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domingo, 22 de marzo de 2026

22 de marzo de 1942: Silverio Pérez y Peluquero de Carlos Cuevas; Carlos Arruza y Mordelón de La Laguna

Silverio Pérez - Lasernista
Carlos Ruano Llopis
La temporada 1941 – 42 en el Toreo de la Condesa resultó ser triunfal para una serie de toreros que hoy calificaríamos como emergentes, por lo reciente de sus alternativas. Silverio Pérez (06/Nov./38), Calesero (24/Dic./39), y Carlos Arruza (01/Dic./40) fueron quienes más animaron el ciclo en su parte medular, porque quienes fueron anunciados como el eje de la temporada – Armillita, Solórzano, Garza y El Soldado – no fueron muy regulares en sus actuaciones. Por otra parte, toreros que tenían la onza y la manera de cambiarla, fueron relegados a las corridas del cierre del calendario – David Liceaga, Ricardo Torres, Paco Gorráez – y condenados a enfrentar corridas que pudiéramos considerar como duras. En ese estado de cosas, todo se alineó para que El Faraón de Texcoco tuviera lo que quizás fue una de las campañas más regulares de su andar por los ruedos y así, cuajó sin resquicio de duda a Zapotero de Torrecilla (11ª), a Pescador y Mandarín de Piedras Negras (16ª) y al toro que hoy me ocupa.

La 20ª corrida de la temporada 41 – 42

Para la vigésima corrida de la temporada se anunció un encierro de Piedras Negras para que lo despacharan mano a mano Silverio Pérez y Carlos Arruza, quien también llevaba una temporada bastante exitosa en la capital mexicana. En esas condiciones, el festejo anunciado era atractivo y podría permitir a la empresa resarcirse de las malas entradas tenidas en tardes anteriores.

Al final de cuentas, el encierro de Piedras Negras no se lidió completo. Refiere quien firmó como José Cierto en el semanario Arena, fechado el 24 de marzo de 1942:

Los toros de Piedras Negras, terciados casi todos, no fueron sino cuatro, debido a que de los seis del encierro, dos no dieron el peso reglamentario, de ahí que fueran sustituidos por uno de La Laguna, al que Arruza toreó magistralmente, y otro de don Carlos Cuevas, con el que Silverio cuajó su faenón inolvidable. Pero, de cualquier modo, los cuatro bichos de Piedras Negras fueron todos bravos, aunque disparejos de estilo...

Así pues, solamente se corrieron cuatro toros del hierro anunciado, en defensa de los intereses de la afición, sustituyéndose con uno de la misma casa, pero con el hierro de La Laguna y con otro de don Carlos Cuevas, que resultará ser el eje de esto que trato de contarles.

Silverio y Peluquero de Carlos Cuevas

El toro tercero de la tarde fue el sustituto de don Carlos Cuevas. Se le anunció con el nombre de Peluquero. Así lo describe el Dr. Alfonso Gaona, en su comentario a la corrida publicado en el número del semanario Arena, que él dirigía, aparecido el 31 de marzo de ese 1942:

El toro de don Carlos Cuevas, corrido en tercer lugar de la tarde, en sustitución de uno de Piedras Negras, era bravísimo, muy codicioso, fuerte, aunque no muy grande. De ninguna manera debe pensarse que fue un toro “ideal”, de los llamados de carretilla...

Por su parte, el ya citado José Cierto, en la crónica de la corrida aparecida en el mismo semanario, reflexiona lo siguiente acerca del mismo toro:

El toro de Carlos Cuevas corrido en tercer lugar, en sustitución de uno de Piedras Negras que no dio el peso, fue muy inferior al primero de Silverio. Pero este torero, cuando quiere, no se fija en modos de embestir...

Este comentario viene a cuento de que, el primero de la tarde, Brincón de Piedras Negras, materialmente se le fue al Faraón y la gente terminó abroncándolo.

El inicio del actuar de Silverio Pérez estuvo marcado por la intolerancia en los tendidos. No se le perdonaba haber dejado ir al primero de su lote y poco margen se le concedía para tratar de recuperar el terreno perdido con esa actuación, pero el diestro texcocano seguramente había advertido alguna virtud en “Peluquero” y reservó sus energías y habilidades para el tercio final de la lidia. El tercio en el que la muleta es el avío con el que se realizan las faenas.

La crónica, la gran crónica con la que se recuerda esta faena inmortal, es la que escribió para el semanario La Nación, don Carlos Septién García, firmando como El Quinto. Al socaire del estreno de la película Fantasía de Walt Disney, en la que los instrumentos musicales cobran vida y se convierten en los actores de la cinta, quien pasaría a la historia de las letras taurinas como El Tío Carlos, le da vida a la muleta de Silverio y es ella la que cuenta lo que el Faraón de Texcoco realizó ante Peluquero:

En manos de Silverio y Arruza mis pliegues cobraron vida y ánimo, plasticidad y drama. La faena de Silverio me hizo sentirme parte integrante de la persona del torero. Juro que sentí correr por mi cuerpo la sangre mestiza y torera de los Pérez de Texcoco, y que me moví en momentos imborrables al impulso del drama añorante de Carmelo. Hubo instantes en que me supe incapaz de expresar toda la emoción taurina y estética que Silverio estaba derramando en la plaza, junto al toro. Tan incapaz, como debe haberse sentido el pincel del Greco cuando recorriera en afanes la tela al impulso de una inspiración desbordada, incontenible, profunda. Por momentos temí que Silverio me arrojara a un lado y se pusiera a torear con los brazos. Girones de mi tela quedaron en los cuernos tal y como en esos arrebatos de óleo que testimonian la energía creadora de Doménico más allá de la línea y la figura, más allá también de la forma, torturada por el genio... Aquellos pases altos... En mis vuelos, el toro iba prendido desde el sitio a donde el brazo alanzaba. Sobre el testuz y sobre los lomos llameaba yo entonces, como larga lengua de fuego manso. Y al calor que el torero me transmitía a mí por venas y arterias y nervios que se habían prolongado hasta cubrirme toda, el animal volvía una y otra vez, no por hipnosis ni por hechizo, sino sencillamente porque iba toreado, conforme debe torearse por alto... En los pases en redondo y en los naturales; en el forzado de pecho y en los lasernistas; en los doblones y en los de la firma, me sentí impregnada de aquella sensibilidad mestiza, - lucha y arte, drama y belleza -, que me manejaba. Aquello no era alegre, ni variado, ni gracioso, ni perfecto; era profundo, hondo, entrañable, como profundas son también las mezclas misteriosas de la raza. Era una sensibilidad preñada de oscuros atavismos mágicos que se volcaba tumultuosa en las formas del toreo hispánico. Como ocurre en la arquitectura, en la música, en el amor de estas tierras... Faena de la raza era esta de Silverio. Recuerdo bien como terminó: demudado, deprimido, olvidado de todo. Así acaba el mestizo cuando ha dejado volcar en arte la complejidad que lo ahoga...

Faena de la raza... Después quizás, Agustín Lara tomaría este razonamiento de Septién para cantar, en la letra de su pasodoble, que Silverio era azteca y español... El fondo era, ese toreo hondo, sentido, que viene, como escribió un día Lorca, desde las habitaciones más profundas de la sangre, que no se puede aprender y que no se puede preconcebir, que solamente se puede hacer... y sentir.

La crónica de José Cierto es más al uso, pero sin dejar de ser emotiva también. Y es que, por lo que he podido leer sobre el particular, la emoción que produjo el hacer de Silverio Pérez con Peluquero, desbordó cualquier expectativa:

Silverio seguía trayendo al toro hacia la muñeca derecha para plasmar instantes de una emotividad escalofriante, y en las tribunas, la gente enloquecía. Cuando, por fin, se acabó esa continua reunión de toro y torero, vimos al hombre de Texcoco bañado en sangre del animal de tanto pegársele. ¡Qué bárbaro! Y después, con las piernas un poco abiertas, con ese personalísimo estilo que sólo él tiene, con la mano izquierda en la cintura y el cuerpo ligeramente inclinado, Silverio volvió a citar, de cerca, para realizar cuatro milagros, cuatro derechazos que ahí quedan, inmortales, rematados con un cambio de muleta lento y mandón, eterno, sublime. Ya para entonces la gente aullaba y agitaba los pañuelos, pidiendo la oreja del toro que seguía entrando y saliendo de la muleta mágica, extraordinaria, de Silverio. Y ahora, a los medios, a seguir toreando en forma fantástica, con cuatro lasernistas de tal manera ceñidos, tan brutalmente valientes, que tuvo muchas veces que arquear el cuerpo para evitar la cornada. Como una demostración de su entusiasmo, rayano en locura, y a pesar de que el torero estaba actuando en los medios, el público arrojó sombreros, sacos, abrigos, bolsos de mano, puros, bastones y aún zapatos al ruedo, cerca de la zona de tablas... Cuando Silverio salió de esa serie de lasernistas, la plaza era, esta vez sin exageración, un manicomio, se venía abajo con el trepidar de las ovaciones. Pero no había terminado el milagro: Silverio se pasó a la mano izquierda la muleta, esa muleta bruja, y toreó al natural en forma magistral por tres ocasiones, cruzándose con el toro, echando la muleta atrás para citar con la pierna contraria, llevando al toro prisionero de su maravilloso juego de muñeca; tres naturales clásicos, estupendos, que remató, después de una insistencia suicida, con un brutal forzado de pecho. Y sin esperar mucho, se perfila de cerca para entrar por derecho a enterrar todo el estoque un tanto delantero. El toro tarda unos segundos en caer patas arriba, y se inicia entonces la ovación más estruendosa, más larga (16 minutos exactamente) y más merecida de la temporada. Cuando Silverio ha dado tres vueltas al ruedo, se abraza con Carlos Arruza y juntos dan una vuelta más. Ya la autoridad ha concedido la oreja y el rabo, y la gente no se cansa de aplaudir, de gritar. ¡Una verdadera locura! … Y esto ha hecho Silverio no con un toro de carretilla, de esos que parecen amaestrados, sino con un toro que sabía tirar cornadas, que en ocasiones se colaba de fea manera. Se ha consagrado definitivamente el torero de Texcoco, ha tenido su apoteosis. Tiene la afición un nuevo ídolo, auténtico, con todos los merecimientos de un gran señor de los ruedos...

La capacidad de cambiar las lanzas en cañas y de hacer a los presentes perder la razón en unos cuantos minutos es patrimonio de unos cuantos privilegiados. Silverio Pérez fue uno de ellos. Aquí está la prueba escrita.

Carlos Arruza y Mordelón de La Laguna

Aunque Silverio Pérez terminó dominando la escena con su faena al tercero de la corrida, el tono de la tarde se definió cuando Carlos Arruza se enfrentó al primer toro de su lote, otro de los que sustituyeron a los que no fueron aprobados del encierro originalmente anunciado. Escribió José Cierto:

Con la muleta en la zurda, la mano de los toreros según los clásicos, aguantó al toro, para instrumentar tres naturales muy buenos, siendo el segundo el mejor, rematados con un forzado de pecho superior. Y empiezan esos pases en que Carlos dobla al toro tan suavemente, con una rodilla en tierra, dejando que los cuernos le acaricien el muslo, y que la gente le ovaciona cálidamente. Ya erguido, tres buenos derechazos en redondo, finos, mandones, toreros, y un molinete de rodillas con tanta verdad, hecho precisamente entre los cuernos, que por poco es trincado, pero se quita el peligro con dos doblones rodilla en tierra de seda, verdaderamente dibujados, majestuosos. Y cuando la gente estaba loca de entusiasmo, Carlos se perfila para entrar tan derecho, con tanta verdad en la suerte suprema, que es enganchado, no dejando sino media estocada perfectamente colocada, que tarda un poco en surtir efectos. De todos modos, la gente le hace dar cuatro vueltas al ruedo con la oreja y el rabo de su enemigo. ¡Se lo merece este muchacho, verdadero torero, todo pundonor! …

Valor, poderío, suavidad cuando era menester y un extraordinario dominio de la colocación para realizar las suertes fue lo que demostró Arruza. Por su parte, El Quinto refiere:

En manos de Carlos Arruza fui gozo y poder, juventud y frescura. Me moví suave, lentamente, en los inolvidables pases por abajo, para que quince mil gentes aprendieran o repasaran la difícil lección de cómo se hace el toreo. Para que grabaran bien en sus mentes que existen tres tiempos fundamentales en la ejecución de las suertes de este noble arte: parar, templar y mandar, y para que se fijaran en cuales son los terrenos del animal y los del lidiador y en qué situación ha de quedar el toro para que el diestro pueda repetir la suerte... Ni un solo instante me enrollé por causa de precipitaciones, ni me descompuse en mi original arreglo. Y se realizó entonces el milagro de una muleta poderosa, digna, perfecta y alegre, en manos de un chaval de veintiún años... Arruza no me utiliza para sinfonías inconclusas o para acordes aislados, sino para obras cíclicas, completas que quedan allí escritas como esa rítmica serie de naturales naturalísimos; como el engrane dichoso de nueve tapatías que realizara con mi hermano el capote, o como aquella mariposa en que los pitones tuvieron que sujetarse dócilmente al capricho juguetón del muchachuelo...

El toreo dominador de Arruza, se deduce de lo escrito por Carlos Septién, iba revestido de temple y de ritmo, algo que solamente logran conjuntar aquellos llamados a ser figuras del toreo.

En resumen

Ese primer día de la primavera del 42, dos jóvenes toreros que estaban llamados a ser figuras históricas, se abrían paso delante de quienes eran ya figuras consolidadas. Me resulta curioso que Silverio Pérez confesara precisamente a El Tío Carlos, varios años después, que su faena preferida fue la que realizó al toro Cirilo de Matancillas y que otras, fueron las que le dieron el sitio de figura. Cualquiera pensaría que esta de Peluquero la tendría en algún sitio destacado.

Carlos Arruza por su parte, escribiría muchas faenas con nombre propio en las plazas de México y de España, pero esta de Mordelón es quizás la primera en la que cautivó a la afición y consiguió su total entrega.

lunes, 2 de agosto de 2010

5 toros de Coquilla y... 2 sueños (II/II)

La corrida se dio con un gran lleno y representó para Armillita una de las páginas brillantes de su historia en los ruedos. La reseña que hace del festejo Guillermo Ernesto Padilla nos transmite lo siguiente:

El ‘cavaleiro’ expuso mucho frente a dos bureles de gran sentido y peligro. Fermín tuvo sonadísimo fracaso con ‘Palmito’, arrogante burel de Pérez Tabernero que sustituía al de Coquilla que abrió plaza. La porra hizo objeto de una bronca formidable al torero de Saltillo. Pero salió a la arena en cuarto lugar ‘Tapabocas’, para que el maestro sacara la casta y diera con él una soberbia cátedra de torerismo, perfección y grandeza. Con el capote, inmenso. En banderillas, monumental. La faena, de enorme dominio en su primera fase y bellamente clásica en la segunda, fue un asombro. Pisando sobre prendas agarró el de Saltillo un volapié superior que desbordó el delirio. Luego, cierta precipitación de Fermín al descabellar, hizo que le fuera otorgada una oreja, pero la ovación, apoteósica y grandiosa, fue interminable. Por cierto, Armillita, resentido con los de la porra, evitó pasar frente a ellos cada vez que daba la vuelta al ruedo. Balderas puso a escote su enorme valor frente al poderío y bravura de sus dos enemigos que terminaron pudiendo más que él. Garza, frente a un bicho encastadísimo, como fue ‘Lobito’, el tercero, dio tremendo mitin. Luego, en el sexto, tratando de extraerse la espina, realizó una faena bellísima que de nada le valió, pues las broncas en su contra no cesaron hasta que desapareció de la plaza…
Heriberto Lanfranchi, en su obra La Fiesta Brava en México y España 1519 – 1969, recoge la siguiente impresión de este festejo:

Los toros: Excesivo poder tuvieron cuatro de los Coquilla y a pesar del castigo que recibieron de los picadores, el segundo (‘Lobito’), cinco el cuarto (‘Tapabocas’), cuatro el quinto (‘Tabernero’) y cinco el sexto (‘Africano’), llegaron sin el suficiente quebranto al último tercio y embestían sin cesar, con mucha codicia y aspereza y no fueron nada fáciles. Hubo vuelta para los restos del cuarto. S. da Veiga: Fue alcanzado al clavar un par de banderillas a dos manos y rodó por la arena, salvándose de un percance por estar embolado el toro. Armillita: Estuvo inmenso con ‘Tapabocas’, un toro que hubiera puesto de cabeza a más de cuatro. Soberbias verónicas, rematadas de rodillas y dos pares de poder a poder monumentales, para un faenón con la muleta, no bastando cerca de cien pases, todos soberbios, para domeñar a la fiera astada, que acometía de continuo con renovada pujanza y no le dejaba un instante de reposo. Mató de una honda tendenciosa, dos intentos de descabello y un estoconazo, otorgando la autoridad solo una oreja, cuando todo el público pedía insistentemente que le entregaran las dos y el rabo, para cinco vueltas triunfales en las que agradeció las interminables ovaciones. A. Balderas: Excelentes detalles con el capote y las banderillas; pero con la muleta no pudo imponerse al temperamento de sus dos enemigos, los cuales lo pusieron en serios aprietos. L. Garza: Tremenda bronca en el tercero, al que no quiso ni ver y al que despachó de cualquier manera, mientras insultaba al público y el ruedo se cubrió de cojines. Algo se desquitó en el sexto, en que por momentos mandaba él y en otros no.
Como podemos ver de este par de reseñas, la tarde de los toros de Coquilla en el Toreo, la única en la que se lidiaron toros de esa ganadería en los casi cuarenta años de funcionamiento de la plaza de la Colonia Condesa, fue memorable. Y por lo que aquí podemos leer, el éxito de la tarde no resulta ser el producto del despliegue publicitario que se le dio al encierro lidiado antes de la fecha, sino que de la lidia dada por los toros, únicamente se confirmó la expectación que se creó en la afición con la bravura de ellos y la comprensión y lidia adecuada, de al menos uno del encierro, el todavía hoy famoso Tapabocas.

El segundo sueño

En el año de 1927 don Carlos Cuevas Lascuráin inició la aventura de ser ganadero de reses de lidia con ganados de Ajuluapan, Zacatepec y San Mateo. Cuatro años después agregaría otras vacas y sementales de San Mateo a su hato que mantenía en la Hacienda de Los Morales, en la cercanía de la Ciudad de México. En 1937 se definirá el rumbo de su ganadería, pues se presentaría en la capital mexicana con su primera novillada y por otra parte, entraría a participar en los hechos que dan motivo a esta entrada. Del origen de Coquilla y de su presencia actual en el campo bravo mexicano, me he ocupado ya en alguna medida en otro espacio de esta misma Aldea.

En ese 1937 agregará a sus ganados sanmateínos de acuerdo con la versión de Heriberto Lanfranchi, 8 vacas españolas de Coquilla y un toro de Graciliano Pérez Tabernero de nombre Chacón. El portal de la Asociación de Criadores de Toros de Lidia de México, señala, a partir de los datos de Agustín Linares, que las vacas de Coquilla solo fueron 6. Con esa base, logra establecer una ganadería de primerísima línea, que entre el año de su presentación y el de 1965, se mantuvo en la preferencia de las figuras del toreo por la calidad de sus productos.

MuñecoLuis Procuna, primer toro indultado en la Plaza México –, RastrojeroFermín Rivera –, FlamencoRafael Rodríguez –, MineroJumillano –, son algunos de los nombres ilustres que salieron de la ganadería de don Carlos Cuevas, que a partir del año de su óbito – 1949 –, se comenzó a anunciar a nombre de su hijo Ernesto, como en la actualidad. Antes, en 1942, una porción significativa de la ganadería pasó a la propiedad de don Fernando de la Mora Madaleno, quien con ella inició la de Tequisquiapan, que comparte el mismo origen que la hoy de los sucesores de don Ernesto Cuevas.

Pero de los toros y vacas que dice Pepe Dominguín que casi por arte de magia su padre sacó de España en plena Guerra Civil, se nutrieron más ganaderías mexicanas, aunque hoy su descendencia no se perciba casi en los ruedos nacionales y así, don Jesús Zamora adquirió dos de las vacas y un toro de Coquilla para su ganadería de Ajuluapan formada inicialmente con ganados de Piedras Negras. Por su parte, don Eduardo y don Jorge Jiménez del Moral se quedaron con 2 toros de Graciliano Pérez Tabernero y uno de Antonio Pérez de San Fernando para su vacada guanajuatense de Quiriceo, formada principalmente por ganados encastados en Parladé y Gamero Cívico.

De esta información puedo deducir algunas interesantes conclusiones. La primera es la explicación de que la corrida de Coquilla se haya lidiado incompleta. Seguramente el toro de mejor reata del encierro se dejó junto con las 6 u 8 vacas que adquirió don Carlos Cuevas, para asentar esta base genética en su ganadería. Esta preferencia la asumo por el hecho de que hospedó a los toros después del viaje trasatlántico. Igualmente, el sexto toro de los hermanos Sánchez Fabrés junto con dos vacas, se fue para Ajuluapan, así pues, la corrida al salir a la plaza tuvo que ser remendada con uno de los gracilianos. De los toros de Graciliano, acabaron lidiándose solamente 4, pues los otros dos se quedaron como sementales en Quiriceo. La corrida de Montalvo sí se lidió completa – el 30 de enero – y de la de Clairac, solo se jugaron 5 toros el 27 de marzo en la reaparición en México de Juan Silveti, sin que haya noticias de que el toro faltante se haya conducido como semental a alguna vacada mexicana, aunque no me sorprendería encontrarme algún día de estos, con que es uno de los secretos muy bien guardados de alguno de nuestros criadores.


Pero en fin, que me separo del tema aquí planteado, que es el segundo sueño, el de don Carlos Cuevas Lascuráin, de tener una ganadería de primera línea y a fe mía que lo logró, pues entendió la necesidad de mantener una base pura de sangre española en su ganadería y por eso adquirió vacas, hecho que solo se puede reportar en las principales casas ganaderas de México, como lo son San Mateo, Piedras Negras, San Diego de los Padres y La Punta, aunque solo esta última mantuvo en pureza el ganado adquirido, pues las tres anteriores formaron encastes propios al cruzar el ganado de Saltillo con ganado criollo o con ganado que había sido expuesto a cruzas con ganado de lidia de diversas procedencias, como el caso del toro de Palha de los señores Llaguno. De 1937 a 1965 la ganadería formada por don Carlos Cuevas tuvo un importante espacio en el firmamento taurino mexicano y sus resultados así lo avalan.

Terminando

Todo esto me surgió a partir de la idea de encontrar primero, cuántos toros o encierros de Coquilla se habían lidiado en la Plaza de El Toreo durante su existencia. Me sorprendió encontrar que solamente se había importado uno en sus cuatro décadas de existencia y también, que su llegada a México coincidía con quizás, el apogeo de la Guerra Civil Española.

Después, veo que por esos mismos años es que se agrega simiente de esa ganadería a la de Carlos Cuevas, siendo este un caso único en la ganadería brava de México, por lo que al empezar a atar los cabos, me hallo con que Pepe Dominguín – aún con las licencias literarias del caso – recuerda el hecho del transporte y traslado de esos ganados a México, junto con otros y que al final, más en los ruedos que en el campo bravo, escribieron importantes páginas de la historia de la fiesta en este país.

Para presentar el panorama completo de este tema, me sentí precisado a abordar a un tiempo algunos asuntos que pudieran considerarse colaterales, pero como partes del todo, creo con firmeza que facilitan la comprensión del que resulta, en este momento, el centro de esta participación, la que espero les resulte de interés, a pesar de su extensión.

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