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domingo, 18 de enero de 2026

La redondez de una tarde de toros (III/I)

Armillita y Pituso; Solórzano y Batanero; Manolete y Molinero. Toros de La Punta

La temporada 1945 – 46 en el Toreo de la Condesa giró en torno a la figura de Manolete, a quien se intentó traer a México desde el ciclo anterior, pero por el tiempo en el que se trató de negociar la reanudación de las relaciones taurinas hispano – mexicanas, eso ya no fue posible. Su presentación en nuestras plazas se arregló para el 9 de diciembre de 1945, fecha en la que confirmaría su alternativa, aunque ya el 25 de noviembre anterior, presenció la corrida en El Toreo desde un palco de contrabarrera, con la finalidad de conocer la plaza y de calibrar a la afición ante la cual se presentaría en un par de domingos más.

La tarde de esa confirmación de alternativa, el segundo toro de su lote, Cachorro, le infirió una cornada que le impidió terminar su actuación esa tarde, permitiéndole reaparecer hasta el 12 de enero siguiente en Irapuato, para actuar el día 16 en Monterrey y quedar listo para volver a la plaza de la colonia Condesa el miércoles 16 de enero siguiente, para alternar con Fermín Espinosa Armillita y Jesús Solórzano en la lidia de un encierro de La Punta. Era la 12ª corrida de esa temporada y primera del ciclo que se ofrecía a mitad de semana.

El contexto una tarde histórica

Esa tarde se presentaba cuesta arriba para el Maestro de Saltillo, quien a pesar de haber cortado una oreja el domingo anterior, salió junto con sus alternantes, entre el desagrado de la concurrencia, debido a que se acusaba a Tono Algara, el gerente de la empresa capitalina, de controlar el negocio de la reventa. En ese sentido, se pasó la factura a los diestros actuantes, por considerar que estaban en complicidad con la empresa. Además, la crónica especializada ya advertía que la torería nacional requería de un revulsivo que le hiciera salir de una zona de confort que le había creado la ausencia de competencia del otro lado del Atlántico por ya una década larga.

Por otra parte, la presencia de Jesús Solórzano en el cartel se advertía como una concesión amistosa de la empresa hacia sus parientes los ganaderos, porque desde hace tiempo ya la afición le consideraba liquidado y sin atractivo para engalanar carteles de fuste en temporadas de lustre, no obstante que El Rey del Temple tenía la onza y la capacidad para cambiarla en cualquier momento.

A quien la afición de la capital esperaba, quien quiera que fueran sus alternantes, era al Monstruo de Córdoba. Después de que poco más de un mes atrás apenas pudieran verle un toro y algunos lances más, esperaban verle ahora sí en plenitud. 

El encierro de La Punta

Creo que no es ocioso repetir aquí que los toros de La Punta eran de origen Parladé en pureza. Por esa razón fue que Manolete los prefirió en las corridas que toreó en México. Me llama la atención la diferencia con la que los cronistas de la época describen la catadura de la corrida que don Francisco y don José C. Madrazo enviaron a El Toreo, porque hay profundas divergencias en sus apreciaciones. Escribe en su columna de La Lidia, El-hombre-que-no-cree-en-nada:

Seis ejemplares de magnífica presentación, bravos, encastados, alegres, finísimos. Todo un señor encierro para tres toreros de verdad, quienes supieron sacar partido en todos los momentos, produciendo en el público esa impresión inolvidable que dejan quienes pueden hacerlo con la mayor amplitud, absoluto desahogo y el máximo de lucimiento...

Por su parte, el cronista de ese mismo semanario, firmando como Francisco Montes, refiere:

Brava corrida de La Punta. Los señores Madrazo enviaron para este magno acontecimiento una corrida bien presentada, de fina estampa y de bravura ejemplar salieron algunos de sus bureles...

Por su parte, don Carlos Septién García, firmando como El Tío Carlos en su crónica para el diario El Universal, califica al primero de joven, dice que el segundo estaba astillado, que el tercero era chico, y el cuarto brocho. En tanto que Heriberto Lanfranchi afirma que los toros fueron terciados, pero finos y bien armados

Así pues, hay pareceres en todos los sentidos. Lo que sí es trascendente es que cualquiera que haya sido su presencia, el juego que dieron en el ruedo tuvo transmisión hacia los tendidos y eso fue fundamental para el resultado del festejo.

La tarde triunfal de Armillita

El primero de la tarde fue nombrado Consentido, número 146 y con él, Armillita se mostraría como el torero poderoso y conocedor de la lidia que se había labrado un sitio como figura del toreo prácticamente desde su adolescencia. Relata Francisco Montes para La Lidia:

Dio principio a su faena con tres estatuarios pases ayudados por alto, llevó a “Consentido” a los medios y le ligó seis naturales plenos de maestría que hicieron trepidar la plaza desde sus cimientos, siguió con un pase de costado, tres derechazos imponentes, un molinete y un artístico cambio de muleta por la cara, volvió a torear con la izquierda y ligó dos naturales maravillosos que remató con artístico adorno por la cara; luego vinieron tres doblones con una rodilla en tierra, toreros y mandones; adornos por la cara para conseguir la igualada y dejar el acero en todo lo alto, rodando el burel sin puntilla. La ovación creció de tono y los gritos de ¡TORERO!, ¡TORERO!, ¡TORERO!, atronaron el espacio. Las orejas, el rabo y vueltas al anillo fueron el premio a la primera gran faena del Coloso del Norte en esta tarde...

En cuanto al uso del acero, hay también discrepancias en las narraciones, porque Rodolfo Guzmán, enviado del diario El Siglo de Torreón y El Tío Carlos, refieren que antes de la estocada, Armillita pinchó en lo alto. No obstante ello, la magnitud de la faena no fue emborronada por tal fallo con el acero. 

Este toro lo había brindado al licenciado Javier Rojo Gómez, Gobernador del Distrito Federal, quien el siguiente 16 de abril, pondria en vigencia un decreto que impedía la celebración de más de dos festejos taurinos a la semana en la Ciudad de México.

Pero aún faltaba el triunfo grande, la demostración de Fermín El Sabio, de que él podía cantar todos los palos. Y aunque luego nos queda la idea de que esa demostración la presentó el 15 de diciembre del año siguiente, la realidad es que fue este miércoles de hace 80 años cuando dejó establecido que no había forma de torear que él no pudiera dominar.

La manía de contar los naturales a Armillita

El cuarto de la corrida fue anunciado como Pituso y llevaba herrado el número 139. Este sería el toro con el cual Armillita dejaría en claro a propios y a extraños que el toreo no tenía secretos para él. 

Pituso no se prestó para muchas florituras en los dos primeros tercios de la lidia, pero con la muleta, Armillita daría una de sus lecciones magistrales. Así la describe El Tío Carlos:

Brindó “Armillita” al ganadero y marchó hacia el toro. Había expectación en el ámbito. Todavía estaban allí, firmes y palpitantes los naturales increíbles de Manuel Rodríguez al tercer toro. La multitud oscilaba entre el deseo y la duda. Pero algo se presentía... Fermín se situó en su tercio preferido, el de sombra y porra. Allí ejecutó dos pases altos. Y se echó la muleta a la izquierda para comenzar a escribir uno de los más clásicos, profundos y firmes párrafos de su nobilísima historia torera, si no es el que más... Fueron seis naturales portentosos y su remate también con la izquierda, recogiendo la muleta en forma de abanico; es decir, siete naturales. Dos de aquellos pases serán inolvidables por la inminencia del cite, la hondura del temple, la longitud del mando: dos pases modelo de naturales en corto... Vino un pase por alto, para reponer a “Pituso”... Y en seguida, exactamente en el mismo sitio donde negreaban las pisadas de toro y torero durante los primeros naturales, Fermín volvió a citar con la mano izquierda... Ahora fueron cuatro naturales prodigiosos por la precisión, el poderío y el terreno. Fueron rematados en la misma torerísima forma que los otros: con un pase natural recogiendo la muleta. Total, cinco... Y en el mismo sitio, confirmó el empeño. Fueron en esta última serie magnífica, tres naturales más – el tercero enormísimo –, con su remate. Es decir, cuatro... En total, Fermín había trazado 17 naturales. Y sobre la arena quedaba un círculo de escaso diámetro, dentro del cual las huellas atestiguaban el dominio y el engranaje, la ligazón, de aquel trasteo portentoso... Luego vinieron dos derechazos y uno de la firma ceñidísimo. Pero para esto, debemos advertir que el lado derecho del toro era difícil; y que sólo un torero como Fermín Espinosa pudo hacer a ese animal tan grandiosa faena basada en el único lado propicio: el izquierdo... Abaniqueó Fermín al toro para llevárselo hasta los medios. Entre paréntesis: este abaniqueo en el medio o al final de una faena, que ha sido censurado por algunos críticos, sirve precisamente para impedir que los peones entren a capotear sin ton ni son para mover al toro – como ocurre a los matadores adocenados –. El abaniqueo de Fermín, de Manolete, de Arruza, de Martín Vázquez, es un alarde de dominio de los toreros que no necesitan cirineos. Claro que hay casos en que se utiliza como modo de eludir una faena; y entonces debe ser censurado... En los medios Fermín se adornó en dos molinetes - el uno por delante y el otro por detrás -. Dobló para igualar y se tiró a matar recto, señalando un pinchazo. Volvió a citar al natural con insistencia sin obtener arrancada alguna más, y se tiró entonces al volapié enterrando el estoque hasta el puño y calando al animal...

En esta oportunidad no hubo conflictos de cuentas, como la tarde aquella de Nacarillo. Pero por lo visto, les gustaba hacerle números al Maestro.

Por su parte en su crónica aparecida en el semanario La Fiesta, Roque Armando Sosa Ferreyro, firmando como Don Tancredo, refiere:

Como primer espada y máximo triunfador, Armillita merece la atención de las primeras referencias y los más cumplidos elogios, pues ésta ha sido una de sus más grandes tardes, quizá la de mayor relieve en México por cuanto hizo gala de toda su maestría, de un valor sereno y positivo, de facultades portentosas, y además –y ojalá así sea siempre– de celo con el toro y con la gloria, dando a su toreo una emoción, una gallardía, una finura y elegancia que don Fermín Espinosa no acostumbra prodigar… A “Pituso” le hizo un trasteo inolvidable. El animal se ceñía por el lado derecho y Armillita lo lanceó muy bien por el izquierdo… De nuevo pidió los garapullos y encendió el entusiasmo, la emoción y la alegría con tres soberbios pares de banderillas… Y vino lo sensacional, lo extraordinario, la enorme, histórica faena: tras dos muletazos de tanteo, quince pases naturales en tres tandas… al estilo de Manolete, de perfil, acortando la distancia que lo separaba del toro con pasos menudos y flameando suavemente el engaño, que llevaron al frenesí a los aficionados, mientras se extendía por el ruedo una alfombra de sombreros y la ovación se hacía interminable. Y como remate, muletazos de adorno, medios pases por la cara, molinetes y cambios de muleta por la espalda. Echándose fuera atizó media estocada, y después una honda en todo lo alto. Ovación, oreja y rabo, música, el delirio. Tres vueltas al ruedo y dos salidas a los medios… ¿No decían que Armillita era un torero caduco, en plena decadencia? …

Concluyo esta primera parte, con lo que a propósito de la actuación de Armillita escribiera El-hombre-que-no-cree-en-nada, resumiendo el hacer del Maestro esa tarde:

“Armillita”, para con quien el público se encontraba de uñas por su apatía en muchas de sus últimas actuaciones, dio el desquite completo, cuajando dos faenones imborrables, plenos de torerismo, de sabiduría, de arte sin igual. Esos dos trasteos, compuestos de todos los pases imaginables, desde el verdadero natural que prodigó hasta el cansancio, enloqueciendo a la multitud, hasta el adorno pinturero y gallardo que vino a ser la pimienta de aquellos manjares maestramente confeccionados. ¿Cuántos pases naturales desgranó el maestrazo de Saltillo? Difícil es decirlo, pues la embriaguez en que se encontraba todo el público estoy seguro impidió poder contarlos, ¡BASTE DECIR QUE VIMOS FUE SENCILLAMENTE PRODIGIOSO! …

Y dada la extensión que van tomando estos apuntes, los concluiré el día de mañana.

Aviso parroquial: los resaltados en la transcripción de la crónica de El Tío Carlos son obra imputable exclusivamente a este amanuense, por no obrar así en su respectivo original.

domingo, 11 de enero de 2026

10 de enero de 1943: La ganadería de Matancillas lidia su primera corrida de toros en El Toreo de la Condesa

Imagen: Luis Reynoso - La Lidia
La primera vez que se lidió un encierro a nombre de Matancillas en El Toreo de la Condesa, fue el 15 de agosto de 1926. Fue una novillada, anunciada como fracción de La Punta, que enfrentaron Julián Rodarte, Edmundo Maldonado Tato y Fermín Espinosa Armillita Chico. El encierro se anunció como de cruza española de Parladé, aunque en realidad, en el lote iban novillos que procedían de los ganados que originalmente se adquirieron de San Nicolás Peralta, eso sí, cruzados con el toro Pinchasapos de Parladé y probablemente algunos otros de lo que de origen San Mateo hubo en esa casa ganadera. También habrá que señalar que todos iban marcados con el hierro de La Punta.

Tras de esa presentación, la base genética de La Punta cambió, los hermanos Francisco y José C. Madrazo optaron por criar toros del encaste Parladé, vía las importaciones que hicieron de vacas y sementales de Campos Varela y Gamero Cívico.

A finales de los años 30 Matancillas comienza a comparecer en las plazas ya con hierro y divisa propios, en 1939 lidia en diversas plazas de provincia una camada completa de corridas de toros para promover a Conchita Cintrón quien regularmente compartía cartel con Jesús Solórzano y Alberto Balderas. Particularmente he encontrado carteles anunciando corridas de Matancillas en Tepatitlán el 24 de diciembre de ese 1939, la que sirvió de presentación a la ganadería aquí en Aguascalientes el 1º de enero de 1940, ambas con un mano a mano entre El Rey del Temple y El Torero de México, y entre ese 1939 y 1943, envía 15 novilladas a Guadalajara, presentando en El Progreso su primera corrida de toros el día de Navidad de ese último año.

Matancillas dejaría formalmente de ser fracción de La Punta en 1942, al inscribir en la Unión de Criadores su propio hierro y divisa. Cuenta doña María Luisa Solórzano:

Los hermanos Madrazo escogieron la divisa color oro, gris y rojo, y el hierro es como una flor de lis con círculo. Cuando formaron la ganadería de Matancillas, en 1942, escogieron el mismo hierro, pero sin el círculo, y los colores verde y negro para la divisa…

Volvería, ya con ese hierro y divisa al coso de la colonia Condesa el 30 de agosto de 1942, cuando presentó una novillada para Rutilo Morales, Rafael Osorno y Luis Briones. Fue la tarde de la inolvidable faena al novillo Mañico realizada por Osorno, que ha quedado como ejemplo de lo que es una gran faena para un aspirante a ser matador de toros, junto con apenas un puñado más de ellas.

Con ese andar quedaba preparado el camino para que los hermanos Francisco y José C. Madrazo se presentaran en la entonces principal plaza de toros de la República con una corrida de toros.

La séptima corrida de la temporada 1942 – 43

Estamos situados en la penúltima temporada antes del restablecimiento de las relaciones taurinas hispano - mexicanas, así que los toreros actuantes ese día 10 de enero del 43 eran todos nacionales, fueron Jesús Solórzano, Lorenzo Garza y Carlos Arruza, quienes se encargarían de dar cuenta de un encierro de la ganadería debutante de Matancillas, propiedad de los señores Francisco y José C. Madrazo, vecinos de Lagos de Moreno, Jalisco.

Creo importante resaltar aquí que en diversas publicaciones se señala que la fecha de la presentación de la ganadería de Matancillas en El Toreo es la del 10 de octubre de 1942. Ese dato es inexacto por una razón evidente: ese día no hubo toros en la capital mexicana. La fecha de su presentación con una corrida de toros es la de este festejo que hoy me ocupa.

No fue una tarde afortunada para la ganadería jalisciense, dado que, de los seis toros enviados, uno, el cuarto de la corrida fue devuelto tras de ser ruidosamente protestado por la concurrencia y otro no superó el reconocimiento y también fue sustituido. Al final se corrieron solo cuatro de los anunciados, uno de Zacatepec y otro de Piedras Negras.

La crítica no fue muy comedida con los ganaderos, sobre todo, porque el domingo anterior también se jugó un encierro muy terciado de Torrecilla, lo que tenía encrespados los ánimos de los escribidores y de la afición. Refiere a este respecto Roque Armando Sosa Ferreyro Don Tancredo, en su crónica publicada en el semanario La Lidia:

Matancillas – segunda edición de La Punta – vino a hacer el ridículo, y en la tarde en que se corrieron por vez primera sus reses en “El Toreo” con el cartel de ganadería de primera clase. Este fracaso revela falta de escrúpulos en los ganaderos señores Madrazo, y desprecio absoluto a la afición metropolitana, con la agravante del antecedente que debieron tener en cuenta como advertencia: el caso Torrecilla... Si los señores Madrazo enviaron semejantes cornúpetas para la presentación de su ganadería como de cartel, es lógico deducir que estos ejemplares fueron los mejores que tenían... Y es forzoso consignar que demostraron tener muy poca consideración para el público metropolitano y que no les preocupa gran cosa el prestigio de su divisa ni su buen nombre como ganaderos...

En párrafos siguientes Don Tancredo intenta reiterar la existencia de un añejo conflicto entre los señores Madrazo y don Antonio Llaguno y que, con esta corrida, los primeros perdieron la oportunidad de una revancha, aunque sin dejar de señalar – de manera justificativa – que los toros de Torrecilla no son corpulentos, pero sí ejemplares de bravura y nobleza extraordinaria, verdaderos toros de bandera...

Y para rematar, sabiendo que Jesús Solórzano estaba emparentado con los ganaderos de la tarde, lo acusa de ser el responsable de la mala entrada de la tarde y de ser un torero fatigado, viejo y en consecuencia, sin posibilidad de poder con los toros. Pero pese a la mala tarde que tuvo ese particular domingo El Rey del Temple, la corrida terminó en son de triunfo, como enseguida podremos ver.

La poderosa muleta de Lorenzo Garza

El quinto toro de la corrida fue de Piedras Negras, herrado con el número 51 y sin que se le anunciara nombre en el cartelillo, fue cárdeno bragado y aunque aparentemente se acabó las fuerzas ante los picadores, se avivó en banderillas y permitió que El Magnífico le hiciera una interesante faena. Sigue contando Don Tancredo:

Este toro anónimo de Piedras Negras sirvió de pedestal al torero de Monterrey para levantar un monumento a su muleta. Lorenzo hizo una gran faena no porque el toro se prestase a ella, sino a pesar del toro. El trasteo de Garza, que tuvo el secreto de su portentoso aguante, cobró relieves de intensa emoción y plasticidad, con un dominio, un mando y un señorío únicos. El arte incomparable de este muletero de maravilla hizo el milagro de bordar una de las faenas más meritorias de los últimos años, y en ella vimos derechazos estupendos, un monumental pase de costado, naturales garcistas y toreo de rodillas en que destacó un imponente pase de pecho, mientras la música tocaba en honor de este maestro y artista que tarde a tarde se hace aplaudir con el mismo celo de gloria que un novillero ansioso de llegar a la cumbre. Finalizó su trasteo con un pinchazo en lo alto y media estocada que hizo rodar al de Piedras Negras, ganándose una cálida y prolongada ovación, dianas y vuelta al ruedo, en premio a su torerismo, su arte y su maestría...

Lorenzo Garza había anunciado al inicio de la campaña que esta sería la de su despedida de los ruedos. En una extensa entrevista que concedió a don Carlos Septién García, El Tío Carlos para el diario El Universal de la Ciudad de México, explicó sus motivos y dejó en claro que era para él, el momento de dejar de vestir el terno de luces.

La torera alegría de Carlos Arruza

El citado Carlos Septién García dedicó su crónica en el semanario La Nación, firmando como El Quinto, principalmente, al hacer de Carlos Arruza, a quien calificó como un torero alegre. Quien posteriormente sería conocido como el Ciclón Mexicano, también tuvo una tarde afortunada, aún sin el corte de orejas, con la faena realizada al sexto de la función, Caminero de Matancillas. Refiere el cronista queretano:

La solemnidad es un disimulo molesto y egoísta. Es una camisa blanca y dura puesta para ocultar ineptitudes y deficiencias. La alegría, por el contrario, es atributo de la integridad. Cuando se es cabal: cuando nada se teme; cuando se tiene suficiente equilibrio interno, se es alegre... el ver a un hombre que enfrenta problemas arduos con llaneza y gusto, con claridad y alegría, es uno de los más deliciosos espectáculos humanos... Porque es el triunfo de la naturalidad: lo mismo en la vida que en los toros... Y justamente lo que hemos contemplado hoy es la alegría taurina encarnada en Carlos Arruza. Alegría con la capa, con las banderillas, con la muleta. Júbilo desbordante que ha ahuyentado de la plaza hasta el menor sentido de solemnidad o de tragedia para inundarnos con el sabor de una manzanilla de ámbar madurada en México. Verónicas finas, bajas, ceñidas, pero hechas con ese sentido adolescente de lo repentino, de la ocurrencia. Gaoneras a la española unas, levantando los pies sobre la punta; a la mexicana otras, con las plantas asentadas... Tapatías de un ritmo tan juguetón y tan desenfadado como cuando el chamaco de la esquina es quien la hace de toro... Pero donde la alegría de este torero ha alcanzado expresiones de repique de sábado de gloria, ha sido en esos muletazos lasernistas de hinojos que dio a su último toro... Porque como alegría auténtica, ésta de Carlos Arruza es sana y limpia. No en detrimento del señorío de su toreo... Al recinto de nuestra torería ha llegado un torero alegre. Y ya no todo serán dramas pavorosos, ni rabias voluntariosas, ni entumecimientos congestionados. Tendremos sol de Sevilla, repiqueteo de castañuelas, travesura y gozo de España...

Como hasta aquí podemos ver, no todo triunfo es el resultado de cortar orejas por carretadas. A Carlos Arruza se lo llevaron en hombros al final de la corrida después de que pudo despachar a Caminero hasta el cuarto intento con la espada. 

Bien lo dijo Manolo Martínez ya hace algunos ayeres, los apéndices son meros retazos de toro, lo que vale, es lo que se queda en el sentimiento y la memoria de la afición.

Hasta la próxima semana.

domingo, 4 de enero de 2026

7 de enero de 1945: El Soldado y Famoso de San Mateo

Antonio Llaguno y El Soldado junto a los restos de Famoso
Foto: Sosa
En la parte álgida de la temporada española de 1943 Luis Briones viaja a España como representante de la Unión de Matadores, a tratar de negociar una reanudación de relaciones entre las torerías de aquí y de allá, rotas desde 1936. Cuando los hechos trascendieron, resultó evidente que detrás de ese viaje de Briones se encontraban Maximino Ávila Camacho y Antonio Algara, respectivamente accionista mayoritario y gerente de Espectáculos El Toreo, S.A., porque el interés del primero era, indudablemente, presentar en su plaza, la primera de México, a Manolete, al costo que fuera.

La prensa especializada no se mostró complacida con el viaje de Briones, que fue secundado después por Tono Algara y así, firmas como las de Flavio Zavala Millet, firmando como Paco Puyazo, don Luis de la Torre El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada y el politólogo e historiador Roberto Blanco Moheno atacaron sin clemencia principalmente a Briones y también a quienes lo enviaron a negociar la paz, por considerar que traicionaban un movimiento que podía generar una total independencia de la fiesta de toros en México.

Al final de cuentas, la ruptura se pudo subsanar, pero Manolete ya tenía ese invierno comprometido, por lo que el elenco de toreros hispanos para la temporada 44 – 45 se formó con nombres como Cagancho, Gitanillo de Triana, Pepe Luis Vázquez, Rafael Ortega Gallito y Antonio Bienvenida entre los más destacados. 

La presentación de Manolete quedaría para la temporada venidera, y esa circunstancia motivaría a quienes lo esperaban como eje del ciclo de corridas en la capital, a criticar lo que se ofrecía como anodino o aburrido, sin que ninguna tarde diera satisfacción completa a la afición. Y si a esto sumamos que el 19 de noviembre del 44, el Maestro Armillita sufrió una grave cornada en San Luis Potosí, tenemos que el torero mexicano que podría cautivar la atención de la afición capitalina estaba en el dique seco.

En esas condiciones llegó el domingo 7 de enero de 1945, fecha en la que se celebró la octava corrida de la temporada, misma en la que se anunció un encierro de La Punta para que lo lidiaran Luis Castro El Soldado, Silverio Pérez y Pepe Luis Vázquez.

El encierro de La Punta

Comenzaré por referirme a los toros enviados por don Francisco y don José C. Madrazo a El Toreo, porque al final de cuentas su comportamiento en el ruedo desembocó en lo que causó el resultado final del festejo. Refiere El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada, en su comentario aparecido en La Lidia, una semana después del festejo:

...los señores Madrazo, propietarios de la vacada de La Punta, enviaron seis toros en buena edad y magníficamente presentados, no habiendo desmerecido en corpulencia sino uno de ellos. De los seis, dos fueron bravos y uno bravísimo, el corrido en quinto lugar, siendo los restantes reservones, reparados de la vista y con tendencias más a la mansedumbre que a aquello que tanto favorece a los lidiadores, sin presentar ninguno mayores dificultades. Todos fueron pegajosos para las caballerías, propinando tremendos tumbos que ofrecieron oportunidades a los matadores para realizar el verdadero quite, suerte olvidada que no apareció por ninguna parte a no haber sido por el heroico Simón que cuando se presenta la ocasión pone la muestra al más pintado. Esta codicia de los punteños dio lugar también a ver picar como ya es muy raro en los actuales tiempos, tan raro es que el público desorientado por completo, se pone a chillar cuando debiera aplaudir con entusiasmo, protestando, eso sí, en contra de quienes autorizan el asesinato alevoso de las reses permitiendo el empleo de puyas descomunales...

Como se puede leer, a juicio de don Luis de la Torre, un par de toros dejaron espacio para triunfar, con la única cuestión de que tenía que toreárseles.

El toro que regaló El Soldado

Las distintas reseñas históricas parecen coincidir que las dos faenas grandes de Luis Castro El Soldado en El Toreo fueron las que realizó a los toros Rayito y Famoso, ambos de San Mateo, la primera, en la corrida recordada como la de los tres Luises y la segunda que es la que hoy me ocupa. Ambos toros, tienen el estigma de ser toros de regalo, o toros del perdón como los llamó la prensa de su día, para tratar de enmendar los efectos de una mala tarde.

En esta oportunidad tenía otra cuestión añadida. Para esos días era de dominio público y evidente el agrio desencuentro de los hermanos Madrazo con don Antonio Llaguno, sin que sus causas hayan trascendido. Así, el ganadero zacatecano no perdía oportunidad para tratar de demostrar que sus toros eran superiores. Así, en los chiqueros tenía encerrado uno, dispuesto a salir a dejar en mal a sus colegas jaliscienses. Sigue contando don Luis de la Torre:

“El Soldado”, ya desde temprana hora, en perfecto acuerdo con el ganadero, obsequió al público con el toro del “perdón”, que no de otra manera puede calificarse ese desprendimiento cuando se ha tenido una mala actuación...

La procedencia del toro de regalo no fue fortuita y en cierta forma me recuerda lo sucedido el 28 de febrero anterior, cuando Armillita regaló a Paracaidista de La Laguna, cortándole el rabo, después de despachar él solo con pulcritud una dura corrida precisamente de San Mateo.

La faena de El Soldado a Famoso

Roque Armando Sosa Ferreyro Don Tancredo abre su crónica publicada en La Fiesta en los siguientes términos:

Un toro de maravilla, un toro de bravura y nobleza incomparables, fue inmortalizado el domingo anterior en el ruedo metropolitano. El toro, cárdeno bragado y salpicado, número 28, se llamó “Famoso2 y procedió de las dehesas de San Mateo, la ganadería milagrosa de don Antonio Llaguno. Y el torero es un artista que se llama Luis Castro “El Soldado”...

Vestido de celeste y oro, El Soldado enfrentó al toro que le dedicó don Antonio Llaguno, cárdeno claro y paliabierto. Las crónicas coinciden en que su trapío, adecuado a su encaste, desentonaba con el de los toros de La Punta de la lidia ordinaria y si hemos de tener en cuenta lo escrito por El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada, más parecía un novillo:

Para tal objeto se soltó un novillo de San Mateo de bravura y suavidad extraordinarias, el que fue magistralmente aprovechado por el donante, quien no sabemos por qué motivos se abstuvo de invitar a sus compañeros a alternar con él en el primer tercio, lo que significó un patente desaire para nuestro huésped Pepe Luis Vázquez...

Un ejemplar de tal calidad requería tener un gran torero enfrente para aprovecharlo debidamente. La faena que El Soldado realizó a Famoso fue completa, pues hasta las banderillas tomó, no obstante traer un varetazo en el muslo derecho, sufrido en Irapuato el día de año nuevo. Relata Don Tancredo:

Pero si estupendo fue el cornúpeta de San Mateo, justo es consignar que “El Soldado” estuvo también a la altura de “Famoso”, toro de los más difíciles cuando no lo torea un artista, sino un jornalero de los ruedos. Sus templadísimas verónicas, sus ceñidas y rítmicas chicuelinas, el finísimo cuarteo con que adornó primeramente el morrillo del sanmateíno, sus valerosos muletazos en tablas, sus naturales mandones y garbosos, uno de ellos, rematado por alto; sus derechazos largos y emotivos, sus pases de pecho plenos de majestuosidad y de verdad, sus ayudados por alto y por abajo, firmas y adornos del mejor gusto, y por último, entrando en corto y por derecho, media estocada en las mismas péndolas que hizo rodar al astado. Toda su labor estuvo en un plano de excelsitud artística, y en su honor hay que decir que su trasteo fue realizado con una alfombra de sombreros en el ruedo, y que antes de coronarlo con la media estocada que rubricó su éxito, ya los pañuelos aleteaban en el tendido pidiendo las orejas y el rabo de “Famoso”... Llevando en las manos los apéndices del incomparable toro de San Mateo, Luis “El Soldado” y don Antonio Llaguno dieron la vuelta al ruedo para recibir el homenaje de la afición metropolitana, mientras el cadáver de "Famoso" también era ovacionado al pasearlo alrededor de la arena. Y la policía hubo de intervenir para evitar que la multitud sacara en hombros a los triunfadores de esta tarde inolvidable, pues "El Soldado" hubo de ser llevado a la enfermería de la plaza, donde se le practicó una pequeña intervención quirúrgica...

Por su parte, quien firmó como Francisco Montes en La Lidia, refiere:

Castro inició la faena con tres muletazos en el estribo que ligó con uno de pecho; la ovación no se hizo esperar; siguió toreando por naturales que no fueron del todo lucidos y luego continuó con la mano de cobrar y sus pases resultaron brillantes y bien rematados; la faena es de estimable mérito aunque derechista; ayudados por alto estatuarios, cambios de muleta por la espalda, ayudados por bajo, una faena muy torera y quizá la mejor que ha hecho en su vida; lasernistas, derechazos en redondo en los que materialmente se embarra en la faja al estupendo y maravilloso burel de San Mateo; entra a matar muy bien y deja media estocada delantera que hace rodar al burel sin puntilla: la ovación es delirante, se le conceden las dos orejas y el rabo de su enemigo, a quien merecidamente se le da la vuelta al ruedo; el público emocionado pide salga a la arena el ganadero, el que, en compañía del espada, da la vuelta al anillo recibiendo una apoteósica demostración de cariño...

Y días después, don Luis de la Torre El-Hombre-Que-No-Cree-En-Nada, reflexiona:

Lo toreó de capa como “El Soldado” sabe hacerlo en condiciones del todo favorables, interviniendo él solo durante el tercio de varas que se redujo a dos. Le colocó un magnífico cuarteo en banderillas que nos hizo recordar lo buen rehiletero que fue en los principios de su carrera, colgando otro más de colocación defectuosa, aunque con muy buenos procedimientos. Y después vino lo grande, el faenón reivindicador iniciado con tres muletazos en el estribo de positivo mérito, para apenas alejado el burel del lugar de iniciación, plasmar un trasteo en un palmo de terreno, en el que hubo toda clase de pases, desde el clásico natural, rematado ya por bajo ya por alto, hasta el adornamiento plástico y perfecto, pasando por los muletazos de toda índole ejecutados con majestuosidad y torerismo puro, sin el menor detalle de afectación, conservando siempre el cuerpo enhiesto, moviendo los brazos y con ellos la muleta con dominio y absoluta soltura, pasándose al bruto a pocos centímetros del pecho o de la faja, según las circunstancias. Una cátedra del bien torear, aprovechando a maravilla las excepcionales cualidades del pequeño enemigo que no supo tirar una cornada y al que despachó al destazadero de una casi entera de rapidísimos efectos, ganándose por todo ensordecedora ovación, oreja y rabo. Los despojos del bravísimo novillo fueron también ovacionados, dándosele, ahora sí, la vuelta al ruedo en compañía de su criador... ¡VAYA TORO BIEN APROVECHADO! …

Las opiniones de la crónica son unánimes en cuanto al hacer de El Soldado ante Famoso, y de esa manera, reitero, ha pasado a la historia como una de las más acabadas obras de su paso por los ruedos.

Importante es también señalar que la vuelta al ruedo que dio don Antonio Llaguno junto con el torero de Mixcoac, fue la última de su trayectoria ganadera, porque días después fue intervenido de la columna vertebral y tras de dicha cirugía, ya no pudo volver a desplazarse por su propio pie, dejando de asistir a las plazas, pero manteniéndose pendiente de la ganadería que al paso de los años sería el eje del toro de lidia que se cría en México.

El Soldado ha pasado a la historia como uno de los toreros artistas más grandes que ha dado este país, pero también nos dejó estampas de reciedumbre torera, imponiéndose a las condiciones de los toros que no tenían aptitudes para lucir la clase delante de ellos, es sin duda un caso único del torero que puede con los toros, pero que también crea arte con ellos. La tarde que hoy me ocupa, es un claro ejemplo de ello. 

domingo, 26 de febrero de 2023

La redondez de una tarde de toros

La estocada de David Liceaga a Afinador
Antonio Ximénez en La Lidia
4 de enero de 1944

En estos días que vivimos, el concepto de tarde redonda está indisolublemente ligado al triunfo de los toreros vinculado al corte de un incontable número de apéndices, de una importante suma de vueltas al ruedo y por supuesto, de una inexcusable salida en hombros por la puerta principal de la plaza de que se trate, salida hogaño a cargo de un costalero a sueldo, cuando en otros tiempos la realizaba la multitud que se tiraba del tendido a la arena y se llevaba al triunfador hasta el hotel o a pasear sin rumbo por las calles del lugar del festejo. 

Pero hubo días en los que si bien se cortaban apéndices, la redondez de la tarde no descansaba precisamente en el marcador de orejas y rabos y tampoco era mandatorio que el torero triunfador fuera sacado en volandas de la plaza. Se valoraba más la presencia de los toros, el hacer de los diestros delante de ellos y el conjunto del festejo para determinar si ese festejo merecía pasar a la memoria y a la historia de la fiesta.

Tarde redonda fue, sin duda, la del domingo 2 de enero de 1944, cuando en El Toreo de la Condesa se encontraron los toros enviados por don Julián Llaguno para que los lidiaran Luis Castro El Soldado, Silverio Pérez y David Liceaga. Ese día se recuerda principalmente por dos faenas, la del Compadre a Azulito y la de David Liceaga a Afinador. Pero hay más todavía que contar.

Los toros de Torrecilla

Refiere acerca del encierro de la divisa verde y blanco, Roque Armando Sosa Ferreyro, Don Tancredo, en el ejemplar de La Lidia salido a los puestos el 4 de enero siguiente:

Se lidiaron seis hermosos ejemplares de Torrecilla, la prestigiada ganadería de don Julián Llaguno, que no pelearon con la alegría característica de su divisa por el exceso de carnes y por el tremendo castigo que les infringieron los del castoreño. Sobresalieron en el encierro los toros segundo, quinto y sexto, que se llamaron “Azulito”, “Churumbelo” y “Afinador”. Al diestro de Mixcoac tocaron en suerte los menos propicios a la faena de escándalo: "Changuito", el primero, y “Argelino”, el cuarto; y “Tabaquero”. el tercero de la corrida, tuvo mucha fuerza y desarrolló nervio. En conjunto, los bureles zacatecanos dieron magnífico juego y se prestaron al éxito de los toreros, siendo desorejado “Azulito” por Silverio y Liceaga cortó las orejas y el rabo de “Afinador”…

En el mismo ejemplar de La Lidia, don Luis de la Torre, El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada, hace una comparativa de este encierro con el de la misma ganadería lidiado en la fecha inmediata anterior y concluye en que aquel fue infinitamente superior en fuerza y en clase, aunque el de esta última tarde no hubiera causado dificultades a sus lidiadores.

La tarde de El Soldado

Se puede triunfar sin cortar orejas. Esa fecha, en la que se conmemoraba el año nuevo taurino y se guardó un minuto de silencio en recuerdo de Alberto Balderas, el diestro de Mixcoac reiteró que la clase y el arte no están reñidos con el oficio y el poderío ante los toros. Le correspondieron por su orden Changuito y Argelino – brindados respectivamente a don Miguel Lanz Duret, director de El Universal y a don Daniel Vela, director de Vel – A – Gas – al decir de las relaciones del festejo, los dos malos del lote de Torrecilla corrido esa tarde. A propósito de su actuación, escribió El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada:

La forma como Luis Castro lidió al toro de obsequio el domingo anterior, causó efectiva sorpresa, no precisamente por el triunfo alcanzado... sino debido a que la técnica empleada en el trasteo de muleta fue en realidad bien distinta de la que ahora usan la mayoría de los modernos diestros. Sus pases admirablemente rematados, no valiéndose solamente de la bravura de su enemigo como ayuda eficaz, sino poniendo el torero de su parte, aguante y mando, peleándole de verdad, derrotándolo, que es precisamente lo que los cánones establecen para la labor de un diestro que se precie de serlo, fueron el motivo de tal sorpresa y admiración... Pues bien, “El Soldado”, en esta su siguiente actuación, prosiguió la misma táctica y debido a ello lo vimos en todo momento desahogado, pudiendo con el toro, no obstante haberle correspondido en el sorteo algo de lo más malito que salió por la puerta de chiqueros...

Luis Castro El Soldado ha pasado a la historia como uno de los toreros – artistas más grandes que ha dado este país, pero también ha dejado estampas de reciedumbre torera, imponiéndose a las condiciones de los toros que no tenían aptitudes para lucir la clase delante de ellos. Esta primera tarde del año 44, fue una de esas.

Silverio y Azulito

Silverio Pérez, lo había manifestado hace un par de semanas, es un torero irrepetible. Y lo es tanto en su proceder ante los toros, como en sus estados de ánimo que lo llevaban del triunfo que provocaba el delirio en los tendidos, a la tarde en la que incomprensiblemente hacía que las cañas se volvieran lanzas en su contra. Y sin embargo, era el torero más querido por la afición mexicana. Para Silverio, siempre había un compás de espera, porque se sabía que llegaría ese domingo en el que se entendería con un toro y con una faena, se pondría a mano con los que acudían a verlo a las plazas.

Ese segundo día del año 44, fue uno de esos fastos silveristas, se encontró en primer término con Azulito, un buen toro de don Julián Llaguno, que le permitió desplegar su personalísima tauromaquia, faena acerca de la que Don Tancredo, escribió:

“Azulito” el segundo Torrecilla, fue saludado por Silverio con ceñidos y emotivos lances a pies juntos, media verónica y un remate con el capote plegado. Y en su quite, el texcocano provocó un terremoto en los tendidos con sus chicuelinas angustiosas, inverosímiles, trágicas, incrustándose en el toro, que hicieron que las palmas sonaran en su honor con entusiasmo y asombro. El cornúpeta pasó con sólo dos varas, pues la segunda, a cargo de Lindbergh, valió por tres, y lo hizo sangrar hasta la pezuña. Y vino el faenón: doblones con una rodilla en tierra, como prólogo del trasteo, y luego los derechazos silveristas que fueron rubricados con una ovación, pases por alto, un cambio de muleta por la espalda instrumentado en la propia cara del burel y rodillazos de escándalo mientras la arena se alfombraba de sombreros. Finalizó con una estocada honda, delantera y desprendida, y se le otorgaron las dos orejas de “Azulito”, aplausos delirantes, dianas, dos vueltas al ruedo y dos salidas a los medios.

En este caso, El Faraón de Texcoco sí salió con las orejas en las manos, las cosas se acomodaron, el sorteo le deparó un toro propicio y él supo darle la lidia adecuada para hacer lucir sus cualidades y hacer destacar las propias, de forma tal, que fue así recompensado, pero más que las orejas, el hecho de que la faena de Silverio Pérez a Azulito sea una de las que se recuerdan como una de las importantes de su carrera, es el triunfo real.

David Liceaga y Afinador

Los nombres de los toros Ilustrado, Risquero, Zamorano y Bonfante entre otros lidiados en el coso de la colonia Condesa, llevaban la signatura de David Liceaga, un torero que tenía por divisa el poderío ante los toros y la expresión de aquellos que hacen evidente que llevan el toreo dentro de la cabeza.

La tarde que hoy me ocupa, se llevó quizás el mejor toro del encierro lidiado, el sexto, nombrado Afinador y agregaría un nombre ilustre más a la prolongada estela de triunfos que le fueron consolidando como una de las figuras históricas de nuestra fiesta y como cabeza de una de las dinastías toreras más largas que la historia del toreo reconoce.

Acerca de esa tarde, escribió el ya invocado Don Tancredo:

Con “Afinador”, el sexto, vino lo grandioso, lo espectacular e impresionante al mismo tiempo que de calidad y valía. Sus lances por el lado derecho fueron buenos de verdad, al quitar se adornó con vistosos faroles y pinturero recorte. A petición del público tomó los garapullos y derrochando facultades, alegría y majeza, galleó como sólo él sabe hacerlo: dándole todas las ventajas, dejándose pisar su terreno cambiándole el viaje al toro. El prodigioso banderillero clavó cuatro pares de emocionante preparación e impecable ejecución dando categoría al segundo tercio. Y con la muleta, refrendó sus mejores éxitos. El toro tenía fuerza y alegría, pero era tardo en la embestida, y David le llegó hasta la propia cara y tiró de él obligándole a seguir el engaño. En su trasteo hubo ayudados por abajo, derechazos y de pecho, naturales que remató con el afarolado, y en la zona de toriles lasernistas y de costado en que provocó la embestida encelando al cornúpeta con el cuerpo, teniendo la muleta a la espalda. Entre ovaciones y dianas epilogó su faena citando a recibir, y dejó una estocada a un tiempo que le valió las orejas y el rabo de “Afinador”, los más entusiastas aplausos, vueltas al ruedo y el homenaje del paseo en hombros.

También David Liceaga se llevó trofeos en la espuerta y a ellos sumó el que se lo llevaran los enfebrecidos aficionados en hombros de la plaza. Ese paseo triunfal no fue montado, sino espontáneo, sincero, surgido de la emoción que generó en los tendidos la actuación del torero guanajuatense. 

La redondez de la tarde

De lo presentado hasta aquí, creo que podemos apreciar que todos los factores de la corrida confluyeron en una misma dirección y el resultado fue una tarde de toros de esas que por mérito propio ingresan en la historia de la fiesta como ejemplo de lo que es una tarde de toros que llega a buen puerto, una tarde de toros redonda en la que todos sus participantes, desde el punto que les toca estar, quedan satisfechos, sin necesidad de externalidades que en nada engrandecen lo que ante el toro y la afición se lleva a cabo.

domingo, 12 de febrero de 2023

13 de febrero de 1944: Silverio Pérez y Zapatero de La Punta

Un brindis de Silverio

La temporada 1943 – 44 en El Toreo de la Condesa se inició en medio de una ruidosa controversia. En el verano del 43, trascendió a los medios que la Unión Mexicana de Matadores había enviado a España a un grupo de toreros mexicanos, encabezados por Luis Briones, a tratar de negociar un reencuentro entre las torerías de ambos lados del Atlántico, separadas desde mayo de 1936. También se pudo saber que detrás de esa embajada se encontraba el empresario de El Toreo, don Antonio Algara, quien poco más de un lustro después de la ruptura, calculaba necesario el introducir algunos cambios de fondo en la oferta de festejos taurinos en México.

Las publicaciones especializadas, y muy señaladamente La Lidia, se censuró abiertamente ese hecho de tratar de negociar con los españoles. Así, los columnistas de ese semanario, don Flavio Zavala Millet, quien firmaba como Paco Puyazo, Luis de la Torre El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada y el politólogo e historiador Roberto Blanco Moheno criticaron y diría que hasta maltrataron a Briones y a aquellos que lo enviaron a negociar la paz, por considerar que traicionaban un movimiento que podía generar, lo que ellos consideraban, una total independencia de la fiesta de toros en México.

Pero esos críticos ignoraban, o pretendían hacerlo, que la iniciativa la impulsaba realmente Maximino Ávila Camacho, quien era el tenedor de la mayoría accionaria de la sociedad que era propietaria de la plaza de la colonia Condesa y de la empresa que daba los festejos taurinos y que la intención de fondo era que a la brevedad, Manolete viniera a presentarse a la capital mexicana. Al general Ávila Camacho en ciertas cosas – casi todas – no se le podía contradecir, y me atrevo a asegurar que esta, era una de ellas.

Así, el 11 de julio de 1944 se anunció que el Sindicato Nacional del Espectáculo en España autorizaba la contratación de toreros mexicanos para actuar en sus plazas, pactándose como única condición que torero español o mexicano que pretenda actuar en México o España, deberá llevar firmados cuando menos tres contratos, mínimo que entiendo perdura hasta nuestros días. Y así, una semana después, en Martes, en la plaza de Las Ventas, se daba lo que puede considerarse la primera corrida de la concordia, con la confirmación de alternativa de Carlos Arruza.

La 11ª corrida de la temporada 43 – 44

Para el domingo 13 de febrero de 1944, se anunciaron toros de La Punta para Luis Castro El Soldado, Silverio Pérez y Carlos Arruza. La combinación, vista en retrospectiva, es de suyo interesante y si añadimos como ingrediente al cartel, el hecho de que el domingo anterior en Puebla, al Faraón se le había ido vivo un toro a los corrales, había un ingrediente adicional para ir a verle a la plaza y ver si entregaba a su público cal o arena.

La narración más extensa sobre esa tarde la hace para La Lidia don Roque Armando Sosa Ferreyro Don Tancredo y la inicia citando una crónica suya de un año antes, reflexionando sobre el hecho de que no era posible exigir a Silverio Pérez el desplegar una tauromaquia clásica:

...hemos de repetir que el arte de Silverio está al margen de la técnica de ayer y de hoy, al margen del clasicismo, y que el exigirle torear de igual manera a reses que no sean francas y claras en su acometida, es poner a este innovador de la tauromaquia en las astas de los toros...

Y es que Silverio Pérez tenía su propia concepción de lo que era lidiar a los toros. No se guiaba por los principios generalmente aceptados en el arte y por esa misma razón ha sido un diestro que no dejó escuela. Es un caso único, auténtico e irrepetible en la historia del toreo. 

Pero Silverio Pérez ese domingo quería salir a refrendar su sitio de figura del toreo. Al primero de esa tarde, que le correspondía a El Soldado, le realizó un gran quite por fregolinas. Relata El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada:

Con el primero de la tarde, correspondiente a “El Soldado”, después del primero quite de éste, el diestro de Texcoco se llevó el capote a la espalda para ligar de modo maravilloso hasta cinco fregolinas que levantaron una tempestad de aplausos. Difícil resulta decir que se haya visto en “El Toreo” la suerte de Romero Freg tan magistralmente ejecutada como la cinceló el faraón de Texcoco con el toro “Cachucho” de La Punta, el domingo 13 de febrero de 1944. ¡VAYA MANERA DE TOREAR! …

Don Luis de la Torre remató su comentario del festejo celebrando que en esa tarde no se hubieran dado chicuelinas. Yo hoy, casi ocho décadas después, agregaría que también se reveló que Silverio Pérez no era un torero tan corto como a veces nos lo han querido presentar.

Zapatero, número 117, negro como todos los de su casa, fue el segundo de la tarde. No se distinguió precisamente por bravo, pues, aunque se acercó cuatro veces a los montados, salió a dos refilonazos y otros dos puyacitos señalados, eso sí, se movía, y requirió una faena de muleta con poderío para someterlo. De ese último trance, cuenta Don Tancredo:

...Silverio inició su trasteo con magníficos doblones, que remató con un gran derechazo y cambiándose el engaño por la espalda, mientras el punteño mugía cobardemente... Vino luego un pase de costado, y tres naturales atropellados, en los medios, que le valieron estruendosa ovación. Y otra vez con la franela en la diestra, un derechazo que intentó rematar con otro cambio del engaño por la espalda; al hacerlo, cortó el viaje el toro, que viéndolo descubierto movió la cabeza y lo prendió, zarandeándolo en forma impresionantísima más de medio minuto. Cuando Silverio fue arrojado a la arena, intentó levantarse; pero se fue de bruces, revelando en la expresión de su rostro y en la actitud de sus manos, sobre la ensangrentada taleguilla, la importancia y la gravedad de la herida que sufrió...

Por su parte, El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada lo apreció así:

...tomó en sus manos la muleta y estoque decidido a armar la escandalera, empezando con una serie de pases ayudados por abajo de su exclusiva, recibiendo fuerte achuchón en el segundo de ellos, por lo que ordenó el cambio de terreno, logrado lo cual, continuó toreando por alto en forma irreprochable; hizo un paréntesis y echándose la muleta a la zurda toreó al natural, si no con perfección, pues no hubo el temple en Silverio acostumbrado y sí, en cambio, enmendadura constante de terreno, con un valor extraordinario en cada uno de los muletazos rematados a la altura de la cadera, tal como debe ser tan meritoria suerte. Mas sin acordarse tal vez del achuchón recibido al principio del trasteo, llevó de nuevo el engaño a la derecha para repetir el doblón con mando y poderío; pero al iniciar el siguiente muletazo, también a la altura de la cintura, fue enganchado por la parte superior de la pierna, recibiendo tremenda cornada que pudo ser mortal como lo fuera para el inolvidable Alberto...

Ambos escribas coinciden en que Silverio salió decidido a triunfar, sin importar la condición de Zapatero y el precio que pagó al primer parpadeo fue el siguiente, según el parte rendido por los doctores Javier Ibarra y José Rojo de la Vega:

Herida por cuerno de toro, de ocho centímetros de longitud, en la región inguinoescrotal derecha, con exteriorización del testículo; presenta tres trayectorias: una hacia arriba, que llega hasta la fosa ilíaca externa, interesando piel, tejido celular subcutáneo, aponeurosis y músculos ampliamente desgarrados, y tejido celular subperitoneal; la segunda hacia afuera, que llega a la cara externa del muslo; y la tercera que llega al tercio medio del muslo, interesando piel, tejido celular subcutáneo y aponeurosis, y fibras musculares. Mide en total veintidós centímetros de extensión. Anestesia con balsoformo, desinfección con agua oxigenada, clorazena y sulfatiazol; contraabertura en la cara externa, tercio medio del muslo; ligadura de vasos; resección de porciones musculares; reducción testicular y canalización con cinco tubos de hule. En caso de no presentarse complicaciones, tardará en sanar alrededor de cuarenta y cinco días.

Al final de cuentas, Silverio Pérez requirió de 72 días para volver a vestirse de luces y no solamente los 45 calculados por los médicos. Volvió a torear hasta el 25 de abril de 1944 aquí en Aguascalientes, mano a mano con Armillita, toros de Torrecilla. Y lo hizo triunfando.

Silverio y su percepción sobre el miedo

Ya en estas páginas he transcrito lo que Silverio Pérez creía entender por el miedo. Juan Belmonte también le contó a Chaves Nogales la manera en la que él lo racionalizaba. Pero de lo que el Faraón de Texcoco escribió para su compadre José Pagés Llergo, extraigo estas pocas líneas:

Llegaba en forma de escalofrío y me engarrotaba los músculos, como sudor viscoso que hacía resbalar el capote sobre mis manos, como dolor en los muslos y sabor de cloroformo en la boca... No te imaginas lo que es presentir el olor de la anestesia y sentir que por las piernas resbala la vida. Con decirte que se le oye gotear...

Silverio Pérez sobrevivió a sus miedos y nos dejó, afortunadamente, grandes lecciones de vida. Lecciones que solamente puede dar alguien que tiene grandeza.

domingo, 27 de noviembre de 2022

27 de noviembre de 1942: Se publica en México el primer número del semanario La Lidia

El periodismo taurino en México

Mi amigo Salvador García Bolio, en su obra de 1991 El Periodismo Taurino en México. Historia, fichas técnicas, cabeceras, apunta que ya hay vestigios de información de interés para los aficionados a la fiesta en los medios generalistas y hasta culturales mexicanos desde el siglo XVIII y precisa que en el número 61 de la Gaceta de México de Sahagún de Arévalo, de diciembre de 1732, se registran las primeras reseñas taurinas que en su investigación pudo encontrar.

La centuria siguiente será la que vea el nacimiento del periodismo taurino como una rama especializada y así, el 9 de noviembre de 1884, sale a los puestos el primer número de El Arte de la Lidia en la Ciudad de México, aun estando vigente la prohibición de Benito Juárez de noviembre de 1867. La dirigía Julio Bonilla Recortes, periodista mexicano que era a su vez corresponsal de diversas publicaciones hispanas y que dejó de aparecer hasta el año de 1903. Pero ya antes se habían hecho intentos de difundir la fiesta en singular, aparte de la información general, escribe García Bolio:

No puedo dejar de mencionar que, en 1815, don José Joaquín Fernández de Lizardi “El Pensador Mexicano” (autor de múltiples escritos y de quien destaca entre sus obras “El Periquillo Sarniento”) dedicó de su periódico “Alacena de Frioleras” dos números (4 y 13 de mayo) a las corridas de toros. Antecedentes del que sería, 69 años después, el primer periódico taurino mexicano. (Pág. 15)

Otras publicaciones decimonónicas destacadas son El Arte de Ponciano, El Correo de los Toros, El Mono Sabio, La Lidia en San Luis Potosí o La Banderilla, semanario taurino ilustrado, estos dos últimos, del año 1887.

El siglo XX tuvo ya un mayor número de publicaciones, unas de mayor predicamento y recorrido que otras, pero destacan por su trascendencia El Universal Taurino, que es considerado por muchos, superior a cualquier otro de sus contemporáneos, en todo el llamado planeta de los toros; el sucedáneo de éste, Toros y Deportes, después, en el tiempo estaría El Redondel, que tenía la particularidad de salir los domingos, unas horas después de terminado el festejo en la capital mexicana con la crónica de ese día; o El Taurino. Estos aparecen dentro de las primeras tres décadas de la pasada centuria.

No se trata aquí de hacer una historia de la prensa y periodismo taurinos en México, sino nada más de establecer un contexto a lo que enseguida intento exponer.

Pablo B. Ochoa 

Pablo Boeuf Ochoa debió ser un hombre de un intenso espíritu emprendedor. Mi amigo Rafael Gómez en su bitácora Toreros Mexicanos lo señala como originario de la Ciudad de México, en tanto que don Daniel Medina de la Serna lo sitúa como nativo del estado de Oaxaca. Intentó ser torero y a la usanza de entonces, su recorrer de la legua le llevó hasta El Toreo de la Condesa, lugar en el que se presentó, lidiando un novillo de regalo el domingo 10 de octubre de 1937, en una accidentada novillada que torearon Gabino Aguilar padre, Juan Estrada y Gregorio García. Los novillos de Piedras Negras fueron escasos de presencia y difíciles, por lo que los espadas anunciados fueron abroncados. A manera de fin de fiesta se obsequiaron dos novillos de Rancho Seco, el que salió en séptimo lugar fue para quien se anunció como Manuel Luceño, que no era más que Pablo B. Ochoa y el octavo lo despachó Alberto Olvera. Ninguno de los dos debutantes obtuvo algo para contar en casa esa noche, o después.

Años después, Josefina Vicens, firmando como Pepe Faroles en su semanario Torerías, realizó una extensa entrevista al ya empresario Pablo B. Ochoa, en donde rememora en algo esta tarde:

Pablo B. Ochoa es un hombre joven, inteligente y dinámico, apasionado de la fiesta brava, a la que ha dedicado buena parte de su vida. Tiene además la cualidad, que ya va siendo extraordinaria, de cumplir estrictamente con la palabra que empeña. Como prueba de esto, referiremos aquí una anécdota que lo pinta de cuerpo entero: “Era la víspera de su presentación como novillero en la plaza de El Toreo; iba por fin a ver cumplido su más ferviente anhelo. En el Ritz, platicando con su apoderado, le hizo esta promesa: Yo le aseguro a usted que mañana corto una oreja; pero le aseguro también, que si no la corto, no vuelvo a vestirme de luces”. Pablo B. Ochoa no cortó la oreja ofrecida, y nunca más volvió a vestirse de luces. (En Torerías, Núm. 27, 7 de marzo de 1944)

Pues bien, Pablo B. Ochoa en 1942, ya curado del mal de montera estaba dedicándose a un nuevo empeño. Ese empeño era la edición y publicación de un semanario taurino y para ello conjuntó un interesante grupo de escritores y cronistas que le dieran cuerpo y vida a una publicación que tuviera calidad y categoría. 

Ellos fueron Roque Armando Sosa Ferreyro, Don Tancredo; Rodolfo Garza, Pedro de Cervantes, el doctor Carlos Cuesta Baquero, Roque Solares Tacubac; Arturo Allsoff Villa, Francisco L. Porcel, Francote; Federico M. Alcázar, Felipe Sassone, Vicente Morales, P.P.T.; Josefina Vicens, Pepe Faroles; Enrique Arzamendi, B. Torralba de Damas, Pedro Patiño, Oñitap; Patricia Cox, Flavio Zavala Millet, Paco Puyazo; Alberto Guzmán, Alberto Lázaro y don Luis de la Torre, El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada. También contó con colaboraciones ocasionales de don Carlos Septién García, El Tío Carlos.

Con esos mimbres nacería un semanario que permaneció casi una década informando sobre las cosas de los toros en México.

El primer número de La Lidia

El viernes 27 de noviembre de 1942 vio la luz el primer número de La Lidia. Revista gráfica taurina. Anunciaba que sus oficinas estaban ubicadas en el despacho 212 del número 69 de la Avenida Madero, que su director – gerente era Pablo B. Ochoa; su director, Roque Armando Sosa Ferreyro y el jefe de redacción Pedro de Cervantes. Consta de 32 páginas, contando la portada y la contraportada y lleva numerosas fotografías, las que tienen crédito, se atribuyen a Arroyo y también dibujos y viñetas de Antonio Ximénez. El contenido de ese primer número es el siguiente:

Portada: Lorenzo Garza de luces, foto de estudio (Pág. 1)

Contraportada: Maximino Ávila Camacho a caballo vestido de corto (Pág. 32)

- Pág. 2. “La despedida de Lorenzo Garza”, entrevista por Arturo Rigel, fotografías de Arroyo.

- Pág. 4. “El buen humor de los toreros”

- Pág. 5. Editorial y directorio

- Pág. 6. “La Fiesta Nacional”, por Manuel Machado, con ilustración de Antonio Ximénez

- Pág. 7. “Los Subalternos”. Dedicado a Román “El Chato” Guzmán, por Roque Armando Sosa Ferreyro, fotografías

- Pág. 8. “El boicot a los toreros mexicanos”, entrevista a Eduardo Solórzano, por Rodolfo Garza, fotografías

- Pág. 9. “Las tragedias del toreo”. Carmelo Pérez y Michín, fotografías

- Pág. 11. “Gloria y Pasión de Carmelo Pérez”, por José Quijano Pitman

- Pág. 12. Alfonso Ramírez “Calesero”, un torero que no puede faltar en la temporada, fotografías

- Pág. 13. “Las enfermerías taurinas”, por el Doctor O’Bon, fotografías

- Pág. 15. “Entre la vida y la muerte”, por “Don Tancredo”, fotografías

- Pág. 18. Los toreros… ¿Y los toros?, por “El Resucitado”

- Pág. 20. Anuncio de la próxima alternativa de Antonio Velázquez, triunfador de las novilladas de 1942

- Pág. 21. “Joselito”. Con dedicatoria al Gral. Maximino Ávila Camacho, por Pablo B. Ochoa

- Pág. 22. “Salvado por boyante”, por Carlos Cuesta Baquero “Roque Solares Tacubac”, fotografías

- Pág. 24. Espartero, más valiente, más artista, fotografías

- Pág. 26. “Algo sobre la historia y lengua de los gitanos”. Con dedicatoria al Ing. Marte R. Gómez, por Arturo Allsoff Vila

- Pág. 28. “Lo que cuesta una revista taurina”, entrevista al Dr. Alfonso Gaona, por Pedro de Cervantes

- Pág. 31. Anuncio de la corrida del 29 de noviembre siguiente, con Silverio Pérez, Carlos Arruza y toros de Zacatepec

Del primer editorial de la publicación, extraigo lo siguiente:

“La Lidia” es el resultado del esfuerzo y buena voluntad de todos quienes la hacemos: editores, redactores, dibujantes y fotógrafos, y quienes sacrificamos personales intereses, tiempo y afanes para ofrecer al público esta revista de orientación y crítica taurina que sintetiza su programa en solo cuatro palabras: servir a la afición.

Con el juego de intereses que es hoy la fiesta de los toros, los puntos de vista de sus diversos factores chocan o se fusionan para alcanzar mayores rendimientos económicos, y la única y permanente víctima es el espectador de la tragicomedia que se desarrolla en redondeles y hospitales, en las oficinas de las empresas, en los cafés y en la calle…

Nuestros antecedentes son la mejor carta de presentación que ofrecemos a los lectores y anunciantes y confiamos en que nuestra actuación merecerá el favor de los mismos para hacer de “La Lidia” un periódico digno de la confianza pública y refleje en sus páginas el pensamiento y sentimiento de los aficionados…

La declaración de intenciones es clara. Se trata de dar a conocer lo que en la fiesta de los toros sucede, de dar bases para que los aficionados formen su propio criterio y de que quienes no lo son, adquieran el conocimiento de lo que es y representa este juego de vida y de muerte. También se hace un crítico señalamiento a aquellos que únicamente pretenden los llamados dineros del toro, sin reparar en las consecuencias que eso podría tener hacia el futuro. La información y el conocimiento eran propuestos entonces, como armas contra la destrucción que implica el querer ganar sin invertir. Nihil novum sub sole.

El devenir de La Lidia

En septiembre de 1944 nace La Fiesta. Semanario gráfico taurino. Sin base objetiva, puedo afirmar que hubo en La Lidia un cisma editorial, pues del editorial de su primer número se desprende:

En otro ruedo. – Por convenir a sus intereses, el periodista Roque Armando Sosa Ferreyro y casi todos los escritores y artistas que colaboraron con él en la revista "La Lidia", inauguran hoy este ruedo periodístico... (García Bolio, Pág. 65) 

Así, en este nuevo semanario colaborarían entre los más notables, Josefina Vicens, Pepe Faroles; al doctor Cuesta Baquero, a Flavio Zavala Millet, Paco Puyazo y la corresponsalía de Federico M. Alcázar entre los nombres más notables que arrancaron con la publicación objeto de estas líneas. La Fiesta saldría a los puestos hasta el año de 1950.

La Lidia cambiaría a partir de enero de 1945 su cabecera para llamarse La Lidia. Revista gráfica de espectáculos, introduciendo en sus páginas temas ajenos a la tauromaquia, aunque esta fuera su principal línea argumental, siguiendo en su dirección su fundador Pablo B. Ochoa y a partir de noviembre de 1946 se llamaría La Lidia de México, ya dirigida por Nicolás Herrero. Entre las tres épocas del semanario, salieron a la luz alrededor de unos 360 números.

Lo que siguió

A la par y después surgieron aquí publicaciones como Torerías; El Ruedo de México de don Manuel García Santos; Arena, patrocinada por el doctor Alfonso Gaona; Torerísimo, ¡Toro¡, Sol y Fiesta;  Matador; 6 Toros 6; la segunda época de El Redondel; y muchas otras de circulación más local o regional que informan a la afición.

La entrada y acceso general a estos medios digitales han desplazado en importante medida las publicaciones impresas, sin embargo, el hecho de que esas revistas periódicas sean coleccionables, permite su archivo y consulta, porque la información de internet tiende a “caducar” y a perderse y el papel, debidamente conservado, permanece y tiene valor propio.

Aviso parroquial primero: La obra de Salvador García Bolio, El Periodismo Taurino en México. Historia, fichas técnicas, cabeceras, se puede consultar en línea en el portal de la Biblioteca del Centro Cultural Tres Marías de Morelia que lleva su nombre.

Aviso parroquial segundo: La cita de la entrevista de Pepe Faroles a Pablo B. Ochoa está tomada de Las crónicas de Pepe Faroles y otras escrituras. – Norma Lojero Vega (Edición y prólogo), Alejandro Toledo (epílogo). – Fondo de Cultura Económica. – México, 1ª edición 2022.  – ISBN 978 – 607 – 16 – 7491 – 3.

domingo, 28 de febrero de 2021

25 de febrero de 1945: David Liceaga y Florista de Torrecilla

David Liceaga
La decimosexta corrida de la temporada hispano – mexicana 1944 – 45 en El Toreo de la Condesa, primera que contaba con toreros españoles después del rompimiento de 1936, se programó inicialmente para el 18 de febrero de 1945, pero el repentino fallecimiento – en circunstancias nunca aclaradas – en Atlixco o en Puebla – según se vea –, la víspera, del general Maximino Ávila Camacho, en esos días Secretario de Comunicaciones y Obras Públicas y además accionista mayoritario de El Toreo, S.A., propietaria del principal coso de este país, complicó las cosas para sus operadores en la plaza de la colonia Condesa.

En esas circunstancias, don Maximino, que en los hechos era el factótum de las cosas de la fiesta en este país, al fallecer repentinamente, motivó que en señal de luto, varias corridas programadas para el día siguiente se suspendieran o pospusieran. Esa suerte la corrieron las de El Toreo en la que estaban anunciados Silverio Pérez, David Liceaga y Antonio Bienvenida con toros de Torrecilla; la de San Luis Potosí en la que deberían haber actuado Luis Castro El Soldado y Pepe Luis Vázquez y la de Orizaba, en la que estaba anunciado Rafael Ortega Gallito como cabeza de cartel, aunque algunas otras, como la de Guadalajara, en la que actuaron Gitanillo de Triana y Luis Procuna con toros también de don Julián Llaguno, se llevaron a cabo con normalidad.

La 16ª de la temporada 44 – 45 

Dado el infausto hecho anterior, don Antonio Algara recorrió una semana el festejo anunciado y éste se celebro el domingo 25 de febrero. Las crónicas no revelan que se haya recordado o guardado algún minuto de silencio en memoria del general Ávila Camacho.

Fue una corrida triunfal, Silverio Pérez le cortó el rabo al toro Escultor, después de una faena derechista de las suyas y aunque su estocada fue defectuosa, la gente se le entregó como sabía hacerlo. Antonio Bienvenida por su parte, tuvo, creo, su actuación más redonda en la plaza de la colonia Condesa, pues le cortó una oreja a cada uno de los toros de su lote Cafetero y Sabroso. Hubiera obtenido más trofeos, pues ambas orejas las obtuvo después de pinchar en lo alto a ambos toros.

El otro gran triunfador fue don Julián Llaguno, quien envió una corrida seria, brava, bien presentada. Tras la lidia del quinto, que recibió los honores de la vuelta al ruedo, fue sacado a dar la vuelta por David Liceaga que vestía de negro y oro en compañía de Silverio Pérez, con terno azul rey y oro y Antonio Bienvenida que llevaba un vestido blanco y oro. Don Luis de la Torre El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada en su columna aparecida en el semanario La Lidia de México del 9 de marzo de 1945, juzga así el encierro de Torrecilla lidiado en la fecha:

La vacada de Torrecilla, envió para esta corrida seis toros, muy bien presentados, de magnífico trapío y de los cuales, solamente los corridos en primero y segundo turno mansurronearon en los tres tercios, siendo los cuatro restantes de bravura ejemplar, fuertes, codiciosos, de envidiable suavidad y nobles a carta cabal, no ofreciendo dificultad alguna y mereciendo por ello su criador los honores de recorrer el anillo en compañía de quienes supieron hacerlos lucir, realzando su bravura.

¡Así siempre, señor Llaguno!...

Por su parte, Roque Armando Sosa Ferreyro, Don Tancredo, en el ejemplar de La Fiesta, aparecido el 28 de febrero de 1945, reflexiona lo siguiente acerca de los toros de Torrecilla lidiado en esa ocasión:

...Torrecilla envió un encierro de toros que tuvieron la edad, el peso y el trapío requeridos, toros de ejemplar bravura y nobleza que acusaron su casta en los tres tercios e hicieron posible el triunfo de los toreros... El público, envenenado por interesadas y sistemáticas campañas en contra de los ganaderos zacatecanos don Antonio y don Julián Llaguno, está predispuesto contra los toros que lucen las divisas de San Mateo y Torrecilla; y sí en otras vacadas se toleran... Pero la calidad de los bureles de Torrecilla exigió que se rindiera el homenaje de la ovación popular al ganadero, y después del faenón de Liceaga y después de la hazaña de “Bienvenida”, mientras que los despojos de los toros quinto y sexto eran paseados triunfalmente por el ruedo, don Julián Llaguno tuvo que recorrer la arena para recibir las palmas de los aficionados mientras las notas jubilosas de la marcha “Zacatecas” enmarcaban su victoria...

David Liceaga y Florista

El quinto de la tarde fue nombrado Florista, número 18, negro y dice la crónica de quien firmó como Francisco Montes en el semanario La Lidia de México del 2 de marzo de 1945, que era cómodo de cabeza. Poco hizo David con la capa y contra su costumbre, no tomó las banderillas, pues en el primero se recrudeció una lesión que venía padeciendo y no pudo concluir el segundo tercio. Desde el inicio tomó la muleta con la mano izquierda y como dice la crónica, solamente utilizó la derecha para empuñar la espada a la hora de matar:

David toma los trastos y viene la faena más clásica que hemos visto de muchos años a la fecha, el toreo izquierdista que tiene gran mérito en su mejor expresión, una faena en la que no se acordó de la mano derecha más que para entrar a matar; la inició con una serie de estupendos naturales en los que corrió la mano y que ligó clásicamente, como mandan los cánones, con el forzado de pecho; una pausa y otra serie de naturales engarzados armónicamente, que arrancaron delirantes ovaciones y hacen sonar la charanga; liga sus naturales con un pase afarolado, seguido de uno de pecho estupendo; otra serie de naturales que le resultaron eternos y que convierten la plaza en un manicomio, se tira a matar y deja una estocada a un tiempo en buen sitio que hace rodar al bravo astado, con el que David ha ejecutado una de las faenas más meritorias y más clásicas que hemos visto en el coso de la Condesa; la plaza entera, emocionada, pide los máximos honores para David al que conceden la oreja y el rabo, dando la vuelta al anillo devolviendo prendas de vestir, otra vuelta más en la que saca al ganadero que en compañía de los diestros alternantes recorre el ruedo en medio de la apoteosis del respetable. David Liceaga se ha consagrado definitivamente con una faena clásica, como mandan los cánones. David Liceaga, figura indiscutible de la torería contemporánea…

Una gran faena realizada exclusivamente con la mano izquierda, toreo al natural puro y duro. Algo que no se veía frecuentemente y que no se ve todavía con regularidad en estos tiempos que corren.

La visión de Don Tancredo, en el ejemplar de La Fiesta ya mencionado, cuenta:

David, el torero de las sorpresas, que siempre responde a las esperanzas de los aficionados y pone su corazón y su arte en la realización de hazañas memorables, logró superar el faenón de Silverio, ¡Y ya es decir! Para nuestro gusto el trasteo del texcocano fue de mayor calidad; pero el de Liceaga tuvo mayor mérito, pues con el quinto cornúpeta, “Florista”, trazó una de las páginas más notables en la historia de la tauromaquia en México; dando cátedra de bien torear y de clasicismo, ligó una faena exclusivamente izquierdista, con diecinueve pases naturales, cinco pases de pecho, un afarolado y un molinete, coronándola con una estocada honda y desprendida que le valió los máximos galardones; oreja y rabo... lo hecho con “Florista” destaca su nombre y su éxito para situarlo en las cimas de la fama. ¡Qué maravilla de faena, de verdadero clasicismo, exclusivamente izquierdista, que se recordará siempre como una de las más meritorias realizadas en la plaza “El Toreo” y en cualquier ruedo del mundo! ...

En el número de La Lidia de México aparecido el 9 de marzo siguiente, El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada, hace el siguiente análisis:

¡Sí señores! Un FAENÓN netamente izquierdista en el que brillaron de forma radiante y bella los dos pases fundamentales de toreo clásico por excelencia y por ello los más difíciles en ejecución. ¿Fueron dos o tres los que se bordaron en tan estupendo trasteo? ¡NO! La faena completísima estuvo compuesta de varias tandas de naturales auténticos, rematada cada una de ellas con el consiguiente de pecho y la intercalación de afarolados y molinetes. Ni una sola vez recurrió el Gran David al uso de la mano derecha. No la necesitó absolutamente para nada, empleándola solamente para empuñar y montar el estoque, el que, a no ser por la carencia de facultades ocasionada por la molesta dolencia, de seguro hubiera hundido en las carnes de la res, practicando la suerte de recibir, de la que en la actualidad guarda la exclusiva David Liceaga. ¡ASÍ SIEMPRE DAVID!

Lo que siguió después

Tres días después, para el último día de ese febrero, se anunció a David Liceaga en la corrida de la Oreja de Oro junto a Cagancho, El Soldado, Pepe Luis Vázquez, Antonio Bienvenida y Luis Procuna con toros de Torreón de Cañas. La lesión que arrastraba David no le permitió actuar y abrió la puerta para el surgimiento de otra figura mexicana… Ese fue el día que el sol le salió de noche a Antonio Velázquez, quien por un volado se ganó la sustitución.

Cualquiera pensaría que independientemente de este último hecho, David Liceaga sería tenido en cuenta para el resto de la temporada. No fue así, esta corrida del 25 de febrero era su tercera y última comparecencia en el ciclo, algo que hoy a la vista de los resultados, cuando menos a mí, me resulta incomprensible.

David Liceaga confesó a Leonardo Páez alguna vez:

Ser torero es muy bonito, pero más aún es respetar al toro, al público y a uno mismo. Nunca le falté a un compañero ni permití que nadie lo hiciera conmigo, pero es indudable que en el medio taurino la dignidad se vuelve un estorbo...

Quizás haya sido el hecho de tratar de defender lo logrado lo que le impidió obtener más posiciones en esa temporada o quizás fue el hecho de que, como dice el mismo Páez, era un alternante muy incómodo para las figuras de la época, porque una vez en el ruedo salía a darlo todo, estuviera quien fuera allí en el ruedo.

Sin embargo, el recuerdo de David Liceaga como uno de los grandes toreros que ha dado México estará siempre presente en la memoria de los buenos aficionados.

Aviso Parroquial: Agradezco a mi amigo Librado Jiménez el haberme puesto en los toros acerca de la crónica de Don Tancredo relativa a esta histórica tarde, se me había pasado de largo. Igualmente hago notar que los resaltados en los extractos de esa relación, en la de Francisco Montes y en el análisis de El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada, son imputables exclusivamente a este amanuense pues no obran así en sus respectivos originales.  

Aldeanos