domingo, 26 de enero de 2014

Guillermo Capetillo y Gallero de Cerro Viejo. 20 años después

Guillermo Capetillo
Guillermo Capetillo sale a los ruedos al final de los años sesenta y el inicio de los setenta del pasado siglo. Lo hace junto con otros hijos de toreros que pretendían continuar la trayectoria de sus padres ante la enseñanza de éstos. Así, Manolo Arruza, David Silveti, Fermín y Miguel Espinosa, José Antonio Ramírez El Capitán, Humberto Moro, Martín Obregón y su hermano Manuel comenzaron a torear festivales por las distintas plazas de nuestro país con la guía de Armillita, CaleseroCarlos Arruza, Manuel Capetillo, Juan Silveti, Humberto Moro y el ganadero Rafael Obregón entre varios de los destacados que se unieron a esta singular cuadrilla que inició casi como de niños toreros y que culminaría con el ingreso al escalafón mayor de varios matadores de toros que ocuparon el sitio de figuras del toreo.

Guillermo Capetillo se presentó como novillero en la Plaza México el año de 1977 – el de la faena de su contemporáneo El Capitán al novillo Pelotero de San Martín – junto con su hermano Manuel y dejó apuntes de un toreo profundo, de gran inclinación artística, pero sin rematar faena alguna. No obstante el 20 de noviembre de ese año recibió la alternativa en San Luis Potosí de manos de Manolo Martínez, llevando como testigo a José Mari Manzanares.

Comienza a combinar su carrera en los ruedos con la actuación en el cine y en series de televisión, lo que le aparta por temporadas extensas de los ruedos y es quizás por ello que confirma el doctorado en la Plaza México hasta seis años después. Esa arista de su actividad profesional – la actuación – le va a ocasionar algunas desavenencias con grandes sectores de la concurrencia a las plazas de toros, aunque cuando se enreda con un toro logra la unanimidad. Sin embargo, esto ocurre con intermitencia.

La tarde de Gallero

Guillermo Capetillo
La tarde del 30 de enero de 1994 parecía estar gafada. Ese domingo pasaba por televisión a nivel mundial la final del fútbol americano profesional – el super bowl – y el cartel integrado por los toros de Valparaíso – la última corrida de su hierro que vio lidiar don Valentín Rivero en la Plaza México –, Guillermo Capetillo, Jesús Janeiro Jesulín de Ubrique y Humberto Flores que confirmaba su alternativa esa tarde no fue capaz de sacar a la gente de sus casas para ir a los toros, así que la asistencia resultó paupérrima en el llamado Coso de Insurgentes.

Los toros de la lidia ordinaria parecieron confirmar la decisión de quienes prefirieron permanecer en sus domicilios a presenciar el espectáculo televisivo. Los seis de Valparaíso dejaron pocas opciones a los diestros actuantes, tanto así, que nada más tomar la muleta Guillermo Capetillo para dar cuenta del cuarto de la tarde, anunció el regalo de un séptimo. Ni siquiera esperó la posibilidad de que el toro hubiera cambiado de lidia o que alguno de esos raros milagros que a veces suceden, se diera momentos después.

El toro de regalo se llamó Gallero, de la ganadería jalisciense de Cerro Viejo. La versión del psiquiatra Enrique Guarner, en esas fechas encargado de la crónica taurina del desaparecido diario Novedades de la Ciudad de México sobre lo realizado por Guillermo Capetillo con él es en este sentido:
Con «Gallero» de Cerro Viejo, Capetillo fue el mero, mero. Lionel Landry escribía en 1927: «Se ha hecho un abuso tal de la noción de ritmo que sería positivo dejar de usarla en estética». Si este término se ha ido convirtiendo en un concepto vago e impreciso es porque se le ha cargado de significaciones de carácter heterogéneo. De cualquier manera el ritmo es un sinónimo de la velocidad plástica y representa a un esquema de duraciones que acompañan a cualquier obra de arte. Para que algo posea ritmo se requiere de una periodicidad entre sus partes y es así como en la naturaleza observamos la sucesión de los días con las noches y en la vida diaria las alternativas entre el trabajo y el reposo… En el toreo el ritmo no resulta más que un esquema de sucesiones temporales y han habido algunos diestros con gran habilidad para construir sus series de pases. Ayer en la Plaza México tuvimos uno de esos casos cuando Guillermo Capetillo – ante un burel de regalo terciado de Cerro Viejo – acompasó sus muletazos guardando proporción entre sus movimientos realizando una magnífica faena. En realidad la base de su toreo fue la muñeca con la cual hacía que el astado girara una y otra vez a su alrededor en pases de gran estética… Con lo anterior se convirtió en el «mero mero» de la torería mexicana y tengo que añadir que la expresión se deriva del latín «merus», adjetivo que indica que el objeto sea puro, simple y no tenga mezcla de otra cosa... Guillermo Capetillo. Hace tres años Guillermo realizó dos buenas faenas, una con un toro de San Martín y la otra con uno de Vistahermosa. Sin embargo, faltaba hilvanar lo suficiente los pases y alcanzar el triunfo rotundo. Ayer puede decirse que lo logró al torear, como dije arriba, a base de muñeca, en lugar de tirar del toro. Ciertamente que los muletazos no resultan tan largos, pero los enmarca la estética y eso es en última instancia lo que cuenta. Tengo que agregar que su actuación con «Gallero» fue completa, puesto que desde que se abrió de capa vimos espléndidas verónicas terminadas en medias, como debe ser; asimismo con la muleta magníficas series rítmicas y todo culminado con gran estocada... Su primero fue el cárdeno «Granizo» con 527 kilos y no vimos gran cosa de capa pero sí un herradero notable durante el segundo tercio. Con la muleta Capetillo ejecutó cuatro estupendos naturales que parecían presagiar los del séptimo. La faena no cuajó y mató de un golletazo desprendido. Nada pudo hacer con «Motivos» con 529 por peso y desde que tomó la muleta anunció que regalaría el sobrero… Este fue «Gallero» de Cerro Viejo con 480 kilos y aquí vimos excelentes verónicas con todas las de la ley y jugando muy bien los brazos. Las mismas se repitieron en el quite extremadamente templado. Con la muleta Capetillo comenzó por alto y en seguida surgieron enormes naturales bien rematados. El toreo en redondo con la derecha también fue magnífico y rítmico. Los adornos, de buen gusto y bien construidos. Mató de entera y el juez Jesús Córdoba otorgó el rabo del animal, premio con el que nunca estaré de acuerdo, pero que en esta ocasión puede justificarse... En resumen, nada satisfizo el encierro de Valparaíso, pero Capetillo estuvo más que certero con «Gallero».
Una segunda opinión es la de Heriberto Murrieta, expresada en las páginas del diario deportivo Ovaciones, también de la capital mexicana. De ella extraigo lo que sigue:
Capeto torea hacia adentro, se pasa cerca a los toros, los lleva templados, «magnetizados» en la muleta para luego despedirlos con el «canillazo» de la casa Capetillo. Atendiendo siempre a la estética, siempre fue a más. Guillermo, que es hombre sobrio y callado, guardaba un mutismo taurino de años, pero ahora, libraba toda esa energía torera que estaba aprisionada. Lo mismo en los derechazos que en los naturales, hubo siempre una gran verdad, un torero auténtico, de las zapatillas a la montera. En las brevísimas pausas entre las tandas, pareció que se imaginaba en su mundo interior al tiempo en que el público hacía crecer el coro de ¡torero, torero! Se estremecía Guillermo como si de pronto penetraran rayos luminosos en su ánimo. El público pedía el indulto del toro, pero Capetillo hizo bien en darle muerte con un estoconazo impecable, ¡Una faena grande debía terminar así! Ha sabido extrovertirse cuando era el momento y le tumbó el rabo al completísimo toro de Cerro Viejo, mérito que no ha de soslayarse, debido a la categoría de la faena y la plaza donde la consumó. Anonadado por el aluvión de voces de aficionados emocionados que habían vibrado con aquella obra maestra, Guillermo el artista sentimental, el hombre que ha sufrido, sollozó, invadido por el éxtasis de haber entregado el alma en todos y cada uno de los muletazos. Casos como el suyo no se encuentran a diario. Toreros como él, ninguno… La faena de Guillermo Capetillo a «Gallero» de Cerro Viejo ha pasado a la historia del toreo en México…
Guillermo Capetillo
Cada uno de los cronistas invocados, con su estilo, dejan bien claro que la obra de Guillermo Capetillo ante Gallero de Cerro Viejo fue de un gran relieve y creo que lo deja bien claro el hecho de que le haya otorgado el rabo del toro el Maestro Jesús Córdoba, el último de los jueces que en la Plaza México, le daban valor y sentido a los trofeos que allí se otorgaban.

La temporada 1993 – 94 fue redonda para Guillermo Capetillo. El 27 de marzo de 1994 ganó en la Plaza México la Oreja de Oro, misma que disputó con Mariano Ramos, Pedro Gutiérrez Moya El Niño de la Capea, David Silveti, Jorge Gutiérrez y Manolo Mejía, cerrando así lo que ha sido para él, hasta ahora, el serial de más triunfos en su paso por los ruedos de México.

Esta es otra faena de culto, que en un hipotético recuento de las mejores que se hayan realizado en el ruedo de la Plaza México, tiene un especial lugar.

Un vídeo de la faena

Lo pueden encontrar en esta ubicación, disfrútenlo.

domingo, 19 de enero de 2014

19 de enero de 1947: Manolete y Boticario. Garza en la cárcel Del Carmen

El cartel anunciador del festejo
La 12ª corrida de toros de la temporada 1946 – 47, celebrada en la Plaza México – ese serial fue el primero y único que se verificó conjuntamente con viejo Toreo de la Condesa – tendría a su término varias razones para ser uno que ocupara un lugar importante en la reciente Historia Universal del Toreo. 

En primer lugar, resultaría ser la última tarde en la que Manuel Laureano Rodríguez Sánchez – en los carteles Manolete – actuara en la capital mexicana, una actuación final no decidida o meditada, sino consecuencia de los sucesos de Linares en agosto de ese mismo año. Después, resultaría también una un legítimo triunfo del torero de Córdoba sería opacado por una de las tempestades que Lorenzo Garza sabía generar en el ruedo y transmitir a los tendidos para encenderlos a su favor y en su contra. Bien decía El Ave de las Tempestades que un requisito indispensable para ser figura era el saber dividir

Todavía el martes 14 de enero de 1947 se ignoraba quien cerraría la combinación con los toros de San Mateo, Lorenzo Garza y Manolete. La impresión de la prensa de la época era que se buscaría un torero que no apretara a las dos figuras de modo tal que se les pudiera facilitar en lo posible el triunfo. Al final el tercer hombre fue Arturo Álvarez Vizcaíno y así la corrida fue una de esas de gran expectación.

Paquiro en el número 216 del semanario La Lidia de la Ciudad de México, aparecido el 21 de enero siguiente al festejo, cuenta lo siguiente:
La corrida anunciada para el domingo pasado despertó en la afición un auténtico alboroto. La colas y los tumultos que se formaron para conseguir boletos, fueron increíbles; desde el jueves hasta el domingo la afición batalló y desesperó, con afán y pasión dignos de auténticas revoluciones. Todo aficionado tenía un solo objetivo: conseguir boletos…
La visión de Antonio Ximénez de algunos
sucesos de ese festejo
Un festejo que produce una espera en esas condiciones por lo general se realiza en un ambiente de tensa espera – lo que hoy se dice cargado de energía – y es que poco más de un mes antes – 11 de diciembre de 1946 –, Lorenzo Garza y Manolete habían realizado grandes hazañas en el mismo ruedo ante una magnífica corrida de Pastejé, cortando dos rabos el de Monterrey y uno el Monstruo – Amapolo, Buen Mozo y Manzanito –, cincelando ambos diestros obras que aún hoy, a casi siete décadas de distancia, se tienen por paradigmáticas del éxito en ese escenario.

El encierro de San Mateo prometía en una importante medida la celebración de otro fasto en la gran plaza. Lorenzo Garza era el torero de la casa de don Antonio Llaguno y al propio ganadero le resultaría ampliamente redituable que el principal torero de España cerrara su campaña en la Ciudad de México con un triunfo ante sus toros antes de emprender el viaje de regreso para iniciar su campaña europea.

De la relación de Paquiro, se expresa lo siguiente acerca del encierro a lidiarse:
Toros de San Mateo; esos bureles que han consagrado a tantos y tantos lidiadores, por su bravura y nobleza extraordinarias. Esos toros siempre constituyen garantía de triunfo, ya que se prestan al lucimiento de los toreros porque por su sangre corre la herencia de castas de prestigio indudable. Toros de San Mateo; los toros de don Antonio Llaguno – creador y criador – que no le ha importado su malestar físico causado por larga y penosa enfermedad, con tal de dar una vez más gusto al público que clama por sus ejemplares. Toros de San Mateo, en fin, los que siempre han lucido – arrogantes y orgullosos – los colores de su divisa que es blanca como la nobleza y rosa como lo imperial…
El resultado final de la corrida

Como lo expreso en el encabezado, Manolete le cortó el rabo al quinto toro de la tarde, llamado Boticario y Lorenzo Garza terminó la tarde en la cárcel Del Carmen de la capital de México. La plaza se llenó hasta el reloj – aquí en México las plazas no tienen bandera – y tras de que la corrida y la bronca concluyeron, la nueva plaza requería de muchas y muy serias reparaciones. Sigo citando a Paquiro con lo que sigue:
…la afición se volcó en los tendidos y dejó muchos miles de pesos en las taquillas. Pero – ya hay que decirlo – solo desde el aspecto económico hubo triunfo. Porque lo que se vio en la arena fue un verdadero y despreciable desastre. Al final de la corrida la bronca era endemoniada; fogatas en todos los graderíos, una auténtica lluvia – tempestad – de cojines, insultos por doquier, la policía en acción y muchas cuadrillas de corajudos y enloquecidos espectadores que, transformados en insaciables condenados, se dieron a destruir todo lo destruible en la Monumental Plaza. Aquello era un motín borrascoso imposible de describir…
Manolete y Boticario

El rabo número seis que se otorgaba en la plaza y segundo y último de su cuenta personal, fue el que Manolete le cortó al quinto San Mateo de la tarde, Boticario. Al final, el torero de Córdoba es quien rescató los valores de la Fiesta en esa tarde. La relación ya citada de Paquiro refiere su actuación triunfal de la siguiente manera:
Salió el quinto y “Manolete” lo saludó con una tanda de verónicas tremendas, de las que sobresalieron las del lado izquierdo. Ellas fueron coplas y poemas de sacra liturgia, que quedaron firmadas con una media de abolengo único… Tomó la muleta y se inició el drama. Sin mayores requisitos se echó el engaño a la mano izquierda y buriló dos series de naturales extraordinarios. En cada lance había confusión de los vuelos del engaño escarlata y de los vaivenes macabros de los pitones del toro tempestuoso. Éste hacía un círculo en torno a la cintura del torero que, más que nunca, lució orgullosamente sus sedas y sus oros. “Manolete” semejaba extraño oficiante de sangriento rito de muerte… Todavía insistió para más naturales, pero el burel se le coló, y lo derribó en la arena. Caído, “Manolete” sufrió otras peligrosas tarascadas. Se quedó inmóvil y pálido. Los gritos de angustia se reprodujeron en ecos de imploración… Las asistencias lo cargaron en brazos y se lo llevaron a la enfermería – la cornada se daba por segura – cuando el cordobés sintió el fuego de su afición y se deshizo, corajudo y temerario, de toda ayuda… Despeinado, lleno de arena y con la taleguilla completamente desgarrada se fue al toro. En medio de la admiración general, logró más derechazos y naturales extraordinarios. El público rugía. Y el torero, que se nos antojó un regio monarca que ha sufrido atroz herida pero conserva el palpitar de su corazón indomable y vencedor, se extasiaba en aquellos pases prodigiosos… Terminó con media en buen sitio y el burel se rindió vencido y admirado por tanto valor. Se concedieron a “Manolete” las orejas y el rabo y se abstuvo de recorrer el redondel en innúmeras ocasiones, porque las fuerzas lo abandonaron y, ahora sí, fue llevado a las manos de los médicos…
Al final de cuentas, Manolete resultó solamente con un palotazo en el muslo izquierdo y una conmoción cerebral leve, que fue la que le impidió continuar en la lidia.

La descoumunal bronca

Rodolfo F. Guzmán, en el diario El Siglo de Torreón del día siguiente del festejo refiere que el festejo fue accidentado. Que independientemente de la importante actuación de Manolete ante el quinto del festejo, la gente se metió con él por considerar que no estuvo a la altura del primero de su lote, que además al saltar al callejón había herido de gravedad a un empleado del servicio de plaza. Tan complicadas estuvieron las cosas, que sin esperar el resultado del segundo de su lote, Manuel Rodríguez ofreció regalar el sobrero para intentar apaciguar los ánimos.

Si a eso se suma la desgana con la que actuó Lorenzo Garza toda la tarde, la situación se acomodaba para que se produjera un cataclismo de considerables dimensiones. Dice la crónica de Guzmán:
En el tercero, que correspondió a “El Vizcaíno”, Lorenzo se limitó a bailar en los quites y volvió la gente a picarse y a insultarlo; del tendido de sombra, de la primera fila, donde se sientan los hombres de dinero y llamados cultos, surgió el grito recordándole al de Monterrey a su señora madre desaparecida; el cuello del señor de Monterrey se estiró como el de una jirafa y se enfrentó al tendido, pero no pudo precisar al anónimo grosero. Hubo una llamada de atención y Lorenzo aguantaría todas las críticas del público pero no toleraría más que se acordaran de su madre de tan fea manera... Y salió “Tapatío”, un negro zaino ancho de cuna, cabezón y feo. Lorenzo le bailó peteneras en el primer tercio y los 55,000 espectadores se dieron a silbarle y a gritarle y de nuevo surgió aquél grito destemplado, de borrachín, grito tabernario que aún los mismos ebrios se guardan de lanzar. No pudo Lorenzo localizar al que lo profirió, pero sí perdió los estribos y acabó con el burel entre una lluvia de cojines y de otros proyectiles, de una media con derrame...
Pero faltaba el episodio final. Un hecho que en la historia de la Plaza México no se ha vuelto a repetir y que hasta donde mi entender alcanza rara vez sido visto en alguna otra plaza de toros. De la narración del invocado Rodolfo F. Guzmán extraigo lo que sigue:
El acto final. – Nacho Carmona pica mal a “Monterillo” el toro que cerró plaza y de nuevo vuelan los cojines sobre el varilarguero. Lorenzo fue al quite, sin ganas, sin entusiasmo, sin nada y el público lo abuchea de lo lindo. Se encrespa el de Monterrey y éste localiza al que ha insultado a su señora madre y brinca al callejón, saca violento y exaltado el estoque de la funda que estaba ya en vías de ser acomodado en la maleta de los trastos de torear y brinca al tendido dando mandobles a diestro y siniestro; siguiéndolo van sus banderilleros Emilio Méndez y Valencia y surge la más espantosa de las broncas entre un público llamado civilizado... Cargan los granaderos y empiezan a llover en los tendidos las bombas lacrimógenas, cortan cartucho los gendarmes y las calibre 45 empiezan a relucir... La policía encontró al que había insultado a Lorenzo y lo sacó a culatazos y a golpes. Mientras tanto se pudo sujetar a Lorenzo y junto con su cuadrilla salieron de la plaza, escoltados por policías, granaderos y empleados del servicio secreto... Todavía vestido de torero, Lorenzo Garza fue conducido a la cárcel de la Delegación del Carmen, donde quedó internado en espera del castigo que le espera por su “hazaña”...
Las sanciones aplicadas

Algunas gráficas de la bronca y de
Garza en la cárcel
Al final de cuentas un evento de esta naturaleza resulta en una serie de sanciones para quienes participan en él. Inicialmente se informaba que a Lorenzo Garza se le había aplicado un arresto inconmutable de 15 días. La realidad de los hechos es que para el viernes siguiente al festejo se anunciaba públicamente que había sido multado con diez mil pesos (unos 1,200 dólares al tipo de cambio de la época), misma suma con la que se sancionó a la empresa de la Plaza México, por el sobrecupo (se hablaba de 10,000 espectadores de más esa tarde). Al ganadero Antonio Llaguno se le sancionó con cinco mil pesos – no me explico el motivo – y a los banderilleros de Garza con quinientos pesos a cada uno. Y en la comunicación de las sanciones se supo que el nombre del que insultaba a Garza era Emilio Mauren, a quien se sancionó también con quinientos pesos – unos 60 dólares – y además se anunció el cese del Juez de Plaza y del delegado de la autoridad en el callejón. (NOTA ACLARATORIA: El buen amigo Gastón Ramírez Cuevas me señala que el nombre correcto del personaje que insultaba a Lorenzo Garza era EMILIO MAURER, persona a la que conoció. El dato lo obtuve yo del semanario La Lidia, que lo publicó tal como quedó transcrito inicialmente, ahora, aclarado y corregido queda).

Una reflexión posterior

Don Luis de la Torre El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada, reflexiona lo que sigue acerca de los sucesos en un artículo titulado Tenía que suceder, aparecido en el número 217 del semanario La Lidia del 30 de enero de 1947:
El alto costo de los derechos de apartado, más tarde la decepción sufrida al conocer que el descenso esperado en el valor de los billetes de entrada al pasarse la fiesta al monumental coso “México”, se convirtió en abusivo aumento, así como el falso anuncio de diestros que nunca llegaron a contratarse, amén de las múltiples incomodidades para trasladarse a la Ciudad de los Deportes, fueron apenas el principio del disgusto del público... Vino el anuncio de la duodécima corrida. A bombo y platillo se propagó la novedad de que serían lidiadas reses zacatecanas por el torero en ellas especializado, reforzándose el cartel con la supuesta competencia entablada con la cuña de nuestros toreros. Se tragó el anzuelo, se hizo el taquillazo; pero nadie fue capaz de percatarse de la justificada indignación del público por todos los antecedentes mencionados, ni se pensó tampoco en su cansancio al soportar por varios años la mofa y el insulto del torero más desaprensivo con que cuenta la historia, cuando habían pasado apenas quince días de un hecho bochornoso, culminación de toda su insolencia... El público, abarrotando el graderío de la anchurosa plaza de Insurgentes, no pudo soportar ya una nueva burla en la que tomaron participación todos los elementos constitutivos de la fiesta, y estalló el cohete ante tanta ignominia, desatándose la bronca más furiosa que pueda recordarse, acallada solamente por breves instantes ante la reflexión momentánea y honrada del torero cordobés, único que, si en un principio contribuyó también a la tormenta, supo cumplir con su deber como artista con el público soberano. A fuerza de valor y pundonor supo acreditarse una vez más como torero de vergüenza, ganándose por ello la voluntad de los espectadores, otorgándosele los máximos galardones...
Garza salió de la cárcel a hombros de sus incondicionales. Así critica ese hecho don Luis de la Torre:
Ahí tenemos al HÉROE sacado en hombros de donde no debió haber salido en mucho tiempo, limpio de toda culpa (según él mismo); libre para seguir actuando ante la ingenuidad de los públicos y el aplauso de sus incondicionales, haciéndose gratuita propaganda para llenar más y más sus escarcelas; no mermadas en nada ni con la multa impuesta, pues según cláusula de contrato, ésta deberá ser pagada por la empresa. Más sí eso no fuere, en justicia, ¿qué significa el monto de la multa para el fabuloso sueldo percibido, a decir, por matar toros y nunca hacerles filigranas? No es de dudarse que con gusto vuelva a pagarla, dándose con ello la satisfacción de burlarse nuevamente del público y autoridades, sí, como lo merece, no se le retira definitivamente de los ruedos ya que su ambición no le ha permitido cumplir con su palabra cuando dijo hacerlo voluntariamente. ¡Oh personalidad, divino tesoro!, que dijera cierto cronista de prensa y de radio…
En fin, que este es uno de los interesantes capítulos de la Historia – escrita aplicando la gramática parda – Universal de la Fiesta.

domingo, 12 de enero de 2014

Jesús Solórzano y Fedayín de Torrecilla, a 40 años vista

Jesús Solórzano
(Aguascalientes, 1970)
Hace un año – días más, días menos – había publicado una primera versión relacionada con estos mismos hechos. Hoy retomo la remembranza, porque mañana lunes se cumplen cuarenta años de la realización de esta obra imperecedera y que a mi juicio, debe tenerse en cuenta en cualquier relación que se haga de los principales fastos de la historia de la Plaza México. Aprovecho la ocasión también para insertar una nueva relación de la faena que encontré y un par de nuevas imágenes del torero, que creo que revitalizan el recuerdo de este importante momento de la historia reciente de la fiesta en México.

En otro sitio de esta Aldea había señalado que Jesús Solórzano Pesado pertenece a una generación de toreros que bien pueden ser considerados los hidalgos – hijos de algo – de la torería mexicana. Su padre, lo decía la pasada semana, es una de las columnas fundamentales de nuestra Edad de Oro y él sin duda es uno de los fundamentales en lo que, con todo el compromiso que implica – Benjamín Flores Hernández dixit – me atrevo a calificar como nuestra Edad Moderna. Su decisión de hacerse torero, se la contó así a Carmelita Madrazo:

Me hice torero porque comprendí que lo más bello de la vida era torear un toro como mi padre lo había hecho. Desde niño supe ponerme un traje de luces y jugaba a los toros con José Escutia, quien entonces era el chofer de mi abuela. Mi padre jamás me obligó o entusiasmó a que yo fuera torero. Más bien, todo lo contrario. Recuerdo que el día que le dije que quería ser torero, puso el grito en el cielo, diciéndome que estaba totalmente loco. Se lo dije enfrente de Arruza, y los dos me dijeron horrores. Pero yo estoy completamente convencido, que en el fondo de sus corazones a los dos les fascinó la idea…

Las plazas y su historia

Creo que no incurro en ninguna exageración si afirmo que la temporada 1973 – 74 marcó la historia de la Plaza México con tres grandes hitos: La gravísima cornada que Borrachón de San Mateo infirió a Manolo Martínez y que le hizo ingresar clínicamente muerto a la enfermería; la triunfal despedida de los ruedos de Luis Procuna y la gran faena que el 13 de enero de 1974 realizara Jesús Solórzano al toro Fedayín de Torrecilla, en tarde en la que alternaba con Eloy Cavazos y Mariano Ramos y que es la que da la ocasión para que yo esté aquí por ahora.

La historia de las plazas de toros se escribe a partir de los hechos que los toreros escriben frente a los toros sobre su arena. Algunos serán gloriosos, otros estarán firmados con sangre, muchos más tendrán tintes épicos, pero todos ellos construirán la trama de una relación viva que a través del tiempo dejará constancia de que son escenarios vivos, órganos de la comunidad en la que están enclavados y para la que en una armonía bien entendida, son puntos necesarios de confluencia y de convivencia.

Jesús Solórzano y Fedayín

Algunas informaciones de prensa de la época, sugieren que se tenían dificultades para cerrar el cartel del 13 de enero de 1974, sexta corrida de la temporada. Creo importante señalar que en esos días la ganadería de Torrecilla era una de las que los diestros más importantes se disputaban para lidiar sus toros y en consecuencia, sus encierros, en la Plaza México, eran los que las figuras mataban. Al parecer iban fijos Eloy Cavazos y Mariano Ramos, pero el tercero en discordia era la complicación. Al final, la empresa (DEMSA), se decidió por llevar a Jesús Solórzano, que iría como segundo espada.

Jesús Solórzano
Ya arrancado el festejo, la corrida no dejó mal la fama de su divisa, aunque la falta de fuerza de los toros no permitió el lucimiento de los toreros ante la mayoría de ella. Y es que en ese año de 1974 el campo mexicano estaba convulso, agitado por una nueva implementación de la legislación agraria que regía en esos años, que afectó grandemente a la crianza del toro de lidia, lo que en ese tiempo y en el venidero, tendría consecuencias que aún no han sido debidamente justipreciadas.

El quinto toro de esa tarde fue llamado Fedayín – al socaire de las circunstancias políticas internacionales del momento – y le tocó en suerte a Jesús Solórzano hijo. Ante ese toro, Jesús Solórzano Pesado escribiría uno de los capítulos más trascendentes de la historia de la Plaza México.

Recurro al testimonio de Carlos León, quien en su sección titulada Cartas Boca Arriba, publicada en el desaparecido diario Novedades de la Ciudad de México – 14 de enero de 1974 –, dirigía en forma epistolar, a algún destacado personaje de la vida nacional o internacional, la crónica de la corrida en un tono a veces jocundo y casi siempre mordaz:

Con Chucho “Superstar” renació el toreo estelar: Dos orejas 
Sr. Don Lucas Lizaur
El Borceguí
Bolívar 27
México 1, D.F. 
En la Plaza México, el domingo 13 de enero de 1974 
Jesús Solórzano II, que inesperadamente entró al cartel como con calzador, parecía que iba a ser El Ceniciento de la tarde; un simple “arrimado”, marginado en un rincón de la cocina mondando patatas, mientras otros se despachaban el caldo gordo con la cuchara grande. Pero resultó que el “arrimado” salió a arrimarse, que es, si no lo primordial, sí indispensable para pisar fuerte. Pues, como tu bien sabes, esto del oficio del toreo es como un remendón poniendo medias suelas: Unos le dan al clavo y otros se destrozan los dedos… ¿Qué fue lo que hizo Chucho para armar la que armó y colocarse, de golpe y porrazo, en un sitial que nunca había tenido? Pues muy sencillo: Volver los ojos hacia el toreo de antaño, al toreo clásico, al torear rondeño. En vez de dejarse llevar por el camino herético de la supuesta e iconoclasta “Escuela Mexicana del Toreo”, retornó a la verdad y a la naturalidad, a la pureza de procedimientos, a la estética desahogada. Y con eso tuvo para abrirle los ojos al público, que en una revelación volvía a ver los viejos moldes que creían haber roto los falsos profetas… Por supuesto que, en esto del toreo, como en el bien calzar, cada quien necesita un ejemplar “a su medida”. Ni chicos que le aprieten, ni otros que le vengan grandes, para que el asunto camine. Ni duros, como los de anca de potro, a los que hay que amansar, pues normalmente, entre la torería moderna, se sienten más a gusto con los que ya vienen amansados… Pero Chucho, a la inversa del popular slogan, es un joven con ideas antiguas, con la añeja solera de su padre, el “Rey del Temple”. Si bien con el capote anduvo desdibujado – lo estuvieron todos –, en lo demás, hasta en adornarse en banderillas que ya casi nadie las clava, hizo una faena de “las de ayer”, un trasteo de los que quitan años de encima, con muletazos y buenas maneras de otras épocas. Todo lo gris que había estado en su primero, fue luminosidad con este quinto toro, que en mala hora bautizaron “Fedayín”, nombre aborrecible para personas civilizadas. Para tan bella faena, pocas nos parecieron dos orejas y dos vueltas al ruedo. Pero eso era lo de menos, había resucitado el bien torear y eso nos llenaba de regocijo…

La crónica de Carlos León resalta el valor intrínseco y esencial de la faena de Jesús Solórzano a Fedayín, la pureza en su trazo y en los procedimientos que utilizó y que no resultan ser más que el reflejo de una tauromaquia concebida a partir de la naturalidad en su ejecución y en una técnica muy depurada en su concepción. Es por eso que el cronista, al describirla, la señala como una faena de las de ayer.

La unanimidad de los cronistas fue notable. Don Antonio García Castillo Jarameño, titular de la sección taurina del diario deportivo Ovaciones de la capital mexicana se pronunció en el sentido siguiente:

Con la franela, la obra cumplida; la faena en que estuvo impreso un estilo personalísimo, tanto en las formas como en la construcción, muletazos acendrados, con el ritmo preciso, a la distancia justa, a la altura necesaria, engolosinando al noble y bravo burel de Torrecilla, haciendo que el enorme coso fuera un solo olé, y que la gente sintiera que admiraba algo distinto, nuevo, que no era más que eso: el personal sentir de un hombre frente a un toro... ¡nada más! Ahí trenzados en magníficas formas derechazos y naturales; ahí la culminación con el muletazo de pecho cumplido en su cabal dimensión; ahí la arrucina, pero la arrucina sin aprovechar el viaje, sino citando, embarcando, es decir, toreando y el remate justo con uno de pecho de cabo a rabo. Y los adornos – suficiencia y torerismo – en esos derechazos en redondo citando casi de espaldas, los medios pases ligados con otros por bajo sobre la diestra. Pero sobre todo y además de todo, todo ejecutado con un aliento de personal calidad... sí, “El estilo del hombre”. Dos orejas, tras un pinchazo y una más de media. Ovación inacabable y dos vueltas al anillo con salida a los medios...
Menos ditirámbica que la de Carlos León, la relación de Jarameño deja en claro que la obra realizada por Jesús Solórzano ante Fedayín no era cosa de cualquier domingo, sino una faena de esas que se recordarían por siempre.

Cinco años después del hito, en el programa de televisión Toros y Toreros del Canal 11 de la capital mexicana, que en ese entonces (1979) conducían Julio Téllez, Luis Carbajo y José Luis Carazo Arenero, se proyectó el vídeo de la faena y lo comentó el propio Jesús Solórzano, quien entre otras cuestiones dijo sobre ella lo siguiente: 

Esa tarde era de mucho compromiso, el único vestido que tenía para estrenar era ese y yo me dije: “o me retiro de los toros, o me compro más vestidos…”, me la estaba jugando al todo por el todo… son faenas que te ponen en tu sitio y que te dan aire para caminar… no podía yo fallar con el toro, todo lo que tenía que hacer era muy pensado, ya después te vas gustando, te olvidas de todo y te entregas al placer de torear… había que darle la pausa al toro, dejarle respirar… mi toreo tiene la influencia de la buena tauromaquia… hoy me doy cuenta de lo grande que puede ser la amalgama de las suertes que tiene el toreo… los toreros hemos perdido mucho porque estamos haciendo un toreo estándar, un toreo igual… esta faena recurre al toreo clásico, se inspira por ejemplo en Pepe Luis Vázquez, Manolo Vázquez, Paco Muñoz… lo de ahora es muy bueno, pero con lo de ahora y lo de antes, hay que hacer algo mejor…

Jesús Solórzano (hijo)
Apunte de Pancho Flores
Como se aprecia, a un lustro de distancia, Jesús Solórzano distinguía, creo que sin petulancia, el valor de su obra ante Fedayín, y establecía las líneas divisorias entre el toreo puro y lo que se pudiera considerar el toreo moderno. No se mostraba refractario a lo que algunos han dado en llamar la evolución del toreo, pero sí dejaba bien claro que las bases fundamentales de la tauromaquia son inamovibles, que son esenciales y cualquier modificación que se plantee, ha de ser a partir de ellas.

La leyenda de Jesús Solórzano Pesado no se constriñe solamente a Fedayín. Los capítulos de su historia en la Plaza México llevan también nombres como Bellotero, Pirulí, Sardinero o Billetero y aunque el epílogo pareció escribirse en ese ruedo el 8 de marzo de 1992 con un toro de nombre Joronguito, de vez en cuando se calza la guayabera y la calzona y se amarra los zahones para dejar en los ruedos lecciones de una torería que no se debe perder.

Concluyo con esta reflexión que sobre el torero hace Leonardo Páez:

Estilista, entendido no sólo como el torero de refinado estilo sino, más ampliamente, como el diestro poseedor de un estilo acentuado, interesante, distinto, capaz de provocar en las masas la necesidad de acudir a verlo cada vez que es anunciado…
Decía al inicio que en este día se cumplen cuarenta años de esta gran obra de Jesús Solórzano, misma que resulta ser una de las faenas que son consideradas de culto por la afición y verdaderamente trascendentes en las ya casi siete décadas de existencia de la plaza de toros más grande del mundo.

Pertinente aclaración: Los resaltados en las crónicas de Carlos León y de Jarameño son imputables exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en el original.

domingo, 5 de enero de 2014

Relecturas de invierno (VII)

Los Bibliófilos Taurinos de los Estados Unidos (TBA)

Muchos estadounidenses se han visto atraídos por las corridas de toros después de leer a Hemingway o por haber asistido personalmente a algún festejo taurino. Para ellos resultaba un problema el mantener la recién adquirida afición a la tauromaquia ya que no resulta ser parte de la cultura en la que se encuentran inmersos. En 1964, Bob Archibald concibió una red de correo de las personas con un interés común por la literatura relacionada con las corridas de toros. 

Así nacieron los Bibliófilos Taurinos de los Estados Unidos (Taurine Bibliophiles of America, por sus siglas, TBA), una agrupación que no mantiene reuniones ordinarias porque sus miembros están dispersos principalmente en todo el territorio de los Estados Unidos y en  otros países del mundo. TBA centra su actividad principalmente en los libros de tema taurino escritos en lengua inglesa. Varios de sus miembros poseen colecciones de libros reconocidas mundialmente. 

TBA publica un boletín trimestral, La Busca, que contiene reseñas de libros, ensayos y artículos de opinión para compartir experiencias o discutir puntos de vista acerca de toros y toreros. Las aportaciones de sus miembros se utilizan para integrar las ediciones de La Busca así como la correspondencia relacionada con el tema que se sostiene con los miembros. TBA pertenece a la Asociación Nacional de Clubes Taurinos (NATC por sus siglas en inglés), una agrupación de peñas regionales de gente interesada en reunirse para compartir su interés común en la fiesta de los toros.

A partir del año 2012, TBA inició una nueva serie de publicaciones, iniciada con la traducción al inglés de La Tauromaquia de Pepe – Illo y continuada en 2013, con la de la obra dieciochesca de Emanuel Witz titulada Combat de Taureaux en Espagne, misma que me tiene hoy aquí con Ustedes.

Combat de Taureaux en Espagne

La edición que es objeto de la traducción es una facsimilar del año de 1993, traducida al español y comentada al pie por quien fuera Secretario de la Unión de Bibliofilos Taurinos de España, don Diego Ruiz Morales (1914 – 2006) y que contiene a su vez el manuscrito que en dos partes se ubica en el año de 1760, siendo la primera parte las observaciones de Witz entre 1740 y 1760 y la segunda un juego de dibujos del propio autor que ilustran diversos aspectos de la corrida de toros de aquellos días.

La edición de TBA, traducida al inglés por Farrell Brody contempla las notas de Ruiz Morales, agregando algunas aclaraciones al texto para el lector de habla inglesa, sobre temas que, comprensibles para el lector hispano, requieren de alguna aclaración para quien se desarrolló en un ambiente cultural distinto.

La obra de Witz inicia con la siguiente declaración:
Casi todos los viajeros que han conocido el Reino de España hablan de los famosos “Combat de Taureaux”, pero ninguno ha escrito con precisión y detalle sobre ellos como las personas curiosas demandan. Aparte, uno debe residir en ese país por varios años para ver una variedad de esas luchas y poder así hacer una relación completa de ellas. Yo he permanecido en este reino por más de veinte años y he tenido la ocasión de ver muchas de esas corridas a las que los españoles llaman “Fiestas de Toros” y creo que he podido observar sus principales circunstancias, las cuales, a pedido de personas interesadas, pensé poner sobre el papel y acompañarlas de las ilustraciones necesarias para hacer entendibles estas descripciones…
A partir de esa introducción, Emanuel Witz describe en sus apuntes con alguna prolijidad los distintos hechos que se suceden en una corrida de toros, lo que nos presenta una visión amplia de lo que implican esos festejos y no la referencia a uno de ellos en particular. De la narración de Witz podemos observar que la corrida de hogaño guarda importantes semejanzas con la que él nos expone, pero que en el devenir de tres siglos y medio, algunas diferencias de fondo se ha generado, pero dejan clara la relación de causa a efecto entre el desarrollo del festejo del siglo XVIII y el actual.

La lectura de la obra en sí y la comprensión de sus anotaciones y comentarios, tanto a los textos como a las ilustraciones que la componen le llevan a uno más allá de la mera anécdota de haber leído la traducción de un clásico. En este caso Farrell Brody – principalmente – encontró el sentido adecuado de los textos en idioma inglés para no desnaturalizar su sentido original.

La obra contiene además traducciones de algunos puntos específicos o comentarios de José Aledón Esbrí, Muriel Feiner, Jane Hurwitz, Jock Richardson y Hal Marcovitz. La traducción al inglés de las notas de don Diego Ruiz Morales es obra de Gastón Ramírez Cuevas. La memoria biográfica y bibliografía agregada al final con la obra del citado Ruiz Morales es obra de don Rafael Cabrera Bonet y el trabajo general de edición del libro corresponde a David Tuggle.

Sin duda que Combat de Taureaux… resulta ser una obra de lectura interesante y hasta cierto punto necesaria para el aficionado a la fiesta y a la literatura taurina, porque en algún punto cercano a la obra en comento convergen en su origen ambas actividades.

Referencia Bibliográfica: Combat de Taureaux en Espagne. The bullfight in Spain (Cª 1760). – Emanuel Witz. – Trad. Farrell Brody. – Notas y Comentarios, Diego Ruiz Morales. – Harpado Books. – 1ª edición, Vail, Arizona, E.U.A., 2013, 103 páginas, con ilustraciones en blanco y negro. – Introducción I – XII. – 3 apéndices, 23 páginas. – Sin ISBN.

miércoles, 1 de enero de 2014

¡Feliz año 2014!

Imagen cortesía de Banco de Imágenes Gratis
Hace un año les decía que los acontecimientos no daban muchos motivos para augurar felicidad. Aunque también como hace un calendario, repetiré que lo último que muere es la esperanza y por ello, aunque la negrura del panorama que tenemos delante parece ofrecer pocas opciones, esta Fiesta seguramente tendrá entre sus activos a alguno que venga a sacar las cosas del marasmo en el que la tienen metida actualmente – de manera interesada – sus .
fuerzas vivas

Por mi parte yo deseo a todos aquellos que visitan esta Aldea que el año que comienza este día les resulte bueno, que les encuentre con salud y con trabajo, pues como dice un buen amigo mío, todo lo demás nos lo podemos ir agenciando por el camino, haya buena fiesta o no.

Y tratándose de toros, pues que sean eso, toros y bravos; que si de toreros, pues eso y no señoritos o figurines de ocasión y que al menos en los trescientos sesenta y cinco días que están por transcurrir, tengamos la dicha de ver al menos, una tarde de toros como Dios manda. Una sola, que como están las cosas, creo que con eso, podemos darnos por bien pagados.

¡Feliz año 2014!

domingo, 29 de diciembre de 2013

3 de enero de 1954: Jesús Córdoba y Estanquero de Pastejé


Jesús Córdoba
La temporada 1953 – 54 en la capital mexicana hoy en día puede ser calificada de irrepetible. Entre el 6 de diciembre de 1953 y el 14 de marzo de 1954 se dieron 28 festejos, dos cada domingo en las plazas México y El Toreo de Cuatro Caminos, y por lo que las crónicas de la época reflejan, con lleno en los tendidos en ambas. Aclaro que en la plaza más grande del mundo se totalizaron tres corridas más – el número exacto fueron 17 en La México y 14 en Cuatro Caminos – para sumar treinta y un corridas de toros entre el 22 de noviembre de 1953 y el ya indicado 14 de marzo de 1954.

El elenco de la Plaza México tenía como principales atractivos la reaparición de Armillita después de casi cuatro años de su apoteósica despedida en ese mismo escenario, la presencia de las figuras del momento como lo eran Manuel Capetillo, Jesús Córdoba, El Ranchero Aguilar y Juan Silveti y las confirmaciones de alternativa de toreros como Antoñete, Calerito o Chaves Flores. En Cuatro Caminos las cabezas de cartel eran Fermín Rivera, Jumillano, Manolo Vázquez, Luis Procuna, Antonio Velázquez y Luis Castro El Soldado. Dos toreros participaron en los dos elencos, el madrileño Julio Aparicio y el albaceteño Manuel Jiménez Chicuelo II.

Dos corridas triunfales el mismo día

Las primeras corridas del año 1954 en la capital mexicana fueron de triunfo. Hace un año me ocupé de los sucesos del Toreo de Cuatro Caminos y al final de la entrada apuntaba que al prestarse las circunstancias me ocuparía de lo que sucedió esa misma fecha en la Plaza México, en corrida organizada por la esposa del Presidente de la República a beneficio de la Asociación de la Protección de la Infancia, misma en la que se acartelaron Rafael Rodríguez, Jesús Córdoba, Jorge El Ranchero Aguilar, Manuel Calero Calerito, Pedro Martínez Pedrés y Antonio Chenel Antoñete para lidiar toros de Pastejé, ganadería que recién había sido adquirida por Carlos Arruza, dando lugar al hecho singular de que una persona fuera ganadero en México y en España al mismo tiempo.

En Cuatro Caminos, con un lleno, alternaron Héctor Saucedo, Manolo Vázquez y Emilio Ortuño Jumillano ante tres toros de Coaxamalucan y tres de Rancho Seco. Fue la gran tarde de Manolo Vázquez en la capital mexicana, cortando el rabo a un toro de regalo de Xajay. Lo que sucedió ese día pueden leerlo en esta ubicación

Jesús Córdoba y Estanquero

La corrida de la Plaza México también se celebró con un lleno hasta el reloj. La mejor faena de la tarde corrió a cargo de Jesús Córdoba quien ante el segundo de la tarde, Estanquero, firmó lo que sería su obra más importante de esa temporada y una de las más destacadas de su paso por el ruedo de la Colonia Nochebuena. Encontré dos versiones del suceso. La primera está firmada por Don José – presumiblemente José Octavio Cano – y es de febrero de 1966, contenida en una sección de remembranzas de la Revista Taurina que se publicaba por esos días en la Ciudad de México y es del tenor siguiente:
El segundo toro de la tarde se llamó “Estanquero”, bien presentado y con imponentes defensas. Y ante este respetable burel, vimos muletear a Córdoba con perfección, limpio arte y asentamiento de figura consagrada… Poco logró hacer con el capotillo. No hubo mayor relieve en los quites, pero con la muleta, después de brindar a toda la concurrencia, Chucho se fue agigantando y causando asombro por la pureza de su estilo, por la naturalidad que imprimía al trazo de los pases. Con sabor, con cadencia, dibujó los derechazos amplios, despaciosos, llevando el engaño terso y suave ante la cara del astado, sin una descompostura, sin un tropiezo, conservando la misma exacta distancia siempre, entre los pitones y los vuelos del trapo rojo. Enseguida, con aplomo y ajustamiento, con pasmosa tranquilidad, imperturbablemente sereno, ejecutó en varias tandas los naturales, extraordinarios, largos, templados, completos… Córdoba iba desarrollando una faena de arquitectura admirable y ejemplar, reuniendo el dominio sobre el toro con arte cristalino. Destacaron los de pecho, echando todo el toro por delante y los cambios de mano, precisos, oportunos, con jugueteo de los giros de la muleta entre los puñales de la fiera. Intercaló un pase de rodillas muy lento y dramático, más tarde se adornó con los lasernistas que dieron las últimas pinceladas al trasteo bello y perfecto. Y con un estoconazo hasta la empuñadura, coronó Chucho Córdoba su admirable labor para ser premiado con la oreja que reclamaron multitud de pañuelos y con ovaciones ensordecedoras y prolongadas, que le obligaron a recorrer dos veces el redondel, entre sombreros, ramos de claveles y aclamaciones vibrantes de rendida admiración a su arte depurado, al clasicismo de su toreo y a la verdad nítida que predominó en todos los momentos de aquella magnífica faena…
La otra versión apareció publicada en el diario El Siglo de Torreón el 4 de enero de 1954, al día siguiente del festejo y aunque más breve, relata lo que sigue:
Jesús Córdoba, máximo triunfador en la corrida de ayer en la capital. En la Plaza México se verificó la corrida a beneficio de la Asociación de Protección a la Infancia, bajo el patrocinio de la Primera Dama, lidiándose toros de Pastejé, sobresaliendo por su bravura los lidiados en segundo, quinto y sexto turnos... Córdoba fue el máximo triunfador de esta tarde; veroniqueó con sabor y en el último tercio realizó bellísima e inspirada faena iniciada con dos doblones, dos tandas de buenos derechazos; en dos ocasiones dibujó la vitolina con limpieza y emoción singular, siguiendo con una cátedra de toreo al natural, intercalando un molinete de rodillas, terminando con una estocada hasta las cintas. Se le concedió una oreja y el público abroncó al juez por no darle otro apéndice; dio tres vueltas al ruedo entre interminables ovaciones...
Aunque en esencia esta última versión no difiere de la de Don José, contiene un dato adicional que refleja la magnitud de la obra del Maestro Córdoba, que es la bronca que la concurrencia le echó al Juez de Plaza – Presidente – por no conceder la segunda oreja a la faena realizada, sobre todo si consideramos que de ambas relaciones, la de la fecha de la corrida y la de la remembranza, se desprende que se realizó sobre el eje fundamental del pase natural, algo que a mi juicio agrega valor a cualquier trasteo y cobraría aún mayor valor cuando se otorgara a Pedrés la oreja de Gitanito, 5º de la tarde y a Antoñete la de Giraldillo, el que cerró plaza.

Jesús Córdoba reaparecía esa tarde después de haber sido herido el 29 de noviembre anterior en ese mismo ruedo y al domingo siguiente en la reaparición de Armillita volvería a visitar la enfermería nada más al abrirse de capa, lo que le alejaría del ruedo de Insurgentes hasta el año de 1956.

Esta tarde, el nombre de Estanquero se unió a otros como los de Luminoso y Cortijero en la trayectoria de Jesús Córdoba por el ruedo de la Plaza México, inscribiéndose en las páginas trascendentes de nuestra Historia del Toreo.

martes, 24 de diciembre de 2013

¡Feliz Navidad!

Norman Rockwell
A Family Christmas
Como cada año, desde hace ya cinco, estoy otra vez aquí para expresarles mi deseo de que estas fiestas sean para todos Ustedes un momento de regocijo y como antes se los he externado quiero desearles:

  • Que estén reunidos con su familia.
  • Que todos sus viajeros hayan llegado a casa con bien y que ya estén a su lado.
  • Que los que quieren y estiman tengan salud y que Ustedes gocen de ella también.
  • Que en estos tiempos complicados tengan ese bien tan escaso que es el trabajo.
  • Que su mesa esté servida y que la providencia les haya permitido ayudar a servir la de otro menos afortunado.
  • Que su afición a esta fiesta siga adelante y que les anime a seguir haciendo amigos y a conservar los que tienen.
  • Y este año agrego un deseo más: Si podemos tenderle la mano a alguien que tenga un poco menos de suerte que nosotros, hagamoslo... 

Desde aquí les doy a todos Ustedes un virtual abrazo y espero que en el tiempo por venir, las cosas les resulten mejor, que como decía una persona muy querida para mí, el sol sale para todos.

Y continuando con ese ya acostumbrado apelar a mi alícuota sajona, ilustro esta entrada con otra de las obras del pintor estadounidense Norman Rockwell, titulada A Family Christmas (Navidad en Familia), misma que creo que no requiere mayor explicación. Ojalá lo encuentren interesante.

¡Feliz Navidad a todos!

domingo, 22 de diciembre de 2013

21 de diciembre de 1952: El Ranchero Aguilar y Náufrago de Rancho Seco

Jorge El Ranchero Aguilar
(Foto cortesía altoromexico.com)
En el transcurso de la semana me preguntaba qué tema abordar para estos días en los que la atención de muchos está en otros temas. Al revisar las efemérides me encontré con que hace algo más de seis décadas al igual que éste día se lidió en la Plaza México una corrida de Rancho Seco a la que enfrentaron Andrés Blando, Luis Miguel Dominguín y Jorge El Ranchero Aguilar. Vistas las crónicas escritas acerca del mismo, me decidí a presentárselos como el tema por este par de días.

La temporada 52 – 53

En el ciclo de corridas que ofreció el doctor Alfonso Gaona entre el 2 de noviembre de 1952 y el 1º de marzo de 1953 – en número de 18 – destacaron las confirmaciones de alternativa de Luis Miguel Dominguín y de Rafael Ortega – éste, en su única actuación en La México –; las despedidas de Carlos Arruza y Silverio Pérez; las grandes faenas de Manuel Capetillo a Fistol de Zotoluca, del Ranchero Aguilar a Montero de San Mateo, de Carlos Arruza a Bardobián de Zacatepec, de Luis Miguel a Pajarito de San Mateo, de Luis Procuna a Polvorito y de Manolo dos Santos a Lusitano, ambos de Zacatepec. Es también la temporada de las grandes broncas de Luis Procuna, que tienen su clímax la tarde del 15 de febrero de 1953, cuando el Berrendito regala al citado toro Polvorito y revierte una tarde en la que exhibió la summa de sus fracasos y tuvo su renacimiento como torero.

La 10ª de la 52 – 53

Luis Miguel Dominguín
(Foto: James Burke - Life, 1959)
Para la décima corrida de la temporada, decía que se anunció a Andrés Blando, Luis Miguel Dominguín y Jorge El Ranchero Aguilar con toros de Rancho Seco. El primer espada se presentaba en la temporada y en cierta manera era retribuido por un triunfo que había logrado al final de la temporada anterior, en tanto que los otros dos alternantes eran de los triunfadores de la temporada.

Luis Miguel Dominguín, en su tercera aparición consecutiva del ciclo, había logrado ya revertir la hostilidad que inicialmente tuvo la afición mexicana en su contra, que llevada por las versiones que culpaban al madrileño de la muerte de Manolete, le recibió de mala manera y estaba dispuesta a abroncarle por cualquier causa. Delante del toro fue como demostró su real valía y el hecho de que todo lo demás eran solamente infundios.

La crónica escrita por Carlos León para el ya extinto diario Novedades de la Ciudad de México, relata en lo que interesa, lo que sigue:
Otro gran triunfo del “Ranchero”: Corta dos orejas. – Luis Miguel lidió bien al quinto y lo mató de volapié concediéndosele un apéndice. – Aguilar, en el que cerró plaza, un mozo de 548 kilos, armó el alboroto y salió en hombros. – Andrés Blando, incoloro. – ¡Qué buen torero es Luis Miguel!. – Tan bueno, que como no pueden acabarlo en franca lid sobre los ruedos, han tenido que servirse de medios innobles. Primeramente, la necia campaña de desprestigio, que se derrumbó en pocos segundos cuando Luis Miguel conquistó al público el día de su debut. Después, la sucia calumnia de que había triunfado con toros “afeitados”, infundio que las autoridades deshicieron, poniendo en ridículo al vil calumniador. Y por último, ayer, los “reventadores” a sueldo que buscaron sacar de quicio a “Dominguín”, mientras éste, flemático y torero, sin perder la calma en ningún instante, fue callando poco a poco los gritos, hasta cuajar un triunfo y cortar una oreja… No fue un triunfo fácil y por ello tuvo mayor mérito. Teniendo que vencer un ambiente molesto, luchando a la vez con los toros y con los enemigos emboscados. Luis Miguel hizo gala de una gran serenidad y fue labrando el triunfo paso a paso, conquistando el terreno palmo a palmo, hasta imponerse triunfador sobre las circunstancias difíciles y las opiniones adversas, sosteniéndose, a la postre, en el sitio señero de mandón de la fiesta… En cambio para Jorge Aguilar todo era propicio. Sus éxitos recientes le habían ganado el favor popular, muy justificado por cierto. Pero, sobre todo, su gesto hombruno de darle la pelea en el ruedo a Luis Miguel, en vez de rehuir la batalla y darla solamente a través de sus publicistas, lo traía de antemano aureolado de un prestigio varonil que además justificó bravíamente con el sexto de la tarde. Así, el “Ranchero” no tuvo que agazaparse tras las turbias calumnias de “Don Primicio”; ni menos necesitó pagar gritones que fueran a zaherir a un compañero. Le bastó con dar la pelea franca y abierta, con auténtica nobleza, para unir su triunfo al de “Dominguín”, cortar orejas y salir en hombros de los aficionados… Dos orejas para Aguilar. No nos gustó Jorge con su primero. Se atrabancó, se atropelló, anduvo sin plan por toda la plaza, derrochando agallas, pero sin acoplarse con “Bandolero”, viéndose en apuros hasta para pasaportarlo con la tizona… Pero a “Náufrago”, el sexto, le cuajó una faena pletórica de emotividad, de las que llegan hondo a las masas, tanto por el valor que derrochó como por las excelsitudes que alcanzó en instantes de buen toreo… “Náufrago”, que fue el único toro bravo del encierro y que pesaba además quinientos cuarenta y ocho kilogramos y traía pujanza y fiereza, ayudó a hacer más impresionante la labor de Aguilar. Desde los muletazos iniciales, por alto, en que la fiera embestía arrolladora y el “Ranchero” se paraba inmóvil, la nota dramática se posesionó de los espectadores. Poco después de aquél preámbulo estoico, Aguilar encendió más aún los entusiasmos al correr la mano en los derechazos de angustioso corte, pero mandando sobre la fiera. Igualmente en sus naturales, el moreno se recreó, saboreó lo que hacía, logrando que en ningún momento se perdiera el ángulo dramático y emotivo que culminaría cuando se echaba al toro por delante en el garbo de los forzados de pecho. Con el ruedo lleno de sombreros y con la muchedumbre enloquecida, desorbitada por el angustioso toreo del mexicano, ya lo de menos fue que Jorge pinchara y que enseguida rematara su labor con un espadazo caído. El tan solo quería que se muriera el toro, para izar en hombros al ídolo popular de la presente temporada. Y tras de concederle las orejas, en volandas se lo llevaron, triunfador, culminando así otra actuación relevante de este muchacho que está en su momento y está sabiendo aprovecharlo…
La última tarde de Juan Espinosa Armillita

Juan Espinosa Armillita
(Foto: Luis Reynoso)
La fiesta es de triunfo y tragedia y en esta tarde no pudo apartarse de los triunfos relatados antes, la tragedia de uno de los más grandes toreros de plata que hayan pisado un ruedo en lo que un día fuera el planeta de los toros. Me refiero a Juan Espinosa Armillita, personaje del que ya me he ocupado en otro espacio de esta misma Aldea, quien esa tarde salía en la cuadrilla de Luis Miguel Dominguín.

Juan Espinosa Saucedo se había retirado de los ruedos el 3 de abril de 1949 junto con su hermano Fermín y volvió a los ruedos esa temporada para auxiliar a los hermanos Pepe y Luis Miguel Dominguín en su primera campaña americana, en reconocimiento a la amistad que unía a las familias de ambos toreros. 

El segundo toro de la tarde, llamado Cañí, le prendió al colocar el primer par de banderillas, al parecer sin consecuencias, pero el torero se dolió del golpe y pasó a la enfermería en donde se le encontró una cornada de grandes proporciones. El parte médico rendido fue el siguiente:
Herida con orificio de entrada de cuatro centímetros, penetrante de vientre y tórax por donde hace hernia el epiplón mayor en la base del hemitórax izquierdo, cara lateral a la altura del décimo espacio intercostal. Interesó partes blandas, fondo del saco pleural, peritoneo y fosa renal izquierda, dejando al descubierto el riñón. El diestro sufre fuerte estado de shock y la herida es de las que ponen en peligro la vida.
Juan Espinosa Armillita se recuperó del percance y vivió varios años más, pero esa fue la última tarde que salió a un ruedo vestido de luces.

domingo, 15 de diciembre de 2013

13 de diciembre de 1931: Triunfal alternativa de Luciano Contreras en Bogotá

Plaza de Toros Santamaría de Bogotá
La que hoy conocemos como la Plaza de Toros Santamaría se inauguró el 8 de febrero de 1931 y era conocida en esos días solamente como Plaza de Toros de Bogotá. Fue edificada gracias al esfuerzo e inversión de don Ignacio Sanz de Santamaría, quien poco menos de una década antes formara la ganadería de Mondoñedo, a partir de vacas nacionales y sementales españoles de Santa Coloma y Veragua.

El primer año de funcionamiento de la Santamaría constó de tres temporadas, la de inauguración, una que se celebró a mediados del año y la que da motivo a esta entrada, iniciada precisamente con este festejo y que contaba con la presencia de los matadores Cayetano Ordóñez Niño de la Palma, Manuel del Pozo Rayito, Sidney Franklin y Andrés Mérida y de los novilleros Francisco Gómez Aldeano y Luciano Contreras que recibirían la alternativa.

La mayor parte de los encierros vendrían de la ganadería de Mondoñedo, destacando las corridas de apertura del serial – 13 de diciembre – y de cierre del mismo, en el que el Niño de la Palma enfrentaría en solitario la corrida, aunque al final cediera el sexto al sobresaliente Andrés Mérida.

Dramatis personae

El malagueño Andrés Mérida había recibido la alternativa en Sevilla en abril de 1930 y en esa tarde, llevando de padrino a Chicuelo y de testigo a Cagancho, le cortó el rabo a uno de sus toros. Confirmó ese doctorado en octubre de ese mismo año en Madrid y sumó 11 corridas en ese calendario.

Luciano Contreras gustó de caminar por las veredas del arte. Quizás fue por eso que en su carrera se notaron las intermitencias de los triunfos. Se presentó en El Toreo en 1925 y había actuado en Madrid en 1930 y tuvo éxitos de consideración.

Por su parte el valenciano Francisco Gómez Aldeano tenía cierto predicamento en Madrid y sus alrededores por el valor que demostraba delante de los toros, aunque su desempeño con las telas, al decir de Cossío fuera basto.

La corrida

El anuncio de la corrida
El Tiempo, Bogotá, 13 de diciembre de 1931
El anuncio del festejo aparecido en el diario El Tiempo de la capital colombiana el día de la corrida, establecía el orden en que los espadas anunciados actuarían en los tres primeros toros y así, se indicaba que Aldeano estoquearía el primero de la tarde y por ende recibiría la alternativa en el mismo; que el segundo correspondería a Luciano Contreras previa la cesión de trastos y que Andrés Mérida estoquearía al tercero y que una vez cumplidas las ceremonias, la lidia tomaría su orden normal, con Mérida estoqueando el cuarto, Aldeano el quinto y Luciano el sexto.

De la relación del festejo que se contiene en el mismo diario, aparecida al día siguiente y firmada por Jorge Forero Vélez Ro – ZETA, se desprende que el orden seguido no fue precisamente ese, sino que efectivamente Aldeano estoqueó al que abrió plaza, pero Mérida se enfrentó al segundo y Contreras recibió la alternativa con el tercero de la tarde, según podemos leer:
La corrida de inauguración. Triunfo de Luciano Contreras. Mérida fracasa estruendosamente. Cogida de Aldeano. Toros malos y mansos. Un verdadero río humano semejaba ayer tarde la Avenida de la República, encauzando a millares de espectadores que se dirigían a la plaza. Las oleadas de muchedumbre efervescente, ávida de sensaciones, invadieron los tendidos y palcos. Lleno rebosante el sol y muy buena entrada en sombra. Doce mil aficionados batieron palmas, cuando a las tres y media el presidente hizo sonar el clarín para que salieran las cuadrillas… Grande expectativa y mucho entusiasmo al comenzar. Más tarde, broncas y fortísimas protestas. Luego, ovaciones delirantes premiando el arte y el valor. De todo hubo en la corrida de ayer; cosas muy buenas y cosas muy malas, triunfos y fracasos; pero en general, el festejo dejó esa sensación agitada y violenta, contradictoria a veces, propia de la fiesta brava… Tercero. Número 101, negro, astifino y más pequeño que los anteriores. Todavía duraban las protestas por lo anterior, cuando, señores, inesperadamente, el diestro mejicano Luciano Contreras, que había pasado desapercibido hasta el momento, electriza a los espectadores con cuatro verónicas que fueron cuatro monumentos. Qué cantidad de arte, de majeza y de valor. Es imposible torear más cerca e imprimiendo a la silueta mayor elegancia y armonía. Allí, frente al tendido 3 queda eso, para que lo mejore quien pueda… En los quites vuelve a deleitar al respetable con verónicas, medias verónicas y recortes sobrios y estilizados. Coge luego banderillas y clava un par entre ovaciones. Maera, el otro mejicano, también es aplaudido en su turno. La faena de muleta merece párrafo aparte… Previa la ceremonia de la alternativa, Luciano se encara con el burel e instrumenta un pase por alto, luego otros de pecho y por alto, todos de colosal estilo, dos ayudados, barriendo el lomo con el trapo rojo y estalla la ovación. Estamos en presencia de un torero grande. Enseguida tres naturales, asombroso el primero. Más tarde, algo increíble y deslumbrador que produjo en los espectadores, ya emocionados hasta el paroxismo, un verdadero rugido de entusiasmo: un pase de la firma en que el cornúpeto dio una vuelta completa, enroscado en la cintura esbelta del artista. Un conjunto de belleza plástica insuperable. He ahí la grandiosidad de la fiesta española: el dominio de una fiera por el arte. Y para completar, un estacada hasta el pomo, que hace innecesaria la puntilla. Doce mil pañuelos garabatean la demanda de la oreja para el triunfador, y las gargantas enronquecen aclamándolo. Infinidad de vueltas al ruedo y todos los honores se le dispensan… Sexto. Número 58, negro zaino, bien puesto de cabeza y muy bonita lámina. Es más bravo que sus hermanitos y hace alguna pelea con los montados; sin embargo, para no desentonar demasiado con los cinco restantes, se sale suelto del último puyazo. Contreras reafirma la magnífica impresión producida en su primero. Con el capote y muleta vuelve a ser calurosamente ovacionado y redondea su halagador éxito, demostrando ser uno de los mejores toreros llegados a estas altiplanicies. Vueltas al ruedo, apoteosis final y salida en hombros hasta el hotel fueron el epílogo de su brillante jornada… Resumen. Entusiasmo desbordante al comenzar, tocado en violenta indignación contra un torero que no supo respetar su nombre, ni la categoría de nuestra plaza mofándose de la tolerancia del público. En otras ocasiones el entusiasmo del comienzo subió hasta los límites del delirio aclamando la sublime labor de Luciano Contreras. En cuanto a Aldeano, se mantiene una cierta expectativa, para saber si vuelve por sus fueros de buen torero, ya que de matador, a todos nos dejó satisfechos… Parte del malestar producido en la plaza, se debió al ganado de Mondoñedo: malo, manso y bronco, no hizo el menor honor a su divisa… Las cuadrillas, regulares. Mucho desorden en la plaza, miles de capotazos inútiles y mala dirección de lidia. Maera, el banderillero mejicano que se distinguió con los palos, abusó, en cambio, de manera con el capote. De los picadores, recordamos a Calderón y a Abadía (hijo)…
A Andrés Mérida se le fueron vivos dos toros, el primero de su lote y el quinto de la tarde que tuvo que haber matado por percance de Aldeano, que recibió una herida en el cuello, del lado derecho, sin que el diario consultado revele parte facultativo que aclare la magnitud de las lesiones que sufrió.

Luciano Contreras
Foto cortesía del blog
Toreros Mexicanos
Don Luis Ruiz Quiroz, en sus Efemérides Taurinas Mexicanas señala que en esta tarde, Luciano Contreras obtuvo el primer rabo que se concedía en la plaza de toros Santamaría, aunque la crónica consultada no refleja la concesión de tal apéndice.

Una buena tarde no hace verano...

Andrés Mérida renunció a la alternativa en 1934. Poco toreó en su nueva incursión en el escalafón novilleril. Falleció en 1939.

A Aldeano tampoco le sirvió de mucho el doctorado de esta tarde, pues para el día de San José de 1932 ya estaba anunciado en Madrid con novillos de Santa Coloma y llevando como alternantes a Juan Mazquiarán Fortuna Chico y a Félix Rodríguez II.

Luciano Contreras quizás tuvo uno de sus momentos de mayor notoriedad en los despachos, en 1946, cuando pretendió romper relaciones con la torería española porque Manolete no pudo – o no quiso – torear la corrida a beneficio del Sanatorio de Toreros. Él terminaría recibiendo otras alternativas: en septiembre 1932 en Cuenca, España, misma que confirmó en El Toreo en noviembre de ese mismo año y en diciembre de 1936 en Querétaro.

Así era la fiesta cuando había toros en Bogotá.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Un festín de truhanes

Juan Pellicer Cámara
Ya en una oportunidad anterior había presentado a Ustedes a Juan Pellicer Cámara. Quizás me quedé corto al omitir algunos detalles sobre la revista Tiempo. Semanario de la vida y la verdad, fundada en la Ciudad de México por Martín Luis Guzmán en el año de 1942 y que todos los martes del año daba espacio a una pluralidad de pareceres sobre casi todos los temas que eran del interés nacional.

Entre los temas a los cuales daba espacio Tiempo, se encontraba la fiesta de los toros, a la que se consideró en esas páginas parte de nuestra vida y de nuestra cultura. Así, primero colaboró con sus Cartas Taurinas dirigidas al fundador y director del semanario el nombrado Juan Pellicer, que fuera durante una época también Juez de Plaza – Presidente – de la Plaza México y tras de su fallecimiento, asumiría la labor otro destacado periodista, Rafael Morales Clarinero.

Una interesante selección de las Cartas Taurinas de Juan Pellicer Cámara fueron recopiladas en el año de 1973 en un volumen que lleva precisamente ese título y a partir de que el escritor y académico de la Puebla mexicana Horacio Reiba Alcalino recordara en una de sus columnas semanales la expresión que sirve de título a esta entrada, me di a la tarea de releerla y al observar que su contenido tiene hoy en día un alto grado de vigencia – se publicó originalmente el 27 de enero de 1969 – considero que vale la pena reproducirla:

Un festín de truhanes 
Señor Director: 
En una carta anterior, no recuerdo cuál, le escribí algo sobre la frase, tan usual cuando se habla de toros, “El arte de Cúchares”. Ahora quisiera decirle algo alrededor de otra frase, también de uso común y corriente, cuando se escribe, cuando se habla del tema taurino: “La fiesta de toros”. Desde hace siglos, en los romances moriscos, recuerda usted, querido don Martín, aquellos en que se relataban hazañas de toreros moros, Gazul entre otros, que lidiaban a caballo y que, en ocasiones, competían con jinetes cristianos, se decía “La fiesta de toros”. Moratín, don Leandro Fernández de Moratín, escribió famosos versos, relativos a “Una fiesta de toros en Madrid”. Y así, a través del lenguaje, escrito o hablado, hasta nuestros días, seguimos refiriéndonos a "La fiesta de toros". A veces, en España, la han denominado, con un sentido más local y muy merecido, porque fue en España donde nació el toreo, tal como lo conocemos ahora, la han denominado, digo, “La Fiesta Nacional”. 
Un poema, maravillosamente descriptivo, de Manuel Machado, se titula con esa frase. También se ha designado a las corridas, atendiendo a la fiereza, a la bravura de los toros, casi desaparecida en la actualidad, como “La Fiesta Brava”. Usted notará, que hay una palabra, siempre invariable en estas denominaciones y es la palabra fiesta. Fiesta de toros, fiesta nacional o fiesta brava. Fiesta única, en verdad. Fiesta extraña, en la que se mezclan, en la que se entrelazan, de manera deslumbrante, desde por el sol que la preside, hasta por el brillo de la ropa en que se enfundan los actores, la vida y la muerte.  
Fiesta de terror y de alegría, como dijo Manuel Machado en su poema. Fiesta soberbia, de valor, de gallardía, de belleza plástica incomparable. La fiesta por excelencia del pueblo español, la fiesta por excelencia, arraigadísima ya como ninguna otra, del pueblo mexicano. Fiesta varonil, de arrojo, de destreza, de arte. El ambiente de la plaza de toros es de fiesta, como no lo es ningún otro ambiente y cuanto lo rodea, la casa del torero, la taberna, el café, el tablado flamenco, la feria, todo es fiesta. Es la fiesta de toros, la fiesta nacional, la fiesta brava. 
Pero, ahora los mercaderes han invadido la fiesta. Los mercaderes están detrás de los escritorios en las empresas de toros; están los mercaderes, también detrás de otros escritorios, como apoderados de los toreros y también están los mercaderes en las ganaderías, convertidos en simples tratantes de ganado. Es el apogeo del comercio taurino. La fiesta se ha ido apagando.  
El pueblo sigue acudiendo a las plazas, pero algo enturbia la alegría de la fiesta. Se presiente la estafa. Solamente y de manera brutal y torpe, impera un exclusivo afán de comerciantes. La fiesta aún no ha muerto. Todavía no la han matado. Pero, ya no es la fiesta. Es un espectáculo manejado, exclusivamente, para obtener dinero. Es un festín de truhanes. ¿Ha visto usted, don Martín, a los zopilotes, revolando sobre el cadáver de una inminente presa? Es el festín que agrupa a los que están acabando con lo que fue la fiesta por excelencia. Hasta la próxima. (Cartas Taurinas, Págs. 209 - 211)
Creo que podrán coincidir conmigo en que lo que escribió Juan Pellicer Cámara hace casi 45 años con algunos matices únicamente de grado, es perfectamente aplicable a lo que hoy sucede en esta fiesta.

Espero que les haya resultado de interés.

Aclaración necesaria: Los resaltados en el texto citado son obra imputable exclusivamente a este amanuense.

Referencia bibliográfica: Cartas Taurinas. – Juan Pellicer Cámara, con prólogo de Carlos Pellicer. – Editorial Joaquín Mortiz, colección Contrapuntos. Primera edición, México, 1973, 211 páginas, con ilustraciones en blanco y negro. – Sin ISBN.  
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