domingo, 25 de enero de 2026

26 de enero de 1902: Triunfal tarde de Antonio Fuentes y de Parrao en la antigua Plaza México

La última plaza que se levantó en la capital mexicana, después del levantamiento de la prohibición juarista, fue la que Ponciano Díaz puso en funcionamiento en la nueva calzada de Bucareli, misma que duró en funcionamiento mientras el torero con bigotes permaneció en actividad. Cuando las condiciones del inmueble comenzaron a decaer, cuenta don Lauro Rosell que Juan Jiménez Ecijano expresó su interés de edificar un nuevo coso en la Ciudad de México, para ello encargó un proyecto al ingeniero Alberto Pani, pero no se pudo materializar debido al fallecimiento del diestro andaluz a resultas de una cornada sufrida en Guadalajara, casi al final del siglo XIX.

Posteriormente, retomaron la idea de Ecijano el diestro Diego Prieto Cuatro Dedos y el banderillero Ramón López, quienes organizaron una sociedad con los señores Ángel Caso y Guillermo Cacho para adquirir un predio en el término de la Hacienda de La Condesa y edificar allí una plaza de toros. El predio se ubica en lo que entonces era Calzada de la Piedad, actual Avenida Cuauhtémoc, aproximadamente en el polígono que forma dicha vía con las calles de Guanajuato, Frontera y la Avenida Álvaro Obregón y se partió del proyecto inicial del ingeniero Pani.

La plaza, construida con madera, se proyectó inicialmente para tener un ruedo de 35 metros de diámetro, pero las autoridades exigieron que fuera de 45, por lo que el proyecto inicial se tuvo que reformar, y así, el coso se terminó con espacio para 12,000 localidades, seis corrales, 10 puertas de acceso, una de las cuales estaba destinada para la llegada de los toros a los seis corrales que tenía y la otra, para las cuadrillas, por lo que cada tendido tenía cuatro amplios accesos para los asistentes a los festejos.

La entonces Plaza México inauguró el 17 de diciembre de 1899, con los matadores Enrique Vargas Minuto y Antonio Fuentes, quienes enfrentaron 3 toros nacionales de Cazadero y 3 españoles de Cámara. Asistió el general Porfirio Díaz, Presidente de la República. Dejó de funcionar en 1910, cuando la empresa de El Toreo la tomó en arrendamiento para evitar una competencia no deseada y en 1913 fue desmantelada.

La temporada 1901 – 1902

El tercer ciclo de corridas de toros que se ofrecía en la nueva Plaza México por la empresa que encabezaba Ramón López constó de 17 corridas de toros y transitó entre el 24 de noviembre de 1901 y el 13 de abril de 1902. La totalidad de los espadas actuantes fueron hispanos y destacaron entre los contratados los nombres de Luis Mazzantini, Antonio Moreno Lagartijillo, Antonio Fuentes y Joaquín Hernández Parrao. El ganado que se lidió provino principalmente de las ganaderías mexicanas de Piedras Negras, Tepeyahualco, Parangueo, Santín, Atenco, San Diego de los Padres y El Cazadero, aunque también se lidiaron toros españoles del Marqués del Saltillo, Pablo Benjumea, Duque de Veragua, Murube, Anastasio Martín y Miura.

Creo que no es vano mencionar que las entradas fueron casi llenos en todas las tardes, de acuerdo con las diversas crónicas que pude consultar.

El beneficio de Antonio Fuentes

En esa época era práctica comúnmente aceptada que, al contratarse a un diestro importante para una temporada, se le reservara una fecha dentro de ella para que pudiera organizar una corrida en su beneficio, es decir, en la que todos los productos económicos del festejo los recaudaría ese torero. La fecha que se apartó para el diestro de La Coronela, Antonio Fuentes y Zurita, fue precisamente el 26 de enero de 1902, misma para la que, adquirió un encierro de Piedras Negras y consiguió la participación de Joaquín Hernández Parrao para enfrentarlo.

El cartel que daba a conocer la corrida tenía algunas singularidades, la primera de ellas era en el sentido de que Fuentes banderillearía a tres toros y José Moyano lo haría con otros tres. Pero también, al pie del anuncio de la ganadería, había un aviso interesante, en el sentido de que, si ninguno de los toros de lidia ordinaria era devuelto al corral, se lidiaría otro más, en obsequio al público. Es decir, se avisaba desde el principio la posibilidad de la aparición de un toro de regalo, hecho inusitado en esos días.

El encierro de Piedras Negras

La corrida que envió don José María González Muñoz para el beneficio de Antonio Fuentes puede ser calificada de notable. Ningún toro fue devuelto a los corrales y sí, en cambio, terminaron lidiándose los ocho que mandó a la plaza. Refiere Julio Bonilla Recortes en la relación que envió al semanario madrileño El Toreo, aparecido el 24 de febrero siguiente:

Los toros de Piedras Negras han acabado de cimentar su cartel con el nuevo triunfo que esa ganadería obtuvo en esta corrida... Los ocho toros que se lidiaron (porque fueron ocho, pues además del que se ofrecía en los carteles por si alguno de los seis anunciados volvía al corral, con el que serían siete, Antonio Fuentes obsequió galantemente al público con otro más, que fue el octavo), todos cumplieron en los dos primeros tercios, y llegaron bien a la muerte, sobre todo el tercero, el quinto, el sexto y el octavo, sobresaliendo éste por su nobleza y valentía... Acudieron con voluntad a los de a caballo, recibiendo los jugados en primero, cuarto y quinto lugar cuatro varas cada uno; el segundo y el tercero, cinco puyazos; el sexto, cinco; y el séptimo y octavo seis varas cada uno. Entre todos mataron catorce caballos...

No hace especial referencia a la presencia de los toros, pero quien firmó como Antolín para El Imparcial, aparecido en la capital mexicana al día siguiente de la corrida y en la relación sin firma publicada en el diario El País también de la misma fecha y lugar, pero sin firma, refieren que tres toros carecieron de la edad reglamentaria y que su juventud era manifiesta. De allí que afirme yo que la corrida fue notable y no extraordinaria.

El triunfo de Antonio Fuentes

No encontraremos en los relatos de su actuación la recolección de trofeos al por mayor, porque por aquellas calendas no había costumbre de otorgarlos. El triunfo de un torero residía en que los concurrentes a un festejo coincidieran en que éste había aprovechado debidamente las condiciones de un toro y así se lo festejaban. Agrego al caso de Fuentes en esta particular tarde, que cuando terminó con su lote ordinario, le exigieron que soltara al séptimo, porque querían seguirlo viendo. Sigue contando Recortes:

Fuentes hizo derroche de elegancia en su toreo toda la tarde... Trabajador hasta el cansancio, hasta decir basta, estuvo complaciente con el público, deseoso de escuchar palmas, contribuyendo poderosamente a levantar la afición y haciendo que el entusiasmo se desbordara a torrentes...

Por su parte, quien firmó P.P. Luis, para el Diario del Hogar del 28 de enero siguiente, refiere:

Inusitado entusiasmo despertó el beneficio de Antonio Fuentes, el diestro que actualmente goza de mayores simpatías ganadas en buena lid, concienzudo trabajo y complacencia y gratitud para el público... Su corrida de gracia difícilmente se olvidará; hizo derroche de valor y destreza, trabajando como siempre, con deseos de quedar bien y haciendo lo que el público pedía… En banderillas estuvo a gran altura; colocó seis pares al quiebro y tres al cuarteo, habiendo un solo toro al que colocó cuatro pares al quiebro... Es su trabajo con la muleta ya no hay más que pedir: todos saben lo que vale la mano izquierda de Fuentes... En quites, espléndido, consumando dos verdaderamente de mérito… Con el acero, despachó a sus cuatro bichos de cuatro volapiés, un pinchazo y un descabello a la primera… En los carteles el beneficiado ofreció un séptimo toro, si los seis anunciados resultaban buenos; pero lidiado el séptimo ofrecido hubo quien pidiera otro, y sin vacilaciones ni disculpas. Fuentes lo mandó echar al ruedo... Toda la tarde fue de ovaciones para el diestro; recibió valiosos regalos y fue al fin sacado en hombros de sus admiradores hasta la carretela...

Así, Antonio Fuentes estuvo entregado esa tarde, pero también la concurrencia se le entregó. Fue un domingo redondo para todos.

La buena tarde de Parrao

Joaquín Hernández había tenido un par de tardes de altibajos en la temporada, pero en esta del beneficio de su coterráneo Antonio Fuentes, pudo revalorizar su posición ante la afición de la Ciudad de México. La cúspide de su tarde se produjo cuando le fue cedida la muerte del octavo toro – segundo regalo – donde pudo demostrar que tenía aptitudes para ocupar espacios en una temporada de la importancia de la que nos entretiene por ahora. Refiere el citado Recortes:

“Parrao”. – Colaboró con buen éxito al lado de Fuentes para que la corrida resultara magnífica, la que ha sido calificada como la mejor de la temporada… Con el capote estuvo trabajador, dando varias verónicas parando y ceñido... Hizo dos quites grandiosos, uno de ellos en el tercer toro, en que, habiendo caído al descubierto Agujetas, metió el capote en la cara del toro, quitándolo del lugar del peligro; pero como la res hiciera nuevamente por el picador, Parrao arrojó el trapo y terminó este quite coleando y adornándose al final... Todo el público se levantó de sus asientos, y tributó al diestro ruidosísima y merecida ovación... En el cuarto turo hizo otro quite magnífico, escuchando nuevos aplausos... Al mismo toro lo toreó con lucimiento capote al brazo... Pero en el octavo toro, en que Fuentes lo dejó dueño de la situación, dando muestras de ser buen compañero, rasgo que le valió a Antonio elogios del público, Parrao estuvo hecho un héroe... En el último toro, que brindó a Fuentes, después de haberle colocado dos magníficos pares de banderillas, como quedó dicho, empleó una faena lucidísima, demostrando conocimientos, valor y arte... Durante la faena de Parrao hasta que dio muerte al último toro, el público aplaudió con entusiasmo...

Al final, Parrao fue llevado en hombros junto con Antonio Fuentes hasta su transporte. Fue también para él una tarde triunfal.

El inicio del cierre de la temporada

La prensa anunciaba ya que, para el siguiente domingo, el 2 de febrero de ese 1902, se daría otro beneficio, en este caso el del empresario Ramón López. Para la ocasión, se anunciaban 2 toros del Duque de Veragua y 6 de Tepeyahualco, para Luis Mazzantini, Lagartijillo, Antonio Fuentes y Parrao

Y es que, siendo los cuatro toreros que más fechas habían reunido en el ciclo, seguramente eran los que también tenían expectativas de contratarse en las ferias españolas, por lo que preparaban ya su regreso a la península. 

Así fue pues, la historia de un festejo triunfal que me parece singular.

lunes, 19 de enero de 2026

La redondez de una tarde de toros (III/y II)

Armillita y Pituso; Solórzano y Batanero; Manolete y Molinero. Toros de La Punta

El toreo de capa de Jesús Solórzano

Decía líneas arriba que al Rey del Temple la afición ya lo daba por liquidado y que poca o ninguna esperanza tenía en él al verlo anunciado en un cartel en la principal plaza del país. En el transcurso de su crónica, El Tío Carlos agradecía a Manolete por venir a despertar o sacudir la modorra de nuestros toreros, que estaban, amodorrados por no tener quien les disputara el sitio que ocupaban. Pues esta tarde Jesús Solórzano también salió a demostrar que no estaba en liquidación y que tenía los medios y las armas para hacer frente a cualquier torero con el que se le pusiera a alternar.

Declaró sus intenciones desde que se abrió de capa con Peregrino, el primero de su lote, con el que reiteró que era uno de los intérpretes más puros del toreo a la verónica en México; después, en su turno al quite en el primero de Manolete, volvió a manifestarse así. Pero su actuación brillante vino con el quinto del encierro, faena de cuyo inicio relata don Carlos Septién García:

Cuando Jesús Solórzano se irguió en el tercio y recibió a “Batanero”, quinto de la tarde; número 62, negro, con un lance lleno de pereza, la gente gritó de gusto. Pero cuando Jesús tendió los brazos nuevamente y sin mover un centímetro los pies, recibió nuevamente al toro y así dejó caer hasta 7 verónicas impregnadas de la heráldica belleza del Virrey de Mendoza, la gente saltaba, se abrazaba y un grito unánime salía de todas las bocas: ¡Viva Morelia! … Sí. Porque el capote de Jesús parecía una roja capa cardenalicia puesta a ondear al aire de la tierra, suspendida indolentemente de “los brazos de piedra” de aquella catedral moreliana... Ovacionaza. Ovación que no paró hasta que había terminado el primer tercio. Entonces Jesús fue obligado a salir y saludar a la enardecida multitud...

De gran magnitud debió ser ese inicio de la obra de El Rey del Temple, para que se le llamara a saludar desde el tercio en lo que se preparaban los banderilleros. La motivación para lucir con la muleta estaba puesta sobre la mesa. El conjunto de su actuación, lo resume en esta forma El-hombre-que-no-cree-en-nada:

Chucho Solórzano, el estupendo torero moreliano que entró a acompañar a los dos colosos de la torería contemporánea, no se dejó opacar por ninguno de sus alternantes. Próximo a retirarse, quiso, en medio de los genios que formaban la atracción del cartel, demostrar una vez más su potencialidad de torero grande, y queriendo que el público no olvidara la justificación del mote de “Rey del Temple” con el que se le ha conocido, toreó a su segundo enemigo en forma verdaderamente maravillosa. Ocho lances naturales sin moverse un milímetro del lugar donde colocó las plantas de los pies fue el prólogo al toreo de capa más brillantes que se haya visto en el transcurso de muchos años. Pero no se detuvo allí, y al tomar la muleta, decidido a superarse, también plasmó una faena de las grandes, de las que bastan por sí solas para demostrar que se es torero. Y como sus compañeros, se llevó a casa la oreja de su bravísimo enemigo…

El gran torero de Morelia demostró que tenía los arrestos para salir adelante en cualquier situación y que, a pesar de que pocas oportunidades se le ofrecían en los escenarios principales, seguía siendo una figura del toreo.

Manolete y Molinero

La reaparición de Manuel Rodríguez Sánchez en El Toreo era quizás uno de los eventos más esperados en esa temporada 1945 – 46, después de que su presentación se viera abruptamente concluida y de que la continuidad de sus actuaciones allí se suspendiera por el tiempo de su recuperación tras la cornada que recibió la tarde de su confirmación de alternativa.

La ilusión de la afición por verlo era tal, que la afición de la capital lo sacó al tercio a saludar, apenas terminado el paseíllo. Escribe Francisco Montes:

El entusiasmo desbordante tomó caracteres de apoteosis cuando aparecieron al frente de las cuadrillas Fermín Espinosa “Armillita”, de precioso terno azul celeste y oro; Jesús Solórzano, de marfil y bordados de metal preciado, y Manuel Rodríguez “Manolete”, de pizarra y el mismo metal. La ovación que principió con el paseo de cuadrillas no terminó sino hasta que las mulillas arrastraron al sexto de la tarde… Terminado el paseíllo, la multitud aclamó al diestro cordobés que reaparecía después de su grave cornada la tarde de su presentación en nuestro coso máximo, y también sus alternantes compartieron el mismo honor...

El primer toro de su lote fue Molinero, ante el cual el Monstruo de Córdoba salió a poner al corriente a la afición capitalina. Cuenta El Tío Carlos:

Manuel Rodríguez se armó de toda arma, irguió su personalísima figura, citó como se cita en los libros de estampas. El toro, cerrado en el tercio. El torero, imperioso e inmóvil. La muleta ondeando levemente en las duras manos... Dos muletazos altos, afinados y rectos como una aguja de catedral medieval. Un derechazo. Y luego, el portento: cuatro naturales jalando al toro, metiéndolo en la muleta, obligándolo a trazar el arco rotundo de los naturales, dejándoselo a la espalda en un alarde de imperio... Allí, con el toro ya agotado, vino lo más grandioso: tres pases naturales, obligando materialmente al aplomado a tomar la muleta, tirando de él firme y suavemente. Y cuando en el centro de las tres suertes el bicho casi se quedó de plano, Manuel Rodríguez no enmendó un ápice, ni huyó. Simplemente acentuó el trazo de la muleta, corrió el brazo con un mando enérgico e hizo girar al toro hechizado una y otra vez. Era aquello como dos naturales en uno... ¡Ah toreros!: cómo nos han robado durante años el último tiempo del pase natural; cómo ahora, después de Manuel Rodríguez, no será posible dar naturales a medias, inacabados; cómo se tendrá que torear en los tres tiempos del pase, y cómo nos fijaremos cada vez más en ese último tiempo que hoy se nos aparece como una revolución porque ustedes lo habían cercenado de la más bella de las suertes... Y con el toro desigualado, dejó una estocada casi entera, ligeramente delantera, a la que entró con verdadero ímpetu... La oreja, el rabo, la vuelta al ruedo, la salida a los medios...

Tras de la lidia de este tercero de la tarde, Manolete invitó a don Francisco Madrazo y a sus alternantes a dar una vuelta al ruedo acompañándolo. Alguna crónica refiere al respecto: En la arena había zapatillas de encopetadas damas, pieles, bastones y la sonrisa franca y ancha del ganadero...

La dimensión de los naturales de Armillita

En diversos pasajes de su crónica, El Tío Carlos se empeña en señalar que Armillita toreó por naturales cortos, trayendo yo al punto de la discusión una cuestión que casi tres lustros antes surgió cuando el Maestro realizó en Madrid su histórica faena al toro Centello de la Viuda de Aleas.

En aquella ocasión, los naturales que fueron el eje de su tarde tuvieron una característica: el torero echaba adelante la muleta, para enganchar al toro y trayéndolo toreado, realizar la suerte.

Relató Federico Morena, cronista del diario Heraldo de Madrid:

«Centello» tomó el engaño rectamente. Y la muleta pasó airosamente a la mano zurda. No era el noble bruto pronto a la arrancada. Y el torero supo aprovechar esta circunstancia para imprimir a la faena más relieve, mayor brillantez. Echó el artista la muleta atrás y adelantó el cuerpo arrogantemente. Pisaba el terreno de los valientes. Entonces la muleta avanzó despaciosa, sin dudas ni vacilaciones, hasta dar suavemente con los vuelillos en el hocico de la res. Y vino la arrancada: una arrancada templadísima. El espada tiró del toro, y se lo llevó al costado, y dobló la cintura sobre el pitón, y obligóle a trazar con el espinazo una curva considerable… ¿Es así como se torea al natural? La plaza crujió en un alarido de asombro. Y otra vez la muleta avanzaba, y prendía al bicho, y tiraba de él, dominadora, triunfante. ¡Y así hasta cinco veces! Cinco naturales perfectos…

Por su parte, Rafael Hernández y Ramírez de Alda firmando como Rafael, para el diario La Libertad, escribió:

Fueron primero cuatro pases naturales, adelantando la muleta hasta provocar la embestida del toro y llevándole toreado con un temple, un arte y una elegancia exquisitos, hacerle girar en torno de la figura, sin mover los pies, mandando con la muleta y ejecutando, en suma, el pase natural de manera tal que no se concibe nada más perfecto. Y después de esos cuatro naturales, aun lo repitió en dos pases más de la misma inimitable factura... Ante aquello, ¿qué importancia tenía lo demás? El público pidió la oreja estando todavía el toro vivo…

Y es que, en esos días, el toreo de muleta, sobre todo el natural, se hacía poniéndose a la distancia, citando al toro con un toque o con la voz y si era pronto, éste se arrancaba y así se hacía la suerte. Pero la forma que describen los cronistas que aplicó Armillita con Centello, al parecer se utilizaba con toros quedados, desde los días de Antonio Fuentes y que en esos días puso de moda Domingo Ortega, según narra Federico M. Alcázar en su crítica de la actuación del Maestro Fermín esa tarde, de la que extraigo:

Pero lo más interesante y ruidoso por los comentarios apasionados que está suscitando, es un recurso que está empleando Ortega con los toros quedados y que, a juzgar por los síntomas, van a seguirlo los demás toreros con todos los toros… El recurso a que me refiero es éste: cuando un toro está muy quedado y no embiste al cite natural se le sesga al pitón contrario, adelantándole las «bambas» de la muleta al hocico y enganchándolo… Este recurso, empleado con los toros prontos, a los que basta pisarles el terreno para que se arranquen, es una pamplina innecesaria y hasta una ventaja porque al toro bravo hay que dejarlo llegar, parar y aguantarle, que este es el valor supremo. Todo el mérito que tiene en los toros quedados de corta arrancada lo pierde con los bravos de arrancada larga y franca… El domingo empleó este recurso Armillita innecesariamente, pues era un toro bravísimo de los llamados de bandera para los toreros, que cuando le pisaban un poco el terreno se arrancaba veloz… La gente no reparó que el toro no necesitaba de este recurso para torearle reposadamente al natural. Y esto no es por restarle mérito a los cuatro pases naturales, que fueron colosales…

Esas y otras cosas, se las cuenta Alcázar en una carta abierta a Carlos Quirós Monosabio, quien aquí en México no se distinguió por reconocer los méritos de Armillita. Después de ser el pontifex maximus del gaonismo, no toleró que llegara un torero a ocupar el trono que el Califa de León dejó vacante con su retirada, y de esa manera, los amigos más o menos concuerdan en sus apreciaciones.

Y en esa línea de pensamiento me da la impresión de que así como con clarividencia unos años antes de ese 5 de junio de 1932, vio el toreo que estaba por venir, cuando describió la faena de Chicuelo a Corchaíto de Graciliano Pérez Tabernero en ese mismo ruedo y lo describió en su misma tribuna de El Imparcial, en esta oportunidad no supo percibir el golpe de timón que un torero mexicano daba a la forma de hacer el toreo y que implicaba ya no el esperar la arrancada del toro, sino provocarla y obligarla a ir en una determinada dirección. Es decir, era la pieza del rompecabezas que faltaba, para completar lo que el torero nacido en Triana en la calle Betis, pero criado en Sevilla en la Alameda de Hércules había iniciado más o menos un lustro antes.

El círculo se iba cerrando, lo que inició Gallito con el toro de Martínez aquél de la encerrona madrileña, lo prosiguió Chicuelo con Lapicero y Dentista aquí en México y después con Corchaíto en Madrid y lo remató debidamente Fermín el Sabio con Centello. Allí nacía el natural largo al que alude El Tío Carlos en su crónica y que representó en su día el fondo de una obra histórica y la continuidad de lo que Alameda ha llamado el hilo del toreo.

Por eso, cuando Armillita dio los naturales cortos, y toreó como Manolete, no estaba haciendo nada nuevo, sino que retornaba a unas formas que le eran ya conocidas y que, en alguna forma, habían dejado de ser comúnmente aceptadas, hasta esos tiempos otra vez. Por eso afirmaba al inicio, Fermín Espinosa era un torero capaz de cantar todos los palos. Y recurría al adecuado cuando era conveniente o necesario. Como en esta triunfal tarde de hace 80 años.

Aviso parroquial: los resaltados en los textos transcritos son imputables exclusivamente a este amanuense, por no obrar así en sus respectivos originales.

domingo, 18 de enero de 2026

La redondez de una tarde de toros (III/I)

Armillita y Pituso; Solórzano y Batanero; Manolete y Molinero. Toros de La Punta

La temporada 1945 – 46 en el Toreo de la Condesa giró en torno a la figura de Manolete, a quien se intentó traer a México desde el ciclo anterior, pero por el tiempo en el que se trató de negociar la reanudación de las relaciones taurinas hispano – mexicanas, eso ya no fue posible. Su presentación en nuestras plazas se arregló para el 9 de diciembre de 1945, fecha en la que confirmaría su alternativa, aunque ya el 25 de noviembre anterior, presenció la corrida en El Toreo desde un palco de contrabarrera, con la finalidad de conocer la plaza y de calibrar a la afición ante la cual se presentaría en un par de domingos más.

La tarde de esa confirmación de alternativa, el segundo toro de su lote, Cachorro, le infirió una cornada que le impidió terminar su actuación esa tarde, permitiéndole reaparecer hasta el 12 de enero siguiente en Irapuato, para actuar el día 16 en Monterrey y quedar listo para volver a la plaza de la colonia Condesa el miércoles 16 de enero siguiente, para alternar con Fermín Espinosa Armillita y Jesús Solórzano en la lidia de un encierro de La Punta. Era la 12ª corrida de esa temporada y primera del ciclo que se ofrecía a mitad de semana.

El contexto una tarde histórica

Esa tarde se presentaba cuesta arriba para el Maestro de Saltillo, quien a pesar de haber cortado una oreja el domingo anterior, salió junto con sus alternantes, entre el desagrado de la concurrencia, debido a que se acusaba a Tono Algara, el gerente de la empresa capitalina, de controlar el negocio de la reventa. En ese sentido, se pasó la factura a los diestros actuantes, por considerar que estaban en complicidad con la empresa. Además, la crónica especializada ya advertía que la torería nacional requería de un revulsivo que le hiciera salir de una zona de confort que le había creado la ausencia de competencia del otro lado del Atlántico por ya una década larga.

Por otra parte, la presencia de Jesús Solórzano en el cartel se advertía como una concesión amistosa de la empresa hacia sus parientes los ganaderos, porque desde hace tiempo ya la afición le consideraba liquidado y sin atractivo para engalanar carteles de fuste en temporadas de lustre, no obstante que El Rey del Temple tenía la onza y la capacidad para cambiarla en cualquier momento.

A quien la afición de la capital esperaba, quien quiera que fueran sus alternantes, era al Monstruo de Córdoba. Después de que poco más de un mes atrás apenas pudieran verle un toro y algunos lances más, esperaban verle ahora sí en plenitud. 

El encierro de La Punta

Creo que no es ocioso repetir aquí que los toros de La Punta eran de origen Parladé en pureza. Por esa razón fue que Manolete los prefirió en las corridas que toreó en México. Me llama la atención la diferencia con la que los cronistas de la época describen la catadura de la corrida que don Francisco y don José C. Madrazo enviaron a El Toreo, porque hay profundas divergencias en sus apreciaciones. Escribe en su columna de La Lidia, El-hombre-que-no-cree-en-nada:

Seis ejemplares de magnífica presentación, bravos, encastados, alegres, finísimos. Todo un señor encierro para tres toreros de verdad, quienes supieron sacar partido en todos los momentos, produciendo en el público esa impresión inolvidable que dejan quienes pueden hacerlo con la mayor amplitud, absoluto desahogo y el máximo de lucimiento...

Por su parte, el cronista de ese mismo semanario, firmando como Francisco Montes, refiere:

Brava corrida de La Punta. Los señores Madrazo enviaron para este magno acontecimiento una corrida bien presentada, de fina estampa y de bravura ejemplar salieron algunos de sus bureles...

Por su parte, don Carlos Septién García, firmando como El Tío Carlos en su crónica para el diario El Universal, califica al primero de joven, dice que el segundo estaba astillado, que el tercero era chico, y el cuarto brocho. En tanto que Heriberto Lanfranchi afirma que los toros fueron terciados, pero finos y bien armados

Así pues, hay pareceres en todos los sentidos. Lo que sí es trascendente es que cualquiera que haya sido su presencia, el juego que dieron en el ruedo tuvo transmisión hacia los tendidos y eso fue fundamental para el resultado del festejo.

La tarde triunfal de Armillita

El primero de la tarde fue nombrado Consentido, número 146 y con él, Armillita se mostraría como el torero poderoso y conocedor de la lidia que se había labrado un sitio como figura del toreo prácticamente desde su adolescencia. Relata Francisco Montes para La Lidia:

Dio principio a su faena con tres estatuarios pases ayudados por alto, llevó a “Consentido” a los medios y le ligó seis naturales plenos de maestría que hicieron trepidar la plaza desde sus cimientos, siguió con un pase de costado, tres derechazos imponentes, un molinete y un artístico cambio de muleta por la cara, volvió a torear con la izquierda y ligó dos naturales maravillosos que remató con artístico adorno por la cara; luego vinieron tres doblones con una rodilla en tierra, toreros y mandones; adornos por la cara para conseguir la igualada y dejar el acero en todo lo alto, rodando el burel sin puntilla. La ovación creció de tono y los gritos de ¡TORERO!, ¡TORERO!, ¡TORERO!, atronaron el espacio. Las orejas, el rabo y vueltas al anillo fueron el premio a la primera gran faena del Coloso del Norte en esta tarde...

En cuanto al uso del acero, hay también discrepancias en las narraciones, porque Rodolfo Guzmán, enviado del diario El Siglo de Torreón y El Tío Carlos, refieren que antes de la estocada, Armillita pinchó en lo alto. No obstante ello, la magnitud de la faena no fue emborronada por tal fallo con el acero. 

Este toro lo había brindado al licenciado Javier Rojo Gómez, Gobernador del Distrito Federal, quien el siguiente 16 de abril, pondria en vigencia un decreto que impedía la celebración de más de dos festejos taurinos a la semana en la Ciudad de México.

Pero aún faltaba el triunfo grande, la demostración de Fermín El Sabio, de que él podía cantar todos los palos. Y aunque luego nos queda la idea de que esa demostración la presentó el 15 de diciembre del año siguiente, la realidad es que fue este miércoles de hace 80 años cuando dejó establecido que no había forma de torear que él no pudiera dominar.

La manía de contar los naturales a Armillita

El cuarto de la corrida fue anunciado como Pituso y llevaba herrado el número 139. Este sería el toro con el cual Armillita dejaría en claro a propios y a extraños que el toreo no tenía secretos para él. 

Pituso no se prestó para muchas florituras en los dos primeros tercios de la lidia, pero con la muleta, Armillita daría una de sus lecciones magistrales. Así la describe El Tío Carlos:

Brindó “Armillita” al ganadero y marchó hacia el toro. Había expectación en el ámbito. Todavía estaban allí, firmes y palpitantes los naturales increíbles de Manuel Rodríguez al tercer toro. La multitud oscilaba entre el deseo y la duda. Pero algo se presentía... Fermín se situó en su tercio preferido, el de sombra y porra. Allí ejecutó dos pases altos. Y se echó la muleta a la izquierda para comenzar a escribir uno de los más clásicos, profundos y firmes párrafos de su nobilísima historia torera, si no es el que más... Fueron seis naturales portentosos y su remate también con la izquierda, recogiendo la muleta en forma de abanico; es decir, siete naturales. Dos de aquellos pases serán inolvidables por la inminencia del cite, la hondura del temple, la longitud del mando: dos pases modelo de naturales en corto... Vino un pase por alto, para reponer a “Pituso”... Y en seguida, exactamente en el mismo sitio donde negreaban las pisadas de toro y torero durante los primeros naturales, Fermín volvió a citar con la mano izquierda... Ahora fueron cuatro naturales prodigiosos por la precisión, el poderío y el terreno. Fueron rematados en la misma torerísima forma que los otros: con un pase natural recogiendo la muleta. Total, cinco... Y en el mismo sitio, confirmó el empeño. Fueron en esta última serie magnífica, tres naturales más – el tercero enormísimo –, con su remate. Es decir, cuatro... En total, Fermín había trazado 17 naturales. Y sobre la arena quedaba un círculo de escaso diámetro, dentro del cual las huellas atestiguaban el dominio y el engranaje, la ligazón, de aquel trasteo portentoso... Luego vinieron dos derechazos y uno de la firma ceñidísimo. Pero para esto, debemos advertir que el lado derecho del toro era difícil; y que sólo un torero como Fermín Espinosa pudo hacer a ese animal tan grandiosa faena basada en el único lado propicio: el izquierdo... Abaniqueó Fermín al toro para llevárselo hasta los medios. Entre paréntesis: este abaniqueo en el medio o al final de una faena, que ha sido censurado por algunos críticos, sirve precisamente para impedir que los peones entren a capotear sin ton ni son para mover al toro – como ocurre a los matadores adocenados –. El abaniqueo de Fermín, de Manolete, de Arruza, de Martín Vázquez, es un alarde de dominio de los toreros que no necesitan cirineos. Claro que hay casos en que se utiliza como modo de eludir una faena; y entonces debe ser censurado... En los medios Fermín se adornó en dos molinetes - el uno por delante y el otro por detrás -. Dobló para igualar y se tiró a matar recto, señalando un pinchazo. Volvió a citar al natural con insistencia sin obtener arrancada alguna más, y se tiró entonces al volapié enterrando el estoque hasta el puño y calando al animal...

En esta oportunidad no hubo conflictos de cuentas, como la tarde aquella de Nacarillo. Pero por lo visto, les gustaba hacerle números al Maestro.

Por su parte en su crónica aparecida en el semanario La Fiesta, Roque Armando Sosa Ferreyro, firmando como Don Tancredo, refiere:

Como primer espada y máximo triunfador, Armillita merece la atención de las primeras referencias y los más cumplidos elogios, pues ésta ha sido una de sus más grandes tardes, quizá la de mayor relieve en México por cuanto hizo gala de toda su maestría, de un valor sereno y positivo, de facultades portentosas, y además –y ojalá así sea siempre– de celo con el toro y con la gloria, dando a su toreo una emoción, una gallardía, una finura y elegancia que don Fermín Espinosa no acostumbra prodigar… A “Pituso” le hizo un trasteo inolvidable. El animal se ceñía por el lado derecho y Armillita lo lanceó muy bien por el izquierdo… De nuevo pidió los garapullos y encendió el entusiasmo, la emoción y la alegría con tres soberbios pares de banderillas… Y vino lo sensacional, lo extraordinario, la enorme, histórica faena: tras dos muletazos de tanteo, quince pases naturales en tres tandas… al estilo de Manolete, de perfil, acortando la distancia que lo separaba del toro con pasos menudos y flameando suavemente el engaño, que llevaron al frenesí a los aficionados, mientras se extendía por el ruedo una alfombra de sombreros y la ovación se hacía interminable. Y como remate, muletazos de adorno, medios pases por la cara, molinetes y cambios de muleta por la espalda. Echándose fuera atizó media estocada, y después una honda en todo lo alto. Ovación, oreja y rabo, música, el delirio. Tres vueltas al ruedo y dos salidas a los medios… ¿No decían que Armillita era un torero caduco, en plena decadencia? …

Concluyo esta primera parte, con lo que a propósito de la actuación de Armillita escribiera El-hombre-que-no-cree-en-nada, resumiendo el hacer del Maestro esa tarde:

“Armillita”, para con quien el público se encontraba de uñas por su apatía en muchas de sus últimas actuaciones, dio el desquite completo, cuajando dos faenones imborrables, plenos de torerismo, de sabiduría, de arte sin igual. Esos dos trasteos, compuestos de todos los pases imaginables, desde el verdadero natural que prodigó hasta el cansancio, enloqueciendo a la multitud, hasta el adorno pinturero y gallardo que vino a ser la pimienta de aquellos manjares maestramente confeccionados. ¿Cuántos pases naturales desgranó el maestrazo de Saltillo? Difícil es decirlo, pues la embriaguez en que se encontraba todo el público estoy seguro impidió poder contarlos, ¡BASTE DECIR QUE VIMOS FUE SENCILLAMENTE PRODIGIOSO! …

Y dada la extensión que van tomando estos apuntes, los concluiré el día de mañana.

Aviso parroquial: los resaltados en la transcripción de la crónica de El Tío Carlos son obra imputable exclusivamente a este amanuense, por no obrar así en su respectivo original.

domingo, 11 de enero de 2026

10 de enero de 1943: La ganadería de Matancillas lidia su primera corrida de toros en El Toreo de la Condesa

Imagen: Luis Reynoso - La Lidia
La primera vez que se lidió un encierro a nombre de Matancillas en El Toreo de la Condesa, fue el 15 de agosto de 1926. Fue una novillada, anunciada como fracción de La Punta, que enfrentaron Julián Rodarte, Edmundo Maldonado Tato y Fermín Espinosa Armillita Chico. El encierro se anunció como de cruza española de Parladé, aunque en realidad, en el lote iban novillos que procedían de los ganados que originalmente se adquirieron de San Nicolás Peralta, eso sí, cruzados con el toro Pinchasapos de Parladé y probablemente algunos otros de lo que de origen San Mateo hubo en esa casa ganadera. También habrá que señalar que todos iban marcados con el hierro de La Punta.

Tras de esa presentación, la base genética de La Punta cambió, los hermanos Francisco y José C. Madrazo optaron por criar toros del encaste Parladé, vía las importaciones que hicieron de vacas y sementales de Campos Varela y Gamero Cívico.

A finales de los años 30 Matancillas comienza a comparecer en las plazas ya con hierro y divisa propios, en 1939 lidia en diversas plazas de provincia una camada completa de corridas de toros para promover a Conchita Cintrón quien regularmente compartía cartel con Jesús Solórzano y Alberto Balderas. Particularmente he encontrado carteles anunciando corridas de Matancillas en Tepatitlán el 24 de diciembre de ese 1939, la que sirvió de presentación a la ganadería aquí en Aguascalientes el 1º de enero de 1940, ambas con un mano a mano entre El Rey del Temple y El Torero de México, y entre ese 1939 y 1943, envía 15 novilladas a Guadalajara, presentando en El Progreso su primera corrida de toros el día de Navidad de ese último año.

Matancillas dejaría formalmente de ser fracción de La Punta en 1942, al inscribir en la Unión de Criadores su propio hierro y divisa. Cuenta doña María Luisa Solórzano:

Los hermanos Madrazo escogieron la divisa color oro, gris y rojo, y el hierro es como una flor de lis con círculo. Cuando formaron la ganadería de Matancillas, en 1942, escogieron el mismo hierro, pero sin el círculo, y los colores verde y negro para la divisa…

Volvería, ya con ese hierro y divisa al coso de la colonia Condesa el 30 de agosto de 1942, cuando presentó una novillada para Rutilo Morales, Rafael Osorno y Luis Briones. Fue la tarde de la inolvidable faena al novillo Mañico realizada por Osorno, que ha quedado como ejemplo de lo que es una gran faena para un aspirante a ser matador de toros, junto con apenas un puñado más de ellas.

Con ese andar quedaba preparado el camino para que los hermanos Francisco y José C. Madrazo se presentaran en la entonces principal plaza de toros de la República con una corrida de toros.

La séptima corrida de la temporada 1942 – 43

Estamos situados en la penúltima temporada antes del restablecimiento de las relaciones taurinas hispano - mexicanas, así que los toreros actuantes ese día 10 de enero del 43 eran todos nacionales, fueron Jesús Solórzano, Lorenzo Garza y Carlos Arruza, quienes se encargarían de dar cuenta de un encierro de la ganadería debutante de Matancillas, propiedad de los señores Francisco y José C. Madrazo, vecinos de Lagos de Moreno, Jalisco.

Creo importante resaltar aquí que en diversas publicaciones se señala que la fecha de la presentación de la ganadería de Matancillas en El Toreo es la del 10 de octubre de 1942. Ese dato es inexacto por una razón evidente: ese día no hubo toros en la capital mexicana. La fecha de su presentación con una corrida de toros es la de este festejo que hoy me ocupa.

No fue una tarde afortunada para la ganadería jalisciense, dado que, de los seis toros enviados, uno, el cuarto de la corrida fue devuelto tras de ser ruidosamente protestado por la concurrencia y otro no superó el reconocimiento y también fue sustituido. Al final se corrieron solo cuatro de los anunciados, uno de Zacatepec y otro de Piedras Negras.

La crítica no fue muy comedida con los ganaderos, sobre todo, porque el domingo anterior también se jugó un encierro muy terciado de Torrecilla, lo que tenía encrespados los ánimos de los escribidores y de la afición. Refiere a este respecto Roque Armando Sosa Ferreyro Don Tancredo, en su crónica publicada en el semanario La Lidia:

Matancillas – segunda edición de La Punta – vino a hacer el ridículo, y en la tarde en que se corrieron por vez primera sus reses en “El Toreo” con el cartel de ganadería de primera clase. Este fracaso revela falta de escrúpulos en los ganaderos señores Madrazo, y desprecio absoluto a la afición metropolitana, con la agravante del antecedente que debieron tener en cuenta como advertencia: el caso Torrecilla... Si los señores Madrazo enviaron semejantes cornúpetas para la presentación de su ganadería como de cartel, es lógico deducir que estos ejemplares fueron los mejores que tenían... Y es forzoso consignar que demostraron tener muy poca consideración para el público metropolitano y que no les preocupa gran cosa el prestigio de su divisa ni su buen nombre como ganaderos...

En párrafos siguientes Don Tancredo intenta reiterar la existencia de un añejo conflicto entre los señores Madrazo y don Antonio Llaguno y que, con esta corrida, los primeros perdieron la oportunidad de una revancha, aunque sin dejar de señalar – de manera justificativa – que los toros de Torrecilla no son corpulentos, pero sí ejemplares de bravura y nobleza extraordinaria, verdaderos toros de bandera...

Y para rematar, sabiendo que Jesús Solórzano estaba emparentado con los ganaderos de la tarde, lo acusa de ser el responsable de la mala entrada de la tarde y de ser un torero fatigado, viejo y en consecuencia, sin posibilidad de poder con los toros. Pero pese a la mala tarde que tuvo ese particular domingo El Rey del Temple, la corrida terminó en son de triunfo, como enseguida podremos ver.

La poderosa muleta de Lorenzo Garza

El quinto toro de la corrida fue de Piedras Negras, herrado con el número 51 y sin que se le anunciara nombre en el cartelillo, fue cárdeno bragado y aunque aparentemente se acabó las fuerzas ante los picadores, se avivó en banderillas y permitió que El Magnífico le hiciera una interesante faena. Sigue contando Don Tancredo:

Este toro anónimo de Piedras Negras sirvió de pedestal al torero de Monterrey para levantar un monumento a su muleta. Lorenzo hizo una gran faena no porque el toro se prestase a ella, sino a pesar del toro. El trasteo de Garza, que tuvo el secreto de su portentoso aguante, cobró relieves de intensa emoción y plasticidad, con un dominio, un mando y un señorío únicos. El arte incomparable de este muletero de maravilla hizo el milagro de bordar una de las faenas más meritorias de los últimos años, y en ella vimos derechazos estupendos, un monumental pase de costado, naturales garcistas y toreo de rodillas en que destacó un imponente pase de pecho, mientras la música tocaba en honor de este maestro y artista que tarde a tarde se hace aplaudir con el mismo celo de gloria que un novillero ansioso de llegar a la cumbre. Finalizó su trasteo con un pinchazo en lo alto y media estocada que hizo rodar al de Piedras Negras, ganándose una cálida y prolongada ovación, dianas y vuelta al ruedo, en premio a su torerismo, su arte y su maestría...

Lorenzo Garza había anunciado al inicio de la campaña que esta sería la de su despedida de los ruedos. En una extensa entrevista que concedió a don Carlos Septién García, El Tío Carlos para el diario El Universal de la Ciudad de México, explicó sus motivos y dejó en claro que era para él, el momento de dejar de vestir el terno de luces.

La torera alegría de Carlos Arruza

El citado Carlos Septién García dedicó su crónica en el semanario La Nación, firmando como El Quinto, principalmente, al hacer de Carlos Arruza, a quien calificó como un torero alegre. Quien posteriormente sería conocido como el Ciclón Mexicano, también tuvo una tarde afortunada, aún sin el corte de orejas, con la faena realizada al sexto de la función, Caminero de Matancillas. Refiere el cronista queretano:

La solemnidad es un disimulo molesto y egoísta. Es una camisa blanca y dura puesta para ocultar ineptitudes y deficiencias. La alegría, por el contrario, es atributo de la integridad. Cuando se es cabal: cuando nada se teme; cuando se tiene suficiente equilibrio interno, se es alegre... el ver a un hombre que enfrenta problemas arduos con llaneza y gusto, con claridad y alegría, es uno de los más deliciosos espectáculos humanos... Porque es el triunfo de la naturalidad: lo mismo en la vida que en los toros... Y justamente lo que hemos contemplado hoy es la alegría taurina encarnada en Carlos Arruza. Alegría con la capa, con las banderillas, con la muleta. Júbilo desbordante que ha ahuyentado de la plaza hasta el menor sentido de solemnidad o de tragedia para inundarnos con el sabor de una manzanilla de ámbar madurada en México. Verónicas finas, bajas, ceñidas, pero hechas con ese sentido adolescente de lo repentino, de la ocurrencia. Gaoneras a la española unas, levantando los pies sobre la punta; a la mexicana otras, con las plantas asentadas... Tapatías de un ritmo tan juguetón y tan desenfadado como cuando el chamaco de la esquina es quien la hace de toro... Pero donde la alegría de este torero ha alcanzado expresiones de repique de sábado de gloria, ha sido en esos muletazos lasernistas de hinojos que dio a su último toro... Porque como alegría auténtica, ésta de Carlos Arruza es sana y limpia. No en detrimento del señorío de su toreo... Al recinto de nuestra torería ha llegado un torero alegre. Y ya no todo serán dramas pavorosos, ni rabias voluntariosas, ni entumecimientos congestionados. Tendremos sol de Sevilla, repiqueteo de castañuelas, travesura y gozo de España...

Como hasta aquí podemos ver, no todo triunfo es el resultado de cortar orejas por carretadas. A Carlos Arruza se lo llevaron en hombros al final de la corrida después de que pudo despachar a Caminero hasta el cuarto intento con la espada. 

Bien lo dijo Manolo Martínez ya hace algunos ayeres, los apéndices son meros retazos de toro, lo que vale, es lo que se queda en el sentimiento y la memoria de la afición.

Hasta la próxima semana.

domingo, 4 de enero de 2026

7 de enero de 1945: El Soldado y Famoso de San Mateo

Antonio Llaguno y El Soldado junto a los restos de Famoso
Foto: Sosa
En la parte álgida de la temporada española de 1943 Luis Briones viaja a España como representante de la Unión de Matadores, a tratar de negociar una reanudación de relaciones entre las torerías de aquí y de allá, rotas desde 1936. Cuando los hechos trascendieron, resultó evidente que detrás de ese viaje de Briones se encontraban Maximino Ávila Camacho y Antonio Algara, respectivamente accionista mayoritario y gerente de Espectáculos El Toreo, S.A., porque el interés del primero era, indudablemente, presentar en su plaza, la primera de México, a Manolete, al costo que fuera.

La prensa especializada no se mostró complacida con el viaje de Briones, que fue secundado después por Tono Algara y así, firmas como las de Flavio Zavala Millet, firmando como Paco Puyazo, don Luis de la Torre El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada y el politólogo e historiador Roberto Blanco Moheno atacaron sin clemencia principalmente a Briones y también a quienes lo enviaron a negociar la paz, por considerar que traicionaban un movimiento que podía generar una total independencia de la fiesta de toros en México.

Al final de cuentas, la ruptura se pudo subsanar, pero Manolete ya tenía ese invierno comprometido, por lo que el elenco de toreros hispanos para la temporada 44 – 45 se formó con nombres como Cagancho, Gitanillo de Triana, Pepe Luis Vázquez, Rafael Ortega Gallito y Antonio Bienvenida entre los más destacados. 

La presentación de Manolete quedaría para la temporada venidera, y esa circunstancia motivaría a quienes lo esperaban como eje del ciclo de corridas en la capital, a criticar lo que se ofrecía como anodino o aburrido, sin que ninguna tarde diera satisfacción completa a la afición. Y si a esto sumamos que el 19 de noviembre del 44, el Maestro Armillita sufrió una grave cornada en San Luis Potosí, tenemos que el torero mexicano que podría cautivar la atención de la afición capitalina estaba en el dique seco.

En esas condiciones llegó el domingo 7 de enero de 1945, fecha en la que se celebró la octava corrida de la temporada, misma en la que se anunció un encierro de La Punta para que lo lidiaran Luis Castro El Soldado, Silverio Pérez y Pepe Luis Vázquez.

El encierro de La Punta

Comenzaré por referirme a los toros enviados por don Francisco y don José C. Madrazo a El Toreo, porque al final de cuentas su comportamiento en el ruedo desembocó en lo que causó el resultado final del festejo. Refiere El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada, en su comentario aparecido en La Lidia, una semana después del festejo:

...los señores Madrazo, propietarios de la vacada de La Punta, enviaron seis toros en buena edad y magníficamente presentados, no habiendo desmerecido en corpulencia sino uno de ellos. De los seis, dos fueron bravos y uno bravísimo, el corrido en quinto lugar, siendo los restantes reservones, reparados de la vista y con tendencias más a la mansedumbre que a aquello que tanto favorece a los lidiadores, sin presentar ninguno mayores dificultades. Todos fueron pegajosos para las caballerías, propinando tremendos tumbos que ofrecieron oportunidades a los matadores para realizar el verdadero quite, suerte olvidada que no apareció por ninguna parte a no haber sido por el heroico Simón que cuando se presenta la ocasión pone la muestra al más pintado. Esta codicia de los punteños dio lugar también a ver picar como ya es muy raro en los actuales tiempos, tan raro es que el público desorientado por completo, se pone a chillar cuando debiera aplaudir con entusiasmo, protestando, eso sí, en contra de quienes autorizan el asesinato alevoso de las reses permitiendo el empleo de puyas descomunales...

Como se puede leer, a juicio de don Luis de la Torre, un par de toros dejaron espacio para triunfar, con la única cuestión de que tenía que toreárseles.

El toro que regaló El Soldado

Las distintas reseñas históricas parecen coincidir que las dos faenas grandes de Luis Castro El Soldado en El Toreo fueron las que realizó a los toros Rayito y Famoso, ambos de San Mateo, la primera, en la corrida recordada como la de los tres Luises y la segunda que es la que hoy me ocupa. Ambos toros, tienen el estigma de ser toros de regalo, o toros del perdón como los llamó la prensa de su día, para tratar de enmendar los efectos de una mala tarde.

En esta oportunidad tenía otra cuestión añadida. Para esos días era de dominio público y evidente el agrio desencuentro de los hermanos Madrazo con don Antonio Llaguno, sin que sus causas hayan trascendido. Así, el ganadero zacatecano no perdía oportunidad para tratar de demostrar que sus toros eran superiores. Así, en los chiqueros tenía encerrado uno, dispuesto a salir a dejar en mal a sus colegas jaliscienses. Sigue contando don Luis de la Torre:

“El Soldado”, ya desde temprana hora, en perfecto acuerdo con el ganadero, obsequió al público con el toro del “perdón”, que no de otra manera puede calificarse ese desprendimiento cuando se ha tenido una mala actuación...

La procedencia del toro de regalo no fue fortuita y en cierta forma me recuerda lo sucedido el 28 de febrero anterior, cuando Armillita regaló a Paracaidista de La Laguna, cortándole el rabo, después de despachar él solo con pulcritud una dura corrida precisamente de San Mateo.

La faena de El Soldado a Famoso

Roque Armando Sosa Ferreyro Don Tancredo abre su crónica publicada en La Fiesta en los siguientes términos:

Un toro de maravilla, un toro de bravura y nobleza incomparables, fue inmortalizado el domingo anterior en el ruedo metropolitano. El toro, cárdeno bragado y salpicado, número 28, se llamó “Famoso2 y procedió de las dehesas de San Mateo, la ganadería milagrosa de don Antonio Llaguno. Y el torero es un artista que se llama Luis Castro “El Soldado”...

Vestido de celeste y oro, El Soldado enfrentó al toro que le dedicó don Antonio Llaguno, cárdeno claro y paliabierto. Las crónicas coinciden en que su trapío, adecuado a su encaste, desentonaba con el de los toros de La Punta de la lidia ordinaria y si hemos de tener en cuenta lo escrito por El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada, más parecía un novillo:

Para tal objeto se soltó un novillo de San Mateo de bravura y suavidad extraordinarias, el que fue magistralmente aprovechado por el donante, quien no sabemos por qué motivos se abstuvo de invitar a sus compañeros a alternar con él en el primer tercio, lo que significó un patente desaire para nuestro huésped Pepe Luis Vázquez...

Un ejemplar de tal calidad requería tener un gran torero enfrente para aprovecharlo debidamente. La faena que El Soldado realizó a Famoso fue completa, pues hasta las banderillas tomó, no obstante traer un varetazo en el muslo derecho, sufrido en Irapuato el día de año nuevo. Relata Don Tancredo:

Pero si estupendo fue el cornúpeta de San Mateo, justo es consignar que “El Soldado” estuvo también a la altura de “Famoso”, toro de los más difíciles cuando no lo torea un artista, sino un jornalero de los ruedos. Sus templadísimas verónicas, sus ceñidas y rítmicas chicuelinas, el finísimo cuarteo con que adornó primeramente el morrillo del sanmateíno, sus valerosos muletazos en tablas, sus naturales mandones y garbosos, uno de ellos, rematado por alto; sus derechazos largos y emotivos, sus pases de pecho plenos de majestuosidad y de verdad, sus ayudados por alto y por abajo, firmas y adornos del mejor gusto, y por último, entrando en corto y por derecho, media estocada en las mismas péndolas que hizo rodar al astado. Toda su labor estuvo en un plano de excelsitud artística, y en su honor hay que decir que su trasteo fue realizado con una alfombra de sombreros en el ruedo, y que antes de coronarlo con la media estocada que rubricó su éxito, ya los pañuelos aleteaban en el tendido pidiendo las orejas y el rabo de “Famoso”... Llevando en las manos los apéndices del incomparable toro de San Mateo, Luis “El Soldado” y don Antonio Llaguno dieron la vuelta al ruedo para recibir el homenaje de la afición metropolitana, mientras el cadáver de "Famoso" también era ovacionado al pasearlo alrededor de la arena. Y la policía hubo de intervenir para evitar que la multitud sacara en hombros a los triunfadores de esta tarde inolvidable, pues "El Soldado" hubo de ser llevado a la enfermería de la plaza, donde se le practicó una pequeña intervención quirúrgica...

Por su parte, quien firmó como Francisco Montes en La Lidia, refiere:

Castro inició la faena con tres muletazos en el estribo que ligó con uno de pecho; la ovación no se hizo esperar; siguió toreando por naturales que no fueron del todo lucidos y luego continuó con la mano de cobrar y sus pases resultaron brillantes y bien rematados; la faena es de estimable mérito aunque derechista; ayudados por alto estatuarios, cambios de muleta por la espalda, ayudados por bajo, una faena muy torera y quizá la mejor que ha hecho en su vida; lasernistas, derechazos en redondo en los que materialmente se embarra en la faja al estupendo y maravilloso burel de San Mateo; entra a matar muy bien y deja media estocada delantera que hace rodar al burel sin puntilla: la ovación es delirante, se le conceden las dos orejas y el rabo de su enemigo, a quien merecidamente se le da la vuelta al ruedo; el público emocionado pide salga a la arena el ganadero, el que, en compañía del espada, da la vuelta al anillo recibiendo una apoteósica demostración de cariño...

Y días después, don Luis de la Torre El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada, reflexiona:

Lo toreó de capa como “El Soldado” sabe hacerlo en condiciones del todo favorables, interviniendo él solo durante el tercio de varas que se redujo a dos. Le colocó un magnífico cuarteo en banderillas que nos hizo recordar lo buen rehiletero que fue en los principios de su carrera, colgando otro más de colocación defectuosa, aunque con muy buenos procedimientos. Y después vino lo grande, el faenón reivindicador iniciado con tres muletazos en el estribo de positivo mérito, para apenas alejado el burel del lugar de iniciación, plasmar un trasteo en un palmo de terreno, en el que hubo toda clase de pases, desde el clásico natural, rematado ya por bajo ya por alto, hasta el adornamiento plástico y perfecto, pasando por los muletazos de toda índole ejecutados con majestuosidad y torerismo puro, sin el menor detalle de afectación, conservando siempre el cuerpo enhiesto, moviendo los brazos y con ellos la muleta con dominio y absoluta soltura, pasándose al bruto a pocos centímetros del pecho o de la faja, según las circunstancias. Una cátedra del bien torear, aprovechando a maravilla las excepcionales cualidades del pequeño enemigo que no supo tirar una cornada y al que despachó al destazadero de una casi entera de rapidísimos efectos, ganándose por todo ensordecedora ovación, oreja y rabo. Los despojos del bravísimo novillo fueron también ovacionados, dándosele, ahora sí, la vuelta al ruedo en compañía de su criador... ¡VAYA TORO BIEN APROVECHADO! …

Las opiniones de la crónica son unánimes en cuanto al hacer de El Soldado ante Famoso, y de esa manera, reitero, ha pasado a la historia como una de las más acabadas obras de su paso por los ruedos.

Importante es también señalar que la vuelta al ruedo que dio don Antonio Llaguno junto con el torero de Mixcoac, fue la última de su trayectoria ganadera, porque días después fue intervenido de la columna vertebral y tras de dicha cirugía, ya no pudo volver a desplazarse por su propio pie, dejando de asistir a las plazas, pero manteniéndose pendiente de la ganadería que al paso de los años sería el eje del toro de lidia que se cría en México.

El Soldado ha pasado a la historia como uno de los toreros artistas más grandes que ha dado este país, pero también nos dejó estampas de reciedumbre torera, imponiéndose a las condiciones de los toros que no tenían aptitudes para lucir la clase delante de ellos, es sin duda un caso único del torero que puede con los toros, pero que también crea arte con ellos. La tarde que hoy me ocupa, es un claro ejemplo de ello. 

domingo, 28 de diciembre de 2025

26 de diciembre de 1920: Sánchez Mejías corta el primer rabo en la historia del Toreo de la Condesa

El 11 de octubre de 1916 se publicó en el Diario Oficial del Gobierno Provisional de la República Mexicana un decreto mediante el cual, Venustiano Carranza, en su calidad de Encargado del Poder Ejecutivo de la Unión, prohibió la celebración de corridas de toros en el Distrito y Territorios Federales, así como en el resto de la República, hasta el restablecimiento del orden constitucional.

Ese decreto, sibilinamente hecho público en su literalidad en la prensa ordinaria, con precisión en los diarios La Defensa, El Demócrata y El Universal desde el día 9 anterior, implicaba dos prohibiciones, una, que afectaba a todas las entidades del país y que terminó con la entrada en vigor de la Constitución de 1917, es decir, el 6 de febrero de ese año y la otra, relativa al entonces Distrito Federal y los territorios de Baja California, Del Bravo, Jiménez, Quintana Roo y Tepic perduró algunos años más, fuera porque esos territorios dejaron de tener esa calidad jurídica – Del Bravo, Jiménez y Tepic – o por lo que enseguida intentaré relatar.

En el mes de abril de 1920, en Sonora, se hizo público el llamado Plan de Agua Prieta, donde aparecían como figuras principales a Adolfo de la Huerta, Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón, oponiéndose al apoyo que daba el todavía Presidente Carranza a su embajador en los Estados Unidos, Ignacio N. Bonillas, para ser su sucesor en la elección próxima. Los ánimos se caldeaban en la Ciudad de México y por esa razón, tras de asistir don Venustiano al acto conmemorativo de la Batalla de Puebla el 5 de mayo, al siguiente día decidió cambiar la sede de los poderes federales al Puerto de Veracruz, abordando el tren presidencial para ello.

La posición política de Carranza ya estaba bastante debilitada, tanto, que el 9 de diciembre de 1919, la Cámara de Diputados dejó insubsistente su decreto prohibicionista y la de Senadores hizo lo propio el 2 de mayo de 1920, pero esa debilidad no impidió que antes, en plena vigencia de ese decreto, el 12 de octubre de 1919, se diera una corrida de toros en una plaza de toros levantada al efecto en la colonia La Bolsa – hoy colonia Morelos – de la capital, a beneficio de las obras de embellecimiento y drenaje de ese desarrollo habitacional. Esa tarde Juan Silveti lidió y mató en solitario cuatro toros de San Mateo de manera exitosa, mientras en El Toreo, Enrico Caruso y Gabriela Besanzoni presentaban la ópera de Verdi Un baile de máscaras.

La reapertura de El Toreo a las corridas de toros se celebró 16 de mayo de ese 1920, con un cartel formado por el diestro sevillano José Corzo Corcito y el Tigre de Guanajuato Juan Silveti, quienes lidiaron toros zacatecanos de San Mateo, en ese entonces, propiedad de los hermanos Antonio y Julián Llaguno.

La temporada 1920 – 21 en El Toreo

Una vez destrabados los obstáculos legales, se comenzaron a reorganizar los estamentos taurinos para volver a dar a El Toreo de la Condesa la función para la que originalmente estaba designado. En esa tesitura, se constituyó la sociedad denominada Empresa Taurina, S.A., formada por los señores Amada Díaz de De la Torre, propietaria del coso, el industrial minero español Andrés Fernández, el zacatecano Francisco Carreño, José del Rivero y Ramón López, siendo estos dos últimos representantes de los intereses de la señora Díaz y del señor Fernández, respectivamente. La cara visible de esa empresa, serían los tres últimos nombrados.

Escribe a este propósito Verduguillo:

Pepe Rivero y Ramón López salieron para España a contratar matadores que deberían actuar en la primera temporada 1920 – 21, después de la prohibición... El primer matador contratado fue Gaona y luego, por recomendación de éste, Alfonso Cela “Celita” de quien no teníamos más antecedentes de que era gallego, un matador de Galicia, una novedad. A poco supimos que estaba firmado Ignacio Sánchez Mejías, y al de Ignacio siguieron los contratos de Domingo González “Dominguín”, Ernesto Pastor, Juan Luis de la Rosa y Ángel Fernández “Angelete”, Juan Silveti fue contratado aquí...

Omite Rafael Solana en esa relación a Ernesto Pastor y refiere Heriberto Lanfranchi que se lidiaron toros de Piedras Negras, San Diego de los Padres, Atenco, Zotoluca, La Laguna y Coaxamalucan de entre las ganaderías nacionales, y del Duque de Veragua, Juan Conradi, Juan Manuel García, antes Arribas y Luis Gamero Cívico entre las españolas.

La temporada se inauguró el 17 de octubre de 1920 con toros de Piedras Negras para Juan Silveti mano a mano con Ángel Fernández Angelete, una corrida que solamente pasó a la historia por la efeméride que representó, pero por la escasa presencia de los piedrenegrinos, los espadas terminaron con rapidez la tarde.

Por su parte, Gaona volvió a México a principios de octubre de ese año y se instaló en una casa en la calle de Limantour, hoy Abraham González, de la que Verduguillo cuenta lo siguiente:

Sencillo el mobiliario, una que otra fotografía en las paredes tapizadas con papel descolorido. La sala tenía dos balconcitos a la calle; detrás un reducido comedor y luego el patiezuelo que daba acceso a la estrecha cocina. Esto era la planta baja, en la planta alta todo debió estar en consonancia. No hacía falta tener gran olfato para descubrir que Rodolfo venía, como se dice vulgarmente, “sin una peseta”... Largo rato permanecí con Rodolfo, conversando de diversos asuntos... Y mientras, el fiel mozo de espadas “Maera”, que no abandonó a Rodolfo ni en los momentos más críticos, entraba y salía arreglando el guardarropa del torero, en el que figuraban seis ternos. Los más lujosos que bordaron las habilísimas manos de la “Maestra”...

No olvidemos que el haber brindado un toro a Victoriano Huerta y el haber aceptado un festejo en correspondencia por ese brindis, motivó que Carranza le incautara sus bienes por considerarlo traidor a la patria, despojando, incluso, a la madre del torero de la casa que habitaba, y que el ridículo decreto que terminó por caer por su propia iniquidad, tenía un recipiendario en específico: Rodolfo Gaona, quien se tuvo que alejar de México durante todo el tiempo que el de Cuatro Ciénegas detentó el poder. 

Todos estos elementos, es decir, el regreso de los toros a la Ciudad de México, la vuelta del Petronio a México y los integrantes del elenco anunciado, despertaron un interés inusitado por adquirir derechos de apartado, lo que motivó la necesidad de ampliar en alguna forma El Toreo. Es cuando, cuenta Guillermo Ernesto Padilla, se le agregan los palcos de contrabarrera que terminaron de definir su personalidad como escenario taurino:

Fue por aquellos días cuando se le aumentaron a la plaza los cincuenta y ocho palcos de contrabarrera cada uno para seis personas que serían una novedad para el público capitalino al inaugurarse la temporada 1920 – 1921...

La decimoprimera corrida de esa temporada 1920 – 21

Para el domingo 26 de diciembre de 1920 se anunció la decimoprimera corrida de la temporada, con un encierro de San Diego de los Padres que sería lidiado por Juan Silveti e Ignacio Sánchez Mejías mano a mano.

En los mentideros no agradó mucho el cartel ofrecido por la empresa, en ellos se auguraba una mala entrada. Escribe Gonzalo Espinosa Don Verdades, en su crónica aparecida en el diario Excélsior al día siguiente del festejo:

Todos aquellos que presagiaban que la corrida de ayer iba a ser un acusado fiasco, que el cartel era mal confeccionado y que la entrada sería menos que mediana, quedaron burlados de todo a todo. Ni el cartel fue malo, ni la corrida pesada, ni la entrada escasa. Por el contrario, como antes lo indicamos, la entrada fue un lleno, los diestros cumplieron y todos los asistentes quedaron complacidos... El frío invernal que se sentía y el aire molesto que sopló toda la tarde, pronto fue olvidado, ya que la animación hizo enardecer la sangre en los aficionados de buena cepa, y hasta en aquellos que no lo son y acuden al circo a presenciar una fiesta de la que poco entienden. Estos señores Villamelones son los que a veces con sus intemperancias y sus necedades ocasionan molestias, silbando, nada más porque se les antoja, suertes bien consumadas, que, en vez de merecer censura, deben ser aplaudidas... Antes de comenzar la corrida se notaba cierto pesimismo. Los presagios lúgubres de las pitonisas y agoreros se habían extendido, y el mal humor había contagiado a todos los que, rebosantes de alegría y esperanza, llegaban a la plaza...

Al parecer, por lo narrado, la tarde fue fría y ventosa, pero eso no impidió que la gente acudiera a la plaza, la llenara y disfrutara de una tarde de toros que, a la vuelta de los años, resulta histórica. 

Apuntes de Ernesto García Cabral
Excélsior, 27/12/1920

El primer rabo en la historia de la plaza

El segundo toro de la tarde se llamó Caparrota, fue el primero del lote de Ignacio Sánchez Mejías. La faena realizada reflejó su emotivo acento hasta en el hacer del cronista, que tuvo que hacer uso, en momentos, hasta del ditirambo para poder transmitir lo que estaba apreciando en el ruedo. La versión de Miguel Necoechea Latiguillo, para el diario El Demócrata, aparecido al día siguiente del festejo, entre otras cosas dice:

...inicia Sánchez Mejías su estupenda faena de banderillero... La preparación es espectacular. Torero y toro están solos en la arena y separados de tercio a tercio... Reta Ignacio y el toro se encampana, se engalla y da una corta carrera. Después se detiene… El capote de “Bombita” interviene y lo devuelve al tercio con ánimo de cerrarlo en tablas y allí va a buscarlo el diestro que al pasarse de vacío por no acudir el animal, cambia los palos por otros y decidido entra al sesgo, dejando el primer par que le vale palmas; de poder a poder es el segundo que le conquista aclamaciones y en la forma esa impresionante, sesgando por el terreno de adentro sin salida casi, encomendando su vida solo al poder de sus facultades y a la serenidad de su corazón, deja el de Sevilla un par que es quizás el más grande y expuesto que le hemos visto clavar en la temporada... Ya no es ovación sino delirio el que sacude al público, que como un poseído grita vítores y palmotea hasta romper las manos... “Caparrota” está ahora más bravo que al salir del chiquero. La faena que nos espera con un toro semejante y un torero de tanto arrojo, habrá de ser grande, pensamos... Pero fue más; resultó inmensa de valentía y relampagueante por lo breve y deslumbradora... Sánchez Mejías brindó este toro a Silveti. ¿Diplomacia? No, merecido honor al mexicano que sabiendo con quien tenía que habérselas se apretó los machos de la taleguilla como pocas veces lo ha hecho y entró en el ruedo decidido a salir como los héroes de Esparta ¡con el escudo o sobre el escudo! … Lo que después sucedió fue un asombro. “Caparrota”, cerrado en tablas, vio a su enemigo citándolo en un palmo. Al hilo de las tablas hubo un pase por alto que fue preparación de lo estupendo. Dos pases de pecho, sentado en el estribo, pero no pases, así como quiera, no; dos pases tan apretados, que ya no con los cuernos estuvo expuesto el sevillano a morir prensado contra la barrera... Cuando se puso en pie, vimos que había perdido en el lance una zapatilla. Después se echó materialmente sobre “Caparrota” dándole solo tres muletazos formidables por alto y un ayudado, que lo obligó a juntar las patas, y ya cuadrado le soltó Ignacio una media estocada monumental y en las mismas péndolas, entrando corto y derecho y saliendo por el costillar, limpio como un rayo de sol... ¡Olé los hombres! … Llovieron al ruedo sombreros y bastones, flores y prendas de vestir y una mujer entusiasta se arrancó la piel - la de abrigo, se entiende - y la arrojó al ruedo... Se concedió a Ignacio la oreja y el rabo de “Caparrota”...

Era el primer rabo que se concedía en poco más de diecinueve años de existencia de la plaza. Lanfranchi refiere que también cortó el del cuarto de la tarde, Boticario, siendo que Don Verdades y Guillermo Ernesto Padilla hablan de que cortó solamente una oreja, en tanto que Latiguillo, refiere que solamente fue ovacionado. A saber.

Fuera de datos estadísticos, esta tarde el terreno quedaba debidamente preparado para la corrida del siguiente domingo, en el que se encontrarían Gaona y Sánchez Mejías con toros de Atenco y San Diego de los Padres. En esa tarde se iniciaría una muy interesante competencia entre ambos, que trascendió a los tendidos y que le agregó un ingrediente de interés a esta temporada de reapertura.

Y, para terminar

Recurro de nueva cuenta a Latiguillo que resume el festejo de esta manera:

La de ayer sí fue una competencia entre esos dos lidiadores que cultivan el mismo género emotivo e impresionante de torear... Y si Sánchez Mejías, ayer, como el día de su debut, nos puso en un sobresalto constante, Juan Silveti, en más de una ocasión nos mantuvo el resuello en suspenso y nos hizo sentir en las carnes ese estremecimiento que es a modo de augurio de tragedia...

Los toros son sol y sombra, triunfo y sangre, vida y muerte... Así lo hacen patente los toreros en el ruedo, unas veces de manera más evidente que otras, como esta que intento contarles el día de hoy.


domingo, 21 de diciembre de 2025

Dalí en los toros

Cortesía: Joaquín Albaicín
A finales de 1960, al hacerse público que Salvador Dalí y su esposa Gala habían llegado a un acuerdo con el Museo del Prado para que todas sus pinturas, dibujos y otras creaciones artísticas pasaran al Museo del Prado después de su muerte, Ramón Guardiola, el alcalde de Figueras se entrevistó con el pintor para hacerle ver que dada la trascendencia de su persona y de su obra, Figueras debería tener un sitio en dedicado a representar y exhibir la obra de Dalí.

Fue el propio Dalí el que propuso que se rehabilitaran las ruinas de lo que fuera el Teatro Principal o Municipal de la ciudad, casi destruido en las postrimerías de la Guerra Civil, inspirado en lo que se realizó con la Sala de las Cariátides del Palacio Real de Milán, donde unos años antes había expuesto obra y que había sido rescatada de los efectos causados por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

Figueras homenajea a Dalí

El 12 de agosto de 1961 se organizó un homenaje a Salvador Dalí en Figueras, su ciudad natal, con un extenso programa de actividades. Recorrido por las calles, corrida de toros, desfile de cabezudos, visita a las ruinas del teatro que se reconstruiría para instalar allí el museo, la entrega de la Hoja de Higuera de Plata y una cena de gala.

La corrida de toros

La decimonónica plaza de toros de Figueras, en esos días todavía de propiedad privada, se engalanó con un cartel formado por Curro Girón, Fermín Murillo y Paco Camino, quienes enfrentarían un encierro de Molero Hermanos, de Valladolid. Aunque la tarde fue ventosa, los toreros pudieron tener actuaciones destacadas. Relató el corresponsal de El Ruedo, en el número fechado el 17 de agosto siguiente:

En Figueras, la bella ciudad del Ampurdán, se celebró una corrida en homenaje del genio pictórico de Salvador Dalí, que hizo de las suyas a lo largo de la corrida y al término de la misma... Curro Girón realizó en su primero una faena valerosa y porfiona, para despacharlo de una gran estocada. Al cuarto le toreó de forma superior a la verónica, le banderilleó entre ovaciones y le cuajó una excelente faena que mereció los honores de la música y le valió dos orejas y rabo… Fermín Murillo tuvo el lote menos apto para el lucimiento. En ambos peleó contra el viento y el pésimo estilo de sus enemigos, a los que realizó dos valerosas y expuestas faenas, que fueron premiadas con música y grandes ovaciones. Pero la espada no estuvo certera y lo que pudo ser triunfo de orejas quedó en ovaciones… Paco Camino dejó la impronta de su arte en unos lances maravillosos. Con la muleta, dos grandiosas faenas, en las que la mano izquierda entró en funciones con un toreo al natural que entusiasmó a propios y extraños. Mató a su primero dé estocada y hubo premio de dos orejas y rabo, y al sexto, de estocada y descabello, pero como quiera que el puntillero le levantase en tres ocasiones el toro, todo quedó en vuelta triunfal...

En varias publicaciones se refiere que, a petición de Dalí, se pretendía que los despojos del último toro de la tarde fueran levantados por un helicóptero y depositados en el mar o en los picos de Montserrat. Refiere el redactor de El Ruedo:

Muchas, veces Dalí – que se hace el quite de la pintura buscando por medios pintorescos las páginas gráficas de los semanarios – ha sido atraído por la fiesta de les toros. Aún recordamos aquella corrida proyectada para ser celebrada en Lima, a cuyo final un autogiro izaría el cadáver de un toro sobre el pico más alto de los ingentes Andes. La versión andina cedió paso a la versión mediterránea - ninguna de las cuales vio la luz - y los Andes fueron sustituidos en el proyecto por los picos de Montserrat...

Al final de cuentas, el helicóptero, que debió llegar desde una población francesa cercana, no llegó y el fin de fiesta sugerido y previsto por el pintor no se pudo producir, pero hubo un final adecuado a su personalidad, el estallido de un toro esculpido en yeso, por los artistas belgas Niki y Saint Phalle y Jean Timbuyill, mismo que estuvo a punto de causar un desaguisado, pues las chispas de uno de los cohetones casi le queman la cara. Relata el corresponsal de la Hoja del Lunes de Barcelona:

El primer cohete de la traca fue a dar, precisamente, en el ojo izquierdo de Dalí, que no se había movido de su sitial en la presidencia... A la salida de la plaza, abriéndose paso entre la muchedumbre, compuesta de turistas extranjeros en su mayor parte, una vistosa comitiva recorrió las calles de Figueras....

Y por su parte, refiere el corresponsal del diario madrileño Pueblo:

Esto no fue obstáculo para que, durante la desintegración del toro de yeso, lleno de cohetes, bengalas, fuego y una paloma viva que emprendió el vuelo ante el entusiasmo de los asistentes, Salvador se cubriera la cabeza con un gran pan de los denominados de “pages” para protegerse de los petardos y recibir, de paso, una gran ovación del público...

Fragmentos de una entrevista

Juan R. Vila, de la Hoja del Lunes de Barcelona, tuvo la oportunidad de entrevistar a Salvador Dalí ese día. Y le dio algunas respuestas muy interesantes:

- ¿Qué significado tenía el «toro sorpresa», sacrificado al final de la corrida daliniana?

- El alquitrán, que lanzaba a chorros, significa lo que de momento es blando y luego se endurece. Esto es la vida misma, que es así.

- ¿Y el fuego?

- El fuego que el toro despedía expresa el vigor, y da el tono de rito sagrado a lo que es la corrida de toros.

- ¿Sigue con la tauromaquia?

- Continúo haciendo bocetos sobre ella. Siempre me renuevo. Ahora pienso renovar mi forma de pintar. Yo siempre estoy en renovación.

- ¿Entonces, lo que ha hecho y hace, no es definitivo?

- Definitiva en sí es la idea; la expresión es variable. Como soy un genio, seis veces por minuto se me ocurre una genialidad...

Esas pocas respuestas pintan de cuerpo entero a Dalí.

Las corridas de homenaje

En varios de los textos periodísticos que he podido consultar se hace referencia al festejo como corrida daliniana, pero lo fue por el personaje en cuyo honor se celebró, porque al final de cuentas, como lo señala el redactor de El Ruedo, fue una corrida seria y al uso, es decir, no hubo ni vestidos de torear estilizados especialmente al efecto, ni intervenciones absurdas en la plaza para darle más efecto al evento. En suma, no se trató de una de las hoy en día tan traídas y llevadas corridas temáticas que tanto abundan y que tan poco aportan.

Por otra parte, aunque en su día y con vista hacia la taquilla, la confección del cartel puede considerarse como redonda, a veces ese tipo de festejos debieran formarse en función de la idiosincrasia del homenajeado, que será quien llevará a la afición a los tendidos. Escribe Joaquín Albaicín:

...creo que lo suyo habría sido confeccionar los carteles con espadas gitanos y mexicanos, que – con excepción de “El Platanito” y “El Cordobés” – han sido los únicos toreros destiladores de un arte afecto al surrealismo. Haber, sí, traído como fuese desde su retiro en Texcoco a Silverio, o al Procuna aún en activo, o hacer reaparecer para la ocasión a un “Rafael Albaicín” entonces a caballo por los “spaghetti – westerns” de Almería o a un “Gitanillo de Triana” al frente de su tablao madrileño. Y llamar a Yul Brynner para pedir la llave de la plaza… Y “Manitas de Plata” tremoleando desde un palco. Pero no se hizo...

Es decir, los toreros que rinden el homenaje, deben ser coincidentes con el ser y con la personalidad del homenajeado – vamos, de la misma cuerda –, de modo tal que éste sea más profundo y más sentido por todos.

Aviso Parroquial: Agradezco a Joaquín Albaicín el haberme puesto sobre la pista de este asunto y de la imagen que ilustra estos pergeños.

Aldeanos