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domingo, 8 de febrero de 2026

6 de febrero de 1927: Pepe Ortiz realiza la orticina por primera vez en El Toreo de la Condesa

La temporada 1926 – 27 en El Toreo no resultó ser todo lo satisfactoria que la afición esperaba. Después de los grandiosos sucesos ocurridos en la anterior y con las ausencias de Rodolfo Gaona y la de Ignacio Sánchez Mejías, uno, retirado definitivamente de los ruedos y el otro, temporalmente fuera de ellos y dedicado a otros menesteres, se encontraron con un elenco que no llevaba nombres rutilantes en su composición, ni figuras que, en ese momento, se distinguieran por su consistencia. Escribió en su día Verduguillo:

No había en España, ni tampoco en México, toreros de quienes echar mano, diestros que con el anuncio de su nombre pudieran llamar a los aficionados a las taquillas a adquirir su derecho de apartado, y asistir a las corridas en que tomaran parte... Don Antonio Galván Duque tuvo la gentileza de atender a mi recomendación, y el primer espada que contrató en Madrid fue Nicanor Villalta, un muchacho aragonés, “gigante y cabezudo”, y que tenía el pescuezo más largo que un toro de Miura. Fue quien despertó mayor entusiasmo en aquella temporada en que ni “Chicuelo” ni Marcial Lalanda lograron hacer cosas mayores...

La parte nacional de los matadores de toros fueron únicamente Pepe Ortiz y Juan Espinosa Armillita, quienes junto con otros diestros como Valencia II, Fausto Barajas o Manuel del Pozo Rayito se encargaron de completar los 22 festejos de los que constó el serial que se dio entre el 10 de octubre de 1926 y el 20 de febrero de 1927.

Ka penúltima corrida de la temporada era parte de una serie de tres festejos ofrecidos de manera continua por la Asociación de Prensa, los días 5, 6 y 7 de febrero de ese 1927, los dos primeros, corridas de toros y el tercero, una actuación de los hermanos Manolo y Pepe Bienvenida ante erales de Zotoluca.

Una corrida pasada por agua

La corrida del 6 de febrero de 1927 se anunció con un encierro de San Diego de los Padres, para Manuel Jiménez Chicuelo y Pepe Ortiz, mano a mano. Una corrida que a punto estuvo de ser suspendida, después de arrastrado el segundo de la tarde, pero Chicuelo en su calidad de primer espada y director de lidia, consideró que la corrida podía continuar y se llevó una de las más fuertes ovaciones de la tarde.

Aparte de las vicisitudes climáticas, los toros no dieron el juego que de ellos se esperaba. Relata en su crónica aparecida en el semanario Toros y Deportes, aparecido al día siguiente de la corrida:

Poco tengo que decir de los toros que para la segunda corrida de la prensa enviaron los señores Barbabosa propietarios de la ganadería de San Diego de los Padres. Los pupilos de don Antonio mansurronearon de lo lindo; casi todos ellos volvieron la cara ante los pencos, no se dejaron castigar, salieron rebrincando cuando los hulanos les hurgaban la piel y saltaron al callejón una barbaridad de veces... Tres de los sandieguinos no debieron pasar, y si se escaparon de volver a los corrales, ello se debió a que el cambiador de suertes se empeñó en hacernos tragar el camelo, y en complicidad con los pincharratas, puso cuanto estuvo de su parte porque la divisa barbabosina – permítaseme el término –, saliera lo mejor librada posible... Pero justo es asentar que entre tanto buey de carreta como hoy soltaron los señores Barbabosa, hubo un toro que mereció los honores de ser paseado por el redondel... Mi felicitación calurosa a los señores propietarios de San Diego, por la brillante pelea que dio este animal; pero siento no poder decir lo mismo de los demás, porque francamente hablando, hubo algunos de ellos indignos de ser lidiados en la plaza más importante de la República, que es la de “El Toreo”...

Como vemos, un ejemplar salvó in – extremis el honor de la divisa, porque la corrida en su conjunto no correspondió con su juego al prestigio de la ganadería de su procedencia. Y, sin embargo, los toreros pudieron triunfar ante ella.

El genio creador de Pepe Ortiz

La crónica refiere que quien después sería llamado El Orfebre Tapatío sorteó el lote más malo de la corrida y que los toros corridos en segundo y cuarto lugar no tenían dentro faena alguna. Es más, el primero de su lote, saltó repetidas veces al callejón, en todos los tercios de la lidia y para poder matarlo, Pepe Ortiz tuvo que ir a sacarlo de allí. 

Lo interesante llegó con el sexto de la corrida, llamado Aretillo, un toro negro, ante el que, realizó una obra que ha pasado a la historia y que es, al final, la que da notabilidad a esta fecha de la historia. Relata Verduguillo:

José Ortiz torea con el capote con una exquisitez, con una suavidad, con una finura inigualables. Ahí han quedado esos cuatro lances para que venga cualquiera de aquí o de allá a mejorarlos. Cuatro monumentos. Si los ve Benlliure de seguro que los adopta por modelo, porque de esos entran muy pocos en libra… ¿Y en los quites? Ortiz se reveló en los dos que hizo, como un maestro. En el primero ejecutó otras dos verónicas de las que llevan su sello, y luego, con majestuosidad, con garbo indescriptible, se echó el capotillo a la espalda, dibujó una gaonera y recortó muy torero. En el otro, ejecutó tres lances de difícil clasificación: fueron una especie de tijerillas combinadas con navarras, vamos, algo maravilloso, estupendo, grandioso. “Chicuelo” no se dejó ganar la pelea, y también hizo de las suyas. La ovación para ambos fue delirante... Inició el trasteo con un pase cambiado por alto; luego dio uno de pecho, ceñidísimo, siguió con un natural con la diestra, y después otro de pecho hincando la rodilla derecha. Dejó que el toro se repusiera para después continuar la faena... La segunda parte se compuso de un pase de la firma que ni dibujado resulta más bonito, al que siguió uno de pecho muy apretado. Luego toreó José por delante, con elegancia, con dominio, con gallardía. Y al correr la mano en un natural con la diestra, el diestro resbala y cae en la cara. Momento emocionante: el toro hace por el diestro, le mete la cabeza, lo tiene entre las patas, largo rato y le pisa la cabeza. Pepe se levanta encorajinado, recoge espada y muleta, y sin verse la ropa va en busca de su enemigo... Pero a partir de eso, la faena se torna vulgar. Pepe torea por la cara, de pitón a pitón y en cuanto logra la cuadratura entra derecho y pincha en las alturas. La escena se repite hasta cuatro veces más, porque el toro se pone por delante y no ayuda nada al matador. Al fin logra Pepe media estocada en las agujas, que basta. Ovación grande...

La pérdida del equilibrio por un resbalón, quedando a merced del toro, da la impresión de haber arruinado una obra que apuntaba a ser redonda. Pero la impresión causada en la concurrencia fue contundente.

Chicuelo se mantiene en el ánimo de la capital

Manuel Jiménez Chicuelo terminó de entrar en el ánimo de la afición de la Ciudad de México un par de años antes, cuando materialmente bordó el toreo ante Lapicero de San Mateo allí mismo en El Toreo. En esta oportunidad, ya como cabeza del elenco de la temporada, se veía en la situación de tener que refrendar su calidad de figura ante la afición capitalina.

La ocasión se le presentó ante el tercero de la corrida Pergamino, que fue el toro de la corrida que salvó el honor de su divisa, lo aprovechó cumplidamente y le cortó las orejas y el rabo. Refiere Rafael Solana en su relación:

Seis lances dio Manolo a “Pergamino”, y en todos ellos el artista hizo alarde de bravura, de elegancia y dominio; remató enredándose el toro a la cintura. En los quites, el de la Alameda, lo mismo que su compañero el tapatío, se hicieron aplaudir fuerte… La faena de “Chicuelo” con “Pergamino” fue artística, pinturera, valiente: el toro no pasaba y Manolito toreó con la derecha, por bajo y por alto, siempre cerca, metido constantemente entre los pitones, en el terreno enemigo. Hubo una serie de medios pases graciosísimos que levantaron una oleada de aplausos y un afarolado que puso a la concurrencia de pie. Entró derecho el maestro y sepultó la mitad del acero en el mismo hoyo de las agujas, y como el toro tardara en doblar, “Chicuelo” descabelló al primer sopapo. La ovación fue enorme y se le concedieron al artista las dos orejas y el rabo de su noble enemigo. A petición del público, el toro fue paseado por el redondel, previa la aquiescencia del C. Regidor que presidía la corrida...

La descripción de la faena nos revela una arista distinta del toreo de Chicuelo, pues hace referencia a un torero que se mete en los terrenos del toro, más que hacer el toreo artístico con la muleta, todo con el afán de salir triunfante de esta corrida.

Reflexiones sobre Pepe Ortiz

El sesgo histórico de esta tarde deriva de que Pepe Ortiz realizó en ella por vez primera en un quite la orticina, reflejando con ella la profundidad de su creatividad con el capote en las manos. Escribe Robert Ryan:

La tauromaquia de Pepe Ortiz tiene extraordinaria vigencia porque restaura al moderno toreo de capa la olvidada riqueza del repertorio antiguo. En un momento histórico en que el arte de torear tomaba nuevos cauces de temple, estética y despaciosidad, Ortiz tomó en sus manos la capa de torear y, acorde con la nueva disciplina, se forjó una maestría de la tauromaquia de los siglos. Siendo un artista creativo, su hondo concepto de torería le impulsó a reencontrar, a redescubrir, las perdidas huellas del galleo, a explorar y revelar los pliegues más sutiles de la navarra, la tijerilla, la suerte de “Illo”, los recortes y las largas. Su arte recoge los matices de un espíritu sensible inmerso en la cultura de la capa, partiendo sus innovaciones de las aportaciones y el ejemplo de los clásicos…

A partir de esas bases es que creó distintas suertes con el capote, que le permitieron perpetuar su nombre y su obra en la historia del toreo. A propósito de la orticina, el propio torero refirió al licenciado Alberto Guzmán, quien firmando como Alberto Lázaro, dejó escrito en el semanario La Lidia:

La orticina está inspirada en “Chicuelo”, por su chicuelina – pero la chicuelina antigua, que es girando con el toro al compás de una verónica en redondo –. Se me hizo fácil hacer exactamente la suerte al revés, o sea haciendo una tijerilla redonda, girando con el toro en una vuelta completa… Esta suerte la intenté en mis horas de práctica, cuando hacía el toreo de salón. Cuando creí que era realizable, la hice con una vaca en la hacienda de Xajay y viendo que resultaba, y con la aprobación de don Eduardo Margeli (que Dios guarde), la hice en El Toreo durante la corrida que ya mencioné.

Toreros graves y toreros leves

Decía al principio que Verduguillo criticaba la temporada 1926 – 27 por no tener figuras de peso en su elenco y en sus reflexiones escritas y publicadas años después, sostenía sus argumentos señalando que el triunfador de la temporada había sido nada menos que Nicanor Villalta, quien a la vez ganó la Oreja de Oro. Esa reflexión me llevó a recordar un capítulo del libro La pantorrilla de Florinda y el origen bélico del toreo, de José Alameda, mismo que lleva por encabezado el que utilizo para esta sección. Entre otras cosas, Alameda expresa:

La literatura taurina, complacida en realzar a los toreros llamados "hondos", ha olvidado con frecuencia otra condición en cierto sentido más pura, la de los toreros que se elevan y pierden peso al torear… Entre los diversos matices del toreo de nuestro tiempo, puede distinguirse y establecerse un orden de niveles en que se sitúan los toreros, por su expresión y proyección. Unos, al ras; otros, ahondando, gravitando. Otros, hacia arriba, levitando. (La palabra “levitación”, no registrada por la Academia, lo está por otros diccionarios más abiertos, de más pronto eco, como procedente de un cierto uso real, del que puede derivarse el verbo levitar, parónimo de leve, y de levantarse.) … Toreros de gravitación y toreros de levitación. Toreros graves y toreros leves… De los primeros, está llena la literatura taurina, pragmática. De los segundos, ¿cuáles?, ¿quiénes? … Pongo tres ejemplos: un sevillano, Manuel Jiménez “Chicuelo”; un mexicano, Pepe Ortiz; otro sevillano, Pepe Luis Vázquez… Frente a la expresión ahondada del trianero Juan Belmonte, por ejemplo, del toledano Domingo Ortega (el de su primera época) o del mexicano Silverio Pérez, epígono de Ortega con personalidad propia, está el de Pepe Luis Vázquez, torero sin peso; está el de José Ortiz, que, al caminar con el toro, parecía despegarse del suelo, liberado de la arena… Pepe Ortiz fue un caso notabilísimo. Entre los toreros que han sabido andarle al toro, sólo él tuvo un acento distinto. Se le anda al toro, por lo común, para “poderle”: Ortiz lo hacía para “florearlo”. En México, “florear con la reata”, con la cuerda, es el juego que hace el jinete charro, convirtiendo la utilidad – lazo, aprehensión, caza – en adorno, ya sin causa. Era lo que Ortiz hacía en los quites, yendo y viniendo con el toro, en un juego de ala, complicado y fino a la vez, un barroco impalpable. De la “chicuelina” hizo un desliz. Inventó la "chicuelina andante". Tal como él la hacía era un paseo que se convertía en vuelo… Calificar a eso, simple y poco despectivamente, de “gracia torera” y pasarse de largo, como algunos quieren hacer… pone en entredicho a sus críticos superficiales…

Alameda nos deja claro aquí, que el poder con los toros no es ya solamente cuestión de profundidad o de hondura, que también se puede conseguir a través de la belleza e incluso, con la apariencia de lo que, algunos pretenden demeritar reduciéndolo a la mera expresión de un gracejo taurino. 

Esas son las reflexiones que nos deja, a la vuelta de casi un siglo, la creación de una suerte de capa que, la escuchamos en las reflexiones sobre el arte que se crea delante de los toros, pero la vemos muy de cuando en cuando delante de ellos. Quizás sea tiempo ya, de ir desempolvando ese amplio catálogo de suertes, para darle variedad y vistosidad a lo que sucede en el ruedo.

Hasta dentro de una semana.

Aviso parroquial: los resaltados en los textos de Verduguillo y José Alameda son obra imputable exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en sus respectivos originales.

domingo, 1 de febrero de 2026

2 de febrero de 1947: David Liceaga se despide de los ruedos en la Plaza México


En 1947, cerca del primer aniversario de la Plaza México, había espacio para celebrar fastos por primera ocasión en su ruedo. El domingo 2 de febrero de ese calendario se produciría la primera despedida de los ruedos anunciada allí en una corrida de toros. Sería la de David Liceaga, torero guanajuatense que era parte de una larga dinastía de diestros quien ante el público capitalino se cortaría el añadido y daría, de acuerdo con lo anunciado, por concluida su carrera activa en los ruedos.

El cartel en esa oportunidad lo integraban también el rejoneador Álvaro Domecq y Díez, Silverio Pérez y Manuel Rodríguez Manolete, enfrentando todos, un encierro de Coaxamalucan, propiedad de don Felipe González y González. El festejo se daba en un ambiente revuelto, porque desde España se denunciaba el convenio que permitió la reanudación de las relaciones taurinas hispano - mexicanas en 1944 y se planteaba ya una nueva ruptura.

Paradójicamente, y en términos meramente cronológicos, el torero más antiguo del cartel era precisamente David Liceaga, quien había recibido una primera alternativa en El Toreo el 11 de enero de 1931 y posteriormente otra, en Barcelona, el 21 de junio de ese mismo año, la que incluso confirmó en Madrid el 25 de septiembre de ese año, misma que se vio en la necesidad de renunciar para volver a torear novilladas y recibir un doctorado definitivo hasta el 18 de diciembre de 1938, también en El Toreo, que era con el que actuaba en esta, anunciada como su última tarde y que lo colocaba como segundo espada de la corrida.

Liceaga en su tarde final

El anuncio de la despedida de Liceaga, un torero querido por la afición y la presencia de Manolete aseguró una gran entrada en la Plaza México, lo que proporcionaba un extraordinario escenario para esa primera tarde de adiós en la gran plaza. El sorteo le deparó al maestro de Romita, Guanajuato, los toros llamados Motivoso y Garcito, siendo este último, con el que cerraría su vida como matador de alternativa.

Refiere quien firmó como Paquiro en la crónica publicada en el número 218 del semanario La Lidia de México, lo siguiente:

Dos símbolos acompañaron a Liceaga: el de la tristeza y el del recuerdo. Tristeza, y más que ella, llanto, porque era la última corrida de su vida torera. Y en todo momento el diminuto y gigantesco lidiador dejó ver sus ansias de perdurar en un recuerdo imborrable. En no pocas ocasiones se dejó acariciar por las astas de “Motivoso” y “Garcito”, lidiados en tercero y sexto lugar... Dejemos al primero de ellos. A “Garcito” lo recibió con verónicas tremendas y torerísimas. Colocó los aretes con voluntad y con suerte, haciendo que se recordaran aquellos pares de su exclusiva factura... Tomó la muleta, por última vez, fue a los medios y brindó a todo el público la lidia y muerte de su postrer enemigo... Con el engaño en la izquierda dio principio a su faena y logró varios naturales extraordinarios que quedaron dignamente rematados con el forzado de pecho, con un afarolado y con un molinete... Siguió toreando con saber y conocimiento. Por fin, se volcó sobre el morrillo y toda la espada quedó dentro de las carnes del burel. Hasta en su último instante fue un auténtico matador... Lo que siguió fue apoteótico. Apoteosis de triunfo y de tristeza. El torero luciendo la oreja de su enemigo daba la vuelta al anillo, con la cabeza baja, el paso lento y lágrimas en los ojos... Las “Golondrinas” completaron el momento de melancolía... En aquellos momentos terminaba la realidad de un torero, pero se iniciaba la leyenda de un ídolo, de un héroe...

Por su parte, Carlos Septién García El Tío Carlos refiere lo siguiente acerca de la actuación del maestro que se despedía:

El toro de la despedida se llamó “Garcito” número 311, cárdeno claro, bragado y lucero, basto de pitones. Lo corrió Tabaco y lo lanceó David con valor en varias ocasiones cerrando con revolera... A petición de las masas tomó David los palos que cambió después por unos de lujo que le ofrecieron del tendido. Colocó un primer par cambiando el viaje por dentro, muy vistoso, pero dejando un solo palo; luego un buen cuarteo y otro alegrando de largo, de dentro hacia afuera... Tomó la muleta y estoque por última vez y brindó largamente por el micrófono. En seguida ofreció al público, desde los medios, la muerte de “Garcito”, e hizo una faena sobre la mano izquierda, con varias series de pases naturales y muletazos de castigo muy toreros. Después toreó con la derecha por alto y en redondo... Entrando de frente, dejó una estocada caída y entera que mató... Se concedió la oreja pedida por el público. Y el torero dio dos vueltas al ruedo recibiendo regalos y sombreros. Manolete y Domecq lo abrazaron cordialmente... Y entre “Las Golondrinas” – esa puñalada sentimental capaz de hacer llorar a las piedras –, David Liceaga se fue triunfalmente del toreo...

La despedida de David Liceaga causó una impresión profunda en los medios y la prensa especializada, como podemos leer en el editorial del número citado de La Lidia de México:

Hombre de voluntad férrea, altivo, seguro de sí, sin complejos, salía a las plazas con una obsesión: el triunfo. Con un ideal: la superación. Y por el triunfo y la superación fue combatiente que sostuvo la batalla por años y lustros... Sí, indudablemente, fue maravillosa la transformación de aquel chiquillo “agarrotado”, al artista en plena eclosión que inmortalizara a “Macharnudo”, a “Zamorano”, a “Afinador”, a “Florista”... Así se fue David Liceaga, trazando un rasgo más, rotundo y vigoroso, en el pergamino de honor que recopiló sus actos más brillantes y destacados de luchador infatigable... Se va con él, el gesto noble y altivo del luchador caballeroso que peleó con las armas legítimas de su templado corazón y su torerismo vigoroso...

Sin duda, David Liceaga fue un torero querido por la afición mexicana.

El resto del festejo

La corrida vino a traducirse en la última que toreó Manolete en la Plaza México y le cortó una oreja al sexto de la tarde, Guitarro, ante el que, en la versión de El Tío Carlos, realizó:

Con el capote, Manolete se limitó a largar tela y fijar al toro. En quites tampoco intervino. David hizo un farol de rodillas y media verónica de pie... Brindó Manolete su faena a David Liceaga. Los dos diestros se abrazaron entre los aplausos del público... Fuese al toro Manolo. Y desarrolló en el mismo terreno una faena perfectamente concebida, limpia y pura, llena de señorío, de mando y de temple... Principió con tres ayudados por alto majestuosos. Siguió con un doblón. Y a renglón seguido, cuatro derechazos musicales modelos de aguante, de mando, de limpieza en la ejecución y de eslabonamiento. Cerró con un remate. Luego, con la muleta en la mano izquierda, ejecutó cinco naturales cordobeses. Volvió sobre la derecha y fueron ahora tres derechazos coronados con dos molinetes, uno hacia cada lado... Dos ayudados por alto y un remate por abajo positivamente imperial por el rigor y el temple. Se puso la muleta atrás y ejecutó tres manoletinas - la segunda ajustadísima - rematando también por atrás... Cerró la obra - cuajada de unidad y desarrollada a la perfección - con un prevé abaniqueo para igualar... Un pinchazo en todo lo alto, y en seguida, tres cuartos de estoque en muy buen sitio y haciendo bien la suerte, que bastaron... El público pidió largamente la oreja. Pero la autoridad - con un rigor injustificado - no la concedió. Manolete dio la vuelta al ruedo entre ovaciones y fue a saludar a los medios... Allí dejaba otra muestra de su toreo imperial...

Me llama la atención que El Tío Carlos consigne y reproche la negativa a concederle la oreja a Manolete, cuando tanto la crónica de Paquiro en La Lidia de México como la información estadística de don Luis Ruiz Quiroz refieren la concesión de ese apéndice, así que...

Por su parte, Silverio Pérez solamente mató al primero de su lote, porque el cuarto de lidia ordinaria Hormigo, le infirió una cornada penetrante de vientre que le impidió concluir su actuación. El parte médico rendido es el siguiente:

Herida por cuerno de toro con orificio de entrada de cuatro centímetros en la piel de la fosa ilíaca izquierda, interesando en una extensión ascendente de quince centímetros, la piel, tejido celular subcutáneo, el músculo oblicuo mayor, desgarrando el músculo oblicuo menos y el transverso y la grasa subperitoneal, descubriendo el fondo del saco peritoneal que se encuentra contundido. De no presentarse complicaciones, tardará en sanar veinte días. Dres. José Rojo de la Vega, Xavier Ibarra, Herrera Garduño y Huerta de la Sota.

Por su parte, don Álvaro Domecq le cortó la oreja al toro que abrió plaza, al que después de fallar con el rejón de muerte, despachó echando pie a tierra y demostrando buenas maneras de muletero y de estoqueador.

El día después

Se anunciaría en los siguientes días que el convenio taurino hispano - mexicano quedaría suspendido a partir del lunes 10 de febrero siguiente. Desde España Juan Belmonte Campoy, Domingo Dominguín, Antonio Bienvenida, Parrita y Morenito de Valencia, como dirigentes de la Unión de Matadores de España, decidieron dejar sin efectos unilateralmente ese pacto. 

Es curioso que los toreros que se opusieron al mismo, fueron aquellos que no hicieron temporada aquí en México y que al paso del tiempo se descubrió que lo que en el fondo pretendían, era evitar que Carlos Arruza hiciera temporada en sus plazas, nuevamente emparejado con Manolete, en lo que había anunciado que sería su temporada de despedida. Las relaciones se reanudarían hasta 1951.

Por su parte, David Liceaga regresaría a los ruedos el 20 de junio de 1948 en Ciudad Juárez y se mantendría activo hasta el 11 de enero de 1959, cuando toreó su última corrida en Mérida, Yucatán.

domingo, 4 de enero de 2026

7 de enero de 1945: El Soldado y Famoso de San Mateo

Antonio Llaguno y El Soldado junto a los restos de Famoso
Foto: Sosa
En la parte álgida de la temporada española de 1943 Luis Briones viaja a España como representante de la Unión de Matadores, a tratar de negociar una reanudación de relaciones entre las torerías de aquí y de allá, rotas desde 1936. Cuando los hechos trascendieron, resultó evidente que detrás de ese viaje de Briones se encontraban Maximino Ávila Camacho y Antonio Algara, respectivamente accionista mayoritario y gerente de Espectáculos El Toreo, S.A., porque el interés del primero era, indudablemente, presentar en su plaza, la primera de México, a Manolete, al costo que fuera.

La prensa especializada no se mostró complacida con el viaje de Briones, que fue secundado después por Tono Algara y así, firmas como las de Flavio Zavala Millet, firmando como Paco Puyazo, don Luis de la Torre El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada y el politólogo e historiador Roberto Blanco Moheno atacaron sin clemencia principalmente a Briones y también a quienes lo enviaron a negociar la paz, por considerar que traicionaban un movimiento que podía generar una total independencia de la fiesta de toros en México.

Al final de cuentas, la ruptura se pudo subsanar, pero Manolete ya tenía ese invierno comprometido, por lo que el elenco de toreros hispanos para la temporada 44 – 45 se formó con nombres como Cagancho, Gitanillo de Triana, Pepe Luis Vázquez, Rafael Ortega Gallito y Antonio Bienvenida entre los más destacados. 

La presentación de Manolete quedaría para la temporada venidera, y esa circunstancia motivaría a quienes lo esperaban como eje del ciclo de corridas en la capital, a criticar lo que se ofrecía como anodino o aburrido, sin que ninguna tarde diera satisfacción completa a la afición. Y si a esto sumamos que el 19 de noviembre del 44, el Maestro Armillita sufrió una grave cornada en San Luis Potosí, tenemos que el torero mexicano que podría cautivar la atención de la afición capitalina estaba en el dique seco.

En esas condiciones llegó el domingo 7 de enero de 1945, fecha en la que se celebró la octava corrida de la temporada, misma en la que se anunció un encierro de La Punta para que lo lidiaran Luis Castro El Soldado, Silverio Pérez y Pepe Luis Vázquez.

El encierro de La Punta

Comenzaré por referirme a los toros enviados por don Francisco y don José C. Madrazo a El Toreo, porque al final de cuentas su comportamiento en el ruedo desembocó en lo que causó el resultado final del festejo. Refiere El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada, en su comentario aparecido en La Lidia, una semana después del festejo:

...los señores Madrazo, propietarios de la vacada de La Punta, enviaron seis toros en buena edad y magníficamente presentados, no habiendo desmerecido en corpulencia sino uno de ellos. De los seis, dos fueron bravos y uno bravísimo, el corrido en quinto lugar, siendo los restantes reservones, reparados de la vista y con tendencias más a la mansedumbre que a aquello que tanto favorece a los lidiadores, sin presentar ninguno mayores dificultades. Todos fueron pegajosos para las caballerías, propinando tremendos tumbos que ofrecieron oportunidades a los matadores para realizar el verdadero quite, suerte olvidada que no apareció por ninguna parte a no haber sido por el heroico Simón que cuando se presenta la ocasión pone la muestra al más pintado. Esta codicia de los punteños dio lugar también a ver picar como ya es muy raro en los actuales tiempos, tan raro es que el público desorientado por completo, se pone a chillar cuando debiera aplaudir con entusiasmo, protestando, eso sí, en contra de quienes autorizan el asesinato alevoso de las reses permitiendo el empleo de puyas descomunales...

Como se puede leer, a juicio de don Luis de la Torre, un par de toros dejaron espacio para triunfar, con la única cuestión de que tenía que toreárseles.

El toro que regaló El Soldado

Las distintas reseñas históricas parecen coincidir que las dos faenas grandes de Luis Castro El Soldado en El Toreo fueron las que realizó a los toros Rayito y Famoso, ambos de San Mateo, la primera, en la corrida recordada como la de los tres Luises y la segunda que es la que hoy me ocupa. Ambos toros, tienen el estigma de ser toros de regalo, o toros del perdón como los llamó la prensa de su día, para tratar de enmendar los efectos de una mala tarde.

En esta oportunidad tenía otra cuestión añadida. Para esos días era de dominio público y evidente el agrio desencuentro de los hermanos Madrazo con don Antonio Llaguno, sin que sus causas hayan trascendido. Así, el ganadero zacatecano no perdía oportunidad para tratar de demostrar que sus toros eran superiores. Así, en los chiqueros tenía encerrado uno, dispuesto a salir a dejar en mal a sus colegas jaliscienses. Sigue contando don Luis de la Torre:

“El Soldado”, ya desde temprana hora, en perfecto acuerdo con el ganadero, obsequió al público con el toro del “perdón”, que no de otra manera puede calificarse ese desprendimiento cuando se ha tenido una mala actuación...

La procedencia del toro de regalo no fue fortuita y en cierta forma me recuerda lo sucedido el 28 de febrero anterior, cuando Armillita regaló a Paracaidista de La Laguna, cortándole el rabo, después de despachar él solo con pulcritud una dura corrida precisamente de San Mateo.

La faena de El Soldado a Famoso

Roque Armando Sosa Ferreyro Don Tancredo abre su crónica publicada en La Fiesta en los siguientes términos:

Un toro de maravilla, un toro de bravura y nobleza incomparables, fue inmortalizado el domingo anterior en el ruedo metropolitano. El toro, cárdeno bragado y salpicado, número 28, se llamó “Famoso2 y procedió de las dehesas de San Mateo, la ganadería milagrosa de don Antonio Llaguno. Y el torero es un artista que se llama Luis Castro “El Soldado”...

Vestido de celeste y oro, El Soldado enfrentó al toro que le dedicó don Antonio Llaguno, cárdeno claro y paliabierto. Las crónicas coinciden en que su trapío, adecuado a su encaste, desentonaba con el de los toros de La Punta de la lidia ordinaria y si hemos de tener en cuenta lo escrito por El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada, más parecía un novillo:

Para tal objeto se soltó un novillo de San Mateo de bravura y suavidad extraordinarias, el que fue magistralmente aprovechado por el donante, quien no sabemos por qué motivos se abstuvo de invitar a sus compañeros a alternar con él en el primer tercio, lo que significó un patente desaire para nuestro huésped Pepe Luis Vázquez...

Un ejemplar de tal calidad requería tener un gran torero enfrente para aprovecharlo debidamente. La faena que El Soldado realizó a Famoso fue completa, pues hasta las banderillas tomó, no obstante traer un varetazo en el muslo derecho, sufrido en Irapuato el día de año nuevo. Relata Don Tancredo:

Pero si estupendo fue el cornúpeta de San Mateo, justo es consignar que “El Soldado” estuvo también a la altura de “Famoso”, toro de los más difíciles cuando no lo torea un artista, sino un jornalero de los ruedos. Sus templadísimas verónicas, sus ceñidas y rítmicas chicuelinas, el finísimo cuarteo con que adornó primeramente el morrillo del sanmateíno, sus valerosos muletazos en tablas, sus naturales mandones y garbosos, uno de ellos, rematado por alto; sus derechazos largos y emotivos, sus pases de pecho plenos de majestuosidad y de verdad, sus ayudados por alto y por abajo, firmas y adornos del mejor gusto, y por último, entrando en corto y por derecho, media estocada en las mismas péndolas que hizo rodar al astado. Toda su labor estuvo en un plano de excelsitud artística, y en su honor hay que decir que su trasteo fue realizado con una alfombra de sombreros en el ruedo, y que antes de coronarlo con la media estocada que rubricó su éxito, ya los pañuelos aleteaban en el tendido pidiendo las orejas y el rabo de “Famoso”... Llevando en las manos los apéndices del incomparable toro de San Mateo, Luis “El Soldado” y don Antonio Llaguno dieron la vuelta al ruedo para recibir el homenaje de la afición metropolitana, mientras el cadáver de "Famoso" también era ovacionado al pasearlo alrededor de la arena. Y la policía hubo de intervenir para evitar que la multitud sacara en hombros a los triunfadores de esta tarde inolvidable, pues "El Soldado" hubo de ser llevado a la enfermería de la plaza, donde se le practicó una pequeña intervención quirúrgica...

Por su parte, quien firmó como Francisco Montes en La Lidia, refiere:

Castro inició la faena con tres muletazos en el estribo que ligó con uno de pecho; la ovación no se hizo esperar; siguió toreando por naturales que no fueron del todo lucidos y luego continuó con la mano de cobrar y sus pases resultaron brillantes y bien rematados; la faena es de estimable mérito aunque derechista; ayudados por alto estatuarios, cambios de muleta por la espalda, ayudados por bajo, una faena muy torera y quizá la mejor que ha hecho en su vida; lasernistas, derechazos en redondo en los que materialmente se embarra en la faja al estupendo y maravilloso burel de San Mateo; entra a matar muy bien y deja media estocada delantera que hace rodar al burel sin puntilla: la ovación es delirante, se le conceden las dos orejas y el rabo de su enemigo, a quien merecidamente se le da la vuelta al ruedo; el público emocionado pide salga a la arena el ganadero, el que, en compañía del espada, da la vuelta al anillo recibiendo una apoteósica demostración de cariño...

Y días después, don Luis de la Torre El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada, reflexiona:

Lo toreó de capa como “El Soldado” sabe hacerlo en condiciones del todo favorables, interviniendo él solo durante el tercio de varas que se redujo a dos. Le colocó un magnífico cuarteo en banderillas que nos hizo recordar lo buen rehiletero que fue en los principios de su carrera, colgando otro más de colocación defectuosa, aunque con muy buenos procedimientos. Y después vino lo grande, el faenón reivindicador iniciado con tres muletazos en el estribo de positivo mérito, para apenas alejado el burel del lugar de iniciación, plasmar un trasteo en un palmo de terreno, en el que hubo toda clase de pases, desde el clásico natural, rematado ya por bajo ya por alto, hasta el adornamiento plástico y perfecto, pasando por los muletazos de toda índole ejecutados con majestuosidad y torerismo puro, sin el menor detalle de afectación, conservando siempre el cuerpo enhiesto, moviendo los brazos y con ellos la muleta con dominio y absoluta soltura, pasándose al bruto a pocos centímetros del pecho o de la faja, según las circunstancias. Una cátedra del bien torear, aprovechando a maravilla las excepcionales cualidades del pequeño enemigo que no supo tirar una cornada y al que despachó al destazadero de una casi entera de rapidísimos efectos, ganándose por todo ensordecedora ovación, oreja y rabo. Los despojos del bravísimo novillo fueron también ovacionados, dándosele, ahora sí, la vuelta al ruedo en compañía de su criador... ¡VAYA TORO BIEN APROVECHADO! …

Las opiniones de la crónica son unánimes en cuanto al hacer de El Soldado ante Famoso, y de esa manera, reitero, ha pasado a la historia como una de las más acabadas obras de su paso por los ruedos.

Importante es también señalar que la vuelta al ruedo que dio don Antonio Llaguno junto con el torero de Mixcoac, fue la última de su trayectoria ganadera, porque días después fue intervenido de la columna vertebral y tras de dicha cirugía, ya no pudo volver a desplazarse por su propio pie, dejando de asistir a las plazas, pero manteniéndose pendiente de la ganadería que al paso de los años sería el eje del toro de lidia que se cría en México.

El Soldado ha pasado a la historia como uno de los toreros artistas más grandes que ha dado este país, pero también nos dejó estampas de reciedumbre torera, imponiéndose a las condiciones de los toros que no tenían aptitudes para lucir la clase delante de ellos, es sin duda un caso único del torero que puede con los toros, pero que también crea arte con ellos. La tarde que hoy me ocupa, es un claro ejemplo de ello. 

domingo, 27 de agosto de 2023

27 de agosto de 1916: La tragedia de Antonio Carpio, el dómine de Catarroja

Antonio Carpio Asins nació en Catarroja, población de la albufera valenciana el 11 de enero de 1895. Hijo de un constructor de carros y el mayor de cinco hermanos, en cuanto tuvo la edad suficiente fue enviado por su familia a realizar estudios de magisterio. Casi al final de esa formación profesional, el padre cae gravemente enfermo y con dificultad los concluye, consiguiendo, afortunadamente, ser destinado para ejercer su profesión docente a su localidad natal, donde se puede hacer cargo de su familia con el exiguo salario que entonces se pagaba a los maestros de escuela.

Creo que no requiere mucha explicación el hecho de que en la hoy Comunidad Valenciana existe una arraigada tradición taurina, tanto en la forma digamos convencional, con los festejos celebrados en las plazas de toros, así como en una importantísima cantidad de festejos con toros en las calles, los Bous al carrer. Casi al tiempo de que Antonio Carpio iniciaba su ejercicio como maestroescuela, Juan Belmonte recibía la alternativa y establecía un precedente en el sentido de que se podía salir de la miseria enfrentándose a los toros, al mismo tiempo de que impuso un nuevo canon para lidiarlos. 

Antonio Carpio se inspiró en el veloz ascenso de Belmonte y comenzó a frecuentar los festejos callejeros que se daban en su entorno. Allí abrevó los rudimentos para tratar de evitar las cornadas que dan los toros y en un momento determinado decidió que había más fortuna en los redondeles que en las aulas, renuncia a sus cinco pesetas diarias de salario y comienza a andar los caminos de España en busca de oportunidades para torear.

El paso por los ruedos de Antonio Carpio

Su presentación, vestido de luces fue en octubre de 1914, en la plaza de Valencia, en una novillada económica. Esa tarde se llevó una cornada, primera de las muchas que habían de poner en peligro su vida. Escribió acerca de lo que aportó en esos días el torero de Catarroja, José Simón Valdivielso:

El «parón», al que ya no se otorga consideración excesiva, fue entonces la revelación traída al toreo por la decisión da aquel maestrito de Catarroja, que quería conquistar, a costa de su riesgo, el bienestar para sus padres y la seguridad para el porvenir de sus hermanos... Antonio Carpio armó el gran alboroto entre la afición. ¡Y era dificilísimo armar el alboroto entonces! …

Quedarse quieto y jugar los brazos para desviar las embestidas de los toros… Ese era el secreto del hacer de Antonio Carpio en los ruedos y pronto le sirvió de reclamo para presentarse en las plazas más importantes de su patria. El 14 de marzo de 1915 lo hace en Barcelona, en la plaza de Las Arenas, alternando con Emilio Cortell Cortijano y Manuel Álvarez Andaluz en la lidia de novillos de Medina Garvey. Acerca de su actuación esa tarde, escribió para la edición nocturna del diario Noticiero Universal de la fecha del festejo, quien firmó como Licenciado Flechilla:

Carpio, que viste terno granate y oro, coge los trastos y da un pase alto muy peligroso y al segundo, de pecho, no da salida y es enganchado por el sobaco izquierdo. Se levanta y muletea desconcertado, temiéndose nuevamente una cornada. Entra algo lejos y pincha cayéndose el hierro. Intenta el descabello y suelta una baja. El toro dobla y unos aplauden y otros silban. El mozo, que está muy verde con el estoque, ha demostrado que no le tiene miedo a los cuernos…

Esa tarde, para no perder costumbre, salió con un puntazo de siete centímetros en la región glútea izquierda y no pudo matar al segundo novillo de su lote.

Su presentación en la Maestranza de Sevilla tendría lugar el 13 de junio siguiente, cuando para lidiar novillos de Gamero Cívico, tuvo de compañeros de cartel a Manuel Álvarez Andaluz y Pepe Rodas. Quien firmó como A.N. Drés en el diario Correo de Andalucía del día siguiente al del festejo, refirió acerca de su actuación lo siguiente:

Carpio, por lo que se ha visto en su debut, es un novillero muy mediano, habiendo sufrido una equivocación con venir a Sevilla, porque si ésta da mucho al que hace cosas grandes al toro, en cambio destroza a quien no se acerca, ni para ni aguanta en la inmensa mayoría de las veces... Aquí hay que hacerlo, y si no... ¡al agua! ...

El trato del cronista sevillano no fue precisamente comedido con la actuación del maestro de escuela valenciano, pues propiamente lo desahucia en su primera actuación en ese ruedo. No obstante, volverá al siguiente domingo y para no variar, saldrá herido por el primero de su lote.

La presentación en Madrid tendrá lugar el 25 de marzo de 1916, cuando enfrentaría novillos de la Viuda de Félix Gómez, junto con Manuel García Reyes y Pepe Amuedo. Esa tarde Pepe Amuedo terminaría matando a cuatro novillos, por percances de sus alternantes. A propósito de la actuación de Antonio Carpio, escribió Ángel Caamaño El Barquero, para El Heraldo de Madrid del día siguiente al de la novillada:

Siguiendo mi costumbre, ni afirmo, ni niego, ni digo que si esto, que si lo otro, y que si ya está aquí el redentor taurino. Me limito a decir que los capotazos que acaba de dar el joven Carpio han sido requetesuperiores, y se los aplaudo con entusiasmo... Carpio sale, se hace el silencio y el muchacho se va solo al cornúpeto y le larga, de primeras, un natural, otro de pecho, otro alto y otro de trinchera, que no diré yo que fueran la esencia del clasicismo; pero si digo y afirmo que estuvo cerca, cerquísima, entre los pitones y sin asustarse y sin descomponerse...

Además, Antonio Carpio sumó tardes en Almería, Zaragoza, Málaga, Cartagena, Tafalla o Gijón. Independientemente de repetir en varias ocasiones en Barcelona y en Madrid, donde se presentó por última vez el 15 de agosto y de donde salió para cumplir compromisos en Tafalla al día siguiente, en Gijón, el 20 de agosto y el de Astorga el 27 de agosto. Escribe F. Mendo en El Ruedo de Madrid del 24 de enero de 1952:

Vuelve a actuar en las Plazas de sus mejores tardes; viene a Madrid avanzada la temporada, el 15 de agosto; para entonces llevaba toreadas treinta y dos corridas, tenía firmadas otras tantas, y la Empresa de la capital de España acababa de apalabrarle el doctorado para la segunda temporada de abono de la próxima temporada… Dentro de esta excelente racha, el 27 de agosto aceptó intervenir en una corrida mixta en Astorga; tres toros de Rivas para «Torquito I» y otros tres, no menos pavorosos, para Carpio… Antes de abandonar Madrid la noche anterior a la corrida, unos amigos del torero trataron de hacerle desistir de enfrentarse con un ganado que de antemano se sabía era viejo y de excesivas defensas. Fué vano el intento.

- ¡Hay que triunfar o morir!... ¡Pero pronto!...

- Respondió Carpio.

Bebió unos chatos de manzanilla con sus acompañantes.

— ¡Por tu buena suerte! 
— Deseó alguien.

— ¡Que Dios la reparta entre nosotros!

— Murmuró el diestro con un gesto fatalista…

Astorga, 27 de agosto de 1916

El domingo 27 de agosto de 1916 se anunció en la plaza de toros de Astorga un festejo mixto en el que alternarían el matador de toros Serafín Vigiola Torquito y Antonio Carpio, novillero, en la lidia de seis de don Ángel Rivas, ganadero de Cabañas de Sayago. La procedencia de los toros a lidiarse era de la antigua ganadería de Santiago Neches, formada con vacas de Veragua y sementales de Conradi y Santa Coloma. Siendo propiedad de Neches, el 23 de agosto de 1908, en la misma plaza de Astorga, un toro de esa vacada hirió mortalmente al torero Hilario González Serranito, motivo por el cual se enajenó la ganadería a su titular en la fecha que me ocupa en este momento.

El segundo de la tarde, se llamó Aborrecido. José Rico de Estasen relata así la actuación final de Antonio Carpio ante él:

El astado, de imponente aspecto y gran poder, llevaba un nombre siniestro: «Aborrecido». Era de la ganadería de Rivas, y resultó de difícil lidia; tanto, que al hacerle un quite volteó al diestro aparatosamente, destrozándole la taleguilla. Pero Antonio Carpio no se amilanó. Antes, al contrario, continuó prodigando sus muestras de arrojo y valentía, sobre todo una vez provisto de los trastos de matar, con los que dio al bicho varios pases de muleta, apretándose hasta lo inverosímil… En uno de éstos, el novillo de siniestro nombre se le arrancó, empitonándole por el muslo derecho… El desgraciado diestro, tras de ser volteado aparatosamente, cayó al suelo. Tras la cogida aparatosa y emocionante, se levantó, echó a correr, y aún tuvo fuerzas para saltar la barrera. En el callejón acudieron a su auxilio miembros de la Cruz Roja, quienes le trasladaron a la enfermería. El infeliz novillero dejó tras de sí un reguero de sangre…

Fue atendido por el médico de Astorga, José Hernández Mena y estando en el tendido el cirujano del Hospital Princesa de Madrid, Julio Garro, se aprestaron a atender al torero herido, pero cuando llegó a la enfermería estaba el torero ya en lo que hoy llamaríamos choque hipovolémico por el profuso sangrado. Refiere el semanario madrileño Toros y Toreros del 29 de agosto siguiente:

El percance acaeció al matar Carpio su primer burel, el cual, alcanzándole, le corneó furiosamente causándole, aparte del magullamiento general, una tremenda herida como dé veintidós centímetros de extensión, por quince de profundidad en el muslo derecho interesándole la arteria femoral. En vista de la postración en que se encontraba el herido por efecto de la grandísima hemorragia sufrida, fue viaticado, y no obstante los esfuerzos de la ciencia, falleció a las diez y media de la noche…

Rafael Pérez Taylor, periodista mexicano que firmaba sus escritos como Hipólito Seijas, cita lo siguiente en su colaboración aparecida en el número del semanario La Lidia, de la Ciudad de México, fechado el 26 de mayo de 1944:

En la enfermería, entrando ya en período agónico, preguntó a su apoderado:

- ¿Cuánto dejo en el banco para mi familia?

- Sesenta mil pesetas.

- Muero contento. De maestro de escuela nunca las hubiera reunido y dejado...

Hipólito Seijas no precisa la fuente de la que recabó tal diálogo, pero el recorrido literario por la vida del torero hace presumir que esa entereza mostrada en sus últimos instantes era posible.

El regreso a Catarroja

Sería otro torero valenciano, éste de Algemesí, el que organizaría un festejo en 1922, a efecto de conseguir el traslado de los restos mortales de Antonio Carpio a Catarroja. Me refiero a Rosario Olmos, compañero de generación de Manolo Martínez El Tigre de Ruzafa y de Francisco Tamarit Chaves. Apoderado por el escritor taurino Isidro Amorós Don Justo, consigue un acercamiento con la empresa de Valencia, dirigida por Arturo Duart, para que el 3 de diciembre de ese 1922, se formara un cartel en el que actuaron Rafael Dutrús Llapisera, el picador José Cantos Barana y los novilleros Manuel Martínez, Francisco Tamarit Chaves, Rosario Olmos y Tomás Jiménez ante novillos de distintas ganaderías.

José Rico de Estasen, en el número de El Ruedo salido a los puestos el 13 de mayo de 1954, escribe acerca del resultado del festival:

Lo recaudado en la novillada benéfica de que queda hecha mención, alcanzó a sufragar los gastos del traslado del cadáver de Carpio y de la construcción del artístico mausoleo donde habría de ser inhumado en el Camposanto de Catarroja. El panteón donde reposan los restos del lidiador inolvidable aparece coronado por una cruz, de la que pende un ángel labrado con mucha soltura y primor. En el pedestal destaca el busto del fallecido, sobre una rama de laurel y una cartela con esta inscripción: «LOS TOREROS VALENCIANOS Y LA AFICIÓN A ANTONIO CARPIO» …

El dómine de Catarroja había vuelto a casa, aunque quizás nunca alcanzó a escuchar en una plaza el pasodoble que ese año de 1916 compuso en su honor el músico gallego Reveriano Sotullo, que en la cubierta de su partitura reza: Al nuevo fenómeno Antonio Carpio. Carpio, pasodoble flamenco. Pero seguramente algún día de estos, resuene en una plaza y quien lo reconozca, recuerde que se le dedicó a un torero valiente y decidido a salir adelante aún a costa de perder su vida.

Post scriptum

Hace un par de décadas, Giovanna Ribes, sobrina nieta de Antonio Carpio, dirigió el rodaje de un documental titulado El Sueño Temerario, mismo en el que:

A través de un novillero, Antonio Carpio “El Maestro” que murió en Astorga de una cornada en la femoral a principios del siglo XX y de los novilleros actuales Juan Ávila y Juan Francisco Prados, “El Sueño Temerario” es un documental personal que pretende indagar sobre la conciencia del ser humano, el temor al fracaso y su deseo de realizar grandes acciones, a veces incluso capaces de determinar el proceso histórico, acciones que los convierte en héroes cautivos de su propio sueño y que los lleva a la decisión de recibir la muerte, gustosos, antes que la figura del héroe que ellos han soñado se desvanezca entre la multitud…

La producción de aproximadamente una hora de duración, se puede ver en esta ubicación

Reconocimiento: Quiero agradecer a mi amigo Paco Abad el haberme puesto sobre la pista de este asunto en su magnífica bitácora del Aula Taurina de Granada. Lo allí publicado lo pueden ustedes consultar aquí y aquí.

domingo, 12 de marzo de 2023

Felipe Fernández Valdemoro, in memoriam

Felipe Fernández y López Valdemoro, hijo del jurista y político español don Luis Fernández Clérigo y doña María Luisa López Valdemoro Fernández de las Cuevas nació en Marchena, Sevilla en el año de 1919 de acuerdo con la documentación migratoria que se conserva en el Archivo General de la Nación. Solicitó su ingreso a México, en calidad de asilado político, en el Consulado de México en París, en octubre de 1939 y allí manifestó como su nombre, el que encabeza este texto y declaró como su ocupación la de estudiante. Ingresó a territorio mexicano por la ciudad de Nuevo Laredo, el 1º de marzo de 1940, al menos junto con su hermano Luis Carlos – después universalmente conocido como José Alameda – y su madre, estableciéndose en la Ciudad de México en la calle Roma de la colonia Juárez. 

Su relación con la fiesta de los toros le venía, podríamos afirmar, casi de manera dinástica. Por línea materna estaba emparentado con Juan Gualberto López Valdemoro de Quesada, Conde de Las Navas, quien fuera bibliotecario del rey Alfonso XIII y autor de una de las obras clásicas de la historiografía de la tauromaquia: El Espectáculo más Nacional, en el que cuenta, desde su perspectiva, el origen y diversos acontecimientos que generan la afición y la actual fiesta de los toros. Por el lado paterno, don Luis Fernández Clérigo también dedicó en momentos su pluma a escribir sobre el tema, firmando como El Bachiller de Córdoba.

Felipe Fernández Valdemoro, incipiente escritor taurino

El paso del hermano de José Alameda por las letras del toreo sería fugaz. No por su voluntad, sino por los hechos inexorables de la existencia y demostraría, a mi juicio, entender lo que sucedía en el ruedo, aunque desde una óptica planteada por su hermano mayor en el primer ensayo que publicó en el medio intelectual mexicano, titulado Disposición a la muerte, donde refuta lo planteado por José Bergamín en su Arte de Birlibirloque, postura que rectificaría en tiempos posteriores y que sería el giro copernicano de la concepción histórica de la evolución del toreo.

El punto de partida del extenso comentario de Felipe Fernández Valdemoro es el análisis que en su día hicieron el doctor Carlos Cuesta Baquero Roque Solares Tacubac y Martín Garrido Sagitario en las páginas de La Lidia acerca de la corrida del 31 de enero de 1943 en El Toreo de la Condesa, sí, aquella de la alternativa de Antonio Velázquez y en la que Armillita bordó a Clarinero y Silverio Pérez inmortalizó a Tanguito, enseñas de un completísimo encierro de Pastejé.

El artículo apareció publicado en el número de La Lidia correspondiente al 26 de febrero de 1943, se tituló ¿Clase o personalidad? y dice literalmente:

He leído con interés los artículos publicados en este gran semanario por Roque Solares Tacubac y “Sagitario”, sobre los trasteos de “Armillita” y Silverio el 31 de enero, en los cuales cada uno de los citados escritores expone sus puntos de vista sobre las citadas faenas, derivando “Sagitario” hacia el concepto de CLASE en el sentido taurino.

Joven y, por lo tanto, impetuoso, me decide a echar mi cuarto a espadas en este debate, en el que, como podrá ver el que leyere, la vejez y la juventud coinciden. Y digo esto, porque Roque Solares Tacubac – el más antiguo escritor taurino – y un humilde servidor – que por primera vez hace crítica pública –, coincidimos.

Se trata de dos clases, formas o modos de concebir el toreo. A mi juicio, “Armillita” tiene “clase”, pero no personalidad; Silverio posee la segunda condición, pero carece de la primera. Más no divaguemos y entremos en el asunto.

“Sagitario”, en su artículo intitulado CLASE Y MAESTRÍA, hace unas cuantas divagaciones sobre lo que es la clase y dice: “la clase es lo que le falta al ganso para ser cisne, al aguardiente barato para ser cognac, etc.”. No creo que esto tenga que ver mucho con el toreo, aunque me hago cargo perfectamente de lo que “Sagitario” quiere decir con esas comparaciones.

A mi juicio, CLASE quiere decir clasicismo – de ahí viene precisamente la palabra – y autenticidad. Tiene CLASE todo aquello que se ejecuta con PERFECCIÓN. Por eso se dice, en términos taurinos, “tal torero es muy corto, pero tiene clase”; con esto se quiere decir que no es un maestro, que realiza o conoce pocas suertes, pero que las que ejecuta las practica con perfección, con CLASE. Y aquí llegamos a la interrogante: ¿Es que Silverio tiene clase? En mi modesta opinión, no. No porque si clase es clasicismo, no puede tener clase quien no ejecuta, como muy bien dice Roque Solares Tacubac, la suerte más clásica, perfecta y difícil del arte del toreo: el pase natural. Dice “Sagitario” que esto no tiene importancia, pues Silverio torea con la derecha como no ha toreado nadie ni con una ni con otra mano. Error lamentable; cualquiera que conozca algo de toros y más el que alguna vez haya toreado, sabe la diferencia que hay entre ejecutar un derechazo, con la muleta armada con el estoque – con lo cual aumenta considerablemente de tamaño y el diestro puede taparse más – y citando de perfil, a citar de frente, con la muleta sin armar y cayendo verticalmente en pliegues, como requiere el pase natural. He aquí una diferencia fundamental entre torear con una y otra mano y la prueba está en que todos los toreros torean bien, y al menos aseadamente, con la derecha; pocos ¡qué pocos!, lo hacen con la izquierda.

Me dirá “Sagitario”, que esto es una cuestión de dificultad que nada tiene que ver con la CLASE y que el pase natural podrá ser más meritorio que el derechazo, pero que ningún natural de nadie puede compararse con el derechazo de Silverio. A esto le responderé que el pase natural, por el mero hecho de su DIFICULTAD, de su EXPOSICIÓN y de su BELLEZA (no olvide esto “Sagitario”), es el pase más clásico que existe y que el torero que ejecuta ese pase a la perfección es el torero de más clase, desde el punto de vista taurino. Y esto dejando aparte el que, si “Sagitario” quiere ignorar o no dar importancia a la DIFICULTAD en el arte taurino, tendrá que empezar por ignorar la mayor dificultad que, naturalmente, es el toro, en cuyo caso, huelga todo comentario sobre el arte de lidiar reses bravas.

Pero dejemos lo de la muleta en la izquierda – por ser tema demasiado discutido y sabido – y pasemos a analizar el toreo “derechista” – el único que ejecuta – del diestro de Texcoco.

Afirma “Sagitario” que no puede saber lo que es “clase”, quien no haya “sentido” el toreo de Garza, Solórzano, Silverio... Me remito al caso de Garza, que es precisamente con Juan Belmonte, el prototipo de torero que posee lo que hemos dado en llamar “clase”, porque a esta se une también la personalidad.

Garza tiene CLASE porque cita, deja llegar y cuando el toro mete la cabeza en el capote o en la muleta, adelanta, sin exageración, la pierna (ABRE LIGERAMENTE EL COMPÁS) cargando la suerte y después gira sobre la cintura, haciendo el lance más largo y despidiendo al toro POR SU SITIO. Durante toda esta ejecución, que es técnica y artísticamente perfecta, Lorenzo no descompone la figura; no se encorva ni mete la barriga ni se dobla exageradamente sobre el costado: tiene el cuerpo erguido y flexible, y eso es la CLASE; la ejecución bella y perfecta técnicamente – porque el toreo tiene su técnica – de una suerte.

Pasemos a Silverio. Comienza por no cruzarse con el toro, es decir, por citar fuera de la cuna. Cita, generalmente, de perfil, con los pies juntos y, en el momento en que el toro mete la cabeza, no separa los pies, sino que gira sobre ellos, es decir, NO CARGA LA SUERTE, sino que – permítaseme el vocablo – LA DESCARGA. Y esto, con la agravante de que se encorva demasiado y mete la barriga en el momento en que los cuernos pasan. Esto último que digo no es una apreciación subjetiva mía, sino una cosa demostrada por las más recientes fotografías del texcocano. Es más, determinado cronista, creyendo elogiar a Silverio, ha dicho: “Y Silverio no se enmendó, sino que se hizo un arco fantástico (METIÓ LA BARRIGA) y el toro pasó inverosímilmente”. Así pues, cuando el público cree que Silverio ha toreado más cerca que nadie está en un error, porque así de cerca, como el público cree, no ha toreado ni el propio Silverio. Esto no quiere decir que yo considere a Silverio un torero medroso, pues me consta que una de sus cualidades es el valor. Cosa demostrada es que nunca, ni ante el peligro ni ante el éxito ajeno, Silverio se achica, sino que, por el contrario, se crece.

Pero continuemos en lo de “meter la barriga”, porque esto de METER LA BARRIGA tiene más importancia de lo que a primera vista parece, pues además de ser antiestético, significa UN RETROCESO en el arte del toreo.

Aunque “Sagitario” afirme que Silverio es un genio y que los genios no pueden acomodarse ni a normas ni a reglas, yo no concibo el toreo sin esas reglas, porque entonces no sería toreo; no se le denominaría Tauromaquia, sería otra cosa. Y Silverio, que es torero, tiene sus reglas, pero unas reglas que, como digo más arriba, significan un retroceso por lo siguiente:

Antes de aparecer Belmonte, se toreaba dejando pasar al toro, es decir, el toro arrancaba; el diestro daba un paso atrás y con el capote lo despedía: se toreaba, pues, dejando pasar al toro sin variarle el viaje. Vino Belmonte y la cosa cambió. Había que desviar al toro en su viaje, es decir, no quitarse el torero para que el toro pasase, sino dar un paso hacia adelante y obligar al toro a variar su camino; lo que se llama, en términos taurinos, “sacarse al toro de la faja”. La diferencia entre una y otra cosa puede “Sagitario” preguntársela a Rodolfo Gaona, que fue el único torero – para gloria suya – que pudo sobreponerse al cambio introducido por Belmonte. Y por esto digo que el toreo de Silverio es un retroceso en el arte taurino, pues si mete la barriga para que el toro pueda pasar, es evidente que ejecuta el toreo antiguo de esquivar al toro para que este pase en su viaje, en lugar de hacer el toreo moderno de adelantar la pierna y, con el engaño, hacer al toro cambiar la dirección de su embestida.

Por todo lo que antecede, creo que no puede haber discusión entre la faena de “Armillita” y la de Silverio. El de Saltillo – y conste que no es mi corte de torero, pues le faltan gracia y personalidad – ejecutó una faena clásica, auténticamente clásica, porque cargó la suerte, mandó en el toro con la derecha y con la izquierda y ni un solo momento dio “parones” o giró sobre los talones. Realizó, en fin, un TOREO PURO Y CLÁSICO y, además, como certeramente juzga Solares Tacubac, añadió “Armillita” a todo eso su maestría innegable.

Sé que “Sagitario” no quedará nunca convencido, porque conozco y sé lo que es la pasión taurina. Para él, Silverio es el mejor, el de más clase. Yo creo que Silverio es un torero valiente, con lo que se ha dado en llamar hoy “casta” y, sobre todo, con personalidad. He ahí el secreto del triunfo de Silverio y de la influencia que logra sobre las masas. Su toreo no es bueno técnicamente, ni artístico, pues ya he dicho que torea siempre encorvado y como agarrotado, pero llega indiscutiblemente al público. Ahora bien, hay en el mundo muchas cosas que tienen personalidad, que emocionan y que apasionan y, sin embargo, no tienen nada que ver con el toreo. Una cosa es que determinado toreo guste y otra que tenga “clase”, que sea bueno.

El arte no significa solamente belleza – suponiendo que esta cualidad existiera en el toreo de Silverio –, sino dominio y perfección en la ejecución. Además de que en el toreo no puede concebirse el capricho arbitrario del artista, como, por ejemplo, en la pintura. El toreo tiene sus normas fundamentales: los terrenos, la forma y el sitio de citar, las querencias de los toros, etc., son en el fondo siempre los mismos y ni el mismo Belmonte, el máximo revolucionario, cambió totalmente estos fundamentos, los reformó, los adaptó a su personal estilo, pero nunca los ignoró, ni mucho menos los despreció.

Podremos admitir que el de Texcoco estuvo por encima del de Saltillo, si ignoramos todo lo que acabo de enumerar; pero mientras seamos aficionados conscientes y nos guste analizar las complejidades que forman el arte del toreo y no nos conformamos con ver simplemente que el toro pasa y vuelve a pasar, creemos que lo auténtico, lo puro, lo bueno, lo que tuvo clase y sabor torero de lo que se hizo en la plaza el domingo 31 de enero, fue la faena que realizó “Armillita”, a quien en España se le llama “El Sabio”.

De todo lo que he expresado, se deduce que “Armillita” es un gran torero, que puede, que ejecuta las más difíciles suertes a la perfección, con clase y maestría; pero que carece de personalidad, de enjundia y que, a pesar de ser un estupendo lidiador, le falta para dar la nota arrebatadora, no la clase, sino la atracción personal.

Silverio es, por el contrario, un lidiador sin clase. No ejecuta más que pocas suertes y éstas no las realiza con perfección ni soltura, sino forzado, tragando paquete o haciendo el puente trágico de “Nacional” y de “Valencia II”; pero frente a esto, posee personalidad y valor, cosas ambas que llegan mucho más al gran público, que la maestría y la perfección.

Y respecto a una frase que deja caer al vuelo “Sagitario”, le diré: Belmonte era desgarbado, pero cuando se ponía frente al toro, se estiraba, se enardecía y aquella figura deforme aparecía como la de un gigante frente a la fiera desafiándola: ¡Qué gallarda! ¡Qué saber el de Juan cuando empinándose e irguiéndose para dar uno de sus personales pases naturales! Silverio es desgarbado, y cuando deja de serlo, no tiene garbo ni flexibilidad, sino una actitud forzada y violenta.

Creo, pues, que “Sagitario” ha confundido la CLASE con la personalidad. Silverio tiene, y en gran cantidad, personalidad. “Armillita”, clase y dominio, pero nada más. Por eso cuando la clase y la personalidad se juntan, se dan los fenómenos taurinos como Belmonte, Gaona, Garza.

He echado ya mi cuarto a espadas y creo que es hora de dejar descansar a los sufridos lectores de LA LIDIA, aunque todavía le falten por analizar a este comentarista numerosas facetas, de las muchas y complejas que tiene el arte taurino.

No quiero acabar sin declarar que lo que he dicho no está inspirado por la pasión. No conozco a ninguno de los diestros a que me he referido y lo que he dejado expuesto, es producto de mi criterio taurino. Si ha sido necesario citar nombres es porque se trataba de una corrida determinada y de una cuestión circunscrita, pero este criterio expresado por mi no es ni “antisilverista” ni “armillista”, sino la defensa de un estilo de torear frente a otro. Siempre ha habido otras discusiones teóricas sobres las diferentes formas de concebir y practicar el toreo. No combatimos ni elogiamos a las personas, sino los estilos y formas. He censurado un toreo cuyo representante más relevante es Silverio y si he dicho cosas que puedan parecer fuera de lugar o molestar a alguien, lo he hecho para dar las razones y los motivos que me llevan a sostener mi opinión, porque lo que no hubiera sido lícito es que yo hubiese dicho simplemente: “El toreo de Silverio es inferior al de Armillita”. Entonces se me habría exigido, y con razón que explicase por qué pienso así, y es lo que he hecho.

Doy gracias a LA LIDIA, por la oportunidad que da a los aficionados para expresar sus opiniones, al tiempo que me congratulo de que este periódico, tan magníficamente orientado, haya adoptado esta línea de conducta, pues siempre en beneficioso que los aficionados demos a conocer nuestro pensamiento y que se publiquen críticas taurinas que son siempre mucho más interesantes que las meras reseñas y que contribuyen en grado sumo a orientar a la afición.

Como se puede apreciar del extenso análisis que Felipe Fernández Valdemoro hace de las colaboraciones de Roque Solares Tacubac y de Sagitario, toma como eje de la tauromaquia – como era verdad sabida en la época – la técnica belmontina; aunque reconoce el saber y el dominio de Armillita, parece no percibir la esencia de su hacer – aunque también en su día se le acusó de ser frío – y entre líneas se confiesa admirador de Lorenzo Garza. Muchas líneas interesantes a seguir para lo que, según confesión incluida en el segundo párrafo del artículo, era una primera participación en un medio impreso.

El trágico final de Felipe Fernández Valdemoro

El número de La Lidia salido el 5 de marzo de 1943, tenía en su sección de noticias esta breve gacetilla:

GRAVE ACCIDENTE A CAÑITAS. El domingo a las 20:15 de la noche, al regresar a la ciudad de México procedente de Puebla y en el sitio denominado La Junta, el matador de toros Carlos Vera “Cañitas” sufrió un grave accidente al chocar el auto en que viajaba en compañía de su padre y su cuadrilla, con otro coche que se dirigía a la Angelópolis. En los momentos de escribir esta nota carecemos de datos concretos sobre la colisión y el estado de los heridos, sabiendo únicamente que el padre del diestro y los banderilleros Aguilar y Olascoaga se hallan seriamente lesionados, habiéndoseles internado para su curación en el sanatorio del doctor Cruz y Célis.

En principio no parece tener relación con lo que trato de exponerles aquí, pero dos semanas después, aparece esta otra:

LAMENTABLE FALLECIMIENTO. El día 13 del actual, dejó de existir, a los veintitrés años de edad, el talentoso y malogrado escritor taurino, don Felipe Fernández Valdemoro, hijo del ilustre jurisconsulto y hombre público español, don Luis Fernández Clérigo, a consecuencia de las heridas que sufrió en el choque automovilístico registrado en la carretera de Puebla a retornar a México en compañía de su amigo, el matador de toros Carlos Vera “Cañitas”, el 28 de febrero. Hacemos presente a sus padres, a su señora esposa y a sus familiares todos, entre ellos a su hermano, el cronista “José Alameda”, de la revista “Estampa”, que es también Jefe de Publicidad de Radio Mil, el testimonio de nuestra más sincera y cordial condolencia.

Lo que la primera nota no recogió, es que junto con Cañitas, su padre y su cuadrilla, venía viajando también el incipiente escritor taurino Felipe Fernández Valdemoro, quien sobrevivió al accidente, pero no pudo superar las lesiones que del mismo le resultaron.

El día de mañana se cumplen 80 años de su fallecimiento y después de leerle, me quedé pensando acerca de qué podría haber sucedido entre dos hermanos de una sólida formación intelectual, dedicados a hurgar en la historia del toreo.

domingo, 12 de febrero de 2023

13 de febrero de 1944: Silverio Pérez y Zapatero de La Punta

Un brindis de Silverio

La temporada 1943 – 44 en El Toreo de la Condesa se inició en medio de una ruidosa controversia. En el verano del 43, trascendió a los medios que la Unión Mexicana de Matadores había enviado a España a un grupo de toreros mexicanos, encabezados por Luis Briones, a tratar de negociar un reencuentro entre las torerías de ambos lados del Atlántico, separadas desde mayo de 1936. También se pudo saber que detrás de esa embajada se encontraba el empresario de El Toreo, don Antonio Algara, quien poco más de un lustro después de la ruptura, calculaba necesario el introducir algunos cambios de fondo en la oferta de festejos taurinos en México.

Las publicaciones especializadas, y muy señaladamente La Lidia, se censuró abiertamente ese hecho de tratar de negociar con los españoles. Así, los columnistas de ese semanario, don Flavio Zavala Millet, quien firmaba como Paco Puyazo, Luis de la Torre El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada y el politólogo e historiador Roberto Blanco Moheno criticaron y diría que hasta maltrataron a Briones y a aquellos que lo enviaron a negociar la paz, por considerar que traicionaban un movimiento que podía generar, lo que ellos consideraban, una total independencia de la fiesta de toros en México.

Pero esos críticos ignoraban, o pretendían hacerlo, que la iniciativa la impulsaba realmente Maximino Ávila Camacho, quien era el tenedor de la mayoría accionaria de la sociedad que era propietaria de la plaza de la colonia Condesa y de la empresa que daba los festejos taurinos y que la intención de fondo era que a la brevedad, Manolete viniera a presentarse a la capital mexicana. Al general Ávila Camacho en ciertas cosas – casi todas – no se le podía contradecir, y me atrevo a asegurar que esta, era una de ellas.

Así, el 11 de julio de 1944 se anunció que el Sindicato Nacional del Espectáculo en España autorizaba la contratación de toreros mexicanos para actuar en sus plazas, pactándose como única condición que torero español o mexicano que pretenda actuar en México o España, deberá llevar firmados cuando menos tres contratos, mínimo que entiendo perdura hasta nuestros días. Y así, una semana después, en Martes, en la plaza de Las Ventas, se daba lo que puede considerarse la primera corrida de la concordia, con la confirmación de alternativa de Carlos Arruza.

La 11ª corrida de la temporada 43 – 44

Para el domingo 13 de febrero de 1944, se anunciaron toros de La Punta para Luis Castro El Soldado, Silverio Pérez y Carlos Arruza. La combinación, vista en retrospectiva, es de suyo interesante y si añadimos como ingrediente al cartel, el hecho de que el domingo anterior en Puebla, al Faraón se le había ido vivo un toro a los corrales, había un ingrediente adicional para ir a verle a la plaza y ver si entregaba a su público cal o arena.

La narración más extensa sobre esa tarde la hace para La Lidia don Roque Armando Sosa Ferreyro Don Tancredo y la inicia citando una crónica suya de un año antes, reflexionando sobre el hecho de que no era posible exigir a Silverio Pérez el desplegar una tauromaquia clásica:

...hemos de repetir que el arte de Silverio está al margen de la técnica de ayer y de hoy, al margen del clasicismo, y que el exigirle torear de igual manera a reses que no sean francas y claras en su acometida, es poner a este innovador de la tauromaquia en las astas de los toros...

Y es que Silverio Pérez tenía su propia concepción de lo que era lidiar a los toros. No se guiaba por los principios generalmente aceptados en el arte y por esa misma razón ha sido un diestro que no dejó escuela. Es un caso único, auténtico e irrepetible en la historia del toreo. 

Pero Silverio Pérez ese domingo quería salir a refrendar su sitio de figura del toreo. Al primero de esa tarde, que le correspondía a El Soldado, le realizó un gran quite por fregolinas. Relata El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada:

Con el primero de la tarde, correspondiente a “El Soldado”, después del primero quite de éste, el diestro de Texcoco se llevó el capote a la espalda para ligar de modo maravilloso hasta cinco fregolinas que levantaron una tempestad de aplausos. Difícil resulta decir que se haya visto en “El Toreo” la suerte de Romero Freg tan magistralmente ejecutada como la cinceló el faraón de Texcoco con el toro “Cachucho” de La Punta, el domingo 13 de febrero de 1944. ¡VAYA MANERA DE TOREAR! …

Don Luis de la Torre remató su comentario del festejo celebrando que en esa tarde no se hubieran dado chicuelinas. Yo hoy, casi ocho décadas después, agregaría que también se reveló que Silverio Pérez no era un torero tan corto como a veces nos lo han querido presentar.

Zapatero, número 117, negro como todos los de su casa, fue el segundo de la tarde. No se distinguió precisamente por bravo, pues, aunque se acercó cuatro veces a los montados, salió a dos refilonazos y otros dos puyacitos señalados, eso sí, se movía, y requirió una faena de muleta con poderío para someterlo. De ese último trance, cuenta Don Tancredo:

...Silverio inició su trasteo con magníficos doblones, que remató con un gran derechazo y cambiándose el engaño por la espalda, mientras el punteño mugía cobardemente... Vino luego un pase de costado, y tres naturales atropellados, en los medios, que le valieron estruendosa ovación. Y otra vez con la franela en la diestra, un derechazo que intentó rematar con otro cambio del engaño por la espalda; al hacerlo, cortó el viaje el toro, que viéndolo descubierto movió la cabeza y lo prendió, zarandeándolo en forma impresionantísima más de medio minuto. Cuando Silverio fue arrojado a la arena, intentó levantarse; pero se fue de bruces, revelando en la expresión de su rostro y en la actitud de sus manos, sobre la ensangrentada taleguilla, la importancia y la gravedad de la herida que sufrió...

Por su parte, El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada lo apreció así:

...tomó en sus manos la muleta y estoque decidido a armar la escandalera, empezando con una serie de pases ayudados por abajo de su exclusiva, recibiendo fuerte achuchón en el segundo de ellos, por lo que ordenó el cambio de terreno, logrado lo cual, continuó toreando por alto en forma irreprochable; hizo un paréntesis y echándose la muleta a la zurda toreó al natural, si no con perfección, pues no hubo el temple en Silverio acostumbrado y sí, en cambio, enmendadura constante de terreno, con un valor extraordinario en cada uno de los muletazos rematados a la altura de la cadera, tal como debe ser tan meritoria suerte. Mas sin acordarse tal vez del achuchón recibido al principio del trasteo, llevó de nuevo el engaño a la derecha para repetir el doblón con mando y poderío; pero al iniciar el siguiente muletazo, también a la altura de la cintura, fue enganchado por la parte superior de la pierna, recibiendo tremenda cornada que pudo ser mortal como lo fuera para el inolvidable Alberto...

Ambos escribas coinciden en que Silverio salió decidido a triunfar, sin importar la condición de Zapatero y el precio que pagó al primer parpadeo fue el siguiente, según el parte rendido por los doctores Javier Ibarra y José Rojo de la Vega:

Herida por cuerno de toro, de ocho centímetros de longitud, en la región inguinoescrotal derecha, con exteriorización del testículo; presenta tres trayectorias: una hacia arriba, que llega hasta la fosa ilíaca externa, interesando piel, tejido celular subcutáneo, aponeurosis y músculos ampliamente desgarrados, y tejido celular subperitoneal; la segunda hacia afuera, que llega a la cara externa del muslo; y la tercera que llega al tercio medio del muslo, interesando piel, tejido celular subcutáneo y aponeurosis, y fibras musculares. Mide en total veintidós centímetros de extensión. Anestesia con balsoformo, desinfección con agua oxigenada, clorazena y sulfatiazol; contraabertura en la cara externa, tercio medio del muslo; ligadura de vasos; resección de porciones musculares; reducción testicular y canalización con cinco tubos de hule. En caso de no presentarse complicaciones, tardará en sanar alrededor de cuarenta y cinco días.

Al final de cuentas, Silverio Pérez requirió de 72 días para volver a vestirse de luces y no solamente los 45 calculados por los médicos. Volvió a torear hasta el 25 de abril de 1944 aquí en Aguascalientes, mano a mano con Armillita, toros de Torrecilla. Y lo hizo triunfando.

Silverio y su percepción sobre el miedo

Ya en estas páginas he transcrito lo que Silverio Pérez creía entender por el miedo. Juan Belmonte también le contó a Chaves Nogales la manera en la que él lo racionalizaba. Pero de lo que el Faraón de Texcoco escribió para su compadre José Pagés Llergo, extraigo estas pocas líneas:

Llegaba en forma de escalofrío y me engarrotaba los músculos, como sudor viscoso que hacía resbalar el capote sobre mis manos, como dolor en los muslos y sabor de cloroformo en la boca... No te imaginas lo que es presentir el olor de la anestesia y sentir que por las piernas resbala la vida. Con decirte que se le oye gotear...

Silverio Pérez sobrevivió a sus miedos y nos dejó, afortunadamente, grandes lecciones de vida. Lecciones que solamente puede dar alguien que tiene grandeza.

domingo, 27 de noviembre de 2022

27 de noviembre de 1942: Se publica en México el primer número del semanario La Lidia

El periodismo taurino en México

Mi amigo Salvador García Bolio, en su obra de 1991 El Periodismo Taurino en México. Historia, fichas técnicas, cabeceras, apunta que ya hay vestigios de información de interés para los aficionados a la fiesta en los medios generalistas y hasta culturales mexicanos desde el siglo XVIII y precisa que en el número 61 de la Gaceta de México de Sahagún de Arévalo, de diciembre de 1732, se registran las primeras reseñas taurinas que en su investigación pudo encontrar.

La centuria siguiente será la que vea el nacimiento del periodismo taurino como una rama especializada y así, el 9 de noviembre de 1884, sale a los puestos el primer número de El Arte de la Lidia en la Ciudad de México, aun estando vigente la prohibición de Benito Juárez de noviembre de 1867. La dirigía Julio Bonilla Recortes, periodista mexicano que era a su vez corresponsal de diversas publicaciones hispanas y que dejó de aparecer hasta el año de 1903. Pero ya antes se habían hecho intentos de difundir la fiesta en singular, aparte de la información general, escribe García Bolio:

No puedo dejar de mencionar que, en 1815, don José Joaquín Fernández de Lizardi “El Pensador Mexicano” (autor de múltiples escritos y de quien destaca entre sus obras “El Periquillo Sarniento”) dedicó de su periódico “Alacena de Frioleras” dos números (4 y 13 de mayo) a las corridas de toros. Antecedentes del que sería, 69 años después, el primer periódico taurino mexicano. (Pág. 15)

Otras publicaciones decimonónicas destacadas son El Arte de Ponciano, El Correo de los Toros, El Mono Sabio, La Lidia en San Luis Potosí o La Banderilla, semanario taurino ilustrado, estos dos últimos, del año 1887.

El siglo XX tuvo ya un mayor número de publicaciones, unas de mayor predicamento y recorrido que otras, pero destacan por su trascendencia El Universal Taurino, que es considerado por muchos, superior a cualquier otro de sus contemporáneos, en todo el llamado planeta de los toros; el sucedáneo de éste, Toros y Deportes, después, en el tiempo estaría El Redondel, que tenía la particularidad de salir los domingos, unas horas después de terminado el festejo en la capital mexicana con la crónica de ese día; o El Taurino. Estos aparecen dentro de las primeras tres décadas de la pasada centuria.

No se trata aquí de hacer una historia de la prensa y periodismo taurinos en México, sino nada más de establecer un contexto a lo que enseguida intento exponer.

Pablo B. Ochoa 

Pablo Boeuf Ochoa debió ser un hombre de un intenso espíritu emprendedor. Mi amigo Rafael Gómez en su bitácora Toreros Mexicanos lo señala como originario de la Ciudad de México, en tanto que don Daniel Medina de la Serna lo sitúa como nativo del estado de Oaxaca. Intentó ser torero y a la usanza de entonces, su recorrer de la legua le llevó hasta El Toreo de la Condesa, lugar en el que se presentó, lidiando un novillo de regalo el domingo 10 de octubre de 1937, en una accidentada novillada que torearon Gabino Aguilar padre, Juan Estrada y Gregorio García. Los novillos de Piedras Negras fueron escasos de presencia y difíciles, por lo que los espadas anunciados fueron abroncados. A manera de fin de fiesta se obsequiaron dos novillos de Rancho Seco, el que salió en séptimo lugar fue para quien se anunció como Manuel Luceño, que no era más que Pablo B. Ochoa y el octavo lo despachó Alberto Olvera. Ninguno de los dos debutantes obtuvo algo para contar en casa esa noche, o después.

Años después, Josefina Vicens, firmando como Pepe Faroles en su semanario Torerías, realizó una extensa entrevista al ya empresario Pablo B. Ochoa, en donde rememora en algo esta tarde:

Pablo B. Ochoa es un hombre joven, inteligente y dinámico, apasionado de la fiesta brava, a la que ha dedicado buena parte de su vida. Tiene además la cualidad, que ya va siendo extraordinaria, de cumplir estrictamente con la palabra que empeña. Como prueba de esto, referiremos aquí una anécdota que lo pinta de cuerpo entero: “Era la víspera de su presentación como novillero en la plaza de El Toreo; iba por fin a ver cumplido su más ferviente anhelo. En el Ritz, platicando con su apoderado, le hizo esta promesa: Yo le aseguro a usted que mañana corto una oreja; pero le aseguro también, que si no la corto, no vuelvo a vestirme de luces”. Pablo B. Ochoa no cortó la oreja ofrecida, y nunca más volvió a vestirse de luces. (En Torerías, Núm. 27, 7 de marzo de 1944)

Pues bien, Pablo B. Ochoa en 1942, ya curado del mal de montera estaba dedicándose a un nuevo empeño. Ese empeño era la edición y publicación de un semanario taurino y para ello conjuntó un interesante grupo de escritores y cronistas que le dieran cuerpo y vida a una publicación que tuviera calidad y categoría. 

Ellos fueron Roque Armando Sosa Ferreyro, Don Tancredo; Rodolfo Garza, Pedro de Cervantes, el doctor Carlos Cuesta Baquero, Roque Solares Tacubac; Arturo Allsoff Villa, Francisco L. Porcel, Francote; Federico M. Alcázar, Felipe Sassone, Vicente Morales, P.P.T.; Josefina Vicens, Pepe Faroles; Enrique Arzamendi, B. Torralba de Damas, Pedro Patiño, Oñitap; Patricia Cox, Flavio Zavala Millet, Paco Puyazo; Alberto Guzmán, Alberto Lázaro y don Luis de la Torre, El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada. También contó con colaboraciones ocasionales de don Carlos Septién García, El Tío Carlos.

Con esos mimbres nacería un semanario que permaneció casi una década informando sobre las cosas de los toros en México.

El primer número de La Lidia

El viernes 27 de noviembre de 1942 vio la luz el primer número de La Lidia. Revista gráfica taurina. Anunciaba que sus oficinas estaban ubicadas en el despacho 212 del número 69 de la Avenida Madero, que su director – gerente era Pablo B. Ochoa; su director, Roque Armando Sosa Ferreyro y el jefe de redacción Pedro de Cervantes. Consta de 32 páginas, contando la portada y la contraportada y lleva numerosas fotografías, las que tienen crédito, se atribuyen a Arroyo y también dibujos y viñetas de Antonio Ximénez. El contenido de ese primer número es el siguiente:

Portada: Lorenzo Garza de luces, foto de estudio (Pág. 1)

Contraportada: Maximino Ávila Camacho a caballo vestido de corto (Pág. 32)

- Pág. 2. “La despedida de Lorenzo Garza”, entrevista por Arturo Rigel, fotografías de Arroyo.

- Pág. 4. “El buen humor de los toreros”

- Pág. 5. Editorial y directorio

- Pág. 6. “La Fiesta Nacional”, por Manuel Machado, con ilustración de Antonio Ximénez

- Pág. 7. “Los Subalternos”. Dedicado a Román “El Chato” Guzmán, por Roque Armando Sosa Ferreyro, fotografías

- Pág. 8. “El boicot a los toreros mexicanos”, entrevista a Eduardo Solórzano, por Rodolfo Garza, fotografías

- Pág. 9. “Las tragedias del toreo”. Carmelo Pérez y Michín, fotografías

- Pág. 11. “Gloria y Pasión de Carmelo Pérez”, por José Quijano Pitman

- Pág. 12. Alfonso Ramírez “Calesero”, un torero que no puede faltar en la temporada, fotografías

- Pág. 13. “Las enfermerías taurinas”, por el Doctor O’Bon, fotografías

- Pág. 15. “Entre la vida y la muerte”, por “Don Tancredo”, fotografías

- Pág. 18. Los toreros… ¿Y los toros?, por “El Resucitado”

- Pág. 20. Anuncio de la próxima alternativa de Antonio Velázquez, triunfador de las novilladas de 1942

- Pág. 21. “Joselito”. Con dedicatoria al Gral. Maximino Ávila Camacho, por Pablo B. Ochoa

- Pág. 22. “Salvado por boyante”, por Carlos Cuesta Baquero “Roque Solares Tacubac”, fotografías

- Pág. 24. Espartero, más valiente, más artista, fotografías

- Pág. 26. “Algo sobre la historia y lengua de los gitanos”. Con dedicatoria al Ing. Marte R. Gómez, por Arturo Allsoff Vila

- Pág. 28. “Lo que cuesta una revista taurina”, entrevista al Dr. Alfonso Gaona, por Pedro de Cervantes

- Pág. 31. Anuncio de la corrida del 29 de noviembre siguiente, con Silverio Pérez, Carlos Arruza y toros de Zacatepec

Del primer editorial de la publicación, extraigo lo siguiente:

“La Lidia” es el resultado del esfuerzo y buena voluntad de todos quienes la hacemos: editores, redactores, dibujantes y fotógrafos, y quienes sacrificamos personales intereses, tiempo y afanes para ofrecer al público esta revista de orientación y crítica taurina que sintetiza su programa en solo cuatro palabras: servir a la afición.

Con el juego de intereses que es hoy la fiesta de los toros, los puntos de vista de sus diversos factores chocan o se fusionan para alcanzar mayores rendimientos económicos, y la única y permanente víctima es el espectador de la tragicomedia que se desarrolla en redondeles y hospitales, en las oficinas de las empresas, en los cafés y en la calle…

Nuestros antecedentes son la mejor carta de presentación que ofrecemos a los lectores y anunciantes y confiamos en que nuestra actuación merecerá el favor de los mismos para hacer de “La Lidia” un periódico digno de la confianza pública y refleje en sus páginas el pensamiento y sentimiento de los aficionados…

La declaración de intenciones es clara. Se trata de dar a conocer lo que en la fiesta de los toros sucede, de dar bases para que los aficionados formen su propio criterio y de que quienes no lo son, adquieran el conocimiento de lo que es y representa este juego de vida y de muerte. También se hace un crítico señalamiento a aquellos que únicamente pretenden los llamados dineros del toro, sin reparar en las consecuencias que eso podría tener hacia el futuro. La información y el conocimiento eran propuestos entonces, como armas contra la destrucción que implica el querer ganar sin invertir. Nihil novum sub sole.

El devenir de La Lidia

En septiembre de 1944 nace La Fiesta. Semanario gráfico taurino. Sin base objetiva, puedo afirmar que hubo en La Lidia un cisma editorial, pues del editorial de su primer número se desprende:

En otro ruedo. – Por convenir a sus intereses, el periodista Roque Armando Sosa Ferreyro y casi todos los escritores y artistas que colaboraron con él en la revista "La Lidia", inauguran hoy este ruedo periodístico... (García Bolio, Pág. 65) 

Así, en este nuevo semanario colaborarían entre los más notables, Josefina Vicens, Pepe Faroles; al doctor Cuesta Baquero, a Flavio Zavala Millet, Paco Puyazo y la corresponsalía de Federico M. Alcázar entre los nombres más notables que arrancaron con la publicación objeto de estas líneas. La Fiesta saldría a los puestos hasta el año de 1950.

La Lidia cambiaría a partir de enero de 1945 su cabecera para llamarse La Lidia. Revista gráfica de espectáculos, introduciendo en sus páginas temas ajenos a la tauromaquia, aunque esta fuera su principal línea argumental, siguiendo en su dirección su fundador Pablo B. Ochoa y a partir de noviembre de 1946 se llamaría La Lidia de México, ya dirigida por Nicolás Herrero. Entre las tres épocas del semanario, salieron a la luz alrededor de unos 360 números.

Lo que siguió

A la par y después surgieron aquí publicaciones como Torerías; El Ruedo de México de don Manuel García Santos; Arena, patrocinada por el doctor Alfonso Gaona; Torerísimo, ¡Toro¡, Sol y Fiesta;  Matador; 6 Toros 6; la segunda época de El Redondel; y muchas otras de circulación más local o regional que informan a la afición.

La entrada y acceso general a estos medios digitales han desplazado en importante medida las publicaciones impresas, sin embargo, el hecho de que esas revistas periódicas sean coleccionables, permite su archivo y consulta, porque la información de internet tiende a “caducar” y a perderse y el papel, debidamente conservado, permanece y tiene valor propio.

Aviso parroquial primero: La obra de Salvador García Bolio, El Periodismo Taurino en México. Historia, fichas técnicas, cabeceras, se puede consultar en línea en el portal de la Biblioteca del Centro Cultural Tres Marías de Morelia que lleva su nombre.

Aviso parroquial segundo: La cita de la entrevista de Pepe Faroles a Pablo B. Ochoa está tomada de Las crónicas de Pepe Faroles y otras escrituras. – Norma Lojero Vega (Edición y prólogo), Alejandro Toledo (epílogo). – Fondo de Cultura Económica. – México, 1ª edición 2022.  – ISBN 978 – 607 – 16 – 7491 – 3.

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