domingo, 20 de octubre de 2013

Rafael Rodríguez en el recuerdo

El Volcán de Aguascalientes, triunfador
(Foto: Carlos González)
Rafael Rodríguez Domínguez es el torero que más rabos ha cortado en la Plaza México. Obtuvo seis como novillero y cinco como matador de toros. La forma en la que irrumpió en el planeta de los toros en la temporada de novilladas de 1948, motivó que Paco Malgesto le impusiera el sobrenombre de El Volcán de Aguascalientes, mismo con el que se le conoce y recuerda aún a esta fecha.

En esta oportunidad quiero recordarle en una de sus primeras actuaciones en la Plaza México. Para ello, extraigo de la hemeroteca la crónica que de la novillada celebrada el domingo 24 de octubre de 1948, publicó en el periódico Ovaciones José Alameda y que es del tenor siguiente:  
Rafael Rodríguez, el torero solemne de la cara trágica. Otra oreja y otro rabo para el de Aguascalientes, que hizo enorme faena al tercero. Rafael de Portuguez, muy empeñoso y torero, dio vuelta al ruedo en el cuarto. Heriberto Rodríguez Jr., no se vio. Devolvieron indebidamente uno de los de Zotoluca, vacada que envió tres buenos toros. 
¿Se acuerdan ustedes de aquellos tiempos heroicos del cine, cuando triunfaba en las pantallas del mundo Eddie Polo? Era un actor lleno de expresiva energía, lo que hoy llamaríamos “dinamismo”, y representaba invariablemente el papel del hombre impasible a todos los peligros. Cada episodio de sus películas en serie, lo dejaban casi prendido en la guadaña de la muerte. Pero al siguiente pie de película, Eddie – el héroe – se salvaba, para continuar, con elegante impasibilidad, su carrera de riesgos y de triunfos. Polo emocionaba a los chicos. Y también a los grandes. 
Pues bien, en cierto sentido, Rafael Rodríguez me recuerda el caso de Eddie Polo. Porque Rafael, siempre al ras de la muerte y siempre salvado de ella, emociona también a los chicos y a los grandes, quiero decir que su heroísmo de torero llega lo mismo al corazón de las nuevas multitudes que han invadido la fiesta, que al de los aficionados tradicionalistas, que gustan del toreo “serio”. Con una diferencia: los peligros de Eddie Polo eran fingidos y de él los salvaba el director. Los de Rafael Rodríguez son verdaderos Y se salva él solo, lo salva su arte. 
Después de Eddie Polo, el cine evolucionó mucho. Y en lugar de lo puramente heroico, de las emociones fuertes que él nos daba, vinieron cosas quizás más bellas, pero más decadentes, en que la figura central del protagonista ya no tenía la misma importancia. Películas más finas, es posible, pero menos fuertes, que emocionaban menos. 
Con el toreo sucedió algo parecido. Vinieron los “estilistas”, los especializados, los peritos del pormenor, los refugiados en el “detalle”. El toreo se fue haciendo más delicado, más chiquito. Manolete fue el “Mesías” que llegó para salvar a la fiesta de toros del “pequeñismo” y restituirle su tono de epopeya, su grandeza heroica, a banderas desplegadas frente a la muerte. 
De ahí procede Rafael Rodríguez, quizá porque su nombre le marcó el sino. Arriesgado como aquel Eddie Polo que estremecía a las multitudes desde la pantalla. Pero también severo, conciso, serio como un sacerdote. Así eran los Rafaeles de Córdoba. Así también Manolete. Torero de gran estirpe, este mexicano de la cara trágica, a quien parece que le cuesta trabajo sonreír, está tirándole su nombre a la leyenda y a la fama cual un desafío, igual que el lidiador de gallardías le tira la montera a la cara al toro, para que se le arranque y dejárselo pasar muy cerca, muy “en serio”, como debe ser el toreo. 
Ayer, Rafael Rodríguez volvió a llenar la plaza, como otras veces. La reventa – perseguida – puso los boletos al doscientos por ciento, en sombra; al cuatrocientos por ciento, en sol. Y no diría yo que ayer toreó Rafael como otras veces, porque no sería cierto. Ayer, toreó como nunca. Su faena al tercero de la tarde, ya no fue la faena de un novillero valiente, que se juega la vida, sino que fue una faena de verdadero matador de toros. Una faena hecha con cabeza y con corazón. Con dominio y con arte. Y, por supuesto, con una emoción insuperable. 
El toro de Zotoluca lidiado en tercer lugar, tenía fuerza y tenía sentido, se frenaba por el lado izquierdo, achuchando. Sin duda por tal motivo, Rafael le clavó los tres pares de banderillas por el lado derecho. Pero esto no bastaba – claro está – para resolver el problema que representaba el toro. Hacía falta dominarlo con la muleta. Y, después, torearlo. Rafael hizo las dos cosas. 
Comenzó en el tercio, doblando con el toro. Cada ayudado por bajo estuvo perfectamente rematado, como si quisiese abrochar al de Zotoluca, con los cuernos contra la cola. Y cada muletazo, ganando un paso hacia los terrenos de afuera. Hubo maestría, porque los pases estuvieron dados con la más rigurosa técnica. Hubo arte, porque el torero midió la fuerza de la embestida y fue sometiendo al toro hasta que no mandó la fuerza de éste, sino el imperio de la muleta. El torero acabó imponiendo su propia medida contra la medida de toro. Esto es lo que se llama dominar. 
Después, vino el torear. Quiero decir el torear ya más a gusto. Porque lo primero también había sido torear, en el más alto y profundo sentido. Ya en los medios después de aquellos doblones, se irguió Rafael y toreó por alto, primero estatuariamente y después abriendo el compás para acompañar al toro. Un ayudado por alto, despatarrado el torero mientras llevaba embebido en largo viaje al toro, fue de asombro. Parecía, en aquel pase trágico y hondo, que el toro iba queriendo beberse la muleta como una larga corriente de sangre. Después, los derechazos y, por último, las “manoletinas”, sin alardes innecesarios de desviar la mirada, sino con emoción concentrada. Diríase que el torero estaba orando. Orando por su propia muerte, a cada minuto posible, a cada segundo inminente. El público, contagiado de aquella emoción ruda y solemne, puso a los pies del torero un pedestal de sombreros de palma. Mató Rafael con su facilidad asombrosa para encontrar los altos, pues le bastó con un pinchazo hondo, que no llegó ni a media estocada, para que doblase el fuerte, encastado, peligroso ejemplar de Zotoluca. Y la multitud rugió igual de fuerte que en los momentos de peligro de Eddie Polo, pero con una solemnidad que sólo se siente ante una tragedia clásica, o ante un torero como éste. Esta faena fue para Rafael Rodríguez de consagración. 
Antes había hecho Rafael un quite fantástico por “fregolinas”, en el segundo; algo así como el prólogo de lo que había de venir más tarde. Pero con el sexto, no pudimos verlo. Y no por culpa suya, sino porque al público se le antojó chico el toro y lo devolvieron. Salió otro de San Diego, declaradamente manso, sin duda por estar muy “corraleado”. Y también lo regresaron a los corrales. En tercer término, soltaron un cárdeno de Atenco, de media arrancada, Rafael hizo lo único que cabía hacer: estuvo breve. Pero el público, que guardaba todavía las vibraciones de aquellos momentos insuperablemente emocionantes del tercer toro, persiguió a Rafael y lo cargó a hombros. Como otras veces. Pero esta vez, en lugar de un novillero valiente, llevaban en alto, por las calles de México, a un auténtico Rafael, un Rafael mexicano, pero con la misma serenidad grande, solemne, de aquellos Rafaeles de Córdoba, de aquel Manolete descendiente de ellos. 
Y no es exageración. Es que como ayer toreó Rafael Rodríguez solamente han toreado los grandes… El primer espada fue Rafael de Portuguez Rafaelillo. Viene de su viaje sudamericano muy “puesto” y con valor renovado. Hizo cosas bonitas a veces, como aquellos muletazos en el centro del ruedo al cuarto de la tarde, con gracia, con donaire de torero. Y como aquellos naturales suaves a sus dos enemigos. Se hincó en muchas ocasiones para conseguir muletazos muy espectaculares. Y dio, tras de matar al cuarto, una vuelta al ruedo como premio a su faena, quizás demasiado largo, un poco desligada, pero llena de momentos inspirados, porque Rafaelillo tiene finura y buena planta. 
Heriberto Rodríguez fue el que vio el santo por el reverso. Le correspondió el peor lote y él tampoco hizo mucho por sobreponerse a su poca fortuna. Lástima, porque sobe torear. Pero para torear, lo primero es pararse. Y Heriberto no se decidió. 
Pregunta final, al juez de plaza. ¿Por qué retiraron al sexto de Zotoluca? Sobre la puerta de toriles, el rótulo decía que el toro pesaba 327 kilos. Si eso era cierto, no debieron devolverlo. Y si no lo era, no debieron poner en el rótulo un peso inexacto. 
El encierro de Zotoluca, disparejo como queda dicho, dio sin embargo buen juego en lo general. Frente a los caballos y frente a los lidiadores de a pie. Muy suaves y nobles el segundo y cuarto. Bravo – aunque peligroso – el tercero. ¡Y lástima del sexto, que debió lidiarse y no se lidió!
Rafael Rodríguez se despidió de los ruedos en la Plaza de Toros San Marcos de Aguascalientes el 26 de abril de 1971, estoqueando en solitario seis toros de La Punta. Testigos de honor de tal acontecimiento fueron entre otros Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa Armillita, Conchita Cintrón, Juan Silveti, Eduardo Solórzano y José Alameda, quienes apreciaron la entrega de su gente cuando rodó Trianero, el sexto de la tarde y sus hijos Rafael (+) y Nicolás bajaron al ruedo a desprenderle el añadido.

El pasado miércoles – 16 de octubre – se cumplieron dos décadas de que El Volcán de Aguascalientes se apagara, pero su recuerdo sigue vivo entre la afición, que le tendrá siempre presente como ejemplo de torería y de entrega en el ruedo.

domingo, 13 de octubre de 2013

Los giros de la fortuna (II)

La cornada de Margeli vista por el ilustrador de
El Imparcial (México D.F., 16/10/1900)
Eduardo Margeli Furcó tenía 20 años cuando llegó a México en 1895. Venía acompañando a sus primos Juan José Durán Pipa, matador de toros también natural de Cádiz y Antonio, hermano de éste. Algunos afirman que venía enrolado en la cuadrilla del primero como banderillero y otros, como Verduguillo, señalan que Margeli venía a México a ejercer su oficio de carpintero. Sea cual fuere la verdad de su ocupación al llegar a nuestro país, terminaría dedicándose a cuestiones relacionadas con la fiesta de los toros, primero vistiendo el terno de seda y alamares y después, siendo empresario, ganadero y como dice Cossío en su obra monumental, siendo el árbitro de las cosas de los toros aquí.

Una de las primeras noticias ciertas que se tienen de Margeli como banderillero es en la cuadrilla de Juan Jiménez Ecijano, aunque de nuevo es Rafael Solana Verduguillo quien controvierte esa información y señala que es más bien en una corrida celebrada en Durango el 26 de marzo de 1899 – cuatro años después de su llegada a México – a beneficio de los deudos del torero de Écija, cuando debuta como subalterno. De ser cierta esta última versión, la carrera de quien vestido de luces era apodado El Gaditano, fue brevísima según veremos enseguida.

La temporada que enlazaría a los siglos XIX y XX en la vieja Plaza México de la Calzada de la Piedad comenzó de una manera accidentada. En la corrida que abrió el ciclo, el domingo 7 de noviembre de 1900, Diego Prieto Cuatrodedos, quien alternó con Antonio Arana Jarana ese día en la lidia de toros de Piedras Negras, se llevó una paliza de consideración y siete días después, sería Eduardo Margeli la víctima del infortunio.

La segunda corrida de la temporada se daba el 14 de octubre de 1900, con toros de Santín, propiedad de don José Julio Barbabosa, para José Machío Trigo y Antonio Arana Jarana. El festejo resultó ser uno de esos que desde antes de su inicio comienzan a torcerse y terminan en auténticos desaguisados. Así lo refleja la siguiente relación de sucesos aparecida en el diario El Universal de la Ciudad de México del 16 de octubre de 1900:
Infracciones al reglamento de corridas de toros… La corrida de toros que antier se efectuó en la plaza «México» de esta capital dejó al descubierto y en actitud de punible abandono que provoca a ira, la energía de nuestras autoridades para hacer cumplir las disposiciones de ellas emanadas… El artículo 62 del Reglamento de corridas de toros, del 16 de febrero de 98, previene que no podrán venderse billetes más que en los expendios previamente anunciados por la empresa y por los vendedores ambulantes que autorice bajo su responsabilidad, debiendo tener dichos vendedores sus distintivos y no pudiendo alterar los precios fijados en los programas… Sin embargo, momentos después de haber sido abiertos los expendios en la plaza, se agotaron en ellos los boletos de entrada, pero multitud de vendedores ambulantes merodeaban por allí exigiendo precios casi dobles por los billetes: los de sol que valían cincuenta centavos eran vendidos a setenta y cinco y los de sombra que valían a dos pesos, eran vendidos a tres… Muchos suponen, no sabemos que en esto haya tomado la empresa alguna parte, pues sin su concurso los vendedores ambulantes no hubieran podido acaparar todos los billetes; pero la mayor responsabilidad por la infracción cometida, cae fatalmente sobre la autoridad en primer término, por no haber previsto el abuso de la empresa y enseguida, por no haber retirado de las cercanías de la plaza, como medida de policía a los que abusaban de tamaña debilidad, defraudando los intereses del público… Ante esas infracciones, se pregunta uno ¿para qué sirven el Regidor de diversiones, el Inspector del Ramo y la policía misma?... Otra de las infracciones cometidas fue la de la fracción III del artículo 48; ella establece que las empresas están obligadas a tener en las cuadres desde la antevíspera de la corrida, los caballos necesarios, a RAZÓN de cinco por cada toro que haya de lidiarse, y en la corrida del domingo no existían en la cuadra los 30 caballos correspondientes… Esto demuestra que hay que retomar la fracción IX del artículo 48 en el sentido de que el Director de lidia sea nombrado por el Ayuntamiento y expensado por él. Todas estas infracciones, todos estos abusos cometidos a la sombra de la autoridad y de la debilidad, deben corregirse en lo sucesivo, pero de una manera enérgica y decisiva…
Eduardo Margeli fue herido por el sexto toro de la tarde. Recibió una cornada penetrante de vientre que por la época en la que sucedió y por la extensión de la misma, debió ser mortal y sin embargo, sobrevivió a ella. Encontré varias versiones acerca de la manera en la que el percance se produjo. Voy a reproducir algunas a continuación:

Así lo contó El Primer Reserva en El Imparcial del día siguiente del festejo:
Sexto. – Aldinegro, bien puesto, de romana, hermosa lámina y marcado con el número 147. A su salida, encuentra a «Brazo de Hierro» suelto, por lo que le hace perder el caballo y le mete de cabeza en el callejón... Juan Pérez le pone una vara con caída y pérdida de cabalgadura. «Brazo de Hierro», sin mojar, cae al descubierto, perdiendo la mariposa. La plaza se queda sin picadores y el público empieza a gritar... Martínez sale de los corrales para mojar una vez. El toro salta al callejón y despeja a éste de tanto estorbo que había... «Minuto», en medio de la gritería ensordecedora del público, dedicada al biombo taurino, deja un mal par a cabeza pasada, después de cual, entra «Gaditano» y coloca medio de sobaquillo, siendo silbado ruidosamente... La cogida. – Como banderillero de vergüenza, vuelve de nuevo con los palos, entra por el lado izquierdo, que era por el que había entrado antes su compañero «Minuto» y él, sin prever que el toro se «acostaba» de ese lado, y dejó al cuarteo un par, del que sale cogido y volteado... Al principio se creyó que la cornada no había sido grave pues el diestro se levantó con entereza y por su pie se dirigió a la barrera, pero no pudo saltar ya y fue ayudado y conducido a la enfermería...
J. de C. en El Correo Español del 16 de octubre de 1900, escribió lo que sigue:
Sexto. – Colorao, de gran presencia y mucho poder, un verdadero toro... Arremetió con bravura a los piqueros, dándoles varios tumbos... Al cambiar de suerte, el público protestó, armando un gran escándalo... El «Gaditano», entre aquella gritería, entró al cuarteo, cortándole el toro el viaje y enganchándole por el vientre, levantándole y arrojándole a gran distancia. Acudieron todos sus compañeros al quite, llevándose al toro. El pobre muchacho se levantó y fue por su pie a la barrera, saltándola. Una vez ahí cayó en brazos de los monosabios, que le llevaron a la enfermería. El desgraciado banderillero sufrió una horrorosa cornada de 18 centímetros de profundidad, que entrando por el hipocondrio derecho le atravesó los intestinos. La herida ha sido considerada por los médicos de mortal de necesidad, y probablemente el valiente muchacho habrá dejado de existir a estas horas...
Y como es costumbre en estos casos trágicos, no faltan los agoreros del desastre que solamente encuentran interés en la fiesta para denostarla, como lo refleja esta nota aparecida en el diario El País, del 16 de octubre de 1900:
Siempre ha censurado EL PAÍS el salvaje espectáculo de las corridas de toros, dando para ello poderosas razones... Hoy nuevamente, con motivo de la desgracia ocurrida en la corrida del domingo y que en nuestro deber de informar nos vemos en el caos de consignar, volvemos a repetir que a espectáculo tan salvaje como el de las corridas de toros, no debe concurrir ninguna persona que profese la Santa Religión Católica para no fomentar esa nefanda fiesta... Como decíamos, en la corrida celebrada el domingo en la plaza «Méjico», después de un herradero continuo durante los primeros cinco toros, al salir el sexto, que fue el más valiente de la tarde, arremetió con tal furia en contra de los picadores, que en un momento mató cinco caballos, recibiendo en cambio, nueve lanzazos... El director del cambio de suertes, que lo era Honorio Romero «El Artillero», torero retirar y que siempre fue una nulidad en las plazas, ordenó el cambio de tercio no debiendo hacerlo, por no estar el toro bastante castigado y conservar la cabeza en alto y demostrar gran bravura... Un banderillero, «El Gaditano», cumpliendo con su obligación, quiso colocar un par de banderillas, y al verificarlo, el toro lo enganchó en el hipocondrio izquierdo, infiriéndole una profunda lesión de diez centímetros de extensión por cinco de ancho, haciéndole pedazos el epiplón... El herido fue trasladado a la enfermería, donde se le hizo la primera curación, siendo después trasladado a su casa en estado de suma gravedad... El público que asistió a la plaza se oponía a que el toro fuera banderilleado en tales condiciones, pero el Regidor Pérez Gálvez, que presidía la corrida, indicó que la orden estaba dada, así que si el infeliz torero muere, tanta culpa tiene Pérez como «El Artillero»... La corrida en general fue un fracaso, y así prometen serlo las demás…
Eduardo Margeli fue atendido en primera instancia por los encargados del servicio médico de plaza, doctores Carlos Cuesta Baquero y Silverio Gómez. A poco de iniciar la auscultación del herido se les agregó el doctor Ricardo Suárez Gamboa, Médico Militar y que era profesor de cirugía en la entonces Escuela Nacional de Medicina, además de ser autor de una serie de monografías de clínica quirúrgica. La primera versión de la extensión de la herida y de la técnica quirúrgica aplicada para atenderla se publicó al día siguiente del festejo en El Imparcial y es de la siguiente guisa:
La herida. – Está situada en el hipocondrio izquierdo, como a cinco centímetros abajo del borde de las costillas y sobre el borde izquierdo del músculo recto anterior. Perforó las paredes del vientre, penetrando el cuerno hasta el colon descendente, causando hernia voluminosa, sin que al parecer haya herida del intestino. El cuerno, que estaba astillado, penetró poco arriba de la región inguinal, levantando la piel en todo el trayecto, hasta el nivel antes dicho, que fue donde perforó el vientre. Eduardo Margeli, «Gaditano», presenta además una escoriación de grandes dimensiones en el frontal y algunas contusiones en el costado derecho. El pronóstico es mortal. Creen los médicos que es casi segura la aparición de la peritonitis, de la cual difícilmente se salvaría el herido. La operación. – Se procedió a cloroformar al herido, encargándose de aplicar el anestésico el señor Benjamín Calderón. Conseguida la insensibilidad del paciente, se desbridó ampliamente la herida, haciéndose la asepsia de las asas herniadas, resecando los fragmentos de epiplón, haciéndose un cuidadoso aseo de toda la cavidad del vientre; se hizo la canalización del vientre, con tan buen resultado, que antes de terminar la curación se comenzaron a producir líquidos por la canal. Se procedió enseguida a hacer las suturas y ligamentos necesarios, colocándose un apósito de gasa esterilizada, para impedir la infección…
Días después – 17 de octubre –, en el diario capitalino El Popular, se da cuenta de los avances en el estado de salud de El Gaditano:
El «Gaditano» fue trasladado a su casa, callejón de la Teja número 9 y allí es asistido por los doctores Gómez y Cuesta... Pasó la noche del domingo relativamente tranquilo y sin elevación de temperatura, pero desde el amanecer del lunes se inició la fiebre que a las 5 de la tarde de ese día, era, según indicación termométrica, de 39° y cinco décimos... Hoy, martes, a las 10 de la mañana, se hará al herido la segunda cura... Su estado es grave, pero los médicos no se desmoralizan y tienen esperanzas de salvarle... La herida que recibió el banderillero Eduardo Margeli (a) el «Gaditano» y que es gravísima, de las que ponen en peligro la vida, está situada en el lado izquierdo y en la parte inferior del tórax. Penetro el asta del toro al nivel de la fosa iliaca izquierda, inmediatamente arriba del pliegue inguinal, haciendo una herida de 7 u 8 centímetros de longitud, y rompiendo la piel y el tejido celular fue a penetrar la cavidad del vientre al nivel del hipocondrio. Por este orificio hicieron hernia el epiplón y el colon descendente, pero afortunadamente para el herido, no hubo herida intestinal... Los doctores Gómez y Cuesta, ayudados inteligentemente por el doctor Ricardo Suárez Gamboa, operaron al herido desbridando la herida, redujeron las vísceras herniadas, canalizando después con gasa antiséptica y un tubo la cavidad peritoneal, e hicieron las correspondientes suturas en la pared ventral…
Con sus altas y sus bajas, Eduardo Margeli logró superar la infección – no había antibióticos en esos días – y evitar el tétanos. No obstante, ya no pudo volver a torear. El día 24 de marzo de 1901 se le ofreció por el empresario Ramón López un festejo a su beneficio. Se lidiaron toros de Cazadero (1º y 7º), Parangueo (2º, 3º y 6º), Miura (4º) y Guanamé (5º) por los diestros Eduardo Leal Llaverito, Francisco Soriano Maera, Juan José Durán Pipa, Manuel Lavín Esparterito, Juan Vara Varita y Sebastián Chávez Chano. El cuarto, de Miura, que era semental de Cazadero, solamente se picó y banderilleó, volviendo vivo a los corrales. Ricardo Leal hizo el Tancredo y todos los diestros actuantes hicieron quites, pusieron banderillas y pasaron de muleta.

La cornada vista por el ilustrador del diario
"El Popular" (México D.F., 20/10/1900)
Tras la lidia del segundo, el empresario Ramón López entregó a Margeli un obsequio y entre el cuarto y quinto toros Pipa y Llaverito sacaron al ruedo a Margeli para cortarle el añadido. Hecho esto, la concurrencia le pidió diera la vuelta al ruedo y al hacerlo, comenzó a arrojarle dinero, de las lumbreras de la plaza, el Ministro de Hacienda José Yves Limantour, envió un billete de banco y lo mismo hicieron otras personalidades de esas localidades. Al final, los diarios que relatan el festejo y el mismo Verduguillo señalan que en esa pasada de capote recibió doscientos sesenta y un pesos, que se sumaron a los dos mil quinientos que fue el beneficio líquido del festejo, dinero con el que pudo volver a andar el camino.

Poco tiempo después volvería Eduardo Margeli a aparecer en el ambiente taurino. Entre 1908 y 1909, cuando Saturnino Frutos Ojitos se dedicó al completo a la atención de la carrera de Rodolfo Gaona, junto con Manuel Martínez Feria y Enrique Merino El Sordo reunieron una nueva Cuadrilla Juvenil Mexicana, asunto del que ya me he ocupado por aquí y algunos años después comenzaría, al decir de Cossío, una actividad de guía y apoderamiento de los toreros españoles que llegaban a México por aquellas fechas.

Terminaría sus días siendo empresario de El Toreo de la Condesa y parte de muchas y muy grandes controversias, aunque para él, el giro de la fortuna fue positivo, porque de haber recibido una cornada que en su tiempo era mortal de necesidad, escaló las posiciones necesarias para llegar a ser, como decía al principio, citando a Cossío, el árbitro de las cosas de los toros en nuestro país.

domingo, 6 de octubre de 2013

6 de octubre de 1963: El Presidente López Mateos y el Mariscal Tito asisten a los toros en la Plaza México

El Presidente López Mateos recibiendo el brindis de
Diego Puerta. El Mariscal Tito a su derecha.
Foto archivada en la colección Life de Google
Plaza México, 6 de octubre de 1963
Ya decía en una oportunidad anterior que en tiempos no tan pretéritos esta Fiesta no portaba el sambenito de la incorrección política. En México, en los primeros años del siglo XX era frecuente la presencia de los jefes de estado en las plazas de toros y después de la Revolución de 1917, siguieron asistiendo, aunque con menos frecuencia. Uno de los que rompieron con esa inercia fue don Adolfo López Mateos, quien desde sus tiempos de Secretario del Trabajo era visto con frecuencia en El Toreo de Cuatro Caminos y ya en la Presidencia de la República se cuentan algunas fechas señaladas, en las que se presentó en la Plaza México a disfrutar de su afición. Dentro de la temporada 1962 – 63, asistió a la corrida del 10 de febrero de 1963, en la que recibió el brindis de los tres espadas actuantes, que fueron Jesús Córdoba, Diego Puerta y Jaime Rangel.

También se acostumbraba agasajar a los jefes de estado extranjeros que nos visitaban, ofreciéndoles festejos, ya sea organizándolos ex – profeso o aprovechando alguno de la temporada en curso y así, el 20 de junio de 1954, se ofreció en honor de Haile Selassie, en esos días emperador de Etiopía a una novillada en la Plaza México – misma a la que asistió –, en la que en la lidia de novillos de Coaxamalucan alternaron Eliseo Charro Gómez, Joselito Huerta y Jorge Luis Bernal, o el festejo extraordinario que da lugar a que esté yo ahora aquí con Ustedes.

En cuanto se confirmó la agenda de Josip Broz, se anunció su presencia en una corrida de toros a celebrarse en la Plaza México. El proyecto inicial era ofrecer un mano a mano entre Joselito Huerta y Paco Camino y de hecho, la primera publicidad que se dio al festejo se orientó en ese sentido. Así lo señalaba una columna publicada en el diario El Informador de Guadalajara el día 1º de ese mes:
El domingo próximo se celebrará en la Plaza México una corrida extraordinaria en honor del Mariscal Tito, que asistirá acompañado del señor Presidente de la República, mano a mano de Joselito Huerta y Paco Camino... Se lidiarán dos toros de cada una de las ganaderías zacatecanas, Torrecilla, José Julián Llaguno y Valparaíso...
Sería la víspera del festejo cuando se diera a conocer que Paco Camino no actuaría en la llamada Corrida Presidencial, la misma columna señalaba en la víspera de la corrida:
Mañana se celebrará la corrida extraordinaria en la Plaza México en honor del Mariscal Tito, con toros de Valparaíso, José Julián Llaguno y Torrecilla, para Joselito Huerta y Diego Puerta... Como es costumbre en figuras hispanas, la administración decidió enfermar a Paco Camino y no pudo hacer el viaje... Pudo más la administración “Chopera” que el empresario – suegro...
Así es como quedó integrado en definitiva el festejo en el cual dos jefes de estado se reunieron, creo que por única ocasión, en los tendidos de la plaza de toros más grande del mundo, a presenciar un festejo taurino.

El clima pareció operar en contra de la celebración de la corrida. Desde días antes llovía pertinazmente y el día del festejo las cosas no mejoraron. En la zona del primer tendido de sombra de la Plaza México se acondicionó un palco para que ambos presidentes y sus acompañantes – asistió también la esposa de Tito, más no la de López Mateos – pudieran disfrutar con comodidad del espectáculo.

Los toros fueron por su orden Cochinito de Torrecilla, Jerezano y Guerrillero de Valparaíso; Sainaltense y Fresnillo de José Julián Llaguno y cerró plaza Velero de Torrecilla, sustituto de otro de la misma procedencia que, saltó las tablas y se insertó en un contraburladero y como no se le pudo sacar de allí, se le apuntilló y sustituyó por el sobrero.

Diego Puerta cortó las orejas al segundo de la tarde y Joselito Huerta una al quinto de la tarde. La crónica de agencia aparecida en el diario El Siglo de Torreón al día siguiente del festejo refleja lo siguiente:
Diego Puerta, el torero sevillano voluntarioso y valiente, fue el triunfador del festejo taurino extraordinario en honor de los Presidentes Tito de Yugoslavia y López Mateos de México, en la Plaza México, donde alternó con el mexicano Joselito Huerta… Puerta, quien hizo una gran faena a un toro de Valparaíso, su primer enemigo, cortó dos orejas, en tanto que Huerta, quien estuvo valiente, solo cortó un apéndice… Con la plaza llena hasta el reloj, se lidiaron toros de Torrecilla, Valparaíso y José Julián Llaguno, tres de ellos magníficos… El Presidente López Mateos, con su huésped de honor, el Presidente Broz Tito y la señora de Broz, acompañado de los Ministros del Gabinete mexicano y de los acompañantes del Mariscal Tito, ocuparon un palco de honor en la primera fila del tendido de sombra… Los dos Jefes de Estado fueron largamente aplaudidos a su arribo al coso. En el curso de la lidia, cuando Puerta y Joselito Huerta les brindaron la muerte de sendos toros, los dos Presidentes obsequiaron a los toreros con cigarreras de plata… Joselito Huerta, con el que abrió plaza estuvo bien con el capote, con el que ligó buenas verónicas. Con la muleta hizo doblones de buena factura, ligó buenos naturales, pero prolongó demasiado la lidia y fracasó con el estoque, pinchando en cuatro ocasiones. Al intentar el descabello escuchó un aviso. Fracasó en esta suerte y, por fin, mató con media estocada… Con el tercero de la tarde, Huerta, a quien correspondió el peor lote, tuvo que bregar para fijarlo, pues el toro tenía tendencia a meter la cabeza, pero el de Tetela con voluntad le dio buenos derechazos, bien rematados. Se adornó con un molinete invertido y después fue sacudido por el astado que le hizo dar una vuelta en el aire. Mató bien y hubo petición de oreja, pero el toro no dobló enseguida y Huerta intentó el descabello, que atinó al tercer intento. Fue ovacionado y dio una vuelta al ruedo… Con el quinto de la tarde, el mejor de sus enemigos, Joselito hizo una gran faena. Con el capote, a pies juntos conjugó varias verónicas. Con la muleta toreó al natural y ligó varios trincherazos, siendo trompicado de nueva cuenta, pero mató bien y recibió una oreja, que fue protestada y que él entregó al Presidente López Mateos… Diego Puerta, con el segundo de la tarde, le llegó al público desde que recibió con verónicas al de Valparaíso, rematadas a una mano y concluyó con una soberbia rebolera. Con la franela bregó para llevarlo a los medios, donde valientemente se juntó al astado en una faena comprometida, a base de naturales, para rematar con una estocada hasta la empuñadura. El toro no dobló y al primer intento de descabello acertó. López Mateos con la plaza toda ondeó su pañuelo y el sevillano recibió dos orejas, una de las cuales fue protestada… Con el cuarto de la tarde, Diego Puerta tuvo un enemigo bastante suelto, sin bravura después, que se quedó bastante. El hispano estuvo voluntarioso, pero abrevió y tras media estocada descabelló bien. El que cerró plaza estuvo bastante bronco y se saltó la barrera, lastimándose al quedar atrapado en un burladero, habiendo necesidad de apuntillarlo. Con el sustituto, Puerta, a pesar de la mansedumbre del enemigo, bregó sacando el mejor partido posible y mató bien.
A propósito de las faenas de Joselito Huerta y Diego Puerta, realizadas fundamentalmente sobre la mano izquierda, escribió don Luis Ruiz Quiroz:
Esa corrida dio pie a que al día siguiente el periodista Juan Pellicer “Juan de Marchena” escribiera su primera crónica para el diario “Esto” y haciendo alusión a la ideología del mandatario visitante escribiera: “Al presidente Tito, además, debió serle muy grato contemplar lo que es el izquierdismo en el toreo. ¡Vaya naturales de Joselito Huerta! ¡Y Diego Puerta también tiene mano izquierda! Señor Mariscal Tito: muy bien puede usted decir en Belgrado, que ha visto el monumento de izquierda en faenas torerísimas”.
Después de esa ocasión, solamente un Presidente de México volvería a la Plaza México, con su investidura a presenciar una corrida de toros. Alguno se ha dejado ver en plazas de toros de fuera de la capital, pero hoy en día, lo que se entiende por corrección política hace que los jefes de estado se vean forzados a negar o a vivir de manera morganática su afición.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Barcelona: La tarde redonda de Manolete y Arruza en la Feria de la Merced de 1945

Manolete y Carlos Arruza (Cª 1946) 
La Feria de la Merced de 1945 constó de cuatro festejos. En todos ellos Manolete y Carlos Arruza, emparejados, eran el eje de las combinaciones. No creo que haya sido falta de imaginación de Pedro Balañá el anunciarlos juntos la totalidad de esa feria, sino que más bien se trataba de reiterar la primacía de una plaza que durante el siglo XX, fue la que más festejos ofreció en toda la geografía española y también, de ratificar la taurinidad de una ciudad – por más que una panda de obcecados hoy se desgañiten proclamando lo contrario – que en esos días tenía dos plazas de toros de primera categoría en plena operación.

Más la Merced del 45 no descansaba solamente en los nombres de Manuel Rodríguez y Carlos Arruza. También eran parte de su elenco Domingo Ortega, Jaime Marco El Choni, Agustín Parra Parrita y los caballeros Simao da Veiga y Álvaro Domecq. Eso sí, como era tradicional por esos tiempos en la ciudad condal, los festejos fueron de muchos toros, porque en el que menos se corrieron fueron siete y hubo un par en el que salieron al ruedo nueve, pero así eran Balañá y Barcelona, cuando había, había a manos llenas.

La cuarta corrida de esa tradicional fiesta se celebró el 26 de septiembre de 1945. Actuaron los rejoneadores Simao da Veiga y Álvaro Domecq y mano a mano Manolete y Carlos Arruza. Los toros fueron uno de Bernardino Jiménez y uno de Villamarta para rejones y seis de doña Carmen de Federico para los toreros de a pie. Da Veiga abrió plaza y Domecq actuó entre los toros tercero y cuarto de la llamada lidia ordinaria. Ambos caballistas fueron muy ovacionados.

Los males que hoy impiden el desarrollo de la Fiesta en Barcelona – y en Cataluña toda – no eran novedad por esos días. Deduzco esto de la crónica aparecida en el diario La Vanguardia de la capital catalana al día siguiente del festejo y firmada por Eduardo Palacio, en el fragmento que sigue:
La «afición» de Barcelona, una de las más antiguas de España, cosa que estoy pronto a demostrar con textos de la época romana, sufría un letargo del que ha ido despertando poco a poco a lo largo de seis años para encontrarse, a la sazón, convertida en el inapelable juez de la «fiesta». Y el artista que ella consagra, consagrada queda en todo el territorio nacional. Pues bien, como entiende, siempre entendió de toros…
El anuncio de la corrida
Me da la impresión que de manera soterrada, se cuestionaba la existencia de una verdadera afición autóctona a los toros en Barcelona, atribuyendo su vigencia a quienes despectivamente se llama allí los charnegos.

Pero vamos al grano. Los toros de Carmen de Federico, dirían las crónicas de hoy, se dejaron hacer, aunque el recuento de su comportamiento en el primer tercio refleja que también tuvieron su dosis de bravura. El primero tomó tres varas; el segundo, dos; el tercero, dos muy fuertes de Parrita; el cuarto, también dos; el quinto, cuatro, una del reserva y tres de Barajas y el sexto, tres, señalándose que en la segunda, intervino en quites el sobresaliente Tarré. Diecisiete varas en total. El juicio del cronista acerca del encierro es así:
Los seis ejemplares que envió desde Sevilla la ilustre ganadera eran preciosos, finos, grandes, bravos, con poder, recogidos de cuerna, y ésta muy brillante; nobles, dóciles y alegres. Fueron una preciosidad. Varios de ellos aplaudiéronse en el arrastre, y uno, el lidiado en el penúltimo lugar, saludado al pisar la arena con una ovación unánimemente cerrada… las ovaciones que ayer se prodigaron a los colores negro y encarnado de la divisa propiedad de la aristocrática dama doña Carmen de Federico, constituyeron un legítimo galardón, no por merecido, menos de estimar, pera la renombrada vacada andaluza.  
Manolete salió de la plaza con dos orejas en el esportón en lo que era su actuación número cincuenta y siete de la temporada. El 29 de junio anterior, en Alicante, había sufrido una fractura de clavícula que le tuvo parado dos meses, pues aunque reapareció el 6 de agosto en Vitoria, tuvo que parar de nuevo tras esa tarde y volver a la actividad hasta el 28 de agosto en Linares. Dice Francisco Narbona que perdió treinta y tres fechas. Si se suma a las 71 que sumó en plazas europeas ese calendario, seguramente hubiera rebasado el centenar ese año.

Su faena al segundo de su lote fue la cima de su actuación de esa tarde. Dice la crónica de Eduardo Palacio:
«MANOLETE». Este diestro, soberano en su arte, del que cada tarde exhibe una nueva y singular faceta, aprovechó la corrida, según mi leal saber y entender, para demostrar que así como no tiene rival con el capote y la muleta, tampoco lo encuentra manejando la espada. En su primero había escuchado la música a lo largo de su esplendente faena, concluida entre entusiásticas ovaciones. Pero lo grande, lo que para encontrarle igual es preciso acudir a la memoria, y recordar la forma en que «Fortuna» mató en Madrid, alternando con Belmonte el grande, un Albaserrada; o a «Varelito» a un Parladé, en la misma plaza; o a Martín Agüero, con un Esteban Hernández; o a Luis Freg, con un Urcola, la tarde en que resultó después gravísimamente herido; hay que recordar esas excepciones, repito, para ponderar la forma maravillosa en la que «arrancó» a herir, «llegó» y «salió» en su segundo, al consumar un volapié metiendo el estoque centímetro a centímetro por el propio hoyo de las agujas. Es decir, que el cordobés, que de novillero destacaba con el acero más que con nada, al encontrarse en la cima como capeador y muletero, tornó a reencontrar sus primitivas disposiciones. Antes había señalado un gran pinchazo. Se le otorgaron las orejas, y también escuchó la música. En el último quedó, asimismo, muy bien, pero... aquel volapié fue, sin disputa, una cosa grande.
La campaña de Carlos Arruza es un hito de la historia del toreo. Es la única ocasión en la que un torero mexicano ha rebasado el centenar de corridas toreadas en ruedos europeos y es una marca que, conforme van avanzando los tiempos, se vuelve cada día más inalcanzable. Resulta impresionante el ver cómo un torero que un par de años antes fue incluido en una corrida de la concordia en Madrid – 18 de julio de 1944 – por ser el que estaba a mano, toreando en Portugal para evitar el paro al que casi estaba sometido en México, en ese breve lapso de tiempo se encaramó, por mérito propio, a la cabeza del escalafón español y mundial, porque a esos festejos habría que sumar los toreados en cualquier otra parte del mundo.

Sobre la corrida número 101 de Carlos Arruza – en la que cortó seis orejas y un rabo –, el citado Eduardo Palacio escribió:
ARRUZA. El número que hacía su corrida de ayer era un capicúa: 101. Esas son las que lleva toreadas el mejicano esta temporada, a pesar de haber sufrido, a lo largo de ella, tres percances. No es mala cifra, ya que si no se tiene ningún contratiempo, sobrepasará el número de las que, en temporadas excepcionales, alcanzaron José y Belmonte. El mejicano se propuso, sin duda, en la fiesta a la que me refiero, solemnizar el haber rebasado el centenar de las que lleva toreadas, y ¡voto al chápiro!, que logró ampliamente su propósito. Porque lo hizo todo en los tres toros que le correspondieron, y lo hizo con inusitada brillantez. Toreando de capa, banderilleando sus tres enemigos, menos el último par en el bicho que cerró plaza, por haber recibido un palotazo en el brazo derecho, confió el menester a un peón; toreó de muleta exhibiendo la gama de su extenso, alegre y variado repertorio, y mató con la majeza que le es habitual. Su legión de partidarios no cabían en sí de gozo. Arruza escuchó la música en sus tres faenas, cortó todas las orejas de las reses e incluso también el rabo de la última – esto a exigencia fervorosa de la multitud –, y paseó el ruedo triunfalmente en los tres toros, no ahorrándosele ello ni en el que sirvió para concluir la gran corrida. Y como si quisiérase que el público admirase bien al diestro, se encendió la luz artificial cuando ya la última y brava res de doña Carmen de Federico, yacía sin vida a los pies del espada. ¡Bien solemnizó Arruza su corrida 101 de la temporada! Mientras tanto, el señor Balañá mordisqueaba un puro, pensando sin duda, en el negocio que sería otro mano a mano «Manolete» – Arruza. Porque lector, el atestón de la Monumental daba verdaderamente miedo.
Así que ya lo vemos, el cuarto lleno de no hay localidades en cuatro días seguidos de toros. De esa manera eran las cosas de los toros en Barcelona cuando existía la voluntad de ofrecerlos y la idea de que eran parte de una identidad nacional. Es por eso que hoy recuerdo esta Feria y este suceso puntual de ella, que nos deja muy en claro que lo que hoy sucede no es más que el capricho de unos cuantos.
La Merced de 1945
Nota marginal. En La Vanguardia del día del festejo que da motivo a esta entrada, aparece una nota de la agencia EFE, en la que se da cuenta del fallecimiento en Nueva York, en la víspera, de Encarnación López La Argentinita. No voy a citar el contenido de la nota en sí, pero no quiero dejar de poner aquí una nota de la redacción que se escribió a continuación:
N. de la R. – Con el fallecimiento de Encarnación López pierde el arte de la danza española una de las más destacadas figuras de todos los tiempos. La gracia el ritmo y la expresión prestaban a las interpretaciones de «La Argentinita» un sabor y un carácter pocas veces igualados… El arte de «La Argentinita» era algo realmente excepcional, y por ello la genial bailarina triunfó plena y rotundamente no sólo en España, sino también en el mundo entero. París, Londres y otras grandes capitales de Europa y América rindieron a Encarnación López los más encendidos homenajes de admiración… Aunque alejada hacía bastante tiempo de los escenarios barceloneses, aquí no se había olvidado a «La Argentinita»… Barcelona la aclamó repetidas veces, y ha recibido con sincero y hondo dolor la noticia de la muerte de la sin par artista.
Creo que esas afirmaciones, junto con los resultados de la Feria Taurina que es objeto del comentario principal, dejan bien clara la hispanidad y la taurinidad de Barcelona y de Cataluña entera.

domingo, 22 de septiembre de 2013

El toreo llamado moderno. Cosa de tres (cuando menos)

Gaona y Gallito
Madrid 15 de mayo de 1918
Últimamente se han alzado voces que se proclaman gallistas, señalando a partir de algunos señalamientos de José Alameda, que José Gómez Gallito o Joselito es el padre del toreo moderno por haber sido el que realizó con mayor frecuencia el toreo de muleta ligado y en redondo. La afirmación de Alameda parte del análisis comparativo del natural de Belmonte, al que atribuye la traza de un muletazo de trinchera – toreo de expulsión, le llama – con una serie de naturales que el diestro de Gelves logró en la plaza vieja de Madrid el 3 de julio de 1914, la tarde de los siete toros de Martínez, reproducida en una película.

Creo que la apreciación que pretende conceder en exclusiva a Joselito la paternidad del toreo llamado moderno tiende a ser reduccionista. No es solamente la ligazón y el giro del toro en torno al eje que forma el torero en torno a su trayectoria lo que distingue a esa tauromaquia que representó el giro copernicano de la manera en la que los toros se lidiaban. Hay otros factores y personajes que aportaron lo suyo para que ello fuera posible y por ello, intentaré, a partir del mismo Alameda y de los personajes de la época en la que se dio ese giro, exponer lo que considero la realidad de su origen.

¡Déjalo que romanee…!

En su “Historia Verdadera de la Evolución del Toreo” – que resulta ser una versión anterior y políticamente incorrecta de El Hilo del Toreo – José Alameda explica lo siguiente:
Capítulo fundamental sobre el toro. Del toro determinante al toro determinado. En el arco que va de fines del siglo XIX a principios del XX acontece algo que tiene la mayor importancia en la evolución de la fiesta. Se precipita la selección del toro. Es algo que el público no ve, solo lo verá después, por sus resultados. En la etapa anterior, el toro determina el toreo; de ahora en adelante el toreo determinará al toro… Ya hemos visto que en el toreo anterior a “Cúchares”, la época del “Paquiro”, el toreo gravitaba sobre el primer tercio. El encuentro del toro y el picador era fugaz y multiplicado… Pero el toreo de muleta, por la propia condición de este instrumento y por el tipo de sus posibilidades, iba a descubrir pronto que requería… otra suerte de varas, nada de la suerte ligera de los tiempos de “Paquiro”, sino exactamente lo contrario; una suerte quieta y lenta… para que cobre la fijeza y el aplomo para el toreo de muleta… se trataba de obtener un toro al que se pudiera pisar otro terreno. Belmonte se lo pisa en 1912…(Historia Verdadera de la Evolución del Toreo, Págs. 67 – 69)
Culmina Alameda esta argumentación con una cita del doctor Gregorio Marañón – sin especificar la fuente – en la que el endocrinólogo madrileño augura que a través de ese proceso de selección se obtendrá un toro que más que pelear, colaborará con el diestro.

Recojo un diálogo imaginario, escrito por Juan Posada en su obra Belmonte. El sueño de Joselito – Premio José Mª de Cossío 1991 –, supuestamente producido a la salida del sexto toro de la corrida del 21 de junio de 1917, la famosa corrida del Montepío de Toreros en la que Rodolfo Gaona, Joselito y Juan Belmonte enfrentaron un encierro de la Viuda de Concha y Sierra:
Suerte Juan. Gracias. Vamos a ver si este quiere… Nada más aparecer la res, le dijo a su peón “Blanquet”: Ya tenemos aquí el toro del escándalo de “ese”. Acuérdate. Pero parece que gazapea un poco, respondió el banderillero. No importa. ¿No te das cuenta de que es un borrico y trota a su aire, sin molestar? Y acertó… (Belmonte. El Sueño de Joselito (1892 – 1962). Pág.78)
No dejo fuera de estos apuntes que Joselito influye notablemente en la busca de ese toro que Alameda llama determinado para la nueva lidia en cuya epifanía tiene parte fundamental. Así, adquirirá la ganadería de Benjumea y la enviará casi completa al matadero y por otro lado, facilitará la adquisición de una parte importante de la ganadería de la familia Murube por los Urquijo y los orientará – por breve tiempo – en los procesos de selección y formación de sus hatos, precisamente en la busca del toro requerido para hacer ese toreo diferente al que le fue inculcado.

El toreo en redondo

Sentado queda pues que Alameda parte de la corrida de los siete toros de Martínez como el punto de inflexión de la historia y del nacimiento de una nueva manera de enfrentar el último tercio de la lidia. Aunque también apunta que en algunos escritos se atribuye o a Cayetano Sanz o a Lagartijo o al mismo Guerrita el haber toreado al natural en redondo alguna vez. Hace una mención más extensa a una referencia que hace el doctor Carlos Cuesta Baquero – quien firmaba sus escritos como Roque Solares Tacubac – de haber visto a Fernando El Gallo, padre de Joselito hacerlo en la vieja plaza Colón de la ciudad de México. Busqué alguna referencia a ese hecho en los escritos del médico Cuesta y encontré lo que sigue:
Los aficionados antiguos, siguiendo las indicaciones de Montes “Paquiro”, admitimos que torear “en redondo” es que el espada practique una serie de pases naturales, perfectamente ligados – enlazados –. Que por esta continuidad, el toro describa un círculo en derredor del diestro, siendo éste el centro… El autor moderno, acepta que hay un pase natural que ha de nombrarse “en redondo”. Que a un solo muletazo puede darse esa calificación, siempre que el espada lleve su mano izquierda hacia atrás al cargar la suerte, haciendo que el trapo de la muleta describa una porción de círculo… En otra época también tuvieron esa equivocación los críticos de nacionalidad mexicana. Frecuentemente escribían: “Fulano dio un pase redondo”. Tal error culminó cuando estuvo toreando en los redondeles capitalinos – “Colón” y “El Paseo”, en el año 1889 – Fernando Gómez “El Gallo”. Era un artista en todo el torear, pero singularizaba su maestría haciendo los trasteos… practicaba pases al natural dando al vuelo de la muleta semejanza con un abanico al abrirse, cuando lo maneja una dama. Esa forma de segmento de círculo que tomaba el vuelo de la muleta fue lo que indujo a que dijeran; “pase redondo”. Igual sucedía cuando “El Gallo” toreaba en el pase ayudado bi – manual, haciéndolo con remate por abajo… Actualmente no admiramos en cada pase al natural esa forma de arco de círculo en el vuelo de la muleta, porque los espadas no dan suficiente rotación en la muñeca, por el afán de que el toro no se aleje… por consiguiente no debe decirse a un solo muletazos “pase en redondo”. Hay que decir PASAR EN REDONDO. (Lo que indica una manera artística, no un solo pase)”. (Los preceptos taurómacos, en La Lidia. Revista Gráfica Taurina. México, D.F., número 60, 14 de enero de 1944, Pág. 14.)
Entonces, de lo anterior resultaría que Cuesta no vio precisamente al señor Fernando torear en redondo y que la aportación de Alamedadescubrimiento si se quiere – resulta medular para entender cómo el toreo ha llegado a ser como es en la actualidad. 

Sin duda que lo que Joselito realizó al toro de Martínez y también lo que revelan unas fotografías de una actuación suya en Lima – probablemente ante un toro mexicano de Piedras Negras – nos dejan en claro que su entendimiento de las condiciones de los toros y su poderío para dominarlos, le permitía torear de esa manera a reses de condiciones aún no muy definidas como las de su tiempo y eso es sin duda otra de las piedras angulares de lo que es lo que se da en llamar el toreo moderno.

El que le quiera ver, que se de prisa…

Se afirma que Juan Belmonte tuvo la inmensa fortuna de haber sido acogido por los intelectuales de su tiempo y de haber sido biografiado por Manuel Chaves Nogales. Yo creo que eso es un intento – injusto – de demeritar lo que por sí solo hizo en su paso por los ruedos y por la vida. Hijo de un quincallero, cuando decidió ser torero, no tuvo más camino que recorrer la legua y torear, a la luz de la luna y a escondidas en el campo. El lugar elegido era la dehesa de Tablada, lugar en el que había alguna cantidad de ganado de media casta que a veces embestía y que permitía a aspirantes a toreros, golfos y tunantes calmar las ansias.

Belmonte desarrolló en Tablada una peculiar técnica para torear, misma que Manuel García Santos describe de la siguiente manera:
Él estaba acostumbrado a torear en Tablada ganado de media sangre… en el campo tenía que torear muy ceñido y muy en corto para que los toros no se le fueran, por eso su toreo comenzó y siguió siendo así, no despedía bien al animal… los aficionados decían que tenía el defecto de ser “codillero”… se llamaba “codilleros” a los diestros que no despegaban bastante los brazos. (Juan Belmonte. Una vida dramática. Págs. 57 – 58)
El codilleo era, creo, un efecto de ese torear ceñido y corto que describe García Santos y que no era más que un recurso para sujetar a los toros, que en la libertad del campo y respondiendo a su nada preclaro origen, intentarían huir de quien los hostigaba. Pero al mismo tiempo ese codilleo facilitaba al torero el atemperar las embestidas, agregando un nuevo ingrediente al hacer de las suertes: el temple.

La idea de Belmonte de hacer el mismo toreo a todos los toros de su tiempo hizo que muchos toros le cogieran en sus inicios. El toro al que Alameda se refiere como determinado salía, como escribía Corrochano, por rarísimo acaso y ese toreo de brazos pegados al cuerpo, ceñido, de corto trazo, por su naturaleza requería de un toro que permitiera que su embestida fuera atemperada por el diestro de manera que pudiera reponer el espacio necesario entre suerte y suerte.

Esa manera de torear generó también una cortedad en el repertorio del torero. El testimonio de Rodolfo Gaona sobre este particular es el siguiente:
Rompió moldes rancios. Hizo lo que nadie podía hacer y lo que todos juzgaban imposible de hacerse. Toreó en todos los terrenos. Y con los toros mansos o difíciles realizó faenas a que ninguno se atrevió, porque sabíamos por tradición que eso sólo podía ejecutarse con los toros bravos y nobles… Ahora, la verdad es que no siempre salía triunfante. Como es natural, algunas veces daba en el clavo y otras muchas en la herradura. Pero, el pase natural, a nadie se lo he visto dar como a Juan. Y esa verónica tan suave, templada, tan espaciosa, ni lo cerca que supo estar de los toros… Porque nadie, entiéndase bien, nadie, ha sabido estar más tranquilo en ese terreno. Todos los demás fuimos llevados a él por la fuerza… Pero supo hacer muy poquitas cosas. Comenzó con un repertorio corto y con ese acabó… Aprendió a torear, a defenderse de los toros… pero no tomó empeño por aumentar el repertorio… Juan no tuvo corte de torero largo... Su prestigio radica en la innovación que trajo al toreo; en que demostró que puede hacerse lo que se creía imposible. Y en lo poquito suyo, fue único… (Mis veinte años de torero, Págs. 288 – 290)
Esa era la reflexión que hacía El Petronio al tiempo de su despedida de los ruedos sobre la aportación de Juan Belmonte a la tauromaquia.

Ajustar los pies al verso de Horacio...

Rodolfo Gaona y Jiménez, natural de León de los Aldamas, México, fue formado como torero por Saturnino Frutos Ojitos, quien en su día fuera banderillero de Frascuelo. Pero más que enseñar Ojitos a su discípulo la tauromaquia que Salvador Sánchez desarrollara en los ruedos, le inculcó los modos de hacer y de comportarse de Lagartijo” y de acuerdo con la narración que hace Gaona en Mis Veinte Años de Torero, muchas reminiscencias hacía el banderillero de los ojos zarcos de otro torero calificado de elegante en el decurso de sus enseñanzas: Cayetano Sanz.

Alameda, en la obra que da pie para que yo meta aquí los míos, atribuye a Rodolfo Gaona una revolución en el toreo. Afirma que es un revolucionario porque lo universaliza. Y hace esa afirmación a partir del hecho de que hasta su irrupción en el ambiente taurino de España, todas las figuras del toreo habían nacido y se habían hecho en la piel de toro, pero que a partir de Gaona se admitió la posibilidad de que un torero de un origen distinto podría llegar a figura, incluso, sin pasar la reválida de la afición española.

Pero ese hecho histórico no es el que pone a Rodolfo Gaona en este espacio. Lo que le incluye aquí es lo que hacía delante de los toros. Como esto ya se pasa de extenso, cito directamente a Alameda que propone lo que sigue:
Llamarle a Gaona “Petronio del toreo” no es lo más, es lo menos que se puede decir de él. La consideración preferente de los valores espaciales, de postura o de plasticidad, es una trampa en la que ha caído la crítica y la historiografía taurina de ciertas épocas. Los valores de tiempo son esenciales en el toreo. Y Gaona los tenía. Ahí está el secreto: Gaona les andaba a los toros, pero no solo en banderillas – en lo que fue insuperable – también con la muleta. No solo para ir al toro para citarlo, sino dentro del desarrollo de la faena, para mantener la reunión entre suerte y suerte, en el enlace de ellas. Andándole, recolocándole sobre la marcha, siempre armónicamente. Por supuesto, en los toros que se acomodaba y en sus momentos felices, como todo artista. Hay pocos testimonios sobre Gaona. Pero en las pocas filmaciones que se conservan, se encuentran algunos momentos en que le anda al toro con un “tempo”, con una cadencia, que no es frecuente hoy día, pero menos lo eran en aquellos días. Esa cualidad de “andarle al toro”, después tan conocida y tan situada, la lleva a su cumbre Domingo Ortega… Pero el primero en la cronología del toreo moderno, es Rodolfo Gaona…” (Historia Verdadera de la Evolución del Toreo. Págs. 64 – 65)
Creo que esta aportación es la tercera piedra angular del edificio de la tauromaquia de la modernidad. El ritmo. O en la jerigonza de los músicos, el tempo.

Intentando terminar

El cambio en la manera de seleccionar al toro para las plazas es quizás el punto de partida de todo esto. Pero es un cambio que se funda en una nueva manera de enfrentarlo. Para ello, los toreros de la punta del escalafón comenzarán a influenciar de una manera directa las decisiones que el ganadero toma y la afición comenzará a aceptar eso como algo normal. Hoy quizás estemos pagando las consecuencias de eso y el toro que sale a las plazas sea, tomando la reflexión del doctor Marañón, demasiado colaborador.

En cuanto al toreo, recuerdo que un profesor de cuestiones de la administración pública nos decía que las instituciones y los sistemas, para progresar requerían avanzar con ritmo, con rumbo y con modo. Creo, mutatis mutandis, que esa misma idea se puede aplicar a la evolución del toreo. Y así, diré que el rumbo lo señaló Joselito, el modo lo indicó Belmonte y el ritmo lo marcó Gaona. Entonces, me es dable concluir que no es dable señalar que uno de ellos en lo individual, con exclusión de los otros dos es el padre o el creador del llamado toreo moderno.

Escribía don Guillermo F. Margadant, jurista e historiador que la historia no se puede entender como una sucesión de vistas fijas, sino como una película en la que todos los personajes de la trama van en evolución continua rumbo al desenlace y que en esa evolución y desenlace, cada uno de ellos, tendrá una influencia mayor o menor de acuerdo con su participación en el guión.

Por último, Gaona, Joselito y Belmonte – citados por orden de alternativa – dejaron las piezas de un rompecabezas – puzzle – que sería armado años después. El mismo Alameda nos expresa que la primera faena moderna fue realizada por Manuel Jiménez Chicuelo en México en enero de 1925 – ante el toro Lapicero de San Mateo – y después en Madrid, el 24 de mayo de 1928, con el toro Corchaíto de Graciliano Pérez Tabernero. En ambas faenas – con la del toro Dentista de San Mateo de intermedio – Chicuelo reúne el toreo en redondo, con el temple y el ritmo, todo al mismo tiempo, dejando tal impronta en la afición, que a partir de entonces, se exige y solo se entiende esa clase de faena.

domingo, 15 de septiembre de 2013

14 de septiembre de 1968: Alternativa de Curro Rivera en Torreón

Curro Rivera, Aguascalientes Ca. 1976
Francisco Martín Rivera Agüero nació en la Ciudad de México el 17 de diciembre de 1951. Fue hijo de una de las figuras importantes de la mitad del siglo XX, el potosino Fermín Rivera y sobrino por la vía materna del gran estoqueador bilbaíno Martín Agüero. Se presenta como novillero con caballos en la plaza de toros que hoy lleva el nombre de su padre el día 6 de agosto de 1967, acartelado con Mario Sevilla y Jorge Blando para enfrentar un encierro de Valparaíso.

A partir de esa presentación Curro Rivera realizará una fulgurante campaña por los ruedos mexicanos, ofreciendo a la afición un toreo de sólidas bases técnicas pero reforzado con un refrescante aire nuevo que reflejaba por una parte la juventud del diestro – apenas 16 años – pero por la otra, la intención de escalar las más altas cumbres de la fiesta.

Su alternativa se programó para el día 14 de septiembre de 1968 en la plaza de Torreón, Coahuila, dentro de los festejos de la Feria del Algodón. Le apadrinaría Joselito Huerta y constataría la ceremonia Jaime Rangel. El encierro elegido para la ocasión fue de San Martín. Ya desde la víspera se hacían diversos comentarios sobre ese festejo, que sería el primero de feria. El licenciado Pedro Ramírez Rubio, en su columna Momento Taurino”, del diario El Siglo de Torreón, expresó lo siguiente la víspera:
Gran aparato en torno a Curro Rivera, deseosos estamos de conocerlo y posteriormente emitiré mi opinión... No cabe duda de que su padre conoce el medio... Don José Huerta, el maestro de Tetela de Ocampo, será todo un señor padrino y sabrá darle una buena lección… Jaime Rangel, esperamos verlo en su tarde... Los toros de San Martín y Zacatepec, afirman que son garantía... Parece que al fin el monopolio se acordó de nuestro coso... ¡Suerte a la afición lagunera!
Al día siguiente al festejo, se publicó sin firma, una crónica de la siguiente guisa:
Huerta fue el triunfador de la corrida ayer en esta ciudad. Rivera tomó la alternativa. Joselito Huerta cortó dos orejas, y fue el triunfador de la corrida celebrada ayer en la Plaza de Toros de esta ciudad, en la que tomó la alternativa Curro Rivera quien por pinchar 3 veces perdió los apéndices… Se lidiaron seis toros de San Martín que cumplieron y uno de Zacatepec, manso. Se registró media entrada y la corrida se celebró con tiempo que amenazaba lluvia… Curro Rivera toreó estupendamente con el capote al toro del doctorado por verónicas y gaoneras. Trasteo variado con el sello personal de la casa. Por pinchar tres veces perdió la oportunidad de cortar las dos orejas. En el otro bien con el capote, faena torera y voluntariosa, recibiendo aplausos, y regaló el sobrero de Zacatepec que no se prestó a lucimientos, pero mereció aplausos por su actuación… Joselito Huerta fue ovacionado con el capote en el primero, desarrollando faena de gran maestro destacando las series de derechazos y naturales con adornos. Mató de estocada. Dos orejas; en el otro, se mostró torero y fue aplaudido por variado trasteo, mató de tres viajes y dio vuelta al redondel… Jaime Rangel cargó con lo menos propicio del lote. En el primero fue ovacionado con el capote, trasteo breve, silencio. En el otro, mostrándose voluntarioso y valiente, mata de pinchazo y estocada, escuchando ovación.
El toro de la ceremonia se llamó Presidente y fue de la ganadería titular, por esas fechas recien adquirida por Jose Chafik y Marcelino Miaja a quien la fundó, el picador retirado Juan Aguirre Conejo Chico.

Podrán preguntarse el por qué de lo escueto de la crónica de un festejo ferial. De hecho y en primera instancia yo quedé sorprendido de la cobertura tan breve que se le dio a ese festejo, pero recorriendo las páginas del diario advertí que se había decretado la evacuación de distintas zonas de la ciudad de Torreón previéndose inundaciones por crecientes extraordinarias del río Nazas, debidas estas al ingreso a tierra del huracán Naomi que entró por el puerto de Mazatlán en la costa del Pacífico.

En esa forma, las páginas del diario estaban casi todas ocupadas con las distintas instrucciones que se daban acerca de las zonas tanto de Torreón, como de sus conurbadas Ciudad Lerdo y Gómez Palacio – estas pertenecientes al Estado de Durango – que deberían ser evacuadas con la intención de evitar en lo posible desgracias personales. Igual, se daba cuenta de una compañía vinícola que ofrecía hacer esfuerzos extraordinarios para salvar la cosecha y la producción de la región.

Los festejos de la Feria del Algodón de 1968
Por otra parte, el mismo 15 de septiembre de 1968 se anunció la suspensión del resto de los festejos de la Feria del Algodón en la siguiente gacetilla:
Se suspenden actividades de la feria. Las actividades de la Feria del Algodón tuvieron que ser suspendidas desde anoche y pospuestas para reanudarlas en la fecha que oportunamente se dará a conocer, tanto al público, como a los expositores… Se tomó esta medida en virtud de que el ambiente no es de fiesta y aunque el tiempo hubiera permitido el funcionamiento de la exposición agrícola, industrial, comercial y ganadera, se prefirió posponerla porque quizás hubiera habido pocos visitantes… Hoy tendrán los miembros del Club Rotario y los organizadores de la Feria una entrevista con el Gobernador del Estado, Sr. Braulio Fernández Aguirre, para solicitarle su opinión y su apoyo para pedir de la Secretaría de Gobernación el permiso para prorrogar el plazo que se les había concedido… Por su parte el Centro Campestre suspendió también el Baile de Independencia anunciado para esta noche, no así el Club de Leones, que efectuará el suyo en su Casino de la Colonia San Isidro.
Esta nota no hace alusión a la segunda corrida de la feria, en la que recibiría la alternativa el diestro venezolano Carlos Málaga El Sol, pero el día del festejo – 16 de septiembre – se publicó lo siguiente: 
Carlos Málaga “El Sol”, de Venezuela se hará matador de toros en otra ocasión. Esta tarde aquí estaba anunciada tal ceremonia, pero la corrida se suspendió por los torrenciales aguaceros que están cayendo en la ciudad… La mayor parte de las calles están inundadas, el río Nazas amenaza con desbordarse, y por ese motivo se decidió suspender el festejo taurino… Se dijo que la corrida se dará una vez que se normalice la situación… En el cartel de esta tarde estaban anunciados Raúl García que sería padrino de la alternativa de Carlos Málaga “El Sol” y Eloy Cavazos como testigo y los toros de Zacatepec.
El Sol recibiría la alternativa dos semanas después, el 29 de septiembre, en San Miguel de Allende, de manos de Eloy Cavazos y fungiendo como testigo mi paisano Fabián Ruiz. Los toros serían de Campo Alegre.

Curro Rivera salió de Torreón la noche misma de su alternativa a torear a Ciudad Juárez, plaza en la que recibió una cornada de consideración cuando alternaba mano a mano con Raúl García, perdiendo, según su administración al menos cinco fechas, según nota publicada en el diario El Informador de Guadalajara:
Curro Rivera tiene para 20 días de reposo. El diestro mexicano Curro Rivera que resultó gravemente herido ayer domingo en Ciudad Juárez al día siguiente de su alternativa, tiene una cornada de doce centímetros de extensión en el muslo izquierdo… La parte afectada es la cara anterior del tercio medio y con dos trayectorias, una de doce centímetros y otra de quince, que dejan al descubierto el fémur, la safena y la femoral… Según los médicos que le atienden, Curro Rivera – que por este percance pierde sus cinco primeras corridas como matador de alternativa – tardará en sanar unos veinte días.
Así fue el arranque de una carrera que concluyó en una primera etapa el 15 de noviembre de 1992 en la Plaza México, con el toro Cumbre de Julio Delgado, al que le cortaría las dos orejas, alternando con José Ortega Cano y Miguel Espinosa Armillita Chico. Volvería un par de ocasiones a los ruedos. La primera, el primero de enero de 1995, para dar la alternativa en San Luis Potosí a Miguel Lahoz, con el testimonio de Jorge Gutiérrez y toros de Xajay y una segunda el año 2000, iniciando el 27 de agosto, fecha en la que también en la plaza El Paseo – Fermín Rivera doctoró a Fermín Spínola y a Óscar López Rivera – ambos sus discípulos – y después actuó en un breve número de corridas, cerrando el calendario – 30 de noviembre – en la Plaza México en un festival a beneficio de la Fundación Teletón, en el que cortó dos orejas y junto con El Juli se alzó como triunfador.

Curro Rivera falleció en la finca de La Alianza, asiento de la ganadería que fuera de su padre, el 23 de enero de 2001 a causa de un infarto masivo de miocardio. Se asegura que tras de la redonda actuación del Festival del Teletón del anterior noviembre, la empresa de la Plaza México le había contratado para reaparecer vestido de luces en la corrida del 5 de febrero, la fecha estelar de la temporada americana y que allí se estaba preparando para esa importante cita a la que ya no pudo llegar.

Hoy le recuerdo en este aniversario de su llegada a la dignidad de matador de toros.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Relecturas de Verano (V)

Sol y Moscas

La portada de Sol y Moscas
La formación de una ganadería de toros de lidia generalmente se convierte en uno de los secretos mejor guardados por quienes se dedican a esa actividad y por sus pares y que en mayor o menor medida resultan ser partícipes de esa gestación de la nueva vacada, sea por aportar ideas o conocimientos, o sea por aportar la simiente necesaria para la integración del nuevo hato.

Es por eso que Sol y Moscas, escrito por Gabriel Lecumberri Pando resulta ser una novedad en el campo de la literatura dedicada a la vida en el campo y a la crianza del toro de lidia. Y lo es porque cuenta, con una inusitada sinceridad, la manera en la que, una afición que prácticamente podría considerarse como de fin de semana fue evolucionando a través de la construcción de instalaciones, de la adquisición de vacas y toros padres y del aprendizaje por la vía empírica – el camino de la prueba y el error – hasta llegar a obtener un hierro y divisa reconocidos por la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia (ANCTL).

Decía hace unas líneas que el libro es sincero. Y es que, en el decurso de sus capítulos, encabezados cada uno con expresiones alusivas a su contenido extraídas del riquísimo refranero mexicano, Gabriel Lecumberri expone la manera en la que él y su familia adquirieron tierras y ganados, haciendo especial hincapié respecto de estos últimos de la forma selectiva que actuaron en su adquisición, comprando siempre después de ver la tienta de hembras y machos y primando la bravura de los ejemplares sobre lo que hoy se califica por los más como toreabilidad. En estos tiempos que corren, la vía fácil hubiera sido adquirir el número mínimo exigido por la ANCTL en una ganadería al alza e iniciar con la vacada prácticamente hecha, pero en Sol y Moscas la historia nos es contada de la manera en la que ocurrió, creo que diametralmente opuesta.

Las vacas fueron llegando a La Necedad – las otras dos fincas en las que se lleva la ganadería son Ojoazul y Jarauta – en el Estado de Querétaro lo hicieron dijéramos a cuentagotas, primero, porque Gabriel y Carlos Lecumberri comenzaron a hacerse de ellas a manera de pasatiempo y después, porque cuando decidieron acometer la empresa en forma organizada, recurrieron a ganaderos amigos de los que sabían que eran depositarios de buena simiente – principalmente de origen Llaguno – y con vista de los resultados de la tienta, seleccionaban los que serían las fundadoras de su ganadería. En varias de las oportunidades, las vacas seleccionadas no eran precisamente las que hubiera preferido el ganadero anfitrión.

También es importante el recuento que Gabriel hace acerca de la importación de una serie de pajuelas de unos sementales de la ganadería de Hermanos Ozcoz de casta navarra. Nos hace un breve recuento de la leyenda de Atenco y de la presencia de la sangre de este origen que vía Zalduendo llegó a esa ganadería en el siglo XIX, misma que se perdió por absorción y de los esfuerzos que los hermanos Sergio y Félix Ozcoz Gracia hacen por recuperar para las plazas  a los toros royos originarios de Navarra. En la aplicación de algunas de esas pajuelas, logran un toro que ahora es semental de la ganadería, llamado Navarrito, que tiene la importante misión de hacer la ganadería.

Los sesenta y cuatro capítulos de Sol y Moscas transcurren contándonos el camino que sigue todo work in progress. Me resulta interesante enterarme de la manera en la que se fueron construyendo las instalaciones para el manejo del ganado y de cómo se fueron percatando los ganaderos de que algunas, pese a sus mejores ideas e intenciones, simplemente no funcionaron como se creyó que lo harían. Luego, resulta también edificante el advertir la manera en la que personas que han trabajado en el campo toda la vida, pero sin tener contacto con el ganado de lidia, pronto le toman cariño y respeto. 

Aparte, Gabriel Lecumberri nos participa, casi llevándonos de la mano, de las duras y de las maduras cuando se trata de ver las bajas causadas entre los becerros por el frío, la muerte súbita de vacas en los potreros y el tener que enfrentar en algunos círculos de taurinos – personas con intereses dentro de la fiesta, término opuesto a mi juicio al de aficionados – el sambenito de la tenencia de sangre española en su hato. Todos esos tragos amargos eran compensados con ver la lidia de novillos sueltos en pueblos y festivales, en los que algunos demostraron que el camino elegido es el correcto.

Todo el capitulado de la obra tiene una generosa dotación de notas a pie de capítulo, en las que Gabriel Lecumberri aclara al enterado y al catecúmeno cualquier situación que pueda ser motivo de duda o controversia. Ganaderías, ganaderos, toreros, personajes, tunantes, lugares y otras minucias son objeto de una clara y a veces extensa explicación que agregada a la narración sentida y en una prosa que bordea en momentos lo poético, le permite a uno leerse el libro de un solo tirón.

Hierro y divisa de Lecumberri Hermanos
Y es que, retomando lo que decía al principio acerca de la sinceridad de la obra, recuerdo una lectura que hice hace bastantes ayeres – creo que fue en mis años de primaria –, en la que se explicaba el origen del término sinceridad y se explicaba que una escultura de mármol era sincera cuando el escultor no había utilizado la cera para ocultar imperfecciones del mármol o errores en su realización. En este caso particular, la sinceridad de Sol y Moscas la percibo en el hecho de que Gabriel Lecumberri cuenta las cosas tal y como él las vivió, sin maquillar los sucesos, en un ejercicio de un gran valor literario y humano.

Creo que por eso Sol y Moscas es un libro que debe estar en la biblioteca de todo aficionado a la fiesta de los toros, por lo que lo recomiendo totalmente. El libro se publica mediante un novedoso sistema llamado impresión por demanda o print on demand (POD), lo que implica que se vuelve asequible en costo en cualquier lugar del mundo, pues se reducen sus costos de envío, carece casi de gastos de almacenaje, etc., y curiosamente, el trabajo editorial se hace en los Estados Unidos.

Sol y Moscas puede obtenerse con tapas duras, tapas blandas y en versión de e – book en las siguientes direcciones electrónicas: ventas@palibrio.com y http://solymoscas.com/ 

Referencia Bibliográfica: Sol y Moscas. – Gabriel Lecumberri – Palibrio. – 1ª edición, Bloomington, Indiana, E.U.A., 2013, 384 páginas, con ilustraciones en blanco y negro, de Óscar Matchaín. – ISBN 978 – 1 – 4633 – 5556 – 2.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Detrás de un cartel (X)

Ya había expuesto en esta misma Aldea que Domingo González Mateos se propuso hacer toreros a sus hijos en cuanto éstos aceptaron el reto que implica dedicarse a tan intrincada profesión y que por encontrarse España en medio de una guerra civil cuando les llegó la edad de empezar a recorrer la arena de los ruedos, les consiguió oportunidades en Sudamérica, Portugal y México. Sería hasta mediado 1939, cuando las hostilidades de la guerra terminaron, que los tres hijos varones de Dominguín comenzaran a torear vestidos de luces en España. Lo hicieron en festejos sin picadores, enfrentando, por lo regular los dos mayores, Pepe y Domingo, dos novillos y Luis Miguel, el menor de los tres, por delante despachaba dos erales.

Pepe Dominguín narra esa etapa de su carrera en los ruedos de la siguiente manera:
Con nuestros flamantes trajes hicimos el paseíllo en junio de 1939. ¡Qué emoción! «Los hijos de Dominguín», los Dominguines empiezan a sonar en los públicos y en la prensa ya como profesionales… Se suceden las actuaciones en salpicados puntos de España… Toreamos ese año 27 novilladas: nos vamos haciendo profesionales de la mano y consejo de mi padre… Domingo tiene un toreo macizo, basado principalmente en una valentía natural que llega deprisa a los públicos… Miguel, que mataba dos becerros erales cada corrida, era ya un asombro de sabiduría y técnica… Yo me podía considerar como un torero de corte fácil, de variado y grácil repertorio… (“Mi Gente”, Págs. 156 – 157)
Se presentaron sin caballos en San Martín de Valdeiglesias y al año siguiente, el 2 de mayo, Pepe y Domingo lo harían con los del castoreño en Barcelona, cuando para lidiar novillos de Domingo Ortega, fueron acartelados con Luis, el hermano del ganadero. La impresión que causaron fue grata, pues Ortega cortó la oreja del cuarto, Pepe las dos del segundo y Domingo una del tercero. Así se iniciaba un andar por las rutas del toreo que terminaría muchos años después.

Dominguín padre vio que el final de la temporada era un momento propicio para que sus hijos se presentaran en Madrid. Así, arregló con José Alonso Orduña y Carlos Gómez de Velasco que debutaran en Las Ventas el día 1º de septiembre de 1940. Los novillos elegidos para la ocasión fueron salmantinos de Arturo Sánchez Cobaleda y completaría la terna de los toreros el sevillano Mariano Rodríguez Exquisito, que después de haber recibido la alternativa, regresó al escalafón inferior intentando reordenar su paso por la fiesta.

La tarde fue tormentosa para los debutantes, que cargaron con el peso de una irracional exigencia de la afición madrileña que llenó los tendidos de la plaza. Quien firma como El de Tanda en la Hoja del Lunes del día siguiente al del festejo, relata lo siguiente:
¡También existen imponderables en el toreo! Por su virtud, el papel habíase agotado ayer antes de la hora de comer; por su maleficio, la gente fue a la plaza no precisamente dispuesta a presenciar con su acostumbrada benevolencia la presentación de dos nuevos novilleros, sino a exigirles como si se tratara de dos matadores de toros y aún a pedirles cuentas de cuentas que a ellos no les conciernen... En tales condiciones, entre la borrascosa destemplanza de un ambiente cargado de hostilidad manifiesta y desconcertante, que a cualquiera le hubiese materialmente aplastado, por su injusta coacción, no era fácil triunfar. Y de triunfar, como triunfaron los Dominguín en el magnífico tercio de banderillas durante la lidia del quinto novillo, como triunfaron en otros meritísimos lances, y principalmente el pequeño de los hermanos en su faena al sexto de los cobaledas, era inútil aspirar a la brillantez de un éxito que de antemano había propensión a no apreciar... Pero no faltaron intransigentes que no cedieran ni un ápice en su actitud. Y ello puede bastar para aguar la mejor fiesta, aunque, al fin y a la postre, reconozcan hasta los contumaces el justo valor de las cosas y se convenzan de que no se debe negar por sistema el agua y la sal...
En ese ambiente hostil resultaba difícil simplemente quedar bien. Por su parte, Manuel Sánchez del Arco Giraldillo, en el ABC madrileño cuenta lo que sigue:
Venían los chiquillos de «Dominguín» precedidos de la fama que les dio una bien dispuesta propaganda. El pro fue que al mediodía no hubiera un billete y el contra, que el público fuese con un criterio formado, con un feroz prejuicio. No hubo ecuanimidad al juzgar a los dos muchachos. En ellos quisieron vengar muchos agravios de la administración taurina. Las injustas protestas tuvieron muy caracterizados promotores. Ángeles que hubieran pintado Domingo y Pepe, demonios que hubieran parecido a los que fueron con todos los diablos en el cuerpo, no a ver a dos debutantes, sino a exigir a dos «amos del toreo». A mí me parecieron dos buenos toreros, valientes y con voluntad, que todo lo intentan y en tarde de más aplomo podrán lograrlo. El domingo tuvieron poco reposo. En realidad, no había nervios capaces de aguantar la constante e injustificada gritería. En el quinto novillo parecía ganado el público. Fue en un magnífico tercio de banderillas. ¡Pero qué si quieres! Domingo hizo alardes de valor y estuvo temerario. En el sexto, Pepe hizo una gran faena, digna de oreja si se hubiera llamado Pérez y Fernández. Yo salí francamente apenado. Bien la pasión en la fiesta pasional, pero es lastimoso que se vaya a la plaza a hundir a unos muchachos que empiezan, que tienen sus defectos – ¡qué duda cabe! –, pero que mostraron pundonor…
No hay diferencia esencial entre una versión y otra. Quizás la justeza de la presencia de los novillos lidiados – aunque Giraldillo los califique de aceptables – y el aparato publicitario armado por Dominguín padre incomodó a muchos. Tanto, que Mariano Rodríguez se levantó como el triunfador de la tarde dando una vuelta al ruedo tras la muerte de cada uno de sus novillos.

Pepe Dominguín resume así el debut suyo y el de su hermano Domingo en la plaza de Las Ventas:
Para nuestra presentación se decide una novillada de Cobaleda, ni grande ni chica, normal para aquellos tiempos de posguerra… La endeblez del ganado dio al traste con nuestro posible éxito y el público paseó su injusticia (alertada por profesionales fracasados) por encima de nuestras ilusiones… (“Mi Gente”, Pág. 166)
La revancha – y el principio del ascenso – se tendría el jueves siguiente, alternando con Morenito de Valencia al enfrentar un encierro de Miura – una corrida de toros –, teniendo una tarde en la que, sin cortar apéndices, se les juzgó de manera más imparcial.

Antes de concluir. Revisando el programa veo que solamente la nómina de picadores y banderilleros anunciados para actuar garantizaba por sí sola el espectáculo. Por los de aúpa salieron Salustiano García, Paco Díaz, Juan López Tigre, Ramón Atienza, Manuel Suárez Aldeano, Aurelio Pacheco, Fernando Vallejo Barajas y Antonio Salcedo y para la brega y las frías estuvieron Cayetano Leal Pepe – Hillo, Francisco Escudero, Emilio Ortega Orteguita, Isidro Ballesteros, Luis Suárez Magritas, Antonio Labrador Pinturas, Pedro Aparicio Pedrín, Enrique Clemente Alpargaterito y Emilio Rodríguez Cata. ¡Casi nadie!

Así fue la historia detrás de este cartel, que resultó ser el inicio de una gran historia y una leyenda.

Aldeanos