domingo, 9 de junio de 2013

En busca de la competencia

Diego Silveti en Madrid (19/05/2013)
Foto cortesía de altoromexico.com
En 1989 vio la luz una obra escrita por el matador de toros y escritor de toros Juan Posada que lleva el título que he escogido para esta entrada. Contiene el sumario que hace el torero – escritor de los sucesos más relevantes de la temporada de ese año en España y en él, en plena era de Espartaco aparte de presentar un ensayo literario sobre los sucesos de ese calendario taurino, reflexiona sobre la necesidad de que Juan Antonio Ruiz encontrara competidores entre sus pares. Su impresión es que en esos días, el único torero que se le aproximó – taurina y no numéricamente – fue Roberto Domínguez y que otros diestros, como Julio Robles u Ortega Cano, teniendo todo para asaltar la cumbre, discurrieron por otras vías.

Hoy únicamente tomo prestado el título de la obra de Juan Posada, pero la aproximación al tema, pretendo que sea distinta. Espero no faltar a la memoria y a la obra de quien concibió el título que aprovecho.

Habían pasado trece años sin que un matador de toros mexicano cortara una oreja en la Plaza de Toros de Las Ventas. Hace un año la temporada madrileña se prestaba para que nuestros toreros replicaran lo que por última vez – 22 de mayo de 2000 – realizó Eulalio López Zotoluco en la que se considera la principal plaza de toros del mundo, pues actuaron en esa ocasión siete matadores de toros y un novillero. Las cosas no resultaron de la manera esperada y el intento quedó postergado para este año, en el que la presencia numérica de los toreros mexicanos fue inferior a la del año anterior y según la opinión de algunos, en condiciones más desventajosas que en años anteriores.

Arturo Saldívar, Madrid, 28/05/2013
Foto cortesía de altoromexico.com
El día 19 de mayo se rompió el maleficio. Diego Silveti, en un ejercicio de entrega y valor, en medio de una granizada, cortó una oreja al toro Orador de Fermín Bohórquez; obtuvo réplica de Arturo Saldívar nueve días después – se llevó la oreja de Afrentoso de El Ventorrillo – y ya en el llamado Ciclo del Arte y la Cultura – que tiene solución de continuidad con San IsidroJoselito Adame consumó una actuación que, al decir de las crónicas escritas, fue la más contundente de nuestros paisanos, poniéndose, como en alguna de esas relaciones se dijo, a una espada de la Puerta Grande, obteniendo la oreja de Hojalayero de Montecillo

La presentación de Sergio Flores como matador de toros se fue por el camino de las espinas, pues el toro de su confirmación le hirió y le impidió mayores hazañas. Juan Pablo Sánchez se presentó el 7 de junio y en uno de esos vuelcos que da la fortuna, uno de sus alternantes ha sido Joselito Adame, quien se ganó la sustitución de Iván Fandiño con su entonada actuación de tres días antes y tras de saludar en su primero, volvió a pasear una oreja del segundo de su lote, Alcaparrito de Alcurrucén, en tanto que su paisano y alternante, Juan Pablo Sánchez corrió con poca suerte Hacía 41 años que un torero mexicano no cortaba dos o más orejas en una temporada madrileña. Eloy Cavazos y Curro Rivera fueron los anteriores, en el ya lejano San Isidro de 1972.

Por el lado contrario, varios aficionados de pro consideran que la plaza de Madrid ha perdido seriedad – verbenera u orejera le llaman – y discuten la solidez de los triunfos obtenidos durante estos ciclos feriales. Insisten en que el rasero que implica la obtención de trofeos se ha reducido al mínimo y que hoy resulta fácil – si es que hay alguna facilidad en intentar hacer el toreo – cortar orejas en la Villa y Corte.

Mi conocimiento de los hechos de nuestros toreros viene de la televisión. La tele nos lleva los toros a la comodidad de nuestro salón, pero también nos muestra una imagen parcializada de los sucesos en la plaza. Vemos en acercamiento al torero y al toro, pero el resto de la escena que se nos muestra – en audio y vídeo – está sujeto a la voluntad – o al interés – del productor de la transmisión. Por esta razón, mis apreciaciones pueden resultar incompletas o equivocadas.

Joselito Adame, Madrid, 04/06/2013
Foto cortesía de altoromexico.com
Yo no voy a discutir el valor de las orejas cortadas por los toreros mexicanos en esta primavera madrileña. Lo que veo yo en la concesión de ellas, es más bien el interés de una afición que, después de muchos años de ver repetidos nombres y bosquejos de triunfos en Las Ventas, encontró a un grupo de jóvenes que sin duda, han demostrado que quieren y pueden ser toreros y consideró que ellos, que se han conducido sin complejos en un escenario que impone, pueden ser los que despierten de su marasmo a quienes han mantenido bajo anestesia general las cosas de toros y toreros allá en España.

Creo que es por eso que las actuaciones de los toreros de México – y también tuvo ese síntoma la presentación del novillero colombiano Sebastián Ritter – han sido valoradas en esa forma. Tengo la impresión de que ahora es la afición – y los públicos – la que, a falta de que los miembros del establishment taurino intenten romper con esa inercia negativa, intenta encontrar a quien o quienes se encarguen de revertir ese estado de cosas, aún a riesgo de que se considere que los triunfos obtenidos son sobrevalorados.

El otro ingrediente para propiciar esa competencia está en quienes se autocalifican como los profesionales. Son ellos los que tienen en sus manos la ocasión de propiciar y fomentar esa competencia que los que pagan por entrar a las plazas esperan hallar en el ruedo. Es a esos profesionales a quienes debe interesar que los encuentros entre una generación mexicana de toreros – que en el ambiente hispano serían emergentes – y quienes ocupan puestos de importancia en el escalafón se produzca e invite a la gente a volver a los tendidos.

Creo que los cimientos están ya puestos, ahora sigue levantar el edificio. La pregunta aquí es: ¿se pondrán los interesados a hacerlo, o mantendrán la posición cómoda y cortoplacista que ahora guardan? Solo el tiempo nos dará la respuesta.

domingo, 2 de junio de 2013

11 de febrero de 1945: La epifanía mexicana de Pepe Luis Vázquez

Pepe Luis Vázquez
(Imagen cortesía del Aula Taurina de Granada)
La décima tercera corrida de la llamada Temporada Hispano – Mexicana 44 – 45 representaba la quinta actuación de Pepe Luis Vázquez en el viejo Toreo de la Ciudad de México. Las crónicas reflejan que en las cuatro tardes anteriores había dejado muestras de su buen toreo, pero por algunas causas – principalmente, los toros – no había justificado aún el predicamento que precedió su llegada a esta tierra y que le hacía encabezar el elenco de toreros españoles que volvían a nuestras plazas después de una suspensión de relaciones taurinas que se inició en Madrid, en mayo de 1936.

Cagancho, Antonio Bienvenida, Gitanillo de Triana y Rafael Ortega Gallito ya se habían presentado también ante la afición capitalina y no habían tenido ocasión de poner sobre la arena las virtudes que atesoraban. Por su parte, Pepe Luis Vázquez en sus anteriores comparecencias pudo dejar constancia de su calidad, aunque sin redondear. Eso motivó que se le empezara a comparar con otro ilustre paisano suyo, Chicuelo, afirmando que requería de un tipo de toro bien determinado para poder lucir.

Para el 11 de febrero de 1945, Tono Algara anunció la presentación de la ganadería de Piedras Negras, cuyo encierro sería lidiado por Pepe Luis Vázquez, Rafael Ortega Gallito y Luis Procuna, que era uno de los triunfadores que la temporada había producido y que el domingo anterior le cortara el rabo a Cabrillo de Pastejé y ante el que, haciendo gala de su inventiva, realizara por primera vez el pase por alto que en ese día se llamó procunesa y que pasaría a la posteridad como la sanjuanera.

La corrida que me ocupa hoy estuvo a punto de ser suspendida por causa del viento que sopló toda la tarde. La crónica de Francisco Montes, publicada en el número 115 del semanario La Lidia, aparecido en la capital de México el 16 de febrero de ese año, refiere lo siguiente acerca de esa contingencia:

Minutos antes de que el reloj de la plaza marcara las cuatro de la tarde, la Empresa, por medio de unos cartelitos consultó con los asistentes si se daba la corrida en esas condiciones o si se dejaba para el lunes a las cinco de la tarde (ya que el peor enemigo de las corridas de toros es el mofletudo Eolo que además de poner en inminente peligro la vida de los lidiadores, desluce lógicamente todo lo que se intenta); pero siendo la respuesta afirmativa, la Autoridad ordenó hicieran el paseo las cuadrillas capitaneadas por Pepe Luis Vázquez, que vestía de obispo y oro; Rafael Ortega “Gallito”, de azul rey y oro y Luis Procuna, de verde nilo y plata; el paseo es frío y a tono con la tarde…

Ante los toros de Tlaxcala, fue cuando la afición de la capital mexicana pudo apreciar en toda su extensión la tauromaquia del torero del Barrio de San Bernardo. Fue su faena al cuarto toro, Anillito, número 13, negro bragado, que Pepe Luis Vázquez pudiera expresar su profunda tauromaquia. De la citada crónica de Francisco Montes, transcribo estas ideas:

Su segundo enemigo se llamó “Anillito”, número 13, negro, bragado, listón y capacho; el diestro de San Bernardo, molestado por el vendaval, pero imponiéndose a las circunstancias logró dos magníficas verónicas que remató con media estupenda, siendo muy ovacionado. En los quites “Gallito” derrochó valor y voluntad recibiendo palmas. “Bogotá” y Redondo parean con brevedad… Pepe Luis brindó la muerte de su enemigo al ex – presidente de la República de Cuba, coronel Fulgencio Batista que fue aclamado cariñosamente por toda la plaza. El sevillano, molestado por el vendaval, inicia su faena con un pase por alto, se pone la muleta en la mano izquierda y da el primer natural movidillo, para continuar con otros estupendos, naturales clásicos, siendo el tercero de la serie imponente y superior: un dechado de bien torear. La serie de naturales la liga con el auténtico pase de pecho y la ovación estalla tempestuosa, la música toca en su honor; sigue toreando en la misma forma, toreo serio, hondo, señorial, majestuoso, que hace de la plaza un manicomio; sigue su faena con la mano derecha en plan de escándalo, luchando continuamente con la sosería del burel y molestado por el viento que no ha dejado de soplar un solo instante; una gran faena, una estupenda faena que coronó con una estocada delanterilla que fue suficiente para mandar al destazadero al burel de Piedras Negras, un apéndice; la ovación es apoteósica, las palmas y la música acompañan la vuelta al ruedo del diestro sevillano, quien ha logrado cortar su primera oreja en “El Toreo” de México con una faena en la que tuvo que imponerse a los elementos… Los enemigos gratuitos del diestro de San Bernardo deben estar rabiando, ya que no podrán seguirle llamando “el torero del detalle”, pues su faena fue grandiosa y en circunstancias adversas para el torero; un triunfo meritorio que aunque lo deseen, no podrán negar sus detractores…

La relación que hace Francisco Montes nos refleja el impacto que causó la expresión íntegra de la tauromaquia de Pepe Luis Vázquez, dejando ver en su redacción, la emoción del cronista al poner en blanco y negro la impresión que su actuación le causó.

Una semana después, en el mismo semanario La Lidia, don Luis de la Torre El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada, reflexiona sobre esta actuación y creo que al margen del calor del momento, desentraña la esencia de la actuación del torero de San Bernardo. De su comentario, entresaco lo que sigue:

“Cuatro veces anteriores había dejado solamente el agridulce sabor en detalles fulgurantes de su arte personal, con la esperanza de que al fin destapara el frasco de la esencia pura de su toreo, tal como aconteció hace años con Manuel Jiménez, el torero de la Alameda. Y fue en esta tarde huracanada, cuando el viento en su furia incontenible se empeñó en impedir todo lucimiento, en la que Pepe Luis Vázquez, luchando abiertamente con el desatado elemento, luciera por primera vez en plenitud completa la maravilla del toreo clásico por excelencia. Fueron solamente en cantidad de nueve o diez los muletazos que a media plaza, sin buscar abrigo ninguno libertador del vendaval, los que dieron el triunfo definitivo al pequeño torero sevillano. Pero, ¡qué muletazos! Citando de frente y a distancia al burel para aguantar su acometida, empapándolo en los vuelos de la muletilla y engranar de esa guisa el verdadero toreo en redondo, rematado magistralmente con el auténtico forzado de pecho, ese muletazo de asombro que desde la época de Belmonte no habíamos vuelto a presenciar en toda su magnificencia. ¿Y después? Otra maravillosa serie de muletazos al natural rematados con un molinete doble en la misma cara de la res, esquivando así la acción del viento huracanado. ¡Asombroso! Una faena, más bien dicho, un FAENÓN clásicamente puro, coronado más tarde, ya en medio del entusiasmo general, con media estocada que hiciera a la res clavar las astas en la arena, para morir fulminada a los pocos instantes… La hazaña de Pepe Luis es de las que consagran. ¡Obligados estamos a entonar el “mea culpa” aquellos que supusimos no dejarían mayor recuerdo que sus detalles de oro purísimo en sus pasadas actuaciones! Lástima me causa escuchar en labios de viejos aficionados, conocedores de estos menesteres, frases tendientes a demeritar la que ha sido por todos conceptos la mejor faena de la temporada, por su auténtico clasicismo y belleza incomparable. Belmonte con un toro del Marqués del Saltillo (enero 22 de 1922) y “Chicuelo” con “Dentista” (octubre 25 de 1925), han vuelto a aparecer, gracias a Pepe Luis Vázquez, en el coso de la Condesa…

El anuncio del festejo en La Lidia
De estas reflexiones creo que vale la pena resaltar dos hechos, primero, el que sin buscar abrigo del viento, Pepe Luis Vázquez realizó una faena descansada en el pase natural y después, que con esa entregada actuación, entró en definitiva en el gusto de la afición de la Ciudad de México.

Por el resto del festejo, Luis Procuna cortó el rabo al sexto, Peregrino y Gallito saludó tras la lidia del segundo, Fistolillo. Al descabellar al sexto, Gallito se luxó el hombro derecho, pero pudo concluir su labor y por su pie se trasladó a la enfermería a ser atendido. 

Para Pepe Luis Vázquez, el gran triunfo en México vendría un año y seis días después, cuando en corrida nocturna, alternando con Manolete y de nuevo, Luis Procuna, cortara el rabo al toro Cazador de Coaxamalucan, en lo que resulta ser uno de los festejos míticos de nuestra historia taurina reciente y de la que ya me he ocupado aquí mismo en una entrada anterior.

Con este recuerdo de la tarde en la que manifestó su grandeza a la afición mexicana, expreso mi reconocimiento a la trayectoria de Pepe Luis Vázquez, quien entrara en la inmortalidad hace unos días.

Aclaro: Los resaltados en los textos transcritos no corresponden a sus originales, son responsabilidad exclusiva de este amanuense.

domingo, 26 de mayo de 2013

Una interesantísima pieza (II/II)


Aquí concluye lo que dejé pendiente la pasada semana…
…En lo referente al comportamiento de los toros, queda por dilucidar si obedece exclusivamente a una degradación de la especie, a un lamentable estado de la cabaña brava o a causas más inmediatas. Aunque no debe confundirse falta de casta con manipulación dolosa, la verdad es que, para los fines de los teóricos de la Fiesta, ambas se complementan. Al toro que no sale descastado de la ingeniería genética que practican muchos ganaderos se le «descasta» en los corrales. Ambas circunstancias conducen a lo mismo: a la docilidad del animal, a la generalización de un toro con las fuerzas precisas para mantenerse en pie embistiendo sin atosigar al matador. Lo que ocurre es que, a veces, a criadores y a manipuladores se les va la mano. Y, aprendices de brujo, son incapaces de controlar las fuerzas que han desatado. Por atemperar temperamento y fuerzas, les salen toros con sangre de horchata y toros verdaderamente inválidos. 
¿Cómo explicar los radicales cambios que experimenta el toro en las primeras carreras que da por el ruedo? Sale galopando con una pujanza y fiereza impresionantes, corre de acá para allá, obedece a los cites, acomete violento. Y, de repente, desfallece, claudica y rueda por la arena. En ese súbito cambio de personalidad algo ha pasado, independientemente de que el toro tenga más o menos casta. Alguna sustancia está obrando sobre su organismo y produciendo estas incomprensibles mutaciones. El pobre animal pasa dando tumbos el primer tercio, el tercio de banderillas, y luego acaba recuperándose, parcialmente, para llegar en circunstancias medianamente presentables a la muleta. En estas circunstancias debiera ser preceptivo el análisis de las vísceras para determinar por qué los toros se desploman. 
Pero no desesperemos. Si se minimiza, con tendencia a su supresión, la suerte de varas. Si, a sabiendas y groseramente, se manipula la fortaleza del toro, será por algo. Quizá porque el verdadero test, la suprema importancia, los taurinos la depositan en la muleta. Preparémonos, pues, a ver un toreo de arte sin mácula. Un toreo de arte, de plástica y de armonía requiere, dicen, un toro suave, noblote, justo de fuerzas; un toro que salga ya picado de chiqueros y, si es posible, de la dehesa o desde el vientre de la madre que lo parió. La tauromaquia así concebida convierte la pasión de lidiar en una composición de formas vacuas y sin emoción; se eliminan, por innecesarios, los recursos técnicos, la ciencia lidiadora y el arrojo y el valor. Al uniformarse las características de los toros, se uniforman también las reglas de la lidia. Con lo cual, las posibilidades de algunos toreros que sienten y practican el toreo con autenticidad quedan notoriamente disminuidas. Las sepulta la mediocridad general. Por contra, todos los toreros, artistas o no, empiezan a reclamar el toro «colaborador», su toro, ese enigmático cornúpeta de cuatro patas dotado de milagrosas condiciones que les permita hacer «su toreo». Otro engaño manifiesto. ¿Quién dice que hay más arte y más armonía cuando se torea despacio a un toro que embiste despacio? Eso se llama temple. Y si a un toro que embiste vivaz se le templa, también se está haciendo un toreo rítmico y armónico. Otra cosa es el arte, el sentimiento espiritual que provoca una determinada interpretación de las reglas taurómacas. El toreo se rige por unas normas, unos cánones que pueden ser cabalmente realizados por un diestro sin especial relieve artístico, sin una singularidad precisa. En principio, eso es lo esencial. Luego puede haber un valor añadido, una emoción de orden superior, por la que el ánimo y la voluntad del espectador son cautivados de una manera especial. Es el fulgor imborrable de una estética que no se puede explicar. Pero mientras esos milagros suceden, lo fundamental, lo básico, es la santísima trinidad, aún no desmentida, de parar, templar y mandar, y el estrambote, igualmente esencial, de cargar la suerte. Es más, estas premisas, siendo la base de toda tauromaquia, pueden llevarse a cabo sin exquisiteces. Pero no hay arte verdadero sin su cumplimiento. 
Vicios convertidos en virtudes 
En la Fiesta siempre hubo deformaciones, vicios, suertes mal ejecutadas y toreros que practicaron el arte de torear de manera deficiente y tosca. Siempre hubo también toros mansos, toros blandos, toros difíciles sin un pase. Pero los toreros sabían el oficio y lo ponían en práctica, y de una manera u otra resolvían la papeleta. O no la resolvían. Pero nunca las insuficiencias eran alabadas como virtudes ni lo accesorio elevado a rango de fundamento. Lo malo empieza cuando esas deficiencias se convierten en costumbres, son aceptadas por el público con toda normalidad y la crítica las silencia, les quita importancia o las jalea. Y los toreros cimentan en ellas sus triunfos y su fama. Olvido o trivialización del toreo al natural, citar con el pico de la muleta y con él conducir, lejanamente y hacia afuera, la embestida, y matar de horrendos y criminales bajonazos son algunos de los vicios que la costumbre está santificando. 
Resulta evidente que no todos los toros permiten lo que habitualmente conocemos por una faena más o menos perfecta. Y que los vicios enunciados, y otros que se dirán, pueden ser, en ocasiones, recursos técnicos de un toreo a la defensiva necesario e inevitable con ciertas reses. Nada hay que decir en contra de esto. La lidia entendida como lucha y sometimiento es no sólo una grandeza de la Fiesta, sino su fundamento y su origen. 
Lo malo surge cuando esos recursos técnicos y lidiadores se convierten en descaradas ventajas contra todo tipo de toros: con los broncos y con los pastueños, con los nobles y con los inciertos, con los mansos y con los bravos. En este sentido, citar al toro con el pico de la muleta, soslayando en consecuencia la rectitud del cite, es la base del toreo moderno. Y no es una cuestión únicamente de ortodoxia o de fidelidad a la letra de las viejas normas. Es que, provocando ese viaje del toro concéntrico al eje del torero, se eliminan todos los tiempos de la tauromaquia clásica: parar, templar y mandar y cargar la suerte. Únicamente se templa, y no siempre. Además, hay que reconocer que, en las condiciones en que se produce el cite y se desplaza la res, el temple es un acompañamiento habilidoso y no una técnica. 
Terrenos y distancias 
Según un extendido axioma taurino, treinta centímetros son los que separan la riqueza de la pobreza, el fracaso de la gloria. Esto no parece válido para hoy. Hoy, los límites se han ampliado notablemente, y sin franquearlos ni de lejos, muchos toreros se hacen millonarios. Es curioso que quienes defienden el toro objeto como condición necesaria para la manifestación gloriosa del arte, defiendan también, y sin asomo de contradicción, el muletazo fuera de cacho, distanciado, sin obligar al toro en los remates, basado todo en un temple ficticio y en una técnica que es únicamente habilidad y truco. Malos tiempos para la autenticidad, malos tiempos también para el arte. Y, sin embargo, pocas veces se han llenado las plazas como se llenan ahora. ¿Cuánto durará? El tiempo que la gente tarde en descubrir el fraude colectivo y multitudinario. Cuando eso ocurra, pasará lo de siempre: que los espectadores seguirán las hazañas de lo auténtico y desdeñarán los simulacros y los sucedáneos. Y las plazas dejarán de llenarse. Mediten los comerciantes en esa amarga posibilidad. Porque la verdad, es decir, el toro íntegro, acabará resplandeciendo. Y si no, nadie evitará el fin, la desaparición de esta fiesta noble, bárbara y hermosa. 
La gente del medievo soñaba el paisaje futuro como una sucesión de castillos feudales. Y, sin embargo, llegó el Renacimiento. Hoy se sueñan muletazos prescindiendo del toro, muletazos a toros disminuidos. Pero el toro llegará. Y, como siempre, pondrá todo del revés. O sea del derecho. Ya cada uno en su sitio.
Creo que cualquier comentario sobra…

En: Los Toros. El estado de la cuestión, 1993. Coordinación: Javier Villán. Ediciones Akal, Colección La Tronera, Vol. 3, Madrid, 1993, Págs. 7 – 14. 

domingo, 19 de mayo de 2013

Una interesantísima pieza (I/II)


En 1993 Javier Villán, crítico de toros del diario madrileño El Mundo, coordinó la publicación de un libro titulado Los Toros. El estado de la cuestión, 1993. Creo que no está de más recordar que es en 1992 cuando entra el Reglamento de la Ley 10/1991, publicada en el Boletín Oficial del Estado del 5 de abril de 1991, sobre potestades administrativas en los espectáculos taurinos (llamada La Ley Corcuera), publicado por Real Decreto 176/1992 del 5 de marzo de ese año.

Es también la temporada en la que Manolo Montoliú y Ramón Soto Vargas mueren a consecuencia de cornadas en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, misma que fue escenario de un gran fiasco al suspenderse una corrida anunciada para celebrar la realización de la Expo 92, por no aceptar los diestros anunciados los toros propuestos por la empresa.

Las firmas que integran la obra son entre otras, las del propio Javier Villán, Joaquín Vidal, Fernando Fernández Román, Juan Manuel Albendea, Fernando Bermejo, José Luis Suárez - Guanes, Javier Hurtado, Paco Apaolaza, Rubén Amón, Andrés Amorós, Clara Custodio, Carlos Ilián, Fernando Bergamín Arniches, William Lyon, Luis Nieto y Carlos Gil Laurelito Txiqui.

Del libro, tomo el primero de los artículos, que por su estructura y su contenido, me parece casi profético. Lo firma Francisco Vallida y Gil, un profundo conocedor de esto y un extraordinario escritor. No pude encontrar referencias acerca de su persona, pero su conocimiento del tema se desprende en automático del tratamiento del tema que enseguida y por su extensión, en dos partes, dejo a su consideración:

Una tauromaquia en defensa del toro bravo 
Francisco Vallida y Gil 
Una tauromaquia es una serie de normas encaminadas a un objetivo concreto: la lidia y muerte de un toro. Los ejes en torno a los que se mueve son dos: el toro y el torero. Y aún podría añadirse un tercer elemento, menos fundamental que los citados, pero también decisivo: el público aficionado. Los espectadores sancionan el toreo, y este se produce según los conocimientos y las exigencias que aquellos manifiestan. No es casual que los toreros se «alivien» sin ningún rubor en plazas en las que suponen un público menos entendido. Lo hacen también en plazas consideradas cátedras históricas, cuanto más en humildes ruedos de pueblo. 
Fijar las características de una tauromaquia pasa, necesariamente y en primer lugar, por un análisis del toro que sale a la arena. Obligado es establecer las adecuadas relaciones entre la forma de torear y las condiciones de las reses de lidia. Y en este aspecto conviene dejar claro qué clase de toro defendernos y exigimos, el toro objeto o el toro protagonista de la Fiesta. Decididamente estamos a favor del segundo. Mientras desde instancias oficiales, como el Ministerio del Interior, se consagra un modelo consumista y vacuo de la Fiesta y se entierra definitivamente el concepto de bravura, hay que insistir, una y otra vez, en el protagonismo sin merma del toro. Y en la subordinación de todo el espectáculo a esta rara especie, un fenómeno de la naturaleza, relegado con frecuencia al papel de comparsa.  
Un toro, para que pueda ser definido como toro de lidia, precisa de unas características morfológicas y temperamentales muy concretas: animal poderoso, íntegro, dotado de una capacidad ofensiva que, ante determinados estímulos, reacciona agresivamente. 
La integridad se refiere también, inevitablemente, a su aspecto genético que, al fin y al cabo, condiciona su comportamiento durante los veinte minutos que va a durar su lidia. Si genéticamente el toro está ya tarado, si se han seleccionado y buscado conceptos como docilidad, dulzura, ductilidad, casta baja, etc., de nada valen todas las normas con las que se quiera defender la intangibilidad del toro. Este estará ya «afeitado» desde el momento mismo de la concepción.  
La fiesta de los toros es, todavía, una fiesta rural y ese rescoldo de naturaleza es el que la está salvando de una configuración meramente industrial a pesar de los intentos de muchos por alterar la idea tradicional del toro de lidia. Cada encaste tiene su propia personalidad. Y esa forma de comportarse, junto con su tipo físico, son valores intrínsecos trascendentales que los ganaderos deben de guardar como lo que son: verdaderos tesoros patrimoniales y colectivos. Sin embargo, no podemos detenernos sólo en este aspecto, por grave que sea. 
No parece infundada la sospecha de que el comportamiento del toro en los ruedos obedezca, en ocasiones, más que a una degeneración de la especie, a manipulaciones dolosas e inmediatas al inicio de la corrida, que modifican su comportamiento. Hay que ser tajantes en este aspecto. Con el toro íntegro, manso o bravo, bronco o pastueño, hay tauromaquia. Con el toro manipulado, debilitado y disminuido, hay un sucedáneo del arte de torear.  
Establecido como punto de partida, inexcusable, de cualquier tauromaquia la integridad del toro, hagamos un poco de historia. Tratemos de determinar si una forma de torear ha impuesto un tipo de toro, o la evolución del toro, sus condiciones físicas y anímicas, ha obligado a torear de una forma determinada.  
Desde Juan Belmonte, los ganaderos han ido modificando el toro para adecuarlo a las nuevas formas de torear. Con el toro de principio de siglo podía Joselito, en el ejercicio de una tauromaquia concebida para esos toros; Belmonte, no. Con el toro que caracterizó los años veinte, más aún los treinta, Belmonte ya podía hacer su toreo innovador. Y quienes heredaron su escuela, lo perfeccionaron con el toro de los años treinta, que era un toro de mayor calidad, seleccionado en pureza, con sus características esenciales – trapío, casta y bravura – perfectamente equilibradas. Puede que la Edad de Oro del toreo sea, según está comúnmente aceptado, la de José y Juan. Mas la quintaesencia del toreo en todos los órdenes se produjo en los años treinta. Luego vino la gran fractura de los años cuarenta, y empezó la decadencia. Con la excusa de la Guerra Civil se lidiaba un toro anovillado (o el novillo, sin ningún rubor), con el que Manolete pudo hacer manoletadas; Arruza, arruzadas, y todo lo demás. Estos fueron los precedentes de la cadena de despropósitos que han llegado hasta hoy, siempre en función del toro, que iba perdiendo en cada etapa buenas porciones de agresividad y fortaleza: Litri con el litrazo, Chamaco con las chamacadas, El Cordobés y su salto de la rana. Y después aún peor, porque los públicos rechazaron el tremendismo con sus brotes de toreo bufo, y se pasó a la ficción de toreo serio, hasta llegar a la insoportable mascarada de nuestros días. Es cierto que Belmonte inició lo que hoy llamamos decadencia del toro de lidia fiero e indomable, pero no puede responsabilizársele de los desatinos actuales. «Sus» toros aún eran toros.  
Las condiciones de las reses afectan a todos los tercios de la lidia. Veamos, por ejemplo, el tercio de varas. Todo lo que en él ocurra tiene una importancia decisiva. Y no es accidental que nos fijemos especialmente en él si, como pretendemos, se trata de establecer una tauromaquia basada en la integridad. Es decir, una tauromaquia en la que el toro, como decíamos al principio, sea protagonista y no objeto; elemento activo y determinante de la Fiesta y no sujeto pasivo.  
La suerte de varas es tercio fundamental y afirmamos que sin ella cualquier cosa que ocurra en el ruedo caree e de importancia. La suerte de varas ser justifica por ser el único procedimiento conocido para ahormar al toro y, a la vez, probar su bravura. Si no se cumplen estas dos funciones – no una, las dos –, la suerte de varas no tiene sentido. Es más, supone una sangrienta ejecución, una carnicería cuyo deprimente espectáculo bastaría para dar la razón a quienes acusan a la Fiesta de los toros de bárbara e inútil crueldad. La suerte de varas ha ido modificándose y está en trance de desaparecer. Toreo a caballo pudo llamarse en tiempos la suerte de picar y vara de detener la puya. Y para cumplir el doble requisito de ahormar al toro y medir su bravura eran preceptivos al menos tres puyazos. No es capricho. Un toro puede parecer bravo en el primer encuentro y rajarse luego, huir en los siguientes. Por eso, todas las reglamentaciones, excepto la nefasta de Corcuera, ha regulado las tres varas. Argumentando en base a la debilidad de los toros, la costumbre ha ido rebajando el número de entradas al caballo, pero no sus mortales efectos. Efectivamente, en un puyazo pueden causarse más destrozos que en tres. Ha cambiado el sentido y concepción de la suerte. Y de suerte torera, bella y necesaria ha pasado a ser una suerte matarife, en la que el toro, sin ninguna ventaja por su parte, es destrozado por el picador. Esta concepción es lo que trata de justificar la reducción a uno o dos los puyazos reglamentarios. Se protege así, dicen, al toro y se le conserva más entero para la muleta. La argumentación contiene tres falsedades: la primera, aceptar como inevitable y deseable un toro genéticamente disminuido: segunda, creer que al toro se le castiga menos, y tercera, pretender que con ello se reduce el aspecto cruento de las corridas de toros. Por el contrario, lo que se pone de relieve es la indefensión del toro, la mutilación de una parte esencial de la corrida y la impunidad de los picadores, que, subidos a su fortaleza, machacan sin piedad al animal. Para este viaje no se necesitan alforjas. Y si de lo que se trata es únicamente de castigar y reducir la res, esta podría ya salir disminuida de chiqueros y nos ahorrábamos trámites. En definitiva, todo es coherente. Llegado ese momento de la desaparición de la suerte de varas, y no sería demasiado extraño que llegase, se habrá conseguido lo que muchos vienen persiguiendo hace tiempo: convertir al toro bravo en un dócil animal doméstico. Eso sería el principio del fin. No estaríamos lejos, salvando todas las distancias, de aquella exageración de Hemingway, quien profetizó el principio del fin con la aparición del peto. No se trata de volver a la prehistoria, sino de darle al toro, íntegro y en posesión de todos sus recursos de defensa y ataque, alguna oportunidad. En estos derechos debieran insistir las asociaciones protectoras de animales. En esto debiera insistir el Ministerio del Interior que, so capa de adaptar el castigo a las fuerzas del toro, precarias, ha enterrado el concepto de bravura y de fuerza. Hay un dicho popular que es necesario repetir aquí: un puyazo lo toma hasta un buey. Por otra parte, al aceptar el nuevo reglamento que se lidien toros con las astas arregladas bajo la responsabilidad del ganadero o para corregir los desperfectos de un supuesto accidente, se abre un peligroso portillo para que se cuele el afeitado descarado y llano. Es el ejemplo más cínico del mercantilismo que rige las corridas de toros. No nos oponernos a las legítimas ganancias de todos los sectores del mundo taurino. Nos oponernos al fraude, a la estafa y a las prácticas tendentes a mutilar al toro. Es decir, defendemos al toro en clara sintonía con las sociedades protectoras de animales. El argumento de Corcuera para aceptar toros con astas accidentadas es que un toro vale mucho dinero que un ganadero no puede perder. ¿Por qué no hacerlo extensivo al toro cojo, al reparado de la vista, al anovillado, etc.?...
En: Los Toros. El estado de la cuestión, 1993. Coordinación: Javier Villán. Ediciones Akal, Colección La Tronera, Vol. 3, Madrid, 1993, Págs. 7 – 14. 

Concluye la próxima semana…

domingo, 12 de mayo de 2013

Tal día como hoy: 2007. En el naufragio ganadero, Juan Antonio Adame lo único rescatable


El undécimo y penúltimo festejo de la Feria de Abril del año 2007 fue una corrida de toros – como la abrió, cerraba el serial una novillada – y pese a que se trataba del cierre de las festividades, la empresa procuró ofrecer un cartel con cierto atractivo, no obstante que es casi tradicional que en San Marcos, los últimos carteles sirvan únicamente para cumplir con las condiciones que genera la responsabilidad de participar en una de las ferias más importantes de América.

Se anunció un encierro de Carranco – una ganadería en sus horas bajas, pero con la materia necesaria para resurgir – y a los diestros Rafael Ortega, Antonio Barrera y Juan Antonio Adame. Al final, el encierro titular confirmó el mal momento de la ganadería – incluso el 5º fue devuelto por su invalidez – y tanto Barrera como Adame tuvieron que recurrir a la fórmula del regalito para intentar enderezar lo que ya estaba torcido.

Los toros de regalo fueron de Bernaldo de Quirós – 7º, para Barrera – y de José Garfias – 8º, para Adame – y tampoco se salvaron de la quema. La crónica que escribió Juan Antonio de Labra para la ocasión nos dice lo que sigue:

Invalidez... y regalos podridos. La última corrida de la feria sanmarqueña fue una especia de resumen de la falta de casta e invalidez de varios de los encierros lidiados en el ciclo. Hasta nueve toros aparecieron por toriles: un sobrero sustituto y dos de regalo, éstos de distintas ganaderías. Y ni así embistió uno de verdad para permitir el triunfo de los toreros, que se esforzaron por agradar al público con entrega. Aquello fue un concierto de invalidez… y regalos podridos… Si Juan Antonio Adame consiguió cortar la oreja del tercero, se debió a una juvenil ambición, así como su eficacia estoqueadora. Cabe señalar que al regiomontano le tocaron en suerte los dos toros más potables –si cabe- del hierro titular de Carranco. Fueron ejemplares nobles, carentes de fuerza y fondo de bravura, con los que bosquejó su excelente trazo… De la actuación de Adame sobresalió su actitud porque trató siempre de dar espectáculo con su toreo de capa, que incluyó tres quites, y cubrió el segundo tercio de sus tres toros facultades y alegría. En las faenas privó la voluntad de triunfo y se pueden rescatar pasajes sueltos que le granjearon el cariño de la gente… Y cuando anunció el toro de regalo el público se lo agradeció porque algún osado quizá pensó que éste sí iba a embestir. No obstante, el de Pepe Garfias fue descastado y llegó a la muleta soseando, con la cara alta. Adame se esforzó por estar entregado y siempre intentó hacer las cosas bien pero no consiguió rematar el trasteo con la espada… Antonio Barrera pudo haber cortado la oreja del primer toro de su lote si hubiera estado fino con la espada, pues le había hecho una faena inteligente, de valor y recursos, pasándose cerca los pitones y conectando con el tendido. Las otras dos faenas fueron igualmente decididas ante toros sin fuerza, pues ambos se echaron a lo largo de sendas faenas. Así, ni el que inventó el toreo… En un sano afán de gratitud con la gente, que le alentó de continuo, el sevillano regaló un sobrero de Bernaldo de Quirós, anovillado, que también acusó debilidad. No le quedó más remedio que obligarlo a embestir, acosándolo, en la zona de las tablas para sacarle muletazos meritorios, dada la condición adversa del toro… Rafael Ortega cumplimentó su tercera y última actuación en la feria y, a diferencia de ediciones anteriores, el tlaxcalteca tuvo que conformarse con el corte de una solitaria oreja. Hoy no fue posible sino estar en profesional y entregado, tratando de ofrecer lo mejor de sí mismo. Pero sus toros le obligaron a abreviar…

Lo sucedido en este festejo nos demuestra que la fórmula del torito de regalo no siempre es útil para salvar los muebles, pues a veces, los sobreros padecen las mismas condiciones que los titulares lidiados en su orden.

El festejo de hoy: Ocho de La Soledad - que sustituyen a los anunciados de Real de Saltillo - para Fabián BarbaAntonio García El ChihuahuaMario Aguilar Oliver Godoy. 

sábado, 11 de mayo de 2013

Tal día como hoy: 2008. Un gran encierro de Medina Ibarra

Infograma cortesía de
Burladerodos.com

La ganadería que fundaran al iniciar el año 1997 el arquitecto Jorge Medina Rodríguez y sus hijos, a partir de 23 vacas procedentes de la división familiar de la ganadería de don Roberto Ibarra Mora, procedente a su vez de la de Santa Rosa de Lima. Posteriormente, en el año de 1999 a las vacas originarias de don Roberto Ibarra, agregan otras ochenta y cuatro – 50 de El Colmenar y 34 de San Martín –, así como cuatro sementales de San Martín, dos de origen mexicano y dos de origen español, Cerilloso de origen Coquilla y Sargento, de sangre Coquilla Santa Coloma. En 1999 agregan un toro que por la vía materna desciende del toro Marquito de Ana Romero, indultado por José Ortega Cano en Granada y Capuchino de Joaquín Buendía, procedentes de la importación que realizara don José Chafik en el año de 1994.

Se presentó en la Plaza de Toros San Marcos el 1º de abril de 2001 con una novillada en la que el sexto recibió los honores del arrastre lento y aunque ya había lidiado varios encierros – novilladas y corridas – en nuestras plazas, ninguno había sido tan completo como éste.

Sobre ese festejo escribí en su oportunidad: 

Tras de una serie de encierros en los que destacaron algunos toros sueltos, la ganadería de Medina Ibarra, que debutaba con una corrida de toros en el serial abrileño, ha presentado un encierro que en su conjunto ha resultado de un importante juego, de muy buena presencia y con dos toros sobresalientes… El festejo con el que se saldaron las corridas de toros en la Feria de San Marcos destacó por la importante corrida enviada por los ganaderos Arq. Jorge Medina Rodríguez e Ing. Jorge Medina Ibarra a la Plaza Monumental esta tarde, dado que los ocho ejemplares jugados, tuvieron remate, pelearon con las cabalgaduras y permitieron a sus lidiadores el estar con desahogo delante de ellos… Desde mi punto de vista, sobresalen dos de los ejemplares, los corridos en cuarto y séptimo lugar y he de agregar, no cabalmente aprovechados por sus lidiadores, pues aunque Ricardo Rivera obtuvo las dos orejas del primeramente nombrado, tuvieron un tinte altamente sentimental, dado que por su inexperiencia y por no colocarse a la distancia adecuada, en un corto lapso de su trasteo con la muleta, fue volteado hasta en tres ocasiones, sacando escoriaciones en el rostro, lo que conmovió a la parroquia y motivó la petición obsequiada por Usía. “Tatuajes” fue fuertemente ovacionado en el arrastre… El séptimo resultó ser un toro de una alta calidad en la embestida, misma que exhibió desde la salida y al torearlo de capa, Fabián Barba pareció entenderlo, pero conforme avanzó la faena de muleta, fue demostrando que no encontraba la distancia en la que el toro acudía mejor a los cites. “Y Llegaste Tú”, que así se llamó el bravo toro, comenzó a crecer en el ánimo de la concurrencia y merecidamente fue premiado con el arrastre lento… La raza de Israel Téllez se volvió a hacer presente y con una notoria merma de sus facultades salió a jugarse alegremente la vida, viéndose a merced de su primero, sobre todo al oficiar en el segundo tercio. Estructuró una faena en la que predominaron las series con la diestra ante otro buen toro, aunque con menos transmisión que los otros y como matara de una entera en buen sitio, se llevó otras dos orejas en la espuerta, redondeando una feria triunfal que le relanza… El primer espada, José María Luévano, realizó una faena sólida con el que inició la función, destacando el quite por navarras y el toreo al natural, que fue la base de su faena. Mató de una buena estocada y se llevó la primera oreja de la tarde. El que completó su lote, lo lidió entre un vendaval, intentando lo imposible…

Este encierro obtendría el trofeo Hidrocálido – Domecq a la mejor corrida de la Feria del año 2008 y marcó la continuidad en el ejercicio de una ganadería que se ha caracterizado por presentar al toro con edad y sin adulteraciones, por desgracia hoy ausente de nuestro serial.

El festejo de hoy: Ganado de Guanamé para Rafael Ortega, Fermín Rivera y Gerardo Adame.

viernes, 10 de mayo de 2013

Tal día como hoy: 1999. Luis Fernando Sánchez se lleva la Oreja de Oro


La Oreja de Oro – cuenta Verduguillo – nace internacionalmente como una promoción organizada por El Universal Taurino, en la década de los veinte del pasado siglo y para su concesión, la afición votaba mediante cupones adheridos a la publicación, por el diestro al que consideraba el triunfador de la temporada en la plaza El Toreo de la Condesa. Los toreros más votados eran integrados en un cartel en el cual, se disputaban el trofeo, que se otorgaba al triunfador de esa tarde. 

Con el tiempo, la asociación sindical de los matadores de toros – bajo las distintas denominaciones que ha llevado en su historia – consideró que la disputa del trofeo en una corrida integrada por los triunfadores de la temporada capitalina podía ingresar fondos a sus arcas y la disputa de la Oreja de Oro se transformaba en un digno cierre de esos seriales de corridas, porque se compendiaba en ese festejo un triunfal resumen del mismo.

En los tiempos actuales la corrida de la Oreja de Oro no se celebra en la Ciudad de México y sí en cambio en varias plazas de importancia de la República y es más bien un festejo de oportunidad en el que se pretende ofrecer un escaparate a diestros que pudieran resultar rescatables y que poco torean.

En 1999 se anunció para disputarla a Fermín Espinosa Armillita, Luis Fernando Sánchez, Enrique GarzaÓscar San Román, Mario del Olmo, Fernando Ochoa y Alfredo Gutiérrez. El encierro sería una bien presentada corrida de don José Julián Llaguno. Al final, Armillita no actuó y fue sustituido por Jerónimo, que intervino en séptimo lugar.

La relación que del festejo hizo don Juan Esparza Rodríguez, destaca lo siguiente:

Luis Fernando ganó la Oreja de Oro. Ante un encierro con dificultades, casi ilidiable, pero bien armado del campo bravo zacatecano de José Julián Llaguno, siete espadas mexicanos participaron en el último festejo del serial taurino 99. Se trataba de la corrida de la “Oreja de Oro”, presea que a la postre obtuvo el aguascalentense Luis Fernando Sánchez al ser el único en haber cortado oreja... El festejo transcurrió entre el interés de los parroquianos que hicieron un cuarto de entrada en la Plaza de Toros Monumental de Aguascalientes, gracias a la amenaza de las cornamentas de los bichos, pero el cartel no atrajo multitudes no obstante estar anunciados Luis Fernando Sánchez, Enrique Garza, Óscar San Román, Mario del Olmo, Fernando Ochoa, Alfredo Gutiérrez y Jerónimo, pero habrá que reconocer que no hubo espada conformista, cada uno luchó por lucirse, triunfar y ganar la codiciada presea áurea... Se ordenó que apareciera el primero de don José Julián Llaguno, se trató de un bicho veleto, bien armado y astifino que no permitió lucimiento con la capa a Luis Fernando Sánchez... Se llegó el momento de la faena y tras unos muletazos, el torero se hizo del burel y si se había llevado mucho tiempo y mucho empeño en prepararse para torear dentro del serial y nada más por una tarde en la corrida de la “Oreja de Oro”, entonces a demostrar... plantó bien los pies en la arena sin preocuparse de alguna otra cosa y consiguió derechazos valiosos, anduvo entre aquellos alfileres y ofreció ayudados llenos de temple; bien estuvo al torear por naturales y terminó con tandas de derechazos entre los olés de la concurrencia; con determinación entró a sepultar la espada. Pronto el acero hizo destrozos en “Orgulloso” y el bicho se entregó al cachetero. Fuerte petición de oreja que atendió Usía y llegó como premio un apéndice... El matador de toros Manolo Arruza, acompañado por el también torero César Pastor salió al ruedo con la “Oreja de Oro” en la mano diestra, se dirigió en forma directa hacia Luis Fernando para entregarle el trofeo... No faltaron los entusiastas que en hombros se llevaron a Luis Fernando para pasearlo por el ruedo, mientras que de las alturas llegaban las notas de la nostálgica “Golondrina” interpretada por la Banda Municipal...

En esta oportunidad no fue necesario recurrir a la aclamación popular, el hecho de que haya cortado la única oreja del festejo, le hizo acreedor al trofeo en disputa.

El festejo de hoy: Novillos de Real de Saltillo - originalmente de Claudio Huerta - para Antonio Lomelín, Javier Castro y Antonio Mendoza. Los novilleros actuantes se disputan la Oreja de Plata, conjuntamente con los anunciados para el día 24 de abril.

domingo, 5 de mayo de 2013

Tal día como hoy: 1996. El arrollador triunfo de José Luis Bote


Durante los años noventa era casi mandatorio que dentro de nuestra Feria de Abril se incluyera una corrida en la que, patrocinando una firma tabacalera, se presentara Eloy Cavazos, generalmente dando cierre a la serie de festejos. Era un tiempo en el que había decidido dosificar sus actuaciones, así que solamente se presentaba esa tarde en el año y garantizaba a la empresa organizadora y a sus patrocinadores, un lleno absoluto en los tendidos.

Otra característica que tenían esas corridas, era que Eloy Cavazos llevaba consigo en el cartel a algún diestro que, con pocos contratos, decía que quería ayudar – aunque la realidad es que esperaba que no le apretara – y además generalizó la costumbre de poner por delante a un rejoneador que abriera el festejo y así de esa manera, no tener él que lidiar el primer toro de la tarde. En esta oportunidad, Cavazos no venía con el numerito del caballito y el diestro ayudado era el madrileño José Luis Bote, quien después de sufrir serios percances en Madrid, intentaba relanzar su carrera en los ruedos. Completó la tercia Alejandro Silveti, para enfrentar toros de José Garfias.

En la fiesta las cosas tienden a producirse de una manera diferente a la que está proyectada. Quizás la inclusión de Bote en el cartel tenía la intención de ayudarle a empezar a recuperar el sitio perdido, pero nunca nadie se imaginó lo que sucedería ese 5 de mayo de 1996 y las consecuencias que traería. 

La crónica del festejo la escribió don Juan Esparza Rodríguez, encargado ya para esas fechas de la sección taurina de El Sol del Centro y en su día, narró lo que sigue:

José Luis Bote, 2 rabos en la corrida de clausura. José Luis Bote, 2 rabos al presentarse en Aguascalientes. En aquellos viejos tiempos cuando las corridas de la verbena abrileña eran ofrecidas al público en la hoy centenaria Plaza San Marcos, hubo toreros españoles que en la tarde de su presentación llegaron a triunfar ruidosamente, los viejos aficionados recordarán sin duda aquella tarde en la que Luis Miguel, en mano a mano con el aguascalentense Alfonso Ramírez “Calesero” los enloqueció, fue un 25 de abril de 1956, en que se jugó un encierro de Ramiro González... Si el lugar se le debe dar al triunfador de la última corrida del serial de la verbena abrileña, por delante debe ir la actuación del español José Luis Bote, quien con “Curtidor” prendió el entusiasmo al torear por verónicas, ya con la muleta, estatuarios, bien estuvo con la mano diestra en las cuatro tandas que armó, pero cada una de ellas rematadas con gallardía, con alta clase, sus muletazos de cabeza a rabo llevaban el sello de José Luis Bote y claro que también el muletazo de pecho; agregó cuatro ceñidas manoletinas y como dejó estocada mortal por necesidad, llegó el premio, ahora sí que mayor, mismo que mucha falta le hacía a la historia del serial del año 1996 y que Usía no lo pensó dos veces, para pronto despachar la orden de que a las manos del español fueran entregadas las orejas y el rabo... Salió “Remolón” y al atacar al de aúpa se despitorró desde la cepa, por lo que hubo necesidad de regresarlo y vino “Andariego”, un cárdeno de Arroyo Zarco con el que Bote nada ofreció con la capa, pero tras de doblones de mando, rompió el burel y el torero español armó su faena con la mano diestra, tandas cortitas, pero eso sí, gallardamente rematadas; por allí regaló una tanda de cuatro naturales buenos, mucho mejor el de pecho; la estocada y salieron como tapón de sidra las orejas y el rabo... Cabe señalar que a hombros, los capitalistas no nada más le dieron la vuelta a Bote, sino que en esa forma se lo llevaron por el pasillo que da hacia la puerta de salida...

José Luis Bote vistió en esta corrida el terno blanco y oro que llevaba la tarde del 17 de mayo de 1992 en Madrid, cuando un toro de Alonso Moreno de la Cova le causó una serie de lesiones que hicieron pensar su fin en los ruedos. El triunfo obtenido le abrió las puertas de las plazas de México y le facilitó el retorno a Las Ventas de Madrid, donde tuvo ocasión de demostrar que no estaba liquidado como torero.

El festejo de hoy: Ganado de Campo Real para Eulalio López Zotoluco, Sebastián Castella y Arturo Macías.

sábado, 4 de mayo de 2013

Tal día como hoy: 1986. Ricardo Sánchez se impone al tedio de la tarde


La Feria de San Marcos de 1986 es la más extensa, en cuanto a número de festejos, que se ha ofrecido a la afición en el último medio siglo. Constó de dieciocho corridas de toros y es quizás también en la que tuvimos una mayor variedad de diestros extranjeros para integrar los carteles, pues por el orden de su presentación, estuvieron en ellos Christian Montcouquiol Nimeño II, Curro Vázquez, José Antonio Campuzano, José Mari Manzanares, Víctor Mendes y Pedro Gutiérrez Moya Niño de la Capea, quienes alternarían con los principales toreros mexicanos.

La decimoséptima corrida de ese serial se formó con un encierro potosino del Doctor Labastida que lidiarían Curro Vázquez, en su tercera aparición en la Feria; Javier Bernaldo, entonces un torero de reciente alternativa, que completaba su segunda actuación del ciclo y Ricardo Sánchez, que era uno de los ejes sobre los que gravitaba el serial y cumplía su cuarta corrida contratada.

Muchas veces se ha comentado que la extensión de las ferias debe ser la correcta y no excederse en el número de festejos que puede tolerar una afición y en general todo el sistema taurino, como tampoco debe reducirse a una expresión mínima el número de éstos, restándole toda su categoría. Creo que en 1986 el número de corridas fue demasiado largo, según se puede apreciar de la crónica de don Jesús Gómez Medina, de la que destaco lo que sigue:

Un festejo bañado de mediocridad. Solo Ricardo Sánchez escuchó aplausos. Se lidió ganado disparejo y mansurrón. Afirma un viejo refrán que “lo bueno, si es breve, es doblemente bueno”. Pues bien: como la corrida de ayer, penúltima del dilatado ferial resultó ayuna de brillantez, falta del calor del triunfo, sin otro periodo de especial mención que la faena de Ricardo Sánchez al tercero, se hace necesario poner en práctica el axioma de referencia; pues si para relatar lo que tuvo calidad y valía debemos ser breves, ¿cómo no insistir en la brevedad cuando el festejo que se reseña ha sido rotundamente mediocre, por no decir que definitivamente malo?... Que tal es el caso de la corrida de ayer... Ricardo Sánchez. El hidrocálido resultó el mejor librado, el único que se hizo tocar las palmas durante la tediosa sesión. Ocurrió esto durante la faena muleteril al tercero, el pequeño “Gladiador” que, a cambio de su medrada presencia resultó alegre, noble, con clarísima embestida. ¡Y qué bien aprovechó Ricardo estas apreciadas características!... Luego de algunos muletacillos para fijar, para centrar a “Gladiador”, se dio a correr la mano en el toreo por derechazos, con quietud, con un temple que en ocasiones rayó en lo exquisito; ligando los pases y estructurando las series, aprovechando cumplidamente las singulares condiciones del burel. En ocasiones la dimensión del pase se acrecentaba merced al mando del torero y a la codicia del astado, ante el entusiasmo de los parroquianos. Aliñó luego buscando la igualada; pero en el trance supremo estropeó lo hecho anteriormente: cuatro pinchazos por salirse de la recta vía y media estocada mortal...

No obstante el pesimista tono del cronista, al final hubo algo rescatable del festejo y quizás quedó la lección a quienes hicieron empresa en lo sucesivo, de que todo está sujeto a una medida, hasta la Feria de San Marcos.

El festejo de hoy: Seis de Fernando de la Mora para Morante de la Puebla - que sustituye a El Juli - Octavio García El Payo y Arturo Saldívar.

viernes, 3 de mayo de 2013

Tal día como hoy: 1985. Luis Fernando Sánchez corta cuatro orejas y dos rabos


El cartel anunciador de la
Feria sin el festejo del 3 de mayo
Lo que resultó ser al final la decimocuarta corrida de la Feria de San Marcos de 1985, fue un festejo extraordinario, porque no se anunció originalmente con el conjunto de los carteles del serial, sino que la confrontación entre cuatro toreros que durante el curso de las corridas que se fueron celebrando en su transcurso.

José Mari Manzanares, Miguel Espinosa Armillita, Ricardo Sánchez y Luis Fernando Sánchez habían tenido distintas tardes triunfales y en las que habían coincidido, se establecieron algunas rivalidades interesantes, sobre todo entre los tres diestros de Aguascalientes, que tenían en los tendidos un importante número de seguidores. De allí que la empresa decidiera reunir a los cuatro toreros en un cartel, que como decía, fue extraordinario por haberse anunciado ya con la Feria en curso y además, por el resultado que el mismo tuvo. Los toros que se lidiaron fueron de Torrecilla y Jorge BarbachanoVistahermosa – en lotes de cuatro de cada hierro, dada la premura con la que se tuvo que conseguir para organizar la corrida.

Luis Fernando Sánchez tuvo este día una de las tardes importantes en su historia. Se convirtió en el segundo torero en cortar las orejas y el rabo de los dos toros de su lote – Nimeño II lo había hecho unos años antes – y dejó sentado su interés de situarse como una de los toreros más importantes de México, apenas a dos años de su alternativa. De la crónica de don Jesús Gómez Medina extraigo lo siguiente:

Tarde triunfal de Luis Fernando. Cortó las orejas y el rabo de sus dos enemigos... El éxito singular de Luis Fernando se inició durante la faena muleteril de “Mexicano”, con el hierro de Barbachano y negro, listón, sin mucho respeto, con el que su matador empleó el capote más en funciones de brega que en búsqueda de lucimiento... Un puyazo en buen sitio y recargando aceptó “Mexicano”, que terminó sus días embistiendo con gran suavidad. Luis Fernando, molestado por el viento que intermitentemente barría la arena haciendo flamear el engaño, se fue al bicho y, previos dos o tres muletacillos de exploración, desafió a “Mexicano”, lo aguantó a pie firme y, acompañando con el rítmico movimiento del brazo la templada embestida del burel, trazó el derechazo, lo enlazó con los siguientes y remató la tanda entre el júbilo de los parroquianos... Luis Fernando puso término con una estocada delantera, completa, de efectos fulminantes. Ovación; las orejas y el rabo que se apresura a otorgar la autoridad... Y con el octavo “Buen Mozo”... que al final estaba reservón y a la defensiva, en tablas. Hasta allí fue Luis Fernando que inició su tarea con suaves doblones para estirarse a continuación en el toreo sobre la mano derecha, tirando del burel y obligándolo a seguir el dilatado trazo que marcaba la muleta. Y cuando el bicho se paró definitivamente; cuando se rehusó a embestir, Luis Fernando le puso el cuerpo entre los pitones a manera de acicate para obligarlo de esta manera a acometer, cuajando, así, muletazos extraordinarios... por último, entrando con enorme determinación, la estocada desprendida, mortal. Ovación, afloran los pañuelos en demanda de apéndices que se otorgan por entero, las dos orejas y el rabo más la vuelta al ruedo a paso lento...

En lo que refiere al resto de la corrida, Manzanares dio vuelta al ruedo tras la lidia del quinto y tuvo que matar el séptimo por imposibilidad de Ricardo Sánchez; Miguel Armillita fue silenciado en ambos toros de su lote. Por su parte, Ricardo Sánchez solo mató al tercero y tras de ello, dice la crónica que pasó a la enfermería por un malestar inespecífico y allí se quedó.

El festejo de hoy: Ganado de Teófilo Gómez para Eulalio López Zotoluco, Sebastián Castella y Diego Silveti.

Aldeanos