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domingo, 9 de agosto de 2026

8 de agosto de 1947. Pepín Martín Vázquez… en Valdepeñas

Manolete, Curro Caro, Pepín Martín Vázquez
Valdepeñas 8 de agosto 1947
Foto: Cano
Manolete había anunciado su intención de retirarse de los ruedos al término de la campaña de 1947 y en los hechos estaba llevando a cabo esa pretensión, porque después de concluir abruptamente su campaña americana en el mes de febrero, a causa de una nueva ruptura de las relaciones taurinas hispano – mexicanas, hizo una pausa en su actividad en los ruedos, reapareciendo en plazas europeas hasta finales del mes de junio. Esta última circunstancia y la obligada ausencia de Carlos Arruza en los carteles, removieron la punta del escalafón y así, lo encabezaron Parrita, Luis Miguel Dominguín, Manuel Álvarez Andaluz, Pepe Luis Vázquez, Rovira y también, a la mitad del calendario, estaba enfilado a ocupar el primer puesto un torero sevillano del barrio de La Macarena: Pepín Martín Vázquez.

El hijo del señor Curro Martín Vázquez, a quien vimos aquí en México en 1946, ya se había asentado como un torero que llevaba a los ruedos una propuesta distinta, una tauromaquia que, vista en el vídeo, representa la transición a la forma de hacer las cosas delante de los toros como sería cotidiano medio siglo después. Y eso, cuando se repite constantemente delante de los toros, entusiasma a los tendidos y crea alrededor del diestro un aura de figura.

En la brevísima temporada que Manolete hizo en ese 1947, de apenas 21 tardes, alternó tres veces con Pepín Martín Vázquez: Madrid, en la corrida de Beneficencia, en Santander y en la tarde que hoy me ocupa.

Valdepeñas, Ciudad Real

La Feria de agosto de Valdepeñas tiene sus raíces en las ferias comerciales de la Edad Media y se celebra de manera separada a la que se verifica en septiembre dedicada a la vendimia o al vino. En ese año de 1947, esa feria agosteña se aderezó con una corrida de toros, en la que, para enfrentar un encierro de la Viuda de Concha y Sierra, se acartelaron Curro Caro, Manolete y Pepín Martín Vázquez

La corrida, a pesar de ser la plaza una de tercera categoría, inaugurada en 1872, con cinco mil localidades, de acuerdo con los pesos en canal de los toros dados a la prensa, promedió en vivo alrededor de 462 kilos, lo que significa que tuvo edad. 

La relación de la corrida que contienen los diarios madrileños, proporcionada por la agencia Cifra del festejo, es de la siguiente guisa:

VALDEPEÑAS 8. – Corrida de feria. Seis toros de Concha y Sierra para Curro Caro, Manolete y Pepín Martín Vázquez. – Primero. – Curro Caro y Pepín, aplaudidos en quites. Bien pareado. Curro Caro empieza la faena sentado en el estribo; dos pases de rodillas, naturales y de picho, media delantera y descabello. (Ovación y petición de oreja). – Segundo. – Manolete le da unos lances que remata con media verónica. (Ovación.) El toro es castigado en varas. Manolete realiza una gran faena, iniciada con ayudados por alto, seguidos de naturales, molinetes y manoletinas. (Ovación y música.) Una estocada superior, de la que rueda el astado. (Clamorosa ovación, dos orejas, rabo, que rechaza, el diestro; vuelta al ruedo, con devolución de prendas y salida a los medios). – Tercero. – Pepín es aplaudido con el capote. A consecuencia del castigo sufrido llega el toro muy quedado a la suerte final. Faena breve de Pepín Martín Vázquez, en la que destacan dos molinetes con derroche de valor. Media estocada. (Aplausos clamorosos.) El toro es pitado «n el arrastre. Se renuevan los aplausos al matador. – Cuarto. – Curro Caro hace una faena corta, dado el mal estado del bicho. Un. pinchazo, una delantera hasta el puño, de la que rueda el toro sin puntilla. (Palmas y algunas protestas por la brevedad). -  Quinto. – Manolete es aplaudido con la capa. Ei público abronca a los piqueros por el excesivo castigo que dan al toro. Manolete con la muleta es nuevamente aplaudido al dar dos soberbios ayudados y dos redondos. Coloca una estocada y remata el puntillero. (División de opiniones). – Sexto. – Cojea de la pata izquierda. Pepín lo recoge con la capa y le da tres verónicas que se jalean. Al quitar por chicuelinas recibe una gran ovación. Pepín empieza la faena con dos soberbios estatuarios que ponen al público en pie. Sigue por naturales, y al dar el segundo es volteado, resultando cogido; en brazos de las asistencias pasa a la enfermería, donde, el doctor Izarra procede seguidamente a operarle. Curro Caro despacha al bicho de dos medias estocadas. Pesos de los toros: 267, 260, 280, 275, 279 y 301 kilogramos, respectivamente.

La información, como podemos ver, es escueta, simplemente se limita a relatar con brevedad los sucesos del festejo, sin mayor análisis sobre los sucesos del ruedo, aunque el torero, casi medio siglo después, le relató lo siguiente a Alfonso Carlos Sáiz Valdivielso:

Estaba toreando con la izquierda. En el centro de la suerte el toro se desentendió de la muleta y me metió el pitón por la ingle. Sentí como una llamarada de fuego que me subía hasta el vientre. Cuando me incorporé, me vi inundado de sangre. Al llegar a la enfermería los dolores eran espantosos, tanto que pedí al médico que me anestesiara pronto, porque no quería conservar la sensación de dolor... El dolor, el recuerdo del dolor, es lo que de verdad nos quita el tipo a los toreros…

Los toreros, en activo o en el retiro, pocas veces quieren hablar de las sensaciones que les producen sus percances.

Los partes facultativos y un Buick azul por la carretera

La brevísima relación de agencia, señala que Pepín Martín Vázquez pasó a la enfermería para ser intervenido por el doctor Izarra, quien, al concluir su labor, rindió el siguiente parte:

Durante la lidia del sexto toro ingresó en la enfermería de la plaza el matador de toros Pepín Martin Vázquez, que padece herida producida por asta de toro en el tercio medio del muslo izquierdo cara anteroizquierda con gran dilaceración muscular, contusión intonsa de paquete vascular nervioso en un trayecto de diez centímetros y fuerte hemorragia. Pronóstico muy grave. Firmado: doctor Izarra.

Advertido Manolete de la gravedad de Pepín, dispuso de inmediato que se le trasladara en su automóvil a Madrid para que le atendiera el doctor Jiménez Guinea. Y en el Buick azul se montaron el Monstruo, Camará, el doctor Izarra, el chofer y el torero herido, para hacer el recorrido de alrededor de 250 kilómetros, los que, se pensó en su día, eran la diferencia entre el sobrevivir o no para Pepín Martín Vázquez.

Alrededor de las 11 de la noche fue ingresado en el Sanatorio de Toreros de Madrid y allí fue examinado por Jiménez Guinea, quien determinó intervenirle de nueva cuenta y posteriormente se rindió un nuevo parte médico:

En la noche de hoy ha ingresado este Sanatorio el matador de toros Pepín Martin Vázquez, lesionado en la corrida celebrada en Valdepeñas, sufriendo una herida por asta de toro situada en el tercio medio de la cara anterointerna del muslo izquierdo. Interesa piel, tejido celular y aponeurosis, con una trayectoria dirigida hacia arriba, afuera y hacia atrás, de unos 25 centímetros, que produce grandes destrozos en los músculos abductores, desgarra la vaina de los vasos femorales, contundiendo fuertemente la arteria y la vena en una extensión aproximada de ocho centímetros, terminando al nivel de la línea áspera del fémur. Pronóstico muy grave. Doctor Jiménez Guinea.

La descripción de las lesiones hecha por Jiménez Guinea es más prolija y descriptiva de las zonas anatómicas afectadas por el cuerno del toro de Concha y Sierra, pero también es clara en un punto muy importante, el sangrado estaba debidamente controlado.

La larga recuperación del torero

Pocos días después de su ingreso al Sanatorio de Toreros, Pepín Martín Vázquez fue entrevistado por Pilar Yvars para el semanario El Ruedo, y entre otras cosas comentó lo siguiente:

Lo he pasado muy mal. Pero lo de la cornada parece que ya no ofrece peligro. Ahora me duelen los brazos, por causa de las inyecciones que me han dado para calmarme y que pudiera dormir. Y persiste el dolor en el pie. Más que la herida misma, me ha dolido la parte inferior de la pierna, de la rodilla hasta el pie... Por causa de ella pierdo veintiuna corridas que tenía aún que dar esta temporada. Pero, bueno... Ya surgirán nuevos contratos... En cuanto esté restablecido. Mientras me encuentre en el campo no dejaré de torear. No hay que desentrenarse. Mi mayor deseo es estar pronto bien del todo para seguir, como hasta ahora, enfrentándome con los toros...

Refería a la entrevistadora dolor en la parte inferior de la pierna herida y su hermano Rafael, que le acompañaba allí, comentaba que con esa extremidad cayó cuando lo soltó el toro que lo hirió. Quizás llevaba también alguna lesión ósea o articular no revelada en los partes, porque al final de cuentas, la reaparición de Pepín Martín Vázquez se vino a dar hasta el 9 de mayo de 1948, en Barcelona, es decir, nueve meses después del percance, tiempo en el que, además de prepararse en el campo para la reaparición, participó en la filmación de la película Currito de la Cruz, dirigida por Luis Lucía, cuyo guion se derivaba de la novela de Alejandro Pérez Lugín.

Pero ya los toros no serían lo mismo para Pepín Martín Vázquez. En 1949 otra cornada, ésta sufrida en Peñaranda de Bracamonte y una más, al año siguiente en Lima, le harían saber que era hora de rectificar el camino. Y en 1952 decidió cumplir con los compromisos más próximos y con su temporada americana, teniendo su tarde postrera en Caracas el 23 de febrero de 1953. 

Aunque en el tiempo inmediatamente posterior a lo de Valdepeñas sonaba optimista, me da la impresión de que las secuelas anímicas de esa cornada, nunca terminó de superarlas y por eso dejó inacabada la transformación que prometía para la forma de hacer el toreo. Una vez que dejó los ruedos, también dejó los ambientes cercanos a ellos, retirándose a una vida auténticamente privada y familiar.

El prólogo de una temporada de sangre

Cuando se revisa el 1947 taurino, generalmente se hace referencia a las tragedias ocurridas en Linares, el 28 de agosto; en Vila Viçosa, Portugal, el 15 de septiembre y en la Ciudad de México el 28 de ese mismo mes de septiembre. Y las tres tienen nombre propio: Manolete, Carnicerito de México y Joselillo. Han trascendido porque, como lo ha escrito el Padre Ramón Cue, son la prueba fehaciente de que el toreo es un juego de tres, del toro, del torero y de la muerte. 

Pero esa sucesión de percances a los que don Carlos Septién García escribiera su Martirologio de 1947 tuvo su prólogo escrito también con la sangre de un torero, que por no ser su destino morir en la plaza, pudo sobrevivir y percatarse de la dura realidad que importa el jugarse la vida en los ruedos, y creo que es de justicia, que cuando se hable de las penas causadas por las astas de los toros en ese particular calendario, se debe poner por delante, la de esa tarde del 8 de agosto, en Valdepeñas, porque allí se comenzó a escribir la historia trágica de 1947.

domingo, 11 de enero de 2026

10 de enero de 1943: La ganadería de Matancillas lidia su primera corrida de toros en El Toreo de la Condesa

Imagen: Luis Reynoso - La Lidia
La primera vez que se lidió un encierro a nombre de Matancillas en El Toreo de la Condesa, fue el 15 de agosto de 1926. Fue una novillada, anunciada como fracción de La Punta, que enfrentaron Julián Rodarte, Edmundo Maldonado Tato y Fermín Espinosa Armillita Chico. El encierro se anunció como de cruza española de Parladé, aunque en realidad, en el lote iban novillos que procedían de los ganados que originalmente se adquirieron de San Nicolás Peralta, eso sí, cruzados con el toro Pinchasapos de Parladé y probablemente algunos otros de lo que de origen San Mateo hubo en esa casa ganadera. También habrá que señalar que todos iban marcados con el hierro de La Punta.

Tras de esa presentación, la base genética de La Punta cambió, los hermanos Francisco y José C. Madrazo optaron por criar toros del encaste Parladé, vía las importaciones que hicieron de vacas y sementales de Campos Varela y Gamero Cívico.

A finales de los años 30 Matancillas comienza a comparecer en las plazas ya con hierro y divisa propios, en 1939 lidia en diversas plazas de provincia una camada completa de corridas de toros para promover a Conchita Cintrón quien regularmente compartía cartel con Jesús Solórzano y Alberto Balderas. Particularmente he encontrado carteles anunciando corridas de Matancillas en Tepatitlán el 24 de diciembre de ese 1939, la que sirvió de presentación a la ganadería aquí en Aguascalientes el 1º de enero de 1940, ambas con un mano a mano entre El Rey del Temple y El Torero de México, y entre ese 1939 y 1943, envía 15 novilladas a Guadalajara, presentando en El Progreso su primera corrida de toros el día de Navidad de ese último año.

Matancillas dejaría formalmente de ser fracción de La Punta en 1942, al inscribir en la Unión de Criadores su propio hierro y divisa. Cuenta doña María Luisa Solórzano:

Los hermanos Madrazo escogieron la divisa color oro, gris y rojo, y el hierro es como una flor de lis con círculo. Cuando formaron la ganadería de Matancillas, en 1942, escogieron el mismo hierro, pero sin el círculo, y los colores verde y negro para la divisa…

Volvería, ya con ese hierro y divisa al coso de la colonia Condesa el 30 de agosto de 1942, cuando presentó una novillada para Rutilo Morales, Rafael Osorno y Luis Briones. Fue la tarde de la inolvidable faena al novillo Mañico realizada por Osorno, que ha quedado como ejemplo de lo que es una gran faena para un aspirante a ser matador de toros, junto con apenas un puñado más de ellas.

Con ese andar quedaba preparado el camino para que los hermanos Francisco y José C. Madrazo se presentaran en la entonces principal plaza de toros de la República con una corrida de toros.

La séptima corrida de la temporada 1942 – 43

Estamos situados en la penúltima temporada antes del restablecimiento de las relaciones taurinas hispano - mexicanas, así que los toreros actuantes ese día 10 de enero del 43 eran todos nacionales, fueron Jesús Solórzano, Lorenzo Garza y Carlos Arruza, quienes se encargarían de dar cuenta de un encierro de la ganadería debutante de Matancillas, propiedad de los señores Francisco y José C. Madrazo, vecinos de Lagos de Moreno, Jalisco.

Creo importante resaltar aquí que en diversas publicaciones se señala que la fecha de la presentación de la ganadería de Matancillas en El Toreo es la del 10 de octubre de 1942. Ese dato es inexacto por una razón evidente: ese día no hubo toros en la capital mexicana. La fecha de su presentación con una corrida de toros es la de este festejo que hoy me ocupa.

No fue una tarde afortunada para la ganadería jalisciense, dado que, de los seis toros enviados, uno, el cuarto de la corrida fue devuelto tras de ser ruidosamente protestado por la concurrencia y otro no superó el reconocimiento y también fue sustituido. Al final se corrieron solo cuatro de los anunciados, uno de Zacatepec y otro de Piedras Negras.

La crítica no fue muy comedida con los ganaderos, sobre todo, porque el domingo anterior también se jugó un encierro muy terciado de Torrecilla, lo que tenía encrespados los ánimos de los escribidores y de la afición. Refiere a este respecto Roque Armando Sosa Ferreyro Don Tancredo, en su crónica publicada en el semanario La Lidia:

Matancillas – segunda edición de La Punta – vino a hacer el ridículo, y en la tarde en que se corrieron por vez primera sus reses en “El Toreo” con el cartel de ganadería de primera clase. Este fracaso revela falta de escrúpulos en los ganaderos señores Madrazo, y desprecio absoluto a la afición metropolitana, con la agravante del antecedente que debieron tener en cuenta como advertencia: el caso Torrecilla... Si los señores Madrazo enviaron semejantes cornúpetas para la presentación de su ganadería como de cartel, es lógico deducir que estos ejemplares fueron los mejores que tenían... Y es forzoso consignar que demostraron tener muy poca consideración para el público metropolitano y que no les preocupa gran cosa el prestigio de su divisa ni su buen nombre como ganaderos...

En párrafos siguientes Don Tancredo intenta reiterar la existencia de un añejo conflicto entre los señores Madrazo y don Antonio Llaguno y que, con esta corrida, los primeros perdieron la oportunidad de una revancha, aunque sin dejar de señalar – de manera justificativa – que los toros de Torrecilla no son corpulentos, pero sí ejemplares de bravura y nobleza extraordinaria, verdaderos toros de bandera...

Y para rematar, sabiendo que Jesús Solórzano estaba emparentado con los ganaderos de la tarde, lo acusa de ser el responsable de la mala entrada de la tarde y de ser un torero fatigado, viejo y en consecuencia, sin posibilidad de poder con los toros. Pero pese a la mala tarde que tuvo ese particular domingo El Rey del Temple, la corrida terminó en son de triunfo, como enseguida podremos ver.

La poderosa muleta de Lorenzo Garza

El quinto toro de la corrida fue de Piedras Negras, herrado con el número 51 y sin que se le anunciara nombre en el cartelillo, fue cárdeno bragado y aunque aparentemente se acabó las fuerzas ante los picadores, se avivó en banderillas y permitió que El Magnífico le hiciera una interesante faena. Sigue contando Don Tancredo:

Este toro anónimo de Piedras Negras sirvió de pedestal al torero de Monterrey para levantar un monumento a su muleta. Lorenzo hizo una gran faena no porque el toro se prestase a ella, sino a pesar del toro. El trasteo de Garza, que tuvo el secreto de su portentoso aguante, cobró relieves de intensa emoción y plasticidad, con un dominio, un mando y un señorío únicos. El arte incomparable de este muletero de maravilla hizo el milagro de bordar una de las faenas más meritorias de los últimos años, y en ella vimos derechazos estupendos, un monumental pase de costado, naturales garcistas y toreo de rodillas en que destacó un imponente pase de pecho, mientras la música tocaba en honor de este maestro y artista que tarde a tarde se hace aplaudir con el mismo celo de gloria que un novillero ansioso de llegar a la cumbre. Finalizó su trasteo con un pinchazo en lo alto y media estocada que hizo rodar al de Piedras Negras, ganándose una cálida y prolongada ovación, dianas y vuelta al ruedo, en premio a su torerismo, su arte y su maestría...

Lorenzo Garza había anunciado al inicio de la campaña que esta sería la de su despedida de los ruedos. En una extensa entrevista que concedió a don Carlos Septién García, El Tío Carlos para el diario El Universal de la Ciudad de México, explicó sus motivos y dejó en claro que era para él, el momento de dejar de vestir el terno de luces.

La torera alegría de Carlos Arruza

El citado Carlos Septién García dedicó su crónica en el semanario La Nación, firmando como El Quinto, principalmente, al hacer de Carlos Arruza, a quien calificó como un torero alegre. Quien posteriormente sería conocido como el Ciclón Mexicano, también tuvo una tarde afortunada, aún sin el corte de orejas, con la faena realizada al sexto de la función, Caminero de Matancillas. Refiere el cronista queretano:

La solemnidad es un disimulo molesto y egoísta. Es una camisa blanca y dura puesta para ocultar ineptitudes y deficiencias. La alegría, por el contrario, es atributo de la integridad. Cuando se es cabal: cuando nada se teme; cuando se tiene suficiente equilibrio interno, se es alegre... el ver a un hombre que enfrenta problemas arduos con llaneza y gusto, con claridad y alegría, es uno de los más deliciosos espectáculos humanos... Porque es el triunfo de la naturalidad: lo mismo en la vida que en los toros... Y justamente lo que hemos contemplado hoy es la alegría taurina encarnada en Carlos Arruza. Alegría con la capa, con las banderillas, con la muleta. Júbilo desbordante que ha ahuyentado de la plaza hasta el menor sentido de solemnidad o de tragedia para inundarnos con el sabor de una manzanilla de ámbar madurada en México. Verónicas finas, bajas, ceñidas, pero hechas con ese sentido adolescente de lo repentino, de la ocurrencia. Gaoneras a la española unas, levantando los pies sobre la punta; a la mexicana otras, con las plantas asentadas... Tapatías de un ritmo tan juguetón y tan desenfadado como cuando el chamaco de la esquina es quien la hace de toro... Pero donde la alegría de este torero ha alcanzado expresiones de repique de sábado de gloria, ha sido en esos muletazos lasernistas de hinojos que dio a su último toro... Porque como alegría auténtica, ésta de Carlos Arruza es sana y limpia. No en detrimento del señorío de su toreo... Al recinto de nuestra torería ha llegado un torero alegre. Y ya no todo serán dramas pavorosos, ni rabias voluntariosas, ni entumecimientos congestionados. Tendremos sol de Sevilla, repiqueteo de castañuelas, travesura y gozo de España...

Como hasta aquí podemos ver, no todo triunfo es el resultado de cortar orejas por carretadas. A Carlos Arruza se lo llevaron en hombros al final de la corrida después de que pudo despachar a Caminero hasta el cuarto intento con la espada. 

Bien lo dijo Manolo Martínez ya hace algunos ayeres, los apéndices son meros retazos de toro, lo que vale, es lo que se queda en el sentimiento y la memoria de la afición.

Hasta la próxima semana.

lunes, 22 de marzo de 2021

Maximino Ávila Camacho: fallido criador de toros de lidia (II/II)

Maximino Ávila Camacho
La reaparición en El Toreo

Quizás no estando conforme con el resultado obtenido, el general Ávila Camacho regresó a la plaza de la Condesa de la forma en la que debió haber empezado: con una novillada. Esto ocurrió el domingo 1º de agosto de 1943. Sus toros se anunciaron de nuevo para ser lidiados por Juan Estrada, Luis Procuna y Félix Briones. En este caso, la prensa local sí reflejó los sucesos ocurridos y en crónica de agencia aparecida al día siguiente en el diario El Informador de Guadalajara, entre otras cosas, se relata esto:

En la plaza de toros de “El Toreo” se registró esta tarde un enorme escándalo, por la mansedumbre de los novillos de “El Rodeo” que se lidiaron.

El público indignado comenzó a lanzarles cojines y acabó arrojando los anuncios comerciales que están alrededor de la Plaza hacia el ruedo.

Juan Estrada escuchó aplaudir la valentía de la que hizo gala ante sus dos enemigos.

Luis Procuna fracasó en su turno, siendo silbado y estuvo pésimo en su segundo, matándolo sin apenas intentar dar un pase solamente, siendo similar la labor de Félix Briones.

El sexto toro murió rodeado de espectadores que se tiraron al ruedo originándose el mayor escándalo que se ha visto en esta Plaza de mucho tiempo a la fecha.

Cuando Briones le había colocado la estocada cayendo el toro al parecer muerto, el público rodeó al bicho, pero éste se levantó organizándose verdaderas carreras en el ruedo, pero al ver la insignificancia del bicho, varios espectadores lo derribaron, acabando de morir.

La narración es ilustrativa, pero benévola, porque el público no solamente se tiró al ruedo, sino que prendió fuego al cadáver del lidiado en último lugar – octavo que salió de toriles – según nos cuenta Guillermo Ernesto Padilla:

La novillada efectuada el domingo 1º de agosto pasó a los anales taurinos, no por triunfal, sino por el escándalo que provocaron las pésimas condiciones del encierro de “El Rodeo” lidiado aquella tarde. Hubo fogatas, cojines, destrucción de anuncios e incineración de un toro en pleno ruedo al compás de la “danza del fuego”.

En medio de aquel caótico ambiente actuaron Juan Estrada, Luis Procuna y Félix Briones, quienes derrocharon mucha voluntad frente a tales alimañas, y si Estrada se hizo aclamar, fue ante un sustituto de Santín con el que el queretano estuvo hecho un torero…

Pero la narración más completa del hecho la hace don Carlos Septién García, quien firmando como Quinto, en el semanario La Nación, fechado el mismo día del festejo, escribe lo que, es más que una crónica, una proclama del pueblo llano de México señalando los comportamientos reprochables del general Ávila Camacho. La tituló El Castaño Expiatorio y el clásico texto dice a la letra:

Mi general:

¿Se acuerda usted de mí? Fui en vida aquel castaño que nació en las dehesas de El Rodeo hace cerca de tres años. Ese mismo que el domingo encontró la muerte más indecorosa que toro alguno haya encontrado en un ruedo: la muerte por barbacoa.

Sí mi general. Reconozco que mi físico no era precisamente gallardo y que mi bravura no era cosa de bandera. Pero usted bien sabe que todo ello no fue nunca culpa mía. ¿Cómo iba yo, uno de tantos seres insignificantes que en torno de usted viven, cómo iba yo, repito, a pedirle que sacrificara alguna de sus múltiples ocupaciones en beneficio de los pupilos de El Rodeo? ¿Quién era yo para dirigirme a usted con semejante súplica? Pasábamos hambres, mi general. Nos faltaban frecuentemente el pasto y el grano. Allá en los potreros teníamos que hacer largas colas frente a las bateas del alimento con objeto de poder lograr alguna cosa para el diario sustento. Hacer cola, mi general, significa hacer paciencia.

Es decir, perder bravura. Y la falta de maíz no es el método más adecuado para lucir un hermoso trapío. Le confieso que muchas veces pensamos mis hermanos y yo, en dirigirnos a usted para hacerle conocer tan dura situación: nos animaba a ello el conocimiento que teníamos de su afición desmedida. Pero luego, prudentes, recapacitábamos pensando que también hay una jerarquía de las aficiones. Y que por sobre la de los toros están las más sagradas aficiones a los negocios públicos y al cumplimiento de los deberes que un poderío siempre creciente significa y exige. Porque en fin de cuentas -y a cuentas hay que reducirlo todo porque usted conoce las miserias de la humana naturaleza- ¿qué éramos nosotros, Pobres seres de a mil cien pesos por cabeza, ¿en comparación – digamos – con un edificio de dos millones?

Esto explica nuestra lamentable presencia en el coso de El Toreo, el domingo último. Le confieso que todos mis hermanos y yo, que fui el último, salimos al ruedo muertos de vergüenza por nuestra propia endeblez. Aunque también – allá en el fondo – cosas de nuestra política de las que uno se contagia alentábamos la vaga esperanza de, que de algo nos serviría la influencia poderosa y omnipresente que en la fiesta de toros ha hecho medio retirarse a Armillita, arreglar el conflicto y regalar, una tarde sí y otra también, hermanos de raza.

Pero he aquí lo duro del caso, mi general.  Nuestra esperanza se fue desvaneciendo velozmente en cuanto cada uno de nosotros asomaba la cara por la puerta de toriles la influencia fue estrictamente al revés. Rodaba sobre nuestros lomos el torrente de los silbidos; caía sobre nuestros testuces el baldón de los cojines; chisporroteaba en los tendidos el fuego de las luminarias de protesta. Por más miradas desconcertantes que lanzábamos al palco de la empresa, no recibíamos ninguna indicación alentadora. El desquiciamiento de nuestra moral vino al fin, corno terremoto, en cuanto pudimos percatarnos de que las vociferaciones unánimes del tendido eran precisamente en contra del ganadero.

Cuando la turba se lanzó al ruedo para asesinarme y sepultarme bajo un aluvión de cojines; cuando la multitud prendió fuego a ese túmulo monstruoso, y miles de gentes, cogidas de la mano, danzaban en torno mío aquella jubilosa danza ritual del fuego, entendí de súbito muchas cuestiones. Era tarde, claro está. Pero antes de hundirme en el desquiciamiento de la barbacoa, pude escuchar y sentir muchas cosas que allí se proferían a gritos. Y comprendí que yo, mi general, no era un toro sino un chivo expiatorio. Que era, digamos, algo así como lo que fuera entre los burócratas ese pobre Trotsky que murió durante el asalto a la federación de empleados. Que, en fin, yo moría entre torturas en aras de mi general. Porque aquella gente protestaba por la carestía, renegaba de las colas y hablaba de vengar en mí no sé qué terribles agravios que hasta la fecha, por lo visto habían venido soportando

Y lo que yo pido frente a eso es una aclaración, esa sí verdaderamente importante y justiciera, que salve nuestro decoro y valorice nuestro martirio. La Empresa debe mandar publicar algo que diga más o menos así:

“La Empresa de El Toreo, ante el injusto sacrificio de que fue víctima el sexto toro de la corrida del domingo y las también injustas protestas de que fueron objeto los anteriores bureles corridos esa tarde, aclara que los toros de El Rodeo no poseen doscientos trajes de diversos colores, ni han comprado edificios de varios millones de pesos, ni son elementos que hayan tiranizado a toreros, ganaderos y empresarios de la fiesta de toros, ni son tampoco los que han protegido la reventa. Mucho menos, dichos bureles son los causantes de la carestía de la vida, ni tampoco se han enriquecido desmesuradamente al amparo de alguna situación de emergencia que haya habido en las dehesas. Ninguno de ellos tuvo durante su existencia aspiraciones de sultán criollo, ni ofendió a nadie con exhibiciones deslumbrantes de lujo o de riqueza. Por todo lo cual, esperamos que el público comprenda la injusticia cometida con esos pobres bureles tatemados o acojinados el domingo en tan violenta forma”.

Y esto mi general, salva nuestro decoro y nos coloca en el debido papel de mártires inocentes que la existencia nos obligó a jugar. Fuimos un símbolo de oprobio, pero usted sabe bien que éramos inmaculados. En mi la gente incineró que sé yo cuántas piezas de casimir inglés y cuántos automóviles de los que nunca disfruté. Y como en los tiempos de la Inquisición, hubo allí una quema habiéndome correspondido en ella el doloroso papel de efigie.

Espero y confío, mi general, en que se nos haga justicia.  Es lo único que le pide este humildísimo servidor que jura – para un remoto caso de reencarnación – no volver a nacer en El Rodeo. Ni, probablemente, en todo Puebla.

En conclusión

En más de una oportunidad he dejado escrito por aquí que las plazas de toros son los escenarios más democráticos que existen. Ese 1º de agosto de 1943 el pueblo expresó su sentir acerca de muchas cosas que sucedían en los confines de la tauromaquia mexicana y también fuera de ella. Quizás la forma de hacerlo no fue la más comedida, pero todo tiene un límite y como dice don Carlos Septién en su relación – misiva, lo que fue hacer paciencia, mansedumbre… para los toros, en las personas provocó una reacción en sentido contrario.

Maximino Ávila Camacho, hasta donde pude encontrar datos, no volvió a lidiar toros en una plaza a su nombre o bajo la denominación de El Rodeo después de ese día. Leí en alguna parte, que la simiente que le proporcionó don Antonio Llaguno, fue debidamente devuelta a su lugar de origen, donde sería mejor aprovechada. 

Entiendo, sí, que del general hay muchas más cosas de las que se puede hablar, desagradables las más, pero no olvidemos que él fue quien movió los hilos necesarios – sobre todo los políticos – para que las relaciones taurinas entre España y México se reanudaran y pudiera presentarse aquí, entre otros, Manolete. Ese es un mérito que es principalmente suyo y nadie se lo podrá quitar.

Sic transit gloria mundi… 

domingo, 13 de diciembre de 2020

El gozo del toreo al natural...

13 de diciembre de 1942: David Liceaga y Zamorano de San Mateo

David Liceaga, foto: Orduña
Tomada "prestada" de: Toro, torero y afición

La temporada 1942 – 43 fue quizás la cumbre de lo que se ha dado en llamar la independencia taurina de México posterior a la ruptura de las relaciones con la torería española en mayo de 1936. Es el ciclo capitalino en el que se escribieron grandes páginas de la historia taurina mexicana y en el que quedó preparado el terreno para la reanudación de ese intercambio con la Península. Armillita se mostró poderoso con Pichirichi de Zacatepec y artista con Clarinero de Pastejé; Silverio remontó el toreo a lo onírico con Tanguito y nos dejó también la obra de Cocotero de Torrecilla; Pepe Ortiz, en una tarde de inspiración bordó para la posteridad el Quite de Oro y David Liceaga recordó que allí estaba para lo que hubiera menester con Bonfante de Xajay.

Pero este día y parafraseando un feliz título de mi amigo Horacio Reiba, voy a recordar en su aniversario otra de las grandes tardes de esa temporada. Una tarde en la que Lorenzo Garza, Silverio Pérez y David Liceaga enfrentaron, según las crónicas, un extraordinario encierro de don Antonio Llaguno. Esa tarde el que estaba designado a ser el convidado de piedra fue el que salió de la plaza en volandas. Garza y Silverio, al decir de las relaciones del festejo, realizaron también grandes obras, pero no las culminaron con la espada, como decía el Tesoro de la Isla, Rafael Ortega, escribieron la carta, pero no la firmaron, no fue suya y por ende, agrego yo, el gran triunfo tampoco.

David Liceaga y Zamorano de San Mateo

Decía que David Liceaga era una especie de convidado de piedra en ese cartel. Y es que, aunque había ganado la Oreja de Oro en 1931 y tenido actuaciones triunfales en años posteriores, se le había ido relegando a las corridas económicas en las temporadas primaverales que se organizaban en El Toreo en aquellas calendas. La fuerza con la que arrancaron ese domingo sus alternantes no lo arredró, salió a darlo todo. La prolija crónica de Don Tancredo publicada en el número 4 del semanario La Lidia del 18 de diciembre de 1942, relata con emoción su actuación y de ella recojo algunos pasajes:

…Corrida de verdadera prueba para Liceaga fue la del 13 de diciembre de 1942, porque salía a la sombra de Garza y de Silverio alternantes que están en el mejor momento de su carrera taurina y que tienen con que borrar a cualquiera... menos a David Liceaga, que reverdeció sus laureles, que no solo hizo un papel decoroso al lado de los ases, sino que estuvo en el mismo plano que ellos y además los superó con la espada y por ello cortó los apéndices del bravo y noble “Zamorano”.

Después de las grandes faenas de Garza y Silverio con los toros que se lidiaron en primero y segundo turnos, ¿qué podría hacer David? Con ímpetu juvenil, decidido a colocarse de una vez en el lugar que le corresponde, toreando con gran valor y con finura, con sabor y con elegancia, con gracia y alegría, Liceaga hizo que el público se le entregara; primero con dos cambios de rodillas; luego con verónicas en las que vimos los tres tiempos de cada lance y media monumental como remate; y después un gran quite por gaoneras estatuarias, ganándose la simpatía, los aplausos y la admiración general.

Y con las banderillas, tercio en el que es el amo, hizo derroche de valor, de facultades y de alegría, obligando a la música a tocar en su honor. Inició su epopeya de gran rehiletero con un par al quiebro en las tablas, tan comprometido y sin salida, que nadie creyó pudiera salir limpio de la suerte. Fue algo pocas veces visto, por la auténtica exposición del torero, por lo cerrado que estaba el toro, porque era un par que solo podría intentarlo un suicida, un loco o un maestro de los garapullos como David Liceaga. Después, adornándose con un vistoso galleo, clava el segundo para cambiando el viaje para cuartear en la propia cara y repite el adorno del galleo con vistosa vuelta para dejar los palos en lo alteo y finalizar con carreras de frente y de espaldas, encelando al maravilloso toro de bandera, “Zamorano”, que cubrió de gloria el prestigio de la ganadería de San Mateo.

Con la muleta en la mano izquierda inició David la faena de la reconquista, y toreó por alto y al natural, como en las tardes en que se reveló como un astro del toreo, como en la corrida que le valiera la Oreja de Oro en 1931. Siguió con la derecha corriendo la mano, templando como un maestro, y engranó pases de costado, lasernistas, afarolados, de la firma, de pecho, cambios de muleta por la espalda, todos con un colorido y una luminosidad de solera sevillana, muy mandón y muy alegre, adornos oportunos, con gracia, con arte... Y como digno remate de su hazaña, un estoconazo en que dio el pecho – no el hombro, que así no se matan los toros – y salió rebotado por cómo se entregó al clavar la tizona, y el toro de bandera rodó sin puntilla a los pies de Liceaga, que por unánime petición de la parroquia fue premiado con las orejas y el rabo de “Zamorano”, cuyos despojos se pasearon triunfalmente por la arena, mientras su criador, don Antonio Llaguno y su matador recorrían el ruedo devolviendo sombreros y agradeciendo las palmas al compás de la torerísima marcha “Zacatecas”. En este homenaje también compartieron las ovaciones Lorenzo y Silverio por sus imponentes quites, dando la vuelta al anillo con David y el ganadero de los grandes éxitos…

La manida frase de que David Liceaga puso en esta faena, alma, vida y corazón, viene al caso. Se entregó como hombre y como torero y sin que las importantes actuaciones de sus alternantes le redujeran el ánimo, salió a hacer lo suyo y a aprovechar a cabalidad al gran toro que el sorteo le deparó.

Pero no todo fueron halagos. Don Carlos Septién le vio de otra manera. Su crónica epistolar, publicada en el semanario La Nación, bajo el seudónimo de El Quinto, hace una analogía del festejo con la construcción de una columna salomónica, en la que Garza y Silverio son el fuste, la basa y el capitel – sobre todo el fuste – y David Liceaga

…Lo que Liceaga puso en las columnas fueron las flores y los frutos que adornan los paños desnudos que va dejando la espiral de cantera. Alegró los espacios con júbilo de banderillas y decoró los claros con valor indomable. No es posible recordar detalles porque sería excesivo pedirle a él tales cosas. Su obra fue un conjunto feliz de facultades y esfuerzo: tarea de ágil decorado indispensable…

Eso es lo que escasamente concede El Quinto a lo que la historia ha considerado como una de las grandes obras de David Liceaga. Cuestión de gustos y de pareceres, sin duda alguna.

El resto del festejo

Tanto Roque Armando Sosa Ferreyro Don Tancredo, como Carlos Septién García, firmando en esta ocasión como El Quinto, coinciden en que en los toros primero Colombiano y Divertido segundo de la tarde Lorenzo Garza y Silverio PérezDon Tancredo llama Papa al texcocano – estuvieron magníficos toreando y desastrosos con la espada. Afirma Septién:

Con menos facultades que antes, con menos poderío que en su época de gloria, Lorenzo Garza ha llegado en lo interno a su madurez artística. Y lo que se ha perdido en voluntad, se ha ganado en belleza… Si Lorenzo imprimió el tono e hizo nacer en el centro del ruedo la voluta del goce, Silverio la llevó a sus más altas posibilidades. En su primera faena, con ese toque de arrebato y con esas pinceladas que son como jirones temblorosos de un genio que no conoce límites de línea ni fronteras de perfil depurado. Nada tiene que hacer con la filigrana y la línea perfecta el choque humanamente bello de la sombra que es la angustia creadora y la luz que es la creación. Claridad y tiniebla se penetran y se apartan mutuamente en un absurdo encuentro amoroso; y hay por ello dolor y goce de alumbramiento en cada muletazo de Silverio. Si Garza es el drama de la voluntad, Pérez es el drama del alma… Y Silverio no cortó orejas, pero fue el más alto triunfador. Posiblemente porque la exaltación de los humildes es una promesa de la doctrina cristiana…

Los toros de San Mateo

Por su orden de salida se llamaron Colombiano, número 7; Divertido, número 19; Zamorano, número 33; Manzanito, número 14; Mosquetero, número 68 y Sardinero, número 11.

Acerca de Zamorano, en el referido ejemplar de La Lidia, quien firma como El Resucitado, analiza:

Zamorano. – Marcado con el número 33, negro, bragado, listón de pinta, descarado, abierto y vuelto de pitones y caribello, enchiquerado en cuarto lugar, fue el tercero de la tarde. Desde su salida mostró claramente su perfecto estilo de embestir pues aceptó magníficamente dos cambios de rodillas, y luego se dejó lancear a la verónica, ya en las tablas, ya en el tercio. Recibió tres puyazos arrancándose de largo con gran codicia, metiendo la cabeza abajo y empujando al caballo sin despegarse de él en la pelea. Dio un formidable tumbo; permitió tres largos y lucidos quites, el último de ellos por lances naturales, doblando, lo que no restó un ápice a sus excelentes condiciones de lidia.

En banderillas siguió demostrando su docilidad y nobleza, pues tanto en el primer par, que fue quebrado al hilo de las tablas, como en los que le siguieron con los terrenos cambiados, el toro hizo la reunión a la perfección, sin hacer un extraño al torero. Fue toreado largamente de muleta con pases por arriba y por abajo, con la derecha e izquierda, sin que nunca hubiese hecho un extraño que demostrara haber aprendido algo con la larga lidia de que fue objeto. No era un borrego, sabía para qué traía los pitones y prueba de ello fue el achuchón que dio al matador durante el trasteo, y la zarandeada cuando éste se quedó en la cara al entrar a matar. Justamente se le dio la vuelta al ruedo y el ganadero hizo su aparición...

Lanfranchi afirma que solamente se dio la vuelta al ruedo a Zamorano, pero que a su juicio, algunos más del encierro merecieron también tal honor.

Para concluir

En suma, aquí dejo este recuerdo de lo que las crónicas refieren que fue una redonda tarde de toros y de toreros, independientemente de los apéndices que se hayan cortado, espero resulte de su interés.

Aviso parroquial: El resaltado en la transcripción de la crónica de Don Tancredo es imputable exclusivamente a este amanuense, pues no obra así en su respectivo original.

domingo, 15 de noviembre de 2020

En el centenario de Carlos Arruza (XV)

16 de noviembre de 1952: Arruza y Bardobián de Zacatepec


La temporada 1952 – 53 en la Plaza México fue el refrendo de la reanudación de las relaciones taurinas entre España y México lograda el año anterior. En los dieciocho festejos que se dieron, tanto así que por orden de aparición llegaron a confirmar su alternativa Pepe Dominguín, el gaditano Rafael Ortega, Antonio Ordóñez, Luis Miguel Dominguín y Rafael Llorente, a más del venezolano César Girón y volvieron también algunos de los diestros que participaron en las corridas del año anterior como Manolo González y José María Martorell.

El cuadro de toreros mexicanos era distinguido también, lo encabezó Silverio Pérez, que torearía la última corrida de su vida en el cierre de la temporada y junto con él seguían Carlos Arruza, Rafael Rodríguez, Jesús Córdoba, Manuel Capetillo, Juan Silveti, El Ranchero Aguilar y completaría el elenco el lusitano Manolo dos Santos, que junto con Arruza anunciaría su despedida de los ruedos el día de la Corrida Guadalupana.

La tercera de la temporada 52 – 53 

Era costumbre que en la temporada grande se concediera la alternativa al o los triunfadores de la temporada de novilladas inmediata anterior y así quien después sería llamado El Príncipe del Toreo sería alternativado según lo consuetudinario, por eso, para el domingo 16 de noviembre de 1952 se anunciaron toros de Zacatepec para Carlos Arruza, José María Martorell y Alfredo Leal, que recibiría la alternativa. Al final de cuentas, se lidiaron solamente cuatro toros de Zacatepec, saliendo dos de La Laguna, que, por ser de mayor antigüedad, abrieron y cerraron plaza, según el reglamento.

Pero el hito trascendente de esa tercera corrida de la temporada al final de cuentas resultó ser la faena de Carlos Arruza al cuarto de la tarde, nombrado Bardobián por don Daniel Muñoz y que para la estadística, sería el último rabo que el Ciclón cortaría en la gran plaza como torero de a pie.

La perspectiva del Tío Carlos

Don Carlos Septién García, quien firmaba sus crónicas en su tribuna de El Universal como El Tío Carlos, hace un relato interesante de esta faena, empezando por comentar que el lugar desde donde ve la corrida es el callejón, que le da una perspectiva diferente del festejo, de esa relación extraigo lo siguiente:

Esta tarde he presenciado la corrida desde el callejón. Para un antiguo habitante del tendido como ha sido quien esto escribe, la experiencia ha resultado intensa. Más abajo del tranquilo sitio en las graderías donde cada espectador tiene derecho a sentirse César soberano, existe un mundo en el cual revolotean como dueños los invisibles murciélagos de la angustia, del jadeo, de la lucha entre la vida y la muerte. Es el mundo del ruedo, circunferencia cegada por la roja muralla de la barrera para salir del cual no hay sino dos vías igualmente patéticas porque ambas se abren al precio de la vida: el empinado sendero del triunfo o la oscura encrucijada del dolor.

¡Qué lejos se está aquí de la serena perspectiva que dan las alturas! Desde arriba los lances son tersos y los movimientos rítmicos como un ballet. Hasta allá no llegan el brillo siniestro de la baba en los belfos del toro, ni la roja herida de su hocico fiero como el de lobo en la estepa, ni el batir de sus ijares en el agitado vaivén de la lucha y del instinto. Desde allá no se advierte cómo la firme curva de la chaquetilla luminosa oculta el jadeo con que late el pecho del torero, ni tampoco se turba la emoción en el agónico sudor que resbala por las frentes lidiadoras. Todo se vuelve más suave, como en la visión del pájaro: sabia disposición de la arquitectura que permite al espectador de una tan recia batalla como es el torear, el estético deleite del paladeo.

Acá abajo es diferente. Se está al nivel de la lucha misma…

Respecto del hacer de Carlos Arruza ante Bardobián y haciendo notar al lector que la perspectiva del punto de apreciación hace ver las cosas de modo distinto, El Tío Carlos reflexiona lo siguiente:

...Ahora ha salido el cuarto toro de la tarde. Se llama “Bardobián” y al contrario de su feo hermano, es negro, lustroso, largo y bonito desde sus bien colocados pitones a su bello rabo. También éste derriba picadores; pero al revés de aquél, combate con el hierro metido en sus carnes hasta la arandela. Una cadencia de velos rojos se alza graciosamente en la tarde: es Arruza que se ha pasado el capote a la espalda en un lance de imborrable plasticidad y que luego ha guiado gentilmente el viaje del toro en el arrojo de tres gaoneras morunas y un generoso remate… Y esta vez sí brilló la gloria de las banderillas…

Oro y blanco – espiga madura – Arruza se erige en el tercio; la roja muleta cuadrada en las manos: es tiempo de verla mientras arranca “Bardobián”, sobrado de pastueñez, pero no muy abundante en alegría. Hay que verla: es la mejor muleta que el toreo conoce en estos tiempos. Los hilos de su tela escarlata son de la misma calidad de aquellos que formaron la muleta de un Romero o de un Guerra. Unos son fuertes e invencibles como las cuerdas con que se sujeta la nave enemiga de los abordajes; otros son duros y acerados como la zarpa con que el león destroza a su presa; hay en su trama finas hebras capaces de serpear como cabellos de gitana hasta embrujar de cadencias el paso de un toro bravo; hay hilos sedosos, amables, como para acariciar con ellos la seda de los lomos zainos. Será posible hallar sueltos, aislados, estos hilos en otras muletas: reunidos en una sola trama, trenzados en un solo tejido, no existen sino en esa muleta con que Carlos Arruza está citando a “Bardobián” en el tercio. Y todavía en esa malla roja están vibrando como cuerdas tensas de salterio, las que sólo Arruza puede y sabe tocar, porque son la creación de su genio y de su temperamento: las cuerdas con que su repentina e inagotable inspiración va creando en cada tarde el milagro de sus pases cambiados, de sus arrucinas, de sus ocurrencias toreras como relámpagos o como travesuras de quien por tanto saber es el único que sabe jugar con lo clásico...

Pero ya se ha arrancado “Bardobián” y la faena comienza en tono melódico con dos exquisitos muletazos por alto y varios derechazos para concluir en un nuevo pase por alto resumen de cadencia. Ahora el torero se va de largo: cita al toro sobre el lado izquierdo, le deja llegar hasta la inminencia de la silueta y allí mueve gentil y preciso la muleta hacia atrás. El toro traza un arco, cabe la espalda del torero, se ha consumado el pase cambiado de un modo como no lo soñaron los viejos maestros. Y el público no grita porque ha quedado en suspenso: éste no es pase de gritos, sino de respiración contenida. La plaza resuelve su sorpresa y su emoción en algo así como un gigantesco suspiro. Y cuando en el mismo terreno, con el toro más lento aún Arruza repite el milagro dejando que el pitón señale sobre la cintura la ruta que le ha obligado, se vuelve a sentir que 50,000 gentes han dejado de respirar en el mismo momento.

Sin embargo, el bisoño espectador de callejón, éste que ha padecido la agonía de los otros toreros en cada lance y en cada pase, sí ha respirado. Porque él, que ha visto el terrible toma y daca, el riesgo que a cada viaje padecen los otros, se ha olvidado de todo eso. Conforme la faena de Arruza va embrujando al toro, va devolviendo también al neófito en el callejón su perdida visión serena de antiguo habitante del tendido…

¡Que nos dejen saltar de la barrera y salir de los burladeros! Es tal el embrujo de la muleta de Arruza que puede verse aquí, de cerca. Ni siquiera desde el callejón: a la vera misma del torero cuya muleta es tan firme y tan invencible como una muralla escarlata; tan suave y tan gentil como una crinolina en reverencia...

Un apunte sobre la crónica del Tío Carlos

Se tiene por fecha de la presentación del péndulo, suerte de muleta creada por Carlos Arruza, la del 20 de septiembre de 1953, en un festival a beneficio de la infancia, organizado por la señora María Izaguirre de Ruiz Cortines. Incluso, en una aportación anterior, lo señalé así, pero en el introito de su crónica, don Carlos Septién asienta lo que sigue:

Zarpa, embrujo y caricia en la muleta de Carlos Arruza, la mejor de la época. En un histórico faenón a “Bardobián” de Zacatepec, el gran torero mexicano agotó el repertorio conocido, creó nuevos pases e hizo una sola cosa del arte y del dominio absoluto. José María Martorell, tan esforzado como siempre, cuajó un dramático trasteo al quinto y logró un quite de escándalo en el cuarto. Alfredo Leal se achicó en su alternativa sólo se le vio matando. Dos toros excelentes; uno de Zacatepec y otro de La Laguna.

Dice creó nuevas suertes…, y en el texto de la misma hace este apuntamiento: Ahora el torero se va de largo: cita al toro sobre el lado izquierdo, le deja llegar hasta la inminencia de la silueta y allí mueve gentil y preciso la muleta hacia atrás. El toro traza un arco, cabe la espalda del torero, se ha consumado el pase cambiado de un modo como no lo soñaron los viejos maestros… ¿No está describiendo acaso el péndulo? Quizás en la emoción de un trasteo que fue cumbre, la presentación en la Plaza México de una suerte que por confesión del propio diestro ejecutó por primera vez en Tijuana a finales de 1951, pasó desapercibida.

Para finalizar

El 22 de febrero de 1953, en la décimo séptima corrida de esa misma temporada, Corrida Guadalupana, Carlos Arruza anunciaría intempestivamente su despedida de los ruedos, asunto del que ya me he ocupado por estas virtuales páginas, realizando quizás su faena más sentida en ese ruedo al toro Peregrino de Torrecilla. Como hombre inquieto que siempre fue, volvería a los ruedos y volvería a cortar un rabo en la Plaza México, pero ya no sería vestido de luces, sino toreando a caballo, vertiente de la fiesta en la que también logró ser una figura del toreo.

domingo, 1 de marzo de 2015

En el centenario de Silverio Pérez (III)

1º de marzo de 1953: Despedida de los ruedos de Silverio

Un mero hasta luego

Armillita desprendiéndole el añadido a Silverio Pérez
El 16 de marzo de 1947 se produjo un inesperado prolegómeno, cuando al final de la corrida en la que, alternando con Lorenzo Garza, diera cuenta de un encierro de Zotoluca, sin aviso previo, anunciara el Faraón de Texcoco que se iba de los ruedos. No medió explicación alguna, aunque más o menos un mes después, en el número 227 del semanario La Lidia de México, fechado el 11 de abril de ese año, apareció publicada una entrevista concedida a don Carlos Septién García El Tío Carlos, en la que acerca del hecho manifestó el torero lo que sigue:
Yo dije: ¿Para qué seguir si en ello se me va a acabar la vida? Porque esto del toreo es cosa muy dura, usted no se imagina, yo había pasado muchas preocupaciones desde que me anunciaron, no dormía, no estaba a gusto, no estaba tranquilo, ¿para qué seguir así?... Y aquí me tiene cumpliendo lo que dije, con los puercos y desentendiéndome de la aftosa que anda como a cien metros de la granja…
Los argumentos del torero no parecen tener la rotundidad para un adiós definitivo y la historia nos enseña que así fue. En poco más de nueve meses volvía a los ruedos, pues el 21 de diciembre de ese mismo año reaparecía en el recién inaugurado Toreo de Cuatro Caminos, alternando con Lorenzo Garza y el lusitano Diamantino Vizeu para dar cuenta de un encierro de Matancillas, festejo que pasó a la historia únicamente por el hecho de la reaparición de Silverio Pérez, quien todavía pasearía durante otro lustro la magia y la majestad de su toreo.

La despedida definitiva

El adiós de Silverio Pérez tendría lugar en la Plaza México el día 1º de marzo de 1953. Sería en la 18ª y última corrida de la temporada 1952 – 53 y se anunció un encierro tlaxcalteca de La Laguna para el Faraón, Antonio Velázquez y Jorge El Ranchero Aguilar. Al final de cuentas solamente se lidiaron cinco de los toros del encierro originalmente anunciado, porque uno de ellos fue rechazado en el reconocimiento y en quinto sitio se lidió uno de Torrecilla. El lleno estaba asegurado, pues Silverio Pérez era, es y será uno de los toreros más queridos y respetados por la afición mexicana. Sobre su actuación en esta tarde, en crónica de agencia, se escribió lo siguiente:
Con llenazo imponente, se celebró en la Plaza México la corrida de despedida de Silverio, que alternó con Antonio Velázquez y el “Ranchero” Aguilar, con ganado de La Laguna. Deslució la corrida por el intenso viento que estuvo soplando. Silverio en su primero no hizo nada de particular, matando de dos pinchazos y una estocada. Su segundo, fue poco propicio al lucimiento y Silverio nada logró, terminando tras breve faena de aliño con una buena estocada y varios intentos de descabello. En el tercero, el de Texcoco se enfrentó a un toro de Torrecilla que embistió muy bien, cuajando varias verónicas templadas a pies juntos que armaron alboroto, como los picadores le cargaron mucho la mano haciéndole caer por la arena, se provocó la bronca que aumentó cuando Silverio empezó a pasar de muleta, acallando “Las Golondrinas” el ensordecedor griterío. A los pocos minutos cayó otra vez el toro y aumentó la gresca, cayendo cojines al ruedo en medio de cuya lluvia acabó Silverio cuando los subalternos lograron hacer parar al toro. En vista de esos fracasos, Silverio aceptó regalar un toro para que su despedida no fuese tan gris y con éste se decidió a jugarse el pellejo. Dibujó verónicas rematando con una media y al quitar se apretó también con lances naturales. Con la muleta se creció, apuntando trincherazos de su factura, de la firma, derechazos enmedio de aplausos y después logró media estocada, acabando con descabello al primer intento. Se le concedió la oreja y entre el delirio, Armillita le cortó la coleta...
Como se puede extraer de la lectura, Silverio Pérez mató cuatro toros la tarde de su adiós. Cartonero y Bananero fueron los que le correspondieron en el sorteo. Luego, tuvo que pasaportar al quinto, porque Antonio Velázquez fue herido de gravedad en el vientre por el segundo de la tarde, así que enfrentó también a Texcocano de Torrecilla y al írsele torciendo la tarde, regaló para lidiar en séptimo sitio a Malagueño, de San Diego de los Padres, toro que fue a la postre, el último que mató vestido de luces en su carrera.

La reflexión del torero sobre esta última tarde, contada a José Pagés Rebollar y publicada en el libro Los Machos de los Toreros (1978), es la siguiente:
Del toro que más me acuerdo es de “Malagueño”, el que lidié la tarde de mi retirada el 1º de marzo de 1953 y si mal no recuerdo aquella fue una de las tardes más hermosas de mi vida porque pude sentir en carne propia el cariño de la afición y la belleza de la fiesta. “Malagueño” era un hermoso zaino de la ganadería de San Diego de los Padres y la oreja que le corté (por simpatía del público) figura entre mis trofeos más estimados. 
Aquello, compadre, jamás podrá repetirse, porque hace 25 años me retiré de los ruedos, aunque la Fiesta es mi vida y la llevo en la sangre… (Pág. 48)
El propio Pagés Rebollar recopila en su obra un anecdotario de Silverio Pérez y sobre esta misma tarde de su despedida, escribe lo siguiente:
En su corrida de despedida, Silverio no estaba quedando muy bien que digamos. Sus dos toros habían sido difíciles, la suerte no había estado de su parte y los nervios hacían crisis a esa hora tan emotiva e histórica. Allá en el tendido un hombre sufría no solo porque Silverio no se retiraba de los toros con el triunfo que merecía, sino porque sus amigos, sabiéndolo compadre del Faraón, se aprovechaban para molestarlo: 
- “¡Qué bueno que te vas, quijadas!” 
- “¡A ver si tienes más éxito vendiendo barbacoa!” 
Todo eso le decía los amigos de mi padre, más para molestarlo a él que a Silverio, quien fue, seguramente, el torero más querido de México. 
Mi padre ya no pudo soportar más. Llamó al doctor Gaona que era el empresario y andaba por el callejón para decirle: 
- “¡Oye Alfonso: échale a mi compadre otro toro, por mi cuenta!” 
- “Tu compadre te regala un toro” 
Y Silverio que parecía andar en una de esas tardes de mal fario le repuso: 
- “Bueno, mi compadre lo regala, pero: ¿quién lo va a torear?”…
Concluyo esta remembranza citando lo que don Manuel García Santos publicara en El Ruedo de México respecto de esta memorable tarde:
Y como vivió se fue. Con una pita enorme, ensordecedora, justificada, entreverada de insultos… Y con ovaciones de apoteosis, con alaridos de entusiasmo, con aclamaciones de cariño, y una orgía de flores, de bandadas de palomas, de cintas multicolores que se enredaban en los alamares de oro torero y lo hacían aparecer como lo que era. Como lo que había sido. Como un ídolo y un símbolo de la manera mexicana de sentir y de hacer…

domingo, 22 de febrero de 2015

En el centenario de Silverio Pérez (II)

Silverio Pérez y Pescador de Piedras Negras

La 16ª corrida de la temporada 1941 – 42 se dio con un cartel formado con toros tlaxcaltecas de Piedras Negras y los diestros Pepe Ortiz, Fermín Espinosa Armillita y Silverio Pérez, en una combinación que realizada con imaginación, resultó atractiva para la afición y propició una gran entrada en el Toreo de la Condesa, en una tarde en la que el resultado final dejaría para la historia una gran faena de Silverio Pérez.

La narración que he escogido para recordar este fasto, es obra de don Carlos Septién García, que con el seudónimo de El Quinto, lo publicó en el semanario La Nación e independientemente de la excelente prosa que caracterizó siempre a su autor, tiene la facilidad – a muchos años de distancia – de transmitir las emociones del momento en el que fue escrita y de esa manera dar a conocer de una manera más o menos fiel la realidad de los hechos que describe.

Silverio torea por sustantivos

La parte conducente de la crónica de El Quinto, nos cuenta lo que sigue:
Fue en el fondo una ventaja el haber asistido a la corrida con mi amigo el gramático. Hasta ahora había pagado el afecto que me tiene, resistiendo sus disertaciones eruditas. Y temía concurrir a los toros con él por miedo de que me aguara la fiesta con alguna disquisición. 
De allí mi sobresalto cuando el domingo, al terminar las tempestuosas ovaciones a Silverio Pérez, dijo como hablando para sí mismo: 
- No cabe duda: Silverio torea por sustantivos. 
Y a renglón seguido se puso a aplacar mi extrañeza: 
- Sustantivo es lo que existe por sí, real e independientemente. En Gramática es la parte completa. Sirve para designar austera y precisamente aquello que se quiere nombrar. El sustantivo es completo y profundo, sobrio y expresivo. Las literaturas de las épocas de oro de los pueblos se nutren precisamente de sustantivos fuertes y macizos; el adjetivo se emplea en ellas con parsimonia y discreción. Y con tanta fuerza, que en ocasiones se encuentran adjetivos con verdadera substancia. 
- Recuerde usted a Bernal Díaz, para no citar sino un clásico nuestro. Recuerde aquel lenguaje a la vez austero y suave, simultáneamente serio y vivísimo. La frase en él es ceñida, suficiente en todo caso para describir con verdad y profundidad. Y si se quiere encontrar buena parte del secreto, lo hallará usted en el hecho de que es el sustantivo el que domina, campea y triunfa en la hidalga prosa de nuestro cronista. Es decir, el sustantivo da la médula, la espina dorsal del lenguaje. La adjetivación copiosa aparece en las épocas del barroquismo y la licencia. Y claro que también puede ser bello el sistema; pero es otra clase de belleza menos maciza, más deleznable. Yo prefiero la clásica hermosura, firme y serena. 
- Y por eso afirmo que Silverio Pérez ha toreado este tercer toro, precisamente por sustantivos. Y he seguido apasionadamente el proceso de esta faena perdurable. 
El lenguaje es para el escritor lo que el toro es para el torero: la materia rebelde que su genio y su técnica han de dominar para lograr la obra de arte. Con frases triviales o con palabritas melosas se pueden hacer versos bonitos, pero no bellos. En la misma forma en que con toros chiquitos se pueden lograr faenitas que pueden ser hasta hermosas, pero siempre miniaturas. La grandeza aparece —en el lenguaje— cuando el escritor se decide a sumergirse en las profundidades del idioma en búsqueda encendida de palabras y giros macizos y profundos. Y en los toros, la grandeza surge cuando el lidiador se enfrenta a un animal fuerte, grande y poderoso y lo domina con señorío, arte y superioridad. De allí que no considere un desacato el hablar de la muleta del escritor y de la pluma del torero. 
Lo que Silverio ha hecho es eso: escribir un trozo de prosa clásica. Ha dejado a un lado lo pequeño o lo artificial para buscar expresiones a lo siglo XVI: lo que significa que ha logrado naturalidad y hondura. 
Me he fijado detenidamente en “Pescador”, el piedrenegrino éste que ha merecido tal faena. Espantó a las infanterías con sus derrotes. En las banderillas se las vieron negras los peones en vista del extraordinario empuje del animal. Y es que no se les ocurría lo que después fue el secreto de Silverio. 
Pérez tomó la muleta, salió al tercio y citó de largo. “Pescador” se arrancó de largo sobre el trapo rojo. Y entonces Silverio realizó esa sencilla cosa que por no hacerse sino pocas veces ha originado tantos toros inéditos: aguantó la embestida. Y ni hubo derrote ni colada. “Pescador” pasó una y otra vez mientras el matador levantaba suave y sobriamente los brazos en tres pases por alto tan perfectos y bien cortados como un soneto. 
Después toreó con la derecha en redondo, dejándose llevar de la inspiración y manejando la muleta con lentitud y mando. Hasta que remató el bello párrafo con aquel pase de la firma categórico y preciso. Hubo en seguida lasernistas, más pases con la derecha por abajo, varios orteguistas de excepcional pureza y otro de la firma de tal calidad y majestad, que bien podía haberse puesto arriba de tal rúbrica: “Yo, el Rey”. 
Y fíjese usted en que Silverio, como tantos grandes escritores hace arte para sí mismo. ¿Recuerda usted que Bernal Díaz escribió su historia simplemente para él y sus hijos? Pues así lo hace este Pérez de Texcoco, como lo hace también Carlos Arruza. Torean para sí, para satisfacer su ansia de creación, para lograr plástica viva, personal y única. No hay en el toreo de Silverio afán de concesiones al público, ni preocupaciones de publicidad teatral. Por lo contrario, hay una tal sinceridad del hombre, una tal compenetración natural y profunda con su arte, que me figuro que así torearía también si estuviera él solo con el animal y sin un espectador en el tendido. 
Por eso hay grandeza de la mejor, en Silverio. Por eso también es un torero sustantivo, que no necesita publicidades, cojines, fanfarronerías o insultos. Porque vale por sí, real y verdaderamente. Porque en suma, es simplemente esa cosa sencilla y compleja, grande y humilde, alegre y trágica que se llama torero. Usted comprenderá totalmente si le digo que una cancioncilla de moda necesita del radio y del teatro, y de la tiple, para poder triunfar; y eso efímeramente. Pero nada de eso requiere el cantar del Mío Cid para valer eternamente…
También por sustantivos, pero extendiendo su disertación al gerundio, al participio, al artículo y al pronombre toreó Armillita esa tarde, según el decir del propio Carlos Septién, pero recitando con frialdad la lección, en tanto Pepe Ortiz lo hizo, según el gramático amigo del cronista, en un hermoso derroche de adjetivos.

domingo, 14 de octubre de 2012

Cuando el sol sale de noche. Antonio Velázquez y la Oreja de Oro de 1945

Portada de La Lidia del 9 de marzo de 1945,
Velázquez y la Oreja de Oro

Antonio Velázquez, que había sido un destacadísimo peón de brega en la cuadrilla de Luis Castro El Soldado y que también, vestido de plata, apoyó los inicios de las carreras de Calesero y Carlos Arruza, debutó como novillero el 19 de junio de 1942, alternando con Antonio Toscano y Luis Briones para lidiar un encierro de Piedras Negras. Su faena al novillo Quitasol le representa su primer triunfo y salida en hombros del viejo Toreo de la capital mexicana. En esa campaña sumaría ocho fechas más, cerrando su temporada en el festejo de la Oreja de Plata el domingo 8 de noviembre, cuando ante novillos de Zacatepec, se disputaron el trofeo Conchita Cintrón a caballo, Rafael Osorno, Luis Procuna, Tacho Campos y el propio Velázquez, que con su faena a Muñeco, se llevó a casa el argentino trofeo.

Recibió la alternativa el 31 de enero de 1943, una fecha que ha quedado inscrita con letras de oro en la historia mexicana de la tauromaquia, pues en ella, Fermín Espinosa Armillita, con el testimonio de Silverio Pérez, hizo matador de toros a Antonio. Los toros fueron de Pastejé, ganadería que se presentaba en el Toreo de la Condesa. Al final, Velázquez naufragó con Andaluz, número 44 y con Jareto, número 19 y la fecha sería recordada por las memorables faenas de Armillita a Clarinero y la del Faraón de Texcoco a Tanguito, dos de las grandes obras de la historia reciente del toreo en México.

La poca fortuna de Antonio Velázquez la tarde de su alternativa le llevó poco menos que al paro. Nadie dudaba de sus aptitudes como torero, ni de su entrega en el ruedo, pero el recuerdo de una tarde que tuvo todo para ser memorable – el toro de su alternativa fue considerado el toro de la temporada – reducida a una mera efeméride, pesó mucho en contra del torero de León de los Aldamas. Así lo contó el torero a José Alameda:
Me iba – cuenta – a la calle de Bolívar – entonces tan taurina –, estacionaba mi coche  junto a la banqueta y me colocaba con la espalda a la pared, en la fachada del restaurante La Flor de México. Allí, permanecía una hora y más hablando con los taurinos, dejándome ver de ellos. Pero no entraba, porque tenía coche, pero no tenía para café...
Antonio Velázquez recibiendo la Oreja de Oro del
empresario Joaquín Guerra (Foto: La Lidia)
La temporada 1944 – 45 representó para nuestra afición el retorno de los toreros españoles después de casi una década de ausencia. Antonio Bienvenida, Pepe Luis Vázquez, Joaquín Rodríguez Cagancho y Rafael Ortega Gallito fueron algunos de los notables embajadores que vinieron de allende el mar a restablecer el intercambio entre nuestras torerías, lo que dio un nuevo aire a la temporada invernal en el coso de La Condesa y también estableció un interés distinto a la corrida de la Oreja de Oro que, a beneficio de la Unión Mexicana de Matadores, se organizaba cerca del final de la temporada.

El cartel que se propuso inicialmente para ese festejo, a celebrarse la noche del miércoles 28 de febrero de 1945, se formaba con un encierro de Torreón de Cañas, propiedad de don Rafael Gurza, para David Liceaga, Cagancho, El Soldado, Pepe Luis Vázquez, Antonio Bienvenida y Luis Procuna. La víspera de la corrida, se anunció que Liceaga no podría actuar por enfermedad, por lo que se citó a Arturo Álvarez Vizcaíno y Antonio Velázquez a la Unión de Matadores y allí lanzando una moneda al aire – tirando un volado diríamos aquí – se decidió quién sustituiría a David. Velázquez resultó el afortunado.

El Editorial de La Lidia del 9 de marzo de 1945, un algo más de una semana después del festejo, reflexiona lo siguiente:
Antonio Velázquez tomó la alternativa prematuramente; cuando recibió el espaldarazo, no sumaba quince actuaciones como matador de novillos… En la temporada organizada por la Empresa “La Lidia” S. de R.L., fue el triunfador indiscutible… A pesar de ello, en la presente temporada 1944 – 1945, injustificadamente se le dejó parado y ya sin esperanzas de tomar parte en la presente serie de corridas, por mero accidente y en sustitución del pundonoroso diestro David Liceaga, que por enfermedad no pudo actuar en la corrida de la Oreja de Oro, salió a nuestro coso máximo, con una gran responsabilidad y con toros que no presentaban ninguna garantía, sin entrenamiento y al lado de los ases de la torería; pero imponiéndose a la adversidad y a su destino, triunfó clamorosamente, ganado la codiciada oreja de oro…
El quinto toro de esa corrida fue el número 11, Cortesano, negro y fue el que le permitió a Antonio Velázquez salir del anonimato y a partir de allí constituirse en una legítima figura del toreo. La actuación de quien a partir de esta fecha sería llamado Antonio Corazón de León fue vista de esta manera por don Luis de la Torre El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada, en su relación publicada el 9 de marzo de 1945 en el número 118 de La Lidia:
…Antonio Velázquez, de manera inesperada, después de haber permanecido ausente de nuestro coso durante toda la temporada hasta esta noche, quedó incluido en el cartel sustituyendo a David Liceaga, e indudablemente que fue para este humilde torero nuestro un triunfo clamoroso, habiendo dado lidia completísima al burel que le correspondió; lidia llena, de principio a fin, de auténtico torerismo, de ese torerismo en que por igual se manifiestan el valor atesorado, cimiento básico del triunfo, como los recursos y amplio conocimiento del oficio para vencer cualesquiera escollo de que está llena tan riesgosa profesión… El triunfo de Velázquez no fue de aquellos en que el toro por inmejorables cualidades de bravura y nobleza más que un enemigo del lidiador se convierte en franco y definitivo colaborador en muchas ocasiones con porcentaje de superioridad. El burel que correspondió a Velázquez fue bravo, ¡qué duda cabe!, pero no con la bravura fácil tan codiciada por quienes sólo eso saben aprovechar, sino con aquella que tantos fracasos ocasiona a quienes no alcanzan a entenderla y mucho menos a domeñarla. Para ello se necesita un corazón bien templado, afición efectiva, pundonor profesional y demás cualidades capaces de formar el conjunto armónico que determine el derecho de llamarse torero. Y Antonio Velázquez, en esta oportunidad que la casualidad le deparó, dejó demostrado, al jugarse la vida en cada momento de su hazaña completísima, que posee en superlativo grado todas esas cualidades tan raras de reunir… ¡ASÍ SE TRIUNFA, AQUÍ Y EN CUALQUIER PARTE. TOREANDO CON EL CAPOTE, PONIENDO BANDERILLAS, CUAJANDO LO QUE SE LLAMA UNA FAENA Y ESTOQUEANDO CON EL CORAZÓN! La oreja de oro fue para él, naturalmente; pero más que este poco significativo galardón, lo que debe enorgullecerlo, lo que debe llenarlo de satisfacción, es el delirio que supo hacer estallar, las cinco vueltas al ruedo que ganara a ley y la manifestación popular que todavía el domingo 4 de marzo se le patentizó en el tendido antes de dar principio la corrida, repitiéndose varias veces durante su desarrollo. ¡SALVE, TORERO!...
La otra crónica de la corrida, que es ya un clásico del género, es la que publicó El Tío Carlos al día siguiente del festejo en el diario El Universal. De ella, por su sentido valor literario, extraigo lo siguiente:
Antonio Velázquez, Corazón de León: ¡Qué hombrada la tuya, anoche, en esa corrida de la Oreja de Oro! Como hombre triunfaste en una lucha de entrega absoluta, completa, total. Una lucha rebelde contra tu propio, adverso destino de los últimos años; una lucha noble y viril sostenida con tu propio alternante en quites – El Soldado – en cuya cuadrilla militaste como peón de brega; una lucha torera con tu enemigo, fuerte, encastado, difícil, una artística lucha bizarra contra los otros cinco maestros que aspiraban al premio de la Oreja de oro. Qué hazaña la tuya de recia y cabal varonía… ¡Antonio Corazón de León!... y triunfaste como mexicano. Mexicano del Bajío que vale decir castellano de México. Echaste tu vida a un albur de triunfar y créeme que hubo momento en que tuve la duda de si eras un ranchero con la frazada en la izquierda y el machete en la diestra, peleando en la noche tu vida y tu honra… Porque entre el revuelo agitado del trapo y los rápidos fulgores del estoque y en el jadeo de la lucha, yo creí oír una ronca voz que cantaba el viejo canto viril: Sí me han de matar mañana, que me maten de una vez… Y era tu voz… ¡Antonio Corazón de León!... No recuerdo ninguna otra Oreja de Oro ganada tan legítimamente en una sola faena… No evoco otras lágrimas de torero tan sinceras, tan justas, tan emocionadas como las tuyas en esos minutos de ayer… ¡Qué hombre, qué torero, que mexicano eres!... ¡Antonio Corazón de León!...
Ambas relaciones, cada una con el sello personal de su autor reflejan, sin duda, el emotivo momento que se vivió esa noche en El Toreo, cuando un torero que se pensaba desahuciado para esto, salió, diría Carmelita Madrazo, a dejarse matar con tal de salir de la plaza triunfante. Y es que Antonio Velázquez sabía bien lo que era estar en el dique seco.

Un mes después del festejo, Antonio Velázquez reflexionaba lo siguiente acerca del triunfo conseguido, en entrevista que concedió a Carmen Torreblanca Sánchez Cervantes para el semanario La Lidia:
¿Qué impresiones dejó en usted la obtención de este último galardón?
Ya puede suponerse cuán variadas y qué profundas fueron. Primero, estar sin haber toreado en “El Toreo” en mucho tiempo y no tener esperanzas de hacerlo. Después, la oportunidad que se presenta por enfermedad de David Liceaga; salir avante de todas las dificultades y ganar la inclusión en el cartel mediante un “volado”… Llegué a la plaza lleno de voluntad, con una confianza enorme en el triunfo, no obstante verme entre todas las figuras de la temporada, tanto españoles como mexicanos. Cuando tocó mi turno, y después del quinto muletazo, no puedo recordar ya con precisión. Solamente conservo memoria de un gigantesco rumor que me rodeaba, del aliento húmedo del toro que mojaba mi rostro y del sabor de las lágrimas que corrían por mis mejillas… Reaccioné al tirarme a matar. Fue un instante en el que pasó por mi mente la historia de mi vida, y después… tomó forma ese inmenso rumor, convirtiéndose en una delirante ovación, volvieron a aparecer ante mis ojos la plaza y el público; era como si hubiera despertado súbitamente de un sueño, en el cual, sin embargo, estuve perfectamente consciente de lo que hacía al lidiar a mi enemigo, aunque todo lo demás desapareció para mí… Momentos más tarde tenía entre mis manos el estuche que contenía la Oreja de Oro…
Antonio Velázquez
Antonio Velázquez no dejaría el sitio de figura del toreo que de manera legítima conquistó esa noche hasta el final de sus días. El 1º de mayo de 1969, en la Plaza El Paseo – Fermín Rivera de San Luis Potosí, corta dos orejas al cuarto toro de los de Santa Marta lidiados esa tarde, que fue la de la alternativa de Mario Sevilla hijo, cerrando la terna Curro Rivera. Esta fue la última vez que Antonio Velázquez mató un toro vestido de luces.

El 15 de octubre de ese 1969, mostraba a sus amistades la casa que logró arrancar de los morrillos de los toros y como la obra estaba en proceso, tropezó con una varilla y cayó al vacío, logrando el piso de la calle lo que los toros no pudieron: Terminar con su vida.

En el 43º aniversario del óbito del gran torero de León, Guanajuato, le recuerdo en su despegue hacia la cima.

Aldeanos