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| Antonio Montes México 1903 |
Completaron el elenco Francisco González Faíco, José Rodríguez Bebe chico, Antonio Arana Jarana y Diego Rodríguez Silverio Chico. Los toros a lidiarse serían de Piedras Negras, Santín, Tepeyahualco, San Diego de los Padres, Atenco, San Nicolás Peralta, anunciada como antes El Cazadero” y varios toros españoles sueltos de Carlos Conradi, Murube, Miura, Juan Carreros, y Conde de Espoz y Mina, anunciados como antes Carriquiri.
Con esos mimbres se ofreció a la afición capitalina una serie de 16 corridas de toros que dieron inicio el domingo 1º de noviembre de 1903 y concluyeron el domingo 14 de febrero de 1904. El semanario madrileño El Toreo, de fecha 30 de noviembre de 1903, contenía la siguiente nota, firmada por su corresponsal Julio Bonilla Recortes y fechada el 25 de octubre de ese año:
Ayer llegaron sin novedad, a México, los matadores sevillanos Faíco y Antonio Montes. El 1° de noviembre torearán su primera corrida en la plaza de esta ciudad... El 15 de noviembre toreará en México su primera corrida el célebre matador Rafael González (Machaquito), quien matará alternando con Bebe chico...
La extensa nota de Recortes contenía información de fechas subsecuentes, lo que deja en claro que, en aquellas fechas, lo que sucedía de este lado del mar tenía interés para la afición española.
Antonio Montes
El torero de la Triana de Sevilla representaba un enigma para la afición mexicana. Tenía algo más de cuatro años de haber recibido la alternativa en Sevilla – 2 de abril de 1899 –, de manos de Antonio Fuentes y llevando de testigo a Ricardo Torres Bombita y de confirmarla en Madrid – 11 de mayo siguiente –, siendo apadrinado por Antonio Moreno Lagartijillo, llevando de testigo a Emilio Torres Bombita. En esta ocasión el toro de la ceremonia fue Tesorero del Duque de Veragua, y los demás de Pablo y Diego Benjumea.
Antonio Montes, a partir de su alternativa tuvo que competir con Antonio Fuentes, Machaquito, y Bombita quienes en esos días formaban la primera fila de la torería de su tiempo. Su manera de hacer el toreo proponía un cambio en la forma de hacerlo y el sistema de la fiesta aún no estaba preparado para admitir una revolución en la manera de ser y de hacer el toreo. De allí que en España, Antonio Montes quedara en las más de las ocasiones relegado a ser un digno y batallador complemento de carteles de tronío, lo que le comenzó a formar una seria idea de que los nombrados Fuentes, Machaquito y Bombita, las cabezas de lo que Alameda llama el interregno producido entre los tiempos de Lagartijo y Frascuelo y el advenimiento de Joselito y Belmonte, le cerraban el paso de manera intencionada, entonces, comenzó a buscar otros horizontes en los cuales pudiera exponer y explayar su particular tauromaquia.
Y sería en México donde encontraría ese sitio y por un muy breve lapso de tiempo, se convertiría en figura del toreo.
La corrida de la inauguración de la temporada 1903 – 1904
Antonio Montes quería justificar su contratación y dejar claro que él era una figura del toreo. Con tal propósito se anunció en solitario para esa primera fecha de la temporada, con un variopinto encierro de San Diego de los Padres, pues los toros fueron de pelo negro (1º, 2º y 6º) berrendo en castaño, colorado – jijón, tipo de Atenco dice alguna crónica acerca de este cuarto –, y colorado ojo de perdiz. Además, el segundo fue devuelto al corral por manso y sustituido por otro de la misma casa. El cronista que firmó como Caramelo para el diario El Popular de la capital mexicana, hace el siguiente análisis acerca de los toros de los señores Barbabosa:
Los toros de San Diego de los Padres no llenaron, ni con mucho, las esperanzas que de ellos se abrigaban a ver su hermosa lámina, sus muchas libras y su aspecto que de bravos tenían... Sólo demostraron que en la ganadería hay sumo cuidado en su conservación, pero que, de esto, a que se les considere como verdaderos de lidia, hay alguna diferencia... Esto no quiere decir que esa ganadería haya perdido su antiguo cartel. Nos referimos a que en ella parece que solo se preocupan sus propietarios de engordarlos y hacerles presentar ese aspecto hermosísimo que ofrecían los del domingo...
Antonio Montes, vestido de verde y oro, enfrentó al complicado encierro mexiquense y resolvió la papeleta con solvencia. Salió a saludar tras la lidia de los toros tercero, cuarto y quinto, lo que representa un saldo bastante favorable, habida cuenta que la concesión de apéndices no era costumbre en aquellos días. Escribe el ya citado cronista de El Popular acerca de su actuación en esta corrida:
Desde que comenzó la corrida se apoderó de las simpatías del público. Dicen muy bien los periódicos españoles, cuando dicen que el valiente espada debe ocupar su puesto al lado de las primeras figuras del toreo contemporáneo. Pero a la Plaza México estaba reservado seguramente dar a conocer al mundo taurino el mérito de Antonio, y nos cabe la satisfacción a los aficionados mexicanos, de aplaudirlo antes que los madrileños en el año de 1903; si bue es que a Montes no lo admirarán sino hasta el año entrante... Siempre ceñido y parado, hizo uso del capote, con tal maestría, que no se extraña a Fuentes, ni aún en los adornos con que remata sus faenas. Más de una ocasión le vimos a la altura de aquel en sus buenas tardes... Con serenidad completa ve llegar y despacha a sus toros, recogiéndolos con suma habilidad para completar sus faenas y siempre emplea la muleta tan cerca de las agujas, que no es exageración decir que a veces no se separa de sus enemigos ni dos pulgadas... No tiene esa valentía temeraria con la que muchos suplen a arte. Poseído de vastos conocimientos, sabe colocarse en su sitio, y a esto reúne la valentía y el arte, tal como debe entenderse en la materia...
Ya lo exponía, Antonio Montes se impuso a las condiciones adversas que los toros le presentaron y consiguió el reconocimiento de la afición, tanto, que, al término del festejo, se anunció la segunda corrida de la temporada, con toros de Santín para el propio Montes, pero ahora mano a mano con Francisco González Faíco.
Antonio Montes y México
A partir de 1903, Antonio Montes pasaría los inviernos en México y sería aquí donde pronto se convierte en un torero respetado por su valor y sus maneras en el ruedo, aunque sin dejar atrás sus rivalidades y desavenencias con Fuentes y Bombita sobre todo. Rafael Solana Verduguillo, en su recuento de tres décadas de fiesta en México, lo relata así:
…Desde su presentación en la plaza de la calzada de La Piedad conquistó a la afición capitalina, especialmente a la de sol. Los aristócratas ricachos que iban a sombra le regatearon siempre su aplauso; a ellos les llenaba más Fuentes, con su majestuosidad, su gallardía. su señorío en el ruedo y su simpatía como particular. Jugaba con ellos al póker en el Jockey Club y asistía a las reuniones, impecablemente vestido y derrochando gracia en la conversación... En cambio, Montes; luchando siempre con los toros, expuesto a percances y antipático en la calle, no podía despertar grandes simpatías. Su sordera por una parte y su educación casi monacal que había recibido en su pueblo le hacían silencioso, retraído, poco comunicativo. Donde estaba “El Sacristán” no se podía hablar de nada; él no despegaba los labios y cuando lo hacía, era para decir una especie de sermón, con San Agustín por delante. En cierta ocasión le instaron mucho para que contara algo y se le ocurrió referir que había matado quién sabe dónde cuatro Miuras así de grandes…
La carrera de Antonio Montes llegaría a su fin en la misma Plaza México, pero de eso ya me he ocupado, extensamente, en otro espacio de esta misma Aldea.








