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lunes, 19 de enero de 2026

La redondez de una tarde de toros (III/y II)

Armillita y Pituso; Solórzano y Batanero; Manolete y Molinero. Toros de La Punta

El toreo de capa de Jesús Solórzano

Decía líneas arriba que al Rey del Temple la afición ya lo daba por liquidado y que poca o ninguna esperanza tenía en él al verlo anunciado en un cartel en la principal plaza del país. En el transcurso de su crónica, El Tío Carlos agradecía a Manolete por venir a despertar o sacudir la modorra de nuestros toreros, que estaban, amodorrados por no tener quien les disputara el sitio que ocupaban. Pues esta tarde Jesús Solórzano también salió a demostrar que no estaba en liquidación y que tenía los medios y las armas para hacer frente a cualquier torero con el que se le pusiera a alternar.

Declaró sus intenciones desde que se abrió de capa con Peregrino, el primero de su lote, con el que reiteró que era uno de los intérpretes más puros del toreo a la verónica en México; después, en su turno al quite en el primero de Manolete, volvió a manifestarse así. Pero su actuación brillante vino con el quinto del encierro, faena de cuyo inicio relata don Carlos Septién García:

Cuando Jesús Solórzano se irguió en el tercio y recibió a “Batanero”, quinto de la tarde; número 62, negro, con un lance lleno de pereza, la gente gritó de gusto. Pero cuando Jesús tendió los brazos nuevamente y sin mover un centímetro los pies, recibió nuevamente al toro y así dejó caer hasta 7 verónicas impregnadas de la heráldica belleza del Virrey de Mendoza, la gente saltaba, se abrazaba y un grito unánime salía de todas las bocas: ¡Viva Morelia! … Sí. Porque el capote de Jesús parecía una roja capa cardenalicia puesta a ondear al aire de la tierra, suspendida indolentemente de “los brazos de piedra” de aquella catedral moreliana... Ovacionaza. Ovación que no paró hasta que había terminado el primer tercio. Entonces Jesús fue obligado a salir y saludar a la enardecida multitud...

De gran magnitud debió ser ese inicio de la obra de El Rey del Temple, para que se le llamara a saludar desde el tercio en lo que se preparaban los banderilleros. La motivación para lucir con la muleta estaba puesta sobre la mesa. El conjunto de su actuación, lo resume en esta forma El-hombre-que-no-cree-en-nada:

Chucho Solórzano, el estupendo torero moreliano que entró a acompañar a los dos colosos de la torería contemporánea, no se dejó opacar por ninguno de sus alternantes. Próximo a retirarse, quiso, en medio de los genios que formaban la atracción del cartel, demostrar una vez más su potencialidad de torero grande, y queriendo que el público no olvidara la justificación del mote de “Rey del Temple” con el que se le ha conocido, toreó a su segundo enemigo en forma verdaderamente maravillosa. Ocho lances naturales sin moverse un milímetro del lugar donde colocó las plantas de los pies fue el prólogo al toreo de capa más brillantes que se haya visto en el transcurso de muchos años. Pero no se detuvo allí, y al tomar la muleta, decidido a superarse, también plasmó una faena de las grandes, de las que bastan por sí solas para demostrar que se es torero. Y como sus compañeros, se llevó a casa la oreja de su bravísimo enemigo…

El gran torero de Morelia demostró que tenía los arrestos para salir adelante en cualquier situación y que, a pesar de que pocas oportunidades se le ofrecían en los escenarios principales, seguía siendo una figura del toreo.

Manolete y Molinero

La reaparición de Manuel Rodríguez Sánchez en El Toreo era quizás uno de los eventos más esperados en esa temporada 1945 – 46, después de que su presentación se viera abruptamente concluida y de que la continuidad de sus actuaciones allí se suspendiera por el tiempo de su recuperación tras la cornada que recibió la tarde de su confirmación de alternativa.

La ilusión de la afición por verlo era tal, que la afición de la capital lo sacó al tercio a saludar, apenas terminado el paseíllo. Escribe Francisco Montes:

El entusiasmo desbordante tomó caracteres de apoteosis cuando aparecieron al frente de las cuadrillas Fermín Espinosa “Armillita”, de precioso terno azul celeste y oro; Jesús Solórzano, de marfil y bordados de metal preciado, y Manuel Rodríguez “Manolete”, de pizarra y el mismo metal. La ovación que principió con el paseo de cuadrillas no terminó sino hasta que las mulillas arrastraron al sexto de la tarde… Terminado el paseíllo, la multitud aclamó al diestro cordobés que reaparecía después de su grave cornada la tarde de su presentación en nuestro coso máximo, y también sus alternantes compartieron el mismo honor...

El primer toro de su lote fue Molinero, ante el cual el Monstruo de Córdoba salió a poner al corriente a la afición capitalina. Cuenta El Tío Carlos:

Manuel Rodríguez se armó de toda arma, irguió su personalísima figura, citó como se cita en los libros de estampas. El toro, cerrado en el tercio. El torero, imperioso e inmóvil. La muleta ondeando levemente en las duras manos... Dos muletazos altos, afinados y rectos como una aguja de catedral medieval. Un derechazo. Y luego, el portento: cuatro naturales jalando al toro, metiéndolo en la muleta, obligándolo a trazar el arco rotundo de los naturales, dejándoselo a la espalda en un alarde de imperio... Allí, con el toro ya agotado, vino lo más grandioso: tres pases naturales, obligando materialmente al aplomado a tomar la muleta, tirando de él firme y suavemente. Y cuando en el centro de las tres suertes el bicho casi se quedó de plano, Manuel Rodríguez no enmendó un ápice, ni huyó. Simplemente acentuó el trazo de la muleta, corrió el brazo con un mando enérgico e hizo girar al toro hechizado una y otra vez. Era aquello como dos naturales en uno... ¡Ah toreros!: cómo nos han robado durante años el último tiempo del pase natural; cómo ahora, después de Manuel Rodríguez, no será posible dar naturales a medias, inacabados; cómo se tendrá que torear en los tres tiempos del pase, y cómo nos fijaremos cada vez más en ese último tiempo que hoy se nos aparece como una revolución porque ustedes lo habían cercenado de la más bella de las suertes... Y con el toro desigualado, dejó una estocada casi entera, ligeramente delantera, a la que entró con verdadero ímpetu... La oreja, el rabo, la vuelta al ruedo, la salida a los medios...

Tras de la lidia de este tercero de la tarde, Manolete invitó a don Francisco Madrazo y a sus alternantes a dar una vuelta al ruedo acompañándolo. Alguna crónica refiere al respecto: En la arena había zapatillas de encopetadas damas, pieles, bastones y la sonrisa franca y ancha del ganadero...

La dimensión de los naturales de Armillita

En diversos pasajes de su crónica, El Tío Carlos se empeña en señalar que Armillita toreó por naturales cortos, trayendo yo al punto de la discusión una cuestión que casi tres lustros antes surgió cuando el Maestro realizó en Madrid su histórica faena al toro Centello de la Viuda de Aleas.

En aquella ocasión, los naturales que fueron el eje de su tarde tuvieron una característica: el torero echaba adelante la muleta, para enganchar al toro y trayéndolo toreado, realizar la suerte.

Relató Federico Morena, cronista del diario Heraldo de Madrid:

«Centello» tomó el engaño rectamente. Y la muleta pasó airosamente a la mano zurda. No era el noble bruto pronto a la arrancada. Y el torero supo aprovechar esta circunstancia para imprimir a la faena más relieve, mayor brillantez. Echó el artista la muleta atrás y adelantó el cuerpo arrogantemente. Pisaba el terreno de los valientes. Entonces la muleta avanzó despaciosa, sin dudas ni vacilaciones, hasta dar suavemente con los vuelillos en el hocico de la res. Y vino la arrancada: una arrancada templadísima. El espada tiró del toro, y se lo llevó al costado, y dobló la cintura sobre el pitón, y obligóle a trazar con el espinazo una curva considerable… ¿Es así como se torea al natural? La plaza crujió en un alarido de asombro. Y otra vez la muleta avanzaba, y prendía al bicho, y tiraba de él, dominadora, triunfante. ¡Y así hasta cinco veces! Cinco naturales perfectos…

Por su parte, Rafael Hernández y Ramírez de Alda firmando como Rafael, para el diario La Libertad, escribió:

Fueron primero cuatro pases naturales, adelantando la muleta hasta provocar la embestida del toro y llevándole toreado con un temple, un arte y una elegancia exquisitos, hacerle girar en torno de la figura, sin mover los pies, mandando con la muleta y ejecutando, en suma, el pase natural de manera tal que no se concibe nada más perfecto. Y después de esos cuatro naturales, aun lo repitió en dos pases más de la misma inimitable factura... Ante aquello, ¿qué importancia tenía lo demás? El público pidió la oreja estando todavía el toro vivo…

Y es que, en esos días, el toreo de muleta, sobre todo el natural, se hacía poniéndose a la distancia, citando al toro con un toque o con la voz y si era pronto, éste se arrancaba y así se hacía la suerte. Pero la forma que describen los cronistas que aplicó Armillita con Centello, al parecer se utilizaba con toros quedados, desde los días de Antonio Fuentes y que en esos días puso de moda Domingo Ortega, según narra Federico M. Alcázar en su crítica de la actuación del Maestro Fermín esa tarde, de la que extraigo:

Pero lo más interesante y ruidoso por los comentarios apasionados que está suscitando, es un recurso que está empleando Ortega con los toros quedados y que, a juzgar por los síntomas, van a seguirlo los demás toreros con todos los toros… El recurso a que me refiero es éste: cuando un toro está muy quedado y no embiste al cite natural se le sesga al pitón contrario, adelantándole las «bambas» de la muleta al hocico y enganchándolo… Este recurso, empleado con los toros prontos, a los que basta pisarles el terreno para que se arranquen, es una pamplina innecesaria y hasta una ventaja porque al toro bravo hay que dejarlo llegar, parar y aguantarle, que este es el valor supremo. Todo el mérito que tiene en los toros quedados de corta arrancada lo pierde con los bravos de arrancada larga y franca… El domingo empleó este recurso Armillita innecesariamente, pues era un toro bravísimo de los llamados de bandera para los toreros, que cuando le pisaban un poco el terreno se arrancaba veloz… La gente no reparó que el toro no necesitaba de este recurso para torearle reposadamente al natural. Y esto no es por restarle mérito a los cuatro pases naturales, que fueron colosales…

Esas y otras cosas, se las cuenta Alcázar en una carta abierta a Carlos Quirós Monosabio, quien aquí en México no se distinguió por reconocer los méritos de Armillita. Después de ser el pontifex maximus del gaonismo, no toleró que llegara un torero a ocupar el trono que el Califa de León dejó vacante con su retirada, y de esa manera, los amigos más o menos concuerdan en sus apreciaciones.

Y en esa línea de pensamiento me da la impresión de que así como con clarividencia unos años antes de ese 5 de junio de 1932, vio el toreo que estaba por venir, cuando describió la faena de Chicuelo a Corchaíto de Graciliano Pérez Tabernero en ese mismo ruedo y lo describió en su misma tribuna de El Imparcial, en esta oportunidad no supo percibir el golpe de timón que un torero mexicano daba a la forma de hacer el toreo y que implicaba ya no el esperar la arrancada del toro, sino provocarla y obligarla a ir en una determinada dirección. Es decir, era la pieza del rompecabezas que faltaba, para completar lo que el torero nacido en Triana en la calle Betis, pero criado en Sevilla en la Alameda de Hércules había iniciado más o menos un lustro antes.

El círculo se iba cerrando, lo que inició Gallito con el toro de Martínez aquél de la encerrona madrileña, lo prosiguió Chicuelo con Lapicero y Dentista aquí en México y después con Corchaíto en Madrid y lo remató debidamente Fermín el Sabio con Centello. Allí nacía el natural largo al que alude El Tío Carlos en su crónica y que representó en su día el fondo de una obra histórica y la continuidad de lo que Alameda ha llamado el hilo del toreo.

Por eso, cuando Armillita dio los naturales cortos, y toreó como Manolete, no estaba haciendo nada nuevo, sino que retornaba a unas formas que le eran ya conocidas y que, en alguna forma, habían dejado de ser comúnmente aceptadas, hasta esos tiempos otra vez. Por eso afirmaba al inicio, Fermín Espinosa era un torero capaz de cantar todos los palos. Y recurría al adecuado cuando era conveniente o necesario. Como en esta triunfal tarde de hace 80 años.

Aviso parroquial: los resaltados en los textos transcritos son imputables exclusivamente a este amanuense, por no obrar así en sus respectivos originales.

domingo, 18 de enero de 2026

La redondez de una tarde de toros (III/I)

Armillita y Pituso; Solórzano y Batanero; Manolete y Molinero. Toros de La Punta

La temporada 1945 – 46 en el Toreo de la Condesa giró en torno a la figura de Manolete, a quien se intentó traer a México desde el ciclo anterior, pero por el tiempo en el que se trató de negociar la reanudación de las relaciones taurinas hispano – mexicanas, eso ya no fue posible. Su presentación en nuestras plazas se arregló para el 9 de diciembre de 1945, fecha en la que confirmaría su alternativa, aunque ya el 25 de noviembre anterior, presenció la corrida en El Toreo desde un palco de contrabarrera, con la finalidad de conocer la plaza y de calibrar a la afición ante la cual se presentaría en un par de domingos más.

La tarde de esa confirmación de alternativa, el segundo toro de su lote, Cachorro, le infirió una cornada que le impidió terminar su actuación esa tarde, permitiéndole reaparecer hasta el 12 de enero siguiente en Irapuato, para actuar el día 16 en Monterrey y quedar listo para volver a la plaza de la colonia Condesa el miércoles 16 de enero siguiente, para alternar con Fermín Espinosa Armillita y Jesús Solórzano en la lidia de un encierro de La Punta. Era la 12ª corrida de esa temporada y primera del ciclo que se ofrecía a mitad de semana.

El contexto una tarde histórica

Esa tarde se presentaba cuesta arriba para el Maestro de Saltillo, quien a pesar de haber cortado una oreja el domingo anterior, salió junto con sus alternantes, entre el desagrado de la concurrencia, debido a que se acusaba a Tono Algara, el gerente de la empresa capitalina, de controlar el negocio de la reventa. En ese sentido, se pasó la factura a los diestros actuantes, por considerar que estaban en complicidad con la empresa. Además, la crónica especializada ya advertía que la torería nacional requería de un revulsivo que le hiciera salir de una zona de confort que le había creado la ausencia de competencia del otro lado del Atlántico por ya una década larga.

Por otra parte, la presencia de Jesús Solórzano en el cartel se advertía como una concesión amistosa de la empresa hacia sus parientes los ganaderos, porque desde hace tiempo ya la afición le consideraba liquidado y sin atractivo para engalanar carteles de fuste en temporadas de lustre, no obstante que El Rey del Temple tenía la onza y la capacidad para cambiarla en cualquier momento.

A quien la afición de la capital esperaba, quien quiera que fueran sus alternantes, era al Monstruo de Córdoba. Después de que poco más de un mes atrás apenas pudieran verle un toro y algunos lances más, esperaban verle ahora sí en plenitud. 

El encierro de La Punta

Creo que no es ocioso repetir aquí que los toros de La Punta eran de origen Parladé en pureza. Por esa razón fue que Manolete los prefirió en las corridas que toreó en México. Me llama la atención la diferencia con la que los cronistas de la época describen la catadura de la corrida que don Francisco y don José C. Madrazo enviaron a El Toreo, porque hay profundas divergencias en sus apreciaciones. Escribe en su columna de La Lidia, El-hombre-que-no-cree-en-nada:

Seis ejemplares de magnífica presentación, bravos, encastados, alegres, finísimos. Todo un señor encierro para tres toreros de verdad, quienes supieron sacar partido en todos los momentos, produciendo en el público esa impresión inolvidable que dejan quienes pueden hacerlo con la mayor amplitud, absoluto desahogo y el máximo de lucimiento...

Por su parte, el cronista de ese mismo semanario, firmando como Francisco Montes, refiere:

Brava corrida de La Punta. Los señores Madrazo enviaron para este magno acontecimiento una corrida bien presentada, de fina estampa y de bravura ejemplar salieron algunos de sus bureles...

Por su parte, don Carlos Septién García, firmando como El Tío Carlos en su crónica para el diario El Universal, califica al primero de joven, dice que el segundo estaba astillado, que el tercero era chico, y el cuarto brocho. En tanto que Heriberto Lanfranchi afirma que los toros fueron terciados, pero finos y bien armados

Así pues, hay pareceres en todos los sentidos. Lo que sí es trascendente es que cualquiera que haya sido su presencia, el juego que dieron en el ruedo tuvo transmisión hacia los tendidos y eso fue fundamental para el resultado del festejo.

La tarde triunfal de Armillita

El primero de la tarde fue nombrado Consentido, número 146 y con él, Armillita se mostraría como el torero poderoso y conocedor de la lidia que se había labrado un sitio como figura del toreo prácticamente desde su adolescencia. Relata Francisco Montes para La Lidia:

Dio principio a su faena con tres estatuarios pases ayudados por alto, llevó a “Consentido” a los medios y le ligó seis naturales plenos de maestría que hicieron trepidar la plaza desde sus cimientos, siguió con un pase de costado, tres derechazos imponentes, un molinete y un artístico cambio de muleta por la cara, volvió a torear con la izquierda y ligó dos naturales maravillosos que remató con artístico adorno por la cara; luego vinieron tres doblones con una rodilla en tierra, toreros y mandones; adornos por la cara para conseguir la igualada y dejar el acero en todo lo alto, rodando el burel sin puntilla. La ovación creció de tono y los gritos de ¡TORERO!, ¡TORERO!, ¡TORERO!, atronaron el espacio. Las orejas, el rabo y vueltas al anillo fueron el premio a la primera gran faena del Coloso del Norte en esta tarde...

En cuanto al uso del acero, hay también discrepancias en las narraciones, porque Rodolfo Guzmán, enviado del diario El Siglo de Torreón y El Tío Carlos, refieren que antes de la estocada, Armillita pinchó en lo alto. No obstante ello, la magnitud de la faena no fue emborronada por tal fallo con el acero. 

Este toro lo había brindado al licenciado Javier Rojo Gómez, Gobernador del Distrito Federal, quien el siguiente 16 de abril, pondria en vigencia un decreto que impedía la celebración de más de dos festejos taurinos a la semana en la Ciudad de México.

Pero aún faltaba el triunfo grande, la demostración de Fermín El Sabio, de que él podía cantar todos los palos. Y aunque luego nos queda la idea de que esa demostración la presentó el 15 de diciembre del año siguiente, la realidad es que fue este miércoles de hace 80 años cuando dejó establecido que no había forma de torear que él no pudiera dominar.

La manía de contar los naturales a Armillita

El cuarto de la corrida fue anunciado como Pituso y llevaba herrado el número 139. Este sería el toro con el cual Armillita dejaría en claro a propios y a extraños que el toreo no tenía secretos para él. 

Pituso no se prestó para muchas florituras en los dos primeros tercios de la lidia, pero con la muleta, Armillita daría una de sus lecciones magistrales. Así la describe El Tío Carlos:

Brindó “Armillita” al ganadero y marchó hacia el toro. Había expectación en el ámbito. Todavía estaban allí, firmes y palpitantes los naturales increíbles de Manuel Rodríguez al tercer toro. La multitud oscilaba entre el deseo y la duda. Pero algo se presentía... Fermín se situó en su tercio preferido, el de sombra y porra. Allí ejecutó dos pases altos. Y se echó la muleta a la izquierda para comenzar a escribir uno de los más clásicos, profundos y firmes párrafos de su nobilísima historia torera, si no es el que más... Fueron seis naturales portentosos y su remate también con la izquierda, recogiendo la muleta en forma de abanico; es decir, siete naturales. Dos de aquellos pases serán inolvidables por la inminencia del cite, la hondura del temple, la longitud del mando: dos pases modelo de naturales en corto... Vino un pase por alto, para reponer a “Pituso”... Y en seguida, exactamente en el mismo sitio donde negreaban las pisadas de toro y torero durante los primeros naturales, Fermín volvió a citar con la mano izquierda... Ahora fueron cuatro naturales prodigiosos por la precisión, el poderío y el terreno. Fueron rematados en la misma torerísima forma que los otros: con un pase natural recogiendo la muleta. Total, cinco... Y en el mismo sitio, confirmó el empeño. Fueron en esta última serie magnífica, tres naturales más – el tercero enormísimo –, con su remate. Es decir, cuatro... En total, Fermín había trazado 17 naturales. Y sobre la arena quedaba un círculo de escaso diámetro, dentro del cual las huellas atestiguaban el dominio y el engranaje, la ligazón, de aquel trasteo portentoso... Luego vinieron dos derechazos y uno de la firma ceñidísimo. Pero para esto, debemos advertir que el lado derecho del toro era difícil; y que sólo un torero como Fermín Espinosa pudo hacer a ese animal tan grandiosa faena basada en el único lado propicio: el izquierdo... Abaniqueó Fermín al toro para llevárselo hasta los medios. Entre paréntesis: este abaniqueo en el medio o al final de una faena, que ha sido censurado por algunos críticos, sirve precisamente para impedir que los peones entren a capotear sin ton ni son para mover al toro – como ocurre a los matadores adocenados –. El abaniqueo de Fermín, de Manolete, de Arruza, de Martín Vázquez, es un alarde de dominio de los toreros que no necesitan cirineos. Claro que hay casos en que se utiliza como modo de eludir una faena; y entonces debe ser censurado... En los medios Fermín se adornó en dos molinetes - el uno por delante y el otro por detrás -. Dobló para igualar y se tiró a matar recto, señalando un pinchazo. Volvió a citar al natural con insistencia sin obtener arrancada alguna más, y se tiró entonces al volapié enterrando el estoque hasta el puño y calando al animal...

En esta oportunidad no hubo conflictos de cuentas, como la tarde aquella de Nacarillo. Pero por lo visto, les gustaba hacerle números al Maestro.

Por su parte en su crónica aparecida en el semanario La Fiesta, Roque Armando Sosa Ferreyro, firmando como Don Tancredo, refiere:

Como primer espada y máximo triunfador, Armillita merece la atención de las primeras referencias y los más cumplidos elogios, pues ésta ha sido una de sus más grandes tardes, quizá la de mayor relieve en México por cuanto hizo gala de toda su maestría, de un valor sereno y positivo, de facultades portentosas, y además –y ojalá así sea siempre– de celo con el toro y con la gloria, dando a su toreo una emoción, una gallardía, una finura y elegancia que don Fermín Espinosa no acostumbra prodigar… A “Pituso” le hizo un trasteo inolvidable. El animal se ceñía por el lado derecho y Armillita lo lanceó muy bien por el izquierdo… De nuevo pidió los garapullos y encendió el entusiasmo, la emoción y la alegría con tres soberbios pares de banderillas… Y vino lo sensacional, lo extraordinario, la enorme, histórica faena: tras dos muletazos de tanteo, quince pases naturales en tres tandas… al estilo de Manolete, de perfil, acortando la distancia que lo separaba del toro con pasos menudos y flameando suavemente el engaño, que llevaron al frenesí a los aficionados, mientras se extendía por el ruedo una alfombra de sombreros y la ovación se hacía interminable. Y como remate, muletazos de adorno, medios pases por la cara, molinetes y cambios de muleta por la espalda. Echándose fuera atizó media estocada, y después una honda en todo lo alto. Ovación, oreja y rabo, música, el delirio. Tres vueltas al ruedo y dos salidas a los medios… ¿No decían que Armillita era un torero caduco, en plena decadencia? …

Concluyo esta primera parte, con lo que a propósito de la actuación de Armillita escribiera El-hombre-que-no-cree-en-nada, resumiendo el hacer del Maestro esa tarde:

“Armillita”, para con quien el público se encontraba de uñas por su apatía en muchas de sus últimas actuaciones, dio el desquite completo, cuajando dos faenones imborrables, plenos de torerismo, de sabiduría, de arte sin igual. Esos dos trasteos, compuestos de todos los pases imaginables, desde el verdadero natural que prodigó hasta el cansancio, enloqueciendo a la multitud, hasta el adorno pinturero y gallardo que vino a ser la pimienta de aquellos manjares maestramente confeccionados. ¿Cuántos pases naturales desgranó el maestrazo de Saltillo? Difícil es decirlo, pues la embriaguez en que se encontraba todo el público estoy seguro impidió poder contarlos, ¡BASTE DECIR QUE VIMOS FUE SENCILLAMENTE PRODIGIOSO! …

Y dada la extensión que van tomando estos apuntes, los concluiré el día de mañana.

Aviso parroquial: los resaltados en la transcripción de la crónica de El Tío Carlos son obra imputable exclusivamente a este amanuense, por no obrar así en su respectivo original.

domingo, 11 de enero de 2026

10 de enero de 1943: La ganadería de Matancillas lidia su primera corrida de toros en El Toreo de la Condesa

Imagen: Luis Reynoso - La Lidia
La primera vez que se lidió un encierro a nombre de Matancillas en El Toreo de la Condesa, fue el 15 de agosto de 1926. Fue una novillada, anunciada como fracción de La Punta, que enfrentaron Julián Rodarte, Edmundo Maldonado Tato y Fermín Espinosa Armillita Chico. El encierro se anunció como de cruza española de Parladé, aunque en realidad, en el lote iban novillos que procedían de los ganados que originalmente se adquirieron de San Nicolás Peralta, eso sí, cruzados con el toro Pinchasapos de Parladé y probablemente algunos otros de lo que de origen San Mateo hubo en esa casa ganadera. También habrá que señalar que todos iban marcados con el hierro de La Punta.

Tras de esa presentación, la base genética de La Punta cambió, los hermanos Francisco y José C. Madrazo optaron por criar toros del encaste Parladé, vía las importaciones que hicieron de vacas y sementales de Campos Varela y Gamero Cívico.

A finales de los años 30 Matancillas comienza a comparecer en las plazas ya con hierro y divisa propios, en 1939 lidia en diversas plazas de provincia una camada completa de corridas de toros para promover a Conchita Cintrón quien regularmente compartía cartel con Jesús Solórzano y Alberto Balderas. Particularmente he encontrado carteles anunciando corridas de Matancillas en Tepatitlán el 24 de diciembre de ese 1939, la que sirvió de presentación a la ganadería aquí en Aguascalientes el 1º de enero de 1940, ambas con un mano a mano entre El Rey del Temple y El Torero de México, y entre ese 1939 y 1943, envía 15 novilladas a Guadalajara, presentando en El Progreso su primera corrida de toros el día de Navidad de ese último año.

Matancillas dejaría formalmente de ser fracción de La Punta en 1942, al inscribir en la Unión de Criadores su propio hierro y divisa. Cuenta doña María Luisa Solórzano:

Los hermanos Madrazo escogieron la divisa color oro, gris y rojo, y el hierro es como una flor de lis con círculo. Cuando formaron la ganadería de Matancillas, en 1942, escogieron el mismo hierro, pero sin el círculo, y los colores verde y negro para la divisa…

Volvería, ya con ese hierro y divisa al coso de la colonia Condesa el 30 de agosto de 1942, cuando presentó una novillada para Rutilo Morales, Rafael Osorno y Luis Briones. Fue la tarde de la inolvidable faena al novillo Mañico realizada por Osorno, que ha quedado como ejemplo de lo que es una gran faena para un aspirante a ser matador de toros, junto con apenas un puñado más de ellas.

Con ese andar quedaba preparado el camino para que los hermanos Francisco y José C. Madrazo se presentaran en la entonces principal plaza de toros de la República con una corrida de toros.

La séptima corrida de la temporada 1942 – 43

Estamos situados en la penúltima temporada antes del restablecimiento de las relaciones taurinas hispano - mexicanas, así que los toreros actuantes ese día 10 de enero del 43 eran todos nacionales, fueron Jesús Solórzano, Lorenzo Garza y Carlos Arruza, quienes se encargarían de dar cuenta de un encierro de la ganadería debutante de Matancillas, propiedad de los señores Francisco y José C. Madrazo, vecinos de Lagos de Moreno, Jalisco.

Creo importante resaltar aquí que en diversas publicaciones se señala que la fecha de la presentación de la ganadería de Matancillas en El Toreo es la del 10 de octubre de 1942. Ese dato es inexacto por una razón evidente: ese día no hubo toros en la capital mexicana. La fecha de su presentación con una corrida de toros es la de este festejo que hoy me ocupa.

No fue una tarde afortunada para la ganadería jalisciense, dado que, de los seis toros enviados, uno, el cuarto de la corrida fue devuelto tras de ser ruidosamente protestado por la concurrencia y otro no superó el reconocimiento y también fue sustituido. Al final se corrieron solo cuatro de los anunciados, uno de Zacatepec y otro de Piedras Negras.

La crítica no fue muy comedida con los ganaderos, sobre todo, porque el domingo anterior también se jugó un encierro muy terciado de Torrecilla, lo que tenía encrespados los ánimos de los escribidores y de la afición. Refiere a este respecto Roque Armando Sosa Ferreyro Don Tancredo, en su crónica publicada en el semanario La Lidia:

Matancillas – segunda edición de La Punta – vino a hacer el ridículo, y en la tarde en que se corrieron por vez primera sus reses en “El Toreo” con el cartel de ganadería de primera clase. Este fracaso revela falta de escrúpulos en los ganaderos señores Madrazo, y desprecio absoluto a la afición metropolitana, con la agravante del antecedente que debieron tener en cuenta como advertencia: el caso Torrecilla... Si los señores Madrazo enviaron semejantes cornúpetas para la presentación de su ganadería como de cartel, es lógico deducir que estos ejemplares fueron los mejores que tenían... Y es forzoso consignar que demostraron tener muy poca consideración para el público metropolitano y que no les preocupa gran cosa el prestigio de su divisa ni su buen nombre como ganaderos...

En párrafos siguientes Don Tancredo intenta reiterar la existencia de un añejo conflicto entre los señores Madrazo y don Antonio Llaguno y que, con esta corrida, los primeros perdieron la oportunidad de una revancha, aunque sin dejar de señalar – de manera justificativa – que los toros de Torrecilla no son corpulentos, pero sí ejemplares de bravura y nobleza extraordinaria, verdaderos toros de bandera...

Y para rematar, sabiendo que Jesús Solórzano estaba emparentado con los ganaderos de la tarde, lo acusa de ser el responsable de la mala entrada de la tarde y de ser un torero fatigado, viejo y en consecuencia, sin posibilidad de poder con los toros. Pero pese a la mala tarde que tuvo ese particular domingo El Rey del Temple, la corrida terminó en son de triunfo, como enseguida podremos ver.

La poderosa muleta de Lorenzo Garza

El quinto toro de la corrida fue de Piedras Negras, herrado con el número 51 y sin que se le anunciara nombre en el cartelillo, fue cárdeno bragado y aunque aparentemente se acabó las fuerzas ante los picadores, se avivó en banderillas y permitió que El Magnífico le hiciera una interesante faena. Sigue contando Don Tancredo:

Este toro anónimo de Piedras Negras sirvió de pedestal al torero de Monterrey para levantar un monumento a su muleta. Lorenzo hizo una gran faena no porque el toro se prestase a ella, sino a pesar del toro. El trasteo de Garza, que tuvo el secreto de su portentoso aguante, cobró relieves de intensa emoción y plasticidad, con un dominio, un mando y un señorío únicos. El arte incomparable de este muletero de maravilla hizo el milagro de bordar una de las faenas más meritorias de los últimos años, y en ella vimos derechazos estupendos, un monumental pase de costado, naturales garcistas y toreo de rodillas en que destacó un imponente pase de pecho, mientras la música tocaba en honor de este maestro y artista que tarde a tarde se hace aplaudir con el mismo celo de gloria que un novillero ansioso de llegar a la cumbre. Finalizó su trasteo con un pinchazo en lo alto y media estocada que hizo rodar al de Piedras Negras, ganándose una cálida y prolongada ovación, dianas y vuelta al ruedo, en premio a su torerismo, su arte y su maestría...

Lorenzo Garza había anunciado al inicio de la campaña que esta sería la de su despedida de los ruedos. En una extensa entrevista que concedió a don Carlos Septién García, El Tío Carlos para el diario El Universal de la Ciudad de México, explicó sus motivos y dejó en claro que era para él, el momento de dejar de vestir el terno de luces.

La torera alegría de Carlos Arruza

El citado Carlos Septién García dedicó su crónica en el semanario La Nación, firmando como El Quinto, principalmente, al hacer de Carlos Arruza, a quien calificó como un torero alegre. Quien posteriormente sería conocido como el Ciclón Mexicano, también tuvo una tarde afortunada, aún sin el corte de orejas, con la faena realizada al sexto de la función, Caminero de Matancillas. Refiere el cronista queretano:

La solemnidad es un disimulo molesto y egoísta. Es una camisa blanca y dura puesta para ocultar ineptitudes y deficiencias. La alegría, por el contrario, es atributo de la integridad. Cuando se es cabal: cuando nada se teme; cuando se tiene suficiente equilibrio interno, se es alegre... el ver a un hombre que enfrenta problemas arduos con llaneza y gusto, con claridad y alegría, es uno de los más deliciosos espectáculos humanos... Porque es el triunfo de la naturalidad: lo mismo en la vida que en los toros... Y justamente lo que hemos contemplado hoy es la alegría taurina encarnada en Carlos Arruza. Alegría con la capa, con las banderillas, con la muleta. Júbilo desbordante que ha ahuyentado de la plaza hasta el menor sentido de solemnidad o de tragedia para inundarnos con el sabor de una manzanilla de ámbar madurada en México. Verónicas finas, bajas, ceñidas, pero hechas con ese sentido adolescente de lo repentino, de la ocurrencia. Gaoneras a la española unas, levantando los pies sobre la punta; a la mexicana otras, con las plantas asentadas... Tapatías de un ritmo tan juguetón y tan desenfadado como cuando el chamaco de la esquina es quien la hace de toro... Pero donde la alegría de este torero ha alcanzado expresiones de repique de sábado de gloria, ha sido en esos muletazos lasernistas de hinojos que dio a su último toro... Porque como alegría auténtica, ésta de Carlos Arruza es sana y limpia. No en detrimento del señorío de su toreo... Al recinto de nuestra torería ha llegado un torero alegre. Y ya no todo serán dramas pavorosos, ni rabias voluntariosas, ni entumecimientos congestionados. Tendremos sol de Sevilla, repiqueteo de castañuelas, travesura y gozo de España...

Como hasta aquí podemos ver, no todo triunfo es el resultado de cortar orejas por carretadas. A Carlos Arruza se lo llevaron en hombros al final de la corrida después de que pudo despachar a Caminero hasta el cuarto intento con la espada. 

Bien lo dijo Manolo Martínez ya hace algunos ayeres, los apéndices son meros retazos de toro, lo que vale, es lo que se queda en el sentimiento y la memoria de la afición.

Hasta la próxima semana.

domingo, 4 de enero de 2026

7 de enero de 1945: El Soldado y Famoso de San Mateo

Antonio Llaguno y El Soldado junto a los restos de Famoso
Foto: Sosa
En la parte álgida de la temporada española de 1943 Luis Briones viaja a España como representante de la Unión de Matadores, a tratar de negociar una reanudación de relaciones entre las torerías de aquí y de allá, rotas desde 1936. Cuando los hechos trascendieron, resultó evidente que detrás de ese viaje de Briones se encontraban Maximino Ávila Camacho y Antonio Algara, respectivamente accionista mayoritario y gerente de Espectáculos El Toreo, S.A., porque el interés del primero era, indudablemente, presentar en su plaza, la primera de México, a Manolete, al costo que fuera.

La prensa especializada no se mostró complacida con el viaje de Briones, que fue secundado después por Tono Algara y así, firmas como las de Flavio Zavala Millet, firmando como Paco Puyazo, don Luis de la Torre El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada y el politólogo e historiador Roberto Blanco Moheno atacaron sin clemencia principalmente a Briones y también a quienes lo enviaron a negociar la paz, por considerar que traicionaban un movimiento que podía generar una total independencia de la fiesta de toros en México.

Al final de cuentas, la ruptura se pudo subsanar, pero Manolete ya tenía ese invierno comprometido, por lo que el elenco de toreros hispanos para la temporada 44 – 45 se formó con nombres como Cagancho, Gitanillo de Triana, Pepe Luis Vázquez, Rafael Ortega Gallito y Antonio Bienvenida entre los más destacados. 

La presentación de Manolete quedaría para la temporada venidera, y esa circunstancia motivaría a quienes lo esperaban como eje del ciclo de corridas en la capital, a criticar lo que se ofrecía como anodino o aburrido, sin que ninguna tarde diera satisfacción completa a la afición. Y si a esto sumamos que el 19 de noviembre del 44, el Maestro Armillita sufrió una grave cornada en San Luis Potosí, tenemos que el torero mexicano que podría cautivar la atención de la afición capitalina estaba en el dique seco.

En esas condiciones llegó el domingo 7 de enero de 1945, fecha en la que se celebró la octava corrida de la temporada, misma en la que se anunció un encierro de La Punta para que lo lidiaran Luis Castro El Soldado, Silverio Pérez y Pepe Luis Vázquez.

El encierro de La Punta

Comenzaré por referirme a los toros enviados por don Francisco y don José C. Madrazo a El Toreo, porque al final de cuentas su comportamiento en el ruedo desembocó en lo que causó el resultado final del festejo. Refiere El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada, en su comentario aparecido en La Lidia, una semana después del festejo:

...los señores Madrazo, propietarios de la vacada de La Punta, enviaron seis toros en buena edad y magníficamente presentados, no habiendo desmerecido en corpulencia sino uno de ellos. De los seis, dos fueron bravos y uno bravísimo, el corrido en quinto lugar, siendo los restantes reservones, reparados de la vista y con tendencias más a la mansedumbre que a aquello que tanto favorece a los lidiadores, sin presentar ninguno mayores dificultades. Todos fueron pegajosos para las caballerías, propinando tremendos tumbos que ofrecieron oportunidades a los matadores para realizar el verdadero quite, suerte olvidada que no apareció por ninguna parte a no haber sido por el heroico Simón que cuando se presenta la ocasión pone la muestra al más pintado. Esta codicia de los punteños dio lugar también a ver picar como ya es muy raro en los actuales tiempos, tan raro es que el público desorientado por completo, se pone a chillar cuando debiera aplaudir con entusiasmo, protestando, eso sí, en contra de quienes autorizan el asesinato alevoso de las reses permitiendo el empleo de puyas descomunales...

Como se puede leer, a juicio de don Luis de la Torre, un par de toros dejaron espacio para triunfar, con la única cuestión de que tenía que toreárseles.

El toro que regaló El Soldado

Las distintas reseñas históricas parecen coincidir que las dos faenas grandes de Luis Castro El Soldado en El Toreo fueron las que realizó a los toros Rayito y Famoso, ambos de San Mateo, la primera, en la corrida recordada como la de los tres Luises y la segunda que es la que hoy me ocupa. Ambos toros, tienen el estigma de ser toros de regalo, o toros del perdón como los llamó la prensa de su día, para tratar de enmendar los efectos de una mala tarde.

En esta oportunidad tenía otra cuestión añadida. Para esos días era de dominio público y evidente el agrio desencuentro de los hermanos Madrazo con don Antonio Llaguno, sin que sus causas hayan trascendido. Así, el ganadero zacatecano no perdía oportunidad para tratar de demostrar que sus toros eran superiores. Así, en los chiqueros tenía encerrado uno, dispuesto a salir a dejar en mal a sus colegas jaliscienses. Sigue contando don Luis de la Torre:

“El Soldado”, ya desde temprana hora, en perfecto acuerdo con el ganadero, obsequió al público con el toro del “perdón”, que no de otra manera puede calificarse ese desprendimiento cuando se ha tenido una mala actuación...

La procedencia del toro de regalo no fue fortuita y en cierta forma me recuerda lo sucedido el 28 de febrero anterior, cuando Armillita regaló a Paracaidista de La Laguna, cortándole el rabo, después de despachar él solo con pulcritud una dura corrida precisamente de San Mateo.

La faena de El Soldado a Famoso

Roque Armando Sosa Ferreyro Don Tancredo abre su crónica publicada en La Fiesta en los siguientes términos:

Un toro de maravilla, un toro de bravura y nobleza incomparables, fue inmortalizado el domingo anterior en el ruedo metropolitano. El toro, cárdeno bragado y salpicado, número 28, se llamó “Famoso2 y procedió de las dehesas de San Mateo, la ganadería milagrosa de don Antonio Llaguno. Y el torero es un artista que se llama Luis Castro “El Soldado”...

Vestido de celeste y oro, El Soldado enfrentó al toro que le dedicó don Antonio Llaguno, cárdeno claro y paliabierto. Las crónicas coinciden en que su trapío, adecuado a su encaste, desentonaba con el de los toros de La Punta de la lidia ordinaria y si hemos de tener en cuenta lo escrito por El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada, más parecía un novillo:

Para tal objeto se soltó un novillo de San Mateo de bravura y suavidad extraordinarias, el que fue magistralmente aprovechado por el donante, quien no sabemos por qué motivos se abstuvo de invitar a sus compañeros a alternar con él en el primer tercio, lo que significó un patente desaire para nuestro huésped Pepe Luis Vázquez...

Un ejemplar de tal calidad requería tener un gran torero enfrente para aprovecharlo debidamente. La faena que El Soldado realizó a Famoso fue completa, pues hasta las banderillas tomó, no obstante traer un varetazo en el muslo derecho, sufrido en Irapuato el día de año nuevo. Relata Don Tancredo:

Pero si estupendo fue el cornúpeta de San Mateo, justo es consignar que “El Soldado” estuvo también a la altura de “Famoso”, toro de los más difíciles cuando no lo torea un artista, sino un jornalero de los ruedos. Sus templadísimas verónicas, sus ceñidas y rítmicas chicuelinas, el finísimo cuarteo con que adornó primeramente el morrillo del sanmateíno, sus valerosos muletazos en tablas, sus naturales mandones y garbosos, uno de ellos, rematado por alto; sus derechazos largos y emotivos, sus pases de pecho plenos de majestuosidad y de verdad, sus ayudados por alto y por abajo, firmas y adornos del mejor gusto, y por último, entrando en corto y por derecho, media estocada en las mismas péndolas que hizo rodar al astado. Toda su labor estuvo en un plano de excelsitud artística, y en su honor hay que decir que su trasteo fue realizado con una alfombra de sombreros en el ruedo, y que antes de coronarlo con la media estocada que rubricó su éxito, ya los pañuelos aleteaban en el tendido pidiendo las orejas y el rabo de “Famoso”... Llevando en las manos los apéndices del incomparable toro de San Mateo, Luis “El Soldado” y don Antonio Llaguno dieron la vuelta al ruedo para recibir el homenaje de la afición metropolitana, mientras el cadáver de "Famoso" también era ovacionado al pasearlo alrededor de la arena. Y la policía hubo de intervenir para evitar que la multitud sacara en hombros a los triunfadores de esta tarde inolvidable, pues "El Soldado" hubo de ser llevado a la enfermería de la plaza, donde se le practicó una pequeña intervención quirúrgica...

Por su parte, quien firmó como Francisco Montes en La Lidia, refiere:

Castro inició la faena con tres muletazos en el estribo que ligó con uno de pecho; la ovación no se hizo esperar; siguió toreando por naturales que no fueron del todo lucidos y luego continuó con la mano de cobrar y sus pases resultaron brillantes y bien rematados; la faena es de estimable mérito aunque derechista; ayudados por alto estatuarios, cambios de muleta por la espalda, ayudados por bajo, una faena muy torera y quizá la mejor que ha hecho en su vida; lasernistas, derechazos en redondo en los que materialmente se embarra en la faja al estupendo y maravilloso burel de San Mateo; entra a matar muy bien y deja media estocada delantera que hace rodar al burel sin puntilla: la ovación es delirante, se le conceden las dos orejas y el rabo de su enemigo, a quien merecidamente se le da la vuelta al ruedo; el público emocionado pide salga a la arena el ganadero, el que, en compañía del espada, da la vuelta al anillo recibiendo una apoteósica demostración de cariño...

Y días después, don Luis de la Torre El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada, reflexiona:

Lo toreó de capa como “El Soldado” sabe hacerlo en condiciones del todo favorables, interviniendo él solo durante el tercio de varas que se redujo a dos. Le colocó un magnífico cuarteo en banderillas que nos hizo recordar lo buen rehiletero que fue en los principios de su carrera, colgando otro más de colocación defectuosa, aunque con muy buenos procedimientos. Y después vino lo grande, el faenón reivindicador iniciado con tres muletazos en el estribo de positivo mérito, para apenas alejado el burel del lugar de iniciación, plasmar un trasteo en un palmo de terreno, en el que hubo toda clase de pases, desde el clásico natural, rematado ya por bajo ya por alto, hasta el adornamiento plástico y perfecto, pasando por los muletazos de toda índole ejecutados con majestuosidad y torerismo puro, sin el menor detalle de afectación, conservando siempre el cuerpo enhiesto, moviendo los brazos y con ellos la muleta con dominio y absoluta soltura, pasándose al bruto a pocos centímetros del pecho o de la faja, según las circunstancias. Una cátedra del bien torear, aprovechando a maravilla las excepcionales cualidades del pequeño enemigo que no supo tirar una cornada y al que despachó al destazadero de una casi entera de rapidísimos efectos, ganándose por todo ensordecedora ovación, oreja y rabo. Los despojos del bravísimo novillo fueron también ovacionados, dándosele, ahora sí, la vuelta al ruedo en compañía de su criador... ¡VAYA TORO BIEN APROVECHADO! …

Las opiniones de la crónica son unánimes en cuanto al hacer de El Soldado ante Famoso, y de esa manera, reitero, ha pasado a la historia como una de las más acabadas obras de su paso por los ruedos.

Importante es también señalar que la vuelta al ruedo que dio don Antonio Llaguno junto con el torero de Mixcoac, fue la última de su trayectoria ganadera, porque días después fue intervenido de la columna vertebral y tras de dicha cirugía, ya no pudo volver a desplazarse por su propio pie, dejando de asistir a las plazas, pero manteniéndose pendiente de la ganadería que al paso de los años sería el eje del toro de lidia que se cría en México.

El Soldado ha pasado a la historia como uno de los toreros artistas más grandes que ha dado este país, pero también nos dejó estampas de reciedumbre torera, imponiéndose a las condiciones de los toros que no tenían aptitudes para lucir la clase delante de ellos, es sin duda un caso único del torero que puede con los toros, pero que también crea arte con ellos. La tarde que hoy me ocupa, es un claro ejemplo de ello. 

domingo, 7 de diciembre de 2025

7 de diciembre de 1947: Carlos Arruza y Zorrito de La Punta en El Toreo de Cuatro Caminos

Carlos Arruza
Visto por Carlos Ruano Llopis

La primera temporada en forma de la Plaza México fue la 1946 – 47, y con el coso ya propiedad de don Moisés Cossío, el encargado de organizarla fue don Antonio Algara, quien pronto tuvo diferencias con el propietario y no concluyó el ciclo al frente de los asuntos del coso, que fueron concluidos por el señor Fernando Hernández Bravo, con la asesoría de Lorenzo Garza. Para el siguiente ciclo, el 1947 – 48, tomó en arrendamiento la plaza don Tomás Valles Vivar, quien en agosto de 1946 había terminado su encargo como Diputado Federal por el primer distrito electoral del Estado de Chihuahua y probablemente buscaba posicionarse para la próxima elección de gobernador de su estado natal, manteniendo su presencia en el ambiente taurino en el imaginario colectivo.

Por otra parte, se anunció que el 23 de noviembre de 1947 se inauguraría el nuevo Toreo de Cuatro Caminos, edificado a partir de la estructura de la plaza que estuvo en la colonia Condesa y que se derribó iniciado ya el año 1946, y que después de ese festejo de apertura se ofrecería a la afición una temporada de corridas en toda forma. A cargo de esa plaza estaba nada menos que el nombrado Antonio Algara, quien fue el encargado también de organizar el último ciclo de toros en el Toreo de la Condesa.

Escribe Daniel Medina de la Serna:

La antigua plaza El Toreo de la Condesa había sido desmantelada, su terreno algún día lo iba a ocupar El Palacio de Hierro y su armazón fue transportado, para ser levantado de nuevo en Cuatro Caminos, en la jurisdicción del Estado de México, a unos cuantos metros afuera del Distrito Federal buscando conveniencias fiscales... Antonio Algara, que al parecer tenía cierta aversión a la plaza de la Ciudad de los Deportes, dejó la gerencia de ésta en manos del político chihuahuense Tomás Valles para irse a la del Nuevo Toreo o Toreo de Cuatro Caminos... y para conseguir toreros se fue a España, con la idea de hacer gestiones para arreglar lo del rompimiento, lo que no consiguió pero regresó con los contratos de Carlos Arruza, Carlos Vera "Cañitas", Fermín Rivera, Antonio Velázquez, Antonio Toscano y los de los portugueses Diamantino Vizeu y Manolo dos Santos; al volver a México se apalabró con “Armillita”, Garza, Silverio, “El Soldado”, Jorge Medina y “Joselillo”. Tomás Valles, en cambio, que se quedó aquí, no había hecho gestiones ni había tenido tratos con ninguno de estos toreros; así que para su temporada solo tenía lo que a Algara no le había interesado... La única figura con que contaba el norteño era Luis Procuna...

Tomás Valles pagó el noviciado en esta su primera incursión en la organización de festejos taurinos, y sobre todo, porque tendría que enfrentar a un hombre muy avezado en estas lides, como lo era Tono Algara, quien tenía un largo trecho ya recorrido en esa actividad y además el conocimiento de las distintas personalidades de los diestros con los que tenía que tratar.

La segunda corrida de la temporada 1947 – 48 en Cuatro Caminos

Tras de la corrida inaugural, que poco más que la efeméride dejó para la historia, se hizo un receso de una semana, para dar paso a la temporada de festejos consecutivos, que sumarían un total de quince, entre ese 7 de diciembre de 1947 y el domingo 14 de marzo de 1948. 

Ese festejo primero, anunciado como segundo de la temporada, se compuso con un encierro de La Punta, para Fermín Rivera, Carlos Arruza y Antonio Toscano. Al final de cuentas, solamente se lidiaron cinco de los toros de la ganadería titular, porque el primer toro de la tarde se partió un pitón al rematar de salida en un burladero y debió ser sustituido por uno de Pastejé.

Por su parte, la Plaza México interrumpió su temporada por, se dijo, la necesidad de realizar unas obras en el ruedo, pero la prensa del momento, afirmaba que la realidad era que las exiguas entradas parecían desanimar al titular de la nueva empresa.

Carlos Arruza y Zorrito de La Punta

Los toros de La Punta y el sustituto de Pastejé fueron complicados, por ser mansos y algunos, además, por sacar genio. Eso impidió, en general, el lucimiento por parte de los diestros. Pero siempre queda la vía de la épica, de la epopeya. Y con Zorrito, el quinto de la tarde, Carlos Arruza quiso demostrar por qué era en ese momento la principal figura del toreo mexicana en el mundo. Así describió su actuación esa tarde Ricardo Colín Flamenquillo para el semanario La Fiesta:

Gracias pues, Carlos Arruza por esta tarde inolvidable, y por haber vuelto inmediatamente, a situar la fiesta que nosotros amamos con los cinco sentidos, en la línea recta, sencilla, escueta y varonil en la que la dejó el inolvidable desparecido. ¡Muchas gracias! Dobló el quinto toro – el del escándalo triunfal e imborrable –, y Carlos Arruza, ajeno al ambiente exterior, siguió en su propia y admirable lucha. Con el acero que acababan de extraer del poderoso morrillo golpeó dos veces los belfos del enemigo, difícil y encastado, mascullando su rabia de torero que logra el éxito derribando las murallas de lo imposible. Había planeado contra el destino encarnado en aquel burel, a todas luces impropio para la gran faena, y lo había vencido al fin, heroicamente, tumbándolo a sus plantas como fulminado por un rayo. Mientras México entero se le entregaba gritando ¡Torero! ¡Torero! Le trajeron las dos orejas, pero el público sintió, entendió más que entendió el homenaje era exiguo para la hazaña y obligó al joven e inexperto Juez de Plaza a que diese la orden de que un subalterno se adentrase en el destazadero para reaparecer con el rabo en la mano y entregárselo al extraordinario lidiador, que recorría ya el anillo al compás redoblado de una de esas ovaciones que se graban para siempre en el recuerdo. El toro entero le podrían haber dado y aun se antojaría pequeño el premio. No solo por lo realizado con él, sino por todo lo que ello traía aparejado. Es esta una de las ocasiones en las que el crítico se resiste a reproducir las proezas que sus ojos captaron sobre el círculo mágico del redondel, porque las palabras no son el material – al menos en sus manos aún crispadas por la fiebre del aplauso –, capaces de pintar la grandeza del espectáculo. Se siente, pero no se canta, jamás, en toda su dramática hermosura, el crispante espectáculo de una tempestad. Así sucede cuando meditamos en la fuerza positivamente ciclónica de la faena de Carlos Arruza al quinto astado de La punta, bautizado en las dehesas con el nombre de “Zorrito” y al cual no pudo torear a gusto con el capote, ni banderillearlo como él sabe, a excepción hecha del segundo cuarteo, por la difícil lidia que iba ya desarrollando. A la muleta llegó el burel hecho un garlito. Tardo y probón en la embestida, y congestionado de la vista. Era el toro de la faena de trámite, al que la gente, quizás, hasta agradece, que se le despache después de unos cuantos muletazos de pitón a pitón, con una estocada habilidosa. Y fue por ello, justamente, que surgió lo maravilloso e inesperado al pararse Arruza en el tercio para dibujar tres ayudados por alto de incopiable sencillez, precursores de lo sobrenatural. Aquel situarse en terrenos que humanamente se antojaría imposible pisar, para obligar al peligroso enemigo a pasar con lentitud en torno a la cintura en naturales inverosímiles, cuantas veces le vino en gana, sujeto al imperioso mandato de su torerísima voluntad. Y luego, la estocada, sin trampa ni cartón y la apoteosis que situó la tarde del domingo 7 de diciembre de 1947 entre las más destacadas efemérides de la tauromaquia...

La relación de Flamenquillo refleja, sin duda, que, desde el punto de vista del escribidor, se percibió esa sensación de peligro que genera el enfrentar a un toro que sale con la disposición de entregar a un precio alto su existencia. Y también, que se percibió que el torero, poniendo la inteligencia y el valor por delante, se impuso a las reacciones de fuerza e instinto del toro, hasta llegar a dominarlo totalmente, subyugando a la concurrencia, quizás no tanto por la excelsa y sutil belleza de lo allí creado, sino por la verdad que se apreció en el hacer de Arruza.

El primer rabo otorgado en Cuatro Caminos

La misma crónica de Ricardo Colín deja entrever que la faena de Carlos Arruza dejó en los tendidos y en el palco de la Autoridad un cierto estado de estupefacción, superado primero por la concurrencia y al final por el Juez de Plaza – de joven e inexperto lo califica el cronista – se mandó traer del destazadero el rabo del punteño, ya cuando Arruza daba la vuelta al ruedo, entre el regocijo de todos. Era el primer rabo que se otorgaba en la nueva plaza y detrás de él se otorgarían apenas otros 35 en toda su historia. Carlos Arruza se llevaría tres de esos, uno más al domingo siguiente y otro varios años después, ya como torero de a caballo.

El resto de la corrida

De acuerdo con la crónica de la agencia France Presse (AFP), el resto de la corrida tuvo el siguiente resultado:

Fermín Rivera el primer espada, inició con una faena variada a base de derecha con pases de todas marcas, muy artista, aunque no llegando a tener grande emotividad en su toreo... en su segundo fue mejor la faena con más hondura torera, pero entrando mal al matar, no la coronó... Antonio Toscano cargó con el hueso y con la mala suerte. A su primer toro manso, hizo todo lo posible por aguantarlo y al matar cobró un golletazo que le fue pitado. A su segundo y último de la tarde, otro mansurrón, tampoco logró nada Toscano, solo el ponerse pesado con el estoque y volver a oír pitos...

Como se puede ver, el mal juego de los toros condicionó el resultado general de la corrida, solamente la entrega de Arruza, fue lo que salvó la tarde.

Corolario cooperativo

Al final de cuentas, las fuerzas vivas no se podían permitir el naufragio de la Plaza México. Con sus pausas, se dieron en ella 17 corridas en esa temporada y actuaron en ella toreros del elenco de El Toreo como Antonio Velázquez, Fermín Rivera, Carlos Arruza, Silverio Pérez, Alfonso Ramírez Calesero, Ricardo Torres y Jorge Medina, así como Luis Procuna, originalmente contratado para Insurgentes, también se presentó en El Toreo. No por nada, la Plaza México era y es, la plaza de toros más importante del país.

Aviso parroquial: Los resaltados en la crónica de Flamenquillo son obra imputable exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en su respectivo original.

domingo, 5 de octubre de 2025

La otoñada taurina en Aguascalientes (I)

2 de octubre de 1949, se reinaugura por segunda ocasión la Plaza de Toros San Marcos

El otoño también ha sido un tiempo de toros en Aguascalientes, aunque históricamente se acostumbró aprovechar los días aledaños al 20 de noviembre para ofrecer festejos en nuestra ciudad. Será a partir del año de 1975, cuando se conmemoró el cuarto centenario de la expedición de la Real Cédula que autoriza la fundación de la Villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguas Calientes, suscrita el 22 de octubre de 1575, cuando se agrupan entre esa fecha y el inicio del mes de noviembre, cuando se agrupan festejos taurinos en torno al aniversario de la fundación jurídica de lo que hoy es nuestra ciudad y de las conmemoraciones y celebraciones que se llevan a cabo en torno al Día de los Fieles difuntos.

En las próximas entregas procuraré recolectar algunas estampas de esos festejos otoñales de nuestra ciudad, de los que hayan dejado alguna huella en nuestra historia taurina.

La Plaza de Toros San Marcos y su primera reinauguración

Después de la apertura del coso de la calle de la Democracia el 24 de abril de 1896, se mantuvo en operación, compitiendo con su vecina, la del Buen Gusto hasta casi la segunda década del siglo XX, década esta, en la que, nos cuenta Antonio Muñoz Rodarte, la de San Marcos, comenzó a mostrar los estragos del paso de los años y de la falta de mantenimiento preventivo, por lo que en mayo de 1928, el alcalde Enrique Montero ordenó una profunda inspección del inmueble, de la que resultó la necesidad de hacer una serie de importantes reparaciones y remodelaciones desde el pasillo del acceso y hasta los corrales en los que se guardan los toros a lidiarse en los festejos.

El entonces propietario de la plaza, don Miguel Dosamantes Rul, ofreció iniciar las obras de remodelación en noviembre de ese mismo año y le anunciaba que había establecido una sociedad para su explotación buscando convertirla en una verdadera plaza de toros moderna.

En febrero del siguiente calendario, 1929, de acuerdo con los documentos archivados en el Registro Público de la Propiedad, Dosamantes Rul vendió el cincuenta por ciento de los derechos de propiedad sobre la plaza a los hermanos Francisco y José C. Madrazo, ganaderos de La Punta, en la cantidad de cinco mil pesos oro nacional. La mitad restante, la adquirieron los citados ganaderos el 16 de agosto del año siguiente, en la cantidad de doce mil quinientos pesos de la misma naturaleza que los anteriores, lo que me hace suponer que una parte, si no la totalidad del costo de las obras de reparación de la plaza fueron costeados por los hermanos Madrazo.

El festejo de reinauguración se programó para el domingo 21 de abril de 1929, con 5 toros de La Punta, para Esteban García y Carmelo Pérez, mano a mano, anunciándose que era la inauguración de un costoso y adecuado acondicionamiento de la plaza, que era la segunda de la República y orgullo de la afición taurina de Aguascalientes.

La segunda reinauguración

Algo más de dos décadas después de aquella primera reinauguración, la Plaza San Marcos requería de una nueva intervención. La zona de palcos seguía siendo de madera y aunque visualmente eran más diáfanos y agradables que los originalmente construidos, eran de constante y costoso mantenimiento. Por esa razón sus actuales propietarios decidieron repararla y agregarle algunas instalaciones con las que no contaba a partir de su proyecto inicial. Escribe don Jesús Gómez Medina, al relatar el acto de la bendición de las instalaciones por Mons. José de Jesús López y González, en esos días, obispo de la Diócesis:

La capilla ostenta en el lugar de honor, una hermosa imagen del Sagrado Corazón, a la derecha está el Señor del Gran Poder, Patrono de los Toreros, y a la izquierda, ¡naturalmente!, Nuestra Señora de Aguascalientes… El altar es de cantera con labrados relieves, y a sus pies están dos elegantes reclinatorios. Cierra la Capilla un cancel de madera, de estilo netamente colonial o novohispano... El ruedo luce limpio y terso; se acabaron los hoyancos y la arena movediza, que tan peligrosa hacía la lidia en ocasiones. Los tendidos, también renovados, con las graderías de sombra corridas hacia arriba al haberse suprimido los palcos, parecen estar impregnados de alegría y de luz, pues hasta en los imprescindibles anuncios se tuvo el buen tino de emplear los colores simbólicos por excelencia: el rojo y el gualda... En los chiqueros se han construido bebederos y pesebres, y se les dotó de un amplio departamento sombreado, que, seguramente, hará más gratas las últimas horas de los bichos destinados a la pública diversión... Ya al entrar, el espectador encuentra una agradable sorpresa: los pasillos que conducen a ambos departamentos, al de sombra y al soleado, han sido cementados completamente, amén de que se amplió la escalera superior del tendido caro...

Es decir, se agregó al coso la capilla con la que no contaba, se mejoraron accesos, escaleras, corrales y se suprimieron los palcos de sombra, sustituyéndolos por la gradería que hoy conocemos como las localidades generales de sombra.

Ese acto protocolario de carácter religioso, se celebró el mismo día del festejo de reapertura, es decir, el domingo 2 de octubre de 1949, cuando para enfrentar un encierro de La Punta, alternarían Alfonso Ramírez Calesero, Antonio Velázquez y Manuel Capetillo.

La triunfal tarde de Antonio Velázquez

Antonio Corazón de León cerró su tarde cortando tres orejas y saliendo en volandas de la plaza. También se mostró como un torero de muy amplias posibilidades, porque al primero de su lote, que presentó un cúmulo de dificultades, lo toreó en el terreno de cercanías y pisándole los terrenos, pero a su segundo, lidiado en sexto lugar por haberse corrido los turnos después del percance a Calesero en el cuarto, lo aprovechó conforme a su calidad. Refiere en su crónica don Jesús Gómez Medina:

Desde el primer capotazo hasta el último instante, la lidia de “Jarifo” transcurrió entre ovaciones y dianas; se irguió Velázquez en el tercio y aguantó enormidades en una serie de lances llevando al bicho muy bien toreado. En quites repitió la gaonera angustiosa, yodofórmica, pues de allí a la enfermería no habría sino escasos milímetros. Picó muy bien “Lindbergh” y al quite fue Capetillo, que se echó también el capote a la espalda, para plasmar, para esculpir el momento más artístico de la tarde, con garbo, con señorío, bajando los brazos desmayadamente y poniéndose los pitones por ceñidor… Pronto y bien transcurrió el segundo tercio; salió a los medios Velázquez, brindó al público y se fue al toro para redondear su tarde. ¡Y vaya forma de redondearla! … en esta faena, Velázquez acabó con los decires: que si era “encimista”; que no toreaba de largo... El leonés se olvidó de modas y de “ismos” para hacer el toreo de siempre, el toreo fundamental, el toreo por excelencia. Y así fueron surgiendo las series de derechazos, en los que toro y torero formaban un grupo de estrujante dramaticidad; los naturales en los que, citando de largo, desde un tercio hasta el contrario, Antonio “Corazón de León”, plasmaba una y otra vez, en plenitud de torero y de valiente, la suerte fundamental del toreo. A un natural seguía el siguiente, y la serie se prolongaba hasta culminar en el de pecho, de hondo acento belmontino… Y el toro, el admirable “Jarifo” de La Punta, embistiendo con igual alegría, con nobleza impar; diríase que mejorando de un lance al siguiente. Añadió Velázquez molinetes, trincherazos y de la firma y a continuación metió el acero hasta la empuñadura. Tardó en doblar el bicho, y cuando al fin lo hizo, la ovación se desplomó a los pies del triunfador: se le otorgaron las orejas y el rabo, también la pata – ¿no les parece a ustedes que ya se está prodigando demasiado esta clase de apéndices? – y, finalmente, en hombros de los entusiastas y acompañado de Manuel Capetillo, también triunfador en la jornada, Velázquez abandonó el coso…

El toro bravo que pone a todo el mundo en su sitio. Cuando es bien aprovechado, encumbra a quien puede con él, y de la narración del cronista podemos desprender que Antonio Velázquez supo entender a carta cabal las excelentes condiciones del toro de La Punta que le permitió tener una redonda tarde en Aguascalientes ese domingo de hace setenta y seis años.

Manuel Capetillo también triunfador

Quien al paso de algunos años sería llamado El Mejor Muletero del Mundo todavía no alcanzaba su primer aniversario como matador de toros. Todavía reposaba mucho de su hacer ante los toros con su toreo de capa y no perdonaba un quite, pero de lo narrado por don Jesús Gómez Medina en su tribuna de El Sol del Centro, se advierte ya el profundo muletero que conocería la afición años después:

A cargo de Manuel Capetillo corrió la nota de arte, del más puro y hondo acento. “Lagartero”, corrido en tercer turno, hizo alegre salida. Lo corrió Casillas; pero el tapatío no se acomodó del todo en los primeros lances. Tras de una vara trasera, Capetillo libró por fregolinas, haciéndolo a continuación “Calesero” con el lance de “Chicuelo”, gracioso y artista… Capetillo comenzó doblándose suavemente, encelando al bicho en la muleta, metiéndole en ella. Se lo llevó a los medios y allí fue forjando la faena. Al principio sin completo éxito, porque el toro derrotaba alto; pero Manuel insistió, templó la embestida, le corrió la mano con ritmo sedeño e imperioso a la vez, y poco después se consumaba el prodigio. Con la cintura quebrada, la mano baja y la pata a’lante, Manuel Capetillo iba redondeando el trasteo… La roja franela, en sus manos, adquiría suavidades y ritmo de terciopelo; el lance se consumaba y en el mismo, seguía el giro imperioso de su muñeca – ¡una muñeca con goznes de oro! – engendraba el siguiente muletazo… Una serie de derechazos tenía continuación en otra nueva de mejor calidad; aquello era la fiesta del toreo más puro, del más hondo acento del que nació en Ronda en las manos prodigiosas de Pedro Romero... Más, ¡oh, sorprendentes sentires de los aficionados! El público no entró en completo trance de emoción, sino cuando Manuel realizaba una serie de tremebundas manoletinas. Vino luego la estocada, de efectos definitivos, y tras ella, al doblar el punteño, se otorgaron a Capetillo la oreja y el rabo, trofeos ampliamente ganados, porque se hizo acreedor a ellos a fuerza de insistir y de prodigar un toreo de la más pura ley…

De los Tres Mosqueteros fue precisamente Capetillo el que más tardó en encontrar su acento personal, pero también quien más permaneció en el gusto de los aficionados. La evolución que le llevó a ser precisamente llamado El Mejor Muletero del Mundo por don Alfonso de Icaza Ojo en el año de 1957, estaba apenas iniciando.

La mala fortuna de Calesero

El primero de la tarde fue un toro rajado que permitió al torero de nuestra Triana apenas cumplir con deshacerse de él, y no obstante eso hubo voces, al decir del cronista, que le reprochaban que no se luciera con él. El cuarto de la corrida, llamado Charrito, lo prendió e hirió al tercer lance, pasando a las manos del Dr. Oscar Hernández Duque, haciéndose cargo de él Velázquez y motivándose por ello el movimiento de turnos entre él y Capetillo.

Algunas cuestiones más

Durante las solemnidades de la bendición, la jovialidad del entonces obispo diocesano extendió los actos litúrgicos a otros sitios de la plaza, cuenta don Jesús Gómez Medina:

…a invitación del Dr. Duque, bendijo también la enfermería, que precisamente está contigua al recinto sacro. En seguida, con sencillez y afabilidad, atendió la súplica de David Reynoso, que en nombre de los toreros le pidió que bendijera el ruedo… Accedió gustoso el Excmo. Señor, que desde el centro del anillo bendijo el ruedo propiamente dicho, y las graderías. En un rapto de jovial y simpática efusión, exclamó risueñamente: “¡Sólo falta que me pidan que bendiga a los toros!” Y, cómo respondiéndose a sí mismo, preguntó por dónde salían los cornudos bichos, y ante la puerta misma del toril esparció el agua bendita...

El guía religioso de la mayor parte de la población que entonces habitaba esta ciudad, entendía muy bien a sus fieles y quiso santificar uno de los escenarios en los cuales se reunían para tener un tiempo de esparcimiento. Sin duda, eran otros tiempos y nuestra sociedad era distinta, pero algo en lo que no hemos dejado de tener similitudes, es en la arraigada afición a los toros que existe y existirá en nuestro Aguascalientes.

domingo, 17 de noviembre de 2024

17 de noviembre de 1963: La alternativa de Mauro Liceaga en la reinauguración de la Monumental Monterrey

Mauro Liceaga, El Queretano y José García El Charro
15 de abril de 1973
Cortesía: Francisco Tijerina
La plaza Monumental Monterrey había sido inaugurada el domingo 29 de agosto de 1937, con una corrida de toros en la que alternaron Fermín Espinosa Armillita y Lorenzo Garza ante toros de La Punta. Vestida de china poblana, la señorita Hermila Anaya realizó el despeje y las reseñas de la prensa de la época a mi alcance, señalan que el general Juan Andrew Almazán fue calurosamente ovacionado cuando se instaló en su palco de contrabarrera. Armillita le cortó el rabo a Pandereto, quinto de la tarde y por su parte, El Ave de las Tempestades se llevó la oreja del cuarto y el rabo del sexto. Lorenzo Garza salió en hombros de la multitud, no así el Maestro de maestros, que entró en la enfermería después de la vuelta del quinto, a que se le atendiera una herida en la cabeza, producto de un botellazo, seguramente dedicado por un garcista inconforme durante la vuelta después de la lidia del quinto. 

De acuerdo con la Guía de la América Taurina de Luis de Tabique, publicada en el año de 1955, tenía una capacidad de 11,500 espectadores. La plaza estaba coronada en su parte superior de sus tendidos, por una serie de palcos de madera, mismos que por el material con el que estaban construidos, algo más de un cuarto de siglo después de su estreno, seguramente tenían ya evidente deterioro y, además, por su disposición, eran de capacidad reducida. Seguramente por esa razón, quienes llevaban el coso en esos días don César Garza y don David Yamallel, representantes de Espectáculos Monterrey, S.A., decidieron suprimir esos palcos y convertirlos en localidades ordinarias, dándole a la plaza la fisonomía que actualmente tiene.

En esas condiciones se programó una feria de reinauguración con tres corridas de toros, los días 17, 20 y 24 de noviembre de 1963. La primera sería con toros de La Punta, para Juan Silveti, Juan García Mondeño y la alternativa de Mauro Liceaga; la segunda, con Alfredo Leal, el lusitano José Julio y el torero cordobés Manuel García Palmeño ante toros de Reyes Huerta y cerraría el ciclo un encierro de Mimiahuápam, de don Luis Barroso Barona, para Jesús Córdoba, Joselito Huerta y Joaquín Bernadó. Una feria breve, con carteles formados con buena imaginación y de acuerdo a lo mostrado en la prensa de ese tiempo, con encierros bien presentados.

La feria de reinauguración
Diario El Porvenir

El festejo de la reinauguración

El interés de la corrida de la reapertura de la plaza Monumental Monterrey tuvo un ingrediente adicional al implícito en el interesante cartel que era el llamado a asistir al evento y al hecho en sí mismo. Lo constituían una serie de declaraciones de Mondeño, en las que anunciaba que dejaba los ruedos y se dedicaría a la vida monástica. Entre otras cosas, declaró al Licenciado Antonio García Castillo Jarameño, lo siguiente:

Mi mayor ilusión es volver a esta tierra, porque mi pensamiento está en los corazones de todos. Pero quiero regresar, no toreando, sino bendiciendo con las sagradas palabras del Evangelio, que es la palabra más verdadera, porque es la que nunca muere…

Efectivamente, el siguiente marzo, Juan García Mondeño ingresaría al postulantado de la Orden de Predicadores (Dominicos) y tomaría los hábitos en agosto de 1964. Dejaría la vida religiosa año y medio después para reaparecer en Lisboa el 17 de marzo de 1966 y permanecer activo en los ruedos hasta 1970. Falleció en enero de 2023.

Quizás el principal atractivo del cartel de reinauguración era la alternativa de Mauro Liceaga, un torero que era parte de una de las dinastías más extensas del llamado planeta de los toros. Y llegaba a ella después de hacer una importante campaña novilleril en ruedos hispanos, presentándose y triunfando en los principales escenarios de aquellas tierras. El cierre de su temporada fue fuerte, triunfando en Jerez, en una Feria de la Vendimia que se ofreció al final del mes de septiembre, en Sevilla, en el mes de octubre donde dio dos vueltas al ruedo con petición de oreja y principalmente, en Madrid, donde cortó una oreja a un novillo de Samuel Flores, escribiéndose en el semanario El Ruedo a ese propósito lo siguiente:

El mejicano Liceaga – ¡qué recuerdos nos trae este apellido, tan de torero azteca! – lució en varios muletazos, excelentes, al quinto de la tarde. Faltó ligazón, pero hubo temple y buen estilo. Entró a matar con decisión y cobró una estocada a cambio de una cornada. Cortó la oreja. Apéndice muy merecido...

Esas eran las cartas credenciales del torero que se doctoraría en esa señalada tarde y que ante el primer toro que pisara el renovado coso, realizó lo siguiente:

Acto seguido, y ante la expectación de las 20,000 personas que llenaban la plaza; Juan Silveti cedió los trastos a Mauro Liceaga para convertirlo en el benjamín de los espadas mexicanos, atestiguando la ceremonia Juan García "Mondeño"... Después de brindar la muerte de su primer toro al público y a su padre; Liceaga se arrodilló cerrado en tablas para darle a “Africano” una tanda de escalofriantes muletazos de rodillas. Vinieron luego los ayudados por alto y los derechazos aguantando impávido el torero las acometidas de la res... Como la embestida del toro era cada vez más corta, Liceaga volvió a la carga con el toreo de rodillas, consiguiendo su propósito de entusiasmar al público, para que al dejar una estocada en todo lo alto, se le concediera una oreja, dando además la vuelta al ruedo, devolviendo prendas y recibiendo el cariño del público...

Me llama la atención el hecho de que el anónimo cronista del diario El Porvenir de Monterrey, salido al día siguiente de la corrida, aparte de describir con gran detalle la actuación del toricantano, señale como capacidad de la plaza la de 20,000 localidades. Seguramente hubo sobrecupo esa señalada tarde, pero no creo que haya llegado a tales proporciones.

Mondeño le cortó la oreja al tercero de la tarde, por una labor que llevó su sello personal:

Juan García “Mondeño” se llevó una oreja ayer tarde, galardón que ganó ante el primero de su lote, al que toreó soberbiamente de capa en sus muy personales lances... principió “Mondeño su faena para recetar al morito una tanda de estatuarios con los pies bien clavados en la arena. Vinieron luego los derechazos con el sello de la casa, rematando siempre con el forzado; naturales superiores por el temple y el aguante del torero y el colofón de su manoletina trágica y bella... Mató de una estocada hasta la yema, ligeramente caída, pero suficientemente buena para que el toro doblara y se fuera al desolladero sin uno de sus auriculares, que el público y la autoridad concedieron al misterioso torero...

Habrá que anotar para la estadística, que en el quinto de la corrida se le tiró un espontáneo a Mondeño, que fue oportunamente neutralizado por las fuerzas del orden y que en correspondencia, el torero de Puerto Real le brindó la muerte del toro a los agentes de policía comisionados en la plaza.

Por su parte, Juan Silveti apenas pudo lucir en el primer tercio con su toreo a la verónica, porque sus toros se quedaron parados. Pascual Navarro Pascualet, peón de confianza del Tigrillo, fue alcanzado al salir de un par de banderillas en el segundo de la tarde y recibió una cornada con una extensión de 15 centímetros en el muslo derecho, sin lesiones vasculares de importancia, con pronóstico de 15 días de recuperación.

El futuro de Mauro Liceaga

El porvenir de Mauro Liceaga parecía promisorio, tanto que estaba anunciado como parte del elenco de la temporada 1963 – 64 de el Toreo de Cuatro Caminos, en ese calendario en el que el ciclo de corridas de toros de la capital mexicana se ofreció a plaza partida y que tenía como cabeza de cartel a Manuel Benítez El Cordobés.

Pero apenas tres meses después de su alternativa, en la misma plaza de Monterrey, un toro de Santa Marta le daría una gravísima cornada en el vientre que lo tuvo parado bastante tiempo. Eso no le impidió ser parte de carteles importantes, como el de su confirmación de alternativa en la Plaza México el 14 de febrero de 1965 con Rafael Rodríguez y El Cordobés; el de la confirmación de Manolo Martínez en ese mismo ruedo, con Mondeño o en las presentaciones de Paquirri en diversas plazas de nuestra República.

Otra cornada, esta en Guadalajara, el 15 de febrero de 1970, por un toro de El Rocío, terminaron por ralentizar el andar por los ruedos de un torero que estaba llamado a ser una importante carta de la baraja taurina mexicana. 

Mauro Liceaga falleció el día de San José de 2017.

Aviso parroquial: Agradezco a mi Patrón Francisco Tijerina Elguezabal el que me haya facilitado el acceso a las páginas del diario El Porvenir de Monterrey, así como la información proporcionada para entender los cambios realizados a la plaza Monumental para efectos de su reinauguración.

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