La faena fue precipitación, falta de sosiego, sin dominio y atropellada; lo que pudo ser grande quedó en vulgar; lo que pudo ser el premio gordo quedó en un premiecillo de treinta pesetas. Buen toro se desaprovechó. Después de visto esto, lo del octavo era de esperar. A salir del paso, a terminar. Lo que me pasa a mí cuando juego a la Lotería; ya no me interesa. Después de haber rechazado el premio gordo... lo mismo me da jugar que no jugar, como a usted le sucedió en el octavo...
Juzga con dureza don Gregorio, quien un par de meses después, tendría ocasión de rectificar, expresamente, cuando le tocara relatar el encuentro de Solórzano con Revistero de Aleas, asunto que ya he tenido ocasión de contar por estas páginas virtuales.
El triunfo de Nicanor Villalta
Todos los cronistas coinciden en que la corrida de Bernardo Escudero fue buena, pero que de ella destacaron dos toros, el primero y el quinto. Este último fue el segundo del lote del aragonés Nicanor Villalta, con el que, terminó alzándose como el triunfador de la tarde. Escribe el ya citado Federico Morena:
QUINTO. – «Banderillo», cárdeno. Saca muchas libras. Y, sin embargo, corretón... Entra Villalta en acción... En el primer quite se echa el capote a la espalda, y nos alegra un poco la existencia con unos lances novedosos y pintureros. ¡Pero Villalta! … Solórzano cierra, el tercio de quites con cuatro lances muy vistosos, rodilla en tierra, que son premiados con nutrida salva de aplausos... Nicanor brinda a Ortega, el nuevo fenómeno, que ocupa, con Dominguín, una barrera del 2... El viento arrecia... Villalta empieza la faena con un pase ayudado por alto, luego da un natural, que liga con el de pecho, magnífico... El viento corta la faena. Moja la muleta y hace un faenón, así, como suena, con pases al natural y de pecho soberanos. Y luego torea en redondo y se mete materialmente en el toro. El público jalea entusiasmado al pundonoroso espada aragonés... Sigue toreando bravamente sobre ambas manos y mete, en fin, un soberano volapié. El toro cae con las cuatro patas por alto... El público, puesto en pie. aclama al baturro, que recibe un regalo del brindado, y algo que para él vale mucho más: las dos orejas y el rabo de «Banderillo» … El entusiasmo que hay en la plaza es indescriptible... ¡Bravo, Villalta! … ¡Viva Aragón! …
Nicanor Villalta fue sacado en hombros de la plaza al finalizar el festejo entre la algarabía de la concurrencia. El torero de Cretas se consolidaba como uno de los toreros favoritos de la afición madrileña.
Cagancho y Gitanillo de Triana
Los dos toreros gitanos también tuvieron su instante de lucimiento esa señalada tarde. Sin redondear ninguno de ellos una faena para la historia, dejaron su impronta en los quites al tercero de la tarde. Contó a sus lectores Federico M. Alcázar en su tribuna de El Imparcial, aparecido al día siguiente de la corrida:
El tercio de quites de los gitanos. – Gitanillo abre el capote en el tercer toro y hace un quite asombroso, inenarrable. Se pica Cagancho y le sigue otro inmenso. Se desborda el entusiasmo, y otra vez repitan loa gitanos el quite entre las aclamaciones de la muchedumbre. El estilo pasa de un capote a otro, depurándose, refinándose hasta lo inverosímil en Gitanillo, y adquiriendo en Cagancho ese colorido y esa gracia gitana que es la nota más acusada de su personalidad y el tono más encendido de su arte. El público los obliga a saludar al cambiar el tercio... Gitanillo vuelve, en el cuarto, a provocar el entusiasmo con el capote, toreando magníficamente...
Por su parte, César Jalón Clarito, en El Liberal, también al día siguiente del festejo, reflexionó sobre este pasaje de la corrida:
Flojo, desanimado el resto de la corrida, aún tuvo, sin embargo, otro momento destacable: el del portentoso tercio de quites de los dos gitanos al toro segundo. Cagancho y Gitanillo, tan parecidos y tan distintos – acontece con su fisonomía física que con su fisonomía artística –, enlabiaron una pintoresca disputa. A un quite del uno contestaba el otro mejorándolo. Así cantan por martinetes. Los lances de Gitanillo, largos, como sacados de un registro más hondo y estirados hasta el no hay más allá. Los de Cagancho, más ricos en garbo y en «color». Por eso digo que pareciendo iguales, son distintos. Ei público, claro, se entusiasmó en grande y loa ovacionó por igual: a los dos mucho…
Las faenas son un todo, pero a veces, un detalle, un lance o un remate se quedan para la memoria. Así le ocurrió ese Lunes de Pascua a los trianeros de la calle del Evangelista y de la calle de la Verbena con su toreo de capa.
A propósito de la Beneficencia
La Corrida de Beneficencia se ha considerado la fecha cumbre de la temporada española. Siempre. Por esa razón se exige para ella un cartel singular, redondo, En 1931 se ofreció en la segunda fecha de la temporada. Escribe Federico M. Alcázar:
De la corrida de Beneficencia, de esta corrida que fue famosa en otros tiempos cuándo había famosos toreros, tampoco queda más que el nombre y algún bello rostro de mujer perdido entre el público municipal y espeso. Perdió su prestigio tradicional y con su prestigio su abolengo. Hoy es una corrida más, con la única diferencia de que se lidian ocho toros y consiguientemente cuesta más dinero… Hasta las mujeres que esperaban esta corrida con impaciencia para lucir la airosa mantilla de blondas, le han vuelto la espalda con un gesto de desdén… Se va perdiendo lo castizo, lo típico, lo racial. El cosmopolitismo tiende a uniformar los pueblos y con los pueblos las costumbres. Los rasgos diferenciales, las virtudes específicas van desapareciendo para dar paso a una civilización aparatosa y sensual. Hombres y mujeres se clasifican por series como productos industriales. Lo grave es que esta clasificación alcanza también a los espíritus… Pero algo queda, al menos en España. Queda la fiesta de más recia, opulenta y viril hermosura del mundo, y con ella ese arrebato de las multitudes que pone en el alma temblores de emoción y en el corazón latidos de angustia...
Las reflexiones que hizo el cronista madrileño hace 95 años no tienen desperdicio, sobre todo aquellas que se refieren a lo que él llama cosmopolitismo y que hogaño entendemos como globalización, cosa que nos trata de igualar, de estandarizar, de convertir, efectivamente, en una especie de productos industriales.
Hoy como ayer, se sigue cumpliendo aquello de que no hay nada nuevo bajo el sol…
