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domingo, 16 de noviembre de 2025

Rafael de Paula y Corchero de Martínez Benavides

Rafael de Paula y Corchero
Marisa Florez - El País
Rafael de Paula se había presentado en Madrid el 28 de mayo de 1974, para tardíamente confirmar su alternativa. En esa tarde logró dejar a la afición venteña un esbozo de lo que era capaz de hacer ante los toros en un quite ante el tercero de la tarde. Fueron tres lances a la verónica, pero suficientes para dejar en claro por qué en la Andalucía profunda, se tenía una especial veneración por este torero.

Unos meses después, cuando Antonio Bienvenida decidió despedirse de los toros en la feria de San Francisco que se organizó en la Chata de Vista Alegre, Madrid pudo verle en plenitud, cuando se encontró con Barbudo de Fermín Bohórquez. Allí dejó en claro que Rafael de Paula no era solamente un mito, sino que era un torero que había que tener en cuenta y al que había que dar espacio más allá de los confines de su tierra.

Después de esa sonada tarde, volvería a Las Ventas, pero sin suerte. El público de Madrid se quedaría esperando casi tres lustros para verle de nuevo pleno, volcado en su arte delante de un toro y poniendo los tendidos de cabeza. Pero el día llegaría, y fue una tarde de otoño, y de una manera inesperada.

La Feria de Otoño de 1987

Una de las ofertas que hiciera Manolo Chopera en su plica al concursar por el manejo de la plaza de Las Ventas, fue la de dar una nueva estructura e importancia a la Feria de Otoño, que es la que viene a marcar prácticamente el cierre de la temporada madrileña. Para el calendario de 1987, se compondría de cuatro festejos, una novillada, a celebrarse el 25 de septiembre, un mano a mano entre Miguel Báez Litri y Rafael Camino ante novillos de Felipe Bartolomé, festejo en el que se despedirían de la novillería, puesto que al día siguiente recibirían la alternativa en el coliseo de Nimes; y, tres corridas de toros, los días 26, 27 y 28 de septiembre, esta última, anunciada con toros de don Joaquín Buendía para José Mari Manzanares, Julio Robles y José Ortega Cano

Habrá que señalar que a los cuatro festejos asistió, presenciándolos desde el palco real, doña María de las Mercedes, Condesa de Barcelona y madre del entonces Rey de España, don Juan Carlos de Borbón.

Bajo el signo de la sustitución

Ya anunciada la feria, se dio a conocer que Julio Robles no podría comparecer a actuar en ella por tener una lesión y que sería sustituido por Rafael de Paula. Refiere Joaquín Vidal:

Julio Robles, que estaba anunciado en la feria de otoño, de Madrid, tuvo que caerse del cartel como consecuencia de una lesión de abductores, de la que posteriormente fue operado. El empresario Manolo Chopera, contrató a Rafael de Paula para sustituirle. Hubo gente que llamó a Chopera provocador, por ello. Ahora lo tiene por la virgen de Lourdes y ha colocado su foto enmarcada en repujado cuero...

Por su parte, Vicente Zabala Portolés, también refiere sobre este particular:

Al llegar a la plaza, cuando me dirigía a mi localidad, se me acercaron unos aficionados solicitándome que expresara su protesta en el periódico por haber incluido al torero calé como sustituto de Julio Robles: “Diga usted de una puñetera vez que Chopera es un estafador, que Madrid no merece que nos ponga en la feria de Otoño a un torero que se dejó un toro vivo hace unos meses y que protagonizó en unión de Curro y Antoñete uno de los espectáculos más vergonzosos que hemos presenciado en nuestra vida de aficionados”...

Es decir, la sustitución ofrecida a Rafael de Paula por Chopera no dejó satisfechos a muchos, pero escrito estaba que esa tarde otoñal dejaría para la memoria algo que no era esperado y que no estaba escrito. 

El cuarto toro de la corrida, de la ganadería titular se inutilizó en los chiqueros y se tuvo que recurrir al primer sobrero, uno de la ganadería cordobesa de don Francisco Martínez Benavides, muy graciliano. Así como el espada que lo enfrentaría entró a la corrida por la vía de la sustitución, Corchero saldría al ruedo por el mismo camino, dejando clarísimo ya en retrospectiva la afirmación de José Alameda, en el sentido de que, el azar es lo único seguro en el toreo.

Rafael de Paula y Corchero

La mayoría de las opiniones giran en torno a la gran importancia que tuvo la actuación del gitano de Jerez ante el toro de Martínez Benavides, describiendo la belleza y la profundidad de la faena que Rafael de Paula le realizó. Escribió Juan Miguel Núñez para la Agencia EFE, en crónica aparecida en el Diario Palentino:

El toro tenía buen son, pero andaba justo de fuerzas y Paula, tras dos ayudados por alto, comenzó el trasteo de muleta con medios pases por la derecha de los que se desprendía el aroma inconfundible de su personal estilo. Un trincherazo de «cartel» y otra vez los derechazos, cada vez más largos, hondos y pausados, una rara conjunción de exquisiteces. Y el remate de pecho, «quebrándose» toro y torero en un escultórico momento de belleza indescriptible. Más derechazos y el adorno desplantándose. «Las Ventas» era un manicomio de locura taurina, rendido al toreo de Paula, que todavía intentaba subir la faena de grados, pues a pesar de que el toro no tenía recorrido por el pitón izquierdo, quiso probar también por ese lado, y colocándose de frente al animal pegó tres naturales de los que sueñan los toreros. Y en ese momento montó la espada, y se sucedieron los pinchazos y los descabellos, con un Paula lívido y hundido por el tremendo esfuerzo. Tanto que, una vez caído el toro, el torero se sentó en el estribo mientras brotaban las palmas por bulerías... La vuelta al ruedo, después de los dos avisos, fue lenta pero clamorosa, con el público de Madrid extasiado por la emoción del arte y el embrujo que había derramado el gitano sobre la arena...

Por su parte, Joaquín Vidal, en su tribuna del diario El País, dejó escritas entre otras cosas, lo siguiente:

Pero en la interpretación genial del diestro gitano no surgían de los propios cánones de la tauromaquia sino de otro orden, desconocido, que las convertía en nuevas, y cada pase que desgranaba era una creación exclusiva del arte de torear. Qué decir del público, mientras tanto. El público ya se había puesto en pie a los primeros compases, aplaudía, braceaba, gritaba, y cuando parecía que había agotado su capacidad de asombro, el torero le sorprendía con nuevas creaciones, que escalivaban las ascuas de aquella obra ardiente... Y la faena seguía. A la majeza de los naturales hondos sucedían tandas de frente, “trayéndoselo toreado”, “rematando detrás de la cadera”, “echándose el toro por delante en los pases de pecho”, que sí, que es cierto; y, siéndolo, daba lo mismo esa u otra técnica, pues la resultante era una explosión estética imposible de medir. Una conmoción había invadido al diestro genial, que pinchó malamente, descabellaba peor – al público le traía sin cuidado: tenía el paladar saturado de aromas –, y se marchó a tablas, demudado, trastabillando por entre una nube de ensoñaciones. Debía de estar en otro mundo. Dobló el toro y Paula no pudo sino sentarse encima y acariciarle los lomos. Qué pasaría entonces por la mente del torero, aun flotando en lejana galaxia. Dio la vuelta al ruedo entre clamores, continuó la corrida, y el público no cesaba de tocarle palmas por bulerías.

Vicente Zabala: consejos doy, que para mí no tengo

Pero no a todos se podía dar gusto. Ya en otra parte de esta bitácora había dejado anotado que el día tarde la confirmación de El Paula, Vicente Zabala Portolés dejó escrito que tuvo ambiente de película de Estrellita Castro; como también en su día escribió comparando la actuación de Ángela Hernández y la de las demás toreras de su dia, con la de la mujer barbuda, o en su oportunidad, y en todos las tribunas que tuvo en otro sentido, exigiendo respeto a los toreros cuando el recalcitrante siete, exigía lo que a él le parecía de más.

Pues bien, esa tarde, dijo don Vicente, Rafael de Paula convirtió a Las Ventas en un inmenso tablao flamenco. Y es que, a su juicio, nada le salió a derechas. Desde la canallada – dice su crónica – de Chopera, de ponerlo a sustituir a Julio Robles, hasta el final de su actuación, nada le pareció al entonces cronista del ABC madrileño:

Desde tiempos de El Cordobés no contemplamos un caso, tan especialísimo, de histeria colectiva. Y ese mérito no se lo puede quitar nadie a Rafael de Paula. Y nadie, absolutamente nadie, le puede negar al singular torero jerezano su permanencia en el tiempo sin haber cortado una sola oreja en Madrid después de veintisiete años de matador de toros. Las cosas no se producen por casualidad. Rafael no se ha montado ninguna campaña especial de publicidad. No jalea sus salidas en hombros por las puertas grandes de las principales plazas, porque no las atraviesa como no sea de espectador. Sin embargo, cuando compone la postura para citar, ya hay un run - run, una expectación que nos asombra. Todos pendientes de si coincide la velocidad del toro con el movimiento del capote del torero, que erige la figura para acompañar el viaje del animal... Luego vendría la faena del entusiasmo, que abrió con unos ayudados por alto sin acoplamiento. Le salió hermoso uno de la firma. Y a continuación toda una sucesión de posturas. El cuerpo del torero se cimbreaba. Sacaba el pecho, la muleta alta, el mentón, eso sí, en su sitio, hundido en el pecho, que salía hacia fuera, como el de los pichones, para instrumentar una suerte, separarse, volverse a colocar y hacer lo mismo una y otra vez. En esta ocasión no hubo enganchones. La buena clase del Urquijo – Murube de Martínez Benavides le permitió vivir su sueño dorado de poder hacer en Madrid lo que tanto se le ha jaleado en su maravilloso rincón andaluz. Y después de hartarse de instrumentar pases de espejo, sin relación los unos con los otros, porque no sabe ligar, se echó la muleta a la izquierda para torear con entrega en los cites, más sin enlazar las suertes, el “unipase”. Daba igual. Los olés se producían antes de que se consumaran las suertes. Bastaba ver al torero compuesto y dispuesto, ¡casi un milagro! Cómo sería la cosa, que el bueno de Rafael se mareó al rematar un muletazo... Los “ogros de Madrid”, tata – tatá, tata – tatá, dale a las palmas por bulerías... de Las Ventas. Gritos de ¡torero! ¡torero! Un aficionado sensato – y asombrado – me decía que la cosa iba para darse tono de aficionados de “bouquet”, otros que para azotarle a otro torero – muy odiado – de la terna. En esto va el toro y dobla antes de sonar el tercer aviso. Y va el Paula y se sienta encima del cadáver de su enemigo. ¡Dios mío! Nos frotamos los ojos cuando se renuevan los gritos de ¡torero! ¡torero! A continuación, Paula, como flotando, acaricia el cuerpo sin vida del bravo animal de Benavides. Seguidamente suma con generosidad su aplauso al del público en el arrastre. Y ya con el éxito en el bote, pese a “todo” lo que había sucedido allí, da la vuelta al ruedo en medio de un clamor casi general. Si un día España se acostó monárquica para amanecer republicana, la “plaza de Madrid”, que veinticuatro horas antes había visto como se torea con la mano baja a un toro con agallas, se había convertido a un paulismo de “tablao” que, ahora, el Tito de San Bernardo debe aprovechar al máximo y explotar la próxima temporada, poniendo el dinero que merece un torero que es capaz de formar la que ha formado en Madrid con estilo que a mí me parece afectado, muy lejos de la naturalidad y del verdadero arte de torear... Yo no había visto en mi vida, en las casi cuatro mil corridas que he presenciado, una respuesta semejante a una actuación que concluyó en avisos y puñaladas, pero, a pesar de ello, con un triunfo de despedida, pretendía marcharse humildemente por el callejón...

Duro, despreciativo el juicio que hace Zabala de una actuación que es mítica y que es recordada como una de las tardes más importantes ocurridas en Madrid en la segunda mitad del siglo XX. Ya había establecido su postura en torno al torero desde casi dos décadas antes, cuando se presentara a confirmar su alternativa y no sería ese el momento de rectificarla. Y ya no la rectificaría, el respeto que siempre exigió para otros muy determinados, no lo tuvo nunca hacia Rafael de Paula.

Como podemos ver, el hacer de Rafael de Paula ante los toros generó opiniones encontradas, pero las más siempre se encaminaron por considerarlo uno de los grandes artistas de su tiempo. Es por eso que a algo más de 38 años de distancia de esta gran tarde y en las cercanías del óbito del torero de Jerez, recuerdo esta, su gran obra en la plaza de Las Ventas.

domingo, 1 de octubre de 2023

30 de septiembre de 1965: una espléndida tarde de Joselito Huerta en Madrid

En 1962, don Livinio Stuyck intenta dar un giro a la programación taurina de Las Ventas y crea un breve ciclo de final de temporada al que denomina Feria de Otoño, que en esa primera edición constó de tres corridas de toros. Al año siguiente el abono lo dividiría entre dos corridas y dos novilladas y ofrecería cinco festejos para el calendario de 1965. La idea del creador de la Feria de San Isidro no fue muy bien recibida por la crítica de la época. Dice Antonio Díaz – Cañabate:

¿Qué les ha pasado a las mujeres, que se han quedado en casa? ¡No les gustaba el cartel, no son partidarias de estas corridas otoñales, que con el absurdo nombre de Feria se ha empeñado en organizar la empresa contra el viento y la marea de los toreros, que no quieren ni venir a ella? ¿Para qué esta inoportuna Feria? ¿Para ganar unas pesetas? Pues sólo va a ganar la enemiga y la inquina de los sufridos abonados, a los que se obliga a sacar, a regañadientes, las localidades de cinco corridas sin el menor interés...

Por su parte, el controvertido Manuel Lozano Sevilla, opina al respecto:

Indudablemente esta feria de otoño está hecha un poco a contrapelo: los ases no han querido contratarse por lo avanzado de la época, lo que significa que los carteles carezcan de interés, o de garra, como ahora se dice, y el público se retrae. ¡Para que luego digan algunos «inocentes» que no es cierto que los toreros de postín se nieguen a torear en Madrid! Sí, si... Por eso en esta feria de otoño no figuran ni Antonio Ordóñez, ni «el Viti», ni «el Cordobés», ni los muy poquitos que les siguen en méritos…

Son dos puntos de vista que van en una misma dirección, en el sentido de que la Feria de Otoño parecía no tener razón de ser. El del cronista del ABC parte de la idea de que la empresa solamente busca un beneficio económico a partir de la venta del abono y el del que fuera taquígrafo personal del entonces Jefe del Estado, aparecida en el diario La Vanguardia de Barcelona, va por la idea de que los toreros de la parte alta del escalafón no gustan de comparecer en la Villa y Corte. Como sea, en esos días, esa feria no tenía un espacio propio y definido.

Vendría a ser hasta entrados los años ochenta, cuando Manolo Chopera entró a dirigir los destinos de Las Ventas, que la Feria de Otoño cobrara entidad e interés propios, convirtiéndose, como lo es hasta hoy, en uno de los verdaderos acontecimientos del cierre de la temporada taurina en España. 

La temporada 1965 de Joselito Huerta

Abrió su campaña europea en Sevilla, plaza en la que una década antes había recibido la alternativa. El 27 de abril tuvo una buena tarde ante un muy buen encierro de Celestino Cuadri, que saldó con una vuelta al ruedo tras una sentida petición de oreja. Después actuó en plazas como Valencia, Madrid, donde el 20 de mayo cortó una oreja a los toros de Baltasar Ibán que le tocaron en suerte; en Pamplona, en una tarde en la que su entonada actuación y la de José Fuentes, forzaron a Antonio Ordóñez a obsequiar el sobrero; Málaga y, San Sebastián entre las plazas más destacadas, sumando en total 25 actuaciones en ruedos europeos.

Quizás esta fue la temporada más redonda de las que realizó El León de Tetela por aquellas tierras, porque pudo dejar por sentada su madurez como torero y la realidad de su poderío ante los toros en una temporada en la que la atención de la afición y de los públicos estaba dirigida a otras cuestiones menos sustanciosas.

La corrida del 30 de septiembre de 1965

Era el festejo de apertura de la entonces vilipendiada Feria de Otoño. Se anunció un encierro de toros murubeños de don Félix Cameno García de la Higuera para Antonio Chenel Antoñete, Joselito Huerta y José Luis Barrero. Antoñete volvía por una tercera tarde en la temporada venteña después de que el 8 de agosto anterior, le cortara dos orejas a un toro de ese mismo hierro, en una corrida que teóricamente, era la última que torearía, porque después de ella, se pasaría a las filas de los de plata. Por su parte, el salmantino Barrero, que adquirió predicamento como novillero sin presentarse en Las Ventas, intentaba relanzarse en esta oportunidad.

Joselito Huerta enfrentó al segundo y al quinto del festejo y ante dos toros de condiciones que hoy calificaríamos de “complicadas”, solventó una actuación que fue más allá de la dignidad. Antonio Díaz – Cañabate, en su crónica para el ABC madrileño, destaca:

Joselito Huerta consiguió con la muleta hacer embestir al segundo, que era manso. Mansedumbre demostrada a las claras en el primer tercio. Le obligó, le embarcó con mando, que es lo que necesitaba el toro... El quinto llegó a la muleta tan quedado como el segundo... Huerta, a fuerza de porfiarle, obtuvo los pases, que fueron necesariamente cortos, porque el toro no acompañaba el viaje del torero. En un molinete, Huerta se cayó, y se alejó de la cara del toro rodando por la arena, rodamiento que gusta mucho a la gente, que le aplaudió con calor... Y en vista de eso dio la vuelta al ruedo...

Por su parte, el ya invocado Manuel Lozano Sevilla, en lo que publicó en La Vanguardia de Barcelona, reflexionó:

También ha estado lucido toda la tarde el mejicano Joselito Huerta. Para mi gusto el mejor torero que actualmente existe en su país. Toreó artísticamente con el capote; hizo un soberbio quite por gaoneras en el primero de la tarde, ovacionado fuertemente, y sus faenas fueron toreras, con pases de muy buen son, llevando toreadísimos a sus enemigos. Y el público lo agradeció ovacionándole, porque todo lo que se realiza con verdaderos toros tiene mucha más importancia que lo que se hace con becerros. Mató con decisión, señalando dos inedias estocadas en la yema, la segunda precedida de un pinchazo en buen sitio, y el torero dio la vuelta al ruedo al finalizar su labor en ambos toros, con petición de oreja...

Y en la Hoja del Lunes aparecida el 4 de octubre siguiente, con el resumen general de la feria, Isidro Amorós Don Justo, se refiere a su actuación de la siguiente manera:

Huerta estuvo tesonero, peleón. Al primero, un manso que huía hasta de su sombra, le sacó muletazos sueltos. No hubo conjunción; sí estimable pundonor. Como en el quinto, un carifosco grande, de mucho respeto, al que castigaron de forma demoledora en cuatro varas. Traserísimas; tan cruentas como perjudiciales. Valiente el mejicano, promovió el entusiasmo al estimarse su entrega. Lástima que abuse del toreo horizontal. Media espada en cada toro; la primera, en su sitio, pero saliendo perseguido y desarmado al ejecutar la suerte, y la segunda, alargando el brazo, luego de haber pinchado en hueso. Así finiquitó el azteca a sus enemigos…

Aunque hay inconsistencia en el recuento del reconocimiento popular a la actuación de Joselito Huerta, el recuento anual que hace el semanario madrileño El Ruedo, consigna justamente lo que describe Lozano Sevilla, vuelta al ruedo en el primero de su lote y otra vuelta al ruedo tras petición en el quinto de la tarde.

La tarde de Antoñete

No puedo soslayar que el triunfador del festejo fue Antoñete, quien, como decía líneas arriba, el 8 de agosto anterior, había salido a torear a Las Ventas, con la finalidad de arramblar unas pesetas para comprarse unos vestidos de plata, porque estaba decidido a pasarse a las filas de los banderilleros. Ese domingo, tarde de la confirmación de Pepe Osuna, le cortó las dos orejas al segundo toro de su lote de don Félix Cameno y afortunadamente para él y para la fiesta, tuvo ocasión de replantearse su carrera.

En esta tarde otoñal, se encontró a Mancheguito, el único toro del que las crónicas consignan nombre, al que le cortó una oreja. Un toro del que apuró la última gota de su casta y en el que todos los alternantes, en el tercio de quites, pudieron catar su bravura. Escribe Don Justo:

…Toro, como también es frecuente oír, bueno para el torero. ¡Tan bueno! Hasta hubo un buen tercio de quites. Antoñete por verónicas, puso en marcha la sonería del toreo bueno. Joselito Huerta, finísimo, cambiándose el capote por la espalda. Barrero, por chicuelinas, muy quieto. ¡Si sería bueno “Mancheguito”! ¡Si tendría “son”! Siguió con “son” en el último tercio, y Antoñete comenzó la faena con tres muletazos por alto, echando la pierna para adelante, de mucho empaque; perfecto el engarce con el de pecho… Ahí radicó el mérito del torero, que desde ese momento se puso por encima del toro. Gran mérito el de coger el temple e imponer su mando para que los pases bien iniciados no se frustraran, para hacerlos más largos. Mejores, por la izquierda. Naturales de verdad, cargando la suerte, sin apoyos antinaturales del estoque y retorcimientos. ¡Qué bien! Como al entrar a matar, con estilo de estoqueador...

De lo que he podido leer, esa tarde resultó ser algo así como el ensayo general de la faena del ensabanado de Osborne, que tendría lugar en mayo del año siguiente. Pero esa historia y otras, algún día trataré de contarlas por aquí.

El valor de estos acontecimientos

1965 fue el año de las 111 corridas de El Cordobés, afición y públicos estaban más pendientes de enterarse si El Mechudo se atrevería a romper la marca que Juan Belmonte dejó sentada desde 1919 que del toreo puro y duro que se verificaba en los redondeles. Y así, el 3 de octubre de 1965, en jornada doble, a mañana y tarde, Manuel Benítez sumó los dos festejos que le sirvieron para dejar como un mero antecedente lo que el Pasmo de Triana consiguió en la era de los trenes de vapor. Lo hizo por la mañana en Segovia y por la tarde en Toledo, a plaza llena en ambos sitios, no obstante las quejas de la afición lugareña que se lamentaba de los incrementos superiores al diez por ciento en los precios ordinarios de las entradas, por entrar a esos festejos.

También fue el año en el que, los toreros se perdieron el respeto en el ruedo y en Aranjuez, el 1º de mayo, El Cordobés y Paco Camino se liaron a bofetadas por un quite realizado a destiempo. En esa tarde, tratando de meter paz, el toricantano Vicente Punzón, le brindó el sexto a ambos contendientes. Todo el mundo se acuerda del rifirrafe entre las dos figuras, pero pocos recuerdan el pacifista gesto del toledano Punzón, quien intentó devolver al festejo la cordura y la seriedad que nunca debió perder.

Por último, el 13 de julio, El Cordobés toreó por última vez en Pamplona, en medio de una bronca de inenarrables proporciones. Al salir de la plaza se sacudió el polvo de las zapatillas y juró no volver allí, lo que cumplió. Años después, cuando novillero, su hijo Manuel Díaz se presentó allí y le hicieron pagar las cuentas pendientes de su padre. Tampoco ha vuelto a torear a aquellas tierras.

Así estaba el planeta de los toros hace 58 años. La estrella de El Cordobés encandilaba a muchos, pero en los momentos oportunos, el buen toreo resplandecía y ponía las cosas en su sitio.

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