domingo, 4 de enero de 2026

7 de enero de 1945: El Soldado y Famoso de San Mateo

Antonio Llaguno y El Soldado junto a los restos de Famoso
Foto: Sosa
En la parte álgida de la temporada española de 1943 Luis Briones viaja a España como representante de la Unión de Matadores, a tratar de negociar una reanudación de relaciones entre las torerías de aquí y de allá, rotas desde 1936. Cuando los hechos trascendieron, resultó evidente que detrás de ese viaje de Briones se encontraban Maximino Ávila Camacho y Antonio Algara, respectivamente accionista mayoritario y gerente de Espectáculos El Toreo, S.A., porque el interés del primero era, indudablemente, presentar en su plaza, la primera de México, a Manolete, al costo que fuera.

La prensa especializada no se mostró complacida con el viaje de Briones, que fue secundado después por Tono Algara y así, firmas como las de Flavio Zavala Millet, firmando como Paco Puyazo, don Luis de la Torre El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada y el politólogo e historiador Roberto Blanco Moheno atacaron sin clemencia principalmente a Briones y también a quienes lo enviaron a negociar la paz, por considerar que traicionaban un movimiento que podía generar una total independencia de la fiesta de toros en México.

Al final de cuentas, la ruptura se pudo subsanar, pero Manolete ya tenía ese invierno comprometido, por lo que el elenco de toreros hispanos para la temporada 44 – 45 se formó con nombres como Cagancho, Gitanillo de Triana, Pepe Luis Vázquez, Rafael Ortega Gallito y Antonio Bienvenida entre los más destacados. 

La presentación de Manolete quedaría para la temporada venidera, y esa circunstancia motivaría a quienes lo esperaban como eje del ciclo de corridas en la capital, a criticar lo que se ofrecía como anodino o aburrido, sin que ninguna tarde diera satisfacción completa a la afición. Y si a esto sumamos que el 19 de noviembre del 44, el Maestro Armillita sufrió una grave cornada en San Luis Potosí, tenemos que el torero mexicano que podría cautivar la atención de la afición capitalina estaba en el dique seco.

En esas condiciones llegó el domingo 7 de enero de 1945, fecha en la que se celebró la octava corrida de la temporada, misma en la que se anunció un encierro de La Punta para que lo lidiaran Luis Castro El Soldado, Silverio Pérez y Pepe Luis Vázquez.

El encierro de La Punta

Comenzaré por referirme a los toros enviados por don Francisco y don José C. Madrazo a El Toreo, porque al final de cuentas su comportamiento en el ruedo desembocó en lo que causó el resultado final del festejo. Refiere El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada, en su comentario aparecido en La Lidia, una semana después del festejo:

...los señores Madrazo, propietarios de la vacada de La Punta, enviaron seis toros en buena edad y magníficamente presentados, no habiendo desmerecido en corpulencia sino uno de ellos. De los seis, dos fueron bravos y uno bravísimo, el corrido en quinto lugar, siendo los restantes reservones, reparados de la vista y con tendencias más a la mansedumbre que a aquello que tanto favorece a los lidiadores, sin presentar ninguno mayores dificultades. Todos fueron pegajosos para las caballerías, propinando tremendos tumbos que ofrecieron oportunidades a los matadores para realizar el verdadero quite, suerte olvidada que no apareció por ninguna parte a no haber sido por el heroico Simón que cuando se presenta la ocasión pone la muestra al más pintado. Esta codicia de los punteños dio lugar también a ver picar como ya es muy raro en los actuales tiempos, tan raro es que el público desorientado por completo, se pone a chillar cuando debiera aplaudir con entusiasmo, protestando, eso sí, en contra de quienes autorizan el asesinato alevoso de las reses permitiendo el empleo de puyas descomunales...

Como se puede leer, a juicio de don Luis de la Torre, un par de toros dejaron espacio para triunfar, con la única cuestión de que tenía que toreárseles.

El toro que regaló El Soldado

Las distintas reseñas históricas parecen coincidir que las dos faenas grandes de Luis Castro El Soldado en El Toreo fueron las que realizó a los toros Rayito y Famoso, ambos de San Mateo, la primera, en la corrida recordada como la de los tres Luises y la segunda que es la que hoy me ocupa. Ambos toros, tienen el estigma de ser toros de regalo, o toros del perdón como los llamó la prensa de su día, para tratar de enmendar los efectos de una mala tarde.

En esta oportunidad tenía otra cuestión añadida. Para esos días era de dominio público y evidente el agrio desencuentro de los hermanos Madrazo con don Antonio Llaguno, sin que sus causas hayan trascendido. Así, el ganadero zacatecano no perdía oportunidad para tratar de demostrar que sus toros eran superiores. Así, en los chiqueros tenía encerrado uno, dispuesto a salir a dejar en mal a sus colegas jaliscienses. Sigue contando don Luis de la Torre:

“El Soldado”, ya desde temprana hora, en perfecto acuerdo con el ganadero, obsequió al público con el toro del “perdón”, que no de otra manera puede calificarse ese desprendimiento cuando se ha tenido una mala actuación...

La procedencia del toro de regalo no fue fortuita y en cierta forma me recuerda lo sucedido el 28 de febrero anterior, cuando Armillita regaló a Paracaidista de La Laguna, cortándole el rabo, después de despachar él solo con pulcritud una dura corrida precisamente de San Mateo.

La faena de El Soldado a Famoso

Roque Armando Sosa Ferreyro Don Tancredo abre su crónica publicada en La Fiesta en los siguientes términos:

Un toro de maravilla, un toro de bravura y nobleza incomparables, fue inmortalizado el domingo anterior en el ruedo metropolitano. El toro, cárdeno bragado y salpicado, número 28, se llamó “Famoso2 y procedió de las dehesas de San Mateo, la ganadería milagrosa de don Antonio Llaguno. Y el torero es un artista que se llama Luis Castro “El Soldado”...

Vestido de celeste y oro, El Soldado enfrentó al toro que le dedicó don Antonio Llaguno, cárdeno claro y paliabierto. Las crónicas coinciden en que su trapío, adecuado a su encaste, desentonaba con el de los toros de La Punta de la lidia ordinaria y si hemos de tener en cuenta lo escrito por El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada, más parecía un novillo:

Para tal objeto se soltó un novillo de San Mateo de bravura y suavidad extraordinarias, el que fue magistralmente aprovechado por el donante, quien no sabemos por qué motivos se abstuvo de invitar a sus compañeros a alternar con él en el primer tercio, lo que significó un patente desaire para nuestro huésped Pepe Luis Vázquez...

Un ejemplar de tal calidad requería tener un gran torero enfrente para aprovecharlo debidamente. La faena que El Soldado realizó a Famoso fue completa, pues hasta las banderillas tomó, no obstante traer un varetazo en el muslo derecho, sufrido en Irapuato el día de año nuevo. Relata Don Tancredo:

Pero si estupendo fue el cornúpeta de San Mateo, justo es consignar que “El Soldado” estuvo también a la altura de “Famoso”, toro de los más difíciles cuando no lo torea un artista, sino un jornalero de los ruedos. Sus templadísimas verónicas, sus ceñidas y rítmicas chicuelinas, el finísimo cuarteo con que adornó primeramente el morrillo del sanmateíno, sus valerosos muletazos en tablas, sus naturales mandones y garbosos, uno de ellos, rematado por alto; sus derechazos largos y emotivos, sus pases de pecho plenos de majestuosidad y de verdad, sus ayudados por alto y por abajo, firmas y adornos del mejor gusto, y por último, entrando en corto y por derecho, media estocada en las mismas péndolas que hizo rodar al astado. Toda su labor estuvo en un plano de excelsitud artística, y en su honor hay que decir que su trasteo fue realizado con una alfombra de sombreros en el ruedo, y que antes de coronarlo con la media estocada que rubricó su éxito, ya los pañuelos aleteaban en el tendido pidiendo las orejas y el rabo de “Famoso”... Llevando en las manos los apéndices del incomparable toro de San Mateo, Luis “El Soldado” y don Antonio Llaguno dieron la vuelta al ruedo para recibir el homenaje de la afición metropolitana, mientras el cadáver de "Famoso" también era ovacionado al pasearlo alrededor de la arena. Y la policía hubo de intervenir para evitar que la multitud sacara en hombros a los triunfadores de esta tarde inolvidable, pues "El Soldado" hubo de ser llevado a la enfermería de la plaza, donde se le practicó una pequeña intervención quirúrgica...

Por su parte, quien firmó como Francisco Montes en La Lidia, refiere:

Castro inició la faena con tres muletazos en el estribo que ligó con uno de pecho; la ovación no se hizo esperar; siguió toreando por naturales que no fueron del todo lucidos y luego continuó con la mano de cobrar y sus pases resultaron brillantes y bien rematados; la faena es de estimable mérito aunque derechista; ayudados por alto estatuarios, cambios de muleta por la espalda, ayudados por bajo, una faena muy torera y quizá la mejor que ha hecho en su vida; lasernistas, derechazos en redondo en los que materialmente se embarra en la faja al estupendo y maravilloso burel de San Mateo; entra a matar muy bien y deja media estocada delantera que hace rodar al burel sin puntilla: la ovación es delirante, se le conceden las dos orejas y el rabo de su enemigo, a quien merecidamente se le da la vuelta al ruedo; el público emocionado pide salga a la arena el ganadero, el que, en compañía del espada, da la vuelta al anillo recibiendo una apoteósica demostración de cariño...

Y días después, don Luis de la Torre El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada, reflexiona:

Lo toreó de capa como “El Soldado” sabe hacerlo en condiciones del todo favorables, interviniendo él solo durante el tercio de varas que se redujo a dos. Le colocó un magnífico cuarteo en banderillas que nos hizo recordar lo buen rehiletero que fue en los principios de su carrera, colgando otro más de colocación defectuosa, aunque con muy buenos procedimientos. Y después vino lo grande, el faenón reivindicador iniciado con tres muletazos en el estribo de positivo mérito, para apenas alejado el burel del lugar de iniciación, plasmar un trasteo en un palmo de terreno, en el que hubo toda clase de pases, desde el clásico natural, rematado ya por bajo ya por alto, hasta el adornamiento plástico y perfecto, pasando por los muletazos de toda índole ejecutados con majestuosidad y torerismo puro, sin el menor detalle de afectación, conservando siempre el cuerpo enhiesto, moviendo los brazos y con ellos la muleta con dominio y absoluta soltura, pasándose al bruto a pocos centímetros del pecho o de la faja, según las circunstancias. Una cátedra del bien torear, aprovechando a maravilla las excepcionales cualidades del pequeño enemigo que no supo tirar una cornada y al que despachó al destazadero de una casi entera de rapidísimos efectos, ganándose por todo ensordecedora ovación, oreja y rabo. Los despojos del bravísimo novillo fueron también ovacionados, dándosele, ahora sí, la vuelta al ruedo en compañía de su criador... ¡VAYA TORO BIEN APROVECHADO! …

Las opiniones de la crónica son unánimes en cuanto al hacer de El Soldado ante Famoso, y de esa manera, reitero, ha pasado a la historia como una de las más acabadas obras de su paso por los ruedos.

Importante es también señalar que la vuelta al ruedo que dio don Antonio Llaguno junto con el torero de Mixcoac, fue la última de su trayectoria ganadera, porque días después fue intervenido de la columna vertebral y tras de dicha cirugía, ya no pudo volver a desplazarse por su propio pie, dejando de asistir a las plazas, pero manteniéndose pendiente de la ganadería que al paso de los años sería el eje del toro de lidia que se cría en México.

El Soldado ha pasado a la historia como uno de los toreros artistas más grandes que ha dado este país, pero también nos dejó estampas de reciedumbre torera, imponiéndose a las condiciones de los toros que no tenían aptitudes para lucir la clase delante de ellos, es sin duda un caso único del torero que puede con los toros, pero que también crea arte con ellos. La tarde que hoy me ocupa, es un claro ejemplo de ello. 

domingo, 28 de diciembre de 2025

26 de diciembre de 1920: Sánchez Mejías corta el primer rabo en la historia del Toreo de la Condesa

El 11 de octubre de 1916 se publicó en el Diario Oficial del Gobierno Provisional de la República Mexicana un decreto mediante el cual, Venustiano Carranza, en su calidad de Encargado del Poder Ejecutivo de la Unión, prohibió la celebración de corridas de toros en el Distrito y Territorios Federales, así como en el resto de la República, hasta el restablecimiento del orden constitucional.

Ese decreto, sibilinamente hecho público en su literalidad en la prensa ordinaria, con precisión en los diarios La Defensa, El Demócrata y El Universal desde el día 9 anterior, implicaba dos prohibiciones, una, que afectaba a todas las entidades del país y que terminó con la entrada en vigor de la Constitución de 1917, es decir, el 6 de febrero de ese año y la otra, relativa al entonces Distrito Federal y los territorios de Baja California, Del Bravo, Jiménez, Quintana Roo y Tepic perduró algunos años más, fuera porque esos territorios dejaron de tener esa calidad jurídica – Del Bravo, Jiménez y Tepic – o por lo que enseguida intentaré relatar.

En el mes de abril de 1920, en Sonora, se hizo público el llamado Plan de Agua Prieta, donde aparecían como figuras principales a Adolfo de la Huerta, Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón, oponiéndose al apoyo que daba el todavía Presidente Carranza a su embajador en los Estados Unidos, Ignacio N. Bonillas, para ser su sucesor en la elección próxima. Los ánimos se caldeaban en la Ciudad de México y por esa razón, tras de asistir don Venustiano al acto conmemorativo de la Batalla de Puebla el 5 de mayo, al siguiente día decidió cambiar la sede de los poderes federales al Puerto de Veracruz, abordando el tren presidencial para ello.

La posición política de Carranza ya estaba bastante debilitada, tanto, que el 9 de diciembre de 1919, la Cámara de Diputados dejó insubsistente su decreto prohibicionista y la de Senadores hizo lo propio el 2 de mayo de 1920, pero esa debilidad no impidió que antes, en plena vigencia de ese decreto, el 12 de octubre de 1919, se diera una corrida de toros en una plaza de toros levantada al efecto en la colonia La Bolsa – hoy colonia Morelos – de la capital, a beneficio de las obras de embellecimiento y drenaje de ese desarrollo habitacional. Esa tarde Juan Silveti lidió y mató en solitario cuatro toros de San Mateo de manera exitosa, mientras en El Toreo, Enrico Caruso y Gabriela Besanzoni presentaban la ópera de Verdi Un baile de máscaras.

La reapertura de El Toreo a las corridas de toros se celebró 16 de mayo de ese 1920, con un cartel formado por el diestro sevillano José Corzo Corcito y el Tigre de Guanajuato Juan Silveti, quienes lidiaron toros zacatecanos de San Mateo, en ese entonces, propiedad de los hermanos Antonio y Julián Llaguno.

La temporada 1920 – 21 en El Toreo

Una vez destrabados los obstáculos legales, se comenzaron a reorganizar los estamentos taurinos para volver a dar a El Toreo de la Condesa la función para la que originalmente estaba designado. En esa tesitura, se constituyó la sociedad denominada Empresa Taurina, S.A., formada por los señores Amada Díaz de De la Torre, propietaria del coso, el industrial minero español Andrés Fernández, el zacatecano Francisco Carreño, José del Rivero y Ramón López, siendo estos dos últimos representantes de los intereses de la señora Díaz y del señor Fernández, respectivamente. La cara visible de esa empresa, serían los tres últimos nombrados.

Escribe a este propósito Verduguillo:

Pepe Rivero y Ramón López salieron para España a contratar matadores que deberían actuar en la primera temporada 1920 – 21, después de la prohibición... El primer matador contratado fue Gaona y luego, por recomendación de éste, Alfonso Cela “Celita” de quien no teníamos más antecedentes de que era gallego, un matador de Galicia, una novedad. A poco supimos que estaba firmado Ignacio Sánchez Mejías, y al de Ignacio siguieron los contratos de Domingo González “Dominguín”, Ernesto Pastor, Juan Luis de la Rosa y Ángel Fernández “Angelete”, Juan Silveti fue contratado aquí...

Omite Rafael Solana en esa relación a Ernesto Pastor y refiere Heriberto Lanfranchi que se lidiaron toros de Piedras Negras, San Diego de los Padres, Atenco, Zotoluca, La Laguna y Coaxamalucan de entre las ganaderías nacionales, y del Duque de Veragua, Juan Conradi, Juan Manuel García, antes Arribas y Luis Gamero Cívico entre las españolas.

La temporada se inauguró el 17 de octubre de 1920 con toros de Piedras Negras para Juan Silveti mano a mano con Ángel Fernández Angelete, una corrida que solamente pasó a la historia por la efeméride que representó, pero por la escasa presencia de los piedrenegrinos, los espadas terminaron con rapidez la tarde.

Por su parte, Gaona volvió a México a principios de octubre de ese año y se instaló en una casa en la calle de Limantour, hoy Abraham González, de la que Verduguillo cuenta lo siguiente:

Sencillo el mobiliario, una que otra fotografía en las paredes tapizadas con papel descolorido. La sala tenía dos balconcitos a la calle; detrás un reducido comedor y luego el patiezuelo que daba acceso a la estrecha cocina. Esto era la planta baja, en la planta alta todo debió estar en consonancia. No hacía falta tener gran olfato para descubrir que Rodolfo venía, como se dice vulgarmente, “sin una peseta”... Largo rato permanecí con Rodolfo, conversando de diversos asuntos... Y mientras, el fiel mozo de espadas “Maera”, que no abandonó a Rodolfo ni en los momentos más críticos, entraba y salía arreglando el guardarropa del torero, en el que figuraban seis ternos. Los más lujosos que bordaron las habilísimas manos de la “Maestra”...

No olvidemos que el haber brindado un toro a Victoriano Huerta y el haber aceptado un festejo en correspondencia por ese brindis, motivó que Carranza le incautara sus bienes por considerarlo traidor a la patria, despojando, incluso, a la madre del torero de la casa que habitaba, y que el ridículo decreto que terminó por caer por su propia iniquidad, tenía un recipiendario en específico: Rodolfo Gaona, quien se tuvo que alejar de México durante todo el tiempo que el de Cuatro Ciénegas detentó el poder. 

Todos estos elementos, es decir, el regreso de los toros a la Ciudad de México, la vuelta del Petronio a México y los integrantes del elenco anunciado, despertaron un interés inusitado por adquirir derechos de apartado, lo que motivó la necesidad de ampliar en alguna forma El Toreo. Es cuando, cuenta Guillermo Ernesto Padilla, se le agregan los palcos de contrabarrera que terminaron de definir su personalidad como escenario taurino:

Fue por aquellos días cuando se le aumentaron a la plaza los cincuenta y ocho palcos de contrabarrera cada uno para seis personas que serían una novedad para el público capitalino al inaugurarse la temporada 1920 – 1921...

La decimoprimera corrida de esa temporada 1920 – 21

Para el domingo 26 de diciembre de 1920 se anunció la decimoprimera corrida de la temporada, con un encierro de San Diego de los Padres que sería lidiado por Juan Silveti e Ignacio Sánchez Mejías mano a mano.

En los mentideros no agradó mucho el cartel ofrecido por la empresa, en ellos se auguraba una mala entrada. Escribe Gonzalo Espinosa Don Verdades, en su crónica aparecida en el diario Excélsior al día siguiente del festejo:

Todos aquellos que presagiaban que la corrida de ayer iba a ser un acusado fiasco, que el cartel era mal confeccionado y que la entrada sería menos que mediana, quedaron burlados de todo a todo. Ni el cartel fue malo, ni la corrida pesada, ni la entrada escasa. Por el contrario, como antes lo indicamos, la entrada fue un lleno, los diestros cumplieron y todos los asistentes quedaron complacidos... El frío invernal que se sentía y el aire molesto que sopló toda la tarde, pronto fue olvidado, ya que la animación hizo enardecer la sangre en los aficionados de buena cepa, y hasta en aquellos que no lo son y acuden al circo a presenciar una fiesta de la que poco entienden. Estos señores Villamelones son los que a veces con sus intemperancias y sus necedades ocasionan molestias, silbando, nada más porque se les antoja, suertes bien consumadas, que, en vez de merecer censura, deben ser aplaudidas... Antes de comenzar la corrida se notaba cierto pesimismo. Los presagios lúgubres de las pitonisas y agoreros se habían extendido, y el mal humor había contagiado a todos los que, rebosantes de alegría y esperanza, llegaban a la plaza...

Al parecer, por lo narrado, la tarde fue fría y ventosa, pero eso no impidió que la gente acudiera a la plaza, la llenara y disfrutara de una tarde de toros que, a la vuelta de los años, resulta histórica. 

Apuntes de Ernesto García Cabral
Excélsior, 27/12/1920

El primer rabo en la historia de la plaza

El segundo toro de la tarde se llamó Caparrota, fue el primero del lote de Ignacio Sánchez Mejías. La faena realizada reflejó su emotivo acento hasta en el hacer del cronista, que tuvo que hacer uso, en momentos, hasta del ditirambo para poder transmitir lo que estaba apreciando en el ruedo. La versión de Miguel Necoechea Latiguillo, para el diario El Demócrata, aparecido al día siguiente del festejo, entre otras cosas dice:

...inicia Sánchez Mejías su estupenda faena de banderillero... La preparación es espectacular. Torero y toro están solos en la arena y separados de tercio a tercio... Reta Ignacio y el toro se encampana, se engalla y da una corta carrera. Después se detiene… El capote de “Bombita” interviene y lo devuelve al tercio con ánimo de cerrarlo en tablas y allí va a buscarlo el diestro que al pasarse de vacío por no acudir el animal, cambia los palos por otros y decidido entra al sesgo, dejando el primer par que le vale palmas; de poder a poder es el segundo que le conquista aclamaciones y en la forma esa impresionante, sesgando por el terreno de adentro sin salida casi, encomendando su vida solo al poder de sus facultades y a la serenidad de su corazón, deja el de Sevilla un par que es quizás el más grande y expuesto que le hemos visto clavar en la temporada... Ya no es ovación sino delirio el que sacude al público, que como un poseído grita vítores y palmotea hasta romper las manos... “Caparrota” está ahora más bravo que al salir del chiquero. La faena que nos espera con un toro semejante y un torero de tanto arrojo, habrá de ser grande, pensamos... Pero fue más; resultó inmensa de valentía y relampagueante por lo breve y deslumbradora... Sánchez Mejías brindó este toro a Silveti. ¿Diplomacia? No, merecido honor al mexicano que sabiendo con quien tenía que habérselas se apretó los machos de la taleguilla como pocas veces lo ha hecho y entró en el ruedo decidido a salir como los héroes de Esparta ¡con el escudo o sobre el escudo! … Lo que después sucedió fue un asombro. “Caparrota”, cerrado en tablas, vio a su enemigo citándolo en un palmo. Al hilo de las tablas hubo un pase por alto que fue preparación de lo estupendo. Dos pases de pecho, sentado en el estribo, pero no pases, así como quiera, no; dos pases tan apretados, que ya no con los cuernos estuvo expuesto el sevillano a morir prensado contra la barrera... Cuando se puso en pie, vimos que había perdido en el lance una zapatilla. Después se echó materialmente sobre “Caparrota” dándole solo tres muletazos formidables por alto y un ayudado, que lo obligó a juntar las patas, y ya cuadrado le soltó Ignacio una media estocada monumental y en las mismas péndolas, entrando corto y derecho y saliendo por el costillar, limpio como un rayo de sol... ¡Olé los hombres! … Llovieron al ruedo sombreros y bastones, flores y prendas de vestir y una mujer entusiasta se arrancó la piel - la de abrigo, se entiende - y la arrojó al ruedo... Se concedió a Ignacio la oreja y el rabo de “Caparrota”...

Era el primer rabo que se concedía en poco más de diecinueve años de existencia de la plaza. Lanfranchi refiere que también cortó el del cuarto de la tarde, Boticario, siendo que Don Verdades y Guillermo Ernesto Padilla hablan de que cortó solamente una oreja, en tanto que Latiguillo, refiere que solamente fue ovacionado. A saber.

Fuera de datos estadísticos, esta tarde el terreno quedaba debidamente preparado para la corrida del siguiente domingo, en el que se encontrarían Gaona y Sánchez Mejías con toros de Atenco y San Diego de los Padres. En esa tarde se iniciaría una muy interesante competencia entre ambos, que trascendió a los tendidos y que le agregó un ingrediente de interés a esta temporada de reapertura.

Y, para terminar

Recurro de nueva cuenta a Latiguillo que resume el festejo de esta manera:

La de ayer sí fue una competencia entre esos dos lidiadores que cultivan el mismo género emotivo e impresionante de torear... Y si Sánchez Mejías, ayer, como el día de su debut, nos puso en un sobresalto constante, Juan Silveti, en más de una ocasión nos mantuvo el resuello en suspenso y nos hizo sentir en las carnes ese estremecimiento que es a modo de augurio de tragedia...

Los toros son sol y sombra, triunfo y sangre, vida y muerte... Así lo hacen patente los toreros en el ruedo, unas veces de manera más evidente que otras, como esta que intento contarles el día de hoy.


domingo, 21 de diciembre de 2025

Dalí en los toros

Cortesía: Joaquín Albaicín
A finales de 1960, al hacerse público que Salvador Dalí y su esposa Gala habían llegado a un acuerdo con el Museo del Prado para que todas sus pinturas, dibujos y otras creaciones artísticas pasaran al Museo del Prado después de su muerte, Ramón Guardiola, el alcalde de Figueras se entrevistó con el pintor para hacerle ver que dada la trascendencia de su persona y de su obra, Figueras debería tener un sitio en dedicado a representar y exhibir la obra de Dalí.

Fue el propio Dalí el que propuso que se rehabilitaran las ruinas de lo que fuera el Teatro Principal o Municipal de la ciudad, casi destruido en las postrimerías de la Guerra Civil, inspirado en lo que se realizó con la Sala de las Cariátides del Palacio Real de Milán, donde unos años antes había expuesto obra y que había sido rescatada de los efectos causados por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

Figueras homenajea a Dalí

El 12 de agosto de 1961 se organizó un homenaje a Salvador Dalí en Figueras, su ciudad natal, con un extenso programa de actividades. Recorrido por las calles, corrida de toros, desfile de cabezudos, visita a las ruinas del teatro que se reconstruiría para instalar allí el museo, la entrega de la Hoja de Higuera de Plata y una cena de gala.

La corrida de toros

La decimonónica plaza de toros de Figueras, en esos días todavía de propiedad privada, se engalanó con un cartel formado por Curro Girón, Fermín Murillo y Paco Camino, quienes enfrentarían un encierro de Molero Hermanos, de Valladolid. Aunque la tarde fue ventosa, los toreros pudieron tener actuaciones destacadas. Relató el corresponsal de El Ruedo, en el número fechado el 17 de agosto siguiente:

En Figueras, la bella ciudad del Ampurdán, se celebró una corrida en homenaje del genio pictórico de Salvador Dalí, que hizo de las suyas a lo largo de la corrida y al término de la misma... Curro Girón realizó en su primero una faena valerosa y porfiona, para despacharlo de una gran estocada. Al cuarto le toreó de forma superior a la verónica, le banderilleó entre ovaciones y le cuajó una excelente faena que mereció los honores de la música y le valió dos orejas y rabo… Fermín Murillo tuvo el lote menos apto para el lucimiento. En ambos peleó contra el viento y el pésimo estilo de sus enemigos, a los que realizó dos valerosas y expuestas faenas, que fueron premiadas con música y grandes ovaciones. Pero la espada no estuvo certera y lo que pudo ser triunfo de orejas quedó en ovaciones… Paco Camino dejó la impronta de su arte en unos lances maravillosos. Con la muleta, dos grandiosas faenas, en las que la mano izquierda entró en funciones con un toreo al natural que entusiasmó a propios y extraños. Mató a su primero dé estocada y hubo premio de dos orejas y rabo, y al sexto, de estocada y descabello, pero como quiera que el puntillero le levantase en tres ocasiones el toro, todo quedó en vuelta triunfal...

En varias publicaciones se refiere que, a petición de Dalí, se pretendía que los despojos del último toro de la tarde fueran levantados por un helicóptero y depositados en el mar o en los picos de Montserrat. Refiere el redactor de El Ruedo:

Muchas, veces Dalí – que se hace el quite de la pintura buscando por medios pintorescos las páginas gráficas de los semanarios – ha sido atraído por la fiesta de les toros. Aún recordamos aquella corrida proyectada para ser celebrada en Lima, a cuyo final un autogiro izaría el cadáver de un toro sobre el pico más alto de los ingentes Andes. La versión andina cedió paso a la versión mediterránea - ninguna de las cuales vio la luz - y los Andes fueron sustituidos en el proyecto por los picos de Montserrat...

Al final de cuentas, el helicóptero, que debió llegar desde una población francesa cercana, no llegó y el fin de fiesta sugerido y previsto por el pintor no se pudo producir, pero hubo un final adecuado a su personalidad, el estallido de un toro esculpido en yeso, por los artistas belgas Niki y Saint Phalle y Jean Timbuyill, mismo que estuvo a punto de causar un desaguisado, pues las chispas de uno de los cohetones casi le queman la cara. Relata el corresponsal de la Hoja del Lunes de Barcelona:

El primer cohete de la traca fue a dar, precisamente, en el ojo izquierdo de Dalí, que no se había movido de su sitial en la presidencia... A la salida de la plaza, abriéndose paso entre la muchedumbre, compuesta de turistas extranjeros en su mayor parte, una vistosa comitiva recorrió las calles de Figueras....

Y por su parte, refiere el corresponsal del diario madrileño Pueblo:

Esto no fue obstáculo para que, durante la desintegración del toro de yeso, lleno de cohetes, bengalas, fuego y una paloma viva que emprendió el vuelo ante el entusiasmo de los asistentes, Salvador se cubriera la cabeza con un gran pan de los denominados de “pages” para protegerse de los petardos y recibir, de paso, una gran ovación del público...

Fragmentos de una entrevista

Juan R. Vila, de la Hoja del Lunes de Barcelona, tuvo la oportunidad de entrevistar a Salvador Dalí ese día. Y le dio algunas respuestas muy interesantes:

- ¿Qué significado tenía el «toro sorpresa», sacrificado al final de la corrida daliniana?

- El alquitrán, que lanzaba a chorros, significa lo que de momento es blando y luego se endurece. Esto es la vida misma, que es así.

- ¿Y el fuego?

- El fuego que el toro despedía expresa el vigor, y da el tono de rito sagrado a lo que es la corrida de toros.

- ¿Sigue con la tauromaquia?

- Continúo haciendo bocetos sobre ella. Siempre me renuevo. Ahora pienso renovar mi forma de pintar. Yo siempre estoy en renovación.

- ¿Entonces, lo que ha hecho y hace, no es definitivo?

- Definitiva en sí es la idea; la expresión es variable. Como soy un genio, seis veces por minuto se me ocurre una genialidad...

Esas pocas respuestas pintan de cuerpo entero a Dalí.

Las corridas de homenaje

En varios de los textos periodísticos que he podido consultar se hace referencia al festejo como corrida daliniana, pero lo fue por el personaje en cuyo honor se celebró, porque al final de cuentas, como lo señala el redactor de El Ruedo, fue una corrida seria y al uso, es decir, no hubo ni vestidos de torear estilizados especialmente al efecto, ni intervenciones absurdas en la plaza para darle más efecto al evento. En suma, no se trató de una de las hoy en día tan traídas y llevadas corridas temáticas que tanto abundan y que tan poco aportan.

Por otra parte, aunque en su día y con vista hacia la taquilla, la confección del cartel puede considerarse como redonda, a veces ese tipo de festejos debieran formarse en función de la idiosincrasia del homenajeado, que será quien llevará a la afición a los tendidos. Escribe Joaquín Albaicín:

...creo que lo suyo habría sido confeccionar los carteles con espadas gitanos y mexicanos, que – con excepción de “El Platanito” y “El Cordobés” – han sido los únicos toreros destiladores de un arte afecto al surrealismo. Haber, sí, traído como fuese desde su retiro en Texcoco a Silverio, o al Procuna aún en activo, o hacer reaparecer para la ocasión a un “Rafael Albaicín” entonces a caballo por los “spaghetti – westerns” de Almería o a un “Gitanillo de Triana” al frente de su tablao madrileño. Y llamar a Yul Brynner para pedir la llave de la plaza… Y “Manitas de Plata” tremoleando desde un palco. Pero no se hizo...

Es decir, los toreros que rinden el homenaje, deben ser coincidentes con el ser y con la personalidad del homenajeado – vamos, de la misma cuerda –, de modo tal que éste sea más profundo y más sentido por todos.

Aviso Parroquial: Agradezco a Joaquín Albaicín el haberme puesto sobre la pista de este asunto y de la imagen que ilustra estos pergeños.

domingo, 14 de diciembre de 2025

14 de diciembre de 1963: Manuel Capetillo se presenta en la plaza Santamaría de Bogotá


Joselillo de Colombia – civilmente José Edgar Zúñiga Villaquirán – es, con poco margen para la discusión, uno de los integrantes de la terna de figuras principales de la torería colombiana junto con Pepe Cáceres y César Rincón. Doctorado en el año de 1953 en Lorca, Murcia, fue quizás el primero de los toreros de su tierra en hacer campañas completas en ambos lados del Atlántico. Confirmó su alternativa en Madrid el 12 de octubre de 1956 y en la Plaza México el 8 de mayo de 1960.

En México encabezó el escalafón, junto con Juan Silveti y Alfredo Leal el año 1963, toreando 33 festejos, de los cuales cuatro fueron en la Plaza México, abriendo la puerta del encierro en uno de ellos. Se presentó además en plazas como Guadalajara, Tijuana, Ciudad Juárez y San Luis Potosí. Se despidió de los ruedos el 8 de marzo de 1964 en Cali, su lugar de nacimiento, aunque dos años después volvería a los ruedos para torear esporádicamente en Colombia, hasta el año de 1975.

El fuerte de la actividad de Joselillo de Colombia dentro de la fiesta, desde un poco antes de esa primera despedida se desarrollaría en los despachos. Constituyó una entidad denominada Empresa Zúñiga que tuvo la ocasión de llevar plazas como la Santamaría de Bogotá o La Macarena en Medellín y organizar en ellas dos de las principales ferias del verano austral en Colombia, ocurriendo en una de ellas, los hechos que intentaré rememorar el día de hoy. 

La feria decembrina en Bogotá el año 63

La Empresa Zúñiga se propuso, con tiempo, ofrecer a la afición de la capital colombiana un conjunto de combinaciones que atrajeran al público a la plaza. Así, desde un par de meses antes, dio a conocer la composición de esos carteles de acuerdo con una información aparecida en el semanario El Ruedo fechado el 17 octubre de 1963:

De Colombia llegan noticias de estar casi ultimados los carteles de las más importantes ferias. Por lo que se refiere a la plaza de la capital colombiana, su empresario "Joselillo de Colombia", ha dado las siguientes combinaciones de toreros, con ganado a designar:

1 de diciembre: Andrés Vázquez, “Vázquez II” y “El Cordobés”.

14 de diciembre: “Joselillo de Colombia”, Capetillo y “El Cordobés”.

15 de diciembre: “Joselillo de Colombia”, Capetillo, Andrés Vázquez, “Vázquez II” y “Miguelín”.

El día 22 de diciembre se lidiará una corrida extraordinaria. Los toros serán colombianos, con la excepción de una corrida salmantina de Alipio Pérez T. Sanchón…

Al anuncio de octubre se le añadirían los nombres de El Cordobés y Manolo Zúñiga en la corrida del 15 de diciembre, para completar a siete espadas en el mismo y dentro del capítulo de vicisitudes, en el número de El Ruedo salido a los puestos el 5 de diciembre, se relataba que había dificultades para autorizar la importación de los toros españoles para esas corridas decembrinas, pero que se esperaba que se resolvieran para las de la tradicional feria de febrero. La cuestión era que los toros ya estaban en Colombia, en la zona de resguardo aduanal, sin posibilidad de poder reponerse adecuadamente y aclimatarse en la medida de lo posible.

Por otra parte, en una excelente medición del buen ambiente que había en torno a las cuestiones taurinas en Bogotá, Joselillo de Colombia ofreció a la afición una corrida extraordinaria el día 8 de diciembre, con un cartel formado por Andrés Vázquez, Miguel Mateo Miguelín y Manolo Zúñiga, quienes lidiaron triunfalmente un encierro nacional de Vistahermosa de don Francisco García. De esa manera no se rompió la continuidad del serial y se mantuvo el interés por los dos festejos que cerrarían ese ciclo a la siguiente semana.

La presentación de Manuel Capetillo en Bogotá

Resulta de cierto interés el advertir que a quien don Alfonso de Icaza Ojo llamara El Mejor Muletero del Mundo, apenas se presentara en la capital de Colombia hasta 15 años después de haber recibido la alternativa. Sus compañeros de promoción habían actuado en plazas de la América del Sur ya mucho tiempo antes, y de ellos, era quizás el único pendiente de dejarse ver por aquellos pagos.

El cartel en el que actuaría por primera vez en la plaza Santamaría tenía visos de redondez, porque lo completaban quien en ese momento era la primera figura de la nación colombiana, Joselillo de Colombia y el torero más discutido e interesante del llamado planeta de los toros en ese momento: Manuel Benítez El Cordobés, enfrentándose la terna a un encierro de toros formado por reses de la ganadería española de Alipio Pérez Tabernero Sanchón y de la nacional de Clara Sierra.

La actuación de Capetillo se saldó, en esta presentación, con un saldo que podríamos calificar de regular. En la crónica del doctor Manuel Piquero Picas, aparecida en el diario El Tiempo de Bogotá al día siguiente de la corrida, se resume en lo siguiente:

Debutaba hoy en nuestra plaza Manuel Capetillo, el torero de México de mayor cartel. Se anuncia como “el mejor muletero del mundo”, pero esto debe ser algo que está dentro de la cursilísima campaña de “haga usted sonreír a un niño”. Pero quitando este “eslogan”, lo vimos ayer como un excelente torero con el trapo rojo, mandón y dominador. La faena en su segundo la realizó a los acordes de la música y a base de pases con la derecha larguísimos, mandando una enormidad y pases con la zurda verdaderamente buenos. El torillo se le cayó varias veces, por desgracia, pero Capetillo supo dejar la mejor impresión en este enemigo. Poco pudo hacer en el otro, áspero y bronco, despachado de una atravesada y otra mejor puesta. Las opiniones se dividieron...

Por su parte, Germán Castro Caycedo, corresponsal del semanario El Ruedo, en el número fechado el 26 de diciembre de 1963, resume así la actuación de Manuel Capetillo:

El de Méjico abre con un toro manso, de Alipio Pérez Sanchón, que recibe los palos negros y se torna difícil por ambos lados. En faena descompuesta, sin sitio ni coordinación, hace que sean los pitos quienes abran plaza. Dos estocadas acaban con la pesadilla que será olvidada en el cuarto toro, bueno, tanto en varas como para los de a pie. Los largos muletazos por bajo, sin cuidar al animal, que rapta buena parte de la lidia, encuentran eco en los tendidos y a juzgar por el movimiento de su cuerpo nadie dudará que hay un torero mejicano en el ruedo que liga y templa y hace aplaudir y mata sin puntilla y da vuelta al ruedo...

Como podemos deducir, al doctor Piquero no le pareció el remoquete que le concedió al torero de Guadalajara don Alfonso de Icaza, pues lo califica de cursi, y de lo escrito en las dos relaciones, se advierte, en la brevísima descripción que se hace de la faena al cuarto de la corrida, la esencia de su hacer con la muleta, es decir, la inusitada extensión que daba a los muletazos con ambas manos. El problema es que cuando el toro se cae, la fiesta lo hace junto con él y poco es lo que se puede lucir así. Ya tendría una nueva oportunidad Capetillo al día siguiente.

La actuación de El Cordobés

El Cordobés tuvo una tarde de contrastes. En su primero entusiasmó a la concurrencia, pero en el que cerró plaza, la concurrencia le tomó a mal que no aceptara poner banderillas y se le puso a la contra. Sigue contando el cronista:

...el público resolvió derribar al ídolo y se engañó con él, quizás con el pretexto de que no había querido banderillear. Parece que esta suerte la practicaba de novillero y para las películas en que toma parte. Pero ya de matador no toma los palos, como tampoco lo hicieron muchas otras figuras del toreo (Manolete, Belmonte, Domingo Ortega). Pero es sin duda injusto basar tan fuerte protesta por esa falla de “El Cordobés”. El muchacho se desconcertó ante la bronca y después de intentar una faena que tuvo varios pases de gran aguante, abrevió y de media despachó al último de don Alipio, que tenía casta y alegría. La bronca arreció y el público por fin respiró tranquilo...

Al parecer, los parroquianos confundieron al Manuel Benítez torero, con el Manuel Benítez actor que conocieron antes en las películas Chantaje a un torero y Aprendiendo a morir, que se proyectaron en varias salas de Bogotá como avance a la presentación del torero el primero de diciembre. Y en el pecado, El Cordobés llevó la penitencia.

Joselillo de Colombia la gran faena, pero sin espada

La faena de la tarde la realizó José Zúñiga al segundo de la tarde. Pudo llevarse la oreja del toro, pero anduvo fatal con la espada toda la corrida y dejó ir la oportunidad de alzarse como el triunfador numérico del festejo. Narró Picas en su crónica:

Joselillo es un caso de valor y casta ante el cual tienen que rendirse sus más enconados enemigos; muchos años de matador de toros y cada día con más decisión, más deseos de triunfar y más conciencia en todo lo que ejecuta. Su tarde de ayer lo acredita como un auténtico “caso2 dentro de la fiesta en Sudamérica... Su primer toro fue muy bueno y dócil; pero el caleño supo torearlo con tanto arte, mando y maestría que levantó la más fuerte ovación durante toda la faena de muleta. Ligó los pases más bellos con la izquierda, los derechazos más centrados y toreros que le hayamos visto y al grito de ¡torero! ¡torero! prosiguió lidiando, cada vez con más justeza y con mayor arte. Falló con la espada, pero muchos pañuelos pidieron la oreja. Que bien la merecía por esa faena que tuvo aún más mérito para los buenos aficionados que aquella inolvidable del mes de septiembre...

Durante la suerte de varas de su segundo, Joselillo sufrió una herida en el cuero cabelludo de unos 6 centímetros de extensión, que le provocó abundante sangrado, que no le impidió continuar la lidia, pero que ameritó su ingreso en la enfermería al terminar la lidia del quinto toro de la tarde.

Presencia presidencial en la plaza

Eran otros días, la fiesta de los toros no llevaba en sambenito de la incorrección política y cualquier personaje público podía asistir a la plaza sin temor a ser señalado y vilipendiado por ello. Ese fue el caso del entonces Presidente de la República, doctor Guillermo León Valencia, quien, sin complejos ni temores, asistió ese sábado a los toros:

A las cuatro menos diez apareció en el palco presidencial, acompañado de varios ministros, nuestro presidente, doctor Valencia. Hubo cariñosa y general ovación. Hacía mucho que un mandatario colombiano no asistía a la plaza de toros. Siguió la corrida con interés de buen taurófilo y lo vimos pedir la oreja para “El Cordobés”. ¡Cómo se siente uno bien con un presidente sencillo, cordial, sin “pos” de genio y tan compenetrado con su pueblo! …

Así, leemos, el Presidente asistió a los toros, la atendió con interés y externó su parecer conforme iba avanzando la lidia. Así debiera ser siempre.

domingo, 7 de diciembre de 2025

7 de diciembre de 1947: Carlos Arruza y Zorrito de La Punta en El Toreo de Cuatro Caminos

Carlos Arruza
Visto por Carlos Ruano Llopis

La primera temporada en forma de la Plaza México fue la 1946 – 47, y con el coso ya propiedad de don Moisés Cossío, el encargado de organizarla fue don Antonio Algara, quien pronto tuvo diferencias con el propietario y no concluyó el ciclo al frente de los asuntos del coso, que fueron concluidos por el señor Fernando Hernández Bravo, con la asesoría de Lorenzo Garza. Para el siguiente ciclo, el 1947 – 48, tomó en arrendamiento la plaza don Tomás Valles Vivar, quien en agosto de 1946 había terminado su encargo como Diputado Federal por el primer distrito electoral del Estado de Chihuahua y probablemente buscaba posicionarse para la próxima elección de gobernador de su estado natal, manteniendo su presencia en el ambiente taurino en el imaginario colectivo.

Por otra parte, se anunció que el 23 de noviembre de 1947 se inauguraría el nuevo Toreo de Cuatro Caminos, edificado a partir de la estructura de la plaza que estuvo en la colonia Condesa y que se derribó iniciado ya el año 1946, y que después de ese festejo de apertura se ofrecería a la afición una temporada de corridas en toda forma. A cargo de esa plaza estaba nada menos que el nombrado Antonio Algara, quien fue el encargado también de organizar el último ciclo de toros en el Toreo de la Condesa.

Escribe Daniel Medina de la Serna:

La antigua plaza El Toreo de la Condesa había sido desmantelada, su terreno algún día lo iba a ocupar El Palacio de Hierro y su armazón fue transportado, para ser levantado de nuevo en Cuatro Caminos, en la jurisdicción del Estado de México, a unos cuantos metros afuera del Distrito Federal buscando conveniencias fiscales... Antonio Algara, que al parecer tenía cierta aversión a la plaza de la Ciudad de los Deportes, dejó la gerencia de ésta en manos del político chihuahuense Tomás Valles para irse a la del Nuevo Toreo o Toreo de Cuatro Caminos... y para conseguir toreros se fue a España, con la idea de hacer gestiones para arreglar lo del rompimiento, lo que no consiguió pero regresó con los contratos de Carlos Arruza, Carlos Vera "Cañitas", Fermín Rivera, Antonio Velázquez, Antonio Toscano y los de los portugueses Diamantino Vizeu y Manolo dos Santos; al volver a México se apalabró con “Armillita”, Garza, Silverio, “El Soldado”, Jorge Medina y “Joselillo”. Tomás Valles, en cambio, que se quedó aquí, no había hecho gestiones ni había tenido tratos con ninguno de estos toreros; así que para su temporada solo tenía lo que a Algara no le había interesado... La única figura con que contaba el norteño era Luis Procuna...

Tomás Valles pagó el noviciado en esta su primera incursión en la organización de festejos taurinos, y sobre todo, porque tendría que enfrentar a un hombre muy avezado en estas lides, como lo era Tono Algara, quien tenía un largo trecho ya recorrido en esa actividad y además el conocimiento de las distintas personalidades de los diestros con los que tenía que tratar.

La segunda corrida de la temporada 1947 – 48 en Cuatro Caminos

Tras de la corrida inaugural, que poco más que la efeméride dejó para la historia, se hizo un receso de una semana, para dar paso a la temporada de festejos consecutivos, que sumarían un total de quince, entre ese 7 de diciembre de 1947 y el domingo 14 de marzo de 1948. 

Ese festejo primero, anunciado como segundo de la temporada, se compuso con un encierro de La Punta, para Fermín Rivera, Carlos Arruza y Antonio Toscano. Al final de cuentas, solamente se lidiaron cinco de los toros de la ganadería titular, porque el primer toro de la tarde se partió un pitón al rematar de salida en un burladero y debió ser sustituido por uno de Pastejé.

Por su parte, la Plaza México interrumpió su temporada por, se dijo, la necesidad de realizar unas obras en el ruedo, pero la prensa del momento, afirmaba que la realidad era que las exiguas entradas parecían desanimar al titular de la nueva empresa.

Carlos Arruza y Zorrito de La Punta

Los toros de La Punta y el sustituto de Pastejé fueron complicados, por ser mansos y algunos, además, por sacar genio. Eso impidió, en general, el lucimiento por parte de los diestros. Pero siempre queda la vía de la épica, de la epopeya. Y con Zorrito, el quinto de la tarde, Carlos Arruza quiso demostrar por qué era en ese momento la principal figura del toreo mexicana en el mundo. Así describió su actuación esa tarde Ricardo Colín Flamenquillo para el semanario La Fiesta:

Gracias pues, Carlos Arruza por esta tarde inolvidable, y por haber vuelto inmediatamente, a situar la fiesta que nosotros amamos con los cinco sentidos, en la línea recta, sencilla, escueta y varonil en la que la dejó el inolvidable desparecido. ¡Muchas gracias! Dobló el quinto toro – el del escándalo triunfal e imborrable –, y Carlos Arruza, ajeno al ambiente exterior, siguió en su propia y admirable lucha. Con el acero que acababan de extraer del poderoso morrillo golpeó dos veces los belfos del enemigo, difícil y encastado, mascullando su rabia de torero que logra el éxito derribando las murallas de lo imposible. Había planeado contra el destino encarnado en aquel burel, a todas luces impropio para la gran faena, y lo había vencido al fin, heroicamente, tumbándolo a sus plantas como fulminado por un rayo. Mientras México entero se le entregaba gritando ¡Torero! ¡Torero! Le trajeron las dos orejas, pero el público sintió, entendió más que entendió el homenaje era exiguo para la hazaña y obligó al joven e inexperto Juez de Plaza a que diese la orden de que un subalterno se adentrase en el destazadero para reaparecer con el rabo en la mano y entregárselo al extraordinario lidiador, que recorría ya el anillo al compás redoblado de una de esas ovaciones que se graban para siempre en el recuerdo. El toro entero le podrían haber dado y aun se antojaría pequeño el premio. No solo por lo realizado con él, sino por todo lo que ello traía aparejado. Es esta una de las ocasiones en las que el crítico se resiste a reproducir las proezas que sus ojos captaron sobre el círculo mágico del redondel, porque las palabras no son el material – al menos en sus manos aún crispadas por la fiebre del aplauso –, capaces de pintar la grandeza del espectáculo. Se siente, pero no se canta, jamás, en toda su dramática hermosura, el crispante espectáculo de una tempestad. Así sucede cuando meditamos en la fuerza positivamente ciclónica de la faena de Carlos Arruza al quinto astado de La punta, bautizado en las dehesas con el nombre de “Zorrito” y al cual no pudo torear a gusto con el capote, ni banderillearlo como él sabe, a excepción hecha del segundo cuarteo, por la difícil lidia que iba ya desarrollando. A la muleta llegó el burel hecho un garlito. Tardo y probón en la embestida, y congestionado de la vista. Era el toro de la faena de trámite, al que la gente, quizás, hasta agradece, que se le despache después de unos cuantos muletazos de pitón a pitón, con una estocada habilidosa. Y fue por ello, justamente, que surgió lo maravilloso e inesperado al pararse Arruza en el tercio para dibujar tres ayudados por alto de incopiable sencillez, precursores de lo sobrenatural. Aquel situarse en terrenos que humanamente se antojaría imposible pisar, para obligar al peligroso enemigo a pasar con lentitud en torno a la cintura en naturales inverosímiles, cuantas veces le vino en gana, sujeto al imperioso mandato de su torerísima voluntad. Y luego, la estocada, sin trampa ni cartón y la apoteosis que situó la tarde del domingo 7 de diciembre de 1947 entre las más destacadas efemérides de la tauromaquia...

La relación de Flamenquillo refleja, sin duda, que, desde el punto de vista del escribidor, se percibió esa sensación de peligro que genera el enfrentar a un toro que sale con la disposición de entregar a un precio alto su existencia. Y también, que se percibió que el torero, poniendo la inteligencia y el valor por delante, se impuso a las reacciones de fuerza e instinto del toro, hasta llegar a dominarlo totalmente, subyugando a la concurrencia, quizás no tanto por la excelsa y sutil belleza de lo allí creado, sino por la verdad que se apreció en el hacer de Arruza.

El primer rabo otorgado en Cuatro Caminos

La misma crónica de Ricardo Colín deja entrever que la faena de Carlos Arruza dejó en los tendidos y en el palco de la Autoridad un cierto estado de estupefacción, superado primero por la concurrencia y al final por el Juez de Plaza – de joven e inexperto lo califica el cronista – se mandó traer del destazadero el rabo del punteño, ya cuando Arruza daba la vuelta al ruedo, entre el regocijo de todos. Era el primer rabo que se otorgaba en la nueva plaza y detrás de él se otorgarían apenas otros 35 en toda su historia. Carlos Arruza se llevaría tres de esos, uno más al domingo siguiente y otro varios años después, ya como torero de a caballo.

El resto de la corrida

De acuerdo con la crónica de la agencia France Presse (AFP), el resto de la corrida tuvo el siguiente resultado:

Fermín Rivera el primer espada, inició con una faena variada a base de derecha con pases de todas marcas, muy artista, aunque no llegando a tener grande emotividad en su toreo... en su segundo fue mejor la faena con más hondura torera, pero entrando mal al matar, no la coronó... Antonio Toscano cargó con el hueso y con la mala suerte. A su primer toro manso, hizo todo lo posible por aguantarlo y al matar cobró un golletazo que le fue pitado. A su segundo y último de la tarde, otro mansurrón, tampoco logró nada Toscano, solo el ponerse pesado con el estoque y volver a oír pitos...

Como se puede ver, el mal juego de los toros condicionó el resultado general de la corrida, solamente la entrega de Arruza, fue lo que salvó la tarde.

Corolario cooperativo

Al final de cuentas, las fuerzas vivas no se podían permitir el naufragio de la Plaza México. Con sus pausas, se dieron en ella 17 corridas en esa temporada y actuaron en ella toreros del elenco de El Toreo como Antonio Velázquez, Fermín Rivera, Carlos Arruza, Silverio Pérez, Alfonso Ramírez Calesero, Ricardo Torres y Jorge Medina, así como Luis Procuna, originalmente contratado para Insurgentes, también se presentó en El Toreo. No por nada, la Plaza México era y es, la plaza de toros más importante del país.

Aviso parroquial: Los resaltados en la crónica de Flamenquillo son obra imputable exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en su respectivo original.

domingo, 30 de noviembre de 2025

De algo tienen que morir los hombres

30 de noviembre de 1968: el encuentro entre Joselito Huerta y Pablito de Reyes Huerta

El Toreo de Cuatro Caminos
Imagen: Héctor García

La temporada de novilladas de 1968 concluyó hasta el 17 de noviembre de ese calendario, constó de 31 festejos que corrieron entre el 31 de marzo y ese tercer domingo del penúltimo mes del año de los XIX Juegos Olímpicos. El arranque de la temporada grande requería de un espacio de tiempo, por lo que éste se aprovechó para ofrecer a la afición lo que se anunció como la III Gran Feria de México, que correría entre el 20 de noviembre y el 3 de diciembre de ese año del 68 y que tendría como grand finale, la Corrida Guadalupana a celebrarse el día 12 de diciembre. 

El elenco de toreros en el que descansaba la feria era en Joselito Huerta y Raúl García, como las figuras mexicanas consolidadas y las figuras emergentes representadas por Raúl Contreras Finito, Manolo Martínez, Eloy Cavazos, Jesús Solórzano y Curro Rivera. Completaban los carteles los diestros hispanos Diego Puerta, Palomo Linares, Miguel Márquez y Manolo Cortés. Estos toreros enfrentarían toros de Jesús Cabrera, José Julián Llaguno, Reyes Huerta, Torrecilla, Pastejé, Tequisquiapan, Mimiahuápam y Javier Garfias

Refiere Daniel Medina de la Serna, acerca de este serial:

La temporada chica terminó el 17 de noviembre y la Plaza México no volvió a abrir sus puertas hasta el 5 de enero para iniciar la temporada de toros; en el interín se dio en El Toreo una feria de ocho corridas (entre el 20 de noviembre y el 3 de diciembre), en la que se lidiaron toros chicos, hubo manga ancha por parte del juez, Carlos Gudiño, para la concesión de apéndices y las entradas fueron más bien raquíticas a excepción de las últimas corridas, con carteles de triunfadores...

En algún sitio de esta misma Aldea he comentado que la afición de la capital mexicana no se adapta a las ferias con festejos en días continuados, sino que su afección es a las corridas de temporada, de domingo a domingo, como toda la vida. En esta feria del 68, los siete festejos que se dieron de manera continuada – el del 12 de diciembre se pospuso – se dieron dos en sábado, dos en domingo, y una en los días lunes, martes, miércoles y jueves. Creo que resulta complicado en una ciudad como la de México, acudir a los toros entre semana, sobre todo, cuando se trata de días laborables, de allí que las ferias taurinas no hayan arraigado en ella.

La cuarta corrida de la feria

Para el sábado 30 de noviembre de 1968 se anunció un encierro de don Reyes Huerta, que sería lidiado por Joselito Huerta, Palomo Linares y Eloy Cavazos. El fin de semana anterior, Huerta había cortado una oreja algo discutida por una riñonuda faena al toro Aceituno de José Julián Llaguno, mismo que regaló, intentando salvar los muebles en un festejo que naufragó por el pésimo juego de la corrida titular de Pastejé, así que traía una espina clavada y el deseo de sacársela. Eloy Cavazos, por su parte, había cortado una oreja una semana antes, con el beneplácito de la concurrencia y Palomo Linares se presentaba en el serial.

Esos fueron los mimbres con los que se construiría una historia que casi terminaría en una tragedia.

Pablito, cuarto de la tarde

La corrida iba en caída libre. Como lo narró brevemente Medina de la Serna, el poco público que acudió a la plaza de Cuatro Caminos estaba ya de uñas. Las crónicas del festejo refieren que el abreplaza estuvo aceptablemente presentado, pero los dos que le siguieron, no tenían la presencia necesaria para ser jugados en una corrida de toros. Entonces, para Joselito Huerta, ese segundo toro de su lote representaba el volver las cosas a su orden, al precio que fuera, habida cuenta de que, ya solamente le quedaba, en el papel, un toro en la feria, en la corrida del 3 de diciembre, donde se disputaba el trofeo Azteca de Bronce.

Así pues, salió dispuesto desde el inicio a dejar la vida en el ruedo, con tal de refrendar su calidad de figura del toreo y también, de revertir el desplome de una tarde que parecía ya estar perdida en cuanto a la posibilidad de un resultado exitoso. Escribió don Manuel García Santos en su crónica para el diario El Sol de México salido al día siguiente del festejo:

Cuando vio José que el público no reaccionaba con el buen toreo, por hacerse éste con la becerrada que envió el señor don Reyes Huerta, buscó emocionar a la plaza con un toreo dramático. Con un toreo comenzado con dos faroles de rodillas al cuarto toro, lleno de rabia y aguante el segundo, por haberlo arrollado “Pablito” en el primero. A partir de ahí, verónicas apretadas y ceñidísimas a pies juntos. Gran quite por fregolinas. Y la decisión, retratada en el semblante, de buscar el triunfo costara lo que costare cuando con la espada y la muleta pidió que le cerraran al toro en tablas. Se arrodilló José. Se abrió el toro. Quedó cruzado con el torero... Aguantó José la dramática situación… La cornada fue impresionante, seca, brutal, y el diestro de Tetela, el torero de más oficio que tiene México, salió lanzado a gran altura. Cuando acudieron en su socorro pudo apreciarse que tenía una cornada penetrante de vientre con salida de intestinos...

Por su parte, Juan Pellicer Cámara – firmando como Juan de Marchena – relata en su tribuna del diario deportivo Esto, lo siguiente:

Huerta salió a buscar las palmas sin detenerse ante nada. Casi se metió al callejón de toriles para esperar de rodillas al astado, con una larga afarolada un tanto atropellada. Al hilo de las tablas volvió a hincarse para un farol apretadísimo y se incorporó para veroniquear, sin la menor enmienda, a pies juntos y rematar con media ceñidísima… Un puyazo, el único tumbo de la tarde y quite de José por fregolinas, en las que el cornudo se enroscó a la cintura del torero más que su propio capote. Otro puyazo y feísimas, pueblerinas gaoneras de Palomo. En el segundo tercio vimos como el de Reyes Huerta se quedaba en la suerte… Momentos antes de iniciarse la faena de muleta, el bicho quiso saltar al callejón. Huerta, en busca del triunfo, buscando el peligro, se arrodilló de espaldas a las tablas y acudió gazapeando el manso que de pronto frenó, hasta colocarse frente al torero, quien quedó materialmente atrapado, sin salida. En cuanto sintió la presa segura acometió el de Reyes Huerta y empitonó a José, lanzándolo por los aires, a gran altura, como un trágico pelele. La cogida fue impresionante. En brazos de las asistencias el torero de Puebla fue llevado a la enfermería...

La irreductible voluntad de triunfo y la hombría de Joselito Huerta le llevaron a sufrir un percance que, a simple vista, dejaba en claro su gravedad. Tras de la primera intervención, realizada en la enfermería de la plaza, el equipo médico integrado por los doctores Xavier Campos Licastro, Xavier Ibarra hijo, José y Tirso Cascajares, Quijano Méndez y Gustavo Zárate, rindieron el siguiente parte facultativo:

Cornada penetrante de vientre, situada en la línea media del hipogastrio, tiene una extensión de diez centímetros de longitud, presentando hernia de epiplón. Al intervenirse quirúrgicamente se encontró, además, herida de diez centímetros en el peritoneo, contundiendo y descubriendo la arteria ilíaca derecha; herida del músculo psoas ilíaco con extensión de ocho centímetros y herida en la cara externa de la vejiga en extensión de siete centímetros, que interesó peritoneo y músculo. Estas lesiones, por su naturaleza, son de las que ponen en peligro la vida. El herido ingresó en la enfermería bajo shock traumático. Durante la intervención se le aplicó una transfusión de 500 c.c. y se le aplicó suero.

Tras de la intervención, Joselito Huerta fue trasladado al sanatorio Las Américas para continuar con su tratamiento, cuya evolución inicial pareció ser favorable, llegándose incluso a darle el alta hospitalaria para que terminara de restablecerse en su domicilio, pero como sucede en muchos casos de cirugía de la masa intestinal, desarrolló una condición llamada íleo paralítico postoperatorio, que requirió su reingreso al hospital y una nueva intervención quirúrgica. Menciona el semanario El Ruedo fechado el 24 de diciembre de 1968:

En los días prenavideños ha sido una preocupación para los aficionados taurinos el estado de extrema gravedad de Joselito Huerta, que, como se recordará, fue herido en el vientre por un toro, en la plaza de El Toreo, el pasado día 30 de noviembre... El estado del paciente obligó a hacer una segunda intervención quirúrgica el pasado día 19. Ello hizo que los periódicos mejicanos destacasen, en grandes titulares, el estado de Joselito con matices pesimistas, aunque los cirujanos que le intervinieron mantenían la esperanza de que el diestro superaría la crisis... El día 21 se inició una mejoría, y los médicos, que temían tener que operarle por tercera vez, descartaron la necesidad de intervenir de nuevo...

Y ya no le intervinieron por tercera ocasión, recuperó su motilidad intestinal y paulatinamente recuperó su salud, pero tardó prácticamente once meses en volver a los ruedos, porque su reaparición se dio hasta el 26 de octubre de 1969 en Guadalajara, alternando con Mauro Liceaga y Manuel Benítez El Cordobés y cortó tres orejas esa tarde, saliendo en hombros de la afición tapatía. La realidad es que debió reaparecer la víspera, en Monterrey, alternando con el mismo Cordobés y con Roberto Ortiz El Fotógrafo, pero la corrida se suspendió por lluvia.

El porqué del título de estos apuntes

En su día, el título de estos apuntes ocupó la cabeza de más de un diario en México, y parece una de esas historias que se cuentan una y otra vez y se pierde la noción de su veracidad, pero es la propia esposa del torero la que contó lo siguiente a Ignacio Solares y Jaime Rojas Palacios:

La cornada le ocasionó, entre otras cosas, una peritonitis, una hernia, una oclusión intestinal, una fístula y una salmonelosis. Permaneció retirado de los toros por más de un año, y todavía está sometido a una dieta y a un chequeo médico mensual. ¿Y sabe usted lo que dijo José cuando tenía los intestinos en la mano?: “De algo tienen que morir los hombres”...

Joselito Huerta no murió en la raya, pero sin duda estuvo dispuesto a ello.

La corrida pospuesta

Decía al inicio de estas líneas que la Corrida Guadalupana incluida en el anuncio de la feria se pospuso. La causa fue que Manolo Martínez sufrió una lesión al torear en Quito y el programado mano a mano con Palomo Linares y toros de Javier Garfias se difirió para el día 29 de diciembre siguiente, pero con una modificación en el cartel de toreros, pues al hispano lo sustituiría Eloy Cavazos. Ese festejo sería el último que se daría en el Toreo de Cuatro Caminos, con su fisonomía original, que cerraría sus puertas a los toros hasta el día 15 de octubre de 1994, fecha en la que se volvería a dar una corrida de toros en su ruedo, actuando José Mari Manzanares, Manolo Arruza, Fermín Espinosa Armillita y Pepín Liria ante toros de Vistahermosa, es decir, casi 26 años después.

Hoy, el Toreo de Cuatro Caminos ya es historia y su lugar lo ocupa un conjunto de oficinas y un centro comercial.

domingo, 23 de noviembre de 2025

La redondez de una tarde de toros (II)

20 de noviembre de 1951: Velázquez, Martorell y El Volcán en una tarde histórica en la Plaza San Marcos


La campaña 1951 – 52 fue la primera en México, que podríamos calificar de normal después de que se reanudaran las relaciones taurinas hispano - mexicanas suspendidas desde 1947. Ya en algún otro punto de esta Aldea contaba que el 27 febrero de 1951 se celebraron tres corridas de la concordia en la Plaza México, en Madrid y en Barcelona.

En ese primer capítulo de la concordia, a inicios del año 51, se presentaría en la Plaza México el torero madrileño Curro Caro, quien ya había confirmado en el Toreo de la Condesa y sí confirmaría Paquito Muñoz, también madrileño de Paracuellos del Jarama, pero había en España una interesante generación nueva de toreros que podía ser del interés de la afición mexicana.

Uno de esos diestros de nuevo cuño era el cordobés José María Martorell, que confirmó en la Plaza México el 11 de noviembre de ese 1951 y repetiría a la semana siguiente. Con esos mimbres llegaba a la fecha en la que, la empresa de don Jesús Ramírez Alonso le anunciaría para actuar, el 20 de noviembre, en la Plaza de Toros San Marcos.

La corrida de la Revolución de hace 74 años

La prensa local anunció con revuelo, que, para el martes 20 de noviembre de 1951, se ofrecería a la afición una corrida de toros en la que se presentaría ante la afición local el diestro español José María Martorell, quien alternaría con Antonio Velázquez y Rafael Rodríguez en la lidia de un encierro de la ganadería debutante de don Ramiro González. Refiere la nota previa al festejo, aparecida en El Sol del Centro, el día de la corrida:

Desde ayer, Aguascalientes está viviendo de nueva cuenta uno de esos periodos de enfebrecimiento taurino, similar a los que provocan nuestras corridas de Feria, y en todo semejante a aquellas ráfagas de “taurinismo” promovidas por la revelación y encumbramiento de Rafael Rodríguez… Sí, porque una vez más el tópico de toros está en todas las bocas y hacia el Coso San Marcos se encaminan, presas de ansiedad y de optimismo, las miradas de los hidrocálidos... Sobre Antonio Velázquez, el primer espada, huelgan los comentarios y frases de presentación... Quizás su mejor recomendación constitúyela el hecho de que, a partir de la temporada 1947 – 48, en que Antonio Velázquez dio el estirón, ha venido figurando, con todo derecho, entre los ases del toreo mexicano... Y por lo que a Rafael Rodríguez respecta... lo que vale decir prototipo de valor, de pundonor y de torerismo – a despecho de cuanto digan sus malquerientes – características que lo han enfilado raudamente, por la vía del triunfo, hasta las alturas donde se hallan los ases... La reaparición del hidrocálido tendrá asimismo un aliciente más: nos dará constatar por nosotros mismos el grado de sazonamiento que los aires de la Madre Patria produjeron en el toreo de Rafael Rodríguez...

Así se palpaba el ambiente de esa señalada fecha de nuestro calendario cívico y que, durante mucho tiempo, fue fija dentro de nuestro calendario taurino.

La ganadería debutante

En 1947 don Ramiro González inicia su ganadería en la ex – hacienda de San Cristóbal ubicada en el municipio de Lagos de Moreno, Jalisco, con 50 vacas de Matancillas y sementales de La Punta. Mantiene en pureza esa línea de Parladé vía Campos Varela y Gamero Cívico durante las casi dos décadas en las que estuvo al frente de la vacada. Justamente en el festejo que en este día me tiene ante ustedes, lidiaba por primera vez en público los productos de su crianza. Se presentó en el Toreo de Cuatro Caminos el 8 de febrero de 1964, y en la Plaza México el 19 de septiembre de 1965. Después de varias enajenaciones, su actual titular es la señora Luz María Delgado Medina, cambiando de ubicación a los ranchos El Correo, ubicado en el Estado de Jalisco y Rosas Viejas, sito en el Estado de Aguascalientes, tomando de este último, la denominación con la que actualmente se presenta en las plazas. A partir de 1979, se deja de lado el encaste fundacional, para optar por el mayoritario en el país.

El sumario de una tarde triunfal

Las crónicas que don Jesús Gómez Medina publicó en El Sol del Centro mantuvieron siempre una cierta medida de espacio. En esta oportunidad, la tarde que me ocupa – y espero que a ustedes también –, debió ser verdaderamente emotiva, porque su relación de lo sucedido en ella le requirió publicar su crónica en dos entregas, la primera, aparecida el jueves 22 de noviembre y la conclusiva, al día siguiente, viernes 23. Su resumen es así:

El mejor resumen, la más viva síntesis de la corrida constituyó, a no dudarlo, el gallardo momento en el que los tres espadas, a hombros de los aficionados, paseaban su triunfo en torno a la barrera... ¡Bella estampa torera a cuya realización habían cooperado, de concierto, el hijo de la vieja Iberia, poseedor actual del cetro de los Califas cordobeses del toreo, y los dos vástagos del Anáhuac: el que en su perfil y su estoicismo lleva la herencia de las viejas razas – Antonio el de León –; y, el que, si callado y frágil al parecer, tiene también la audacia, gallardía e indómita del mestizo...! Que tal es Rafael el de Aguascalientes... Y cuando la trilogía de héroes taurinos abandonó la arena, y desde su humano pavés fue a pregonar su triunfo por las calles de la ciudad en silencio, los espectadores – ¡hecho insólito! – permanecían en sus localidades, como si la magnitud de las hazañas de las que habían sido afortunados testigos, obrase a manera de imán reteniéndolos en el escenario de tantas proezas... ¡Una fecha – 20 de noviembre de 1951 –, y tres toreros, Antonio Velázquez, José Ma. Martorell y Rafael Rodríguez, que, con la dócil arcilla de los bichos de Ramiro González – de bravura y nobleza ducales – forjaron una tarde que vivirá permanentemente en el recuerdo de la afición hidrocálida...! … La entrada, sin constituir el lleno absoluto, fue magnífica en ambos tendidos... Bajo tan gratos auspicios inicióse la histórica jornada en que debutó en Aguascalientes la ganadería de Ramiro González, cinco de cuyos astados – suceso verdaderamente excepcional y que nos da la tónica de lo que fue el festejo – volvieron mutilados al destazadero... El otro – el bravo “Tabernero”, que abrió plaza – regresó, en cambio, sin un pitón, circunstancia que impidió, posiblemente, el que la corrida resultase íntegramente triunfal...

Así en principio, esos párrafos dejarían pensar que no hay pega que ponerle a la corrida, que fue un festejo redondo y que aquellos que no contribuyeron con su presencia para que la plaza terminara de llenarse, en su pecado llevaron la penitencia, dejando de presenciar algo que, de la lectura de su relación, puede constituir uno de los grandes acontecimientos ocurridos en los ya casi 130 años de existencia del coso de la calle de la Democracia.

El triunfo de Antonio Velázquez

Ya lo anticipaba don Jesús en el exordio de su crónica, que el primer toro de Antonio Corazón de León se inutilizó y lo que intentó hacer ante él no fue tomado en cuenta por la clientela, por lo que tuvo que recurrir a su indómito carácter con el segundo que sorteó, para salir triunfador. Relata el cronista:

Cuando “Judío” – el cuarto de la jornada – hizo irrupción en la arena, ya habían triunfado rotundamente Martorell y Rafael Rodríguez. El ánimo del leonés se encontraba en tensión y toda su casta, todo su pundonor presto a lanzarlo a la conquista del difícil triunfo. Porque “Judío”, negro meano, vuelto de pitones, el más grande del terciado encierro, no resultó precisamente propicio para el éxito... Al final de sus días llegó soso en demasía, con la cabeza alta y desparramando la vista, al grado de parecer burriciego. No era, repetimos, el toro propicio para el triunfo. Y, sin embargo, Antonio Velázquez lo consiguió en buena lid... Poniéndose muy cerca, aguantando impertérrito, insistiendo en uno y otro terreno, fue extrayendo a viva fuerza pases altos y derechazos, de un mérito estupendo, porque para ello el leonés necesitó de echar el corazón por delante y, en sitio y condiciones que se antojan imposibles, obligar al mansurrón a embestir, empleando para ello, ya no la muleta, sino el cebo de su propio cuerpo. Así, en aquel cite fabuloso, cuando destruidas las distancias, “Judío”, incierto en fuerza de ser manso, hurgó con el huido pitón la faja del leonés, sin que éste cediera una pulgada del terreno tan audazmente conquistado. Vibró el público ante la descarnada emoción del trance, y en pleno éxito remató Velázquez su labor con tres cuartos de espada que hicieron lo suyo. Su triunfo - uno de los más meritorios que el leonés haya logrado en plaza alguna - tuvo su expresión en las orejas y el rabo de su mansurrón enemigo y en las dos vueltas al ruedo entre ovaciones. La segunda en compañía del ganadero, por lo que a este respecta, resultaba inoportuna, vistas las condiciones de “Judío”...

Antonio Velázquez no iba a dejar que sus alternantes se le fueran por delante. Tenía un sitio de figura que defender y lo haría a cualquier precio. No aprovecharía a su favor la falta de condiciones de los toros para salir del paso y esperar la siguiente tarde para resarcirse y lo dejó patente, como podemos leerlo.

La muy afortunada presentación de Martorell

José María Martorell toreaba aquí en Aguascalientes apenas su tercera tarde en el país. Las dos anteriores, consecutivas, fueron en la Plaza México y entre nosotros arrancaba lo que sería una intensa campaña por nuestras plazas. Aquí cayó de pie. Nos sigue contando don Jesús Gómez Medina:

...citando de largo, pero acortando el terreno ante lo aplomado de su adversario, Martorell torea superiormente con la izquierda, en varias tandas y, tras de nueva acción de toreo derechista, vienen las manoletinas, a las que el debutante da también un sello muy peculiar. A todo esto, el público había jaleado con entusiasmo la faena y como el de Córdoba hiciera el viaje con lentitud, para dejar una estocada de fulminantes resultados, la ovación tomó nuevo impulso, ondearon los pañuelos y Martorell recibió los dos primeros apéndices de una jornada que tan pródiga habría de ser en ellos. Y triunfalmente recorrió el ruedo, haciéndolo, según es costumbre en los redondeles españoles, sobre su izquierda... La ratificación de su éxito, o, para ser más precisos, la culminación de él, ocurrió durante la lidia del quinto, “Globito” de nombre, gordo, capacho de cuerna, y bravo, noble y alegre hasta el fin. Fue, indudablemente, el mejor del encierro… Martorell inició su faena con tres estupendos doblones, rematados superior y toreramente rodilla en tierra. Luego, y sobre la derecha, hace el toreo en redondo, con quietud, ajuste y mando, al que siguieron en varias tandas, los naturales de magnífica factura, precedidas todas ellas con el cite desde largo, y rematados siempre, a la manera clásica, con el pase de pecho, en el que Martorell tiró del bicho imperiosa y suavemente, para salir luego a saborear la ovación... Vino a continuación una tanda de manoletinas piramidales: el torero simulaba un obelisco de seda y oro, a cuyo derredor la negra mole del toro describía, sumisamente, un círculo cada vez más apretado. Entrando nuevamente con rectitud, dejándose ver, dejó el de Córdoba una estocada tendenciosa; descabelló al primer golpe, y por aclamación y entre ovaciones y música, recibió las dos orejas de su enemigo y recorrió dos veces la circunferencia, concluyendo por salir a los medios… ¡Ha sido el de Martorell, un debut tan brillante como memorable! …

El cronista hace al final de su recuento una observación importante, en el sentido de que, si bien Martorell había toreado sus dos primeras corridas en México en la capital, el primer gran triunfo lo obtuvo aquí en Aguascalientes, y que esta actuación le valdría para obtener más fechas en las demás plazas de la República, y por qué no, en la misma gran plaza.

Un Volcán en erupción

Rafael Rodríguez era el tercer espada del cartel y reaparecía en su tierra después de haber concluido su primera campaña en ruedos europeos. Su afición lo esperaba con gusto y también esperaba que le diera pelea a sus alternantes. Conforme al curso que fue tomando la tarde, la crónica refleja que ese sentimiento se fue acentuando y que el torero lo recogió y lo hizo suyo. Así lo cuenta don Jesús, en la parte conclusiva de su crónica, aparecida en el diario El Sol del Centro del día 23 de noviembre siguiente, pues como comentaba al inicio, ésta se publicó en dos entregas:

Los aires de la Península parecen haber obrado de manera estimulante en el proceso de madurez artística en que, con pie firme, ha entrado el hidrocálido, sin mengua de su valor y de su emotividad, mírase ahora más diestro, más poderoso, con mayor templanza y señorío en su toreo... poniéndose tremendamente cerca para obligar al aplomado, pero dócil y suave “Perdido”, Rodríguez repitió las series de toreo en redondo sobre ambas manos, rematadas siempre con el muletazo de pecho, al que el hidrocálido reviste de un sabor y una emoción excepcionales... Entre tanto, los espectadores no habían cesado de jalear al torero... Completó Rafael la serie, entre la emoción de los taurófilos y, yéndose tras de la espada, dejó tres cuartos de ella en buen sitio, con lo que “Perdido” pasó a mejor vida... Entre una ovación tan estruendosa como prolongada, Rafael Rodríguez recibió ambas orejas y el rabo de su enemigo, dando, así mismo, una doble vuelta al ruedo... Lo del sexto fue toda una hazaña. Sí, porque “Estudiante”, que tal fue su nombre, sacó buena dosis de genio y acabó en plan defensivo. Esto no fue óbice para que Rafael Rodríguez, a fuerza de valor y de resolución, redondeara triunfalmente la tarde... El trasteo muleteril, prologado por una tanda de pases altos, seguidos del cambio y del muletazo de pecho, fue aumentando en intensidad emotiva, hasta culminar en la parte final, en la que, mientras “Estudiante” rehusaba la embestida, Rafael Rodríguez en celo de triunfo, acabó por invadir totalmente la jurisdicción del astado... En punto a distancias, literalmente no existieron entre “Estudiante” y su matador durante el último periodo del trasteo. Destruidas desde el momento del cite, la emoción del instante estallaba incontenible cuando “Estudiante”, vencido su recelo por la audacia del torero, arrancaba con ímpetu, para que un leve y preciso quiebro de cintura burlara su acometida, que seguía finalmente, el rumbo impuesto por la franela… Pinchó una vez Rafael, y a continuación dejó la espada honda y en lo alto. Dobló al fin “Estudiante” y, tras de que a su matador le fue entregado el enésimo apéndice de la jornada...

La afición de Aguascalientes no quedó defraudada. Su torero salió a defender el pendón y logró su cometido. Pudo redondear una gran tarde y demostrar a todos que también él era una gran figura del toreo.

El desenlace de una tarde redonda

Ya decía don Jesús Gómez Medina en el introito de su crónica, que, sacados en hombros los toreros de la plaza, la concurrencia permanecía en sus localidades, atónita, emocionada por lo que acababa de presenciar. Por lo visto, las tardes de toros que son verdaderamente redondas, son verdaderamente escasas. Concluye el cronista:

…entregado el enésimo apéndice de la jornada, tuvo lugar la escena a la que nos referimos al principio de esta reseña: los tres matadores llevados en triunfo, en plena exaltación gozosa de una fiesta que, si española por su origen, es también nuestra por la intensidad con que la sentimos los mexicanos, como en esta memorable tarde del 20 de noviembre de 1951… De magnífico por lo que a bravura, nobleza y estilo respecta, podemos conceptuar el encierro con el que debutó en Aguascalientes la flamante vacada de D. Ramiro González. En este aspecto, tan solo el lidiado en cuarto lugar desmereció notoriamente. Fue lo que suele llamarse el lunar de la corrida… en el palco destinado a la Autoridad, imperando – ¡al fin! – la energía y el acierto que raras veces hace acto de presencia en tal sitio… supieron llevar el festejo en la debida forma. Inclusive la prodigalidad que algunas veces registróse en la concesión de apéndices no debe atribuirse a la benevolencia de ellos, sino al estado eufórico de los aficionados…

Así pues, se cerró una de las tardes, que de hacerse un recuento de las verdaderamente trascendentes, caben en una relación histórica de los fastos de la Plaza de Toros San Marcos, que el próximo 24 de abril, cumplirá 130 años de haber sido inaugurada.

Aldeanos